EL GOBIERNO CÁNOVAS DE ENERO DE 1884.

 

 

 

 

Conceptos clave: Gobierno de enero de 1884, Unión Católica, Alejandro Pidal y Mon, elecciones de 1884, Miguel Morayta,  Río de Oro y la Conferencia de Berlín, Muerte de Alfonso XII.

 

Romero Robledo, el viejo organizador de elecciones, fue propuesto por los notables para gobernar. Había una disputa entre Cánovas y Alfonso XII, en la que el Rey pretendía nombrar los Ministros. Cánovas se oponía al Rey, y mantuvo que nombrar Ministros era prerrogativa del Presidente del Consejo de Ministros. Había también una discordia entre Cánovas y Alfonso XII, porque Cánovas había expulsado de España a una amante del Rey llamada Adela Borghi, la Biondina, lo cual había desagradado el Rey[1]. Tras algunas conversaciones entre los notables del Partido Liberal Conservador, se dio el Gobierno a Cánovas y se dejó a Romero Robledo en Gobernación. Fernando Cos Gayón le exigió a Cánovas que tomara las riendas del poder, pues al Partido Conservador le podía pasar lo mismo que amenazaba al Partido Liberal Fusionista, la desmembración prematura.

Por su parte, Cánovas había encontrado otra vez la estabilidad emocional tras la muerte de su esposa en 1866, y había encontrado otra novia, Joaquina de Osma, hija del Marqués de la Puente y de la marquesa de Sotomayor, con lo que su estado de ánimo había mejorado. Tenía Cánovas 57 años de edad. Cánovas aceptó el Gobierno en enero de 1884. Se casó con Joaquina de Osma en 1885.

A modo de “venganza”, los barones que estaban en la reunión exigiendo a Cánovas la aceptación del poder, fueron nombrados Ministros por Cánovas:

 

        

             Gobierno de Cánovas,

          18 enero 1884 – 27 noviembre 1885

 

Presidente del Consejo, Antonio Cánovas del Castillo.

Estado, José Elduayen Gorriti, marqués del Pazo de la Merced,

Gobernación, Francisco Romero Robledo / 13 julio 1885: Raimundo Fernández Villaverde.

Gracia y Justicia, Francisco Silvela Le Vielleuze,

Fomento, Alejandro Pidal y Mon,

Guerra, general Genaro Quesada Mathews, marqués de Miravalles.

Marina, almirante Juan Bautista Antequera Bobadilla / 13 julio 1885: Manuel de la Pezuela Lobo.

Hacienda, Fernando Cos-Gayón y Pons,

Ultramar, Manuel Aguirre de Tejada, conde de Tejada de Valdosera.

 

Cánovas dedicó algún esfuerzo a que no se rompiera el Partido Liberal Conservador. Había dos facciones incompatibles: Francisco Romero Robledo por una parte, y Francisco Silvela de Le Vielleuze por la otra. Nombró a Romero Robledo Ministro de Gobernación y a Francisco Silvela Ministro de Gracia y Justicia. Estos dos hombres eran incompatibles, pues Romero Robledo era el hombre de los cubanos en el Gobierno español, concretamente de los Zulueta, los más importantes hacendado cubanos, mientras Silvela era un moralista de conciencia escrupulosa. Romero Robledo había estado en 1871 en el Partido Constitucional de Sagasta y había sido Ministro para Amadeo I, y luego había estado al servicio de Cánovas en 1874, y fue Ministro varias veces, hasta que rompió con él en 1886. Volvería con Cánovas en 1890. El matrimonio de Romero Robledo con una Zulueta explica muchas de sus actitudes políticas.

Para dar más fuerza a su partido, Cánovas nombró a Manuel Aguirre de Tejada Ministro de Ultramar, el cual, junto a Romero Robledo, también representaba a los hacendados cubanos en el Gobierno de España.

Y Cánovas cerraba este Gobierno de uniones y coaliciones, con Jenaro Quesada Mathews, Ministro de Guerra, el cual provenía del Partido Conservador isabelino.

Era un Gobierno multicolor que tanto podía resultar muy fuerte si se coordinaba, como podía disgregarse en múltiples facciones. En conjunto, resultaba más conservador que los anteriores Gobiernos del Partido Liberal Conservador y no respondía a la idea de la Restauración de equilibrar las tendencias políticas españolas, que había predicado Cánovas.

Como Gobierno conservador, inmediatamente tomó medidas represoras como suspender periódicos de la oposición, y prohibición de conmemorar los aniversarios de la República cada 11 de febrero.

 

 

El nuevo Alfonso XII.

 

Una novedad del momento era que Alfonso XII ya no era tan sumiso a Cánovas como en el periodo anterior 1875-1881. Alfonso empezaba a quejarse de ser simple instrumento en manos de los Jefes de Gobierno. Quería más protagonismo político. El problema venía porque José Elduayen Gorriti había sido nombrado Ministro de Estado, y Elduayen no se llevaba bien con Alfonso XII. El Rey quería tener poder para destituir o vetar Ministros, lo que era ajustado a la Constitución de 1845, pero no a la de 1876. Cánovas no lo podía permitir. Cánovas toleraba que el Rey tuviera varias amantes, y que se pagara espléndidamente a Elena Sanz para ser la amante oficial, pero no estaba dispuesto a que el Rey actuase al estilo absolutista.

 

 

Reconstrucción de la mayoría conservadora.

 

El Partido Moderado, el viejo partido de tiempos de Isabel II, quedaba a medio camino entre el carlismo y el canovismo. Si Cánovas se atraía a los moderados al Partido Liberal Conservador, podía conformar una nueva mayoría que le permitiera gobernar. Cánovas había intentado atraerles en 1875-1876, pero siempre había salido reclamando la “unidad católica” y el sistema de valores de la Constitución de 1845, e incluso a veces, la vuelta de Isabel II, lo cual hacía imposible la negociación. Si Cánovas lograba dividir a los moderados, la mitad del partido caería indefectiblemente en el Partido Liberal Conservador de Cánovas. Éste era el nuevo plan de Cánovas.

Pero las cosas estaban evolucionando: En 1878, los moderados habían aceptado a Alfonso XII. En 1880, los disidentes de Martínez Campos habían abandonado el Partido Liberal Conservador de Cánovas pero, a cambio, los moderados Eduardo Sanz Escartín[2] y José Álvarez de Toledo conde de Xiquena[3] se habían pasado al partido de Cánovas. En agosto de 1880, Francisco Javier Arias-Dávila y Matheu conde de Puñonrostro dijo que todo el Partido Moderado se debía pasar al Partido Liberal Conservador de Cánovas.

En 1882, más moderados dijeron que había que apoyar a Cánovas, pues de otro modo, se impondría la coalición de Sagasta, del Partido Liberal Fusionista con Izquierda Dinástica, y las cosas irían a peor para los moderados. Y el goteo de diputados hacia el partido de Cánovas fue incesante.

 

 

El “partido católico”.

