EL MINISTERIO REGENCIA DE 1875.

 

conceptos clave: Cánovas, Alfonso XII.

 

 

La madurez de la teoría canovista.

 

Para comienzos de 1875, Cánovas ya había madurado políticamente. Tenía 47 años de edad. Sabía que no bastaba negociar con los otros políticos, que no bastaba jugar al fracaso de los demás, que no bastaban las bellas teorías, y ni siquiera bastaba con crear un ambiente favorable a una causa, en este caso Alfonso XII, para tener éxito. Una teoría política debía ser, en primer lugar, sólida, pero también debía ser fácil de comprender y de explicar, y fácil de llevar a la práctica. Cánovas tenía facilidad para analizar los hechos y capacidad para expresarse, y además, tuvo la suerte de que, cuando se decidió a intervenir en política, las circunstancias le favorecieron, pues Isabel II le pidió ser el Jefe de la causa monárquica, y el Duque de Sesto  estuvo siempre de su lado y en su apoyo. Pero todavía faltaba organizar una trama política y no dejar nada al azar.

El primer paso del plan fue restaurar la monarquía de los Borbones, lo cual le permitía afirmar que su sistema político era legítimo. El segundo paso, era crear un régimen político nuevo que fuera más estable que el isabelino. Para ello, escogió hombres nuevos, casi ninguno del periodo de Isabel II, y decidió que Isabel II no se dejase ver en público en España. También decidió elaborar un sistema de partidos nuevo en el que integró a personajes del Sexenio Democrático, incluso del año republicano. Era un nuevo ensayo tras la democracia del sufragio universal de 1868, el de la monarquía elegida de Amadeo, el de la República, y la dictadura macmahonista de Serrano.

 

 

El Ministerio-Regencia” de Cánovas,

          31 de diciembre 1874 – 9 enero de 1875

 

En los pocos días entre la crisis de Gobierno y la proclamación de Alfonso XII, Cánovas actuó como Regente. Cánovas administraba un Ministerio de Regencia, es decir, tenía interés en proclamar que había vuelto la monarquía y que actuaba en su nombre. Era Jefe de Gobierno y Regente al tiempo, pero sólo fueron 10 días, hasta proclamar al Rey Alfonso XII.

Cánovas asumió un Ministerio Regencia el 31 de diciembre con los siguientes Ministros:

Regente, Antonio Cánovas del Castillo

  Estado, 31 diciembre 1874: Mariano Roca de Togores Carrasco, marqués de Molins, interino / 5 de enero de 1875: Alejandro de Castro (canovista de pasado moderado).

Guerra, Fernando Primo de Rivera Sobremonte, interino / 3 enero 1875: Joaquín Jovellar Jover[1] (moderado pactista y Jefe del Ejército del Centro)

Marina, Mariano Roca de Togores Carrasco, marqués de Molins (de Unión Liberal).

Hacienda, Pedro Salaverría Charitu (de Unión Liberal).

Fomento, Manuel Orovio Echagüe, marqués de Orovio  (moderado narvaísta)

Gracia y Justicia, Francisco de Cárdenas Espejo[2], (moderado).

Gobernación, Francisco Romero Robledo[3] (progresista templado, partidario del pacto con los moderados)

Ultramar, Francisco Romero Robledo, interino. / 3 enero de 1875: Adelardo López de Ayala (progresista).

 

El nuevo Gobierno de Cánovas era un Gobierno de coalición, de moderados, unionistas, algún progresista y un militar, algo que no había ocurrido en España hasta entonces, integrado por:

Tres moderados: en Estado, Alejandro Castro; en Gracia y Justicia, Francisco de Cárdenas Espejo;  en Fomento, Manuel Orovio Echagüe, marqués de Orovio.

Dos que eran unionistas: en Marina, Mariano Roca Togores, Marqués de Molins; en Hacienda, Pedro Salaverría Charitu.

Dos más que eran progresistas: en Gobernación, Francisco Romero Robledo; en Ultramar, Adelardo López de Ayala.

Y uno que era militar puro: En Guerra, Joaquín Jovellar Soler.

