NEOTOMISMO, KRAUSISMO, POSITIVISMO

 

 

Conceptos clave: neotomismo, positivismo, Institución Libre de Enseñanza, positivismo.

 

 

 

El tradicionalismo.

 

En la España del XIX, se entiende por tradicionalismo, el tradicionalismo católico.

En época de Isabel II encontramos a:

Juan Donoso-Cortés y Fernández Canedo, de pensamiento muy tradicional, pero que aconsejaba a Isabel II y a su madre María Cristina aliarse con los liberales para impedir el acceso de los carlistas al trono.

Jaime Balmes Urpià, que toleraba el eclecticismo.

Gabino Tejado Rodríguez, que aunque tradicional, distinguía entre católicos-liberales, a los que consideraba de religiosidad relajada que a fuerza de interesarse por el liberalismo se van alejando del catolicismo, y liberales-católicos, los cuales se interesan por el catolicismo y se acercan progresivamente a él. Joaquín Lorenzo Villanueva sería un católico-liberal.

Francisco Javier Caminero Muñoz, 1837-1885, era tradicionalista puro.

En la época posterior a 1868, el tradicionalismo está representado por:

Nicomedes Martín Mateos, 1806-1890, espiritualista;

José Moreno Nieto, 1825-1882, espiritualista;

Antonio Cánovas del Castillo, 1828-1897, espiritualista;

Gabino Tejado Rodríguez, 1819-1891, que sigue las doctrinas de Donoso Cortés (ya citado en la época de Isabel II);

José María Cuadrado Nieto, 1819-1896, que sigue las ideas de Balmes;

Tomás Cámara Castro, 1847-1904, combatiente contra Juan Guillermo Draper;

Ramiro Fernández Valbuena, 1848-1922, combatiente contra Kant.

También estaría en el ámbito de lo tradicionalista la Renaixença catalana pues era católico historicista y en ella destacaba Andrés Durán y Bas, 1823-1907.

Para los tradicionalistas, la verdad es una manifestación parcial de la Providencia, trasmitida a los hombres por la tradición, la autoridad y la historia. Dentro de este concepto de verdad, atacan a los racionalistas, porque consideran que protagonizan una rebelión personal contra la Verdad, la Providencia y la Historia.

Entre los racionalistas católicos estaban los krausistas, católicos que se consideraban fuera de la Iglesia porque los católicos de la Iglesia imperante en España, eran enemigos de la libertad.

 

 

El neotomismo.

 

A la escuela tomista del XIX se la llamó neotomista, porque el tomismo propiamente dicho era del XVI. El tomismo de los discípulos de Santo Tomás, había sido un esfuerzo por conciliar el racionalismo del XVI con el pensamiento católico de entonces.

El neotomismo llegó a España hacia 1870, venía de Italia, y era una defensa cerrada de la ortodoxia católica.

Desde el siglo XVI, los escolásticos y los suarecistas ocupaban las cátedras universitarias, las de los colegios y las de los seminarios. La Universidad de Salamanca parecía un terreno exclusivo de estos filósofos.

En España había tres grupos de profesores: los suarecistas, los tomistas y los escotistas. Y estos profesores mantenían intactos los axiomas filosóficos del siglo XVI. El único cambio logrado en el XVIII respecto a estas tres tendencias fue el eclecticismo, o postura que exponía una teoría diferente, sin defenderla, e incluso diciendo que era falsa, pero que era conveniente conocerla porque estaba vigente en Europa. En España no se era tan radicalmente católico como para aceptar el fideísmo ciego que habían practicado De Bonald y De Maistre.

En 1866 llegó a España, desde Manila, el dominico Zeferino González Díaz-Tuñón, 1831-1894, tras haber publicado Estudios sobre la Filosofía de Santo Tomás, Manila 1864. Zeferino era un asturiano que ingresó en la Orden de Predicadores y en 1849 se había ido a Filipinas, donde estudió mucha filosofía, y algo de física y química. En 1854 se ordenó sacerdote. En 1866 regresó a España, pero no llegó a su destino hasta diciembre de 1867. En 1875 fue obispo de Córdoba, y en 1883 arzobispo de Sevilla, en 1884 cardenal y en 1885 alcanzó el máximo grado de autoridad en España cuando fue proclamado arzobispo de Toledo, puesto al que renunció en 1886, al aparecerle un cáncer.

