EL GOBIERNO CÁNOVAS DE DICIEMBRE DE 1879.

 

 

Conceptos clave: Gobierno Cánovas de diciembre de 1879, reformas en la enseñanza, política en Cuba, crisis de Marruecos de 1880, la Conferencia de Madrid en 1880, la alternativa al Partido Liberal Fusionista.

 

 

Gobierno Cánovas,

          9 diciembre 1879 – 8 febrero 1881.

 

Presidente del Consejo: Antonio Cánovas del Castillo.

Estado: Francisco Borja Queipo de Llano y Gayoso de los Cobos, VIII conde de Toreno / 20 enero 1880: Antonio Cánovas del Castillo, interino / 19 marzo 1880: José Elduayen Gorriti, marqués de Pazo de la Merced / 25 octubre 1880: Antonio Cánovas del Castillo, interino / 22 noviembre 1880, José Elduayen Gorriti.

Hacienda: Manuel Orovio Echagüe, marqués de Orovio / 19 marzo 1880, Fernando Cos-Gayón y Pons

Gobernación: Francisco Romero Robledo / 19 de marzo 1880: Antonio Cánovas de Castillo, interino / 7 abril 1880, Francisco Romero Robledo / 25 de octubre 1880: Fermín Lasala Collado, interino / 28 noviembre 1880, Francisco Romero Robledo.

Ultramar: José Elduayen Gorriti marqués del Pozo de la Merced / 19 de marzo de 1880: Cayetano Sánchez Bustillo.

Fomento: Fermín Lasala Collado[1].

Gracia y Justicia: Saturnino Álvarez Bugallal.

Guerra: general José Ignacio Echevarría, marqués de Fuente Fiel.

Marina: almirante Santiago Durán y Lira.

 

Todos los Ministros eran gente de confianza de Cánovas y, por tanto, el Gobierno era muy estable. Sorprende la presencia de Orovio en Hacienda, pues Orovio había causado problemas en la Universidad en 1867 y 1875 con su catolicismo intransigente, y porque era un elemento de inestabilidad dentro del Consejo de Ministros. Afortunadamente, la enseñanza estaba en manos de Lasala y no en las de Orovio.

También Cánovas tenía mayoría amplia en las Cortes y el único problema para Cánovas era escoger los momentos oportunos para hacer los cambios.

 

 

El proyecto de alternativa de Gobierno.

 

El principal problema de Cánovas en 1879 era encontrar el momento para la cesión del poder a la oposición. Cánovas no quería perpetuarse en el poder, porque esa era la base ideológica que había predicado durante años. Pero ceder el poder demasiado pronto era posibilitar el fracaso del programa. La oposición debía estar preparada para asumir el Gobierno, debía estar unida. Decidió castigar a sus adversarios a fin de que surgieran lazos entre ellos. “Todos contra el Gobierno” suele ser un atractivo bastante poderoso para las oposiciones inmaduras. Y mientras tanto, Cánovas debía resolver los problemas más graves, que podrían tumbar a un Gobierno de un partido nuevo.

 

 

Reforma en la enseñanza.

 

Concebida la enseñanza como un sistema de lavado de cerebros, en el sentido político y en el religioso, en España todos los Gobiernos trataron, y lo seguirán haciendo en el siglo XX y XXI, tanto los de derecha como los de izquierda[2], de modificar la enseñanza en el sentido adecuado para ellos. Se volvió sobre el problema de la enseñanza, pero no se quiso volver a las reformas Orovio que tantas discordias habían causado: El 16 de agosto de 1880 el Plan Fermín Lasala redujo el bachiller a 5 años argumentando que se atendía a criterios de reducción de costes para las familias. El plan duró hasta 1898. El Plan Bosch, vigente en 1895-98, repetirá los supuestos de Lasala. En todo este periodo, 1880-1898, lo más llamativo fue el gran incremento de los colegios religiosos, que alcanzaron los 11.000 alumnos, frente a los 34.000 alumnos que tenían los institutos estatales de enseñanza media.

 

 

Política cubana.

 

La labor del Gobierno de Cánovas fue remendar los problemas en que había incurrido Martínez Campos, en la Paz de Zanjón. Para ello, Cánovas hizo nuevos nombramientos que cambiaran personas, y después, modificó la promesa de abolición de la esclavitud, por Ley de 13 de febrero de 1880. Esta Ley preveía una emancipación global, gradual pero total, que solucionaría el problema.

