LA CUARTA JUNTA DE REGENCIA.

    Regencia de Luis María de Borbón,

marzo 1813-mayo 1814.

 

Dos razones motivaron el cese de la Segunda Regencia: La circunstancial de la protesta de la Iglesia, y la de fondo, de no aceptación de la situación de protectorado británico que, de hecho, la tercera Regencia había aceptado:

En marzo de 1813, el nuncio del Papa entregó a la regencia un escrito por el que se declaraba la abolición de la Inquisición como contraria a los derechos del Papa. Las Cortes prohibieron leer el mensaje en las iglesias y acordaron destituir a todos los miembros de la tercera regencia incluido el duque del Infantado. La nueva regencia, la cuarta, expulsó al nuncio de España, que se fue a Portugal.

También se rechazó la política de Infantado de acercamiento a Inglaterra y se nombró Capitán General de Cádiz a Enrique José O`Donnell, conde de La Bisbal (del Abisbal, en documentos de la época), sin notificarlo a Wellington, lo que equivalía a rechazar el patronato de Wellington sobre el gobierno de España que apoyaban algunos serviles. Los liberales y buena parte de los serviles estaban en contra del “protectorado” británico.

La regencia de Luis María de Borbón fue provisional de 8 de marzo de 1813 a 22 de marzo de 1813, y definitiva de 22 de marzo de 1813 a 10 de mayo de 1814.

Era una regencia de tres miembros y estaba integrada por:

Presidente, el cardenal infante arzobispo de Toledo Luis María de Borbón Vallabriga[1].

Vocales:

El almirante Gabriel Císcar y Císcar

El almirante Pedro Agar Bustillo.

 

Era la vuelta de los militares a la regencia, tras la expulsión de los serviles puros. Luis de Borbón era elegido porque era contrario a la Inquisición, y Císcar porque era hermano de un diputado liberal. Parecía que los nuevos regentes podían ser nexo entre serviles y liberales.

 

El Gobierno era el mismo de seis meses antes, y duraría hasta el final de la Regencia:

 

 

Gobierno 27 septiembre 1812 – 4 mayo 1814

 

Estado, Pedro Gómez Labrador / Antonio Cano Manuel Ramírez de Arellano, interino / Juan O`Donoju O`Ryan, interino / José Luyando, interino.

Gracia y Justicia, Antonio Cano Manuel Ramírez de Arellano / 10 octubre 1813: Manuel García Herreros, interino.

Guerra, Francisco Javier Abadía / José María Carvajal, interino / Juan O`Donoju O`Ryan, interino / Tomás Moreno Daoiz, interino / Juan O`Donoju O`Ryan, interino.

Marina, José Vázquez Figueroa / Francisco de Paula Ossorio Vargas, interino primero y titular más tarde.

Hacienda, Luis María Salazar Salazar / José Vázquez Figueroa, interino / Cristóbal Góngora Delgado, interino primero y titular después / Tomás González Carvajal, interino primero y titular después / Manuel Francisco López Araújo, interino.

Gobernación del Reino, José García León y Pizarro / Pedro Gómez Labrador, interino / Juan Álvarez Guerra, interino primero y titular después.

Gobernación de Ultramar, Tomás González Calderón / Ciriaco González Carbajal, interino / José Limonta, interino / Manuel de la Bodega Mollinedo.

 

 

La retirada francesa de 1813.

 

El mayor problema de Wellington en 1813 era Bertran Clausel, un general francés joven que se mostraba muy experto y listo. Wellington tenía la ventaja de que la guerrilla, que estaba a su favor, le informaba. Clausel le perseguía por todas partes y lograba adivinar sus movimientos, pero nunca tuvo fuerza suficiente para asestar un buen golpe a Wellington.

Napoleón ordenó a José I instalarse en Valladolid y mandar más de 100.000 soldados a Francia, con lo cual quedaba muy debilitada la capacidad de ataque francés en España. Definitivamente se confirmaba el error de Napoleón al haber invadido España, abriendo así un frente de guerra que no podía atender.

José I se retiró a Valladolid desde el 17 al 23 de marzo de 1813. Dejó en Madrid a Gazán[2], comandante del ejército de Andalucía, que también debía defender Toledo. La Corte de José I abandonaba Madrid con unos 300 vehículos y se llevaba los objetos de arte. La nueva posición central francesa era Valladolid, con un ejército en Tordesillas, otro en Medina de Rioseco, otro en Palencia, y el cuartel general en Cigales (Valladolid). El resto de los franceses abandonaría Madrid en mayo de 1813.

En mayo 1813, Wellesley atacó de nuevo Salamanca, Zamora, León, Palencia. Llevaba 50.000 británicos, 25.000 portugueses y 20.000 españoles. Parecían suficientes fuerzas para atacar a los 100.000 hombres de José I. Además los franceses estaban diseminados por el norte y ello les suponía una desventaja.

En junio de 1813, Wellington ordenó instalar una segunda base británica en la península, además de Lisboa, y escogió Santander, más cerca del nuevo teatro de operaciones que se preveía que fuera la frontera francesa en el País Vasco, a partir de esos meses. Allí almacenó munición, cañones y suministros.

El 3 de junio, Wellington concentró sus fuerzas en Toro (Zamora), y José I reaccionó abandonando Valladolid camino de Burgos. Los ingleses y españoles le cerraron por el norte, amenazando con ello el ataque a Bilbao, zona de la costa cantábrica, y el ataque sobre Burgos-Valladolid, es decir, la retirada hacia el sur, así que José avanzó rápido hacia el norte. El 12 de junio José abandonó Burgos y el 16 llegó a Miranda de Ebro, y siguió hasta Vitoria, que alcanzó el 21 de junio. Wellington estaba atacando Valladolid y Burgos, y ello obligó a Jourdan a retirarse desde Burgos a Logroño. Los británicos pasaron la cordillera Cantábrica, viniendo desde el norte, por Polientes y El Escudo, dirigiéndose a Logroño.

Wellington había ganado en movilidad por un detalle técnico aparentemente insignificante: En marzo de 1813, Wellington había ordenado el cambio de las ollas de campaña, retirándose las ollas pesadas, y transportando ollas ligeras con capacidad para seis ranchos. La ventaja era que una mula podía llevar la olla, la tienda, los alimentos y la munición de los seis hombres de un pelotón, y el ejército era más rápido. Aquello también significó, además de moverse más rápido, que los ingleses comían y dormían mejor, y mejoró mucho la moral británica.

