EL GOBIERNO SAGASTA EN 1883.

 

Conceptos clave: remodelación de Gobierno en enero de 1883, el problema Alfonso XII, el problema económico monetario, los republicanos de fines del XIX, Ley de Prensa de 1883, el viaje de Alfonso XII a Europa, renovación del Partido Liberal Fusionista en 1883, Cánovas en 1881-1883.

 

 

La remodelación del Gobierno de enero 1883.

 

En 1882, los principales problemas de Sagasta eran los conflictos internos en su propio partido.

El equipo hizo crisis el 9 de enero de 1883, con cambio de seis Ministros de los nueve del Consejo de Ministros. Sólo permanecerían el Presidente, el de Estado, y el de Guerra. Eran nuevos Ministros:

Fomento: Germán Gamazo Calvo[1].

Hacienda: Justo Pelayo de la Cuesta Núñez.

Gobernación: Pío Gullón Iglesias.

Marina: Arsenio Martínez-Campos Antón, interino / 13 de enero de 1883: Rafael Rodríguez Arias, marqués de Blegua.

Gracia y Justicia: Vicente Romero Girón.

Ultramar: Gaspar Núñez de Arce.

La causa de esta remodelación era la aparición de Izquierda Dinástica, fundada en diciembre de 1882. Era un grupo político capitaneado por Segismundo Moret, que amenazaba con llevarse consigo gran parte de la clientela política de Sagasta. A Moret, le acompañaban un grupo grande de antiguos “constitucionales” liderados por Cristino Martos, que estaba descontento con la gestión de Sagasta por haber confiado en la derecha fusionista y haberles dejado fuera del Gobierno a ellos, los más progresistas del Partido Liberal. También se había ido con Moret el grupo de Arsenio Martínez-Campos Antón, de la derecha del fusionismo. Incluso José Posada Herrera se había unido al grupo disidente. De todas maneras, este nuevo Gobierno apenas duraría 10 meses.

Sagasta temía un pronunciamiento de Martínez-Campos apoyado por Moret, o que el Rey hiciera entrega del Gobierno a Moret para evitar el pronunciamiento. La causa que aduciría el Rey sería que Sagasta se mostraba incapaz de unir a los liberales fusionistas.

El remodelado Gobierno de Sagasta no consiguió salvar los problemas surgidos en este año y en octubre de 1883 se agudizó la crisis y se cambió el Gobierno.

 

 

 

El problema Alfonso XII.

 

Alfonso XII estaba generando un nuevo problema pues engendraba hijos varones con sus queridas, y sólo hembras con su esposa (Mercedes y Teresa). Al tener preferencia los varones sobre las hembras en la sucesión, la situación amenazaba con conflictos sucesorios, pero Cánovas decidió esperar a que alguna vez naciese un varón de María Cristina. La decisión no gustó nada a María Cristina, que odiaba a Alfonso XII. Se la condenaba a convivir con su esposo hasta que concibiera un hijo varón.

 

 

El problema económico-monetario de 1883.

 

El sistema monetario propio de segunda mitad del XIX era el patrón oro. Es decir, que los Estados definían su moneda por una cantidad de oro, y estaban dispuestos a cambiar el papel moneda por la cantidad equivalente de oro en cualquier momento. Este sistema tenía la ventaja de hacer convertibles las monedas de todos los países que tuvieran patrón oro. Parecía ser bueno porque si un país importaba muchos objetos perdía oro y, para recuperarlo, debía producir más y trabajar más. Y si exportaba mucho, ganaba oro y podía expandir su masa monetaria en circulación, que siempre era mayor que el oro poseído, pues nunca todos los poseedores de billetes iban a ir a la vez a cambiarlos en oro. Pero el sistema del patrón oro se prestaba al engaño, y cualquier país podría tirar papel en grandes cantidades sin poder responder por su conversión en oro. Suponer que los gobernantes de todos los países serían honrados en todo momento era, cuando menos, una utopía.

Pero España nunca tuvo un patrón oro, sino un patrón  bimetalista, de oro y plata, como el francés. En 1868 se pidió adoptar el patrón oro, pero se decidió otra vez más el bimetalismo. El precio de la plata bajó en años siguientes, y España tuvo que devaluar la plata y suspender acuñaciones de oro en 1873 porque la moneda de oro desaparecía del mercado. La moneda que desaparece es siempre la de mayor valor. El sistema se prestaba a la especulación, pues había dos valores para un mismo sistema monetario.

