ECONOMÍA Y CIENCIA EN LA RESTAURACIÓN.

 

 

 

Nuevas ideas económicas[1] a partir de 1814.

 

El país se vio “defraudado por la paz”. El fin de la guerra no fue la vuelta a la normalidad en el sentido de retornar a la situación de 1808, sino que fue la constatación de la destrucción y la ruina en que se había metido España. Fernando VII hizo una campaña de reconstrucción de obras públicas, construcción de canales (Llobregat, Manzanares y Fernandino del Guadalquivir) y de monumentos que dieran trabajo a los obreros de Madrid (Buen Retiro, Puente de Toledo, Museo del Prado), pero no había fondos para hacer la obra y en 1817 se tuvieron que parar la mayoría de los proyectos. El populismo requiere de mucho dinero para contentar al pueblo sometido y animado a continuas manifestaciones a favor del líder.

1814 era un año de ruina para España, pues la guerra, las epidemias, el hambre y la destrucción estaban acabando con todos los recursos: La Fábrica de Porcelanas del Buen Retiro y la Fábrica de Paños de Béjar estaban destruidas por la guerra. El comercio se había paralizado, pues los muchos impuestos de guerra no lo hacían rentable. La Deuda pública era altísima y consumía el 50% de las recaudaciones del Estado. Apenas se recaudaban 390 millones de reales para unos gastos calculados en el triple de esa cantidad. Los precios internacionales iban a la baja y no era posible exportar desde un país con precios altos. Los precios españoles se hundieron durante la guerra al 50% por causa de la falta de demanda, pero volvieron a subir a partir de 1817 recuperando en 1821 el nivel de 1812. La caída de precios no estimulaba a la inversión, y el alza no permitía vender ni en una España arruinada, ni en el exterior que disponía de artículos más baratos.

Fernando VII no era tan torpe que no viera la racionalidad de la idea ilustrada y liberal de cobrar impuestos a los privilegiados, pero era muy difícil para él llevarlo a la práctica. En 1815, constituyó una Junta de Hacienda, integrada por el Secretario de Hacienda, el Secretario de Guerra, Escoiquiz, Pérez Villamil, Góngora y Eguía y ordenó hacer un plan para recaudar, que fue conocido como “Plan Escoiquiz”. Recuperaron las ideas del decreto de 13 de mayo de 1813 con la idea de cobrar impuestos a los nobles y al clero, pero resultaba más difícil, desde su posición conservadora, que había sido para los liberales de 1813. No se llegó a nada y se perdió una magnífica ocasión de reformas impositivas.

En ese momento de desgracia, se sintió la necesidad de conocimientos económicos y se decretaron tres niveles de estudios “mercantiles”: primera, segunda y tercera enseñanza, impartida ésta última en Universidades y Escuelas.

En 1814, José Alonso-Ortiz Rojo, 1755-1815, publicó Investigación de la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones, que es la difusión al castellano de la obra de Adam Smith.

No era esta obra un rosal en el desierto. Antecedentes de esta inquietud por la economía fueron:

Los españoles disponían, desde 1788, de la obra de Valentín de Foronda 1751-1821, un fisiócrata que no aceptaba a Quesnay, defendía la propiedad, la seguridad y la libertad, y se oponía a los privilegios, a los gremios como fuente de privilegios, a la teoría de la balanza comercial favorable propia del mercantilismo, a la identificación de los metales preciosos con la riqueza, a las actas de navegación, al comercio controlado por el monopolio de algunas compañías, a las gratificaciones a la exportación.

En 1797, los comerciantes de Bilbao habían creado un Consulado de Bilbao que no era sólo una asociación laboral, sino también tribunal de justicia en cuestiones mercantiles. En esta institución se echó de menos enseguida la necesidad de conocimientos “mercantiles”.

En 1799, Málaga había creado una cátedra de comercio, pero no fue provista hasta que en 1814 fue ocupada por un teólogo, Manuel María Gutiérrez.

En 1800 se proyectó la Escuela de Comercio de Bilbao, pero tampoco abrió, hasta 1818.

En 1803, Cádiz proyectó una Escuela de Comercio.

En 1805, Joaquín Iturburu había publicado Nuevo Método, para explicar las operaciones de cambio.

En 1806, Madrid puso unos Estudios Mercantiles.

 

Y, a partir de 1814, hubo una eclosión de escuelas y estudios económicos:

El 8 de mayo de 1815, Madrid abrió una Cátedra de Economía Política en la Real Sociedad Económica Matritense.

