LITERATURA ESPAÑOLA DE FINAL DEL XIX

 

 

Conceptos clave: realismo, naturalismo.

 

La literatura realista trataba de presentarnos la realidad en sí, y no cuadros de lo que debería ser la realidad, como hacía el romanticismo. El realismo nació en Francia y en Inglaterra y se da por iniciado con Madame Bovary de Flaubert. Algunos presentan el realismo como una estética burguesa, de la burguesía industrial, pero no es así. El realismo es un sentimiento más socialista, que describe la realidad de los pobres como bella, que alaba sus modos de hablar y no los desprecia como pueblerinos e incultos, que respeta sus formas de vestir y que desemboca en el Naturalismo: observación minuciosa de ambientes míseros encontrando en ellos valores que la burguesía no tiene. El representante más significado de esto es Zola. Stendhal y Balzac estarán también en la línea realista.

En España, como siempre en estos siglos XVIII, XIX y XX, el movimiento se produce tarde, al terminar el XIX y empezar el XX. Para no desentonar tanto con Europa, se suelen citar como antecedentes españoles del realismo las Escenas Matritenses de Larra, y Tipos y Caracteres de Ramón Mesonero Romanos. Incluso la primera novela realista en España, que puede que sea La Gaviota de Cecilia Böhl de Faber (Fernán Caballero), publicada en 1849 por entregas en El Heraldo, es ya bastante tardía respecto a Europa.

Leopoldo García-Alas y Ureña, 1852-1901, escribió en 1881, Solos de Clarín, en el que aparece un artículo titulado “El libre examen y nuestra literatura presente”. Allí dice que 1868-1875 fue un fracaso político, pero que tuvo frutos positivos, porque despertó la conciencia del país, hizo progresar las costumbres, la vida política, el arte, la ciencia y la economía.

Pero el grueso de los autores realistas españoles se produce en los años 70 del XIX y son citados bien como realistas, bien como naturalistas:

Benito Pérez Galdós, y sus Episodios Nacionales, Doña Perfecta, La Fontana de Oro.

Juan Valera con Pepita Jiménez.

Pedro Antonio de Alarcón con El Escándalo.

José María de Pereda con El Buey Suelto.

Y en teatro

Ventura de la Vega con El Hombre de Mundo de 1848

López de Ayala

Tamayo y Baus

José de Echegaray, ya en el XX, que recibirá el nobel en 1905.

 

 

La década de los setenta.

 

En la década de los setenta, murieron Gustavo Adolfo Bécquer, 1870, Cecilia Böhl de Faber, 1877, y Adelardo López de Ayala, 1879. Por ello, Clarín podía pensar que había acabado una época literaria. En la época, según Clarín terminada, los escritores habían interesado a muy pocas personas, apenas eran conocidos, excepto los dramaturgos, pues no habiendo otros entretenimientos, las grandes ciudades tenían como entretenimiento el teatro, sin importar demasiado la calidad de lo que les ofrecía. La prensa solía pasar por alto los títulos literarios publicados, porque eso no interesaba a la gente, y en cambio, publicaba la propaganda de los partidos políticos, los mensajes de los caciques, las campañas contra determinados autores o determinados libros, los grandes escándalos políticos… que sí vendían papel.

 

 

El mundillo literario.

 

El Ateneo de Madrid era una fundación romántica situada en la calle Montera que mantenía cátedras, cursos, conferencias, debates, tertulias, y una buena biblioteca.

La Real Academia Española, presidida por el conde de Cheste desde 1875, era un cenáculo literario secundario, anquilosado porque se había burocratizado. En ella entraban como académicos gentes de renombre político y de aristocracia de sangre, a los que se quería halagar, pero que no aportaban nada al estudio filológico. Todos eran conservadores y presumían de su sillón como académicos, pero nada más.

Proliferaban los gacetilleros literarios y hacían bueno el dicho de que la ignorancia es atrevida. Les gustaba utilizar un pseudónimo, o sólo las iniciales de sus nombres o apellidos, para poder desahogarse insultando y levantando bulos.

Los críticos literarios eran pocos y podemos citar a Leopoldo García Alas Ureña, Juan Valera Alcalá-Galiano, Emilia Pardo Bazán, José Yxart, Manuel de la Revilla y pocos más. Unos acertaron y otros se equivocaron porque partían de sistemas de valores diferentes y pretendían que los demás se sumaran a su modo de pensar, es decir, se valían de la crítica para hacer proselitismo ideológico.

Hay que hacer excepción entre los críticos, de Marcelino Menéndez Pelayo, un excelente crítico que había leído mucha literatura y leía las cosas que criticaba, tenía visión de conjunto, y se podía permitir poner una pieza en cuestión respecto al conjunto de producción literaria española e incluso internacional. Y además, sabía escribir. Sus párrafos eran largos, tocados con empaque oratorio, con muchas metáforas y alusiones a mitos clásicos e históricos, que hoy nos parecen sobrantes, pero que eran normales y muy apreciados en su época.

