LOS CONSERVADORES A FINES DEL XIX.

 

Conceptos clave: alfonsinismo, Partido Conservador, patronales, carlistas

 

 

El Partido Conservador de Cánovas.

 

El Partido Conservador provenía del Partido Alfonsino dirigido por Cánovas desde 1872. Cánovas era un monárquico preocupado por la baja calidad, democrática y moral, de la monarquía de Isabel II. En 1872 Cánovas propuso que el príncipe tuviera una educación mejor que la que habían recibido hasta entonces otros príncipes, y mejor que la que había recibido Isabel II, y en 1874 se le enviaron a París profesores como Juan de Velasco Fernández de la Cuesta (coronel de Estado Mayor).

La postura de Cánovas de intervenir en asuntos de la familia monárquica no fue aceptada fácilmente por Isabel II. Que Cánovas ejerciera la dirección del partido alfonsino fue reconocido oficialmente por Isabel II en 4 de agosto de 1873 en plena República Española. En esa fecha, Cánovas hizo pública en París, ante la Reina, su posición ideológica de restaurar a Alfonso XII, y la Reina aceptó a Cánovas como su hombre en España.

Cánovas estaba organizando lo que él llamaba Partido Liberal Conservador que, en 1873-1874, era difícilmente distinguible del alfonsinismo. Cánovas trataba de reunir a los alfonsinos con los restos de moderados y unionistas.

Cánovas era un hombre tozudo, empeñado en renovar el juego de los partidos políticos eliminando los extremistas, lo cual era, en ese momento, un problema gravísimo de España. Pero Cánovas era un tipo del que la Reina desconfiaba, en parte porque, personalmente, no aceptaba sus tics y ademanes incómodos, y maneras de vestir descuidadas, y en parte porque los planteamientos ideológicos de Cánovas eran innovadores. Cánovas estaba imbuido de la idea nacionalista moderada europea, según la cual la nación no podía ser identificada con el presente, que es voluble, sino con el pasado histórico en el que ha expresado su personalidad. Por tanto, un plebiscito no agotaba las posibilidades de acción de un gobernante puesto que la nación era tanto el pasado como el presente del pueblo. La “constitución interna” de los pueblos era fundamental. El sufragio universal no era tan importante y sí, por el contrario, podía ser muy peligroso. Por lo mismo, el poder constituyente no lo tenían el Rey ni las Cortes, sino la misma historia de los pueblos, de la que habían emanado el Rey y las mismas Cortes. Como las Cortes y el Rey surgieron juntas y existieron juntas, no se podía concebir una institución separada de la otra sin admitir que sería un modelo de Estado diferente al histórico tradicional, que era el único que daba cierta seguridad a Cánovas.

Frente a este pensamiento de Cánovas, los alfonsinos, o partidarios de Alfonso XII, eran un grupo sin más doctrina de base que su oposición a los desórdenes habidos durante el Sexenio Revolucionario. Partidarios de restaurar la monarquía, no se atrevían a ir en contra de la opinión de Isabel II, ni tampoco a luchar por traer a la Reina de nuevo a España. Con tan vaga ideología y recursos, sólo se organizaron cuando les reunió Cánovas. En adelante, perdieron su identidad, pensaban lo mismo que decía Cánovas en cada momento, y estuvieron unidos mientras él vivió.

En 1874 hubo una crisis del alfonsinismo: el general Martínez Campos, el general Acedo Rico, el general Blas Villate, y los civiles Rodríguez Rubí y Gutiérrez de la Vega, pidieron que se formase un comité de cinco personas que dirigiera la empresa de la restauración monárquica. Era una maniobra para dirigir el alfonsinismo. Se impuso Cánovas, y éste decidió que Alfonso debería ir a la academia militar británica de Sandhurst a seguir estudiando. Más tarde, Cánovas redactó el famoso “manifiesto” y lo hizo llegar como redactado en Sandhurst. Martínez Campos no aceptó el desaire, que interpretó como una maniobra de Cánovas para mantenerse en la jefatura alfonsina, y tal vez para asumir personalmente el poder, y se manifestó en Sagunto el 29 de diciembre de 1874 exigiendo que Alfonso fuera proclamado rey. Además, temía que el presidente Serrano declarara una república militar y se perdiera la ocasión para Alfonso XII.

