ESPAÑA A FINALES DEL REINADO DE FERNANDO VII.

 

 

 

Situación económica general en 1833.

 

La situación económica española era francamente mala en 1833: España sufría una epidemia de cólera. Cuba sufría también en 1833 una epidemia de cólera y ello era causa de que su mercado se declarase cerrado. El Gobierno no protegía a los navíos españoles que hacían el comercio ultramarino por falta de presupuesto. La falta de comercio repercutía en unos menores ingresos de Hacienda. Esta debilidad significaba también una ausencia de obras públicas y un aumento del paro, mendicidad y delincuencia común. Los problemas no se pueden echar, sin más, al saco de culpabilidades de Fernando VII, pues venían de muy atrás y eran muy complejos, aunque a los liberales les venía bien este tipo de autopropaganda, de presentarse como los renovadores, la esperanza del país. Cuando gobernaron más tarde los liberales y tuvieron que enfrentarse a todos estos problemas, tampoco supieron solucionarlos en las décadas siguientes.

 

En cuanto al declive de la economía española en el primer tercio del XIX, parece a menudo demasiado fácil de explicar por causas concretas, tan fácil que suena a falso. Repensándolo bien, nos parece una cuestión mucho más compleja. El tema ha llamado la atención de múltiples historiadores que se expresaron en los siguientes sentidos:

La economía europea estaba en fase B Kondratieff 1810-1849, entre dos fases A, de 1787-1810, y de 1849-1873.

El Estado dependía de unos dineros americanos que nunca llegaban o se perdían y ello le introducía en déficits progresivos de los que no sabía salir (Simiand).

Las empresas, acostumbradas a unos mercados prácticamente ilimitados se encontraban con una pérdida de ventas y un superequipamiento que las hacía no rentables, así como con la pérdida de una serie de inversiones expresamente hechas para el mercado americano (Sismondi).

La pauperización progresiva de la clase campesina había llevado a la destrucción del mercado (Marx).

El atraso técnico por diversos motivos, algunos naturales y otros humanos, hacía no competitiva a España frente a Europa (Schumpeter).

Las muchísimas guerras habían extenuado al país entero, empezando por la administración y siguiendo por el resto de la sociedad (Imbert).

En efecto, resulta ingenuo explicar la decadencia de la potencia mundial de los siglos XVI y XVII de una forma simplista (Lesourdi) y es preciso enlazar y unir unas causas con otras dentro de un contexto histórico determinado y preciso. El tema fue tratado por Sardá en Política monetaria y las fluctuaciones de la economía española, por Fontana La quiebra de la monarquía absoluta y por Vicens Vives Coyuntura económica y reformismo burgués. Y todos insisten en la necesidad de incardinar todas las causas e incluso tener en cuenta la realidad geográfica peninsular que ha dejado incomunicadas a muchas de sus regiones y las fronteras políticas, interiores y exteriores que incomunican otro tanto.

 

 

Ruina de Hacienda en 1824-1833.

 

El Gobierno absolutista de 1824 puso una lista nueva de impuestos dentro de la vieja teoría de que todos los impuestos valen, sin tener en cuenta que unos perjudican mucho más seriamente a la economía que otros, pues los que tienden a la distorsión social entre muy pobres y muy ricos, eliminan posibilidades de mercado, por el simple hecho de destruir la demanda potencial. El razonamiento de los liberales, de que el pobre es culpable de su pobreza por falta de ganas de trabajar y de espíritu de ahorro, es un razonamiento pobre e inmoral. Consideramos hoy que ese razonamiento es falso, pero el contrario también, si se defiende que el pobre debe ser subvencionado aunque no practique las virtudes del trabajo socialmente productivo y del ahorro.

Los absolutistas moderados de 1833, estaban además en la costumbre de salvar de impuestos a la nobleza y la Iglesia, lo cual consideramos hoy un absurdo, cuando ambas instituciones habían perdido el papel que pudieran haber jugado en la Edad Media, papel que les eximía de impuestos.

Los impuestos se cobraban poco racionalmente: rentas provinciales según estimaciones, derechos de puertas en las entradas de las ciudades, contribución sobre frutos civiles (viviendas y ganado), contribución sobre paja y utensilios (tierra y capitales invertidos en ella) y subsidio de comercio (sobre beneficios mercantiles). La suma total recaudada no llegaba con mucho a los gastos del Estado ordinarios de cada año y mucho menos a aminorar la deuda, por lo que la creación de la “Caja de Amortización” para pagar la deuda y sus intereses, se convirtió en un mero organismo para emitir nuevos empréstitos.

La decisión absolutista de no reconocer la deuda emitida durante 1820-23 fue otro desastre financiero. Si un Gobierno no reconoce la deuda de Gobiernos anteriores en un país como España, de fuerte inestabilidad política, ¿qué banquero internacional osará prestar al Estado español? En 1830, sólo se encontró un banquero francés dispuesto a prestar, pero exigiendo que el Gobierno reconociese previamente la deuda de 1820-23, cosa que se hizo en 1831.

Resumiendo, el Estado español se había quedado sin dinero en el periodo 1824-1830. He ahí una buena razón para explicar la caída definitiva del absolutismo y, esta vez, sin revueltas ni guerras como las que habían tenido lugar en 1808 o en 1820.

 

 

 

El problema social español en 1833.

 

El problema campesino.

Los campesinos al Norte del Ebro defendían el absolutismo, con más ahínco que los campesinos del sur. En el Norte, significaba para ellos que todo quedase como estaba, y podían mantener la explotación familiar. Andalucía era cuna de revueltas populares violentas partidarias de repartos de la tierra y acceso a la propiedad, y allí había menos absolutistas entre los jornaleros del campo, aunque también los había.

En la mitad norte de España, zona de reconquista lenta en los siglos VIII y IX, de presuras y alfoces municipales desde el siglo X y XI, los comunales y las tierras eclesiásticas eran numerosas. Los monasterios, aun haciendo a veces grandes abusos con rentas y derechos feudales, daban estabilidad a los contratos de tenencia de la tierra, con contratos a muy largo plazo e indefinidos, y por ello eran estimados por los campesinos que, prácticamente, tenían por suyas las tierras. Los liberales significaban la posibilidad de perderlas, sobre todo cuando no se atrevieron a adjudicar la tierra a los trabajadores y cuando ponían las tierras de la Iglesia y de los comunales en subastas que sólo beneficiaban a los ricos, muchas veces ni siquiera labradores. Un nuevo señor sólo podía significar alza del coste de los arrendamientos y arrendamientos a corto plazo que hacían peligrar el hecho de que las tierras fueran consideradas como de la familia. La pérdida de comunales significaba además la pérdida de la vaca, cabras, cerdos u ovejas, que los niños y mujeres podían criar en el prado comunal para ayudar al sustento familiar. Al perderse los pastos gratuitos se perdían también los animales.

