EL GOBIERNO MARTÍNEZ DE LA ROSA, DE 1822[1],

28 de febrero 1822 – agosto de 1822

 

Fernando VII quiso contrarrestar el triunfo exaltado en las Cortes, nombrando un Gobierno moderado, de la derecha de los liberales moderados, que presidió Martínez de la Rosa.

Secretario de Estado, Francisco Martínez de la Rosa (ayudado por Santiago Usoz Mozi[2] y Nicolás María Garelli Battifora[3] como interinos eventuales).

Gracia y Justicia, Nicolás María Garelli Battifora / 23 julio 1822: Damián de la Santa

Guerra, Luis Balanzat Briones[4] / 6 julio 1822: Jerónimo Lobo Campos / 7 julio 1822: Felipe Sierra Pambley[5] / 10 julio 1822: Miguel López-Baños Monsalve.

Marina, Jacinto Romarate Salamanca[6] como titular, y en realidad Francisco de Paula Osorio Vargas.

Gobernación del Reino para la Península e Islas Adyacentes, José María Moscoso de Altamira Quiroga[7] / 7 julio 1822: Joaquín Fondevilla / 8 de julio 1822: Diego Clemencín / 10 julio 1822: José María Calatrava[8].

Hacienda, Felipe Sierra Pambley

Gobernación Ultramar, Manuel de la Bodega / 13 marzo 1822: Diego Clemencín[9].

 

En marzo de 1822 se completó el equipo de Gobierno que había aceptado Martínez de la Rosa. Era un hombre incapaz de mantener una opinión y siempre dispuesto a todo tipo de diálogo. Su programa fue intentar acabar con los exaltados, sus clubs y sus periódicos. Pero gobernaba con tan poca autoridad, queriendo quedar bien con todos, y hacía tantos arreglos y cambios, que se mostró inoperante. Por ello se le puso el mote de “Rosita la Pastelera”.

El rey estaba dispuesto a boicotear los proyectos liberales exaltados, base de su populismo: El rey devolvió a las Cortes viejas leyes como la de Sociedades Patrióticas y la de Abolición de los Señoríos, negándose a sancionarlas, lo cual podía hacer constitucionalmente dos veces seguidas, siempre que no se cambiara el texto, pues si se cambiaba, el rey tenía derecho a volver a empezar.

Los exaltados atacaban al Gobierno porque decían que no era suficientemente severo con los contrarrevolucionarios, no sometía a los eclesiásticos, no echaba de Madrid a los funcionarios cesantes, que se convertían en conspiradores, no castigaba a los pueblos que auxiliaban a las partidas absolutistas. Pero los exaltados no tenían ninguna posibilidad de éxito. Eran tipos desordenados en sus maneras, poco organizados como partido, frecuentemente discutiendo entre sí en todas las cuestiones políticas, con grandes desacuerdos internos.

La nobleza apenas participó en las revueltas absolutistas contra el Gobierno liberal. Los revoltosos fueron más bien facciones del ejército y del clero: los obispos declararon que la Iglesia se hallaba perseguida, y algunos frailes y curas colaboraban activamente con las partidas absolutistas.

La lucha parlamentaria dejaba mucho que desear: Los parlamentarios exaltados contaban en las Cortes historias de pueblos en los que se demostraba que el Gobierno no actuaba en las reformas que debían beneficiar al pueblo, y se perdían en anécdotas poco trascendentes propias de barriobajeros incultos, de modo que hacían el ridículo de forma vergonzante en las Cortes. Como en ese terreno no tenían futuro, sacaban a la gente a la calle, como en Valencia que apedrearon al ejército, y en Pamplona que lograron enfrentar a la Milicia con el ejército. La conclusión de este populismo victimista exaltado fue que las Cortes aprobaron un texto para tomar medidas de Gobierno para guardar el orden, lo cual era una derrota de los exaltados. Y lo peor de todo, es que, en el fondo, los exaltados tenían razón, pues no se estaban haciendo la redistribución de la propiedad adecuada, la eliminación de los privilegios sociales, la reforma de los impuestos hacia una justicia social, el control del orden público en cuanto a bandoleros y seguridad ciudadana, el restablecimiento de las relaciones con América y restablecimeinto de los puestos de trabajo consiguientes a la reapertura del comercio… Y de ahí la polémica de si los exaltados no tenían otro medio de expresarse que salir a la calle, o que los exaltados impedían que los afrancesados y moderados, grupos sociales en general cultos, hicieran las reformas adecuadas, aunque no exactamente las que pedían los exaltados en la calle.

 

 

Levantamientos realistas en primavera de 1822.