Zeferino era un innovador en cuanto creía en la necesidad de conocer las lenguas modernas para a través de ellas conocer los avances científicos y humanísticos hechos en el extranjero. La finalidad era conocerlas con rigor, para poder asimilar lo que tuvieran de útil y rebatir lo equivocado sin decir tonterías. De alguna manera, Zeferino rompía así con los escolásticos tradicionales, cerrados al exterior y antirracionalistas, y permitía a los españoles intentar conocer el evolucionismo y el positivismo. Completó sus publicaciones en 1891 con La Biblia y la Ciencia, libro en el que trataba de armonizar conocimientos científicos y Sagradas Escrituras sobre la base de cuatro axiomas: las ciencias eran insuficientes para explicar la realidad; la Biblia era compatible con la ciencia; la ciencia progresaría para explicar fenómenos como la luz y el sol; las ideas bíblicas nada deben temer de la ciencia porque son un saber superior que llega más allá de donde alcanzan las ciencias. La idea le pareció muy bien al Papa León XIII, que emitió la Providentisimus Deus en 1893.

En 1867, los neotomistas partidarios de Zeferino González se presentaron en una conferencia impartida por Segismundo Moret e hicieron algunas intervenciones a favor de la Biblia. Y de esa intervención, surgió la Tertulia del Convento de la Pasión, en donde se reunían los neotomistas: Antonio Hernández Fajarnés, 1851-1909; Eduardo Hinojosa, 1852-1919; Fernando Briera Salvatierra, 1845—1906; Carlos María Perier Gallego, 1824-1893; Narciso Heredia, 1832-1912; Juan Manuel Ortí Lara, 1826-1904; Alejandro Pidal y Mon, con el propio Zeferino, que había regresado de Manila. Los neotomistas pretendían depurar el escolasticismo, liquidar el tradicionalismo y defender las doctrinas católicas. Eran tomistas, pero no del tomismo de los siglos XVII y XVIII, sino de un tomismo renovado de acuerdo con los nuevos saberes. Criticaban a Donoso Cortés, alabando que hubiera hecho una reacción laudable contra el volterianismo y contra el individualismo racionalista, pero su reacción había sido exagerada. El individuo estaba equivocado, porque pretender que la razón individual está por encima de tantos sabios que han existido en la historia y nos han legado su pensamiento, es una temeridad. Pero si se atribuía todo el saber a la Revelación y la acción directa de Dios, también se estaba negando la razón, que es la esencia de lo humano.

En 1878-1879, Zeferino, entonces obispo de Córdoba, publicó una Historia de la Filosofía en tres volúmenes, con alto nivel de conocimientos y demostró que Santo Tomás conocía perfectamente a Aristóteles y a Averroes, antes considerados peligrosos entre los cristianos medievales. Consideraba además como discípulos de Santo Tomás a Fenelón, Bossuet y Leibnit. Afirmaba que el tomismo no era un dogma, sino que podía ser criticado y mejorado poniéndole frente al pensamiento actual. Entonces los católicos españoles pensaron en un partido político católico, Unión Católica, pero en general eran tan antiliberales, que el partido fracasó. González creía que había que distinguir entre el liberalismo teórico, el liberalismo práctico, el liberalismo religioso y el liberalismo político, pero eso era demasiado para los católicos españoles de entonces.

En 1879, reaccionó León XIII en la encíclica Aeterni Patris, aconsejando el estudio de Santo Tomás sin dogmatismos, porque la razón no debe ser nunca sacrificada, sino que los teólogos cristianos debían seguir la norma: “in cesaris unitas, in dubio libertas, in ómnibus charitas” (en lo civil unidad, en la duda libertad, y entre todos caridad).

En 1881, unos 4.000 obreros católicos se sumaron a Unión Católica, pero no fue suficiente para poner en marcha un partido político católico. Unión Católica era el partido de los neotomistas, pero no de los demás grupos católicos españoles, que se declararon sus enemigos. En 1882, Ortí Lara abandonó el neotomismo y se pasó al integrismo. El líder liberal católico, o neotomista, era Alejandro Pidal y Mon.

