PENSAMIENTO ESPAÑOL DE FINES DEL XIX.

 

Conceptos clave: el hombre nuevo, la desinformación, polémica sobre la ilustración española.

 

Sería importante no confundir lo nuevo, lo vigente y lo predominante. Vamos a considerar las nuevas ideas políticas de segunda mitad del XIX, las que eran más activas en política. Pero somos conscientes de que la mayoría de los ciudadanos eran indiferentes a los políticos y a sus ideas, e incluso eran indiferentes al catolicismo que decían profesar. Vamos a hablar de ideas nuevas, pero no afirmamos que fueran predominantes.

 

 

El hombre nuevo de finales del XIX.

 

1868 fue la época de aparición del “hombre nuevo”, una expresión inventada por Nicolás Salmerón hacia 1860. El “hombre nuevo” era una expresión que intentaba definir a los revolucionarios de fin del XIX, al hombre que quería cambiarlo todo de abajo arriba. Y para poder cambiarlo, necesitaba destruirlo todo con el grito de “¡Abajo lo existente!” Y una vez destruido todo, ya se vería si se reorganizaba el mundo mediante el federalismo, el socialismo marxista o el socialismo libertario, sistemas que todavía no se habían teorizado a fondo, que todavía no estaban maduros, pero que, en opinión de la nueva corriente política, seguramente serían mejores que la vieja sociedad decadente. El espíritu del hombre nuevo era una posición romántica exaltada. Era asomarse a un barranco y precipitarse para ver qué pasaba.

El romanticismo español tardío, de 1860 en adelante, no era extraño en su tiempo, pues en Estados Unidos se luchó la Guerra de Secesión en 1860-1865, en Turquía aparecían los Jóvenes Turcos, en Japón se producía la Revolución Meijí, Italia y Alemania iban a su unificación, Gran Bretaña hacía su reforma electoral de 1864 que inició el periodo de estabilidad y desarrollo de Gladstone y Disraeli, y muchos jóvenes emprendedores se embarcaron en la aventura del colonialismo explorando tierras lejanas. Y en todas esas aventuras había una componente romántica importante.

Jaspers dijo que hacia 1870 “empezaba la Historia Universal”, pues parecía que todo el mundo empezaba a sentir al unísono. Efectivamente, en el último tercio del XIX, hubo un arte oficial, un pensamiento oficial, una religión oficial, sostenidos por el Gobierno, y unas artes en la oposición, pensamientos en la oposición, religiones de la irreligión, con sus sistemas de creencias, sus nuevos profetas, sus dogmas, sus festividades, sus ritos, sus santos venerandos…, igual que los de las religiones, pero puestos al servicio de la revolución. Los jóvenes y partidos de “izquierda” creían que lo estaban cambiando todo y, visto con perspectiva, estaban cambiando muy poco las cosas. Más bien, el mismo monigote estaba siendo vestido de forma diferente. En 1868-1875 hubo una gran eclosión de “hombres nuevos” y, en España, los hombres nuevos llegaron al poder.

Pero en 1875, la España oficial dio un giro hacia el realismo y surgieron hombres que no trataban ya de conmover sino de convencer, que renunciaban al sentimiento y buscaban la racionalidad, aunque no fueron capaces de desprenderse de factores de la irracionalidad como el populismo, la religión dogmática de los antepasados, y las viejas costumbres con las que tanta fortuna habían hecho sus familias. El romanticismo se quedó como patrimonio de la oposición y era frecuente oír que los jóvenes empezaban su vida en la izquierda política para terminar en la derecha. Desgraciadamente para España, los realistas de fines del XIX se encastillaron en la tradición, en los valores antiguos, y no fueron capaces de crear algo nuevo racionalizado, sino que repitieron viejos clichés ya desgastados y fracasados.

