EL NACIONALISMO CATALÁN,

              desde la Restauración hasta 1923.

 

Conceptos clave: nacionalismo, catalanismos.

 

Hacia 1660, empezó una época de declive económico y político español. Inmediatamente apareció un movimiento de recuperación en un territorio concreto, Cataluña. En 1700, el Estado comprendió la necesidad de igualar las leyes, los impuestos y las instituciones de todo su territorio, porque el caos de la diversidad no permitía una administración racional del mismo. Había que empezar por racionalizar el Gobierno Central, lo que se hizo mediante los Decretos de Nueva Planta en el primer cuarto del siglo XVIII. Y después tocaba cambiar el resto del Estado y llevar los Decretos de Nueva Planta al resto de las regiones españolas. En ese momento, el Estado centralizador chocó con los intereses de la región más avanzada cultural y económicamente de ese Estado, que era Cataluña. Se sometió el territorio mediante la guerra, pero no se solucionó el problema de la diversidad de intereses entre la modernidad y el conservadurismo.

A finales del siglo XVIII, Cataluña ya era la región de España más avanzada en lo cultural. Inmediatamente pasaría a ser la más avanzada en lo económico. Durante el siglo XIX, Barcelona se convirtió en el centro industrial más importante de España y uno de los grandes de Europa en lo textil. Los empresarios catalanes estaban satisfechos en la medida en que el Gobierno Central les protegía con aranceles altos contra los extranjeros, con concesiones de monopolios en colonias, y con rebajas de impuestos como el de derechos de importación. Y a medida que el resto de España se iba desarrollando, Cataluña tenía más mercado en los diversos territorios españoles.

Las diferencias en nivel económico entre la parte de Cataluña desarrollada, Barcelona y algunos pueblos cercanos a ella, y el resto del Estado español, se hicieron muy grandes. Y los catalanes sabían que dependían del proteccionismo del Estado que les mantuviera sus privilegios, pues eran muy inferiores a Inglaterra, donde compraban masivamente tecnología, y a Francia que había copado el mercado de la seda. Las clases dominantes estimularon el nacionalismo catalán.

El primer movimiento catalanista, a nivel teórico todavía, tenía lugar a mediados del siglo XIX. El idioma catalán se había perdido casi, durante los siglos XVIII y XIX, desde el momento en que ya no era oficial.

 

 

La fuente culta del catalanismo.

 

Pero hacia 1833 había surgido un movimiento literario iniciado con Buenaventura Carlos Aribau i Farriols y su Oda a la Patria, publicada en El Vapor, en 1833, que se continuó en 1839 con Joaquim Rubió y Ors, apodado “Lo Gayter del Llobregat”, por un artículo que publicó en el Diario de Barcelona en 1839 cuyo título le sirvió de seudónimo para el resto de sus publicaciones. En 1841 se celebró un certamen poético y en 1859 se iniciaron los “juegos florales” anuales, cultivando el idioma catalán. En ese momento, un grupo de catalanes trataba de recuperar el idioma catalán, que se podía considerar perdido, pues se hablaba en las zonas rurales, con variantes importantes. El Pirineo hablaba gerundés, Barcelona hablaba layetano, Reus y Tortosa hablaban turtusí, la zona entre Gandesa-Alcañiz hablaba chapurreau, el valle de Arán hablaba el aranés. Y además, había zonas de Valencia, Alicante, y Mallorca que hablaban el idioma aragonés, del Reino de Aragón, a su manera, idioma que luego unos llamarían catalán y otros valenciano. Lo primero era crear el idioma catalán, que fue fundamentalmente el layetano de Barcelona, y luego considerar dialectos a todos los demás. Se hicieron estudios filológicos importantes que hicieron superior a Barcelona sobre el resto de las formas dialectales. El último paso fue convencer a todos de que sus dialectos eran incorrectos y debían hablar el catalán layetano. Surgieron problemas con el aragonés, valenciano y mallorquín, con distintas resistencias a dejarse manipular, aunque la prensa y la radio y televisión, emitidas desde Barcelona a fines del XX, harían el trabajo. Mallorca se rindió con armas y bagajes y dijo que hablaba catalán-mallorquí, Valencia quiso conservar al menos el nombre de su idioma, el valenciano, y Aragón se resistió en algunas zonas de su territorio y se entregó en otras. Occitania y Cerdeña también cedieron al empuje de las normas del idioma catalán.

Se tiene por creador del idioma catalán moderno a mosén Jacint Verdaguer, 1845-1902 en sus obras L`Atlántida de 1877, Idillis i Cants Mistics, de 1879 y Canigó, 1886. Había nacido en Folgueroles (Barcelona) y estudiado en el seminario de Vich, haciéndose sacerdote en 1870. Ya en el seminario escribía versos.

De ello resultó el bilingüismo: Hasta el siglo XVII, se habían hablado los idiomas aragoneses, pero en el XVIII, las ciudades empezaron a hablar castellano y era elemento diferenciador entre ellos el idioma, de signo culto el castellano, y rural los aragoneses. En el siglo XIX, una vez que las ciudades recuperaron las lenguas antiguas y el campo tenía necesidad de saber castellano para relacionarse con la Administración, el bilingüismo fue lo dominante.

Al mismo tiempo surgió el historicismo nacionalista, de tipo romántico, que ensalzaba las glorias de los catalanes y que “descubría” en los archivos de la Corona de Aragón las instituciones propias de los catalanes. De ello saldrán dos modos de pensamiento, el uno regionalista que reivindicaba el derecho a ser diferente y a la descentralización administrativa, y el otro nacionalista que reivindicaba la independencia, el federalismo o la diferencia del espíritu nacional catalán, volkgeist, respecto al resto del Estado.

La gran figura de los estudios históricos catalanes de este momento fue Manuel Milá i Fontanals, recopilador del Romancerillo Catalán.

Para desarrollar el sentimiento catalanista fue importante la prensa en periódicos como El Propagador de la Libertad, El Catalán, El Guardia Nacional, La Religión y El Vapor.

Cataluña era consciente de su superioridad cultural y económica sobre el resto de España: en 1855, Juan Cortada escribió Cataluña y los catalanes, y Juan Illas Vidal escribió Cataluña en España. Ambos resaltaban la identidad histórica catalana y los legítimos intereses económicos y culturales que los catalanes habían desarrollado a lo largo del siglo XIX, y desde finales del XVIII.

Se deben mencionar las obras del abogado y filósofo Francisco Javier Llorens i Barba, 1820-1872, que introdujo a Herder, y del periodista y filólogo Juan Mañé i Flaquer, 1823-1901.

