Consideraciones sobre la época 1820-1823.

 

Denominada muchas veces “Trienio Liberal”, tal como la llamaron los “liberales” que vinieron a gobernar después, durante el resto del siglo XIX, quizás es más exacto decir Trienio Constitucional, porque volvió a regir la Constitución de 1812, siendo discutible que el periodo fuera exactamente liberal, aunque sí gobernaron los que se denominaban a sí mismos liberales. Hay preferencias por cualquiera de los dos nombres. Puede denominarse de ambas maneras.

El problema radica en la interpretación que se quiera dar a los Gobiernos de la época. De salida, nos debe llamar la atención el que hubiera una ruptura con los “liberales” de Cádiz, los llamados doceañistas, y surgiera un nuevo grupo dominante de la calle llamado “progresista”. En segundo lugar debemos tener en cuenta que la política de los nuevos y jóvenes “liberales” se hiciera en la calle. En conclusión, sospechamos que se trataba de un brote de populismo de izquierdas. En España triunfará en distintos momentos el populismo de derechas, y en otros el populismo de izquierdas, y raramente aparecerá el gobernante con racionalidad y sentido ético, defensor de los derechos humanos de todos. Bajo el barniz de restauradores del orden católico, el orden social, la justicia social, etc. aparecen a menudo líderes populistas que no hacen lo que el país necesita, sino lo que es popular y les aporta seguidores[1], o lo que les reporta una fortuna personal, o un pedestal para su ego salvador y redentor. Y ese desatino no es nada, para cuando se enfrentan dos fuerzas populistas entre sí, la una redimiendo a los españoles de los males de la izquierda, y la otra preservándolos de “la maldad intrínseca de la derecha”. Posiblemente, en el Trienio Constitucional, estemos en uno de esos casos de populismo.

El triunfo del liberalismo en 1820 se explica porque el pueblo español se sentía engañado. La vuelta de los privilegios hecha en 1814-1820 disgustaba a la burguesía que no podía acceder a los cargos del ejército y de la administración, reservados de nuevo a los nobles. Los únicos beneficiados por el absolutismo eran la Iglesia y los nobles. El resto del pueblo se veía sometido a mayores impuestos y rentas que antes, pues los propietarios habían aprovechado para actualizarlas. También la burguesía de negocios era moderada, porque veía en el liberalismo oportunidades de acabar con los monopolios y estancos, e incluso una reconciliación con la burguesía criolla americana, pero las expectativas le fallaron. El entusiasmo con que fue recibido Fernando VII en 1814 se había disipado en los años siguientes.

Las reformas prometidas en 1814 no se habían llevado a cabo. Es costumbre de pueblos subdesarrollados, y también de políticos rastreros y de poco fundamento de cualquier país, hacer promesas sobre el papel, confiando en que luego el pueblo olvida. Esta realidad había ocurrido ya en 1810-1814, cuando ni siquiera los pueblos de la zona patriota aplicaban las reformas asumidas y decretadas, en Cádiz primero, y en Madrid después. Los absolutistas de 1814 se encontraron que tenían que aplicar reformas que eran las mismas que habían anunciado los liberales de Cádiz y, ante las contradicciones que ello les suponía, decidieron no hacer nada. El inmovilismo fue otra causa del éxito del levantamiento de 1820.

Pero la causa más inmediata que propició el triunfo del “liberalismo” en 1820, no fue la crisis, ni el mal gobierno de los absolutistas, ni la preparación del golpe hecha por los liberales, lo cual sólo explica el surgimiento de los líderes necesarios para una revuelta, sino la guerra de América. Los soldados no querían ir a América a luchar y se sumaron a los revolucionarios. Probablemente influyera en ello la propaganda americana haciendo correr el rumor de que los barcos estaban podridos (bulo de los barcos rusos) y se hundirían en el camino a América, y que serían masacrados nada más llegar, pues llegarían sin las cautelas y apoyos necesarios. Ello dio tiempo a que algunas ciudades reflexionasen sobre el absurdo que representaba un Gobierno absolutista en contra de los intereses comerciales de todos los españoles, y la revuelta triunfó en marzo de 1820.