La Restauración fue la época del realismo político, como el Sexenio Revolucionario fue la del romanticismo. A los jóvenes que empiezan el estudio de la historia, les gusta por lo general mucho más el agitado, contradictorio, inestable y popular Sexenio, que las épocas anteriores y posteriores, porque están en la edad del romanticismo. Pero a los estudiosos avanzados les gusta más como objeto de sus estudios la Restauración Borbónica, o la historia de los socialismos.

 

 

Revolución técnica y desinformación.

 

La rebelión social romántica de fines del XIX fue simultánea a una revolución del racionalismo que, en materia de economía, se tradujo en la revolución técnica: estaba apareciendo la luz eléctrica, el teléfono y el telégrafo, el tranvía, el frigorífico, la calefacción, la hélice, el globo dirigible, el gramófono, la fotografía, el cinematógrafo, la bicicleta, las cerillas… Hasta entonces se podía discutir si la luz estaba sólo en manos de Dios, si el sonido era cualidad exclusiva de los seres vivos y no lo podía reproducir una simple cartulina, si la imagen era un don divino imposible de reproducir, si el movimiento era incaptable… Después del siglo XIX, ya no quedaban dudas. Las noticias que antes tardaban un mes en ser conocidas al otro lado del Atlántico, se transmitían en pocos minutos y eran explicadas en los periódicos a las pocas horas. El hombre de final del XIX estaba asombrado de las capacidades de la ciencia: “Hoy las ciencias adelantan, que es un barbaridad”. Pero el prototipo de sabio inventor o pensador, con honradas excepciones, era un extranjero.

Pero del asombro inicial y pueril ante la tecnificación, se pasaba enseguida a la amarga experiencia del día a día: los horarios en general se hacían cada vez más rígidos, y ello implicaba cambios en cuanto a puntualidad en la entrada al trabajo, en la salida del tren, en los espectáculos, las personas estaban mucho más controladas, las empresas podían abarcar mucho más campo de acción, abastecimientos de materias primas, zonas de mercado, y podían asociarse y juntar sus capacidades para generar un poder muy por encima de las personas, tomadas una a una o incluso en asociaciones y sindicatos, las cadenas informativas aparecían como grandes “conformadores de opinión” en vez de simples informativos, y el ciudadano se veía constreñido por normas de circulación que le expulsaban de la calzada y le restringían a la acera, por reglamentos en todas las asociaciones en las que participaba, deportivos, religiosos, cívicos, de club, de biblioteca, de los toros, por un servicio militar obligatorio mucho más difícil de evitar, por una instrucción pública estatalizada, por un control de la identidad individual hecho por el Estado mediante fichas en las que constaba su nombre, el de sus padres, su residencia, su lugar de nacimiento… Y la vida no siempre era más fácil, aunque el planteamiento inicial con que empezábamos este razonamiento pareciera indicarlo. La organización se imponía sobre la improvisación y la espontaneidad, y la libertad individual debía ceder mucho de su protagonismo en la vida del hombre, a la parte colectiva, a la vida humana como ser integrante de una sociedad, de la humanidad en suma.

Y el cambio no era fácil, no era asimilable a corto plazo. Lo que hoy se llama “el progreso”, podía ser visto como detestable para algunos. Muchos sentían que estaban perdiendo su personalidad, lo que creían que era su yo. Y Jean Jacques Chevalier[1] llegó a decir que “Leviatham engordaba unos cuantos kilos después de cada revolución”. Evidentemente las cosas no eran así, pues el hombre tiene una dimensión social y como integrante de la naturaleza, dimensión que hasta entonces apenas se había desarrollado, y lo que ocurría es que la parte de la dimensión individual, que ya es compleja, pues es racional e irracional, consciente e inconsciente, debía ceder protagonismo a la dimensión social, política, económica, ecológica, cada vez más amplia hasta poder llegar a ser más que la dimensión individual, como será a partir del siglo XX. La dimensión social, reducida al ámbito de la familia, los convecinos y la religión, única vivida hasta entonces, se hizo mucho más compleja, pues el hombre pasaría de la aldea, a la “aldea global” mundial. El hombre seguía creciendo y desarrollándose, pero en un ámbito mucho más complejo para el que no estaba preparado.

