ANTONIO CÁNOVAS DEL CASTILLO.

         El político.

 

Concepto clave: Cánovas

 

Los políticos de Madrid eran más bien mediocres, gente con labia que sabía conmover al auditorio sin profesar para ello convicciones de ningún tipo, ni políticas ni morales. Cada político aspiraba a ser líder de algún grupo. Y para ello se cultivaban las amistades y antipatías, y se utilizaban las habilidades precisas para descabalgar al enemigo al tiempo de atraer más seguidores adictos a la persona en cuestión. En Madrid proliferaba la bohemia, la cual elevaba y descabalgaba a líderes políticos, autores de teatro, novelistas, figuras taurinas, periodistas… La bohemia presumía de moralidad, pero protestaba de todo y se contrataba por unos duros a patalear una obra de teatro, o a abuchear a unos políticos. Eran los falsos progresistas presentes en la historia de España al menos desde el XVIII hasta hoy.

 

 

La bohemia.

 

Desde 1835, Alcalá Galiano se había convertido en director de El Ateneo Científico y Literario, creado en diciembre de 1835 para divulgar el saber. Era el centro en el que se iniciaban los oradores, los poetas y los políticos, y donde cosechaban sus primeros pitos o sus primeros aplausos.

También había decenas de periódicos en los que todos los jóvenes deseaban darse a conocer y alcanzar la fama. Aquella sociedad valoraba mucho a los que habían escrito en los periódicos, y ello les daba cierta consideración en las tertulias de café, las cuales solían comentar los asuntos aparecidos en los periódicos. En las redacciones de los periódicos se conocían casi todos los redactores de artículos, y allí se hacían amigos o enemigos.

La bohemia fue el nombre de un grupo social, que existía desde el XVIII, pero se dio a conocer en Paris en 1847, una vez que empezó a ser utilizado como protagonista por varios novelistas, músicos, periodistas y dramaturgos. Vivían en la más absoluta pobreza, pero presumían de ser el núcleo cultural más importante de cada país. No eran marginales, pero estaban en el límite. La bohemia existía en toda Europa occidental.

En ese ambiente se encontraba Cánovas a la hora de su llegada a Madrid, pero Cánovas comprendió que debía adquirir una cultura verdadera y no ficticia, y destacó de entre ellos por su enorme capacidad de lectura, su inteligencia y su oratoria.

 

 

Los liberales moderados españoles.

 

Cánovas llegó a Madrid en el momento histórico del comienzo de la época de Narváez, o época liberal moderada, unos años en los que hubo menos violencia que en la época de Espartero, 1839-1843, o que en la de María Cristina, 1833-1839. Pero, en esencia, el sistema golpista no había cambiado. Los progresistas se sentían más liberales que los moderados, y los exaltados se creían más liberales que los progresistas legales o templados. Cada grupo condenaba al anterior como poco liberal. Todos se echaban en cara defectos, y el sistema resultaba absurdo y, desde el punto de vista liberal europeo, antiliberal. Olózaga comprendió lo absurdo de las posturas políticas y decidió que los exaltados pasaran a llamarse “progresistas”, un adjetivo mucho más positivo y aceptable.

Los liberales moderados defendían la paz social, el disfrute y fortalecimiento de las conquistas ya hechas por la sociedad y la política. Temían la violencia y la arbitrariedad populista, temían el caos provocado por los exaltados sistemáticamente. Defendían que el orden era necesario para salvaguardar la libertad. Muchos moderados eran “progresistas arrepentidos”, iniciados en el ambiente exaltado y hartos de violencias y malos modos propios de los exaltados. Así le ocurrió a Martínez de la Rosa, Istúriz, González Bravo, Donoso Cortés, Alcalá Galiano, Ramón María Narváez… Una vez que conocían que las revueltas populares estaban manipuladas por el dinero y los empresarios “progresistas”, se decepcionaban y se pasaban al moderantismo. Pero el moderantismo español no tenía casi nada de liberal, y se convirtió con Narváez en represión pura y dura para mantener el orden en las calles. Y conocer el moderantismo suponía otra decepción. “Los buenos” no aparecían en esta novela.

Por entonces, triunfaba en Europa el doctrinarismo, y Andrés Borrego fue un buen teórico de esta tendencia política, que se basaba en el axioma de que el gobierno de los mejores es mejor que el gobierno de todos. Había que identificar a los “ciudadanos activos”, aquellos que tenían un papel económico, cultural o social en la sociedad, y hacer política con ellos y sólo con ellos. No se trataba de hacer un Gobierno de los ricos, o plutocracia, sino un Gobierno de los más capaces. Llevado a la práctica este sistema de pensamiento, se impuso un sistema censitario que puso en el Gobierno a los más ricos, con la condición de que fueran universitarios, militares o eclesiásticos, puestos a los que los ricos no tenían dificultad de acceder. Incluso los progresistas adoptaron el sistema censitario y se hicieron doctrinarios, si bien dejaban votar a más personas que los moderados. Era evidente para todos que si tomaban el poder los socialistas y las comunas, destruirían los valores del liberalismo.

Dentro del moderantismo había varias familias:

Los ultramoderados pedían la reconciliación de los carlistas con los isabelinos mediante una Constitución tradicionalista española y católica. El grupo de Unión Nacional era apoyado por el marqués de Viluma, el duque de Veragua, José Antonio Alós, Mayans, Armero y Jaime Balmes.

