EL GOBIERNO CÁNOVAS DE ENERO DE 1875.

 

 

Concepto clave: instalación del sistema canovista.

 

 

    Gobierno de Cánovas[1],

          9 enero 1875 – 12 septiembre de 1875.

 

En 9 de enero, el Rey nombró un Gobierno que, esencialmente permaneció igual que el anterior del Ministerio-Regencia:

 

Presidente del Ministerio, Antonio Cánovas del Castillo

Estado, Alejandro de Castro Casal.

Guerra, Joaquín Jovellar Jover / 18 enero 1875: Antonio Cánovas del Castillo, Interino, / 10 febrero 1875: Joaquín Jovellar Jover / 8 de junio 1875: Fernando Primo de Rivera Sobremonte[2], interino / 8 de septiembre 1875: Joaquín Jovellar Jover.

  Marina, Mariano Roca de Togores Carrasco, marqués de Molins / 9 de febrero 1875: Antonio Cánovas del Castillo, interino / 8 de junio de 1875: Santiago Durán Lira.

Hacienda, Pedro Salaverría Charitu,

Fomento, Manuel Orovio Echagüe, marqués de Orovio / 18 de enero: Alejandro de Castro Casal, interino / 4 febrero 1875: Manuel de Orovio Echagüe.

Gracia y Justicia, Francisco de Cárdenas Espejo / 31 julio: Antonio Cánovas del Castillo, interino, / 19 agosto: Francisco Cárdenas Espejo.

Gobernación, Francisco Romero Robledo

Ultramar, Adelardo López de Ayala / 6 agosto 1875: Francisco Romero Robledo / 23 de agosto 1875: Adelardo López de Ayala.

 

La presencia de Jovellar en Guerra, significaba un guiño a los progresistas, diciéndoles que quería su colaboración, pues Jovellar había recogido la herencia política de Prim.

El efecto logrado por Cánovas fue muy positivo para sus proyectos: Segismundo Moret Prendergast fundaría en este año el Partido Democrático Monárquico, pero con tan poco éxito, tan minoritario, que no surtió efecto político alguno. En 1882, para salir del fracaso, se fusionaría con Izquierda Dinástica, y pocos días más tarde con el Partido Liberal Fusionista de Práxedes Mateo Sagasta, lo cual daba una mínima representación a la izquierda. Cánovas lo había integrado en el sistema.

Como anécdota indicadora de este espíritu, contaremos que Cánovas, enterado de que Montero Ríos y Ruiz Zorrilla se preparaban para irse a Francia, envió a Fermín Lassala y a Fabié a comunicarles que sus personas estarían seguras si se quedaban en España. Montero Ríos se quedó y tuvo una trayectoria política brillante. Ruiz Zorrilla no le creyó y se marchó, y vivió, casi abandonado por los suyos, en el exilio.

La obra del gobierno se resume en cuatro puntos: la pacificación de España, tanto en el carlismo como en Cuba; la organización de un bipartidismo que permitiera gobernar; la convivencia pacífica entre partidos; y un sistema legislativo que fortaleciera al Estado.

 

 

Eliminación de la oposición.

 

De enero a mayo de 1875, Cánovas se dedicó a desactivar a los hombres que no le eran favorables en su proyecto:

El 31 de diciembre de 1874, suspendió periódicos contrarios a sus ideas y estableció la censura previa: En enero de 1875, un Real Decreto del Ministerio de Gobernación autorizó la discusión de todas las disposiciones administrativas, jurídicas y políticas, sin exceptuar las de Hacienda. Y luego, fijaba excepciones inabordables para los críticos: no se podría criticar al Rey, ni al sistema monárquico constitucional, ni comentar nada de lo que dijera el Rey, de lo que hiciera, y lo mismo respecto a la familia real. Quedaba prohibido defender formas de Estado diferentes a la monárquico constitucional. Las cuestiones constitucionales quedaban reservadas al parecer de las Cortes. Se prohibía discutir sobre temas militares, y dar noticias que produjeran discordia en el Ejército o la Armada, que atentaran a la disciplina castrense, a la obediencia jerárquica castrense o al respeto debido a todo lo militar. Y los periódicos, nunca podrían publicar nada que diera información al enemigo de España.

Cualquier falta contra el Ejército, conllevaba 15 días de suspensión del periódico que la hubiera publicado. Si se trataba de una falta contra la Iglesia o los católicos, 8 días de suspensión. Si se trataba de falta contra los poderes constituidos, embajadores u otro tipo de autoridad, 8 días de suspensión. Quedaba prohibido fundar otros periódicos sin aprobación del Ministerio de Gobernación, para evitar que los periódicos salieran con cabeceras diferentes cuando eran suspendidos.

Cánovas creó tribunales especiales para sancionar delitos de imprenta.

En enero de 1875, Francisco Cárdenas, Ministro de Justicia, suspendió la Ley de Enjuiciamiento Criminal de 1872, es decir, el juicio por jurados y el juicio oral y público.

En febrero de 1875, Francisco Cárdenas reformó la Ley de Matrimonio Civil de 1870 y, por lo tanto, los matrimonios celebrados por la Iglesia tendrían plena validez legal con solo comunicarlo el sacerdote en el Registro Civil. El matrimonio civil quedaba prohibido, pero se daba validez a todos los matrimonios civiles celebrados en 1870-1875. Se consideraron matrimonios no válidos los contraídos por sacerdotes o por personas que hubieran hecho votos solemnes de castidad.