Por último, hay que tener en cuenta el papel jugado por la masonería: La masonería había sido derrotada en toda regla en 1818, pero quedaban células masónicas diversas, con muy pocas posibilidades de éxito en sus pretensiones de cambio, pero capaces de dirigir ese cambio en caso de producirse. En Cádiz, poco antes de 1820, había dos logias masónicas:

El Soberano Capítulo, dirigido por el comerciante Javier Istúriz, e integrado por personalidades importantes, de cierta edad, donde incluso participaba el absolutista Enrique O`Donnell conde de La Bisbal. Allí se hablaba de ilustración, tolerancia, beneficencia y progreso. Sería el aspecto masón conservador e ilustrado. La mayoría de ellos eran absolutistas. Eran personalidades de mucho peso.

Y el Taller Sublime, dirigido por Antonio Alcalá Galiano (hijo del héroe de Trafalgar) y por Juan Álvarez Mendizábal, también de familia de comerciantes. Eran personas más jóvenes, y una tendencia minoritaria. Allí se hablaba de revolución, sangre, banderas, libertad… Serían los autodenominados “liberales”, los que inventaron el concepto de que los beneficiados por bienes y privilegios debían ser generosos, “liberales”, y ceder parte de estos bienes y privilegios espontáneamente al pueblo.

En teoría, el Taller Sublime era dependiente del Soberano Capítulo, pero en la práctica hablaban de dos revoluciones distintas, éstos de la revolución ilustrada conservadora, y aquellos de la revolución liberal romántica. En el Soberano Capítulo cabían los absolutistas. En el Taller Sublime, todos decían ser “constitucionales”.

En el ambiente antimasón producido desde finales de 1817, se produjo una delación, y el Soberano Capítulo huyó a Gibraltar, su punto de contacto y reunión establecido, quedando en Cádiz sólo el Taller Sublime. No quedaban grandes personalidades, salvo las que pensaban que podían ocultarse, y actuaban en secreto. Los protagonistas eran oficiales menores como el coronel Quiroga, el coronel López Baños, el comandante Riego, el comandante Arco Agüero, el comandante San Miguel y otros muchos de graduación más baja. También los objetivos a conseguir eran más difusos, pues esta gente tenía experiencia nula de Gobierno, e incluso eran objetivos contradictorios como una monarquía moderada, vuelta de las libertades de 1810-1814, o restablecimiento de la constitución de 1812 (que era la idea de Riego). Así pues, los protagonistas del golpe de 1820 serán gentes con experiencia política escasa, con influencia social pequeña y al margen de los Grandes de España.

Pero el movimiento antiabsolutista no hubiera debido ser tan sorprendente: Cerdeña, Estados Unidos y Francia apoyaban a los liberales y a sus sociedades masónicas que estaban a favor del liberalismo y de la libertad de los países latinoamericanos. En Lisboa había una sede masónica que conspiraba contra Fernando VII. Los carbonarios italianos estaban dispuestos a dar algo más que apoyo moral a una revolución liberal en España. En España misma había muchos núcleos liberales entre los comerciantes, militares, nobles, eclesiásticos, intelectuales… Y la juventud romántica de ese momento se decía liberal[2]. Las logias españolas se fundaban con el rito escocés y los militares que habían estado prisioneros en Francia eran los que divulgaban las nuevas ideas. El capitán general de Granada, conde de Montijo, era el jefe de la logia de Granada y había logias en Cádiz, Barcelona, La Coruña, Madrid, Alcalá, Murcia. La Inquisición y la policía de Fernando VII les perseguían, pero no lograban encontrarles.

En el campo económico, el Trienio no cambió ni solucionó ninguno de los problemas del momento. Se ha mitificado historiográficamente el periodo, viéndolo como una ventana histórica a la esperanza, pero lo que hubiera sucedido de haber continuado los liberales a partir de 1823, es sólo fantasía que nos interesa poco a los historiadores.

 

 

 

Clubs, logias masónicas y sociedades patrióticas

en 1820.