 

En abril de 1822 empezaron los levantamientos realistas catalanes. Costa (apodado Misas) levantó una partida de 200 hombres en Camprodón y desde allí fue a Olot, teniendo que salir a Francia huyendo.

La situación del país era de miseria, y el Gobierno estableció un programa contra la pobreza, recomendando el 14 de mayo que los ayuntamientos dieran comidas gratuitas a los pobres, e iniciando obras públicas para dar trabajo a los obreros, como fue la carretera Barcelona-Tarragona. Eran medidas desesperadas, que sólo incrementaban el gasto del Estado, y no daban solución al problema económico, sino a corto plazo. Tendían a paliar la violencia instalada en la calle, a combatir el populismo de los exaltados con populismo de Estado. La irracionalidad se combatía con irracionalidad.

En mayo de 1822 se levantó Juan Romagosa[10] en El Vendrell con 800 hombres, ayudado por Joan Rafi Vidal[11] de Vilabella, capitán de 100 hombres. También por estos días apareció otra partida del ex-fraile Antonio Marañón, el Trapense, con otros 800 hombres. Igualmente, Cervera y Miralles constituyeron una Junta de 12 miembros que requirió la intervención del ejército.

Como se puede deducir, el éxito de estos levantamientos radicaba más en el hambre generalizada, que en las creencias políticas de la gente. También hay que tener en cuenta la violencia practicada por los exaltados contra bienes y personas del clero, que llevaba al clero y a los católicos a reaccionar.

El objetivo de estas partidas realistas fue tomar el Monasterio de Poblet, donde estaba Joaquín Ibáñez-Cuevas barón de Eroles, conocido absolutista que había de ponerse al mando de los realistas.

El barón de Eroles era un jefe de partida realista de la zona de Lérida que hizo correr el rumor de que Fernando VII estaba prisionero moral de los liberales e intentó la unificación de las partidas. Llegó a dominar desde Álava a Gerona, y ello le dio mucho prestigio entre los realistas.

En mayo de 1822 había un plan de golpe de Estado realista: una partida asaltaría La Granja o El Escorial, cualquiera de los dos palacios, cuando estuviese allí Fernando VII y propiciaría la huida del rey. En el plan, se abandonaba a las mujeres de la familia de Fernando VII, para viajar más rápido y asegurar la finalidad del golpe, la huida del rey, pero Fernando VII no aceptó dejar a las mujeres y a los niños abandonados.

Luis XVIII de Francia exigió un plan de Gobierno para caso de éxito de la sublevación realista, y sugirió un Gobierno constitucional y no represivo. Pedía una constitución como la francesa que él había dado a Francia (Carta Otorgada). Fernando, para contentarle, prometió Cortes estamentales. A Alejandro de Rusia, le prometieron no volver al absolutismo represivo si les ayudaba. Los realistas no podían aceptar una constitución, pues era contrario a sus convicciones. Fernando VII, difícilmente podía imponer una constitución moderada o Carta Otorgada, sin el apoyo de nadie en España para ello. La situación era, como poco, políticamente confusa.

Los exaltados no sabían cómo reaccionar ante el peligro realista: El 28 de mayo de 1822, Riego intentó imponer al rey un Gobierno liberal exaltado con Calatrava al frente, pero el rey se negó.

El 30 de mayo, el rey clausuró las Cortes para que Martínez de la Rosa, moderado, pudiera prescindir de unas Cortes exaltadas, y fuera más libre para gobernar.

El 30 de mayo de 1822 hubo manifestación absolutista en Aranjuez, frente a la persona del rey, y con vivas al rey. También en Valencia, unos 60 soldados de artillería tomaron la ciudadela por unas horas.

Martínez de la Rosa y Garelli fueron a Aranjuez y pidieron al rey que condenase las manifestaciones absolutistas, pero Fernando se negó a hacerlo. Los ministros dimitieron, pero Fernando VII se negó a aceptar las renuncias.

 

 

Dificultades financieras de Martínez de la Rosa.

 

La recaudación de hacienda de 1822 fue especialmente baja, y en nada se aproximaba a los 460 millones de reales previstos. Este déficit de caja no permitía hacer frente a un compromiso de pago de culto y clero, y ello llevó a los diputados a no suprimir el diezmo, como tenían previsto, para no dejar a los curas, frailes, monjes y beneficiados en la miseria.