Los monistas de Alejandro Mon eran el centro moderado. Otro líder de esa facción era su cuñado Pedro José Pidal. Eran dogmáticos y no admitían aportaciones de los ultramoderados ni de los progresistas.

Los unionistas pedían el acercamiento entre facciones liberales de moderados y progresistas y formaban varias facciones con programas diferentes. Creían en la necesidad de diálogo con los progresistas y en la posibilidad de cederles el poder en un momento dado. Militaban en este grupo: Pacheco, Ríos Rosas, y Pastor Díaz.

La escisión entre los moderados surgió cuando los monistas quisieron una Constitución adaptada a sus ideas políticas, la de 1845, y los unionistas les dijeron que ello era un error y una inmoralidad, pues la Constitución de 1837 se había hecho por consenso de moderados y progresistas. Los monistas llamaron entonces a los unionistas “puritanos” porque aportaban una moralidad teórica poco útil a la sociedad real.

Cánovas se movió desde el primer momento en este ambiente unionista  puritano.

 

 

La evolución moderada

 hacia el autoritarismo represivo.

 

En 1851, Narváez, el líder militar de los moderados monistas fue sustituido en la Presidencia del Consejo de Ministros por un jurista honrado y católico, Juan Bravo Murillo apodado “el abogado”. Bravo Murillo creía fundamental buscar el progreso aun a costa de sacrificar las apariencias políticas liberales. Entendía por progreso el desarrollo del ferrocarril, las carreteras, los puertos, los barcos de vapor, y que los funcionarios fueran independientes del Gobierno de turno a fin de terminar con el triste espectáculo de los “cesantes”. Pero se equivocó en querer imponer una Constitución autoritaria e independiente del poder militar. Como gesto de desprecio a Bravo Murillo, Narváez se exilió.

En 1853, Luis José Sartorius conde de San Luis decidió disolver las Cortes y gobernar por decreto para poder hacer las reformas que él creía necesarias. Ello le enfrentó a los progresistas y a buena parte de los moderados. Sartorius reaccionó ante la oposición con políticas represivas: decidió disolver las Cortes y gobernar por decreto. Tomó medidas que le enfrentaron a los progresistas y a buena parte de los moderados, como implantar la censura de prensa, controlar los foros públicos.

En 1853, Cánovas estaba impartiendo en El Ateneo unas conferencias sobre historia, y Sartorius decidió suspenderlas. Desde entonces, Cánovas sintió antipatía por los “polacos”, el grupo político que apoyaba a Sartorius.

Sartorius hizo muchas concesiones de ferrocarriles y ello degeneró en corrupción, pues el ferrocarril era el núcleo de la corrupción de aquel tiempo: el negocio consistía en obtener la concesión, empezar la obras y luego, declararse insolventes y cerrar o vender la concesión, quedándose con el dinero. Se empezaban muchas obras y se terminaban muy pocas. La opinión pública empezó a sospechar connivencias entre constructores de ferrocarril y Ministros del Gobierno y empezó a hablarse de “polacadas” cada vez que se producía un caso de corrupcíón. Pronto se conoció el caso del Duque de Riánsares, esposo de María Cristina y gran especulador, y también el caso de Francisco de Asís, marido de Isabel II. Por primera vez se habló de la maldad intrínseca de la monarquía y de la conveniencia de una república española. La corrupción lo invadía todo, desde el Palacio Real, a los Ministerios, las sedes de los partidos, los bancos, y también afectaba a las clases medias y bajas, que se vendían por poco dinero.

 

 

Cánovas archivero.

 

Carlos Manuel O`Donnell, sobrino del general Leopoldo O`Donnell, asistía a las tertulias de “El Suizo” y conocía a Cánovas y sabía de su erudición. Carlos O`Donnell contrató a Cánovas para ordenar su archivo familiar, y en ello trabajaba Cánovas cuando sobrevino la ruptura entre polacos y puritanos, dentro del Partido Moderado.

Cánovas pasó de archivero de Carlos O`Donnell a Secretario de Leopoldo O`Donnell. Leopoldo O`Donnell no era demasiado culto y necesitaba un teórico para redactar sus discursos y documentos. Ese era el motivo de contratar a Cánovas. Ríos Rosas, el líder moderado que le gustaba a Leopoldo O`Donnell, había caído enfermo.

 

 

El levantamiento de 1854.

 

De la coincidencia de que Leopoldo O`Donnell creara Unión Liberal, y que Cánovas pensase en la necesidad de una gran partido de centro que aglutinase a los moderados puritanos y a los progresistas, se induce a veces que la idea de que Unión Liberal pudo provenir de Cánovas. Además O`Donnell era de ideas más conservadoras que las que se predicaban en Unión Liberal, aunque él fuera su líder.

Desconocemos este tema y también la influencia de Cánovas en el golpe de 1854, en principio moderado, pero luego en manos de los progresistas, porque no hay constancia documental de ello. Y además, Ríos Rosas era el ideólogo que servía en el equipo de O`Donnell y también pudo ser el autor de esas iniciativas políticas.

