SINDICALISMO CATÓLICO.

             LOS CÍRCULOS CATÓLICOS

 

Conceptos clave: sindicalismo católico

 

Próximos a los conservadores estaban los Círculos Católicos. Los católicos, aunque no fueran propiamente un partido, actuaban en la práctica como grupos políticos. No aceptaban de ningún modo a los liberales, entonces llamados fusionistas. Los católicos, como Orovio, identificaban catolicismo con moralidad, y acatolicismo con revoluciones e inmoralidades. Este maniqueísmo les conducía al integrismo. Por ello decidieron suprimir la libertad de cátedra que podía perjudicar a la Iglesia Católica y, con ello, según su forma de pensar, al Estado.

Tanto los católicos como los marxistas y anarquistas basaron sus movimientos sociales en un dogma, cada uno el suyo, que resultaba más importante que la defensa de los intereses de los obreros y campesinos. Los católicos creían en el dogma del triunfo del Reino de Cristo, tras el cual sobrevendrían la concordia y la justicia. Los marxistas y anarquistas creían en el dogma de la lucha de clases, tras la cual vendría la igualdad entre los hombres, organizados en una clase única. Ambas situaciones eran decepcionantes para el obrero que necesitaba trabajar para comer cada día, pues ambas se situaban en el futuro más lejano imaginable.

Los historiadores posteriores parten a menudo del apriorismo de la verdad de uno de estos dos dogmas, y su relato resulta parcial. Los socialistas negaron siempre el dogma del Reino de Cristo como un elemento superestructural que había necesariamente que eliminar para poder avanzar en la revolución socialista. La Iglesia católica negó la lucha de clases y combatió al socialismo con todas las armas de que disponía. Entre ambos surgió una polémica que, a nosotros, nos importa muy poco, pues los argumentos se pueden dilatar hasta el infinito sin resultados prácticos. Nosotros debemos quedarnos con los hechos. La Iglesia adoptó un sistema político y los socialistas, otro. En este planteamiento, no se puede caer en apriorismos de que los españoles de 1874 eran católicos de forma incondicional e inequívoca, o que los españoles de 1931 dejaron de ser católicos. Ni una ni otra afirmación son ciertas, aunque podemos verlas las dos en libros de historia.

La Iglesia recomendó como camino la cooperación interclasista. Pensaba que la mayoría de los patronos eran buenos, pues de hecho iban a misa, escuchaban al sacerdote y realizaban las prácticas religiosas, y la mayoría de los obreros eran buenos porque hacían lo mismo. Y entonces, intentó un modo de salir de la situación de postración a que los patronos tenían sometidos a los obreros, después de interpretar el liberalismo como que cada uno hiciera lo que pudiera. Su idea era iniciar un sistema de conversaciones continuas entre obreros y empresarios.

 

Inicio de la crisis del integrismo católico.

 

En 1874, comenzó una crisis en la Iglesia Católica española, consistente en un abandono progresivo del integrismo religioso, el cual era dominante en las jerarquías religiosas y en los seminarios diocesanos. Los españoles empezaron a reaccionar contra el integrismo de forma masiva, y no como minorías como en el caso de los novatores de finales del XVII y principios del XVIII y del “jansenismo español” de mediados del siglo XVIII, o los progresistas de primera mitad del siglo XIX. Pero sería un proceso lento y largo que ocuparía una centena de años todavía.

Pero la sociedad española no dejó de ser católica, sino que empezaron a ser católicos “a su manera”, dejando un poco de lado las consignas de los sacerdotes. En 1931, esa minoría de católicos no integristas era un grupo importante y ya se manifestaba en público, e incluso logró que no fuera delito manifestar disconformidad con las jerarquías. Pero de ahí, a afirmar que España ya no era católica, como se hizo, hay mucho trecho. La frase de Azaña quiso decir que el Estado español ya no era confesionalmente católico. Pero el 95% de los españoles se declaraban católicos y muchos de los dirigentes odiados por el clero español iban a misa y eran católicos en 1931.

 

 

Liberalismo, socialismo e integrismo católico.

 

Era costumbre entre los integristas católicos tratar al liberalismo como un movimiento anticlerical, cuando lo que el liberalismo defendía era el antidogmatismo. En una situación en la que la jerarquía católica era dogmática integrista, las palabras llevan a confusión: la jerarquía defendía que había que respetar primero todo lo que decía el Papa, luego lo que decían los obispos, y por fin lo que decían los sacerdotes, frailes y monjas. Integrismo es creer que la Iglesia tiene derecho a imponer al Estado sus normas morales, como únicas respetables pues han sido dadas por Dios y no reconocer que existen otros sistemas morales diferentes que pueden tener valores muy morales. Cada código legal es un sistema de principios morales. El integrismo defendía el deber del ciudadano a incumplir la ley cuando esta contradecía las opiniones católicas. He dicho “imponer”, no exponer, lo cual sí es un derecho de cualquier ciudadano.

