EL PRONUNCIAMIENTO DE RIEGO EN 1820.

 

El pronunciamiento de 1820 tuvo su origen en tres factores:

La difusión de ideas liberales e ilustradas en el ejército (o al menos en agrupaciones tenidas por masónicas, aunque no todos los autores están de acuerdo en este calificativo de masónicos, al igual que hemos dicho que no todos los masones eran liberales),

El empobrecimiento de los españoles durante la Guerra de la Independencia 1808-1814, que conducía a una frustración por no poder revivir el antiguo nivel de vida, empobrecimiento que no se remedió tras la vuelta del absolutismo en 1814,

Y el deseo del Estado, del rey y de los nobles-burgueses de restablecer sus antiguos ingresos americanos, más copiosos que los del siglo XIX.

Estos factores estuvieron presentes desde el final del reinado de Carlos IV, y desde el primer pronunciamiento del reinado de Fernando VII, y hubo diversos intentos de pronunciamiento fallidos. El de Riego, fue uno más, pero con éxito. El primer factor citado, la masonería militar, hizo que el ejército fuera la parte más activa en las sublevaciones. El segundo, la pobreza, llevó a la población a mantenerse pasiva, si bien algunos convencidos absolutistas y católicos actuaban como denunciantes de los sublevados. El tercero causaba una ruina de la Hacienda estatal y de los medios monetarios, e impelía a no poder renunciar a la campaña militar americana. El absurdo de que un Estado arruinado, con un ejército en crisis, y sin capacidad militar como para dominar unas sublevaciones múltiples y alejadas de la metrópoli, será un programa emprendido sin un análisis serio y crítico de las posibilidades de la empresa a realizar.

En febrero de 1815 se había enviado a América la expedición de Morillo, con tan sólo 8.000 soldados, a todas luces insuficiente para reprimir sublevaciones en más de 20 millones de kilómetros cuadrados, una superficie cuarenta veces mayor que la España peninsular. Sin embargo, Morillo tuvo mucho éxito en su empresa, gracias a que tenía el apoyo de mucha población autóctona americana y gentes de nivel económico mediano y bajo, que también estaban cansados del despotismo de los rebeldes criollos. Al fin y al cabo, la rebelión americana se presentaba a grandes rasgos, como una guerra civil entre españoles criollos y españoles peninsulares[1] (llamados éstos gachupines en México), con la población autóctona neutral, a veces manejada por los unos y los otros. Los criollos habían aprendido los modos populistas de los políticos españoles, y los utilizaron a fondo.

El problema español de enviar un ejército suficiente para restablecer la autoridad española, no fue solucionado en el Congreso de Viena, sobre todo porque Gran Bretaña se oponía a restablecer monopolios comerciales como los que España había impuesto en los siglos precedentes. España tuvo que afrontar por sí misma el problema de las insurrecciones americanas. Había una cierta contradicción entre la obsesión del Congreso de Viena de restablecer el orden social y acabar con las revoluciones liberales, y el no intervenir en América. Pero ni a España le convenía que las potencias llevasen ejércitos a América, ni a las potencias europeas mantener el monopolio del comercio americano que defendía España. Al final, el Congreso de Viena sólo fue un arreglo de las fronteras de Europa y un reparto de colonias no americanas.

En España, una orden de 9 de mayo de 1815 mandando reunir un ejército de 20.000 infantes y 1.500 jinetes en Cádiz para ser trasladados a América, no tuvo ningún efecto real. No se encontraron soldados voluntarios, ni barcos para llevarlos, ni se podía obligar a los que ya habían cumplido en la Guerra de la Independencia y habían sido licenciados. La independencia de Caracas, fue seguida por la de Buenos Aires en julio de 1816, por la Guerra de la Banda Oriental que planteaba Portugal-Brasil a partir de 1816, por la invasión de Florida que hicieron los Estados Unidos en 1818. Los problemas se multiplicaban a medida que pasaba el tiempo. O se actuaba militarmente, o se perdía la fuente de ingresos más importante para la Corona y las grandes casas nobiliarias.

En 1817 se decidió comprar barcos para la empresa americana, los famosos “barcos rusos”, y desde 1818 se disponía de ellos, y, salvo dos, no estaban “podridos” como se dijo. De hecho se utilizaron en las campañas americanas posteriores. Además, Rusia reemplazó los barcos deteriorados por otros en buen estado.

Carlos Martínez de Irujo, Secretario de Estado desde septiembre 1818 a junio 1819, decidió al fin reclutar un ejército importante y solucionar el problema. La expedición debía salir el 1 de enero de 1820. Hubo que forzar a los que se pudo, diciendo a los oficiales que si se embarcaban ascenderían, y si no se embarcaban no ascenderían nunca. El mando de la expedición se confió a Enrique O`Donnell conde de la Bisbal.

Entonces los americanos apelaron a las logias masónicas para hacerse propaganda y ganar voluntades en su favor, hablándoles de salvaguardar su libertad impidiendo que los barcos saliesen de España. Los criollos pusieron mucho dinero encima de la mesa, y el tema fue llevado al Taller Sublime y al Soberano Capítulo. Enrique O`Donnell, que simpatizaba con los masones, o al menos toleraba el movimiento de rebeldía contra la orden de salida para América, y estaba encargado de la expedición, procuró retrasar los preparativos el tiempo que pudo. O`Donnell sabía, al menos desde marzo de 1819, de las reuniones de las logias masónicas militares y sus peticiones de pronunciamiento. Tenemos noticias de que Enrique O`Donnell asistió a varias reuniones “masónicas”, aunque no nos consta que hubiera ingresado en la masonería. Entre los que se reunían en secreto y eran calificados como masones estaban O`Dally, Quiroga, Rotten, Arco Agüero, San Miguel… En mayo de 1819 se sabía en Madrid, por denuncias de otras personas, que había descontento entre las tropas y que O`Donnell toleraba las reuniones militares. Hay que tener en cuenta que algunas reuniones masónicas eran de absolutistas y liberales moderados, aunque otras fueran de liberales exaltados. Por entonces, no se identificaba masonería con liberalismo, ni mucho menos con revolución liberal.

En 23 de junio de 1819, se designó nuevo jefe de expedición a Pedro Sarsfield[2], y éste también manifestó, en su destino de Cataluña, que su salud no le permitía viajar a América, pero que aceptaba la orden del rey. El 21 de mayo llegó a Jerez, donde se declaró enfermo, con el fin de enterarse de los problemas de la tropa, sin comprometerse. En primer lugar, supo que casi nadie en la tropa quería embarcarse, y ello ya era un problema militar de cierta gravedad. El 9 de junio, las logias masónicas militares contactaron con Sarsfield, pues esperaban que fuera el jefe de la rebelión y sustituyera a un O`Donnell al que creían irresoluto. En la delegación masónica estaban el coronel Antonio Roten, el coronel José Grasses, el coronel Bartolomé Gutiérrez Acuña y José Moreno de Guerra. Sarsfield se enteró, tanto de la preparación de la sublevación, como de que O`Donnell estaba enterado de todo y no había actuado en ningún sentido, lo cual era un delito. También supo que la sublevación sería en la noche del 7 al 8 de julio de 1819. Sarsfield declaró sus convicciones absolutistas, pero no actuó contra ellos, lo cual fue considerado, equivocadamente, buen síntoma por los delegados masones. Sarsfield denunció el 18 de junio la conspiración ante O`Donnell y formó su propio grupo de leales al absolutismo. O`Donnell se sintió atrapado, denunciado por los hechos, a punto de echar abajo su carrera militar, y, el 23 de junio se declaró absolutista, y ordenó a Sarsfield que se introdujese entre los conspiradores “liberales” como si estuviese de su lado, a fin de organizar la represión más conveniente (papel que era exactamente el que estaba jugando Sarsfield). Sarsfield pasó a jugar el papel del espía doble: Los conjurados confiaban en él y O`Donnell también. O`Donnell siguió fingiendo indecisión, pero preparó la represión. El 28 de junio, el marqués de Campoverde, que estaba entre los conjurados, se entrevistó con O`Donnell, y todavía le dio más información.