España inició en 1873 un sistema de cambios flexibles, es decir, que los cambios los fijaba el Gobierno a voluntad. Este sistema no gustó a los inversores extranjeros, pues nunca estaban seguros de cuánto se iban a llevar de sus negocios españoles. Nadie se fiaba de la moralidad española. Los inversores pedían patrón oro, pero el Gobierno no quería hacerlo mientras la balanza de pagos fuera deficitaria y ello significara salida del oro del país inmediatamente a la decisión de decretar el patrón oro.

Como España subvaloraba el oro, los importadores españoles, y los extranjeros desde España, querían cambiar sus billetes de moneda española en oro, para comprar moneda extranjera con beneficio. El sistema era malo para España, y en 1883 España decidió eliminar la convertibilidad. La peseta dejó de ser convertible en oro, ante la imposibilidad de mantener un cambio tan alto como se había intentado desde su fundación. Esta decisión permitió devaluar en los años siguientes, en consonancia con una política económica demasiado proteccionista. La peseta se revaluará a partir de 1900 cuando se adopten políticas presupuestarias serias y equilibradas. Desde 1873, la paridad oro había llevado a un aislacionismo o pérdida de mercados exteriores, problema que se trataba de compensar mediante el proteccionismo industrial que eliminase las importaciones, lo cual, además de imposible, aislaba más todavía a España.

La crisis económica se dejó notar con cierto rigor a partir de 1883 y mucho más duramente después de 1892. Los capitales europeos, superada su crisis, se invirtieron en sus países de origen y salieron de España. En 1892 se perdieron las exportaciones de vino a Francia. Pocos años después desaparecieron las exportaciones de mineral de hierro. 1898 fue el año definitivo: la bolsa cayó en 1898, el algodón escaseaba, y la derrota de Cuba ponía la guinda amarga al desastre económico. 1898 es una referencia en la historia de España, pero no sólo por la derrota militar, como se suele decir en ámbitos poco enterados.

En 1914 todos los países suspendieron convertibilidades y en 1918 cada país intentó poner su cambio, cada Gobierno el que le convenía en cada momento, lo cual fue un desorden monetario mundial, que fue una de las causas de la crisis de 1929.

Como en todas las crisis españolas del XIX y XX, el Gobierno español pensó en los regadíos para salvar crisis futuras. El tema ya había sido tratado en 1870, y el 27 de julio de 1883 se hizo una Ley de Grandes Regadíos. El tema regadíos volverá en 1902, 1925, 1933 y en el franquismo. Es chocante la relación que los Gobiernos españoles hacían entre crisis monetarias y regadíos, basándose en que las exportaciones agrícolas eran fundamentales para España. Pero los regadíos nunca se hacían, al menos hasta Primo de Rivera y Franco, que sí que los hicieron, aunque siguiendo el dicho español del parchís “comes una y cuentas veinte”, es decir, que anunciaban grandes planes de regadío y construían la décima parte de lo anunciado. Y pensar en regadíos como solución económica para España, era una insensatez, pues se partía de los supuestos de que había tierra para todos, de que las tierras regadas darían riqueza y todo tipo de productos en abundancia, de que los precios los impondría España de cara a la exportación, de que la demanda exterior sería ilimitada, de que las leyes de mercado no influirían a pesar del incremento de producción… Todos esos supuestos eran falsos.

 

 

LOS REPUBLICANOS A FINALES DEL XIX.

 

No es lo mismo que hubiera muchos grupos republicanos, que el que hubiera muchos españoles republicanos. Los republicanos prefirieron engañarse a sí mismos y creer lo segundo. La mayoría de los españoles, que no sabían siquiera qué era una república, y la confundían con revueltas en la calle, reparto de fincas y perdón de deudas, estaban completamente confundidos. Podemos empezar separando federales de unionistas. Entre los federales encontramos los grupos de Pi, de Figueras, y de Almirall. Entre los unitarios podemos distinguir los de Castelar, los de Salmerón, los de Martos y los de Ruiz Zorrilla. Sería un esquema inicial, pero útil para empezar a entender.

 

 

Los republicanos del Partido Federal.

 

Distinguiremos tres grupos: el de Pi, el de Figueras y el de Almirall.

El pactismo de Pi confiaba en formar nacionalidades que pactaran libremente entre ellas hasta conformar la República Federal. Era un federalismo que se constituiría desde abajo por libre decisión de los individuos, Ayuntamientos, Provincias y Regiones. Pi decía que su teoría era un federalismo republicano y no un republicanismo federal. El grupo de Pi era más fuerte entre los republicanos federales. En 1868-1874, Pi trataba de definir su federalismo republicano como un socialismo anarquista, muy difícil de entender, sobre todo cuando Pi no lo había formulado claramente y no lo haría hasta diez años más tarde. Mientras tanto, los obreros, que no entendían a Pi, se macharon algunos al anarquismo y unos pocos al socialismo, y Pi se quedó sin seguidores.  Los federales de Pi i Margall estaban arraigados en Cataluña y Levante, y eran no violentos.

