LOS PROGRESISTAS DE FINES DEL XIX.

 

Conceptos clave: liberales, republicanos.

 

 

EL PARTIDO LIBERAL.

 

El otro pilar de la Restauración, aparte de Cánovas y el Partido Conservador, era Sagasta y su Partido Liberal.

Práxedes Mateo Sagasta era en 1875 el jefe de los constitucionalistas. Los constitucionalistas no sabían qué papel iban a jugar en el nuevo sistema político de la restauración borbónica. Serrano y Sagasta, entendieron que serían oposición a Cánovas, pero no sabían en qué sentido, dada la nueva concepción de soberanía que éste proponía. Quizás podían ser oposición en colaboración con el proyecto de Cánovas. Quizás debían serlo al estilo tradicional español de intentar derribar el sistema político.

El origen del Partido Liberal Fusionista debemos buscarlo en 1877, cuando Sagasta decidió aceptar la propuesta de Cánovas de que la soberanía fuera compartida entre el Rey y las Cortes, con todas las restricciones a la soberanía nacional que ello implicaba. Al aceptar la Restauración en estas condiciones se comprometía a gestionar un Partido Liberal dinástico que fuera alternativa al Partido Conservador de Cánovas. Es decir, un partido en colaboración con el sistema político.

Entonces, en diciembre de 1877, Sagasta intentó un acercamiento a Alonso Martínez. Alonso Martínez, cuyo grupo se sentaba en el centro del hemiciclo, y por ello los suyos eran llamados centralistas, jugaba una posición ambigua e imprecisa. Los de Alonso Martínez eran los antiguos “unionistas”, cuyo programa político nunca existió.

Sagasta lograría fusionarse con Alonso Martínez mucho más tarde, en 23 de mayo de 1880, creando el Partido Liberal Fusionista, que no era más que un acuerdo entre ambas facciones, antes llamadas, en tiempos de Amadeo, constitucionalistas. Por tanto, el nuevo partido era heterogéneo, y con poca unidad interna. Por eso mismo se denominaba “fusionista”.     Este Partido Liberal Fusionista tenía como objetivos políticos absorber a todos los constitucionalistas de tiempos de Amadeo y a los antiguos progresistas, con un programa que nos recuerda al de los progresistas demócratas de 1848. El Partido Liberal Fusionista resultaba un partido muy artificial, creado casi expresamente para ejercer el poder.

El programa del nuevo Partido Liberal Fusionista era: sufragio universal masculino, ley de juicio por jurados, libertad de prensa, ley de asociación y libertad de cultos. El fin último de este partido era neutralizar el republicanismo y el radicalismo, cosa que podía hacer bien un ex líder populista, salido de las revoluciones de 1854, como Sagasta. Los fusionistas eran tan enemigos del catolicismo ultra como del republicanismo populista.

Los fusionistas le eran necesarios al sistema de Cánovas para sustituir el tradicional pronunciamiento, o golpe de Estado, por la alternancia de partidos al estilo británico, de forma que hubiera continuidad entre gobiernos, y el Presidente entrante respetase lo hecho por el saliente.

De los dos líderes fusionistas, Cánovas prefirió a Sagasta. Práxedes Mateo Sagasta 1825-1903, era un antiguo ministro de Gobernación del periodo republicano, preferido por Cánovas a otro posible líder más centrista como Alonso Martínez, tal vez por los antecedentes liberales de Sagasta.

El sistema rompía con la tradición española del XIX de tener socios muy afines, y odiar profundamente a la oposición. Cánovas quería una oposición muy distinta a los conservadores, que fuera una alternativa de Gobierno creíble.

En 1881, los liberales fusionistas accedieron por primera vez al poder.

 

 

Ampliación de los fusionistas por la izquierda.

 

Cristino Martos había creado en 1880 una agrupación que pretendía todavía la república, el Partido Democrático Progresista, pero que se fue adaptando a la realidad política de España en los años siguientes.