Los dogmas sociales, el católico y el socialista, llevados a la realidad de cada día entre las familias que tienen que comer todos los días, fueron puestos a prueba. Ningún dogma da de comer. Pero se pueden organizar asociaciones que den ayudas a los obreros hasta que llegue el día de la redención final, que nunca llega. Es cuestión de fe cuánto aguantará el obrero. En el caso del comunismo ruso aguantaron 70 años. En el caso del franquismo español, aguantaron 39 años. Pero la fe se acaba con el paso del tiempo.

Los obreros tuvieron claro, desde el primer momento liberal, que necesitaban asociarse para defender sus salarios y sus condiciones de trabajo. Pero no tuvieron claro quiénes les defendían: la UGT de 1888 no tenía más que 14.000 afiliados. Los anarquistas no debían pasar de unos 4.000. Los católicos intentaron ser ellos los organizadores de la demanda de asociación y crearon círculos católicos, centros católicos, patronatos, cajas de ahorros y montes de piedad, mutualidades, actividades culturales, actividades religiosas diversas, instituciones de enseñanza, asociaciones profesionales mixtas de patronos y obreros… No querían organizar sindicatos, solamente de obreros, porque ello les recordaba la táctica de los que consideraban sus enemigos, los liberales y los socialistas.

Los católicos intransigentes cometieron el error de considerar alejados de la fe católica a los liberales y a los marxistas. Estos estaban alejados del integrismo católico, pero no de la fe. Los que no se acercaban a las organizaciones católicas eran rechazados como anticatólicos, y no era cierto ese análisis de la realidad. La postura del clero católico no fue abierta, sino que decían que ellos admitían a todos, pero negando la validez de toda idea liberal y marxista, a las que consideraban pecado. A menudo, los predicadores de estas consignas no sabían nada ni de liberalismo ni de marxismo.

Los marxistas, a su vez, estaban cometiendo el mismo error y dogmatizaban sobre la lucha de clases y la revolución proletaria, difundiendo el bulo del paraíso futuro en una sociedad sin clases. Y algunos se creían muy socialistas cuando atacaban a la religión, sin distinguir entre los integristas y los católicos en general. En la primera mitad del siglo XX se decía en los ambientes rurales que alguien era muy comunista porque no iba a misa, ni confesaba ni comulgaba, blasfemaba mucho, y hablaba mal del cura. Era absurdo.

Todos decían ayudar a los obreros, pero en las horas decisivas, cuando se juega el ser o no ser, se imponían los criterios políticos y se abandonaban los problemas laborales por los que ha empezado el movimiento reivindicativo. Y el obrero se encontraba desamparado. Sólo el militante muy exaltado mantenía la fe y obligaba a los demás a mantenerse en algo que sabían que no les importaba lo más mínimo.

 

 

El integrismo en el Gobierno.

 

La supresión de la libertad de cátedra, hecha por el ministro Orovio en 1875, provocó una gran protesta universitaria que acabó en la expulsión de Giner de los Ríos de la Universidad el 26 de octubre de 1876. Entonces se creó la Institución Libre de Enseñanza. Tampoco una enseñanza laica, aunque estuviera fuera de la Universidad, era tolerada por los integristas católicos. La postura de tolerancia hacia otras creencias religiosas mostrada por Cánovas salvó por entonces a la Institución Libre de Enseñanza, a la que los obispos tenían por enemiga de la Iglesia porque no exigía religión católica a sus alumnos y hablaba de libertad de conciencia de los alumnos.