El sur era otra cosa. En el sur predominaba el jornalero con un paro estacional de seis meses al año, distribuidos en diversos periodos a lo largo del año. El sur creía en la utopía de que había tierras para todos si se repartían, cosa racionalmente perversa, pues se caería en un minifundismo insostenible. Los jornaleros estaban además amenazados por el progreso tecnológico. Mientras se mantuvieran los salarios de hambre más bajos de Europa occidental, no compensaba el progreso, la mecanización en época más tardía, pero si intentaban subir los salarios, los señoritos se podían plantear mecanizar y no volver a contratar a muchísimos jornaleros. El sur era por ello violento, porque luchaba cada día con el hambre y la muerte, y no le asustaba la violencia. Incluso podían ser favorecidos por esos desórdenes sociales, si destruían archivos notariales en donde figuraban sus deudas, cuarteles de la guardia civil en donde podían tener asuntos pendientes, o si alcanzaban algún dinero de los partidos y organizaciones revolucionarias a los que interesaba el desorden. Como pobres, llevaban la peor parte de las injusticias sociales: Cuando se les dominaba, tras una revuelta, se les solía ajusticiar para que aprendieran a estar tranquilos. Cuando estaban tranquilos pasaban hambre y, además, nunca faltaba una guerra del Gobierno español y, como los ricos se redimían con dinero, no quedaba más remedio que ir a morir a cualquier parte del mundo con la esperanza de ascender en el ejército y poder así sobrevivir.

Los latifundios andaluces eran de proporciones descomunales: El duque de Medinaceli tenía una finca en Córdoba que era la séptima parte de la provincia (unos 70 kilómetros de largo, por 25 de ancho), dos en Huelva poco menores de la décima parte de la provincia, otra en Cádiz y media docena en Málaga, más pequeñas, pero de muchos miles de hectáreas. El duque de Medinasidonia tenía una finca enorme al sur de Sevilla (50 x 35 kilómetros) y media docena más en los alrededores que, si se consideraban juntas con la del duque de Osuna (60 x 25 kilómetros) representaban la cuarta parte de la provincia. La familia Arcos poseía la tercera parte de la provincia de Cádiz y la tercera parte de la de Huelva. Los duques del Infantado poseían fincas en Granada y Almería más pequeñas, puesto que no llegaban a los 25 kilómetros de largo, pero tenían muchas por diversas regiones de España.

Los intereses de las masas del sur no podían coincidir nunca con los de los pequeños y medianos labradores propietarios de Castilla, ni con los de los rabassaires y foreros del norte peninsular. Incluso la misma ley significaba cosas distintas, según se viera desde una u otra región. La desamortización en el sur significó en su día colocar, en tierras de mala calidad unos pocos campesinos, muchísimos menos de lo que ellos esperaban, pero fue vista con buenos ojos, mientras en el norte, era discutible su bondad.

Igualmente había una contradicción entre los intereses rurales y urbanos, los unos por subir el precio del pan y los otros por bajarle. Los conflictos urbanos solían consistir en asaltar las tahonas. El poder organizarse a sí mismos en Milicia les facilitaba mucho a las masas urbanas la obtención de satisfacción a sus peticiones. La guardia civil, a partir de 1844, acabará con sus veleidades de influir en los precios y abastos.

Las gentes del sur vivían en la calle por posibilidades del clima, necesidades económicas y conveniencias alimenticias, mientras las gentes del norte vivían en sus casas y tenían más vida familiar.

 

De la época romántica de principios del XIX, son los socialistas utópicos que se enfrentaban a la paradoja de que cuanto más desarrollo hay, más se extiende la pobreza. Entonces imaginan y exponen diversos sistemas de sociedad que les parecen más perfectos que el burgués. Estos socialistas son casi todos de segunda mitad del XIX, y no hablaremos en este momento del tema, pero los hay en todos los tiempos, también en la actualidad. Ya trataremos de ello en su momento.

 

El nivel científico español:  Si en el terreno de las letras el retraso de España podía ser compensado con el esfuerzo individual, en el campo de las ciencias el progreso se hacía casi imposible, pues es necesaria la cooperación y la trasmisión de conocimientos. El panorama científico español del XIX es de lo más pobre de Europa occidental.

 

En cuanto al pretendido retraso técnico, no es fácil de demostrar. Más bien es una realidad de mediados de siglo XIX que se proyecta, por costumbre, sobre todas las épocas anteriores. Pero la industrialización catalana, a principios de siglo XIX, estaba tan adelantada como la inglesa. Lo que ocurrió es que la guerra y la política fernandina la destrozó, y a partir de ese momento, adquirió un cierto retraso técnico, que en décadas sucesivas se aumentará con políticas liberales demasiado proteccionistas respecto al mercado interior, y poco activas respecto a la búsqueda de otros mercados, tanto del algodón como de los productos manufacturados, situación que sí puso a Barcelona por debajo de Manchester.

 

En el tema de extenuación de la demanda, tampoco es tan sencillo: Un símbolo de la nueva era de progreso en esos años, era la moda de construirse chimeneas en las casas burguesas, sustituyendo al tradicional brasero. Ello era un nuevo mercado para los industriales, una nueva demanda que sustituía a otra más antigua. Poco después, hacia 1840, las chimeneas se cambiaron por estufas, mucho más fáciles de instalar y accesibles a los bolsillos del gran público e incluso buenas para las oficinas y despachos de los funcionarios, lo cual constituyó otro impulso para la demanda. Las farolas de gas instaladas en las calles a partir de 1848, daban un aspecto de progreso y modernidad que, sin embargo no tuvo la continuación deseada en el resto de siglo. Otro tema diferente es que la industria no supiera adaptarse a las nuevas demandas y fuera más fácil importar de Francia e Inglaterra.

 

La ruina agrícola y ganadera se debía a políticas equivocadas que discutían si la tierra debía ser para unos u otros sin en tener en cuenta intereses globales, los más convenientes para la Nación. En estas condiciones, tanto la formación de latifundios para subarrendarlos o infrautilizarlos, como los repartos de tierras instalando minifundios en tierras de poca calidad, iban contra la productividad. La discusión entre latifundio y minifundio no tiene sentido desde este punto de vista. Ambos eran errores que debían haber sido sustituidos por la propiedad, o por la explotación, media o media grande, pero este plan era imposible en una sociedad agrícola con millones de parados estacionales.

 

La no cooperación del gasto público del Estado a la economía se puede denotar por el hecho de no construir ni un solo navío de guerra entre 1798 y 1852. La incorporación de algún barco por apresamiento o por compra, no tiene nada que ver con lo que estamos tratando. Así España que era la segunda o tercera potencia naval del mundo en 1795-1808, perdió toda su capacidad de dominio del mar hacia 1833, año en la que sólo le quedaban 3 navíos, 3 fragatas y 3 corbetas.  España contaba en 1795 con 76 navíos, 50 fragatas y 9 corbetas. Tras la derrota de Trafalgar sus fuerzas descendieron en 1808 a 42 navíos, 30 fragatas y 9 corbetas, pero todavía seguía siendo la tercera potencia mundial. El desastre vino a partir de 1814. La compra de los barcos rusos en 1817 (5 navíos y 6 fragatas) de los que se hundieron 4 navíos y 5 fragatas, y la compra a Francia de 1 fragata y 2 corbetas, mostraba una nueva política económica de no protección a la industria nacional.