Lo cierto es que Sartorius estaba al tanto de que O`Donnell iba a intentar algo, y destinó al general a Tenerife. Los moderados se temían que si O`Donnell marchaba a Tenerife, el golpe caería en manos de los progresistas y demócratas, como al final ocurrió. El golpe estaba inmaduro y por eso fracasaron. De momento, decidieron esconder a O`Donnell en Madrid, tal vez quince días o un mes, hasta estar preparados.

Sabemos que en esos días de ocultamiento de O`Donnell, Cánovas fue el enlace entre los diversos grupos golpistas. Cánovas era el hombre perfecto para ese trabajo por muchas razones: porque simpatizaba con la idea; porque conocía a los líderes de los distintos grupos golpistas y sus domicilios; porque era un hombre de poca apariencia que se movía fácilmente por Madrid, recogía los mensajes y los pasaba sin llamar demasiado la atención. Cánovas comprometió a varios Regimientos en el golpe, pero a la hora de la verdad no se presentaron en el lugar indicado, y la oportunidad se perdió para los moderados unionistas.

El 13 de junio de 1854, O`Donnell salió para Canillejas con intención de dar un golpe de Estado, y se encontró que allí no había casi nadie. Era un fallo importante de improvisación, que debía ser interpretado como síntoma de traición de alguien. No había traición sino equivocación de fechas. Y hubo tal suerte, que el Presidente Sartorius ni se enteró. Fijaron como nueva fecha del golpe el 28 de junio, y esta vez comprobaron que todos habían entendido bien el mensaje. O`Donnell salió desde la casa de Ceballos, en la Calle de la Ballesta, en donde estaba refugiado los últimos días, se subió a la carroza que le enviaba el Marqués de Casa Armijo. Y que iba disfrazado de cochero, y se dirigió a Canillejas. Allí estaba el general Domingo Dulce, pero no había apenas gente, sólo el Batallón del Regimiento de El Príncipe y varios escuadrones de caballería. Estaban a punto de abandonar, cuando llegó Ros de Olano con unos pocos soldados más. Entre todos reunían unos 2.000 hombres, cantidad insuficiente para intentar ocupar Madrid. O`Donnell arengó a las tropas en Canillejas, aunque tenía poca facilidad de palabra pues hablaba muy mal el español. El 20 de junio, los sublevados fueron sobre Vicálvaro, a donde el general Blaser, Ministro de Guerra, se había dirigido el día anterior y les esperaba. En la madrugada del 30 de junio hubo pelea en Vicálvaro. Los jinetes de O`Donnell cargaban sobre los cañones de Blaser por ángulos sorprendentes y se retiraban inmediatamente antes de que le diera tiempo al enemigo para ordenar el tiro de sus armas. A veces, ni siquiera llegaban a alcanzar el objetivo. Pero se retiraban tan rápidamente que los cañones tampoco les alcanzaban a ellos. Se ponían fuera de tiro, y se paraban a observar los nuevos ángulos de ataque posibles. El juego no llevaba a nada definitivo, y O`Donnell ordenó la retirada, al tiempo que Bláser también ordenó retirarse a los suyos.

Mientras Bláser se retiraba hacia Madrid, O`Donnell se retiró hacia la carretera de Andalucía. Se acantonó en Manzanares el Real esperando la llegada de Serrano, que estaba en Jaén, para decidir algo. Entonces, Ríos Rosas, Fernández de los Ríos y López de Ayala, la trama civil comprometida en el golpe y que estaba en Madrid, exigió hacer algo, porque los progresistas y demócratas se estaban haciendo con las calles de Madrid y el golpe se perdía.

 

 

Cánovas implicado en Política.

 

El 4 de julio de 1854, Antonio Cánovas decidió dar un paso adelante y sumarse a los rebeldes. Salió de Madrid y fue a Aranjuez. Una vez en esa ciudad, supo que O`Donnell había huido mucho más al sur, y salió tras él por la carretera de Andalucía, alcanzándole en Villarrubia de los Ojos el 6 de julio. Las tropas de O`Donnell siguieron hacia el sur y el 7 de julio llegaron a Manzanares el Real. Allí encontraron a Serrano, y decidieron hacer un texto que fuese manifiesto de la revolución, pues de otro modo el golpe se vendría abajo para ellos. Serrano exigió que en el texto figurase una alusión a la Milicia Nacional a fin de que ésta se sumase al golpe moderado y arrastrase a los progresistas. Cánovas se opuso a esta idea de Serrano, pues quería que la revolución fuese exclusivamente de los moderados del partido moderado y del partido progresista, y en ello no cabía la Milicia Nacional que era progresista radical. León Muñoz Cobo afirmó que el Manifiesto de Manzanares fue escrito por Cánovas en casa del Alcalde de Manzanares, sobre el poyete de una ventana y en pocos minutos, pero sabemos que, luego, hubo retoques posteriores, entre los que fueron notables los de Serrano, por lo que no podemos atribuir el Manifiesto por entero a Cánovas.

