LOS INTERNACIONALISTAS en la RESTAURACIÓN.

 

Conceptos clave:  socialismo, “la cuestión social”, movimientos obreros, Asociación Internacional de Trabajadores, marxismo español, anarquismo español.

 

 

Los seguidores de la Comisión Federal de la Federación de Trabajadores de la Región Española, FTRE, habían perdido fuerza tras la República de 1873 y sólo quedaban algunos grupos clandestinos dirigidos por aliancistas catalanes, que celebraban “conferencias” clandestinas por distintos puntos de España. La más importante de estas conferencias fue la de Sans de junio de 1875 donde se vio que la mitad de las federaciones estaban en Andalucía, un sexto en Cataluña, un sexto en Extremadura y el resto dispersas por la mitad sur peninsular.

Jover dijo en 1952, que entre 1868 y 1875 había nacido en España la conciencia proletaria, que es el motor de los movimientos obreros. Seco Serrano compartía esta opinión. Pero estas afirmaciones deben ser matizadas teniendo en cuenta que los movimientos socialistas de la citada época eran minoritarios, insignificantes. Tienen importancia por su proyección futura, por el protagonismo del marxismo y el anarquismo en futuros acontecimientos.

Ante la falta de éxito en lo que respecta a la subversión civil y a los pronunciamientos militares, los republicanos pasaron a la acción en 1879 sublevándose en Badajoz, Santo Domingo de la Calzada, Seo de Urgel y Madrid (Villacampa 1886).

 

 

La cuestión social.

 

La constatación de que las clases pobres estaban siendo explotadas en su miseria, no era algo descubierto por el marxismo. El hecho era patente y fue llamado “la cuestión social”. Esta expresión hacía alusión a que muchos obreros y campesinos, trabajadores normales, no comían lo suficiente y no poseían una vivienda digna, porque el salario no les llegaba para ello. Y lo más importante del caso, es que no tenían esperanza ni oportunidades de mejorar su vida.

A falta de otros datos, los estudios sobre el tema se centran en las jornadas de trabajo y el jornal recibido, lo cual es una pequeña parte del problema, pues queda fuera de estos estudios las condiciones higiénicas y sanitarias, la calidad de la enseñanza de los niños, la conflictividad entre las clases pobres, el alcoholismo, la prostitución, la violencia familiar, el difícil acceso a los Tribunales de Justicia, y el alejamiento general de los políticos respecto a estos problemas citados.

El historiador Seco Serrano dice que la jornada laboral de Cataluña en lo textil era de 11 horas diarias, que en muchos oficios se trabajaban 16 y 18 horas diarias, que la agricultura trabajaba “de sol a sol”, es decir, 16 horas en verano y 10 en invierno, que en los sectores artesanales se solía trabajar 14 horas diarias.

Respecto a los salarios, es conveniente saber que en el campo se cobraban por días trabajados, llamados jornales, y se cobraban semanalmente en las fábricas.

A finales del XIX se seguía contando en reales, aunque existía la peseta desde 1868. El real era una unidad de moneda de mucho valor, unos 25 ó 30 euros de 2010, y tenía céntimos. La peseta era una unidad monetaria de más valor todavía, pues valía cuatro reales (unos cien euros actuales), y prácticamente no se utilizaba en las relaciones económicas ordinarias. Ni siquiera los céntimos de peseta eran aptos para las pequeñas transacciones. Un real equivalía a 8,5 cuartos, pero esa unidad monetaria también era muy grande, unos tres euros actuales. Por eso los españoles corrientes seguían contando en maravedíes, una moneda cuenta, sin existencia real.

Los precios de los alimentos eran altos, y los del vestido y calzado altísimos, y el obrero no tenía gratis los servicios de sanidad, educación, justicia… Y el día que no se trabajaba no se cobraba, porque no había retribución los días de enfermedad, ni los de fiesta, ni las vacaciones (que tampoco había vacaciones). Y en España había muchos días de fiesta religiosa, santos patronos, vírgenes varias, celebraciones litúrgicas, y muchos de festividad civil. Y tampoco se cobraba si no había trabajo, por estacionalidad agraria, o por cierre de la fábrica. Calculemos que se podían sacar 20 jornales al mes como máximo, no estando enfermo y obteniendo todos los días trabajo. Como se ganaba lo estricto para comer, el vestido y el calzado solían considerarse como gasto extraordinario. No se acudía al médico, y muy poco al barbero para extraer una muela, pues eran gastos inabordables.