Los obispos españoles, muy ultraconservadores en su mayoría, presionaron para que se decretase la unidad religiosa (obligación de los españoles de profesar la religión católica), pero Cánovas se negó en redondo y mantuvo la tolerancia hacia otras creencias religiosas. La Iglesia se negó a colaborar con Cánovas hasta 1883. El líder de la derecha católica era Alejandro Pidal y Mon, hermano del marqués de Pidal (Luis Pidal y Mon), de pensamiento neotomista, fuertemente contrario a todo el modernismo. Su intelectual de más prestigio fue Marcelino Menéndez Pelayo, que reivindicaba los valores tradicionales de la España evangelizadora, luz de Trento, espada del pontífice y cuna de San Ignacio de Loyola. Menéndez Pelayo, como buen intelectual, respetaba a sus enemigos intelectuales como Vicens Vives, no era integrista, pero no era esa la postura de quienes enarbolaban sus doctrinas como bandera católica intelectual. Otro líder católico era Manuel Polo Peyrolón 1846-1918, natural de Cuenca, que había estudiado Derecho y Letras en Valencia y en Madrid y enseñaba Metafísica en Valencia por 1868, Psicología, Lógica y Ética en el instituto de Teruel en 1869-79 y en el instituto de Valencia a partir de esa fecha.

El partido católico “Unión Católica” que pensaba que debía hacer política dirigido por los obispos, se decía tan enemigo del integrismo como del carlismo. Quizás quería decir que renunciaba a la violencia física contra los no católicos, pero eso no implicaba la radical oposición política y social. Es decir, sí era integrista aunque no fuera violento.

 

 

La “cuestión social”.

 

Como fruto de las experiencias políticas populistas de 1868-74 y de las protestas organizadas por CNT y UGT en años posteriores, los dirigentes burgueses, empresarios y políticos, e incluso la Iglesia, no tuvieron más remedio que plantearse el problema social. Fue llamada “cuestión social” el tema de las relaciones laborales entre patronos y obreros.

Uno de los planteamientos en esta materia laboral fue de tipo católico. Algunos empresarios y terratenientes vieron en la religión una posibilidad de predicar la resignación, a través de la cual esperaban encontrar la paz social perdida. El Papa, en la Rerum Novarum de 1891, empezó a hablar de una tímida acción social, encíclica que fue suficiente para que algunos católicos empezaran a actuar en el mundo del trabajo. La jerarquía católica española en general aceptó muy mal la encíclica y hasta la ocultó en lo que pudo.

La primera reacción católica a las insinuaciones del Papa de 1891 fue muy inocente y pueril: Trataban de reunir comida y vestido para los obreros o para los hijos de los obreros en reuniones de la burguesía y de la aristocracia. Creían que era una cuestión de caridad. Demostraban con ello que no habían entendido absolutamente nada de lo que estaba pasando en el mundo, aunque algunas cándidas almas demostrasen buena voluntad en ello. El padre Antonio Vicent SJ, explicaba la pobreza como fruto del pecado original y postulaba la restauración de la convivencia entre las clases sociales mediante la profundización en la fe. Jaime Balmes, 1810-1848, había explicado antes cómo el viejo pecado de liberalismo había generado las miserias del proletariado.

Los católicos tomaron varias iniciativas de asistencia social: Cofradía de la Piedad, Cofradía de la Caridad, Conferencias de San Vicente Paúl, Siervas de María (visitaban a los enfermos, los pobres y los abandonados, les asistían, y les llevaban algo de comida). Estas iniciativas eran lo suficientemente atractivas como para que el Gobierno decidiera crear Asociaciones Civiles de Caridad, que no eran sino una triste imitación, y por tanto peor que el original.

El III Congreso Católico Nacional celebrado en Sevilla en octubre de 1892, no hizo referencia alguna a los sindicatos obreros puros, sin participación de los empresarios. Y en adelante la Iglesia se opuso a la formación de sindicatos obreros puros. Su idea eran sindicatos de cooperación de obreros y empresarios.

En 1900, el VI Congreso del Clero español decía que las instituciones católicas de caridad atendían a 157.000 niños pobres a los que pagaban libros y objetos escolares, a 28.500 enfermos tanto en hospitales como a domicilio, a 29.000 huérfanos en orfanatos católicos, a 27.000 ancianos en asilos católicos, y a 1.290 presos visitándoles en las cárceles. En 1906, las Hijas de la Caridad regentaban más de 400 instituciones benéficas asistenciales y atendían a más de 60.000 personas.

Las instituciones sociales católicas se habían originado, la mayoría, en tiempos de Isabel II. Obviamos aquí el trabajo de los conventos medievales y de la Edad Moderna, por no ser de naturaleza similar ni ellos ni la sociedad en la que se movían, a la sociedad actual. Eran principalmente:

Patronatos de la Juventud Católica, aunque la mayoría se creó en 1877-1885.

Centros de Defensa Social, creados en Barcelona y Madrid.

Pero estos centros dedicaron los más de sus esfuerzos a hablar a los obreros contra el liberalismo y el marxismo, en situaciones esperpénticas en las que ni los que explicaban ni los que escuchaban sabían nada de liberalismo ni de marxismo.