Los puntos del Manifiesto de Manzanares de 7 de julio de 1854 son conocidos: Monarquía sin camarillas; cumplimiento de la ley y mejoras de las leyes de electoral y de imprenta; rebaja de impuestos y cobro en base a motivos económicos; ascensos militares y civiles por antigüedad y merecimientos; autonomía municipal y Milicia Nacional; institución provisional de Juntas de Gobierno Provinciales hasta que fueran fijadas por voluntad nacional las bases políticas del nuevo sistema de Gobierno, venía firmado por Leopoldo O`Donnell. No glorificaba los movimientos populares ni incitaba a la violencia como hubieran hecho los progresistas extremistas. El Manifiesto pasó desapercibido y no dio lugar a Juntas. O`Donnell se sintió fracasado y siguió en su huida lejos de Madrid. Llegó hasta Carmona, a 30 kilómetros de Sevilla. El camino le conducía a Portugal.

De pronto, surgieron levantamientos progresistas en Barcelona, Zaragoza, y Valencia, y esas noticias provocaron el levantamiento en Madrid. En casa de Nicolás María Rivero, calle Atocha, se venían citando progresistas y demócratas madrileños como Eduardo Chao, Ordax Avecilla, Sixto Cámara e Ignacio Cervera. Éstos querían un levantamiento popular y populista, sin intervención de militares, y de la izquierda del progresismo. El 17 de julio de 1864 se inició el levantamiento en Madrid. Eran unas 100 personas los sublevados. Pero el día 18 eran ya unas 500 personas, y el 19 unas 4.000. Sartorius había presentado su dimisión e inmediatamente surgieron barricadas en las calles. Los sublevados asaltaron las casas de Sartorius y el Palacio de la Rejas. A continuación formaron Juntas Revolucionarias en varias ciudades de España, casi todas progresistas. Sólo en el norte de España había Juntas partidarias de O`Donnell.

Me parece importante citar este acontecimiento político, porque Cánovas pensaba que todo buen político debía conocer un golpe desde dentro, para darse cuenta de que un golpe no servía para nada.

Isabel II llamó a Fernando Fernández de Córdoba a presidir el Gobierno. Reaccionaron los progresistas y los demócratas al ver que el poder se debilitaba y azuzaron a las masas a la violencia. Fernández de Córdoba reaccionó y se enfrentó a ellos, tras lo cual dimitió.

Entonces, Isabel II llamó a Espartero como solución de emergencia para salvar el trono. Le escribió una carta a La Rioja pidiéndole su inmediata presencia en Madrid. Y mientras la Reina llamaba a Espartero, el ejército mostró su adhesión a O`Donnell y a la idea del Unionismo Liberal. O`Donnell se sintió seguro y tomó el tren en Sevilla con destino a Madrid.

En 1854, Cánovas alcanzó la popularidad. La había alcanzado mediante un levantamiento, aun habiendo dicho muchas veces que lo que más odiaba eran los levantamientos. En 1874, llegaría de nuevo al poder mediante otro levantamiento, el de Martínez Campos. En España parecía no haber otro camino de evolución que el levantamiento militar o el popular, las dos cosas que Cánovas odiaba. Por eso, Cánovas nunca alardeó de su participación en el levantamiento de 1854. Fue elegido diputado y se sintió obligado a justificarse: dijo que lo había hecho en defensa del trono y para evitar mayores derramamientos de sangre. Seguía afirmando que los levantamientos no daban lugar a la paz, el bienestar, la prosperidad y la libertad, sino a todo lo contrario.

Todavía Cánovas no era suficientemente popular, y como premio a su actuación de 1854, fue nombrado “oficial tercero del Ministerio de Estado”, un puesto irrelevante. La causa de este destino tan pobre es que no se puso a intrigar y a buscar padrinos en los días siguientes al golpe. Cánovas creía que el levantamiento lo habían ganado los progresistas, y que no era el momento para implantar un gobierno moderado unionista, es decir, creía que habían fracasado.

Cánovas fue elegido diputado por Málaga. Intervino poco en las Cortes. Sus amigos no entendían cómo podía permanecer callado un hombre que había hablado tanto en las tertulias y en el Ateneo. Pero Cánovas tenía miedo a arriesgar, a quemarse en unos minutos frente a la mayoría progresista del Congreso. Los desórdenes de la calle continuaban en apoyo de los progresistas y demócratas. No era el momento de los moderados. A veces, se ausentaba de las Cortes durante 8 ó 10 días.

El 14 de diciembre de 1854, Cánovas hizo un discurso en las Cortes y dijo que entre un grupo republicano y otro reaccionario, era necesario un grupo intermedio nuevo, un grupo que si no se sabía de dónde venía, al menos se supiera a dónde quería llegar, y la meta era el liberalismo y la monarquía constitucional. Los historiadores atribuyen a este discurso de Cánovas del 14 de diciembre de 1854 el origen de Unión Liberal, al menos el origen del proyecto. Debía ser un partido amplio y de centro, capaz de acoger en sus filas tanto a los moderados como a los progresistas, sin que ninguno de ellos tuviera que renunciar a nada.

 

 

Cánovas en Roma.

 

En 1855, el Ministro de Estado, Juan de Zabala y de la Puente, le encargó a Cánovas un informe sobre las relaciones de España con la Santa Sede. Tras leer este informe, le encargó la Agencia de Preces en Roma. Se habían suspendido las relaciones diplomáticas normales de España con El Vaticano, y sólo quedaba como enlace la Agencia de Preces, la cual gestionaba asuntos de particulares ante el Papa. En ese destino permaneció Cánovas hasta 1860. Las relaciones de España con El Vaticano estaban rotas y Cánovas apenas tenía trabajo. Aprovechó para visitar ruinas y bibliotecas italianas. El puesto estaba muy bien remunerado con más de 30.000 duros al año. El contrapunto era que el delegado de España en Roma estaba mal visto.