 

El 16 de junio de 1880, Alejandro Pidal y Mon había hablado a las “honradas masas carlistas”, pero de su discurso de desprende que estaba hablando, no para los carlistas, sino para los agricultores que habían perdido sus propiedades y culpaban de ello a los liberales. Pidal y Mon planteaba la posibilidad de aceptar a Alfonso XII y de participar en las elecciones, aunque los diputados tuvieran que jurar la Constitución de 1876. En 1881, Pidal y Mon creó Unión Católica para todos los que pensasen como él, aun manteniendo los principios políticos de otros partidos. Unión Católica no era propiamente un partido sino una asociación religiosa para defender los intereses del catolicismo, y una entidad benéfica para practicar la caridad social propia del catolicismo. De esta manera, Pidal y Mon se atraía a católicos carlistas y a católicos moderados (del Partido Moderado isabelino) e incluso a católicos Liberal Conservadores de Cánovas.

Los más perjudicados por la iniciativa de Pidal y Mon eran los carlistas, los cuales acusaron a Mon de querer fundar un partido confesional católico tradicionalista y acabar con el carlismo. Pidal y Mon fue entonces a ver al Papa León XIII, y el Papa le dijo que no convenía hacer partidos católicos, sino ingresar en los partidos más afines al catolicismo, como era el Partido Liberal Conservador en el caso de España. Y Alejandro Pidal y Mon se pasó al partido canovista y con ello, y la difusión del mensaje del Papa, arrastró a muchos de Unión Católica al mismo partido.

En enero de 1884, se consolidó la unión de los partidarios de Alejandro Pidal y Mon con el partido Liberal Conservador, cuando Cánovas llamo a Pidal y Mon para ser Ministro de Fomento, lo cual llevaba el encargo de dirigir la enseñanza, el pastel preferido por los católicos españoles. Cánovas había estado atento a los acontecimientos del Partido Carlista y había actuado con presteza.

 

 

Alejandro Pidal y Mon.

 

Alejandro Pidal y Mon, 1846-1913, nombrado Ministro de Fomento en 1884, era hijo de Pedro José Pidal Carniado, el autor de la reforma educativa de 1845, y hermano de Luis Pidal y Mon, segundo Marqués de Pidal. Alejandro Pidal era un ultracatólico, pero no carlista- Era el fundador de la asociación Unión Católica, que creía que si las gentes sencillas eran muy católicas en España, sus representantes en Cortes debían ser católicos fervientes, porque los elegidos debían pensar igual que sus electores. Incluso prohibió que en Obras Públicas se trabajase los domingos. Pero Pidal y Mon había fracasado en el imposible político de que la gente sencilla ocupara cargos políticos, porque la gente sencilla no tiene capacidad para ser Ministro y, por tanto, no es posible que cualquiera del partido sea un cargo político; porque la gente sencilla muchas veces no quiere participar en política sino que alguien les deje vivir tranquilos y les resuelva los problemas de la convivencia; y porque la gente sencilla muchas veces está convencida de que la política es una ficción, un juego más o menos asqueroso y extraño, al que juegan los políticos, gente al margen de la realidad diaria de la calle.

En 1876, Alejandro Pidal y Mon acusaba a Cánovas de que no se podía al mismo tiempo ser católico y pactar con los progresistas y demócratas, que eran contrarios al integrismo religioso. Era un radical.

En 1877, Pidal y Mon atacó a los profesores de la ILE que opinaban que el retraso cultural de España se debía a las prohibiciones católicas y a la Inquisición.

Pidal y Mon representaba una evolución ideológica respecto a su padre, Pedro José Pidal Carniado, hacia el ultracatolicismo. Pidal Carniado había sido moderado, pero creyente en la Constitución y en la soberanía nacional Pidal y Mon añadía a las ideas de su padre las convicciones católicas integristas.

El Papa Pío IX dijo en 1878 que los católicos debían aceptar las instituciones vigentes en cada país, sumarse a partidos conservadores, y defender desde ellos los “derechos” de la Iglesia. Por otro lado, la encíclica Cum Multa, del Papa León XIII, de 8 de diciembre de 1882, había recomendado a los católicos no crear partidos confesionales, sino votar a los partidos cercanos a las ideas del catolicismo. El Papa había entendido el mal que podía derivarse del integrismo, y había ido por camino distinto.

Pidal y Mon se sorprendió tanto por la encíclica, que fue a Roma a hablar con el Papa, y León XIII se ratificó en las mismas ideas y, además, alabó a Cánovas como buen católico, flexible y valeroso. La fe de Pidal y Mon en el Papa no le dejaba más camino que abandonar el proyecto de un partido católico. A partir de ese momento, fue un fiel servidor del canovismo. La nueva postura de Alejandro Pidal y Mon dañó mucho al carlismo. Su integración en el Partido Conservador en 1884 eliminó la contraposición política entre católicos y partidarios de Isabel II. El argumento de la ilegitimidad de los Borbones reinantes, se había derrumbado. En 1888 el carlismo se dividiría y ya no volvería a ser nada importante en política.

Las opiniones de las élites empezaron a coincidir con las de los votantes: efectivamente, los católicos españoles estaban votando a Cánovas, pero no a Pidal y Mon.

Como Ministro de Fomento, Alejandro Pidal y Mon reformó las oposiciones a cátedras, la Escuela Normal Central de Madrid, la Facultad de Derecho, y el Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios.

En 1885, Alejandro Pidal y Mon, como encargado de la enseñanza, creó “centros asimilados” que era colegios religiosos adscritos a un instituto. En estos colegios, los profesores religiosos no necesitaban titulación académica. Esta situación tan anómala del profesorado acabará en 1901, con Romanones, pero entonces será considerada por los católicos como un ataque a la Iglesia, y la situación se reproduciría con Gobiernos conservadores.

La incorporación de Pidal y Mon en el Partido Liberal Conservador, dio como resultado que los conservadores se escoraron a la derecha: prueba de ello es que protestaban porque alguien reconocía al Gobierno italiano (excomulgado), o porque un catedrático como Miguel Morayta hablaba de libertad de pensamiento en la Universidad.

 

 

Cánovas en 1884.

 

En 1884 la popularidad de Cánovas estaba a la baja. Cánovas estaba siendo acusado de hacer concesiones a los liberales y de permitir divergencias entre los conservadores, lo cual era interpretado como la causa de la vuelta de algunos desórdenes públicos y de la baja de la inversión industrial. Además, en 1884 hubo epidemia de cólera en Madrid y la moral de los ciudadanos se deterioró mucho.

Ruiz Zorrilla conspiraba contra Cánovas desde el republicanismo, pero los republicanos eran pocos y no tenían posibilidades. Los republicanos eran cada vez menos desde 1881.

Había un problema de orden público en la calle, activistas políticos que de nuevo intentaban ganar la calle.

Había un problema económico, porque los inversionistas extranjeros se estaban marchando, y la bolsa respondía a la baja.