La discusión teórica sobre la literatura la hizo Emilia Pardo Bazán en La Cuestión Palpitante 1883, que son una serie de artículos sobre naturalismo, historia… a los que contestó Valera con Apuntes sobre el nuevo Arte de hacer Novelas.

Los novelistas españoles hacían demasiadas descripciones paisajísticas, de interiores, de personas, porque así lo enseñaban en las escuelas y colegios desde la infancia, y llegaban a aburrir al lector. Algunos creían en el determinismo ambiental y genético. Pero presentaban al personaje en libertad para optar, y no le juzgaban por sus actos, lo cual era un progreso sobe la etapa anterior.

Era frecuente que el autor clasificase a sus personajes de buenos y malos, respondiendo a la ideología del autor respecto al personaje, y nos referimos tanto a ideología política como religiosa.

 

 

LA NOVELA REALISTA

 

Hubo profusión de novelas y se cree que se debió a la influencia de la libertad conseguida en 1868.

Triunfó el llamado naturalismo, que era describir la realidad pobre e ignorante de la calle, llevar al libro el habla barriobajera, pero no desagradable, excepto cuando las escenas eran desagradables y lo requería el guión, y dar por sentado la verdad del determinismo de la sangre y del ambiente.

En la nueva novela ya no se hacía fantasmagoría romántica, ni relatos medievales convenientemente reformados y adaptados, sino que los autores relataban el costumbrismo, la realidad inmediata a ellos, y era imprescindible hacer buenas descripciones narrativas, psicológicas y pictóricas. Se detallaban las costumbres, los atuendos, el exterior de los edificios, su interior, los hechos políticos que se estaban produciendo, las clases sociales que se veían por la calle. El escenario de los hechos ya no era un país exótico, sino un lugar conocido por todos los lectores, al que se le cambiaba el nombre para no herir demasiadas susceptibilidades: Marineda es La Coruña y Vetusta es Oviedo. Los personajes eran reales y verosímiles, aunque haya que añadirles alguna rareza, e incluso una demencia, para la trama de la novela.

Comentando un poema de Núñez de Arce, titulado La Pesca, Clarín comentó que le parecía “naturalista” porque pintaba la realidad exterior en sí misma, y el término tuvo éxito.

Los españoles desconocían que Baudelaire en 1857 había publicado Les Fleurs du mal, y que el naturalismo estaba ya inventado y sus creaciones tenían poco de originalidad a fines del XIX.

El final de siglo, aunque las primeras tendencias aparecieron a mediados del mismo, es dominado en literatura y arte por el naturalismo o reacción contra el falseamiento de la realidad que han hecho los románticos, de modo que se describen las cuitas y problemas populares con sus pecados y debilidades y sufrimientos.

Los autores naturalistas, en prosa o en verso, tomaban como tema episodios de la vida moderna, es decir, de su tiempo, preferentemente rurales o suburbiales, y las descripciones pasaban a ser el tema principal del relato. Lástima que algunas veces cometieran anacronismos y colocaran en vida del personaje de tiempos pasados, aspectos de segunda mitad del XIX.

En España hubo naturalistas desde 1875 hasta 1936.

José María Pereda 1833-1906 (Cantabria), El Buey Suelto, La Montálvez 1887.

Benito Pérez Galdós 1843-1920 Episodios Nacionales, Lo Prohibido 1884, La Desheredada, Fortunata y Jacinta, Misericordia, Electra (teatro), El Abuelo (teatro)

Emilia Pardo Bazán 1851-1921 (Galicia),

Leopoldo Alas, Clarín 1852-1921 que hace la gran obra representativa de este movimiento La Regenta en 1884.

Blasco Ibáñez 1867-1928 continúa el naturalismo a principios del XX.

El padre Coloma, Pequeñeces 1891

Palacio Valdés (Asturias), La Espuma 1891

El principio del XX va a ser dominado por la llamada Generación del 98.

En Cataluña, esta generación era lógicamente nacionalista y destacaban el teórico nacionalista Valentí Almirall 1841-1904, el sacerdote poeta Jacinto Verdaguer 1845-1902, el dramaturgo Ángel Guimerá 1849-1924, el arquitecto Antonio Gaudí 1852-1926, el pintor Antonio Rusignol 1861-1931 y Ramón Casas 1866-1932.

En Valencia destacaban el poeta Teodoro Llorente 1836-1911 y el novelista Vicente Blasco Ibáñez 1867-1928 y el pintor Joaquín Sorolla.

En Galicia destacaron Eduardo Pondal 1835-1917, Manuel Martínez Murguía 1833-1923, Miguel Curros Enríquez 1851-1908, Andrés Martínez de Salazar 1846-1923, Alfredo Brañas.

 

 

Principales obras.

 

Citamos una selección de novelas para cubrir toda la época, aunque puede no ser las mejores para alguien:

La década de los ochenta fue prolífica y en ella podemos citar las siguientes obras:

El Niño de la Bola, 1880, Alarcón.

La Regenta, 1884, de Leopoldo García-Alas, Clarín.

