ANTONIO CÁNOVAS DEL CASTILLO.

LA PERSONA.

 

 

Concepto clave: Cánovas.

 

Antonio Cánovas es una gran personalidad histórica en España, una personalidad con facetas de escritor, ensayista, jurista, historiador, poeta y, ante todo, político. En política, fue uno de los personajes más relevantes de la Historia de España en el sentido de que tenía inteligencia, sentido de la realidad y perspectiva del conjunto de las cosas. Construyó un sistema político que duró 40 años, 1875-1923, algo que sólo se repetirá con Franco en 1936-1975 y con Adolfo Suárez 1976-siglo XXI. Llegó a hablarse de una época canovista, una Restauración Política canovista, un sistema político canovista… Si podemos hablar de un sistema político similar anterior, debemos citar a Narváez en la época de Isabel II.

Su sistema político no arreglaba la mayoría de los problemas de España, pero traía la paz entre los partidos, la renuncia de todos al golpe de Estado y la continua amenaza militar sobre los Gobiernos de España. No arreglaba el problema de la esclavitud, e incluso Cánovas estaba muy implicado en esos negocios, y por ello obtuvo el fracaso de la Guerra de Cuba y la independencia poco después de su muerte. El sistema no arreglaba el “problema social” o tratamiento de la cuestión obrera y salarial, y ello provocó el crecimiento continuo de los grupos revolucionarios obreros, y sus estallidos de 1917 y 1931. No arregló el problema del caciquismo, y ello significó la pervivencia de los señores, sus privilegios y sus abusos. No arregló el problema de los nacionalismos.

Su sistema político fue un fracaso completo a partir de 1923, pero ello no obsta para conceder a Cánovas el mérito de haberlo mantenido 48 años. Cánovas había puesto concordia entre los españoles y les había hecho entender que la política no era enfrentamiento entre partidos sino intentos de solucionar los problemas.

Su vida tuvo tres etapas, una de recepción de ideas sobre la realidad española y asimilación de los problemas que ésta presentaba, la segunda, de actividad teorizadora a partir de lo aprendido sin dejar de seguir aprendiendo, y una tercera, de cesión de protagonismo a otros, una vez comprobado que uno de los principales problemas españoles era el excesivo afán de protagonismo de algunos políticos.

Su biografía la escribió Charles Benoist a final de la vida de Cánovas a partir de conversaciones privadas entre los dos. Su asesinato, impidió a Cánovas escribir sus memorias, lo que seguramente hubiera hecho y así se lo comentó a Benoist que iba a hacer, y con ello dispondríamos de la interpretación del siglo XIX que Cánovas tenía y que nos hubiera resultado muy interesante.

 

 

Cánovas en Málaga.

 

Antonio Cánovas del Castillo nació en Málaga en 8 de febrero de 1828.    Málaga es una ciudad mediterránea andaluza, de tradición árabe, con sus cantaores, hidalgos y mendigos. Pero Málaga era también por entonces una ciudad en industrialización por obra de Manuel Agustín de Heredia y otros burgueses como los Larios. En la segunda mitad del XIX, Málaga estaba en periodo de decadencia comercial e industrial y necesidad de evolución para no morir.

Málaga era la ciudad industrial española de referencia, tras Barcelona. Allí también nació José Salamanca, el hombre de negocios ferroviarios y urbanísticos más importante en los años 1844-1854.

La ciudad estaba relacionada comercialmente con Gibraltar, América y el Norte de África. Hacia 1850, había sido el tercer puerto exportador de España, tras Cádiz y Barcelona. Vendía hierro de Marbella y Málaga, y vino de Málaga. Había superado muy bien la crisis de los años veinte, la de la pérdida de América, pues mientras Sevilla, la ciudad más grande de la zona, dedicó sus capitales a comprar fincas y cortijos, es decir a enrocarse en la economía antigua, y Cádiz dedicó su dinero a comprar viñedos para vender a América e Inglaterra, una economía hasta entonces conservadora, Málaga, había optado por la industria del hierro, un sector con mucho futuro. Manuel Agustín de Heredia había puesto sus ojos en Río Verde, en la zona de Marbella-Ojén, y en 1826 inició la explotación de minas de mineral, y en 1828 abrió su primer taller de fundición, y más tarde una fábrica de sosa y jabones, y una fábrica de derivados del azúcar de caña de Motril.

Los Larios continuaron la idea industrializadora iniciada por Heredia y además abrieron una fábrica textil, “Málaga Industrial”. Pablo Larios había llegado a Málaga hacia 1800 y constituyó una empresa trabajada por sus hijos (hermanos pero de distinta madre): “Manuel Domingo Larios y Hermano”. Sus colaboradores en Cádiz y Gibraltar eran Pablo Larios de Llera y Juan Larios Herreros. Manuel Domingo murió en 1830, y entonces, Martín Larios Herreros regresó a Málaga y la empresa se llamó “Larios Hermanos y Cía”. Martín Larios abrió en 1846 “Industria Malagueña S.A.”, y en 1856 “La Aurora” y desde 1851 se implicó en el ferrocarril Málaga-Córdoba. En 1865, Martín fue nombrado marqués de Larios. El hijo de Martín Larios Herreros y de Margarita Larios Martínez de Tejada se llamó Manuel Domingo Larios y Larios, y fue II marqués de Larios.

Cuando Cánovas empezaba a ser consciente de las cosas, ya reinaba Isabel II, Reina desde 1833. Por tanto, Cánovas se educó ya en la época liberal española. Se daba la circunstancia de que en Málaga apenas había carlismo.