El 6 de julio, los conjurados fueron a ver a Sarsfield y le propusieron la jefatura del levantamiento, que iba a ser inminente. Sarsfield les convenció de que no era conveniente delatarse, y así no se comprometió. Llevó el engaño hasta el último momento. Sarsfield fue a ver a O`Donnell y juntos prepararon la represión. El 7 de julio se puso en alerta a los absolutistas que debían protagonizar la detención de los futuros sublevados. O`Donnell fue a San Fernando, donde recogió marinos absolutistas, y a Puerto Real, donde recogió artilleros, y se dirigió a El Palmar, en Puerto de Santa María, donde estaban los que se iban a amotinar. Sarsfield fue con los suyos sobre Puerto de Santa María[3] y cogieron a los rebeldes entre dos fuegos. Era el 8 de julio.

A los conspiradores les salvó la división entre ellos que se había incrementado los días antes del golpe: había quienes querían seguir manteniendo privilegios y simplemente no les apetecía ir a una guerra a América; había quienes querían un cambio, pero no volver a la constitución de 1812; había quienes no veían otra salida que imponer la constitución. Estos últimos se quedaron solos, pero mantuvieron el ánimo de hacer el pronunciamiento. Los demás, trataron de respetar a sus compañeros masones, aunque fueran de distinta ideología. Si hubieran estado unidos, en un solo bloque, probablemente nunca hubiera habido rebelión.

Los militares masones se dejaron arrestar pues confiaban en la tolerancia de sus jefes, al menos como hasta entonces. Pero no delataron a sus compañeros. La conspiración continuó, pues no se pudo encontrar la red de los conspiradores. La población civil se dividió entre simpatizantes de los conspiradores, y partidarios de la continuación del absolutismo, pero nadie intervino en ningún sentido. Entre los militares no destapados, triunfaban los partidarios de que el golpe debía servir para restaurar la constitución.

O`Donnell y Sarsfield fueron ascendidos a tenientes generales por ese servicio y quedaron exentos de ir a América.

El nuevo encargado de la expedición a América fue Baltasar Hidalgo de Cisneros conde de Calderón, ayudado por los mariscales Estanislao Sánchez Salvador[4] y Francisco Ferraz.

La conjuración masónica “liberal” continuaba, y el 13 de julio de 1819, Alcalá Galiano, Antonio de la Vega, Álvarez Mendizábal y otros, que dirigían juntas masónicas en Sanlúcar, Jerez, Puerto Real, Medina Sidonia, San Fernando y Cádiz, fijaron el día del golpe para el 24 de agosto siguiente, y designaron jefe del mismo al brigadier Quelín, con destino en San Fernando.

Un nuevo brote de la epidemia de fiebre amarilla de principios del siglo XIX, de la que murió Quelín, hizo aplazar el golpe, siendo nombrado coordinador Mendizábal, pero faltaba un jefe militar para el pronunciamiento. Alcalá Galiano buscaba un jefe militar y encontró al coronel Antonio Quiroga[5], que estaba detenido en la cárcel de Alcalá de los Gazules. Mendizábal por su parte, encontró al teniente coronel Riego dispuesto a encabezar el pronunciamiento. Quiroga era el de mayor graduación y resultaba jefe del pronunciamiento. Tanto el uno como el otro, pertenecían a la logia El Taller Sublime.

El 8 de noviembre de 1819 llegó Riego a Cabezas de San Juan a sustituir a San Miguel, quien había sido descubierto en la conjura del 8 de julio en El Palmar. Parece ser que no se sabía que Riego era también “liberal”.

Los conspiradores se reunieron el 27 de diciembre de 1819 por la noche, en Cabezas de San Juan, y acordaron el plan del levantamiento: el teniente coronel Rafael de Riego, con los batallones de Asturias y de Sevilla, iría sobre Arcos; el coronel Antonio Quiroga, con los batallones de España y de La Corona, iría sobre el Puente de Zuazo, la Isla y Cádiz; López Baños[6] tomaría la artillería de Osuna e iría sobre Cádiz. El objetivo sería apresar al ex ministro de marina (desde septiembre 1818 a junio 1819) y en ese momento encargado de la expedición, Baltasar Hidalgo de Cisneros conde de Calderón, en Cádiz. Entonces redactaron unos manifiestos, que estuvieron listos el 29 de diciembre, pero se redactaron mal y no eran asumibles por toda la tropa.

El 1 de enero de 1820, Riego[7] proclamó la constitución de 1812, actuando en contra de las decisiones de la mayoría de los conjurados, y tomó Cabezas de San Juan, poniendo alcaldes constitucionales. Desde allí fue a Arcos de la Frontera. Los generales Hidalgo de Cisneros conde de Calderón, Estanislao Sánchez Salvador, y Blas Joumás, fueron detenidos, y Riego fue reconocido como comandante general del batallón Sevilla.

De los 20.000 hombres que había en Cádiz y alrededores para salir hacia América, solo se sublevaron entre 3.000 y 5.000, lo cual nos indica que, de entrada, no era un éxito. Era una facción minoritaria, la dirigida por los más exaltados masones, los liberales.

En el resto de España, la sublevación de Riego y algunos suboficiales más en Cádiz, el 1 de enero de 1820, cuando estaban a punto de embarcar para América, era una sorpresa. El país no reaccionó ni a favor ni en contra. De hecho no se le daba ninguna importancia y ni siquiera el Rey se preocupaba por ello, creyendo que era un alboroto de soldados antes de partir hacia el campo de batalla.

El 2 de enero, Quiroga, tras conocer las noticias de Cabezas de San Juan, marchó sobre Isla de León como estaba previsto, pero un día más tarde de lo acordado, tomó el lugar y el puente de Zuazo, pero fracasó en la misión de hacerse dueño de Cádiz. Los soldados que iban hacia Cádiz, poco veteranos en fuego real, huyeron en desbandada al oír cañonazos. Quiroga detuvo en San Fernando a Hidalgo de Cisneros conde de Calderón. No se entiende que Quiroga diera descanso a sus tropas ese día, en vez de entrar en Cádiz inmediatamente, y menos que descansase cuando ya iba con un día de retraso sobre los planes pactados con Riego, pero las deserciones y huidas así lo requerían. Ya se llevaban dos días de retraso, cuando la noche del 3 de enero, dio orden de entrar en Cádiz. Allí encontró resistencia, seguramente porque había dado tiempo a organizarla, por lo que se quedó clavado en la actual San Fernando, entonces llamado La Isla de León.

Riego se acercó a Quiroga, y el 5 de enero llegó a Jerez y a Puerto de Santa María, y el 7 estaba en San Fernando con intención de adueñarse del arsenal de La Carraca. En esta marcha, a Riego le desertaron más de 1.100 hombres y ya sólo le quedaban unos 1.700.

Surgieron las discrepancias entre los conspiradores: Quiroga y Arco Agüero no estaban de acuerdo con el objetivo de restituir la constitución, y sólo querían una monarquía moderada representativa. A pesar de ello Quiroga siguió siendo considerado el general en jefe de la conspiración y Arco Agüero el Jefe de Estado Mayor. Riego era el jefe de las tropas en el campo. También estaban Evaristo San Miguel como segundo de Arco Agüero, y Fernando Miranda como encargado de la Primera División. La decisión del grupo fue quedarse esperando sin hacer nada.