Serrano, el Regente en 1874, estaba en la guerra carlista del norte. Era conocida su posición como aspirante a Presidente de una república militar. El proyecto de Serrano peligraba con el triunfo de los monárquicos. El Gobierno de Serrano decidió detener a Cánovas y pidió la ayuda del general Primo de Rivera, Capitán General de Madrid, pero éste se la negó, se adhirió al pronunciamiento y disolvió el Gobierno. Cánovas fue excarcelado. Serrano huyó a Francia el 31 de diciembre de 1874. Cánovas organizó un Gobierno Provisional que llamó Gobierno-Regencia que duró del 31 de diciembre de 1874 al 15 de enero de 1875.

 

El pensamiento político de Cánovas.

 

Cánovas era partidario de abandonar las grandes teorías políticas y conformarse con ideales posibles o “hacederos”. En política, lo hacedero para él era una Constitución monárquica que uniera a los españoles en un solo proyecto nacional exento de dogmatismos. Por ello reunió a todas las tendencias monárquicas, y en 1875 les propuso una reforma de la Constitución de 1845, que sería la Constitución de 1876: El Rey perdía el derecho de cesar Ministros a su antojo, derecho que pasaba a las Cortes, aunque podía nombrar jefes de Gobierno sin consultar con las Cortes. El Rey designaba los Ministros pero, a partir de ese momento, éstos respondían ante las Cortes y no ante el Rey. El Rey conservaba un derecho de veto sobre las leyes, en la confianza de que casi nunca, o nunca, hubiera que ejercer ese derecho de veto que era un enfrentamiento directo Rey-Cortes, pero no podía dar un Decreto en desacuerdo con las Cortes.

El sistema estaba pensado para que Cánovas dirigiera la política española, pero resulta inviable sin Cánovas. Desgraciadamente, a partir de 1902, Alfonso XIII abusó de estas prerrogativas reales en contra de las Cortes, y como las Cortes se elegían a gusto del Jefe de Gobierno de turno, y la soberanía de las Cortes era papel mojado, el sistema se volvió contra Alfonso XIII y le arrastró en su caída en 1931.

De igual manera que pensaba en ciertas limitaciones al Rey, Cánovas creía que se debía limitar la libertad de opinión puesto que los periódicos y determinados profesores universitarios no hacían más que desestabilizar la vida política, sin ningún criterio ético positivo y globalizador de los intereses del país, sino al servicio de ideales sectarios, quizás respetables como teorías, pero muy dañinos para la vida diaria del Estado. Por ello suprimió todos los periódicos republicanos y exigió fidelidad política a todo el profesorado universitario, aunque ello provocase muchas emociones en la Universidad.

Pero Cánovas no llegó a comprender a fondo el problema social español y ni siquiera se planteó la necesidad de leyes laborales que hubieran desdramatizado la política que él quería arreglar. La primera legislación laboral española es de 1900, obra de Dato, con 80 años de retraso sobre Gran Bretaña y casi 30 sobre Alemania. Y estamos hablando de España, que había empezado su industrialización hacia 1836, mucho antes que otros países europeos y en donde se conocía el krausismo que había defendido la función ética del Estado desde 1850. Sabemos que estaba preparando este tema al final de su vida, pero no tuvo tiempo de manifestarse, pues fue asesinado en 1897.

La causa de este retraso en evolución moral social de los españoles era la mentalidad de unos partidos liberales encerrados en maximalismos del laissez-faire, en los que el Estado no debía intervenir en economía. La misma encíclica papal de 1891 Rerum Novarum, tan timorata y poco efectiva en la práctica, les pareció a los liberales españoles del Partido Conservador, revolucionaria y contagiada de socialismo.

 

 

Evolución del Partido Liberal Conservador.

 

El partido de Cánovas se llamó Partido Liberal Conservador pero, a partir de 1884, se les conocería como Conservadores, a secas, para diferenciarlos del otro gran partido, el Partido Liberal Fusionista, llamados Liberales.

La primera crisis de partido sobrevino en 1885. Francisco Romero Robledo, uno de los hombres más conservadores del grupo de Cánovas, se declaró contrario a todo el Pacto del Pardo de 1885. Era una crisis seria, pues Romero Robledo, “el gran elector”, era, desde 1874, el encargado de los pucherazos del Partido Conservador. Romero Robledo hubo de ser sustituido en la cúpula del partido por Francisco Silvela. Silvela es tenido por mucho más honesto que Romero Robledo.

Francisco Silvela de le Villeuze tampoco era partidario del juego de alternancia de partidos, pero por motivos distintos a los de Romero Robledo, pues eran motivos de tipo ético. Hablaba él de la moralidad por encima de las componendas políticas, de la necesidad de una base sólida para el régimen y de la urgencia por abandonar el caciquismo para entregar el Gobierno a la auténtica opinión de la calle sin mediatizarla por medio de los caciques. Defendía una reforma municipal que independizara los ayuntamientos del ministerio de Gobernación, y una moralización del país que habría que conseguir mediante la religiosidad, el orden social y el cultivo del sentimiento de la grandeza nacional.