Cánovas tomó algunas medidas de restablecimiento del orden, los liberales protestaron levemente por ello, y el prestigio de Cánovas volvió a subir. Cánovas dijo que era preciso reforzar el principio de autoridad. Esta frase disgustó a Sagasta, pues era partidario de contemporizar con el desorden, hasta cierto punto, para no dañar los principios de libertad y expresión. La lucha con el desorden le parecía poco liberal y tenía esa confusión de ideas propia de la izquierda poco culta, que no veía que el desorden, por el simple hecho de producirse, limitaba las libertades de la gente corriente que lo soporta, y eventualmente podría acabar con todas las libertades. No hubo, sin embargo, ningún gran enfrentamiento entre Cánovas y Sagasta.

Cánovas estaba tratando de conseguir la popularidad que parecía estar a punto de perder.

 

 

Las elecciones de 1884.

 

Se convocaron elecciones para 27 de abril de 1884. La fe en el sistema canovista era tan poca, que todos los grupos de la oposición se plantearon la retracción (no participar en las elecciones).

El único incidente serio fue que Ruiz Zorrilla dijo a los suyos, los republicanos, que irían al pronunciamiento militar: El capitán de carabineros, Higinio Mangado, entró desde Francia por Roncesvalles y se dirigió a la fábrica de armas de Orbaiceta. Le salió al paso la Guardia civil, e Higinio murió en el combate. También se sublevó un batallón en Santa Coloma de Farnés, pero fue dominado enseguida.

Los republicanos federales se retrajeron en esas elecciones. Los republicanos posibilistas de Emilio Castelar decidieron participar a pesar de todo. Y los Demócrata Progresistas que no se habían ido a Izquierda Dinástica, también decidieron participar, pues pensaban que, de otro modo, quedaría expedito el camino a una especie de dictadura canovista. El ambiente político estaba pues normalizado.

Las elecciones de 1884 fueron una farsa, con abusos caciquiles vergonzantes, intervencionismo de los Gobernadores, y trampas en las actas electorales y en las listas de votantes. Romero Robledo quiso volcar las elecciones a favor de la derecha conservadora y católica, y provocó tantos escándalos, que los liberales y republicanos acabaron aliándose para que no se repitieran actos de sinvergüencería como aquél. Sagasta las calificó de “deshonradas” en el momento mismo en que se celebraron. Alejandro Pidal Mon y Francisco Romero Robledo fueron duramente atacados por la oposición. Pero quizás no quedaba otro remedio si se quería conservar la farsa de los dos partidos de Gobierno.

Resultados electorales: Había 392 escaños a repartir. El Partido Liberal Conservador obtuvo 318; Izquierda Dinástica, 36; el Partido Liberal Fusionista, 31; los demócratas progresistas independientes, 2; los posibilistas de Castelar, 2; y de grupos no definidos salieron 2 diputados. El falseamiento electoral era muy patente a la vista de los resultados.

No todo había sido falseamiento electoral, sino también ocurría que los españoles votaban a quien estaba en el poder, con la esperanza de obtener con ello alguna ventaja para su pueblo o su región. Estar con quien gobierna es una postura bastante corriente en todos los tiempos. Pero ello no obsta para que sea verdad lo manifestado en el párrafo anterior sobre la manipulación de estas elecciones.

Sagasta protestó por el proceso electoral de 1884, pero Venancio González había hecho lo mismo para él tres años antes, y entonces se había callado. La protesta de Sagasta parecía por lo tanto una pose política. Sagasta necesitaba popularidad, y tal vez por ello, protestaba para cubrir el expediente.

En junio de 1884, se abrieron las Cortes. La mayoría de diputados conservadores no es que fuera absoluta, es que era abrumadora, como era de esperar de la actividad de Romero Robledo.

 

 

Crisis del Partido Liberal en 1884.

 

El Partido Liberal Fusionista también se estaba escindiendo:

Por una parte estaban los sectores de Práxedes Mateo Sagasta.

Por otra parte, desde diciembre de 1882, había surgido una Izquierda Dinástica liderada por Moret, y encabezada por José Posada Herrera, Cristino Martos, Francisco Serrano y Antonio José Ros de Olano, que representaba casi el 50% del Partido Liberal Fusionista.

Naturalmente, Cánovas decidió apoyar a Sagasta y continuar gobernando España con partidos ficticios, hechos a la medida canovista, y ambos líderes se propusieron ocultar la realidad de las ideas políticas españolas. El caciquismo y la manipulación electoral eran cada día más necesarios para obtener los resultados oportunos.

El 19 de mayo de 1884, Cánovas hizo un discurso repitiendo una de sus “verdades madres”, el concepto de monarquía: dijo que la monarquía era un principio fundamental a conservar. Y que una vez admitido eso, cada español tenía derecho a opinar sobre los temas de economía y sociedad y otros temas políticos. Pero Cánovas iba a perseguir a los que atacaran a la monarquía.

Este discurso de Cánovas, logró que la oposición cerrara filas en torno a Sagasta, por lo demás muy desprestigiado.

 

 

El caso Pidal y Mon.

 

Las diputados de izquierda atacaron a Alejandro Pidal y Mon en las Cortes, considerándole representante de la extrema derecha, el grupo católico disidente de los carlistas. Le atacaban por su pretensión de volver a la Constitución de 1845. Además, Pidal y Mon había dicho en junio de 1883, antes de ir a ver al Papa, que antes se dejaría cortar una mano que aceptar un Ministerio de Cánovas, y resultaba que era Ministro de Fomento en enero de 1884. Pidal y Mon era también el portavoz de los obispos españoles ante Cánovas. Y se había convertido en una figura polémica: los carlistas le odiaban porque había roto el Partido Carlista y se había llevado la mitad del mismo a colaborar con Cánovas. En 1876 se había opuesto al artículo 11 de la Constitución que daba la libertad de cultos, y se había enfrentado a los liberales. En enero de 1884, había aceptado la Constitución de forma poco explicable, aunque Pidal y Mon aclaró que había que ser realistas y aceptar lo mejor de lo posible. Pero los republicanos no se creían esa conversión desde el integrismo católico al catolicismo democrático, y Cánovas le exigió a Pidal y Mon que se manifestara sobre el poder temporal del Papado. Entonces, Alejandro Pidal y Mon cometió un error político muy grave: calificó a los Reyes de Italia de “Reyes del Piamonte” y dio a entender que la unidad de Italia no era definitiva hasta que no se hiciera bajo la autoridad del Papa. El Rey de Italia protestó, pero Cánovas no expulsó de su Ministerio a Pidal y Mon, porque no quería perder los votos de los católicos. Reaccionaron los integristas católicos pidiéndole que se definiera, y Pidal y Mon acabó diciendo que los Papas ya no tenían derecho al poder temporal. Entonces, pudo quedarse en el Ministerio de Fomento, pero perdió muchos seguidores católicos.

 

 

El periodo legislativo ordinario de 1884.