Por la ley 13 de febrero de 1880, dada por Elduayen, se inició la liberación gradual de los esclavos cubanos, lo cual debería desmontar la fuerza de los rebeldes cubanos y la furia de los terratenientes cubanos. La reforma consistió en minimizar los efectos del acuerdo de Zanjón. Los esclavos debían permanecer cinco años más dependiendo de sus amos, y pasados esos cinco años, el amo los iría liberando poco a poco, a lo largo de tres años. Como la vida útil del esclavo se calculaba en 11-15 años, la Ley de 1880 era inoperante. Es más ajustado a la realidad decir que no se hizo nada para remediar la esclavitud, que cualquier otra presentación del problema.

 

 

Crisis de Marruecos o del reparto de África, 1880.

 

Cánovas se vio forzado a tomar postura ante Gran Bretaña y Francia, y ante el Sultán de Marruecos.

Desde 1830, Francia estaba presente en Argelia. Desde entonces, España comenzó a reivindicar todos los puertos norteafricanos en razón de que le habían pertenecido en otros tiempos. Eran aseveraciones románticas.

En 1853-1860, España había aprovechado las agitaciones y luchas en el norte de Marruecos para asentarse en la zona. Las tribus del norte se consideraban independientes, se negaban a pagar impuestos al Sultán, no contribuían con hombres, no seguían las leyes del sultanato. Marruecos no existía como Estado, pues los cabileños del norte no obedecían las leyes ni el sistema impositivo, y las tribus del sur, en la zona de Río de Oro le pasaba lo mismo, y le pasaba lo mismo al Sultán con las tribus del desierto.

Por la Paz de Uad-Ras, el monarca marroquí cedió a España Santa Cruz de Mar Pequeña, un territorio citado en un documento antiguo, pero que nadie sabía qué era, ni dónde estaba, salvo la noción general de que estaba frente a las costas de las Islas Canarias. El fortín que citaban los documentos había sido destruido en 1524 y no quedaba ningún resto de él.

El norte de África se lo estaban repartiendo Gran Bretaña y Francia, porque tenían potencia económica y militar. Francia avanzaba desde Argelia hacia el oeste, hasta Marruecos, y trataba de colonizar todo el Sahara. Gran Bretaña estaba en Egipto y avanzaba hacia el oeste hasta el desierto de Libia.

En 1863, se reunieron Gran Bretaña, Francia y España para exponer sus puntos de vista, los cuales se fueron complicando en años sucesivos porque Italia y Alemania mostraron interés en la zona. Los cinco Estados tenían necesariamente que chocar en una colisión violenta, y lo increíble es que la guerra no estallara. La catástrofe sucedería en 1914.

En 1861-1868, España había sido la potencia hegemónica en Marruecos, pero tras la revolución de septiembre de 1868, perdió todas sus relaciones exteriores. Si Francia no se quedó entonces con Marruecos es porque fue derrotada en 1870 por Alemania. Gran Bretaña pensó en aprovechar la circunstancia para expansionarse hacia el oeste y hacia el sur a partir de Egipto.

En 1876, el británico Mckenzie llegó a Lanzarote y desde allí se fue a la costa africana “para explorarla”. Las exploraciones, como la del Nilo, la del Congo, la de Sudáfrica, eran excusas para conocer un territorio, y luego tener referencias geográficas para reclamarlo militarmente, por lo cual eran apoyadas por los Gobiernos de toda Europa. Por tanto, España y Marruecos supieron que, si no andaban listos, Gran Bretaña declararía que aquella zona era una colonia suya. Entonces, Marruecos y España llegaron a un acuerdo para que España se instalase en Uad Ifni, Río de Oro para los españoles. Así se evitaba la no deseada presencia británica. Ya hemos dicho que las cábilas de Uad Ifni eran rebeldes, igual que las del Atlas, y tampoco aceptaban la autoridad del Sultán. España no quiso hacerse cargo de la pacificación de la zona, lo cual sería muy oneroso, y el Rey de Marruecos era incapaz de hacerlo. El problema quedó postergado para el futuro.

En 1876, España creó la Sociedad Geográfica de Madrid, a imitación de las Sociedades Geográficas de Inglaterra y con la misma finalidad de hacer colonias. Y en 1877, apareció la Asociación Española para la Exploración de África, la cual patrocinó el viaje de Abarques a Abisinia, y en 1878, el de Gatell al sudoeste de Marruecos y hacia el interior del Sáhara.