Frente al federalismo republicano de Pi, había surgido el federalismo orgánico, un federalismo organizado por un grupo de expertos desde arriba hacia abajo, los cuales serían elegidos por sufragio universal en cada región, y seguían las ideas que Estanislao Figueras había manifestado en el Banquete del Tívoli de Barcelona en 1881.

Y además estaba el federalismo pactista de Valentí Almirall, con seguidores casi exclusivamente catalanes, también organizado desde abajo, pero sin personalismos como el que Pi pretendía en su grupo. Partía de la utopía de que como el mal estaba en España, una Cataluña independiente se libraría de todos los males.

 

 

Los republicanos unitarios.

 

Aquí tenemos que distinguir cinco grupos: los de Castelar, los de Salmerón, los de Ruiz Zorrilla, los de Martos, los de Moret, como grupos básicos.

Los republicanos unitarios posibilistas seguían a Castelar.  Los republicanos posibilistas de Castelar eran partidarios de pactar con los Gobiernos existentes a fin de sacar lo que se pudiera en beneficio de la causa.

Los republicanos centralistas seguían a Nicolás Salmerón y a Gumensindo de Azcárate.

Estos dos grupos citados tendrían menos protagonismo en estos años y los dejamos un poco al margen para centrarnos en los otros tres.

Entre los republicanos unitarios, en 1881 hubo una Asamblea para definir su postura política ante Sagasta: Los revolucionarios de Laureano Figuerola y de Ruiz Zorrilla dijeron que no se podía creer en Sagasta porque faltaban Leyes Orgánicas que liberalizaran la monarquía, y porque la Ley Electoral no era la adecuada.

Ganaron la votación los revolucionarios, que obtuvieron 3 vicepresidencias de las 4 existentes, y 2 secretarías de las 4 existentes. Y Martos abandonó el proyecto de coalición, y arrastró con él a Montero Ríos y a José Canalejas.

En adelante, hubo dos grupos republicanos unitarios demócrata progresistas: el de Ruiz Zorrilla, revolucionario y violento, y el de Cristino Martos, legalista.

 

 

Los republicanos unitarios pacifistas.

 

Los republicanos pacifistas demócrata-progresistas de Cristino Martos y de Laureano Figuerola, estaban dispuestos incluso a colaborar con el Gobierno de Sagasta. Les gustaban las posiciones políticas de Sagasta.

Habría que decir que, desde 1879, existía el Partido Progresista Democrático, de Cristino Martos, un partido republicano. Los de Cristino Martos eran partidarios de la conciliación con el Gobierno de Sagasta, y se definieron en una Circular que enviaron a los Comités Provinciales del Partido Demócrata Progresista el 9 de noviembre de 1881: declaraban que su lucha por la república sería pacífica y legal, que aspiraban a tener una República Federal con la Constitución de 1869, pero negaban el federalismo republicano como camino de progreso hacia las metas republicanas.

El 10 de noviembre de 1881, Segismundo Moret dijo en las Cortes que un nuevo grupo político defendía la Constitución de 1869, los derechos individuales, la libertad, y que toleraba la monarquía constitucional de Alfonso XII, hasta que pudiera establecerse la república. Los diputados entendieron que Segismundo Moret estaba creando un nuevo partido monárquico-democrático, que fue denominado el “partido de los fosforitos” porque Moret poseía una mina de fósforo en Cáceres. Sus líderes serían el capitán de navío José María Beránguer Ruiz de Apodaca, y el catedrático de Hacienda Pública, Segismundo Moret Prendergast.

En verano de 1882, Segismundo Moret propuso a Cristino Martos la unificación de sus grupos demócrata-progresistas de Martos, y monárquicos-demócratas de Moret. Martos dijo que él no era monárquico. Pero tras algunas reticencias, se unieron en Izquierda Dinástica, un periódico que comenzó a unificar ideas entre ambos grupos. Este grupo, se aproximó a Posada Herrera y el General Serrano, y crearon un “Comité Directivo de Izquierda Dinástica” en el que se incluyeron demócratas-progresistas, monárquicos-progresistas, fusionistas disidentes de Sagasta, y miembros del Partido Constitucional, y el 6 de diciembre de 1882, Serrano pudo decir en el Congreso de Diputados que había nacido una izquierda para reimponer la Constitución de 1869 y para acabar con la dispersión partidista de los republicanos. En enero de 1883, Serrano añadió que pretendían ser un partido más, como el de Sagasta o el de Cánovas, lo cual acabaría con el bipartidismo establecido.

 

 

  Los republicanos unitarios revolucionarios.