 

El Código Penal del Ejército de 1884 recogía la situación de incapacidad mental del soldado y la atenuante de incapacidad mental, exceptuando el caso de embriaguez, que era incapacidad buscada deliberadamente y evitable.

El Código Penal del Ejército se completaría en 1888 con el Código Penal para la Marina.

 

 

Miguel Morayta y la Iglesia española en 1884.

 

El nuncio en España, desde 1883 y hasta 1887, era el siciliano Mariano Rampolla del Tindaro[4], y propugnaba la integración de los católicos en la política, pero sin partidos políticos católicos. Alejandro Pidal y Mon aceptó este mandato y arrastró en ello a Marcelino Menéndez Pelayo, pero no al grupo mayor de los católicos. Los obispos se dividieron entre antiliberales y colaboradores de los conservadores de Cánovas. Algunos obispos españoles, “más papistas que el Papa”, muchas veces continuaban en el integrismo antiliberal.

La Iglesia Católica española, dominada por obispos integristas, manifestó en 1884 su descontento ante las nuevas ideas de los profesores de Universidad. La ocasión se presentó cuando el catedrático de Historia, señor Miguel Morayta Sagrario, negó el Diluvio Universal y la existencia de Adán y Eva como pareja iniciadora de la humanidad[5]. Los integristas se revolucionaron.

En octubre de 1884, el Ministro de Fomento, Alejandro Pidal y Mon, presidía la apertura de curso en la Universidad de Madrid. Hizo la Lección Inaugural Miguel Morayta Sagrario, miembro del Gran Oriente y catedrático de historia de la Universidad. El tema de su disertación era Egipto. Pero hizo alusión a la necesidad de libertad de la ciencia, un tema odiado por los católicos integristas, que hablaban de sumisión de la ciencia a los criterios de la Iglesia Católica. Los católicos españoles querían que la Iglesia se definiese sobre el tema. Morayta dijo que el profesor, en su cátedra, era libre, sin más limitaciones que la prudencia. Entendía por libertad del profesor que no se le podían imponer doctrinas ni creencias, ni sistemas a enseñar, ni reglamentos, ni límites al programa que debía enseñar. Sólo se le debía exigir moralidad, profundo saber y arte de enseñar.

El Ministro, Alejandro Pidal y Mon, se tuvo que pensar qué iba a decir, o si tenía que abandonar la sala en señal de protesta. Y se quedó. Y dijo que “la ciencia debía ser libre”, lo que provocó aplausos de los profesores y estudiantes allí presentes. Y a continuación añadió: “dentro de las leyes, la Constitución, y la monarquía católica legítima y constitucional de Alfonso XII”. La afirmación, que trataba de puntualizar los temas expuestos por Morayta, tenía difícil interpretación, pues las Leyes de 1881 habían derogado la Circular de Orovio de 1875. Pidal y Mon había quedado comprometido a aclarar, ante los católicos, qué había querido decir.

Los carlistas y la jerarquía católica criticaron al Gobierno alegando que Pidal y Mon había tolerado una ofensa a la Iglesia, y los obispos condenaron a Morayta: Ciriaco Sancha Hervás, obispo de Ávila; el Vicario Capitular de Toledo, Casas Sant; el obispo de Plasencia, Pedro Casas Souto; y el obispo de Tarazona, Cosme Marrodán Rubio, culparon a todo el Gobierno de tolerar ataques contra la Iglesia. Los estudiantes ultracatólicos se sumaron a los desórdenes contra Matayta. Los estudiantes liberales salieron en apoyo de Marayta. Los mayores disturbios se produjeron en noviembre de 1884.

Los alumnos de Morayta ocuparon la Universidad, el Gobernador de Madrid, Raimundo Fernández Villaverde, fue silbado por los estudiantes el 19 de noviembre, día de Santa Isabel, y el Gobernador quiso dar un golpe de autoridad, y ordenó a la fuerza pública entrar en la Universidad y desalojarla. El jefe de Orden Público, coronel José Oliver, entró en la Universidad dando palos a estudiantes y profesores. Los institutos y escuelas de Madrid se sumaron a las protestas de los universitarios contra Oliver y las escuelas debieron ser ocupadas por la fuerza pública. Los días de más violencia fueron del 17 al 22 de noviembre de 1884. Inmediatamente, los disturbios se extendieron por otras Universidades.

Cánovas del Castillo y Pidal y Mon mandaron detener a los estudiantes y profesores más destacados, lo que provocó una nueva salida de estudiantes a la calle.

Y el asunto llegó a las Cortes, y hubo varios debates parlamentarios hasta febrero de 1885. El bochorno internacional fue grande, tanto por la publicación de la noticia de que en España era obligatorio creer en el Diluvio y en Adán y Eva, como por el hecho de que los estudiantes que creían en ello eran apaleados.

Y José Oliver fue castigado por el Gobierno para cubrir apariencias. Se había encontrado un chivo expiatorio.

 

 

España en Río de Oro.

 

Río de Oro era un país legendario en el que supuestamente habían estado los españoles en el siglo XV. Los documentos hablaban de Santa Cruz de Mar Pequeña. Los documentos decían que estaba en África frente a las Islas Canarias, mucho más al norte que Villacisneros, pero nadie sabía exactamente dónde. En 1509, Portugal había cedido a Castilla un territorio de la costa enfrente de las Islas Canarias, que se denominaba Santa Cruz de Mar Pequeña. Pero el dominio había sido siempre teórico y no efectivo. No había localización precisa ni restos arqueológicos.

La zona pertenecía a unas tribus saharauis que nunca habían reconocido como Rey a nadie, ni a españoles, ni a portugueses, ni a sultanes marroquíes. Se consideraban independientes y libres. Se negaban a pagar impuestos a cualquier otro que llegase a sus territorios.

En 1884, la española Sociedad de Africanistas y Colonialistas organizó una expedición a África para hacer tratados amistosos con los jefes tribales de la zona y establecer factorías, tomando como centro Río de Oro (Villacisneros), ciudad que se creaba al efecto, con apoyos en Cabo Blanco (Medina Gatell) y Bahía de Cintra (Puerto Badía). En 1885, España, o los africanistas, hicieron efectivos los asentamientos de Río de Oro (Villacisneros-Dajla) y Bahía del Oeste. Pero los saharahuis no se sintieron conformes y atacaron a los invasores. Contra ellos fue enviada la expedición de José Chacón.

En 1886 se estableció un tratado con el sultán de Adran Temar, un territorio al sur de Rabat que ninguna relación tenía con la zona que pretendían los españoles, demasiado lejos de la misma. Francia reclamó los territorios como suyos y la expansión hacia el interior se demostró imposible. El problema no se solucionaría hasta que, en 1900-1912, hubo unos tratados de fronteras con Francia llegándose en 1920 al tratado definitivo que fijó las fronteras del Sahara Español o Río de Oro español.