En 1816, Martín de Garay elaboró un informe defendiendo la necesidad de un Presupuesto del Estado, y la recaudación de impuestos nuevos entre los pudientes, nobleza y burgueses. Fue despedido de su cargo de Secretario de Hacienda.

En 1816, Alicante abrió la primera Escuela de Comercio de España.    Era consecuencia del esfuerzo del vizcaíno Sebastián de Jócano y Madaria[2], que en 1793 había escrito Disertación con ánimo de introducir la doble contabilidad (es decir, debe y haber) en las cuentas públicas de España. El tema estaba ordenado por ley desde 1596 y lo habían trabajado en el XVII Juan de Hevia Bolaños, Francisco Muñoz Escobar, Gabriel de Salavert, y Jacob de Metz. En 1805, Carlos IV lo había ordenado de nuevo.

En 1819, hubo enseñanzas mercantiles en Cádiz y en Bilbao.

El 29 de junio de 1821, el Reglamento General de Instrucción Pública, reconoció los estudios de comercio. El Reglamento fue derogado en 1824.

En 1828, Madrid abrió su Escuela de Comercio.

En 1829, Sáinz de Andino vio publicado su Código de Comercio obligando a los comerciantes a tener libros de contabilidad. El proyecto fue elegido entre tres, lo que indica ya un grado de interés grande por el tema.

 

Las enseñanzas de economía quedarían completamente integradas en el sistema español en 1850, cuando se crearon las Escuelas de Comercio en los institutos de segunda enseñanza para formar corredores de comercio y catedráticos, y en 1857, cuando el Plan Moyano trató a estos estudios como una enseñanza más.

 

En resumen, durante estos años de la llamada Restauración Absolutista, los españoles tenían razones para conocer la modernidad económica. Pero las nuevas ideas económicas europeas tenían pocas posibilidades de influir en la política cerrada, antirrenovadora, de la restauración absolutista española.

 

 

 

 

El problema económico español en 1815-1820[3].

 

Fernando VII creía que el descontento habido en el pueblo español en 1820, se debía en origen a la ruina de Hacienda, y muchos diputados de 1820 pensaban lo mismo. Es fundamental, para entender el proceso histórico español, plantearnos qué había pasado en estos años, no sólo en 1815-1820, sino en los precedentes desde Carlos IV. Ya hemos hablado de la facilidad con que Carlos IV y Godoy comprometían dinero a favor de Napoleón, y de Finlandia, y de cualquier causa europea, como pudieran ser los estados italianos.

A partir de 1815, Fernando tomó algunas medidas encaminadas a restablecer la economía española: en enero abrió 6 cátedras de agricultura; activó las obras del Canal de Castilla; en junio ordenó crear Sociedades Económicas en todas las capitales de provincia; en 1816 permitió el cercado de bosques; en 1817 eliminó privilegios de pesca, pero restauró los privilegios de la Mesta; en 1819 permitió nuevas roturaciones en baldíos (pero no en propios, ni comunales, ni pastos de la Mesta, ni montes que abastecieran de madera y leña a los pueblos) que se venderían en pública subasta con preferencia para los vecinos más pobres que pudieran pagar.

La cabaña ganadera más importante era la de ovejas con 18 millones de cabezas, seguida de las vacas (1,8 millones), cerdos (1,6 millones), mulas (0,6 millones) y caballos (0,4 millones de cabezas). En este tema, el problema era dar salida a los productos en una España empobrecida y con mercados exteriores en retroceso.

Se constataba la necesidad de transportes y comunicaciones y se tomaron iniciativas en ese sentido, pero hacer rentables esas empresas era muy difícil y, de hecho, no se consiguió en todo el siglo XIX.

 

Los problemas de hacienda eran graves:

En 1814 se elaboró una especie de presupuesto del Estado, a grandes rasgos: Los ingresos calculados de 1814 fueron de 578,1 millones de reales (de los cuales 242 millones eran rentas provinciales), y los gastos eran de entre 713 y 830 millones de reales, más los 220 millones extrapresupuestarios para pagar intereses de la deuda (Historia General de España y América dice 494 millones de ingresos y 950 de gastos, que son cifras parecidas). Sólo se recaudaron realmente 390 millones de ingresos.

Se calculaba que los gastos de la guerra pasada montaban unos 12.000 millones de reales, y los daños de guerra unos 6.000 millones. Por ello los intereses de la deuda eran muy altos y los contribuyentes españoles tenían otros muchos gastos que abordar, además de los impuestos. La deuda se calcula en unos 11.567 millones de reales, que daban lugar a unos 212,5 millones en pago de intereses (el 55% de lo realmente recaudado ese año por hacienda). El crédito exterior era casi nulo y tampoco era una salida financiera. Fernando VII decidió gobernar con crédito, independientemente de la recaudación.