A la Málaga de mitad del XIX acudían técnicos ingleses, belgas, franceses y genoveses para asesorar en las técnicas industriales más modernas. En Málaga había muchos empresarios cultos e ilustrados, que además eran emprendedores, y conformaban uno de los mejores ambientes españoles de esa época.

También acudía a Málaga mano de obra catalana, vasca, riojana y cántabra a buscar oportunidades. Es decir, las regiones desarrolladas enviaban hombres ante la noticia de un nuevo foco económico. Uno de los inmigrantes fue Antonio Cánovas García, un maestro de escuela de Orihuela (Alicante) que veía oportunidades en trabajar en los colegios para los hijos de los malagueños adinerados. Ese maestro se casó con una lugareña llamada Juana del Castillo Estébanez, prima de Serafín Estébanez Calderón, el cual sería un político importante. Juana no era de familia rica, pero su familia no pasaba tampoco necesidades. Tuvieron seis hijos y el primogénito era Antonio Cánovas del Castillo.

Antonio Cánovas García se colocó primero en el colegio San Telmo, y fundó más tarde un colegio privado. Dio buenas bases de conocimientos a su hijo y, luego, le ingresó en la Cámara de Comercio con el propósito de que aprendiera aritmética y contabilidad, estudios en el que veía más futuro. Más tarde, Antonio Cánovas del Castillo asistió a un colegio en el que aprendió humanidades, dibujo y piano. Antonio Cánovas del Castillo destacaba en todas las asignaturas, e incluso en gimnasia, asignatura en la que fallan muchos de los buenos estudiantes. Cánovas se mostró un joven nervioso y dominante. Sus asignaturas preferidas eran historia, filosofía y literatura. Pero su padre insistía en que fuese un técnico industrial y comercial, pues con las letras creía que se podía ganar muy poco dinero. Su padre insistía en los estudios de matemáticas, contabilidad, aritmética mercantil y banca.

Su padre murió en 1843, cuando Cánovas tenía 15 años y era el mayor de los cinco hermanos supervivientes. La costumbre social era que el primogénito se hacía cargo de la familia, y Cánovas era consciente de este deber, aunque ello le costase una crisis personal importante. Primero pidió trabajo en el colegio San Telmo como maestro auxiliar, y dio clase al tiempo que editaba un periódico llamado La Joven Málaga, que imitaba a La Joven España de Luis González Bravo en Madrid, y se rellenaba con literatura y política. Eran socios suyos en el periódico, José de Robles Postigo y Maximiliano Carrillo de Albornoz. El periódico era conservador, más literario que político, defensor de los valores establecidos, y no en contra de todo lo establecido como suele ser habitual en muchos jóvenes. Cánovas tenía una educación en que había que mantener un orden dentro de la libertad, y era enemigo de exaltaciones violentas, respetuoso con el pasado y amante de los buenos razonamientos. En el colegio ganaba muy poco dinero, sólo lo suficiente para dar de comer a su familia.

Pero Málaga no tenía Universidad ni instituciones intelectuales de altura y había que salir. Muchos jóvenes iban a Granada. Pero Antonio Cánovas decidió ir a Madrid, porque las Estébanez Calderón, sus tías segundas, se habían ido a Madrid, y esperaba tener alguna colaboración familiar de ellas. Serafín Estébanez Calderón era Auditor del Ministerio de Guerra y escritor, y era la baza principal a jugar.

 

 

Cánovas en Madrid.

 

En primavera de 1845, Antonio Cánovas se fue a Madrid. Era la primera vez que hacía un viaje largo. Tenía 17 años y aprovechó el viaje para hacer tres amigos, José Ortega, párroco de San Nicolás en Madrid, Marcos Cubillo de Mesa, abogado que en su tiempo llegaría al Tribunal Supremo, y Manuel Barbieri, hombre de muchas relaciones en Madrid.

Su tío segundo, Sebastián Estébanez Calderón, tuvo una mala impresión de él y le recomendó ser cura o volverse a Málaga y le dijo que la profesión de sacerdote le haría poder mantener a su familia. Cánovas tenía muy mala facha y muchos tics. Cánovas abandonó la casa de Serafín y se fue a ver a José Ortega, el párroco, el cual le acogió para dormir. Cánovas decidió vivir en Madrid por su cuenta. Vivió en casas pobres que le prestaban sus amigos y conocidos.

Viajar a Madrid era tanto ir a buscar un buen trabajo, como tener oportunidades de estudios universitarios, y buscar contactos con los que entrar en política. Merecía la pena intentarlo.

En 1846, Cánovas se matriculó en Derecho y en Humanidades (filosofía, literatura e historia) y trabajó para José Salamanca, también malagueño, en las oficinas del ferrocarril de Aranjuez, y copiaba apuntes en la facultad para venderlos a los compañeros. Con ello pudo pagarse su manutención y llevar a sus hermanos a Madrid. Primero pagó el viaje de sus dos hermanos, segundo y tercero, y poco tiempo después envió el dinero para el traslado de los otros tres hermanos y su madre. Máximo Cánovas ingresó en el ejército, José Cánovas ingresó en Marina. Y buscando empleos, logró colocar en Madrid a otros varios malagueños conocidos suyos.

 

 

El liberalismo español de mediados del XIX.

 

El liberalismo español era muy peculiar y diferente de lo que se entendía por liberalismo en Europa en general. El liberalismo español tenía de liberalismo el ser  antiabsolutismo. Pero poco más.