Una nueva crisis del Partido Conservador se originó en la aceptación del sufragio universal en 1890, pero fue menor porque se impuso la autoridad de Cánovas. Romero Robledo fue rehabilitado dentro del partido.

En 1891 hubo nueva crisis. La provocaba el proyecto de moralización del sufragio, promovido por Silvela. En concreto y para el Ayuntamiento de Madrid, Silvela quería eliminar a los clientes y caciques puestos por Romero Robledo para promover el voto conservador, entre los que estaban varios toreros famosos que cobraban sistemáticamente por esa función política. Para eliminar esta irregularidad, Silvela propuso una auditoría. El Gobierno se negó a aceptar la auditoría de Silvela, y éste dimitió en 1891, pasando desde ese momento a liderar la oposición a Cánovas dentro del Partido Conservador.

Otros líderes en disidencia desde 1892, fueron los “jóvenes” Raimundo Fernández Villaverde, 1848-1905, y Eduardo Dato Iradier, 1856-1921. Jóvenes porque tenían veinte años menos que los 64 de Cánovas, 1828-1897, y los políticos en la cuarenta eran considerados jóvenes por entonces. Romero Robledo 1838-1906 estaba en una edad intermedia entre Cánovas y Villaverde.

La crisis del Partido Conservador que podemos considerar más grave fue tras la muerte de Cánovas 8 de agosto de 1897. En 1897, a la muerte de Cánovas, nos encontramos con un Partido Conservador roto. El 26 de octubre de 1897, el general Martínez Campos reunió a los líderes del partido, los institucionales Azcárraga, Pidal, Cos-Gayón y Elduayen, y los disidentes Silvela, Villaverde y dos generales más, y les dijo que había que hacer un partido fuerte. De allí salió Unión Conservadora cuyo líder era Silvela.

Unión Conservadora era una alianza interna entre “barones” jóvenes. A principios de siglo XX, la alianza reunía a restos conservadores representados por Silvela, a disidentes con ideas liberales como Maura, y a regionalistas de derechas como el general Camilo Polavieja y el regionalista Manuel Durán i Bas.

La mayoría de los conservadores estaba con la Unión Conservadora organizada por Silvela, pero éste estaba pidiendo cosas difíciles para el partido, ni más ni menos que se juzgase, política y penalmente, la corrupción de todos los cargos de gobierno habidos en el Gobierno Cánovas.

Naturalmente que las reformas propuestas por Unión Conservadora no podían ser aceptadas por muchos altos cargos, y éstos se unieron a Romero Robledo. Romero Robledo estaba dispuesto a colaborar con los liberales conservadores e incluso con los liberales reformistas de López Domínguez, con tal de mantenerse en el poder y que no hubiera juicios internos. El Partido Conservador estaba roto.

La idea reformadora de Silvela gustaba incluso a los del Partido Liberal de modo que Maura abandonó este partido y se pasó a Unión Conservadora en 1903.

En 1906 murió Romero Robledo, el símbolo de la corrupción electoral, aunque no el único corrupto.

El líder de la fracción conservadora más numerosa en 1907-1913 iba a ser Maura, y en 1913-21 Dato. A partir de esta fecha, el canovismo se puede dar por terminado, puesto que el Partido Conservador no mantuvo sus principios canovistas.

 

 

Las Patronales.

 

Durante el siglo XIX no existieron patronales, sino asociaciones de empresarios para influir sobre el Gobierno. Estas asociaciones, en algún caso, actuaron como patronales y prepararon el camino a las patronales del siglo XX. cuando se habla de patronales españolas en el siglo XIX, se hace metodológicamente, para ser entendidos.

El 31 de enero de 1836 nació Asociación General de Ganaderos. Sustituía al Concejo de la Mesta. No era obligatorio asociarse a la nueva asociación. Es la primera asociación de propietarios contemporánea importante de España.

En 1847 apareció la Junta de Fábricas de Cataluña.

En 1848 se creó el Instituto Industrial de Cataluña.

