EL CANOVISMO. LA TEORÍA.

 

Conceptos clave: canovismo, soberanía, nacionalismo, Estado, Constitución, monarquía, régimen político, partidos políticos, ciencia.

 

Evidentemente, la figura clave del reinado de Alfonso XII fue Cánovas: Fue Presidente Provisional en diciembre de 1874 y Presidente definitivo en enero de 1875. Volvería a serlo en diciembre de 1875, en diciembre de 1879, en enero de 1884, en julio de 1890 y en marzo de 1895 hasta el día de su muerte en 1897. Su sistema político perduró hasta 1931. Es conveniente reflexionar un instante sobre las ideas que sostenían el sistema.

El primer apoyo de su sistema político fue Sagasta. Cánovas era una persona de trato brusco, y a veces malhumorado. Podía ser encantador cuando se lo proponía y podía hablar de cualquier tema y hacer el tema atractivo en cualquier corrillo. Pero Cánovas no iba por la calle saludando a todos, ni repartiendo sonrisas a todo el que se encontraba. Cánovas no buscaba el aplauso de la gente y no se sentía a gusto entre la multitud. Tenía un cierto aire de superioridad, porque se sabía preparado para hablar de todos los temas, y era ingenioso en la conversación.

Contrastaba con Sagasta, el hombre amable con todo el mundo, el que tenía una palabra amable para todo el que se encontraba por la calle, el tipo relacionado con todos, el tipo popular. En la tribuna, Sagasta era un demagogo, siempre halagaba a la gente y despreciaba a los contrarios. Sagasta se mostraba sencillo y cordial, pero en la vida ordinaria resultaba menos adicto al trabajo y menos seguro a la hora de dar lo que prometía, mientras que Cánovas siempre daba lo que prometía, siempre cumplía su palabra.

Como resultado de ello, Sagasta creía en Cánovas, y los políticos creían en Sagasta porque era más avezado, versátil, capaz de llegar a acuerdos con cualquiera. Y de esta manera, Sagasta le era útil a Cánovas.

 

 

EL SISTEMA CANOVISTA.

 

Cánovas intentó un sistema político estable y monárquico y se inventó dos partidos, uno de gobierno y otro de oposición, para que el ejército, y sus presiones y pronunciamientos, estuvieran fuera del sistema político. Redactó la Constitución de 1876 a su medida, para dar estabilidad al sistema. El control del engranaje político lo gestionaría él mismo, y así fue hasta 1897. Jugó el turno de partidos dejando que Sagasta gobernara en 1881 y a partir de 1885. Tras su muerte, el sistema funcionó cada vez peor, pero perduró hasta 1931. Una vez muerto Cánovas, en 1897, la Constitución de Cánovas se convirtió en un problema, pues la “flexibilidad” pensada para el fácil turno de partidos, sirvió para todo tipo de amañamientos y cacicadas.

El régimen canovista no fue popular ni impopular, porque los españoles estaban muy al margen de la política. Era un régimen político, inventado por unos políticos, que gustaba a muchos de los políticos de aquel tiempo. El pueblo, estaba cansado de revoluciones, huelgas, golpes de Estado, barricadas… y, cuando vio un régimen político pacífico, se alegró mucho y decidió vivir la vida. Se alegró por el resultado, pero no por el establecimiento del canovismo, que le traía sin cuidado. El sistema tenía pocos apoyos populares, pero también poca gente en su contra. Los verdaderos organizadores de estados de opinión, mediante la correspondiente desinformación, los periodistas, respetaron el sistema político porque habían obtenido ciertos niveles de libertad de expresión, de reunión y de asociación, el Gobierno no les molestaba mientras respetaran los temas tabú, y se sintieron satisfechos con no ser molestados en su trabajo. Bastaba con autocensurarse. El ejército, por su parte, renunció a los golpes de Estado y se consideró satisfecho también.

La desinformación fue sistemática. El Gobierno hacía su propia desinformación, pagando periódicos y periodistas en pro de las versiones y de las ocultaciones y publicaciones de las “noticias” que le convenían, o de inventarse las noticias si éstas no se producían. Cada grupo de oposición, hacía otro tanto. La desinformación se instaló para siempre en la vida pública española, como también venía ocurriendo en el resto de los Estados del mundo. El ciudadano corriente se hastiaba de la política en cuanto era consciente de esta desinformación. Y los políticos profesionales podían continuar tranquilos viviendo de la nueva empresa, el sistema político. Sólo los jovencitos o los fanáticos se entusiasmaban con algún partido o personaje, hasta que eran capaces de madurar y asumir que vivían en la desinformación. Por ejemplo, Cánovas, implicado en el círculo cubano esclavista, tuvo bien cuidado de que el tema esclavista nunca saliera a la luz pública. Incluso los españoles no supieron casi nada de la Guerra de Cuba. Tampoco salieron nunca en la prensa las inmoralidades en la vida de los reyes. Tampoco se publicó sobre las inmoralidades católicas. El mundo real de la política se convirtió en una farsa, representada en los escenarios correspondientes. Y se quedó así para siempre. El mundo real se hizo muy duro.

 

 

EL PENSAMIENTO DE CÁNOVAS.

 

Cánovas nunca redactó o habló de un cuerpo de doctrina que nos permita ver en síntesis su ideología. Pero entre 1884 y 1890, publicó en tres volúmenes, titulados Problemas Contemporáneos, sus discursos y conferencias dadas a lo largo de su vida.

La ideología de Cánovas estaba condicionada por dos convicciones fundamentales: su catolicismo y sus aspiraciones a que la burguesía se civilizara y racionalizara.

Como casi todos los políticos recién llegados a la arena política en esta época, Cánovas había llegado a la política estudiando abogacía, poniéndose al servicio de un potentado, en este caso Salamanca, y casándose con ricas herederas. Cánovas se casará con la hija de Osma, presidente de Crédito Mobiliario. Los aspirantes sabían que el poder estaba en manos de las grandes familias católicas, y su futuro estaba en servir al dinero y al catolicismo. En ambos partidos, conservador y libral, había grandes fortunas. Por ejemplo, en el partido liberal de Sagasta estarán los duques de Fernán Núñez, los Medinaceli, los Alba… Y en el Partido Conservador de Cánovas estuvo la mayor parte de la nobleza y alta burguesía.