En medio de estos problemas, Fernando VII abolió las contribuciones directas que se habían puesto en septiembre de 1813, disminuyendo así los ingresos. El ansia de legislar contra el liberalismo producía así situaciones absurdas como ésta. Ciertamente, el problema venía de muy atrás, al menos desde cuando el Estado Moderno, desde el XVI, estaba multiplicando el personal al servicio del Estado, principalmente los ejércitos, de forma que tenía que pagar hasta cinco veces mas gastos, lo que requería multiplicar los ingresos. Seguir cargando de impuestos a los campesinos ya no era posible, pues tras siglos de subida estaban exhaustos. Se recurrió a los impuestos indirectos, como puertas (sobre todo en las ciudades) y aduanas (sobre todo en los puertos), como solución. Pero tras los sucesos de 1808 y años siguientes, en los que se independizaba América y faltaban los productos de importación y exportación, el sistema no funcionaba.

El 19 de junio de 1815, Juan de Escóiquiz (canónigo de Zaragoza que había educado a Fernando VII) hizo un Plan de Extinción de la Deuda: se calculaba que la “deuda con interés” era de 3.084 millones divididos entre la forzosa (que el Estado tenía que pagar) y la de libre disposición, y 7.902 millones de “deuda sin interés”. El plan consistía en vender bienes públicos para amortizar deuda, y se pensaba vender baldíos, realengos, comunes, propios, derechos públicos, pero nunca bienes de la Iglesia como habían hecho los liberales. Sí se podían vender bienes de Órdenes Militares que podrían valer unos 14.000 millones de reales. El plan estaba prácticamente copiado de otro de 1813 en el que se había proyectado la venta de los bienes citados y además los de conventos y monasterios a suprimir. Escóiquiz eliminó la posibilidad de vender bienes eclesiásticos. También objetaba que los propios no se deberían tocar porque eran la base de la paga de maestros y carceleros, y otros servicios locales. El plan empezaría recaudando 100 millones de reales en un empréstito que debía aportar el clero a un rédito pequeño, se continuaba creando una Caja de Descuento, y esta Caja emitiría dinero por una cantidad hasta tres veces superior a la recaudada por las ventas, como se hace en todos los negocios bancarios. El ingreso con el que todos los gobiernos contaban era el diezmo. Un ingreso tan cuantioso había sido ya esquilmado por los gobiernos de la Edad Moderna mediante las tercias reales (dos novenos del diezmo que se pagaban al Estado), el excusado (diezmo del mayor contribuyente de cada parroquia, desde tiempos de Felipe II), y noveno (noveno del diezmo, concedido por Pío VII a Carlos IV). Se puede decir que el Estado se llevaba ya la mitad del diezmo. Pero una solución era administrar mejor las rentas, pues la recaudación hecha por los cabildos se quedaba con el 15% de lo recaudado en concepto de gastos de administración, mientras la hacienda del Estado hacía gestiones por un 5% de lo recaudado, lo cual era mucho más eficiente.

El cálculo de recaudación de Hacienda se rebajó respecto al de 1814, que había resultado demasiado equivocado, y se pensó en 390 millones de reales de ingresos y 890 de gastos para 1815. Volvieron a fracasar en el cálculo de ambas magnitudes.

En diciembre de 1815, José Ibarra ya daba por imposible el plan Escóiquiz. En enero de 1816 llegó a secretaría de Hacienda López Araújo con las mismas ideas que Ibarra, y pusieron en marcha un nuevo plan: los empréstitos debían salir de los consulados de comerciantes de los principales puertos españoles. Los comerciantes se comprometieron a pagar muy poco dinero y pedían a cambio el 5% de los impuestos de Aduana. No era tampoco una solución viable.

El Real Decreto de 13 de octubre de 1815 creó la Dirección de Crédito Público y esta Dirección decidió que: sólo pagaría réditos a los vales de deuda forzosa, pagando la deuda libre con otra deuda con interés, y que los tenedores podrían recuperarse comprando con ella los bienes de Godoy, de la Duquesa de Alba, de los afrancesados, de los maestrazgos de Órdenes Militares, de los baldíos y el séptimo de los bienes eclesiásticos que el Papa había concedido en tiempos de Carlos IV y no se habían vendido todavía.

En 1816 se hizo un cálculo de ingresos y gastos de Hacienda más optimista, pensando que ya había pasado lo peor de la posguerra, con 597 millones de reales de ingresos y 830 de gastos. Los ingresos subían y los gastos se reducían un poco más. No había solución. Se sugirió a Fernando VII rebajar la ley de la moneda, que permanecía casi pura, pero Fernando VII se negó en redondo, y creyó que todo su prestigio se basaba en la pureza de la moneda. Los extranjeros se dieron cuenta del error español y vinieron en masa a España a comprar moneda a nominal, para venderla en sus propios países por su valor en oro.