 

Los republicanos revolucionarios de Manuel Ruiz Zorrilla apoyaban la llegada al poder mediante la insurrección armada, que debía ser fundamentalmente militar, y crearon Asociación Republicana Militar, alianza entre militares de baja graduación (constituida formalmente en 1883), la cual tuvo unos 1.000 asociados (algunos dicen que hasta 3.000 asociados) y llegó a tener algunos generales. Estaba dirigida por Ruiz Zorrilla desde París.

Manuel Ruiz Zorrilla, 1833-1895, había estudiado Derecho en Valladolid, y desde 1854 era liberal progresista y había ostentado el cargo de Comandante de la Milicia Nacional. Era católico anticlerical. En 1866 había participado en el Golpe del Cuartel de San Gil y había tenido que exiliarse. Desde entonces, luchaba contra Isabel II, a la que logró expulsar del trono en 1868. Fue Ministro de Fomento en 1868 y creó unas Bibliotecas Populares. Fue Ministro de Gracia y Justicia para Prim en 1869. Y fue Presidente de las Cortes en 1870, momento en que también fue Gran Maestre del Gran Oriente de España. Ayudó a Prim a llevar a España un Rey constitucional, y fue Ministro de Fomento en el Gobierno Serrano del reinado de Amadeo I. el Gobierno se rompió entre los Constitucionales de Sagasta, y los del Partido Radical de Ruiz Zorrilla, cuando él fue Presidente del Gobierno en 1871. La expulsión del Rey constitucional, Amadeo, y la imposición por la fuerza de un Rey tradicionalista como Alfonso XII, marcó el resto de la vida de Ruiz Zorrilla. Pero su táctica de expulsar de España al Rey por la fuerza fue criticada incluso por los republicanos Nicolás Salmerón y Francesc Pi y Margall, que le culpabilizaron del fracaso republicano por no contar con el pueblo español ni con los partidos republicanos.

Los militares republicanos se pronunciaron en agosto de 1883 en Badajoz, Santo Domingo de la Calzada, Santa Coloma de Farnés y Seo de Urgel, pero en agosto de 1883 tuvieron que huir a Portugal, o a Francia, según su localización geográfica más favorable. Ruiz Zorrilla fue expulsado de Francia y se marchó a Londres.

Manuel Villacampa del Castillo, 1827-1889, había ascendido a general en 1873, y ayudó a los republicanos. En 1877 fue degradado a brigadier. En 1886 se pronunció por la República, fracasó, y fue enviado a Fernando Poo, de donde pasó a Melilla en 1887.

Tras el fracaso de Villacampa, los republicanos federales violentos que seguían a Ruiz Zorrilla desaparecieron. La muerte de Ruiz Zorrilla en 1895, acabó con este movimiento republicano definitivamente.

 

 

Ley de prensa de Sagasta.

 

En 26 de julio de 1883 hubo una Ley de Policía de Imprenta (ley Gullón) que permitió mayor libertad de expresión, y dio lugar a la llamada edad de plata de la literatura española. Era una liberalización suave. La siguiente etapa hacia la libertad será en 1919, suprimiendo la censura previa, pero durará poco, apenas cuatro años, para volver a la censura tradicional española, que tampoco la II República de 1931 mejoraría mucho.

A raíz de esta Ley Gullón, o Ley de Prensa de Sagasta, surgieron, o se legalizaron en su caso, en España unos 600 periódicos entre los que destacaron los satíricos. Entre ellos estaban La Flaca, La Esquella de la Torratxa 1872, La Filoxera 1878, El Loro 1879, La Viña 1880, El Motín 1881, La Mosca 1881, La Broma 1881, Acabose 1883.

 

 

Viaje de Alfonso XII en 1883

         a Austria, Alemania, Bélgica y Francia.

 

En otoño de 1883, Alfonso XII viajó a Europa. Se trataba de una idea de Sagasta de establecer relaciones con las potencias europeas, e ir tanteando el terreno por si España podía salir de la política de aislacionismo internacional.

La campaña promocional en favor de Alfonso XII empezó en España. Alfonso XII inauguró el ferrocarril Madrid-La Coruña, el más largo de los existentes entonces en España, y Sagasta lo convirtió en un gran acto de propaganda para decir que aquel avance se debía a la colaboración de una nación amiga. El discurso lo hacía ante el representante de Compañía Norte, empresa ferroviaria de Credit Mobilier de los Pereyre franceses.

La campaña de promoción del Rey continuó por Francia, Alemania y Austria.