En 1881, el grupo independiente de Cristino Martos, proveniente de los Progresistas Demócratas, se alió con el de Izquierda Dinástica de Segismundo Moret, proveniente también de los demócratas, y la conjunción de demócratas e Izquierda Dinástica siguió llamándose Izquierda Dinástica.

En otoño de 1883, Izquierda Dinástica, ahora de Moret y Martos, se acercó al Partido Fusionista y, enseguida, Moret se integró en el fusionismo fijando definitivamente entonces el Partido Liberal Fusionista un programa de tipo progresista de derechos individuales, jurado, responsabilidades de los funcionarios y sufragio universal masculino, que son las características por las que conoceremos al futuro Partido Liberal.

 

 

Ampliación de los fusionistas por la derecha.

 

Un caso muy especial, aunque anecdótico, es el de Francisco Serrano. El viejo líder había regresado del exilio y tenía interés personal en ser considerado cabeza del progresismo español, por lo que se integró con los progresistas en Izquierda Dinástica en 1882.

La integración de este grupo de Serrano en el Partido Liberal Fusionista, significaba el reconocimiento de Sagasta como nuevo líder progresista, y el apartamiento definitivo de Serrano en este papel de líder. En 1885 murió Serrano, y se despejó con ello definitivamente otro inconveniente para la unidad del Partido Liberal.

El 25 noviembre 1885, durante el gobierno Sagasta, el Partido Fusionista pasó a llamarse Partido Liberal.

Hasta 1885, no podemos considerar al Partido Liberal como plenamente integrado en el sistema canovista. A pesar de que Sagasta había gobernado en 1881, sólo existió un turno normal de los partidos dinásticos a partir de la fecha de la muerte de Alfonso XII y del Pacto de El Pardo de 1885, fecha en la que empezó un Gobierno de Sagasta y se inició el verdadero sistema de turno pacífico de gobierno.

 

 

Acciones del Partido Liberal.

 

El Partido Liberal tuvo varias actuaciones dignas de mención:

El primer intento serio de que algo cambiase en el mundo laboral español fue la creación del Instituto de Reforma Social en 1883, hecha por el Gobierno Sagasta, Instituto que se componía de 12 miembros, 6 de ellos elegidos por los representantes de los trabajadores y otros 6 por las patronales. La misión de este Instituto era poner inspectores que elaboraran informes sobre las huelgas, sobre las condiciones de trabajo y sobre los acuerdos colectivos. El sindicato anarquista creado en 1910, Confederación Nacional del Trabajo, CNT, se opuso frontalmente a este Instituto, porque consideraba que era una cooperación con los burgueses que iba en contra de la revolución proletaria. Como CNT era abrumadoramente mayoritaria entre los trabajadores españoles, el Instituto de Reforma Social apenas sirvió para nada. En 1920, Dato lo incluyó en el Ministerio de Trabajo y se burocratizó. En 1923, el pesoísta Francisco Largo Caballero aceptó colaborar con Primo de Rivera a cambio de manejar él este organismo.

Un segundo tema a mencionar fue la Ley General de Asociaciones de 1887, de Sagasta, que consideraba a cada Mutua Obrera como una asociación más. Había muchas Mutuas, casi todas pequeñas y de ámbito regional, dirigidas por voluntarios o por un presidente elegido por sorteo. Se ocupaban de enfermedades, médico, farmacia, funerales, entierros y ayuda a la familia del trabajador. No tenían fondos para invalidez y vejez. A menudo sufrían desfalcos, incumplimientos de contrato y mala gestión de los fondos.

 

 

Crisis del Partido Liberal.

 

El nuevo Gobierno Sagasta de diciembre de 1892 se caracterizó por la división interna del Partido Liberal, porque aparecieron nuevos líderes como Gamazo, Antonio Maura, Moret y Montero Ríos. En 1897, el Partido Liberal Fusionista de Sagasta estaba definitivamente en crisis. Cada personalidad tenía su camarilla y cada vez que los líderes reñían, el partido aparecía troceado. Sus líderes eran Cristino Martos, Germán Gamazo, José López Domínguez (reformistas) y Emilio Castelar (posibilistas).