La cuestión política del destino de Cánovas es si estaban alejándole de Madrid para que no estorbara. Los amigos de Cánovas le dijeron que aceptara el puesto, pues Cánovas no estaba muy bien de dinero, y era la oportunidad de hacer una pequeña fortuna por si en adelante quería iniciar otros proyectos. Ganaba 75 veces más que un obrero español. También razonó que no le convenía entrar en discusiones interminables entre unionistas y progresistas como las que se estaban produciendo en 1854-1856, una vez que O`Donnell no daba señales de saber qué quería exactamente.

El 19 de agosto de 1855, Cánovas salió para Roma y tomó posesión de su cargo a mediados de septiembre. Exploró la ciudad, y también muchas regiones de Italia como Turín, Milán, Venecia, Florencia, Livorno, Nápoles, Pavía, Ceriñola, Garellano, lugares de batallas históricas de los españoles. También compró libros y litografías, y asistió a algunas tertulias de artistas y literatos, historiadores y arqueólogos. Estuvo año y medio en Roma. Escribió sobre el saco de Roma en 1527 y sobre la batalla de Pavía, y fue feliz con su modo de vida italiana. Cuando Narváez fue nombrado Presidente del Gobierno en octubre de 1856, Cánovas creyó que iba a ser cesado, y decidió dimitir antes de que le llegara el cese. Tenía 30 años y parecía un hombre con mucho futuro político.

 

 

Cargos políticos intermedios.

 

En 1857, Cánovas fue nombrado Gobernador de Cádiz por Francisco Armero y no le gustó la experiencia. Estuvo dos meses en el cargo.

En verano de 1858, Narváez le nombró Director General de Administración Local, puesto en el que hizo una gestión brillante.

En 1860, Cánovas fue nombrado Vicesecretario de Gobernación para Posada Herrera. Cánovas dudó si debía trabajar para un señor con fama de manipulador de la política, pero aceptó. Hizo un buen trabajo en la Ley de Organización de Municipios y Provincias.  Hizo una vida tranquila: Cánovas se levantaba temprano, leía y estudiaba por la mañana antes de acudir al Ministerio de Gobernación en donde se quedaba hasta después del mediodía. Comía en casa de José Salamanca marqués de Salamanca, en casa del marqués de Castillo, o en casa de Nicolás Osorio Zayas duque de Sexto y marqués de Alcañices. Alguna vez iba al teatro por la noche, o a otros actos sociales. Curro Cúchares triunfaba en las plazas de toros, y La Renco interpretaba piezas de Verdi en El Real, donde también se programaban zarzuelas. Cánovas conocía en ese momento la vida de Madrid a lo grande.

En 1860, Cánovas estaba a punto de casarse. Era por entonces un político de segunda fila que trabajaba en la idea de la unión de progresistas menos radicales y moderados más avanzados, ambos grupos desengañados por sus propios partidos y les hablaba de concordia.

En 1860, Cánovas opinaba que España debía hacer intervenciones en el exterior, como en la Guerra de Marruecos que se estaba peleando desde 1859, y se quejó de las pocas ventajas que España había obtenido de la guerra: “una guerra grande para para una paz chica”. Cánovas quería la anexión a España de todo el norte de África. No se sintió defraudado por no haberlo obtenido en 1860, pero dijo que ése debía ser un objetivo de España en el futuro.

En 1861, Cánovas era partidario de la intervención en México, sobre todo porque se hacía en alianza con las grandes potencias europeas. Se indignó por la decisión de Prim de retirarse de la contienda. En protesta por ello, dimitió como Subsecretario de Gobernación. Bajo esta actuación de dimisión, se esconde que Cánovas sentía el declive de Unión Liberal por falta de programa, por mal entendimiento de sus líderes, y el deseo de no estar en el Gobierno en el momento de la caída de Unión Liberal. Cánovas dimitió en 9 de enero de 1863. O`Donnell dimitió el 22 de febrero de 1863. Cánovas había previsto el acontecimiento y había acertado.

Como político, Cánovas aprendió que la política es mero oportunismo y que ese oportunismo es aprovechado por algunos políticos para enriquecerse y experimentar ideas personales y por otros en función de grandes ideales sociales. En 1860, y en función de sus ideales personales, Cánovas apoyó el intervencionismo en el extranjero y se equivocó. Dimitió de sus cargos políticos en 1861.

En 1864 fue Ministro de Gobernación.

En 1865 fue Ministro de Ultramar.

Tampoco le agradaron estos cargos y se retiró porque otra vez volvía a España el espíritu revanchista, represivo, esta vez de manos de Narváez, y porque murió su esposa.

 

 

Cánovas en Simancas.