La situación era tan insólita que los “enterados” del momento decían que aquel sistema no duraría ni una semana. Pero Cánovas tenía la situación preparada desde hacía tiempo y no había sorpresas para nadie, no se trataba de una improvisación. El sistema duró 56 años.

Cuando se reunieron por primera vez los Ministros, les repitió a todos que en la nueva política había sitio para todos, siempre que hubiera respeto mutuo, y que el problema consistía en que era la primera vez que distintas ideologías tenían que convivir, por lo que pedía que no hubiera salidas de tono ni defecciones en ese año 1875. Quizás los puntos más ásperos eran que todavía algunos desconfiaban de Cánovas, un hombre que se había hecho conocer en 1848-1868, pero había pasado desapercibido en 1868-1874, cuando hubo tantos problemas y se le necesitaba tanto, y en segundo lugar, que Cánovas nunca había sido Jefe de Gobierno y no se sabía cómo reaccionaría cuando tuviera el poder en sus manos. En años sucesivos, superado el periodo de prueba, en el que Cánovas demostró moderación, transigencia y concordia, todo fue más tranquilo.

La persona más relevante del equipo de Cánovas fue sin duda ninguna Francisco Romero Robledo, Ministro de Gobernación. Era un hombre sin escrúpulos, que organizó los fraudes en las elecciones durante los diez años siguientes, mediante cuadrillas de electores, llamadas por entonces “escuadras de votantes”, que iban por los distintos distritos electorales votando a nombre de personas ausentes o muertas, que figurasen todavía en el censo electoral, por defectos de la burocracia. No se molestaban en quitar de la lista de electores a muertos y emigrados, pero sí de elaborar la lista de ausentes definitivos para poder votar en lugar de ellos. El trabajo era bien pagado, aunque se corría el riesgo de agresiones en algún momento. El fondo de la cuestión se aclaró en 1875, cuando Romero Robledo se casó con la hija de Julián Zulueta, Josefa Zulueta Samá, el mayor hacendado cubano, negrero y comerciante de productos españoles para Cuba, y productos cubanos para España. La mujer de Cánovas, Joaquina Osma de Zabala, mantuvo una gran amistad con la mujer de Romero Robledo. Es decir, Romero Robledo estaba bien relacionado con los hacendados cubanos, y con Cánovas. Por otra parte, Romero Robledo es calificado como “cacique de caciques”, el hombre que daba cargos y regalos por toda España, y por supuesto, dejaba por todas partes estómagos agradecidos. Por supuesto, los partidos en los que militó, fueron una cuestión secundaria: en 1862, cuando creía que el futuro era de Unión Liberal, fue de Unión Liberal. En 1868 cuando triunfó la revolución de septiembre, se hizo del Partido Constitucional de Sagasta, y llegó a Ministro de Fomento el 20 de febrero de 1872, reinando Amadeo I. En 1873 se hizo partidario de Alfonso XII y canovista, y en el primer Gobierno de Cánovas en 31 de diciembre de 1874, fue Ministro de Gobernación. Cuando Cánovas le marginó, se propuso crear el partido alternante en el poder, y creó en 1886 el Partido Liberal Reformista, que fracasó. Y entonces, en 1890, se pasó de nuevo al Partido Conservador. A la muerte de Cánovas en 1897, se negó a servir al nuevo líder del Partido Liberal Conservador, y se hizo su propia facción, la romerista, para vender los votos de sus diputados como mejor convenía. Siempre se opuso a la abolición de la esclavitud en Cuba. Esa era su verdadera labor desde el Gobierno.

Lo primero que hizo el nuevo Gobierno fue telegrafiar al Príncipe Alfonso a París para que se presentase en España cuanto antes.

 

 

Eliminación de la oposición.

 

Cánovas no quiso en el Gobierno a los hombres que habían dado el golpe a favor de Alfonso XII, que eran los moderados más de derechas. Cánovas acusaba a ambos de poner en peligro el alfonsinismo, pues en caso de fallar el golpe, hubieran legitimado la dictadura de Serrano, y dejado sin fecha el advenimiento del príncipe Alfonso. Pero en realidad, no quería un Rey dependiente del Partido Moderado.