El liberalismo era ponerse al servicio de personalidades concretas, y entrar en un sistema en el que todos luchaban contra todos por conseguir negocios y puestos cerca del poder. Los valores éticos del liberalismo europeo importaban muy poco en España. El diálogo con al oposición, propio del liberalismo, no tenía lugar en España. Sólo contaban las relaciones familiares y las amistades personales. La fuerza de un razonamiento no se valoraba, y la moral individual ni siquiera era tenida en cuenta. Los Gobiernos caían con cierta rapidez. Las Constituciones no se respetaban nunca. No se legislaba para que las Constituciones fueran aplicables. Y sin embargo, el sistema político era estable en cuanto a perdurabilidad asegurada del caciquismo. Perduraba la continuidad de los golpes de Estado, pero el sistema continuaba igual en permanente inestabilidad. Podemos decir que el liberalismo español, liberalismo de Narváez, desde un punto de vista europeo, era antiliberal, populista, militarista y caciquil. Todas las personas eran maniqueas: los que gobernaban se creían a sí mismos la personalización del bien y culpaban a la oposición de ser el mal absoluto. Y viceversa, los que estaban en la oposición, se creían ser el bien mismo. Y ambos pensaban que al enemigo había que exterminarle. Muchos católicos eran ultracatólicos, neocatólicos, integristas católicos. Muchos progresistas eran anticlericales en vez de antiintegristas.

La política estaba protagonizada por minorías de clase media, clase media alta, hombres de negocios, altos funcionarios, intelectuales con facilidad para escribir y pronunciar discursos, generales con prestigio dentro del ejército y algún noble. Todos ellos ocupaban el Parlamento, las columnas de los periódicos, los puestos con voz cantante en las tertulias de café, las cátedras del Ateneo, los despachos de abogados. Aunque eran una minoría social, los “liberales” estaban en todas partes. Cada uno de los protagonistas de la política se consideraba a sí mismo representante de toda la sociedad, sin razón alguna para creérselo.

Esta minoría gobernante, estaba muy dividida como grupo social: primero, entre autoritarios que defendían la pervivencia de los valores monárquicos tradicionales absolutistas, contra los que eran capaces de admitir la diversidad y que los cambios eran posibles y hasta deseables, aunque dentro del moderantismo. Segundo: entre los que componían el gran grupo de moderados, y los que pedían que los cambios fueran abordados efectivamente y no sólo en declaraciones constitucionales, a los cuales llamamos progresistas. Y tercero, habría que distinguir entre los progresistas que veían agotado el actual sistema monárquico y había que renovarle, y los que querían ensayar socialismos de diverso tipo.

Las controversias políticas se mantenían a lo largo de los años porque las elecciones se manipulaban y ganaba siempre el que las organizaba. La forma de tener una oportunidad contra el poder instituido era el golpe de Estado. Y el golpe necesitaba de un apoyo militar. Así ocurrió hasta que Cánovas ideó en 1874 un sistema de alternancia de partidos en el que ya no fuera necesario el golpe de Estado. El General Narváez protagonizó hasta tres golpes de Estado y se dice que desbarató más de doscientos en su contra. El general Pierrad se pronunció muchas veces y fracasó siempre.

Los golpistas de cada ocasión representaban a un grupo social muy pequeño y nunca a valores generales del liberalismo ni a intereses generales del pueblo español. Siempre daba el golpe un general que representaba a una facción de un partido, a veces a todo un partido. Algunas veces la iniciativa partía del general y éste pedía apoyo a una facción política. Otras veces era una facción política la que pedía a un general que sacase sus soldados a la calle.

 

 

Madrid en 1845.

 

Madrid, en 1845, tenía 250.000 habitantes. Sus casas eran viejas e inhabitables y las únicas mejoras eran las que habían hecho de José I en 1810 y Carlos III hacia 1780, abriendo avenidas y calles anchas para mejorar la ciudad. En esos años de mediados del XIX, Madrid estaba en plena reforma, derribando casas para construir otras nuevas: en 1841 se había derribado el entorno de Plaza de Oriente, y en esos años se estaba construyendo una gran avenida por el norte desde el Paseo del Prado a la Fuente de las Castellana. También se estaba renovando la Puerta del Sol derribando las casas y construyendo un semicírculo de casas regulares. Y estaba en construcción el Palacio de las Cortes. En 1846 se puso en marcha el Plan urbanístico de Mesonero Romanos. Esos grandes movimientos urbanísticos eran posibles gracias a la desamortización, la cual permitía la venta y demolición de conventos. Y gracias a la presencia de dinero hecho por negociantes abastecedores del ejército en la Guerra Carlista, se construían muchos palacios. Se construían casas de fachada elegante, usando piedra y ladrillo, con una portada en arco y un mirador de hierro y cristal, o balcones en su caso.

Madrid vivía del hecho de ser la capitalidad y hasta esa ciudad llegaba mucha gente, unos a verla, otros a buscar empleo, otros a conseguir ascensos y negocios… Todos necesitaban alojamiento y comida, y el consiguiente suministro de dinero, lo cual daba lugar a los tres negocios más habituales de Madrid.

 

 

El jovencito Cánovas.

 

Los que se encontraban con Cánovas tenían una primera impresión desastrosa: era bajito, delgado, moreno, desgarbado, cargado de hombros, estrábico, corto de vista (llevaba lentes) y con un tic nervioso por el que guiñaba un ojo constantemente, y otro por el que torcía la boca, y además, nunca en su vida fue bien vestido, bien abotonado o con la ropa ordenada. Tampoco era capaz de permanecer quieto un momento, y siempre estaba haciendo gestos, voluntarios o involuntarios. Parecía un tipo de lo más vulgar y no se molestaba en corregir sus defectos. Pero alguien se dio cuenta de su valía y le introdujo en los periódicos y en las tertulias, el primer paso para triunfar. El hecho es que, cuando empezaba a hablar, demostraba conocimientos y sentido de la realidad inusuales, sobre todo en un joven. Al hablar, mostraba seguridad, claridad de ideas, facilidad para llegar al fondo del asunto, dotes de abstracción, capacidad para entender los puntos de vista de su interlocutor. Y además tenía una gran fuerza de voluntad y sentido práctico, que le llevaban a leer en las bibliotecas, asistir a la Universidad, y estar en los actos públicos que le convenían.

