EL LIBERALISMO CONSERVADOR,

De primera mitad del XIX.

 

Conceptos clave: liberalismo conservador, nacionalismo liberal, feminismo, nacionalismo romántico, socialismo utópico.

 

Muchos autores hacen arrancar el liberalismo de los finales del XVII y de la Ilustración del XVIII, así como del nacionalismo estadounidense de fines del XVIII. También habría que tener en cuenta las aspiraciones de la Revolución Francesa de fines del XVIII. Este liberalismo y este nacionalismo de finales del XVIII no se parecen apenas nada al liberalismo y nacionalismo de fines del XIX, y mucho menos a los de fines del XX, pero son importantes a la hora de entender los conceptos. Por eso tratamos de echar un vistazo general a los conceptos en su evolución temporal.

El liberalismo del XVIII y principios del XIX era la reclamación de derechos para el individuo. Frente a los milenios anteriores que habían puesto al hombre al servicio de Dios, del Rey, del Estado, de la Nobleza y de la Iglesia, el liberalismo reclamaba un individuo poseedor de derechos inalienables, por encima de los gobernantes, de las autoridades religiosas, del Estado. En este sentido, el Renacimiento, reivindicando el derecho a pensar y a disentir, y el protestantismo, reivindicando para cada creyente el derecho a interpretar la Biblia, son tenidos por antecedentes del liberalismo. Los autores como Locke, intentaron definir estos derechos y se dieron cuenta de que, sin dinero, los derechos son una entelequia, por lo que llegaron a la conclusión de que la propiedad era el derecho fundamental, sin el cual el hombre no tenía acceso a los otros derechos. El derecho a la propiedad fue la idea directriz que guió todo el liberalismo de fines del XVIII y principios del XIX. Es el llamado liberalismo conservador. La utopía de este tiempo pensaba que, algún día, todos los hombres, estudiosos y trabajadores, accederían a la propiedad y podrían alcanzar así sus derechos. Creían que la tierra agrícola era una superficie inmensa y que estaba por explotar.

La Revolución Francesa descubrió que los grandes principios morales de libertad, igualdad y fraternidad, que pretendía que fueran universales, podían ser utilizados a favor de los viejos populismos y de la irracionalidad de las masas. La Convención exigió la unificación lingüística, legal y fiscal, y acabar con los privilegios de la Corona y la Nobleza, pero cayó en la tentación del autoritarismo, de la dictadura, de regular las relaciones económicas hasta el absurdo, de regular los precios hasta destruir el mercado, de acabar con las asociaciones y con las libertades que eran el principio por el que se había hecho la Revolución. La Convención se puso a hacer asesinatos de Estado, legales, pero inhumanos e inmorales. La revolución se convirtió en una gran decepción. Napoleón significó la vuelta de los mercados, la unificación real de leyes, impuestos más equitativos, justicia con más defensa del ciudadano, mercados, pacificación del país, y fue muy bien acogido en Francia hasta el punto de representar la verdadera revolución burguesa. Su idea era generalizar estos principios en toda Europa, pero fue rechazado en otros reinos. Napoleón es interpretado históricamente como la posibilidad de continuación de la lucha por el liberalismo, evitando la marcha atrás. También significó la llamada internacional a que el orden público sería necesario para continuar en el proceso liberal. Entendió que ello sólo sería posible a través de fuertes medidas de represión, y mediante una dinastía nueva, lo cual generó una nueva polémica sobre el liberalismo francés. El liberalismo conservador había triunfado.

En Francia, Benjamín Constant de Rebecque, 1767-1830 creó una doctrina llamada “doctrinarismo” que defendía que el progreso sólo se puede lograr en el justo medio entre el orden social que había defendido el absolutismo, y la libertad que había llevado hacia el jacobinismo, o populismo, destructor de propiedades, negocios, libertades, vidas… Por tanto, la democracia debía ser confiada a los burgueses responsables. Denunció el mito de la democracia griega antigua, una falsedad historiográfica que muchas veces calla que fue la democracia de los grandes capos piratas y grandes terratenientes poseedores de esclavos, una ínfima minoría social que cabía toda ella en una habitación espaciosa. Constant definió libertad como la posibilidad de disfrute de los derechos civiles bajo el imperio de la ley, pero manteniendo el ciudadano su personalidad frente a los poderes del Estado. Defendía que el Estado debía conservar y proteger valores sociales importantes para la continuidad de la civilización, y debía dejar libertad en campos concretos como la opinión, religión, comercio y propiedad, siempre que éstos no fueran dirigidos contra el Estado y contra el bien común. Defendía limitar los poderes del Rey a convocar y disolver el Parlamento, nombrar y cesar Ministros. Creía en la democracia representativa, única posible en las grandes organizaciones sociales, es decir, que la democracia se ejerza entre los representantes elegidos por los ciudadanos. En 1815, colaboró con el autoritario Napoleón, pero sólo porque consideraba que era la manera de acabar con los ultrarrealistas absolutistas.

En Francia fueron doctrinaristas los orleanistas. En España fueron doctrinaristas casi todos los Gobiernos conservadores de Isabel II.

Alexis de Tocqueville, 1805-1859, defendía la idea de que igualdad es dar a cada uno lo suyo, lo que merezca según su trabajo y esfuerzo, lo cual significaba lo contrario de lo que predicaban los igualitaristas jacobinos, esto es, lo contrario a repartir bienes y derechos entre todos indiscriminadamente, tanto entre los trabajadores que sirven a la sociedad, como entre los que se dedican a vivir a costa de los demás e incluso a destruir adquisiciones de los demás. Porque estos últimos atacan los derechos de los demás, atacan su libertad. Y porque el igualitarismo es lo contrario del progreso social, pues el esfuerzo por progresar desaparece en una sociedad igualitaria. Tocqueville publicó La Democracia en América, volumen 1 en 1835, y volumen 2 en 1840. Teorizó sobre el igualitarismo y dijo que era una idea siempre presente en los pueblos, una tendencia del inconsciente que debe ser racionalizada. Libertad es una idea diferente de igualdad y, a veces, contraria. Las sociedades históricas siempre eligieron igualdad frente a libertad, pero en una sociedad liberal, donde las condiciones jurídicas y políticas garantizan la igualdad básica, la libertad es un valor superior a la igualdad. En un Estado igualitario, el despotismo es muy fácil, porque los ciudadanos han perdido el sentido de la crítica y el derecho de rebelión, y es fácil erigir un líder todopoderoso. Sólo la libertad es una barrera contra el despotismo. Constant se opuso tanto al golpe de Estado contra Luis Felipe de Orleans que conducía al absolutismo, como al golpe de Estado de Napoleón III de 1852 que conducía al despotismo.

François Guizot, 1787-1874, criticaba la burocracia del despotismo ilustrado, que había llevado al Gobierno a ser inoperante y contrario al desarrollo social y económico, y defendía un mayor individualismo. Decía que se debía huir del despotismo del poderoso, que llevaba a abusos manifiestos amparado en la libertad, y también de la ignorancia del pueblo trabajador, que incurría una y otra vez en errores gravísimos de tipo social y económico. Al pueblo se le debía educar, pero la educación debía ser libre, lo que significaba, entonces, que no tenía que estar sometida a las tradiciones defendidas por los religiosos, la parte más tradicionalista de la sociedad de entonces. El poder debía guardarse para gente preparada para ejercerlo.

François Guizot le advirtió a Luis XVIII que sólo un sistema liberal garantizaría su continuidad en el trono, lo cual fue considerado una solemne tontería por los consejeros del Rey de Francia. Como Guizot había huido a Gante, para alejarse de Napoleón, fue llamado despectivamente “el hombre de Gante”. Pero se tuvo en cuenta su consejo y se dio un barniz liberal a la monarquía. Luego, Guizot se pasó a la oposición contra la monarquía absolutista de Carlos X. Entonces escribió dos grandes obras: Historia de la Civilización en Europa, 1828, e Historia de la Civilización en Francia, 1830. Con el triunfo de Luis Felipe de Orleans en 1830, Guizot creyó que lo fundamental en la sociedad era la extensión de la enseñanza en todos sus niveles. En 1840-1848, Guizot fue el hombre fundamental del Gobierno de Francia y su principal preocupación fue la paz con la Gran Bretaña de Lord Aberdeen, situación que fue aprovechada por los británicos para conseguir sus intereses por cualquier medio. Es decir, la política pacifista de Guizot fue más bien un fracaso. Ante las revueltas de 1848, recomendó energía contra los revoltosos.

Jeremy Bentham, 1748-1832, creía que libertad era conseguir la mayor felicidad para el mayor número de personas, lo cual era la ley ética general a la que había que someter todas las decisiones del Estado y del individuo. A su doctrina se la llamó hedonismo. La idea de cuantificar la felicidad y el número de personas felices, nos parece hoy ridícula, pues se trata de subjetividades imposibles de trasladar a números objetivos.

James Mill, 1773-1836, explicaba que la realidad humana es compleja y difícil, y la libertad era mucho más difícil de lo que se había supuesto en tiempos pasados. La sociedad y el Estado son realidades en cierta manera contradictorias con la libertad del individuo, y sólo la cultura del individuo podrá resolver estas contradicciones. La sociedad y el Estado son necesarios, pero limitan y anulan libertades individuales.

John Stuart Mill, 1806-1873, advertirá que existen muchos enemigos de la libertad, de los que el menor es el Estado, mucho más grave es el entorno del individuo, y gravísimo es la propia autocensura. Se considera que Stuart Mill es un punto culminante del pensamiento liberal.

 

 

El talante liberal.

 

Debemos separar el liberal económico, del liberal político y filosófico. Vamos a hablar de este último, de la parte positiva del liberalismo:

En general, el liberal es una persona guiada por la razón, amante de las libertades individuales y de que los individuos tengan algún control sobre los poderes que el Estado ejerce sobre el individuo. El liberal gusta de la libertad religiosa, lo que implica aconfesionalidad del Estado. El liberal es antidogmático, antiautoritario, creyente en la necesidad de que los gobernantes sean elegidos por sufragio libre, partidario de la educación libre, si es preciso laica, y con fe en el progreso. Cree en la necesidad de la Constitución, la publicación de las actuaciones y discursos de los gobernantes a fin de que el engaño y el encubrimiento sean menos fáciles, la eliminación de protocolos y cláusulas secretas entre gobernantes, la libertad de opinión mientras no se dañe al sujeto al que se critica sino en beneficio de los derechos humanos y las leyes. La existencia del Estado y la necesidad de sometimiento a la jerarquía, los ve como un mal necesario, soportable en cuanto estén al servicio del individuo y sus derechos, al servicio de la vida colectiva del individuo, pero no como entidades a las que se deba servir ciegamente.

No siempre se cumplen estos supuestos simultáneamente en el pensamiento individual, pues encontramos que el liberal moderado Narváez era dogmático y autoritario, que muchos liberales católicos españoles eran partidarios del confesionalismo de Estado, que la separación de poderes no se respeta siempre… Hablaremos, pues, de grados de liberalismo. Se es más o menos liberal. Se evoluciona en la vida hacia adelante y hacia atrás. No hay un “carnet” de liberal que se obtenga una vez y se mantenga para siempre. Incluso muchos países y muchos políticos famosos que siempre están presumiendo de liberalismo y democracia, pueden ser criticados por falta de espíritu liberal y demócrata. El dicho español “dime de lo que presumes, y te diré de lo que careces” puede ser aplicado frecuentemente.

El término “liberal” se originó en España, cuando los diputados de Cádiz pidieron a los privilegiados que fueran “liberales”, generosos, y cedieran en sus privilegios, los entregaran a favor de toda la sociedad española. Liberal era, originariamente, quien daba con más o menos prodigalidad, quien era desprendido. Es decir, que los privilegios del viejo orden social se debían ceder en favor de los derechos de todos. El concepto gustó en Europa tanto como la situación que se estaba produciendo en España, y la palabra fue aceptada internacionalmente.

 

 

El nacionalismo-liberal de fines del XVIII:

 

Junto a este liberalismo inicial, surgió un primer nacionalismo expresado en las colonias británicas de Norteamérica a fines del XVIII. Decían los colonos norteamericanos que el Gobierno Británico no se podía oponer a los deseos de los ciudadanos, y, en caso de que se opusiera, éstos tenían derecho a “constituirse como Estado independiente”. De ahí nació el término “Constitución” en 1787. Es el nacionalismo liberal, difícil de distinguir todavía del liberalismo de su época, porque reclamaban los derechos propios del liberalismo y una Constitución con autoridad por encima de todos los gobernantes.

La idea de que toda nación tiene derecho a constituirse como Estado fue una falacia difundida por los Estados Unidos de cara a su independencia respecto a Gran Bretaña, y que sigue estando vigente siglos más tarde entre los revolucionarios. Pero los Estados Unidos no reconocieron ese mismo derecho a los pueblos indígenas, a los pueblos africanos, ni a los pueblos latinos que tenían dentro de ellos mismos y en sus fronteras. Es decir, los límites del pueblo con derecho a constituirse en Estado los pusieron unos pocos, los “Padres Fundadores”, y nadie de dentro, ni de fuera, tuvo la oportunidad de desdecir a los Padres Fundadores, ni de crear nuevos Estados.

Este primer nacionalismo es bastante difícil de distinguir del liberalismo inicial. Pero el nacionalismo evolucionaría más tarde hasta poner los derechos nacionalistas por encima de los derechos de los que no participaban en el sentimiento nacional, más tarde hacia la violencia, y por fin, hasta la negación de todos los derechos liberales, calificando de inconscientes a los que no sentían como ellos. Los programas para “educar” a los no nacionalistas en el nuevo sentimiento nacional, son de lo más antiliberal.

España se vio afectada por este liberalismo-nacionalismo norteamericano a partir de 1808, pues los criollos españoles americanos, muchos de ellos con relaciones con los comerciantes estadounidenses, o con los militares de sus vecinos recientemente independizados, asumieron y utilizaron estas ideas para conseguir su independencia. En el caso Latinoamericano, la definición de quién era el sujeto del derecho a la independencia también fue capital: la primera definición de pueblo americano a constituirse en Estado abarcaba toda Latinoamérica, y fueron varios los que lucharon por este fin, pero más tarde, los intereses de distintos comerciantes y ganaderos crearon nuevos territorios con supuesto derecho a constituirse en Estados. Y la guerra decidió las fronteras finales de cada uno.

En el caso de Latinoamérica, se produjo la situación sorprendente de que los nacionalistas, la mayoría de blancos descendientes de españoles, hicieron su revolución en nombre de los pueblos oprimidos, se podía entender que los indios aborígenes o que la propia minoría que se estaba rebelando, y muchos de esos pueblos indígenas lucharon en el bando de los españoles contra los independentistas criollos. Aunque, visto desde el prisma de la economía, los criollos luchaban por los derechos que no les concedían los empresarios españoles peninsulares, y no tenían apenas apoyos de las poblaciones indígenas a las que explotaban, lo cual hace que todo tenga un sentido lógico.

 

 

El feminismo.

 

Uno de los frutos más interesantes del liberalismo romántico de fines del XVIII fue el Feminismo, representado a principios del XIX por Isabel de Charriere, y Madame de Staël.

Isabelle de Charrière, 1740-1805, debiera haberse llamado Isabelle van Tuyll van Servoskerken, pues Charrière era el apellido de su marido. Era neerlandesa y fue una mujer muy culta que hablaba francés, alemán, inglés, italiano y latín, y conocía las matemáticas, física, música, además de ser una autoridad en literatura. Defendió que las hembras debían ser educadas en igualdad de condiciones que los varones, hasta el límite de sus capacidades intelectuales. Criticó a Rousseau porque éste había dicho que la mujer estaba sometida y al servicio del varón. Contó la Revolución de 1789 desde el punto de vista de las mujeres. Sus armas eran el panfleto, el cuento, la novela y el artículo de periódico, siempre anónimo porque, de otra manera, no podría publicar. De Charrière conoció a Madame de Staël pero no simpatizó con ella.

Anne Louise Germaine Necker, 1766-1817, baronesa de Staël desde 1802, fue conocida como Madame de Staël, título de su marido. Defendió que la capacidad intelectual de la mujer es igual a la del hombre, y que sólo depende, en ambos casos, de la casuística de las dotes naturales, educación y trabajo personal realizado. Afirmó que las mujeres tenían una sensibilidad superior. Nació en París dentro de una familia calvinista procedente de Ginebra, nada menos que los Necker, banqueros importantísimos. Fue educada con todos los medios que entonces se dedicaban a los hombres de mejor posición y aprendió inglés, latín, música y danza, e incluso le permitieron ir al teatro, cosa no permitida a las jóvenes de su época. Pero la casaron a los 20 años de edad en 1786 al estilo tradicional, en un matrimonio de conveniencia, con el Barón de Staël, y pasó a llamarse Germaine de Staël. Consecuentemente con su ideología de libertad, decidió acostarse con quien le apeteciera, lo cual era considerado normal para los varones, e incluso digno de admiración en el caso de los varones, mientras era signo de oprobio en las mujeres. En 1793, durante el Gobierno de los sansculottes, los esposos se marcharon a Inglaterra. Apoyó el golpe de Estado de Napoleón Bonaparte de 18 de brumario, 1799, cuando éste se proclamó cónsul y acabó con los jacobinos. En 1800 se separó de su marido. En 1802 murió su marido y se convirtió en la Baronesa de Staël. Aprovechando su fortuna, abrió un centro de tertulias, el Salón del Hotel Suecia, al que acudían los liberales del momento. En 1803, le decepcionó Napoleón que se hizo proclamar emperador y con ello abandonaba el camino del liberalismo para fundar una nueva dinastía de reyes. Napoleón ordenó que las mujeres estuvieran bajo la tutela de sus maridos. Y Madame de Staël fue alejada de París porque defendía la libertad de la mujer para divorciarse y hablaba de que las mujeres habían sido mal tratadas por la Revolución Francesa, excesivamente machista. En su alejamiento de París, descubrió el romanticismo alemán, y difundió esas ideas por Francia. Napoleón se enfureció y Madame de Staël tuvo que huir de Francia. En 1811, se volvió a casar, con un militar suizo, Albert de Rocca. Estuvo en Alemania, Rusia e Inglaterra defendiendo los derechos de las mujeres.

Nicolás de Condorcet, 1743-1794, en Bosquejo de una tabla histórica de los progresos del espíritu humano, reclamaba el reconocimiento del papel social de la mujer a la que veía injustamente disminuida en derechos por la sociedad.

Jeremy Bentham, 1748-1832, consideraba que, cuando las mujeres fueran educadas como lo eran los hombres, mejoraría la posición social de las mujeres.

En 1791, Olympe de Gouges escribió la Declaración de Derechos en femenino, en la Declaración de Derechos de la Mujer y la Ciudadana, un gesto simbólico, pero de poco valor.

En 1792, Mary Wollstonecraft inició una lucha por el derecho de la mujer al voto y por una educación igual para ambos sexos en Vindicación de los derechos de la mujer.

En 1848 se reunió la Convención de Seneca Falls en Nueva York, y 300 mujeres pusieron de manifiesto que la mujer americana de ese momento estaba legalmente sometida al hombre, y que tenía limitaciones de derechos que no tenía el hombre, como era el caso del derecho de propiedad reservado a los maridos.

A mediados del siglo XIX, Lucrecia Cofin Mott, Lucy Stone, Elizabeth Cady Stanton y Susan Brownell Anthony llevaron a cabo una campaña defendiendo que la mujer era superior al hombre porque era más templada, más piadosa y no solía beber alcohol. Por ello, pedían para las mujeres iguales derechos a los que tenían los hombres.

John Stuart Mill pidió la igualdad entre hombres y mujeres y puso de manifiesto las desigualdades legislativas y sociales de la mujer. En este caso, es posible que quien estuviese escribiendo fuera su amante, utilizando su nombre. En 1866, reclamó el voto para la mujer.

En 1902 se creó la Womens`s Social and Political Union de Emmeline Pankburst para luchar por el sufragio femenino, el cual se consiguió en Finlandia 1906, Francia y Gran Bretaña 1918, y España 1931.

Simone de Beauvoir escribió en 1949 El Segundo Sexo.

En 1960 empezó en los Estados Unidos la llamada segunda ola del feminismo, la cual duró hasta 1980. Fue una campaña muy radical y con muchos defectos, no siempre favorable a la mujer. Luchaban por la igualdad de facto en la vida diaria, defendían que la mujer manifestara su sexualidad en público, reclamaban el derecho de propiedad igual al de los hombres, el derecho a constituir una familia, los derechos en el trabajo y la libertad para tener los hijos que deseasen.

En 1960, la Food and Drug Administration aprobó las píldoras anticonceptivas, elementales para que la mujer controlase la natalidad. Se pusieron a la venta en 1961.

En 1961, Helen Gurney Brown  escribió Sex and the Simple Girt.

Betty Friedan escribió en 1963 Mística de la Feminidad. Y en 1966, reunió a 28 mujeres, y fundaron la National Organization for Women para luchar por los derechos civiles de la mujer.

En 1967 surgieron múltiples grupos de liberación de la mujer, lo que en lenguaje de la época significaba socialismo y comunismo, es decir, una bandera de enganche para atraer mujeres al socialismo, y en 1968 organizaron muchas protestas, pero ya no era feminismo propiamente dicho, sino política aprovechando el feminismo. El feminismo, convertido en un instrumento de las izquierdas, perdió posiciones en la derecha y se convirtió en motivo absurdo de disputas políticas. Era un retroceso en la lucha por la liberación de la mujer.

En 1968, Coretta Scott King, esposa de Martin Luther King, asumió el liderazgo por los derechos de las mujeres afroamericanas en Estados Unidos.

En 1969 surgió el feminismo radical o Redstockings, y el feminismo más bien perdió simpatías en el mundo.

En 1990 surgió la llamada tercera ola del feminismo con planteamientos mucho más serios y racionales, alejados de la lucha política entre derechas e izquierdas. Para empezar, declararon que no existía un modelo de mujer, la mujer de las campañas anteriores feministas, sino muchos casos de discriminación de la mujer, de mujeres concretas en situaciones concretas. Las mujeres tienen problemas por cuestiones étnicas, cuestiones sociales y cuestiones religiosas, y cada mujer tiene problemas específicos. Hay problemas de homosexualidad, bisexualidad, transexualidad, y de vivencia plena de la propia sexualidad, que hay que resolver. No existen unos principios universales para la liberación de la mujer, pero sí casos muy complicados como que algunos jueces y políticos tienden a favorecer al hombre frente a la mujer, y en contra de ella, y hay que luchar en esos casos concretos. Hay que repensarse la actividad de la prostitución como un fenómeno muy complejo a tratar en cada caso concreto, el problema del sadomasoquismo, la transexualidad. E incluso, se plantearon la necesidad de acabar con el movimiento anti-hombres, que se había mostrado como un error en los últimos 20 años, que ni siquiera era feminismo, sino banderas de enganche para otros temas políticos.

 

 

Nacionalismo romántico

 de primera mitad del XIX.

 

Distintos colectivos europeos, en discrepancia con la universalidad de un modelo liberal, pensaron en sistemas de convivencia más adecuados a sus propias personalidades históricas y culturales.

El más interesante de ellos es el colectivo alemán, el nacionalismo alemán. En Alemania surgió la idea de la existencia de un espíritu del colectivo, el volkgeist. Fichte en 1808, defendía que el volkgeist alemán era superior al de otros pueblos vecinos europeos. Los estudiantes alemanes de la bundcheschaf se pusieron a buscar las características de este volkgeist en las regiones más apartadas, que debían ser las menos contaminadas por la civilización europea, e hicieron recopilaciones de música, cuentos, leyendas, costumbres alemanas… Cuando Hegel defendió el sentido histórico de todos los conocimientos y el sentido dialéctico de la historia, los románticos alemanes se sintieron plenamente justificados en sus diferencias tanto respecto a Francia por occidente, como respecto a los países orientales. Y una vez más surgió la indefinición del sujeto nacional, cuando algunos la identificaban con el Grossdeutschland (Gran Alemania) y otros con el Kleindeutschland (Pequeña Alemania).

Pero hubo muchos más románticos por toda Europa: los carbonarios italianos, los independentistas griegos, los independentistas belgas, Mazzini hablando de la libre determinación de los pueblos y de los individuos, Michelet reivindicando la tradición para conformar un Estado posible, ético y conservador del orden social, etc.

 

 

El socialismo utópico antiguo.

 

Frente al liberalismo conservador y nacionalismo conservador existentes, nacieron en el XIX los socialismos.

El socialismo correspondiente a esta época del XIX, y a otras muchas épocas de la historia, desde el comienzo mismo de nuestros conocimientos históricos, es el utópico. Los socialismos utópicos son movimientos, a menudo populistas, que tratan de repartir mejor la riqueza mediante organizaciones sociales y económicas más o menos irracionales (basadas en supuestos buenos deseos y buenos sentimientos humanos) y, por tanto, condenadas al fracaso. Hay que tener en cuenta que la ciencia económica es de principios del XIX, y hasta entonces se vivía de intuiciones y experiencias no racionalizadas. Por otra parte, abandonar la idea de que el hombre es bueno, o es malo por naturaleza, para aceptar que existen individuos diferentes, con diferentes circunstancias sociales y personales, y que puede evolucionar a lo largo de su vida, y que cada situación es diferente para cada individuo, es una idea demasiado moderna y difícil de aceptar por su complejidad. El cristianismo había llegado a la idea de un hombre que nacía malvado por el pecado original, que era capaz de redimirse, con la ayuda de Dios, lo cual era un avance grande en la Edad Antigua. Volver a la idea de razas buenas y malas, etnias buenas y malas, es un retroceso que se produce demasiado a menudo.

Socialismos utópicos ha habido y habrá siempre:

El cristianismo primitivo era una utopía de reparto de la riqueza entre toda la comunidad, utopía que fracasó desde el principio, y luego desapareció cuando el cristianismo obtuvo gran cantidad de riquezas, las de los antiguos sacerdotes romanos, y concibió la idea de la caridad, de partir y compartir el pan y la capa, sustituyendo así la idea de entregar todo a los pobres y abandonarse a Dios, por la de ser desprendido y generoso para con los pobres. El cristianismo abandonaba la utopía y trataba de generar una virtud de tipo social. Fue el momento de su éxito en el Imperio Romano.

Los jarichíes musulmanes de final de la Edad Media eran una utopía que creía en el igualitarismo y exigía el reparto igualitario de la tierra, pues opinaban que todos los musulmanes eran estrictamente iguales en derechos “aunque se trate de un esclavo negro”. Frente a los sunníes que defendían la superioridad de la tribu Quraish, que fue la tribu de Mahoma, y afirmaban que el Imán de los Creyentes debía ser árabe, varón, y descendiente de Mahoma, y frente a los chíies que defendían la superioridad de la familia del Profeta y los descendientes de Alí ibn abi Talib, primo y yerno de Mahoma, los jarichíes decían que cualquiera, incluso un esclavo e incluso un negro, podía ejercer el poder, incluso en los grados más altos, siempre que esos hombres fueran moralmente puros y verdaderos creyentes, pues Alá les guiaría. La idea de repartir los bienes entre todos los musulmanes por igual, frecuente en época medieval, fue desapareciendo por utópica[1].

En el siglo XIX, los utópicos tuvieron mucha más notoriedad, tal vez debido a la Revolución Francesa y a la aparición de la prensa, el panfleto, y desde luego debido al inicio de la revolución industrial y la creación de nuevas fuentes de riqueza:

Babeuf, ejecutado en 1794 por Robespierre y la Convención, predicaba la destrucción del Estado y de la sociedad para reconstruir una sociedad nueva comunista, y se pasó la revolución poniendo bombas.

Los ludditas británicos, discípulos de Ludd, entre 1780 y 1810, quemaron fábricas cada vez que se despedía injustamente, según ellos, a un compañero, e incluso asesinaron patronos, y a sus ayudantes, cuando éstos mandaban matar a un obrero. En 1810 se legisló la ejecución de los destructores de máquinas y fábricas y el movimiento retrocedió. En España, el luddismo se produjo en Alcoy desde 1820, y en Barcelona desde 1835.

El cartismo británico creía en la posibilidad del cambio económico y social a través de la política, siempre que los políticos se moralizasen, y escribían cartas en este sentido a sus representantes políticos. En 1842, incorporaron la huelga y la violencia para apoyar sus peticiones. En 1848 se desacreditaron cuando se probó que las firmas que recogían a millares, eran casi todas falsas.

Henry de Roubroi, conde de Saint Simón, 1760-1830, en Francia reivindicaba que la riqueza debía ir a parar a los trabajadores (él les llamaba “industriales”) y se necesitaba una nueva moral del trabajo, una nueva religión, para que así fuera.

Charles Fourier, 1772-1837, creía en que el hombre, en pequeñas comunidades, podía ser autosuficiente y creaba “falansterios” de agricultores, artesanos, administradores… debidamente seleccionados psicológicamente para que sus caracteres no chocasen entre sí y para que entre todos aportaran lo necesario a la comunidad.

Etienne Cabet, 1788-1856, creía en un comunismo perfecto, donde todos fueran tratados exactamente igual, hombres y mujeres, con uniformes, comida igual en comedores comunes, trabajo igual. Su doctrina se llamó Comunismo Icariano.

Philippe Bouchez, 1796-1865, y Pierre Leroux, 1797-1871, creían que el reparto de la riqueza según las normas evangélicas cristianas, haría una sociedad justa.

Marx trató de hacer una teoría social razonada, basada en los conocimientos económicos y sociales de su momento, y a esta teoría la llamó “socialismo científico” y la contrapuso a las teorías de otros socialistas a los que llamó utópicos.

 

 

El fracaso del liberalismo burgués.

 

Lo que estaba perfectamente claro desde principios del XIX, es que el control de los poderes del Estado por el ciudadano, por el simple hecho de que existiera la separación de poderes, era una entelequia. Montesquieu era un utópico que presuponía que los nobles, a los que él encargaba la función de gobernar, poseían una moral superior. Por otra parte, los burgueses de la revolución demostraron una inmoralidad muy semejante a la del estamento noble al que desplazaban del poder. El liberalismo burgués se convirtió en otra forma de explotación social, y las revoluciones de 1830 y 1848 no lanzaron a la gente a la calle por casualidad en los países supuestamente liberales, que presumían de haber hecho la revolución liberal. La revolución se había quedado en la existencia de una Constitución, letra muerta en la mayoría de los casos, y en el acceso al poder de los grandes burgueses, que no sólo se habían constituido en una nueva nobleza del XIX, sino que incluso compraban los títulos de nobleza.

 

 

[1] Los sunníes son el 80% de la población musulmana, y defienden que la norma moral y religiosa fundamental es El Corán, pero en las lagunas del Libro, se deben utilizar los Dichos y Hechos del Profeta y, si aún así no se encontrara solución para un caso, actuaría el consenso de los sabios del Islam para crear una nueva Ley.  Los sunníes creen que cada creyente puede interpretar el Corán, pues Dios se manifiesta a cada uno y no necesita intermediarios, ni sacerdotes.

Los chiíes creen en la legitimidad de Alí bu abi Talib como sucesor de Mahoma, y precisamente esa condición de “seguidores de Alí”, en árabe chiat u Alí, les da el apelativo de chiíes. Sólo deben ser Imanes los familiares del Profeta y negaron la legitimidad de los suegros y generales de Mahoma que gobernaron a los árabes antes que Ali. No obstante, la muerte del Califa Uthmán significó un drama social y religioso, pues el general Mu`awiya se rebeló contra Alí defendiendo la opinión de que Uthmán había sido asesinado, y creó la dinastía Omeya (que reinaría en Al Andalus  en la Península Ibérica). Para superar la crisis, algunos musulmanes decidieron asesinar a Alí y a Mu`Awiya, y lograron asesinar a Alí, pero no a Mu`awiya, y los conflictos internos perduraron. Los descendientes de Alí fueron finalmente derrotados por los descendientes de Mu`awiya, y ejecutaron a 72 chiíes, lo cual hizo empeorar el problema, pues fueron declarados mártires por los suyos, y ya nunca se puso poner fin al conflicto. Los chiíes nombraron Califa a Alí abu al Hussayn, y desde entonces a una serie de califas alternativos hasta el siglo X. Los chiíes creen en un solo Dios creador, el cual está representado en la tierra por un solo sacerdote y gobernante, el Imán, que es líder intelectual, jefe político y maestro de todos los musulmanes. Creen que la justicia es patrimonio de Dios y no de poderes civiles. Creen en los profetas que Dios envía periódicamente a la tierra para enseñar una nueva verdad divina. Y creen que, tras el fin de la humanidad, sobrevendrá un Juicio final en le que cada hombre será juzgado por Dios. Los chiíes creen que el Corán es el medio por el que Dios se comunica con cada persona, y no necesita intermediarios. Cada individuo debe actuar como le dicta el Corán, pero en los casos difíciles, y creen en siete niveles de esoterismo o dificultad, el Corán debe ser interpretado por los expertos.

En principio, parecería que los sunníes tienen muchas ventajas sobre los chiíes, pero resulta que los sunníes se han separado en muchas ramas: Ibadíes de Omán y Zanzíbar, y algunos poblados del Magreb, que creen que todos los hombres son iguales, y se declaran pacifistas respecto al ejercicio de la violencia, pero escrupulosos a la hora de exigir los deberes políticos, morales y religiosos. Incluso algunos admiten que la mujer puede ser Califa. Los Azraquitas son musulmanes radicales, que prohíben que un musulmán oculte su fe religiosa, y predican la violencia contra los infieles, son infieles los no musulmanes, y también los que ocultan su fe religiosa y los que han hecho apostasía y los no azraquitas. Los Azzaquitas son crueles y mandan eliminar a los hombres, mujeres y niños, sin dejar a nadie de los infieles vivo. Por tanto, defienden la licitud de atacar a cualquier país infiel. Los Najadatas admiten el uso de la fuerza para tomar el poder y extender el Islam, pero no admiten la crueldad Azraquita. Los Sufíes, otra rama islámica, son pacifistas

Los jarichíes creen que el líder de los musulmanes debe ser el más culto, más digno moralmente y mejor creyente. La idea fuerte era que todos los musulmanes eran iguales. Siendo la opción más socialmente débil, era la más simpática a pobres y esclavos, y la de más fuerza expansiva a la hora de reclutar soldados para las razzias. Pero llevaba en sí misma la contradicción de que los soldados conquistadores querían riquezas y tierras, y cuando las conseguían, dejaban de un lado la moralidad y el sentido del igualitarismo. Los nuevos soldados de las nuevas razzias no eran acogidos como hermanos iguales en derechos.

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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