En 1895, Claudio López, II marqués de Comillas, abrió Asociación para la Defensa de los Intereses de la Clase Obrera, la cual debía facilitar la apertura de “Círculos Católicos”, ligas de patronos, fomentar las buenas lecturas, construir viviendas baratas para obreros, y estudiar los problemas laborales de los obreros. La Asociación del Marqués de Comillas se quedó en el estudio de los problemas y elaboración de teorías, pero hizo muy pocas cosas prácticas. Sin embargo, de la Asociación salieron hombres que dirigieron el Consejo Nacional de Corporaciones Católico Obreras, del cual salieron las ideas sociales de los Gobiernos españoles de fines del XIX y principios del XX.

En 1866-1900, se crearon en España 311 mutualidades obreras católicas. Las mutualidades existían desde 1839, momento en el que fueron autorizadas y tomaron muy diversas formas, como instituciones de ahorro, sistemas de cooperación, y entidades de previsión social. En el siglo XX, lo más importante fueros las Cajas Rurales de Crédito.

 

 

Los Círculos Obreros.

 

Los católicos organizaban a los obreros en Círculos Obreros que eran dirigidos por los obispos de cada diócesis y celebraban Congresos Sociales para reforzar su fe en Dios. Era evidente que su finalidad no era otra que quitarle militancia a los sindicatos puramente obreros, pero también es evidente que perdieron la oportunidad de reivindicar la justicia social, y de presentar una alternativa social menos virulenta que el movimiento obrero de su tiempo. Lo que presentaban no era ni siquiera una alternativa porque no reivindicaban nada. Los obispos, que se preocupaban de que los obreros no fuesen a las tabernas y no blasfemasen, no parecían entender el problema laboral de explotación del obrero.

Los Círculos Obreros fueron creados en Francia en 1871 con el fin de luchar por la armonía entre las clases sociales, en vez de por la lucha de clases que promovían los socialistas. La idea era incluir a patrono y a obreros en una misma asociación a fin de que se conocieran mutuamente, y se pudieran mejorar las condiciones de trabajo sin necesidad de recurrir a la violencia. Inmediatamente, los socialistas los llamaron “sindicatos verticales” porque incluían patronos y obreros, y también “sindicatos amarillos” porque se oponían a los sindicatos rojos del marxismo, y negros del anarquismo. El amarillo es el color del Papa.

Los Círculos Católicos Obreros españoles eran en esencia lo mismo que las viejas sociedades de socorros mutuos y las hermandades y cofradías de muchas ciudades españolas. Tenían su origen en la obra del Padre Vicent, que en 1865 abrió algunos en Manresa, y del Padre Pastell que los abrió en Alcoy en 1872. Se calcula que, a fines del XIX, habría unos 60.000 ó 70.000 obreros en estos círculos. El modelo asociativo no lo habían inventado ni Vicent ni Pastell, sino que venía de Francia y de Alemania. La idea era poner en contacto a los obreros con los patronos a fin de éstos conocieran de viva voz los problemas de los obreros. Y dentro del local del Círculo, se daban charlas que formaran a los obreros, se procuraba que los obreros respetaran las jerarquías sociales y económicas, y se fomentaban las creencias católicas, apostólicas y romanas, y en las buenas costumbres.

El Círculo Católico iba más allá, pues al igual que las antiguas cofradías, trataba de ayudar a los socios en apuros. A tal fin, abría unas Cajas de Ahorros de Socorros Mutuos, donde los obreros podían depositar sus ahorros, y las cajas actuaban como entidades de préstamos a los necesitados, y también de préstamos con garantía de joyas y objetos de valor, e incluso casas (llamados “montes de piedad”). El Círculo también organizaba actividades de recreo para las familias de los obreros, sobre todo en domingos y festivos.

Estrictamente hablando, los Círculos Católicos no eran sindicatos, pues trataban más de expandir el catolicismo y la educación católica que de negociar cuestiones laborales. Llenar el tiempo libre de los obreros y promover actividades religiosas era lo fundamental. Para esos fines, cada Círculo recibía la plática de un “consiliario” eclesiástico, que organizaba comuniones generales, ejercicios espirituales anuales, y diversas prácticas católicas. El Consiliario era elegido por los socios y podía ser seglar, pero en 1880 se decidió que hubiera dos Consiliarios y uno fuera eclesiástico designado por el obispo. Enseguida los ejercicios espirituales y la comunión general fueron obligatorias.