En junio de 1813, al tiempo que los ingleses aparecían como vencedores, las Cortes de Cádiz nombraban y quitaban generales del ejército español con el único propósito de desafiar a Wellington y decirle que no era el jefe de España: Castaños, amigo de Wellington, fue depuesto en la jefatura del Cuarto Ejército.

 

 

Batalla de Vitoria,

21 de junio de 1813, el ocaso de José I.

 

José I se detuvo en Vitoria porque tenía que dar tiempo a Clausel que llegaba por detrás, desde Logroño, con 20.000 hombres, a unirse al bloque principal francés. Los españoles aprovecharon la circunstancia para rebasarle por ambos lados del camino, cubriendo el norte, oeste y sur de las posiciones francesas.

El 21 de junio de 1813, el ejército británico que había pasado las montañas cantábricas, atacaba Vitoria. José luchó hasta ver que estaba rodeado por el norte y el oeste, y entonces ordenó retirada general hacia Zaragoza, el este. Utilizó como señuelo el botín que llevaba, y los soldados, españoles, portugueses y británicos, los campesinos y los guerrilleros patriotas, se echaron sobre el botín, permitiendo a los franceses escapar. De todos modos, José perdió 8.000 hombres, 151 cañones (casi todos los que tenía), comida, munición, equipamiento, y muchos barriles de monedas (5 millones de francos). Los británicos saquearon Vitoria considerándola territorio enemigo, cuando sólo había sido una ciudad española ocupada por los franceses.

A José I podemos considerarle definitivamente derrotado tras esta batalla de Vitoria de junio de 1813. El resto de la guerra fueron pequeñas escaramuzas:

El 27 de junio, Clausel estaba en Tudela y aparecía desorientado sin saber a dónde debía encaminarse, pues Vitoria había caído. Se dirigió a Pamplona.

El 28 de junio José estaba en San Juan de Luz, (Francia). Napoleón le arrestó ordenando que no saliese de su palacio de Mortefontaine.

El 30 de junio, Wellington estaba en Zaragoza persiguiendo a los franceses.

Reille logró reunir las fuerzas francesas que huían y organizarlas de forma que Drouet d`Erlon fortificó El Baztán dando tiempo a que Gazán pasara a Francia por Roncesvalles. Pamplona y San Sebastián seguían siendo francesas. Mousnier se dirigió a Jaca, cerca de Francia, y Soult a Canfranc en la frontera. Clausel abandonó Zaragoza y se colocó en la frontera de Francia. La nueva y última línea de fortificaciones francesas estaba en Santoña, San Sebastián, Pamplona y Barcelona.

El 5 de julio, Suchet, duque de La Albufera, nada más saber del desastre de Vitoria, se retiró de Valencia, y se dirigía a Zaragoza para apoyar a José, cuando Mina y Durán le echaron del camino de Zaragoza y huyó por Tortosa el 12 de julio, y por Tarragona el 14 de julio, donde se hizo fuerte hasta finales de mes. Luego fue a Barcelona. Valencia y Aragón quedaban así abandonadas por los franceses.

El 7 de julio, Wellington cruzó el Urumea y puso sitio a San Sebastián sometiéndola al bombardeo previo a todo asalto, mientras tomaba pueblos de Navarra y del País Vasco. Del 20 al 24 de julio de 1813, San Sebastián fue bombardeada. Soult acudió en ayuda de San Sebastián y Pamplona, entrando en España por Roncesvalles y Maya, y el 27 de julio llegó a Pamplona pero fracasó en su intento de echar a los británicos y portugueses de allí. Fue sobre San Sebastián pero, cogido entre dos fuegos, regresó a Francia. Los franceses dominaban precariamente San Sebastián, Pamplona y Zaragoza, y estaban fuertes en Barcelona.

En julio de 1813, José I fue depuesto oficialmente por su hermano, que nombró jefe de España al mariscal Soult. Napoleón calificaba a su hermano de imbécil.

Napoleón unificó los ejércitos franceses en España en uno solo llamado “Ejército de España”, que contaba con 117.000 hombres e hizo con él tres cuerpos de ejército que puso a las órdenes de Clausel (izquierda), D`Erlon (centro) y Reille (derecha), y como comandante supremo nombró a Soult.

Lo único que pudo hacer Soult fue defender los pasos de los Pirineos y organizar la retirada. Los objetivos inmediatos eran socorrer San Sebastián y Pamplona. El 24 de julio Reille regresó a España por Roncesvalles.

Del 27 al 30 de julio se combatió por Pamplona.

El 2 de agosto se produjo el regreso masivo de los franceses a Francia.

El 31 de agosto de 1813 San Sebastián fue asaltada y saqueada tanto por británicos como por portugueses y españoles, quemando, asesinando y violando mujeres, como si se tratase de una ciudad enemiga, como era costumbre en los asaltos.

El descontento español con Wellington era grande. Las Cortes de Cádiz acusaron a Wellington de destruir puertos españoles para favorecer el comercio inglés.

Soult estuvo una vez más en defensa de los últimos reductos franceses, pues ese mismo día de 31 de agosto se presentó en San Sebastián con Reille y Clausel, pero fue batido en el cerro de San Marcial. San Marcial fue una batalla llevada a cabo exclusivamente por españoles, lo cual era la primera vez que ocurría en la guerra. La causa era el rechazo que los españoles mostraron hacia los británicos: El impacto del saqueo de San Sebastián fue fuerte, y Vitoria se negó a dar cobijo a británicos, mientras Santander les cerró el puerto con excusa de unas pestes.

Soult no podía hacer mucho más porque los franceses habían perdido muchos hombres en Leipzig (Sajonia) el 18 de octubre. Se iniciaron tratos con Fernando VII, que estaba en Valençay, para retirar a España de la guerra, y al ejército español de territorio francés.

 

En 7 de octubre de 1813, Wellington entró en territorio francés, llevando consigo muchos portugueses y algunos españoles. Hizo retroceder a Soult hasta Nivelle.

Todavía quedaba un ejército francés en España cercado en Pamplona, que fue rendido el 31 de octubre, y algunas ciudades menores en poder de los franceses: Santoña, Jaca, Denia, Sagunto, Peñíscola, Lérida, Gerona, Benasque, Mequinenza, Monzón, y una ciudad importante: Barcelona.

 

 

La anarquía del fin de la guerra.