Sierra Pambley, Secretario de Despacho de Hacienda, presentó un Proyecto de Sistema General de Hacienda que podía cambiar mucho los tributos españoles: El diezmo fue calculado en 600 millones de reales y se pensó que, desamortizando tierras de la Iglesia, se podía indemnizar a parte de los que cobraban el diezmo para que dejaran de cobrarlo, y ello permitiría reducir los diezmos a la mitad y seguir manteniendo a otros que vivían de ellos (había otra gente que cobraba del diezmo además de los eclesiásticos). Esta reducción de impuestos o del diezmo a todos en general, permitiría introducir una contribución territorial directa de unos 200 millones de reales, y la gente, al final, pagaría menos impuestos que antes, y el Estado tendría un buen ingreso anual. Lo malo es que se boicoteó el proceso de desamortización, y la recaudación sólo se elevó a 8 millones, un fracaso teniendo en cuenta que se pensaban recoger 200 millones.

Entonces Sierra Pambley tuvo que pedir autorización a las Cortes para hacer gastos extraordinarios por valor de 1.100 millones de reales, pues se temía la invasión francesa. Como el déficit del Estado se calculaba en 800 millones en febrero de 1823, la situación de hacienda era particularmente alarmante. Las Cortes sólo autorizaron un gasto extraordinario de 442 millones.

 

 

Sublevación realista en verano 1822.

Regencia de Seo de Urgel.

 

Así, en medio de una crisis financiera profunda de Hacienda, llegamos a junio-julio de 1822, punto culminante de la sublevación realista, momento en el que coinciden una pequeña sublevación en Navarra, y otra grande en Cataluña:

En Navarra se produjo el Manifiesto de la Junta Gubernativa Interna de Navarra, o Junta de Pamplona, formada por Francisco Benito Eraso[12], Manuel Uriz[13], Joaquín Lacarra[14] y José Joaquín Mélida[15]. Atrajeron a Quesada[16] y Guergué[17] para que se pusieran al mando de las partidas y empezó la lucha.

En Cataluña, José Bossoms el Jep dels Estanys[18], atacó Solsona en junio, y se produjo una concentración de fuerzas realistas con Juan Romagosa (1.200 hombres), Antonio Marañón el Trapense (200 hombres), Abadals (150 hombres), Pablo Miralles[19] (300 hombres), y Romanillos, los cuales decidieron atacar Seo de Urgel (Lérida), el primer pueblo grande al sur de Andorra la Vieja, donde crearon la Junta Superior Provincial de Cataluña. Dividieron sus hombres en tres partes, y decidieron ponerse objetivos: Juan Romagosa iría sobre Urgel, Romanillos sobre Cerdaña, Pablo Miralles sobre Lérida, mientras el Trapense era encargado de la defensa de los fuertes ya tomados. Lograron tomar Solsona y Berga. El 22 de junio surgió otra Junta Política, Militar y Gubernativa en Mora de Ebro (Tarragona) (dirigida tal vez por el coronel Joan Rafi Vidal) y una junta en Mequinenza que se denominaba Junta de Aragón, lo cual significaba que los realistas dominaban el Pirineo y el bajo Ebro, pero no estaban muy bien coordinados. Se calculaba que su fuerza en ese momento era de unos 12.000 hombres. En julio de 1822 designaron a José Valero como jefe militar.

Los realistas establecieron un Gobierno, que a partir de 12 de agosto se denominaría Regencia, en Seo de Urgel considerando que el monarca estaba cautivo de los liberales.

La regencia absolutista la integraban:

Bernardo Mozo de Rosales marqués de Mataflorida, como presidente y representante del tercer estado,

Jaime Creux y Martí[20], obispo de Menorca (que sería posteriormente arzobispo de Tarragona), como contacto con los católicos y representante del clero,

y Joaquín Ibáñez-Cuevas barón de Eroles, como jefe político y representante de la nobleza.

Los líderes del momento que apoyaban la regencia absolutista en los diversos territorios realistas serían Francisco María Gorostidi[21] en Guipúzcoa, Santos Ladrón de Cegama en Navarra, Vicente Quesada en Navarra, Pablo Miralles en Cataluña, y Juan Romagosa en Cataluña. La idea era crear Juntas Realistas en toda España y, desde esa fuerza política, exigir el Gobierno los cambios oportunos. La Junta Realista de Galicia, aunque poco importante en los hechos que estamos describiendo, tomó el nombre de “Junta Apostólica” en honor a Santiago, de donde este movimiento absolutista acabaría siendo conocido como el “de los apostólicos”.

En estos inicios del movimiento realista, en 1822, los realistas se consideraban a sí mismos “renovadores”, y el Manifiesto de 15 de agosto de 1822 de Mozo de Rosales pedía reformas, Cortes libres y legítimamente congregadas, constitución fundamentada en la tradición española (y no en teorías extranjeras), monárquica, con fueros territoriales jurados por el rey antes de ser jurado por los españoles, con sistema de gobierno foral y bajo la religión católica. No eran pues, todavía, ultraabsolutistas. Dentro de la Regencia había pareceres distintos, pues Mataflorida era absolutista convencido, tradicionalista, y Eroles quería una constitución moderada al estilo francés, una Carta Otorgada.