El 6 de marzo de 1817, Garay hizo un nuevo plan de extinción de la deuda rebajando los gastos de cada Secretaría, excepto Marina, y exigiendo que se concretara el déficit a generar cada año. Calculó unos ingresos optimistas de 597 millones de reales, igual que el año anterior, pero con unos gastos de tan solo 619 millones. Era un plan de ahorro serio. La novedad es que tenía un plan para que los ingresos sí aumentasen a la cifra prevista, pues iba a hacer un “repartimiento” en el que participarían la nobleza y el clero.

El objetivo de esta concreción, era poder fijar una contribución extraordinaria adecuada para cubrir este déficit. Como las contribuciones extraordinarias eran difíciles de recaudar se preveía un sistema de recaudación por reparto de contribuciones entre las poblaciones del reino, que afectaría a las zonas rurales, que quedarían exentos del pago de rentas provinciales, y un sistema de recaudación de derechos de puertas y aduanas en ciudades y puertos. Tampoco era nada fácil eliminar los viejos impuestos y poner unos nuevos sin contar con catastros y estadísticas adecuadas para ello, por lo que resultó pura teoría. La oposición a la reforma tributaria de Garay fue masiva y violenta: Aragón, que ya pagaba por el sistema de repartimientos, vio duplicadas sus cifras de impuestos. El resto del país se quejó de injusticias y mal reparto de impuestos.

En septiembre de 1818 fue destituido Garay y se siguió intentando el cambio de contribuciones, pero tanto José Imaz, como Quintana después y López Ballesteros más tarde, no tuvieron más éxito que sus predecesores.

El sistema hacendístico de 30 de mayo de 1817 ponía unas cuotas excesivas que arruinaban a los propietarios, y la muchísima burocracia necesaria para recaudar y, en general, para llevar a cabo esa reforma, incrementaba los gastos de manera inasumible. Los liberales de 1820, no harán sino llevar la contradicción hasta sus últimas consecuencias, recogiendo el fracaso correspondiente.

A pesar de tantas dificultades hacendísticas, la costumbre de que los políticos se beneficien de sus cargos permanecía plenamente en vigor (la otra alternativa, la del político que va a servir a su país, ni se contemplaba). El déficit no impedía que los ministros cobrasen vitaliciamente su sueldo, como si estuvieran en activo. El beneficio político se extendió durante toda la época 1814-1820[4].

 

Los nuevos negocios a partir de la vuelta de Fernando VII fueron:

En 1816 se abrió la “Sociedad de Cataluña”, una compañía de diligencias de Gaspar de Remisa[5] que hacía viajes desde Barcelona a Valencia, Madrid e Irún. En 1825 se escindiría en dos, llamadas “Sociedad de Diligencias y Mensajeros de Cataluña”, y “Compañía de Reales Diligencias”.

No era la única iniciativa en materia de transportes: A partir de 1815 surgieron iniciativas privadas de cierta importancia en Cataluña: En 1815 pusieron un servicio de diligencias entre Barcelona y Reus y este servicio se amplió en 1816 a muchas ciudades catalanas. En 1818 el servicio llegó desde Barcelona a Valencia. En 1819 pusieron otro servicio hasta Madrid. En 1817, un vapor comunicaba regularmente Sevilla con Cádiz. Pero el desarrollo de las comunicaciones fue muy lento y tenemos que irnos hasta mediados del XIX para poder afirmar que había una revolución en el transporte.

Esta iniciativa catalana fue un revulsivo para Madrid, que en 1821 puso una diligencia Madrid – Irún, y en 1822 otra Madrid – Sevilla, e inmediatamente surgieron compañías de diligencias por toda España tanto para viajeros como para servicios de correos.

Los problemas inmediatos de las diligencias fueron los forajidos y las dificultades de la orografía y clima españoles, pero había otros problemas de fondo más complicados de resolver como la demanda, la financiación, la política general del gobierno respecto al tema…

La diligencia es un coche grande con berlina e interior y, a veces, un tercer departamento llamado rotonda. Está tirado por caballos. Es destinado al servicio regular de transporte de viajeros, y caben entre 6 y 20 personas en total. Se inició en el XVIII, pero a menudo había fracasado por falta de demanda y por altos precios del billete. Justamente cuando estaban bajando los precios, a final del XIX, apareció el ferrocarril y la desplazó definitivamente.