Estos territorios los perdería España a partir de 1958. En este año se cedió a Marruecos el Draa, primer territorio perdido por España y ganado por Marruecos. En 1959 se declaró que el Sáhara Español era una provincia española más, cuya capital era El Aaiún, pero en 1970 empezaron fuertes movimientos nacionalistas (con 40 muertos) y peticiones de autodeterminación a la ONU. Aprovechando la agonía de Franco, Marruecos organizaría en noviembre de 1975 la Marcha Verde, una invasión de unos 200.000 civiles sobre el territorio gobernado por España, y España decidió regalar la zona a Marruecos y Mauritania, retirándose definitivamente el 28 de febrero de 1976. Entonces empezaría una guerra del Frente Polisario contra Marruecos y Mauritania que terminó, respecto a Mauritania, en 1979, retirándose ésta, pero sin resultado positivo para el Frente Polisario porque Marruecos ocupó la zona mauritana. En 1984, la República Saharaui fue admitida en la Organización para la Unidad Africana OUA y la ONU pidió a Marruecos negociaciones con el Frente Polisario y un referendum. Marruecos pobló la zona con marroquíes y el Frente Polisario no admitió un referendum que estaba trucado de antemano. En 1988 un Plan de Paz de la ONU intentando localizar a los antiguos pobladores de la zona fue rechazado por Marruecos.

 

 

Dificultades en 1885.

 

En diciembre de 1884 hubo un terremoto en Granada. En marzo de 1885 hubo un terremoto en Sevilla. Alfonso XIII recorrió a caballo las zonas para ganar popularidad. También se hizo que Alfonso XII visitara un convento-hospital de Aranjuez de Hermanas de la Caridad del Hospital Civil y que Alfonso diera un beso a una de las hermanas, moribunda de cólera, para hacer propaganda política.

1885 fue un año poco gracioso para España: Además de la pérdida de las Carolinas, aunque oficialmente España no la reconozca como tal pérdida, Alfonso XII apareció con una tuberculosis terminal. Y el cólera arrasó Andalucía (Sevilla y Granada) y desde allí, aunque no tan virulento, se extendió por toda la península.

 

 

La Conferencia de Berlín.

 

De 15 de noviembre de 1884 a 26 de febrero de 1885 tuvo lugar la Conferencia de Berlín, o del Congo. Había sido pedida por Francia y Gran Bretaña, y la organizó Otto von Bismarck en Alemania.

En 1867 se habían descubierto diamantes en Sudáfrica.

En 1869 se abrió el Canal de Suez.

En 1874-1877, había tenido lugar la exploración de Henry Morton Stanley sobre el río Congo. La exploración la habían subvencionado los periódicos sensacionalistas Daily Telegraph de Londres y New York Harold de Nueva York. Detrás, estaban los Gobiernos respectivos que querían información minera y comercial, y mapas de los territorios. Tras ello, Leopoldo II de Bélgica había creado una empresa privada llamada Asociación Internacional del Congo para explotar la selva africana del hoy Zaire, sus maderas, sus minas…

Entonces se produjo el scramble, o mezcla desordenada de intereses, reivindicaciones y ocupación de territorios por las potencias europeas occidentales.

En 1880, el francés Ferry mostró mucho interés por tener dominios coloniales.

En 1881, Sagasta había negociado el reconocimiento internacional de que España poseía las Islas Joló en el Pacífico. Sería aceptado por Reino Unidos a Alemania en 1885.

En 1882 los británicos ocuparon Egipto. El pretexto era defender sus intereses económicos.

Francia entonces se estableció en el Stanley Pool (Brazaville), orilla derecha del Congo. Y Bélgica protestó porque consideraba que todo el territorio del Congo era suyo, de la Asociación Internacional del Congo en concreto, empresa privada en la que participaba Leopoldo II Rey de Bélgica. A la vista de aquella intervención de Francia, protestó Portugal exigiendo su parte, y enseguida Alemania dijo que no quería ser excluida del reparto de territorios. Todo había acabado en un conflicto diplomático generalizado. El desorden necesitaba un acuerdo internacional.

A la Conferencia de Berlín de 1884 asistieron: el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda, Francia, Imperio Alemán, Portugal, la Asociación Internacional del Congo y los Países Bajos, como potencias interesadas en el reparto de África, y el Imperio Austrohúngaro, Bélgica, Dinamarca, Italia, España, Rusia, Suecia, Imperio Otomano, y Estados Unidos como observadores.

El Rey de Bélgica logró que se aprobase la libre navegación marítima y fluvial en el Congo y en el Níger, algo vital para su empresa comercial.

Se aprobó prohibir la esclavitud y excluirla del negocio africano.

Se decidió establecer el derecho a ocupar la costa africana si había ocupación real y efectiva del territorio y si ello era comunicado oficialmente a los demás países. Las condiciones de ocupación eran haber suscrito un tratado con la población local y ejercer la administración de ese territorio de forma que se garantizara la paz entre las tribus, se elevara el nivel de vida la población local y se mejoraran las vías de comunicación, o en su defecto, que hubiera una ocupación militar permanente, lo cual daba derecho a la explotación económica de ese territorio. Cada potencia podía establecer sus propias formas de administración. Los derechos históricos o culturales antiguos dejaban de ser derechos económicos y políticos para tiempo actual.

España tenía pocos territorios pero muchas aspiraciones sobre Marruecos, Argelia y la costa occidental africana. En 1883, creó la Sociedad Española de Africanistas y Colonialistas, y en 1884, esta sociedad patrocinó la expedición de Iradier sobre Guinea Ecuatorial, y la de Emilio Bonelli Hernando sobre Río de Oro. La excusa, al igual que los franceses y británicos, era los intereses científicos y la realidad eran pretensiones de dominio político. La expedición sobre Río de Oro trataba de adelantarse a un proyecto de Gran Bretaña de explorar ese territorio, y el 26 de diciembre de 1884, el Rey Alfonso XII firmó una Real Orden declarando la protección española sobre el África Occidental desde Cabo Bojador (26º07 37 Norte) a Cabo Blanco (21º norte).

El 26 de diciembre de 1884, España declaró poseer como Protectorado Español el Sahara Occidental. El 10 de julio de 1885, Emilio Bonelli Hernando fue nombrado Comisario Regio de España en África Occidental, donde permaneció hasta 1886. Exploró el territorio y recomendó ampliar las fronteras del protectorado hacia el norte, lo que se logró en el Tratado de Lyil de 12 de julio de 1886[6].

En 1885, España planteó que se le reconociera su dominio sobre las Carolinas, descubiertas por España en el siglo XVI, pero abandonadas al poco y sin presencia española en ellas. Alemania declaró que haría un protectorado sobre ellas, y España alegó derechos históricos frente a los derechos contractuales esgrimidos por Alemania en virtud de la Conferencia de Berlín. Bismarck recurrió entonces al arbitraje del Papa León XIII, teniendo en cuenta que en siglos anteriores los católicos habían recurrido a este medio y creían que tenía fuerza legal. El Papa decidió, en octubre de 1885, que España tenía algunos derechos, pero recomendaba que cediera a Alemania el libre comercio y la posibilidad de establecer negocios en las Carolinas.

