EL CANOVISMO. LA PRÁCTICA.

 

 

Épocas históricas del canovismo.

 

Cuando hablamos de La Restauración, entendemos en historia que nos referimos a una época, la iniciada por Cánovas en 1874 y concluida por la Segunda República en 1931. Fue una época larga, de más de medio siglo. Y lo curioso de ella es que tomó el nombre de Cánovas, canovismo, época de Cánovas, y no de los Reyes Alfonso XII o Alfonso XIII. Y es que Cánovas fue una figura superior a los monarcas de su época. Pero Cánovas murió en 1897 y por ello hablamos de “Restauración canovista” para 1874-1897, y “Restauración borbónica” para el conjunto 1874-1931.

Una primera época, la del reinado de Alfonso XII, 1875-1885, fue de funcionamiento imperfecto del sistema, dado que no había dos partidos grandes conformados, y Cánovas no estaba dispuesto a ceder el poder a otros grupos políticos.

Una segunda época, 1885-1902, Regencia de María Cristina, es la época clásica del canovismo. En 1885 se había producido el gran pacto, o “Pacto de El Pardo” que no existe en ningún documento y que puede que ni siquiera se hiciera en El Pardo.

La tercera época, 1902-1931, reinado de Alfonso XIII, canovismo sin Cánovas, es la de descomposición del sistema canovista, por desaparición, en 1897 y 1903, de los líderes que lo habían inventado y pactado, por excesivo intervencionismo de Alfonso XIII, y por ruptura de los partidos en subgrupos que falseaban todos los principios básicos del sistema. Si el intervencionismo del rey fue necesario por la actitud de los partidos, o la actitud de los partidos se debía al excesivo protagonismo del rey, es una polémica en la que no vamos a entrar aquí.

 

 

El Canovismo y La Restauración.

 

Los historiadores no se atreven a incluir en el canovismo a políticos de tanto peso como Canalejas, Maura, Romanones, García Prieto o Melquiades Álvarez, personajes de la segunda parte de la Restauración, y ello ha significado que desapareciera el término canovista en los tratados sobre la época 1897-1931, pero Cánovas se lo merecía.

Cánovas no fue el único artífice de la Restauración canovista, sino su director, pero hubo otros muchos maestros actuando en esa orquesta. Porque el canovismo no fue una vuelta atrás, sino una nueva época, una nueva manera de entender la política. El término “restauración” parece, en principio, indicar una vuelta atrás, y hubo algunos puntos en que así sucedió, pero lo esencial fue el nuevo modelo político, el impulso hacia adelante. Los enemigos de los conservadores culparon a la Restauración de todos los males del siglo XIX, del conservadurismo burgués, del latifundismo agrario, del caciquismo, de la corrupción electoral, de la falta de inquietudes sociales de los políticos, pero esas afirmaciones deben ser matizadas o negadas, según el caso: algunas de esas lacras son atribuibles a Gobiernos del pasado, anteriores a 1868, que la Restauración intentó arreglar, de algún modo, y hay que decir que la Restauración no acabó con todas esas lacras, pero ahí acaba su responsabilidad. Hay que apuntar en el haber de Cánovas los intentos de lucha contra ellas, y en el debe, la aparición de nuevos políticos corruptos que intentaron favorecerse de los problemas en vez de acabar con ellos.

En la Restauración Canovista, 1874-1897, no hubo golpes de Estado ni traumas de Gobierno, primer punto en el haber del sistema. Hubo paz externa y tranquilidad en el interior, segundo punto en el haber, y con ellas llegó el progreso y se extendió la enseñanza a provincias.

Pero también fue una época de pensadores ramplones, de escritores felices y despreocupados, de cotilleos diarios: de qué pasaba entre Cánovas y Sagasta; qué pasaba entre Alfonso y Mercedes; si era mejor Lagartijo que Frascuelo; si actuaba mejor La Penco que María Sas; si era mejor actor Julián Romea o Antonio Vico Pinto.

Afortunadamente para España, estas discusiones periodísticas vacías sustituían a artículos sobre conspiraciones, sublevaciones y golpes de Estado, propios de la época anterior. Los españoles disfrutaban de la ópera, las fiestas, las kermesses (fiestas de barrio), las recepciones, las cachupinadas con su chocolate o su té servidos junto al piano, de las verbenas con farolillos rojos y su organillo, sus mujeres con mantón de Manila y sus pasodobles, chotís, y también gustaban de los toros y las zarzuelas de Arrieta, Chueca, Bretón o Chapí. Los españoles se divertían aunque ello les pesara a politicastros que preferían el desorden público y las sanciones gubernativas, siempre que las sufrieran los demás. Madrid acababa de abrir sus paseos y alamedas, nuevas calles con árboles a ambos lados de la calle, mucho más acogedoras que las viejas calles desnudas y secas. En la calle se podía hablar de negocios, pintar, buscar contertulios, buscar relaciones para un puesto de trabajo. La vida en la calle era muy intensa en un Madrid de medio millón de habitantes en donde casi todos se conocían.