El potentado español de la época era un hombre que tenía varios negocios: uno de ellos era la tierra, grandes fincas que gestionaba un encargado, que éste arrendaba a otros, que a su vez subarrendaban a los campesinos. Otro de los negocios lo tenían en diversos sectores, la banca, la industria, la construcción, los transportes, y era el negocio que llevaban como bandera, pero no dejaban de pasarse, cada mes o cada año, a cobrar las rentas de sus fincas, que consideran ingresos básicos y seguros. El industrial y comerciante se sentía seguro gracias a las rentas de sus tierras. El tercer negocio eran las colonias, cuyos productos, amparados desde el Estado por privilegios, daban enormes ganancias.

 

 

IDEAS BÁSICAS EN EL PENSAMIENTO DE CÁNOVAS.

 

El hombre debe basar su vida en unos principios morales, de modo que la actuación de una recta conciencia ayude en el devenir del mundo hacia ese punto omega designado por Dios. El hombre, y más la sociedad, puede errar, pero siempre puede rectificar. El bien y el mal son patentes para todos los hombres, pero los hombres cultivados tienen más claro lo que es el bien y el mal, y por eso son más perversos cuando obran el mal. La cultura ayuda a descubrir el bien, pero no obliga a seguir esa senda. El decurso de las decisiones sociales está en manos de los cultos, y por eso es muy importante en ellos el sentido moral.

No existe el determinismo, pues siempre hay libertad humana. Pero existe un devenir inexorable hacia un punto omega, que es Dios, y ese convencimiento le llevaba a afirmar que el bien no desaparecería nunca del mundo, a pesar de todos los avatares y dificultades de la historia. Cánovas era católico, pero no ultracatólico, es decir, creía en la libertad de conciencia y toleraba las ideas religiosas de los demás.

El positivismo no está en el camino de la verdad porque cree que todo se debe a procesos científicos que no siguen ninguna regla moral universal ni eterna, sino sólo la de utilidad de cada sociedad de cada momento. El error del positivismo es interesarse sólo por el cómo, y no por el porqué.

El progreso nace de la resolución de contradicciones (es dialéctico). Nunca habrá un paraíso sobre la tierra como pronosticaba Marx, pues las contradicciones sociales estarán siempre presentes.

La Nación es obra de la historia, de los avatares del yo colectivo, y es además una “voluntad de ser” y “de vivir en común”. No procede de la raza, lengua, cultura religión, historia o Estado, sino de la voluntad de unos pocos individuos. Pero no es una voluntad cualquiera adoptada sobre la marcha: el individuo se forma en una sociedad organizada como nación y no puede prescindir de ella ya nunca, aunque sí puede intentar cambiarla. El carácter de una nación es fuerte y difícilmente mutable, y es difícil que esos pocos dotados de gran fuerza de voluntad logren cambiar el sentimiento común de pertenencia a una misma nación.

Para que el turno pacífico de los partidos en el Gobierno fuera posible, debía haber una Constitución “abierta y flexible”, es decir, que permitiera gobernar a los dos partidos alternantes. Que fuera lo suficientemente inconcreta como para no representar las ideas de un partido determinado, sino permitir gobernar a los dos partidos alternantes. En la práctica, todos los temas polémicos serían dejados para leyes posteriores. Y de esa forma, los dos partidos podrían cambiar la ley a su gusto.

Otra condición para el turno pacífico era la existencia de dos grandes partidos solamente, pues la atomización de partidos llevaría a una lucha absurda entre minorías. Y para garantizar este equilibrio garante de la paz, y obtener dos grandes partidos, no se le ocurrió otra cosa que utilizar el viejo caciquismo español, pero apoyado desde el Estado, institucionalizado en la práctica, aunque no se atreviese a tanto en la teoría política.

 

 

Teoría de la soberanía en Cánovas.

 

En cuanto a la soberanía, Cánovas pensaba que el poder supremo radicaba en Dios, pero que el hombre había recibido de Dios la libertad y la capacidad de ejercer el poder. La soberanía es el derecho a ejercer el poder.

Cánovas se ocupó poco del tema de la soberanía y deberemos tratar este tema con cierta amplitud precisamente por ello.

Consideraba que el tema soberanía era un tema más teórico que práctico. Pero Cánovas era católico y creía que el poder radicaba en último término en Dios. Su idea era que el Estado no debía ser una teocracia, porque decía que Dios había concedido al hombre la libertad y la capacidad de ejercitar el poder, pero un poder limitado frente a lo ilimitado del poder divino. Del poder nace la soberanía como un derecho que Dios concede a algunos hombres que ejercen el poder de hecho.

Cánovas rechazaba las teorías vigentes en su tiempo sobre la soberanía:

Juan María Donoso Cortés 1809-1853, había situado el derecho a la soberanía en la inteligencia, y concedía el derecho a ejercer el poder a los que demostraban inteligencia, a través del éxito en los negocios, o por ejercicio de cargos significados por la inteligencia (doctrinarismo). Donoso Cortés, creía que la soberanía debía pertenecer a la clase inteligente, porque los inteligentes conocían la realidad y tenían la capacidad de poner remedios a los males sociales, lo cual era doctrinarismo moderado típico.

Joaquín Francisco Pacheco y Gutiérrez Calderón 1808-1865, había situado la soberanía en la voluntad, la fuerza de voluntad de algunos para imponerse a los demás, y la fuerza de voluntad de algunos para hacer el bien a los demás, expresado como que “el poder reside en el ejerció del querer”. Por eso, a sus doctrinas sobre la soberanía las denominamos “teoría de la libertad”. Pacheco negaba la existencia de la “voluntad general” de Rousseau como fuerza de la naturaleza presente en todas las sociedades. Sólo ejerce la soberanía quien tiene deseos de hacerlo. Su “teoría de la voluntad” podía justificar la acción de los tiranos y los dictadores, y Pacheco se dio cuenta de ello y estableció dos tipos de voluntad: la voluntad intensiva y la voluntad axiológica. Llamaba voluntad axiológica a la voluntad dirigida a buscar el bien de la sociedad, lo cual no estaba lejos de las ideas de la Ilustración, y a buscar la estética de su presentación ante la sociedad. Voluntad axiológica era la suma de voluntad, moralidad y estética.

Cánovas seguía a Pacheco en cuanto a que la soberanía reside en la voluntad, pero disentía de él en cuanto Cánovas sí que asumía algunas ideas de Rousseau de la voluntad general: decía Cánovas que la fuerza de voluntad no es la suma de las voluntades individuales (liberalismo), porque hay voluntades individuales diversas y contradictorias imposibles de sumar. Además, muchas de ellas no se interesan por el poder. En Rousseau, la voluntad general era la fuerza de la naturaleza que rige la existencia, la de los hombres y la de la sociedad, una fuerza independiente de los seres humanos. Pero Cánovas negaba la validez de la teoría de la voluntad general de Rousseau en sus aplicaciones prácticas, lo cual hace aparecer su pensamiento como complejo. Existía la voluntad del hombre y la libertad humana.