Fernando VII envió al mariscal Cruz Murgeón a observar la conspiración, al general Campana a reunir fuerzas en Cádiz, y a Enrique José O`Donnell para reunir fuerzas en Algeciras, nombrando jefe general de toda la operación al general Manuel Freire[8] (Freyre en grafía de la época).

Las órdenes de Freire fueron observar y prometer perdón a los que abandonasen a los sublevados, pero no intervenir directamente, para así evitar derramamientos de sangre.

El 9 de enero, una pastoral del obispo de Cádiz, Francisco Javier González-Cienfuegos y Jovellanos[9], exhortaba a sumarse a los absolutistas y al orden establecido por Fernando VII.

El 12 de enero, los sublevados tomaron La Carraca, uno de los astilleros de Cádiz, pero fracasaron en la toma de La Cortadura. El 15 de enero, Quiroga hizo una proclama prometiendo a los soldados el licenciamiento antes de dos años y 10 fanegas de tierra[10] para cada uno, cada uno en su pueblo (a cobrar por sus madres, viudas e hijos en caso de muerte), si se sumaban a la sublevación. De nuevo aparecía el populismo, con promesas que no se pensaban cumplir, ni se podían cumplir en ningún caso, pero que intentaban convencer a las masas.

El 24 de enero se produjo al fin el asalto a Cádiz, pero luchando sólo entre militares, mientras los civiles permanecían ajenos a los acontecimientos. Los sublevados habían fracasado, pero la sublevación continuó unos días más, ya a la desesperada.

El 27 de enero, Riego salió con 1.500 hombres a levantar los pueblos de Andalucía, y llegó a Algeciras (donde le dieron 1.000 pares de zapatos, pero no se sumaron a la fuerza armada), a Vejer, a Málaga, y las deserciones seguían, a Antequera, Cañete, Ronda y Grazalema, a donde llegó el 1 de marzo. Freire, con sus 20.000 hombres absolutistas, no atacó en ningún momento a Riego, y siguió esperando. Riego continuó a Morón con sólo 400 soldados, y luego fue a Córdoba a donde sólo llegaron 300 hombres. El líder populista iba perdiendo seguidores a medida que éstos se convencían de las pocas posibilidades de enriquecerse junto a Riego.

Entonces Freire atacó en Fuenteovejuna, y Riego huyó, primero a Azuaga con los 50 hombres que le quedaban, y luego a Bienvenida, en donde decidió disolver el grupo y acabar la marcha, lo que se hizo el 11 de marzo. Creía que había fracasado, pero no era así.

Antonio Quiroga se había mantenido todo el tiempo en Isla de León, y Freire no le había atacado tampoco. Ni Quiroga era netamente golpista, ni Freire quería destacar como represor de militares.

 

Aunque Riego no lo sabía, estaban pasando en el resto de España muchas cosas que le interesaban:

En La Coruña, a 21 de febrero de 1820, unos paisanos habían asaltado Capitanía, y el coronel Espinosa se había hecho cargo de la ciudad y había creado una Junta Provisional, que se declaró soberana y en la que estaban Agar y Muñoz Torrero. El 3 de marzo proclamaron la constitución. Una vez sublevada La Coruña, a los demás masones “liberales” y populistas, sólo les quedaba adoptar una postura clara, o perderían su oportunidad.

En El Ferrol y en Vigo, el 23 de febrero las gentes se sumaron al movimiento de La Coruña y crearon Junta y Milicia Nacional.

En Pontevedra, el 25 de febrero se sumaban al movimiento de La Coruña.

Sólo Santiago y Orense, en Galicia, se declaraban absolutistas, pero el obispo de Santiago sólo pudo reunir 200 voluntarios, que tuvieron que huir a Orense y desde allí a Benavente, porque se sentían inseguros. Azevedo había detenido al Capitán General de Galicia, marqués de La Reunión y se había adueñado de la ciudad de Santiago. El pronunciamiento de Azevedo fue el primer suceso que llamó la atención de Fernando VII sobre la posible gravedad de los levantamientos. Pero el Rey no supo si debía mostrarse riguroso o complaciente y, otra vez más, dejó que las cosas evolucionaran por sí mismas.

El 23 de febrero regresó de Francia, por el Baztán, Espoz y Mina con algunos emigrados, y tomó Pamplona el 9 de marzo en nombre de los sublevados.

A finales de febrero, se sumaron al pronunciamiento Oviedo y Murcia.

 

 

 

El triunfo del golpe de 1820.

         La sublevación en Cádiz y en Madrid.

 

Respecto a Freire, la opinión pública pensaba que se pondría al frente de la sublevación, y los liberales le pedían constitución, pero Freire tenía otras intenciones. Campana proclamó a Fernando VII el 9 de marzo y quiso dirigirse a los pueblos de Cádiz como lo había hecho Riego, pero Jerez de la Frontera se proclamó constitucional, y cortó la iniciativa absolutista.

Cádiz fue la última ciudad de su zona en sumarse a la sublevación liberal, y lo hizo tras combatir: El 1 de marzo conocieron las sublevaciones de La Coruña, y los marineros gallegos dijeron que se sumaban a los rebeldes.

El 3 de marzo de 1820, Fernando VII reaccionó, tras el levantamiento de Galicia, Oviedo y Murcia, proponiendo lo que las distintas fuentes llaman una Junta de Estado, o Junta Provisional Consultiva, o Junta Provisional Gubernativa, o Junta Consultiva o Junta de Madrid (lo he encontrado citado de todas esas maneras). La finalidad de esta Junta era emprender las reformas prometidas en mayo de 1814 tales como las del Consejo de Estado, los ministerios, el Consejo Real, los tribunales, las Universidades y otras. Era un intento de continuismo.

Elío se presentó voluntario para combatir a los gallegos, pero fue despedido y devuelto a su destino de Valencia. No se quería otra guerra civil.

En estos días no paraban de sumarse ciudades al pronunciamiento, y a primeros de marzo se sumaron Zaragoza (marqués de Lazán, 5 de marzo, que tras sublevarse algunos soldados, optó por los constitucionalistas), Pamplona (Mina, 6 de marzo), Barcelona (10 de marzo, Castaños se sumó al golpe), y más tarde Cartagena (11 de marzo), Tarragona, Gerona, Mataró… Se trataba de militares que volvían a instaurar las Juntas (tales como las de Galicia, Sevilla, Cartagena, Madrid, Barcelona) cada una de ellas con un modelo de Gobierno diferente, con Gobiernos independientes que se reconocían mutuamente la soberanía, y que sólo tenían en común su programa de abolir los impuestos.

 

El 3 de marzo, el Consejo de Estado se planteó si convenía convocar Cortes para cumplir la promesa de 4 de mayo de 1814, y decidieron hacer una constitución nueva y no aceptar la constitución de 1812. Eran de esta opinión Miguel Lardizábal, Anselmo de Rivas (obispo auxiliar de Madrid), general Vigodet[11], marqués de Cerralbo[12], duque de Montemar (ministro de la guerra), el inquisidor general, el general Ballesteros[13], Antonio Salmón, el marqués de Hornazos, el Duque del Parque, el infante Francisco de Paula y el marqués de Mataflorida. También acordaron suspender las contribuciones directas que tanto desagrado estaban causando, y parecían ser la causa del apoyo popular al pronunciamiento, y convocar Cortes.

Fernando VII, asustado ante los motines que ya se estaban produciendo en Madrid, convocó Cortes, estamentales, ese mismo día de 6 de marzo de 1820. No esperó la resolución planteada al Consejo de Estado el 3 de marzo.