Fernando VII no estaba al tanto de todo lo que ocurría en Seo de Urgel. Fernando VII estaba tratando con Alejandro de Rusia la intervención de la Santa Alianza, mientras los realistas estaban actuando por su cuenta.

Las consecuencias militares del establecimiento de una Regencia en Urgel, perjudicaban tácticamente a los realistas, pues definían el territorio sublevado, que podía ser atacado por el ejército regular, y creaban la necesidad de levantar un ejército que defendiese ese territorio, el “ejército de la fe”, para el que, por cierto, sobraban hombres y faltaban armas y avituallamiento.

 

 

Discrepancias entre Martínez de la Rosa y Fernando VII, en junio de 1822.

 

En junio de 1822, Martínez de la Rosa pidió a Fernando VII, que estaba en Aranjuez, que fuera a Madrid, pero Fernando VII no quiso ir. Los liberales exaltados estaban atacando a Martínez de la Rosa, y los absolutistas y realistas también, sin que se tomaran medidas contra ninguno de ellos. Se podía interpretar que Fernando estaba actuando en Aranjuez a favor de los absolutistas. Cuando Fernando VII se negó a ir a Madrid, Martínez de la Rosa se sintió solo y dimitió, y con él varios ministros, pero no le fue aceptada la dimisión.

Las sesiones de Cortes de junio de 1822 fueron crispadas. La tensión pasó a la calle cuando en junio se movilizaron 20.000 milicianos y se trasladó de destino a muchos militares a los que se consideraba absolutistas.

En los últimos días de junio 1822 la tropa absolutista se puso en armas, y los milicianos hicieron otro tanto pero por el liberalismo, en contra de los absolutistas. Evaristo San Miguel, lugarteniente de Riego, organizó una fuerza armada que llamó Batallón Sagrado, que era una milicia de liberales exaltados.

El 26 de junio hubo una sublevación de carabineros en Castro del Río, el 27 se sublevó la milicia de Córdoba, y el 29 la milicia de Sigüenza.

El 29 de junio de 1822 hubo una propuesta de desamortización de baldíos, realengos, propios y arbitrios, y entrega de los mismos a soldados de las revoluciones de 1808 y 1820, y a campesinos sin tierra. Se rechazó, y se decidió entregarlas a los que ya las estaban cultivando, lo cual significó que se quedaron con ellas los ricos labradores y los burgueses. En mi opinión, estamos ante una oportunidad de pacificación del país perdida, de prevalencia de intereses políticos sobre los generales de los españoles, pero no he podido saber mucho más de este tema y este momento tan interesante.

El 30 de junio de 1822, Fernando VII clausuró las Cortes y puso de manifiesto que la constitución permitía gobernar sin Cortes. No se lo esperaban los liberales. La violencia en las Cortes y el cierre de las mismas desacreditaba a los liberales y hacía ganar una baza a Fernando. Los liberales exaltados contestaron con motines en la calle, y el Gobierno con cargas de policía. La violencia en la calle marcó toda la segunda parte del Trienio Constitucional.

En el enfrentamiento entre absolutistas y liberales, fue asesinado, el 30 de junio, el teniente Landaburu, un liberal en las filas de las fuerzas gubernamentales, a manos de sus propias tropas. Mamerto Landaburu era de la sociedad de los “comuneros”[22], liberales exaltados, y se oponía a cargar sobre la gente, liberales como él, y sus soldados le mataron. Los comuneros protestaron y hubo que abrir una investigación, investigación que fue tomada como un insulto a la Guardia Real, principal defensora del orden público y de la monarquía de Fernando VII.

 

 

Los sucesos de julio de 1822.

 

Entonces hubo discrepancias políticas graves:

Los moderados o constitucionales querían una reforma de la constitución de Cádiz que garantizase más continuidad y estabilidad de los Gobiernos.

La Guardia Real quería restablecer el absolutismo o un liberalismo muy moderado, muy autoritario, que en todo caso restableciera el orden público, y se sublevó por ello. La capitaneaba Luis Fernández de Córdoba[23], un hombre del Real Cuerpo de Guardias Españolas que en 1819 había luchado en América y había estado luchando en Cádiz contra la sublevación de Riego.

El 1 de julio de 1822 se amotinaron cuatro batallones de la guardia del rey y se fueron a El Pardo. El rey había reunido en la Guardia Real a probados absolutistas a fin de tener apoyo a la monarquía y a su persona. El rey consideraba abolida la constitución por no estar garantizado el orden público con el régimen liberal.