Arsenio Martínez Campos fue ascendido a Teniente General y nombrado Capitán General de Cataluña, lo que le enviaba fuera de Madrid. Con ello, fue quitado de en medio.

Blas Villate de la Hera, II conde de Balmaseda[4], que también se había pronunciado en Ciudad Real en apoyo de Martínez Campos, fue enviado a Cuba.

La exclusión de Martínez Campos se dejó notar mucho, pues éste preparaba una entrada triunfal de Alfonso XII en Madrid a la que Cánovas se opuso, y más tarde no tuvo participación alguna en el Ministerio Regencia.

Y se quiso dar la impresión de que el golpe de Estado había sido dado por Martínez Campos y Blas Villate en coordinación con Cánovas, y de que no había sido un desbarajuste, como hubiera parecido si Martínez Campos hubiera sido castigado por no guardar la disciplina golpista de Cánovas.

Se trataba de imponer un espíritu de transigencia y concordia, de armonía entre orden y libertad. Incluso se ofreció un pacto a los carlistas, ya casi vencidos, siempre que estuviesen dispuestos a jugar limpio.

Al tiempo, se depuraba, a los generales demócratas como Domingo Moriones Murillo (que fue enviado como Capitán General a Filipinas), José Lagunero Guijarro (que fue confinado en Lisboa y luego apartado del ejército por haber abandonado esta ciudad), Cándido Pieltain Jove-Huergo, Carlos Palanca Gutiérrez (moríría en 1876), Fernando Pierrad Alcedar (hermano de Blas Pierrad, el republicano) y a otros militares, a los que se consideraba incompatibles con el orden y la libertad.

También se depuraba a los catedráticos de Universidad que no aceptaban los principios del Gobierno y de la Iglesia Católica.

La razón de estas depuraciones es que Cánovas quería un Rey jefe de todo el ejército (no de parte de él como venía sucediendo desde Espartero, y como podía repetirse con Martínez Campos) y Rey de todos los españoles (y no de un partido o dos, como se había intentado con Amadeo).

 

 

El partido de Cánovas.

 

Un partido político correcto, que sirva a los intereses generales del país, y no sea una oficina para repartir prebendas entre los suyos, no se improvisa de la noche a la mañana. Necesita acuerdos entre personas, y los acuerdos no son posibles si no van sustentados en ideas racionales y sostenibles en el tiempo, si no respetan tradiciones y creencias y al tiempo destruyen las que son incompatibles con el progreso, y sin elaborar un programa escrito que de fe de lo que se pretende en común. Son precisos expertos intelectuales de todas las materias que conforman la realidad económica, social y cultural del país. Y son precisos hombres y mujeres dispuestos y preparados para gestionar el día a día del programa y del partido. Y es preciso que los componentes del partido se coordinen en todo momento, colaboren los unos con los otros, en la realización o en la crítica y redirección de los programas, pues todo suma.

 

 

El programa de Gobierno de Cánovas.

 

Cánovas tenía mucho trabajo por delante:

Eliminar todos los ensayos intentados en 1868-1874 y volver a la Constitución de 1845.

Tomar para sí los cambios que se habían demostrado válidos y oportunos en 1868-1874. Por ejemplo, el Rey debería tener poco poder, como había sido el caso de Amadeo, pero debía ser legítimo y no elegido por las Cortes, sino ratificado por ellas.

Buscar la reconciliación nacional mediante un pacto con los carlistas, a los que ya se había vencido: el pacto consistiría en imponerles unas normas de comportamiento político, de modo que, en adelante, sólo hubiese una bandera monárquica.

Había que reconsiderar el tema del sufragio universal. Podía ser conveniente en el futuro próximo, pero de momento, los católicos serán mayoría en España y éstos ganarían si se daba sufragio censitario. Si el gobierno se declaraba pro católico, se tendría asegurada la estabilidad de los Gobiernos. No obstante, había que poner unas reglas de juego nuevas, de modo que las elecciones fueran limpias y no se cerrara la posibilidad de que un día se accediese al sufragio universal.