 

Es una constante histórica, el que es más fácil ganar una guerra que gobernar el momento inmediatamente posterior a ella.

Una vez expulsados los franceses seguía habiendo problemas:

En el País Vasco, Bilbao no aceptaba someterse a las Cortes de Cádiz ni jurar la constitución; Espoz y Mina, en Navarra, tampoco aceptaba la constitución y mandó fusilarla (colocó el texto en una silla y ordenó el fusilamiento) para seguir siendo el reyezuelo de la zona como venía siendo desde 1808, y Vergara se sublevó contra los impuestos pues la costumbre vasca era no pagarlos, si se podía; en el conjunto del territorio español, es notorio también el hecho de que muchos campesinos decidieran no pagar impuestos a sus señores, iniciándose disturbios antiseñoriales en un movimiento populista que podía haber sido aprovechado por los revolucionarios. La no atención al problema terminará poniendo a los campesinos en contra de los liberales y facilitando el triunfo del absolutismo y de Fernando VII. En efecto, las Cortes, el 10 de noviembre de 1813, decretaron que, en caso de que los señores tuvieran títulos de propiedad, los campesinos deberían seguir pagando las rentas de señoríos, lo cual fue una enorme decepción para los campesinos, pues todos los señores afirmaban tener derechos de propiedad.

Además, surgió un nuevo desacuerdo con motivo de los impuestos: las Cortes impusieron un nuevo impuesto llamado “contribución única” sobre los ingresos de cada familia, y al sustituir éste a muchos otros impuestos antiguos, se produjeron muchos cambios extraños en la recaudación: Por ejemplo Sevilla pasaba a pagar menos de la mitad, mientras Segovia multiplicaba por cuatro su cantidad de impuestos anual, y Guadalajara lo multiplicaba por cinco.

No se trataba sólo de teoría, sino que las Cortes ordenaron el pago inmediato de un tercio de las contribuciones correspondientes a 1813, y los campesinos y comerciantes se disgustaron mucho con los liberales.

Otro motivo de descontento de los comerciantes, es que las Cortes de Cádiz se negaban a actuar contra los bandoleros, tratándoles de guerrilleros, y eso significaba muchas pérdidas para ellos. Y los comerciantes tenían razón en cuanto que los guerrilleros no querían ir al frente a luchar contra los franceses y se mantenían en sus zonas de origen asaltando a los viandantes y a las casas de los ricos, y por lo tanto eran simples bandoleros en ese momento, puesto que ya no había franceses.

Los errores liberales se estaban acumulando: el problema de la propiedad de la tierra, mal resuelto, el problema de los impuestos, y el problema de los bandoleros, eran de mucho peso.

Este descontento popular fue aprovechado por los serviles, destacando: el cabildo de la catedral de Santander que se rebeló contra Álvaro Flórez Estrada para que éste no hiciera elecciones ni impusiera el liberalismo en la ciudad; También el clero de Mallorca organizó una revuelta “popular” contra un Ayuntamiento tildado de liberal.

Los serviles acusaban a los liberales de traición y de colaboración con los franceses, y con ello aprovechaban el decreto de que los traidores y colaboradores debían ser castigados, y testificaban en contra de los liberales para eliminarlos, jugando con la ley en contra de quienes la habían dado.

Los liberales tenían miedo, e intentaron decretar que a las elecciones a diputados no pudieran presentarse sacerdotes, que los diputados antiguos conservaran el escaño hasta la llegada de los nuevos diputados a ocupar sus puestos, y que las nuevas Cortes se reunieran también en Cádiz. Fracasaron en ello.

En noviembre de 1813, los pocos reductos franceses que quedaban en España fueron desmantelados. Suchet se retiró a Figueras cediendo todas las plazas españolas.

En 10 de noviembre de 1813 tuvo lugar la batalla de Nivelle, cerca de San Juan de Luz, y, derrotados, los franceses se retiraron a Bayona. Wellington entonces despidió a los soldados españoles (Pablo Morillo, Pedro Agustín Girón, Francisco Longa, Manuel Freire, Diego del Barco, Pedro de la Bárcena) mandándoles a casa y terminando así la guerra española contra los franceses. También con ello, Wellington renunciaba a ser general del ejército español, o tal vez rey como proponían algunos sectores serviles, los que no estaban muy de acuerdo con Fernando VII. Tras la oportunidad de modernización de España que representó José I, se perdía la oportunidad de que la hiciera Wellington.

Wellington atacó Bayona el 9-13 de diciembre de 1813 y hubo una gran carnicería muriendo 11.000 portugueses y británicos y 12.000 franceses. Los alemanes al servicio de Napoleón, unos 1.500 hombres, desertaron para ponerse al servicio del ejército de su país. Wellington atacaría Toulouse entonces, pero ya en 1814, para acabar con Soult. Al lograrlo, a principios de 1814 la guerra podía darse por acabada.

El 14 de enero de 1814 los españoles atacaron Molins del Rey.

En febrero y marzo de 1814:

Mendizábal atacó Santoña en Cantabria.

Mina atacó Jaca y la tomó el 17 de febrero de 1814.

El general Mijares atacó Peñíscola y Denia.

Roche atacó Sagunto.

Villacampa y El Empecinado atacaron Tortosa.

Durán atacó Lérida, Mequinenza, Monzón y Benasque.

La ciudad que se mantuvo fiel a los franceses hasta el final fue Barcelona, que cayó en 16 de abril de 1814.

 

Fermín Caballero estimaba que la cantidad de muertos en la Guerra de la Independencia era de 300.000 personas. La cifra de muertos en combate es muy difícil porque el hambre era grande en 1812 y las epidemias también mataron a muchos.

 

 

 

 

 

Obra legislativa de 1813.

 

La obra legislativa de las Cortes de Cádiz continuó:

 

En 1813 nombraron una Junta para reformar la enseñanza y se puso al frente de ella a Manuel José Quintana. La enseñanza universitaria, llamada tercera enseñanza, se organizó en 10 Universidades que eran Salamanca, Santiago, Burgos, Zaragoza, Barcelona, Valencia, Granada, Sevilla, Canarias y Madrid. La de Madrid fue llamada Universidad Central y tenía 12 cátedras más que las demás.