En Andalucía y Extremadura, los jornales rurales se pagaban a 2,5 – 3 reales diarios hacia 1880. En medios no rurales de Levante se pagaban de 5 a 7 reales. La industria levantina pagaba 8 reales al día. Los artesanos especializados, dice Melitón Martín, como los panaderos, carpinteros, albañiles, tejedores, y mineros, cobraban de 12 a 14 reales. Y los obreros fundidores cobraban de 12 a 20 reales diarios. Las cifras no son fiables. Sólo son indicativas y casuales.

Expliquemos la cuestión de forma más inteligible: los jornaleros que tenían la suerte de tener trabajo todos los días, ingresaban en Andalucía unos 60 reales al mes y necesitaban más de 70 para dar de comer a su familia, sólo para comer. Los bien pagados de la industria levantina, cobraban unos 160 reales al mes y necesitaban 120 reales para comer. Y los obreros más afortunados cobraban unos 220 reales al mes.

En conclusión, muchos trabajadores vivían en condiciones mínimas de subsistencia, pues el mínimo se calculaba en los 4-5 reales, y todos los días se debería comer, incluidos los de fiesta que no se cobraba, y otros trabajadores vivían de manera envidiable y no tenían problemas para declarar una huelga o sindicarse pagando una cuota. Podían tener sirvienta pagada estrictamente con “cama y comida”, al tiempo que reclamaban mejores salarios para ellos.

Lo importante fue la existencia de un sentimiento de solidaridad entre los trabajadores, sobre todo en los medios rurales donde se ganaba menos. La solidaridad no existía en las ciudades donde el trabajador se encontraba solo ante la desgracia y la necesidad. Debía ser un trauma llegar del campo solidario, y encontrar dificultades propias de la ciudad sin que nadie ayudase al necesitado recién llegado.

La necesidad de asociarse fue por ello más alta en las ciudades, y entre los obreros mejor pagados fue donde más proliferó. La asociación española entre obreros empezó en Barcelona.

 

 

            Las sociedades obreras.

 

En 1839-1868, los obreros se unieron contra el empresario y se dieron cuenta de que ellos eran débiles. Necesitaban el derecho de asociación para tratar con el patrono en pie de igualdad. Hasta este momento, liberalismo, progresismo, democracia, republicanismo y socialismo, les debía parecer ideas semejantes, casi iguales.

Hacia 1856, los obreros catalanes más pudientes llegaron a la conclusión de que era necesaria la acción política a fin de conquistar los derechos laborales. Los gremios ya se habían suprimido en la revolución liberal de 1808 y 1837, y el 6 de diciembre de 1836 habían sido definitivamente prohibidos. En los gremios antiguos se regulaba la producción y el trabajo, temas muy importantes para evitar la superproducción. El liberalismo confió en que los conflictos entre personas se resolverían espontáneamente sin intervención del Estado, y ello pareció positivo en un momento en que la subproducción era el verdadero problema a corregir. Se creía en una especie de justicia universal que regularía los mercados. Se creyó que el empresario, cuando observase la proximidad de la superproducción, reduciría espontáneamente la producción y se equilibraría el mercado. Y además, se evitaría la torpeza de muchos políticos que no entienden nada de casi nada y deciden sobre casi todo.

Al prohibir los gremios, prohibieron también las asociaciones entre empresarios y las asociaciones de trabajadores, pues según el liberalismo, el mecanismo de autorregulación del mercado sólo funcionaba en un medio individualista. Era utópico, porque suponía que el individuo es bueno por naturaleza.

Enseguida los liberales se echaron atrás y autorizaron las asociaciones de empresarios, y en 28 de febrero de 1839, autorizaron también las sociedades de socorros mutuos entre trabajadores. Y dentro de estas asociaciones nacieron las patronales y los sindicatos, asociaciones con fines laborales.

Josep Termes dijo que el movimiento obrero español nació en Barcelona en 1840 con el Sindicato de Obreros Tejedores. Apareció como una mutua, para aparentar legalidad, pero fue una asociación obrera permanente y estable. Aceptemos o no dicha información, es indudable que por entonces nacieron diversas asociaciones en diversas localidades. Algún historiador dice que el movimiento obrero nació en Barcelona en 1855, cuando se creó la Junta Central de Directores de la Clase Obrera, la cual perduró hasta 1956. Es igual. Lo que queda claro es que las asociaciones obreras nacieron a mediados del XIX.

En octubre de 1868 se creó la Dirección Central de las Sociedades Obreras de Barcelona, cuyo nombre a partir de febrero de 1869 fue Centro Federal de las Sociedades Obreras de Barcelona. Para entonces, ya no queda ninguna duda de que estamos ante un sindicato.