 

Un partido es una organización de personas de parecida ideología o intereses políticos similares, que tiene como finalidad el alcanzar el poder mediante la captación del voto. Esa organización debe tener carácter permanente y por tanto necesita una sede y una burocracia (jefes, jefes de sección o distrito, relaciones entre ellos, relaciones entre jefes y votantes y simpatizantes) que han de estar claramente redactadas en unas bases o estatutos y todo ello ser pagado mediante cuotas de socios, derramas, cuestaciones, donaciones, actividades diversas, etc. Un partido democrático debe ser abierto, esto es, que admita a todos los que compartan su ideología o intereses y estén dispuestos a aceptar los estatutos y objetivos fijados por cada congreso del partido. Necesita además unos objetivos políticos explícitos, los cuales se reflejan en un programa, y el objetivo básico debe ser la consecución del poder, a fin de poner en práctica el resto de los objetivos.

Si seguimos las pautas indicadas en el párrafo anterior, de ninguna manera podemos admitir la existencia de partidos políticos anteriores a 1830, y es difícil admitir que los partidos hayan existido en España antes de 1854.

En 1812 existían “grupos de opinión” compuestos por parlamentarios asistentes a las Cortes de Cádiz, y algunos compañeros de tertulia. También las logias masónicas eran expresión de algunos grupos de opinión. En 1814 hubo un programa político expreso conservador, el Manifiesto de los Persas, pero no hubo cuadros dirigentes, masas de afiliados o cotizantes, y mucho menos votantes. Además, nunca se puso en práctica, pues no gustaba ni a los liberales ni a los absolutistas. En 1820-1823, las “Sociedades Patrióticas” se parecían ya a un partido, pero eran “clubs” (así denominados en la época aceptando un neologismo inglés) no abiertos a cualquiera que compartiese sus ideas, sin programa ideológico preciso, y que no tenían organización financiera sólida.

En 1820, los grupos políticos, o clubs, existentes en España, que algunas veces denominamos en los tratados de historia “partidos” sólo a efectos de hacernos entender, eran:

los apostólicos, de ideología absolutista integrista católica, más organizados en el País Vasco y Navarra, pero existentes por toda España,

los carlistas, sobre todo los catalanoaragoneses, que eran simplemente absolutistas (aunque hubiera integristas católicos también en Cataluña),

los moderados doceañistas, que eran gentes que habían estado en el ambiente de la constitución de Cádiz 1812 y que hemos tildado más arriba de románticos,

y los exaltados o progresistas, que eran los nuevos liberales de la época posterior a 1812, unos pocos intelectuales que tenían una idea de lo que era liberalismo, pero más románticos que liberales, apoyados en grupos populistas mucho más numerosos que ellos.

 

Los doceañistas eran hombres de 1810-1814: el conde de Toreno, Muñoz Torrero, Espiga, Martínez de la Rosa, Villanueva. Eran hombres que creían que las Cortes se estaban excediendo en sus funciones, y que de alguna manera había que moderar a esas Cortes. Por su parte, en 1820-1822, ejercían el poder como si se tratase de soberanía, como si detentasen la soberanía. Eran el Gobierno, y querían disolver el ejército, para no ser tutelados por él, pero no podían porque los absolutistas, encabezados por Fernando VII y su hermano Carlos, amenazaban con un golpe de Estado, y sólo la amenaza exaltada mantenía al Gobierno liberal. Es el grupo que nosotros hemos calificado de romántico reformista, pero que se llamaba a sí mismo liberal para distinguirse de los absolutistas que se negaban a las reformas de 1810-1814.