El “informe Quintana” de 1813 fijaba los postulados liberales de lo que debía ser la enseñanza pública:

Igualdad: conocimientos impartidos iguales para todos y los máximos que permitan las circunstancias;

Universalidad: para todos los ciudadanos;

Titularidad pública de los centros para garantizar el cumplimiento del resto de postulados;

Gratuidad, aunque eso era imposible en la época;

Libertad, incluyendo la posibilidad de enseñanza privada.

La reacción fernandina de 1814 dejó sin efecto alguno este informe Quintana.

 

El 8 de junio de 1813 hubo un decreto para el fomento de la agricultura y ganadería, conocido como la reforma agraria de 1813: se dio libertad de precio de los productos agrarios, libertad de cercamiento de fincas (cercar, cerrar y acotar a perpetuidad todo lo que fuera propiedad particular), libertad de arrendamientos (tanto en precios como en duración), y libertad de comercio de granos. Se negó que los arrendatarios, tras un corto, medio o largo plazo, tuvieran algún derecho de propiedad. Se negó el derecho de subarriendo a los arrendatarios.

 

En otro decreto de 8 de junio de 1813 se dio libertad para establecer fábricas e industrias y libertad para desempeñar cualquier oficio sin necesidad de pasar un examen u obtener un título (lo cual acababa con la prerrogativa más importante de los gremios). El decreto de desaparición de los gremios puede parecer que no tuviera repercusión, pues que se restablecieron en 1814, pero no es así. Con el restablecimiento de 1814 no se volvió a la situación inicial, sino que se reconocía la libertad de contratación fuera del gremio y la libertad de iniciativa empresarial, y Fernando VII se reservaba el derecho de censura sobre los estatutos gremiales mediante la inspección de la Junta de Comercio y Moneda. También aparecieron “Hermandades” no sujetas a los estatutos tradicionales de las cofradías gremiales. Por lo que podemos afirmar que los gremios nunca volvieron a ser lo que eran antes de 1813.

 

El 4 de julio de 1813 se produjo la desamortización de bienes estatales:    El 4 de julio de 1813 se produjo la enajenación de bienes del Estado con el fin de paliar la deuda. Los compradores pagarían en el acto o en el término de un año, con crédito contra la nación, anticipando la mitad del valor en metálico, que pasaría a ser deuda cuando se pagase la segunda mitad.

El problema venía de lejos, pues la crisis de hacienda provenía de Carlos IV y la pérdida de prestigio de la deuda del Estado era grande pues nadie creía que se pudiera devolver:

En abril de 1810, Badajoz se había puesto a vender baldíos a la baja y hubo muchos abusos, por lo que hubo de suspenderse la venta hasta enero de 1811.

En 1811 se había propuesto a las Cortes vender los baldíos, comunes y propios como solución a la deuda. Y los diputados se negaron a declarar bancarrota debido a que era la burguesía la principal detentadora de vales reales. Los burgueses preferían la desamortización de bienes eclesiásticos si hacía falta más dinero, como se sabía que haría falta.

El 22 de marzo de 1811 se había procedido a la enajenación de edificios y fincas de la Corona admitiendo un tercio del pago en vales.

El 22 de febrero de 1812 se había pedido la desamortización de baldíos, realengos, propios y arbitrios, y ello fue aprobado en 25 de abril de 1812.

 

Pero la deuda no paró de crecer con la guerra: los 6.000 millones de reales que se calculaba que el Estado debía en marzo de 1808, pasaron a 8.000 millones en julio de 1808 y los 2.000 millones nuevos no eran reconocidos por las Cortes, lo cual significaba peligro de no reintegro de su valor. Y todo ello sin contar con la deuda de José I: en 1811, las Cortes de Cádiz no reconocieron 2.500 millones de deuda a afrancesados y conventos, comprometida por José I a cambio de expropiaciones (para hacerse una idea de las magnitudes, hay que considerar que los gastos ordinarios anuales del Estado eran de alrededor de 1.000 millones de reales).

Las Cortes cambiaron los vales por billetes, o letras a la vista para un plazo determinado, y estos billetes eran admitidos para pagar la contribución y para pagar un tercio del valor de las fincas en la compra de los conventos destruidos por la guerra, compra de sitios reales, de bienes de Godoy y de bienes de afrancesados.

El problema de la deuda era insalvable, pues crecía sin parar, y entonces fue clasificada en: deuda con interés y deuda sin interés. La deuda con interés se amortizaría con el excusado, anualidades de la Iglesia, expolios y vacantes. La deuda sin interés serviría para comprar bienes nacionales.

 

El 18 de julio de 1813 hubo un proyecto nuevo de recaudación fiscal. El nuevo proyecto se proponía la racionalización de la recaudación su centralización y uniformidad de tributos para todos los territorios. Ya hemos dicho más arriba que ello significaba un cambio muy brusco, que no fue aceptado por los perjudicados.

 

El 13 de septiembre de 1813 se propuso una reforma de Hacienda, que contemplaremos a continuación.

 

El 18 de septiembre de 1813 las Cortes dieron el decreto de Contribución Única sobre la propiedad. Era un nuevo cambio, ahora de tipo social, también mal aceptado por los hidalgos y clases medias, y sobre todo por los eclesiásticos.

 

El 1 de octubre de 1813 hubo renovación de Cortes, para dar paso a unas ordinarias con año y medio de retraso sobre lo normal.

 

 

La reforma de Hacienda de 1813.

 

Los tributos los habían recaudado, desde 1808, las Juntas Provinciales, así como las rentas que se debían pagar a la Administración. El 21 de enero de 1811, Alonso López propuso la división de los contribuyentes en 15 clases según su riqueza y el pago de contribuciones proporcional a la riqueza de cada clase. El 24 de enero, Canga Argüelles[3] propuso el reconocimiento de la deuda del Estado, el pago de la misma y la recaudación de impuestos proporcionales a la riqueza. Pero el nuevo sistema fiscal no estuvo listo hasta 1813. Canga Argüelles tiene el mérito de haber confeccionado el primer presupuesto del Estado de España.

La guerra de 1808-12 se pagó con contribuciones “voluntarias” (el que no contribuía era tachado de afrancesado y con ello corrían grave peligro su vida, su familia y su hacienda), con contribuciones municipales especiales, y con ayudas a los guerrilleros que cada vez que pasaban por un pueblo se llevaban por la fuerza todo lo que hubiera comestible. Con ello y la mala cosecha de 1812, los pueblos quedaron exhaustos.