 

 

La fuente burguesa del catalanismo:

 

Frente a la explicación de un nacionalismo catalán desde abajo, desde el pueblo, hay que mencionar la tesis contraria, un nacionalismo desde arriba, desde las clases dirigentes:

Según esta versión, el surgimiento del nacionalismo catalán fue obra de la burguesía. La burguesía industrial catalana no quería resignarse a aceptar siempre las decisiones de la aristocracia terrateniente y rentista del resto del Estado español, porque ellos eran proteccionistas para con sus empresas que no podían competir con las británicas, mientras los castellanos y andaluces eran librecambistas para vender en el exterior el trigo y vino que pudieran, aprovechando los bajos salarios españoles. A partir de 1871-1881, la burguesía catalana tomó conciencia de ser diferente a los terratenientes españoles, a los que decidieron llamar “castellanos” para no verse englobados en el término “españoles”, al igual que al idioma español decidió llamarle castellano. Los burgueses de Barcelona querían la unificación de las cuatro provincias catalanas, para dominarlas mejor desde Barcelona, y apoyaron el movimiento nacionalista naciente. No tenían garantizada la aprobación de sus proyectos de ley en Madrid, y decidieron que si los hacían en Cataluña, mediante una autonomía, tendrían las leyes que ellos querían.

Los burgueses catalanes empezaron su labor de formación de opinión, con un movimiento intelectual de exaltación de la cultura catalana que se llamó la Renaixença. La Renaixença fue un renacimiento lingüístico y literario nacido en la segunda mitad del XIX que cultivó los juegos florales a partir de 1859 y promovió la literatura en catalán. En 1871 apareció una revista llamada La Renaixença, que se convertiría en periódico diario en 1881, que se considera representante de las aspiraciones de una nueva generación, que recogía la herencia de los poetas anteriores, denominados ahora románticos, y revitalizó los Juegos Florales. Todavía era un movimiento apolítico, que podía extenderse a las diversas regiones de España, cada una con sus tradiciones diferentes.

 

 

La fuente católica del catalanismo.

 

La Iglesia católica, que estaba perdiendo influencia en la sociedad industrializada y entre los anarquistas campesinos, debido a los movimientos socialista, anarquista y republicano, predicó que había que acercarse al pueblo en su idioma familiar tradicional, y recomendó hacer las homilías en lenguajes vernáculos y cultivar estos idiomas a fin de que los sacerdotes fueran entendidos por todos.

A las tendencias proteccionistas burguesas, y federalistas de Almirall, se unieron algunas otras tradicionalistas procedentes del carlismo catalán y del partido conservador canovista. Se trataba de sacerdotes como Jaime Balmes Urpià, 1810-1848; Jacinto Verdaguer Santaló, 1845-1902; y Jaume Collell Bancells, 1846-1932; y obispos como Josep Morgades i Gili, 1826-1901; y Josep Torrás i Bagés, 1846-1916, que capitaneaban las masas católicas y rurales tradicionalistas.

 

 

La fuente política carlista en el catalanismo.

 

El carlismo, ante el problema nacionalista, contempló dos facetas complementarias. En el carlismo estaban fuertemente implicados sacerdotes y obispos, y la Iglesia decía que se relacionasen con el pueblo en las lenguas vernáculas. Y respecto a los Gobiernos liberales, el carlismo se proponía hacer todo lo que molestara a esos Gobiernos. Balmes, Verdaguer, Morgades i Gili y Torrás i Bagés eran sacerdotes católicos próximos al carlismo.

 

 

Los recursos ideológicos catalanistas.

 

Los líderes catalanistas utilizaron el victimismo, como todos los movimientos nacionalistas y fascistas de finales del XIX y principios del XX. Aprovechando que los andaluces y castellanos pensaban que los catalanes vivían a costa del resto de los peninsulares gracias al proteccionismo, los catalanistas presentaron este hecho como que el “castellano” (así llamaban a los españoles en general) menospreciaba lo catalán, y que los catalanes estaban perseguidos por Madrid, que Castilla dominaba y gobernaba en toda España gracias al trabajo de los catalanes y a los impuestos que se llevaba de Cataluña. Estos argumentos tan simplistas, repetidos en la escuela y en el periódico, en las campañas electorales y en los círculos mercantiles, llegaron a calar en las masas como si fuesen verdad.

 

 

Evolución del catalanismo en 1873.

 

En 1868-1874, los catalanes tuvieron el máximo protagonismo en la historia de España: el general Prim, dirigente del movimiento restaurador de la monarquía, era catalán, y en 1873, varios presidentes de la República Española fueron catalanes.

Pi i Margall, en la República de 1873, ideó una República Federal de los Países Ibéricos, que en realidad más tarde explicó como Federalismo Republicano, difícil de entender, y que perdió seguidores progresivamente a lo largo del XIX.

En un momento dado de 1873, 32 Gobernadores Provinciales de un total de 49 posibles, eran catalanes. Cataluña representaba el liberalismo más avanzado y la avanzadilla económica de España, a mucha distancia de las zonas rurales gallegas, aragonesas, castellanas, extremeñas y andaluzas (excepto Málaga). En el País Vasco, convivían el liberalismo burgués con el tradicionalismo católico.

En 1873 apareció un exaltado catalanista, Valentí Almirall, 1841-1904, el cual era federalista, agitador, y actuaba por entonces al servicio de Pi y Margall, y estaba en Madrid editando “El Estado Catalán”. Pero Almirall quedó decepcionado de Pi, de la Primera República y de todos los políticos de Madrid, demasiado centralistas. Tras el fracaso cantonalista se fue a Cataluña y fundó Diari Catalá, pidiendo un gran partido catalanista, y autonomía para Cataluña. Valentí Almirall estaba ya en un ultranacionalismo que hablaba de diferencias de razas y de pueblos.

Cataluña, el 9 de marzo de 1873 se autoproclamó autónoma, lo cual obligó al catalán Pi i Margall a ir a Barcelona y pedirles que esperasen a que las cosas se hicieran legalmente. En Cataluña había por entonces cantonalismo. También había jefes y oficiales del ejército del lado de los republicanos cantonalistas, como el coronel Maza que, en contacto con varios socialistas, hablaba de revivir la Comuna de París de 1871. Si el movimiento no triunfó en Cataluña fue porque los obreros se negaron a hacer huelgas revolucionarias y a asistir a mítines internacionalistas en los que no tenían nada que ganar para ellos.

Siempre, tanto en Cataluña, como en Alicante, Murcia y Andalucía, los movimientos obreros eran dirigidos por minorías de activistas, aunque en algún momento lograran dominar todo un municipio. Algunas veces, se trataba de internacionalistas, más bien anarquistas. Otras, republicanos cantonalistas. El republicanismo venía así desacreditándose entre la mayoría de la población, lo cual explicará el alivio con que sería acogida la restauración de la monarquía borbónica en la persona de Alfonso XII en 1874.

La Primera República española, febrero de 1873 – diciembre de 1874, resultó un fracaso estrepitoso. Pi i Margall había intentado una República Federal sin un programa previo, pues esperaba de la buena voluntad de los españoles, la concordia y la buena fe, fueran suficientes para definir las características de esa república federal. Y lo que obtuvo fue un cantonalismo donde cada comarca se declaraba autónoma e incluso soberana, y cada una establecía un sistema político diferente. Este federalismo, fue apoyado por algunos burgueses y obreros catalanes, creyendo que les permitiría tomar el poder político, cada uno en beneficio de sus propios proyectos políticos. La violencia se hizo norma general, y cada región cayó en una pequeña dictadura “revolucionaria”.

 

 

Catalanismo de fines del XIX.