Juan Manuel Ortí Lara, 1826-1904, era muy antiliberal, antikrausista y, en la época de la Restauración, anticastelar. Era tradicionalista, pero no fideísta cerrado. Decía que España había iniciado en 1834 un proceso de secularización con el liberalismo y ello era un pecado imperdonable. En 1872, tras mostrarse tan cerrado en sus ideas antiliberales, se le privó de la cátedra durante tres años durante el Sexenio Revolucionario, y la recuperó tras caer la República. Los católicos se tomaron la revancha expulsando de la Universidad poco después a los catedráticos liberales. En 1884, Ortí Lara escribió Cartas de un filósofo integrista al Director de Unión Católica, es decir, a Alejandro Pidal y Mon, el cual se estaba acercando a Cánovas, del Partido Moderado, lo cual ya le parecía demasiado liberal a Ortí Lara. La polémica continuó mucho tiempo destacando en ella los integristas Damián Ysern, Director del periódico Unión Católica, y José Miralles Sbert, obispo de Lérida, Barcelona y Palma.

 

 

El Realismo.

 

En Europa, a mitad del siglo XIX triunfaba el positivismo, se aceptaba la evolución de las especies de Darwin, el método experimental de Bacon y el pensamiento socializante de Marx. Se trazaba el ferrocarril, el telégrafo, el teléfono, se iniciaba la electricidad… y se creía en que el hombre podía dominar la naturaleza si se libraba de absurdos dogmas como de que no debía enfrentarse a la creación divina y tenía que dejar las cosas como están.

En España, esos autores tardarían mucho en difundirse, pero el progreso hablaba por sí mismo, y muchos españoles se preguntaban si no habría otras formas de concebir el mundo, distintas a las que se enseñaban en España.

 

 

El krausismo de final del XIX.

 

El Ministro Manuel Orovio Echagüe provocó la segunda cuestión universitaria del siglo XIX. Cánovas necesitaba a los ultracatólicos para sus mayorías políticas y les concedió las cátedras universitarias. Los demócratas y republicanos habían expulsado de sus cátedras a los tomistas y tradicionalistas católicos, y éstos se tomaron la revancha y expulsaron de la Universidad a los krausistas.

Orovio exigió a Cánovas que en los centros públicos sostenidos por el Estado se enseñase solamente la religión propia de ese Estado, que era la católica en España. Otras condiciones que impuso Cánovas, fueron que no se hablara nada malo contra el Rey o contra la monarquía, y que hubiera disciplina en los centros educativos. Y los Rectores de las Universidades debían expedientar a los profesores que no cumplieran con esas normas.

Naturalmente, protestaron los krausistas, hegelianos y positivistas, y en consecuencia, fueron expulsados de la Universidad algunos profesores.

Entonces, el krausismo evolucionó desde la idea de la cultura para el pueblo pero sin el pueblo, a la necesidad de hacer pedagogía entre las masas.

El Gobierno trató de acallar a los krausistas, tenidos ya por positivistas porque predicaban la búsqueda de lo real, de la ciencia, y hablaban en sus cátedras de acabar con el escolasticismo y la metafísica.

Las diversas escuelas laicas, aunque muy diferentes entre ellas, y algunas incompatibles entre ellas, pues había krausistas, socialistas y anarquistas, se sintieron unidas contra un Gobierno que privilegiaba a los católicos y les imponía duras condiciones a ellos.

El krausismo de Julián Sanz del Río, 1814-1869, despertó a los pensadores españoles introduciendo ideas de los filósofos alemanes. En ese esfuerzo, se olvidaron de las rutinarias transcripciones de autores franceses, hasta entonces aceptadas en España, liberaron la pedagogía del estatalismo, animaron al liberalismo y trataron de estimular la concordia entre ideólogos. Pero las doctrinas del liberalismo nunca se pudieron conciliar con las del catolicismo, con excepciones como Donoso Cortés, Balmes, Zeferino González, Damián Ysern y Alejandro Pidal y Mon. Pero se requería de una gran altura intelectual para admitir el acercamiento, y lo más que se lograba era acercar a los católicos a las posiciones del liberalismo más moderado.

Sanz del Río era doctor en Derecho, lo cual permite decir a los juristas que el krausismo fue introducido en España a través de la Filosofía del Derecho. También había sido seminarista en su juventud, por lo que los sacerdotes pueden decir que el krausismo se engendró en un seminario diocesano. También Fernando de Castro era sacerdote. Y visto objetivamente, y a pesar de que los falangistas les tacharan de ateos, los krausistas españoles siempre fueron católicos.