La Junta Central de 1811-12 abolió algunos impuestos como la alcabala (impuesto de compraventa por cada artículo como derechos reales hoy), cientos (derechos de venta en porcentaje sobre el total vendido, hasta el 4%) y millones (impuestos especiales sobre el vino, vinagre, aceite, carne, jabón y sebo). Esta abolición fue sólo teórica puesto que se dijo que se abolían siempre que se sustituyesen por otros, pretendidamente más justos, y esos otros nunca se pusieron, ni los anteriores por tanto se quitaron.

Hacienda tenía claro que se debía establecer un sistema de exacciones fiscales sobre la riqueza total. El problema era que no había un catastro de riqueza y ni siquiera un censo de población fiable. Cuando se hacían recuentos, todo el mundo sabía que debía ocultar lo que pudiera, hombres, animales y fincas, a fin de pagar menos.

Se hizo un Reglamento para Tesorería.

En agosto de 1813 se reformó la Contaduría Mayor.

En 13 de septiembre de 1813, el gobierno suprimió las rentas provinciales (alcabalas, cientos, millones, martiniega y similares), mantuvo las tercias reales (dos terceras partes del tercio de fábrica del diezmo), y suprimió las rentas estancadas y contribuciones extraordinarias de guerra, todo ello a cambio de una “contribución única” que se repartió a pagar entre las diversas provincias según estimaciones de riqueza intuitivas. En teoría debía ser proporcional a los recursos de los ciudadanos. Todas las provincias protestaron que eran muy pobres. Pero por primera vez se llegó a un concepto moderno de lo que debe ser la Hacienda pública, unas cuentas con presupuesto anual de ingresos a fin de saber las cargas que se han de repartir ese año. Hacienda entraba en la Edad Contemporánea. No se podía cobrar, porque no había un catastro de bienes. Entonces, se hizo un sistema de capitación por provincias, fijando la riqueza estimada de cada una a través de un Censo de Frutos y Manufacturas que databa de 1799, que era incompleto y anticuado, con la idea de que las provincias distribuyesen esa cuantía entre los municipios y éstos entre los vecinos. Se establecía una Caja Única, una Tesorería Nacional unos Juzgados Contenciosos de Hacienda. La gente protestó tanto, que el sistema de impuestos por “contribución única” fue abolido en 1814.

El proyecto de recaudación fiscal de 1813 eliminaba las aduanas interiores, establecía un “cupo” o impuesto de cada provincia proporcional a su riqueza y hacía partícipes de tributación a todos los españoles, según el modelo aragonés: las Cortes fijaban la contribución de cada provincia, las Diputaciones la de cada pueblo, y los Ayuntamientos los de cada vecino. Al mismo tiempo se suprimieron los impuestos indirectos y alcabalas señoriales.

El 18 de septiembre de 1813, salió definitivamente el “Nuevo Plan de Contribuciones Públicas” que significó el final de las inmunidades eclesiásticas y civiles, la reducción de las muchas contribuciones a una sola, la desaparición de aduanas interiores, la libertad mercantil, la uniformidad provincial o desaparición de fueros provinciales, y el criterio de proporcionalidad.

 

 

Las Cortes ordinarias de octubre de 1813.

 

En 23 de mayo de 1812 se habían convocado Cortes para septiembre de 1813. El 13 de septiembre de designó como Diputación Permanente a 13 diputados de Cataluña, 10 de Valencia, 9 de Aragón, 10 de América, 1 de Toro, 1 de Navarra, 1 de Vascongadas. El 14 de septiembre de 1813 se cerraron las Cortes Extraordinarias con un discurso del mexicano Gordoa y Barrios.

La Regencia aprovechó el interregno, entre Cortes y Cortes, para decidir llevar las Cortes y el Gobierno a Puerto de Santa María, y estalló un tumulto que pidió que los diputados se volvieran a reunir. El 16 de septiembre se volvieron a reunir los diputados y se discutió si era una nueva reunión de las viejas Cortes Extraordinarias o unas nuevas Cortes Extraordinarias. Decidieron no irse de Cádiz. Como la causa esgrimida para irse era que había epidemia en Cádiz, se afirmó que no había epidemia mayor que en otras partes de la región. Se estaba negando la realidad y, en los siguientes tres meses, murieron nueve diputados.

El 25 de septiembre de 1813 se produjo la sesión de apertura de las Cortes Ordinarias, jurando 109 diputados.

El 1 de octubre de 1813 se reunieron las Cortes Ordinarias en primera sesión. Habría dos legislaturas: del 1 de octubre de 1813 al 19 de febrero de 1814, la primera, y del 25 de febrero de 1814 al 10 de mayo de 1814, la segunda. El 14 de octubre de 1813 las Cortes se trasladaron a Isla de León, donde estuvieron en el convento del Carmen Descalzo hasta 29 de noviembre de 1813. Ese día fueron suspendidas temporalmente y, en 15 de enero de 1814 fueron abiertas en el Teatro Caños del Peral de Madrid (hoy solar del Teatro Real). El 2 de mayo de 1814, se trasladaron a la iglesia de Doña María de Aragón (actual Senado).

El 3 de octubre se fijó el número de diputados que tenían derecho a escaño y resultaron 221 diputados: 28 por Andalucía, 28 por Castilla, 16 por Galicia, 13 por León, 12 por Cataluña, 10 por Valencia, 9 por Aragón, 6 por Extremadura, 5 por Asturias, 5 por Murcia, 4 por Vascongadas, 3 por La Mancha, 3 por Baleares, 3 por Navarra, en cuanto a diputados de Península e islas adyacentes, y 22 por Perú, 18 por Nueva España, 12 por Guatemala, 5 por Buenos Aires, 4 por cuba, 3 por Caracas, 3 por Santa Fe, 2 por Filipinas, 1 por Puerto Rico, 1 por Chile y 1 por Santo Domingo.

Nos faltan muchos datos de las sesiones, y las fuentes son indirectas e interesadas. No había taquígrafos y sólo contamos con las actas que levantaron los secretarios. Un tercio de los diputados eran liberales, y dos tercios serviles, pero los liberales eran más movidos y los serviles más pacientes y calmos.

La mayor parte de los diputados de 1813 eran realistas, pero los liberales manipularon a fin de que la Comisión de aceptación de los poderes de los elegidos (Canga Argüelles, José de la Huerta, Gonzalo Herrera, Francisco Tacón y Eugenio Peña) aceptaran a algunos liberales que no reunían los requisitos y no se aceptase a algunos realistas, utilizando el truco de dar por nulos algunos procesos de elección. Hubo una gran discusión a propósito de la eliminación del obispo de Pamplona, Veremundo Arias Teijeiro, alegando que ya había sido diputado de las Extraordinarias, pero como otros en igual situación habían sido aceptados, tuvieron por fin que aceptarle.