El método de acción de este Centro Federal era la huelga. Por falta de formación, no conocían ningún otro medio de presionar al patrón. Pero llegarán a sistemas más racionales de actuación, como la negociación apoyada por la huelga cuando el patrón no accedía a peticiones que los obreros consideraban imprescindibles.

El Estado entendió que era precisa la negociación y creó los Jurados Mixtos, constituidos por mitad empresarios y mitad obreros, para intentarlo. Estas instituciones se convirtieron enseguida en mecanismo de inspección para conocer la realidad obrera, y en órganos de arbitraje en los conflictos laborales.

Los empresarios reaccionaron mal ante los movimientos obreros. Estaban convencidos de que el liberalismo les favorecía, y practicaban un liberalismo salvaje, de trato individualista, en el que siempre el patrono tenía la razón y las de ganar, y no consideraban conveniente tener asociaciones obreras. El liberalismo de primera mitad del XIX fue una farsa a disposición de los patronos. Fue un falso liberalismo. Incluso cuando los patronos se encontraban en desventaja frente a los obreros, pedían el apoyo del Estado a su causa, y las fuerzas del orden les garantizaban el triunfo en el conflicto.

El movimiento obrero se hizo por entonces radical. Decidieron sancionar a los obreros que negociasen con el patrono por su cuenta, y pusieron la “ley” no escrita de que no aceptarían reducciones de salario ni aumentos de la tarea por el mismo salario. En el cénit del movimiento antipatronal, decidieron no admitir a ningún trabajador en la empresa que no perteneciera previamente al sindicato.

Los movimientos obreros aparecieron en Barcelona, y también en Sevilla, Alcoy, Navarra, Antequera y Valladolid.

 

 

Los movimientos obreros.

 

En la segunda mitad del XIX, debemos distinguir entre lo que era la realidad social de los trabajadores, y los protagonismos políticos de los trabajadores. Sólo los trabajadores asociados en partidos y sindicatos tenían protagonismo, pero la realidad era que estos grupos eran minorías muy pequeñas.

Los partidos y sindicatos de izquierdas crearon sus propios mitos, y uno de ellos era que tenían mucha fuerza como organización y como asociación. Ese mito les mantenía en alto el ánimo, les mantenía la idea de ser una clase obrera, pero la conciencia de clase no era tanta como los documentos que ellos elaboraban, y lo que ellos predicaban. Los socialistas llegaron a creer que sus opiniones eran tenidas en cuenta en la empresa, en la sociedad y en el Gobierno, pero ello sólo era verdad en determinadas ocasiones.

Para que una decisión de una asociación o partido se haga oír en ámbitos de decisión, se necesitan líderes que interpreten correctamente los movimientos obreros del momento, el momento político, y la fuerza real que los grupos obreros tienen en el conjunto.

A fin del XIX había en España tres organizaciones obreras principales: la marxista que creía en la lucha de clases y estaba organizada por PSOE y UGT; la cristiana, que cree en el cooperativismo y en el diálogo con los empresarios, por lo que los empresarios de buena voluntad participarían en esas cooperativas obreras, y buscarían el entendimiento entre las clases sociales, buscando siempre mejoras sociales para todos; el anarquismo, que también creía en la lucha de clases, pero no admiten organizaciones autoritarias exteriores al individuo, ni siquiera cuando estas organizaciones se dicen socialistas, como es el caso de los marxistas, y sólo admiten un movimiento sindical que vaya destruyendo los pilares de la sociedad capitalista, la iglesia, el ejército y el Estado. En esta lucha, los anarquistas no dudan en preparar todo tipo de insurrecciones, pues todas desgastan al poder constituido, e incluso en alguna época, algunos aceptarán el terrorismo como método de acción.

Las agrupaciones socialistas, anarquistas y católicas, difícilmente pueden ser calificadas de movimientos obreros proletarios, aunque les gustaba denominarse de esta manera, para indicar que representaban la opinión de la mayoría de los trabajadores. La mayoría de los trabajadores no estuvo en ninguna de estas agrupaciones. Es decir, aspiraban a ser movimientos de los trabajadores, pero eso no quiere decir que lo fueran. Pero para tratar en historia de estos movimientos, los denominamos “movimientos obreros”.