Mientras tanto, Barcelona se había convertido en la primera ciudad fabril de España, y Bilbao evolucionaba desde la pequeña aldea de principios del XIX a la gran ciudad industrial que sería en el XX.

En general, todas las ciudades españolas estaban haciendo sus acometidas de aguas (llevar al agua a las casas), poniendo sistemas de calefacción central (sistema de calefacción para un bloque entero de viviendas), poniendo luz eléctrica, instalando vías y catenarias para tranvías dotados de trole, acabando los alcantarillados, y los más pudientes, instalándose un teléfono. A todo ello se le denominaba “el progreso”.

En lo intelectual, la época de la Restauración fue patriotera en muchos aspectos: los libros de texto de los centros de enseñanza deformaban la historia para contar hazañas nacionales muchas veces inexistentes, para exaltar todo lo español como superior a lo extranjero. Y las gentes corrientes repetían estos estereotipos en los cafés y las tertulias, como si fueran dogmas de fe. Todo ello vino en perjuicio de los españoles tras el desastre del 98, cuando se vino abajo toda la falsa grandeza falazmente divulgada.

 

 

Europa durante la Restauración.

 

Europa había entrado en un nuevo periodo de estabilidad política: Francia empezó su Tercera República en 1871, una de las más duraderas de su historia. Alemania estaba en plena era Bismarck que, desde la victoria de 1870, durará hasta 1890. Gran Bretaña mantenía su estabilidad como en el resto del siglo. Italia tampoco participó en conflictos exteriores. Los embajadores europeos, signo de reconocimiento del régimen de la Restauración española, llegaron a Madrid en febrero de 1874, con la máxima inmediatez que permitían los tiempos (Portugal y Rusia el día 16 de febrero, Austria y Francia el 17, Bélgica y Alemania el 24 y Gran Bretaña el 26 del mismo mes).

Económicamente, Europa había entrado en fase de depresión de los precios que durará desde 1873 hasta 1896, mientras España recibía los capitales europeos que huían de la crisis. España parecía un buen lugar de refugio económico puesto que había acabado la guerra carlista en 1876, había estabilidad política y era fácil exportar vinos, pasas, aceite, naranjas y minerales (plomo, cobre, hierro), corcho, calzado… También se importaba trigo, azúcar, bacalao, locomotoras, teléfonos, cables, raíles, carbón, algodón, madera… lo cual daba pie a buenos negocios. La recuperación de Europa en 1896 será mala para España, que ve retirar capitales.

España entrará en una primera crisis agrícola y ganadera en 1885-1891 por pérdida de competitividad frente a Rusia y Argentina que ofrecen mejores precios por los productos alimenticios que venden a Europa. Ello llevará a España a un error a largo plazo, solución a corto, que fue la ley proteccionista de 1891. Con esa ley, hay una recuperación de los negocios, pero se mantienen altos los precios, lo cual será catastrófico para la economía española y se demostrará a partir de 1898, aunque exagerando la nota como si todo el problema hubiera sido la Guerra de Cuba.

 

 

La Restauración en España.

 

La Restauración borbónica fue el fruto de un cansancio generalizado en España, cansancio del caos político traído por las revoluciones del Sexenio Revolucionario. Como tal fruto del cansancio de las masas, fue una ocasión perdida para crear auténticas instituciones democráticas, que no fueran ni caciquiles ni populacheras, y para integrar todos los sectores sociales en un solo sistema, abierto para todos. Probablemente no podía ser de otro modo y el pueblo optó por lo que le convenía. Carr habla del “ansia de vivir”, nacida del periodo revolucionario anterior, como atmósfera determinante de la política de esta época. Y España vivió unos “felices años ochenta” hasta la crisis de 1898.

El término “restauración” fue adoptado por Cánovas. Pretendía dar a su sistema político un aspecto legitimador bajo el supuesto implícito de que España era lo que la historia había conformado. En esa historia, había unas “verdades madre” o verdades fundamentales, y una de estas verdades era la monarquía. Por eso, restaurando la monarquía de los Borbones, creía estar en la legitimidad histórica.