El Gobierno de Cánovas de 1880 trató de neutralizar la diplomacia británica que pretendía quedarse con todo el norte de África, lo que significaba expulsar a Francia y a España de Marruecos. El Sultán se quejaba del régimen de protección que los franceses y españoles querían imponerle, situación de auténtico privilegio para los europeos. Gran Bretaña vio entonces la oportunidad de presentarse como defensora de los derechos del Sultán, y pidió la Conferencia de Madrid de 1880.

 

 

La Conferencia de Madrid de 1880.

 

Marruecos había concedido ventajas comerciales y mineras a Francia, Inglaterra, Alemania, Austria y España, en una estrategia política complicada: razonaba que entregarse a una sola potencia era caer bajo la autoridad de ésta, pero entregarse a todas a la vez, produciría el que unas se vigilasen a las otras. En los contratos de concesiones, las empresas explotadoras debían hacer diversas obras públicas, colegios y obras de defensa militar para Marruecos. Marruecos era un Gobierno débil que no podía hacer frente a las rebeliones interiores de las cábilas y a las rebeliones independentistas de sus otras regiones. Creyó que no tenía más remedio que convertirse en un Protectorado, dejarse en manos de potencias europeas. La estrategia podía tener algún sentido político, pero era un error colosal desde el punto de vista económico: ninguna potencia acabaría con el sultán de Marruecos, pero todas se dedicaron a explotar al máximo el territorio, pues ninguna de las otras intervendría en territorio de los demás para evitarlo. Se estaba abandonando al país a su esquilmación completa, y por otra parte, el Sultán de Marruecos nunca podría llamar la atención a ninguna de las potencias explotadoras, pues no tenía capacidad militar para hacerlo. La teoría de las múltiples potencias explotadoras era una ingenuidad, una “idea brillante de una noche de insomnio”, pero carecía de racionalidad y de prudencia.

Además, surgieron diferencias entre las potencias explotadoras, pues todas querían más minas y más ventajas comerciales, todas consideraban una afrenta el que los demás consiguieran alguna ventaja si uno de ellos no era favorecido con otra ventaja. Y Francia tuvo la habilidad de irse quedando con la mayoría de los negocios. Las potencias protestaron por la posición francesa, y Gran Bretaña convocó la Conferencia de Madrid. Los estrategas marroquíes hicieron un análisis equivocado de la situación, confundiendo el comportamiento de las potencias europeas con el de las cábilas africanas: creyeron que las discusiones entre enemigos favorecerían su política.

Fue Gran Bretaña la que propuso una conferencia en Madrid de los protectores de Marruecos, y el asunto cogió por sorpresa al Gobierno de España. Cánovas no estaba preparado para una Conferencia Internacional en Madrid, pues la política exterior española se basaba en la “no intervención” en asuntos internacionales, lo cual decía que evitaría cometer errores como los recientes de O`Donnell en 1856. Y no sólo tenía que intervenir sino ser el anfitrión de un Congreso.

José de Elduayen, Ministro de Estado, pidió al embajador español en París información de cómo se organizaba un Congreso Internacional, y de cuál era el protocolo. España había estado fuera de Conferencias internacionales desde 1815, y se sentía extraña en medio de esa situación.

El Congreso o Conferencia de Madrid tuvo lugar el 19 de mayo de 1880 y asistieron a él: Marruecos, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Bélgica, Alemania, Austria-Hungría, Italia, Dinamarca, Suecia, Noruega, Portugal y España. Cánovas y el Gobierno español estuvieron sobrepasados y no formalizaron ninguna alianza ni tratado con ningún país, y España quedó aislada para los siguientes treinta años. El aislamiento político se vendió a los españoles como una ventaja, pero quizás no lo fuera.

Lo primero a superar por Cánovas era que se trataba de muchas potencias, todas ellas muy diversas, pues unas estaban implicadas en los problemas de Marruecos, y otras acudían porque querían parte en la tarta que Marruecos estaba repartiendo. Y resultó que España y Cánovas hicieron un papel digno, cosa que sorprendió. La corrupción no era solamente una cosa de España, y un poco de cordura les venía bien a todas las potencias.

El representante alemán, conde de Soms-Sonnewalde propuso que Cánovas presidiese la Conferencia, y se aceptó. Cánovas hizo entonces un discurso de apertura digno, definió bastante bien el problema a abordar por la Conferencia, la necesidad de que los negocios de Marruecos se atuvieran a las normas internacionales de protectorados, que eran buscar el desarrollo del país protegido, y no pretender ninguna otra cosa sobre el Gobierno protegido. El discurso sorprendió, porque las potencias se habían reunido para acabar con Marruecos y repartirse el territorio, y por eso habían venido países que nada tenían que ver con el problema. Cánovas había acertado y recondujo la situación.