 

En septiembre de 1868, Cánovas estaba en la biblioteca-archivo de Simancas, como un simple investigador. Era consciente de que se avecinaba una revolución y no quería que le sorprendiera en Madrid. No estaba de acuerdo con los Gobiernos moderados represores que iban a ser derrocados, pero tampoco con los grupos revolucionarios demócrata-populistas, y tampoco con la evolución de sus compañeros de Unión Liberal, y por ello pensaba que lo mejor era quitarse de en medio para no tener que tomar partido. Cánovas se temía una guerra civil sangrienta. En cambio, sí que tenía interés en estar informado, y así se lo comunicó a sus amigos de Madrid por carta. Tenía entonces 40 años de edad.

Como fruto de su trabajo en Simancas, en 1868 publicó tres cosas sobre el siglo XVI español y Rocroy, en 1869 publicó sobre la Casa de Austria, y siguió publicando dos o tres cosas cada año durante 1870-1874, casi todo de historia de España. En 1872, también escribió su Discurso Inaugural para El Ateneo de Madrid.

 

 

La vuelta a Madrid en 1868.

 

Cuando las cosas se asentaron y ya no había muertos, Cánovas volvió a Madrid. Tuvo buen cuidado de no pronunciarse a favor de nadie. Estaba disgustado porque los unionistas se habían sumado a la coalición de Ostende, y por ello, tampoco creía en los unionistas. Personalmente se sentía entre los vencidos de septiembre de 1868, pero oficialmente no hizo declaración alguna. Se le ofreció colaborar en el Gobierno como miembro del Consejo de Estado, pero no aceptó. Los unionistas apoyaban el reinado de Luisa Fernanda de Borbón o el de su marido Antonio de Orleans duque de Montpensier, pero no pensaban en Alfonso de Borbón, hijo de Isabel II, porque eso significaría una Regencia, que se constituiría en un problema al estar la madre del Rey expulsada de España. Los progresistas preferían una monarquía nueva, democrática y constitucional, que se instituyese por voluntad de los españoles. Los demócratas querían una república. Todos estaban de acuerdo en que había que instaurar el sufragio universal, elegir unas Cortes Constituyentes, y que éstas decidieran el futuro de la Jefatura del Estado español.

En enero de 1869, Cánovas se presentó a las elecciones en la idea de defender desde el Congreso la monarquía de Alfonso XII. Como los unionistas estaban en horas bajas, aceptaron a un hombre del prestigio de Cánovas en sus listas. Las elecciones tuvieron lugar del 15 al 18 de enero de 1869, habiéndose concedido el voto a todos los varones mayores de 25 años, lo cual es tenido en la España del XIX como el sufragio universal. Ello concedía derecho de voto a cuatro millones de personas, diez veces más que la vez anterior. Participó el 70% del censo electoral. Y el resultado fue que salieron 236 diputados monárquicos (160 progresistas y 80 unionistas), 85 demócratas y republicanos y 20 carlistas, más algún moderado que se había presentado como independiente. Antonio Cánovas del Castillo era el líder de 7 unionistas liberal-conservadores (Silvela, Elduayen, Estrada, Álvarez Bugallal, Vázquez de Puga y Quiroga). El Partido Liberal Conservador decía defender la monarquía en la dinastía de los Borbones, la libertad y el orden, la unidad nacional frente al federalismo, el derecho a la propiedad frente al socialismo, y el respeto a los valores de la tradición histórica española.

En las Cortes que siguieron en 1869, predominó el sentido teorizador y las ideas abstractas. Y triunfaba el orador que parecía más brillante. Había muchos buenos oradores, como Castelar, Martos, Rivero, Manterola, Sagasta, Echegaray y Nocedal. A todos ellos les encantó el periodo constituyente en el que podían “largar” en las Cortes discursos interminables, con teorías de lo más original. Cánovas no era el orador más indicado para el momento, porque era sólido, razonador, agudo y ocurrente, pero no brillante. Se limitó a criticar en sus oponentes la utopía y falta de conocimientos históricos, a defender el sistema monárquico como inherente al catolicismo, defender el sistema liberal como tercer pilar de la cultura española, y hasta se permitió dar lecciones a los demócratas porque las mujeres no habían tenido derecho al voto. Los demócratas rechazaban el voto femenino porque consideraban que votarían conservador católico.

La Constitución de 1869 dedicó 31 artículos a enunciar derechos individuales y los declaró inviolables, indiscutibles, imprescriptibles e ilegislables. Las Leyes se debían limitar a reconocer su existencia. Esa Constitución, votada en junio de 1869, no gustó a Cánovas porque, según él, estaba incompleta, y quedaban muchos asuntos por discutir.

 

 

Cánovas líder de la oposición.

 

Durante el Sexenio, Cánovas fue líder de la oposición conservadora. Entre sus colegas era conocido como el “monstruo” por su enorme bagaje de lecturas. En 1868 fue diputado en Cortes y miembro de un grupo que se denominaba Oposición Liberal Conservadora.

En 1871 fue elegido académico de Ciencias Morales y Políticas, cuando Cánovas estaba estudiando el siglo XVII y preparando un nuevo sistema político que debía superar los problemas de la revolución de 1868. No tenía discurso.

 

 

Cánovas líder de los alfonsinos.

 

En 1874, Cánovas tuvo el permiso de Isabel II para representar a la Casa Real en sus esfuerzos por coronar a Alfonso XII.