En eso estaban, cuando el ejército proclamó la constitución de 1812 en Ocaña el 7 de marzo de 1820: Enrique O´Donnell, conde de la Bisbal, fue encargado de reprimir a los sublevados y reunió un ejército en La Mancha, pero una vez más cambió de opinión y decidió ponerse de parte de los sublevados, y proclamó la constitución en Ocaña el 7 de marzo. Enrique O`Donnell salía de la tolerancia para con la clandestinidad masónica, y de su palabra de defender el absolutismo dada a Sarsfield, para asumir su papel de persona complicada en el pronunciamiento, o al menos en la masonería. El tema es mucho más complicado si tenemos en cuenta la postura absolutista de Enrique O`Donnell conde de La Bisbal, expresada en su apoyo a los regentes durante 1808-1814, todos ellos de mentalidad absolutista y las simpatías por los masones demostradas en Cádiz en 1819. Pero todo es más explicable teniendo en cuenta la existencia de una masonería conservadora absolutista, otra liberal moderada, y otra revolucionaria y liberal. Parece ser que lo que decidió a La Bisbal fue la indecisión del Rey en actuar.

Por su parte, el general Ballesteros, que estaba en Madrid y tenía acceso a Palacio, se constituyó en consejero del monarca y le sugirió hacer declaraciones a favor de reformas liberales e incluso jurar la constitución de Cádiz si era preciso.

Fernando VII prometió, en decreto de 7 de marzo, jurar la constitución (primer documento de abolición del absolutismo). Lo singular de la situación, es que Fernando VII quería aparecer como que lo iba a hacer “motu propio”, cuando ya tenía todo en su contra.

Fue después de estar todo decidido, cuando el pueblo de Madrid se echó a la calle. Ya sabemos que el término “pueblo” significa lo que está pensando el que pronuncia la palabra, es decir, nunca se sabe qué. En este caso, el pueblo de Madrid eran algunos nobles, oficiales del ejército, abogados, médicos, gente de la Universidad… clases medias altas y no sabemos si eran muchos o pocos, pero suponemos que pocos. El pueblo bajo no participó en ningún sentido, ni a favor ni en contra, en los sucesos de 1820. El pueblo bajo había tenido ocasión de comprobar que los absolutistas eran tan corruptos y ruines como los liberales a los que habían expulsado en 1814, y no habían hecho nada positivo para salir de la crisis en los seis años de Gobierno que habían padecido. Por su parte, los realistas habían desaparecido de la calle, tal vez avergonzados de lo que se había hecho últimamente en el Gobierno.

Ballesteros tomó la dirección del movimiento madrileño. Este “pueblo” hizo una gran fiesta, no sólo en Madrid sino en casi toda España, en la que hubo procesiones cívicas (en la que una matrona ataviada a la griega portaba la constitución, y las gentes doblaban la rodilla a su paso), discursos en los balcones municipales, bailes en las plazas (que fueron redenominadas en placas de mármol con el nombre “de la Constitución”), cenas multitudinarias y gratuitas, hojas volantes con inscripciones y dibujos (“Los Cuatro héroes de La Isla”, “La Libertad vence al monstruo del despotismo”, “El Persa aterrado ante el triunfo de la Constitución”, “Las mazmorras de la Inquisición”…), emblemas, escarapelas verdes para los sombreros, boinas rojas[14], retratos de los héroes de La Isla[15], coronas de laurel[16], cintas de colores… y cantares como el Himno de Riego, el Trágala, el Tintín y el Lairón. De tal modo fue importante esta fiesta, que los masones decidieron cambiar su color verde distintivo por el azul, y los “comuneros”[17] decidieron cambiar al morado. Más tarde se hicieron barajas “constitucionales” en las que los ases eran los cuatro héroes, y las sotas eran los mártires de la revolución (Porlier, Richart, Lacy y Bertrán de Lis). Los liberales estaban pagando de su bolsillo unos gastos que no pueden tener para nosotros otro sentido que convencer al pueblo español en general de que venían mejores tiempos.

No hubo apenas violencia en el golpe de 1820. La única violencia fue saquear e incendiar el edificio de la Inquisición de Madrid, con todos sus archivos, y liberar a los presos, que no eran muchos. Presos políticos sólo había tres: el conde de Montijo, el conde de Almodóvar y el cómico Pinto.

Ese mismo día 7 de marzo se vio un grave problema de los liberales: no tenían un líder con preparación suficiente para gestionar un Gobierno, para hacerse cargo del Estado. A falta de un líder competente, alimentaron los mitos más populistas, y el principal de ellos era Riego.

El comandante Riego no había sido el organizador del golpe de 1820, ni tampoco el que había decidido los hechos, pero venía bien para personalizar el momento en un solo hombre, y así, se hizo creer a las masas que Riego había sido decisivo. Riego no era tampoco un hombre políticamente capaz, ni demasiado inteligente, sino más bien un idealista, y con él aparecía un problema en vez de una solución. Quedaba el recurso de formar Gobierno con los civiles colaboradores de Riego, pero ni Alcalá Galiano, ni Mendizábal, ni Moreno Guerra, ni Romero Alpuente, tenían experiencia política ni capacidad para una tarea delicada como gobernar, superando una crisis política grave y una crisis económica mucho peor. Eran tan inexpertos en política, que no pensaron en tomar el poder, sino que pensaban que las cosas evolucionarían por sí mismas.

De cara a tomar el poder, había tres grupos en auge en ese momento: los “revolucionarios periféricos” o conjunto de militares y civiles de provincias, que habían protagonizado los hechos de enero-marzo de 1820 (alcanzarían el poder en 1822); el “grupo de Madrid” que había convencido a Fernando VII para que jurase la constitución y evitase una guerra civil; los “antiguos liberales” de 1812 que estaban exiliados y encarcelados y que fueron llegando a Madrid en las siguientes semanas, pero que el 7 de marzo no estaban preparados para tomar el poder.

Los revolucionarios periféricos, llamados por entonces “atumultuados”, eran gentes anónimas, sin formación política, cuya única idea era realizar una comuna dirigida por la voluntad popular. Podemos citar como su líder, aunque no lo tenían, a Eduardo Gorostiza, que se subió a un balcón de la Casa de la Villa y consultó al pueblo quiénes debían integrar un “Ayuntamiento Constitucional”. Resultó aclamado como alcalde primero Pedro Sáinz de Baranda, y como alcalde segundo Rodrigo de Aranda, y como concejales otros muchos. Era una posición política muy del gusto populista y de lo que sería en adelante el anarquismo, la Comunne y otros movimientos populistas.

Frente a los populistas del ”Ayuntamiento Constitucional”, el general Ballesteros organizó una Junta Provisional el mismo día 7 de marzo, encargada de hacer cumplir el decreto del 7 marzo.

Las fricciones entre Ayuntamiento Constitucional y Junta Provisional Consultiva fueron inevitables y los del Ayuntamiento trataron de inmiscuirse en las acciones de gobierno de los de la Junta, constantemente.

La Junta Provisional Consultiva estaba integrada por:

Presidente, Luis María de Borbón Vallabriga, arzobispo de Toledo (conocido como cardenal Borbón, que había sido regente en 1814).

Vicepresidente, general Francisco López Ballesteros, que era quien dirigía en la realidad la Junta.

Vocales:

Manuel Abad y Queipo[18], obispo de Valladolid-Michuacán.

Antonio Quiroga y Hermida, ascendido a general.

Miguel Lardizábal Uribe.

Mateo Valdemoros[19].

Vicente Sancho[20].

Antonio Gil de Taboada Villamarín, conde de Taboada.

Francisco Crespo de Tejada.

Bernardo de Borja Tarrius.

Ignacio de la Pezuela.

Todos ellos eran “personas conocidas” es decir, nobles y clérigos importantes.