Una parte de la sociedad era partidaria del progreso, y creía que una vida más cómoda estaba próxima. Otra parte de la sociedad pensaba que la libertad del hombre se estaba perdiendo irremisiblemente. De hecho, hasta los golpes militares y los atentados y sabotajes, eran más difíciles, porque el teléfono y el telégrafo habían acabado con el elemento sorpresa. Los nuevos golpes debían hacerse mediante la desinformación oportuna y la mentira programada y coordinada, y como los medios de información están en manos de la burguesía, la izquierda radical obrera y campesina analfabeta perdía oportunidades para hacer algo más que algaradas. La izquierda fue por ello más inconformista para con el progreso. A principios del siglo XX, algunos se volverán locos, los futuristas, y querrán hacer tabla rasa del pasado, incluso mediante la violencia, y apostar por el futuro que todavía no conocían, lo cual fue una alienación evidente y voluntaria.

Uno de los elementos difíciles de asimilar fue la aparición de la prensa desinformativa, una prensa que trataba de crear opiniones favorables a un partido, a una empresa, a una política gubernamental etc. y que no dudaba en presentar los aspectos de la realidad que le interesaban a los empresarios, a los políticos, a la prensa, ocultando de forma estudiada las demás caras del problema, las partes importantes del tema, e incluso no dudaba en difundir falsedades para echar abajo a enemigos políticos y rivales comerciales. La prensa trataba de hacer aparecer las estafas como necesarias para el progreso, los negocios ilícitos como filantropía, las ideas antisociales como el paraíso de los sistemas sociales, al rival político como enemigo del pueblo. Pronto la izquierda aprendió a hacer desinformación, y el mundo se volvió complicado.

Leer, era antes del siglo XIX una meta social a conseguir. Y en el siglo XX, lo importante fue no dejarse engañar por los medios, valorar el autor de la noticia, valorar el medio que la propagaba, contrastar con otros medios de información. Había que tener presente en todo momento que el dueño de un medio de comunicación social ocultaba las partes no convenientes para él, resaltaba las que le convenían, y añadía muchos datos falsos asimilables a la verosimilitud. Y la verdad quedó mucho más lejos de la gente común, si el Estado no ponía los medios para difundirla y para limitar el poder de los grandes poderes. Los medios de comunicación social se limitaron a crear y publicar algo que pareciese verosímil. Incluso empezó a admirarse al hombre sencillo y poco informado, que actuaba con sentido común, por encima del pretendidamente informado que se metía en todos los líos y resultaba equivocado en casi todos ellos.

La prensa desinformativa no pertenecía sólo a los capitalistas, sino que las fuerzas rebeldes contra el capitalismo hacían su propia desinformación, y por ello consideraban primordial contar con sus propios medios de información y desinformación, periódicos, radio en su tiempo, televisión más tarde. Las fuerzas rebeldes harán constatar a la sociedad que los capitalistas les engañaban, y con esa denuncia daban por sentado que ellos les decían la verdad a la gente, y no engañaban, pero los ciudadanos descubrirían pronto que era la misma patraña contada por distinto narrador.

Y el individuo tuvo que aprender a ser crítico. Pues si anteriormente bastaba leer mucho y estar al día en las noticias de la prensa, ahora lo más común será que la lectura lleve a la desinformación y al lavado de cerebro a favor de una ideología determinada. Hay que saber qué se lee, qué autor lo escribe, y con qué intenciones. Y los que leen desinformación pueden ser mucho más incultos que los analfabetos. Tremenda paradoja para un ilustrado del XVIII, si hubiera tenido la oportunidad de vivirlo[2]. En muchos círculos empezó a circular el comentario de que cada vez había más tontos, y tras las campañas de desinformación, no estaban desacertados. Unos, parecían tontos porque difundían tonterías como si fuera información, y otros parecían tontos porque se las creían. Y a medida que avanzaba el siglo XX, el número de “tontos” parecía crecer hasta el infinito. Algún cómico llegó a decir que si los tontos volaran, nunca veríamos el sol.