 

A fines del XIX, los planteamientos del nacionalismo catalán cambiaron. El cantonalismo y el carlismo, ambos muy apoyados en Cataluña, no habían llevado más que a la violencia y significaban pérdidas de oportunidades para el desarrollo industrial y comercial catalán. Y los errores que estaban cometiendo los Gobiernos de España, producían muchas más pérdidas de oportunidades que se añadían a las anteriores. Entonces, la burguesía catalana redescubrió la cultura popular catalana, la literatura y la poesía: Rubió i Ors, alias Lo Gayter del Llobregat, los Juegos Florales, Jacint Verdaguer, Ángel Guimerá, Prosper Bofarull… Y descubrió que en 1843 había habido un periódico, Lo Verdader Catalá, que ensalzaba la prosperidad catalana dentro del Estado español. Que en 1869 habían tenido una “Jove Catalunya” al estilo de Mazzini. Que en 1871 habían tenido el semanario La Renaixença.

La Renaixença se hizo diario a partir de 1881. Exaltaba los valores catalanes.

En 1879, apareció Diari Catalá, de Valentí Almirall. Cerró en 1881. Almirall quería llevar la idea de federalismo a la de catalanismo político cerrado.

La Renaixença fue un movimiento burgués de tipo literario, promovido por jóvenes de clase media alta, que se proponían recuperar el idioma catalán como vehículo de expresión pública, puesto que era de expresión privada en las casas y las zonas rurales catalanas.

Entonces, los burgueses decidieron inventarse un nuevo sentido de la historia, una nueva forma de la personalidad catalana, para crear conciencia de lo catalán en las clases medias: Decidieron divulgar la idea de que Cataluña era algo distinto al resto de España, una cultura propia, una identidad específica, que debía trasladarse al campo de la política.

En 1876-1886 tuvo lugar en Cataluña “la febre d`or”, fiebre del oro, que consistió en un expansionismo de la industria y el comercio a ritmos desconocidos hasta entonces. La causa era la expansión del desarrollo español, la cual abría mercados españoles para Cataluña, y la concesión a Cataluña de monopolios en las colonias. Pero los empresarios catalanes, acostumbrados al proteccionismo del Estado español no renunciaron a él, ni supieron hacer las inversiones precisas para no depender de las tecnologías extranjeras. El proteccionismo siguió siendo la piedra angular de su industria, y los españoles se vieron condenados a pagar precios más altos que los internacionales, mientras las grandes fortunas incrementaban sus patrimonios en Cataluña. Estaban fomentando un enfrentamiento entre Cataluña y el resto de España, que nunca había existido. El dinero afluyó a Cataluña, dando lugar a una época espléndida de la arquitectura en Barcelona.

 

 

Centre Catalá.

 

En 1881, Sagasta inició un Gobierno liberal en España, lo que daba paso a una mayor permisividad para con los partidos y asociaciones. Fue el punto de partida de un nacionalismo catalán legal, de forma abierta, no escondida.

En 1881, Valentí Almirall rompió con Pi i Margall. En 1882 creó Centre Catalá, con lo que empezaba oficialmente el nacionalismo. Intentaba coordinar todas las tendencias culturales, sociales y políticas nacionalistas catalanas que fueran surgiendo y, en 1887, empezó una actividad política que culminó en la Asamblea de Manresa de 1892 en la que se formularon los deseos de autonomía. Centre Catalá era en principio una organización apolítica, muy pocos catalanes entendían que sus intereses como catalanes eran contrarios a los intereses de España, y era preciso adoctrinarles antes de lanzar una ofensiva contra España.

En 1885, recordando la vieja presentación de quejas que las Cortes medievales hacían al Rey antes de cada reunión de Cortes, los catalanistas presentaron a Alfonso XII un Memorial de Greuges (memorial de agravios) que fue bien acogido por el monarca, pero absolutamente ignorado por Cánovas y Sagasta.

En 1885, la burguesía industrial catalana se sumó a Centre Catalá de Almirall, y Almirall cobró importancia. Pero el sector burgués conservador no estaba con Almirall, no tenía los mismos intereses, y creó en 1888 Lliga de Cataluña, enviando un manifiesto a la Reina Regente en el que pedían Cortes Catalanas e idioma catalán en la administración catalana, la justicia y la enseñanza. Hay que advertir que no estaban en la Lliga los grandes burgueses catalanes como Girona, Arnús Muntadas, Güell y el marqués de Comillas, que eran llamados desde el nacionalismo el “grupo catalán de Madrid”, porque eran conservadores, católicos y españolistas.

 

 

Lo catalanisme.

 

1886 fue el año de inflexión desde un catalanismo regionalista enriquecedor, a un catalanismo nacionalista levantado contra los españoles: Almirall publicó Lo Catalanisme. Motius que´l legitimen, fonaments cientifics i solucions practiques. En esta publicación afirmaba la identidad histórica de Cataluña, y decía que el nacionalismo cultural que se había producido hasta entonces no bastaba, sino que había que dar un paso más. Cataluña tenía una cultura completamente distinta a la española y una personalidad y carácter diferentes a los españoles. Por ello, los intereses de Cataluña sólo podían ser representados por un gobierno catalán autónomo, un Parlamento propio elegido por sufragio universal masculino, con representación corporativa de los intereses de todas las instituciones catalanas. La autonomía de Cataluña resultaba fundamental para el desarrollo económico y social catalanes.

Hay que advertir que, durante muchos años después de 1886, muy pocos catalanes siguieron las ideas de Almirall, porque las clases medias y altas, las únicas que podían votar, estaban bien integradas en España.

 

 

Derecha e izquierda catalanistas.

 

El catalanismo presentaba un ala derecha, carlista, y un ala izquierda, republicana, que eran minorías marginales en Cataluña, pues allí dominaban los partidos progresista y moderado.

El republicano Pi y Margall no puede ser calificado fácilmente como catalanista, puesto que quería una España federal, igual en todas las regiones españolas y sin elementos diferenciadores para Cataluña. Pero entre sus discípulos catalanes surgió el catalanismo de izquierdas.

También había un ala moderada y un ala radical en cada tendencia.

La derecha nacionalista catalana era antiliberal. Odiaba la división de Cataluña en cuatro provincias como una artificialidad impuesta desde el exterior, concretamente por Felipe V. También odiaba el parlamentarismo español porque siendo soberano el Parlamento era obvio que los catalanes nunca iban a encontrar mayorías para hacer las leyes que les convenían. Por eso preferían las dictaduras y las situaciones de crisis españolas en las que ellos podían sacar sus ventajas presentándose como salvadores de la situación. La derecha estaba aliada con la Iglesia católica catalana, que predicaba en catalán y escribía en catalán, manteniendo así la peculiaridad diferenciadora del idioma. La Iglesia pensaba que el trato en ambiente cerrado, familiar y localista, le permitía conservar mejor la tradición y las costumbres, mientras el liberalismo universalizador llevaba al racionalismo y al agnosticismo.

El líder de la derecha regionalista fue Prat de la Riba desde 1888 a 1917. En Madrid y ante las Cortes, su portavoz era Francesc Cambó.