 

Los precios bajaron en términos reales (1825 = 100): 1812- 224%, 1821- 142%, 1825 -100%, 1827- 80%, 1843- 73%. Ello era debido a la extrema pobreza del país y la poca demanda generada.

 

Respecto a la política económica, caracterizada por la falta de un programa político económico, la realidad nos hace echar de menos a algunos liberales intelectualmente preparados, y a los afrancesados, apartados de la vida española en años decisivos como 1814-1830. En cambio surgieron partidos radicalizados que pretendían triunfos políticos y posiciones en el poder.

La política no quiso tener en cuenta los problemas de la industrialización en su integridad, los problemas sociales y los económicos, y se preocupó más por otros temas secundarios que hemos visto más arriba, que quizás podían haberse resuelto solos. Es decir, no es que fuera factible resolver unos problemas al margen de los otros, sino que una política más realista debiera haber tenido en cuenta también los problemas económico sociales y, de ese modo, se hubieran planteado soluciones diferentes, objetivos diferentes, perspectivas diferentes, prioridades distintas. Para hacernos entender diremos, como ejemplo, que la desamortización se puso al servicio de los problemas de Hacienda y de los problemas políticos de aceptación de Isabel II, y no resolvió el problema principal de mala distribución de la propiedad y persistencia de los privilegios estamentales, insistiendo en los derechos adquiridos por encima de las necesidades de cambio de modelo económico.

Un momento de lucidez económica lo representó el Trienio Constitucional cuando devaluó la moneda y solicitó empréstitos del exterior aumentando la deuda pública. Ello significaba un horizonte de importaciones más caras y mejores exportaciones, al tiempo que un sacrificio interior importante, previo a una recuperación industrial (Sardá). Pero no hubo tiempo de llevarlo a la práctica. Al contrario se volvió al terror de los voluntarios realistas y su idea integrista católica.

Las medidas deflacionistas de 1824-30, de dar más valor a la moneda española fueron una pesadísima carga para la incipiente industrialización española. Los nuevos préstamos se pidieron para compensar déficits financieros corrientes, que llevaban al caos para el momento en que se perdiera el crédito en el exterior, cosa que sucedió enseguida.

La solución de sacar adelante a la burguesía en pacto con la monarquía y abandonando a la agricultura a su suerte, que será lo que se intente en 1827, tampoco fue una buena solución, porque no se perseguía el desarrollo integral del país. El proteccionismo podía venirle muy bien a unos pocos burgueses, pero a costa de subir los precios y hacer un país cada vez menos competitivo. Esta política errónea en nuestro punto de vista actual se mantendrá en todo el reinado de Isabel II.

 

 

 

La cultura de primera mitad del XIX.

 

Los arquitectos de la época de Fernando VII fueron:

Antonio López Aguado[1], autor de la Puerta de Toledo y del proyecto e inicio de obras del Teatro Real de Madrid (pues no se acabó hasta 1850), acondicionamiento del Palacio de Villanueva para Museo, palacio del marqués de Sonora, del duque de Villahermosa (museo Thyssen), de Fernán Núñez, y de los Baños de la Reina de Solán de Cabras.

Silvestre Pérez[2] hizo algunas obras en Durango, Motrico, Bermeo y la Casa consistorial de Vitoria, teatro de Vitoria, ayntamientos de San Sebastián y Bilbao, pero sobre todo se le recuerda por el viaducto de la calle Segovia de Madrid, la Plaza de Santa Ana y Plaza de San Miguel de Madrid.

Antonio Celles Azcona[3] trabajó el Ateneum Polithecnicum de Barcelona.

José Mas Vila[4] construyó dos mercados en Barcelona, entre ellos el de San José (La Boquería) y la fachada de la Casa de la Ciudad de Barcelona.

 

Los pintores de la época de Fernando VII son neoclásicos:

Vicente López Portaña[5] 1772-1850, un retratista que hizo cuadros de Calomarde, duque del Infantado, Castaños, Martínez de la Rosa.

José Madrazo Agudo[6], que hizo pintura neoclásica, como La Muerte de Lucrecia, La Muerte de Viriato… imaginando escenas de tema histórico, en ambientes imposibles para la época pintada.

José Aparicio Inglada[7] hizo Cuadro del Hambre.

Juan Antonio Ribera Fernández[8].

 

En el campo musical, en 1830 apareció en Madrid el primer Conservatorio Español de Música y Declamación. Luego, aparecerían otros en Barcelona 1847, y Valencia 1880. Los conservatorios serían regulados por decreto en 1905 y, entonces, se separó música de declamación, apareciendo las Escuelas de Arte Dramático junto a los Conservatorios, que quedaron sólo para música.

 

 

Periodismo.

 

Entre los exiliados españoles en Londres circularon periódicos como El Español Constitucional, Ocios de los Españoles Emigrados, y El Emigrado Observador.

 

 

 

Literatura Romántica.

 

El romanticismo europeo es una reacción contra el liberalismo burgués, que pedía libertad para los negocios y orden social en todos los demás campos, lo cual era interpretado como falta de libertad. Primero había habido un romanticismo revolucionario, que llevó a la revolución francesa o burguesa, que se oponía al racionalismo enciclopédico y era sentimental, irracional y subjetivo. Después vendría el romanticismo conservador, opuesto a las libertades burguesas, antiprogresista.

El romanticismo conservador europeo (que comienza en torno a 1820) llegaría a España por la difusión de las obras del francés Chateaubriand[9] (1768-1848), y del inglés Walter Scott[10] (1771-1832). Este romanticismo se había fijado en la literatura española del Siglo de Oro y no era, por tanto, tan extraño en España.

Había otros antecedentes del romanticismo europeo en Alemania: por esta época nació en Alemania el grupo Sturm und Drang, capitaneado por el filósofo Herder[11], que empezó a investigar sobre la lengua, arte y canciones de los pueblos y encontró el Volkgeist o espíritu de cada pueblo, como ente más real que los propios individuos sobre los que vivía.

Los discípulos de Herder enseñaban que los alemanes no debían seguir las reglas académicas de la Ilustración, sino ser creativos y desarrollar su propio genio como pueblo. Por ejemplo, en el campo de la historia, ésta se debería hacer mediante el eifühlung (empatía con la persona o sociedad que se trata de conocer o describir), aunque nunca sea posible conseguirlo plenamente. La cultura es un todo, que tiene sentido en sí misma y para sí, y es incomprensible desde otras culturas. La única forma posible de conocer las culturas ajenas es desde dentro de ellas mismas, pues de otro modo se hacen incomprensibles. El camino de penetración en una cultura ajena tiene dos vías, la de la empatía (desarrollada más tarde por Heine, del que hablaremos más adelante), o la histórica (desarrollada por Hegel), a través de sus manifestaciones culturales desde la antigüedad, y desde más allá, desde la historia prehumana. Herder era muy respetuoso con las culturas y, aunque era pastor protestante, estaba en contra de la evangelización de los pueblos porque eso era destruir culturas, y defendía establecer una empatía entre los pueblos que ayudase a evolucionar a todas las culturas.

Muchos autores creen que de ese movimiento alemán surgieron otros muchos como la Renaixença catalana, el Risorgimento italiano y otros movimientos románticos nacionalistas.