Con este programa, Cánovas creía que el régimen político estaría abierto a muchas personas, y cerrado a los agitadores populistas, los permanentemente encastillados en la idea del sufragio universal. La política sería regida por la inteligentzia, y se mantendría al margen de las intervenciones populistas. Podía considerarse un sistema discutible, pero sería estable.

 

 

Relaciones exteriores en 1875.

El complicado rompecabezas europeo.

 

Cánovas necesitaba el reconocimiento internacional de Alfonso XII y el tema no era fácil: el Rey había sido impuesto a los españoles; los europeos no gustaban de los Borbones; los europeos odiaban el clericalismo en general y el de España y los Borbones españoles en particular; los europeos despreciaban a un país como España que era capaz de lanzarse a la violencia cantonal y a la violencia carlista simultáneamente, poniendo en peligro a toda Europa, que mantenía la esclavitud en Cuba, y que sostenía una guerra colonial en ese territorio.

Gran Bretaña temía que Alfonso XII recuperara el ultramontanismo, el integrismo católico, que abandonase el librecambismo y que pusiera con ello en peligro las inversiones inglesas en España. Gran Bretaña buscaba una política de equilibrio continental europeo entre potencias, de modo que ella quedase libre para decidir de qué lado se ponía y, gracias a su dominio del mar, poder decidir qué bando ganaba en cada conflicto.

Gran Bretaña y Francia temían que España se aliase a Bismarck.

Por otra parte, la guerra carlista estaba complicando todas las relaciones, pues el partido católico inglés estaba aportando dinero a los carlistas para la guerra, y banqueros holandeses les estaban facilitando préstamos con el mismo fin, lo cual era contradictorio con la política oficial de sus Gobiernos.

Alemania creía que España tenía ya muy poco peso en Europa, y en 1875 negoció con Francia la coronación de Carlos VII, el carlista, como deseaba Francia. Alemania no tenía ninguna fe en el hijo de Isabel II y nieto de María Cristina de Borbón, ultracatólicas, corruptas y pro esclavistas.

Sin embargo, en 1875 había empezado a debilitarse la Entente de los Tres Emperadores a causa del conflicto de los Balcanes, territorios que deseaban poseer tanto Rusia como Austria. Y el peligro en el este de Europa quizás llevó a querer consolidar el oeste:

El 16 de febrero de 1875, presentaron sus credenciales en España los embajadores de Portugal y Rusia, los primeros que lo hacían. El 17 de febrero lo hicieron Francia y Austria-Hungría. El 24 de febrero lo hicieron Bélgica y Alemania. El 26 de febrero lo hizo Inglaterra. Y el 3 de mayo lo hizo El Vaticano.

Cánovas no quería protagonismo exterior. Se conformaba con que los extranjeros no intervinieran en España. Estaba cómodo en el aislacionismo. Lo cual tendría su lado negativo por cuanto los Estados Unidos decidieron hacer lo que les dio la gana en el Caribe, sin dar explicaciones internacionales. Podía romper las leyes comerciales españolas en el Caribe, podía suministrar armas y hombres para la guerra en Cuba, podía planificar actos de desembarco y tal vez conquista de la isla.

Los historiadores dicen que Cánovas estaba limitando la acción exterior de España a sus posibilidades reales, pues era un país arruinado y con poca capacidad militar y marítima, y el eludir compromisos internacionales representaba menos gastos para el erario español.

Pero Cánovas no quería exactamente el aislacionismo. Quería acuerdos políticos que beneficiasen a España. Lo que no quería eran compromisos que le llevasen a gastos bélicos. Y el compromiso mayor de este tipo era aliarse a Francia, o a Alemania, que estaban enfrentadas abiertamente.

Cánovas era un estudioso que conocía perfectamente el pasado de Europa y temía por el futuro inmediato en el continente: en 1854, Rusia había invadido Crimea y había pedido ayuda a sus aliados, Prusia y Austria, los cuales se negaron a intervenir contra Francia y Gran Bretaña, que habían decidido apoyar a Turquía en la recuperación de Crimea. Las alianzas servían para hacer invasiones injustas y para complicar a los demás en guerras inesperadas.