En estas condiciones, debemos preguntarnos a qué obrero le convenía este tipo de asociación, pretendidamente laboral. La respuesta está en la organización que hizo Antonio Vicent en 1887: los Círculos abrían unas Cajas de Ahorros y Montes de Piedad y unos economatos, que hacían contratos de provisión (que les venían bien también a los talleres), promovían viviendas para socios, y patrocinaban cooperativas para la adquisición de herramientas y materias primas. Todo funcionaba mientras los socios protectores mantuvieran la Caja de Ahorros dando los préstamos adecuados. Por ello, los obreros encontraban ventajas en los Círculos Católicos.

El primer Círculo Obrero español apareció en Alcoy en 1872, seguido por el de Las Palmas en 1873. Los trajo a España el jesuita Pablo Pastell[1]. En 1885 ya había en España 81 Círculos Católicos. En 1887 los reglamentó el jesuita Antonio Vicent Dolt en Tortosa: tendrían una Junta Directiva integrada por 15 miembros, de los cuales seis serían miembros protectores, seis miembros honorarios y tres serían señoras protectoras. En 1891 se cambió a siete protectores, tres suscriptores y dos obreros.

En 1882, se estima que había 30.000 afiliados a los Círculos Católicos.

En 1893 apareció el Consejo Nacional de Círculos y Patronatos de España, con la intención de coordinar este movimiento social y paliar los déficits económicos de algunos de ellos mediante la ayuda de otros. Se empezaba a vislumbrar la utopía y el fracaso generalizado del proyecto. El Consejo Nacional era patrocinado por el Marqués de Comillas, que pagaba los déficits de algunos Círculos, y estas entidades se mantuvieron. Es más, en 1891-1895 se extendieron por el País Vasco, Cantabria, Asturias, Castilla la Vieja y Lérida.

Los Círculos Obreros funcionaron mientras fueron subvencionados por los millonarios españoles católicos. El principal protector era Claudio López Bru, II Marqués de Comillas. También estuvieron el Marqués de Villaverde en Córdoba, el Marqués de San Joaquín en Valencia, el Barón de Santa Bárbara en Valencia, el Marqués de la Solana en Madrid, la Duquesa de Sotomayor, el Marqués de Lema, el Marqués de Vadillo, el marqués de Cubas, el Marqués de Aguilar de Campoo, el marqués de Socorro, el marqués de Montalvo, el Marqués de Llano de San Javier, el conde de Orgaz, el Conde de Argillo, el conde de Pie de Concha, el conde de Velle, el Barón de Ortega, el general Gamir, el general O`Ryan, el General Gallego, Antonio María Fabié Escudero, Sánchez Toca, Antonio Maura, Bartolomé Feliú, Ortí Lara, Alfredo Brañas, Enrique Gil Robles, Amando Castroviejo, Inocencio Jiménez, Salvador Minguijón, José Fauró, Manuel Marqués i Puig, Emilio de Arri en Santander, Antonio Mas en Mallorca, José López en Mallorca, Garvey…

A los patronos les iban bien los Círculos Obreros. De hecho los patronos decidieron pagar sus gastos. Por ejemplo el marqués de Comillas organizaba excursiones de Círculos Obreros a Roma. Los Círculos Obreros parecían estar organizados para eso, pues había socios numerarios, los obreros, y socios honorarios, los patronos.

En 1900, había en España 150 Círculos Católicos y, de ellos, 32 habían constituido una Caja de Ahorros, y 9 habían promocionado una cooperativa. En casi todos funcionaba la asociación de socorros mutuos por la que los obreros y empleados pagaban unas cuotas y recibían a cambio ayudas en casos de enfermedad, accidente, viudedad o paro. Los Círculos tenían también una biblioteca, unas escuelas nocturnas y dominicales a las que podían acceder los socios y sus hijos. Se calcula que había 100.000 afiliados en esta fecha.

Antonio Vicent se entusiasmó con su obra y soñó con exposiciones y certámenes de artes y oficios, reuniones críticas y literarias, estaciones meteorológicas, centros vitivinícolas, laboratorios, campos de experiencias, museos… lo cual entra ya de lleno en el socialismo utópico.