El partido liberal cambiará de programa en 1902, pocos meses antes de la muerte de Sagasta.

A la muerte de Sagasta en 1903, la sucesión en el liderazgo se discutió entre Segismundo Moret, Montero Ríos, López Domínguez, Antonio Aguilar Correa (marqués de Vega Armijo), y José Canalejas (en 1913 Canalejas fue asesinado).

Podemos afirmar que el partido no sobrevivió a Sagasta, aunque fue continuado hasta 1931, pero ya en continuas luchas internas.

 

 

 

LOS REPUBLICANOS.

 

Los republicanos creían en la soberanía nacional, aunque algunos creían que la soberanía radicaba en cada uno de los Estados federados y otros en el Estado español, y no se atrevieron a definirse hasta finales del siglo XIX. También creían en el sufragio universal, pero no tenían definido qué pasaba en las contradicciones, decididas por sufragio universal, que surgieran entre los diversos Estados federados, o entre el Estado de una región y el Estado Central de la federación. No preveían a futuro, sino el presente y el corto plazo. Del hecho de derribar la monarquía y proclamar la república, creían que se derivaría una sociedad mejor. En medio de esta falta de teorización, el tiempo los fue dividiendo en diversos grupos, todos ellos con igual defecto, de no prever el largo plazo y pensar que la simple declaración de república mejoraría la vida de los españoles, como si ello fuera el conjuro mágico de un hechicero.

Como el problema era complicado, lo dejaron para que se resolviera por sí solo, cuando surgiera la ocasión, y no sólo nunca se resolvió el problema, sino que ello dio lugar a muchos enfrentamientos entre republicanos.

Y sobre todo, los republicanos creían en el carácter sagrado de los derechos humanos, una idea infantil si no se desarrolla y no se limitan los derechos, que no se plantea qué ocurre cuando los derechos de unos entran en conflicto con los derechos de otros, y cuando no hay dinero para pagar la extensión de esos derechos humanos, y cuando no diferencian entre derechos individuales inalienables, derechos deseables, derechos sociales inmediatos, y derechos a conseguir progresivamente. La puerilidad o utopía del argumento reside en creer que los derechos humanos no cuestan dinero o que, al ser hombre bueno por naturaleza, no habrá conflictos entre derechos de diferentes personas, grupos, municipios, estados federados, y Estados del mundo.

Explicaré el concepto de puerilidad que he usado: En mi experiencia personal, cuando se expone a los alumnos un derecho humano conocido, todos están de acuerdo con ese derecho, pero cuando, sin avisar, se plantea un juicio y discusión en la aplicación de ese derecho a un caso concreto, sin advertirles que estamos hablando de derechos humanos, la controversias les hacen ir a la realidad, y muchas veces las discusiones les llevan a condenar los derechos humanos. Sólo los más espabilados caen en la cuenta de que están hablando de derechos humanos y deben renunciar a algo para poder decir que siguen respetándolos. El niño es un ser egoísta que difícilmente asume la existencia de derechos humanos para los demás en la vida real, aunque reclaman todo lo que son sus derechos y lo que ellos creen que son sus derechos propios. Asumen más y mejor los derechos de los demás los más educados en sus familias, aunque esto es una generalización por mi parte, porque no me puedo extender aquí a la casuística.

Los primeros republicanos españoles de que tenemos noticia son el conde de las  Navas, Septiem, y Gorosarri, allá por los años 1834-1837. Y a mediados de siglo aparecieron más, pero eran un grupo muy heterogéneo, pues había hegelianos, krausistas, positivistas, socialistas y liberales de izquierda. Todos los socialistas fueron republicanos por definición, pero los socialistas siempre fueron pocos. Y además, confunden la idea de República con la de socialismo.

La mayoría de los españoles de 1868 era progresista, pero no estaba claro que fueran republicanos. En 1869 se impusieron los monárquicos, y ello llevó a la guerra cantonalista.

Todos los republicanos eran anticlericales en el sentido de que opinaban que la Iglesia debía perder sus privilegios seculares y pasar a ser una organización social más, una asociación de los que voluntariamente quisieran ser religiosos.