Cánovas, que era doctrinarista, decía estar más de acuerdo con Pacheco que con Donoso Cortés, porque le gustaba la introducción de la idea de la axiología en el tema de gobierno. Cánovas decía que la teoría de Pacheco se ajustaba más a la realidad en cuanto contemplaba la independencia y libertad humanas para saltarse las leyes naturales. La libertad humana posibilita la independencia del elegido respecto a los electores que le han conferido un mandato, y no se puede pensar que el elegido pueda trasladar a la práctica del gobernar en el día a día la voluntad de sus electores, porque las voluntades no pueden sumarse aritméticamente, porque la responsabilidad y las vivencias de cada uno son diferentes, porque los hombres no son iguales. Los hombres sólo pueden elegir al líder que les parece de mayor moralidad, y cuando este líder muestra voluntad de gobernar, se le debe “dejar hacer” en las tareas de gobierno. Y ese líder se convierte en soberano. Es una “soberanía de hecho” que reside en la voluntad y la moralidad del gobernante. Y se debe distinguir de la “soberanía de derecho” la cual reside en la nación o conjunto de los habitantes de un Estado. La soberanía de derecho no es un capricho o moda, sino que entronca en el pasado político, en el entronque con el espíritu del pueblo, en el pasado histórico, en los valores tradicionales de ese pueblo.

Para aclarar mejor esta teoría de la soberanía, hay que precisar que no es lo mismo “voluntad de la nación” que “soberanía nacional”. Voluntad de la nación es la expresión de un pueblo en un momento puntual, y puede ser movida por la irracionalidad y las pasiones, igual que puede ser movida por el sentido común (soberanía actual). En cambio, la soberanía nacional está arraigada en el pasado de ese pueblo y en la trascendencia teleológica, pues busca el bien común y la convivencia en la legalidad (soberanía histórica).

Cánovas distinguía entre una soberanía de hecho, que corresponde a la voluntad de algunos, y una soberanía de derecho que corresponde a la nación, que es soberanía nacional, y nace de sí misma como una supervoluntad distinta de las voluntades individuales y superior a ellas, distinta de la voluntad de la mayoría. Esta soberanía nacional es el ideal social de procurar el bien común y la recta convivencia de los hombres en sociedad, respetando la libertad y el pluralismo.

Cánovas defendía que la soberanía de derecho está depositada en las Cortes y en el Rey. Este era un dogma indiscutible dado por la historia. Pero las Cortes no son una maquinaria dependiente del Estado, sino que es el organismo que vigila a los gobernantes para salvaguardar las “verdades madres” (“verdad madre” es un concepto inventado por Cánovas para referirse a los grandes principios que rigen la sociedad). Y las Cortes no sólo legislan, sino que ejercen la soberanía sobre los legisladores, jueces y gobernantes. La soberanía reside en la nación entera pero se confía a los más preparados para defender las verdades madres, y así, el sufragio debe ser restringido tanto para votar como para ser votado. No son tolerables las actitudes y determinaciones de las masas cuando llegan al poder. El sufragio universal sólo tiene sentido cuando se discuten las verdades madres, pero en las circunstancias ordinarias de cada día, sólo deben decidir los más preparados, los cuales son capaces de respetar los derechos de los individuos.

Sobre el sufragio, Cánovas creía en la libertad, el pluralismo, la discusión en Cortes, la tolerancia para con las opiniones diferentes, pero limitaba el sentido mesiánico del sufragio universal, porque el sufragio puede obrar tanto moral, como inmoralmente, según ocasiones.

En el plano de la soberanía, el Rey representa el principio de autoridad, mientras las Cortes representan el principio de libertad. Ambos principios se complementan. El Rey garantiza la unidad del Estado, y las Cortes garantizan el principio de pluralidad, los cuales son complementarios.

 

 

Nacionalismo en Cánovas.

 

Cánovas estaba imbuido de la idea nacionalista moderada europea, según la cual la nación no podía ser identificada con el presente, que es voluble, sino con el pasado histórico en el que ha expresado su personalidad. Por tanto, un plebiscito no agotaba las posibilidades de acción de un gobernante puesto que la nación era tanto el pasado como el presente del pueblo. La “constitución interna” de los pueblos era fundamental. El sufragio universal no era tan importante y, por el contrario, podía ser muy peligroso. Por lo mismo, el poder constituyente no lo tenían el Rey ni las Cortes, sino la misma historia de los pueblos, de la que habían emanado el Rey y las mismas Cortes. Como las Cortes y el Rey surgieron juntas y existieron juntas, no se podía concebir una institución separada de la otra sin percibir que sería un modelo de Estado diferente al histórico.

Cánovas era partidario de abandonar las grandes teorías políticas y conformarse con ideales posibles o “hacederos”. En política, lo hacedero para él era una constitución monárquica que uniera a los españoles en un solo proyecto nacional exento de dogmatismos. Por ello reunió a todas las tendencias monárquicas y les propuso una reforma de la Constitución de 1845 cuyo principal cambio era que el Rey perdía el derecho de cesar ministros a su antojo, derecho que pasaba a las Cortes, aunque conservaba un derecho de veto sobre las leyes, en la confianza de que casi nunca, o nunca, hubiera que ejercer ese derecho de veto que era un enfrentamiento directo Rey-Cortes. (Esta acción política de Cánovas tuvo una muy curiosa aplicación, cuando Alfonso XII tuvo que soportar que un Ministro se llevara para sí a una querida del monarca, sin poder hacer dimitir al Ministro, como venía ocurriendo en épocas anteriores).

La aceptación de que la soberanía reside en las Cortes con el Rey, se interpretaba ahora como que el Rey no podía dar un Decreto en desacuerdo con las Cortes, es decir, que se aceptaba el parlamentarismo. El Rey designaba los Ministros pero, a partir de ese momento, éstos respondían ante las Cortes y no ante el Rey.