El ambiente en España era contrarrevolucionario. Los liberales se preparaban para la previsible contrarrevolución con una serie de reformas. El ambiente era de guerra civil.

Los liberales por su parte, ya no eran tolerantes, sino que se inclinaban hacia un ambiente de “terror” político como único medio de imponerse sobre las mayorías que ya no representaban. Iniciaron un Proyecto de Ley sobre Infractores de la Constitución, que nunca terminaron, por el que decretaban pena de muerte para los que alteraran las condiciones constitucionales de la monarquía, negasen la separación de poderes, intentasen poner otra religión distinta de la católica, impidiesen las juntas electorales, impidiesen las reuniones en Cortes, propusieran una reforma constitucional… (habían decretado que no se podía cambiar en diez años).

Estas Cortes hicieron muchas reformas:

Nombraron gobernadores nuevos en todas las provincias y exigieron juramento de fidelidad a las Cortes a todos los alcaldes.

Establecieron ayuntamientos constitucionales donde no los había.

Impusieron la libertad de mercado, de precios, de industria, en todo el país.

Encargaron a Correos que se ocupase de las obras públicas, caminos y puentes, además de los portazgos que ya gestionaba.

Organizaron Milicias Nacionales.

También cambiaron el sistema judicial y administrativo imponiendo 10 audiencias en el territorio español, diputaciones provinciales, partidos judiciales, excepto los jueces de primera instancia, cuya reforma quedó pendiente para más tarde.

Cerraron los conventos que se habían avenido a la reforma de José I.

Castigaron a los obispos que se negaban a abolir la Inquisición.

 

 

El traslado de las Cortes a Madrid.

29 de noviembre de 1813.

 

Se decretó que el 17 de septiembre de 1813 se trasladasen las Cortes a Madrid. Eso provocó algunos equívocos, dado que no se trasladaron hasta 29 de noviembre: Muchos diputados que iban a las Cortes Ordinarias, cuando llegaban a Córdoba o a Sevilla, oían noticias del decreto de traslado y decidían esperar, por si tenían que ir a Madrid en vez de a Cádiz. El 4 de octubre se ordenó el efectivo traslado a Madrid, y estos diputados fueron a Madrid, donde se encontraron que las Cortes estaban todavía en Isla de León. En efecto, sólo el 29 de noviembre fueron cerradas en Isla de León, y en 15 de enero fueron abiertas en Madrid.

La Regencia también fue a Madrid y se instaló en Palacio Real el 15 de enero de 1814.

Los liberales tenían pocas ganas de irse de un lugar donde tenían apoyo popular, Cádiz, a otro donde no sabían qué ambiente les recibiría, pues las noticias eran que los españoles habían sido decepcionados por los liberales.

Las Cortes Ordinarias, como ya habían hecho las Extraordinarias, gobernaban como una dictadura nada acorde con las libertades que decían defender. El miedo al absolutismo les hacía obrar como los peores gobiernos absolutistas. Gobernaban sin apelación posible, ejercían de hecho los tres poderes, aunque decían delegar el ejecutivo en la Regencia y el judicial en los tribunales. Podíamos calificarlas como “el absolutismo liberal”.

Las Cortes no distinguían entre ley, decreto, orden y resolución. Llamaban decretos a los escritos que enviaban a la Regencia, y llamaban órdenes a los escritos que dirigían a los Secretarios de Despacho.

En cuanto a corruptelas e ilegalidades, no estaban lejos de las que hicieron los absolutistas: daban dispensas de ley a los diputados que les convenía, aprobaban sueldos a sus partidarios, nombraron las Juntas Supremas de Censura, jefes políticos y consejeros de Estado entre los suyos, admitieron o negaron dimisiones cuando les convenía. Cierto que estaban rodeados de absolutistas, pero su comportamiento no podía ser visto por los realistas como moralmente más alto.

 

 

Importancia de la Guerra de la Independencia.

 

Ayudó al éxito de la campaña de Rusia contra Napoleón.

Se dio un espectáculo a Europa del levantamiento de un pueblo contra el Estado, contra Napoleón de Francia y su hermano José de España, la máquina invencible desde el punto de vista militar, pero frágil ante todo un pueblo dispuesto a acabar con los extranjeros.

Desmoralizó a los ciudadanos franceses que habían identificado a Napoleón con la paz.

Permitió el inicio de las campañas antinapoleónicas en Austria y Prusia.

Causó unos 250.000 muertos en el ejército francés. Fermín Caballero estimaba que, entre los españoles, la cantidad de muertos en la Guerra de la Independencia era de 300.000 personas. La cifra es muy difícil porque el hambre era grande en 1812 y las epidemias también mataron a muchos. Hubo un total aproximado de un millón de muertos, además de extenderse la miseria por toda España y Portugal, lo cual es interesante tenerlo en cuenta para la década siguiente, la de la Restauración de absolutismo.

Llevó a Europa la idea de guerrilleros y de Milicias Nacionales o Guardias Nacionales, como posibilidad de lucha ante Napoleón.

Se acabó con los negocios y comercio españoles, y sobre todo con el comercio de América con España. La crisis había empezado desde siglos antes, y justamente por ello se rebelaban los criollos, pero esta guerra fue el final definitivo.

Se destruyó a gran parte de la intelectualidad española, la cual se había declarado partidaria de José I, es decir, afrancesada, y por ello fueron perseguidos tanto por los “liberales” como por los “absolutistas” por antipatriotas. Una vez terminado el peligro afrancesado, comenzó el intento de exterminio que los absolutistas intentaron contra los liberales, interrumpido en 1820 por un intento de exterminio que los liberales hicieron contra los absolutistas.

Se destruyeron muchas ciudades, saqueadas e incendiadas. Entre las destrucciones están la quema del archivo de Astorga, que hicieron los británicos, y el traslado del Archivo de Simancas a París, que hicieron los franceses.

Permitió la formación de gobiernos independientes en América, formándose Juntas que acabaron exigiendo autogobierno, pues en 1814 ya era muy tarde para derribarlos y España estaba sin recursos, por lo que las independencias americanas fueron triunfando entre 1820 y 1824.