Una de las primeras diligencias había sido la Diligencia General de Coches de 1763 a la que el Estado protegió aportándola el correo y concediéndole el libre uso de las postas, pero aun así se acabó arruinando.

En 1828 se acabaría el monopolio de la Sociedad de Diligencias y aparecieron unas cuantas sociedades como Caleseros de Burgos (Madrid-Bayona), Alquileres de Pamplona, y otras.

En 1836, la Compañía de Reales Diligencias pasó a llamarse Compañía de las Diligencias Generales de España y, junto a ella surgieron otras como La Castellana, Diligencias de Navarra, Sociedad de las Diligencias de la Coronilla de Aragón, etc.

En 1840 el servicio de diligencias se amplió desde Madrid a Bayona y luego las diligencias fueron desapareciendo a medida que se imponía el ferrocarril.

En 1845 se fusionaron Diligencias Peninsulares y Postas para formar Diligencias y Postas Generales, otra compañía importante.

Hacia 1854, los billetes bajaron de precio a 0,60 reales kilómetro, menos de la mitad que 50 años antes, pero apareció un competidor muy superior, el tren.

 

 

El progreso tecnológico y científico,

en la Restauración Absolutista.

 

El progreso científico español, iniciado a fines del XVIII, continuó en ámbitos muy reducidos y selectos, como podían ser las academias militares, el Palacio Real y el Gabinete de Historia Natural de Madrid, es decir, en el mismo plano en que se había movido durante la ilustración del XVIII.

Si bien las primeras escuelas de química españolas existieron en el XVIII, la química no se introdujo en la Universidad hasta estos primeros años del XIX.

En 1776 se había creado el Gabinete de Historia Natural[6], al que se le dio sede en 4 de noviembre de 1777. Se abría para mostrar unos 2.000 objetos de Pedro Franco Dávila, un ecuatoriano que había coleccionado objetos de botánica, zoología, geología, bronces antiguos, piedras preciosas, estampas europeas, retratos de hombres ilustres, mapas, cartas topográficas, planos de ciudades… No era propiamente un científico, pero exigió, a cambio de su colección, ser nombrado Director del Gabinete. En 1786 pasó a dirigir el Gabinete de Historia Natural un científico, Eugenio Izquierdo, quien había sido pensionado en París para estudiar Ciencias Naturales. Con él trabajaban José Clavijo Fajardo, y los disecadores Francisco de Eguía, y Juan Bautista Bru. Con Izquierdo y Clavijo, el Gabinete se convirtió en Escuela, donde Eugenio Izquierdo daba clases de Historia Natural, y Francisco Angulo de química. En 1793 se contrató a los hermanos Enrique Thalaker y Guillermo Thalaker para organizar la colección de minerales, y salieron a recoger muestras por la provincia de Madrid, Segovia y Teruel.

En 1778 la Marina y el ministro Aranda, habían traído al francés Louis Proust[7] a una cátedra de química en Vergara, a François Chavaneau[8] a una cátedra de metalurgia, y a Fausto Elhúyar[9] a una cátedra de mineralogía. El Ministerio de Guerra abrió una cátedra en Segovia para la artillería, e incluso la fábrica de pólvora de Murcia se interesó por la química para producir salitre, pero eran demandas puramente militares, de no mucho calado en la sociedad.

En 1791, el Gabinete de Historia Natural contrató al alemán Christian Herrgen, 1760-1816, para hacerse cargo del Laboratorio del Platino, pues era afamado químico. Este hombre fue fundamental en la enseñanza de la química en España. Discípulos suyos fueron: Andrés Alcón, Donato García, Francisco Escolar Serrano, Ramón Gil de la Quadra, Martín de Párraga, Enrique Umaña, Juan Sánchez Cisneros y tres o cuatro más. Desde principios del XIX había más de una decena de españoles que sabían de química.

En 1793, el Gabinete de Historia Natural contrató a Christian Heuland, y a Conrad Heuland, para recoger minerales, fósiles y conchas en América, para completar la colección del Gabinete.

En 1793, Domingo García Fernández, 1759-1829, tradujo al español Elementos de Farmacia teórica y práctica, del francés Antoine Baume, y más tarde hizo varias colaboraciones en temas químicos y mineralógicos en diversas revistas europeas. Domingo García, 1759-1829, había ido a París en 1780 a estudiar farmacia y medicina, y en 1783 se había interesado por la química, concretamente por los tintes. En 1787 le dio empleo la Junta General de Comercio y Moneda de España, que le envió de nuevo a París y Burdeos para aprender más sobre tintes industriales. En 1808 fue afrancesado, y en 1813 se exilió. Regresó en 1814, pero fue apartado de todos sus cargos y destinado a dirigir varias empresas lejos de Madrid

En 1799, Antonio José Cavanilles, Christian Herrgen, Louis Proust y Domingo García Fernández editaron la revista Anales de Historia Natural, que a partir de 1801 se llamó Anales de Ciencias Naturales.