Los “movimientos obreros” aportaron una nueva concepción del hombre, de la persona, como integrante de un colectivo, de la sociedad, como integrada por grupos o clases de intereses distintos y contradictorios, y de la historia, como un proceso continuo de evolución lógica desde el patriarcado, pasando por el feudalismo, hasta llegar al capitalismo o explotación de la clase numerosa de los trabajadores por una clase minoritaria de los capitalistas. Ante esta realidad, era precisa una revolución social completa, pero cada grupo de socialistas tenía un modelo diferente del objetivo a conseguir y de la táctica a seguir para alcanzarlo, y muchos eran incompatibles. Hay docenas o centenares de modelos socialistas. Lo común es agruparlos en unos pocos, con fines didácticos, pero siendo conscientes de que no es así.

Los socialistas y anarquistas de 1868 buscaron su clientela en Cataluña, donde el vivero era grande, y trataron de crear grupos minoritarios en las demás regiones españolas, con intención de irse introduciendo poco a poco. Pero Cataluña tenía asociacionismo obrero desde 1840 y el trabajo era más fácil.

Se dice que el movimiento obrero español nació en mayo-junio de 1856 durante la “huelga de la media hora”, en la que los fabricantes querían que se trabajase media hora más los sábados por la tarde en las semanas en que había un festivo distinto del domingo, y los obreros iniciaron una huelga. A raíz de esa huelga, los obreros se dieron cuenta de la debilidad de sus logros y de la necesidad de contar con políticos que elevaran a leyes sus triunfos, de modo que éstos quedasen consolidados. Es decir, necesitaban diputados obreros. Hasta entonces, los obreros se solidarizaban bien con los progresistas o bien con los demócratas, y últimamente les gustaba más el Partido Demócrata de Garrido, Cámara y Pi i Margall, porque les hablaban de sufragio universal, y en ello veían el camino a tener sus propios diputados.

Pero de 1856 a 1868 vieron que no se avanzaba nada y que los Gobiernos se podían hacer más conservadores a favor de los patronos y más duros contra las manifestaciones obreras. Entonces, dejaron de creer en el liberalismo.

Después de la Revolución de Septiembre, la Dirección Central de las Sociedades Obreras de Barcelona convocó Congreso Obrero para determinar el modelo de Estado que le convenía a los obreros. El Congreso se celebró en Barcelona en diciembre de 1868. La decisión era que necesitaban un Gobierno republicano, democrático y federal. Pi había ganado.

En verano de 1869, los republicanos federales de Cataluña, Levante y Aragón se sublevaron porque el Gobierno Provisional no abolía los “consumos” (impuestos sobre el consumo), ni las quintas (servicio militar), que era lo prometido en 1868. Era una sublevación escaparate para llamar la atención, porque los republicanos estaban perdiendo seguidores.

 

 

La Asociación Internacional de Trabajadores AIT.

 

En España, la AIT no fue conocida hasta 1868, cuando Fanelli llegó a España a dar cuenta de ello. Los españoles no tenían idea de las bases ideológicas sobre las que se había fundado la AIT, ni sobre las disputas internas en ella. Fanelli era anarquista, y dio a sus explicaciones un sesgo adecuado a su ideología. Creó en Madrid un núcleo provisional de la AIT (Francisco Médez, Anselmo Lorenzo Asperilla, Francisco Mora Méndez, Tomás González Morago) en enero de 1869, y se trasladó a Barcelona y fundó un nuevo núcleo AIT en febrero (Rafael Farga Pellicer, Gaspar Sentiñón, García Viñas). Tal vez se debieran haber preguntado las diferencias entre “Asociación Internacional de Trabajadores” y “Alianza para la Democracia Socialista”, pero no lo hicieron.

La AIT nació en el Saint Martin`s Hall de Londres en septiembre de 1864. Allí se reunieron tradeunionistas ingleses, algunos proudonianos franceses, y algunos emigrados políticos de varias nacionalidades, italianos, polacos, húngaros, demócratas franceses, socialistas alemanes. Entre los reunidos, estaba el judío alemán Karl Marx. Eligieron un Consejo General de la AIT y este Consejo encargó a Marx la redacción de un manifiesto inaugural del movimiento que pensaban emprender, y de unos estatutos de la nueva asociación.

En esos escritos, Marx habló de la necesaria emancipación de los trabajadores frente a la burguesía explotadora. Eso significaba que consideraba las relaciones de trabajo de su momento histórico como una nueva esclavitud, y que era necesaria la “lucha de clases” para salir de esa situación. Marx intentó recoger algunas ideas del materialismo dialéctico de Hegel, del materialismo histórico, y del anarquismo en la versión de Proudhon, puesto que éste tenía mayoría de seguidores.