Alemania, que había tenido algunos enfrentamientos con el Papa a propósito de la Kultur Kampf, deseaba cambiar esas relaciones diplomáticas con los católicos e hizo unas “leyes de paz” en 1881-1889 limitando esas leyes citadas, y encontró la posibilidad de quedar bien con el Papa consultándole algo en lo que no creía que tuviera ninguna jurisdicción.

 

 

El conflicto de Las Carolinas.

 

Alemania ocupó en 1885 las Carolinas y las Palaos, alegando que, según la Conferencia de Berlín, los territorios no efectivamente ocupados eran libres, y ningún tratado internacional había atribuido esas islas a España. Efectivamente, en esas islas no había administración española sino solamente algunos misioneros. España no tenía Gobierno en esas islas porque ello hubiera sido muy costoso. Se limitaba a enviar un barco mercante de vez en cuando. El capitán del barco, contrataba la compra de algunos productos con los misioneros españoles allí establecidos. Pero una vez decidido que Iglesia y Estado eran dos cosas diferentes, los alemanes decían que los misioneros en modo alguno representaban al Gobierno español, lo cual significaba que éste no estaba presente en Carolinas y Palaos, y esas islas eran de quien las ocupase real y efectivamente. El Congreso de Berlín de 1885 había dicho que no existían derechos históricos que justificasen propiedad o soberanía sobre territorios, sino que la posesión de un territorio requería presencia efectiva de la metrópoli en el mismo.

La razón política que llevaba a Bismarck a obrar así, era que Francia y Gran Bretaña estaban ocupando en esa época todo tipo de territorios por todo el mundo, y creyó que Alemania necesitaba algunas bases marítimas para propiciar su comercio exterior y, eventualmente, estar presente en otros territorios más significativos. Decidió que le vendría bien a Alemania tener unas factorías en Marianas.

Los periódicos españoles hicieron campaña contra Alemania al contrario de lo que venían haciendo desde 1883, tras el viaje del rey a Alemania, y algunos españoles quemaron banderas alemanas delante de la embajada alemana. Cánovas castigó a los organizadores de estos actos y pidió conversaciones con Alemania, y ordenó a todos los embajadores españoles que hablaran con los distintos Gobiernos europeos sobre el tema.

Cánovas pidió a Bismarck negociaciones y ambos acordaron que el Papa León XIII decidiera sobre una cuestión que implicaba bastantes gastos y poco beneficio, aunque podía aportar prestigio. Se aprovechaba de que Bismarck estaba abandonando la kulturcampf y buscaba un acuerdo con el Zentrum católico alemán. El cardenal Luigi Jacobini, Secretario de Estado de El Vaticano y legado pontificio para esta cuestión, decidió que las islas eran españolas, pero que Alemania podría comerciar libremente en ellas, con lo cual los gastos eran para España y las ventajas comerciales para Alemania. España quedó contenta, pero Alemania más. El acuerdo hispano alemán de 17 de diciembre de 1885 reconoció la soberanía española sobre las Carolinas.

El Gobierno ordenó que algunos barcos de Manila saliesen hacia Carolinas y esos barcos llegaron poco antes que un cañonero alemán. Llevaban un nombramiento de gobernador de las Islas Carolinas, con lo cual se cumplían los requisitos establecidos en Berlín 1885. Fue una victoria diplomática de España, pero muy cara. Los disturbios en España eran relativamente frecuentes con el motivo de las Carolinas, y Cánovas aprovechó para pedir la confianza al Rey, 5 de septiembre.

 

 

El conflicto de Angola y Mozambique.

 

Otro país que se vio afectado por la Conferencia de Berlín fue Portugal cuando, en 1890, intentó unir Angola con Mozambique, e inmediatamente, recibió un ultimátum de Gran Bretaña. Gran Bretaña quería hacer un ferrocarril transafricano, desde El Cairo a El Cabo, y no permitía a Portugal adueñarse del territorio intermedio entre sus dos colonias. La expedición portuguesa de Sherpa Pinto fue detenida, y el Presidente José Luciano de Castro tuvo que ceder en todo ante las demandas británicas.

 

 

El conflicto de Fachoda.

 

También Francia tuvo que soportar consecuencias de la Conferencia de Berlín en Fachoda 1898, una aldea en la región del Nilo en la actual frontera con Etiopía. La expedición de Marchaud fue detenida por tropas británicas de Kitchner. Se consultó a Salisbury, el cual dijo sobre los franceses: “tienen toda la razón, pero tienen que retirarse”. Y el francés Gallieni tuvo que ceder. Allí se cumplió la ley del más fuerte.

 

 

El conflicto de la Guayana Británica.

 

Igualmente le pasó a Gran Bretaña en el caso de la Guayana Británica, territorio ocupado a propósito de la guerra de independencia de Venezuela respecto a España. En 1897-1899, Gran Bretaña intentó ampliar territorios a costa de Venezuela, y los Estados Unidos dijeron a Gran Bretaña que debía retirarse.

 

 

El conflicto de China del norte.

 

Por su parte, Japón intentó ganar territorios en China, pero Rusia, Alemania y Francia le impusieron la retirada en la Paz de Shimonosheki de 1895.

 

 

El conflicto de las colonias españolas.

 

En este tema de las colonias españolas, Cánovas y Cleveland fueron considerados hombres fuertes, capaces de mantener la paz, pero Sagasta y Mackinley fueron considerados débiles, incapaces de evitar la guerra. Grover Cleveland fue Presidente de los Estados Unidos en 1884-1888, y era un hombre dominante y experimentado, que había sido Sheriff, Alcalde de Búfalo, Gobernador de Nueva York, y era un hombre honesto. Le sucedió Benjamin Harrisson en 1888, y volvió Cleveland en 1892, en pleno conflicto de expansión colonial mundial. En el mar, era fundamental tener puntos de carboneo para los barcos. Cleveland nunca quiso la guerra con España, sino la negociación, y ofreció comprar la isla de Cuba. Pero en 1896 le sucedió William Mckinley, una marioneta en manos de los capitalistas estadounidenses, puesto de hecho en la presidencia por Mark Hanna y por Rockefeller. Eligió colaborares belicistas, como el Subsecretario Teodore Roosevelt, y la guerra con España se podía predecir.

 

 

Elecciones municipales en 1885.

 

En las municipales de 1885, los liberales estaban asociados con los republicanos, para luchar contra Romero Robledo, el Gran Elector, y consiguieron 27 capitales de provincia, incluida Madrid. Romero Robledo dimitió. El pacto entre fusionistas e izquierdistas se produjo en junio de 1885. Los puntos del acuerdo eran: protección de los derechos individuales; sufragio universal masculino; juicio por jurados; procedimiento para la reforma constitucional.

Quedó fuera de la alianza Izquierda Dinástica, capitaneada por el general López Domínguez, sobrino de Serrano.