Inmediatamente se levantaron las milicias liberales, que se concentraron en el Cuartel de San Gil.

Las milicias pidieron a Fernando VII que nombrara jefe de las Guardias Reales, al general Morillo, para que éste las controlara, y detuviera la sublevación.

El 2 de julio, el Gobierno quiso negociar con los soldados amotinados, que estaban en El Pardo, pero la tensión bélica se mantuvo varios días más.

El 3 de julio, Fernando VII convocó al Consejo de Estado, al Secretario de Despacho, al Jefe Político de Madrid, y al Capitán General y jefe del ejército Pablo Morillo[24], y exigió garantías de conservar el orden público, amenazando en caso contrario de asumir de nuevo el poder absoluto. Pensaba ir a El Pardo y ponerse al frente de la tropa sublevada. Morillo, que representaba en ese momento al rey, al Gobierno y a los constitucionales, fue a El Pardo con el regimiento Almansa y se puso a negociar con los sublevados, mientras Madrid, apoyándose en el Batallón Sagrado, organizaba la defensa frente a una posible sublevación realista[25]. Los realistas daban largas a su sumisión-rendición, esperando que Fernando VII se uniera a ellos en El Pardo, y mientras tanto reforzaban el levantamiento realista.

Martínez de la Rosa y los ministros volvieron a dimitir en 4 de julio (ya lo habían hecho en junio sin que le fuera aceptada la dimisión).

El Ayuntamiento de Madrid pidió a los ministros que constituyesen una Junta de Gobierno y usasen el Ayuntamiento, concretamente la Casa de la Panadería de la Plaza Mayor, para asumir el poder del Estado si el ejército se pasaba a los realistas.

El 5 de julio se llamó al general Espinosa[26], pero éste no atacó a los rebeldes. El Gobierno decidió llamar entonces a las Milicias de Madrid para atacar El Pardo, pero Fernando VII se opuso. El ministro de Guerra, Balanzat, dimitió ante esa postura del rey.

El 6 de julio, la Guardia Real Española sublevada en El Pardo, fue sobre Madrid para intentar forzar un cambio político respecto a la constitución. La rebelión fue liderada por Luis Fernández de Córdova, oficial de la Guardia Real, con la pretensión de cambiar la Constitución de Cádiz por otra más moderada que tuviera dos cámaras, es decir, añadiendo un Estamento de Próceres. Fernando VII se oponía a seguir con la vieja constitución y estaba detrás de los sublevados. Fernando VII luchaba por el absolutismo o por un liberalismo muy moderado, en todo caso de orden público, contra los liberales progresistas demasiado populistas, que sólo buscaban los desórdenes en la calle como medio de lucha política. Fernando VII simpatizaba con las Guardias Reales Españolas sublevadas.

 

El 7 de julio los cuatro batallones de la Guardia Real atacaron el Parque de Artillería (dos batallones), y la Puerta del Sol y la Plaza de la Constitución, actual Plaza Mayor (otros dos batallones). Se dirigían contra el Batallón Sagrado, calificado por ellos como chusma de escaso valor militar[27], pero encontraron una gran resistencia: En artillería fueron batidos por las milicias populares. Los que fueron a Sol y Plaza de la Constitución, fueron atacados en Calle de la Luna, pero lograron llegar a Plaza Mayor donde fueron batidos a cañonazos. Se retiraron hacia Sol, concentraron sus fuerzas y lograron retirarse a Palacio en la idea de conducir al Rey a un lugar seguro fuera de España. La multitud fue sobre Palacio acaudillada por el general Francisco Ballesteros. Los Guardias Reales fueron batidos y dispersados por la Casa de Campo.

Navarra, Aragón y Galicia se declararon también absolutistas. En las zonas rurales se asesinaba a los exaltados liberales. El peligro de guerra civil era máximo.

Martínez de la Rosa era acusado de no hacer nada ante los graves sucesos de Madrid del 7 de julio. Se sospechaba que Martínez de la Rosa estaba preparando un texto constitucional nuevo, más moderado. En cierto modo veía que la revuelta le podía favorecer para hacer el cambio, y no tomaba las medidas oportunas para acabar con el desorden. Pero también sabemos que Martínez de la Rosa se había caracterizado siempre por no tomar medidas en contra de nadie, haciendo llamadas continuas al diálogo, así que no podemos afirmar que estuviera complicado en la sublevación.

 

Del 7 al 10 de julio de 1822 hubo crisis de Gobierno cambiando:

En Gobernación a José María Moscoso por Joaquín Fondevilla el 7 de julio, a éste por Clemencín el 8 de julio, y a Clemencín por Calatrava, el 10. Nadie aceptaba el cargo, ciertamente envenenado, de restablecer el orden público en situación de casi guerra civil.