 

La poesía y la novela románticas fueron practicadas por minorías y sus autores no tuvieron ningún éxito económico en la España de Fernando VII y primeros años de Isabel II. Casi nadie leía, y era lógico, puesto que leer era peligroso a ojos de la extinguida Inquisición, y la cultura había sido perseguida. Los grandes clientes de la literatura hasta entonces, los curas y frailes, habían sido castigados por el liberalismo y estaban fuera de los movimientos renovadores o en contra de todos ellos. La burguesía era escasa y muchas veces inculta, salvo minorías. La crítica actual considera que el romanticismo español es fugaz, limitándose a los pocos años que acabamos de exponer y alguna obra tardía más, y es poco original, pues copia modelos extranjeros.

También hay que tener en cuenta que se hacía novela para mujeres, y las mujeres eran analfabetas en general entre las clases bajas, y no muy cultas entre las altas, con lo cual el mercado era escaso. Se hacían novelas morales y educativas, que debían interesar muy poco, novelas de amores, sensibles y sentimentales, sólo para personas aburridas, y algunas de terror y otras pseudohistóricas, deformando la historia a gusto del autor.

 

En 1830 tuvo lugar en Francia la representación de “Hernani” de Víctor Hugo[12] (1802-1885) y los románticos se entusiasmaron con las innovaciones que ésta suponía e iniciaron una pelea contra los partidarios del clasicismo.    Más tarde, en el romanticismo hay una tendencia liberal progresista y una tendencia conservadora historicista.

Tras ese triunfo de Víctor Hugo y Lamartine en Francia, en España aparece un romanticismo tardío, por la influencia exterior. Los españoles de esta época son progresistas, que comprometen la literatura con la política, y anticlericales en religión. Destacan Mariano José de Larra (1809-1837) y José de Espronceda (1808-1842). Y cuando el movimiento decayó en Europa, tras 1840, surgió con mucha fuerza una segunda generación romántica en España.

 

Los intelectuales empezaron a volver a España en 1832, momento que se toma como inicio del romanticismo español. Pero los escritores españoles eran en ese momento neoclásicos. El padre Alberto Lista (1775-1848) y el bibliotecario Agustín Durán[13] (1789-1862) se dedicaban a valorar el romancero y el siglo de oro español. En Cádiz, Nicolás Böhl de Faber[14] traducía a Schlegel y su romanticismo alemán, e interpretaba el siglo de oro español como romántico o en sus aspectos románticos. En Barcelona, el periódico El Europeo publicaba artículos románticos y allí destacó Aribau[15] con su Oda a la Patria, que es el inicio del catalanismo y de la Renaixença, obra que se publica en otro periódico llamado El Vapor.

 

En 1833, entre los nuevos románticos españoles, los liberales, hay un grupo más conservador como Martínez de la Rosa, Duque de Rivas[16], llamados también doceañistas porque habían estado en la revolución de 1808-1814 y en la constitución de 1812 que les da nombre, y hay otro grupo más revolucionario o radical formado por jóvenes como Espronceda[17] o Larra, que defienden el compromiso del escritor con la política. Pero el movimiento decayó rápidamente en cuanto la burguesía se instaló en el poder y desapareció antes de 1840. El conformismo y la seguridad se instalaron en todos los ambientes románticos. Incluso el movimiento carlista de 1833-1840 puede ser tildado de romántico antiliberal y decae a partir de 1840, aunque vuelva esporádicamente después.

El romanticismo español imitaba demasiado a Europa y era, como se ha dicho, tardío, pues Europa lo abandonó hacia 1830 y en España perduró hasta 1870. España estaba fuertemente tocada por la Guerra de la Independencia y las persecuciones de liberales de tiempos de Fernando VII, más la Guerra de la Independencia de América, todo lo cual hacía difícil la reconstrucción económica y social del país. Incluso las Academias fueron cerradas en 1824 por ser sospechosas de liberalismo, aunque fueron reabiertas en 1827. La persecución de afrancesados y de liberales había privado de muchos intelectuales a España y ello se deja notar en una cultura romántica muy pobre, que tiende a situaciones de regionalismo (lamentos y lloros por una hipotética pérdida de libertades a manos de un hipotético invasor, que es España).

Se consideran obras románticas españolas de primera generación:

La Conjuración de Venecia (1834) de Martínez de la Rosa (Francisco Martínez de la Rosa 1787-1862),

Don Álvaro o la Fuerza del Sino (1835) del Duque de Rivas (Ángel Saavedra, duque de Rivas 1791-1865),

El Trovador de García Gutiérrez[18] (1836),

Los Amantes de Teruel de Hartzenbusch[19] (1837)

y la obra de Antonio Alcalá Galiano (1789-1865).

1837 es el año de suicidio de Larra, el considerado romántico español por excelencia, un aristócrata que cultivaba las letras por placer, o un hijo de burgués que se empleó en la administración esperando la llegada del éxito y de la fama a través de una novela o una obra de teatro. Larra era crítico teatral y crítico político en artículos de periódico. No estaba de acuerdo con la falta de libertad en las costumbres de su época. Se suicidó a los treinta años de edad tras unos fracasos personales amorosos. Entonces los periódicos aprovecharon esta disposición de los autores y publicaron novelas de folletín por entregas.

Y en 1842 murió también José de Espronceda, a los 34 años de edad, el otro gran romántico español. A su edad ya había sido exiliado político en 1823-33, escribiendo en 1833 el poema El Estudiante de Salamanca.

 

A partir de entonces podemos hablar de una segunda generación romántica española. Podemos hacer empezar esta segunda generación romántica en 1843-44, cuando se publicó en Madrid Los Españoles pintados por sí mismos, obra conjunta de varios escritores, describiendo tipos sociales ilustrados cada uno con un dibujo.

Esta segunda generación conoce ya a Alphonse Lamartine[20] (1790-1869), del romanticismo francés. También lee al alemán Heine, en traducciones al francés. Heine representa un lirismo intimista, que ya no es para declamar, sino para leer al oído.

Heinrich Heine (1797-1856) era un poeta alemán que destruyó las maneras románticas anteriores a él, para adoptar un lenguaje más sencillo, menos sentimentaloide, menos arcaizante en el lenguaje. Era de origen judío y ello le provocó rechazo social. Se convirtió al cristianismo en 1825 y empezó a escribir críticas políticas a gobernantes alemanes, e incluso estuvo en el socialismo utópico, pasando a lo contrario del romanticismo. Fue más leído en España que en otras partes, hasta que fue reivindicado ya en el siglo XX.

La gran eclosión romántica española llega con esta generación romántica, al romanticismo tardío de Bécquer[21] (1836-1870) o de José Zorrilla[22] (1810-1893), Manuel Fernández González[23] (1821-1888) y Rosalía de Castro[24] (1837-1885). También pudiéramos incluir en esta tendencia a los costumbristas como Estébanez Calderón[25], Mesonero Romanos[26], Bretón de los Herreros…

En época del segundo romanticismo español, ya triunfaba el realismo incluso en España, que reacciona tardíamente a los movimientos europeos. Los románticos siguen siendo pocos. El realismo español de esta segunda mitad de siglo viene representado por Campoamor, Tamayo y Baus, y Echegaray.