Cánovas tenía un defecto o virtud, según se mire, que era que dormía cuando quería, en cualquier lugar y posición corporal, cuando él quería, y que permanecía despierto todo el tiempo que fuera necesario cuando así lo deseaba. Tal vez por ese descontrol en el sueño, su carácter era irascible y agrio. Pero por otra parte, sabía ser agradable y hacía amigos por doquier, porque ponía toda su atención en la conversación, lo que utilizaba para hacer amistades que le sirvieran para algo en algún momento.

Salustiano Olózaga, el líder demócrata, despreciaba en Cánovas el que no se cuidara en nada de sus apariencias, de su presencia y de su indumentaria.

Su paso por la Universidad no fue en balde, pues elaboraba apuntes que vendía a sus compañeros de Derecho, sobre todo a los que faltaban a clases, que eran muchos. Cánovas asistía con regularidad a todas las clases. Además, aprovechó para introducirse en el ambiente de las cátedras y hablar con todos los que por allí se movían. Compaginó estudios de derecho con lecturas de historia, filsofía, literatura y estudios de inglés.

Cuando fue mayor y había triunfado como político, Isabel II no le soportaba, pero Cánovas tenía mucha capacidad de trabajo, conocimientos de historia y dotes de oratoria. Hablaba maravillosamente, con seguridad y claridad de ideas, y con gran capacidad de síntesis, lo cual era poco frecuente en su tiempolos.

En 1848, Cánovas asistía a la tertulia del Café Suizo junto a los hermanos Mier, Fabié, Gutiérrez de Alba y Fermín Lasala. También asistía a la tertulia de La Esmeralda, en la calle Montera, lugar en donde empezó a ser conocido, aunque él no se diese cuenta, pues acudió de incógnito Joaquín María López, un prohombre del Partido Progresista que había sido Primer Ministro y, aunque nadie le reconoció, vaticinó que Cánovas llegaría a ser algo en España. En la tertulia El Parnasillo del Café del Príncipe, que era de temas literarios, Cánovas destacó muy pronto porque tenía más conocimientos y oratoria que ninguno de los presentes. Aunque sus pasos eran torpes y vacilantes, su palabra demostraba una altura no habitual, pues era capaz de hablar de filosofía, derecho, política de actualidad, y algunas veces de literatura, con mucho conocimiento y erudición. Hay que advertir que en estas tertulias a las que asistía Cánovas, no se consentían los temas de cotilleo, juegos, ni toros.

Desde 1848, Cánovas empezó a asistir también al Ateneo, sobre todo a su biblioteca. Empezó asistiendo a los cursos de Nicomedes Pastor Díaz, cuando Cánovas era estudiante de Derecho, y ya nunca lo abandonó.

En 1849, con 21 años, le invitaron dos veces a hablar en El Ateneo de Madrid donde dio tres conferencias, y en la Academia de Jurisprudencia donde leyó “Crítica a los cartesianos”. Su asistencia a la Universidad, sus discursos y sus tertulias, no le impedían leer mucha filosofía e historia y literatura en las bibliotecas de Madrid. Utilizaba la biblioteca de su tío, la Nacional y la del Ateneo. Leía con rapidez vertiginosa mientras tomaba notas sobre recortes de papel y escritas de cualquier manera. Y todavía le quedaba tiempo para estudiar inglés. Aspiraba a una cátedra de literatura, idiomas o filosofía, que le dieran un sueldo estable. Había comprendido que era importante ser conocido y tener amigos en las tertulias y procuraba no faltar.

Es incomprensible de dónde sacaba tiempo para estar en todos los lugares citados, pero tal vez se explique por la circunstancia de que Cánovas apenas dormía.

También en este año de 1849 se hizo colaborador del periódico La Patria, y escribió en otros periódicos como El Clamor Público, El Constitucional y Las Novedades. Cada vez utilizaba más La Patria, moderado puritano, y su dueño, Joaquín Francisco Pacheco, le nombró Director de ese periódico en 1851.  Estuvo en el cargo seis meses. La Patria fue adquirido en 1851 por el general Pavía, el cual despidió a los cargos nombrados por Pacheco para poner a los suyos, y Cánovas quedó adscrito al personal del periódico. Cánovas no quería significarse como miembro de un Partido Político determinado, sino se presentaba como colaborador de todos. Su fama era grande y los progresistas Fernández de los Ríos, Manuel Cortina y Joaquín María López fueron a ficharle al Café Suizo en marzo de 1852 para su periódico, pero Cánovas se negó porque rechazaba el progresismo como ideario político. Ninguno de los amigos de Cánovas lo entendió.

En Madrid se publicaban decenas de periódicos, y en 1869 llegó a haber sesenta simultáneamente. Los periódicos constaban de pocas hojas y su vida era breve, incluso de pocas semanas, lo que tardaba el dueño en arruinarse en una empresa tan costosa como emitir un periódico y apenas venderlo. Muchos madrileños se creían portadores de la verdad absoluta y fundaban un periódico para difundir unas ideas que muy pocos leían y menos se las creían. Pero algunos madrileños compraban varios periódicos al día, porque el periódico era la manera de relacionarse con políticos y empresarios que participasen en él. Muchos pretendían introducir artículos, porque el periódico era la forma de darse a conocer, pues las noticias y artículos novedosos se comentaban en las tertulias. Cánovas escribió en periódicos moderados y en progresistas, pues no quería significarse en ningún partido antes de tener una oportunidad. Hacía colaboraciones literarias y poéticas que no le comprometían políticamente. Pero cada vez utilizó más La Patria de Francisco Pacheco y éste acabó nombrándole Director en 1851. LA Patria era un periódico moderado puritano, es decir, de izquierda del Partido Moderado.