De igual manera que limitaba al Rey, Cánovas creía que se debía limitar la libertad de opinión puesto que los periódicos y determinados profesores universitarios no hacían más que desestabilizar la vida política, sin ningún criterio ético positivo y globalizador de los intereses del país, sino al servicio de ideales sectarios, quizás respetables como teorías, pero muy dañinos para la vida diaria del Estado. Por ello suprimió todos los periódicos republicanos y exigió fidelidad política a todo el profesorado universitario, aunque ello provocase muchas emociones en la Universidad.

La nación es un fruto de la historia a lo largo de los siglos. La convivencia fragua un alma común, un volkgeist, que hace que cada pueblo reaccione de determinada manera ante los problemas de la vida. Existe un super-yó que es parte de la personalidad de cada individuo y forma naciones diferentes.

El conjunto de estas ideas sobre el concepto nación, fue expresado por Cánovas en un discurso de 6 de noviembre de 1882, y fue repetido en otro discurso en 1883. Y entonces definió “nación” como una “voluntad de ser” de un colectivo. Criticó lo que había dicho Ernest Renam en Quést-ce qu`une nation? París 1882. Y Cánovas dijo que una nación no procede de la raza, la lengua, la cultura, la religión ni de la historia en común, sino de la voluntad actual y expresa de sus miembros. Una Nación es un colectivo que quiere ser una nación. Pero siguiendo el desarrollo de este concepto, chocamos con que a veces surge el capricho, la moda, que una minoría impone sobre el sentimiento colectivo, pero que no se ajusta a las posibilidades reales, necesidades de ese pueblo, ni moralidad exigible. Es preciso que existan unas condiciones naturales, forzosas e irrevocables que conduzcan a la preferencia por vivir juntos. Una nación no puede ser obra de unos plebiscitos, pues se está hablando de establecer vínculos indisolubles para la posteridad, no basta el capricho de un colectivo en un momento dado. Ha de ser un proyecto racional, anclado en las vivencias del pasado, posible a largo plazo, sostenible.

La simple creación de una nación no implica que el proyecto sea estable. En el caso del nacionalismo disgregador, es completamente absurdo creer que tras la creación de una nación por segregación, el proyecto nacional esté consumado. Porque una nación es la obra de Dios, en la mentalidad de los creyentes, y obra de la naturaleza misma, en la mentalidad de los no creyentes. En ningún caso es una mera invención humana. No pude jugarse con el principio nacional en plebiscitos. Las personas nacemos sin dar nuestro asentimiento y consentimiento para nacer. Las naciones han sido configuradas por la historia a través de muchas generaciones y es absurdo que un plebiscito puntual las pueda echar abajo. Es lo mismo e igual de absurdo que el falso derecho del individuo a suicidarse. Ni tampoco una invasión extranjera  o una fuerza militar pueden acabar con una nación. Porque la nación no depende de la voluntad de los componentes vivos del colectivo nación, los cuales pueden desear no ser lo que son. La nación no depende del cambio de gusto de unos líderes nacionales. La nación es una forma de ser, de comportarse en sociedad, de la que los individuos no pueden abdicar por capricho. La naturaleza está por encima de la voluntad de los hombres y ha impuesto una “ley natural” independiente de su voluntad, incluso de la voluntad de todos los hombres. La naturaleza ha constituido una sociedad diferente, dotada de un alma colectiva y basada en unas vivencias históricas profundas, arraigadas en el tiempo, que no son fruto de la decisión de un día. La nación es un ente natural, nacido sin que el hombre sepa cómo, y enriquecido por la historia.

 

 

El Estado en Cánovas.

 

El Estado es una creación de los hombres para organizar la vida pública necesaria para cada pueblo,  y no viene dado por la naturaleza ni por Dios. Es necesario como gendarme que vigile a los individuos. El Estado es un instrumento en manos de quien detenta el poder. Debería estar al servicio de la nación. No es consubstancial a la nación, como decía Hegel y dirán más tarde los totalitarismos. Debe ser fuerte para garantizar a todos sus derechos frente a los que tienen poderes económicos, sociales, políticos o populares, y tratan de abusar de esa posesión de poder. El Estado no puede ser tan fuerte que anule al individuo, no puede ser totalitario. En teoría liberal, el Estado más fuerte es el que más protege los derechos de los individuos.

El Estado no se puede identificar con el pueblo en el que está implantado, y no tiene razón Hegel en cuanto a la idea de su Volkgeist, porque el Estado no es la esencia de una nación, sino la forma actual de organización de los componentes de una nación. El Estado es necesario, pero no es una entidad radical y elemental. Es un instrumento cambiable, adaptable al mejor servicio de la Nación, es decir, al servicio de las personas, de la sociedad y de la misma Nación. El Estado no puede asumir como suya la realidad de una Nación, sino que debe comprenderse que es una institución mutable. Ha de tener todos los medios necesarios para regir a una Nación, pero no puede declararse omnipotente, y nunca puede ir contra los derechos de los individuos y contra la personalidad de la nación misma. El Estado está para garantizar los derechos de los individuos y no puede decidir qué derechos proteger y cuáles no. Debe defender todos los derechos que los integrantes de la Nación consideren suyos como pueblo. Por eso, el Estado debe ser fuerte, para perseguir la injusticia, para defender los derechos de los individuos, pero nunca para anular o restringir derechos de los individuos.

 

 

La Constitución en Cánovas.

 

Sobre la Constitución, Cánovas participaba de la idea de Jovellanos, Narváez, González Bravo y otros moderados del XIX, de la existencia de una “constitución interna”.

González Bravo definió la Constitución interna como “la Constitución escrita por el poder de Dios en el polvo de los siglos”.

Cánovas no creía, como decían los moderados, que la constitución haya sido dada por Dios a cada pueblo, sino que la constitución es producto de la personalidad misma de cada nación expresada en su historia y dada por la historia, es la forma de ser de ese grupo social, sus señas de identidad. No está escrita como bloque, pero el pueblo puede haber producido diferentes teorías políticas o éticas que tratan de expresar las “verdades madres” de esa sociedad (verdades madres son las ideas básicas trasmitidas de generación en generación). Las distintas redacciones de las constituciones interpretan mejor o peor esas verdades madres que son la libertad, la igualdad ante la ley, la propiedad, la monarquía, el respeto a la dinastía, y el depósito de la soberanía en las Cortes y en el Rey. Como la verdad no es patrimonio de nadie, salvar las verdades madres puede estar en manos de cualquiera, y por ello el sistema político debe estar abierto a pareceres y a discusiones. Los adversarios políticos no son enemigos. La política de cada día debe ser fruto de transacciones entre adversarios políticos. La condición para ello es que todos los adversarios sean tolerantes y dispuestos a ceder en algo, dispuestos al consenso. La política es así el arte de lo posible (frase que nunca escribió ni pronunció Cánovas pero que resume bien su pensamiento). Los encargados de reconducir las diversas opiniones políticas son los partidos, instrumentos necesarios para defender la diversidad de opiniones. Pero para que el consenso sea factible, lo más práctico es que los partidos sean pocos, dos a poder ser, o al menos agrupados en dos coaliciones. Los partidos deben gobernar turnándose y accediendo al poder cuando su opinión parece la más adecuada al problema de ese momento. Los partidos tienen algunas limitaciones, unas reglas de juego que son ocupar su puesto, respetar al contrario, saber ganar y perder. El que tiene la mayoría gobierna y el de la minoría se instituye en oposición, pero debe aceptar las leyes promovidas y aprobadas por la mayoría en el gobierno y, cuando llegue al gobierno, debe seguir respetando lo construido por el adversario.