En febrero de 1875, Romero Robledo decretó la disolución de los partidos políticos y la de todas las asociaciones políticas existentes, y su sustitución por otros partidos y otras nuevas asociaciones conformes con la nueva ley canovista. Quedaban permitidas las asociaciones benéficas, científicas, literarias, y recreativas, pero se les advertía de suspensión en el momento en que tuvieran actividad política. Recordemos que muchos partidos políticos nacionalistas y republicanos tenían el nombre de asociaciones literarias y culturales.

Cánovas cambió a todos los Alcaldes de los pueblos y Gobernadores de las provincias, para poner monárquicos probados. Para ello, escogió a personas que habían sido expulsadas de sus cargos durante el Sexenio, lo cual garantizaba una lealtad al nuevo régimen. Los alcaldes eran designados por la Corona en las ciudades de más de 30.000 habitantes, y en todo caso, los presupuestos municipales debían ser aprobados por el Gobernador Provincial.

Algunos políticos tomaban posiciones para el nuevo periodo político que se avecinaba, pero fracasaron todos en el intento de formar partidos coherentes. Un caso representativo es Segismundo Moret Prendergast 1838-1913, nacido en Cádiz, catedrático de Instituciones de Hacienda en la Facultad de Derecho de Madrid, que en 1868 había sido ponente constitucional y en 1871 Ministro de Hacienda y que en 1875 fundó Partido Democrático Monárquico. Tras su fracaso, en 1881 se pasará al Partido Liberal de Sagasta.

 

 

Eliminación de leyes incómodas.

 

Otro proyecto fundamental de Cánovas fue la eliminación de todas las reformas progresistas impuestas durante el Sexenio, y por ello hará una nueva formulación de la libertad de expresión en el Decreto de Censura Previa de 1876, y en la Ley de Imprenta de 1879, de forma que quedara muy explícito que la monarquía y el sistema político no eran criticables. Se apresuró Cánovas a cambiar la ley de Imprenta, que a pesar de las restricciones republicanas y las del periodo de Serrano, le parecía excesivamente libre, y el 29 de enero de 1875 volvió a la censura previa y a la licencia obligatoria otorgada por el Ministro de Gobernación, que es la postura de todos los moderados del XIX. La liberalización vendría en el Gobierno Sagasta de 1881.

Cerró los periódicos demócratas y republicanos, que se dedicaban a promover desórdenes para conseguir su revolución, y no a informar objetivamente. Anuló el matrimonio civil. Anuló el juicio por jurados. Anuló las vistas orales públicas. Restringió los derechos de asociación y reunión. Volvió al sufragio censitario (un poco más tarde). Y regaló a la Iglesia católica una buena cantidad de dinero a fin de que cesaran sus críticas al Gobierno. Cánovas devolvió a la Iglesia los bienes confiscados durante el Sexenio, restableció las asignaciones de culto y clero. La Universidad fue severamente vigilada para que cesaran las críticas a la monarquía, al sistema de la Restauración y a la Iglesia católica.

 

 

La llegada de Alfonso XII.

 

Alfonso XII llegó en barco el 9 de enero a Barcelona. Aquel día, las calles de Barcelona se llenaron de gentes que vitorearon al Rey. Dos días después, Alfonso XII desembarcó en Valencia y de nuevo fue aclamado por la multitud. Ofreció el bastón de mando a la Virgen de los Desamparados, y la multitud católica se enfervorizó. El 14 de enero de 1875, Alfonso XII entró en Madrid y fue recibido con salvas, aclamaciones, lloros de mujeres, arcos triunfales, flores arrojadas a los pies de su caballo, cartelones por las calles, sueltas de palomas a su paso. El marco del recibimiento estaba bien preparado y bien pagado.

El nuevo Rey era joven, gallardo, simpático, sonriente, buen jinete, hablaba con elocuencia natural, y era ocurrente y amable, sin orgullo ni pretensiones, lo cual había sido preparado en los años inmediatos anteriores. Era patriota español, católico y liberal, buen militar que disfrutaba entre los militares, lo cual había sido también preparado con anterioridad. No era muy alto, pero tenía la mirada dulce y sus facciones estaban proporcionadas y le daban buen aspecto, lo cual se pudo deber a los nuevos genes introducidos en la Casa Real. La gente quiso pensar que con el nuevo Rey se acabarían los días de incertidumbre política y los enfrentamientos en la calle.

 

 

Alfonso XII en el frente del Norte.

 

Lo primero que se encomendó a Alfonso XII, a los pocos días de su llegada, fue visitar al ejército del Norte para congraciarse con el ejército. En su visita al norte, Cánovas le preparó una arenga y un programa de actuación, de modo que fuese escuchado por los soldados y por los carlistas. El Rey viajó por tierras vascas y los generales no dudaron en decir que el nuevo Rey era valiente, aunque en algunas ocasiones temieran por su vida y por su propia suerte como responsables de la persona del Rey. Cánovas pensaba presentar el Rey como “El Pacificador”. Hizo que la prensa divulgara este apelativo, que tuvo muy poco éxito.

 

 

Alfonso XII en la iglesia.

 

Y en su día, en Semana Santa se le mandó asistir a la visita a los sagrarios de Jueves Santo, y a la procesión del Corpus 60 días después, para congraciarse con los sacerdotes y obispos católicos. A un lado del Rey iba Cánovas, y al otro, el Cardenal Primado de España. También se le ordenó asistir a las misas ordinarias de cada domingo.