Lo cierto era que Cánovas había optado en 1851-1852 por la política, y se estaba apartando del acceso a las cátedras de la Universidad. Escribir ensayos en varios periódicos, hacer horas de biblioteca, asistir a las tertulias e ir a las clases de la Universidad era demasiado, incluso para Cánovas.

Se puso a estudiar en la Facultad de Jurisprudencia de Madrid al tiempo que asistía a las reuniones políticas de Pacheco, un tipo partidario del “justo medio” y la conciliación de posturas, como era la moda en Europa. Llegado a Madrid se afilió a Unión Liberal en 1854. Cánovas se afilió a la Unión Liberal de O`Donnell en donde conoció a casi todos los protagonistas del bienio liberal de 1854-56. El resultado de su experiencia personal en el bienio lo resumió en una frase: “Un hombre honrado no puede tomar parte más que en una revolución, y esto porque ignora lo que es”. Parece que ahí quedó forjado el carácter de Cánovas.

 

 

Pensamiento de Cánovas.

 

Cánovas buscaba el sentido de cada cosa en el conjunto del tema en cuestión, en el conjunto de la sociedad y en el conjunto de la historia. Buscaba los pros y contras de cada argumento, y de cada acontecimiento histórico. Buscaba el devenir de la historia, el sentido de la vida, y creía que todo tenía un sentido final y todo atañía al conjunto de la realidad, a algún aspecto de la misma en un momento o en otro. En ese sentido, era hegeliano. El “todo”, para Cánovas, era Dios, la Providencia, el principio que representaba lo bueno y lo justo. Y Dios tenía un plan para todas las cosas, por el que todo tenía sentido en aras al bien absoluto, permanente y trascendente. Era fundamental conocer el devenir, el plan de Dios. Creía que su fe católica le ayudaba en ello.

Pero Cánovas no era un hombre de vivencias católicas intensas, ni era un clerical integrista. Creía en la libertad de conciencia, libertad de cultos. Chocaba con los neocatólicos dominantes en el Partido Moderado. Creía en un Dios necesario para dar sentido a la realidad, en un Dios que era objetividad, el bien supremo, la realidad suprema. Creía que Dios había establecido unos principios para hacer funcionar el mundo, y en que era necesario que los gobernantes defendiesen esos mismos principios en el terreno de la religión, de la política y de la Administración, lo cual era lo mismo que defender la necesidad de un orden social y moral. Una vez preservados estos valores superiores, o “verdades madres” como Cánovas los llamaba, todo lo demás se podía discutir con entera libertad. Estos principios fundamentales e inalterables, o “verdades madres”, consisten en la moral natural presente en todas las conciencias rectas, aunque los individuos no sigan siempre los principios que la conciencia les dicta. Existen en cada individuo el error y el mal, la tendencia al bien y la tendencia a hacer el mal, la libertad para hacer el mal y la debilidad de la voluntad humana. Pero en cada hombre hay siempre una oportunidad para hacer el bien. El hombre responsable es el que es inteligente, es libre, y sigue el buen camino.

Creía en que la educación desarrolla la inteligencia y los conocimientos, pero también puede incrementar la perversión humana. Todos los hombres conocen la diferencia entre el bien y el mal, los sabios y los ignorantes. Dios ha puesto conciencia en todos. Pero Dios ha puesto en todos libertad. El hombre está obligado a ser responsable. El hombre educado, cuando se inclina por el mal, es más culpable que el ignorante.

La cultura es necesaria y permite el progreso de la humanidad, de la sociedad, la emancipación del individuo, la lucha contra la arbitrariedad, lo cual, unido a la responsabilidad, evita que las sociedades sean regidas por la ley del más fuerte mediante la violencia y la guerra. La cultura descubre las libertades y los derechos, y la sociedad debe aspirar a la cultura, pero la cultura no garantiza la eliminación del mal. Existe una cultura universal de los valores humanos. Existen culturas nacionales que dan personalidad a los diversos colectivos humanos, las naciones.

La nación viene definida por la existencia de un “alma común”, lo cual se traduce en recuerdos comunes, creencias, costumbres, elaboradas a lo largo de la historia por cada pueblo. Constituye la cultura, sin llegar a ser un espíritu diferente, un Volgeist.

Las decisiones humanas se deben poner en manos de los más cultos y no de cualquiera al azar. El poder debe estar en manos de hombres con principios morales. Pero también se ha de respetar el pluralismo a fin de que todas las opiniones tengan oportunidad de manifestarse. De la contraposición de opiniones razonables sale a menudo la luz que ilumina la salida al futuro. Si no hay diferencias de opinión, lo más probable es que tampoco haya progreso, sino conservadurismo.

El progreso no es algo mecánico, determinista y fatalista. Las leyes naturales son constantes y eternas. Pero el hombre tiene capacidad para provocar la destrucción material y el retroceso cultural. El positivismo yerra cuando dice que los avances científicos llevan siempre al progreso. El hombre siempre puede decidir trabajar por el progreso o dedicar los avances científicos para hacer el mal. Todo trabajo de responsabilidad humana, de buenas prácticas, puede conducir al progreso, aunque en su momento, la sociedad no le haga caso y no le valore en lo que merece.