Cánovas dijo que la Constitución interna era la personalidad que la propia nación había forjado a lo largo de la historia y que era preciso recuperar en el momento en que estaba España a fines del XIX, y así lo intentó en 1875.

La Constitución interna no está escrita, pero se muestra en los fundamentos doctrinales que se nos hacen patentes al estudiar la historia del país. Es la Constitución elaborada por los siglos, y se debe intentar recuperarla en las Constituciones escritas. Subsiste aunque se escriban muchas Constituciones y está por encima de ellas y por encima de las leyes. Rige la convivencia de las personalidades colectivas a lo largo de la historia.

Algunas de las grandes verdades o principios de esta Constitución interna son de validez universal, tales como la libertad, la igualdad ante la ley y la propiedad. Mientras que otras de estas grandes verdades son de validez para un pueblo determinado, y en el caso español, estas verdades son la monarquía, la dinastía y la soberanía depositada en el Rey con las Cortes.

 

 

La monarquía en Cánovas.

 

La monarquía es la tradición española misma, de modo que debemos entender que si era verdad que España había creado la monarquía, también lo era que la monarquía había creado al Estado y a las instituciones que ahora disfrutamos. La monarquía debe ser siempre legítima y, como verdad madre, es un dogma indiscutible, porque viene dado por la historia. La legitimidad es fuente de orden y de paz. Es un concepto sustancial en la historia de España, una “verdad madre” imposible de eliminar sin romper gravemente la idea de la nación española. El Rey no sólo es una persona sino que es además una institución.

La monarquía era, para Cánovas, un concepto substancial del derecho político, inherente al ser histórico de España, imprescindible para que España pueda ser fiel a sí misma, a la Constitución interna. En la monarquía española, el Rey no es de derecho divino ni absoluto, pero goza de status especial, diferente al de los demás mortales. El Rey es una institución, y no sólo una persona. Está dotado de una dignidad que está por encima de su propia persona. Los españoles pueden ser amigos o enemigos del Rey, pero deben respetar la institución monárquica. La existencia de esta institución, del Rey, no es una afrenta a la dignidad del ciudadano, como decían los demócratas, ni es una merma a la libertad del individuo, como era la monarquía de derecho divino. Al contrario, la monarquía es garante de las libertades del individuo porque garantiza un Estado fuerte, que se constituye en guardián de las libertades.

La legitimidad monárquica radicaba en los Borbones. No son posibles las discusiones sobre ello porque es una verdad incontrastable. La legitimidad a finales del siglo XIX estaba en Alfonso XII y luego, en el príncipe Alfonso XIII. El Rey es una institución superior a la Constitución, porque la Constitución es mutable e incluso revocable. Y por eso, era preciso que una monarquía legítima, como la de Alfonso XII, fuera restaurada en España. Alfonso XII debía jurar la Constitución, no para ser Rey, sino porque era Rey y el Rey está llamado a defender las verdades madres. El Rey no es un símbolo, sino un poder positivo, la primera de las instituciones del Estado, el encargado de imponer a las demás instituciones del Estado el respeto a la Constitución, de establecer concierto y paz entre las instituciones y poderes públicos. La Constitución es la plasmación por escrito que un momento dado cree ser la mejor versión de su Constitución histórica. Pero el Rey está reconocido en esa Constitución histórica para que cuide de las Constituciones, de las instituciones y de las autoridades del Estado. El Rey tiene la facultad de disolver el Poder Legislativo, destituir al Poder Ejecutivo, cuando cree que no interpretan la constitución histórica, y el Rey tiene capacidad para nombrar a las personas que han de ejercer el Poder Judicial. También tiene poder para ejercer el derecho de gracia. El sistema monárquico se basa en la heredabilidad, pues así se da continuidad a la institución real y se garantiza su perdurabilidad. Las monarquías electivas, como la de Amadeo de Saboya, son un fracaso porque el Rey no necesita el refrendo de la voluntad popular cada poco tiempo, porque ello le hace más débil, sino que ha sido puesto por la historia y así es más fuerte.

La monarquía es una creación social legada por la historia a la sociedad presente, y por ello, el hijo de Rey tiene legitimidad para ser monarca. Este hecho incuestionable evita reyertas internas por la Jefatura del Estado, y la paz beneficia a todos los ciudadanos.

La idea dinástica, segunda gran verdad del pueblo español, o “verdad madre”, se constituye en la garantía de la propiedad individual, garantía de que la propiedad pase de padres a hijos. Es la base del sistema liberal. Porque la monarquía hereditaria mantiene fuerte al Estado y esta fortaleza del Estado sostiene unas leyes a lo largo del tiempo. Así, se hace posible que la propiedad pueda pasar de generación en generación por medio de la herencia, pues el Rey y la monarquía garantizan la perdurabilidad del derecho a lo largo del tiempo. Esto es así, porque el Jefe del Estado no es influido por los partidos políticos, como lo estaría en el caso de una República, en la cual el Jefe del Estado es siempre de un partido determinado y puede estar en contra de los demás partidos. El Rey garantiza mejor la continuidad de las leyes. De otro modo, cada vez que llegara al poder un nuevo Jefe de Estado, habría que plantearse el derecho a la propiedad y otros derechos, acordes a la ideología del nuevo Jefe de Estado. Además, la monarquía hereditaria evita disputas entre partidos.

Pero dentro de una monarquía caben muchos modelos de gobierno. Cánovas proponía el suyo:

La monarquía del siglo XIX debía ser democrática, esto es, respetuosa con la Constitución, voluntad expresa de los españoles, y respetuosa con los gobernantes que los españoles eligen para ese fin. El Gobierno debía estar, por tanto, en manos de civiles que debían gobernar en turno pacífico de alternancia de partidos. Los partidos gobernantes deberían estar de acuerdo en unos mínimos, que serían la idea de soberanía, tal y como la concebía Cánovas: una soberanía “histórica” representada por el Rey, y una soberanía “actual” representada por las Cortes y el pueblo. Otro punto necesario de acuerdo sería el orden público, sometimiento del ejército a la autoridad del Rey, y búsqueda del progreso para España.

Esta misma idea de que la monarquía es la salvaguarda de las libertades, ya la había expresado Bravo Murillo treinta años antes que Cánovas. Bravo Murillo había dicho que un Gobierno con autoridad fuerte puede luchar contra el desorden, contra la delincuencia, contra la arbitrariedad, siempre que actúe a favor de los ciudadanos y no trate de vivir a costa de ellos.

En el sistema ideado por Cánovas, el Rey tendría solamente las atribuciones reconocidas en la Constitución.

Respecto a las relaciones del Rey con las Cortes, Cánovas manejaba la expresión “el Rey con las Cortes y las Cortes con el Rey” para resaltar la igualdad de derecho en el origen de ambas instituciones detentadoras de la soberanía. Ambas se necesitan, se complementan y ninguno puede prevalecer sobre el otro. El Rey y las Cortes no pueden estar en desacuerdo porque sólo cumplen su papel de representar la soberanía del pueblo español cuando obran conjuntamente. El Rey no puede ser una institución simbólica, porque se necesita que alguien revitalice continuamente las Cortes. Las Cortes no pueden ser un organismo muerto, o que se limite a aprobar los presupuestos, porque tienen el deber de controlar al Poder Ejecutivo y al Judicial, vigilar para que los Ministros no cometan abusos, y elaborar las Leyes que el país necesite para cada momento. No se puede concebir un Rey fuerte sin unas Cortes fuertes, y nunca habrá unas Cortes fuertes sin un Rey fuerte.

Cánovas no dijo nada de los casos de Reyes incapaces o débiles de carácter. Se supone que creía en que la institución monárquica, con sus equipos de asesores, saben en cada momento suplir las carencias de un Rey, pero no dice cómo deben obrar estos equipos asesores.

En cuanto a la idea de soberanía depositada en “el Rey con las Cortes”, tercera gran verdad madre del pueblo español, Cánovas fue doctrinario y nunca creyó en el sufragio universal. Creía que la soberanía residía en la nación, en el conjunto de la nación, pero también sabía del absurdo que era que una mayoría ignorante tuviera poder de decisión sobre los destinos de todos los españoles. Los ciudadanos que no conocen la historia, el ser profundo de España, no pueden decidir sobre el presente sin graves riesgos de equivocarse. Es imposible que los ignorantes decidan el porvenir si desconocen el pasado y malinterpretan el presente. Ya les es bastante difícil legislar a los que saben. ¿Se debe correr el riesgo de ponerse en manos de los ignorantes? ¿y si caemos en manos de los inmorales, que pueden ser tanto cultos como ignorantes?. El voto debe restringirse a los hombres capacitados para comprender la realidad y para tratar de encauzarla debidamente. No todos los hombres son iguales a la hora de ejercer el derecho de decisión. El sufragio universal es un método muy inseguro de gobernarse. El resultado del sufragio universal puede estar de acuerdo con el derecho y la razón, o puede decidir completamente en contra, a favor de la indignidad o del error. Lo que es cierto es que la humanidad no puede permitirse errores, porque lo que se tarda años o décadas de esfuerzo en construir, se puede destruir en unas pocas horas. Jugar a ver qué resulta del sufragio universal, es inmoral. Cuando los demócratas defienden el respeto a las minorías, deberían respetar también a la minoría de los inteligentes y la minoría de los hombres prácticos que han sabido levantar las empresas (lo cual no es lo mismo que hacer fortunas, las cuales a saber por qué medios se han levantado).

Pero existe un alma colectiva del pueblo que sí tiene derecho a expresarse y a manifestar su voluntad sin restricciones. Y también es obvio que los gobernantes no pueden estar preguntando al pueblo todos los días sobre todas las cuestiones de gobierno que van surgiendo. Sólo cuando se apela a la conciencia de los hombres, los hombres deciden con sabiduría ancestral. Y esas “cuestiones de conciencia” son pocas, y poco frecuentes. Son los pocos momentos en que se decide sobre los cimientos de la civilización o sobre la identidad nacional. El sufragio universal, un derecho deseable, sería aplicable cuando los todos los hombres tuvieran trabajo, capacidad de ahorro, y un fondo de formación cultural suficiente. Porque las ideas deben ser libremente discutidas por todos, pero las decisiones se han de tomar dentro de la más estricta legalidad y moralidad, y sólo unos pocos individuos están preparados para ello.

Por tanto, Cánovas creía que debía construir un régimen político en el que cupieran todos, en el que participasen todos, en el que pudieran expresarse libremente todos los españoles sin distinción entre “buenos” y “malos”, entre ideas permitidas e ideas prohibidas, pero a la postre, deben decidir los bien preparados y honestos. No se debe caer en la idea facilona y temeraria del “todo o nada” planteada por los dogmáticos, que dicen que o se asumen todos los derechos o no estamos en un Estado de derecho. Se impone el razonar, el escuchar a quien tiene algo que decir, el espíritu dialogante, la deposición de actitudes excluyentes. Las ideas no son buenas o malas en función de quien las expresa, ni se puede estar en actitud de contradecir todo lo del contrario aun antes de que éste empiece a hablar. Hay que separar la consideración que nos merecen las personas, de las ideas que estas personas manifiestan. Mi adversario doctrinal no debe ser mi enemigo personal. Es preciso oír a todos, lo cual no implica estar de acuerdo con todo lo que digan los demás.

 

 

El nuevo régimen canovista.

 

De este modo, la restauración canovista fue un movimiento de apertura política, de realismo, y de positivismo político. Abogaba por la transacción entre los políticos, y defendía que era imposible gobernar sin pactos y transacciones, siempre que éstas fueran lícitas, justas, honradas e inteligentes. Las transacciones siempre rompen un poco la armonía del sistema ideológico-político, pero llevan a la convivencia del conjunto a fin de resolver las cuestiones de cada momento, no a gusto de todos, pero tampoco a disgusto completo de todos. El político debe aprender a ceder en lo accesorio, si se respetan las cuestiones fundamentales yo verdades madres del país. La libertad y el progreso no son posibles si no se da igual seguridad a todas las aspiraciones humanas. Como las aspiraciones humanas son diversas, y aún contradictorias, se debe resolver cada conflicto mediante la discusión, siempre que la discusión sea razonada, realista, respetuosa, a fin de conseguir los mejores acuerdos posibles. Porque “la política es el arte de lo posible”, lo cual es una frase que se suele atribuir a Cánovas debido a las ideas que defendía, pero que Cánovas nunca dijo. Dijo muchas frases parecidas a ésta, pero no ésta precisamente. Ésta es una frase construida por los historiadores para resumir las muchas frases que Cánovas dijo al respecto. Cánovas dijo varias veces que la política es un arte, porque es variable, ajustable a las circunstancias y requiere de habilidad, táctica, intuición, don de la oportunidad, capacidad para la dialéctica, y dominio del juego conversador. Pero la política es más que un arte, porque requiere también de un  caudal de conocimientos, una claridad de ideas, y un dominio de las relaciones humanas, lo cual acerca el tema política al campo de la ciencia. Hay casos en que las personas nada preparadas científicamente, entran en política, y tienen muchas probabilidades de acabar en desastre, personal y del conjunto de los ciudadanos. La política es mudable, sus decisiones son pasajeras, porque los cambios de actitud ante un problema son aceptables e incluso aconsejables, según las circunstancias. Pero el político debe respetar unos principios permanentes, unos valores inmutables, por encima de las decisiones y acuerdos mudables de cada día. Es preciso comprender a la otra parte, tratar de averiguar en la historia la raíz del problema, y poner soluciones de cara al futuro del país con sentido de la trascendencia. Es inútil en las discusiones el atacar el pasado histórico, porque eso ya no tiene solución. Es inútil pretender que la legitimidad del presente nace de la buena fe, porque de la buena fe pueden seguirse tremendos errores. Por eso, es preciso que el gobernante sepa escuchar a sus contrincantes y sepa negociar soluciones que sean asumibles por la mayoría. En ello, el gobernante debe tener asumido que a todos no se les puede dar gusto a la vez casi nunca. Es preciso ser flexible, ceder ante el contrario, pero sin traicionar nunca los principios fundamentales de la convivencia, las verdades madres, el sentido común, el conocimiento adquirido, la “constitución interna” del país.

Esta negociación política puede ser tachada de circunstancialismo. Pero el circunstancialismo es una necesidad, un mal menor necesario para sacar adelante el bien superior de la convivencia y del progreso.

Por eso, la política de cada día es a veces el arte de aplicar a cada momento las soluciones posibles.

El Gobernante debe tener en cuenta que Política, con mayúscula, es también el respeto a las creencias inmutables que constituyen el alma misma del pueblo que se pretende gobernar. No es posible en política hacer todo lo que se pretende. Pero se pueden ir haciendo cosas que nos acerquen al ideal del pueblo que queremos ser. Nunca se va a poder conseguir todo lo expuesto en un programa político, pero en todo caso el programa debe tener sentido en ese camino hacia el progreso, hacia las libertades del pueblo.

La solución es el consenso, la cesión ante el adversario, pero exigiendo al mismo tiempo que el adversario también ceda en algo de lo suyo. El consenso no es una capitulación ante el enemigo.

No se debe excluir a nadie en política, salvo a los violentos e inmorales. Lo demás, es cosa de transacciones entre personas justas, honradas e inteligentes.

 

 

Los partidos políticos canovistas.

 

En cuanto a los partidos políticos, Cánovas pensaba que el pluralismo supone variedad y discrepancias. Ante la discrepancia, la solución más irracional es la guerra, o el ataque físico al contrincante. La solución racional es el diálogo.

El diálogo necesita de unas reglas de juego que den igualdad de oportunidades a cada parte, que permitan a cada uno defender sus posiciones racionalmente, a fin de que sean posibles los acuerdos. En caso de no poder llegar a ningún acuerdo, el grupo perdedor debe saber perder y debe esperar su oportunidad para cuando las circunstancias cambien. Los encargados de mantener este juego político son los partidos.

Los partidos son completamente necesarios. Es cierto que el individuo pierde su libertad personal en aras a la disciplina de partido, pero también el partido puede completar sus ideas, moderar sus ambiciones. Y además, el partido es el órgano que puede esperar a que las circunstancias cambien.

Los partidos tienen muchos defectos e inconvenientes, pero son necesarios. Sirven para tener opiniones contrastadas y defendibles ante el colectivo, pues de otro modo, las individualidades nos llevarían al caos político continuo y permanente. Los partidos son un mal necesario para la vida pública. Representan la variedad necesaria para renovar el pensamiento y para la búsqueda de soluciones que sean apoyadas por grandes colectivos. En los hombres hay diversidad de opiniones y por ello, deben existir los partidos que encaucen estas opiniones.

Tampoco es deseable que haya una pléyade de partidos, lo cual sería perder el tiempo y las fuerzas en discutir para no resolver nada. Es deseable que haya pocos partidos  que se pueda llegar a acuerdos de hacer cosas. Los partidos tienen fuerza del ser y del no ser, y nos conducen al devenir hegeliano.

La discusión política debe ser respetuosa. Es normal que se discuta. La función de un partido político es discutir. La discusión es buena como génesis que conduce hacia el progreso. Pero para que sea posible la acción hacia el progreso, los partidos deben saber ceder, llegar a acuerdos, deben saber distinguir entre el interés general y los intereses de los partidos, entre las cuestiones puntuales y los grandes principios que sostienen la sociedad y el Estado, los cuales son irrenunciables, y es imposible ceder en ellos en la negociación.

Los partidos nacen, se desarrollan, mueren y son sustituidos por otros partidos. Representan el pluralismo y en cada momento histórico serán diferentes, porque los problemas de cada momento son diferentes.

En 1874, Cánovas vio la conveniencia de que los partidos fueran dos, el conservador y el de progreso. Los dos deberían alternarse en el poder. Uno debía ser de centro derecha y otro de centro izquierda, pero los partidos deberían ser moderados, con capacidad de diálogo, con posibilidad de llegar a acuerdos entre ellos, y capacidad para atraer hacia sí cada uno a los grupos afines de sectores radicales, o grupos contrarios al diálogo y al progreso. El bipartidismo empobrece el sistema político, pues caben menos opiniones diversas, pero da más estabilidad al sistema y hace más fácil la alternativa de Gobierno, con lo cual hay más continuidad en la política, y ello da más seguridad a los ciudadanos.

En el Ejecutivo, la gestión corresponde tanto a los partidos a la derecha como a los de izquierda, pero intentando el consenso diario, la concordia entre ambos. Cada uno tendrá oportunidad de aplicar sus convicciones mediante el turno en el Gobierno. El turno no se debe organizar en periodos fijos, sino que depende de las circunstancias políticas. Cuando el partido en el Gobierno se desgasta, se desune y comete errores, y con ello se desprestigia, da paso al otro partido.

Esta doctrina del turno de partidos la obtuvo Cánovas de la práctica seguida por los Gobiernos británicos entre los tories de Disraeli y los whigs de Gladstone, que a Cánovas le parecía maravillosa. Ninguno tenía temor a ceder el poder porque sabía que lo recuperaría cuando ganase las elecciones. Así concebido el sistema de Gobierno, la oposición no es una opción perversa, no es un grupo cuyas ideas deban ser destruidas a todo trance, sino una opción lícita, siempre que esté dentro del orden constitucional. El partido que gobierna lo hace en nombre del Rey y de la Nación. El partido que no gobierna es oposición en nombre del Rey y de la Nación. Cada uno hace su papel.

El partido que vence en los comicios, en un régimen bipartidista obtiene siempre la mayoría absoluta y puede gobernar a gusto según sus propios criterios, pero ello no le da derecho a aplastar a la oposición, sino que el partido en el Gobierno debe tender al consenso, negociar, a fin de que cuando la actual oposición llegue al Gobierno, continúe la obra legislativa y no destruya lo ya hecho. El arrinconamiento y la humillación de la oposición hecha en España en el segundo tercio del siglo XIX, debe desterrarse de la vida política para siempre porque sólo genera enfrentamientos. Es preciso mantener un espíritu de concordia pues así lo pide el sentido común y las normas del juego político. El partido en el Gobierno debe dar a la oposición el mismo trato que él desearía recibir, si fuese en ese momento oposición. Ambos deben respetar al contrario, no abusar del otro, saber ganar y saber perder, no romper la baraja cuando se pierde.

Las reglas del juego político son que el partido que tiene la mayoría, gobierna; el que está en minoría, se convierte en oposición y trata de corregir los errores del que gobierna; la oposición acepta las leyes que la mayoría del Congreso aprueba, aunque puede razonar en contra, pero no puede imponer su opinión mientras esté en minoría; el partido que gobierna no tiene derecho a destruir la obra hecha por el anterior Gobierno, aunque la considere injusta.

 

 

La ciencia y Cánovas.

 

En 1881, Cánovas cedió el poder a Sagasta y aprovechó ese momento de descanso político para preparar un discurso de entrada en la Academia de Ciencias Morales y Políticas, para la que había sido elegido en 1871, titulado: Las últimas hipótesis de las ciencias naturales ¿no dan más firmes fundamentos a la sociología que a las creencias, aún miradas también como hipótesis, en que la ciencia se ha basado hasta ahora? Cánovas se permitió hacer una exposición panorámica de la ciencia de su tiempo y desmitificar el papel histórico de la ciencia, decir que no era dogma de fe, sino un instrumento insuficiente para regir la vida del hombre y de las sociedades. La ciencia era útil, pero insuficiente. Decía que el positivismo era un racionalismo útil en cuanto aplicaba racionalidad, pero era intrasladable a la sociología y ciencias humanas en general, donde actúan factores irracionales, a veces tan válidos como los racionales. Negó la razón a Comte, Spencer y Taine por cuanto éstos defendían que el hombre era un elemento más de la naturaleza, y que llegaría a ser comprendido y manejado desde la ciencia. Cánovas argumentaba que el cristianismo comprendía mejor al hombre que el positivismo.

 

 

En RESUMEN, el canovismo es:

 

El imperio de la ley sobre otras actitudes sociales.

La separación de poderes del Estado.

Respeto a los derechos individuales.

Propiedad privada.

Libertad religiosa compatible con que el Estado español sea independiente respecto a la Iglesia.

Creencia en el progreso.

Apoyo a la Corona por su efecto moderador en la dirección de la política, e incluso se llama a la Corona, Poder Moderador.

Creencia de que la soberanía reside en el pueblo, pero es bueno que la represente el Rey junto a las Cortes, porque en la práctica, el Rey es más objetivo que el Congreso y el Senado los cuales suelen estar enfrascados en luchas de partidos. Por ello, el Rey no un Rey absoluto, pues viene limitado por la Constitución y las instituciones del Estado, aunque se reconoce que adquiere mucho poder.

 

 

Los defectos que hoy le vemos al canovismo son:

 

el defender hasta tal punto la propiedad privada, que se olvidó por completo de las medidas sociales, encomendándolas a la caridad cristiana;

el centralismo a ultranza;

el aislamiento político internacional en el que creyó que podía sacar ventaja;

el caciquismo como único sistema garante de continuidad del régimen;

la identificación de progreso con realizaciones materiales de tipo agrícola, industrial, bancario, comercial, y el olvido de factores humanos, culturales;

la creencia cerrada en el catolicismo como única moral posible, despreciando la existencia de otras creencias con criterios morales diferentes.

 

 

Crisis del canovismo.

 

Cuando en 1880 se planteó el problema de la abolición de la esclavitud, Cánovas se planteó con realismo la situación, y comprendió el tremendo error que se podía cometer si, de repente, pasaba a ser libre la mayoría de la población esclava cubana. La conmoción podía ser brutal. Y las relaciones sociales que se podían establecer a partir de ese momento eran imprevisibles. Cánovas defendía una liberación progresiva de los esclavos, que evitara que cientos de miles de analfabetos violentos tomaran las calles y dominaran la política. La lección se había aprendido en Ahití.

En 1887 surgió en su partido la disidencia de Silvela, al tiempo que estallaba la Guerra de Cuba y de Filipinas. A Cánovas se le rompía su juguete preferido, el Partido Conservador, hecho a su medida. Cánovas reaccionó como los viejos políticos, con intransigencia. Mandó ser intransigente a Weyler en Cuba. Fue cada vez más intransigente en los diez siguientes años. Murió en el balneario de Santa Águeda (Guipúzcoa) en 1897. Le asesinó el anarquista italiano Angiolillo, se dice que para vengar los sucesos de Montjuich. El canovismo se mantuvo en España como sistema político hasta 1931.

 

 

 

 

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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