La realidad de los Círculos Católicos fue mucho más modesta que las pretensiones. En 1885-1900, los Círculos devinieron en centros de reunión social. Los sacerdotes decían que el recreo y el esparcimiento eran necesarios en la vida, que los obreros necesitaban locales en donde pasar el tiempo lejos de la propaganda socialista. A los dirigentes no les pareció mal, e incluso pensaron que en esos locales se reunirían y mezclarían las distintas clases sociales, cosa improbable desde nuestro punto de vista actual. En los locales de los Círculos Católicos se vendían refrescos, que pronto evolucionaron a bebidas alcohólicas. También se practicaban juegos de azar. Ciertamente había libros, ajedrez, dominó, damas y algún instrumento musical, pero la gente prefería la diversión popular, las cartas (naipes) y las tertulias.

En 1895 se constituyó en Madrid el Consejo Nacional de las Corporaciones Católico Obreras, que agrupaba a los Círculos, Cooperativas y Patronatos católicos.

En 1887, se decidió en Tortosa dar un poco más de sentido laboral a los Círculos Católicos y las Cajas adoptaron muchas más funciones: eran cajas de socorros mutuos; de ayuda a ancianos, viudas y huérfanos; de ayuda a despedidos; apoyo a las cooperativas de consumo;  apoyo a las cooperativas de producción; cajas de ahorros; montes de piedad; bancos agrícolas de crédito personal; seguros para las caballerías; seguros de vida para obreros y campesinos. Ello es el origen de las Cajas de Ahorro del siglo XX, casi todas desaparecidas al iniciarse el siglo XXI. En 1900, había en España 34 Cajas de Ahorros y 12 Cooperativas Católicas. Los Círculos Católicos englobaban a decenas de miles de obreros.

Los socios de los Círculos Católicos se obligaban a permanecer ajenos a las luchas políticas locales.

Había tres tipos de socio del Círculo Católico: los socios numerarios eran los obreros; los socios protectores eran los industriales y empresarios; los copartícipes eran las esposas, viudas e hijos de los socios numerarios, los cuales tenían juntas aparte, pero disfrutaban de algunos beneficios que otorgaba el Círculo.

Los socios numerarios, al igual que los socios protectores, se organizaban en decurias y centurias, agrupados por gremios profesionales, artes y oficios, según el caso, procurando que nunca fueran más de cien (centuria) en cada agrupación.

La Junta Directiva de un Círculo Católico estaba integrada por seis socios protectores, seis socios numerarios, tres representantes de socios copartícipes, dos abogados con voz pero sin voto, y dos sacerdotes (un consiliario y un viceconsiliario) nombrados por el obispo de la diócesis que actuaban en caso de polémica y decidían lo que era moral o no lo era.

En las juntas del Círculo, debían hablar de cuál era el salario que consideraban justo, de cuál debía ser la jornada laboral, de la posibilidad de participar los obreros en los beneficios de la empresa, y de los conflictos existentes entre patronos y obreros en ese momento a fin de organizar su solución mediante jurados mixtos que se creaban allí mismo, dentro del Círculo Católico.

 

 

La polémica del catolicismo social.

 

Entre los católicos aparecieron dos corrientes contrapuestas de sindicalismo: los partidarios del “sindicalismo mixto independiente” de patronos y obreros en el mismo sindicato (sindicalismo vertical en lenguaje socialista), y los que defendían la confesionalidad de los sindicatos católicos pero sólo de obreros (sindicalismo puro en lenguaje socialista).

El Papa León XIII, en la Rerum Novarum de 15 de mayo de 1891, dijo que las asociaciones de obreros podían ser de patronos y obreros, o de obreros solamente. Y este fue el origen de la polémica, pues el Papa aceptaba ambas soluciones al problema social.

Los patronos españoles se lanzaron inmediatamente por la vía del sindicato mixto, y financiaron unas instituciones “paternalistas” en las que siempre podían imponer sus criterios sobre los de los obreros, y deformaron la intención del Papa, de dar entrada a las dos posibilidades. Inmediatamente, la jerarquía y el clero católico español apoyó esos sindicatos mixtos y se olvidaron de lo que podía ser una verdadera estructura sindical obrera.

En octubre de 1892, en el III Congreso Católico Nacional celebrado en Sevilla, no se hizo referencia alguna a los sindicatos obreros puros, de solo obreros. Decidieron rectificar al Papa, cosa que ya hemos visto como habitual en la historia de la Iglesia española. En adelante, se opusieron a la formación de sindicatos obreros puros dos grupos de católicos, el Claudio López Bru Marqués de Comillas seguido por los jesuitas, y el integrista Ángel Herrera Oria y su Asociación Católica Nacional de Propagandistas.

 

 

El sindicalismo puro católico.

 

Algunos católicos se mostraron en disconformidad con el sindicalismo vertical, caso de Severino Aznar y Maximiliano Arboleya Martínez.