Cánovas no creía en el krausismo español, ni en Feuerbach. Le gustaban Haeckel, Spencer, Darwin, Strauss, Comte, Littré, Renan, Büchner, Taine, Stuart Mill, Proudhon, Schopenhauer, Tocqueville, Russell… y demostraba con ello ser bastante culto. Sus compañeros le apodaban “el monstruo” por haber leído tantas cosas.

 

 

La literatura y Cánovas.

 

Cánovas destacó en ensayos literarios y en historia por su orden mental, estilo correcto y no demasiado grandilocuente. Lo grandilocuente es lo que estaba de moda en su tiempo. Hacía frases amplias, de armoniosa cadencia y espléndida arquitectura, como era la moda, pero no abusaba de ello. Era un hombre de su tiempo, pero moderado en el estilo de moda.

Tenía excelente prosa, pero no le imbuía gracia y espontaneidad ni flexibilidad en el estilo. Nunca hubiera triunfado en la novela o en el teatro, porque su prosa era lenta y trabajosa de leer.

Escribió una novela en 1852, a los 24 años de edad, La Campana de Huesca, y para documentarse, viajó a los escenarios de los hechos y recurrió a sus conocimientos históricos, de modo que el relato tuviera rigurosidad. Pero la novela carecía de gracia y se puede leer más a modo de artículo de historia que de novela, porque la acción es lenta, las figuras aparecen sin vida, sin agilidad ni atractivo para el lector, con diálogos envarados, a pesar de haber trabajado en el carácter de sus personajes.

En 1887 publicó algunas poesías, la mayor parte de ellas escritas en su juventud. Son versos mediocres publicados en La Joven Málaga y en otros periódicos. También había escrito otras poesías para El Parnasillo de Madrid, pero parecían más bien prosa que versos.

También escribió historia. En 1854 Cánovas publicó Historia de la Decadencia Española.

El 7 de octubre de 1865, Cánovas fue nombrado miembro de la Real Academia Española, es decir, de lengua y literatura, cuando era Ministro de Ultramar. Le propusieron para el escaño dos equipos, el uno integrado por Antonio María Segovia, Pedro Felipe Monlau y Fermín de la Puente Apechea, y el segundo integrado por Antonio Ferrer del Río, Alejandro Oliván y Manuel Cañete. Ocupó el sillón del Duque de Rivas. Sus obligaciones como Ministro no le permitieron elaborar su discurso prontamente, y además murió su esposa, por lo que la lectura de ingreso se hizo el 3 de noviembre de 1867. Se tituló la Libertad de las Artes. Hablaba del concepto de belleza a través de la historia y se mostraba ecléctico y respetuoso con los gustos de cada época. Pero atacaba a los neoclásicos por su afán de destruir el barroco y a los románticos por querer destruir lo neoclásico. Todo debía ser conservado y respetado como expresión de un tiempo pasado. Le contestó Juan Valera.

 

 

La madurez de Cánovas.

 

Cuando llegó de nuevo a Madrid en 1856, tras su estancia en Roma, se alquiló una casa más amplia que la que había tenido. Necesitaba colocar unos 7.000 libros. La casa estaba en calle La Luna, paralela a Gran Vía por el norte. Dedicó algún tiempo a leer los papeles que había traído de Roma y a acudir a las tertulias de El Suizo. Pero cada vez iba menos a las tertulias y a las fiestas de sus amigos, los toros y el teatro, pues ya no le interesaba hacer relaciones sociales dado que tenía muchos conocidos. Por entonces, dedicó mucho tiempo a leer en la Biblioteca de El Escorial.

En 1858 se echó una novia 11 años más joven que él, Concepción Espinosa de los Monteros, Concha, con la que se casó en octubre de 1860 o enero de 1861. Cánovas tenía 32 años y Concha 21. Tuvieron una hija que murió prematuramente en 1864. Concha enfermó enseguida de tisis, y Cánovas, que en esa época tenía dinero, la llevó a médicos extranjeros.

En verano de 1866, y durante los sucesos del Cuartel de San Gil, de fines de junio de 1866, y días posteriores, Cánovas estuvo en Francia en Eaux Bonnes y en Bagneres de Bigorre, balnearios que tenían fama de tratar bien la tuberculosis. No sirvió de nada. Regresaron a Madrid, y Concha murió en 3 de septiembre de 1866.

A partir del momento de la muerte de su esposa, Cánovas se encerró en su biblioteca y no quería ver a nadie.

Tras la muerte de su mujer, Cánovas alquiló una casa más grande en la Calle de la Madera, muy cerca de su anterior vivienda, en donde vivió los siguientes 10 años. Desde allí se trasladaba a Simancas a leer, y así le sorprendió la revolución de septiembre de 1868.

 

 

Cánovas historiador.

 

El 3 de noviembre de 1859, con 31 años de edad, fue nombrado Académico de la Historia, y leyó su discurso en 20 de mayo de 1860. Se titulaba La Dominación de los españoles en Italia. Estaba aprovechando sus lecturas en las bibliotecas italianas. La contestación al nuevo académico se la dio su tío segundo, Serafín Estébanez Calderón, el cual sabía de Italia por haber dedicado algún tiempo a la expedición de Fernando Fernández de Córdoba a Gaeta y a los Estados Pontificios en 1849, donde Estébanez había sido Auditor de Guerra. En el homenaje a Cánovas estuvieron grandes figuras del momento cultural. El discurso de Cánovas, tras tratar el tema de Italia, tocó el de la Guerra de África, cuando Cánovas estaba en Unión Liberal y seguía las ideas de O`Donnell de que España tuviera algún protagonismo internacional. Era pues poco relevante.

Cánovas demostró mucho conocimiento sobre los Austrias menores, los Reyes del siglo XVII.