 

 

Remodelación 13 de julio de 1885

Gobernación, Raimundo Fernández Villaverde[7]

  Marina, Manuel de la Pezuela y Lobo Cabrilla[8]

 

 

Avances económicos en 1885.

 

La parte positiva de este año de 1885 fue:

En 1885 se reformó la Ley del Código de Comercio de 1829 para introducir temas como las sociedades y las letras de cambio, regular la bolsa, regular las compañías de crédito, ferrocarril, y obras públicas, los bancos de emisión y descuento, los cheques, los seguros de vida y seguros de incendios, temas que se echaban en falta en el de 1829, porque eran realidades aparecidas con posterioridad a él. El Código de Comercio se decretó el 22 de agosto de 1885 y fue publicado en La Gaceta en 16 de octubre al 24 de noviembre de 1885. El avance que significaba este Código es que no se refería solamente a los comerciantes, sino a todos los españoles.

Se creó en Madrid de un servicio telefónico que servía a 49 abonados. El teléfono había sido inventado por Graham Bell el 10 de marzo de 1876 y había funcionado por primera vez en España, en Barcelona, en diciembre de 1876. Se desarrollaría lentamente hasta 1924, cuando tenía 78.124 aparatos, pero mucho más rápidamente a partir de que, en ese año, se creó Telefónica.

En 1885, Leopoldo Alas Ureña, conocido como Clarín, hijo de un gobernador civil, publicó La Regenta, denunciando el caciquismo y la falsedad de vida de los religiosos y eclesiásticos. No tuvo ningún éxito.

 

 

Muerte de Alfonso XII.

 

En verano de 1885, Alfonso XII se bañó en la presa de El Pardo, cuyas aguas son muy frías incluso en verano. Cánovas se indignó de que un tuberculoso tomara esos baños y le dijo al Rey que, si volvía a bañarse en aguas frías, él dimitiría. Inmediatamente Cánovas se dio cuenta de la gravedad de los hechos, pues Alfonso XII enfermó. Cánovas le encargó a Martínez Campos que se ocupara de los problemas de un eventual fallecimiento del Rey, pero que se ocultara el hecho a los españoles. Martínez Campos debía tomar medidas para que no se infiltraran en la cúpula militar carlistas y republicanos. Se temían una rebelión armada.

Cánovas estaba personalmente muy decepcionado, pues había hecho un Rey muy popular que se le podía morir en cualquier momento. Y si el Rey moría, y los españoles volvían a la teoría de la República, como sucedía de vez en cuando en España, podía haber nuevos problemas.

El embarazo de la Reina dejaba en suspenso la herencia del Trono español, pues si nacía niño se convertía automáticamente en monarca. Pero si nacía niña, los hijos varones del Rey, todos ilegítimos, podrían iniciar una nueva guerra civil. La situación parecía preocupante, pues recordaba a la de 1833, cuando los carlistas se rebelaron contra María Cristina de Borbón Dos Sicilias, e iniciaron la Primera Guerra Carlista. La nueva Reina, María Cristina de Habsburgo Lorena, era extranjera y ello provocaba el rechazo de buena parte de los españoles, que desconfiaban de los reyes advenedizos que llegaban a hacer fortuna personal a costa de los españoles y no sentían cariño hacia los asuntos españoles. Y la protesta de los hujos varones de Alfonso XII, podría desencadenar una nueva guerra carlista.

Efectivamente, desde mayo de 1885, los moderados estaban negociando proyectos de unión con los carlistas, y proponían el matrimonio del pretendiente carlista Jaime de Borbón y Borbón Parma (Jaime I de Castilla y III de Aragón en 1909-1931), hijo de Carlos VII, el cual tenía 15 años, con María de las Mercedes de Borbón y Habsburgo Lorena, hija de Alfonso XII, que tenía 5 años. Jaime se negó en redondo, y entonces los moderados propusieron la vuelta de Isabel II al trono de España.

Pero el carlismo de 1885 ya no se parecía en nada al de 1833, ni en las ideas ni en el respaldo internacional. Los carlistas no estaban dispuestos a emprender otra guerra (en vez de luchar “por Dios, por la Patria y el Rey”, una idea romántica, preferían hacerlo “por Dios, por las patas de un buey”, por la comida de cada día).

Los republicanos estaban divididos en múltiples partidos y no representaban una amenaza inmediata.

Pero lo que más inseguridad producía era que el Partido Liberal Fusionista no había cuajado todavía, y el sistema canovista podía zozobrar en cualquier momento. Izquierda Dinástica no estaba todavía comprometida con Sagasta, y podía hacer coaliciones a la izquierda de los monárquicos. La parte positiva para María Cristina de Habsburgo-Lorena era que había surgido una amistad entre ella y Práxedes Mateo Sagasta, a quien entendía mejor que a Cánovas, un hombre poco democrático, que se imponía sobre sus diputados, y a través de ellos sobre el Congreso, pero de ideas muy personales. Sagasta declaró en 1881 Princesa de Asturias a María de las Mercedes de Borbón y Habsburgo Lorena, en contra de la opinión de Cánovas, que prefería esperar un heredero varón. Más tarde, Sagasta se había enzarzado con Posada Herrera, el nuevo hombre que quería liderar a los liberales, y había dejado claro que la unión sólo se haría siendo Sagasta el líder. Pero durante el Gobierno de Cánovas de 1884-1885, Izquierda Dinástica se había debilitado y roto y el proyecto de crear una alternativa de poder estaba cambiando: de la posibilidad de unir a los de Sagasta con Izquierda dinástica, se pasó a que Sagasta fuera pactando con cada uno de los disidentes de Izquierda Dinástica, primero con el grupo de Moret, y más tarde con otros, lo cual acabó haciendo un Partido Liberal fusionista fuerte.

En abril de 1885, hubo negociaciones de fusión entre Partido Liberal Fusionista e Izquierda Dinástica: Sagasta se comprometió a imponer el juicio por jurados y el sufragio universal, que era el programa básica de Izquierda Dinástica, y se llegó a un acuerdo en junio de 1885.

Quedaban fuera del pacto el general López Domínguez lugarteniente del general Serrano.

Afortunadamente, María Cristina de Habsburgo-Lorena tenía dos hijas pequeñas. Pero la muerte del Rey conduciría a una Regencia, Regencia de una extranjera nada simpática a los españoles, que además eran machistas. Cánovas decidió que si fallecía el Rey, lo mejor era dejar el Gobierno en manos de Sagasta, lo cual podía calmar a los liberales y debilitar a los republicanos.

El 24 de noviembre, La Gaceta publicó por primera vez que el Rey estaba enfermo. Los médicos del Rey dijeron a la prensa que el Rey padecía una disnea, lo cual no era mucha información.