Para completar la reconciliación con los españoles, se le invitó a ingresar en la masonería, tema absolutamente odiado por los católicos, y Alfonso XII se negó, lo cual fue un gesto que se publicó abundantemente, llegó a Roma y a las diócesis españolas, y gustó mucho al clero español. Sobre la masonería había una serie de mitos y leyendas absurdas, como que era anticatólica, anticristiana, y se aprovecharon estas leyendas y creencias populares para dar más atractivo al nuevo Rey, que “se negaba a actuar contra los católicos”.

 

 

Alfonso XII adoctrinado.

 

Sobre los liberales, se le enseñó al Rey que debía abandonar las ideas de su abuela y de su madre de que el Rey podía repartir regalos y prebendas entre sus allegados, y excluir permanentemente a los liberales. Se le enseñó que no debía repartir dinero por donde pasaba, para que el pueblo le aclamara. Se le enseñó que esa imagen era la de un Rey antiguo. Se le dijo que, en el nuevo sistema liberal, el Rey debía declararse al margen de las discusiones políticas, debía soportar las crisis políticas sin intervenir, debía dejar actuar a unos y otros partidos políticos mientras éstos no rompieran las reglas del juego, es decir, mientras no acudiesen a la violencia o violasen las verdades-madres.

Y en este campo, Alfonso, que no sabía demasiado del tema, fue dócil, incluso cuando Cánovas le negaba caprichos por no considerarlos convenientes para mantener la imagen y la seguridad personal del Rey.

En febrero de 1875, Cánovas estaba contento de cómo le respondía el jovencito Alfonso XII, de cómo se estaban evitando las camarillas palaciegas y habían desaparecido los favoritismos y la pléyade de aduladores de alrededor del Rey.

El único problema que quedaba pendiente era que Alfonso era adicto al sexo y se escapaba de palacio por las noches, con grave riesgo de su persona, por lo que se decidió casarle cuanto antes intentando con ello evitar un posible escándalo.

 

 

Los apoyos de Cánovas en 1875.

 

Los grupos de apoyo a Canovas eran:

Los católicos intransigentes capitaneados por el ministro Orovio, de los que hablaremos más tarde.

Los generales, a los que se les seguiría reconociendo su papel de prohombres representantes de los grandes intereses de la nación española, pero ahora prefiriendo que los gobiernos de civiles fueran la norma y no la excepción. Para asegurar el sometimiento de los generales, el Rey fue convertido en jefe del ejército y defensor de los intereses militares. Resultó que Alfonso XII, y su hijo Alfonso XIII años más tarde, tal vez porque estaba de moda Bismarck y el militarismo alemán, tenían mucho gusto por vestir los uniformes militares, se aprendieron las ordenanzas militares y actuaban como verdaderos militares. Los generales estaban contentos con un hombre que prometía acabar la guerra, e imponer el orden público.

Los grandes caciques, para los que la alternancia de partidos suponía disfrutar del poder alternativamente, pero de forma segura, no estuvieron tan satisfechos. Pero pronto entendieron que todo permanecería igual, guardando las formas oportunas. Lo uno compensaba lo otro.

 

 

La guerra carlista en 1875

 

En 22 de enero de 1875, Alfonso XII fue al frente del norte e hizo una alocución en Peralta (Navarra), en el límite de la ribera de la Navarra media, cerca del frente de guerra. Era una provocación y una campaña para desmotivar a los seguidores carlistas: se declaraba católico, el gran arma dialéctica esgrimida por los tradicionalistas, pero constitucional, e invitaba a los habitantes de las cuatro provincias sublevadas a deponer las armas. Insinuaba que, si lo hacían, se respetarían los fueros.

En febrero de 1875, los ejércitos liberales avanzaron hasta el curso bajo del Arga, y fijaron la línea de combate muy cerca de Pamplona. Los carlistas abandonaron entonces el sitio de Pamplona en el que estaban desde agosto de 1874. Era una derrota carlista.

En marzo de 1875, Cánovas obtuvo de Cabrera que éste reconociese públicamente a Alfonso XII. Era una nueva derrota del carlismo.

Y ya durante todo el año 1875, el ejército de Cánovas estuvo avanzando, lentamente, pero siempre hacia adelante: El 6 de julio capituló Cantavieja (Teruel), un pueblo en las montañas de El Maestrazgo que los carlistas habían convertido en escuela de cadetes y taller de reparación de armas. El 18 de julio se rindió El Collado de Chelva en Valencia. Eran pequeñas pérdidas, pero constantes, y los carlistas decidieron que debían unir todas sus fuerzas para poder contraatacar. Decidieron que los carlistas catalanes y navarros debían acudir juntos a Huesca, y unirse a los aragoneses. Pero la caída del Maestrazgo en pleno, hizo inútil esta iniciativa carlista, pues las fuerzas carlistas quedaban separadas en dos zonas, la catalana y la vasca.

Los generales Arsenio Martínez Campos, y Joaquín Jovellar Jover, decidieron eliminar primero el núcleo más débil, Cataluña. El 19 de marzo tomaron Olot (Gerona) en el Pirineo oriental, y el 26 de agosto Seo de Urgell, en el Pirineo de Lérida, lo cual cortaba los accesos a Francia en los que se basaba la guerrilla catalana. Los carlistas desaparecieron de Cataluña.