Era una Junta nombrada para ser inoperante y que sólo entretendría el tiempo hasta la próxima reunión de Cortes, de unas Cortes a la medida de Fernando VII. Fernando pensaba restaurar el absolutismo, pero ello le llevó mucho más tiempo de lo esperado, tres años, y no unos días o unos meses.

 

La Junta Provisional Consultiva tomó sus primeras decisiones:

8 de marzo, puso en libertad a los presos por opiniones políticas o religiosas.

Se abrieron las Cortes y el rey juró la Constitución.

Convocó elecciones a ayuntamientos constitucionales.

Nombró a Miguel Gayoso de Mendoza jefe político de Madrid, de modo que se pudieran establecer instituciones constitucionales.

9 de marzo, abolió la Inquisición.

Se estableció una nueva Junta de Censura que diera más libertad de opinión.

Se fijó la representación en Cortes que tendrían las tierras americanas.

 

Fernando VII juró la constitución (segundo documento de abolición del absolutismo, producido dos días después del primero: “vayamos todos, y yo el primero, por la senda constitucional”) y remodeló Gobierno en 9 de marzo de 1820:

Estado, conservaba a Joaquín José de Melgarejo y Saurín, duque de San Fernando.

Gracia y Justicia, José García de la Torre, sustituía a Mozo de Rosales, marqués de Mataflorida,

Guerra, Pedro Agustín Girón de las Casas, marqués de las Amarillas y I duque de Ahumada[21], sustituía a José María Alós Mora.

Marina, Luis María Salazar y Salazar sustituía a José María Alós Mora.

Hacienda, se mantenía a Antonio González Salmón que estaba en el cargo desde 3 de noviembre 1819.

Gobernación de la Península, Jacobo María de Parga[22] sustituía a José García de la Torre.

La remodelación era suave, continuista, y no gustaba a los liberales, que en 18 de marzo de 1820, pidieron un nuevo ministerio formado por personas “reconocidas por amigas del sistema constitucional”.

 

 

Últimos sucesos de Cádiz[23].

 

Cádiz era, en este momento de la historia, fundamental para España, puesto que allí estaba un ejército en armas, el que iba a salir para América, el que podía decidir el rumbo final de los acontecimientos.

El 9 de marzo, Freire llegó a Cádiz y se entrevistó con los jefes militares de la plaza, que eran Villavicencio y Campana. Todavía no se sabía que Fernando VII había jurado la constitución.

El 10 de marzo llegaron a Cádiz Arco Agüero, López Baños y Alcalá Galiano y pidieron entrevista con Freire. Ese mismo día, Freire proclamó la constitución en Cádiz entre aclamaciones populares, pero las tropas se negaron a jurar mientras no lo hiciera el rey, y unos grupos de soldados fueron a por Freire y le obligaron a gritar ¡viva el rey! y a abandonar la ciudad. Las tropas absolutistas salieron a la calle disparando sobre la multitud y gritando ¡Viva el Rey! Eran dirigidos por Capacete y por Gavarre, que nombraron como jefe del movimiento absolutista al general Campana. Freire fue acusado, interrogado y amenazado constantemente con gritos a la cara de ¡Viva el Rey! Se impuso en Cádiz el terror absolutista y se produjeron 71 muertos, 171 heridos y unos 362 actos vandálicos, llevados a cabo por las tropas, que asaltaban casas particulares.

El 12 de marzo, Freire supo de la aceptación de la Constitución en Madrid. La situación en la zona de Cádiz era alarmante por cuanto los absolutistas estaban atacando a los liberales en Puerto de Santa María y ya habían matado gente en Cádiz. Freire convocó una reunión de oficiales en Puerto Real y les convenció para que aceptasen la decisión del monarca de jurar la constitución. El 13, el absolutista Rodríguez Valdés pidió la unión de los civiles y los militares en torno a la constitución, pero el ayuntamiento le dijo que las bonitas palabras que pronunciaba fueran seguidas del abandono de la ciudad por parte de las tropas. El 14 de marzo, los absolutistas se retiraron, no sin algunos incidentes.

El 19 de marzo los soldados juraron la constitución.

El 21 de marzo, Cádiz juró la constitución.

El 25 de marzo se eligió ayuntamiento constitucional presidido por José Manuel Vadillo.

El 28 de marzo, Freire fue sustituido por el general Juan O`Donnell.

El 2 de abril, Riego entró en triunfo en Cádiz y el 4 de abril lo hacían Quiroga y O`Donojú. Para ellos, San Miguel escribió un himno que decía:

“Honor al caudillo/ honor al primero/ que el patriota acero/ osa fulminar.

La patria afligida/ oyó sus acentos/ y vio sus tormentos/ en gozo tornar.

Soldados, la Patria/ nos llama a la lid/ juremos por ella/ vencer o morir”.

El pronunciamiento del 1 de enero había triunfado. Se imponían los más radicales de los sublevados.

 

 

La abolición de la Inquisición.

 

A mediados del XVIII, los ingresos de la Inquisición ya no eran muy altos y seguía teniendo muchos funcionarios que pagar. Cuanto más celo pusiera, más funcionarios necesitaría y más gastos tendría. Pero no podía pagar a los familiares que tenía permitido tener legalmente. Empezaba a no ser un negocio rentable para el Estado, aunque sí tuviera rentabilidad política para la Iglesia.

La consideración social de la Inquisición también decaía a mediados del XVIII, pues molestaba a los españoles cultos el no poder tener libros extranjeros debido a la censura, a la predisposición contraria a todo lo extranjero. Godoy rompió un poco esta costumbre en 1797 y decidió permitir a los artesanos extranjeros que se instalaran en España, pero ello significaba la entrada de ideas diferentes, incluso cuando los que venían a España eran ultracatólicos. Se estaba gestando la imagen de que “Europa empieza en los Pirineos”, que estuvo vigente hasta bien avanzado el franquismo.

En 1808 se perdió el comercio de América y el coste de la vida subió. Los descontentos con la Inquisición eran más. Ahora estamos hablando del pueblo bajo, y de los burgueses y nobles, que veían en las restricciones un freno al desarrollo económico y una causa del hambre. Además, España estaba en la Guerra de la Independencia, lo que significó que la Inquisición no pudo actuar.

Y llegaron las Cortes de Cádiz de 1810 y establecieron la libertad de discusión y la libertad de prensa, con lo que la Inquisición perdió una de sus armas. Pero las Cortes mantuvieron “la Suprema” (Consejo de la Santa y Suprema Inquisición, era el nombre completo). En 1812 se publicó la Constitución y no se tocó de momento el tema Inquisición. Hay que tener en cuenta que los diputados de Cádiz eran católicos y muchos de ellos curas, y que habían hecho una constitución confesional católica. No obstante sí que había polémica:

Francisco Alvarado, dominico, alias “el filósofo rancio”, defendió la Inquisición en artículos de prensa.

Antonio Puigblanch atacó a la Inquisición.

El argumento más utilizado era que, sin Inquisición, se llegaría a un caos populista, en el que los derechos humanos serían imposibles. Desgraciadamente para los españoles, el entender muchas veces a lo largo del XIX liberalismo como populismo, parecía que daba la razón a los ultraconservadores.

Y el 23 de febrero de 1813 se dio un decreto por el que se declaraba a la Inquisición incompatible con la constitución y se devolvía a los obispos la jurisdicción sobre fe y herejía. Muchos pueblos protestaron, los obispos y curas se negaron a leer el decreto en los púlpitos, donde se leían otras muchas leyes. Se armó un cierto escándalo, y las Cortes decidieron el 8 de marzo de 1813 disolver el Consejo de Regencia y cambiarlo por otro. El Nuncio fue expulsado y se marchó a Portugal.