Severino Aznar Embid, 1870-1959, era carlista y en 1907 escribía en la revista Paz Social. En 1914, trabajó en el Instituto Nacional de Previsión. En 1916 fue catedrático de sociología en la Universidad de Madrid. En 1920 abandonó el carlismo y en 1922 estuvo en el Partido Social Popular.

Maximiliano Arboleya Martínez, 1870-1951, fue un sacerdote asturiano profesor del Seminario diocesano de Oviedo, que en 1903 creó el Círculo Católico de Oviedo que fue desprestigiado por los sacerdotes católicos hasta fracasar, en 1913 creó la Casa del Pueblo Católica para albergar a sindicatos independientes de los patronos y de los socialistas que fue cerrada por los patronos, en 1916 reorganizó un sindicato minero en Hullera Española en competencia con el sindicato UGT y los patronos acabaron con el sindicato de Arboleya y entregaron su organización a los jesuitas y a Vicente Madera Peña. En 1919 estuvo en Democracia Cristiana y fue denunciado a Roma por los sacerdotes católicos que incluso le culparon de que los mineros estaban abandonando el catolicismo. Tal vez fueran los acusadores la causa de que los obreros estuvieran abandonando.

Entre los líderes opuestos al sindicalismo puro estaban el jesuita Antonio Vicent Dolt y Claudio López Bru II Marqués de Comillas. Estos hombres, organizaron en 1894 una “peregrinación obrera” a Roma para pedir que se fortalecieran los Círculos Católicos y los Patronatos Obreros, que eran asociaciones mixtas de obreros y empresarios.

 

 

Crisis de los Círculos Católicos.

 

Hacia 1890 se empezó a intuir entre los católicos que el sindicato mixto no tenía futuro, que no estaba dando los frutos apetecidos a los obreros, aunque sí los estuviese dando a la Iglesia católica porque tenía a los obreros metidos en las iglesias. Pero los obreros estaban abandonando las prácticas religiosas, y cada vez iban menos a las iglesias. La mentalidad de que no se podía ser en España otra cosa que católico, empezó a cambiar cuando aparecieron los agnósticos.

En 1900 empezaron a manifestarse las protestas obreras respecto a la obligación de rezar, comulgar y hacer ejercicios espirituales, que no les servían de nada en los conflictos laborales. Y decían que, precisamente en los conflictos, debían recurrir a sindicatos socialistas, porque los Círculos no eran una alternativa válida.

Algún obispo y algún que otro jesuita denunciaron la insensatez que significaban los Círculos Católicos o Círculos Obreros de la manera en que se habían concebido. Algunos se dieron cuenta del problema real y propusieron auténticos sindicatos católicos, sindicatos que no fueran dirigidos por los párrocos, ni controlados por los empresarios. Tímidamente empezaron a surgir sindicatos católicos reivindicativos y sólo de obreros, a partir de 1906.

Pero entonces los patronos se negaron en redondo a la existencia de sindicatos católicos independientes. Los muy católicos patronos querían obreros muy dóciles, y obispos y párrocos que garantizasen esa docilidad, como de hecho venía sucediendo secularmente. La mayoría de los obispos aceptó la postura de los patronos, y la Iglesia perdió una oportunidad histórica de defender a los pobres, de ser la Iglesia de los pobres, lo cual vino a significar, por el contrario, que los obreros tampoco serían religiosos en materia social y laboral, y sólo serán católicos por conveniencia, para guardar las apariencias, para bautizar, hacer la primera comunión, casarse y morir con un ceremonial que nos les proporcionaban otras organizaciones sociales. Los curas que intentaron convivir con los obreros y comprender sus problemas encontraron muchas dificultades ante sus obispos y compañeros.

Círculos obreros importantes fueron el Sindicato Católico de Ferroviarios Españoles (1912, Valladolid), la Casa Social Católica (1915, Valladolid), la Federación Nacional de Sindicatos Libres Católicos (1916 Pamplona), el Sindicato Católico de Mineros Españoles (1918, Asturias), la Federación de Uniones Profesionales (Bilbao), el Círculo Católico de Burgos, el Centro Obrero de Madrid, y otros.

Otros grupos obreros, pero de campesinos, fueron organizados por cada obispo en cada diócesis: Santander, La Rioja, Burgos, Palencia, Valladolid, Astorga, León, Salamanca y Ciudad Rodrigo se unieron para formar la Confederación Agraria de Castilla la Vieja y a ellos se unieron Asturias, Vizcaya, Guipúzcoa, Alava, Navarra, Zaragoza, Soria, León, Madrid, Cuenca, Valencia y Ciudad Real para formar en 1917 la Confederación Nacional Católica Agraria CONCA, que tenía cerca de 500.000 afiliados.