En Gracia y Justicia, Garelli fue sustituido por Damián de la Santa el 23 de julio.

En Guerra, Balanzat Briones fue sustituido por Lobo Campos el 6, éste por Sierra Pambley el 7, y éste último por López Baños el 10. Era el otro puesto de Gobierno difícil, con parte del ejército sublevado.

 

El ejército fue dominado por los exaltados y utilizado para dominar las ciudades, lo cual evitó el triunfo absolutista. El 23 de julio 1822, Mina, general liberal, declaró estado de guerra en Cataluña, al tiempo que Torrijos mandaba las fuerzas liberales en Navarra y País Vasco.

Tras la derrota, el rey se plegó a todo lo que pidieron los liberales para no ser sustituido por una Regencia. Los liberales pensaban poner en el trono a D. Carlos, hermano de Fernando VII, ignorantes de cómo era el personaje, que sería el líder de los carlistas a partir de 1833, es decir, un ultra-absolutista.

 

 

[1] Francisco de Paula Martínez de la Rosa Berdejo Gómez y Arroyo, 1787-1862 era catedrático de filosofía moral en Granada en 1808, fue representante de la Junta de Granada en Cádiz, y se mostró liberal estando en las cortes de Cádiz de 1810, momento en el que hizo un viaje a Londres. Por entonces se dedicaba a escribir comedias y tragedias de poco valor. Era muy vanidoso, de pocas convicciones sociales y políticas, y envidioso. No fue del gusto de los absolutistas. En 1814 fue encarcelado en el Peñón de La Gomera, donde estuvo hasta 1820. En febrero de 1822 fue Secretario de Estado, esperando de él la solución al enfrentamiento entre exaltados, moderados y absolutistas. Presentó dimisión en julio 1822 y se le admitió la dimisión en agosto. En 1823 se fue a Francia y se hizo doctrinario muy moderado, la derecha de los más moderados. Estuvo escribiendo más cosas, poco trascendentes, en París hasta 1831. Formó Gobierno en 1834 y propuso el Estatuto Real, tan poco liberal que causó el rechazo de todos los liberales. Fue ministro de Estado en 1844 y en 1857.

[2] Santiago Usoz Mozi, 1781-, en diciembre de 1813 había sido encargado de negocios en Londres, en enero de 1818 había trabajado en la embajada de Viena y en 1820 había sido embajador en Londres, antes de ser Secretario de Estado interino en febrero de 1822

[3] Nicolás María Garelli Battifora, 1777-1850, fue catedrático de Derecho en Valencia antes de ser Secretario interino de Estado para Martínez de la Rosa en 1822 y ministro en 1834. colaboró en la Novísima Recopilación de las Leyes de España, hecha en 1805 por Juan Reguera Valdelomar, y en el Código Civil de 1821.

[4] Luis Balanzat de Orvay y Briones, 1775-1843, era un militar ibicenco, hermano de Ignacio, el Secretario de Guerra en marzo y septiembre de 1821. Luchó en 1808 contra José Bonaparte en Extremadura, y en 1814 en Galicia a las órdenes de Lacy. Fue Secretario de Guerra en febrero de 1822, con Martínez de la Rosa. En 1823 luchó contra Angulema y fue confinado en Mancha Real (Jaén), y rehabilitado en 1833.

[5] Felipe Sierra Pambley, 1774-1823, era un leonés miembro de la Sociedad Patriótica Constitucional leonesa en 1820, Secretario de Hacienda en febrero de 1822 y de Guerra en julio 1822. En 29 de octubre fue puesto en busca y captura por creerle implicado en la conspiración de Martínez de la Rosa, Morillo y Toreno.

[6] Jacinto Romarate Salamanca, 1775-1836, era un vasco que ingresó en la escuela de guardiamarinas de El Ferrol. Luchó contra los británicos en El Plata en 1806-1807 haciéndose fuerte en Uruguay. Tras la derrota de España, regresó en 1815 y fue Secretario de Marina en febrero de 1822.

[7] José María Moscoso de Altamira y Quiroga, 1788-1854, era un gallego de Mondoñedo que ingresó en artillería en Segovia y en febrero de 1822 fue Secretario de Gobernación. En 1823 fue confinado en Lugo y se negó a ser amnistiado porque ello suponía reconocer culpabilidad.