Las ideas de Prat de la Riba se publicarían en 1894 en un catecismo en el que se expresaba que Cataluña era un Estado natural, una nación. Prat de la Riba afirmaba que Cataluña era una nación y que otras regiones de España también lo eran, pero que España no era un nación, no había emanado de la voluntad del pueblo, sino que era una creación artificial de Felipe V de Borbón en 1714.  Que España era un Estado artificial formado mediante la violencia y que la historia había creado vínculos entre los pueblos de España, vínculos que no deberían quebrarse sino ejercerse sin imposiciones, por solidaridad, dentro de un Estado federal. Cataluña debía representar el papel de locomotora que arrastraría a los demás pueblos españoles. Es conveniente conocer los escritos de Prat de la Riva, porque muchas declaraciones de líderes posteriores del siglo XX no son sino transcripciones de sus escritos, incluso al pie de la letra.

Prat de la Riba decía que Cataluña, en su lucha por ser una nación independiente, arrastraría a las demás naciones españolas a conseguir su propia independencia y las libraría de la tiranía del Gobierno de Madrid, y de la pobreza a que se las sometía. La táctica de lucha sería tener un líder nacionalista en Madrid, que se mostrara conservador en sus aspiraciones y moderado y conciliador en las palabras, y reivindicaciones, y que hablara en castellano, junto a un líder nacionalista en Barcelona, que se mostrara republicano y progresista, que exigiera en todo momento la máxima autonomía, reivindicara la independencia y hablara en todo momento catalán.

Al nacionalismo catalanista conservador se unieron algunas otras personas tradicionalistas procedentes del carlismo catalán y del partido conservador canovista. Se trataba de sacerdotes como Jaume Balmes, Jaume Verdaguer y Jaume Collell Bancells, y obispos como Josep Morgades i Gili, y Josep Torrás i Bagés, que capitaneaban las masas católicas y rurales. La diócesis de Vic era el centro de este nacionalismo. Los religiosos católicos, estaban utilizando el término nacionalismo en su sentido medieval y moderno, que se pude traducir mejor como regionalismo y sentido de comunidad, y no todavía con las connotaciones nacionalistas  del siglo XX.

Joan Mañé i Flaquer publicó en 1886 una serie de artículos titulados todos igual, El Regionalismo, en los que invocaba la necesidad de una forma moderada y limitada de autonomía para Cataluña, pero siempre respetando la monarquía española. Pedía también regionalismos para el resto de España.

Josep Torrás y Bagés, obispo de Vic, escribió en 1887 La Iglesia y el regionalismo, y en 1892 La Tradición Catalana, afirmando que Cataluña era diferente del resto de España por tradición cultural y vivencia de la religión católica, y que por ello necesitaba alguna forma de autonomía de Gobierno.

La izquierda nacionalista catalana estaba representada por los discípulos de Pi y Margall, catalanistas a partir de 1881, y por Valentí Almirall. Los discípulos de Pi renegaron de las ideas españolistas de su maestro y tomaron como objetivo el separar a todos los grupos políticos catalanes de sus homólogos del resto de España. Los literatos hicieron el trabajo de la difusión de la lengua catalana, asimilándola al layetano de Barcelona y una historia de la literatura catalana. Los historiadores hicieron una historia vernácula basada en leyendas antiguas medievales. Todavía no se sabía si los catalanes querían más proteccionismo o la autonomía política.

Pero a partir de 1886 surgió un grupo de estudiantes jóvenes en la Universidad, guiados por los correspondientes profesores, a los que se sumaron algunos profesionales liberales y formaron un grupo nacionalista que se llamó Centre Catalá en 1886, y Lliga de Catalunya en 1887. Eran niños burgueses, hijos de conservadores. Enseguida apareció un líder, Enric Prat de la Riba, abogado, y en 1891 crearon Unió Catalanista. Previamente, habían celebrado en Manresa en 1890 una asamblea a la que asistieron 250 delegados de diversas partes de Cataluña, que redactó los 16 puntos clave de la autonomía catalana.

Hicieron teorías ultranacionalistas inspiradas en teóricos alemanes ultranacionalistas que hablaban de las estirpes puras, de los vascos, catalanes e iberos sometidos en la esclavitud durante siglos por la estirpe árabe representada por los castellanos. La esclavitud se manifestaba en la imposición de lengua y costumbres. El líder de esta izquierda nacionalista era Valentí Almirall. El componente racista del nacionalismo catalán estaba ya sobre el tablero.

Cuando Almirall escribió Lo Catalanisme, en 1886, marcó las bases ideológicas de un regionalismo intransigente y burgués. Se trataba del componente cultural-historicista del nacionalismo catalán. Valentí Almirall defendía que España era un país decadente, con apariencia de constitucionalismo parlamentario, pero gobernado por una oligarquía madrileña, mientras que Cataluña era una región positiva, industrializada, con la vista puesta en el futuro. Que Cataluña era un pueblo con lengua, cultura, instituciones y personalidad propia, forjadas históricamente antes que existiera Castilla. Decidió que Cataluña sería bilingüe. Que el espíritu catalán es positivo, analítico, amante de la libertad, mientras el castellano es de pensamiento abstracto, de modos impositivos, y dominante. Que el centralismo era la causa de la decadencia de España e incluso de la decadencia de Castilla, víctima de su propia villanía, y que el fruto del centralismo y su obsesión por la igualdad y uniformidad era el liberalismo. Todo el mal de Cataluña radicaba en la subyugación a la que les sometía España. España vivía una decadencia de siglos. Pero si Cataluña se independizase, podía alcanzar gran desarrollo e incluso revitalizar al resto de España.

Almirall había sido un federalista del grupo de Pi en 1873, que evolucionó al nacionalismo catalán, o realización de la idea progresista al margen del resto del Estado español, en 1881. La diferencia respecto a Pi, era que éste contemplaba la evolución simultánea de todas las regiones españolas. Esta reducción a un solo territorio, atribuida a Pi, se llamó “particularismo de Pi” por los tratadistas políticos de la época.

Las ideas fuertes del nacionalismo catalán fueron el cultivo de la lengua catalana y la libertad testamentaria. Una lengua propia les permitía afirmar una diferenciación respecto al resto de España. La libertad testamentaria permitía mantener la empresa a través de las generaciones gracias a que la heredaba uno solo de los hermanos, el hereu. En el resto de España, las empresas decaían frecuentemente a la muerte del fundador, pues al dividirlas entre los hijos, el que se quedara con la empresa tenía que pagar cantidades imposibles a sus hermanos y al Estado.

 

 

Última década del XIX.

 

El problema de los catalanistas era no encontrar apoyos en ningún partido del resto del Estado, lo cual le suponía la imposibilidad de cambiar las leyes del Estado. Ello les llevó a cerrarse en el territorio que sí podían dominar, Cataluña. En esta formación de opinión tuvo importancia la revista La España Regionalista publicada hacia 1886 y el libro de Almirall Lo Catalanisme de 1886 (traducido al castellano en 1902), así como “Regionalismo y Federalismo” de Durán y Ventosa en 1905.