En 1800 se crearon las Facultades de Medicina y Cirugía. Estos estudios estaban muy interesados por los minerales y las plantas, buscando en ellos los remedios farmacéuticos. En los años siguientes el interés fue creciendo.

En 1804 se crearon los Colegios de Farmacia, que hasta entonces bastaba con dos años de Medicina para ser boticario. En 1806 se abrió el de San Fernando en Madrid, en 1815 el de San Victorino en Barcelona, en 1815 el de San Carlos en Santiago de Compostela, y en 1815 el de San Antonio en Sevilla.

Barcelona introdujo la primera cátedra de química en 1805, cuando la industria textil requería blanqueantes y tintes baratos que sustituyeran al alumbre y la cochinilla. Pero había muchos más clientes para la química, como los empresarios del jabón, farmacia, droguería, perfumes y el ejército mismo para explosivos.

En 1808 se cerró la Escuela del Gabinete de Historia Natural por causa de la guerra, y fue reabierta en 1814, gracias al renovado esfuerzo de Christian Herrgen.

Y en 1815, la Escuela de Farmacia introdujo la asignatura de química en Barcelona, dando la pauta a que la Universidad de Madrid la introdujera en 1820, la Escuela de Minas en 1824, y el Conservatorio de Artes en 1827, momento a partir del cual todas las universidades españolas reaccionaron impartiendo los nuevos conocimientos.

Se debe entender que, al principio del siglo XIX, salvo para el ejército y la minería, la química era un tema de talleres pequeños que fabricaban tinturas, jabones y esencias, principalmente en Madrid, Barcelona y Málaga (Manuel Agustín Heredia), y no será hasta final del XIX cuando surjan las industrias químicas a gran escala.

En 1815, se creó el Real Museo de Ciencias Naturales, institución que reunía al Real Gabinete de Historia Natural (creado en 1776 y dotado de sede en 1777), Jardín Botánico, Museo de Ciencias Naturales, Laboratorio Químico y Estudio de Mineralogía. La institución fue dotada con cátedras de Botánica, Mineralogía, Química, “Cuadrúpedos, aves y peces”, y “Reptiles insectos y conchas”.

La cátedra de Mineralogía era del alemán Christian Herrgen, quien llevaba dando clases de “origtonosia” y “geognosia” desde 1800, difundiendo en España las ideas de Werner. En 1816 murió Herrgen, y la titularidad de la cátedra pasó a Donato García[10], un discípulo de Herrgen, que fue profesor hasta 1854.

En 1816 se creó la Escuela Físico Química en el Palacio Real de Madrid, patrocinada por el infante D. Antonio, escuela que perduró hasta 1820, siendo profesores Andrés Alcón Carduch[11], Josef Mestre[12], Jáuregui Larrica y Juan Mieg[13].

En 1828, Donato García gestionaba la sección mineralogía, Tomás Villanova la de zoología, Juan Mieg la de química, Josef Demetrio Rodríguez la de Botánica y Manuel Castor González la biblioteca. Estaban desiertas las cátedras de Agricultura y Astronomía por falta de personas con conocimientos adecuados. El Real Museo de Ciencias Naturales sustituía al ya decaído Real Gabinete de Historia Natural fundado en 1771.

 

Otros científicos destacados de la época fueron:

Tomás Villanova, 1769-1837, que fue catedrático de zoología en 1815 en el Real Gabinete de Historia Natural;

Antonio José de Cabanilles, 1745-1806, quien había estudiado filosofía y teología en la Universidad de Valencia, y se había ordenado sacerdote en 1772. Pero en 1777 fue a París como preceptor de los hijos del duque del Infantado, y ello cambió el sentido de su vida, porque conoció a los botánicos André Thoin, y Antoine Laurent du Jussien, que le enseñaron la existencia de una nueva ciencia. Desde entonces, decidió introducir en España libros de ciencia, a pesar de que estaban prohibidos por la Inquisición. En 1801 fue nombrado Director del Real Jardín Botánico de Madrid, sustituyendo a Casimiro Ortega.