Francia no vio de buen grado el viaje proyectado del Rey español por Europa. Los liberales españoles también se opusieron, e incluso El Imparcial escribió en contra. Se dijo en la prensa que Alfonso XII pensaba ver a su hermana, casada con Adalberto de Baviera, y que residía en Munich. Y que también pensaba visitar Viena, la tierra de su esposa María Cristina. Pero el motivo real del viaje era que Sagasta y el Ministro Antonio Aguilar Correa marqués de Vega de Armijo querían establecer relaciones con Bismarck. Alfonso XII salió de viaje por Europa acompañado por Vega de Armijo.

Empezó la visita en París, pero el presidente francés, Grevy, y el Jefe de Gobierno, Jules Ferry, “estaban de vacaciones”, y Alfonso XII decidió dejar la visita para el regreso. Pasaron por París de incógnito. Sólo le saludó el Ministro de Exteriores. Es decir, los líderes franceses se negaban a entrevistarse con Alfonso XII.

Continuó por Munich y Salzburgo, donde tampoco la comitiva tuvo ningún éxito, pero no fueron desagradables con el Rey español.

Marchó a Viena, ciudad que ya conocía Alfonso por sus estudios en el Theresianum. En Viena sí fue recibido por el emperador Francisco José que le invitó a las maniobras militares de Wagram (Moravia), en Hischteten y en Asparn. Alfonso XII estaba feliz entre estos militares.

Y el 19 de septiembre de 1883 salió para Hamburgo (Alemania) en donde asistió a otras maniobras militares junto al emperador Guillermo I. El acto militar de Hamburgo era de gran relevancia política, pues asistían varios soberanos y príncipes europeos, el Rey de Sajonia, varios príncipes alemanes y el general Moltke. El canciller Bismarck se excusó diciendo que estaba enfermo.

Guillermo I de Alemania profundizó más la crisis entre Alemania y Francia, proponiendo nombrar a Alfonso coronel honorario del ejército alemán. Al terminar el acto, Alfonso XII recibió el nombramiento de coronel del Regimiento de Ulanos nº 15 de Shleswig-Holstein, el cual estaba de guarnición en Estrasburgo, la capital de Alsacia, defendiendo esa zona contra los franceses, que reclamaban su soberanía sobre Alsacia. El 15 Regimiento estaba considerado como el más destacado en la victoria sobre Francia en 1870-1871. Y además, Alfonso XII recibió los uniformes propios de ese Regimiento, y se los puso y lució delante de las personalidades europeas. Los uniformes eran una maniobra de propaganda del Kaiser, pero Alfonso XII no supo interpretar el regalo, y los españoles que le acompañaban estuvieron torpes y no se atrevieron a cortar el entusiasmo del Rey por lucir uniformes.

Alfonso XII cometió la imprudencia de alabar la organización y disciplina del ejército alemán, y añadir que era mejor que otros europeos, lo cual incomodó a los franceses. En el brindis, tras el banquete ritual, se vino arriba, y dijo que no le importaría estar del lado de Alemania en una hipotética guerra. Aquello podía ser interpretado de muchas formas, dado el enfrentamiento y amenaza de confrontación entre Francia y Alemania. El discurso de Alfonso XII era, al menos, inoportuno.

El suceso tuvo repercusión en toda Europa. Bismarck quedó sorprendido y lo interpretó como audacia de Alfonso XII. Cánovas, que estaba veraneando en Carslbad (Alemania), mostró desaprobación por esta imprudencia del Rey de España. A Vega de Armijo se le pasó por alto la tontería cometida por el Rey y decidió continuar la visita, no suspendiendo la etapa de París, lo cual también era imprudente por parte de Vega de Armijo.

De Hamburgo, Alfonso XII fue a Bruselas en donde fue recibido por Leopoldo II. La visita era intrascendente.

Y el 29 de octubre Alfonso XII llegó a París de nuevo, a pesar de que algunos políticos españoles eran conscientes del error cometido por el Rey, y le aconsejaron evitar París. Allí, las cosas eran muy diferentes pues la prensa había publicado la aceptación de los uniformes alemanes como una ofensa a Francia. El Presidente Grevy no salió a recibirle al andén, sino que esperó fuera de la estación. Los parisinos salieron a la estación del ferrocarril a abuchear a Alfonso XII gritando “Abajo el ulano”, silbando y haciendo ruido. El presidente Grevy le dio un desplante no aceptando su mano cuando Alfonso se la tendió. Los abucheos continuaron durante todo el traslado desde la estación hasta la embajada española. El coche oficial del Rey de España era acosado por la multitud y los soldados españoles eran insultados. Alfonso XII se quedó estupefacto por lo que ocurría. Hasta los periódicos franceses del día siguiente consideraron excesivo el trato despectivo dado al monarca español.