Dio ocasión para que muchas personas se planteasen su situación social, económica, ideológica y de mentalidad, pues el enfrentamiento requería una toma de posiciones. Con ello apareció un nuevo liberalismo español, una ideología admiradora de las ideas francesas, pero en unas personas poco consecuentes con las ideas que ellos mismos proponían, lo cual daba lugar a la inestabilidad, luchas internas entre liberales, algaradas populares, guerras civiles incluso a lo largo del siglo XIX y XX.

Se configuraron claramente “las dos Españas”, que en realidad son tres: Una España clerical, absolutista o conservadora, pero siempre reaccionaria, y una España secularizadora, constitucional y progresista. La tercera España, mucho más importante que las otras dos, está fuera del ámbito de la historiografía tradicional, e incluso de la tradición literaria, pero lo empapa todo, y siempre tiene algún representante cerca del poder, y es la España del populismo, un populismo que piensa en destruirlo todo porque es ignorado por las otras dos Españas. Esta tercera España saldrá a la luz en cada revolución política del XIX, utilizada cada vez por una de las partes, para ser aplastada o burlada cada vez que triunfa una de las dos Españas oficiales. Y seguirá presente todo el siglo XX, hasta hoy. Sin la “tercera España” no se entienden las otras dos.

Permitió la restauración del absolutismo en España en 1814. No era muy lógico, pues se había demostrado el fracaso definitivo de un concepto de absolutismo, el de los Austrias y de los Borbones. Pero se intentó ir hacia atrás, hacia lo imposible. Entonces, al no coincidir la política con las posibilidades reales del país, triunfó la corrupción, el contrabando, la incapacidad administrativa, que serán propias del XIX español.

En Portugal, Juan VI, o el regente Juan hasta 1816, fue coronado rey en río de Janeiro en 1816 y regresó a Portugal en 1820 provocando una revuelta similar a la española del mismo año en contra del absolutismo, perdió Brasil en 1822, y fue repuesto en el trono por la Santa Alianza en 1823 (es conveniente tener en cuenta a Portugal para entender la Historia de España, al igual que hemos citado la historia de Francia con el mismo fin).

La pérdida del comercio y la independencia americana, llevaron también a la caída de España a potencia de tercer orden, poco importante ya en Europa y en el mundo. España no querrá darse cuenta de ello, pero se lo demostrarán en el Congreso de Viena de 1814-1815.

 

La Guerra de la Independencia ha servido también a todos los historiadores españoles para tapar un asunto grave sin solucionar en la historia de España de casi todo el XIX. El ambiente de liberalismo, no produjo el consiguiente movimiento de liberación de los esclavos, cometiéndose un error imperdonable: En esos años, se estaba prohibiendo el tráfico de esclavos en casi todo el mundo y España se fue quedando atrás, como si el asunto no fuera con ella. En 1806 prohibió el tráfico de esclavos, que no la esclavitud misma, Gran Bretaña; en 1808 Estados Unidos; en 1811 Portugal; en 1813 Suecia; en 1814 Holanda; en 1815 Francia. Estas prohibiciones no fueron definitivas, no es la prohibición de la esclavitud, sino sólo del tráfico, pero muestran el ambiente internacional en el tema.

Cuando España salió de la guerra, se encontró con que los países europeos le exigían prohibición del tráfico de esclavos para no estar ellos en desventaja competitiva en la producción, y España lo prohibió al fin en 1822, pero sólo a efectos de apariencia internacional. Y todos los países sabían la realidad esclavista española y se quejaron de ello durante el siglo XIX, lo cual es un elemento importante para entender este siglo en el que España se fue segregando de Europa. En 1845, España estaba todavía dando una ley de represión de la trata de esclavos, pero sólo teórica una vez más, pues se hacía la vista gorda al contrabando de esclavos.

Las aboliciones definitivas de la esclavitud fueron: 1834 Gran Bretaña; 1846, Suecia, Dinamarca Uruguay y Túnez; 1848 Francia; 1856 Portugal; 1862 Holanda; 1864 Estados Unidos. Para entonces sólo quedarán dos países esclavistas: Brasil y España. España aboliría en 1898, siendo el último país en hacerlo en el ámbito europeo y americano.

La esclavitud es una parte importante del problema del caciquismo español del XIX. Una élite social española que dirigía toda la política, los partidos, y la economía, eran propietarios de esclavos. Y mucho de la política de partidos era una farsa, porque nunca se podían tocar algunos temas, uno de ellos la esclavitud. Por eso se habló de los cubanos en el asesinato de Prim, en el de Cánovas… pero nunca se probaba nada.

 

 

El hispanismo en 1808-1814.

 

La Guerra de la Independencia impresionó a muchos observadores europeos, empezando por los alemanes, que iniciaron estudios de historia y literatura españolas y con ellos empieza el hispanismo. Centros de hispanismo fueron Berlín, Munich y Bonn. El punto culminante de estos estudios alemanes se alcanzó en la década 1820-30 con Karl Vossler que estudió a Lope y a Tirso, Leo Spitzer que estudió a Quevedo y la literatura medieval, y Ernst Robert Curtius, Gerhard Rohlfs y Max Leopold Wagner, que hicieron estudios lingüísticos.

Casi simultáneamente a los alemanes empezó el hispanismo en Gran Bretaña, que creó una cátedra de español en 1828, desempeñada por Alcalá Galiano. Pero la importancia del hispanismo británico es más tardía.

A mediados de siglo XIX, el hispanismo más importante fue el francés, sobre todo durante el Segundo Imperio 1852-1870. Allí surgió un interés universitario y un interés erudito por las cosas españolas, principalmente en Toulouse y Burdeos, y aparecieron revistas como Revue Hispanique, y Bulletin Hispanique. Destacaron R. Fouche Delbose, Ernest Martinenche, y Alfred Morel Fatio.

Al iniciarse el siglo XX, el hispanismo es importante en Gran Bretaña y Estados Unidos. Desde final del XIX había sobresalido en Gran Bretaña James Fitzmaurice Kelly, y en los años 30 destacará el escocés Allison Pears, que creó el Bulletin of Hispanic Studies en 1933. En Gran Bretaña gusta particularmente Calderón, estudiado por E.M. Wilson y Alexander Parker, pero también los textos medievales, la comedia del siglo de oro y la historia contemporánea.