Mariano Lagasca Segura, 1776-1839, que inició estudios eclesiásticos en Tarragona y estudió medicina en Zaragoza, Valencia y Madrid, donde se aficionó a la botánica. Llegó a Madrid en 1801 y fue alumno del Real Jardín Botánico, junto a Demetrio Rodríguez, y ambos hicieron un trabajo de catalogación de las especies peninsulares. En 1806, murió Antonio José Cabanilles, profesor del Real Jardín Botánico y Lagasca tuvo el puesto de profesor de Botánica Médica. En 1814, fue nombrado director del Real Jardín Botánico. En 1820 colaboró con los liberales en el sentido de proponer un cambio en la enseñanza y en 1823 se tuvo que exiliar a Londres. Regresó en 1834 y fue repuesto como director del Real Jardín Botánico.

José Demetrio Rodríguez, 1780-1846, que estudió botánica en Sevilla en la Real Sociedad de Medicina y demás Ciencias, en 1786-1800, y en 1803 se puso a recorrer el sur de España recogiendo plantas, al tiempo que Lagasca recorría el norte. El trabajo de ambos lo publicó Lagasca en 1816, mientras Demetrio era agregado del Real Jardín Botánico de Madrid, donde daba clases. En 1839 murió Lagasca, y Demetrio Rodríguez ascendió a catedrático.

Juan Vilona Piera, profesor de mineralogía.

 

 

[1] Seguimos a Bruno Juan Álvarez Abreu, Esencias Villeras.

[2] Sebastián de Jócano y Madaria, 1738-1821, era guipuzcoano y en 1793 había escrito Disertación. Como contador, viajó a Caracas por cuenta de la Real Compañía Guipuzcoana de Navegación de Caracas. En 1776 ingresó en la Contaduría General de Indias. En 1810 sería diputado por Jaén.

[3] En este punto es fundamental la lectura de Josep Fontana, La Quiebra de la Monarquía Absoluta. 1814-1820. La Crisis del Antiguo Régimen en España. Editado por Ariel en 1971, 1974, 1978, 1983, 1987 y 2002.

[4] Historia General de España y América.

[5] Gaspar de Remisa Miarons, 1784-1847, marqués de Remisa y vizconde de Casa Sans, era un catalán instalado en Madrid. En 1816 dirigía una compañía de diligencias. En 1826 era Director General del Tesoro. En 1831 fue socio de los Bonaplata. Junto a Buenaventura Carlos Aribau, editaba El Corresponsal en 1839. Su yerno, Jesús Muñoz Sánchez, II marqués de Remisa, sería también una persona importante en la economía española pues llegó a poseer Minas de Riotinto y el Canal de Castilla.

[6] Dolores Parra- Francisco Pelayo, Christian Herrgen y la institucionalización de la mineralogía en Madrid, CSIC.

[7] Joseph Louis Proust, 1754-1826, era un francés que en 1778 fue contratado por el Real Seminario Patriótico de Vergara para impartir química. Allí escribió Introducción al curso de Química. En 1780 regresó a París por problemas de dotaciones y de alumnos, y enseñó química en el Museo del Gabinete Real de Química y Física. En 1784 voló en un globo, junto a los hermanos Montgolfier, y de allí surgió la idea de llenar globos con gases menos pesados como el hidrógeno, pero Proust renunció al proyecto porque lo consideraba peligroso y, efectivamente, en 1785 murieron los del nuevo experimento. En 1786 fue llamado a Madrid para enseñar química y fue destinado al Real Colegio de Artillería, sito en el Alcázar de Segovia, donde dio clases 13 años, hasta 1899, porque obtuvo un laboratorio y subvenciones. Llegó a la conclusión de que las substancias se combinan en proporciones constantes y concretas (Ley de Proporciones Definidas). En 1799 se creó el Laboratorio Real de Madrid, y Proust fue nombrado director, al tiempo que escribía en Anales de Historia Natural, que a partir de 1801 se llamó Anales de Ciencias Naturales. Hizo estudios sobre las soldaduras de cobre y estaño en 1803, y sobre el azúcar de las uvas y de la miel en 1808. En 1806 viajó a Francia por razones familiares y ya no regresó a España, pues el estado de guerra y la retirada de subvenciones a su laboratorio lo hacían dificultoso. Los escritos de Segovia también se perdieron en la guerra.

[8] François Chavaneau, 1754-1842, era un francés que abandonó los estudios de teología para dedicarse a los de matemáticas, física y química, llegando a ser profesor de matemáticas a los 17 años de edad, y fue captado en 1778 por el Real Seminario Patriótico de Vergara, para dar clases de metalurgia. Las clases de química las daba Louis Proust y las de mineralogía Fausto Elhúyar, todos ellos patrocinados por Aranda. Chavaneau descubrió un disolvente para el platino, que permitía obtener platino puro, y entonces le llevaron a Madrid a dirigir el Laboratorio de Platina. En 1797, la Secretaría de Indias hizo para él un Laboratorio de Química Metalúrgica, y le nombró catedrático de la Real Escuela de Mineralogía de Madrid. En 1790 escribió Elementos de Ciencias Naturales. En 1799 regresó a Francia.