Los exaltados eran los hombres de las Sociedades Patrióticas: Romero Alpuente, Moreno Guerra, Calatrava, Quiroga, Francisco Javier de Istúriz, Flórez Estrada. Eran populistas y representaban perfectamente el espíritu de aquellas Cortes. Llevaban las ideas de las tertulias de café a su realización por el Gobierno, y no importaba que estas ideas contradijesen los principios de la moral y los derechos de las personas, al menos como se entendían entonces estos derechos. Eso es exactamente el populismo y la contradicción con el verdadero liberalismo. Los exaltados querían la constitución de 1812 íntegra y querían que los cargos públicos, y el Gobierno en general, fueran entregados a jóvenes liberales y no a los viejos creadores de la constitución, ni mucho menos a sospechosos de absolutismo. Organizaban algaradas y conflictos de orden público y tenían mucha fuerza en Andalucía. Las clases más pobres opinaban que ser liberal exaltado era matar curas y serviles en general, idea que estaba más extendida en la mitad sur peninsular. Tenían su mayor fuerza en la milicia y se negaban a que ésta fuera disuelta. En este caso, estamos ya en el populismo puro y duro. También estaban entre los exaltados algunos militares, casi siempre de baja graduación, o ascendidos desde la base por causa de acciones de guerra.

Frente a ellos quedaba en las Cortes una minoría absolutista dirigida por Galiano, Lobato y Alegría. Simplemente estaban asustados de la degeneración en que estaba cayendo la política. Querían que el rey pudiera nombrar y destituir ministros a su antojo. Entre ellos estaban el confesor del rey, el nuncio y el Conde de Miranda.

Los afrancesados hacían campaña en los periódicos contra unos políticos, los llamados liberales, que les habían hecho la vida imposible en 1810-1813 y les habían exiliado en 1813, y también estaban contra los absolutistas que les habían confirmado la sentencia en 1814. Defendían que las revoluciones sólo conducían a excesos populacheros. Fernando VII se acordará de ellos a partir de 1823 llamándoles a algunos a gobernar.

 

En cuanto a las logias masónicas de 1820, hay que tener en cuenta lo siguiente: En 1820 se desató un entusiasmo popular entre los niños y jóvenes, y todos querían ser líderes del liberalismo. Incluso en Europa, la popularidad de la Constitución de Cádiz desplazó a las constituciones francesas, hasta casi olvidarlas.

Viendo cómo estaban las cosas en política, gran parte de la nobleza, de los burgueses y de los funcionarios se sumó al liberalismo en clara postura arribista a la novedad, a la moda, y era normal en esos días que los comerciantes y clases medias se declarasen públicamente “liberales”. Era evidente que el liberalismo se había corrompido nada más llegar al poder, y estaba en peligro de caer en el populismo, cosa que tardó poco en suceder. La realidad social de España era distinta, pues la mayoría de la gente tenía convicciones absolutistas, y la moda liberal era una simple capa superficial, que enmascaraba la realidad.

El populismo se expresaba a través de lo que ellos llamaban logias masónicas y de las Sociedades Patrióticas. Se puede discutir si había verdaderas logias y si se diferenciaban las logias de las sociedades patrióticas.

El Gran Oriente abrió logia en Madrid, y la configuró como una Junta Suprema Central de logias, con representantes de todas las logias provinciales. Parece que los jefes de la logia de Madrid eran el conde de Toreno y Gallardo. Esta logia de Gran Oriente se convirtió en un Gobierno en la sombra y distribuía los cargos políticos entre la minoría de liberales que cumplían tres condiciones: que hubieran sido perseguidos; que además se hubieran comprometido en el golpe de 1820; y, en tercer lugar, que fueran masones. Los que se tenían por más liberales en 1820, practicaban pues un sectarismo no compatible con las ideas de libertad e igualdad, difícilmente calificable de liberal.

En 1820 ya no tenía razón de ser la masonería, una organización secreta para lograr coordinación frente al poder, que en algunos casos era liberal y, en otros, nobiliaria reformista. Los arandistas habían fracasado. Y, una vez que habían triunfado los liberales, la masonería liberal perdía el sentido para el que habían ingresado muchos de ellos en las organizaciones masónicas.

La masonería había llegado a su máximo de popularidad en 1816, había empezado a decaer en 1818 y 1819, y había triunfado en 1820. Entonces hubo dos respuestas: los “sectarios” quisieron disolverse; los de Alcalá Galiano y Evaristo San Miguel decidieron continuar, argumentando que la defensa de la constitución era tan importante como lo había sido su consecución. Así que la masonería continuó.