Sotileza, 1885, de José María de Pereda.

Los Pazos de Ulloa, 1886, de Emilia Pardo Bazán.

La Madre Naturaleza, 1887, de Emilia Pardo Bazán.

Fortunata y Jacinta, 1886, de Benito Pérez Galdós.

Pequeñeces, 1890, de Luis Coloma.

En la década de los noventa, la realidad externa se dio menos importancia a la realidad exterior y se valoró más al alma de los personajes. Las novelas eran más idealistas:

Nazarín, 1895, de Benito Pérez Galdós.

Alma, 1895, de Benito Pérez Galdós

Cuentos Morales, 1896, de Leopoldo García-Alas, Clarín.

La Alegría del Capitán Ribot, 1899, de Armando Palacio Valdés.

 

 

 

Autores destacados en novela.

 

Pedro Antonio de Alarcón, 1833-1891 cultivó el cuento en Historietas Nacionales, y la novela en El Sombrero de Tres Picos, 1874; El Final de Norma; La Pródiga, 1881; y El Escándalo, 1875, que fue su éxito más sonado. Como novelista tenía defectos notorios pues su estilo era apresurado y descuidado, pero sabía contar cosas y entretenía. Otro defecto de Alarcón era que el autor intervenía en el relato, y evitaba caracterizar al personaje, de modo que con unos pocos tópicos salía adelante. Acumulaba pormenores sin entidad, muchas veces de forma innecesaria y hacía palabrería vacía. Pero ordenaba la peripecia adecuadamente, complicaba las situaciones, y les daba salida inteligente.

 

Juan de Valera, 1824-1905, empezó a publicar novelas en 1874, cuando ya tenía 50 años: Pepita Jiménez, 1874; Las ilusiones del doctor Faustino; Doña Luz; Juanita la Larga; Morsamor. Valera era hostil al naturalismo y lo mostró en Apuntes sobre el nuevo arte de hacer novelas: estaba en contra de que  el autor tuviera que fotografiar la realidad con detalle, pues lo importante era seleccionar y jerarquizar los valores. No le gustaba la sordidez de algunos ambientes y personajes novelescos. Decía que la novela no debía pretender ser científica, sino entretener y mostrar el arte y talento de su autor. Tampoco la novela debe ser truculenta, como le gustaba a los románticos, ni necesita de personajes extraordinarios, ni de lances sorprendentes, como hacía la novela antigua. Pero sí debe buscar la poesía de lo cotidiano. No necesita recurrir a países extranjeros para crear ambiente, pues el paisaje sólo es un telón de fondo para situar personajes y sucesos. No hacen falta descripciones paisajísticas detalladas al extremo, sino que basta lo estrictamente necesario. Los personajes deben ser de variada condición social, a veces bien avenidos entre sí. La novela no debe ser una tesis que defienda un punto de vista, ni debe ser dogmática (y sin embargo Valera hizo tesis).

 

José María de Pereda y Sánchez Porrúa, 1833-1906, empezó escribiendo críticas teatrales y cuadros y escenas costumbristas en Santander, en el diario La Abeja Montañesa y con el pseudónimo “Paredes”, que se publicaron en 1864 con el título de Escenas Montañesas y fueron un éxito. Intentó obras de teatro, pero no tuvo ningún éxito. Quiso picar más alto, y en 1864 saltó a Madrid publicando artículos en El Museo Universal, y presentándose a diputado por Cabuérniga por el Partido Carlista. La política le decepcionó. Luego hizo novela de tesis, que es la que se hace para defender una posición ideológica o para suscitar un debate, posición en la que publicó El buey suelto, 1877; De tal palo tal astilla, 1879; y Don Gonzalo González de la Gonzalera, 1878, atacando las modas liberales y defendiendo el tradicionalismo español. Y por fin llegó a la novela regional sobre la Montaña campesina y marinera, vista desde el pueblo de su padre, Polanco, y el pueblo de su madre, Comillas. La Montaña es como llamaban a la provincia del Santander los habitantes del interior, pues antes esas tierras se habían llamado “Montañas de Burgos”. Entonces, escribió El Sabor de la Tierruca, 1881; Sotileza, 1885; y Peñas Arriba, 1894. Estas novelas están ambientadas en una comarca concreta, y relatan sus usos y costumbres, pero con un fondo que plantea la oposición campo-ciudad, y progreso-tradición, con la condena que pesa sobre los hombres y mujeres de no poder cambiar de clase social, porque no están bien vistos esos matrimonios. También ambienta alguna novela, como Pedro Sánchez, 1883, en Madrid.