Pero el término Restauración es discutible: Si se adoptaba la idea de que se restauraba la monarquía borbónica, había que admitir que se restauraba el liberalismo burgués, en España más burgués que liberal, y Cánovas no estaba de acuerdo ni con el autoritarismo excluyente de Narváez, ni con autoritarismo progresista de Prim. Cánovas había forjado sus ideas durante los gobiernos de estos líderes, pero precisamente se rebelaba contra ellos. Quería romper la idea de que en una discrepancia sólo uno tiene razón, y crear un nuevo sistema de alternancia de partidos razonables, coherentes con las posibilidades reales del país. No era una vuelta atrás, sino un sistema diferente, dentro del conservadurismo, caciquismo y colonialismo tradicionales.

 

 

El juego de los dos partidos.

 

Cánovas basó su éxito en la utilización del sentido común, prescindiendo de romanticismos destructivos de lo conseguido hasta el momento y creadores de realidades imaginarias. Recogió ideas españolas y extranjeras de su época, las dejó abiertas a las consideraciones de otros y deshizo la falacia destructiva del “todo o nada”.

Era preciso hacer transacciones entre pensamientos distintos, pero transacciones sanas, justas, razonables y no basadas en la imaginación en la que todo sería perfecto. Cánovas admitía que la política era el arte de lo posible a partir de la disparidad de criterios y admitía que la discusión era fuente de progreso. Cánovas no ponía reglas a la discusión, y aceptaba que las discrepancias eran buenas, que las cosas son como son y no como quisiéramos que fuesen. Exigía que la parte discrepante aceptara también las reglas del juego y la posibilidad de perder en la discusión todo o parte de lo defendido. Los discrepantes no pueden tener razón en todo y siempre, pues eso era volver al dogmatismo anterior a 1868.

El campo de juego político abierto a la discusión era muy amplio: discutían los partidos políticos moderados con los progresistas; discutía el Rey con las Cortes en su compartir de la soberanía, pues el Rey representaba el principio de autoridad y la cohesión del Estado, y las Cortes el principio de libertad, dispersión y diversidad; discutía, por fin, el Legislativo con el Ejecutivo, pues unas cosas son las que se pueden y deben legislar, y otras las que es preciso legislar de acuerdo con la actualidad del momento y la realidad en que vivimos.

Según Cánovas, la política no debe quedarse en el campo de la discusión, que lleva a la inoperancia, pues una discusión se puede eternizar sacando casuística y excepciones. La discusión debe servir para algo positivo. Por ello, Cánovas pensó que lo mejor era que los que discutieran fueran dos, tal vez tres, y eso ya consume muchas jornadas de debates que se pierden de cara a tomar decisiones. Por ello, la realidad debe ser modificada artificiosamente, y hacer que la discusión sea útil, se mantenga en el campo de lo posible y lo real, llegue a conclusiones a corto plazo. Por ello, los partidos políticos no pueden ser espontáneos, no pueden ser todos aquellos que se generen entre los ciudadanos, sino que las tendencias de pensamiento deben ser reconducidas para que se agrupen en tendencias afines, y las tendencias se agrupen en partidos, un tanto heterogéneos quizás, pero útiles al servicio de la convivencia. Con este artificio, tal vez estemos dañando el derecho de representatividad, pero debemos admitir que se puede limitar algún derecho para conseguir derechos mayores para un más amplio número de ciudadanos. En el maximalismo de que todos los derechos son intocables, resulta que los ciudadanos no llegan a disfrutar de ninguno de sus derechos, lo cual es absurdo. Se debe sacrificar una parte de la situación ideal, para llegar a la posibilidad de actuar, de mejorar algo para todos. Puede haber grupos o facciones dentro de una misma tendencia, pero ello debe servir, no para dejar muy alto el pabellón de la discrepancia, sino para que se discuta y se llegue a discernir qué es lo que tenemos en común y podemos mejorar.

Cánovas sólo admitía como sujetos en discusión el centro derecha y el centro izquierda, y los grupos que, aunque menos centrados, admitieran el juego limpio y la coherencia dentro de su propio grupo. Admitía a aquellos que estaban dispuestos a aportar algo y a renunciar a algo, pero no a los que buscaban el todo o nada, porque esos sólo eran fuente de violencia, y retroceso en los derechos y libertades de todos. Admitía la Unión Católica de Pidal a pesar de que tenía detrás al integrismo católico intransigente, pero confiaba en que Pidal moderase a los ultras. Admitía el republicanismo de Castelar, porque éste estaba dispuesto a admitir el sistema canovista de discutirlo todo, pero Cánovas no admitía al grupo republicano de Ruiz Zorrilla, porque se había colocado en la intransigencia, en el radicalismo. Cánovas dejó fuera del sistema a Carlistas, integristas católicos, socialistas marxistas y libertarios, porque eran partidos “poseedores de la verdad” que no admitían más verdad que la suya.