Por otro lado, Cánovas conocía que el Reino de Italia se había constituido en 1861 sin que nadie interviniese a favor del Papa, que llamaba a la guerra creyéndose con más derechos que los Saboya para reinar sobre Italia. Los franceses le enviaron una fuerza de tipo protocolario, para indicar que si se atacaba El Vaticano, se atacaría al ejército francés. Los españoles, enviaron una fuerza insignificante de apoyo al Papa, para cumplir con su papel de país ultracatólico. Y la no intervención exterior permitió la puesta en marcha de la monarquía de los Saboya.

El Imperio Alemán se constituyó en 1870 aprovechando una guerra, y fue inicio de un punto de tensión, cuando incluyó a Alsacía y Lorena dentro de sus fronteras, mientras los franceses pensaban que esos territorios eran franceses de siempre.

Otro foco de tensión había surgido en los Balcanes, lo que era llamado “la cuestión de Oriente”, porque tanto Rusia como Austria habían percibido la posibilidad de dominar esos territorios y amplias sus respectivos imperios.

Un tercer foco de tensión eran las colonias, tanto en África como en Asia. El problema enfrentaba a todos los países europeos entre sí, pero especialmente a Francia contra Gran Bretaña.

Un cuarto punto de tensiones se centraba en Italia, porque dio en reivindicar un territorio turco, Dalmacia, aprovechando la decadencia de Turquía, y ese territorio eran también codiciado por Austria, que veía una excelente salida al Mar Mediterráneo. Por otra parte, los nacionalistas italianos lloraban la cesión de Saboya que Cavour había hecho a Francia en 1860, y hablaban de recuperación de un territorio “italiano”. Y además, Italia quería colonias en el norte de África, en la zona de Túnez y Libia, enfrente  de sus costas, y Francia reivindicaba esa zona desde Marruecos, mientras Gran Bretaña lo hacía desde Egipto. Para rematar, Francia mantenía una fuerza militar en El Vaticano y ello incomodaba a Italia.

En 1872-1881, cuando en España se instaló el Gobierno conservador de Cánovas, Bismarck consiguió la neutralidad de España y de Italia respecto a sus proyectos europeos, y después buscó la alianza de Austria o de Rusia, para constituirse en la gran potencia del centro de Europa. Austria había sido derrotada por Alemania en 1866 en la Guerra de los Ducados, y aparecía como una potencia inferior a Alemania. Bismarck firmó en 1873 una Convención Militar secreta con Rusia y un acuerdo con Austria, para consultarse en caso de enfrentamiento con un tercer país. En 1874, intentaba el acercamiento a Italia, para cerrar la alianza de todo el oriente europeo.

En 1878 estalló la guerra entre Rusia y Turquía, y Rusia creó el Estado de la Gran Bulgaria con intención de dominar el territorio. Austria exigió inmediatamente la revisión del tratado que había dado lugar al nacimiento de la Gran Bulgaria y logró que se le cedieran Bosnia-Herzegovina, y luego buscó apoyos en occidente, llegando a un acuerdo con Alemania en la Dúplice Alianza de 1879.

En conclusión, cualquier intervención en esta maraña de intereses, era complicada. Y España quería participar en el dominio del norte de África en Marruecos y Argelia, con relaciones comerciales e históricas importantes. Así que la manera de estar a bien con todos que encontró Cánovas, fue no comprometerse con ninguno.

Cánovas no quería ninguna alianza de España con ninguna potencia europea, pues entendía que cualquier tratado entre un país pobre y decadente como España con una potencia mayor, implicaría el infeudamiento de España con esa potencia, la exigencia exterior de participar en guerras que en nada beneficiarían a España, y la tentación interior de emprender nuevas aventuras bélicas de las que España estaba sobrada en el siglo XIX. El ideal de Cánovas era mantener el aislamiento y conseguir la protección de Inglaterra y de Francia.

Cada vez que España firmaba un compromiso, se solía añadir que ello no implicara la intervención en problemas internacionales fuera de las fronteras españolas. Se aseguraba al Estado español o a la monarquía española, pero siempre eludiendo el compromiso de alianzas exteriores.