Quedaba el país vasconavarro. En esa zona, Carlos VII tenía 33.860 soldados de infantería, 1.808 caballos y 79 cañones. Alfonso XII les atacaba con 78.782 hombres, 2.651 caballos y 92 cañones a los que incorporó fuerzas llegadas desde Cataluña y El Maestrazgo.

El 7 de julio de 1875 se produjo la primera derrota importante de los carlistas en los Montes de Zumelzu, 9 kilómetros al sudoeste de Vitoria, y los carlistas abandonaron Álava. Aguantaron hasta fines de 1875, pero en franco retroceso.

 

 

El proteccionismo.

Orovio

 

El 27 de julio de 1875 tuvo lugar la realización de unos de los principales objetivos de los conservadores durante la Restauración: el decreto Salaverría eliminaba el arancel Figuerola de 1869 que preveía desmantelamiento progresivo del proteccionismo para 1881. El 17 de julio de 1877 se dictaría un nuevo arancel más proteccionista, y el 17 de julio de 1879 sería confirmado por ley. El 24 de diciembre de 1890 se iría a un proteccionismo mucho más fuerte todavía.

 

 

La convocatoria de elecciones.

 

A primeros de septiembre de 1875, Cánovas se planteó convocar elecciones. Sagasta exigió el principio de “un hombre, un voto”, es decir, sufragio universal, porque esa era la legalidad vigente, lo que decía la última Ley electoral. Ello podía romper el consenso recién estrenado entre los dos, porque Cánovas no quería el sufragio universal para su sistema de gobierno, pero tampoco quería la ilegalidad. Se inventó una treta: se harían las elecciones por sufragio universal pero no las haría el Gobierno de Cánovas. Cánovas dimitió. La convocatoria de elecciones de septiembre de 1875, la hizo el nuevo Presidente de Gobierno, Jovellar. Las elecciones, ya las hizo Cánovas en un nuevo Gobierno.

Las elecciones fueron convocadas de acuerdo a la ley vigente de 1870, que era de sufragio universal, aunque ya se anunciaba que este decreto se iba a modificar si se aprobaba la Constitución.

 

 

Reorganización política en 1875.

 

El panorama político en 1875 se podía resumir en cuatro puntos:

Continuaba la guerra carlista, y seguiría hasta 1877.

La situación económica española mejoraba.

Los ambientes de inestabilidad y sublevaciones militares y populares habían desaparecido.

Faltaba mucho trabajo legislativo como una nueva Constitución, unos nuevos partidos, celebrar unas elecciones y dictar las leyes precisas para organizar la vida política.

Los progresistas y demócratas hablaban de dictadura de Cánovas porque Cánovas se imponía a cada uno de los Ministros de su Gobierno y gobernaba sin Cortes y por Decreto.

Pero Cánovas necesitaba algún tiempo para renovar la Administración, eliminar algunas instituciones, y crear otras nuevas. Mientras tanto, no quería que la oposición interviniese demasiado: hacía una censura de prensa discreta para evitar la propagación de las ideas republicanas, suprimió los jurados que habían instituido los demócratas, hizo decretos para el mantenimiento del orden público, tomó medidas proteccionistas en economía. Era un sistema autoritario que preparaba la llegada del sistema canovista definitivo.

Los amigos de Cánovas decían que se había alcanzado un grado de libertad como pocas veces había existido en España, pues nadie era acusado por sus ideas ni por motivos políticos, todos los políticos tenían sus opciones, todos dialogaban y se trataban como camaradas, lo cual era verdad entre partidos centristas. Y así, Cánovas tenía el suficiente respaldo para continuar.

Cánovas se propuso reorganizar los partidos y hacer después unas elecciones a Cortes constituyentes. Cánovas dialogaba con todos porque consideraba que su trabajo era “aunar voluntades”.

Mientras tanto, y hasta lograrlo, gobernaba por decreto, lo cual era una actitud autoritaria, pero que se prometía transitoria. Era un régimen autoritario, pero Cánovas nunca acusó a nadie por motivos políticos ni personales, y llegó a generar un clima en el que fue posible el diálogo, diálogo entre políticos, y entre los distintos políticos y Cánovas.

El 18 de mayo de 1875 se restableció la legalidad de las asociaciones que aceptaran la monarquía.

 

 

El proyecto de un gran partido de oposición.

 

Durante el Sexenio, se había desintegrado el Partido Progresista Democrático, los demócratas, y tras 1874, aparecían divididos en tres grupos:

Grupo independiente, de Cristino Martos.

Sector intransigente, de Manuel Ruiz Zorrilla (que estaba en el exilio).

Y lo que, a partir de diciembre de 1882, sería Izquierda Dinástica, de Segismundo Moret Prendergast.

Cánovas les exigió que se organizasen como un solo partido de oposición, abandonando la costumbre de mantener múltiples tendencias independientes. Si se unían, les ofrecía alternativas de gobierno.

Cánovas se puso a buscar un líder que pudiera realizar la idea de un partido de oposición: buscó primero a Ruiz Zorrilla, líder de izquierda radical, pero éste se declaró republicano y se negó en redondo a colaborar en un régimen monárquico. Además, había colaborado con Amadeo, y estaba un poco desprestigiado por ello. Ruiz Zorrilla se negó a colaborar con Cánovas y con el proyecto que éste le presentaba, se declaró republicano y llamó “tibios” a los canovistas, con lo cual se autoexcluía como colaborador.