[9] Fausto Fermín Elhúyar Lubice, 1755-1833, era hijo de un cirujano francés que se había instalado en Logroño, y se puso a estudiar medicina y cirugía como su padre, pero también aprovechó el ambiente científico de París para estudiar química, matemáticas, física e historia natural entre 1773 y 1777. En 1781 llegó al Real Seminario de Vergara, donde fue catedrático de mineralogía, metalurgia, geometría subterránea, docimasía química y dibujo técnico. Observó el trabajo de Chavaneau para obtener platino puro, y fue capaz de obtener un nuevo metal que se llamó tungsteno o wolframio. Viajó por Europa visitando Universidades, hasta que en 1783 le retiraron la pensión que cobraba en España. En 1785 renunció a su cátedra de Vergara, y en 1786 le contrataron en México para solucionar problemas mineros. Aprovechó el nuevo dinero para seguir visitando universidades y para casarse, y llegó a México en 1788, tierra en la que estuvo 33 años. Regresó a España en 1822 para ser inspector de las minas de Almadén, Guadalcanal y Río Tinto. En 1825 fue director General de Minas. Su hermano, Juan José Elhúyar Lubice, 1754-1796, estuvo con él en Vergara en 1781-1783, para irse después a Bogotá (Nueva Granada), donde murió asesorando sobre minas.

[10] Donato García Nogueruela,1782-1855, era sacerdote, canónigo y profesor de mineralogía. Estudió las ciencias naturales con Christian Herrgen y le sucedió en la Cátedra en 1816. En 1819 fue Presidente de la Junta Directiva del Real Gabinete de Historia Natural. Escribió Tratado de Goelogía que no pudo publicar por causa de la censura, pero gran parte de sus ideas las encontramos en otra publicación, de un discípulo suyo, Lecciones de Mineralogía, de Antonio Cisneros Lanuza.

[11]Andrés Alcón Carduch, 1782-1850, estudió bachiller en la Universidad de Valencia en 1798-1799 y pasó a estudiar medicina en 1800, pero al poco se fue a Madrid, donde compaginaba estudios de medicina, mineralogía y botánica. En 1802 fue seleccionado para ser discípulo de Proust, y aprendió química, pero no obtuvo ningún título académico hasta que en 1804 le dieron el de farmacéutico y el de doctor en química. Abrió botica en Valencia. En 1808 fracasó en el intento de ser Boticario de Cámara del Rey y se alistó en el ejército. En 1814 lo abandonó todo y se negó a jurar a Fernando VII.

[12] Josef Mestre fue Boticario Mayor del Rey y luchó por construir la Escuela de Farmacia de San Fernando, que se inauguraría en 1830.

[13] Juan Mieg (Johann en Suiza, y Jean en Francia), 1780-1859, era un suizo, de Basilea, que había estudiado humanidades en Freiburg de Breisgau (Friburgo de Brisgaria) y en 1798 pasó a París, a la Escuela Central de las Cuatro Naciones, a estudiar matemáticas, física, química, historia natural, dibujo técnico , donde permaneció hasta 1807. De 1807 a 1810, enseñó latín, física y alemán en Blois, y en 1810 pasó a la Universidad Imperial de Orleáns. En 1814, Fernando VII le contrató como preceptor de física para los príncipes y así viajó a España en 1814. En 1815, se creó el Real Museo de Ciencias Naturales, donde Juan Mieg gestionaba la sección de química. En 1816 creó la Escuela Físico Química en el Palacio Real de Madrid, escuela que perduró hasta 1820, siendo profesor en ella Juan Mieg. También ese año de 1816 publicó Lecciones elementales de química para uso de los principiantes, traduciendo una obra del francés Joseph Acosta, libro que tuvo una addenda o suplemento en 1822. En 1840 publicó su libro fundamental, Colección de problemas y cuestiones sobre Física y Química, en el que trataba los temas de estática, dinámica, gravitación, hidrostática, hidrodinámica, aerostática, aerodinámica, acústica, calórica, electricidad, magnetismo, óptica, catóptrica, dióptrica, visión y colores, instrumentos ópticos, y química. También cultivó la magia blanca, sobre todo si tenía alguna base científica. También escribió una Historia Natural que es una obra de taxidermia, y varios libros de entomología. Su problema fundamental fue que nunca llegó a dominar bien el castellano.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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