Pero los masones de 1820 ya no eran los románticos de los años anteriores. Ahora querían ser masones para tener contactos, para obtener buenos destinos, puestos de trabajo, premios.

Distinguimos dos asociaciones masónicas: los que seguiremos llamando “masones” (prescindiendo ya de si eran Taller Sublime o Soberano Capítulo), y los que llamaremos “comuneros”. Ambas secciones querían para los suyos los buenos destinos y los cargos a repartir. Como las prebendas siempre son pocas en comparación con los muchos demandantes, la filantropía masónica se había corrompido y ellos mismos eran conscientes de ello. Cada vez ingresaban más masones con ánimo de medrar. Incluso las logias exigieron que nadie accediera a un cargo político sin tener previamente el mandil. También decidieron que las leyes las iban a hacer ellos, así que preparaban proyectos de ley en sus asambleas y las llevaban a las Cortes prácticamente “cerradas”. Por ello, empezaron a ser denominados como “la secta” o “el Gobierno oculto”.

Otro problema político evidente, en lo tocante a la masonería, era que un jefe político o cargo político podía tener uno o varios grados más bajo, en la masonería, que sus subordinados en la Administración. En este caso no se sabía quién debía obedecer a quien.

Madrid era la sede del Cuerpo Supremo Director. El Cuerpo Supremo Director tenía ascendencia sobre los Capítulos u organizaciones provinciales. Los Capítulos estaban por encima de un determinado número de Logias. Madrid tenía 23 logias integradas en 4 Capítulos. Otras logias estaban en: La Coruña, El Ferrol, Lugo, Santiago, Bilbao, Zaragoza, Barcelona, Gerona, Valencia, Alicante, Cartagena, Murcia, Málaga, Jaén, Sevilla y Cádiz.

Los masones no eran muchos. No más allá de 2.000 ó 3.000 personas, de los cuales 1.000 serían militares, 400 funcionarios, 400 comerciantes y 100 juristas.

En 1820, los veintinos como Riego, Quiroga, Alcalá Galiano, Mendizábal, Moreno Guerra, Romero Alpuente… quisieron tener en la organización a gente influyente, y captaron a nuevos socios como Istúriz, conde de La Bisbal, Argüelles… Y sucedió que los nuevos, hombres cultos e influyentes, desplazaron a los antiguos en la dirección de la masonería, y ello creó reticencias y encontronazos. En verano de 1820 empezaron las disputas internas y en 1821 se rompería la unidad masónica surgiendo los “comuneros”. Alcalá Galiano dice que esto sucedió en febrero de 1821, y San Miguel dice que en abril o mayo. Es igual para el caso de nuestro estudio. Los fundadores de los Comuneros fueron Romero Alpuente, Moreno Guerra, Torrijos y López Pinto, y otro hombre de gran influencia en la secta fue Ballesteros, pues este hombre, al no ser preferido para formar Gobiernos, se pasó del moderantismo a los comuneros.

Tomaron el nombre de los comuneros de 1520, Padilla, Bravo y Maldonado, a los que calificaron de héroes y mártires de la libertad iniciando una leyenda que ha deformado mucho la realidad de 1520. Iniciaron un monumento en Villalar, y esculpieron los nombres de los comuneros de 1520 en el Salón de Sesiones de las Cortes.

Los comuneros afirmaron ser independientes, es decir que no estaban vinculados a organizaciones mundiales o internacionales como otros grupos masónicos (los masones y los carbonarios). No tenían grados ni cobraban cuotas de entrada en la organización, sino que eran asamblearios y todos tenían la misma consideración una vez dentro del grupo. La Asamblea tenía poder de decisión sobre todos los asuntos. El grupo de menos de 7 miembros se llamaba “casa fuerte”, el de 7 a 50 miembros se llamaba “torre”, el de más de 50 se denominaba “fortaleza”. La federación de varias torres constituía una “merindad”. Eran dirigidos desde “El Gran Alcázar”, sito en Madrid, al que concurrían representaciones proporcionales de todas las merindades de España.

