EL GOBIERNO EN PROPIEDAD DE GONZÁLEZ SALMÓN.

 

En octubre de 1830, Manuel González Salmón fue confirmado en su puesto de Secretario de Estado, y pasó de interino a propietario del puesto. Llevaba como interino desde 19 de agosto de 1826.

Tras los sucesos de julio en Francia, parecía que había que replantearse la acción del Gobierno combinando la represión de los liberales con las medidas de cambio económico y social que se estaban produciendo.

González Salmón hizo un indulto general con muchas excepciones y muy poco concretas a veces: quedaban exceptuados los crímenes de lesa majestad divina y humana, la alevosía, el asesinato de un sacerdote, la falsificación de moneda, el incendio, la blasfemia, la sodomía, el hurto calificado, el cohecho, la falsedad, la resistencia a la justicia, el desafío y la malversación de fondos de Hacienda.

 

 

 

 

La aventura de Torrijos

       y otros golpes liberales en 1831.

 

En torno a febrero de 1831 hubo una segunda oleada romántica de invasores liberales. La primera había sido en octubre de 1830, y recordemos que los núcleos con base en Gibraltar no habían actuado. En febrero de 1831, fueron precisamente éstos los que tomaron la ofensiva:

En enero de 1831, treinta hombres atacaron La Línea y fracasaron.

En febrero de 1831 el coronel Salvador Manzanares desembarcó en Getares (Algeciras) y se dirigió hacia Estepona (Málaga), provocando movimientos diversos como que el gobernador de Cádiz fuera asesinado (3 de marzo) y que la brigada real de marina se sublevara en Cádiz por la constitución, pero no hubo sublevación general en Cádiz ni en San Fernando, como Manzanares esperaba provocar, y al contrario, fueron apresados y el movimiento no fue a más. Manzanares fue apresado y asesinado por unos cabreros a los que pedía ayuda.

El 24 de febrero de 1831, una partida vitoreaba la constitución en Barrios.

Pero la aventura más conocida fue la de Torrijos en 30 de noviembre de 1831: José María Torrijos 1791-1831, había actuado al servicio del Gobierno liberal del Trienio y había atacado a los realistas en septiembre de 1822. Huyó a Londres en 1823, había organizado en Londres un grupo en la London Tavern y había hecho jefe del mismo al general Villalba. Torrijos había sido capitán general de Valencia en 1820 y había resistido a los franceses en Cartagena en 1823, donde elaboró un manifiesto a la nación. Posteriormente, Torrijos, el inglés Robert Boyd y el teniente coronel José Agustín Gutiérrez, fueron a Gibraltar, a donde llegaron el 9 de septiembre de 1830 y se dispusieron a preparar un golpe. El 24 de octubre de 1831 atacaron Algeciras con 200 hombres y fracasaron. Retornaron a Gibraltar. Torrijos, que continuaba en Gibraltar con la protección de Inglaterra, intentó un nuevo desembarco en Málaga, esta vez con 52 hombres tan sólo, porque tenía la palabra del general González Moreno de que éste se sumaría al pronunciamiento. Se habían puesto en contacto en verano de 1831 y Moreno le ofreció a Torrijos Málaga como base de un pronunciamiento más general. Era una trampa.

El 30 de noviembre de 1831, Torrijos y 52 hombres más salieron hacia Málaga en dos barcas, escoltadas por otra de González Moreno. Al llegar frente a Fuengirola, la barca de González Moreno empezó a disparar sobre las otras dos, y los tripulantes de éstas desembarcaron y huyeron hacia Málaga refugiándose en una alquería y resistiendo allí hasta el 5 de diciembre en que se rindieron. El 11 de diciembre fueron fusilados 52 hombres, entre ellos un joven inglés llamado Robert Boyd.

 

 

La persecución a liberales en 1831.

 

El resultado de los golpes liberales fue más importante de lo que cabía esperar de levantamientos de grupos tan pequeños. Fernando VII mostró miedo y publicó un bando en el que decía que los denunciantes de liberales serían considerados inocentes en todos los casos y permanecerían anónimos ante el juez con quien declarasen.

Se produjo una persecución y aceptación de denuncias, entre las que destaca la muerte de Mariana Pineda[1]: El 26 de mayo de 1831 fue ejecutada a garrote Mariana Pineda en Granada por el delito de haber bordado en una bandera las palabras “Ley, Libertad, Igualdad”, que ni siquiera había bordado ella misma. Lo cierto es que protegía a algunos liberales. Había estado escondiendo a un primo suyo, Fernando Álvarez de Sotomayor, en un pueblo donde el cotilleo vecinal lo sabía todo. Igualmente, de la otra parte lo sabían todo, y cuando las autoridades llegaron a detener al sospechoso, los interesados cambiaron de escondite de modo que los soldados no encontraron prueba alguna. Una vez que no había pruebas, los ultracatólicos del pueblo dijeron que la bandera que había en la casa que había sido registrada era para los liberales y ello bastó para sentenciar a muerte a Mariana Pineda. La represión continuaba.