Hasta 1870, Francia había sido la referencia para España en política exterior. Francia era “Europa” para los españoles. Pero en 1870, Francia había sido derrotada por Alemania y había surgido en España la idea de la superioridad de los pueblos nórdicos sobre los latinos. De ahí surgió la voluntad de no comprometerse con nadie.

 

 

Llegada de Alfonso XII a España.

 

El 9 de enero de 1875, Alfonso XII fue recibido en Barcelona con las calles abarrotadas de público que le vitoreaba. Y lo mismo pasó en Valencia dos días después y otro tanto en Madrid el 14 de enero. Todo había sido minuciosamente preparado y había arcos florales, flores arrojadas a su paso, palomas que se soltaban…

Alfonso XII confirmó a Cánovas en la Jefatura del Gobierno.

Alfonso XII reinaría 10 años, desde 14 de enero de 1875 a 25 de enero de 1885.

 

 

[1] Joaquín Jovellar Soler, 1819-1892, combatió a los insurgentes del Cuartel de San Gil en 1866, se sumó  a los insurgentes en 1868, fue ministro de Guerra en enero de 1875, presidente en septiembre de  1875, ministro de la Guerra de nuevo en diciembre de 1875 con Cánovas, y por tercera vez en 1885 con Sagasta.

[2] Francisco de Cárdenas Espejo, 1817-1898, en sus funciones de ministro de Gracia y Justicia, abolió la Ley del Matrimonio Civil hecha por los revolucionarios del Sexenio. Fue un aficionado al periodismo que fundó Revista Andaluza en 1839, El Conservador en 1839, El Derecho en 1844, dirigió El Globo en 1846, y fundó el Derecho Moderno en 1847.

[3] Francisco Romero Robledo 1838-1906 había nacido en Antequera (Málaga) y era abogado. En 1862 había sido diputado de Unión Liberal. Romero Robledo era un tipo rubio, con barba rubia, pelo ensortijado y con desparpajo andaluz. Había entrado en política asociándose al Pacto de Ostende a última hora. En 1868 se había manifestado en contra de Isabel II e incluso estuvo en el Partido Constitucional de Sagasta en 1871. Fue ministro de Fomento para Amadeo I en febrero de 1872. Fue contrario a la República de 1873-1874. En 1874 era canovista y fue ministro de Gobernación en en diciembre de 1874. Deseaba llegar alto en el poder y se había casado con una Zulueta, de la familia Zulueta, en la que destacaban Julián Zulueta dueño de grandes plantaciones cubanas con cientos de esclavos, y Pedro Zulueta dueño de un banco en Londres en conexión con su hermano de Cuba. Su época gloriosa estuvo en sus tres ministerios de Gobernación de 1874-1879, 1879-1881, y 1884-1885. En 1886 rompió con Cánovas al no querer admitir que se cediera el gobierno al Partido Liberal, y entonces se acercó al general López Domínguez y fundaron el Partido Liberal Reformista, partido que fracasará en 1888. En 1890 Romero Robledo volvió al Partido Conservador y fue ministro de Ultramar en noviembre de 1891. Formaba cabeza de un bando contrario a Silvela, que era el niño bonito de Cánovas. En marzo de 1895 fue ministro de Gracia y Justicia. En 1897, a la muerte de Cánovas, pretendió la jefatura del partido y creó la facción romerista del Partido conservador, pero le fue imposible, y se impuso Silvela. Murió en Madrid en 1906.

 

[4] Blas Villate de la Hera, 1824-1882, II conde de Balmaseda, conocido frecuentemente como Balmaseda, era un vasco que estudió en la academia militar de Segovia, y estaba muy ligado con Cuba, en donde había estado en 1839-1844, en 1860-1865, y en 1866, y volvería en 1875. Era uan figura militar muy conocida porque había estado en el Pronunciamiento de O`Donnell en Vicálvaro, y en la Guerra de Marruecos de 1859-1860, y había estado en la Comisión que fue a buscar a Amadeo I a Italia en 1871.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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