Buscó luego al general Francisco Serrano Domínguez, duque de la Torre, pero encontró que este hombre no tenía la confianza de todos los grupos de la oposición y no podría liderar la oposición. Serrano no tenía don de gentes, ni madera de líder. Había sido un buen general, pero no valía en el terreno de la política. Entendía más bien en materia de imponerse, para lo cual pensaba en una dictadura militar.

Encontró por fin a Práxedes Mateo Sagasta un partidario del sufragio universal y de la Constitución de 1869, llegando con él a un acuerdo de que las discusiones sobre diferencias políticas se harían después de aprobar una nueva Constitución hecha por consenso. Sagasta, era un Ingeniero de Caminos que odiaba la palabrería, la literatura y la historia, y sólo creía en el progreso y la construcción de cosas concretas. Nunca llegó a ser amigo de Cánovas, pero fue su mejor colaborador.

No podían congeniar: Cánovas era un intelectual puro, miembro de todas las asociaciones culturales importantes y era un elitista. Sagasta era un hombre práctico, ingeniero de caminos que odiaba la literatura y las reuniones entre eruditos, hablaba al estilo del pueblo y presumía de no leer, creía que el progresismo era lo mismo que el progreso técnico, despreciaba la historiografía. Sagasta discrepaba con Cánovas en que creía necesario el sufragio universal, y en que creía en la Constitución de 1869 sin que fuera necesaria una nueva, aunque admitía que se podían reformar uno o dos artículos para posibilitar la monarquía de Alfonso XII. Cánovas y Sagasta siempre se tuvieron mutua antipatía.

El paso adelante de Sagasta fue un gran triunfo para Cánovas. Nunca fue amigo de Cánovas, pero con él, Cánovas tenía asegurado el sistema del turno de partidos.

 

 

El proyecto de un gran partido moderado.

 

En 1875, Cánovas se puso a trabajar duro en la formación de un Partido Liberal Conservador, proyecto ya iniciado unos años antes y decidió dejar el estilo dictatorial, algo que muy pocos hombres estuvieron dispuestos a aceptar una vez que habían llegado al poder dictatorial. Así que Cánovas decidió que era el momento de inflexión: había que reunir unas Cortes y para ello tenía que convocar elecciones según la Constitución vigente, la de 1789. El problema era que esa Constitución había consagrado el sufragio universal y a Cánovas no le gustaba. Y de ninguna manera podía hacer las elecciones con sufragio censitario, porque se saltaría la Constitución y rompería con Sagasta, el cual repetía sin cesar “un hombre, un voto”.

En septiembre de 1875, Cánovas reunió al Consejo de Ministros para consultar cómo debían ser las elecciones próximas a celebrar. Cada uno opinó lo que quiso. Cánovas dijo que no se sentía respaldado por su equipo de Gobierno y presentó su dimisión al Rey, siguiendo que se nombrase Jefe de Gobierno a Jovellar, entonces Ministro de Guerra, un militar sin pretensiones políticas que podía hacer las elecciones por sufragio universal, para luego volver él, Cánovas.

 

 

Los católicos intransigentes.

 

En el “arte de lo hacedero”, Cánovas veía con preocupación a unos tradicionales grupos intransigentes, los católicos ultras, que no aceptarían de ningún modo a los liberales o fusionistas, que exigían un Gobierno de conservadores, que hiciera política bajo la moral católica que ellos dictaban, aconsejados por sus directores espirituales. Pero, de momento, Cánovas gobernaba con ellos.

Los católicos, como Manuel Orovio Echagüe, identificaban catolicismo con moralidad, y acatolicismo con revoluciones e inmoralidades. Este maniqueísmo conducía al integrismo político. Cediendo ante ellos, el Gobierno de Cánovas decidió suprimir la libertad de cátedra que, según la forma de pensar de estos intransigentes, podía perjudicar a la Iglesia Católica y, con ello, al Estado. Los obispos españoles, muy ultras en su mayoría, presionaron para que se decretase la unidad religiosa (obligación de profesar la religión católica), pero Cánovas se negó en redondo y mantuvo la tolerancia hacia otras creencias religiosas. La Iglesia Católica se negó a colaborar con Cánovas y se mantuvo en esta postura hasta 1883.

El líder de la derecha católica era Alejandro Pidal y Mon[3], de pensamiento neotomista fuertemente contrario a todo el modernismo.

El intelectual católico de más prestigio fue Marcelino Menéndez Pelayo, que reivindicaba los valores tradicionales de la España evangelizadora, luz de Trento, espada del pontífice y cuna de San Ignacio de Loyola. Pero Menéndez Pelayo, como buen intelectual, respetaba a sus enemigos intelectuales como Vicens Vives, y no era integrista. No era esa la postura de quienes enarbolaban a Menéndez como bandera católica intelectual, los integristas.

El partido católico “Unión Católica” que pensaba que debía hacer política dirigido por los obispos, se decía tan enemigo del integrismo como del carlismo. Quizás quería decir que renunciaba a la violencia física contra los no católicos, pero eso no implicaba la radical oposición política y social contra los liberales en general. Es decir, sí era integrista aunque no fuera violento.

Y los católicos intransigentes reclamaron lo suyo: Los del Partido Moderado hicieron una campaña contra Cánovas desde la Universidad hablando de la necesaria unidad católica, el restablecimiento de la Constitución de 1845 y la conveniencia de que volviera de Isabel II.