Inmediatamente, Cánovas trató de reconducir la prepotencia francesa en Marruecos, pero sin humillar a Francia, y trató de obtener algunas ventajas de tipo comercial y pesquero para España. Con estos planteamientos, Cánovas evitó un posible conflicto entre Francia y Gran Bretaña y se ganó la admiración de los presentes, de todos los países sin excepción. Había sido un éxito. El prestigio de Cánovas creció mucho internacionalmente.

El Gobierno de Marruecos se declaraba incapaz de hacer cosas por su país, y Francia, Gran Bretaña, Alemania, Austria y España se hacían cargo de su comercio y minería a cambio de hacerle las obras públicas, colegios y obras de defensa militar, lo cual se denominaba “protectorado”. Era un gran negocio de las potencias protectoras, sobre todo para los empresarios que recibieran subvenciones para obras en Marruecos.

 

 

   Valoración española de la Conferencia de Madrid.

 

En España, la oposición a Cánovas le reprochó que no hubiera sacado más ventajas para España, que no se hubiera integrado en un bloque determinado, el de Francia o el de Gran Bretaña, pero Cánovas contestó que no era el momento de aventuras militares.

El reproche de la oposición por no integrarse en un bloque militar determinado, se debía a que había habido un conflicto en Carolinas y un conflicto en Cuba, y España estaba sola frente a esos problemas. De hecho, la postura de Cánovas dejó a España sin aliados en 1898. Pero Cánovas insistió en que España ya tenía suficientes problemas internos como para iniciar aventuras exteriores, lo cual lo declaró a Le Figaro en 1883.

Los defensores de Cánovas dicen que éste sí que hizo política exterior, aunque no hiciera alianzas internacionales. Y en su defensa plantearon a sus contrincantes la pregunta de qué aliados debía escoger Cánovas y a qué precio. En cualquiera de los casos, España quedaría subordinada a la potencia elegida como protectora.

La situación de aislacionismo internacional de 1898, no sirve para juzgar la situación, pues son acontecimientos a posteriori. Cánovas no podía saber qué ocurriría cinco años después. Tampoco se puede sacar ninguna conclusión segura, pues de haber entrado en una coalición, ¿estaríamos seguros de que esa potencia hubiera ayudado a España en 1898? ¿qué potencia iniciaría una guerra contra Estados Unidos al otro lado del Atlántico, con unos costes inmensos, y contra una potencia ya en industrialización?

Cánovas eligió el aislacionismo. Tal vez se equivocó, pero nadie puede saber si actuar de otro modo hubiera sido aún peor.

 

 

Avances hacia la no violencia política.

 

Los avances hacia la normalización de la política fueron muy escasos, pero debemos resaltar el trabajo de Menéndez Pelayo entre los católicos de derecha, y el trabajo del PSOE por normalizarse como partido político.

Evolución entre los católicos: En 1880-1882 apareció publicada la Historia de los Heterodoxos Españoles de Marcelino Menéndez Pelayo 1856-1912, un hombre nacido en Santander y con estudios en Barcelona, Madrid y Valladolid. Es una historia de España, desde los visigodos hasta el siglo XIX, que causó un gran impacto durante medio siglo, hasta la revolución de la historia en los años sesenta del siglo XX. El catolicismo entraba en fase de consolidación científica, y abandonaba un poco los dogmatismos intransigentes. Pero Menéndez Pelayo era una excepción entre los católicos.

Evolución entre los socialistas: En 1880 se hizo la Declaración de Principios, el Programa, y los Estatutos del PSOE. Los Principios eran: la abolición de clases sociales y la creación de una sola clase, la de los trabajadores. El Programa incluía: pedir derechos de asociación, reunión, y manifestación; libertad de residencia y de domicilio; abolición de la pena de muerte; supresión del ejército permanente y creación de un ejército popular; supresión del presupuesto del clero y confiscación de sus bienes; jornada de ocho horas; prohibición del trabajo a mujeres y niños menores de 14 años; salario mínimo regulado por ley; descanso semanal; gratuidad de la escuela; abolición de los impuestos indirectos. Al menos, una parte del socialismo, también se racionalizaba. Los Estatutos los consideramos secundarios para nuestro relato.

 

 

Remodelación Gobierno 19 de marzo de 1880.