[8] José María Calatrava Martínez nació en Mérida (Badajoz) en 1781 y allí fue seminarista hasta marchar a Sevilla a estudiar Derecho. Fue vocal de la Junta Suprema de Extremadura en 1808, capitán de voluntarios de la guerra, y diputado suplente por Extremadura en 1810. En 1813 puso un bufete en Madrid. En 1814 fue represaliado, pasando seis años en la cárcel de Melilla. Amnistiado en 1820, fue miembro del Tribunal Supremo. Fue Secretario de Gobernación en julio 1822 y de Gracia y Justicia en 1823. En 1823 se exilió a Londres huyendo por Gibraltar-Tánger y Lisboa, y en Londres vivió pobremente como zapatero. En 1830 aceptó la ayuda de Luis Felipe de Francia y se fue a vivir al sur de Francia, a Burdeos, donde también vivió pobremente. Regresó en 1833. En 1834 fue nombrado Magistrado del Tribunal Supremo. Presidente de Gobierno en 1836. Murió en Madrid en 1846.

[9] Diego Clemencín Viñas, 1765-1834, era un murciano que pretendía ser sacerdote e hizo los consiguientes estudios de filosofía, teología y jurisprudencia y fue profesor de filosofía. En 1788 dio el salto a Madrid para ser preceptor de los hijos de la duquesa de Benavente y ello le permitió viajar a París, donde decidió abandonar el proyecto del sacerdocio y casarse (1798). En 1810, editaba la Gaceta de la Regencia en Cádiz. En febrero de 1822 fue Secretario de Ultramar.

[10] Juan Romagosa, natural de El Vendrell (Tarragona) fue líder de una cuadrilla de 800 hombres en su región, y estaba al servicio de la Regencia Absolutista de agosto de 1822.

[11] Joan Rafi Vidal era hijo de un maestro de Vilabella y abandonó la agricultura y a su familia para sumarse a Romagosa. En 1827 tendría mayor protagonismo, ya como teniente coronel de las fuerzas realistas de Cataluña. (Fuente: Ramón Arnabat, El Trienni Liberal a Vila-Rodona i a l`Alt Camp).

[12] Francisco Benito Eraso, 1793-1835, era un noble navarro que en 1822 reunió una partida de 18.000 hombres, que fueron llamados “el ejército de la fe”. En 1830 derrotó al guerrillero Joaquín de Pablos, Txapalangarra,. En 1833 proclamó a Carlos como rey y tuvo que huir a Francia. En 1835 era el jefe carlista en Vizcaya y sustituyó a Zumalacárregui cuando éste fue herido, antes de que asumiera el mando carlista Vicente González Moreno. Eraso se fue entonces a Navarra, donde murió en una caída de caballo.

[13] Manuel Uriz era noble. No se le debe confundir con el obispo de Pamplona Joaquín de Uriz y Lasaga, que fue primero sustituto del obispo de Pamplona en las Juntas de Bayona y recibió el Toisón de Oro de José Bonaparte, diputado en 1813, y por fin obispo de Pamplona en 1815.

[14] Joaquín Antonio Lacarra, 1767-1831, era canónigo de la catedral de Pamplona y su opinión tenía mucha influencia entre las gentes pamplonicas..

[15] José Joaquín Mélida era abad de la parroquia de Barasoaín y después fue canónigo de la catedral de Zaragoza.

[16] El general Vicente Genaro de Quesada Arango, 1782-1836, marqués de Moncayo, como tantos otros hijos de militares había nacido en Cuba. Ingresó en las Guardias Valonas. Estuvo en Madrid el 2 de mayo de 1808, desde donde huyó a Extremadura. Fue apresado por los franceses en noviembre de 1808 y llevado a Francia, no participando apenas en el resto de la Guerra de la Independencia. Al final de la misma fue Gobernador militar y político de Santander. En 1814 fue condecorado por Fernando VII. En 1820 se negó a jurar la constitución y huyó a Francia. Mandó la División Real de Navarra que en 30 de agosto de 1822 se dirigió a Aragón y en 18 de septiembre de 1822 venció en Benavarre a los fernandinos, victoria pírrica, pues su base de Navarra estaba siendo atacada por el general Espinosa, lo que le obligó a regresar a Navarra en octubre de 1822. Proyectó entonces atacar Vitoria, pero fue derrotado en Nazar y huyó a Francia, tomando el mando de los realistas Ladrón de Cegama, primero, y más tarde Carlos O`Donnell. Volvió en 1823 con Angulema, lo que supuso su ascenso a general. En 1825 fue Capitán General de Andalucía. En 1834 se declaró seguidor de Cea e incluso luchó contra los carlistas para congraciarse con el Gobierno, por lo que fue premiado con el título de marqués de Moncayo. En los sucesos de La Granja de 1836, fue asesinado por las masas.

[17] Juan Antonio Guergué, 1789-1839, era un general navarro, sobrino de Juan Bautista Guergué, un conocido jefe de una partida de guerrilleros en Navarra, que en 1822 participó en la rebelión realista y en 1833 proclamó rey a D. Carlos. El 24 de junio de 1835 sería enviado a Cataluña para organizar a los carlistas catalanes, e hizo cuatro agrupaciones carlistas: Gerona, Manresa, Lérida y Tarragona. En 1838 fue apresado por Maroto y fusilado. Maroto era otro general carlista, pero Guergué estaba haciendo una rebelión contra él, rebelión que fue importante para decidir a Maroto acabar la guerra y pactar con los isabelinos de Espartero.

[18] Josep Bosons, el Jep dels Estanys (de los Lagos), 1768-1828, era un contrabandista catalán que se unió a los patriotas en 1808, pero fue procesado y condenado a muerte en 1812 por delitos civiles, y su pena fue conmutada por confinamiento en Mallorca. De allí se fugó en 1814, y de nuevo fue capturado. En 1817 había estado en el intento de fuga de Mallorca de Luis Lacy. En 1822 participó en la primera revuelta realista, la de Eroles, quien le nombró coronel. En 30 de junio de 1827 iniciaría la revuelta de los Malcontens, junto a Juan Cavallería (apodado El Ne), y formó parte de la Junta Superior de Cataluña en Manresa, órgano director de los malcontens. Fue capturado de nuevo cuando entraba desde Francia y fusilado en Olot el 13 de febrero de 1828.

[19] Pablo Miralles era un hacendado de Cervera.

[20] Jaime Creux Martí, 1760-1825, fue diputado por Cataluña en 1810. En 1815 fue designado obispo de Menorca, hasta 1820, y en esa fecha fue nombrado arzobispo de Tarragona. En 1822 estuvo en la Regencia de Urgel, con Mataflorida y Eroles.

[21] Francisco María Gorostidi fue un sacerdote, canónigo en Santiago de Compostela, que se hizo militar y jefe realista en 1822 con el grado de coronel .

[22] Frente a la reacción absolutista había una reacción exaltada, encabezada por la Sociedad Landaburiana, que se reunía en el convento de Santo Tomás y era presidida por Romero Alpuente, cuyos integrantes eran conocidos como “los comuneros”. Los principales comuneros eran Romero Alpuente, Regato y Ballesteros.

[23] Luis Fernández de Córdoba, 1798-1840 de las Guardias Españolas, combatiente en América, convencido absolutista en 1820, luchó contra Riego. Sublevado en 1822 a favor del absolutismo, huyó a Francia. Regresó en 1823 con los Cien Mil Hijos de San Luis. Fue embajador español en París, Lisboa y Berlín. Evolucionaría en 1832 de modo que llegó a ser el espía de María Cristina ante D. Carlos y acabaría luchando en el bando cristino en la Guerra Carlista de 1833-1840. Este posicionamiento político, influyó o estuvo acorde con que los Guardias Reales, pasasen al bando de los liberales moderados durante la Guerra Carlista. En 1834 apoyó a Martínez de la Rosa y mandó el ejército en Navarra 1834 y estuvo en el sitio de Bilbao, luchando contra Zumalacárregui en 1835. En 1836, a la llegada de los liberales exaltados al poder, se exilió a Francia, y regresó a 1838 para organizar otra sublevación moderada-absolutista, que fracasó, y se exilió a Portugal. Murió en Lisboa en 1840 dejando como líder de las Guardias Españolas y de los moderados a Narváez.

[24] Pablo Morillo Morillo, 1775-1837, ya ha sido visto como el héroe que pacificó Venezuela y Colombia en 1814-1820. el 4 de mayo de 1821 fue nombrado Capitán General de Castilla La Nueva, es decir, de Madrid, y fue el encargado de mantener el orden público en el verano de 1822, dimitiendo en otoño, tras el final de las sublevaciones realistas. En julio de 1823 ayudó a los realistas y, no obstante, fue “purificado” en 1824 por su cargo político de 1821-22, y se fue a Francia. Regresó en 1832 para ser Capitán General de Galicia.

[25] Se dice que el jefe de los absolutistas era el conde de Moy. No existe en la actualidad ningún conde de Moy, ni sería reconocido por ningún gobierno legal español un título semejante. Es una autodenominación carlista.

[26] El general Espinosa era Capitán General de Castilla la Vieja.

[27] El Batallón Sagrado era una milicia ciudadana que luchaba más bien por imponer el populismo y era partidario de la máxima agitación. No se puede calificar de liberales a estos luchadores, aunque así se les viene llamando comúnmente, porque así se denominaban a sí mismos y así fueron aceptados en el XIX.

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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