Cánovas lo pasó mal porque no quería enfrentarse a los moderados católicos, sino hacer una monarquía por encima de los partidos, que valiese tanto para moderados como para liberales. Estamos sugiriendo que los moderados eran muy poco liberales. Cánovas no quiso intervenir directamente, y creyó que debía dejar el problema para cuando se discutiese la nueva Constitución. El tema quedó en manos del Ministro de Fomento, Manuel Orovio, el Ministro que gestionaba la enseñanza. Este Ministro era Moderado e integrista católico, lo cual perjudicaba en este tema a Cánovas.

 

 

El Decreto Orovio.

 

El 25 de febrero de 1875 Manuel Orovio, Ministro de Fomento, firmó un Real Decreto sobre la enseñanza, que sería muy polémico. Era la segunda reforma de la enseñanza del mismo protagonista, Orovio. La primera, había sido en 1867. En 26 de febrero de 1875 apareció publicado este segundo Decreto. En él, se obligaba a los catedráticos a presentar a la autoridad competente su plan de estudios y libros de texto a utilizar, y a ceñirse a los libros de texto que previamente habían sido autorizados por el Gobierno, lo que equivalía a ser autorizados también por la Iglesia Católica.

Con la misma fecha, los Rectores de Universidad recibieron una circular para que prohibiesen enseñanzas contrarias a los dogmas de la religión católica y a la monarquía, tanto en la Universidad como en los Institutos de Bachillerato que dependían de cada una de ellas. El Decreto restablecía disposiciones de 1857, un salto atrás de 20 años. El pensamiento de Manuel Orovio, ministro de Fomento, quedaba muy claro en la circular: “Que vigile V.S. con el mayor cuidado para que en los establecimientos que dependen de su autoridad no se enseñe nada contrario al dogma católico ni a la sana moral, procurando que los profesores se atengan estrictamente a la explicación de las asignaturas que les están confiadas, sin extraviar el espíritu dócil de la juventud por sendas que conduzcan a funestos errores sociales… Por ningún concepto tolere que en los establecimientos dependientes de ese rectorado se explique nada que ataque, directa ni indirectamente, a la monarquía constitucional, ni al régimen político, casi unánimemente aprobado por el país… Si, desdichadamente, V.S. tuviera noticia de que alguno no reconoce el régimen establecido o explicara contra él, proceda sin ningún género de consideración a la formación de expediente oportuno”[4].

Probablemente, los moderados no estuviesen intentando volver a un catolicismo férreo e inquisitorial. Es muy posible que lo que buscaran fuese dinamitar los puentes que Cánovas estaba tendiendo a los moderados y unionistas para construir un sistema político nuevo, en el que el Partido Moderado tradicional perdería su ascendencia sobre la monarquía, y tal vez sobre la Iglesia. Y por su parte, Orovio quería eliminar a Eugenio Montero Ríos, un catedrático del Partido Radical que había sido Ministro de Justicia durante el Sexenio y era el responsable de las Leyes del Matrimonio Civil y de la Libertad de Enseñanza.

Pero Montero Ríos era un hombre en el que tenía mucho interés Cánovas, para hacer creíble un sistema político que valiese para moderados y progresistas, para conservadores y liberales. Era una lucha entre ministrables. Una crisis en las altas esferas.

Algunos catedráticos protestaron contra este ataque a la libertad de cátedra e incluso dimitieron de sus cátedras:

Cánovas estaba pillado entre la espada y la pared con la jugada de Orovio. O prescindía de los moderados, o de los progresistas. Y Cánovas optó por mantener la imagen de unidad de criterio de todo el Gobierno que él presidía, y decidió no botar a Orovio.

El 5 de marzo de 1875 fueron depurados los catedráticos de la Universidad de Santiago: Augusto González Linares, de Historia Natural, y Laureano Calderón, de Farmacia.

El 19 de marzo, Emilio Castelar (1832-1899), catedrático de historia en la Universidad de Madrid, renunciaría a su cátedra en solidaridad con ellos. El 25 de marzo hizo lo mismo Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), catedrático de Filosofía del Derecho y Derecho Internacional en la Universidad de Madrid.

La reacción de Cánovas fue altiva: decidió confinar a Giner de los Ríos en el castillo de Santa Catalina en Cádiz. y ante ese gesto desproporcionado, renunciaron a sus cátedras Gumersindo de Azcárate (catedrático de Economía Política y Estadística), Nicolás Salmerón Alonso (catedrático de Metafísica), Eugenio Montero Ríos (catedrático de Derecho Canónico), Francisco de Paula Canalejas Casas (catedrático de Historia de la Filosofía), José Canalejas Méndez (catedrático de Literatura), Miguel Morayta Sagrario (catedrático de Historia de España y Universal) y Laureano Figuerola Ballester (catedrático de Economía Política y Derecho Político).

Francisco Giner de los Ríos propuso a los profesores expulsados o dimitidos, el crear una “Universidad Libre”, donde se pudiera hablar de los temas que parece que molestaban al Gobierno. Sería una Universidad privada. A últimos de mayo y primeros días de junio de 1875, tenía redactados unos estatutos, en fase de proyecto y en 1876 apareció la Institución Libre de Enseñanza ILE.

 

 

El efímero triunfo católico.

 

En cuanto a los enseñantes religiosos, éstos volvieron a abrir sus colegios y ocupar una parte importante de la secundaria. Aparentemente habían ganado una batalla los católicos y los antiguos moderados, que recordaban tiempos de Narváez.