 

Otro aspecto del romanticismo es el inicio de los movimientos nacionalistas. El más importante del XIX español fue la Renaixença: La Oda a la Patria la escribió Aribau en 1833 como homenaje al banquero catalán Remisa y fue publicada en El Vapor. En 1839, Rubió i Ors[27] publicó también en el Diario de Barcelona Lo Gaiter del Llobregat, y en 1841 se inició un certamen poético que se tiene por inicio del nacionalismo catalán. También en 1836 se editó un Calendari de Pagés que estaba en catalán y tuvo difusión en zonas rurales y ayudaba a recordar el catalán.

La burguesía catalana era conservadora y su ideología viene representada por el sacerdote Jaime Balmes[28] (1810-1848) que intentaba una conciliación entre liberalismo y carlismo por medio del catolicismo social. Escribió reflexiones filosóficas como El Criterio 1843, o Filosofía Fundamental de 1847. En ellas, luchaba contra el escepticismo que mostraban los ilustrados y los liberales y argumentaba que no se podía dudar de todo, pues la duda misma es ya una verdad en sí. Hay certezas, o verdades, subjetivas, matemáticas y objetivas. Las subjetivas son sostenidas por la conciencia (por ejemplo el “cogito ergo sum”), las matemáticas por la evidencia (por ejemplo, el principio de no contradicción), las objetivas por el sentido común. Las verdades subjetivas y matemáticas no agotan el campo de la verdad, sino que hay otras verdades de sentido común que no expresables en el lenguaje, porque éste es un instrumento universal que difícilmente puede expresar lo individual, lo personal. A veces, estas últimas se expresan mejor en el arte que en el lenguaje.

Fueron muchos los burgueses que publicaban en sus periódicos versos en catalán o artículos en catalán, como El Propagador de la Libertad, El Catalán, El Guardia Nacional, La Religión, El Vapor… Pero un periódico en catalán era una empresa demasiado arriesgada porque casi nadie hablaba catalán y el experimento de Lo Verdader Catalá fracasó en 1843.

Cataluña en la segunda mitad del XIX vivió la Renaixença que se inició con la restauración de Els Jocs Florals en 1859, certamen de poesía romántica utilizado y patrocinado por los burgueses catalanes para hacer renacer el idioma. Destacaron mosén Jacint Verdaguer[29] (mosén Cinto), 1845-1902, escribiendo La Atlántida y Canigó; Angel Guimerá[30], 1847-1924, hizo teatro como Terra Baixa y Mar i Cel; Milá y Fontanals[31] que hizo estudios de historia literaria, recopilando el Romancerillo catalán e impulsando los Juegos Florales. Este esfuerzo sirvió para hacer estudios lingüísticos, estudios que se hicieron en castellano, pero trataban del catalán casi perdido ya por entonces. Entre los estudios históricos destaca Los Condes de Barcelona Vindicados de Próspero de Bofarull[32] 1835, Diccionario Crítico de Escritores Catalanes de Torres Amat[33] 1836 y la Historia de Cataluña de Víctor Balaguer[34] 1860.

En 1867 se publicó una gramática catalana.

Y en 1871 apareció una revista que se llamará La Renaixença y que será diaria desde 1881 que dio nombre al movimiento catalanista.

 

En Valencia destacaron el sacerdote Juan Arolas[35] (1805-1849) y el historiador Vicente Boix[36] (1813-1880) y el literato pintor José María Bonilla (1808-1870).

 

 

 

La historia, a principios del XIX.

 

El campo de la literatura y el de la historia, a finales del XVIII y principios del XIX, no son tan diferentes como lo serían después. La historia no tenía métodos propios historiográficos y se basaba en las formas literarias, como un género más.

Antonio Campmany i Montpalau, 1742-1823, huyó en 1808 hacia Cádiz porque era “patriota”. Escribió Memorias Históricas sobre la Marina, Comercio y Artes de la Antigua Ciudad de Barcelona, y en 1807 Cuestiones Críticas sobre varios puntos de Historia Económica, Política y Militar, discutiendo si había más o menos actividad económica en su tiempo que en siglos pasados.

Manuel José Quintana, 1772-1857, cultivó tanto la poesía como la historia y el periodismo, campo en el que ya le hemos citado otras veces. Escribió Vidas de Personajes Ilustres, que tiene cierta utilidad para nosotros, y en 1823 Cartas a Lord Holland sobre los sucesos políticos de España en la Segunda Época Constitucional, en las que rebatía las negativas visiones extranjeras sobre los sucesos del Trienio Constitucional español.

Vargas Ponce, 1760-1821, escribió Elogio del Rey don Alfonso el Sabio, La Vida de don Pedro Niño, La Vida de don Juan José Navarro y El Último Viaje al Estrecho de Magallanes.

Ortiz y Sanz, 1739-1822, escribió un Compendio Cronológico de Historia de España, 1795-1803, en siete tomos.

Martínez Marina, 1794-1833, escribió en 1806 Ensayo Histórico Crítico sobre la Legislación y Principales Cuerpos Legales de los Reinos de León y Castilla, y en 1813 Teoría de las Cortes o Grandes Juntas Nacionales de los Reinos de León y Castilla, y en 1820 Juicio Crítico de la Novísima Recopilación, que tienen tanto interés histórico como en el campo del Derecho.

Sempere y Guarinos escribió Ensayo de una Biblioteca Española de los mejores escritores del Reinado de Carlos III en seis volúmenes publicados entre 1785 y 1789, y Biblioteca Española Económico Política, en cuatro volúmenes publicados entre 1801 y 1821. También escribió en 1805 Historia de los Vínculos y Mayorazgos, y en 1820 Observaciones sobre las Cortes y sobe las Leyes Fundamentales de España, y en 1815 Historia de las Cortes de España, libro en el que rebatía a Martínez Marina y su Teoría de las Cortes de 1813, y por último en 1822 Historia del Derecho Español, donde de nuevo corrige a Martínez Marina.

Juan Antonio Llorente, 1756-1823, era un afrancesado que en 1812 escribió Memoria Histórica sobre cuál ha sido la opinión nacional de España acerca del Tribunal de la Inquisición, y en 1814 Memoires pour servir a l`histoire de la Revolution d`Espagne, y en 1817-1818 Historia Crítica de la Inquisición, en cuatro volúmenes.

Juan Antonio Conde, 1765-1820, escribió en 1798 Descripción de El Idrisí, y en 1817 Sobre las Monedas Árabes, y en 1820-1821 Historia de la Dominación Árabe en España, sacada de varios manuscritos y memorias arábigas.

Diego Clemencín, 1765-1814, escribió en 1820 Elogio de la Reina Isabel la Católica.

Andrés Murill, 1776-1840, escribió en 1820 Los Afrancesados, cuestión política, y más tarde Historia de Carlos IV.

Alberto Lista, 1775-1848, escribió en 1809 Elogio Histórico de Floridablanca, y en 1828 Importancia de Nuestra Historia Literaria, y también Resumen Analítico de la Historia Universal del conde de Segur.