En cuanto al materialismo histórico, decía que no es cierto que Dios haya ordenado la sociedad de una manera precisa ante la cual el hombre no pueda hacer nada. Las relaciones de producción (entre empresarios y obreros que son las fuerzas productivas) han sido establecidas por voluntad de los empresarios y los políticos de cada momento histórico. La clase de los empresarios y políticos ha creado diversos modos de producción, o manera de organizar la sociedad en orden a la producción, como el patriarcalismo, el esclavismo y el capitalismo. En cada uno de ellos el obrero ha adquirido un papel que se puede cambiar. Cabe un modo de producción distinto, el socialismo. El obrero puede crear un modo de producción distinto, el socialismo, donde la realidad no estará al servicio de políticos y empresarios mientras el obrero queda al margen de ella (alienación del obrero), sino que será dirigida por los propios obreros. Para que esto sea posible, es preciso llegar previamente al convencimiento de la existencia de unas clases, la de los empresarios y la de los trabajadores, crear solidaridad entre los obreros e iniciar una lucha de clases cuyo objetivo sea derribar el capitalismo, de modo que todos los hombres sean iguales ante la realidad del trabajo. Hay que llegar al convencimiento de que nadie va a darle a obrero su emancipación, sino que la deberá luchar.

No se aceptaría que las conductas obreras fueran dirigidas por las religiones, o por la fe, sino por elementos de base real. Se establecería algún tipo de colectivismo con desaparición de la propiedad privada de los medios de producción (las máquinas, la fábrica, el capital). Se abolirían las clases sociales para dar lugar a una sola clase donde todos los hombres fueran iguales. En el caso de los anarquistas, la nueva sociedad debía suprimir a Dios, al Estado y a toda autoridad que quisiera aprovecharse de los trabajadores.

A partir de estas ideas, surgió una doble táctica de actuación: los marxistas dijeron que era necesaria la organización obrera para ganar las esferas del poder y, desde allí, cambiar las estructuras sociales. Los anarquistas defendieron que los obreros debían organizarse libremente desde ese mismo momento, sin una organización política intermedia, como la marxista, la cual sólo sustituiría a unos políticos por otros, pero el modo de producción sería el mismo de siempre. La postura de Marx de disciplina fuerte en torno al Consejo del AIT, era contradictoria con la postura de Bakunin de organizar grupos libres, que no aceptaran disciplina de nadie, ni de la Iglesia, ni de los políticos, ni de los empresarios, y tampoco de la AIT.

En esta disyuntiva, los tradeunionistas y los nacionalistas italianos, polacos y húngaros se marcharon de la AIT, pues ellos tenían otros sistemas y objetivos obreros.

En el interior de la AIT apareció la lucha por el poder entre proudhonianos y marxistas. Ganaron los marxistas que se hicieron con los cargos del nuevo movimiento.

La AIT celebró congresos en Ginebra 1866, Lausana 1867, Bruselas 1868, y Basilea 1869.

En 1869, en Basilea, Marx derrotó completamente a los proudhonianos por su mayor preparación filosófica y sistematización de ideas. Pero también en ese Congreso apareció Bakunin, el líder de Alianza para la Democracia Socialista, organización anarquista, y decidió acabar con Marx y su sistema autoritario de llevar la AIT.

 

 

La AIT en España.

 

En 1870 se celebró en Barcelona el Primer Congreso Obrero Nacional, y asistieron a él anarquistas, utópicos y socialistas, pues todavía no se habían diferenciado. Trataron sobre la socialización de la propiedad y sobre el internacionalismo.

En junio de 1870, en Barcelona, se convocó el Primer Congreso Obrero Español. Asistieron 89 delegados de los cuales 74 eran catalanes. Menos de la mitad eran obreros, pues la mayoría eran artesanos. Allí se observaron cuatro corrientes de pensamiento: la bakuninista-anarquista de Sentiñón, García Viñas y soriano; la apolítica sindicalista; la republicana federal sindicalista; y la cooperativista que no creía en la lucha como medio de promocionar a los trabajadores. La pieza clave en aquel Congreso eran Las Tres Clases de Vapor, un sindicato que federaba a los preparadores de algodón, los hiladores y los tejedores mecánicos, que era la asociación obrera más fuerte y había nacido el año anterior.

El Congreso de Barcelona de 1870 se adhirió a I Internacional AIT, como Federación Regional Española de la AIT, y debatió cuatro temas:

Se adoptó la postura del internacionalismo ante la política. Se decidió romper con los republicanos federales y tomar una posición apolítica.

Se adoptó el cooperativismo o postura que defendía los acuerdos con los empresarios. Se rechazó que el cooperativismo pudiera llevar a la emancipación del trabajador.