En cuanto a los partidos del sistema, Cánovas pensaba que cada partido debe tener una disciplina interna que admita la discrepancia, pero que expulse del partido sin consideración alguna a los cismáticos. Es mejor tener pocos militantes, que tener discusiones improductivas que desgastan las capacidades creadoras.

Los dos partidos de la Restauración englobaban cada uno a muchos grupos sociales, a los que se pedía unidad de partido para mantener el bipartidismo. La escisión interna en uno de ellos, significaría la aparición de un tercer partido, y con ello sobrevendría la irracionalidad de formar mayorías con la suma de las minorías, dejando sin opinión ni influencia a la mayoría verdadera. Se haría política de perdedores, lejos de la opinión de la mayoría de los ciudadanos, una política que no puede ser estable ni sostenible.

La idea de dos partidos que se turnaban en el poder, la captó Cánovas en Gran Bretaña, viendo la gran estabilidad política y progreso derivado de los Gobiernos de Gladstone y Disraeli. La oposición no debía ser un peligro del que debiera ocuparse el partido gobernante, ni una molestia a la que había que procurar destruir, sino una posición moralmente digna que ejerce el derecho y el deber de discrepar y preparar acciones de Gobierno alternativas, cuando le corresponda estar en el poder.

Condición necesaria para este sistema de turno de partidos, es que la oposición alcance el poder con cierta periodicidad.

La oposición no sólo es el partido que debe formar Gobierno en sustitución del gobernante actual, sino que mientras no gobierna y es simplemente oposición, es la otra parte de un diálogo permanente que haga ver al Gobierno otras posibilidades de actuación, algunos defectos y vicios de los proyectos que se dispone a emprender. Ello requiere mutuas cesiones entre el partido en el Gobierno y el partido en la oposición, compromisos entre ambos. Cánovas toleraba a sus enemigos políticos que tuviesen ideas constructivas. Por ejemplo, durante una buena temporada, cenaba muchos días en casa de Castelar, cena que iba seguida de una charla que se alargaba, sin importar que Castelar fuera republicano, y Cánovas conservador. Ambos se respetaban porque sabían que el otro tenía un sistema de pensamiento coherente y digno.

La oposición tiene derecho a oponerse a todo, pero no tiene derecho a oponerse a que el partido en el Gobierno gobierne, no puede boicotear sistemáticamente todas las acciones de Gobierno.

 

 

Axiomas básicos.

 

Fundamentos ideológicos del sistema canovista: Cánovas creía en la monarquía alfonsina demócrata.

Cada uno de los partidos alternantes en el poder, debía aceptar unos axiomas básicos:

España debía ser monárquica porque ese era el sistema de Estado tradicional en España, instaurado en el siglo XV por los Reyes Católicos, que fueron los verdaderos creadores del Estado español y de las primeras instituciones que lo conformaron. El hecho de que haya habido monarcas incompetentes es un tema circunstancial. La monarquía debía ser Alfonsina, porque ésa era la legitimidad dinástica y a más legitimidad, habría menos desorden. Y el modelo de Estado debía ser democrático en el sentido de que los Gobiernos respetaran una Constitución y se originaran del juego político entre dos partidos liderados por civiles, y no por militares como era tan frecuente en España. Cada Jefe de Gobierno debería tener oportunidades para expresar sus ideas políticas en sus gestos de Gobierno, y para ello, era preciso que hubiera una Constitución ecléctica, reformable mediante leyes, flexible.

Los objetivos de los Gobiernos que hubiera en España no debían ser nunca hacer una revolución, ni perpetuarse en el poder, sino mantener el orden público y el orden social, someter al ejército a la autoridad de la ley, defender la propiedad, y defender la unidad de la patria.

Los Gobiernos debían ser estables, y el proyecto de Gobierno más estable todavía, lo cual se conseguiría mediante el bipartidismo y el turno pacífico entre partidos, de modo que el abandono del poder no significara una lucha en cada ocasión, sino que se retirara pacíficamente, sabiendo que volvería a tenerlo de igual manera cuando las circunstancias lo aconsejaran.