Podemos afirmar que 1875 representó un retroceso de las libertades, pues no sólo se impuso la intransigencia católica en la enseñanza, sino que el ejército fue dominado por mandos que eran conservadores notorios, la prensa fue reprimida, muchos partidos políticos fueron ilegalizados, se abolió el matrimonio civil, los templos protestantes fueron cerrados y se impulsó el caciquismo como sistema político.

Cánovas había sido derrotado en su proyecto de colaboración de todos los partidos políticos, en cuanto se quedaban con él los moderados y unionistas y perdía a todos los partidos de izquierda moderada. Y sabía que los problemas le venían desde los moderados, sus teóricos aliados. No estaba en su mejor momento.

Pero ello no es suficiente como para concluir que los moderados habían triunfado. Era un triunfo efímero: Los antiguos moderados no consiguieron restablecer la Constitución de 1845, prohibir los cultos no católicos, ni la vuelta a España de Isabel II. Cánovas se negó a ello. En la Universidad nació una chispa de disconformidad con el conservadurismo español, que cuajaría primero en la ILE, y después en otros movimientos sociales y políticos, de mucha más trascendencia de lo que los pequeños acontecimientos diarios parecían mostrar. A largo plazo, se inició un gran fracaso católico.

Para los moderados Orovio, Castro y Cárdenas, las reformas eran insuficientes. En la siguiente remodelación de Gobierno, no estaría ninguno de estos tres Ministros en el Gobierno.

 

 

Retorno al proyecto de colaboración.

 

Cánovas comprendió que necesitaba un colaborador en las izquierdas, o nunca sacaría adelante su proyecto de convivencia pacífica de derechas e izquierdas. Pensó en Ruiz Zorrilla, y luego en Emilio Castelar, y más tarde en Cristino Martos, y por fin en Práxedes Mateo Sagasta.

Sagasta estaba a medio camino entre los alfonsinos y los radicales unitarios de Ruiz Zorrilla y Cristino Martos. Era líder del Partido Constitucional.

La aceptación de Sagasta como líder del partido de alternativa, se hizo pública en un artículo en La Iberia, en 1875, en el que se afirmaba que el Partido Constitucional aceptaba a Alfonso XII, pero que siempre seguiría defendiendo la Constitución de 1869.

Los miembros del Partido Constitucional se dividieron: unos pocos aceptaron a Alfonso XII: Alonso Martínez, Alejandro Groizard, Manuel Silvela, Santa Cruz, Bruil, Fernández de la Hoz, Aurioles, Candau, Martín de Herrera. El 16 de mayo de 1875, se convocó una reunión de miembros del Partido Constitucional para discutir posiciones. Los miembros más conservadores del Partido Constitucional creían que su líder seguía siendo Serrano, y que lo que se estaba haciendo era expulsar a Serrano del Partido Constitucional. Rompieron con Sagasta y se pasaron al canovismo.

 

 

El Proyecto Constitucional.

La puesta en marcha del sistema canovista.

 

Cánovas aprovechó el momento en el que se le acercaban miembros del Partido Constitucional y convocó una reunión para el 20 de mayo, e hizo que los disidentes del Partido Constitucional firmaran también la convocatoria. Se estaba fraguando el pacto entre conservadores y liberales.

El 18 de mayo, La Gaceta publicó una declaración del Gobierno por la que se permitía hablar, en esa reunión, de un Proyecto Constitucional nuevo, y la prensa quedaba autorizada a plantear problemas y discusiones políticas sobre el tema. Los partidos quedaban autorizados a hacer propaganda a favor y en contra del proyecto.

La reunión de 20 de mayo de 1875 tuvo lugar en el edificio del Senado.

Habían sido convocados ex senadores y ex diputados y asistieron unos 330 conservadores, 81 unionistas, 39 disidentes del Partido Constitucional, 43 revolucionarios de 1868 de otros partidos, y otros 51 más, que sumaban 544 personas, según Pi y Margall. Fernández Almagro dice que sólo había 341 personas. Miguel Artola dice que fueron 356 los asistentes ese primer día, y que posteriormente se adhirieron, pero no estuvieron presentes el 20 de mayo, otras 238 personas. Las cifras oficiales de aquella reunión hablaron de 600 participantes. Es igual para nosotros. El caso es que un grupo muy nutrido de políticos estuvo en la reunión organizada por Cánovas, lo que consideramos el inicio del sistema canovista. Había representantes  procedentes de los alfonsinos, de los moderados históricos, de los unionistas, de los progresistas puros, de los constitucionales de Sagasta, de los radicales de Ruiz Zorrilla y de los demócratas.

En teoría, estaban allí para hacer un balance de la experiencia republicana, pero Cánovas trabajó mucho en los despachos en esos días:

Se puso a negociar con ellos por separado, con cada grupo por separado. El resultado fue la obtención de una Comisión de Notables, 39 prohombres, que debían redactar un anteproyecto de Constitución por acuerdo y votaciones entre todos ellos. Debían fijar las bases de la nueva legalidad, y designar una ponencia de 10 prohombres que redactara el Anteproyecto de una nueva Constitución.