 

Ultramar: Cayetano Sánchez Bustillo

Estado: José Elduayen Gorriti, marqués del Pazo de la Merced

Hacienda: Fernando Cos-Gayón y Pons

Gobernación: interinamente Antonio Cánovas.

Cambiar cuatro Ministros de un total de ocho, no era cosa ordinaria.

 

 

Aparición del Partido Liberal Fusionista.

 

Cánovas tenía claro que España necesitaba un sistema bipartidista, o de alternancia de Gobiernos, similar al británico. Pero no encontraba alternativa a su persona. En 1877 incluso había pensado en la alternancia entre dos conservadores, lo que provocó una reacción airada de Sagasta y la formación de una coalición entre los republicanos unitarios (posibilistas) de Castelar, los de Unión Liberal que luego fueron Monpensieristas de Antonio Romero Ortiz, los progresistas de Sagasta, y muchos generales moderados de mucho prestigio en esa época, los del Partido Constitucional del General Serrano y algunos del Partido Radical de Ruiz Zorrilla.

Una vez desechada la idea de alternancia entre conservadores, el problema personal de Cánovas era adivinar cuándo se podía pasar el Gobierno a Sagasta para que no pareciera una revolución de Sagasta, ni una claudicación de Cánovas. Y se esperó bastante tiempo, casi dos años todavía. Pero todo estaba ya pactado entre Cánovas y Sagasta.

El 23 de mayo de 1880, el Partido Constitucional de Sagasta y Serrano, dio el paso definitivo: sumó a Martínez Campos, a José Posada Herrera, al Partido Radical de Ruiz Zorrilla, a los Republicanos Unitarios “posibilistas” de Castelar y a José Álvarez de Toledo y Acuña conde de Xiquena, y con ello dio lugar al Partido Liberal Fusionista, considerándose con ello que estaba formado el partido de alternativa en el poder. El líder alternativo a Cánovas sería Sagasta.

Al acto de fusión asistieron más de cien parlamentarios y ex parlamentarios. Se nombró un Directorio con dos miembros del Partido Constitucional, que fueron Práxedes Mateo Sagasta y Antonio Romero Ortiz, dos del Partido Centralista que fueron Manuel Alonso Martínez y Antonio Aguilar Correa marqués de Vega de Armijo, y dos independientes que fueron Arsenio Martínez Campos y José Posada Herrera.

Sagasta hizo un discurso para intentar definir al nuevo partido en el que dijo que:

El sistema representativo debía ser sincero (no a la corrupción electoral) de modo que las Cortes expresaran realmente la voluntad del país.

La Corona debía decidirse por el progreso, y ello significaba desligarse del Partido Conservador como único partido idóneo para gobernar, y debía mostrarse neutral ante todos los partidos.

El cambio político debía empezar inmediatamente, pues de lo contrario, peligraba la libertad, la monarquía y la patria.

El Partido Fusionista, fue un fracaso desde el primer momento.    El Partido Liberal Fusionista no llegó nunca a estar integrado internamente en un solo partido, y siempre fue la coalición o fusión de varias formas de pensar. Su primera escisión importante se produjo en 1898, cuando Germán Gamazo Calvo se pasó al Partido Conservador y arrastró a Antonio Maura. A la muerte de Sagasta en 1903, se produjo la crisis por el liderazgo, lucha que mantuvieron Eugenio Montero Ríos y Segismundo Moret, resultando líder después José Canalejas Méndez. Cuando fue asesinado Canalejas en 1912, fue líder el conde de Romanones, y en 1918, Manuel García Prieto, hasta la Dictadura de 1923. La unidad es fácil mientras se está en la oposición y todos coinciden en criticar al Gobierno, pero se complica cuando se accede al poder y cada grupo tiene objetivos distintos.

La creación de este partido artificial de alternancia de Gobiernos, no solucionaba el problema político español: En enero de 1881, la oposición había advertido que la actitud tomada por Cánovas de organizar el modelo de Estado y el sistema de Gobiernos al margen de la Cortes, podía llevar a una revolución masiva de todos los españoles, que seguramente sería violenta pues no se dejaba otro camino a los no canovistas. Entonces, el Directorio del nuevo Partido Liberal Fusionista entró en contacto con los republicanos federales, lo cual amenazaba con un levantamiento general. La tensión era alta, y Alfonso XII llegó a comentar que “los liberales son como las viruelas, que hay que pasarlas una vez en la vida”, lo que quería decir que se les podía entregar el poder por una vez a los del Partido Liberal Fusionista.

 

 

Nueva intentona republicana.