Alfonso XII quiso excusarse, y dijo a los franceses que se había negado a visitar el monumento que conmemoraba la victoria alemana sobre Francia. Excusa pueril.

Alfonso XII dio por terminada su visita oficial a Francia y decidió no asistir al banquete oficial, pero Grevy fue en persona a la embajada española a buscarle, y Alfonso se quedó un día más para ver en privado a Grevy, y para pasear por París. Grevy había sido el organizador del abucheo, y la actitud de Alfonso XII no se entendía. El Jefe del Gobierno, Ferry, hizo dimitir al ministro de la Guerra Thibaudin, por que los soldados franceses no habían evitado la escena de la estación de ferrocarril y la posterior en la calle. Se habían encontrado un chivo expiatorio.

 

 

La populista prensa española.

 

El fracaso de Alfonso XII en París fue convertido en éxito por la prensa española que animó a las masas españolas a aclamar al Rey en su vuelta a Madrid, y efectivamente así lo hicieron. La gente gritaba, “Bailén, Bailén”, para recordar la derrota francesa de 1808.      En días siguientes hubo manifestaciones de solidaridad con el Rey.

Alfonso XII volvía del viaje sin ningún acuerdo con Alemania, ni con Austria, ni con visos de participación en la Triple Alianza como era su deseo antes del viaje. Las relaciones con Francia empeoraban cada vez que los periódicos españoles publicaban insultos a Francia. Las relaciones con Alemania todavía empeorarían más en 1885.

Sin embargo, Alfonso XII no había aprendido nada de la experiencia. Esa actitud altanera fue en adelante la norma en él y en su hijo Alfonso XIII: lució tres uniformes militares de coronel del regimiento de ulanos, y puso de moda en la familia real el lucimiento de estos uniformes. Francia se disgustó de nuevo al ver reiteradamente en la prensa esos alardes españoles de desprecio a Francia. Incluso se puso de moda en España casarse con uniformes militares, no cayendo en la cuenta de la contradicción de un uniforme militar, hecho para matar o para defenderse de la muerte, con un acto de matrimonio, hecho para dar la vida.

 

 

Cánovas y Castelar como apagafuegos.

 

Cánovas regresó de sus vacaciones en Alemania. Al pasar por París, declaró que el viaje del Rey de España a Alemania había sido inconveniente, y que mejor hubiera hecho el Rey en ocuparse de los graves problemas internos de España. Esta declaración de Cánovas fue interpretada en España como un ataque a Sagasta.

El embajador de Francia en Madrid pidió su sustitución.

Y en noviembre, el heredero del trono alemán visitó Madrid. Alemania creía que España se alinearía en su bloque.

Castelar se dio cuenta de la imagen que estaba dando España tras las visitas reales, e hizo un discurso en el Congreso de Diputados recordando que España necesitaba la amistad de Francia, “algo más que un vecino”, el país que de siempre había prestado a España las ideas, el primer inversor en España, el mercado de los vinos españoles, la bolsa en la que cotizaban los valores españoles.

 

 

La conspiración de Sagasta

 contra su propio partido.

 

Parece ser que Sagasta pretendía deshacerse de la derecha del Partido Liberal Fusionista e incorporar en el Partido a Izquierda Dinástica. Se decía que lo había intentado en enero de 1883, sin éxito. Y la derecha del partido eran el antes canovista Arsenio Martínez-Campos y el centralista Antonio Aguilar Correa marqués de Vega de Armijo.

El pronunciamiento republicano de agosto de 1883 proporcionó la ocasión de deshacerse de esos elementos de la derecha, puesto que Martínez-Campos había tomado medidas frente al pronunciamiento. Sagasta, que estaba ausente de Madrid en esos días, no tuvo más que considerar excesivas y deficientes las medidas tomadas por el Ministro de Estado, y tuvo la excusa perfecta para prescindir de él. Martínez-Campos abandono el Gobierno.

Sagasta ofreció los Ministerios a la Izquierda Dinástica de Serrano, pero Serrano dijo que quería más que dos Ministerios: quería el liderazgo absoluto y, mientras tanto, los de Izquierda Dinástica no participarían en el Gobierno. Propusieron un Gabinete de transición, presidido por Posada Herrera, que integrase a miembros del Partido Liberal Fusionista y a miembros de Izquierda Dinástica al 50%, y que se elaborase un programa en común. Serrano tenía el apoyo de la Corona, pues el Rey había visto la posibilidad de sumar muchos apoyos al sistema monárquico si se entregaba el poder a Izquierda Dinástica. Es decir, el Rey estaba de acuerdo Serrano, y en su nombre actuaba Posada Herrera. Entonces Sagasta se jugó “el resto”, y quiso demostrar que, sin él, no había posibilidades de Gobierno de izquierdas. En esa posición de división de los Liberales Fusionistas en dos mitades, resultaba que los diputados conservadores tenían la llave en el Congreso de Diputados a pesar de ser minoría. El Gobierno era inviable.