El problema de un sistema asambleario es que nunca surgen grandes líderes, pues las propias asambleas los van tumbando en cada tema y discusión, triunfando los trepas con buena elocuencia, por encima de los capaces. Por ello los comuneros nunca tendrían personas influyentes en la política general del país.

Por otra parte, los comuneros no eran una sociedad tan secreta como lo habían sido los masones: juraban discreción, pero decían abiertamente a sus amigos que eran comuneros, pues querían captar a muchos amigos. El ansia de ser influyentes a través del número de afiliados, les llevó al error de aceptar prosélitos sin hacerles las pruebas previas corrientes en la masonería, de modo que admitían a cualquiera con tal que fuera un buen patriota. Así, llegaron a ser muchos, entre 40.000 y 60.000, diez veces más que los masones en un momento determinado, pero menos eficaces.

Los masones vetaron siempre a los comuneros que querían entrar en los Gobiernos. Hubo algunas personas que estuvieron simultáneamente en ambas organizaciones, masones y comuneros, pero fueron los menos.

Otra dificultad para los comuneros era su dogmatismo: consideraban inalterable la constitución de 1812, al tiempo que simpatizaban con la república. La contradicción era evidente, pues la constitución de 1812 era monárquica.

Los carbonarios eran un grupo masónico que llegó a Cataluña y Mallorca en 1820, a través de unos exiliados italianos, y constituyeron varias “ventas” y “barracas”, e incluso llegaron a fundar una barraca en Madrid. Luchaban por una República Europea. Eran extremistas jacobinos. No fueron aceptados por los masones ni por los comuneros españoles.

 

Otro tema paralelo al de las logias era el de las Sociedades Patrióticas. Se trataba de tertulias de café en las que cualquier ciudadano se subía a una mesa, y largaba un discurso político. Muchos de ellos, ignorantes, declaraban soberanas a las Sociedades Patrióticas:

El 16 de mayo de 1820, la Sociedad Patriótica del café Lorencini de la Puerta del Sol de Madrid, pidió la dimisión de Amarillas. El Gobierno disolvió la Sociedad Patriótica.

Alcalá Galiano abrió otra Sociedad Patriótica en San Fernando; Martínez de la Rosa la abrió en Granada; en Córdoba se abrió otra porque era moda, pero como nadie accedía a dar mítines, contrataron a religiosos para hablar en “las reuniones masónicas” (lo cual era absurdo tanto en el ambiente liberal anticlerical, como en el cristianismo); el café San Sebastián abrió otra; pero las más importantes de todas las Sociedades Patrióticas fueron:

La Fontana de Oro en la Carrera de San Jerónimo de Madrid porque allí se reunieron los exaltados dirigidos por Alcalá Galiano. Se denominaba oficialmente “Sociedad de los Amigos del Orden”).

La Gran Cruz de Malta de la calle Caballero de Gracia de Madrid, porque allí se reunían los agitadores y ultrarradicales.

El Café San Sebastián.

No siempre se reunían en cafés, sino que algunas tenían locales propios cerrados, privados.

Las Sociedades Patrióticas no eran masónicas, no eran secretas, sino que hacían publicidad completa de sus ideas. Eran independientes de la masonería, aunque muchos masones acudieran a las Sociedades Patrióticas a menudo. Los masones las utilizaban para difundir sus ideas, mientras las logias permanecían secretas. En las sociedades Patrióticas se gritaba, se denunciaba a los ministros, se criticaba abiertamente. Eran abiertas, y podían cambiar de líder y de ideas en cualquier momento, dependiendo del grupo de asiduos que se impusiese o fueran mejores oradores de cara al público del local. Los asiduos no eran muchos, pues la policía vigilaba las reuniones.

También hay que distinguir las Sociedades Patrióticas de los Clubs, o partidos políticos incipientes, pues los Clubs tenían miles de miembros y cientos de socios. Ocurre sin embargo, que las Sociedades Patrióticas otorgaban diplomas de socio, y ello las hace a veces difíciles de distinguir de los clubs.