El sistema debería lograr el apoyo de la burguesía agraria, de los banqueros, de la burguesía industrial y comercial, de la burguesía colonial, de los profesionales liberales, de la Iglesia, del Ejército y de las clases medias urbanas y rurales.

 

 

El funcionamiento del sistema.

 

Cánovas tenía 47 años en 1875 cuando empezaba la Restauración. La Restauración era más que una vuelta de los Borbones, y debía entenderse como la instauración de un régimen político distinto a los anteriores, que se conoce como “canovismo”, una época histórica de continuidad política, al menos hasta la muerte de Cánovas en 1897. La palabra Restauración la utilizó el propio Cánovas para designar más a su nuevo sistema político de alternancia de partidos, o turno de partidos, que a la vuelta de los Borbones. Era un sistema inédito tras los fracasos de la democracia por sufragio universal de 1869, de la monarquía de una dinastía renovada, de la república, del federalismo y de la dictadura macmahoniana, fracasos que sirvieron para apuntalar el éxito de la Restauración.

Los Gobiernos restauradores se preocuparon de evitar, en lo sucesivo, los ataques extremistas de los republicanos y de los carlistas, pero olvidaron otros muchos problemas que deberían haber sido abordados, como el nacionalismo catalán y quizás el vasco, el socialismo, la reforma militar, la reforma de la administración local y otros. Estos problemas se habían manifestado desde mediados de siglo y eran patentes a todos, pero, para los políticos, era más conveniente sumar apoyos y olvidar los temas sociales y nacionalistas, que ponerse enfrente a los votantes y a las masas propicias a los disturbios.

Debido a estas limitaciones del canovismo, el sistema de Cánovas, muy estable en principio, y que de hecho perduró 60 años, cayó pronto en los viejos vicios de inmoralidad a los que estaban acostumbrados los gobernantes españoles desde hacía siglos. Adquirió los mismos defectos, o más, que los anteriores, pero también aportó virtudes, valores, que era lo que le sostuvieron durante tanto tiempo.

Los viejos defectos que perduraron fueron la corrupción electoral, el caciquismo, la incomprensión del problema social y la falta de un anclaje político seguro pues Cánovas lo fiaba todo a la “Constitución interna”, lo cual es un concepto difuso y subjetivo. Es muy parecido a decir moralidad y no especificar qué es, y qué no es una conducta moral. Cánovas era consciente de la debilidad de su planteamiento, y enunció cuatro o cinco principios generales, que él llamaba “verdades madre”, en las que todos deberían estar de acuerdo, pero eran convicciones de Cánovas. Y es que especificar lo que es objetivamente inmoral es una tarea imposible, pues cambiando las bases de un sistema político, se llega a unos conceptos de moralidad diferente. Ciertos sectores sociales se creen la moralidad misma, pero son tachados por otros sectores sociales de ser profundamente inmorales. No existen principios morales admitidos por todos y respetables por todos en todos los tiempos. La moralidad social se adecua a cada tiempo. No es el caso de la moralidad individual, pues el hombre viene a ser esencialmente el mismo en todos los tiempos y en todas las civilizaciones, como ya descubrieron los clásicos.

En otras palabras, la España oficial creada por Cánovas, se fue debilitando, desacreditando paulatinamente, perdiendo contenidos, a medida que recuperaba viejos vicios de la España oficial isabelina, porque la fuerza de los intereses creados era muy grande. Y mientras tanto, la España vital que debía renovar la sociedad, se fue debilitando en dos sentidos: primero, porque se fue radicalizando surgiendo grupos intransigentes; segundo porque se fue dividiendo en grupos incompatibles entre sí, incapaces de mantener y ahondar en las renovaciones realistas, porque estaban divididos y se habían hecho maximalistas.

 

 

Las dos Españas.

 

A finales del siglo XIX y principios del XX, tuvo éxito la expresión de las “dos Españas”. Considero personalmente que eran cuatro dispuestas en una doble dicotomía: por un lado, la tradicional católica y la heterodoxa católica, y por la otra parte, la oficial y la real. El que sean citadas como dos, es por el éxito de la expresión de un poeta.

En la base, había dos “Españas Vitales”, la tradicional católica, y la heterodoxa, también católica. La España tradicional católica era conservadora en el sentido de defender los valores tradicionales de la familia, la ética cristiana, y la creencia en una historia grandiosa de España.