Cánovas estaba fuertemente impresionado por la política inglesa. Gran Bretaña había progresado económicamente mucho desde 1850 a 1875 en materia demográfica, ferroviaria, comercial, industrial, cultural, técnica… y gozaba de un gran dinamismo social que asombraba a los Estados europeos, y que descansaba en el hecho de que las clases medias constituían más del 50% de la población. Inglaterra había hecho recientemente leyes de estabilidad política como la Reform Act de 1867 dando el voto a más de un millón de personas (sobre 30 millones de población total), la ley de funcionarios de 1870 que saneaba la Administración y entregaba los puestos a gente preparada para los servicios deseados, y la ley de la enseñanza de 1870 que daba amplia intervención al Estado en esta materia. El salto al desarrollo lo habían capitaneado Gladstone por los whigs, y Disraeli por los tories, turnándose en el poder. Gladstone era partidario del “splendid isolation” o neutralismo total frente a los asuntos del continente. Disraeli era partidario de la expansión colonial por África y Asia bajo el lema “imperium et sanitas” (poder y bienestar). Tanto uno como otro respetaban al contrario, creían en el parlamentarismo, eran conservadores autocríticos. El turno de partidos británicos contrastaba con la obstinación española y de Isabel II y sus consejeros católicos de que gobernaran los moderados sin posibilidad de alternancia de partidos.

 

 

El Manifiesto de Sandhurst.

 

El 28 de noviembre de 1874, Alfonso cumplía 17 años. Era la edad legal para poder asumir la Corona española, pero Cánovas prefería que Alfonso acabara de formarse y que fuera conocido en las diversas Cortes europeas, antes de ser coronado Rey, pues así estaría más afianzado el trono. Pero para preparar adecuadamente la llegada de Alfonso a España, Cánovas decidió hacer una campaña entre los círculos políticos, militares y periodísticos, entre los tertulianos y entre los empresarios. Era una campaña de desinformación en la que trataba de convencer a todos de que Alfonso era simpático, joven, preocupado por las cosas importantes, y al mismo tiempo, de que cualquier otra salida política de España podría llevar al caos. Así que, en los días anteriores al cumpleaños de Alfonso promovió una campaña para que diversas entidades y personalidades españolas felicitaran al príncipe español.

Alfonso había estudiado en el colegio Theresianum de Viena, un colegio prestigioso y aristocrático, donde se impartía educación religiosa y humana con igual dedicación. Al príncipe español le habían hecho un tratamiento especial y personal por ser quien era, para que entendiera que su dignidad y responsabilidad era superior a las de otros.

Cánovas había aconsejado que el Príncipe completara su formación en un centro militar de un país democrático, y escogió Inglaterra, concretamente la academia Wolwich, donde estaba el hijo de Napoleón III. No le admitieron, y se decidió que estudiara en la Royal MIlitary Academy of Sandhurst situada en Camberley. Pensaba que con ello, el Príncipe se ganaría la simpatía de la mayor parte de los militares españoles y la de los Gobiernos liberales europeos, puesto que Viena era una potencia conservadora y no convenía que el Príncipe pasase de Viena al trono, sino que era mejor provenir de Inglaterra, que tenía más prestigio. Llegar desde el Theresianum de Viena le parecía dar una imagen demasiado conservadora.

El Príncipe estaba pues en Sandhurst en noviembre de 1874 cuando le llegaron las felicitaciones españolas para su cumpleaños de 28 de noviembre.

El 1 de diciembre de 1874, Cánovas redactó el Manifiesto de Sandhurst para agradecer las felicitaciones recibidas. Era una carta abierta para publicar en los periódicos, carta que firmaba Alfonso. Aprovechaba la ocasión para ofrecerse como Jefe del Estado español y anunciar los principios que regirían en la nueva monarquía: sería una España sin exclusiones políticas, en paz y unida, dotada de una monarquía legítima lo cual ahorraba esfuerzos por hacer popular al monarca, y sería una monarquía nueva, representativa, hereditaria y constitucional, además de flexible en el sentido de que adoptaría las políticas que le fueran sugiriendo los españoles mediante sus votaciones. El Príncipe se declaraba católico y liberal.

El Manifiesto no era el programa político de Cánovas, pero sólo se entiende correctamente si se conoce previamente el pensamiento canovista.

No conocemos el efecto del Manifiesto sobre los españoles y presumimos que fue poca cosa. Cánovas no descartaba el tener que recurrir al golpe de Estado, aunque no creía en los golpes de Estado.

El 23 de diciembre de 1874, Alfonso salió de Sandhurst con destino a París, para pasar la navidad con su madre. Había tenido deberes militares en la Academia y no pudo salir hasta el día 23, aunque muchos de sus compañeros ya se habían marchado de vacaciones. Viajó con el supuesto nombre de “marqués de Covadonga”. Era muy tarde para la nochebuena, y no llegó a París a tiempo. El 24 se hospedó en la estación de Charing Cross acompañado del coronel Velasco, su ayudante.

Cánovas pasó a la derecha la consigna de que quería hacer las cosas sin apelación a la fuerza, y esperando a la mayoría de edad del Rey y a que terminara estudios en Sandhurst, pero el pronunciamiento en Sagunto de Martínez Campos en diciembre de 1874 no dejó espacio para los planes de Cánovas, y Alfonso XII hubo de ir a España y coronarse Rey en enero de 1875.

 

 

El golpe de Martínez Campos.