En Estados Unidos habían destacado en el XIX Washington Irving y Henry Longfellow en la etapa romántica, y Georges Ticknor en la literatura española del XIX, pero el hispanismo alcanza su cima cuando el millonario Archer M. Huntington creó en 1904 la Hispanic Society of América con sede en Nueva York. Esta entidad será la referencia del hispanismo en todo el siglo XX. En 1937 se empezó a publicar una revista, Hispanic Review, en la Universidad de Pittsbough.

En Italia, los hispanistas más conocidos serán del siglo XX, como Benedetto Croce y Arturo Farinelli, destacando los centros de Roma, Cagliari, Venecia, Pisa, Florencia y Nápoles.

También habrá hispanistas en Holanda (en Leiden y en Utrecht), en Bélgica, en Suecia (Instituto Iberoamericano de Göteborg y centro medievalista de Uppsala), en Rumanía, en Hungría, en Rusia, Chile, Colombia, Argentina, México, Cuba y Puerto Rico.

 

 

 

[1] Luis María de Borbón Vallabriga 1777-1823, era hijo de Luis Antonio de Borbón, un hermano de Carlos III. Luis Antonio de Borbón había reclamado el trono de España en tiempos de Carlos III, porque Carlos IV, aunque hijo mayor del rey, había nacido fuera de España y por ley no podía reinar. Pero Carlos III hizo entonces una pragmática eliminando de la línea de sucesión a los infantes que se casasen con mujeres que no fueran de sangre real y simultáneamente prohibió casarse a Luis Antonio, con lo que la petición de su hermano no tenía sentido. Luis Antonio acabó casándose con María Teresa de Vallabriga, lo cual le excluía de la sucesión al trono y le arrebataba el apellido Borbón. El 22 de marzo de 1777 nació el entonces llamado Luis María de Vallabriga, y poco después María Teresa y María Luisa Vallabriga, todos excluidos del apellido Borbón. El 7 de agosto de 1785 murió el infante Luis Antonio, y Carlos III se esforzó en que aquella familia no tuviera sucesores, así que decidió que todos entrasen en la Iglesia: Luis María fue enviado a Toledo para ser educado por el arzobispo para sacerdote. María Teresa y María Luisa entraron en el convento cisterciense de las Bernardas de Toledo. Luis María se ordenó en 1793 y fue investido arcediano de Talavera. Una vez resuelto el problema de la sucesión, se le concedió el condado de Chinchón, que era de su padre, y Luis María se lo cedió a su hermana María Teresa en 1795. La suerte de Luis María de Vallabriga cambió en 1797, cuando la reina María Luisa tuvo el capricho de que Godoy se casase con María Teresa Vallabriga, lo que también significaba para Godoy el alejamiento, al menos oficial, de su amante Pepita Tudó y de sus otras amantes temporales. El matrimonio se celebró por imperativo real, que no por voluntad de la interesada. La boda se celebró en El Escorial el 11 de septiembre de 1797. Y desde entonces, los Vallabriga “tuvieron mucha suerte”: el 4 de agosto de 1799 fueron nombrados Grandes de España, en marzo de 1800 Luis María fue nombrado arzobispo de Sevilla, en junio de 1800 se les autorizó a usar el apellido Borbón, en diciembre de 1800 Luis María fue nombrado arzobispo de Toledo y en octubre de 1805 fue nombrado cardenal. El 17 de marzo de 1808, Motín de Aranjuez que dio lugar al derrocamiento de Carlos IV y encarcelamiento de Godoy, puso fin a esta época. Incluso María Teresa, cansada del papel de tapadera de Godoy, se separó de éste. En septiembre de 1808, cuando las Juntas se reunieron en Aranjuez para constituir la Junta Suprema Central presidida por Floridablanca, Luis María de Borbón Vallabriga estuvo con los patriotas. El 24 de septiembre de 1810, cuando se reunieron los diputados en Cádiz, la misa de inauguración la dijo el cardenal Luis María. Pero Luis María no era un liberal: en 1814 fue comisionado por las Cortes para recibir a Fernando VII en Valencia con el encargo de no reconocerle ni tratarle como rey hasta que no hubiese jurado la constitución. El cardenal presidente de la regencia fue a Valencia y se arrodilló delante de Fernando VII y besó su mano, aunque nunca logró ser recibido en audiencia por el rey. El 4 de mayo se restableció el absolutismo, el 10 de mayo se detuvo a los miembros de la regencia, excepto al cardenal Luis María de Borbón que fue considerado fiel, el 11 de mayo se disolvieron las Cortes. El cardenal sufrió algún castigo: tuvo que renunciar al arzobispado de Sevilla y a sus rentas, marcharse de Madrid para vivir en Toledo, pero eso no fue nada comparado con el castigo que sufrieron otros 24 diputados liberales y muchos afrancesados. El 9 de marzo de 1820, en el levantamiento de Riego, el cardenal Luis María presidió la Junta Provisional Consultiva. El 18 de marzo de 1823 murió Luis María de Borbón Vallabriga, sólo veinte días antes de que entrasen en España los Cien Mil Hijos de San Luis (7 de abril de 1823).

[2] Honoré Theodore Maxime Gazan de la Peyriere, 1765-1845, había combatido a las órdenes de Massena en Suiza 1899 y había estado en la campaña de Austria 1805. En 1808 fue destinado a España a las órdenes de Jean Lannes y estuvo en el sitio de Zaragoza. Luego fue destinado a Extremadura, paso de Andalucía por el oeste, y participó en la batalla de Albuera de mayo de 1811. Desde febrero de 1813 tuvo mando del ejército francés y protegió la retirada, siendo el que decidió en Vitoria abandonar la impedimenta (cañones y carros) para poder escapar. Incluso dejó a su mujer e hijos abandonados entre los carros. Luis XVIII le apartó del ejército.

[3] José Canga Argüelles nació en Gijón en 1770 y estudió cánones en Oviedo y Zaragoza, se doctoró en 1791 y entró a trabajar a Hacienda siendo en 1804 contador mayor del ejército. En 1808 fue integrante de la Junta Superior de Valencia. En 1810 fue diputado y la Regencia le encargó la Hacienda. En 1814 estuvo preso en Peñíscola, pero en 1820 fue de nuevo ministro de hacienda, cesando en primavera de 1821. En 1823 se exilió a Londres y regresó en 1829 dedicando su tiempo a estudiar historia y política, mientras trabajaba como archivero en Simancas. Murió en Madrid en 1843.

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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