En mayo de 1814 Fernando VII volvió a Madrid, disolvió las Cortes, anuló la Constitución y restableció la Inquisición por decreto de 21 de julio de 1814. La vuelta de la Inquisición no gustó en general al pueblo español, sobre todo a las clases bajas.

Pero la Inquisición había perdido sus rentas y gran parte de sus bienes le habían sido confiscados durante la guerra y no podía aspirar a tener el esplendor pasado. Además el dinero se había devaluado y las rentas de los vales reales eran insuficientes. Los inquisidores y familiares no podían ser pagados.

En 9 de marzo de 1820, tras el triunfo de Riego, el rey se apresuró a quitar la Inquisición. Fue la anulación definitiva en España.

En 1823 se inició una persecución muy cruel de liberales, pero ya no se restableció la Inquisición.

En marzo de 1820, todavía quedaban los Tribunales Episcopales de la Inquisición medieval, distintos del Consejo de la Santa y Suprema Inquisición, gestionado desde el Estado, y, en 1824-1826, la Inquisición episcopal actuó por última vez en España: se trataba de un maestro de escuela de Valencia, Cayetano Ripoll, que no llevaba a los niños a misa y no rezaba el Ave María en la escuela. Fue ahorcado en 1826, y su cuerpo quemado.

El Papa no se disgustó mucho por la supresión de la Inquisición española, pero sí porque no le hubieran consultado para hacerla desaparecer.

El 15 de julio de 1834 se promulgó un decreto de abolición definitiva de la Inquisición, dedicando sus bienes a la extinción de la deuda pública. Lo cierto es que ya no existía desde 1820 y 1824-1826.

 

 

Gobierno de la Junta Provisional Consultiva

y del duque de San Fernando, en marzo de 1820.

 

La constitución de 1812 fue jurada por Fernando VII el 9 de marzo de 1820. Ese mismo día se abolió la Inquisición, se repuso el Ayuntamiento constitucional en Madrid, y se ratificó la Junta Provisional Consultiva (o Gubernativa), también llamada Junta de Madrid. Era tratada como depositaria de la soberanía, en tanto se abrían las Cortes y asumían ese papel. Por tanto, la Junta Provisional no desapareció hasta 7 de julio de 1820.

El 10 de marzo, Fernando VII publicó un famoso manifiesto aceptando la constitución y haciendo jurarla a don Carlos como representante del ejército. Todavía el 11 de marzo, Riego estaba huyendo de los realistas, ignorante de que habían triunfado los liberales. El 10 de marzo se pidió el restablecimiento de las autoridades de 1814 y la separación entre Tesorería y Crédito Público.

El 14 de marzo juró la constitución, en nombre del ejército, el jefe superior del ejército que era el infante don Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII. Era una farsa para capear el temporal político, pues Carlos María Isidro era absolutista convencido.

Las Juntas Provinciales surgidas en 1820 eran: San Fernando, Galicia, Asturias, Aragón, Navarra y Cataluña. Estas Juntas pidieron a la Provisional que las declarara soberanas, pero ésta se negó atribuyendo esta capacidad únicamente a las Cortes, que debían reunirse tras las elecciones oportunas. Desde entonces, y aun respetando a las Juntas constituidas, la Junta Provisional procuró que no hubiese más Juntas Provinciales nuevas. De momento, pensó reunir Cortes con los diputados de 1814.

En el delicado tema de la soberanía popular, hubo un enfrentamiento con la Junta de Galicia que pedía que el rey reconociera la soberanía del pueblo, tomase la obligación de comunicar sus decisiones a las Juntas, que éstas tuviesen el poder ejecutivo, y que el rey consultase a las Juntas el nombramiento de todos los cargos de Gobierno, lo cual anunciaba cierto sentido populista y cantonalista, mucho antes de 1873. La Junta Provisional rechazó las peticiones gallegas.

Los liberales cometían errores de mucho peso, basados en ideas equivocadas, que ellos creían que generarían automáticamente apoyo popular y no fue así: Las Juntas Provinciales de 1820 se apresuraron a consumir inmediatamente los recursos de sus provincias y a dejar de enviar tributos a Madrid. Hacían populismo de clases medias en vez de liberalismo, y el populismo no genera apoyos sólidos, sino nuevas peticiones más populistas y más violentas. El problema del Estado se hizo entonces insalvable y el Estado decidió tomar un préstamo a corto plazo y al 10%, a fin de salir del apuro. Estaban fraguando el fracaso de la revolución de 1820.

El 17 de marzo de 1820, Ballesteros disolvió el Ayuntamiento Constitucional de Madrid alegando que no había sido elegido de acuerdo con la Constitución.

El 22 de marzo de 1820 se cambió de opinión en cuanto a los diputados a Cortes y se convocaron elecciones a Cortes Ordinarias. No serían los diputados de 1814. Esto se consideraba una victoria de los liberales más progresistas, que les consolidaba en el poder frente a los doceañistas, considerados viejos conservadores, a pesar de que sólo habían pasado seis años.

Las cosas evolucionaban sin embargo en otro sentido, pues en estos días estaban llegando a Madrid los presos excarcelados y los liberales desterrados y exiliados. La Junta trataba de poner en los cargos del Estado a las personas que los habían desempeñado antes de 1814, al tiempo que se ponían en vigor las leyes de 1810-1814 y la constitución de 1812. Con ello, la situación evolucionaba hacia el moderantismo. La primera ley restaurada, el 11 de marzo de 1820, fue la de libertad de imprenta. Otra de las primeras fue la supresión de la Inquisición.

Ante la inminente convocatoria de Cortes, surgió la duda de si debían ser ordinarias o extraordinarias, pues en este último caso se podrían introducir reformas, que era lo que querían los moderados. Alegaban éstos que ya habían pasado ocho años y se podían proponer. Por el contrario, los exaltados no querían reforma ninguna y alegaron que los seis años de absolutismo no contaban y había que esperar al menos hasta 1826.

El 26 de marzo de 1820 hubo decreto de extrañamiento del reino o encierro en conventos para quienes no jurasen la Constitución. Esta medida represiva no gustó a muchos liberales conservadores, y empezaron las discrepancias entre liberales.

En las elecciones de abril fueron elegidos los doceañistas o moderados.

 

 

Repercusión internacional

del pronunciamiento de Riego.

 

La importancia internacional de la sublevación de Riego fue grande. La Santa Alianza, desde su constitución en 1815, no había sido nunca utilizada. El absolutismo parecía restablecido en toda Europa, a pesar de que los absolutistas pensaban en una conjura masónica internacional, debido a la identidad de las demandas y reivindicaciones en todas partes. Riego era la primera alteración del orden político europeo desde 1815 y le siguieron Portugal, Nápoles, Piamonte, proclamando la constitución.

El 3 de marzo de 1820, Alejandro de Rusia anunció que la revolución española era un peligro para la paz. Castlereagh de Inglaterra se opuso a intervenir, alegando que ello no constituía peligro alguno para otro Estado. Pero entonces replicó Meternich que las revoluciones italianas sí suponían un daño para Austria, y las potencias acordaron reunirse en Troppau en octubre de 1820.

 

 

 

[1] Algunos autores latinoamericanos juegan con la expresión “echamos a los españoles” para referirse a que los revolucionarios americanos de 1810-1820 echaron a los españoles peninsulares, expresión que oculta la realidad de que los españoles criollos se hicieron con el poder y con las propiedades americanas. Los libros de historia suelen “mentir” de esta forma, cuando están escritos para agradar al poder constituido, el triunfador, que es quien paga esos libros.

[2] Pedro Sarsfield, 1779-1837. En marzo de 1820 fue deportado junto a Eroles, Patricio Campbell y Andiani, el núcleo ultrarrealista, y se entregó a los franceses. En 1836-1837 fue virrey de Navarra.