 

 

Revolución técnica y cambio político.

 

En España, la información le fue mal a los políticos corruptos de vida sexual inmoral, y de manifiesta inmoralidad en lo social, como María Cristina de Borbón, Isabel II de Borbón, Narváez o Serrano.  La difusión de la información le debería haber ido bien a los teóricos de la democracia liberal, que pudieron explicar el concepto de democracia, pero también les fue bien a los antidemócratas, como anarquistas y comunistas, que pudieron explicar otros conceptos de democracia alternativos y destructores de la democracia liberal, la “democracia real” que es la democracia comunista, y la “democracia popular” que es la anarquista, aunque muchos comunistas recurren también a llamar democracia popular a la que ellos organizan. Éstos tacharon a la democracia liberal de burguesa, lo cual era una circunstancia, pues la burguesía se había adueñado del manejo de la democracia, pero no era razón suficiente para eliminar el fondo de la teoría, lo fundamental, que eran los principios liberales representativos y democráticos.

Estos movimientos contradictorios tuvieron la gran virtud de difundir la idea de que los derechos humanos eran indiscutibles, inalienables, imprescriptibles e ilegislables en contra de los individuos, y generaron la convicción social de que el poder emana de abajo, y no proviene ni de Dios ni de la historia.

Los rebeldes hombres nuevos difundieron la necesidad de la justicia social, y de la supresión del impuesto de consumos. Este impuesto era un impuesto proporcional que gravaba a todos por igual, lo cual es una gran injusticia encubierta bajo el paraguas de una igualdad matemática, y se empezó a hablar de impuesto progresivo, mucho más acorde con la justicia social. En los inicios del siglo XX se impondrá el impuesto progresivo.

A fines del XIX surgió el confusionismo ideológico acerca del liberalismo, nacionalismo y socialismo, y sus versiones populistas. Nunca ya hemos salido de este confusionismo, deliberadamente buscado y embrollado por todos los políticos del mundo.

 

 

Las “filosofías” de la salvación.

 

A finales del XIX, muchos españoles querían “salvar a España” y aportaban su solución, siempre partidista: los católicos, los krausistas, los socialistas, los militares, los republicanos…

La época 1868-1902 se caracterizó por la crítica interna a lo que hacían los demás y la constante llamada a “una conciencia creadora”. Los salvadores de España de esta época se quedaban en una posición socrática, teórica, contemplativa, consejera… y sólo después de 1939, Gaos, García Bacca, Eduardo Nicol y Zubiri, dieron un paso adelante para implicarse algo más. Antes de 1931, destacaron el laico García Morente y el católico Zaragüeta.

Todos los filósofos españoles conocían el pensamiento europeo de su tiempo, sobre todo el francés, y casi todos trataban de imitar las modas que llegaban de Europa, lo cual resultaba poco creativo.

Hasta 1868, la cultura española había sido dominada por el catolicismo. Y se necesitaban sistemas de pensamiento alternativos que rellenasen las lagunas que dejaba esta escuela, y estimulase a los pensadores españoles a mejorar. Pero muchos de los nuevos filósofos españoles eran integristas católicos, aunque tomaran el nombre de krausistas, positivistas, evolucionistas o vitalistas. Muchos estaban en posiciones “anti”, antiliberales y antisocialistas. Y esto daba pocas posibilidades al desarrollo de un pensamiento de altura. La idea de la salvación de la patria les llevó a ponerse al servicio de la política, de uno u otro signo, y este nuevo factor también suele limitar el pensamiento individual creativo y favorece el conservadurismo. Y la política era altamente cambiante, y los pensadores a su servicio apenas tenían tiempo de reflexión y se limitaban a justificar el acceso al poder, y lo normal era utilizar frases comodín y estilo demagógico.