 

Emilia Pardo Bazán, 1851-1921, condesa de Pardo Bazán, escribió cuentos y teatro, mantuvo la revista Nuevo Teatro Crítico en 1871-1893, viajó por Europa, fue catedrática de la Universidad de Madrid, pero ante todo, fue novelista. Estudió el naturalismo francés y lo dio a conocer en España, porque creía que, en la medida oportuna, era utilizable en nuestro país, pero decía que no le parecía conveniente caer en el descriptivismo y menos en el determinismo. En 1879, hizo Pascual López, autobiografía de un estudiante de Medicina, y mostró la torpeza del principiante. Pero en 1886, presentó Los Pazos de Ulloa, una novela ya de mucho mérito, en 1887 La Madre Naturaleza, que es la continuación de la anterior, y que cuentan una historia ambientada en Galicia en la que se describen gentes de diversa clase social, diverso nivel económico y diversa cultura, entre las que destacan Pedro Moscoso marqués de Ulloa, que es un noble arruinado y degenerado, algunos campesinos que tienen también su personalidad, y otro tipos como clérigos cazadores, clérigos comilones, clérigos electoreros… En la profundización psicológica, destacan las novelas Una Cristiana, 1890, y La Prueba, 1890. Y después, Pardo Bazán adquiere mucha más técnica y es capaz de novelas muy complejas en personajes, con muchos paisajes y episodios, como La Quimera 1905, y La Sirena Negra, 1908.

 

Armando Palacio Valdés, 1853-1938, era asturiano, abogado por Madrid, fue Director de la Revista Europea y Académico en 1906. Fue un autor prolífico que publicó cada año un libro entre 1881 y 1931. Era realista neto, y transcribe la realidad añadiendo costumbrismo de alguna región española: El Señorito Octavio 1881, fue su primera novela. Sinfonía Pastoral 1931, fue su última novela, y en 1936-1938 pasó hambre durante la guerra. Como asturiano, refleja el ambiente de Asturias en Marta y María, 1883, su gran éxito describiendo Nieva (Avilés); El Idilio de un Enfermo, 1884; José, 1885; El Cuarto Poder, 1888; El Maestrante, 1893; La Aldea Perdida, 1903, sobre los mineros. También el ambiente de Madrid en Riverita 1886; Maximina, 1887; La Espuma, 1891. Se atreve con los ambientes andaluces en La Hermana San Sulpicio, 1889; Los Majos de Cádiz, 1896; Los Cármenes de Granada, 1927. Ambienta en Valencia La Alegría del Capitán Ribot, 1899. Y toca uno de los temas candentes de su época, también tocado después por Unamuno, el clero, en La Fe, 1892, en la que expresa las dudas de un sacerdote tras hablar con un librepensador. También escribió cuentos en Cuentos Escogidos, 1923, y Los Pájaros de la Nieve, 1925. Y trató sobre la Primera Guerra Mundial en La Guerra Injusta,

 

Leopoldo García-Alas y Ureña, 1852-1901, conocido como Clarín por el pseudónimo que utilizaba en sus artículos críticos, fue un realista con propensión al naturalismo, y al final de su vida evolucionó al idealismo. De origen asturiano por familia, nació en Zamora, pero al poco su padre le internó en San Marcos de León, regido por los jesuitas, hasta que a los 11 años llegó a Oviedo a hacer el Preparatorio, o bachillerato antiguo, de tipo religioso, pues iba para Derecho Canónico. En 1875, a los 23 años de edad, fue a Madrid para su doctorado, y allí conoció el krausismo y el liberalismo, que le causaron gran impacto. Tomó una decisión arriesgada, pues entró a trabajar en el periódico El Solfeo, donde firmaba como Clarín, y hacía artículos críticos titulados “Azotacalles de Madrid”. Por entonces, empezó a escribir cuentos y poesías. En 1878, fue por fin Doctor en Derecho Canónico. Tomó entonces una decisión extraña, pues se presentó a una oposición de Economía Política y Estadística, propia del liberalismo, para la Universidad de Salamanca, y la ganó, pero el Ministro Conde de Toreno, le vetó. En 1881, recogió sus críticas literarias en Solos de Clarín. En 1882, obtiene cátedra en Oviedo más acorde con sus estudios y preparación, la de Derecho Romano primero, y la de Derecho Natural después. Pero sus clases eran sorprendentes, pues empezaban en el tono más conservador conocido, y terminaban con una actualización del tema donde citaba a liberales y científicos de actualidad europea. En 1884 y 1885 publicó los dos tomos de su mejor novela, La Regenta, describiendo la compleja trama social de una aparentemente sencilla y aburrida ciudad española, cosa que no se había hecho hasta entonces. Describe la politiquilla interna, los pequeños problemas de convivencia, la ignorancia, la cultura, lo monótono, el aburrimiento, el chismorreo, la inmoralidad, la vivencia de una farsa aceptada por todos. En 1886 escribió Pipá, un cuento de las decenas que escribió a lo largo de su vida. En 1889, El Abrazo de Pelayo, y en 1890 Cuesta Abajo, y Su Único Hijo, son novelas que no alcanzaron la popularidad de La Regenta, porque ya no eran tan originales en temática. Su Único Hijo presenta también el aburrido ambiente provinciano y cómo una persona se puede ir añoñando, envileciendo, convirtiéndose en aburridos y malvados, como todos.