 

 

Cánovas durante el periodo de Gobierno Sagasta.

 

En primavera de 1881, Cánovas se tomó unas vacaciones. Quería que su sistema político funcionase sin él. No quería hacer oposición a Sagasta y ni siquiera acudía al Congreso de diputados, salvo en contadas ocasiones, y cuando iba, llegaba tarde y se retiraba pronto. El liderazgo del Partido Conservador quedó en manos de Romero Robledo.

Cánovas hizo tan solo cinco intervenciones en el Congreso en 1881-1884: la primera en 15 de noviembre de 1881 con motivo del Discurso de la Corona; la segunda el 20 de abril de 1882, la tercera el 22 de abril de 1882, para oponerse en estas dos intervenciones a librecambismo argumentando que, bajando los aranceles, los españoles comprarían más barato, pero más productos extranjeros, lo cual hundiría la industria nacional; la cuarta el 23 de diciembre de 1882, y la quinta el 12 de julio de 1883.

Cánovas era un trasnochador. Dormía mucho durante las mañanas. Comía mucho y de todo, y tenía el estómago a prueba de bombas. Desayunaba un tazón de caldo al que añadía seis yemas de huevo batidas, una primera bomba, y luego se tomaba un tazón de café con la nata de un litro de leche, otra bomba alimenticia. A mediodía se paseaba en coche por El Pardo, y se llevaba una buena merienda como para un hambriento. Como era viudo, le gustaba que le invitaran a cenar, y como era personaje importante no le faltaban las invitaciones, y comía abundantemente. Para los anfitriones, lo interesante de la cena era la larga sobremesa que venía detrás, y en la que Cánovas hablaba mucho. Cánovas regresaba a su casa a altas horas de la noche. A esas horas, Ramón, su criado, le tenía preparado un plato de pollo y una botella de burdeos, que Cánovas gustaba paladear antes de acostarse. No le gustaba dormir con el estómago vacío.

Tras este género de vida, Cánovas empezó a echar vientre. Pero como era activo y nervioso, no engordaba demasiado.

Aparte de ser un glotón, Cánovas era desaliñado en el vestir: su criado, Ramón, se enfadaba mucho con él porque nunca iba bien abotonado, se ponía la ropa del día anterior y se olvidaba la limpia que le había dispuesto cada noche, y se ponía la corbata del revés, o del derechas, como cayera.

Cánovas salía a la calle cada vez que se cansaba de leer, y paseaba por El Retiro, donde si se encontraba con un conocido, y aún desconocido, entablaba conversación el tiempo que fuese. Pero Cánovas no era un vago: acudía al Ateneo, a las Reales Academias, a los salones, y para esta época, ya había dejado de acudir a los cafés, porque su dignidad no se lo permitía, pues allí acudían los jóvenes que se querían iniciar en política y no era conveniente trabar discusiones con ellos. Las tertulias las hacía en privado.

Tampoco era Cánovas un estirado, pues iba a los toros, al teatro, a la ópera, si bien rodeado de sus amigos, dada su posición social.

Y cuando le gustaba un libro, no salía de casa para nada, hasta que se lo terminaba. Y si no tenía libros para leer, se iba a El Escorial o a Simancas, para leer algo de historia. También en El Ateneo consultaba libros. No quiere decir que no tuviera libros en casa, pues tenía unos 30.000, pero ya los había leído todos y buscaba libros nuevos.

¿Cómo es posible que algunos españoles hagan este género de vida? La explicación es sencilla, no duermen. Se acuestan a las cinco o las seis de la mañana, duermen hasta las 11:00, y luego duermen una siestecilla de media hora después de comer. Les quedan libres las horas de 11:00 a 14:00 horas, que es la hora de comer en España, y de 16:00 a 21:00 horas.

En 1882-1884, Cánovas publicó el discurso Concepto de Nación, 1882; Historia de la Intelectualidad española reciente; Historia de El Ateneo, 1884; Discurso de Ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y PolíticasSociología y sus bases científicas; El Solitario y su tiempo, 1883 (dedicado a su tío Serafín Estébanez, pero que no era la vida de su tío, sino una serie de ensayos políticos e históricos); y trabajó sobre la época de Felipe IV, obra que no terminó porque de nuevo le nombraron Presidente del Gobierno.

Al final del periodo de Gobierno de Sagasta, Cánovas tampoco deseaba desgastarse en esa situación política difícil, y no aceptó el Gobierno, sino se lo dejó a Posada Herrera, un hombre del partido de Sagasta que representaba la izquierda del Partido Liberal.