La burguesía puso al servicio de los catalanistas la escuela para formar a los niños en las nuevas ideas, la prensa para formar a la población adulta, el púlpito para formar a la muy importante comunidad católica, y las campañas electorales para poder criticar abiertamente a los Gobiernos de Madrid. El mensaje era que los castellanos despreciaban todo lo catalán, que los catalanes eran muy trabajadores mientras los españoles eran más bien vagos, y que los catalanes pagaban más impuestos que el resto de los españoles.

En 1891 los catalanistas consiguieron de Cánovas que se aboliera el librecambismo. España pasó a ser el país más proteccionista del mundo, pasando a posiciones económicas extremistas, nada beneficiosas para el conjunto de España.

En 1891 se creó Unió Catalanista para unir a las diversas tendencias nacionalistas catalanas en torno a Lliga de Cataluña. Fue Unió Catalanista la que convocó la Asamblea de Manresa para marzo de 1892.

 

 

La Asamblea de Manresa.

 

Las aspiraciones autonomistas-independentistas se concretaron en la Asamblea de Manresa de marzo de 1892, con ideas similares a las ya dichas, puesto que fueron formuladas por Prat:

Autonomía para Cataluña, dentro del Estado español.

Cortes catalanas elegidas por voto corporativo, es decir por los grupos profesionales.

Oficialidad del idioma catalán.

Que los cargos políticos catalanes fueran ejercidos por catalanes, considerándose catalán el nacido o naturalizado como tal.

Que el poder político, civil y penal fuera de las Cortes catalanas.

Un Tribunal Supremo catalán.

Un contingente fijo anual de soldados catalanes reclutados entre el voluntariado.

Unió Catalanista celebró reuniones anuales en las que destacó la de 1893, cuando Prat de la Riba presentó el Compendi, o puntos principales de la ideología catalanista: Cataluña era la patria de los catalanes, y era por tanto una nación; España era simplemente un Estado, enemigo de Cataluña, contra el que Cataluña se debía rebelar para conseguir su autonomía.

Prat de la Riba no se atrevía a hablar de independencia y decía que aceptaría alguna ligazón de Cataluña con el resto de España. Sólo en 1906, en La Nacionalitat Catalana, expuso sus ideas en conjunto.

 

 

Unió Regionalista.

 

Gran parte de la burguesía catalana no quería abandonar las relaciones con el Gobierno de España y se apoyaron en el general Camilo García de Polavieja, que creó Unió Regionalista, un partido que aceptaba al Gobierno central de Madrid. Polavieja y Durán y Bass fueron incorporados al Gobierno Silvela, hasta su fracaso. Entonces fue cuando la burguesía catalana se pasó al nacionalismo ya en bloque. Unión Regionalista se incluyó en Centre Nacional Catalá y lo mismo hizo Unió Catalanista.

Unió Catalanista dio lugar a grupos nacionalistas más pequeños como Unió Regionalista y Centre Nacional Catalá.

 

El catalanismo en 1898.

 

La alta y media burguesía, de signo más conservador, abandonó Centre Catalá y se unió en 1898 en la “Lliga Regionalista”, dirigida por Enric Prat de la Riba y Francesc Cambó Batlle, 1876-1947, teniendo hombres importantes como el arquitecto Josep Puig i Cadafalch, 1867-1956, y el abogado y periodista Lluis Durán i Ventosa, 1870-1954. Aceptaban las Bases de Manresa 1892. La finalidad primera era desarticular a los partidos estatales o españoles, conservador y liberal, a fin de tener elecciones abiertas en las que pudieran ganar los catalanistas. Querían Cortes catalanas, enseñanza oficial en catalán y tribunales de justicia catalanes. Su nacionalismo conservador se diferenciaba del de Almirall en que quería ser aceptado por el Gobierno de Madrid, es decir, el autogobierno por consentimiento del Gobierno central y no por la vía de la revolución catalana.

En 1898, el líder nacionalista en Madrid era Manuel Durán i Bas, 1823-1907, y los líderes nacionalistas en Barcelona eran Prat de la Riba y Francésc Cambó. Pocos años después, Cambó pasó a Madrid a hacer el papel de Durán i Bas, mientras Prat de la Riba seguía en Barcelona. Y en 1917, a Cambó le tocó interpretar los dos papeles, de forma que hablaba castellano en Madrid y decía ser moderado, y catalán en Barcelona mientras decía ser radical republicano.

Los acontecimientos de 1898, el Desastre de Cuba y Filipinas, fueron aprovechados como demostración de que eran verdad las afirmaciones nacionalistas del desastre que significaba el centralismo, para culpar a Madrid de la pérdida de mercados para los textiles catalanes y para acusar a Madrid de la muerte de muchos soldados. Dijeron que España era un desastre como Estado moderno, como sistema económico y como sistema político. El término “desastre” se utilizaba muy frecuentemente. La posibilidad de supervivencia de Cataluña era prescindir de España y desarrollarse y modernizarse alejada de España. Y el conservador general Camilo García de Polavieja y del Castillo Negrete participaba en este movimiento. Polavieja intentó en Barcelona atraerse a los liberales y conservadores, a los empresarios y las clases medias, pero aparte de su acendrado catolicismo, no tenía un sistema político ideológico suficiente y fue arrollado por los argumentos de los nacionalistas.

La presión catalana fue tanta que Silvela, en 1899, se creyó en la obligación de nombrar a un nacionalista catalán ministro. Era Durán i Bas. Este nombramiento hizo que se dividiera el nacionalismo porque la izquierda catalanista no podía soportar una colaboración con el gobierno central.

 

 

Lliga Regionalista, 1901.

 

Y en 1901, se fusionaron Uniò Regionalista y Centre Nacional Catalá en Lliga Regionalista, creándose la gran alianza de los regionalistas catalanes presidida por Enrique Prat de la Riba. Lliga nació como un partido posibilista, de signo moderado, con militantes de clase media, conservador en materia social, pragmático en política. Fue apoyado por el periódico La Veu de Catalunya, es decir, por el sector financiero de Barcelona. Se le considera un partido burgués. Estuvieron en Lliga: Prat de la Riba, Cambó, Verdaguer, Carner…

En las elecciones generales a Cortes de 1901, los nacionalistas catalanes obtuvieron 4 parlamentarios en Barcelona, de un total de 7 que elegía esa provincia. Había sido un gran éxito de la Lliga. La Lliga había puesto interventores en las mesas electorales con instrucciones para que no se contabilizaran votos no emitidos y no se suprimiese ningún voto de los emitidos. Ello significaba hacer frente a los caciques, y demostró que, ante un control mínimo como éste, el caciquismo desaparecía sin más trámites ni resistencias especiales.

Este triunfo se explica porque el carlismo rural catalán empezaba a estar de acuerdo con los que pedían proteccionismo.

Las clases bajas obreras de Barcelona estaban siendo organizadas por el Partido Republicano de Alejandro Lerroux.

La Lliga se interesó entonces por captar a todos los empresarios que quisieran constituirse en un grupo de presión fuerte, que controlasen la economía, que dirigiesen consignas a los políticos, que organizasen la vida cultural catalana mediante cátedras y bibliotecas en las que se difundiese tanto el catalán como las ideas nacionalistas conservadoras. La Lliga aprovechó que los empresarios catalanes veían en todas partes, obsesivamente, “presiones ocultas para abolir las tarifas proteccionistas de Cánovas 1891” y que luchaban por aranceles más fuertes, como el que obtendrían en 1906.