En 1907 existían 225 Círculos abiertos. Se habían fundado 382, pero ya habían fracasado 157. En sentido contrario, en Mallorca se estaban abriendo círculos en 1906.

Dentro de la Iglesia católica, los renovadores de las relaciones sociales, no discutían el nombre de los sindicatos obreros, como quisieron hacer creer algunos conservadores católicos. No se trataba de si los sindicatos debían llevar el adjetivo “católico”. No se discutía la fidelidad a la Iglesia, que se sobreentendía. La discusión se centraba en los integristas católicos pedían a los obreros y sus familias prácticas católicas, declaración explícita de fe católica y sumisión a las decisiones de la jerarquía católica. Esta postura llevaba a que si se cometían errores en lo laboral, los obreros abandonarían no sólo el sindicato católico, sino también la Iglesia. Por su parte, los católicos partidarios del sindicato puro, sólo de obreros, alegaban que los sindicatos debían tener fines económicos y profesionales, los cuales no podían ser mezclados con temas religiosos. Es decir, que se oponían a que se exigiese a los obreros profesión de fe, prácticas religiosas y sumisión a la jerarquía católica.

La polémica se hizo muy seria. Distintas órdenes religiosas se pusieron en uno y otro bando y los católicos tuvieron actuaciones muy diversas: hubo sindicatos puros confesionales, sindicatos católicos mixtos, sindicatos de la Confederación Nacional Católico Agraria CONCA, y Solidaridad de Obreros Vascos SOV.

 

 

Los Círculos a final del XIX.

 

 

En 1893, Antonio Vicent Dolt publicó Socialismo y Anarquismo, y en ese libro describió lo que debía ser un Círculo Católico, frente a las pobres soluciones que ofrecían los sindicatos marxistas y los anarquistas.

En 1893, Vicent convocó la I Asamblea General de Círculos y Patronatos de Obreros de España, que se celebraría en Valencia. Asistieron 96 entidades. Y se decidió que los Círculos quedasen bajo la autoridad de un Consejo Diocesano (de igual territorio que la diócesis), y que un Consejo Nacional se erigiera en autoridad máxima. Ese Consejo Nacional fue el Consejo Nacional de las Corporaciones Católicas Obreras, creado en 1895. Los Presidentes honorarios de este Consejo Nacional fueron el arzobispo de Valencia, el obispo de Segorbe, y  el Marqués de Comillas. El Presidente efectivo fue Antonio Vicent Dolt.

El Marqués de Comillas hizo el organigrama del nuevo organismo e incluyó en él a aristócratas, altos puestos militares, altos cargos políticos, alta burguesía y muchos eclesiásticos. Ni un solo hombre del Consejo Nacional era obrero.

En esas fechas, 1894, puede que hubiera en España 103 Círculos Católicos que tenían 37.725 afiliados. Pero Andrés Gallego dice que había 160 Círculos y que eran 70.000 los afiliados. De estos afiliados, podemos considerar que muchos serían empresarios, militares, burgueses y sacerdotes, lo cual nos llevaría a que la cifra de obreros sería próxima a la primera citada.

En 1900 podría haber 264 Círculos Católicos y los afiliados serían 76.142.

El máximo de Círculos radicaba en Valencia, y también destacaban Madrid y Barcelona. Había muy pocos en Andalucía, donde el catolicismo era más débil y triunfaba el anarquismo. Incluso el Círculo patrocinado por Zeferino González había desaparecido a fin de siglo.

Es importante resaltar que UGT tendría en 1900 unos 15.000 socios afiliados, lo cual quiere decir que el movimiento católico era mucho más numeroso.

Antonio Vicent, ya en el siglo XX, se dio cuenta del error de intentar unir a empresarios y trabajadores en un mismo espacio político, porque ello era imposible. Y empezó a pensar en un sindicato católico puro, sin empresarios. Pero su nueva idea no tuvo repercusión alguna.

En 1904, el padre Vicent creía que había fracasado, que se había equivocado. Los obreros de los Círculos tendían a comportarse como sindicatos y no cumplían el resto de los fines y actividades que él había pensado para los Círculos. Vicent murió en 1912.

 

 

 

[1] Pablo Pastell, 1846-1932, sacerdote jesuita, se exilió a Francia en 1868. En 1876-1887 estuvo en Filipinas.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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