En la práctica había otras dos Españas, la “oficial” o realidad considerada por los políticos de todo signo, y la “real” que era la que los españoles veían a su alrededor todos los días. Los españoles distinguían perfectamente entre lo que decían los políticos y su prensa, y lo que tenían que afrontar en su día a día.

La España heterodoxa, había creado el mito de Europa, donde casi todo era perfecto, había progreso y nivel cultural, y para acercarnos a ella, debíamos romper con la tradición española, emprender un reformismo social y cambiar las formas políticas.

Marcelino Menéndez Pelayo, 1856-1912, un hombre católico por los cuatro costados, era el líder de esta “heterodoxia”. Le gustaban los heterodoxos. El jovencito Marcelino estudiaba en el Instituto Cantábrico de Santander, en el que su padre era catedrático de Matemáticas, y como muchos otros jóvenes sentía simpatía por los liberales progresistas. Perdería estas simpatías en sus primeras vivencias personales: en 1871-1872 fue a Barcelona a tomas clases de Literatura General y Española de Manuel Milà i Fontanals. En 1873 se pasó a Madrid en donde impartían sus clases los grandes catedráticos del momento. Emilio Castelar impartía Historia de España, y Nicolás Salmerón impartía Metafísica. La experiencia madrileña fue desastrosa, pues las “vacas sagradas” no estaban casi nunca en sus cátedras, sino que se dedicaban a la política. Y el colmo fue que un día, Nicolás Salmerón llegó enfadado a la clase, y dijo que no aprobaría a nadie, porque para saber de Metafísica había que estudiarla al menos veinte años. Marcelino se fue a Valladolid a acabar sus estudios. Estaba completamente defraudado por los progresistas republicanos. Allí tuvo la suerte de conocer a Gumersindo Valverde, catedrático de Metafísica. En 1874 volvió a Madrid para realizar su tesis doctoral que versaba sobre “La Novela entre los Latinos”. Y una vez obtenido su doctorado llegó la segunda gran decepción: para presentar a una cátedra de Instituto necesitaba tener 23 años, y para una cátedra de Universidad, necesitaba 23. Como tenía 18 años, le esperaban unos años en blanco. El sistema legislativo español era absurdo e irracional. Entonces empezó a interesarse por los heterodoxos españoles, tan denostados por sus catedráticos, pues sospechaba que quizás eran los únicos que podían ser racionales. En esta decisión colaboraron tanto Gumersindo Valverde como el Ayuntamiento de Santander. El primero le encargó un estudio de los científicos españoles, y descubrió que la ciencia oficial iba por un lado, y el progreso lo intentaban los heterodoxos. El Ayuntamiento le concedió una beca, y gracias a ella empezó a buscar por todas las bibliotecas a estos españoles. Estuvo en 1876 en la Biblioteca Nacional Portuguesa de Lisboa, y en la Biblioteca Universitaria de Coimbra, en 1877 en la Biblioteca Vaticana de Roma, en la Biblioteca de Nápoles, en la Laurenciana de Florencia, en la Magliabecchiana de Florencia, en la de Bolonia, en la de San Marcos de Venecia, en la Ambrosiana de Milán, en bibliotecas de París, de Bruselas, Lovaina, Amberes, La Haya y Amsterdam, y dejó para el final las bibliotecas españolas de Sevilla, Granada, Córdoba y Cádiz, que eran episcopales y particulares. Se interesó por los judaizantes de la Edad Media, por los protestantes del XVI, por los nigromantes del XVII, por los afrancesados del XIX. En 1878, cambiaron la Ley de oposiciones a cátedras, y permitieron presentarse a los 21 años, los que tenía Marcelino. Opositó a la de Literatura de la Universidad de Madrid. Se hacía por el sistema de trinca entre opositores. Ganó la cátedra. Publicó su Historia de los Heterodoxos Españoles en 1880. Por entonces intentó aproximarse a los católicos, concretamente a Unión Católica de Alejandro Pidal, y también se decepcionó de los católicos. Intentó un liberalismo católico personal. A medida que conocía a los krausistas, cada vez creía menos en ellos, y lo mismo le pasaba con los hegelianos. No podía aceptar a los revolucionarios que no sabían nada, que no tenían proyecto de nada, excepto de hacer la revolución, de ejercer la violencia de llevar las masas a la calle. Y en 1898 abandonó la docencia y se marchó a su casa de Santander.

Luego surgieron Joaquín Costa Martínez y José Ortega y Gasset. Pero estos últimos crearon los conceptos de “la España Oficial” y “la España Real” que dieron base para la expresión “las dos Españas”.

Joaquín Costa Martínez, 1846-1911, natural de Graus (Huesca), fue primero maestro, y luego hizo Derecho y Filosofía y Letras y se colocó como notario en diversos destinos. En 1876 se interesó por la historia de España celtíbera, romana y medieval, e inmediatamente se interesa por los agricultores. En 1900, se integró en Unión Nacional, un partido de gremios artesanos y agricultores, que trata de defender tanto los intereses de Santiago Alba, como las utopías agrarias de Basilio Paraíso y que fracasa lógicamente por discusiones entre Costa y Paraíso, y Alba y Paraíso. Joaquín Costa intentó buscar la renovación entre los republicanos y socialistas, pero su experiencia le decepcionó completamente y en 1904 se retiró a Graus. Las ideas de Joaquín Costa eran introducir una serie de mejoras agrícolas entre las que incluía tecnología, enseñanza, instituciones de justicia, ayuntamientos autónomos, comunicaciones, legislación… a lo que llamaba la España Real, frente al legalismo y abstracción de los políticos de su tiempo a los que llamaba la España Oficial.

José Ortega y Gasset, 1883-1955, es la siguiente generación de esta serie de críticos del tradicionalismo español. Era hijo y nieto de Directores de un periódico muy importante, El Imparcial, y se inició en sus estudios en centros conservadores como los jesuitas de Málaga, que le introdujeron en los jesuitas de Deusto. Así, se doctoró en filosofía en Madrid en 1904. Pero con tan grandes posibilidades familiares, salió a Alemania, donde estuvo en muchas Universidades y bibliotecas, y conoció un modo de vivir y un pensamiento distinto al carpetovetónico. En 1910 ganó la cátedra de Metafísica que dejaba Nicolás Salmerón, y a los pocos días gano la de Filosofía. Conocía una serie de teóricos europeos y podía apabullar al resto de los españoles, y se atrevía a denunciar las incongruencias de la sociedad y política española, del sistema legal español, de la Constitución española. Conocía los movimientos obreros, el marxismo, y la revolución soviética. Conocía el vitalismo, teoría de que la realidad es mucho más que la simple racionalización. Conocía el historicismo, teoría que valoraba la influencia del pasado en la cultura y sociedad actuales. Y sabía que la realidad es muy superior a la conciencia que de ella tenemos, y que cada cosmovisión es subjetiva y parcial, sin que podamos lograr la cosmovisión integral y definitiva. Llegó a la conclusión de que el yo es una realidad compleja, muy superior a la consideración individualista con que había sido tratado hasta el momento. Poco a poco se fue decepcionando de la realidad española, de los católicos y de los comunistas, y acabó exiliándose en 1936, en el momento en que empezaba la guerra civil.

 

 

Crítica del canovismo.

 

El mayor problema del sistema canovista era el poco contacto del mundillo de la política con el mundo real, con la gente. Era un sistema pensado para evitar bandazos políticos, luchas sin sentido, agitación en las calles y golpes de Estado. Y ciertamente, con esa coherencia política se logró una época de desarrollo económico y social, pues eran posibles los planes a largo plazo. Pero los problemas de fondo siguieron sin tocarse, porque no eran problemas que afectasen negativamente a los políticos, sino que muchas veces los políticos se estaban beneficiando con ellos, y muchas veces eran provocados por los políticos:

Entre los avances,      había temas que parecía que iban a mejor: el cantonalismo había desaparecido; el carlismo daba síntomas de derrota; la mayoría de los españoles aceptaba la monarquía; el republicanismo violento se disolvía en múltiples facciones; y el internacionalismo violento no cuajaba.

Pero los problemas sin solucionar eran muy graves:

El problema de la participación ciudadana parecía resolverse con el sufragio universal, pero había maneras de inducir a los resultados, e incluso de falsificar los resultados electorales. Incluso muchas veces, los resultados se conocían antes de ir a votar los ciudadanos, lo cual no daba señales de moralidad ninguna. Las elecciones se hacían por “sistema de encasillado”, elaborando previamente al día de elecciones los escaños que debía sacar cada partido, y luego los métodos persuasivos y coactivos lograban que los votos se adecuasen a los planes de los políticos. Hay que tener en cuenta que en 1900, un partido político español cabía en un teatro, y un gran sindicato como UGT tenía unos 6.000 afiliados.