Casualmente, el librecambismo había sido impuesto en 1869 por un catalán, Laureano Figuerola, y la lucha contra el librecambismo presentada como lucha contra el centralismo debería haber sonado a hueco. Pero los catalanes no lo percibieron así. Hasta la Iglesia catalana simpatizaba con los regionalistas argumentando en sus comunicados, que el paro obrero era consecuencia de la política librecambista de Madrid.

El catalanismo vivía en la contradicción de querer unir la derecha y la izquierda: Las alianzas entre burgueses industriales por un lado, y nacionalistas de izquierda eran muy inestables porque la base ideológica de cada grupo era contraria la una a la otra. Eran fáciles en los periodos preelectorales, porque de otro modo no ganarían las elecciones, pero chocaban con la realidad de tener programas diferentes en cuanto empezaban a gobernar.

La derecha representada por Cambó, burgués, quería tener Diputados y Ministros en Madrid que facilitasen sus aspiraciones legislativas, sobre todo para lograr un proteccionismo económico a su producción y a sus importaciones y exportaciones. Querían un puerto franco en Barcelona y unos privilegios fiscales. Y, si lograban suficientes diputados, siempre podían amenazar al Gobierno de Madrid con retirarle su apoyo si no se aprobaban sus leyes.

 

 

El Gobierno Silvela de 1903.

 

Francisco Silvela, el Presidente del Consejo de Ministros de España en la primera mitad de 1903, entendía que se podía eliminar el problema catalán con cierta facilidad. Entendía que el problema se reducía a unos pequeños grupos populistas, muy activos, a los que había que someter a la disciplina social. Trató de agradar a los burgueses catalanes dejándoles hacer mancomunidades de municipios y asociaciones de provincias y dándoles obispos y gobernadores catalanes. Esperaba que los burgueses catalanes se lo agradecieran y no fue así. Su ministro de Gobernación, Antonio Maura, pretendía potenciar el catalanismo moderado como medio de debilitar al republicanismo de Lerroux. Para este fin, para buscar una alianza entre conservadores españoles y nacionalistas moderados, hizo que el Rey visitase Barcelona en 1904, visita patrocinada por el Marqués de Comillas que había repartido dinero suficiente para que fuera un éxito. Durante la visita, la Lliga aprovechó para solicitar del Rey la autonomía de Cataluña.

Los catalanistas exigieron ser eximidos de los impuestos, que identificaban con imposiciones centralistas. Una interpretación más fácil era pensar que estaban pidiendo privilegios burgueses.

Desgraciadamente, los partidos políticos de la oposición al Gobierno Silvela hicieron causa común con los que se oponían a los nuevos impuestos, lo que no tenía más sentido para ellos que hacer acoso y derribo del Gobierno. La piña en contra de los impuestos forzó la dimisión de Silvela.

 

 

Centre Nacionalista Republicà.

 

En 1903, Lliga fue derrotada en las elecciones provinciales. Sólo obtuvieron 7 escaños y todos en Barcelona, mientras que el resto de las comarcas catalanas había votado a otros. Los liberales de clases medias votaron a Almirall (el cual murió en 1904).

Los acontecimientos terminaron con la ruptura nacionalista por separación de la izquierda que fundó el “Centre Nacionalista Republicá” (1904) del que se originará Esquerra Catalana. La Lliga representaba sólo a la derecha nacionalista.

Lliga siguió trabajando la difusión de sus ideas y en las elecciones generales a Cortes, obtuvo 5 escaños, uno de ellos en Gerona, y en 1905 obtendría 7 escaños, uno de ellos en Gerona, lo cual mejoraba los resultados de 1901.

La ruptura del bloque nacionalista catalán hizo que los conservadores perdieran votos y con ello las elecciones. El proyecto de Maura de favorecer el catalanismo moderado para perjudicar al republicanismo catalán, había fracasado.

 

 

Solidaritat Catalana.

 

En 1907, los catalanistas crearon Solidaritat Catalana. Era una coalición de catalanistas, republicanos y carlistas catalanes. Era una coalición extraña, pues los republicanos eran de izquierdas y los carlistas de derechas. Era una alianza circunstancial contra la Ley de Jurisdicciones de 1907, ley que otorgaba a los tribunales militares poderes para censurar a los periódicos. Los catalanistas dijeron que esa Ley se hacía “contra Cataluña”, llamaron a unirse a todos, y ello dio como resultado esa extraña coalición, casi imposible.

En las elecciones de 1907, obtuvieron 41 escaños de un total de de 44 que se elegían en las provincias catalanas. El éxito impresionó al Gobierno de Madrid hasta el punto de que Maura se comprometió a hacer una Ley de Administración Local que acabara con los problemas del caciquismo, la principal demanda de los catalanes.

A partir de ese momento, el principal dirigente de la Lliga, Francesc Cambó, destacó en las Cortes españolas. Desde el primer momento, Cambó se ofreció a Maura para colaborar en la elaboración de esa Ley de Administración Local que se había prometido. Ambos eran conservadores y ambos creían en la necesidad de una descentralización administrativa en forma de autonomía municipal y provincial. Ambos creían en el sufragio corporativo, en la defensa de los logros económicos conseguidos y en las políticas de industrialización y de modernización industrial.

Pero la Ley de Administración Local fue retenida en las Cortes y no avanzaba hacia su aprobación, por lo que Maura y Cambó acabaron riñendo.

 

 

La ápoca de Lliga en 1908-1917.

 

En 1908, la Lliga fue derrotada por el Partido Radical en Barcelona. Los del Partido Radical obtuvieron 3 escaños, y la Lliga sólo obtuvo 1 en Barcelona. El Partido Republicano Radical era un ente extraño, fundado por un demagogo, que decía oponerse a los patronos (al modo socialista) y a la represión del Estado (al modo anarquista), y que tuvo muchos seguidores durante algún tiempo entre los obreros catalanes.

En las elecciones municipales de 1909, los del Partido Radical tuvieron 11 escaños en Barcelona, los republicanos, regionalistas y nacionalistas de izquierda obtuvieron 8 escaños, y Lliga obtuvo 4. Estaba claro que Barcelona no era conservadora.

Entonces, Lliga tuvo una reacción interesante, pidió a Maura un Ministerio y la tramitación de la Ley de Administración Local, de forma que Lliga se reivindicara ante los suyos, y Maura ganara prestigio entre los suyos. Pero la Semana Trágica de julio de 1909 echó abajo todos los planes y no hubo reformas. Maura cayó a causa de ello.

Y en 1910, Lliga no tuvo tampoco éxito en las municipales, aunque obtuvo 9 diputados para las Cortes españolas.

Lliga trató de paliar el fracaso municipal aliándose con los carlistas y otros diputados de la derecha, con lo cual se convertían en la minoría más numerosa. Entonces, propusieron la Mancomunidad de las Provincias Catalanas, esto es, la unión administrativa de las cuatro provincias. El liberal José Canalejas, Presidente del Gobierno de España en 1910-1912, estaba dispuesto a conceder la Mancomunidad, cuando fue asesinado.