 

Benito Pérez Galdós, 1843-1920, llegó a Madrid creyendo que la vida de un autor teatral sería fácil, y llevaba con él el drama histórico La Expulsión de los Moriscos. Se lo propuso a la compañía de Mariano Catalina, y fracasó. Entonces, empezó a conocer Madrid, la Corte, los parajes, las historias de los madrileños, y decidió cambiar de estilo y pasarse a la novela descriptiva, que podía venderse mejor. En 1870 logró publicar La Fontana de Oro, sobre el Trienio Liberal. Luego publicó El Audaz, sobre sucesos de 1804 en España. Y a partir de ello, tuvo 32 años de producción de novelas. En 1871, encontró en Santander a un viejecito simpático y bajito, apellidado Galán, el cual había sido grumete en el Santísima Trinidad, y le contó la batalla de Trafalgar, con lo cual no tuvo más que darle forma literaria al relato, dando protagonismo al citado grumete, y le salió una buena obra de novela historiada, Trafalgar, 1863. El periodista José Luis Albareda le dio la idea de publicar una serie de Episodios Nacionales, pues parecía saber de historia, y que Trafalgar fuera la primera de otras muchas novelas. El éxito de su primera novela, llevó a que la serie tuviera 46 títulos. El éxito radicaba en el estilo de contar lo que muchas gente sabía a trozos, o deformado. Además no era truculento como los románticos anteriores, y no daba importancia desmesurada a las figuras de relumbrón, sino se recreaba en la sencillez y vulgaridad cotidiana. Y donde no tenía datos suficientes, añadía un poco de fantasía. La cuestión era buscar testigos presenciales y recurrir a viejos papeles y libros sobre los temas históricos recientes, y contarlos con el estilo de Trafalgar, con un protagonista poco significativo o héroe popular, e introduciendo los modos de vida de la gente corriente y los dichos de la calle. El éxito de estas novelas, le permitía escribir otras como Doña Perfecta, 1876; Gloria, 1877, sobre el fanatismo católico; La Familia de León Roch, 1878, sobre el progreso y los liberales;

Fortunata y Jacinta, 1886 y 1887, trata sobre el comercio madrileño y es narrativa hasta parecer cansina, pero introduce tantos personajes que nos da a los lectores de hoy una información muy valiosa sobre los tipos humanos de entonces. Y además describe las alzas y bajas de ánimo en los personajes.

Ángel Guerra, 1890 y 1891, inicia la novela espiritual pues trata de cómo un viudo amancebado sobrelleva el hecho de que su compañera se haga monja.

Nazarín, 1895, es un nuevo quijote que sale a mejorar la moral de la gente.

Misericordia, 1897, es picaresca, sobre el mundo de los mendigos.

En 1909 hizo El Caballero Encantado.

Siempre, los diálogos interiores de los personajes, nos llevan a ir entendiendo el estado de ánimo y la personalidad de los mismos.

 

Vicente Blasco Ibáñez, 1867-1928, vivió a caballo entre dos siglos y es considerado autor del XIX o del XX, según qué libros. De todas formas, pertenece a la escuela naturalista. Era un republicano radical y anticlerical, que estudiaba Derecho en Valencia, y le importaban muy poco las clases, pero sí la tuna, y la agitación anticlerical en la calle. Se licenció en 1888, y nunca ejerció como abogado. En sus andanzas en las calles, de barrio en barrio haciendo mítines, supo que era un orador excepcional, con poder de convicción y seducción, pero no le interesaba la cuestión social, que no entendía ni conocía, sino la acción revolucionaria en la calle. Sus ídolos eran los revolucionarios franceses de 1791. Tras la organización de algunos boicots políticos, se fue a París en 1890, y regresó en 1891 acogiéndose a la amnistía. En 1898-1907 fue Diputado por Unión Republicana y organizó el Partido de la Unión Republicana Autonomista PURA, en Valencia. Le seguía gustando mover a obreros y artesanos a manifestaciones y huelgas, convocándoles a mítines en alguno de los siete casinos republicanos que había en Valencia, y escribiendo artículos de periódico incendiarios en Pueblo. Se mostró un populista neto, con charlas anticlericales, valencianistas y contra partidos políticos conservadores, basadas en la irracionalidad y la facilidad de palabra, pero el “blasquismo” lograba convocar grupos de manifestantes en pocas horas. A esos temas básicos y contantes, unió en 1896 la protesta contra la Guerra de Cuba, lo que le llevó a la cárcel. En 1898, unió el tema antimonárquico, y también fue a la cárcel. En 1903, acabó esta época romántica de Blasco Ibáñez, cuando su amigo y número dos del blasquismo, Rodrigo Soriano, se cansó de tanto hacer el ganso convocando manifestaciones, y decidió fundar un partido republicano en Valencia, diferente del blasquismo. Entonces acabó la primera etapa de Blasco Ibáñez.