 

 

Progreso económico a partir de 1830.

 

La metalurgia andaluza.

En 1832 se abrió el primer alto horno en España y fue en Marbella (Málaga). El empresario era Manuel Agustín Heredia Martínez. El técnico que gestionaba la empresa era Francisco Antonio Elorza[2].

Desde 1817 se había intentado obtener arrabio en Cazalla de la Sierra (Sevilla), pero con métodos antiguos y poco capital. En 1826 se intentó en Marbella (Málaga) en una empresa llamada La Concepción, que fue un fracaso, pues obtenía pérdidas anuales cuantiosas. Los malagueños creían que teniendo hierro en Ojén, y madera en la sierra, podían obtener hierro, pero las cosas no son tan fáciles si se quieren obtener más de 900ºC. Un horno grande no es un alto horno. En 1829 trabajaban en La Concepción más de mil obreros, muchos de ellos gitanos, que por cierto, fueron identificados con el apellido “Heredia”, el de su patrón, Manuel Agustín Heredia.

Francisco Antonio Elorza tomo la dirección de la fábrica en 1829. Había estado en Bélgica, Francia e Inglaterra y conocía las dificultades de la fundición. Era preciso el alto horno. El alto horno era un tronco de pirámide cuadrangular de ladrillo casi macizo, de 9 metros de lado y 6 de altura, que contenía la cuba, sobre el que se elevaba otro tronco de pirámide de 6 metros de lado y 8 de altura, que contenía el horno y la chimenea, todo ello revestido con barras de hierro forjado, que reforzaban las paredes de la pirámide para que no se abriesen. Francisco Antonio Elorza construyó un tercer horno en La Concepción, en el que introdujo la inyección de aire caliente y oxígeno, un paso fundamental en la consecución de altas temperaturas y con ello España pasaba a la tecnología del alto horno. A pesar de todo, se obtenía sólo hierro forjado, que luego había que afinar en las “afinerías” u hornos de reverbero, calentando el arrabio con carbón mineral y pasándolo por rodillos que eliminaban carbono.

Y, en 1832, Elorza y Heredia tenían su alto horno. Decidieron cambiar al carbón de piedra y en 1834 alcanzarían el éxito y tuvieron muchas ventas. Era La Constancia, primer alto horno de España, hecho en 1833. Necesitaban carbón de coque para el pudelaje del hierro dulce y lo importaban. El laminado en las afinerías se hacía en Málaga. En La Constancia trabajaban hasta 827 obreros, y el alto horno necesitaba el servicio de 19 afinerías para dar salida al acero.

En 1833 se abrió un alto horno de cierta importancia en Cazalla de la Sierra (Sevilla) que funcionaba también con madera. Francisco Antonio Elorza fue llevado desde Málaga a Cazalla de la Sierra, al horno de fundición El Pedroso, para que repitiera el milagro realizado en La Constancia, levantando altos hornos. Elorza levantó dos altos hornos, docenas de afinerías, almacenes de carbón y de hierro, construyó caminos para acceder a la sierra y poder trasportar el carbón de Villanueva del Río. Pero el lugar estaba mal comunicado, faltaba capital, y no se disponía de buen carbón, así que no fue un éxito.

Málaga por su parte, creó la empresa El Ángel, de Juan Giró, para explotar los conocimientos adquiridos de Elorza, pero cuantos más altos hornos creaban era peor, porque la madera se encarecía y el suministro de carbón mineral era cada vez más difícil. Había que importarlo de Asturias y de Gran Bretaña, y de las sedes industriales citadas, sólo Málaga estaba en condiciones de recibir barcos de gran calado.

En años sucesivos se abrirían tres altos hornos más, uno en Huelva, dos más en Marbella, y otro en Málaga propiedad de Giró.

Marbella, Cazalla y Huelva estaban condenadas al fracaso. Fracasaron definitivamente a mediados del siglo XIX porque el costo de la madera iba creciendo con los años, al tiempo que bajaban los precios del carbón de piedra, de modo que en 1879 eran el doble que los de carbón mineral.