Los españoles de segunda mitad del XIX se obsesionaron con el moralismo y el cientificismo. Era evidente la corrupción política, el caciquismo, la poca altura intelectual de los enseñantes, el sinsentido del ejército cuando éste se pone al servicio del político de turno y se utiliza para reprimir al pueblo, y también era evidente la realidad del analfabetismo. Había que hacer campañas por la ciencia, pero era muy difícil hacerlas cuando casi ningún enseñante sabía apenas de ciencia. Y los más preparados para el saber, muchas veces eran católicos al estilo “español”, educados para defender el dogma entre sus compañeros, para demostrar en todo momento la verdad de su fe, y para no “corromperse” con conocimientos extraños a lo español católico, es decir, con los nuevos conocimientos científicos y las nuevas corrientes filosóficas.

Algunos literatos y filósofos sintieron el deseo de cambiar las cosas como era el caso de Valera, Clarín, Unamuno, Antonio Machado, Giner de los Ríos, Azcárate, Fernando de los Ríos, Ortega y Gasset, y algunos sintieron tan de cerca los vetos del catolicismo oficial que perdieron su fe y cayeron en una forma de religiosidad personal, pero lejos del catolicismo oficial. Lo normal es que muchos pensadores se perdieran en temas secundarios como la definición de qué es Dios, qué papel jugaba la monarquía o la república… mientras pasaban por alto los grandes temas de actualidad de su tiempo: las relaciones laborales, la apertura científica, las relaciones bancarias, el nuevo concepto de hombre. Y los grandes temas de actualidad eran utilizados por grupos políticos marginales para atacar a los partidos mayoritarios y hacerse con muchos votos.

 

 

Los racionalismos 1868-1902.

 

En 1868 había triunfado definitivamente el krausismo. Los krausistas eran laicistas y republicanos, pero provenían del catolicismo, del grupo de católicos discrepantes de los integristas que estaban en el poder desde el siglo XVI. El krausismo fue también una filosofía de salvación.

El krausismo estaba dirigido por Sanz del Río, el cual buscaba nuevas bases culturales, filosóficas y teológicas para la cultura española, y se dispuso a discutir algunos temas intocables en España, como la monarquía y la Iglesia.

Los católicos integristas comprendieron que estaban a punto de ser derrotados, no por el krausismo, sino por el conjunto de movimientos liberales y socialistas que, a pesar de ser atacados desde finales del XVIII, iban a más en la sociedad española, en la Universidad. Hicieron de todos modos la guerra ideológica, pero sus posicionamientos, privilegiados desde hacía siglos, se veían comprometidos. Aun así aguantarán hasta finales del siglo XX. Es uno de los aspectos del conflicto de las dos Españas.

Los católicos integristas enseñaban en sus colegios y en sus periódicos, que los krausistas eran partidarios de una sociedad laica, porque estaban llenos de odio a la religión, a la monarquía y a España. Que los krausistas eran extravagantes que querían abandonar los valores hispánicos para adoptar modas europeas extrañas. Que los krausistas eran pocos y estaban organizados en sectas masónicas secretas.

Los krausistas defendían en sus cátedras y periódicos que los integristas católicos eran unos incultos instalados en el poder desde hacía siglos, ralea de inquisidores, enemigos de toda innovación. Los krausistas también eran católicos, pero aperturistas, cultos, europeizados, abiertos al problema social. La cultura de los integristas era saber de sus propios líderes integristas. La cultura de los krausistas era admitir los avances de Europa occidental en todos los campos. Los dos decían cultivar la razón, pero unos estudiaban a sus propios antecesores integristas, y otros decían que había que abrirse a todo el saber.

Entre integristas y krausistas no era posible el diálogo, la concordia, la convivencia, porque ambos eran excluyentes el uno del otro.

Pero hay que entender que no eran grupos compactos, sino que ambos estaban divididos en tendencias. El estudio de todas ellas haría muy complejo este artículo. Dejemos simplemente insinuado que somos conscientes de que había distintas sensibilidades entre los krausistas y entre los integristas.

Los integristas, a nuestro modo de ver actual, nunca tuvieron alto nivel científico. Eran apologetas de su propia doctrina y combatientes contra todo lo que les parecía heterodoxo. Cultivaban los autores españoles, y los europeos de su propio signo de pensamiento. Entre ellos, había tradicionalistas, neocatólicos, escolásticos, y filósofos de la Escuela Escocesa del Sentido Común, espiritualistas de escuelas franco francesas del mediados del XIX y neotomistas de escuela italiana de mediados del XIX.

Gumersindo Laverde, 1840-1890, hacía notar que los pensadores españoles estaban olvidando su propio pasado cultural en el que había habido muchos eruditos, los cuales citó en su obra Ensayo sobre Filosofía, Literatura e Instrucción Pública, 1868, que trataba de pensadores de la Edad Moderna.

Marcelino Menéndez Pelayo, 1856-1912, no puede ser calificado de integrista, pero sí de ferviente católico, a mitad de camino entre integrismo y modernismo científico. Desde luego, fue educado en el conservadurismo por Francisco Javier Llorens y Barba, 1820-1872, que le enseñó la filosofía del sentido común, y Manuel Milá y Fontanals, 1818-1884, que le enseñó filología románica alemana. Marcelino se propuso dar a conocer a los españoles su pasado cultural común y lo hizo hacia 1880 con La Ciencia Española, 1880, e Historia de los Heterodoxos españoles, 1880-1882. Pero una vez que tomó este enfoque, de dar a conocer la realidad tanto a los de un bando como a los del otro, se salía de las directrices clásicas de los integristas tradicionales, que ignoraban conscientemente a los heterodoxos. Por eso, Menéndez Pelayo es diferente, porque fue, ideológicamente, independiente.

 

 

La polémica sobre la ilustración española.

 

Los conservadores españoles despreciaban profundamente a los Borbones ilustrados, es decir, toda la historia de España del XVII, XVIII y XIX. Un día, Gurmensindo de Azcárate,  publicó en “Revista de España”, que el Estado español, durante los tres siglos anteriores, había negado la libertad a la ciencia y que, con ello, la ciencia española se había ahogado. Menéndez Pelayo estaba seguro de que esta afirmación no era cierta y respondió, en “Revista Europea” que España había hecho grandes contribuciones a la filosofía y la ciencia en esos siglos citados. La polémica se extendió, pues entraron en ello los kantianos, los positivistas Manuel de la Revilla y José de Perojo afirmando que no había habido ciencia española y que la Inquisición era la gran culpable de ello. Y luego contestaron los neotomistas como el dominico Joaquín Fonseca, 1822-1890, y Alejandro Pidal y Mon, 1846-1913. Joaquín Fonseca defendía las ideas de Donoso Cortés y de los tradicionalistas franceses y escribía en la revista carlista “El Siglo Futuro”, y se permitió atacar a Menéndez Pelayo argumentando que el saber español se fundamentaba en Santo Tomás, y no en los autores que manejaba Manéndez Pelayo, tales como Ramón Llull, Vicens Vives y Gómez Pereira. Alejandro Pidal, se basaba en la idea de que la filosofía era apátrida y que la filosofía española era católica, independientemente de que se fundamentara en unas u otras tendencias.

Los católicos españoles ultraconservadores chocaron con Menéndez Pelayo, un ferviente católico que no era un tarambana, sino un gran lector y estudioso, de gran memoria, con una amplia biblioteca, y que leía con atención las muchas cosas de que disponía. Y no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer. Así que Menéndez Pelayo contestó que los españoles mostraban espíritu crítico y práctico en el pensamiento ortodoxo, y tendencias al panteísmo en el pensamiento heterodoxo. Y afirmó algo poco digerible para los integristas duros: el verdadero catolicismo debía ser antidogmático según el lema “in dubiis, libertas”. Había lanzado el reto definitivo a la ciencia oficial española.

La ciencia española estaba politizada en el sentido de que las cátedras se daban no al que sabía, sino al conveniente políticamente. Así había sido durante siglos a favor de los colegios universitarios. Y a partir de 1875, el signo cambiaba periódicamente, de modo que Ortí y Lara se quejó de que para ser profesor en España, había que ser panteísta krausista y de la Institución Libre de Enseñanza.

Se inició una época revanchista en la que cada Gobierno expulsaba de la Universidad a los de ideas contrarias a la suya y daba las nuevas cátedras a los suyos. Los Gobiernos de Cánovas, y Maura después, hacían purga de profesores liberales y ocupaban las cátedras con tomistas. Y cuando los liberales ganaban el Gobierno, expulsaban a los tomistas y ponían profesores de su cuerda. Como esto era una verdad conocida y palpable, Juan Valera contestó a Ortí Lara que, en una oposición a Metafísica, Ortí Lara había suspendido a todos los que no eran tomistas. Entonces, Joaquín Fonseca llamó a Menéndez Pelayo “perturbado mental, torpe e impostor”. La polémica empezó hacia 1875. La respuesta de Menéndez Pelayo se produjo en La Ciencia Española, 1880, e Historia de los Heterodoxos españoles, 1880-1882.

En Historia de los Heterodoxos Españoles, Menéndez Pelayo historiaba los movimientos de los pensadores españoles, sus cismas, las instituciones, los autores heterodoxos o heréticos, y empezaba en época romana hasta el siglo XIX. Era una obra inmensa, y a veces, Menéndez Pelayo cometió inexactitudes, y dijo algunas superficialidades, normales en un número tan dilatado de páginas. La obra es tanto más valiosa cuando tenemos en cuenta que estaba recientemente publicado el Syllabus Errorum contra los errores del liberalismo y el Concilio Vaticano I había proclamado la infalibilidad del Papa. Y los obispos españoles, escogidos entre los integristas, estaban exultantes de alegría e intentaban que, junto al liberalismo, se condenase también el panteísmo, el racionalismo y el socialismo, y se dedicaban “a la caza del liberal”, aunque fuera sacerdote, u obispo en el caso de Montserrat Navarro. Y tampoco los liberales estaban del lado de Menéndez Pelayo, porque éste era conservador y cristiano muy de derechas, y le llamaban el Torquemada de la cultura moderna. Así que la derecha le censuraba a Menéndez Pelayo no atacar duramente a la izquierda y la izquierda le censuraba el mantenerse en la derecha.

 

 

 PENSAMIENTO DE PRIMERA MITAD DEL XIX

 

El liberalismo, nacionalismo, socialismo y populismo, son conceptos clave para entender la edad contemporánea, y sobre todo el siglo XIX, no sólo en España, sino en todo el mundo. El liberalismo era anterior, de fines del XVIII y principios del XIX y el populismo es intemporal, pero tuvieron su versión particular a fines del XIX.

Tanto el liberalismo como el nacionalismo y socialismo han sido conceptos que han evolucionado mucho a lo largo de los siglos XIX y XX, hasta el punto de autocriticarse, reformarse, transformarse, diferir en muchas ramas contrarias y enemigas políticamente, y regenerarse, para volver a empezar el ciclo. Han nacido y se han desarrollado juntos, pero todos han dado lugar a múltiples versiones. Es imposible entender un concepto por separado, y cada uno de ellos debe ser entendido, en su momento, dentro de la evolución de los demás.

La evolución de estos conceptos ha dado lugar a una serie de equívocos, a una nueva forma de desinformación, de modo que, a menudo, cuando se habla de uno de ellos no se sabe a ciencia cierta a qué periodo histórico se está refiriendo el hablante, a qué tipo de liberalismo, nacionalismo, socialismo, o populismo, pues hay personas que defienden todavía los conceptos más antiguos, al tiempo que otras dan por supuesto que todos estamos en los más evolucionados. Todos ellos, en todas sus versiones, se han visto tentados a hacer populismo y han hecho a veces más populismo que práctica de la doctrina que decían defender.

La evolución del liberalismo, nacionalismo y socialismo, es un asunto apasionante del que se preocuparon cientos de autores y políticos como Locke, Voltaire, Montesquieu, Napoleón, John Stuart Mill, Proudhon, Fichte, Hegel, Mazzini, Gioberti, Jules Michelet, François Guizot, Lord Acton, Cavour, Karl Marx, Bakunin, Thomas Hill Green, Threischke, Carl Schurz, Berstein, Lenin, Mussolini, Richard Wagner, Hitler, Franco, Sun Yat-sen, Mao, Ghandhi,  Jawarharlar Nheru, etc. etc. etc. Sólo tratamos de insinuar la variedad de procedencias de los implicados en estos temas, y su continuidad en el tiempo. Podríamos citar muchos más y el lector puede añadir los que le parezcan oportunos. Del mismo modo, entender a estas personas sin estar en el quid de la cuestión, sin la evolución de estos conceptos históricos, es prácticamente imposible.

Los tratados sobre todos estos temas ocupan hoy millones de páginas en todos los idiomas del mundo. Hacer un ensayo somero de la relación entre ellos y de su sentido de conjunto, lo que da personalidad a la Edad Contemporánea, es muy difícil, pero creo que completamente necesario exponerlo ante una persona que se inicia en historia, que es el objetivo de este trabajo. Al menos, el lector quedará avisado, aunque seguramente no del todo informado del problema que existe. De todas formas, se trata de una serie de hipótesis de trabajo discutibles, innovables, perfectibles, rechazables quizás algunas desde determinados puntos de vista. Pero insisto en que, sin una idea general sobre ello, es imposible entender el mundo contemporáneo y nuestro mundo actual. Por eso intentamos aquí este ensayo.

 

 

CORRIENTES DE PENSAMIENTO ESPAÑOL DEL XIX.

 

El pensamiento político del siglo XIX español es muy complejo y amplio, y entraña una particular dificultad de comprensión de la época.

Trataremos de ofrecer un esquema sobre las grandes corrientes políticas tras la revolución liberal burguesa. La corriente liberal, propia de la Edad Contemporánea, era el eje de ese pensamiento en cuanto los demás se referían a ella, matizándola o negándola. Dedicaremos a ello varios capítulos:

1- Liberalismo conservador de primera mitad del XIX.

Nacionalismo liberal.

Feminismo.

Nacionalismo romántico.

Socialismo utópico.

2- Democracia liberal de segunda mitad del XIX.

Liberalismo democrático. Derechos y moralidad.

Caciquismo.

3- Primer socialismo en España.

Socialismos utópicos.

Socialismos marxista y anarquista.

Teorías de la violencia.

4- Socialdemocracia de fines del XIX.

Liberalismo social fabiano.

5- Nacionalismos de segunda mitad del XIX:

Nacionalismos integradores.

Nacionalismos desintegradores.

Ultranacionalismo.

6- Nacionalismo catalán del XIX.

7- Nacionalismos vasco, gallego, valenciano.

8- Populismos.

Democracia populista.

9- Democracia liberal y social.

Estado Social o Estado del Bienestar.

Monarquías parlamentarias.

10- Los Derechos Humanos.

 

 

 

 

[1] Jean Jacques Chevalier, 1900-1983, fue Profesor de Derecho en Grenoble en 1926-1942, y de Derecho y de Ciencias Políticas en París en 1943-1970.

[2] Recomiendo ver la película El disputado voto del señor Cayo. De Antonio Giménez Rico, según novela de Miguel Delibes.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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