Durante esta época 1894-1903, Vicente Blasco Ibáñez escribió temas naturalistas y románticos, que le publicaba en Madrid Manuel Fernández González y le aportaban bastante dinero: Arroz y Tartana, 1894; Flor de Mayo, 1895; La Barraca, 1898; Entre Naranjos, 1900; Cañas y Barro, 1902. Los ambientaba en su tierra valenciana con grandes descripciones naturalistas de paisajes y costumbres. Mostraba la realidad desnuda y sangrante, con su sensualidad y sus pasiones, y lo contaba en actitud distante, no calificando nunca a sus personajes.

En 1903, Blasco Ibáñez decidió entrar en temas sociales, y escribió La Catedral, 1903; El Intruso, 1904; La Bodega, 1905; La Horda, 1906.

En 1905, Blasco Ibáñez se marchó a Madrid, y en 1908 abandonó la política, que sin la euforia de dirigir las masas a la violencia ya no le interesaba. Se dedicó a asistir a las tertulias, ópera, teatro, salones republicanos, donde podía discutir, y conquistar a las señoras de otros. En esta época tuvo un gran éxito con Sangre y Arena, 1908, una novela de toros, hecha por un personaje al que no le gustaban los toros, pero que explicaba el mundillo taurino y gustó en Estados Unidos.

En 1909 inicia una época utópica, con motivo de haber llegado a Argentina para dar una serie de conferencias, se gastó ese dinero en comprar unas estancias en la Patagonia y en el Paraná, donde pensaba instalar a miles de campesinos valencianos a cultivar arroz, a los cuales arrendaría pequeñas parcelas con opción de compra. Fue un fracaso completo. Pero le recibieron en Chile para dar más conferencia y salió del apuro económico.

En 1914 se fue a París, donde estaban muchos artistas de actualidad. Estalló la Guerra Mundial y Blasco Ibáñez encontró la manera de hacerla rentable escribiendo en periódicos y también algunas novelas bélicas: Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, 1916; Mare Nostrum, 1918; Los Enemigos de la Mujer, 1919. Tuvo mucho éxito en Estado Unidos, donde además del dinero de sus libros, recibía el de las conferencias que daba por todas partes. Y se hizo rico. Incluso le pagaban por adelantado por escribir. Se compró una villa en la Costa Azul francesa, a la que fue a vivir en 1921, pasando por España, por Valencia en concreto, entre aclamaciones populares. Escribió La Tierra de todos, 1922; El Papa del Mar, 1925; El Caballero de la Virgen, 1929.

La última etapa de su vida, la dedicó a combatir la Dictadura de Primo de Rivera con Una Nación Secuestrada, 1924; Lo que será la República Española, 1925; Por España y contra el Rey, 1925. A través de sus personajes, hablaba de religión, política, y trataba de adoctrinar.

 

 

 

LA POESÍA LÍRICA Y NARRATIVA.

 

La poesía lírica y narrativa de 1865-1898, no tuvo lectores a partir de 1950, pero fue muy aceptada y difundida en su tiempo, y la gente se sabía trozos de algunas composiciones.

José María de Cossío escribió Cincuenta años de Poesía Española 1850-1900, y decía que le extrañaba que la gente se supiera de memoria versos de los poetas de entonces, mientras personajes como Clarín, Valera o Revilla, valorasen aquello como de poca calidad. Para darnos una idea del asunto, diremos que Clarín afirmaba que la mayoría de poetas eran simples versificadores.

Joaquín María Bartrina, 1850-1880 era un nihilista, pesimista vital.

Gaspar Núñez de Arce tuvo un gran éxito con El Vértigo, que fue recitado muchas veces durante bastante tiempo.

Emilio Ferrari salió adelante recitando obras propias en El Ateneo.

Había en España en la segunda mitad del XIX cientos de poetas, porque los periódicos publicaban versos, había certámenes, coronas poéticas, necrológicas, homenajes, celebraciones que siempre llevaban la actuación de un recitador. Y ello dio como resultado la prolongación del romanticismo, cuyo símbolo más conocido es que Gustavo Adolfo murió en 1870 sin haber publicado ni un solo verso, y que luego fuera recitado durante décadas. Y también se recitaba a José Zorrilla, a Campoamor y al ya dicho Núñez de Arce.

Con todo ello, la poesía se desvalorizó e incluso corrió el peligro de desaparecer, porque todos trataban de imitar a los grandes, y no hacían sino plagios o malas imitaciones en su caso. Los “modernistas” no eran modernos, sino conservadores. El modernista Clarín llegó a decir que de los cientos de poetas de la época, escasamente salvaba a dos y medio. Y estos eran Campoamor, Núñez de Arce, y tal vez Manuel de Palacio.

Ramón de Campoamor, 1817-1901, fue un romántico en lo publicado en No me olvides, en Ternezas y Flores y Ayes del Alma 1842. No era un garrulo como muchos versificadores de su época. Y luego hizo cosas de más valía como Humoradas, Doloras y Pequeños Poemas. En prosa, escribió Poética 1883, que es una filosofía de la literatura.

Las Humoradas eran ocurrencias graciosas y aleccionadoras sobre la mujer, el amor, el dinero, expresadas en cuatro o cinco versos.