 

El presidente del grupo redactor del Proyecto Constitucional fue Manuel Alonso Martínez, un liberal partidario de la unión de todos los liberales. La idea de Cánovas era buscar la “constitución interna”. En el grupo que había de elaborar el proyecto no había militares ni jueces, pues se pretendía que fuera la primera Constitución dada por civiles exclusivamente. Este grupo de trabajo terminó el proyecto en julio de 1875, seis meses antes de convocar elecciones.

El trabajo de redactar la Constitución obligó a los adversarios de Cánovas a organizarse en partidos con el fin de hacer bloque en las discusiones constitucionales y en las votaciones posteriores.

La nueva Constitución, debía basarse en las costumbres y tradiciones, usos y convenciones sociales españolas, es decir, en la “constitución interna”. La convocatoria a Cortes Constituyentes de diciembre de 1875 y la aprobación de la Constitución de mayo de 1876, dio lugar a una nueva época de la historia de España.

De esa reunión salió una declaración a favor del regreso de Alfonso XII y de la vuelta a la legalidad, como principios esenciales del orden y la libertad.

 

 

Los debates del Anteproyecto Constitucional.

 

En los debates constitucionales que siguieron, Cánovas se enfrentó muchas veces a los moderados, y trató de acercarse a los revolucionarios septembrinos de 1868. La razón de esta postura era que los moderados proponían siempre la “unidad católica”, mientras Cánovas defendía la tolerancia de cultos, lo cual le servía para también acercarse a los liberales. Sometida por fin la cuestión a votación, los moderados perdieron, y entonces no soportaron la derrota y abandonaron todas las comisiones en las que participaban y, en agosto de 1875, se declararon contrarios al anteproyecto constitucional en conjunto.

En lo que había de ser el Partido Moderado, se había producido la ruptura entre una derecha moderna, que no quería ser integrista católica, y una derecha tradicional española, integrista.

 

 

            Anuncio de elecciones.

 

Entonces Cánovas anunció que tenía intención de convocar elecciones constituyentes con la ley electoral vigente, la del Sexenio Revolucionario, es decir, por sufragio universal. Cánovas no creía en el sufragio universal, pero sí en el respeto a la legalidad. Cánovas lanzaba un mensaje: no haría un sistema para las derechas o para las izquierdas, como se había hecho durante todo el siglo en España, sino un sistema que les valiera a ambos, pero respetando siempre la legalidad.

Los Ministros moderados disintieron. Cánovas sometió la cuestión al Rey, y éste decidió que Cánovas continuara en el Gobierno. Los disidentes del Partido Constitucional se quedaron con Cánovas. Y entonces Cánovas hizo público que, desde finales de 1874 había llegado a un acuerdo con Práxedes Mateo Sagasta por el que éste acataba a Alfonso XII y Cánovas acataba la legalidad vigente, y que se estaban ateniendo a lo pactado.

A primeros de septiembre de 1875, hubo crisis de Gobierno. Cánovas no convocaría elecciones por sufragio universal, pero daba paso a un Gobierno que sí que las haría.

 

 

 

[1] Antonio Cánovas del Castillo, 1828-1897, había estudiado Derecho y era aficionado a la Historia. Estaba en 1854 en Unión Liberal. Se comprometió en el golpe de Vicálvaro  y en el Manifiesto del Manzanares. En 1865 había sido ministro de Ultramar, pero se apartó de los gobiernos excesivamente conservadores, represivos, de los últimos años de Isabel II. En 1860 entró en la academia de Historia y en 1867 en la Real Academia de la Lengua. En 1868 era uno de los líderes de la oposición liberal conservadora. En 1873, la depuesta reina Isabel le otorgó poderes para luchar por la corona de Alfonso XII. Fue el redactor del Manifiesto de Sandhurst en 1874 y por eso se hizo cargo del gobierno en diciembre de 1874.

 

[2] Fernando Primo  de Rivera Sobremonte, marqués de Estella, 1831-1921 era tío del conocido Miguel Primo de Rivera, el dictador de 1923. Había reprimido a los liberales sublevados en 1866, y había sabido mantenerse a flote en 1868, argumentando que sólo había guardado el orden y la paz. Fue ministro de Guerra en diciembre de 1874.

[3] Alejandro Pidal y Mon 1846-1913, era hijo de Pedro José Pidal Carniedo, el de la reforma educativa de 1845, y hermano de Luis Pidal y Mon segundo marqués de Pidal. Se casó con Ignacia Bernardo de Quirós y González Cienfuegos, y tuvieron 15 hijos, de los que destacaron Pedro Pidal marqués de Villaviciosa, y Roque Pidal, bibliófilo. En 1874 fundó La España Católica, periódico que en 1875 pasaría a llamarse La España, y en el que atacaba a Cánovas por demasiado liberal, y le culpaba de haber dado la libertad de cultos en la Constitución de 1876. En 1877 hizo campañas contra los profesores ILE que culpaban al catolicismo y a la Inquisición del atraso cultural de España. En 1881 participó en la fundación de La Unión Católica, sociedad con fines religiosos y sociales. En 1882 participó en La Unión, periódico católico que en 1887 se llamaría La Unión Católica. En 1884 fue ministro de Fomento para Cánovas y reformó las oposiciones a cátedras, la Escuela Normal Central de Madrid, la Facultad de Derecho y el cuerpo de Archiveros Bibliotecarios. Inauguró el paso del ferrocarril por Pajares. Prohibió trabajar a los empleados de Obras Públicas en días festivos.

[4] Citado por Julio Aróstegui en Historia 16, Historia de España 10, junio 1982, pg. 72

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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