En 1869 nació la gran asociación de empresarios española de referencia en el siglo XIX y principios del XX, Fomento de la Producción Nacional, que más tarde cambió de nombre a Fomento del Trabajo Nacional, y su fin era luchar por conseguir del Gobierno aranceles proteccionistas. No era la primera vez que los empresarios catalanes intentaban asociarse, pues en 1869 habían creado en Madrid una Asociación Protectora del Trabajo Nacional, que no cuajó, y pretendieron más tarde irla imponiendo poco a poco en distintas provincias españolas, antes de crear la asociación patronal nacional. En los años 1872-1875, Fomento de la Producción Nacional estableció relaciones con algunas Ligas de Contribuyentes de distintas ciudades, principalmente Cádiz. Insistimos en que estas asociaciones de empresarios no son propiamente patronales sino ligas para conseguir aranceles que les beneficiaran. No actuaban como patronales en el resto de los temas.

En junio de 1881 nació la Asociación de Agricultores de España, que tampoco era propiamente una patronal pues agrupaba a propietarios, ingenieros, veterinarios, tipógrafos y peritos agrícolas. Pero defendía ante el Gobierno los intereses de los agricultores y en ese sentido, podemos tratarla como una patronal.

En 1893, hubo un meeting protesta contra los tratados de comercio librecambistas promovidos por los industriales vascos. Estuvieron presentes los catalanes de Fomento del Trabajo Nacional, los asturianos, los leoneses, y empresarios de San Sebastián y Santander. Allí se originó Liga Nacional de Productores (que no es la homónima de Joaquín Costa). En 1895, volvieron a reunirse en Bilbao y cambiaron las bases de la asociación. En 1899 se disolvieron. En 1906 volvieron a aparecer para tratar de influir sobre la Ley de Bases de Revisión Arancelaria, pero se volvieron a disolver a continuación. Y todavía reaparecieron en 1931 para integrarse más tarde en Unión Nacional Económica.

En 1899, apareció en Vizcaya el Centro Industrial de Vizcaya, que puede que sea la primera patronal. Tras ella, aparecieron Federación Patronal de Barcelona, Federación Patronal de Zaragoza, Federación Patronal de Madrid, y Liga Vizcaína de Productores, que se unieron a la ya existente Fomento del Trabajo Nacional. Y el siglo XX nació con patronales desde el primer momento.

 

 

Los carlistas.

 

Los carlistas de Cándido Nocedal, habían sido plenamente derrotados en 1876 y fueron acogidos en Francia en campos de internamiento, de los que escaparon para formar partidas en la frontera con España, aliados (en muy extraña alianza) con los republicanos cantonalistas también huidos a Francia. Su fracaso les llevó a acogerse al indulto de Cánovas. Los indultados se dividieron entre los que querían retraimientos para preparar golpes de Estado, y los que se sumaron al alfonsinismo.

Un cambio introducido por Cánovas, histórico para el País Vasco, fue la exigencia de que los vascos hicieran el servicio militar y pagaran impuestos como el resto de los españoles. El nacionalismo vasco se radicalizó entonces, a partir de 1876, año en que se sintieron agraviados por tener un trato como los demás peninsulares. A esto se denominó supresión de los fueros vascos. Muchos vascos estaban dispuestos a sumarse al carlismo, pero ese sentimiento era tanto nacionalismo como carlismo propiamente dicho.

Las ideas del carlismo eran anticuadas y nada progresistas: proteccionistas en comercio, gremialistas en industria, regionalistas o conservadores de los privilegios regionales en economía, pero unitarios en política bajo la autoridad del Rey. Este conglomerado de contradicciones se salvaba gracias a las tradiciones familiares, a relatos del pasado que justificaban que así eran y debían ser las cosas y por ello habían luchado los antepasados.

En 1879, Cándido Nocedal, con su periódico El Siglo Futuro, líderaba el carlismo y, apoyado por Don Carlos, se impuso el retraimiento, pero ello disgustó a la jerarquía católica, que no podría organizar sus asociaciones religiosas y seguir en el carlismo. El sistema carlista, sin el componente católico, se debilitó mucho. El Siglo Futuro era respetado como periódico de Madrid, y pasaría a Ramón Nocedal, hijo de Cándido, y en 1906 a Juan de Olazábal Ramery, y en 1914 al germanófilo Manuel Senante. En 1888, el periódico se separó de la causa de don Carlos acusándole de no ser suficientemente integrista católico. En 1930, lo dirigían Laurentino Moreno, Emilio Ruiz Muñoz, Jaime Maestro y Manuel Sánchez Cuesta. En 1933, tradicionalistas e integristas se reconciliaron para hacerse menos radicales. En 1936, CNT acabó con los talleres del periódico carlista.

En 1888, los carlistas se dividieron en dos grupos, uno integrista católico dirigido por Ramón Nocedal, hijo de Cándido, y otro carlista ortodoxo partidario de Carlos VII y de los principios de “Dios, Patria y Rey”.

 

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *