MARXISMO Y ANARQUISMO

 

Conceptos clave: socialismo, marxismo, anarquismo, teorías de la violencia.

 

 

      EL SOCIALISMO COMO CRÍTICA DEL LIBERALISMO.

 

Junto a la corriente democrática liberal, crítica del liberalismo conservador y programa de reformas necesarias dentro del mismo, surgieron casi al mismo tiempo otras dos corrientes políticas, la socialista y la nacionalista, que eran críticas aún más duras hacia el liberalismo conservador imperante a mediados del XIX. Ambas se basaban, en el fondo, en la inmoralidad del sistema burgués y la necesidad de sustituirlo por otra serie de valores y sistemas políticos inexplorados. Los tres sistemas, liberalismo, socialismo y anarquismo, acabaron siendo enemigos entre sí. Frente al malfuncionamiento del sistema liberal, en manos de los burgueses, no se plantearon que había que perfeccionar el sistema liberal y acabar con la corrupción burguesa, sino que dieron un salto en la lógica, y dijeron que, además de echar abajo los gobiernos burgueses, había que eliminar el sistema liberal. Creían en el elemento irracional de que el sistema liberal burgués era la encarnación del mal, y no tenía arreglo ninguno, y creían en que sus sistemas ideológicos y políticos socialistas o nacionalistas eran el bien por definición, la moralidad misma. Reducido al pensamiento más sencillo posible, afirmaban que los sistemas de los ricos eran inmorales y los de los pobres, morales por definición. Por esta irracionalidad, el socialismo antiliberal es en sí mismo una utopía, porque prescindir de dos siglos de pensamiento y esfuerzos de la cultura occidental, para simplemente afirmar, con rotundidad y sin posible comprobación racional ninguna, que su sistema era mejor y mucho más moral, estaba en el campo de lo deseable por los socialistas, pero no en la realidad comprobable. Más tarde, las experiencias socialistas demostrarán que el socialismo es susceptible de ser tan corrupto e inmoral como cualquier otro sistema político. Y surgirá el socialismo democrático, la socialdemocracia, que admite el liberalismo como un progreso político, pero que se debe mejorar desde un punto de vista socialista. Ello tendrá lugar en los últimos años del siglo XIX.

La expresión “socialismo” es una idea general que responde a múltiples sistemas socialistas diferentes e incluso contradictorios. Hay muchos socialismos. Los más importantes en la segunda mitad del XIX fueron el marxismo y el anarquismo. Aunque ambos, marxismo y anarquismo, eran enemigos del Estado burgués y se creían aliados de trinchera antes de 1872, eran completamente diferentes e incluso enemigos. El socialismo marxista reemplazaba el Estado burgués por un Estado de los trabajadores. El socialismo anarquista simplemente destruía el Estado, porque creía en la bondad natural del hombre, en que la moralidad prevalecería una vez desaparecido el leviatán del Estado.

 

 

Grupos socialistas en España a fines del XIX.

 

En 1868-1873, podemos constatar en España tres grupos de socialistas: primero, los utópicos seguidores de Fourier, Saint Simon y Cabet, los cuales estaban ya pasados de moda y correspondían a una época ya superada, pues eran más de mediados de siglo XIX, que de finales de siglo. En segundo lugar, otros socialistas utópicos asociados a republicanos unitarios o a republicanos federales, que podemos calificar de izquierda laica, porque tenían muy poca doctrina socialista, entre los que destacaban los seguidores de Proudhon, actualizados en 1868. Y la tercera tendencia, minoritaria respecto a las anteriores, serían los internacionalistas, sin precisar todavía si eran marxistas o anarquistas, lo cual se sabrá a partir de 1872.

Proudhon había sido introducido en España por Pi i Margall. Pi, en 1849 se había mostrado demócrata, en 1854 socialista utópico en el momento en que escribió La Reacción y la Revolución, federalista republicano en 1873 siguiendo una teoría que todavía no había madurado, y tras la publicación de La República de 1873, podemos verle como anarquista algunas veces a partir de 1874. En 1876 escribió Las Nacionalidades concretando por fin la idea de su federalismo pimargaliano, bastante difusa hasta entonces. Pero ya nadie estaba en los problemas federales de Pi en 1876. Pi i Margall no podía ser aceptado, porque los únicos que podían hacerlo eran los republicanos y los anarquistas, y ninguno de los dos grupos estaba en condiciones de hacerlo en 1876. Ocurría que, cuando el republicanismo estuvo en auge en 1868-1873, Pi no supo explicar sus modelos políticos, y ya en 1876, cuando el anarquismo español estaba en auge y proponía conseguir la sociedad anarquista por la vía de la violencia, Pi proponía una lenta evolución hacia el anarquismo, o hacia el federalismo, no está muy claro en los nuevos escritos de Pi. El anarquismo evolucionó hacia la propaganda de los hechos y la acción directa, que eran sistemas basados en la práctica del sabotaje. Ello era incompatible con la petición de Pi de hacer unos planteamientos pacíficos y serenos. Pi acabó aislado políticamente, porque ni era aceptado en la globalidad de España, ni en su propia región catalana.

 

 

Marxismo.

 

El socialismo marxista, creyendo que el desarrollo económico y social, generado por la burguesía, estaba en grave peligro al final de la primera revolución industrial, definió el socialismo como el desarrollo de las fuerzas productivas y cambio en las relaciones de producción a un nivel que permitiera su control democrático por la mayoría de las personas, de forma que fuera posible un reparto justo del trabajo y de los beneficios que éste genera, cosa que, según su criterio, los burgueses no estaban dispuestos a hacer, e indefectiblemente debía hacer el Estado, un Estado mucho más justo que el burgués, el Estado comunista. Como el Estado comunista estaría en manos de todos los ciudadanos, sería imposible que los burgueses se adueñaran de él, además de que la clase burguesa sería erradicada. En medio de este razonamiento, que terminaba en una profecía, eliminaban el liberalismo, pues decían que todo liberalismo era burgués. El razonamiento es utópico pues es imposible que el Estado esté en manos de todos los ciudadanos. Siempre se necesitará una minoría dirigente. La profecía de la erradicación de la burguesía, es de dudoso cumplimiento, pues lo racional es pensar que surgirá una nueva burguesía, con características diferentes, pero dueña de los resortes económicos de cada país, se hable de socialismos o de comunismos, o de fascismos. No había ninguna razón para eliminar el liberalismo, salvo la acusación de que se había corrompido en manos de los burgueses. Pero la conclusión de que debía ser sustituido por un comunismo, era irracional, y con el mismo valor argumental, podían haber concluido que se debía imponer un Estado dogmático religioso teocrático, un Estado esclavista donde todos fueran iguales en la esclavitud, o cualquier otra ocurrencia. Si razonamos que algo que tiene un defecto grave debe ser sustituido y eliminado, deberíamos eliminar muchas cosas, y llegaríamos al absurdo. Incluso estaríamos justificando las purificaciones hitlerianas de la raza. Y los mitos ya milenarios de que un día desaparecerán los ricos, y desaparecerán los pobres, son irracionalidades no constatables jamás por la historia. Cuando el Imperio Romano y el Imperio Chino lograron un nivel de vida aceptable, llegaron “los bárbaros del Norte”, hordas de pobres que acabaron con el imperio romano de occidente. Cuando Estados Unidos y Europa consiguieron un nivel de vida aceptable, llegaron los “bárbaros del Sur”, hispanos en un caso, africanos, hispanoamericanos y europeos del Este en el otro. Es un problema más a resolver, y si no se hace adecuadamente, ya vemos lo que sucedió en el Imperio romano.

La razón para decidir eliminar algo debe estar muy justificada y razonada. Razonar es lo que trató de hacer Marx. Por eso, llamó a su teoría Socialismo científico.

Karl Marx creía que la acumulación creciente de riqueza en manos de unos pocos, junto al empobrecimiento progresivo de los más, cosa que estaban provocando tanto la inmoralidad en el liberalismo, como la evolución de la revolución industrial de su época, llevaba al fracaso general del sistema económico mundial. La idea teórica de que exista un solo productor-vendedor, conlleva la desaparición de la masa de compradores, y el fracaso del sistema entero. A esta idea la llamamos “Ley de la Miseria Creciente”. La solución, según Marx, era el reparto más justo del trabajo, el castigo a los que no colaboran en el esfuerzo social (tanto burgueses como lumpen-proletariado), y el reparto equitativo de los frutos del trabajo, para lo cual era preciso que un Estado de los trabajadores se hiciera cargo de ambas funciones, en lo que provisionalmente sería la “dictadura del proletariado” hasta conseguir la transformación social y económica total, un nuevo “modo de producción”, el socialista, que acabaría con el modo de producción burgués, como éste había acabado anteriormente con el modo de producción feudal.

Marx pensaba que el lumpen era el peor enemigo de la sociedad, peor incluso que los capitalistas. Lumpen-proletariado es el sector social que no se integra en la sociedad en que vive, y puesto que la mayor realidad de la vida es el trabajo, que es la colaboración personal en el esfuerzo común, lumpen es el individuo que vive en la marginalidad y se niega a trabajar. No son los que no trabajan porque no pueden, sino los que no están dispuestos a trabajar. No son todos los parados, pero sí la mayoría de los ni-nis. Algunos socialismos sin embargo, basarán su fuerza en este lumpen, lo cual es antimarxismo, por muchas veces que lo nieguen y por muchas veces que afirmen lo contrario los interesados. Marxismo sería el Estado de los trabajadores, no el del lumpen. De ahí que Marx llegase a comentar que él no era marxista. Incluso sería conveniente reflexionar sobre el hecho de que los ni-nis se dediquen a la política y a vivir de ello, de lo cual encontramos ejemplos en todos los partidos de todas las ideologías. No vale el argumento que con su dedicación a la política ya hacen algo, porque es equívoco, y permite que muchos se dediquen a la política, partidos y sindicatos, para vivir sin trabajar. Las organizaciones socialistas están trufadas por el lumpen, al igual que las organizaciones liberales, nacionalistas y de cualquier otro tipo.

 

 

El Anarquismo.

 

El anarquismo, que también creía en la catástrofe del capitalismo, decía que los males estaban en el propio Estado, y éste debía ser sustituido por asambleas libres de trabajadores para lograr extender los derechos humanos a todos los hombres.

Mijail Bakunin pensaba que el mal estaba en los sistemas y no en los hombres. Los sistemas, económicos, políticos, religiosos… corrompían al hombre. Los sistemas creaban posibilidades de abuso y toda posibilidad de abuso era aprovechada por los que se hallaban en situación favorable para hacerlo. No cabía sino la desaparición de esas situaciones de privilegio, tales como el Estado, la Iglesia, la ciudad, la gran fábrica, todas las organizaciones no libremente adoptadas por el individuo o sin posibilidades de rescisión de la decisión de afiliarse a ellas. A su teoría la llamaba “socialismo libertario”, pero fue más conocida como anarquismo.

 

 

Bakunin y Marx.

 

Marx y Bakunin pensaron ir juntos contra el capitalismo y se aliaron en la Asociación Internacional de Trabajadores AIT de Londres 1864, pero sus ideas eran contrarias y de imposible convivencia, pues Marx creía en una autoridad fuerte y una disciplina de partido capaz de luchar contra el capitalismo y contra los Gobiernos burgueses, mientras Bakunin pensaba en la destrucción de toda autoridad, incluida la marxista. Bakunin no quería elecciones, ni partidos políticos, ni jefe de la AIT, ni Comité Permanente de la AIT. En 1871, la AIT se ilegalizó en Francia, debido a los sucesos de La Comuna. La ruptura entre Marx y Bakunin se produjo hacia 1872, fecha del Congreso de La Haya. Y los anarquistas eran mayoría respecto a los marxistas, siendo sus núcleos más numerosos los rusos, suizos, italianos y españoles.

 

 

Llegada del Socialismo a España.

 

José Mesa Leompart, 1831-1904, había traducido parcialmente el Manifiesto Comunista, El Capital, y el Manifiesto Inaugural del Congreso Internacional de Londres 1864. Pero esas traducciones apenas fueron divulgadas. Mesa era un periodista republicano, hasta que en marzo-mayo de 1871 se decepcionó ante los sucesos de la Comuna y se mostró partidario de los marxistas, ante una mayoría anarquista representada por la maestra Guillermina Rojas Orgis y el tipógrafo Anselmo Lorenzo Asperilla.

En el I Congreso AIT celebrado en Ginebra en septiembre de 1866 no estuvo presente ningún español. Paul Lafargue, un cubano, fue nombrado “Secretario para los Asuntos de España”. El socialismo marxista español fue obra de Paul Lafargue y de su esposa Laura Marx, hija de Carlos Marx. Ambos escribían en La Emancipación, periódico de Madrid. Convencieron a José Mesa, Francisco Mora, Ángel Mora y Pablo Iglesias Posse.   Lafargue tradujo para ellos El Manifiesto Comunista, pero no se editó para el gran público, sino que se distribuyó entre la minoría socialista. En España en general, se siguió desconociendo la existencia del Manifiesto durante algún tiempo.

Las teorías de Marx y Engels llegaron tardíamente a España y ya, antes de que se explicaran en España, los españoles habían elegido a Bakunin. Pero es que además, los españoles mezclaron ideas de los utópicos con ideas del marxismo y realizaron una mezcolanza extraña. Era normal, pues casi hasta final del XIX, en España había pocos conocimientos sobre el marxismo y pocos conocimientos de idiomas para informarse. (Para una más amplia información, entrar en 19.15.14. Socialismo Utópico hasta 1868).

En el II Congreso AIT celebrado en Lausana en septiembre de 1867, no hubo tampoco españoles. De los 72 delegados asistentes, 37 eran suizos y 20 franceses. Era un Congreso importante porque los patronos estaban reaccionando contra el asociacionismo obrero, y pedían la disolución de las asociaciones obreras, y manifestaban la necesidad de obreros independientes que negociaran con ellos individualmente. Querían que los obreros pagasen las herramientas que usaban en el trabajo, y que no pudiesen tener dos trabajos simultáneamente. El Congreso de Lausana, ante la desigualdad de condiciones que reclamaban los patronos, afirmó la necesidad del asociacionismo obrero y la exigencia de que el progreso que significaban las máquinas no se tradujera íntegramente en beneficio del patrono, sino también en mejoras de las condiciones salariales y de trabajo de los obreros.

En el III Congreso AIT, celebrado en Bruselas en 1868, el español Antonio Marsal Anglora, alias Sarro Magallán, asistió a título personal.

En 1868, llegó a España Giuseppe Fanelli, un directivo anarquista. Se presentó en Barcelona como delegado de la Internacional de Trabajadores. En noviembre, fundó “Centro Federal de Sociedades Obreras”, cuyo líder español fue Rafael Farga Pellicer.

En el IV Congreso AIT, celebrado en Basilea en 1869, estuvieron como delegados españoles el médico Gaspar Sentiñón, y el tipógrafo Rafael Lafarga Pellicer.

Existía en Madrid un grupo de tipógrafos que se decía partidario de utilizar la autoridad de modo que hubiera coherencia de actuación de los trabajadores, en contra de los bakuninistas que se decían asamblearios y partidarios de ejecutar en cada momento lo que decidiera la mayoría. En 1870, Pablo Iglesias había sido elegido Delegado en el Consejo Madrileño de la AIT, uno de los tres delegados que la formaban,

Paul Lafargue escribió varios artículos en La Emancipación, periódico del marxista José Mesa Leompart. En torno a La Emancipación, se formó un grupo socialista conocido precisamente por el periódico que editaban.

El aliancista Tomás García Morago le contestó a Lafargue, en El Condenado, y propuso expulsar de la Federación Madrileña a los marxistas, acusándoles de autoritarios. La propuesta fue presentada al Congreso de Zaragoza.

En 1870, se celebró en Barcelona el I Congreso Obrero de la Sección Española de la AIT. Asistieron a él anarquistas, socialistas marxistas y socialistas utópicos. Allí se establecieron los objetivos sindicales de conseguir mejoras para los obreros y se pidió la socialización de la propiedad. También se decidió que el camino para conseguirlo era la revolución política y el internacionalismo.

En 1870, Fernando Garrido Tortosa, un líder español de los socialistas, los republicanos y los demócratas, apostó por la participación de los obreros en las elecciones y rechazó el apoliticismo que predicaban muchos socialistas españoles. Con ello, estaba dando la razón a Marx y se ponía en contra a todo el anarquismo. Prometió un debate con los anarquistas, que nunca se hizo. Llevó a Madrid a Giuseppe Fanelli, el fundador del anarquismo español, pero los anarquistas no le perdonaron por ello sus ataques a la teoría anarquista. El marxismo ganaba con ello una buena baza política en España.

Fernando Garrido Tortosa 1821-1883, es el caso de revolucionario español neto, que prácticamente no hizo otra cosa en su vida: nacido en Cartagena, su familia se trasladó a Cádiz en 1837, y entonces quiso ser pintor, como actividad secundaria. En 1840, estuvo en el grupo socialista utópico de Joaquín Abreu. En 1841, empezó a escribir en periódicos como La Estrella, La Caricatura, El Infierno, y otros de Cádiz. Luego se trasladó a Madrid, y en 1846 inició la revista La Atracción, que sólo duró tres meses, pero fue importante para él porque conoció a Sixto Cámara, su amigo, a José Ordax Avecilla, a Federico Carlos Beltrán y a otros demócratas, y leyó cosas de Mazzini y Garibaldi. Abrió luego la revista La Organización del Trabajo para difundir ideas de Fourier, pero Narváez se la cerró. Entonces abrió El Eco de la Juventud, y luego La Asociación, y luego diversos folletos que eran más difíciles de anular. Por uno de estos folletos, “Defensa del Socialismo”, fue encarcelado en Saladero durante 14 meses. Saladero era el nombre popular de la Cárcel de la Villa de Madrid, situada en la Plaza de Santa Bárbara, al norte de la calle Hortaleza, y se llamaba Saladero porque había sido saladero de tocino originalmente (la cárcel cerró en 1884). Garrido se expatrió a Londres hasta 1854, y allí conoció a diversos líderes europeos del socialismo. Nada más volver a España, emitió un folleto en el que defendía la ilicitud de la Reina Isabel II, motivo por el cual proponía a Espartero como Jefe del Estado, y volvió a Saladero. Fue defendido por Emilio Castelar, el cual consiguió su absolución. Emprendió, junto a Antonio Ignacio Cervera, el periódico Las Barricadas, del que publicó 18 números y tuvo 18 denuncias, pero fue absuelto todas las veces. Otros periódicos en los que intervino fueron: La Voz del Pueblo, La Democracia. También hizo el folleto La República Democrática Universal, Lérida 1855, y La Democracia y sus Adversarios, y huyó a Lisboa en 1860. Se interesó entonces por la polémica entre Castelar y Pi i Margall. Garrido defendió que el socialismo no tenía por qué destruir al liberalismo ni a la democracia, sino que era su continuación. Fue acusado de organizar una conspiración, en la que participó y murió su amigo Sixto Cámara, pero no se pudo probar. En Barcelona escribió teatro y una biografía de Sixto Cámara, todo con ánimo de exaltar a los españoles, y huyó a París y a Londres cuando supo que se le acusaba de haber escrito folletos comprometedores contra Isabel II. En el exilio, escribió La Democracia y el Socialismo, en el que Mazzini le puso un prólogo, y la España Contemporánea, 1865-1867, que fue traducido al español, alemán, danés, polaco y ruso. En 1863-1866, publicó “Historia de las Persecuciones Políticas y religiosas desde los tiempos antiguos hasta nuestros días en todos los países de Europa”, en 1864 publicó Historia de las Asociaciones Obreras en Europa, y en 1867 Historia de los Crímenes del Despotismo, y La Humanidad y sus Progresos. En estas publicaciones firmaba como Alfonso Torres Castilla. Por el último libro citado fue excomulgado. En 1868 se trasladó a Madrid y publicó El Nuevo Rey de España, mientras en Barcelona se publicaba Historia del Reinado del Último Borbón, 1868-1870. En 1870, escribió Historia de las Clases Trabajadoras. Y en 1871, publicó el diario La Revolución Social, por el que fue de nuevo llevado a Saladero. Por tanto, en 1870, Garrido era suficientemente conocido en toda España como revolucionario, cuando apostó por el marxismo.

Más tarde, Garrido marchó a Portugal y regresó en tiempos de Amadeo, durante el Gobierno de Ruiz Zorrilla. Se mostraba republicano federal, pero la República de 1873 le hizo Intendente General de Filipinas, y le puso lo más lejos posible de Madrid. Regresó a Cádiz en 1874 y pasó a Lisboa donde aparecía como pintor. El Gobierno portugués le expulsó, y Garrido se escondió en Oporto hasta poder marcharse a París. Regresó a España en 1879 y siguió con su prolija obra de publicaciones: hizo el folleto La Cooperación, y La Restauración Teocrática, y La Revolución en la Hacienda del Estado, de las Provincias y de los Municipios, y Pobres Jesuitas. Era evidentemente demasiado prolífico, pero hay que decir que no ponía demasiado cuidado en las publicaciones y que repetía una y otra vez las mismas cosas casi con las mismas palabras. Y que, en el fondo, Garrido era un burgués, incapaz de vivir de su propio trabajo.

 

 

La disyuntiva entre marxismo y anarquismo.

 

En 1871, de marzo a mayo, durante el reinado de Amadeo I, tuvo lugar la Comuna de París.

En la Conferencia AIT de Londres de septiembre de 1871, estuvo al español Anselmo Lorenzo Asperilla, un hombre que todavía confundía el marxismo con el anarquismo, fue entrevistado por Marx, el cual le dio una lección de cultura española. Anselmo Lorenzo nació en 1841 y murió en 1914. Anselmo volvió confundido a España. Optó por el anarquismo el resto de su vida. Los marxistas culparon a Bakunin de la desunión del socialismo, de sectarismo, por no haber disuelto su “Alianza de la Democracia Socialista” tras su ingreso en la AIT. Era un motivo secundario, una cuestión formal, pues el problema de fondo consistía en que los marxistas querían participar en política y ganar el poder para, desde él, poder cambiar la sociedad, mientras los anarquistas renunciaban a participar en la política burguesa como signo de identidad de su ideología y esperaban una gran revolución de las masas.

Anselmo Lorenzo volvió escandalizado de la conferencia de Londres de septiembre de 1871, y contaba que, o Bakunin, o Marx, uno de los dos, era infame, pues discutían, se contradecían el uno al otro e incluso se insultaban. Y optó por Bakunin. El suizo Adhémar Schwitzguebel y el belga Joseph Nicolas de Moulin, dijeron que el culpable en esa desavenencia entre revolucionarios era Marx, porque se había mostrado autoritario, y entonces, la mayoría de los españoles se pasó al anarquismo, es decir a Bakunin.

En noviembre de 1871 se prohibieron en España las reuniones de obreros, las huelgas y los periódicos de las organizaciones que llamaban a la huelga y la insurrección. La AIT fue ilegalizada.

Pero el anarquismo no resultó una corriente monolítica, sino que, por sus propios planteamientos de base, estaba llamada a la división y el enfrentamiento interno:

De Paepe en Bélgica, admitía la idea de que el Estado debía subsistir como organizador de los servicios públicos, aunque se cambiase en todo lo demás.

Los italianos lanzaron teorías de destrucción completa del Estado y reorganización federalista de los obreros en un anarcocomunismo, que sustituiría al Estado. En concreto, Errico Malatesta fue un anarquista muy radical.

Anselmo Lorenzo, se inclinó por el anarquismo, se enfrentó enseguida a la marxista Lafargue, y en el Congreso de la Federación Regional Española, celebrado en Zaragoza en abril de 1872, la mayoría de los españoles se pronunció por el anarquismo: 9 federaciones se declararon marxistas, y 70 federaciones, bakuninistas. Anselmo Lorenzo y Paul Lafargue escribieron en 1872 El Dictamen sobre la Propiedad, y lo presentaron en el Congreso de Zaragoza.

El Congreso de Zaragoza no aprobó la expulsión de los marxistas de la Federación Española. No obstante, Tomás García Morago siguió trabajando en la misma dirección y logró en junio de 1872 que el Consejo Federal expulsase a los marxistas. Los expulsados eran: Francisco Mora, Ángel Mora, Pablo Iglesias, Valentín Sáez, José Mesa, Víctor Pagés, Hipólito Pauly, Inocente Calleja y Luis Cantillón.

Anselmo Lorenzo, el líder anarquista español más importante hasta ese momento, viendo que los internacionalistas eran pocos y enfrentados entre sí, dimitió de su cargo en el Consejo Federal.

El 8 de julio de 1872, los expulsados crearon Nueva Federación Madrileña e inmediatamente, en agosto, recibieron el apoyo del Consejo General de la AIT dominado por Marx. En septiembre, asistieron al Congreso de La Haya de la AIT, el cual expulsó a los anarquistas, que se fueron a Saint Imier y se organizaron al margen de los marxistas.

Los marxistas españoles trataron de crear un nuevo Consejo Federal de las Regiones de España, pero fue imposible porque no encontraron apoyos fuera de Madrid.

En 1872, en el Congreso AIT de La Haya, se expulsó a Bakunin y a James Guillaume de la AIT. Entonces, firmaron una declaración de disconformidad Giuseppe Fanelli y Errico Malatesta, que se fueron con los bakuninistas.

En 1872, los españoles habían enviado al Congreso AIT de La Haya a seis delegados: al francés nacido en Cuba Paul Lafargue, a José Mesa (representantes de Nueva Federación Madrileña), al profesor francés emigrado a Barcelona Charles Alerini[1], al sacerdote sevillano Nicolás Alonso Marselau[2], al grabador madrileño Tomás González Morago[3], y al pintor y tipógrafo catalán Rafael Farga Pellicer, alias Justo Pastor de Pellico, que ya había estado en 1869 en el IV Congreso. Sólo el primero era marxista. Los españoles pidieron que cada delegación tuviera votos en relación con el número de militantes de que disponía, lo cual daría mayoría a los anarquistas, pero Marx se negó a cambiar el sistema de votación, en el que tenía él la mayoría. Entonces, los españoles decidieron no votar en ese Congreso.

Tras este Congreso de La Haya, el Consejo General de la AIT dirigido por Marx se trasladó a New York. Y la situación en Europa a grandes rasgos quedó así: En Inglaterra y Alemania había mayorías marxistas, mientras en España, Francia e Italia había mayorías anarquistas.

Los expulsados de la AIT, los bakuninistas, hicieron el Congreso de Saint Imier, y confirmaron su rechazo a presentarse a las elecciones organizadas por los burgueses, con lo cual, el movimiento socialista se rompió definitivamente entre marxismo y anarquismo. Los marxistas eran denominados por entonces “internacionalistas”, y los bakuninistas eran denominados “aliancistas”, porque no renunciaban a su Alianza de la Democracia Socialista.

El 25 de diciembre de 1872 y hasta el 3 de enero de 1873, se reunió en Córdoba el III Congreso de la Federación Regional Española. Era el congreso de los anarquistas españoles. Confirmó la ruptura entre la mayoría anarquista y la minoría marxista. Se reunieron 42 Federaciones Locales y 10 Uniones de Oficio, entre las que predominaban como más grandes las catalanas de Barcelona, Sants, Sant Martí de Provençals y Alcoy. Rechazaron las conclusiones del Congreso de La Haya y acusaron a los marxistas de querer fundar un partido burgués y autoritario. Aprobaron las conclusiones de Saint Imier. Se suprimió el Consejo Federal y se sustituyó por una Comisión de Correspondencia y Estadística, con sede en Alcoy, e integrada por el maestro Severino Albarracín, el albañil Tomás Oliver, el ajustador Miguel Pino, y el fundidor Vicente Fombuena. Crearon la Federación Regional Española de la Internacional, la cual funcionó en la clandestinidad hasta 1891. No admitieron en la Federación Regional Española al grupo de La Emancipación ni a la Nueva Federación Madrileña. Decidieron crear escuelas alternativas en las que se enseñara a los niños y jóvenes los métodos revolucionarios en vez de las ideas burguesas difundidas por la escuela oficial.

En España, hasta 15 federaciones obreras partidarias de Lafargue fueron expulsadas de la Internacional, mientras otras 300 se declararon anarquistas. España optaba por el anarquismo.

En 1881, apareció la Federación de Trabajadores de la Región Española FTRE, anarquista, gestionada por Josep Llunas Pujols, Rafael Farga Pellicer y Antoni Pellicer. Se disolvió en 1888.

 

 

Evolución de los marxistas españoles.

 

En marzo de 1873, se reunió Congreso de la Sección Española de la AIT de los marxistas en Toledo, al que sólo asistieron cinco federaciones: Madrid, Toledo, Lérida, Valencia y Vitoria.    Los asistentes representaban también a Cádiz, Zaragoza, Denia, Pont de Vilumara, Alcalá, Gracia y Játiva.

Los recursos de este nuevo grupo socialista eran muy limitados y La Emancipación hubo de ser suspendida en abril de 1873. Al poco, se disolvió Nueva Federación Madrileña.

En diciembre de 1873 llegó Paul Lafargue a España y explicó al Consejo Federal y a la Federación Madrileña de la AIT que el programa de los marxistas de participar en política y ganar el poder para desde el poder cambiar la sociedad, no era  igual ni compatible con el programa de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista, de tipo anarquista, que se negaba a participar en las elecciones y esperaba tomar el poder al asalto, por la fuerza.

En 1874, fue imposible celebrar congresos en España, porque la dictadura de Serrano no lo permitió. Nueva Federación Madrileña fue disuelta.

 

 

Recuperación del socialismo maxista.

 

El 2 de mayo de 1879, fiesta grande en Madrid por celebrar el Día de la Independencia del 2 de Mayo de 1808, algunos marxistas se reunieron a comer en una fonda de la calle Tetuán, Casa Labra. Eran unas 25 personas, de las que 16 eran tipógrafos, 4 médicos, 2 plateros, 1 marmolista, 1 doctor en ciencias y 1 zapatero. Y allí se creó el Partido Democrático Socialista Obrero Español PDSOE. Se nombró una comisión que redactara un programa político y se les insinuaron las ideas a plasmar: abolición de las clases sociales, transformación de la propiedad individual en propiedad social, posesión del poder en manos de los trabajadores. José Mesa dijo que no le gustaba que el partido se fuera a llamar “obrero” porque limitaba el campo de sus militantes, pero Pablo Iglesias se empeñó en que se dijera “Obrero” en el nombre. Pablo Iglesias tenía entonces 28 años y era bastante radical.

En 1881, despareció el PDSOE y apareció la Agrupación Socialista Madrileña, ASM, con un Comité Central que residía en Madrid. En ese primer Comité Central estaban: Pablo Iglesias, Francisco Vilar, Victoriano Calderón, Tomás Robledo y Antonio García Quejido.

En 1882, apareció la Asociación Nacional de Trabajadores de España ANTE, una plataforma sindical socialista, que no tuvo mucho éxito hasta 1888 en que se creó Unión General de Trabajadores UGT.

 

 

Legalización de los marxistas.

 

El 1 de diciembre de 1884 se produjo el Informe de la Agrupación Socialista Madrileña a la Comisión de Reformas Sociales creada por el Gobierno español en 1883. Estaba redactado por Jaime Vera López a petición de la Comisión de Reformas Sociales, y fue aceptado por el periódico El Socialista en 1886 a pesar de que Jaime Vera se llevaba mal con Pablo Iglesias. El Informe fue publicado por los socialistas en 1895, pero ya había sido publicado por la Comisión de Reformas Sociales en 1890. El Informe es considerado hoy como el documento principal del pensamiento del PSOE. Consta de 14 capítulos en los que se hacía crítica del sistema capitalista, se exponían doctrinas socialistas y se hacían aplicaciones concretas a la situación española. Defendía que la economía capitalista de fines del XIX llevaba al desastre, teoría de la catástrofe final del capitalismo de Marx, pues no era sostenible ni siquiera a medio plazo. Decía que la economía española no tenía arreglo sin destruir las bases económicas que regían el sistema: la ley de situar los salarios al mínimo que permitiera la subsistencia del trabajador, el concepto del trabajo como capital variable, mientras otros factores de producción secundarios eran considerados capital constante, denunciaba la idea de que progreso se identificara con explotación de los obreros… y pedía la solidaridad de la clase culta con la clase trabajadora a fin de ayudarla a salir de la esclavitud en que la había sumido el capitalismo. También defendía que la política seguida en el XIX llevaba al desastre porque protegía a los conservadores y negaba toda posibilidad, ya no sólo a los revolucionarios, sino a todos los que intentaban introducir cambios mínimos y moderados en ella. Concluía que, el PSOE debía ayudar incluso a los intransigentes, republicanos y progresistas, para lograr cambios beneficiosos para los obreros, en tanto no llegasen las condiciones para una revolución proletaria. En fin, el Informe era un alegato muy razonable y digno de consideración por cualquier intelectual.

En el punto de solidaridad de la clase culta progresista con la clase trabajadora, Pablo Iglesias discrepó de Jaime Vera, argumentando que el PSOE no debía estar al servicio de nadie, y mucho menos de los progresistas, sino buscar desde el primer momento la revolución obrera. Pero Jaime Vera veía muy lejana la revolución obrera porque estaba inmadura, y mientras tanto, una posición coherente era combatir al conservadurismo. Jaime Vera iba más allá de las doctrinas oficiales de su partido, porque creía que el PSOE era un ámbito de pensamiento libre, de mente abierta toda la realidad, y no veía al militante sometido a las exigencias políticas puntuales del partido. Jaime Vera fue calificado de “socialista intelectual” y su posición era de admiración hacia Jean Jaurès, y cierto desprecio hacia Pablo Iglesias, que era autoritario y de poca altura intelectual, pero un hombre de acción. Desde el principio, esta postura poco racional seguida por Pablo Iglesias fue calificada como de izquierda en el PSOE, y se mantendrá así para siempre. Ser de izquierda PSOE no se corresponde con ser más socialista, sino más populista y más de acción, en vez de más combinar intelectualidad con socialismo, postura defendida por Vera.

Pablo Iglesias Posse no era un teórico, sino el hombre que organizaba la propaganda y la acción en la calle, y de entre los franceses, prefería a Jules Guesde sobre Jean Jaurès. Pablo era rígido en sus ideas y simple en el razonamiento, le interesaban muy poco las teorías. Pero Pablo Iglesias acertó en una cosa fundamental en su tiempo, el problema de la Iglesia, en un país en donde todos eran católicos, y donde las clases bajas eran muy religiosas. Pablo defendió que la Iglesia no era el enemigo, sino que el enemigo era la alianza entre el capital, el Estado y la Iglesia en contra de los intereses del obrero. Y ello fue muy importante porque, cuando algunos burgueses se hicieron anticlericales, Pablo no cayó en la trampa de apoyar a los burgueses, con lo cual hubiera perdido su razón básica de ser socialista. Pablo Iglesias se dejó orientar por la política socialista francesa llevada a cabo por Guesde.

Jules Basile Guesde[4], 1845-1922, cuyo nombre real era Mathieu Jules Bazile, adoptó el nombre de guerra citado en primer lugar para firmar sus escritos en la prensa. Durante el Segundo Imperio se mostró republicano y criticaba duramente a Napoleón III. En 1870, ante la postura belicista de Napoleón III, fundó Les Droits de l`Homme y acusó al Gobierno francés de belicismo. Su oposición a los Gobiernos franceses fue en aumento, y en 1871 apoyó al movimiento de la Comuna, lo que le valió condena de 5 años que pasó huido en Suiza e Italia. En 1877 fundó L`Egalité, un periódico de signo socialista, y además difundía folletos en defensa de la lucha de clases, la conquista del poder por el proletariado y la socialización de los medios de producción. En octubre de 1879 se presentó ante el Congreso Nacional de Obrero celebrado en Marsella como una nueva tendencia socialista, y en 1880 se puso en contacto con Karl Marx y Paul Lafargue en la idea de fundar un partido socialista francés. Este partido se fundó por fin en 1882 y fue el Partido Obrero Francés POF. El programa marxista de POF fue mal recibido por los anarquistas, blanquistas y posibilistas franceses, como era de esperar, pero precisamente eso le dio la fortaleza suficiente a Guesde como para convertirse en el líder del socialismo francés hasta su muerte. En 1890, participó en la creación de la II Internacional. Participó en política como Diputado todo el resto de su vida, pero sin embargo fue más conocido por oponerse a que los socialistas aceptaran carteras ministeriales, como hizo en 1899. En 1904, Guesde impuso sus criterios a la II AIT reunida en Amsterdam, a pesar de que tenía ideas colectivistas y revolucionarias no muy acordes con un auténtico marxismo. En 1905, los socialistas franceses se unieron bajo su liderazgo en Sección Francesa de la Internacional Obrera-Partido Socialista Unificado, SFIO-PSU. En 1914, defendió la “unión sagrada” de los franceses en contra del imperialismo alemán, lo cual le ponía en contra de los comunistas y socialistas de izquierda, pero mantuvo el liderazgo. Y a continuación, en agosto de 1914, aceptó la cartera del Ministerio de Estado en la que permaneció dos años. Tras 1916, los socialistas no volverían a participar en un Gobierno francés hasta 1932, el Frente Popular. Creía que la revolución no sería inminente y habría que prepararla mediante la difusión de la idea de la lucha de clases. Fue la posición dominante en Francia en el primer tercio del siglo XX. Y es la posición adoptada en España por Pablo Iglesias.

Frente a Guesde, apareció en Francia hacia 1880, Jean Jaurès[5], 1859-1914, un estudiante de filosofía que ingresó en Unión y Concentración Republicana y fue elegido Diputado en 1885-1889. Luchó por la protección de las clases desfavorecidas y porque cada Ayuntamiento francés tuviera una escuela laica. En 1889 se retiró a Toulouse a terminar su Tesis Doctoral. En 1890 fue profesor de filosofía en Albí. No tenía por entonces demasiados conocimientos de política, pero desde su escaño observó la ineficacia de los actos violentos y cayó en la cuenta que las reformas desde el poder eran el camino de las mejoras sociales. Cuando en 1892, presenció que el Gobierno reprimía a los obreros de forma brutal, utilizando al ejército, se hizo socialista marxista. Entonces se opuso al partido marxista oficial, el de Guesde, y argumentó que no se podían simplificar las cosas como que había dos tipos de problemas, los de los burgueses y los de los obreros, y estos últimos eran los únicos que interesaban a los socialistas. Por el contrario, Jaurès pensaba que el nuevo movimiento obrero debía luchar contra todas las injusticias sociales, se hallasen donde se hallasen, en todas partes y en todos los grupos sociales. En 1893 obtuvo un puesto en la Universidad de Toulouse, pero enseguida fue elegido Diputado y se convirtió en un líder de los socialistas, gracias a su excelente oratoria. En ese momento se estaba viviendo en Francia el caso Dreyfus, y Jaurès defendía la inocencia de un militar, de un hombre al servicio del Estado, porque él luchaba contra la injusticia, aunque se tratara, teóricamente, de un militar del bando enemigo de los socialistas, según Guesde. Jaurès defendió que la lucha de clases era una postura ideológica que buscaba la igualación de las clases sociales, y no un plan de actuación y lucha en la calle contra la sociedad y el Estado, porque la comunidad social es solamente una, y lo que significa la lucha de clases es lucha contra las injusticias y abusos cometidos por los que se han beneficiado de la sociedad. Consecuentemente, pensaba en el diálogo entre fuerzas de izquierda, que debía acercar posturas ideológicas a fuerza de polemizar, pues lo importante no eran las coaliciones electorales sino el acercamiento de planteamientos. En 1904 empezó una campaña por la unificación de los socialistas franceses y para ello fundó L`Humanité. En 1905 estuvo a favor de la unificación de los socialistas en SFIO e incluso se puso en contacto con CGT para llevar más adelante todavía la unificación. En 1907, llamó a la unión de todos los obreros de Europa occidental contra el belicismo: proponía una huelga general de todos los obreros de Europa cuando los estados declarasen una guerra, en la que sólo iban a morir los obreros y pobres. Sus propuestas fueron vetadas por Guesde en 1907 y en 1910, y entonces fue acusado de pacifista y asesinado el 31 de julio de 1914, 32 días después de empezar la guerra.

Antonio Atienza tradujo en 1885, La Ley de Salarios y sus Consecuencias, original de Jules Guesde, 1845-1922.

El 12 de marzo de 1886 se creó en Madrid El Socialista, un semanario en el que, principalmente, escribían Pablo Iglesias y Matías Gómez, y además tenía corresponsales en provincias, que solían ser obreros manuales con poca formación intelectual y que aportaban muy poco. Los marxistas lo venían pidiendo desde 1882 porque La Nueva Federación Madrileña, los anarquistas, tenían La Emancipación y ello les daba ventajas entre los obreros. En París, vivía exiliado José Mesa, y éste enviaba cartas, traducciones de documentos socialistas y noticias de la Comuna. Mesa se trasladó a Londres y conoció a Marx y a Engels. Y luego volvió a París y conoció a Jules Guesde, que fue quien le enseñó, de verdad y a fondo, qué era el socialismo marxista. Así que fue la versión guesdista la que se enseñó en España, una teoría de ideas simples y rígidas, que desconocía mucho del pensamiento de Marx y era un tanto utópica. Otra vez, un segunda fila de una corriente de pensamiento diferente a la del autor y a la española, se imponía en España, cosa que ya venía siendo habitual.

En 1894, se publicó en España Origen de la Familia, de la propiedad privada y del Estado, de Friedrich Engels.

Juan José Morales tradujo en 1895 El Comunismo y la Evolución Económica, original de Paul Lafargue, y en 1896 El Materialismo Económico de Marx. Curso de Economía social y La Evolución del Capital, original del francés Gabriel Deville, 1854-1940, 1854-1940, un hombre del Partido Francés de los Trabajadores de Jules Guesde.

Pablo Iglesias Posse tradujo en 1898 Los Principios Socialistas.

Hacia 1900, el PSOE tenía muchas publicaciones: el semanario La Lucha de Clases que circulaba en Bilbao, el semanario El Socialista que circulaba en Madrid, Adelante que funcionaba en Éibar, El Bien Obrero en El Ferrol, La Guerra Social en Barcelona, El Obrero Balear en Palma, pero estos periódicos eran propagandistas y reivindicativos y aportaban muy poco a la construcción de una base intelectual del PSOE. Más bien servían la idea de Pablo Iglesias.

La revista que más colaboró en dotar al PSOE de teorización política fue La Nueva Era, porque trataba de interpretar la realidad del presente y de divulgar pensamientos de Lafargue, Jaurès, Turati y Labriola. Se creó en enero de 1901 y duró hasta octubre de 1902. La fundó Antonio García Quejido, el segundo intelectual del partido junto a Jaime Vera, pero que no pudo aguantar las inconsecuencias de Pablo Iglesias y de los alborotadores de la marca PSOE, y en 1921, se pasó al PCE, lo cual fue sonado pues García Quejido había sido miembro fundador del PDSOE, Secretario de UGT, y Vicepresidente del PSOE en 1918. En La Nueva Era, escribían también intelectuales como Rafael Altamira y Miguel de Unamuno. Pero el PSOE estaba mal planteado por la cabezonería de Pablo Iglesias, y los intelectuales en general no se vieron atraídos por este partido que presumía de obrero y de poco intelectual, y el PSOE perdió una gran oportunidad de haber cambiado la historia de España.

En Francia, el país del que copiaban los socialistas españoles, soplaban a principios de siglo XX vientos de unificación marxista. En 1902 se fusionaron varios grupos socialistas franceses y apareció el Partido Socialista de Francia. En 1905, el Partido Obrero de Francia se fusionó con el Partido Socialista Francés y apareció Sección Francesa de la Internacional Obrera-Partido socialista Unificado, SFIO-PSU, la unión de todos los socialistas franceses.

Mucha de la documentación generada en el entorno del socialismo español, fue quemada durante el conflicto de 1936-1939, y ello es un drama que pesa mucho a la hora de interpretar la realidad socialista española, y da oportunidades a la imaginación y la demagogia. A veces, es un campo de minas en donde es difícil entrar, porque distintas versiones dan ideas distintas y hasta contradictorias.

Podemos afirmar sin embargo, que el socialismo marxista español tuvo dos vertientes, una más radical que fue marxista y luego leninista y estalinista, y otra más reformista, capaz de cooperar con Izquierda Republicana. En cualquier caso, podemos afirmar que muchos de los de la vertiente radical no conocían a fondo el marxismo, sino simplemente estaban cansados de la inoperancia de los Gobiernos del XIX ante la cuestión social, ante las necesarias legislaciones económicas, ante el caciquismo, ante la intolerancia católica para con los socialismos, y reaccionaban violentamente. La otra versión era acusada de ser antimarxista.

 

 

Auge del anarquismo en España.

 

En septiembre de 1881, se celebró Congreso de Barcelona en el Teatro Circo y entre los anarquistas españoles  surgieron dos tendencias: La rama catalana, integrada por muchos campesinos, pero en una Cataluña industrializada, que se integró en una Comisión Federal. La rama andaluza, predominantemente agraria y clandestina, que argumentó que en Andalucía no se podían organizar grandes huelgas obreras, ni manifestaciones urbanas masivas, porque ello era imposible, pero se podían dar golpes aislados a los propietarios utilizando la violencia que se juzgase necesaria, incluso el asesinato en caso extremo.

A finales de siglo XIX, los anarquistas pusieron en práctica lo que se llamó “propaganda de los hechos” y en el siglo XX se llamaría “acción directa”. La teoría dice que el individuo es libre y no reconoce ninguna autoridad ni institución del Estado. Una vez aceptado este supuesto, las oportunidades de arreglar un problema determinado son únicamente dos: primera, pedirlo educadamente o razonadamente; segunda, en caso de no obtener satisfacción a nuestras demandas, recurrir a acciones violentas, como puede ser la huelga, el sabotaje, la bomba indiscriminada.

En 1893, los anarquistas arrojaron dos bombas en el patio de butacas de El Liceo de Barcelona y provocaron 21 muertos.

También en 1896 pusieron una bomba en la Procesión del Corpus de Barcelona y lograron hacer 10 muertos. No se pudo probar la autoría, pero el sentido común acusaba a los anarquistas.

En 1897, un anarquista asesinó al Presidente del Gobierno, Antonio Cánovas del Castillo.

En 1910, los anarquistas crearon Confederación Nacional del Trabajo CNT.

Los muchos grupos anarquistas españoles tenían sus propias ideas sobre la libertad, la naturaleza, la sociedad, pero nunca tuvieron un sistema filosófico profundo, una teoría que englobase todas sus ideas y las hiciera compatibles entre sí. Las diferencias entre ellos eran por tanto lógicas. Caían simpáticos a la gente porque defendían el individualismo y eran antiautoritarios, se posicionaban contra todo y eran muy populistas.

Y cuando surgió el comunismo en 1920, los anarquistas aún se dividieron mucho más, y algunos anarquistas se pasaron al comunismo leninista.

En conclusión, decir que algo es propio del anarquismo puede ser refutado siempre, porque cada anarquista llegó a tener su propia teoría y quizás el mismo que afirmó algo en el pasado, no estaba de acuerdo con esa idea en un momento distinto de su vida.

Muchos estudiosos, para conocer el anarquismo, leen a Juan Montseny Carret, alias Federico Urales, un periodista y literato e historiador que escribió hacia 1900-1902.

 

 

Las teorías de la violencia.

 

A final del siglo XIX, se fueron imponiendo en toda Europa los teóricos de la violencia en todos los campos políticos que estamos describiendo. La inmoralidad de los que habían conseguido el triunfo de la revolución burguesa, había llevado a una gran decepción generalizada. El fracaso de todos los sistemas era evidente desde el punto de vista moral. La renovación del siglo XIX sólo había llegado en el campo del liberalismo teórico, pero no se había traducido a la mejoras en las condiciones de trabajo, vivienda del trabajador, escuela, y otros beneficios que la sociedad venía esperando desde hacía décadas.

Las teorías de la violencia se basaban en tres grandes axiomas: teoría de la lucha obrera, teoría de la huelga general y teoría de la violencia. La primera, teoría de la lucha obrera, presuponía que los burgueses no iban a ceder en sus privilegios, sino por actos de fuerza del proletariado, lo cual incluía diversos grados de violencia, desde las amenazas y sabotajes, hasta el asesinato y la bomba. La segunda, teoría de la huelga general, explicaba que la fuerza de los burgueses radicaba en el trabajo de los obreros, y que los obreros tenían en su mano echar abajo las empresas y Gobiernos burgueses mediante la huelga, una huelga que debía ser apoyada por todos los obreros en solidaridad con los que tenían problemas, y siempre todos juntos frente al Estado. Por tanto, la contestación obrera a cualquier problema político, económico o social, era la huelga. La tercera teoría, teoría de la violencia, hablaba de la necesidad de mantener alto el espíritu de solidaridad obrera y el ánimo de lucha contra los burgueses, y por tanto la necesidad de estar continuamente organizando luchas contra los poderes burgueses, lo cual, además de reivindicar derechos, formaba líderes. En este sentido, hasta era bueno que fracasase una huelga, pues el espíritu reivindicativo se robustecía, mientras en caso contrario se corría el peligro de debilitamiento del ánimo de los huelguistas. Todo lo que no se conseguía por la fuerza debilitaba a este espíritu colectivo obrero, y se debían rechazar las cesiones hechas por los burgueses. No era importante disfrutar de los bienes del progreso, lo cual desvitalizaba a los individuos, sino mantener el espíritu alto, lo cual sí que era vivir intensamente, la única manera aceptable de vida.

 

 

    Los teóricos de la violencia.

 

Los precursores de las teorías de la violencia fueron Louis Blanc, 1811-1882, y Louis Auguste Blanquí, 1805-1881.

Louis Blanc[6], 1811-1882, se educó en París y en 1832 encontró trabajo como preceptor de los hijos de un burgués de Arrás, cerca de Calais, donde estuvo dos años. Empezó a escribir en un periódico llamado El Progreso de Paso de Calais. En 1834, volvió a París y empezó a escribir en El Buen Sentido. En 1839, fundó Revue du Progrés, en donde publicó en 1840 un famoso artículo titulado “La Organisation du Travail”. Este artículo parece fundamental para entender su pensamiento: decía que el sistema burgués imperante en su tiempo era completamente ineficaz de cara a hacer progresar los ideales de la Revolución Francesa, liberté, egalité, fraternité, y que los trabajadores debían rebelarse, incluso violentamente, mediante acciones revolucionarias. Defendía que cada hombre debía aportar a la sociedad según sus capacidades y recibir de ella según sus necesidades. Y para que esto fuera posible, proponía unos “talleres nacionales” que regularan las relaciones laborales. Estas ideas influyeron no poco en los sucesos de 1848. En febrero de 1848, Blanc fue miembro del Gobierno republicano, y entonces puso en marcha los Talleres Nacionales. Eran unas empresas en las que el capital y las pérdidas las ponía el Estado, y la administración de la empresa la hacían los trabajadores, los cuales debían retribuir a cada trabajador según sus necesidades. Se trata de una utopía tan absurda, que parece mentira que alguien se propusiese llevarla a cabo y que fracasó estrepitosamente y enseguida. Los componentes utópicos y razones para el fracaso eran varios: que los trabajadores no tenían preparación técnica para gestionar las empresas; que los obreros no tenían una conciencia política, como la que suponía Blanc, como para quedarse con poco y repartir lo más entre sus compañeros; que los talleres no podían acoger a todos los parados, gente conflictiva a veces, ignorante en otras ocasiones, y en todo caso innecesaria en el proceso de producción de la empresa, sin arruinar a la empresa. Claro que, suponiendo que para todo eso estaba el Estado, la madre que alimentaba a todos los trabajadores, Blanc creía que todo tenía solución. Evidentemente, se hizo muy popular, pues su sistema era populismo puro y duro, y la gente empezó a decir que Blanc entendía mucho de asuntos económicos y sociales, por lo mucho que hablaba de ellos, y las buenas soluciones que aportaba, mientras otros teóricos no encontraban más que problemas sin solución a corto plazo. En 1848, Blanc acaudilló a las masas contra la Asamblea Nacional Constituyente exigiendo que ésta protegiese a los obreros y campesinos franceses y aportase más dinero a los Talleres Nacionales. Una vez que el propio Blanc acaudillaba a los violentos, la Asamblea Nacional reaccionó y ordenó detener a los líderes de la violencia popular. Blanc huyó por Bélgica y llegó a Londres, donde estuvo 22 años. Allí destacó por su Historia de la Revolución Francesa, la cual, en su interpretación, se había hecho en el sentido de avanzar hacia el socialismo, y eso es lo que significaba el concepto de “fraternité”. Ocurrió sin embargo, que los líderes jacobinos no supieron dar un cauce adecuado a la idea de hermandad, y fracasaron. Por eso eran necesarios los Talleres Nacionales, para revivir el espíritu de 1789. Y parte del fracaso se debió a la obsesión por imponer un “comunismo de Estado”, pues el Estado jacobino condujo al autoritarismo y la violencia innecesaria. El Estado comunista era un error, pues la misión del Estado se debía limitar a proteger  y financiar los Talleres Nacionales. Una vez generalizados los Talleres Nacionales, las empresas privadas desaparecerían y sobrevendría un socialismo perfecto, sin dictaduras y violencias innecesarias. El comunismo no era el camino de la revolución social. Igualmente, los modelos de Fourier y Owen, de crear colonias de trabajadores y falansterios, de capital privado, eran imposibles por utópicos, generarían nuevas desigualdades entre falansterios y la mayoría fracasaría debido a la imposibilidad de sostenerse en el tiempo. Nunca quiso ser comunista y que el Estado fuera de los propios trabajadores, y nunca quiso ser anarquista y abolir el Estado. En 1870, regresó a Francia, y fue elegido miembro de la Asamblea Nacional Francesa. Ya no creía en la violencia como camino a una sociedad más justa. Y en 1871, se opuso a la Comuna, porque era un modelo violento y utópico, según había teorizado en años anteriores.

Louis Auguste Blanquí[7], 1805-1881, era un hombre de familia burguesa acomodada, y fue enviado a París a estudiar Derecho y Medicina. En la Universidad, contactó con grupos republicanos y socialistas y se involucró en sus protestas en contra de la monarquía de Carlos X. Los estudiantes celebraron la caída de Carlos X, pero los revolucionarios les pidieron a continuación la lucha contra Luis Felipe de Orleans, y las protestas volvieron. Se interesó por el estudio de los movimientos populares de 1789-1799, y llegó a la conclusión de que “la lucha de clases era el motor de la historia”, es decir, que la historia era el relato de los acontecimientos de rebelión de los trabajadores oprimidos contra sus opresores burgueses. También entendió la idea ilustrada de que el pueblo era ignorante y debía ser dirigido por élites revolucionarias, y no por élites burguesas como venía sucediendo hasta entonces. La agitación social y la conspiración constante, dirigida por intelectuales, conducirían al final revolucionario adecuado. El método de acción era la creación de “sociedades secretas” en las que se involucraría a mucha gente, se educaría a esos adeptos y si estaban maduros, se les organizaría para la rebelión. Creó asociaciones de nombre aparentemente inocente: “Sociedad de Familias“, “Sociedad de Amigos del Pueblo” y “Sociedad de Estaciones”. Organizó varias insurrecciones por las que estuvo encarcelado en 1831, 1836 y 1839. La más importante de esas insurrecciones se produjo el 12 de mayo de 1839, en la que logró que 500 hombres de Sociedad de Estaciones, atacaran y ocuparan el Ayuntamiento de París durante 48 horas. Se le condenó a muerte, y la pena se le conmutó por cadena perpetua, pero fue amnistiado en 1843. Tuvo que permanecer en un hospital hasta 1848. Pensaba que no había otra solución que destruirlo todo para poder empezar de nuevo, que sólo el caos daría oportunidad de un nuevo sistema social, y se dedicaba a poner bombas el tiempo que no estaba en la cárcel. Era carbonario y masón y decía luchar por la república, pero cuando se instaló la república, dijo que había que luchar por la comuna. Su idea principal era que el poder tiranizaba y había que echarlo abajo mediante la violencia, y le gustaban particularmente los estudiantes que siempre estaban dispuestos a armar episodios de violencia en la calle. En 1848, regresó a París y se unió a los revolucionarios de 1848, momento en que creyó que la revolución definitiva estaba triunfando. Creó la Sociedad Republicana Central, organizó movilizaciones obreras, pero llegó por fin a la conclusión de que el pueblo francés no estaba preparado para gobernarse. Cuando el Gobierno propuso el sufragio universal, se opuso a esa idea, porque pensaba que le iría mal a los revolucionarios, y acertó. El pueblo votó conservador, votó a sus amos, a sus viejos gobernantes, a los burgueses, y no a los predicadores revolucionarios. Fue condenado a 10 años por manifestarse violenta e ilegalmente. En 1859 fue liberado. En esos diez años, 1849-1859, escribió su teoría de la violencia: la violencia era inevitable, pero debía ser dirigida por ilustrados liberales si quería lograrse progreso en los derechos sociales. La violencia tenía como fin, la imposición de una dictadura socialista provisional que reeducase a la población, desarmase a los ejércitos, confiscase las riquezas de los burgueses y pusiera bajo el poder del Estado la industria y el comercio nacionales. La dictadura provisional organizaría asociaciones agrícolas e industriales y crearía un sistema educativo adecuado al nuevo tiempo revolucionario. El sistema ideológico se diferenciaba del de Marx, en que Marx incluía un razonamiento económico y filosófico. En 1859, Blanquí volvió a organizar sociedades secretas revolucionarias, y en 1861 fue descubierto y encarcelado. En 1865, huyó y se refugió en Bélgica. Viajaba de incógnito a París de vez en cuando, para supervisar a los grupos “blanquistas”, los cuales eran la mayoría de estudiantes. Escribió instrucciones para una sublevación armada. En 1870, tras la derrota francesa de Sedán, se presentó en París para organizar la insurrección definitiva, pero se encontró con que el ejército alemán avanzaba sobre París, y decidió posponer la sublevación y pedir a los suyos que defendieran París. En octubre de 1870, los blanquistas intentaron hacerse con el poder y fracasaron. En enero de 1871, volvieron a fracasar. Y en febrero, triunfaron los republicanos, y Blanquí huyó, pero fue detenido y encarcelado. En abril estalló la Comuna, que Blanquí vivió desde la cárcel, mientras los blanquistas actuaban en la calle. El pueblo le eligió Presidente de un gobierno Revolucionario, pero Adolphe Thiers se negó a dar validez a esa elección y Blanquí permaneció en la cárcel. En 1879 fue elegido Diputado por Burdeos, pero el Gobierno francés volvió a anular la elección. Los blanquistas se sublevaron y Blanquí fue finalmente indultado. El resto de su vida escribió artículos periodísticos a favor de la lucha política. Los blanquistas crearon en 1881, ya muerto su líder, el Partido Socialista Revolucionario.

 

 

El anarquismo violento.

 

Al anarquista pacífico Bakunin, le criticó especialmente el anarquista violento Piort Aleixevich Kropockin[8], el cual impuso sus ideas a partir de 1881.     En 1878 publicó su primera obra importante: La idea anarquista desde el punto de vista de la realización práctica. Defendía la idea de la organización en comunas. En el X Congreso de Londres, expuso la teoría de “la propaganda de los hechos como política que debían seguir los anarquistas. Era atacar constantemente al Estado con la palabra, los escritos y las armas, a fin de desgastarle al tiempo que se educaba al pueblo en la insurrección. De 1881 a 1891 se vivieron 10 años frenéticos, al cabo de los cuales, los anarquistas se convencieron, sobre todo los británicos, que esa violencia no servía para nada, salvo para tener anarquistas presos y provocar más violencia. Kropockin pensaba que el “comunismo libertario” (diferente del socialismo libertario de Bakunin), sólo se impondría ejerciendo la violencia contra los propietarios y las autoridades del Estado, violencia que desanimara a los gobernantes respecto a la idea de permanecer rigiendo la política, y que el socialismo libertario de Bakunin debía ser perfeccionado mediante un sistema de propiedad colectiva con distribución generalizada de bienes y distribución del trabajo según la máxima “a cada uno según sus necesidades”. De ahí el cambio a la denominación de “comunismo libertario”. En 1892 escribió La conquista del pan, su obra más divulgada. Defendía que los medios de producción no podían ser propiedad privada, sino que debían ser colectivos y debían ser explotados colectivamente. Los beneficios debían ser repartidos en solidaridad, lo cual lo llamaba comunismo. Empezaba a desconfiar  de la acción violenta y hablaba de asociaciones voluntarias y de cooperación comunista al modo que obraba la naturaleza con las plantas y los animales. Se convirtió en un orador de moda y tuvo mucha audiencia en Canadá y Estados Unidos, porque hablaba de una moral de ayuda mutua y de solidaridad, aunque ello significase autosacrificios.

Kropockin se encontró el lado utópico de sus doctrinas: rechazó la especialización de los obreros, porque de otro modo no se podrían realizar sus ideas de la comuna en donde todos serían iguales y libres. Rechazó los grandes centros fabriles por la misma razón. Se colocó en contra del devenir de la historia. Para salvar su postura, insistía en que el Estado era ineficaz, que la ayuda mutua era el ideal de vida del hombre. Defendía que la violencia era útil para derrumbar viejos sistemas políticos y económicos y así promover el desarrollo humano, pero rechazable cuando se utilizaba para conseguir el poder, lo cual llevaba indefectiblemente al despotismo.

Kropockin, se asoció en 1877 a Elisée Reclus y creó la revista La Revolté que se publicaba en Ginebra en 1877-1885, y en París en 1885-1887. Y en 1880, creó su propia doctrina anarquista comunista: el anarquismo debía empezar por hacer una acción didáctica y propagandística, en la que iba incluida la violencia, porque la finalidad última debía ser la destrucción del Estado, de modo que la violencia ya estaba predeterminada desde el principio.

 

Otros anarquistas violentos del momento fueron los italianos Errico Maletesta, Carlo Cafiero y el francés Elisée Reclus.

Errico Malatesta, 1853-1932, fue el revolucionario italiano por antonomasia, formado en el anarquismo por Fanelli y Bakunin, inmediatamente se puso a organizar revueltas como la Bolonia 1874 y Benevento 1877. Fue encarcelado y en 1878 se exilió. Regresó a Italia en 1888, pasó por Buenos Aires en 1885, por Londres en 1889, por España, hasta que en 1897 regresó a Italia a dirigir una sublevación campesina y de nuevo fue encarcelado. En 1899 huyó de la prisión de Lampedusa y fue a Estados Unidos, a Londres y en 1913, de nuevo a Italia para dirigir otra sublevación, La Semana Roja de 1914. Tras el fracaso volvió a Londres. Cuando volvió a Italia en 1919, los fascistas ya no le dieron la libertad que tenía antes con la democracia y nunca más pudo organizar levantamientos populares.

Carlo Cafiero, 1846-1892, fue un abogado napolitano que se reunía con anarquistas y fue encarcelado por ello en 1873. Se fue a Suiza y construyó una casa, la Baronata, en la que acogía a anarquistas de todo el mundo. También colaboró en la organización de las algaradas anarquistas hasta que se le acabó el dinero. La más importante insurrección que organizó fue la de Benevento en 1877, en la que los anarquistas tomaron las aldeas de San Lupo, Gallo y Letino y distribuyeron armas entre la población que se les sumó. Trataron de insurreccionar Campania pero fracasaron y los líderes fueron apresados. Marx dijo que, con estas acciones, los anarquistas más parecían bandoleros que revolucionarios.

Elisée Reclus, 1830-1905, fue ante todo uno de los geógrafos modernos de más altura, que estuvo entre los creadores de la geografía humana y económica. Hijo de un pastor protestante, su padre quería que estudiara Teología, pero él se interesaba más por Saint Simon, Fourier y Comte, y por las revueltas callejeras de 1848. Su padre le cambió de ambiente, y le envió a Berlín a estudiar Teología, pero Reclus decidió estudiar Geografía con Carl Ritter. En 1851, cuando Luis Napoleón se proclamó emperador, participó en la toma del Ayuntamiento de Orthez, como muchos otros estaban tomando distintos Ayuntamientos de Francia. Huyó a tiempo hacia Inglaterra, estuvo en Irlanda como temporero, y acabó en Nueva Orleans como preceptor de los hijos de un terrateniente. Alli descubrió la esclavitud. Aprovechó su estancia en el Caribe para visitar todos los países de sus costas y tomar notas. En 1867 estaba de nuevo en París, y acogía a anarquistas huidos de sus países respectivos. En 1870, ante la invasión alemana, se hizo Guardia Nacional y luchó contra los alemanes. Al llegar la Comuna de 1871, estuvo en la Comuna, fue apresado y condenado a deportación perpetua, a Nueva Caledonia. Varios científicos intercedieron por él y se le conmutó la pena por destierro de 10 años. Se fue a Suiza, donde estuvo 18 años escribiendo una Geografía Universal, y se trataba con anarquistas, entre otros, con Piort Kropockin, que también era geógrafo.

Heinrich von Treitchke, 1834-1896, fue un historiador alemán ultranacionalista, que primero fue partidario de la unificación alemana, lograda en 1871, y después defendió el colonialismo y el derecho de expansión del pueblo alemán incluso mediante la guerra. Fue profesor de la Universidad Humboldt de Berlín desde 1874 y apoyó los programas de Bismarck para someter a los socialistas, polacos y católicos. Se enfureció notablemente contra los judíos, porque defendía que todo alemán debía reconocer y estudiar la cultura alemana, mientras los judíos decían poseer una cultura propia y diferente, de donde llegó a proclamar que los judíos eran el peor enemigo de Alemania. En los últimos años de su vida se convirtió en ultranacionalista alemán, y defendía que Alemania tenía derecho a unas colonias, porque necesitaba un medio para conseguir alimentos para los muchos millones de alemanes. También defendía el derecho de Alemania a expandir su territorio a costa de sus vecinos, porque los pueblos viriles siempre se han expandido a costa de los cobardes, los cuales perecen bajo sus pies y desaparecen de la historia.

Friedrich von Bernardi, 1849-1930, fue un militar alemán que en 1912 escribió Von eutigen kriege (De la guerra actual), y Deutschland und der nächste kriege (Alemania y la próxima guerra) y se hizo inmediatamente muy popular, y mucho más cuando la guerra estalló en 1914. Bernardi criticaba a Guillermo II por no mostrarse enérgico frente a las potencias coloniales africanas, Francia y Gran Bretaña, y defendía la necesidad alemana de poseer colonias. Profetizó la inminente guerra, que sería europea, y acertó, pues la hubo en 1914. Argumentaba que Alemania tenía muchos millones de habitantes, más que Francia o que Gran Bretaña, y necesitaba más espacio para la agricultura y la industria. La agricultura la podía conseguir en las colonias. Para la industria, necesitaba el espacio de las naciones vecinas. Concluía que la guerra le era necesaria a Alemania y sucedería necesariamente.

 

 

Consecuencias de las teorías de la violencia.

 

El sindicalismo modificó sus métodos. Los más pacíficos rechazaron la acción individual de los afiliados y exigieron coordinación completa dentro del sindicato, o sacrificio de las minorías en beneficio de los intereses generales del sindicato o de la clase trabajadora como decían ellos. Estaban contradiciendo las ideas libertarias, de libertad individual, pero parecían no ser conscientes de ello. Y así, dentro del sindicalismo, surgieron grupos violentos, que apoyaban las decisiones sindicales con golpes de fuerza, de ataque a las fuerzas de seguridad, templos y patronos, ataque a las infraestructuras de comunicaciones (vías del ferrocarril y teléfonos).

En cuanto al marxismo, a final del siglo XIX, al marxismo le salieron dos tipos de revisionismos, uno por el lado de la violencia y otro por el pacífico.

Los marxistas violentos como Bebel, Liebnecht, Rosa Luxemburg, y Kautsky, aceptaban la violencia como método para llegar la conquista del Estado para los proletarios. Los líderes fueron liquidados físicamente tras la Primera Guerra Mundial. De este grupo surgió Lenin.

Los marxistas pacíficos como Ferdinand Lassalle o Johann Batist von Schweitzer estaban dispuestos a colaborar con el Gobierno alemán de Bismarck, desde el que introdujeron importantes reformas sociales, como la explicación de las teorías marxistas en la Universidad, y los seguros de enfermedad, accidentes y vejez, subvencionados en un 25% por el Estado, todo ello a partir de 1883. También introdujeron una política de libertad religiosa que eliminó privilegios de la Iglesia Católica en una campaña conocida como Kulturkamph. Ferdinand Lasalle, 1825-1864, era judío alemán y simpatizó con Marx y Engels en 1848, participó en las revueltas y fue encarcelado en 1849. Obtuvo la conclusión de que la sociedad debía evolucionar hacia el socialismo, y que la rebelión de 1848 había sido un error. Marx y los marxistas nunca se lo perdonaron. Johann Batist von Schweitzer, 1833-1875, fue en 1867 presidente de la Asociación General de Trabajadores Alemanes, lo cual suponía colaboración y negociación con el Estado, en vez de confrontación continua y generalizada. De este grupo nació la socialdemocracia.

En 1899, el partido PSOE y el sindicato UGT fusionaron sus directivas y aceptaron la teoría de la violencia, pero de forma no sangrienta, sino de una política de huelgas continuas y continuadas, y se impuso la “huelga de solidaridad”, lo que implica que cualquier conflicto es seguido por la huelga de todos los obreros. Creyeron que, así, harían la competencia a los anarquistas, los cuales cada día tenían más simpatizantes. El resultado de esta política en los siguientes cinco años, fue nefasta para los socialistas, pues los anarquistas se siguieron reforzando, y PSOE perdió el 80% de sus militantes.

En 1905, Pablo Iglesias cambió de estrategia y decidió participar directamente en política, en la campaña “la política al servicio del socialismo”. Pablo Iglesias fue elegido concejal por Madrid, y aprovechó el escaño para denunciar fraudes y corrupciones, lo cual le hizo muy popular y recuperó muchos militantes. En 1909, dio un paso más, y se hizo elegir diputado, continuando la campaña de denunciar escándalos. Era muy agresivo e incluso llegó a amenazar de muerte a Maura en las Cortes.

La acción directa del Partido Socialista combinaba tres acciones: la oferta de diálogo con los poderes establecidos exigiendo reformas drásticas e inmediatas; la lucha parlamentaria planteando posturas maximalistas en las que no había posibilidad de acuerdos (por ejemplo, exigían que el Estado se hiciera cargo de todas las necesidades de los obreros, y por ello no aceptaban el Instituto Nacional de Previsión que creó Maura en 1908, para tener unas prestaciones a cambio de unas cotizaciones); y la huelga continua por unos salarios justos, por la seguridad en el empleo, por la seguridad social, por la enseñanza obligatoria y gratuita, por la justicia gratuita, por el servicio militar obligatorio, por la nacionalización de los transportes y de las minas, y de los sectores económicos básicos…

 

 

 Reacción contra las teorías de la violencia.

 

Los gobernantes burgueses de final del XIX no estaban dispuestos a cambiar las bases sociales y económicas sobre las que estaban fundamentados los Estados y la sociedad, y se limitaban a hacer grandes declaraciones de liberalismo y a aplicar la violencia institucional, la violencia de Estado, contra todos los violentos disidentes. Contra la violencia, más violencia. Estaban demasiado seguros de la moralidad de sus propias normas y culpaban de inmoralidad a los críticos del sistema burgués. Por su parte, los violentos estaban convencidos de la inmoralidad de los sistemas burgueses. Ante esta postura intransigente de ambos bandos, la violencia iría creciendo todo el fin de siglo y principios del XX. Participarían en ella, además de los Estados burgueses cada vez más violentos, los nacionalistas violentos, los anarquistas violentos, los utópicos violentos, los comunistas, los sindicalistas violentos… y más tarde, a principios del XX, los fascistas, nacionalsocialistas y los populistas.

Una corriente liberal británica, los fabianos, y otra alemana, la Escuela de Frankfurt, elaboraron nuevas doctrinas sin necesidad de violencia, y de ello nos ocuparemos más tarde.

 

 

 

[1] Charles Alerini, 1842-1901, era de Córcega, esa región francesa tan particular, y en 1863 fue guardiamarina en Bastia, pasó a Avignon en 1864 y a Marsella en 1865, acabando como profesor en La Barcelonette y Barcilouna de Provença (Occitania). Estuvo en los sucesos revolucionarios de Marsella en agosto de 1870 y por entonces se hizo anarquista, y de nuevo participó activamente en La Comuna de Marsella en marzo de 1871, pues consiguió rifles y municiones para los sublevados. En abril, tuvo que huir a España y se refugió en Barcelona junto a Paul Brousse y Carnet Camille, los cuales redactaban La Solidaridad Revolucionaria, y organizaron el anarquismo español, desplazándose luego Brousse a organizarlo en Suiza y Carnet a hacerlo en el sur de Francia. Alerini fue delegado de España en el La Haya 1872, y luego fue uno de los organizadores del de Saint Imier, ya anarquista. Lógicamente, fue expulsado de la AIT por Marx. En septiembre de 1873, Alerini apareció como delegado de España y de varias delegaciones francesas en el Congreso de Ginebra. Tras regresar a España, y tras los sucesos cantonales de 1873, fue encarcelado en Cádiz. Malatesta se encargó de su liberación y compró a los guardias con oro y vino, pero Alerini se negó a huir. En mayo de 1879 fue indultado y marchó a Egipto, donde fue profesor de francés. Reingresó en el ejército y fue destinado a Indochina. Enfermó de malaria y murió en 1901.

[2] Nicolás Alonso Marselau fue un tipo extraño que aparecía a veces como católico, más bien oficialmente, a veces como protestante y a veces como Internacionalista. En 1858 fue seminarista en Granada, pero un día huyó a Inglaterra y se declaró protestante. En 1863 se declaró católico y volvió a Málaga, donde difundía ideas protestantes, y en 1868 estuvo en Sevilla donde además apareció como republicano y anarquista. En 1872 fue delegado de España en la Internacional de La Haya, y en noviembre fue encarcelado. Una vez liberado, se marchó por Francia y llegó a Roma, donde se hizo monje Trapense. Más tarde se mostró carlista, lo que no tiene ningún sentido para un anarquista y profesó en un monasterio de Burdeos.

[3] Tomás González Morago, -1885, fue un grabador madrileño que en 1868 se hizo republicano unitario del sector castelarista, pero a fines de año se pasó a los republicanos intransigentes federales y a los anarquistas. Preparó la visita a España de Giuseppe Fanelli y creó la Sección Madrileña de la AIT, y se hizo miembro de la Alianza Internacional Democrática Socialista. En 1871, huyó a Lisboa, donde junto a Antero Tarquinio de Quental y a José Fontana, creó la Sección anarquista en Lisboa. En 1872, regresó a España y actuó duramente contra los marxistas. En 1883 fue expulsado de la Federación Madrileña de la AIT por haber falsificado billetes de mil pesetas, motivo por el que había sido detenido y los anarquistas no querían verse comprometidos, pues el dinero era para ellos. fue encarcelado en Granada, donde enfermó de cólera y murió.

[4] MCN biografías, Jules Basile Guesde.

[5] MCN Biografías, Jean Jaurès.

[6] MCN Biografías. Louis Blanc.

[7] MCN Biografías, August Blanquí.

[8] Piort Alexieivich Kropockin, 1842-1921, era hijo de un aristócrata ruso, de la familia de los Príncipes de Smolensk (antiguos Zares rusos) y gobernantes y terratenientes de Kiew, militar como todos los grandes políticos rusos. Su madre también era hija de militar, pero murió pronto. Kropockin vivió sin contactos familiares, pues su padre casi siempre estaba ausente. En 1853 fue al Liceo de Moscú. En 1857 ingresó en el Cuerpo de Pajes del Zar para ser militar de élite, Estado Mayor, y allí estuvo de los 15 a los 20 años de edad. Tras la muerte del Zar Nicolás I en 1855 y la derrota rusa de Crimea, Kropockin se interesó por los movimientos sociales radicales rusos, Alexander Herzen y Nikolai Chernichevsky, y por Friedrich Engels. En 1858 se cuestionó la disciplina militar que estaba recibiendo. En 1861 fue a Moscú a la Corte de Alejandro I y quedó decepcionado por los sistemas autocráticos de este hombre. En 1862 fue destinado a la región del Amur, en el Pacífico ruso, lo que fue otra gran decepción vital para él, pues recibía a deportados políticos, sobre todo polacos de la insurrección de 1863. Hizo un estudio sobre los campos de prisiones y encontró corrupción e incompetencia. Entonces se le ocurrió redactar un proyecto de Gobierno Autónomo para el Amur, lo más inconveniente que podía hacer ante los autócratas de Moscú. Fue enviado a Irkutsk como responsable de abastecimientos de los centros penitenciarios y entonces aprovechó para viajar mucho y se convirtió en uno delos mayores conocedores de Asia nororiental. En 1864, encontró los viejos caminos de Manchuria y del Amur hacia Transbaikalia, en 1866 viajó por el alto Lena y cartografió viejos caminos desconocidos para el ejército ruso. Se convirtió en una autoridad geográfica de su tiempo. Especialmente le impresionó en 1866 la condena a muerte de cinco rebeldes polacos que se habían amotinado en un centro penitenciario, y lo publicó en un periódico ruso. Por ello, fue relevado de sus cargos y enviado a San Petersburgo. En 1867 abandonó el ejército y entró a trabajar en el Ministerio del Interior. Se interesó por las matemáticas, física y geografía en la Universidad y presentó un informe sobre sus conocimientos geográficos a la sociedad Geográfica Rusa, con gran éxito. En 1871, viajó a Suecia y Finlandia a estudiar los glaciares.

Mientras tanto, en 1871 había tenido lugar la Comuna de París. Kropockin se sintió interesado  por los sucesos de París y organizó un movimiento populista (naródniki). Viajó a Alemania y Suiza para conocer los socialismos europeos. Le informaron los bakuninistas del Jura sobre las diferencias entre los diversos socialismos y sobre todo entre Marx y Bakunin y se inclinó por los bakuninistas. Volvió a San Petersburgo en 1872  y dedicó sus esfuerzos a crear grupos socialistas en Rusia. En 1872, dimitió también de su puesto de trabajo. Ingresó en un grupo naródniki revolucionario llamado Círculo Tchaikovski, el cual fue desarticulado por la policía en 1874. Fue apresado en aislamiento absoluto en San Petersburgo. Su hermano, Alexander, se interesó por él y fue enviado a Siberia, donde se suicidó.

En junio de 1876, Kropockin huyó a Escocia con el nombre de Alexis Levachov. Luego fue a Londres y más tarde a Ginebra para volver a ver a sus amigos del Jura de 1872, James Guillaume, Paul Brousse, y los italianos Carlo Cafiero y Enrico Malatesta. Entonces se hizo anarquista violento. En 1877 residía en Ginebra, y visitó Londres en septiembre y París, donde vio a Andrea Costa y a Jules Guesde. En 1878 estuvo en España y constató que había dos anarquismos, el violento de Andalucía y el pacífico sindicalista de Cataluña. En Ginebra conoció a la populista Vera Zasulich. En 1879 y hasta 1894, publicó el periódico La Révolté, que algunas veces tuvo hasta 2.000 ejemplares de tirada. Allí fue publicando y elaborando su sistema ideológico: había que construir el colectivismo como paso previo al comunismo. Básicamente publicaba la obra escrita en 1878. Añadía que las comunas se debían federar mientras cada comuna permanecería independiente para expropiar y colectivizar los medios de producción como les viniera bien a los de esa zona. El colectivismo, sólo sería un escalón para llegar al comunismo, que sería la solidaridad entre los asociados.

En 1879 fue nombrado Secretario de la Internacional anarquista, y en 1880 fijó su residencia en Clarens (Suiza, al este del Lago Leman). Allí publicó ideas de un anarquismo comunista, directo e inmediato, que llamaba a la revolución, como le habían propuesto los italianos desde 1876 y estaban aceptando los suizos. En 1880 fue a Francia y se declaró partidario de un anarquismo comunista directo e inmediato, logrado en una revolución, lo cual fue aceptado en Italia, Suiza, Francia y Bélgica

En 1881 fue asesinado el Zar Alejandro II y hubo una gran represión contra los anarquistas rusos, por lo que Kropockin decidió apoyar al terrorismo: postulaba actos terroristas individuales, hechos en el campo, que desestabilizasen a los grandes propietarios y a los Gobiernos burgueses y prepararan una gran revolución anarquista. El estado permanente de revuelta educaría a los pueblos en la idea de que se podía vivir en contra del Estado.  El terrorismo se debía combinar con una acción sistemática de la palabra y de los artículos de periódico, al tiempo que se usaba el puñal el fusil y la dinamita. Lógicamente, fue expulsado de Suiza. Su intervención molestó a todos los Gobiernos europeos y Suiza le expulsó de su territorio. Se pasó a Francia y volvió a Londres, donde intentó dirigir una revolución junto a Malatesta, Cafiero y Reclus, pero los británicos le ignoraron. En 1882 se pasó a Francia, donde fue detenido por instigar al terrorismo. Aprovechó el juicio que le hicieron a él y a otros 65 anarquistas para difundir sus ideas anarquistas En 1883 fue condenado a cinco años. Dedicó el tiempo de la cárcel a escribir proclamas revolucionarias. Había contraído la malaria y lo estaba pasando mal. Fue liberado en 1886 tras una campaña de prensa de los “izquierdosos” franceses en su favor. Y volvió a Inglaterra. Por entonces era considerado una autoridad científica y socialista, porque había hecho muchas marchas por Siberia y había estudiado mucha geografía y economía. Los periódicos aceptaban sus artículos y le invitaban a dar conferencias. El anarquismo se difundió por Inglaterra. Tras el crimen de Estado de Chicago 1886, el anarquismo creció mucho en todo el mundo. Kropockin se interesó por la Revolución Francesa de 1789 como modo de alcanzar el poder.

En 1891, tras sus estudios sobre historia, volvió a las ideas de 1879, de ayuda mutua como base del funcionamiento de la sociedad. Abandonaba la idea del terrorismo como instrumento para la revolución.  En 1894 el anarquismo británico empezó a decaer cuando apareció el Independent Labour Party y los obreros tuvieron una opción política diferente. Kropockin viajó a América en 1897 y 1901 haciendo discursos. En 1905 se entusiasmó con los sucesos rusos, pero chocó con el autoritarismo soviético de Lenin. En 1914 se declaró germanófobo y declaró su apoyo a Francia, con lo cual se ponía a favor de un Gobierno “burgués” y a favor de la guerra. Los anarquistas se pusieron en contra de Kropockin. Los comunistas también estuvieron en su contra. En noviembre de 1917 fue a Rusia  y apoyó al moderado Kerenski en contra de los radicales comunistas y de los anarquistas. En 1918 vio con horror que Lenin perseguía a los anarquistas  y socialistas que no compartían sus ideas, y en mayo de 1819 se entrevistó con Lenin para intentar convencerle de que abandonara la represión como sistema político. No obstante, defendió que los Gobiernos europeos no atacasen a la Rusia bolchevique. En MCN Biografías, Kropockin.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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