El 25 de noviembre de 1885 el Rey murió. Tenía 27 años y 362 días de edad. La muerte del Rey fue dolorosa y espantosa, pues se ahogaba y tenía los estertores propios de la situación. Cánovas decidió que María Cristina no viera al Rey, en teoría para que no presenciara los estertores del moribundo. María Cristina se molestó con Cánovas. Su hijo, Alfonso, nacería en mayo de 1886 cinco meses más tarde.

Cuando el Rey hubo muerto, María Cristina fue autorizada a ver el cadáver, cuando ya no podía hablar con su marido. El día era muy frío y Madrid estaba tomado por la niebla.

 

 

Reacciones a la muerte de Alfonso XII.

 

Los carlistas y los republicanos intentaron contactar con militares afines que les permitieran un golpe, pero Cánovas lo había previsto de antemano y no tuvieron éxito, Su argumento era que la regencia caía en manos de una reina extranjera.

A las pocas horas de la muerte de Alfonso XII, murió en París el general Serrano, y los progresistas perdieron con ello mucha popularidad, pues el general López Domínguez no tenía tanto carisma como Serrano. Pero había desaparecido un obstáculo para la unión de todos los liberales en el Partido Liberal Fusionista.

También en 7 de septiembre de 1885 moría Posada Herrera “el gran elector” o amañador de resultados electorales. Dejaba muchos discípulos.

A la muerte de Alfonso XII, su madre, Isabel II, reclamó la Regencia y se puso para ello en manos de Martínez Campos y León y Castillo. También reaccionaron los carlistas, que vieron su oportunidad de ganar el trono. Y no menos esperanzas concibieron los republicanos. A Cánovas se le planteaban dos cuestiones urgentes: quién sería Regente y quién sería Rey de España.

 

 

[1] Además de la amante oficial, que le había buscado su madre cuando era jovencito, y que era Elena Sanz, Alfonso XII se buscaba por su cuenta otras amantes, le “ponía los cuernos” a su amante.

[2] Eduardo Sanz Escartín, 1855-1939, es un buen representante del pensamiento católico español de fines del XIX. Estudió desde 1876 Filosofía y Letras en Zaragoza, y luego Derecho en Madrid, donde se doctoró en 1880. Perteneció al Instituto de Reformas Sociales y a la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Creía por entonces en Darwin y en Spencer y en la necesidad de compatibilizar estas teorías con las creencias católicas. En 1890 escribió La Cuestión Económica. Nuevas Doctrinas. Socialismo de Estado. Crisis agrícola. Protección arancelaria. La obra fue muy alabada por Cánovas. Defendía que el Estado debía intervenir en la sociedad para mitigar los males sociales. En 1893 publicó El Estado y la Reforma Social, en la que defendía la necesidad de leyes laborales. En 1894, publicó el discurso De la Autoridad Política en la Sociedad Contemporánea, donde defendía que la autoridad proviene de Dios, pero radica en la sociedad, y la soberanía descansa en el Derecho, y el Derecho se fundamenta en la autoridad política. En 1894, hizo un segundo discurso, Las Asociaciones obreras y el catolicismo, afirmando que, ante la prepotencia absoluta del capital y la difusión de las doctrinas del individualismo, son precisas las asociaciones verticales católicas. En 1896, hizo un tercer discurso, El individuo y la reforma social, en el que defendía que el individuo es el sujeto de la historia, y que la sociedad se ha dividido a lo largo de la historia en dos grupos, el de los poderosos y el de los proletarios. La selección natural ha colocado a los más aptos en el grupo de los poderosos. El proletariado es víctima de sus propias pasiones y del abandono de los deberes cristianos. Los empresarios sin embargo, también han caído en la inmoralidad de abandonar el deber del trabajo y el de la caridad, de ayudar a sus semejantes, ser honrados en sus empresas y practicar la beneficencia. El liberalismo se equivoca en sus teorías de que los hombres son libres en los campos laborales y morales, y en este sentido, el anarquismo tiene un punto de razón en sus reivindicaciones aunque el fondo de sus doctrinas esté equivocado. En julio de 1899, Sanz Escartín fue Gobernador Civil de Barcelona y vivió la huelga patronal del “tancament de Caixas”, o cierre de los bancos, en protesta contra la política de Raimundo Fernández Villaverde de hacer equilibrio presupuestario. La situación llevó a un estado de guerra en la calle, provocado por los patronos y soportado por el Capitán General de Cataluña, Eulogio Despujol Dusay, conde de Caspe. Sanz se dio cuenta de que el espíritu conciliador no se va a producir espontáneamente en la sociedad. Es precisa una autoridad fuerte y un cuerpo legal adecuado. Fuente: Carlos Campo Sánchez, Eduardo Sanz y Escartín: El reformismo de un católico conservador. Miscelánea Comillas. Vol. 69, 2011, nº 134.

[3] José Álvarez de Toledo y Acuña, 1838-1898, I conde de Xiquena.

[4] Rampolla dejó España para convertirse en Secretario de Estado de El Vaticano en 1887, el cargo más importante de la Iglesia Católica.

[5] Miguel Morayta Sagrario, 1834-1917, era catedrático de Historia de España y Universal en la Universoidad de Madrid. era colaborador en algunos periódicos. Empezó su vida en el republicanismo federal, pero se pasó al republicanismo unitario de Castelar en la época canovista. El problema de fondo era que Morayta era un líder masón importante, y en 1889 fundó Gran Oriente Español para unificar Gran Oriente de España y Gran Oriente Nacional de España. era Gran Maestre de la organización masónica. Los masones, temían al poder de la Iglesia Católica, y actuaban en secreto con sobradas razones para ell, como se demostraba en el caso de que tratamos..

[6] Alonso Baquer, Miguel, El Sahara. Un mundo desconocido. Bonelli (1882-5).

[7] Raimundo Fernández Villaverde, marqués de Pozo Rubio, 1848-1905, era un conservador que fue ministro de Gobernación en julio de 1885, de Gracia y Justicia en julio de 1890, de Gobernación en 1892. Dimitieron Dato y Fernández Villaverde en apoyo de Silvela y en contra de la política de Robledo Romero, y fue relegado a segunda fila en el partido, pero volvió en 1899 para ser ministro de Hacienda en mayo, y de Ultramar poco después, y ministro de Hacienda en 1902, e incluso fue Presidente del Gobierno en 1903, y de nuevo en 1905.

[8] Manuel de la Pezuela y Lobo Cabrilla, marqués de Viluma, 1817-1899 había luchado en la Primera Guerra Carlista protegiendo Bilbao desde el mar. Fue ministro de Marina en julio de 1885, y es recordado por haber autorizado la construcción del submarino de Isaac Peral. El primer marqués de Viluma fue Joaquín de la Pezuela y Sánchez Muñoz de Velasco, 1761-1830, virrey del Perú en 1816-1821, y el título lo heredó Manuel de la Pezuela y Ceballos, un carlista ultracatólico, hijo de Juan de la Pezuela. Pezuela y Ceballos era poseedor de muchas tierras en Cantabria y donó Montehano al obispado de Santander en 1876.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

Deja un comentario