Se declaró que la acción sindical era clave para la resistencia ante el empresario, que era fundamental la solidaridad para conseguir mejores condiciones de trabajo. Y se dijo que unas mejores condiciones de trabajo no debía ser el objetivo final de la lucha, sino que el fin era conseguir la revolución social.

Se aprobó una estructura organizativa apropiada para luchar contra el capitalismo: la lucha debía hacerse desde las agrupaciones locales de obreros de una misma profesión, dirigidos y coordinados por las Federaciones de Oficio, y Federaciones Locales según los casos. Las Federaciones de Oficio y Federaciones Locales se integrarían en una Federación Regional (que abarcaría la totalidad del territorio español), y las Federaciones Regionales se integrarían en la Federación Mundial. Y en segundo lugar, habría que prefigurar la futura sociedad sin clases.

Se pidió a los trabajadores que no aceptasen las reformas políticas venidas desde el Gobierno, porque seguramente serían una trampa. Pero se permitían intervenciones políticas a título personal.

En conclusión, los españoles estaban en el anarcocolectivismo. No era apoliticismo sino revolución anarquista.

 

 

La Federación Regional Española.

 

La Federación Regional Española tenía unos 3.500 afiliados. Tuvo momentos de expansión y retracción: en abril de 1871 se quedó en 1.764 afiliados ante la represión del Gobierno Sagasta, en enero de 1872 fueron ilegalizados y ello les fue muy bien: en febrero de 1872 tenía 11.514, y en diciembre de 1872 unos 25.000 afiliados. Durante el año 1872 trabajó mucho organizando Federaciones Locales, de las que a fin de 1872, tenía un centenar. En 1873, las cifras de afiliación estuvieron entre los 30.000 y los 40.000 socios. Siempre, dos terceras partes vivían en Cataluña y la mitad en Barcelona. El resto de afiliados estaban por Valencia y Andalucía, con algunos en Castilla. La mitad de los afiliados pertenecía a la industria del algodón, pero también había artesanos y trabajadores del campo. La mayoría de ellos tenía ideas anarquistas.

Sobre una población activa de 7.000.000 de personas, no representaban más que una minoría, pero una minoría muy activa.

En 1871, el Congreso de Diputados de España se planteó la conveniencia de disolver la AIT en España y en todo el mundo.

Entonces la “Federación Madrileña” de AIT consideró conveniente darse a conocer, y organizó un debate público en el Teatro Rossini de los Campos Elíseos de Madrid el 22 de octubre de 1871. El teatro se llenó. Presidía la reunión Paulino Iglesias Posse. Actuaron como oradores el tipógrafo Anselmo Lorenzo, el cajista José Mesa, el zapatero Francisco Mora Méndez, y la oficiala de sastra Guillermina Rojas Orgis[1]. Estos oradores pusieron en duda las ideas de propiedad individual, patria, familia tradicional con autoridad paterna, y matrimonio[2]. El 10 de noviembre de 1871, el Congreso de los Diputados ilegalizó en España la AIT como inconstitucional.

En 1871, se celebró la Conferencia de Londres.

En abril de 1872, los españoles celebraron el Congreso en Zaragoza.

En 1872, Anselmo Lorenzo visitó a Marx en Londres y volvió convencido de que él no era marxista. También Marx lo supo, y decidió enviar a España a alguien que explicara el marxismo a los españoles, enviaría a su cuñado Paul Lafargue, un cubano que hablaba español.

 

 

La ruptura entre Marx y Bakunin.

 

En 2 al 7 de septiembre de 1872, conferencia de La Haya, se produjo la ruptura definitiva entre Marx y Bakunin. Bakunin quería una organización federal y descentralizada de la AIT, donde cada asociación de trabajadores tomara sus propias decisiones. Marx quería que todos los obreros del mundo estuvieran juntos bajo una disciplina común, y que el grupo fuera dirigido autoritariamente hasta conseguir la victoria sobre los empresarios y políticos. Eso significaba que Marx proponía partidos y sindicatos obreros que lucharan por el poder, luchas electorales, y cambios sociales en cuanto se hubiera alcanzado algún nivel de poder. Y Bakunin se negaba a que los obreros entrasen en este juego político que habían inventado los burgueses y donde los obreros siempre perderían. Bakunin decía que la revolución social se conseguiría poniéndose desde ya a practicarla, a no admitir autoridad ninguna, ni religiosa, ni política, ni militar, ni empresarial.