Cánovas no creía oportuno el funcionamiento del turno de partidos tan pronto, porque el sistema de turno de partidos podía perder credibilidad. Se negó dos veces a la invitación del Rey a formar Gobierno. Incluso le fueron a visitar Lasala, Cos Gayón y Elduayen para que aceptara el Gobierno. Se negó por tercera vez.

En octubre de 1883, Sagasta pidió al Rey que encargase formar Gobierno a Posada Herrera. Y Posada Herrera cumplió con el pacto de izquierdas que habían hecho anteriormente: llamó a hombres de la antigua Unión Liberal conocidos suyos, de los que se habían pasado al Partido Constitucional, y también llamó al demócrata monárquico Moret, y el 15 de diciembre se presentó ante el Congreso de Diputados con un programa liberal que incluía la vuelta al sufragio universal y la reforma de la Constitución de 1876 a fin de adecuarla a algunos principios de la de 1869.

 

 

Final del Gobierno Sagasta.

 

El fracaso del viaje del Rey era la culminación de una serie de fracasos de Sagasta en política exterior:

España estaba mostrando muchas ganas de participar en la política internacional y estaba haciendo frecuentemente el ridículo: así pasó en el intento de mediar entre Francia y Gran Bretaña por los asuntos de Egipto y en las protestas contra la construcción del Canal de Panamá que quería hacer Estados Unidos. En este último caso, era una empresa privada la que lo construía, y España reclamaba que se hiciera mediante la cooperación internacional. ¿Pero quién iba a poner el dinero que eso costaba? El viaje a Europa de Alfonso XII en búsqueda de relaciones internacionales, fue el broche final del fracaso de la política exterior española.

El 11 de octubre de 1883 y tras dos años y medio de Gobierno, renunció Sagasta a la Presidencia a consecuencia de:

Del mal papel hecho por el Rey frente a Francia.

De que Estados Unidos iniciaba estudios para la construcción del Canal de Panamá sin que España encontrase ningún aliado que le apoyase en su protesta por la injerencia norteamericana. España no tenía aliados, y ello era un punto débil.

De que los republicanos se habían sublevado y se había deteriorado la confianza en los liberales.

De que el Partido Liberal Fusionista se le estaba rompiendo pues los radicales de Moret, los de Cristino Martos y los constitucionales estaban creando Izquierda Dinástica y se negaban a colaborar con Sagasta, si bien aceptaban la monarquía, y ello era en cierta manera un triunfo de Cánovas.

De que Gamazo quería suprimir las tasas ferroviarias para granos, favoreciendo así a los agricultores castellanos, lo cual resultó muy polémico. Los proteccionistas se rebelaban contra el tratado comercial hecho con Francia en 1882, que apuntaba a la reducción del proteccionismo.

De que el aumento de impuestos hecho por Juan Bautista Camacho de Alcorta, había enfurecido a las clases medias. Y, cuando el Ministro de Hacienda propuso la venta de montes públicos y dehesas boyales para reducir la deuda de Hacienda, surgió el enfrentamiento dentro del Consejo de Ministros.

La remodelación del Gobierno de enero de 1883, cambiando a todos los Ministros, menos al de Estado (Martínez Campos) y al de Guerra (Vega de Armijo) no había solucionado los problemas de fondo. La actividad internacional durante el año 1883, y los levantamientos republicanos de 1883, desgastaron aún más al Gobierno, y por fin hizo crisis en octubre. Se dice que la represión contra los republicanos fue una faceta muy importante en el desgaste del Gobierno, y que el viaje del Rey a París no había sido bien planificado, pues se cayó en errores diplomáticos de principiante. Alfonso XII había tenido que escuchar insultos en París, y más tarde, en el conflicto diplomático subsiguiente, Martínez Campos pidió la ruptura de relaciones con Francia, lo cual era una reacción exagerada, lo que se tomó como excusa para prescindir de él.

 

 

 

[1] Germán Gamazo Calvo, 1840-1901, era un abogado que trabajó para Silvela y para Alonso Martínez antes de independizarse en bufete propio, se hizo de Unión Liberal en 1871-1873, e ingresó en 1876 en el grupo de Alonso Martínez. En 1881 se integró en el Partido Liberal, pero siempre defendió el proteccionismo agrario. Fue ministro de Fomento en enero de 1883, de Ultramar en noviembre de 1885. Se distanció de Sagasti en 1887 porque éste era liberal, y Gamazo proteccionista, pero colaboró con él como ministro de Hacienda en diciembre de 1892 en el llamado “Ministerio de los Notables”, y de Fomento en mayo de 1898.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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