 

A fines de 1880 se inició una sociedad secreta republicana que se llamó Asociación Republicana Militar, la cual se constituyó oficialmente en 1 de enero de 1883. Su líder era el oficial del ejército Miguel Pérez, alias Siffler. Logró reunir 1.200 afiliados entre los cuales destacaban el general Izquierdo, el general Merelo y el general Villacampa. En agosto de 1883 se sublevaron en Badajoz, Santo Domingo de la Calzada y Seo de Urgel. Pero nadie les secundó y se dispersaron. Era otra vez el grupo republicano de Ruiz Zorrilla, Cristino Martos y Nicolás Salmerón.

 

 

 

El problema de la cesión del poder.

 

En la segunda mitad de 1880, Sagasta pidió el poder. Le exigía a Cánovas que pusiera en práctica la teoría que éste había esgrimido desde hacía cinco años, pero no experimentada todavía, de que habría una alternancia pacífica de partidos en el poder. Sagasta podía provocar una crisis, convocar elecciones y tratar de perpetuarse en el poder todo el tiempo que pudiera, porque no había pacto escrito de partidos en ese sentido. Pero nadie sabía cómo poner en práctica esa idea que tanto había gustado a todos cuando Cánovas la propuso en 1876.

Para que no pareciera una farsa, había que inventar un motivo para la dimisión del Gobierno, y ello no era fácil puesto que los electores votaban masivamente a Cánovas, que se había hecho muy popular. Algunos, porque, como siempre había ocurrido en España, estaban vinculados al Gobierno y no querían perder sus puestos de trabajo. Otros, porque realmente estaban cansados de golpes y amenazas contra la paz. Entonces, hubo que amañar la crisis:

La ocasión de ceder el poder la proporcionó el propio Partido Conservador: Se provocó una crisis interna en el Partido Conservador, y una gran disputa con los del Partido Liberal Fusionista:

Dentro del Partido Conservador hubo una gran discusión y ruptura entre Cánovas, que había aceptado el amañamiento de las elecciones, y Romero Robledo, número dos del Partido Conservador que practicaba abiertamente el falseamiento de elecciones y la corrupción política. Era pues una falsa disputa. Romero fue excluido de sus cargos dentro del partido, y ello fue la ocasión de que apareciera Silvela como número dos del Partido Conservador. Había crisis en el partido de gobierno.

Respecto a la creación de mal ambiente político, Cánovas emprendió un “plan de reconversión de la deuda” advirtiendo previamente que, para realizarlo, el Gobierno “necesitaría estar varios años en el poder”. Ello provocó la protesta de Sagasta, que se sentía engañado en el plan de alternancia en el Gobierno.

La actitud de Cánovas era un reto al Rey, pues le comprometía a apoyar a Cánovas varios años, y un insulto a la oposición, pues contradecía todas las promesas de alternancia pacífica de partidos.

Entonces Cánovas comunicó al Rey su deseo de que retuviera el Proyecto de Ley, lo que se podía interpretar como falta de confianza del Rey en Cánovas. Alfonso XII mostró algunas reticencias a la hora de firmar esa Ley. Y Cánovas decidió que esas reticencias eran motivo suficiente para la crisis, pues manifestó que el Rey no confiaba ya en el Partido Conservador. Cánovas presentó su dimisión irrevocable el 6 de febrero de 1881.

Y así, el “Partido Liberal Fusionista“, que más tarde sería llamado Partido Liberal, accedió al poder, y su jefe, Sagasta, accedió a la Presidencia del Gobierno en 1881. El partido de oposición que Cánovas buscaba, había llegado por fin. Era el triunfo definitivo del sistema canovista. Nunca se había visto a un líder de un partido trabajando tan duro para tener un partido de oposición fuerte, contrario al suyo.

El 8 de febrero de 1881, Sagasta formaba Gobierno. Como era consciente de interpretaba una farsa en esa crisis, fue moderado en sus declaraciones contra Cánovas, e incluso el republicano Castelar, que también sabía de la trama, estuvo moderado.

 

 

 

[1] Fermín Lasala Collado, 1832-1917, era un antiguo compañero de universidad de Cánovas

[2] No sólo es terrible que el Gobierno conciba la enseñanza como un sistema de lavado de cerebros, sino que muchos profesores creen que su misión es hacer lavados de cerebro en cuanto a pensamiento religioso y político. Se trata de mi experiencia personal a lo largo de decenios. No sólo ocurre en los colegios religiosos, donde ya se supone, sino también en los públicos.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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