Los republicanos tenían muchos de sus seguidores entre las clases medias urbanas, entre los artesanos y los obreros industriales de Cataluña y Valencia, y también entre los jornaleros andaluces, que eran clase social muy baja. Pero sumados todos, eran muy pocos.

Los republicanos más conocidos de la época de 1868 fueron Fernando Garrido Tortosa, 1821-1883, José María Orense Milá de Aragón, 1803-1880 y Emilio Castelar Ripoll, 1833-1899. Estos hombres hicieron docenas de mítines en los que identificaban gratuitamente “república” con igualdad social, con supresión de privilegios eclesiásticos y aristocráticos, con descentralización de la Administración, con supresión de las quintas y supresión de los impuestos al consumo. Y en lo social, decían que se crearían comités mixtos de patronos y obreros que resolverían los problemas laborales dialogando, mejorarían las condiciones de trabajo de los obreros, las mujeres y los niños, y entregarían la tierra salida de la desamortización a los campesinos pobres, e incluso en algunos discursos reivindicaron la revisión completa de todo el proceso desamortizador. Y acababan diciendo que el conjunto de todo ello regeneraría a España.

Para calificar estos discursos republicanos, basta decir que son los mismos que adoptó la Iglesia Católica en 1880-1930, y los mismos que admiran el discurso republicano de 1850-1870, condenan a los católicos de la época siguiente, con ideas idénticas. Deberían reflexionar.

 

 

Organizaciones republicanas.

 

Los republicanos estaban organizados en “comités” y clubs de tradición liberal revolucionaria. Utilizaban estas reuniones para discutir problemas políticos, celebrar conferencias culturales, y hacer labor educativa prorrepublicana. Editaban folletos que difundían las ideas de un catecismo republicano plagado de dogmas.

Los principales periódicos republicanos de la época eran:

1856, La Discusión, de Nicolás María Rivero.

1860, El Pueblo, de Eugenio García Ruiz.

1868, La Igualdad, de José Guisasola Goicioetxea, Alfredo Vega y Francisco García Padrós. Salía en Madrid.

1869, El Amigo del Pueblo, de Francisco García Lçopez y Carlos Martra Roger. Inmediatamente se fusionó con La Igualdad.

El Estado Catalán en Barcelona, publicado por Valentí Almirall).

La Andalucía en Sevilla, publicado por Francisco María Tubino Oliva.

 

 

El Partido Republicano Demócrata Federal.

 

En octubre de 1868 se fundó el Partido Republicano Demócrata Federal, al mes siguiente de la revolución de septiembre. Apareció en Madrid entre los demócratas más violentos. La fundación del partido se hizo de forma confusa, y más bien a la contra de la revolución: habían colaborado en los levantamientos de septiembre, y no habían obtenido de ello ventajas políticas, e incluso habían sido excluidos del Gobierno Provisional de octubre. Ellos suponían que todos los españoles se declararían espontáneamente republicanos tras la constatación de la inmoralidad de Fernando VII, de María Cristina de Borbón y de Isabel II de Borbón. Pero no fue así.

Los descontentos, celebraron tres reuniones en octubre de 1868 en el Circo Price de Madrid, la del día 11, la del 18 y la del 25 de octubre. Todas ellas se celebraron en situación de perfecto orden público.

El 11 de octubre acordaron no obstaculizar al Gobierno naciente en esos días mientras éste respetara los derechos individuales. José María Orense Marqués de Albaida y el Comité Demócrata de Madrid, pidieron una declaración de república federal en España. La idea la defendió Orense y se opuso Nicolás Salmerón Alonso. Salmerón dijo que él era republicano y federal, pero que, en esos momentos, España no estaba preparada para una república federal y era peligroso ir demasiado deprisa, cuando en España no había aún libertad de pensamiento, ni respeto a las opiniones ajenas. No se tomó acuerdo alguno.