En 1843 instalarían dos altos hornos más, uno de ellos La Concepción, y Málaga se convirtió en la principal provincia productora de hierro en España. En 1844 Marbella producía 7.829 toneladas de hierro, Cazalla 1.368, y el resto de fundiciones de España en conjunto (entre las que estaban Liérganes y La Cavada), 1.623 toneladas.

A partir de 1864, Andalucía no pudo hacer la competencia a los altos hornos vascos y asturianos. Los hornos de Marbella se apagaron en 1885, pero se reencendieron en 1901-1906 y en 1916-1918.

En 1844, Elorza pasó a Trubia (Asturias), a intentar repetir las técnicas en un lugar en donde había carbón de hulla y agua más abundante.

 

El desarrollo de la industria férrica de Heredia, sirvió de impulso a otras industrias:

Larios fundó un alto horno y una factoría textil que se llamó “Málaga Industrial”.

Posteriormente, Agustín de Heredia abriría una fábrica de sosa, que luego producía jabón, y una factoría azucarera que utilizaba caña de azúcar cultivada en Motril.

El desarrollo de Málaga atrajo a inmigrantes vascos, riojanos, montañeses y catalanes, que dieron a Málaga una personalidad especial dentro de Andalucía, ya para siempre.

 

 

Carbón y química en Asturias y Santander.

En 1833 se fundó la Real Compañía Asturiana de Minas que era una asociación entre el principal socio capitalista, el belga Lescinne, y unos españoles llamados Joaquín María Ferrer[3] y Felipe Riera[4], para explotar el carbón asturiano. En 1853, esta compañía, con el nombre de Asturiana de Zinc, invertiría en Santander, para obtener productos químicos para la minería, que luego sirvieron para otros muchos fines industriales.

En 1844, Elorza intentó la fabricación de acero en Trubia (Asturias).

 

 

La Bolsa en Madrid:

En 10 de septiembre de 1831 apareció en Madrid la Bolsa, una sala de acuerdos para negociar títulos de deuda del Estado. Venía de la mano de Gaspar de Remisa.

La bolsa había aparecido en Brujas en el XV en casa de los Van der Bursen, para negociar títulos de empresas, y se difundió en el XVI por Amberes y Londres, 1724 en París, 1773 en Londres oficialmente, 1790 en New York.

La importancia de la Bolsa fue grande: en 1831 gestionó la Deuda Pública. En 1850, las acciones del ferrocarril Madrid Aranjuez se cotizaron en la Bolsa de Madrid, y desde entonces comenzaron a negociarse títulos privados además de la deuda del Estado. En 1885 la Bolsa de Madrid perdió el monopolio como mercado de valores. Posteriormente habría bolsas en Bilbao 1890, Barcelona 1915 y Valencia 1981.

En 1851 existía una bolsa paralela a la de Madrid, que funcionaba de forma privada en el Casino Mercantil de Barcelona, sólo para socios, es decir, para la oligarquía catalana. Cotizaban las acciones del ferrocarril, los bancos y las sociedades de Crédito. Era muy dada a la especulación y tuvo muchas crisis como la de 1857, 1866, 1882…

 

 

Los Bonaplata y Joan Vilaregut en Barcelona:

Fijamos por su significado y popularidad, la fábrica Bonaplata como símbolo del progreso en los años finales del reinado de Fernando VII, pero es cierto que había empezado antes, como ya señalamos más arriba. En 1829, Juan Rull y José Giralt habían importado cilindros mecánicos para estampar tejidos, y otros varios empresarios en Barcelona estaban opinando que el futuro estaba en la mecanización. Sólo de esa manera, los paños, sombreros, algodón pintado, hilo e indianas, serían competitivos en el mercado europeo, y posibles de vender en el interior español.

En 1830 la iniciativa particular ensayó los nuevos inventos técnicos que había en Europa. La Sociedad de Navegación de Barcelona trataba de ver aplicaciones al vapor. Definitivamente el vapor sería adoptado por Bonaplata en 1832, importando telares mecánicos.

En 1832 se importó la primera máquina de vapor en España. Lo hizo la fábrica Bonaplata en Barcelona.

José Bonaplata Corriol, 1795-1843, era hijo de José Bonaplata Roig, dueño de un taller de indianas, y hermano de Ramón Bonaplata, Narcís Bonaplata, y Salvador Bonaplata, todos socios de la empresa.