Las cuestiones obreras, asociaciones obreras y sindicales, quedaron casi olvidadas durante el canovismo, como si no existieran. Y ello dio como resultado a largo plazo que los obreros se fueran organizando en la clandestinidad contra el Gobierno, contra cualquier partido de Gobierno, sobre todo a partir de 1898, una vez muerto Cánovas. Los obreros plantearon programas radicalizados e imposibles, tenidos por más de izquierda cuanto más imposibles eran. Ello no tenía que haber sucedido así si se hubieran planteado de otra manera las cosas, si se hubieran hecho concesiones al estilo Bismarck, o al estilo británico. Cánovas, que no se había preocupado mucho por los problemas obreros en fechas anteriores a 1868, concibió sus propias ideas y elaboró soluciones mediante leyes, que no habían contado con la información ni con la opinión de los propios obreros. Y cuando murieron Cánovas y Sagasta, la nueva generación de políticos, Silvela, Maura y Canalejas, evolucionaron a la inestabilidad de Gobiernos, perdiendo lo avanzado en tiempos de Cánovas, y no mejoraron los problemas obreros. Si antes del 98, los Gobiernos duraban tres años de media, después durarán cinco meses de media. Si antes del 98 el turno de partidos era perfecto, después habría hasta cinco Gobiernos del mismo signo sin dar paso a la oposición.

Tampoco el problema de Cuba se resolvió. Cuba era un problema político, militar, económico y moral, y venía de muy atrás. Había intereses muy diversos en cualquiera de las soluciones que se propusieran. Siempre habría perdedores. Y la derrota española del 98 ante los Estados Unidos, fue el triste final del problema cubano español, que no la solución, fue todo un trauma en España. Sobre todo, porque se había perdido la ilusión en que vivían los españoles del XIX, de que estaban viviendo en el mejor de los mundos posible, en un Estado poderoso, envidiado y fuerte. Y en el 98, resultaba que una potencia no europea, hasta hacía pocos años colonia británica, era capaz de derrotar a España. La decepción fue tan grande que muchos periodistas y conferenciantes empezaron a hablar de atraso técnico, incultura, inferioridad respecto a los países avanzados, decadencia de la raza, mediocridad de los dirigentes españoles… Pero ni España era tan maravillosa como se decía en 1890, ni tan desastre como se dijo en 1910. De hecho, el régimen político sobrevivió treinta años más. Lo que cambió, para todo el siglo XX, es que los españoles se avergonzaban de ser españoles frente a los británicos, franceses, alemanes, estadounidenses… a los que se suponía prósperos y perfectos, que tampoco lo eran. Y los españoles empezaron a hablar de la necesidad de una regeneración completa y de raíz. Y una vez constatado el problema, los políticos de la oposición, de todas las oposiciones políticas de todo el siglo XX, hicieron leña del árbol caído y se pusieron en plan catastrofista, para hacer daño al Gobierno de turno. La autocrítica era tan fuerte, que la crítica externa sobre España solía ser mucho más suave y hacía menos daño que las críticas interiores, y además generaba pocos motivos de reflexión. En este ambiente de exaltación de la catástrofe, el conde Almenas propuso en el Senado enviar a los políticos a la cárcel o a la escuela, ahorcar a unos cuantos generales utilizando sus propios fajines, e iniciar la regeneración. Polavieja tomó el término “regeneración”, porque le hizo gracia la salida de Almenas, y lo repitió muchas veces durante su vida. Y Silvela lo retomó, y ya se generalizó en España el término “regeneracionismo”.

Por cierto, hubo más regeneracionismo en la derecha española que en la izquierda. Silvela se puso a hablar de revolución desde arriba y Maura hizo muchos proyectos de reforma, que no perduraron por la inestabilidad política existente. Revolución desde arriba es revolución desde dentro de los propios sistemas que se desean abolir, y hecha por los propios personajes que deben desaparecer. La operación fracasó. La izquierda se negó a cambiar sus supuestos políticos y continuó e incluso incrementó los recursos a la violencia. No halló sistemas económicos, políticos y sociales, que no fueran destruirlo todo mediante lo que llamaban comunismo. No tenía teorización suficiente y estaba llamada al fracaso. No al fracaso como partidos, sino al fracaso general español, el fracaso que supuso la guerra de 1936.

El resultado de estos fracasos, tanto de la incapacidad de la derecha, como de la cerrazón de la izquierda en no hacer sistemas viables y coherentes, fue la aparición de salvadores o redentores de todo tipo: militares, filósofos, literatos, obreros, campesinos, universitarios, funcionarios… salvadores y redentores de derechas, y de izquierdas, que no llevaban más que a la violencia.

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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