El 18 de octubre, acudieron 8.000 ó 10.000 personas al Circo Price. Pero no estuvieron allí los líderes de 11 de octubre. Era una reunión más populista y acordaron la proclamación de la República Federal. Así se lo comunicaron por telégrafo a todas las Juntas Provinciales existentes.

La idea de república federal se convirtió en un mito, en un dogma de los republicanos, sin pararse a analizar qué querían exactamente, y asumían que la república federal solucionaría todos los males de España. En este punto es interesante el pensamiento de Eugenio García Ruiz, director de El Pueblo, que analizó este concepto racionalmente.

Los republicanos de 1868 no pactaron primero qué debían tener en común los asociados en el pacto federal, sino que pensaron que ese difícil problema se resolvería por sí mismo por libre pacto entre las partes. Era una utopía inaceptable, un romanticismo. Incluso se podía ir a la república anarquista destruyendo el Estado.

A Pi se le planteó el problema y contestó con simpleza que la Federación traería consigo la auténtica unidad de España, que sería una unidad en la variedad y que todas las regiones de España serían iguales en ser distintas.

La base de esta utopía federal se fundamentaba en la doctrina de que primero había que destruir la unidad territorial construida por los liberales, y el resto sobrevendría por sí solo, de forma natural. La creación del modelo federal sería pacífica y espontánea.

Esta irracionalidad perduró en la historia de España mucho tiempo y quizás no haya desaparecido todavía en el siglo XXI. Se puede oír en la enseñanza, en la prensa, en la política…

El 25 de octubre, el partido cambió de nombre para denominarse Partido Demócrata Federal.

El 25 de octubre, tras la reunión, los republicanos se enteraron de que el Gobierno de España se había declarado monárquico.

 

 

El Partido Demócrata Federal.

 

El 1 de noviembre, los demócratas federales publicaron en la prensa el Manifiesto a los demócratas españoles”. En este manifiesto decían que la república es la forma de gobierno más afín a la democracia, pero que en la práctica, la forma de Estado, república o monarquía, era algo secundario. Y tras ello, salieron en masa a recibir a Emilio Castelar, que era el que defendía esta idea, y para reivindicar que el Gobierno no podía hacer declaraciones monárquicas pues ello correspondía a los españoles.

El 12 de noviembre de 1868, Nicolás María Rivero y Cristino Martos, denominados los cimbrios, llegaron a un acuerdo con los de Unión Liberal y los progresistas y redactaron un Manifiesto Electoral (de los cimbrios) en el que declaraban que colaborarían con la forma de Estado monárquica, si los unionistas incluían en sus programas electorales los siguientes puntos: soberanía nacional, sufragio universal, derechos individuales sagrados en el sentido de no ser modificables por los gobernantes de turno, y decisión de hacer una Constitución en la que figurasen estos tres puntos citados.

El 13 de noviembre, los republicanos del Partido Demócrata Federal eligieron un Comité Electoral en Madrid y publicaron otro Manifiesto Electoral (segundo Manifiesto Demócrata Federal) que había redactado Castelar. En ese mismo comunicado convocaban a una manifestación para el domingo 29 de noviembre de 1868, la cual iría desde la Plaza de la Lealtad, a la del Palacio de Oriente. La manifestación se celebró efectivamente y era encabezada por bandas de música, banderas y estandartes republicanos.

La división entre Cimbrios y Republicanos puros, quedaba de manifiesto en esos dos Manifiestos, cada uno por separado.

En diciembre de 1868, los republicanos de Cádiz se sublevaron por la República, y en enero de 1869, la sublevación se repitió en Málaga. Estas sublevaciones fueron muy improvisadas, de modo que incluso sorprendieron a los líderes de la revolución de septiembre. Fueron sublevaciones populistas. Se debían a que las afirmaciones republicanas, utópicas y poco explícitas, leídas por analfabetos hambrientos, tomaban significados diferentes. Los republicanos debieron haber aprendido que sus afirmaciones en forma de generalidades, podían dar lugar a sublevaciones populares, pero no captaron la idea, y el cantonalismo les sorprendió cinco años más tarde.

 

 

Ideología republicana federal.