Las Doloras empezaron a publicarse en 1846 y eran composiciones ligeras, llenas de sentimiento, concisas, que expresaban un pensamiento, y querían abandonar el lenguaje antiguo y volver a la dicción normal y cotidiana en la versificación.

Los Pequeños Poemas eran unos pocos versos que describían el encanto de un momento cotidiano y normal, y fueron publicadas en 1872-1874.

Gaspar Núñez de Arce, 1832-1903, fue revolucionario activo en 1868 y lo mismo redactaba manifiestos revolucionarios que hacía composiciones poéticas. En Gritos de Combate, 1875, mostraba preocupación por el signo de los tiempos y temor por que la ciencia pudiera avasallar al individuo y el progreso anulase su capacidad de pensar. Describía paisajes y utilizaba personajes humildes.

Manuel de Palacio, 1831-1906, era un versificador festivo y satírico que exponía pensamientos trascendentes e introducía humoradas y ocurrencias.

Manuel Reina Montilla, 1856-1905.

Salvador Rueda Santos, 1856-1933.

 

 

 

EL TEATRO DE FINES DEL XIX.

 

José de Echegaray, 1832-1916, fue el autor dominante en la época canovista. También fue Ministro de Fomento en 1869, pero para entonces ya había triunfado en el teatro con El Gran Galeoto, y ya era conocido. Era normal que triunfase, porque Tamayo y Baus se había retirado en 1870, López de Ayala había muerto en 1879, y Enrique Gaspar era la única competencia que le quedaba.

En 1874, publicó El libro talonario, bajo el pseudónimo de Jorge Hayaseca, y Manuel de la Revilla calificó la obra de endeble. Pero resultó que gustaba al público, el cual no tenía en cuenta los defectos de la trama, muy complicada y truculenta, porque le gustaba precisamente lo complicado y truculento: volcánicas pasiones, desafíos, secretos revelados, moribundos, homicidios, adulterios, murmuradores que destrozaban personas y familias, la dicción garrula, los símiles y metáforas, las alusiones a la ciencia como si se supiera de ella… todo ello presentado como con intención moralizante. Y ello fue suficiente para que Echegaray encontrase un filón. Y en 1904, le dieron el Premio Nobel de Literatura, tan injusto como muchos otros. Y llegado el siglo XX, Echegaray fue olvidado. No obstante, el gusto por los macabro, truculento y sucio, permaneció, pero fueron otros, la radio y la televisión, los que ocuparon el lugar de recogida de toda esta basura.

Eugenio Sellés, 1844-1926, escribió El nudo gordiano, 1878; La vida pública, 1885; y Las vengadoras 1884. Sus personajes están fuertemente enfrentados y utilizaba un lenguaje con muchas enumeraciones de contraposiciones, lo cual parece que gustó. En Las Vengadoras, las prostitutas madrileñas fueron las protagonistas.

Leopoldo Cano Masas, 1844-1934.

Pedro Novo Colson, 1846-1931.

José Feliú Codina, 1847-1897.

Joaquín Dicenta, 1862-1917, fue un bohemio republicano que dirigía la revista Germinal, con alusiones obreristas. En Juan José, planteó los temas del amor y del honor. Juan José era novio de Rosa y era un patrono burgués, mientras el señor Paco era un proletario, y el drama se desarrollaba en una taberna, una casa de vecindad y un patio de la Cárcel Modelo de Madrid.

Enrique Gaspar, 1842-1902, describía los hechos cotidianos y exigía a los actores que se comportaran con naturalidad, como las gentes de la calle de entonces. En 1867, quiso contar que Las Circunstancias pueden perturbar la vida de las personas. Luego contó que Las Personas Decentes, no siempre lo son. En 1869, Don Ramón y el señor Ramón, muestra que una misma persona puede ser distinta colocada en distinto ambiente. Y en 1874, en El Estómago, dice que hay que sobrevivir aunque para ello haya que hacer cosas indeseables.

 

El final del siglo XIX se caracterizó en el teatro porque las gentes de las grandes ciudades, de media y alta clase social, buscaban entretenerse, y los entretenimientos sociales eran la zarzuela, el sainete, la comedia, la revista y la parodia. En 1872-1873, se estrenaron en Madrid 271 piezas, de las que 204 eran de un solo acto, y las demás normales, de tres actos. Y al público muchas veces le daba lo mismo una cosa que la otra. Pagaba por pasar dos o tres horas entretenido, y le daba lo mismo que le pusieran dos o tres obras cortas que una de duración larga, que venía a durar ese mismo tiempo. El público valoraba las ocurrencias verbales que le servían para celebrarlas en pandilla en los días siguientes, y también valoraba que estuvieran ubicadas en barrios de Madrid reconocibles, pues le servía para intentar recrear en su imaginación durante un paseo, lo representado. El Teatro Apolo era el sitio de moda.