 

Como historiadores de época más avanzada destacaron el conde Toreno y Modesto Lafuente[37], que fueron los autores de quienes copiaron versiones durante el resto del XIX y casi todo el siglo XX, sin apenas revisar otras fuentes.

 

 

 

 

 

 

 

[1] Antonio López Aguado, 1764-1831, estudió arquitectura en San Fernando, Italia y Francia, y fue profesor de la Academia de San Fernando a partir de 1795

[2] Silvestre Pérez, 1767-1825, fue un aragonés interesado por el equilibrio de los espacios arquitectónicos, que tras trabajar en Vascongadas, fue arquitecto de José I, lo cual fue su gloria en Madrid y su mala suerte tras la derrota francesa en 1813, pues tuvo que volver al País Vasco y perdió oportunidades en Madrid.

[3] Antonio Celles Azcona, 1775-1835, fue catedrático de arquitectura en Barcelona.

[4] Josép Mas Vila, 1779-1855, era hijo del arquitecto Joseph Mas Dordal, e hizo el mercado de San José (La Boquería).

[5] Vicente López Portaña, 1772-1855, estudió pintura en Madrid, pero se fue a Valencia en 1792, donde pintó a Fernando VII con hábito de la orden de Carlos III, y a varios generales franceses de la Guerra de la Independencia. En 1815, Fernando VII le hizo pintor de Cámara e hizo varios retratos de personajes madrileños, los más conocidos de los cuales son el de Goya (1826) y el de Fernando VII con hábito de la orden del Toisón de Oro (1831). También fue pintor de Cámara de Isabel II.

[6] José Madrazo Agudo, 1781-1859, era santanderino y estudió en San Fernando y París, donde aprendió el neoclasicismo de Jacques Louis David y de Ingres. En 1806 fue a Roma y pintó La Muerte de Viriato. Se manifestó en contra de la invasión francesa sobre España y fue encarcelado. En 1813, Carlos IV le nombró su pintor de Cámara y retrató a burgueses romanos, hasta que en 1815 los franceses entraron en Roma y Carlos IV huyó. En 1818 regresó a Madrid y organizó el Museo del Prado a partir de las colecciones reales de pintura. Es el padre de Federico Madrazo Kuntz (1815-1894), Pedro Madrazo (1816-1898), Luis Madrazo, y abuelo de Raimundo Madrazo (1841-1920) y Ricardo Madrazo (1851-1917), todos pintores, pero el más famoso de todos ellos fue sin duda Federico Madrazo Kuntz.

[7] José Aparicio Inglada 1773-1838, estudió pintura en Valencia, Madrid, París y Roma, fue pintor de Cámara de Fernando VII a partir de 1815 y pintó Desembarco de Fernando VII en la Isla de León, El Hambre en Madrid, La Batalla de San Marcial, Retrato del General Castaños

[8] Juan Antonio Ribera Fernández, 1779-1860, fue pintor de Cámara de Fernando VII desde 1816 e hizo las alegorías de la primavera, verano, otoño e invierno, además de imaginaciones pseudohistóricas de Wamba renunciando a la Corona, Cincinato abandonando el arado para dictar leyes en Roma, …

[9] François René de Chateaubriand, 1768-1848, es considerado como el iniciador del romanticismo en Francia. Era un realista, en cuanto partidario del absolutismo real, que tuvo que exiliarse en 1792 y marchó a Inglaterra, donde defendía con ardor el cristianismo. En 1801, cuando Napoleón hizo un concordato con el Papa, creyó en Napoleón, pero se desencantó en 1806 e hizo un gran viaje que cambió su vida: visitó Grecia, Palestina, norte de África y España, y volvió a Francia siendo muy crítico respecto a Napoleón. Desde entonces colaboró con Luis XVIII, e incluso representó a Francia en el Congreso de Verona de 1822. Allí, defendió la intervención francesa en España. En 1830 se negó a jurar a Luis Felipe de Orleáns, el nuevo rey francés, y se retiró de la política.

[10] Walter Scott, 1771-1832 fue un escocés al que se tiene por iniciador del romanticismo con títulos tan populares como Ivanhoe, Rob Roy, La Dama del Lago, Waverley y otros. Sufrió de la polio, que le dejó cojo y le enviaron al campo para restablecer su salud, circunstancia que le sirvió para aprender las leyendas populares. Luego estudió Derecho en Edimburgo. A los 25 años de edad empezó a escribir baladas en verso y creó una imprenta para difundir sus obras. Tocaba temas de caballeros, guerras, sucesos patéticos, relatos imaginarios… todo lo que se vendía bien. Como la balada no tenía mucho mercado, a partir de 1814 empezó a hacer novelas de temas escoceses, con ambiente pseudohistórico y tuvo éxito. Entonces probó con temas ingleses, Ivanhoe, y con leyendas francesas y así triunfó él y el romanticismo. Se gastó el dinero en construirse un palacio en el campo y se arruinó en 1825, y murió lleno de deudas. Los realistas de final del XIX calificaron su obra de literatura para mujeres, y los de principios del XX le calificaron de torpe y mediocre, pero, desde 1945, es considerado como un gran valor literario.

[11] Johann Gottfried von Herder, 1744-1803, fue el líder de la Sturm und Drang alemana, movimiento literario que buscaba el sentimiento exaltado. Había sido discípulo de Kant y había desarrollado la idea del Volkgeist o espíritu de cada pueblo.

[12] Víctor Marie Hugo, 1802-1885, era un reformista social en el sentido de que defendía la eliminación de desigualdades sociales, pero en 1871 fue enemigo de La Comuna y del igualitarismo, como tampoco estuvo de acuerdo con la brutal represión ejercida por el Estado contra La Comuna. Es considerado como uno de los grandes románticos franceses. En 1879, pidió que Europa colonizase África, porque consideraba que África debía ser sacada de la barbarie, y el modo de colonizarla debía ser la extensión del comercio, pues el comercio y la riqueza acaban con las guerras. También pensaba en la necesidad de unos Estados Unidos de Europa, que fuesen líderes de la civilización mundial.

[13] Agustín Francisco Gato-Durán y de Vicente Yáñez, 1789-1862, era de familia extremeña, pero nació en Madrid. En 1806 estudió Leyes en Sevilla y empezó a coleccionar romances y piezas de teatro antiguas. En 1808 fue afrancesado y en 1813 hubo de abandonar Sevilla y se instaló en Valladolid como abogado. En 1821 trabajó en la Dirección General de Estudios. En 1823 fue expulsado. A partir de 1833 trabajó en la Biblioteca Nacional, de la que fue director en 1854.