 

Los republicanos federales existían desde 1832. Eran muy pocos y representaban una reacción contra el liberalismo centralizador que perseguían los moderados y los progresistas. Pero casi habían desaparecido en 1848, porque las experiencias de la vida diaria les habían hecho innecesarios. En 1868 lo revitalizó Pi y Margall cuando escribió El Principio Federativo. Defendía un ideal de Estado federal-anarquista, un tanto complicado, porque pensaba que el hombre es bueno por naturaleza y definiría en cada momento lo que quería ser políticamente, como si ello fuera sencillo y espontáneo. La Idea era de Proudhon, el cual decía que el federalismo era la síntesis de autoridad y libertad y la culminación del proceso emancipador de los pueblos. Pi sólo copiaba, y añadía muy pocas cosas, pero estaba cayendo en el populismo, donde cada grupo regional populista dictaría las condiciones en que debía ser tratado por los demás para mantenerse dentro del Estado, lo cual es una utopía. Pi estaba prologando en ese trabajo un libro de Proudhón.

Hay que tener en cuenta que ya Pi, en 1854, había afirmado que todo el poder es absurdo; que todo hombre que extiende la mano sobre otro hombre es un tirano; que entre dos soberanos no caben más relaciones que los pactos; que el contrato debía reemplazar al principio de autoridad. Estas ideas nos parecen compatibles con las anarquistas de fin del XIX, y de hecho los anarquistas reivindicaron estas lecturas como suyas. Estos supuestos deben ser tenidos en cuenta para interpretar lo expresado en 1868.

Pero los Republicanos Federales no creían en el Pacto Social de Rousseau, un pacto imaginado y sobreentendido, sino que querían un pacto explícito, concreto, limitado, escrito, que Pi afirmaba que sería bilateral, sinalagmático y conmutativo: los contratantes se obligarían recíprocamente a dar, o a hacer algo por la sociedad, equivalente a lo que recibían de la sociedad (el término “sinalágmatico” se utilizó casi por vez única vez en la historia de España en esta ocasión). Hoy, este concepto está incluido en el de “trabajo”, lo que un individuo da a la sociedad y lo que la sociedad está dispuesta a darle a cambio. El pacto sinalagmático dejaba a salvo, según Pi, la libertad de las partes a la vez que limitaba los abusos de la autoridad, que las sociedades tienden a crear para su propio funcionamiento. Y Pi se admiraba a sí mismo de la belleza de su idea porque el pacto daba a los contratantes más de lo que recibían; les garantizaba lo que se reservaban para sí; les ponía a cubierto de usurpaciones intentadas por los gobernantes; y establecía un equilibrio, garantizaba una paz interior y exterior, pues acabaría con las guerras y no serían necesarios los ejércitos.

 

 

Partido Republicano Posibilista.

 

Los posibilistas o republicanos conservadores del Partido Republicano Posibilista, eran partidarios de una República unitaria, liderados por Emilio Castelar. El viejo líder republicano se pasó públicamente a aceptar la monarquía como realidad positiva para España, aunque sus convicciones siguieran siendo republicanas, y ello dejó a Ruiz Zorrilla solo, en un grupúsculo de violentos sin ningún apoyo social por ningún lado. Castelar se presentó a diputado por Barcelona junto a 5 republicanos más. Posteriormente se alió a los progresistas de Martos para las elecciones y sacaron 16 escaños entre los dos. En 1880, Cristino Martos promovía también la república unitaria.

 

 

Partido Republicano Reformista.

 

Los republicanos revolucionarios de Ruiz Zorrilla y de Nicolás Salmerón, Partido Republicano Radical, trataban de recomponer el partido republicano inútilmente, pues ni Castelar ni Pi estaban en el nuevo partido por diferencias de ideología y de táctica.

Ruiz Zorrilla se reunió clandestinamente con 25 generales en 1874 a fin de recomponer la república, y fue expulsado de España a comienzos de 1875. Fue a París, desde donde intentó preparar golpes de Estado sin el resultado apetecido. Salmerón fue expulsado de su cátedra por Orovio y también se marchó a París.