El Gobierno del Conde de Romanones se ocupó del tema de la Mancomunidad de Cataluña en 1913. Para ello, negoció con Lliga Regionalista, que era regionalista, y Esquerra Republicana, que era nacionalista. Aprobó la Mancomunidad, pero ello levantó un escándalo que rompió el Partido Liberal que sostenía al Gobierno de Romanones, y el Presidente del Gobierno dimitió. El Partido Liberal Fusionista se rompió para siempre.

La Mancomunidad de Cataluña no era una región autónoma, sino un organismo que coordinaría las administraciones de las cuatro provincias catalanas, con competencia para solicitar del Gobierno las atribuciones que le parecieran convenientes para Cataluña. El grupo dominante de la Mancomunidad era Lliga Catalana, porque este partido era fuerte en Lérida, Gerona y Tarragona. Desde entonces, manipuló las elecciones para que estas tres provincias citadas tuvieran más peso que Barcelona en la Asamblea de la Mancomunidad.

Las funciones de la Mancomunidad se politizaron muy rápidamente. La Lliga la utilizó para poner servicios locales en los pueblos y así ganarse los Ayuntamientos. Y en 1914, obtuvo 12 escaños de los 44 posibles, lo cual no fue un éxito. Tuvo más suerte en las nacionales, en las que obtuvo 5 escaños de los 13 posibles.

La Lliga pidió un puerto franco para Barcelona y la creación de una zona neutral entre el puerto y la ciudad, de modo que todos los barcos pudieran atracar en Barcelona libres de impuestos.

La Lliga pidió ayudas a la exportación con la excusa de que los seguros a la navegación eran muy caros durante la Gran Guerra de 1914-1918. Lo cierto es que los exportadores estaban ganando el dinero a montones, y no necesitaban esas subvenciones.

En 1916 hubo elecciones generales a Cortes. Lliga hizo campaña “Per Catalunya i l`Espanya gran”. Intentaba una gran coalición de todos los regionalistas españoles, vascos, gallegos y catalanes, lo cual les permitiera una reforma de la Constitución que contuviera las Autonomías. Decían que con ello, se conseguiría un mayor desarrollo de la economía española y Cataluña actuaría como locomotora de las demás regiones. La alianza no se consiguió. La Lliga obtuvo 13 escaños, subiendo uno respecto a 1914.

En 1916, el Ministro de Hacienda, Santiago Alba, planteó un programa de saneamiento financiero de la Hacienda Pública, teniendo en cuenta las muchas exportaciones que se estaban haciendo desde España y los precios altos que alcanzaban las mercancías exportadas. Creó puertos francos en Barcelona y Cádiz, y preparó proyectos de liberalización del comercio y la banca española, un plan de facilitar créditos y subsidios a las nuevas industrias que quisieran establecerse en España, y a los nuevos exportadores. También planteó la apertura de un banco exterior para facilitar la exportación, y un banco de crédito industrial para las industrias del interior. Era un plan muy serio y tomado con buen criterio. Pero Barcelona fue la primera en no colaborar con el plan de Alba. Argumentó que no veía ningún interés en crear focos de riqueza fuera de Cataluña, porque fracasarían. Lo que de verdad preocupaba a los catalanes, y por lo que se oponían a Santiago Alba, fue que éste proponía un impuesto extraordinario del 5% sobre los ingresos extraordinarios imputables a la guerra, lo cual permitiría sanear Hacienda, y constituir un fondo sobre el que pedir créditos extraordinarios para las muchas necesidades del desarrollo español. El plan no era malo, si juzgamos que poco después lo copiaron Gran Bretaña y Estados Unidos. Pero a las protestas de Cataluña se sumaron las del País Vasco, las dos regiones ricas que exportaban textiles y mineral de hierro y productos férricos respectivamente. Se demostraba en la práctica, que las regiones no tenían sentido de España, sino de catalanismo y de vasquismo. Fue la pérdida de una gran oportunidad.

En 1917, apareció en Barcelona la Junta Militar constituida por oficiales de grado medio.

Cayó un Gobierno y, en seguida, otro.

Cambó y Lliga convocaron Asamblea de Parlamentarios en Barcelona, una medida completamente ilegal e inconstitucional. Esta Asamblea de Parlamentarios se reunió a fines de julio de 1917 para pedir la reforma de la Constitución. Asistieron 56 diputados, de los cuales 34 eran catalanes. No consiguieron levantamientos en toda España, como pretendían, y fue clausurada sin mayores complicaciones.

En 1917, perdida toda esperanza de avanzar en el proceso de autonomía, Cambó pactó con Marcelino Domingo (UGT), Alejandro Lerroux (republicanos), y el coronel Márquez (ejército) y se lanzó a la revolución que debía acabar con los Gobiernos burgueses españoles. Dato, en medio de la confusión generalizada, no perdió el norte y le envió inmediatamente al ejército español, y Cambó fracasó.

Los socialistas convocaron huelga general, la primera en España.

El fracaso de Lliga supuso para Lliga la amenaza de la izquierda.

En 1917, murió Prat de la Riba. Cambó se quedó solo al frente de Lliga Regionalista.

 

 

El catalanismo después de 1917.

 

En noviembre de 1917, García Prieto intentó una coalición que sacara adelante la situación española. Lliga se ofreció a colaborar y Juan Ventosa, de Lliga, fue Ministro de Hacienda, mientras Felipe Rodés, de Esquerra, fue Ministro de Instrucción Pública.

Lliga intentó una posición fuerte en el Gobierno de España para intentar la coalición de los regionalistas españoles de cara a las elecciones de 1918, en las que se proponían obtener una centena de diputados. Pero la realidad fue que sólo obtuvieron 21 escaños en Cataluña, de los 44 posibles. Los partidos se estaban atomizando en toda España y era imposible organizar mayorías de Gobierno.

Antonio Maura organizó un Gobierno de Notables en el que Cambó fue Ministro de Hacienda. El Gobierno duró ocho meses, durante los cuales, Cambó intentó nacionalizar los ferrocarriles y hacer obras públicas, pero casi todo se quedó en proyectos pues el Gobierno cayó demasiado pronto.

El nuevo líder catalanista sería Francésc Maciá.

En noviembre de 1918 se acabó la Gran Guerra, y con ello se anunciaba el fin de la bicoca de las exportaciones ilimitadas a precios altos, lo cual todavía perduró dos años, hasta la recuperación de los países beligerantes.

En noviembre de 1918, la Mancomunidad preparó un Proyecto de Estatuto de Autonomía para Cataluña, el cual dejaba al Estado español las competencias de asuntos exteriores, ejército, aduanas, leyes penales y mercantiles y legislación social general (casi igual que el Estatuto de 1932 y el Estatuto de 1979). Entonces, la Lliga consiguió el apoyo de muchos partidos catalanes y se originó el Bloque Catalanista.