[3] Fuente: Francisco Varo Montilla, El Mariscal de Campo Sarsfield y la represión del Pronunciamiento de El Palmar. Hispania Nova, nº 3, 2003.

[4] Estanislao Sánchez Salvador, fue uno de los responsables en la expedición a América que debía salir en 1820, y fue Secretario de Guerra en septiembre 1821 y en mayo de 1823.

[5] Antonio Quiroga Hermida, 1784-1841, (nacido en 1788 según el Xornal de Betanzos) fue un gallego que hizo guardamarina en El Ferrol y fue profesor de la academia militar. Se hizo masón durante la Guerra de la Independencia y, en 1818 fue destinado a Cádiz, donde participó en la conspiración de El Palmar y estuvo preso por ello en Alcalá de los Gazules. En diciembre de 1819 se sumó a la conspiración de nuevo y vivió la sublevación de Riego con aspiraciones a capitanearla. En 1823 combatiría a los franceses de Angulema, se unió a Morillo para atacar Vigo, pero Morillo se pasó al bando absolutista y Quiroga hubo de asumir el mando de los rebeldes liberales en La Coruña, donde se rindió y se exilió a Londres, donde estuvo hasta 1834. En esta fecha fue Teniente General en Castilla la Nueva.

[6] Miguel López Baños Monsalve, 1789-1861, nació en Rueda (Valladolid), de padres zamoranos y en 1793 ingresó en artillería en Segovia. Sirvió a José I. En junio de 1816 fue destinado al batallón expedicionario de Cádiz, se sumó a Riego en 1820 y en 1821 fue Capitán General de Navarra. En agosto de 1822 fue Secretario de Guerra. Era masón y delegado de la masonería para hacer una coalición con los “comuneros”. En 1824 huyó a Tánger y en 1825 a Londres. En 1835 fue Comandante General en Santander y en octubre de 1835 Gobernador de Cádiz. En 1836 fue Capitán General de Puerto Rico. En 1840 volvió a Sevilla.

[7] Rafael de Riego Núñez 1785-1823, había nacido en 24 de octubre de 1785 en Santa María de Tuñes (Asturias) en una familia noble, y en 1807 había ingresado en las Guardias de Corps en Madrid. en su educación en Oviedo había conocido las ideas de Flórez Estrada, Agustín Argüelles y Benito Pérez Valdés. En marzo de 1808 había estado en Aranjuez. El 2 de mayo huyó a Asturias, donde el general Vicente María de Acevedo, el mariscal Gregorio Bernaldo de Quirós, y Cayetano Valdés Flórez, preparaban una división para luchar contra los franceses. Riego fue ascendido a capitán. Fue cogido prisionero en Espinosa de los Monteros y llevado a Francia. En 1814 regresó a España, ya con ideología liberal, pues había estudiado historia, filosofía, lenguas y derecho durante el cautiverio. Llegó a tiempo de jurar la constitución ante Lacy, en el momento en que los liberales eran derrotados por Fernando VII. En recompensa por su cautiverio se le hizo teniente coronel. En 1815 fue reclutado para el hipotético ejército que debía salir a Francia contra Napoleón y que nunca salió. En 1819 fue designado para el ejército que debía salir para América. En 1822 sería presidente de las Cortes exaltadas. En 1823 fue derrotado sucesivamente en Jaén, Mancha Real y Jódar, huyendo de mala manera. El porquerizo Mateo López le denunció al alcalde y al cura y, el 7 de noviembre de 1823, fue apresado en Arquillos (Jaén), llevado a Madrid, juzgado y ejecutado en la Plaza de la Cebada.

 

[8] Manuel Freire, 1767-1835, era hijo de Francisco Freire de Andrade y Camino, y hermano de Juan José Freire. Ascendió en el ejército hasta teniente general en 1813 por méritos de guerra, sobre todo en la batalla de San Marcial. En mayo de 1814 fue Secretario de Guerra durante 25 días hasta el nombramiento de Eguía para el cargo. En 1820 fue nombrado general en jefe del ejército de Andalucía, pero fue destituido el 27 de marzo por no haber atacado Cabezas de San Juan en enero, lo que le hacía sospechoso de masón. Fue condenado a tres años de prisión, hasta octubre de 1823. No fue excarcelado por los liberales, lo que quiere decir que era absolutista. Salió de la cárcel en octubre de 1823 y fue enviado a Carmona, su pueblo, hasta ser rehabilitado en 1832. Los equívocos se pudieron producir porque su hermano, el presbítero de San Bartolomé de Carmona, Juan José Freire, se había mostrado ilustrado En su juventud y liberal más tarde. El equívoco debió continuar, pues Juan José condenó la vuelta del absolutismo en 1814 en público sermón, y no fue reprimido por ello. Hijo de Manuel Freire fue Manuel Freire Abbad. (Esteban Mira Ceballos, Los Freire: una familia carmonense en al Guerra de la Independencia).

[9] Francisco Javier González-Cienfuegos y Jovellanos, 1766-1847, nació en Oviedo en una familia noble. Estudió su carrera eclesiástica en Sevilla, se ordenó en 1789, se doctoró en teología en 1794, fue canónigo de la catedral de Sevilla, fue vocal de la Junta de Sevilla en 1808, y en 1814 llegó a rector de la Universidad. En 1818 fue premiado su absolutismo con el obispado de Cádiz, desde donde se opuso al levantamiento de 1819-1820, destacando por sus diatribas contra los liberales a lo largo del año 1820. Seguramente ello influyó lo suficiente para ser nombrado arzobispo de Sevilla en 1824 (tomó posesión en 1825), donde se distinguió por prohibir muchos libros. Ayudó al miguelismo portugués hasta el punto de casi arruinar la diócesis. En 1836 fue confinado en Alicante, hasta que en 1844 le perdonó Narváez.

[10] La fanega de tierra es distinta en distintas regiones españolas: en Castilla la Vieja, la hectárea hace dos fanegas y media, en algunas regiones de Castilla hace tres fanegas, y en algunas otras regiones españolas hasta cinco fanegas. De todas formas, 10 fanegas eran una explotación agrícola de un labrador acomodado en ese momento. La fanega de tierra, no es lo mismo que la fanega en especie, que era una medida en volumen, y que equivalía a unos 30 kilos en cebada y hasta 42 en trigo, según la dureza y madurez del grano. Puede ser que, en tiempos antiguos, una fanega de tierra produjera aproximadamente una fanega de grano, pero ello varió con el aumento de productividad de la tierra.

[11] Puede tratarse de Gaspar de Vigodet, 1747-1834, militar español de origen francés, gobernador de Montevideo en 1811, y colaborador de los liberales en 1820, exiliado en 1823 y regresado a España en 1834.

[12] Puede tratarse de Fernando de Aguilera Contreras, 1784-1834, XV marqués de Cerralbo, o de su hermano José de Aguilera Contreras, 1787-1872, XVI marqués de Cerralbo.

[13] Francisco Ballesteros, 1770-1832, militar de caballería a las órdenes del conde de La Unión (Fermín Carvajal Vargas y Brun, limeño, 1752-1794, general en jefe del ejército de Cataluña en 1794, derrotado por los franceses y muerto por disparos de sus propios soldados españoles en esa acción), visitador de Tabacos y Aduanas en Asturias, estuvo en 1808 al servicio de la Junta de Asturias como coronel y fue derrotado en Espinosa de los Monteros. Luchó varios años en Andalucía, y ascendió a teniente general, carrera que se cortó tras su negativa a aceptar a Wellington como jefe de las fuerzas españolas, por lo cual fue enviado a Ceuta. En 1815 fue Secretario de Guerra para Fernando VII, pero se mostró contrario a la camarilla, y acabó de parte de los liberales de 1820 exhortando al rey a jurar la constitución. Fue vicepresidente de la Junta Provisional. En 1822, al frente de milicias populares, sometió a la Guardia Real Española que se había amotinado contra la constitución. En 1823 combatió contra los Cien Mil Hijos de San Luis y huyó hasta Cádiz, donde capituló con Angulema el 4 de agosto de 1823. Fue condenado a muerte en 1 de octubre de 1823, pero Angulema exigió su liberación, cumpliendo el acuerdo de capitulación, y Ballesteros huyó a Londres y desde allí a París.

[14] La boina roja la adoptaron los carlistas hacia 1835, pero no es posible relacionar ambos signos identificativos, salvo por la coincidencia.

[15] Los cuatro Héroes de La Isla eran Riego, Quiroga, López Baños y Arco Agüero.

[16] Hechas de hojalata pintada de verde.

[17] En España hay dos tipos comuneros: los comuneros de Castilla de 1520, y los de la “Confederación de Caballeros Comuneros”, un grupo de masones que, para distinguirse de sus compañeros masones “azules”, adoptaron el “morado” como color distintivo.

[18] Manuel Abad Queipo, 1751-1825, obispo de Michoacán y de Tortosa, tiene una biografía muy interesante para conocer el ambiente cultural y político de la época. Nacido ilegítimo en Asturias, fue enviado a Cataluña, donde hizo primeros estudios, y a Salamanca, donde hizo Derecho. En 1779 acompañó a su tío Cayetano Francisco Monroy a Guatemala, y se ordenó sacerdote. En 1784 fue a servir a fray Antonio San Miguel, obispo de Valladolid (Michoacán) como juez de testamentos, capellanías y obras pías, y aunque este obispo murió en 1804, Abad siguió en el cargo hasta la llegada del siguiente obispo en 1809. En Valladolid leyó a Adam Smith, Montesquieu, Campomanes y Jovellanos y, por tanto, se hizo ilustrado. En 1798 envió una protesta a la Corona porque una Real Célula de 1795 sometía a los clérigos a los tribunales ordinarios en caso de delito grave. Alegaba Abad que cualquier falsa acusación llevaría a los clérigos ante los tribunales, mostrando su lado clerical. En 1804 murió San Miguel, dejando al frente de la diócesis como Vicario General a Abad Queipo y empezó su etapa más significativa: en 1805 resultó nombrado canónigo penitenciario, lo cual originó protestas y se alegó contra él ilegalidad, porque era hijo ilegítimo. Abad Queipo pidió la suspensión del Decreto de Amortización Eclesiástica de 1804, alegando que la Iglesia había invertido sus anualidades, préstamos, capellanías y censos en comprar tierras y propiedades urbanas, y no era justo quitarle esas propiedades, porque la Iglesia era el principal sistema crediticio de México y eso dañaría seriamente la economía de todo el país. Proponía que se quitaran los impuestos a la Iglesia y que se dejara libre el comercio aboliendo monopolios de la Corona. En 1806 viajó a España para pedir las dispensas necesarias a fin de borrar su origen ilegítimo como impedimento a su carrera. Pasó por Estados Unidos y por París y vio a Alejandro Humboldt. Llegó a España en septiembre de 1807. Obtuvo las dispensas que pretendía, pero se quedó algún tiempo más en Madrid pretendiendo que el Gobierno anulase los decretos que perjudicaban a la Iglesia mejicana. Regresó a su diócesis en 1808, a donde llegó en otoño, y se encontró el enfrentamiento entre españoles peninsulares (gachupines), y españoles criollos, y supo de la invasión de José Bonaparte. En México, Pedro de Garibay conspiró contra el virrey Iturrigaray y tomó el poder, y Abad Queipo vio peligro de guerra civil y de invasión de los Estados Unidos. España confió el virreinato al obispo Linaza, y éste reprimió la sublevación criolla de Michoacán. Abad Queipo pareció cambiar completamente, y propuso dedicar los bienes de la Iglesia a la lucha contra los franceses, y llamaba a Napoleón déspota, árabe, vándalo y saqueador. En realidad no cambiaba su postura de defensa clerical, sino que temía al anticlericalismo francés. En 1809 llegó un nuevo obispo a Michoacán, Marcos de Moriana Zafrilla, pero falleció en julio del mismo año. En febrero de 1810, resultó nombrado obispo Abad Queipo. Como obispo, propuso liberar a los indios de impuestos especiales como el de capitación, y someterles a los impuestos ordinarios como alcabala y diezmo. También propuso acabar con el monopolio comercial de España y repartir realengos, y tierras ociosas durante 20 ó 30 años, a favor de los indios. En septiembre de 1810 tuvo lugar la rebelión del cura Hidalgo en Dolores y posteriormente la más radical del cura Morelos y, aunque Abad Queipo condenó a Hidalgo, las autoridades virreinales vieron conducta sospechosa en Abad Queipo e insistieron en suprimir prerrogativas eclesiásticas y poder juzgar a clérigos en delitos graves. En 1813, su protector Francisco Javier Venegas, fue sustituido por el virrey Calleja, y Abad Queipo fue denunciado por el inquisidor Sainz de Alfaro por hacer política y mostrarse partidario de la constitución, lo que era tenido por jansenismo por entonces. En junio de 1815 fue enviado a España, y en 23 de enero de 1816 se entrevistó con Fernando VII que quedó encantado con su charla y le nombró Secretario de Gracia y Justicia de España e Indias, nombramiento que revocó el día 27 enero al saber que estaba encausado por la Inquisición. En julio de 1816 fue detenido, y en enero de 1818 juzgado, declarándose galicano pero no jansenista ni molinista. Fue absuelto. En 1820 fue miembro de la Junta Provisional Consultiva y se le nombró obispo de Tortosa. Mientras tanto, México optaba por el integrismo católico, cuyo símbolo fue la Virgen de Guadalupe. En 1823, Abad Queipo huyó a Castrourdiales (Cantabria), pero en mayo de 1824 fue detenido, juzgado en Madrid y condenado a seis años en el convento de Sisla (Toledo), donde murió.

[19] Mateo Valdemoros fue miembro de la Junta Provisional Consultiva de marzo 1820, y Jefe de Gobierno y ministro de Gobernación de 4 de marzo 1821 a 4 de mayo 1821.

[20] Vicente Sancho, 1784-1860 , fue militar y abogado, miembro de la Junta Provisional Consultiva en marzo de 1820, exiliado en Francia y Gran Bretaña en 1823-1830, miembro del Directorio de Bayona de 1830 que pretendía restaurar el liberalismo, regresó a España en 1835. Fue Jefe de Gobierno y Ministro de Estado (Gobernación) del 11 al 16 de septiembre de 1840.

[21] Pedro Agustín Girón de las Casas, marqués de las Amarillas, I duque de Ahumada, 1778-1842, ministro de Guerra en 1820, fue el padre de Francisco Javier Girón y Ezpeleta las Casas Enrile, II duque de Ahumada y V marqués de las Amarillas, creador de la Guardia Civil en 1844. ambos se exiliaron a Gibraltar en 1820-1823.

[22] Jacobo María de Parga y Puga, 1774-1850, era un gallego doctor en leyes y cánones por Santiago, que en 1802 había sido oficial de la Secretaría de Hacienda y en 9 de marzo de 1820 fue Secretario de Gobernación de la Península y continuó siéndolo el 21 de marzo de 1820. Fue consejero de Estado, y en 1824, miembro de la Junta de Fomento. Por otro lado fue famoso por hacer una colección de minerales. Era hermano del militar de Marina Antonio María de Parga y Puga.

[23] Francisco Javier Lomas Salmonte, Historia de Cádiz.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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