Las Sociedades Patrióticas tenían poca organización, excepto La Fontana de Oro, que la necesitaba porque acudían muchos parroquianos. No había orden del día, hablaba quien lo deseaba y no se le interrumpía sino por medio de silbidos generalizados. Se podía hablar de cualquier cosa, pero casi siempre de política y en contra del Gobierno de turno. Los exaltados trataban de infiltrarse en todas las Sociedades Patrióticas para hacer proselitismo de sus ideas.

Las Sociedades Patrióticas provincianas fueron tranquilas y utilizaban más los locales cerrados, e incluso muchas veces las presidía y utilizaba el Jefe Político de la provincia.

Gil Novales dice que pudo haber unas 270 Sociedades Patrióticas en España, abundando en Andalucía en donde habría más de 80, y en la costa del Mediterráneo.

 

En este ambiente tan dudosamente liberal, algunos eclesiásticos empezaron a dedicar sus sermones a condenar el liberalismo, lo cual incitaba a la violencia y confundía el liberalismo con el populismo reinante. Y surgieron núcleos absolutistas dispuestos a organizarse contra el Gobierno liberal, uno en Sevilla dirigido por Ostolaza y otro en Zaragoza.

 

 

 

Los periódicos del Trienio Constitucional.

 

Con la libertad de imprenta de 1810 y el decreto de prensa de 26 de octubre de 1811, habían surgido en España periódicos de todas las tendencias, pero la libertad se acabó en la práctica en mayo de 1814 y legalmente el 25 de abril de 1815. El trienio significó la vuelta de los periódicos de distinta línea de pensamiento:

Eran moderados:

Miscelánea del Comercio de Javier de Burgos.

El Espectador (algunos le ponen como exaltado).

El Universal.

El Imparcial.

Eran afrancesados:

El Censor (algunos le ponen como moderado).

Eran exaltados:

El Zurriago (calificado como independiente de tendencia exaltada).

La Tercerola (calificado como independiente de tendencia exaltada).

 

La Aurora.

La Ley.

El Constitucional.

La Libertad.

El Sol.

El Correo Liberal.

El Independiente.

El Eco de Padilla, publicación de los Comuneros.

El Indicador.

El Patriota Español.

El Grito de Riego.

El Conservador (extremista exaltado).

Todos desaparecerían en 1823 o pasarán a la clandestinidad, excepto el periódico oficial La Gaceta.

 

[1] Para el neófito estudiante, pondré un ejemplo de populismo: supongamos una cátedra imaginaria con dos profesores. El uno apenas toca los temas de la asignatura, pero en clase dice que confía mucho en la juventud, que se siente solidario con los jóvenes, que admira el espíritu de cambio y renovación juvenil, y a final de curso, da notable general con algunos sobresalientes. El otro profesor, explica concienzudamente la asignatura, exige trabajos, pone exámenes duros, y suspende un 40 ó 50% del alumnado. ¿a quién votará el alumnado si tuviera posibilidad de votar la continuación de uno de los dos profesores? En el primer caso, las clases del profesor son demagogia, y el aprobado general, populismo. El segundo caso es racionalidad y moralidad. Y, de forma similar, en la política, nos gusta el político que defiende que haya viviendas para todos, trabajo para todos, enseñanza para todos, sanidad para todos al mejor nivel posible, justicia para todos gratuita, y no nos gusta el político que dice que no se puede pagar más que una parte de esos servicios sociales. El primero de los políticos gana más votos, y, a través de los votos, más cargos políticos para retribuir a los suyos a costa del erario público. Si estos cargos son para dar servicios sociales razonables, justos, dignos y posibles de pagar, son deseables. En caso contrario, la creación de cargos políticos es uan forma de populismo. En conclusión, el populismo político es una forma de corrupción, similar a la de los que se llevan el dinero público por otras vías.

[2] A partir de 1833, se produciría una moda intelectual distinta, y la juventud romántica española sería pro- absolutista, pero antes de esa fecha, la juventud romántica era pro- liberal.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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