En diciembre de 1918, los catalanes fueron mucho más allá: Esquerra pidió la intervención en España de las potencias extranjeras para reconsiderar la división territorial en Estados diferentes. Era el momento en que Romanones formaba Gobierno. El asunto preocupaba a las Cortes y al Rey. Romanones formó una Comisión Extraparlamentaria para preparar un Estatuto de Autonomía de Cataluña, antes de que las cosas evolucionasen a peor. Entonces se reunieron los alcaldes de Castilla-León y también pidieron descentralización y autonomía para el resto de regiones españolas, y no sólo para Cataluña. El Proyecto de Estatuto de Autonomía de Romanones fue rechazado por los catalanistas.

Algunos integrantes de Esquerra cambiaron de pensamiento y se pasaron a Partit Republicá Catalá. Repudiaban cualquier limitación a la autonomía integral de Cataluña y no aceptaban el Estatuto de Romanones. La razón que esgrimían era de tipo irracional y muy radical: “porque venía de Madrid”. Decían que sólo admitirían un Estatuto redactado y aprobado por los catalanes.

En enero de 1919, 1.046 municipios de Cataluña (había 1.072) expresaron su acuerdo con el proyecto de la Mancomunidad: una autonomía dentro de España. Pero Cambó y la Lliga no se atrevieron a enfrentarse al Bloque Catalanista, muy activo en las calles, y declararon que estaban dispuestos a transigir con el Bloque Catalanista. En febrero de 1919, los catalanes rechazaron el Estatuto de Autonomía que les ofrecía el Gobierno de España, y optaron por la confrontación y el abandono del diálogo. Incluso abandonaron las Cortes españolas. Estaban dispuestos al enfrentamiento total e incluso pensaban que les vendría bien la violencia, la guerra. Su postura fue denominada “totorresisme” una palabra complicada que deriva de “tot o res”, todo o nada. La razón de esta postura violenta era la siguiente:

En 1920, Woodrow Wilson ayudó a todas las nacionalidades que quisieron separarse de sus Estados respectivos. Se refería a las nacionalidades del Imperio Austrohúngaro. Los catalanes y vascos vieron en ello su gran oportunidad. Habían estado en el congreso de las pequeñas nacionalidades celebrado en Lausana en 1916. Además, muchos catalanes habían estado en la Legión Extranjera francesa y algunos habían muerto. Los muertos serían utilizados como moneda para comprar la independencia de Cataluña.

Pero los catalanistas perdieron su momento porque las potencias no estaban por resolver su problema, sino otros problemas de Europa. Y mientras tanto, sobrevino una intensa lucha callejera, protagonizada por CNT contra los patronos. El nacionalismo pasó a un segundo plano. Y otro tanto ocurrió en el País Vasco.

Todos habían visto la idoneidad del momento. Un momento de gran descontento social porque los precios habían subido mucho en 1916-1920, y los salarios ni la mitad que los precios, porque había escasez de alimentos y se pasaba hambre, porque España tenía un conflicto en Marruecos, porque el Partido Moderado estaba roto y en lucha interna, porque el Partido Liberal Fusionista se podía dar por desaparecido en medio de la lucha entre facciones, y porque en Europa estaban apareciendo naciones nuevas en los Balcanes.

Pero los empresarios catalanes y la Lliga se dieron cuenta de la gravedad de lo que estaban haciendo, de que estaban entregando Cataluña a los revolucionarios, lo que podía dar lugar a sistemas comunistas o anarquistas, lo cual les llevaría a desaparecer. Entonces, dieron marcha atrás en sus alianzas con los catalanistas independentistas y establecieron conversaciones con el Estado español con el fin de que fueran protegidos los intereses económicos catalanes.

En 1919 Lliga tuvo 13 escaños en las Cortes.

En febrero de 1920, Lliga tenía 14 concejales en Barcelona, de un total de 26. Lliga era dirigida por un grupo de hombres de edad madura, de clase media alta, y su líder, Cambó, era un moderado, cada vez más moderado y más práctico. Los revolucionarios independentistas eran los jóvenes. El futuro era incierto para Lliga.

En 1922-1923, se reorganizó la política nacionalista catalana porque algunos jóvenes pertenecientes a Lliga se cansaron de los viejos moderados de su mismo partido. Les acusaban de haber perdido el entusiasmo nacionalista. En junio de 1922, estos jóvenes formaron Acció Catalana, llamada “la lligueta” porque provenía de los jovencitos de Lliga. Se negaban a seguir colaborando con el Gobierno de Madrid porque Madrid no les concedía la autonomía plena. El concepto de autonomía plena estaba sin definir, y podía equivaler a independencia.

En la izquierda de Acció Catalana, surgió un grupo republicano-nacionalista que se llamó Federació Democrática Nacionalista, y era liderado por Francesc Macià. Macià era un coronel retirado. Sus seguidores eran poquísimos pero representaban el “arrauxament”, la furia extrema. Maciá era alto, de edad madura, pelo blanco, rostro cadavérico. Era un gran terrateniente de Lérida que había abandonado el ejército para entregarse en cuerpo y alma al nacionalismo, era un fanático. Llegó a decir que el catalanismo era la democracia y el progreso. Ya se advierte en esta postura, que Macià era un hombre poco culto.

En 1923, Rafael Campalans, Gabriel Alonar, y otros, crearon Unió Socialista de Catalunya, un partido obrero y catalanista, de ideología socialdemócrata. Pero no tuvieron éxito porque los obreros de Barcelona estaban en CNT. El Partido Socialista de Catalunya se fue radicalizando progresivamente, y en 1936 adoptó el leninismo y acabó siendo Partido Socialista Unificado de Cataluña, un partido comunista.

Hay autores que piensan que tanto Acció Catalana, como Federació Democrática, y Unió Socialista, fueron partidos fundados para la campaña comunista leninista, de crear partidos obreros y luego sumarlos al PC. Fueron algunos de los fracasos de Lenin.

En abril de 1923 hubo elecciones a Cortes. La Lliga las preparó bien y obtuvo 18 diputados. En la campaña se vio que el campo de batalla entre las agrupaciones de jóvenes radicales independentistas y Lliga, eran las clases medias.

En junio de 1923 hubo elecciones provinciales catalanas. En este caso, Lliga pensó ganar fácilmente, pero se equivocó. Acció Catalana sobrepasó en votos a Lliga y Lliga quedó con una mayoría muy corta de diputados. Maciá, que también estaba progresando en resultados electorales, se sumó a Acció Catalana. La explicación del progreso de los radicales independentistas fue que hicieron campaña “ad hominem”, atacando personalmente a cada candidato de Lliga. Por ejemplo, de Cambó decían que se había vendido a los españoles. Estaban jugando a la violencia extrema, y ello les daba resultados electorales.

En la Asamblea de la Mancomunidad, Lliga tenía 27 escaños, los republicanos 15, y Acció Catalana 11 escaños. La suma de las minorías podía bloquear el Gobierno de Lliga. La sensación dentro de Lliga era de desastre, de derrota estrepitosa. Hasta Cambó dijo que se retiraba de la política porque no quería ser un lastre para Lliga.

Tres meses después, sobrevino el golpe de Primo de Rivera, y los partidos fueron cerrados y la Mancomunidad Catalana disuelta.

 

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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