 

Varios generales se ofrecieron a Cánovas para proclamar a Alfonso XII. A todos ellos se adelantó Arsenio Martínez Campos. Martínez Campos había sido excluido del mando por Serrano, porque le parecía un tipo peligroso. No tenía tropas a su mando. Le pidió al general Dabán que le prestase una brigada que estaba en Sagunto a fin de hacer su proclamación. El 27 de diciembre de 1874, Martínez Campos hizo un llamamiento a las tropas de Sagunto, y le siguieron la oficialidad y la tropa. No encontró oposición ninguna a su sublevación. Al contrario, el 28 de diciembre se adhirió Jovellar, el cual estaba confabulado para sustituir a Fernando Primo de Rivera si éste fallaba. Jovellar era el Jefe del Ejército del Centro. Entonces escribió a Cánovas para anunciarle el inicio del golpe a favor de Alfonso XII, y decirle que no quería comprometer con ello al partido Alfonsino, sino que asumía toda la responsabilidad del acto y no exigía a cambio cargos, ascensos, títulos o dinero. Sólo ponía una condición para deponer las armas: que Cánovas se pusiese al frente del pronunciamiento.

Cánovas protestó y dijo que el partido Alfonsino no tenía arte ni parte en el pronunciamiento. A Cánovas le molestaba que Martínez Campos hubiera tomado la iniciativa y hubiera escogido el golpe de Estado, el pronunciamiento, como primera medida, cuando él hubiera preferido una proclamación por aclamación militar y popular. El Rey debería ser proclamado por las Cortes o por un plebiscito, y no por un pronunciamiento militar, a no ser que fuese una urgencia grave.

Pero Cánovas sabía que no se podían convocar Cortes porque Serrano no quería convocarlas, y además, si había elecciones, no se sabía quién las controlaría y, en ese caso, no se conocería el posible resultado de las mismas. Pero tampoco era coherente convocar Cortes, pues Cánovas pensaba que los Reyes no se eligen, sino que están ahí por la historia, y es la voluntad popular la que los aclama y reconoce su majestad.

Cánovas estaba pensando en un golpe militar que debía protagonizar el progresista Manuel Gutiérrez de la Concha, el cual debía poner sitio a Estella, vencer a los carlistas y, tras una gran apoteosis, declarar que era partidario de Alfonso XII. Pero Gutiérrez de la Concha murió durante el sitio de Estella el 27 de junio de 1874. Cánovas pidió al general Fernando Primo de Rivera Sobremonte la misma doble misión de tomar Estella y proclamar a Alfonso XII. Primo de Rivera se incorporó a su misión en 1875, y tomó Estella el 19 de febrero de 1876, mucho después de los acontecimientos de la proclamación del Rey Alfonso XII.

En los últimos días de diciembre de 1874, se sumó al golpe el general Fernando Primo de Rivera, Capitán General de Madrid. Y el 30 de diciembre manifestó su adhesión el Ejército del Norte al completo. Entre estos militares situados en el frente, estaba circunstancialmente el general Serrano, el cual había ido a visitar el frente para hacerse propaganda a sí mismo entre los militares con mando efectivo de tropa en armas. Serrano pensaba en su presidencia de la república española.

El ejército del Norte no consultó a Serrano. Serrano se sintió solo, y decidió apoyar también a los que proclamaban a Alfonso XII. Trataba de salvar lo que pudiera. El 30 de diciembre de 1874, todas las guarniciones españolas estaban comprometidas en el golpe, y no había disidentes.

Martínez Campos había actuado por su cuenta y se había adelantado a los planes de Cánovas y del generalato en conjunto, e incluso podía echar a perder el plan de coronar a Alfonso XII. Además, Martínez Campos no era el hombre idóneo que buscaba Cánovas, pues era de la derecha del Partido Moderado, y Cánovas quería presentar al Rey como algo más de izquierdas, más progresista, capaz de gobernar tanto con moderados como con progresistas. Pero una vez sucedidas las cosas, hubo que improvisar.

El general Riquelme dijo en 1878 que la Restauración se había debido a los militares y que no era obra de Cánovas. Cánovas contestó en 1880 a esos militares que no se podía atribuir el éxito del triunfo a dos batallones sublevados por Martínez Campos en Sagunto. Que la preparación del golpe, era cosa suya.

El 30 de diciembre de 1874, Cánovas sabía que ya no habría vuelta atrás y que el poder le había llegado a las manos por decisión popular y militar. Lo primero que hizo fue convencer a Arsenio Martínez Campos para que aceptara la Capitanía General de Barcelona, y aunque Martínez Campos no quería, se le convenció diciéndole que si no aceptaba parecería que estaba en contra de Cánovas. El problema de Cánovas era Serrano, pues su adhesión no podía ser sincera. De hecho, a las pocas horas del golpe de Martínez Campos en 27 de diciembre, Cánovas había sido detenido y conducido al Gobierno Central de Madrid, donde permaneció en condición de preso. Pero un preso muy especial, pues desde la propia cárcel empezó a expedir nombramientos para cargos del futuro Gobierno y órdenes para la correcta gestión del golpe. El 30 de diciembre, tras la adhesión de todo el ejército, Cánovas fue liberado. Tenía 47 años y se había convertido en dueño y señor de la política española.

 

 

 

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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