En 1872, los anarquistas abandonaron La Haya y se reunieron en Saint Imier, ellos solos. Los españoles eran anarquistas y tenían mayoría en Barcelona.

 

 

Nueva Federación Madrileña.

 

En julio de 1872, los marxistas españoles de Paul Lafargue fundaron Nueva Federación Madrileña en Madrid. Al poco, fueron expulsados de la Federación Regional española. Los bakuninistas llamaron despectivamente a los marxistas españoles “Karlistas”, término que hacía referencia tanto a Marx como al carlismo católico y monárquico.

En diciembre de 1872 los españoles celebraron Congreso en Córdoba. Terminó en enero de 1873. La AIT española admitió a todos los que aceptasen el pacto de solidaridad y, en las demás cuestiones, cada afiliado podría tener sus opiniones particulares y libertad de expresarlas. Debido a la declaración apolítica, en la AIT española había carlistas, católicos de otros signos, socialistas y anarquistas. El éxito de una militancia tan heterogénea se preveía dudoso, pues al día siguiente del triunfo surgiría el desacuerdo.

El Congreso de Córdoba se esforzó en disminuir las competencias del Consejo Federal (desde 1873 llamado Comisión Federal), para dar más poder soberano a las federaciones locales. La decisión produjo algunas discusiones internas circunstanciales.

Los líderes de Las Tres Clases de Vapor no estaban tan preocupados por la revolución mundial del proletariado como por la defensa de las condiciones de trabajo de cada día. Eran bastante realista y no seguían en todo las consignas que les llegaban de AIT internacional. Hay que advertir que en la AIT española estaban diversas secciones de Las Tres Clases de Vapor, pero que esta coalición de obreros del vapor nunca estuvo en AIT como organización.

En 1873, el Consejo General de la AIT, marxista, se marchó a Nueva York. En 1875 convocaría su último congreso marxista en Filadelfia. El marxismo decaía en estas fechas.

 

 

La Internacional Anarquista.

 

Los anarquistas siguieron organizando sus congresos: Ginebra 1873, Bruselas 1874, Berna 1876, Verviers 6 al 8 de septiembre de 1877, Gante 9 al 15 de septiembre de 1877, Londres 1881, Amsterdam 1907. Cuando el movimiento AIT parecía completamente agotado, volvieron a revivirle en la Conferencia de Berlín 1920, y Conferencia de Berlín 1922 y crearon una nueva AIT anarquista que hizo reuniones periódicas muchos años. En 1948, los anarquistas crearon una nueva Internacional, la Internacional de Federaciones Anarquistas, para la participación de organizaciones anarquistas no sindicales, que también se viene reuniendo periódicamente.

En 1873, En España tuvieron lugar las revueltas cantonalistas y cada grupo hubo de analizar sus ideas y mostrar acuerdos y desacuerdos, las revueltas gustaron a los anarquistas.

 

 

La clandestinidad de los internacionalistas.

 

En enero de 1875, tras el triunfo de Pavía, la Federación Regional Española de la AIT pasó a la clandestinidad y decidió que su labor sería en adelante la preparación de una revolución socialista que preveían inmediata. Fallaron en el pronóstico y ello fue poniendo nerviosos a los militantes, pues las medidas temporales se iban convirtiendo en definitivas, y los problemas laborales no eran atendidos. Las bajas en la asociación obrera fueron muchas y ello dio lugar a que los sectores más violentos y extremistas se hicieran con el dominio de Federación Regional Española.

Las Tres Clases de Vapor lucharon cada vez más por las condiciones de trabajo que por las consignas de la revolución del proletariado que les llegaban de fuera.

Estas consignas de preparación de la revolución venían dadas por la Internacional Anarquista, pues la marxista ya no era operativa desde 1873 y desaparecería en 1875. La situación era que los anarquistas no paraban de hacer convocatorias a la insurrección, a la huelga, y el resultado es que cada vez se les hacía menos caso. De hecho, la AIT española estaba muerta, pues sus consignas no eran seguidas por casi nadie.

Los anarquistas se dieron nuevos estatutos en 1875 dividiendo el territorio español en nueve comarcas, con un Comité Comarcal en cada una de ellas, que era un órgano intermedio entre la Comisión Federal y las Federaciones Locales. La Comisión Federal dudaba entre la insurrección armada y la huelga general revolucionaria y fueron perdiendo adeptos durante todo el periodo canovista.

En 1877 se decidió volver a la lucha laboral, al sindicalismo, pues la revolución quedaba muy lejana una vez que Cánovas había asentado el Gobierno y organizado el poder en manos liberales. La clandestinidad no les daba los resultados apetecidos.