Marcelino Menéndez Pelayo, 1856-1912, dijo que conocía pocas personas que supieran tanto de historia como Cánovas, y sabemos que Menéndez Pelayo era un lector tremendo de historia y literatura, aunque poco valioso como historiador. El historiador José María Jover Zamora, 1920-2006, dijo que Cánovas era una gran figura de la historiografía española porque era uno de los pocos hombres que él había visto que comprendía la historia, cosa inusual, pues hay muchos que saben historia, que son eruditos, y pocos que la comprenden. José María García Escudero, 1916-2002, creía que Cánovas no hubiera sido nada sin sus conocimientos sobre historia.

Cánovas sabía la historia que se conocía en su tiempo: protohistoria ibérica, Roma, el siglo XV en cuanto a los Reyes Católicos, el siglo XVI entero, Carlos V, Felipe II, los mudéjares y moriscos, el siglo XVII en el que Felipe IV y su época era su tema favorito, y el siglo XIX a través de lo que contaba Estébanez Calderón. Era evidente que entonces la historiografía española tenía carencias grandes en Edad Media y en siglo XVIII.

Los años que más tiempo dedicó a la historia fueron 1868-1872 cuando estuvo retirado de la política. Se iba a Simancas muchas veces a trabajar en el archivo de los Austrias.

Cánovas pretendía aprender historia de todas las fuentes que caían en sus manos, buenas o malas, pues creía que la historia era maestra de la vida. No quería interpretar la historia, sino aprender de ella. Actuó como si fuera posible no interpretarla cada vez que se quiere entender, y si fuera posible aprender de ella. La renovación de la historia es de principios del XX, sobre todo a partir de 1920, y Cánovas ya no llegó a conocerla. Cánovas creía haber aprendido de la historia que los hombres no deben acometer lo imposible sino lo hacedero; que debemos eliminar lo superficial, lo extremista, lo irreflexivo y lo contradictorio con nuestro propio pasado; que debemos evitar experimentos al azar porque pueden conducir a la catástrofe.

Los historiadores de segunda mitad del XX, defendieron en su mayoría que la Historia no enseña nada y no se repite nunca. Se repiten los instintos humanos, las tendencias naturales, pero cada momento histórico cuenta con factores sociales, técnicos y culturales distintos que hacen imposible que se repita. Por eso no se puede aprender con exactitud científica. Pero ayuda a pensar y prepara a pensar para comprender el presente de cara a encontrar soluciones de futuro. Pero aun admitiendo estas limitaciones en lo que enseña la historia, no es fácil aprender asépticamente, sin condicionamientos previos, pues los libros están contaminados de ideología, y los profesores también. En caso de recibir la interpretación correcta, no es fácil saber interpretar correctamente el presente sin haberse entusiasmado por determinados autores que han anulado la capacidad de pensar del aspirante a historiador. Y en caso de haber recibido una buena formación, y saber interpretar correctamente el presente, todavía es más difícil aplicar los conocimientos precisos para navegar en el presente preparando el futuro.

Respecto a la Edad Media, Cánovas sabía que de allí provenía la cultura española, igual que lo sabía Claudio Sánchez Albornoz, pero eso era un tema poco estudiado y poco conocido por entonces, y Cánovas cayó en los tópicos de su tiempo: los Reyes Católicos eran los forjadores de la unidad hispana, los Austrias eran los forjadores del Imperio Español, pero también los creadores de la intolerancia, de la Inquisición y de la negativa a aceptar los avances que se estaban produciendo en Europa en materia científica y filosófica, el XVII era un siglo de oro español, el XVIII era el siglo de la decadencia. Nosotros pensamos que el XVIII fue el siglo del relanzamiento de un proyecto científico y cultural español, y de renovación económica, si bien es el punto bajo de inflexión de la decadencia imperial española.

Respecto al XVI, Cánovas creía que los ideales de la España de los Austrias eran admirables y que el fracaso de España no se había debido a la Inquisición, ni al absolutismo, ni a las guerras, sino a la desproporción entre las empresas acometidas y las posibilidades económicas y humanas para llevarlas a cabo.

En el XVII, alababa las letras y las artes españolas. Y criticaba las guerras, los gastos excesivos, la mala administración, la falta de política económica racional, el desprecio por el valor del trabajo, y la abundancia de oro procedente de América como la fuente de todos los males españoles.

Respecto al XVIII, es claro que no era simpatizante de los Borbones españoles.

En el XIX, no creía en el liberalismo, por la excesiva carga teórica mostrada por los “liberales” de Cádiz en 1810-1814, por las luchas entre liberales, entre moderados y progresistas durante la Regencia de María Cristina, por la mala gestión de la descolonización, por la incapacidad de legislar adecuadamente debido a los continuos enfrentamientos ideológicos. Había llegado a la conclusión de que, en el XIX, España estaba en el punto más bajo posible de su decadencia, en el punto con más vicios y pasiones y con menos fe en las virtudes tradicionales españolas. Decía que sólo quedaba “la raza”, es decir, el espíritu de lo español (diríamos el volkgeist, pero Cánovas no creía en el volkgeist) que siempre puede regenerar al pueblo español.

El 11 de febrero de 1891, Cánovas dio una conferencia en El Ateneo con motivo de que en 1892 se iba a celebrar el centenario del descubrimiento de América. Cánovas consideraba que Colón era un hombre de carácter, pero poco más. Cánovas defendía que había sido España quien había descubierto América. Habían sido los Reyes Católicos, la nobleza, los sabios del momento, los frailes de La Rábida… y habló de otros descubridores españoles del siglo XVI. Fue aplaudido muchas veces. Cánovas quería que 1892 fuera una reconciliación de España con los Estados americanos. Dijo que había muchos prejuicios, leyendas, aversiones y malos recuerdos. Invitó a los Presidentes y Ministros americanos a ir a Madrid, a Granada, a Santa Fe, a Sevilla, a Moguer, a Palos y a La Rábida, y mandó construir una reproducción de la nao Santa María, que efectivamente fue botada en 1892 (la original se hundió en el Caribe en 1492 y se perdió).

Cánovas presidió el Tercer Congreso de Historiadores de América e hizo muchos discursos a los políticos que en 1892 se reunieron en una excursión por los lugares citados. Todos prometieron borrar de sus himnos nacionales las letras ofensivas para España. El Secretario de la Delegación de Nicaragua, Rubén García Sarmiento (Rubén Darío) estaba emocionado. Todos salieron muy contentos, volvieron a sus países, y nadie hizo nada en años sucesivos.

En 1888-1889, Cánovas publicó dos tomos de estudios sobre el reinado de Felipe IV, su trabajo en Simancas, su mejor obra de historia. Cánovas lo había concebido como la primera publicación de una serie que debía explicar todo el mundo de los Austrias españoles del XVII. Era un conjunto de monografías sobre diversos temas. En estos trabajos, Cánovas buscaba causas y mecanismos de la historia, mentalidades, contraposiciones de aspectos positivos y negativos, y trataba de huir de reduccionismos. Pero su muerte impidió la continuación de esta obra.

 

 

Cánovas y la revolución de 1868.

 

Cánovas se apartó de la política y no participó en la Revolución de septiembre de 1868.

 

 

Cánovas en El Ateneo.

 

Desde 1870, la presencia de Cánovas en El Ateneo fue muy importante. Fue Presidente de esa institución en 1870-1874, en 1882-1884, y en 1888-1897. Hizo varias lecciones magistrales: En 1870, La Cuestión de Roma; en 1871, Pesimismo y Optimismo; en 1872, Concepto de Nación; en 1884 le dotó de su nueva sede en Calle de El Prado nº 21; en 1889; Soberanía Popular y Democracia; en 1890, La Cuestión Obrera y su Nuevo Carácter; en 891, El Descubrimiento de América.

Los discursos de Cánovas eran buenos y nos sirven perfectamente para comprender su pensamiento.

 

 

Segundo matrimonio de Cánovas.

 

En 1885, Cánovas empezó a ir a comer asiduamente a casa de Joaquina Osma de Zavala, hija de José Joaquín de Osma, un diplomático peruano presidente de Crédito Inmobiliario, y de Ana de Zavala marquesa de Lapuente de Sotomayor. Joaquina era 30 años más joven que Cánovas. Era bella y elegante, aunque carecía de gracia personal y de simpatía. En 15 de noviembre de 1887 se casaría con ella. Cánovas estaba en la cumbre de su prestigio, tenía 59 años y llevaba 19 años viudo. Joaquina tenía 29 años. No se entiende este matrimonio, sino para que alguien le cuidara en su vejez, y también porque Cánovas entraba así en el círculo de empresarios de La Habana. Fue el 15 de noviembre de 1887 a las diez de la noche en el Palacio de los marqueses de Sotomayor y ante una reducida concurrencia. Administró el sacramento el obispo de Madrid-Alcalá, cardenal Sancha. Inmediatamente, los novios salieron hacia Europa en viaje de novios. Hicieron un crucero por el Rhin.

Después del viaje de novios, Cánovas siguió viviendo en su casa de Fuencarral, porque allí tenía sus libros, pero sus suegros le ofrecieron vivir en un palacete con jardines llamado “La Huerta”, que estaba entre La Castellana y Serrano, junto al nuevo barrio de Salamanca de Madrid. Hoy es la embajada de Estados Unidos en Madrid, en Serrano 75. La discrepancia se resolvió por la tremenda, pues los suegros ordenaron a unos mozos trasladar toda la biblioteca de Cánovas al chalet de La Huerta. Y con sus libros, iba todo su mobiliario. Como los libros eran muchos, los suegros habían mandado edificar un pabellón anejo al palacete, que sirviera de biblioteca para los más de 40.000 títulos que Cánovas poseía.

El traslado de Cánovas a Serrano significó un cambio importante en la vida de Cánovas, pues quedó alejado de los cafés y tertulias que frecuentaba, y en adelante hizo vida aristocrática. Perdió visitantes y admiradores de la clase media, que ya no se atrevían a llamar a la puerta de un palacio, y perdió contacto con la clase media. Emilio Castelar siguió visitándole y quedó admirado de la grandiosidad de la nueva residencia de Cánovas. Pero para Cánovas, aquello significaba una jaula de mármol que le restó alegría y espontaneidad. Seguro que le era más fácil encontrar los libros que buscaba y sentarse a leerlos, y además tenía amigos nuevos, pero perdió algo de espontaneidad. Joaquina Osma tuvo un hijo que murió a las pocas horas de nacer. Cánovas tuvo una crisis anímica importante porque su primera mujer, Concha, también había tenido un hijo que nació muerto. El golpe fue duro para Cánovas.

 

 

Cánovas y el arte.

 

En 1886, Cánovas fue nombrado académico de la Real Academia de San Fernando. Leyó su discurso en 29 de mayo de 1887: Las Circunstancias que han de concurrir en los asuntos que tratan de las Bellas Artes. Y así como en el discurso de la Real Academia Española había hablado de arte, en la Academia de San Fernando hablo de Lengua durante dos horas y 15 minutos. Destacó la importancia de la poesía entre las Bellas Artes, porque penetraba en el alma humana. Entre las artes clásicas, prefería la escultura porque se expresaba en tres dimensiones. Se mostraba clásico, antiguo, y admirador de Fidias.

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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