El Partido Republicano Reformista fue creado en París en 1876, y era una agrupación heterogénea de grupos de izquierda que se fue desintegrando poco a poco. Los republicanos estaban separados en cuatro familias, divididas entre sí por las tácticas de acción política y por las de acción en la calle. Los progresistas y demócratas se marcharon del partido en 1879, quedando así el Partido Republicano con posiciones mucho más de izquierda, pero también con graves carencias de organización interna y acuerdos de programa.

En 1890, llegaron a un pacto entre ellos para mantenerse unidos y seguir así siendo algo en política, pero este pacto les llevó a posturas de “retraimiento” político continuo, es decir, a no participar en las elecciones, con lo cual nunca tuvieron oportunidad de defender ninguna idea en el parlamento y, lejos de mantener una coherencia en la oposición, surgieron incontables divisiones y disidencias que les sumieron en la ineficacia política, aunque pudieran organizar huelgas y motines, intranscendentes en política.

El partido era muy débil a la muerte de Ruiz Zorrilla en 1895. Salmerón, el nuevo líder, era menos radical, más dialogante, pero poco se podía hacer.

Los republicanos defendían que la monarquía de la Restauración era insalvable por antidemocrática. El 98 parecía darles la razón. Sin embargo no supieron hacerse con un líder (en el 98 sólo sobrevivía Salmerón), una doctrina y unos principios sencillos que comunicar para hacerse con un partido fuerte. Su táctica fue equivocada: buscaban mantener la pureza de su pensamiento y ello les condenaba a ser minorías que pactaban con grupos mayores. Cada pacto les costaba una división interna pues significaba una claudicación frente al grupo con el que se pactaba. Los pactos fueron realmente singulares pues en 1906 pactaron con Solidaridad Catalana, pacto en el que estaban los burgueses de la Lliga y los carlistas, netamente de derechas, y en 1909 pactaron con los socialistas que eran netamente revolucionarios y les sobrepasaban por la izquierda.

Salmerón murió en 1908.

 

 

El Partido Republicano Federal.

 

Los federales de Francisco Pi i Margall y de Estanislao Figueras pedían retraimientos con el fin de esperar el momento oportuno para volver a tomar el poder, pero no pedían la rebelión directa como hacía Ruiz Zorrilla.

 

 

Los republicanos a principios del XX.

 

En 1903 al republicanismo lo representaban Alejandro Lerroux, un sevillano con muy poca cultura, residente en Barcelona, Vicente Blasco Ibáñez y Rodrigo Soriano residentes en Valencia.

La realidad era, por tanto, que siempre existieron grupos republicanos separados: En el siglo XIX los distintos grupos de Salmerón, Ruiz Zorrilla y Pi y Margall; y en el XX, los de Lerroux, Azcárate, Melquiades Alvarez y otros.

El discurso republicano de principios de siglo XX no era atractivo: hablaban del odio entre las clases sociales, de la desgracia de tener que vivir sin pan y sin educación los unos, mientras los otros gozaban de todo eso, de quemar los títulos de propiedad y empezar de cero. Este podía ser un discurso muy revolucionario, ciertamente, pero con muy pocas posibilidades de hacer nada en política. Un pequeño incidente en el Ayuntamiento de Barcelona, en donde colaboraron, les hizo partícipes de un problema de corrupción y desacreditó al republicanismo. Las masas preferían el socialismo. Si los republicanos se mantenían en el siglo XX era porque representaban el apoyo urbano que necesitaban los anarquistas para sus huelgas.

 

 

Refundación del Partido Republicano Reformista.

 

Conscientes de lo anteriormente dicho, en 1912, Gumersindo de Azcárate y Melquiades Álvarez crearon un nuevo Partido Republicano Reformista con ideas democrático parlamentaristas, tolerancia hacia la religión, partidarios de una legislación social y de enseñanza pública. Sus ideas se aproximaban paulatinamente a las de los socialdemócratas y acabaron fundiéndose con ellos.

 

 

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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