[14] Juan Nicolás Böhl de Faber era un alemán cuyo padre se había establecido en Cádiz, donde era cónsul de Prusia y comerciante de vinos. Era una familia de alto poder adquisitivo. Se casó con Francisca Javiera Ruiz de Larrea y Aherán, que hablaba francés, alemán e inglés, y juntos viajaban por Europa sin problemas económicos ni de idioma. Francisca era ultracatólica. En 1890, los esposos vivían en Suiza, y Nicolás se interesó por la ideas de Wilhelm Schlegel y de Friedrich Schlegel. Llegados a España, Nicolás se interesó por Calderón de la Barca y es tenido por un hispanista importante. Nicolás identificaba romanticismo con absolutismo, tradicionalismo y catolicismo, pues el romanticismo era cultivas las tradiciones populares y Europa era tradicionalmente católica-cristiana. Con ese argumento atacaba a los liberales, los cuales veían en el romanticismo una expresión de los pueblos en contra de la tiranía del absolutismo y de la irracionalidad católica. La disputa de los liberales españoles contra Böhl de Faber, quizás hizo que algunos leyeran más, sobre todo el romancero español, pues era preciso rebatirle. Más conocido que Nicolás, es su hija Cecilia Böhl de Faber y Larrea, Fernán Caballero, la cual nació en Suiza y vició en Alemania hasta los 17 años, se trasladó a Sevilla, y vivió más tarde en Puerto Rico, Alemania y España, siendo más romántica que su padre, pues escribió sobre el costunbrismo andaluz.

[15] Buenaventura Carlos Aribau i Farriols, 1778-1862, además de poeta catalanista, era experto en economía y trabajó como tal para Gaspar de Remisa y sus empresas periodísticas, para el Estado español y para la reina. En este sentido, también dirigió a partir de 1846, la publicación de la Biblioteca de Autores Españoles que hizo Manuel Ribadeneyra.

[16] Ángel María de Saavedra y Rodríguez de Baquedano, 1791-1865, duque de Rivas, fue liberal, apoyó el levantamiento de Riego en 1820, y fue por ello condenado a muerte en 1823, así que huyó a Inglaterra y en 1825 a Malta y en 1830 a París. Regresó a España en 1833. En mayo de 1836 fue ministro de Gobernación en el gobierno Istúriz. En 1844-1850 fue embajador de España en Nápoles. En julio de 1854 fue Presidente del Consejo de Ministros, cuando en teoría lo era Espartero.

[17] José Ignacio Javier Oriol Encarnación de Espronceda y Delgado, 1808-1842, fue un extremeño que estudió en Madrid (Alberto Lista fue uno de sus profesores) hasta que en 1823 fue cerrado su colegio. Entonces se asoció con sus compañeros para continuar por sí mismos. En 1825 fue encerrado en un convento, durante cinco años, con el fin de reformar su conducta. Escribió poemas románticos y novelas ambientadas en la historia. En 1830 viajó por Europa occidental y conoció las revueltas de la época. En 1833 regresó a España y se enroló en la Milicia Nacional y en el Partido Progresista. Murió de difteria a los 34 años de edad.

[18] Antonio María de los Dolores García Gutiérrez, 1813-1884, era un andaluz que hablaba francés y mediante esa cualidad leyó a los románticos franceses y escribir en español con éxito. en 1844 viajó a Cuba y México, y regresó a España en 1850 escribiendo con éxito zarzuelas, dramas y comedias.

[19] Juan Eugenio Hartzenbusch Martínez, 1806-1880, escribió Los amantes de Teruel en 1837, aprovechando un tema que ya había sido expuesto en verso por Yagüe de Salas en 1616. Fue padre de Eugenio Hartzenbusch Hiriart, 1840-1910, dramaturgo romántico menos conocido.

[20] Alphonse de Lamartine, 1790-1869, era miembro de la pequeña nobleza francesa y, como tantos otros, se hizo militar. En 1814 apoyó a Luis XVIII. Obtuvo trabajo en la ambajada francesa en Nápoles de 1825 a 1828. Fue Ministro de Asuntos exteriores en 1848, siendo recordado por su lucha por el final de la esclavitud, por la abolición de la pena de muerte, el derecho al trabajo y la capacitación laboral. Escribió versos y relatos, y también intentó hacer relatos de hechos de su época, como 1848.

[21] Gustavo Adolfo Domínguez Bastida, 1836-1870, que firmaba como Gustavo Adolfo Bécquer, era sevillano. Su familia era descendiente de comerciantes flamencos inmigrados en el siglo XVI y utilizaba el sobrenombre de Bécquer desde generaciones anteriores, y así se hicieron llamar su padre, el pintor José Domínguez Bécquer, y su hermano, el pintor Valeriano Bécquer. Su padre, que instruía a todos los hijos en la pintura, murió cuando Gustavo Adolfo tenía 5 años, y así no pudo aprender las técnicas de la pintura. Su madre murió cuando Gustavo Adolfo tenía 11 años. Los siete hermanos fueron acogidos por una tía materna que le puso a estudiar pintura, pero sin éxito. Le gustaba más leer libros. En 1854, a sus 18 años de edad, se fue a Madrid y soportó las calamidades de la vida bohemia, enfermando de tuberculosis en 1857. Escribía para sobrevivir y sobrevivía porque le protegía su hermano Valeriano. En 1858 se enamoró platónicamente de una cantante de ópera, Julia Espín, hija de un profesor de música de Universidad y Conservatorio, que nunca le hizo caso. En 1859 tuvo una amante vallisoletana. En 1860 contrajo una enfermedad venérea y también obtuvo trabajo en El Contemporáneo, que le duró 5 años. En 1861 se casó y se fue a vivir a casa de sus suegros, en un pueblo de Soria, lo cual sirvió para que escribiera mucho. En 1864 fue nombrado censor de novelas por un protector que le duró el resto de su vida, González Bravo, lo cual le viene bien económicamente, pero no sentimentalmente. Empeora de su enfermedad y viaja a Sevilla y Madrid, pero sin la compañía de su mujer, la cual le deja en 1868. los últimos hijos del matrimonio, Gustavo cree que no son suyos. En 1870 muere su hermano Valeriano, su protector, su refugio, la persona más importante de su vida, y Gustavo Adolfo se abandona hasta tal punto que coge un frío y muere tres meses después.

[22] José Zorrilla y Moral, 1817-1893, era hijo de una familia absolutista y católica, y su padre, superintendente de policía era despótico y severo. Nació en Valladolid, pero vivió su niñez en Burgos, Sevilla y Madrid, donde cumplió los 9 años de edad. Fue a estudiar al Seminario de Nobles de los jesuitas. En 1833 se libró de la presencia de su padre, pues el padre fue destinado a Burgos y José fue a estudiar Derecho a Toledo, pero aquello fue una liberación descontrolada, explosiva, y el canónigo que se hacía cargo del estudiante le mandó de vuelta a Valladolid, quizás porque le gustaban más las mujeres que los libros. Zorrilla se puso a leer a los románticos Scout, Chateaubriand, Dumas, Víctor Hugo, Duque de Rivas, Espronceda y el padre le castigó con ir a trabajar al campo, momento en el que José huyó a Madrid sin dinero, en 1836, y vivió entre la bohemia como pudo. En el entierro de Larra improvisó un poema y así fue conocido, lo que le sirvió para colocar algunos artículos en periódicos, justo en el espacio que había dejado Larra, y pudo comer. Escribió entonces algunos dramas románticos. En 1838 se casó con una viuda irlandesa muy mayor, que resultó que estaba arruinada, y se separó de ella en 1845 viviendo con múltiples amantes. Ideó otra forma de medrar, y fue por la facultad de Medicina, lo que le permitió entrar en contacto con jóvenes y personalidades diversas. En 1851 se marchó a París, donde vivió con una amante francesa. En 1853 fue a Londres. En 1854 fue a México, donde estuvo 12 años, y tuvo la oportunidad de visitar Cuba en 1858. Creyó triunfar definitivamente con la revolución de Maximiliano II de Austria, pero el fusilamiento de éste acabo con sus esperanzas. Por suerte, la muerte de Maximiliano ocurrió cuando José Zorrilla estaba en España. Zorrilla se enfureció contra Napoleón III y contra el Papa. En 1869 se casó de nuevo y, a partir de esta época, tuvo muchos homenajes y poco dinero, el que le donaban algunos burgueses y una pequeña pensión del Estado. Nunca superó el no ser aceptado por su padre y escribió siempre con ideas tradicionales, como las de su padre, en las que no creía o que no practicaba. Nunca amó realmente a una mujer. Aparecía como un personaje ingenuo y bondadoso, que no quería comprometerse a nada e incluso rechazaba cargos políticos, y que siempre estaba sin blanca.