Joan Vilaregut Albafull[5], 1800-1854, era hijo de otro fabricante de tejidos de algodón barcelonés, y fue quien abordó el problema de la crisis provocada por la guerra contra Inglaterra de 1805-1808, y por la Guerra de la Independencia 1808-1814, a resultado de las cuales se había perdido el mercado colonial y habían subido los impuestos. En 1820 se trasladó a México para luchar contra los independentistas que defendían antiliberalismo y secesión. De regreso a España, se hizo de la Milicia Nacional y de la Sociedad Patriótica de Barcelona. En 1823, las cosas empeoraron, puesto que el conde de España emprendió una persecución de liberales en Cataluña. Vilaregut se casó y se exilió, conociendo en Inglaterra la maquinaria británica, y con ello, que la salida de la crisis era esa maquinaria, por su abaratamiento de costes. En 1831, además de participar en la fábrica El Vapor, Vilaregut poseía una fábrica de blanqueo de tejidos, sita en Gracia, y que también fue destruida en 1835. Igualmente, montó una plaza de toros en Barcelona, compró muchas fincas en la desamortización (en la vega baja del Segura, en Sanlúcar, en Barcelona y otras), organizó una sociedad para gestionar la sustitución de quintos en Madrid, y arrendaba los portazgos en Cataluña. En 1846 tenía la Sociedad Anónima Compañía General de Comercio.

Los burgueses catalanes tenían claro que sólo bajando impuestos, tasas, peajes y privilegios, podrían tener mercado en España, puesto que el mercado exterior se había perdido. El liberalismo les era imprescindible.

En 1829, José Bonaplata decidió asociarse con Joan Vilaregut en la empresa “Bonaplata, Vilaregut y Cía”, para importar máquinas y montar en Sallent (ribera del Llobregat) un telar mecánico de algodón. Las máquinas las compró Vilaregut en 1828. En 1830, encontraron un local, de Antonio Torres Amat, cuya familia tenía problemas económicos propios de las herencias, y lo alquilaron barato. Este telar no fue rentable, por las muchas averías que sufría, por lo que viajó a Manchester en 1830 y entendió que necesitaba, además de la fábrica de algodón, una fundición de hierro colado para reparaciones, que fue la fábrica que se abrió en septiembre de 1831, tras asociarse a Joan Rull en “Bonaplata, Vilaregut, Rull y Cía”. Los otros socios eran Josep Colomer y Josep Giralt, que regentaban una tienda en Madrid, y Valentí Esparó.

En septiembre de 1831 se instaló pues la fábrica “El Vapor” de los hermanos Bonaplata, y sus socios Vilaregut y Rull, en Barcelona. Era la primera fábrica de España completamente mecanizada. El Vapor fabricaba ante todo tejidos elaborados con máquinas, “tejidos mecánicos” en lenguaje de la época, y también tenía una sección de metalurgia para fabricar pequeñas piezas y hacer reparaciones de las máquinas textiles de la propia fábrica. Eran socios de los Bonaplata: Gaspar de Remisa, Juan Rull, José Giralt, Miquel Vilaregut, Valentín Esparó y José Colomer. La fábrica tenía entre 600 y 700 obreros.

La fábrica “El Vapor” fue quemada en la noche del 5 al 6 de agosto de 1835. Bonaplata intentó entonces cobrar indemnización del Estado argumentando que había sido terrorismo, cuya responsabilidad incumbía al Estado. Compró tierras y acciones del Canal de Tamarite. En 1837 abriría en el barrio de Hortaleza de Madrid una nueva fábrica asociado a Guillermo Sanford y en 1837 compró su parte a Sanford y asoció a la empresa a sus hermanos Ramón y Narciso Bonaplata en lo que se llamó Bonaplata Hermanos S.A., abrieron una nueva fábrica en Sevilla y se encargó de dirigirla Narciso Bonaplata, que se independizó en 1841. José Bonaplata Corriol murió el 2 de junio de 1843.

Los restos de la fábrica El Vapor fueron vendidos a Joan Güell Ferrer en 1841 para fundar la Compañía Barcelonesa de Fundición y Construcción de Máquinas.

 

Otras empresas metalúrgicas importantes en Barcelona fueron la “Tous, Ascacíbar y Cía” de Celedonio Ascacíbar y Nicolás Tous Mirapeix, “Nueva Vulcano” fundada en 1836 y “Talleres Alexandre” fundada en 1845, lo que constituía una gran complejo metalúrgico en Barcelona y en la Barceloneta. También Valentí Esparó i Giralt, 1792-1859, que había sido socio de la fábrica Bonaplata, trató de rehacer los talleres de Barcelona y logró abrir un taller metalúrgico o fundición (foneria en catalán).

Vilaregut gestionaba los restos de los talleres de Sallent y su taller de blanqueo de Gracia. En Sallent los telares mecánicos eran movidos por agua del Llobregat y llegaron a tener 300 obreros.