Y el resultado de esa demanda interminable de teatro, generó muchos títulos, hasta el punto de que los críticos estaban saturados, pues había que ver casi una obra diaria para conocerlas todas. Y ocurrió algo sorprendente, un divorcio entre crítica y público: las obras que los críticos decían buenas porque reflejaban mejor la realidad, tenían más intensidad psicológica en los personajes y aportaban valores éticos, eran despreciadas por el público, y las que tenían muchos dichos, chistes y gracias, dramas y truculencias, veían sus salas llenas.

 

Benito Pérez Galdós presentó en 1892 Realidad, y en 1894 Los Condenados, tratando de diferenciar lo bueno en literatura de lo malo, y fue un fracaso. Y en 1901, presentó Electra, y fue un escándalo. Y Galdós, que era prolijo en el discurso, que sobrecargaba el texto con detalles y pormenores que cansaban al espectador, se vio de pronto entre un público que se pegaba por ir a ver su función.

El caso de la obra de teatro “Electra” debe ser situado en el momento en que se produjo, pues en 1900, España había vivido con horror el caso real de Adelaida de Ulloa e Icaza: esta muchacha de familia rica y católica, no tenía padre, y un jesuita la convenció para irse a un convento en contra de la voluntad de su madre. La niña se fugó de casa a un convento de Hermanas del Sagrado Corazón de María, Esclavas, y la madre denunció a las monjas, siendo Nicolás Salmerón quien defendió a la madre, y Antonio Maura a las monjas. Y en ese momento, Galdós presentó el drama Electra, en el que una joven de 18 años, también sin padre, ve morir a su madre Eleuteria, y se va a vivir con su tía Evarista y el marido de ésta, Urbano. Electra conoce a Máximo, un científico liberal y honrado, padre de dos hijos y viudo, y se enamora de él. Interviene entonces un personaje, Salvador de Pantoja, que le dice a la chica que no puede casarse porque ella y Máximo son hermanos, y no le dice que él es precisamente el padre de ambos. Salvador Pantoja aconseja a la niña entrar en un convento. Pero sucede que Eleuteria se aparece a su hija, y le dice que abandone el convento y se case con Máximo.

Aquello era el rechazo total de las supersticiones, creencias y costumbres católicas, y estaba predestinado a ser un escándalo. María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza se negaron a ponerla en sus teatros. La admitió por fin Federico Balart, el empresario de Teatro Español. Y el día del estreno acudieron al teatro las fuerzas progresistas y anticlericales, interrumpieron tres veces la función con gritos como ¡abajo los jesuitas!, y armaron un gran alboroto al final. El espectáculo se repitió en las siguientes funciones, y se convirtió en un drama popular en los pueblos donde se representaba, porque se producían problemas de taquilla, boicots, gritos… Los obispos la prohibieron  y declararon que asistir era pecado mortal.

Más tarde, Galdós presentó Marincha en 1903, Casandra en 1910, y Santa Juana de Castilla en 1918. Ya no fueron escándalos.

 

Leopoldo García-Alas Ureña, Clarín presentó Teresa en 1895. Tenía ánimo pedagógico y fue un fracaso sonado. Quería tratar la miseria de los mineros, la realidad moral de su tiempo, la brutalidad de los maridos y la resignación de las esposas, el cristianismo como moral perfectible, los problemas sociales que todo ello causaba… y se perdió en la trama.

 

Jacinto Benavente en el siglo XIX, hizo también fracasos en El Nido Ajeno, 1894, y en El Gran Galeoto. Presentaba una cuestión de celos y honra entre hermanos, que gustaba a los entendidos, pero era demasiado complicado y aburrido para el gran público.

 

 

Prensa de fines del XIX.

 

Los periódicos de difusión nacional en el Sexenio eran:

Carlista: La Regeneración.

Moderados: El Siglo; El Estandarte.

Unionistas-progresistas: El Imparcial; El Diario Español.

Republicanos: La Discusión; La Igualdad.

Estos periódicos eran más bien distribuidos en las ciudades, donde los más pudientes podían, además, asistir a cafés y tertulias e informarse directamente de las cuestiones políticas. En el campo, la información llegaba a través del cacique.

 

Durante el canovismo, los grandes periódicos eran:

El Imparcial, fundado en 1867 por Eduardo Gasset, y que llegó a tirar 140.000 ejemplares.

El Liberal, que surgió en 1879 por una escisión de El Imparcial protagonizada por Miguel Moya.

El Heraldo de Madrid, aparecido en 1890.

 

Los periódicos cambiaron su estilo de comentaristas políticos y de sociedad, por un estilo informativo, pues las noticias ya no estaban pasadas a la hora de publicarse:

Las Novedades, de Ángel Fernández de los Ríos.

La Correspondencia de España.

Las Provincias, editado en Valencia desde 1866.

La Voz de Galicia, editado en La Coruña desde 1872.

La Vanguardia, editado en Barcelona desde 1881.

El Adelanto, editado en Salamanca desde 1883.

El Heraldo de Aragón, editado en Zaragoza.

Aparecieron revistas gráficas:

La Ilustración Española.

Blanco y Negro.

Nuevo Mundo.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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