[23] Manuel Fernández González, 1821-1888, era sevillano, estudió en Granada y escribía novelas de folletín publicadas por entregas. Dictaba a sus secretarios y gastaba el dinero con prodigalidad, de modo que nunca tuvo riquezas.

[24] Rosalía de Castro, 1837-1885, era una gallega, actualmente sacralizada por los galleguistas. Era hija de un cura y fue bautizada como de padres desconocidos. Fue criada en el campo y así conoció los trabajos del campo gallego. En 1856 la mandaron a Madrid para alejarla de los ambientes socialistas gallegos y presentó unas poesías que le gustaron a un hoombre que se casó con ella y la animó a seguir escribiendo. Viajó por casi toda España. En 1863 triunfó con Cantares Gallegos. En 1871 regresó a Galicia para siempre. Tenía cáncer de útero. En 1880 volvió a tener éxito con Follas Novas, escrito en los diaez años anteriores a la fecha de publicación. En 1887 publicó su tercer gran éxito, A las Orillas del Sar. Su gran mérito fue escribir en gallego cuando esta lengua sólo la hablaba el pueblo bajo.

[25] Serafín Estébanez Calderón, El Solitario, 1799-1867, era un escritor andaluz que fue catedrático de griego en Granada y abogado en Málaga. En 1834 luchó en el bando cristino. En 1837 fue catedrático de árabe. En   fue ministro de Gobernación. Escribió sobre el costumbrismo andaluz, los toros, el flamenco…

[26] Ramón Mesonero Romanos, 1803-1882, estuvo enrolado en la Milicia Nacional en 1820 en Madrid, a los 18 años de edad. En 1833 viajó a Francia y poco después a diversos países europeos. Escribió en muchos periódicos, a veces con el seudónimo “El pobrecito hablador”. A lo largo de su vida evolucionó hacia el conservadurismo.

[27] Joaquín Rubió i Ors, 1818-1899, fue un romántico que en 1841 escribió el manifiesto de la Renaixença catalana, bajo el seudónimo de Lo Gaiter del Llobregat, en el Diario de Barcelona, defendiendo la lengua catalana, entonces sólo hablada por el pueblo bajo. Defendía la necesidad de dignificarla.

[28] Jaime Luciano Antonio Balmes y Urpía, 1810-1848, era un catalán que había estudiado teología en Cervera. En 1845 se trasladó a Madrid y se declaró enemigo del escepticismo. Defendió la necesidad de la fe católica.

[29] Jacint Verdaguer y Santaló, 1845-1902, estudió en el seminario de Vic y ganó varios premios florales siendo todavía seminarista. En 1870 se ordenó sacerdote y trabajó como capellán en la Compañía Trasatlántica del Marqués de Comillas, viajando hasta La Habana. Siguió ganando premios a su poesía. A Partir de 1878 viajó por Europa y Tierra Santa, cuando ya era un protegido de Antonio López, y figuraba como su limosnero.

[30] Ángel Guimerá Jorge, 1845-1924, nació en Canarias y era hijo de catalán y canaria, marchando a Barcelona y El Vendrell a los nueve años de edad. Allí se convirtió en un defensor de la lengua catalana escribiendo comedias y poesía.

[31] Manuel Milá i Fontanals, 1818-1884, era catedrático de Estética e Historia de la Literatura en la Universidad de Barcelona. A partir de 1844 escribió literatura romántica en castellano, pero pronto decidió escribir también en catalán y en 1853 aparecía como ferviente catalanista. Como filólogo, estudió el origen de las lenguas románicas.

[32] Próspero de Bofarull y Mascaró, 1777-1859, estudió Leyes en Cervera y en Huesca y fue liberal moderado. Trabajó en la historia de la Corona de Aragón.

[33] Félix Torres Amat, 1772-1847, fue un sacerdote que había estudiado en Alcalá, Tarragona, San Isidro de Madrid y Cervera y recibió el encargo de traducir la biblia al castellano. La publicó en 1823 y empezó a tener problemas con los católicos, ganándose la fama de “jansenista”, personas que querían racionalizar el catolicismo. En 1835, ya con los liberales en el poder, fue nombrado obispo de Astorga. Aprovechó para escribir más cosas, y entonces Roma le vetó su Apología Católica

[34] Víctor Balaguer i Cirera, 1824-1901, estudió Leyes en Barcelona y puso sus conocimientos al servicio del movimiento catalanista, pero sin dejar de escribir en castellano. Cultivaba temas regionales y destacó en algunas tragedias románticas. En 1854 se hizo progresista y revolucionario, dentro del campo burgués. En 1866 se exilió, debido al mal ambiente antiliberal, y regresó en 1868. Fue ministro de de Ultramar en octubre de 1871 y de Fomento en mayo de 1872, cuando ya era más moderado.

[35] Juan Arolas, 1805-1849, nació en Barcelona, pero siendo niño fue llevado a Valencia y se hizo fraile escolapio (San José de Calasanz), estudiando en Zaragoza y Valencia. Acabó siendo profesor en Valencia y defendía ideas liberales en El diario Mercantil. Leyó a los románticos europeos y publicó relatos y leyendas eróticas. Fue calificado de enfermo y loco por los frailes.

[36] Vicente Boix i Ricarte, 1813-1880, se hizo escolapio (San José de Calasanz) en 1827 y era profesor de latín, pero abandonó la orden en 1837 y viajó a Europa occidental, donde conoció a los románticos. Se hizo liberal exaltado y escribía en los periódicos liberales. Espartero le desencantó en 1840-1843, y acabó siendo profesor de historia en un instituto de Valencia.

[37] Modesto Lafuente Zamalloa, 1806-1866, fue un palentino que estudió en los seminarios de León , Astorga y teología en Valladolid, hasta que abandonó la sotana en 1836, se hizo liberal y comenzó a satirizar la vida política española en Fray Gerundio. Pasó a Madrid, y difundió ideas liberales. En 1850-1867 escribió la Historia General de España, en 29 volúmenes, que fueron continuados por Juan Valera. Su obra fue sacralizada por los liberales, es decir, por todo el siglo XIX y primera mitad del XX, pues sustituía a la de Juan de Mariana escrita en 1600, que los liberales odiaban.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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