Todos estos esfuerzos culminarían en 1855 con la asociación de Valentí Esparó Giralt, Nicolás Tous Mirapeix, Celedonio Ascacíbar, Ramón Bonaplata, Josep María Sierra, Joan Güell Ferrer, José Antonio Mendiguren y Nicolau Tous Soler, creando la Maquinista Terrestre y Marítima, una de las empresas metalúrgicas más fuerte de Europa, que permanecería siglos produciendo material ferroviario.

 

 

 

Problemas iniciales de la industrialización.

 

Dificultades monetarias.

La moneda se basaba en su correspondencia con el oro y la plata, e incluso con el cobre. La moneda había sido unificada para todo el territorio español en el XVIII. El problema del XIX era más bien encontrar los tipos de cambio con el extranjero. El Estado debía controlar la ley de la moneda española a fin de que fuera aceptable en el exterior, pero las necesidades financieras le llevaban a emitir moneda aleada con metales no nobles y el déficit constante llevaba a todos los Gobiernos a solicitar créditos y a mendigar la inversión particular extranjera a cualquier precio.

El endeudamiento con el exterior fue muy alto y, para pagarlo, el Estado emitió Deuda Pública abundante. Esta deuda era gestionada por la Bolsa de Madrid desde 1831.

Por tanto, la banca estatal y las aportaciones de los particulares eran muy importantes. En 1782 se había creado el Banco Nacional de San Carlos, convertido en 1829 en Banco Español de San Fernando con el privilegio de emitir moneda y controlar su pureza. Junto a este banco, se creó con semiprotección estatal el Banco de Isabel II para controlar las inversiones del ferrocarril. Ambos bancos se fusionaron en 1874 creando el Banco de España que controlaba a todos los bancos particulares y todo el dinero que circulaba por España.

El error socioeconómico que todavía no eran capaces de ver los liberales de 1830, era la mala distribución de la propiedad que impedía la formación de un mercado interno: en 1830, los pobres, 94% de la población, pagaban un 32% de contribución, los medianos, un 4% de la población, pagaban el 25%, y los ricos, un 0,9% del total de la población, pagaban el 42% restante y eso que estaban privilegiados y pagaban menos de lo que les correspondería. Las posibilidades de desarrollo en términos de ampliación del mercado eran muy escasas.

 

[1] Mariana Rafaela Gila Judas Tadea Francisca de Paula Benita Bernarda Cecilia de Pineda y Muñoz, 1804-1831, era hija de un militar viejo que nunca se había casado con su madre. En 1806, su madre abandonó el hogar, y en 1807 murió su padre, por lo que pasó a vivir bajo la tutela de su tío José, solterón y ciego, que pronto, en 1819, la cede para esposa de un militar viejo, que le hace dos hijos en tres años y se muere dejando viuda de 16 años de edad. Frecuenta ambientes liberales y defiende a los liberales, siendo su principal acción la introducción de un hábito de monje y una capucha para lograr la huída de la cárcel de un preso liberal primo suyo, llamado Fernando Álvarez de Sotomayor, que había colaborado con riego en 1820. La huída tuvo lugar en1828. Desde entonces, aunque nadie podía probar nada, todo el mundo en Granada sabía que Mariana ayudaba a los liberales llevando mensajes incluso a Gibraltar, y les protegía acogiéndoles en su casa. Los absolutistas granadinos decidieron acabar con ella en 1831, y el comisario Ramón Pedrosa Andrade ordenó un registro de su domicilio con la esperanza de encontrar documentos o personas, pero sólo encontró una bandera con bordados que ponían “Igualdad, Libertad y Ley”. Le pareció suficiente motivo para encarcelarla, y en octubre de 1830 fue condenada a muerte por “maquinación en el interior del reino para actos de rebeldía” contra Fernando VII, por lo que fue ejecutada el 26 de mayo de 1831 a garrote vil en la Plaza del Triunfo de Granada (junto a Puerta Elvira).

[2] Fuente: Cristóbal García Montoro, Francisco Antonio Elorza en los comienzos de la industrialización andaluza.

[3] Existen dos personajes a los que se atribuye la misma biografía: Joaquín María Ferrer Cafranga y Joaquín María Ferrer Echevarría. Es la siguiente: Joaquín María Ferrer, 1777-1861, ejerció como militar en Perú desde 1811 a 1815, fue diputado en el Trienio Liberal y se exilió en 1823, regresando a España en 1833. Fue ministro de Hacienda en 1836, sólo por un día, en el gobierno liberal de Istúriz y en octubre de 1840 con Espartero.

[4] Felipe Riera, marqués de Casa Riera.

[5] Fuente: Roser Solá i Montserrat, Joan Vilaregut Albafull, industrial i progresista, 1800-1854.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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