En 1877, los bakuninistas se negaron a aceptar que la AIT desapareciera, y convocaron Congreso en Verviers, congreso que fue anarquista.

En 1879 se produjo la vuelta de los violentos a la dirección de la Federación Regional Española.

 

 

LOS ANARQUISTAS.

 

En 1881, los partidos políticos fueron legalizados en España.

En 1881, los anarquistas reconstruyeron la AIT española, Federación de Trabajadores de la Región Española, y llegaron a tener 60.000 afiliados, pero estaban divididos entre anarco-comunistas y anarco-sindicalistas nihilistas. Sus discusiones internas eran importantes y fracasaron una vez más.

En septiembre de 1881 los españoles celebraron Congreso en Barcelona y crearon la Federación de Trabajadores de la Región Española FTRE. Se disolvía Federación Regional Española. La FTRE era una organización meramente de organización económica, a la que no reconocían ninguna autoridad sobre las organizaciones obreras que se formasen. Se declararon partidarios de la propiedad colectivista. Se declararon anárquicos y autonomistas en materia de organización social. Se les llamó anarcosindicalistas. Se oponían a los comunistas libertarios de Kropockin, los cuales rechazaban toda legalidad burguesa y eran partidarios de la “acción directa”.

A partir de 1881, la libertad que se habían dado sin coordinación ninguna, fue actuando con la lógica que se supone, y los anarquistas se fueron dividiendo en grupúsculos desiguales en opiniones. En 1884, no eran capaces de tomar ninguna iniciativa importante.

Los principales grupos anarquistas presentes en la Comisión Federal eran los anarcocomunistas, los internacionalistas sindicalistas, y los antiautoritarios.

Los anarcocomunistas consideraban necesaria la desaparición de todos los aparatos organizativos que estuvieran por encima de un grupo anarquista determinado.

Los internacionalistas sindicalistas decían que la política sindical seguida hasta entonces sólo servía para integrar a los obreros en la sociedad burguesa, por lo que había que cambiar de táctica para preparar la insurrección general, incluso adoptando métodos terroristas.

Los antiautoritarios rechazaban la existencia de la Comisión Federal y de cualquier organismo que pretendiera dirigir el anarquismo.

En 1888, la Federación de Trabajadores de la Región Española adoptó una organización interna similar a la del PSOE, acabando con la acracia total de renunciar a todo tipo de organización, que implica jefaturas. El Congreso amplio de Sociedades de Resistencia de Barcelona, decidió en 1888 la constitución de una “Federación de Resistencia al Capital”, basada en un “Pacto de Unión y Solidaridad”, pero estatuitariamente neutral en cuestiones ideológicas y políticas. Para salvar la contradicción, los anarquistas dijeron que no aceptarían ningún modelo estatuitario sino que se regirían por un “Centro de Relaciones y Estadística”.

El Congreso de Valencia de septiembre de 1888 aprobó las bases para la “Organización Anarquista de la Región Española”, que debía ser independiente de la Federación Sindical.

Es decir, que el anarquismo adoptó un órgano sindical y otro político, aunque se negaban a llamarlo partido.

A partir de este momento, apenas sabemos nada de anarquistas y anarquismo, excepto cuando había atentados y asesinatos. El Pacto de Unión y Solidaridad no logró sus objetivos de coordinar a los anarquistas y desapareció en 1896 sin haber logrado ni siquiera ser aceptado por la mayoría.

El drama interior del anarquismo va unido a su utopía. La coordinación es imposible si no se acepta ninguna norma ni ninguna autoridad. Y la creencia de que en todo momento surgirá la unión entre todos los anarquistas, por la bondad inherente a todo ser humano, no funciona en el mundo real. Seguirán intentando la unión, o al menos la coordinación, el resto de su existencia.

 

 

[1] Guillermina Rojas Orgis era canaria, estudio magisterio en la Escuela Normal de Cádiz, y ejerció como maestra dos años, pero no podía soportar la enseñanza timorata y conservadora que se le daba a las niñas, contraria a su convicciones personales, y abandonó la escuela para trabajar como costurera de sastrería. Fue Secretaria del Consejo Local de Cádiz y estuvo en el debate de La Emancipación entre marxistas y anarquistas antes de la escisión de La Haya de 1872.

[2] María de los Ángeles Rodríguez Sánchez, Aproximación a una escritora revolucionaria en el sexenio: Guillermina Rojas y Orgis. Actas XIV del Congreso AIH (Vol III) Universidad Complutense de Madrid.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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