Sanz del Río eligió estudiar la filosofía de Krause, autor secundario en Alemania, porque creía que ese saber se adaptaría mejor a lo español, porque él era un reformista moderado y no quería ideas que supusieran grandes rupturas.

El krausismo se convirtió en la Filosofía del liberalismo español de final del XIX, que fundamentalmente era laicismo, y desde los campos del Derecho y de la Filosofía, pasaron a la Literatura con Galdós y Valera. Y después, sus ideas invadieron toda la sociedad española: religión sin dogmas, educación sin disciplina corporal, política sin partidos, moda cultural sin copias de lo francés, misticismo sin sacrificios ni dolor, unidad entre los krausistas, incluidos los simpatizantes.

Los krausistas no hicieron el esfuerzo necesario para comprender a los neotomistas, y Abellán llamó “católicos liberales” a los krausistas, pero los tomistas se negaron a aceptar que los liberales pudieran ser católicos. Hay que tener en cuenta que los krausistas se movían en campos considerados siempre heterodoxos por los católicos tradicionalistas. Giner de los Ríos llegó a decir que libertad y catolicismo eran conceptos opuestos.

La segunda generación krausista fue la Laureano Figuerola Ballester, 1816-1903, catedrático; Joaquín Sanromá Creus, 1828-1891, Subsecretario de Hacienda; Eugenio Montero Ríos, 1832-1919, catedrático de Derecho Canónico y Ministro de Gracia y Justicia; Segismundo Moret Prendergast, 1838-1913, catedrático de Instituciones de Hacienda Pública; Francisco de Paula Canalejas, 1834-1883, catedrático de Historia de la Literatura Española y catedrático de Filosofía; Miguel Morayta Sagrario, 1833-1917; Tomás Tapia, 1848-1873; José Manuel Piernas Hurtado, 1843-1911, catedrático de Economia en Oviedo; Francisco Giner de los Ríos, 1839-1915; Gumersindo de Azcárate, 1840-1917; Nicolás Salmerón, 1838-1908; Valeriano Fernández Fenoz, catedrático de árabe; Vicente Romero Girón; Dionisio Gómez; Eduardo Chao; Rafael de Labra; José Álvaro de Zafra

Durante el Sexenio Revolucionario, los krausistas intentaron influir en la sociedad a través de la política y de la enseñanza y trataron de introducir catedráticos en la Universidad española, lo cual les pareció una afrenta a los que creían que las cátedras eran su derecho y privilegio secular. Los escolásticos se vieron privados de cátedras que siempre habían tenido y reclamaban que ellos sabían más que nadie de filosofía escolástica, lo cual era cierto, pero no sabían de ciencias y filosofía moderna. Se sintieron expulsados de las cátedras por maniobras en el proceso de selección. En 1875, llegó la revancha escolástica, pues los krausistas fueron expulsados de la Universidad por la vía del expediente administrativo, para ser sustituidos por los escolásticos.

 

 

La Institución Libre de Enseñanza.

 

En esta tesitura, el 10 de marzo de 1876, Giner de los Ríos, Salmerón, Azcárate, Montero Ríos, Figuerola, Moret, González de Linares, Calderón, García Labiano y Messía, redactaron las bases de la Institución Libre de Enseñanza ILE, y el 29 de mayo de 1876, El Imparcial publicó la existencia de una Universidad Libre, ajena a la religión y a la política.

Las bases de esta nueva institución, la ILE, las había puesto Francisco Giner de los Ríos. Y en junio de 1876, ya había 201 accionistas que habían suscrito 231 acciones de 250 pesetas cada una, lo cual era el capital básico para iniciar la ILE. Sus finalidades generales eran buscar la libertad para la investigación científica, y la libertad para la enseñanza, aunque admitían ser tutelada por el Estado, como representante de la voluntad de los españoles.

La Junta Directiva de la ILE estaba conformada por nueve miembros, seis elegidos por la Junta General de Accionistas, y tres elegidos por la Junta Facultativa. La Junta Directiva elegía Presidente a uno de sus miembros. La Junta Facultativa era lo que comúnmente se denomina en otras instituciones docentes el claustro de profesores, y en ella tenían voz y voto tanto los profesores permanentes como los contratados. La Junta Facultativa elegía al Rector.

El 29 de octubre de 1876, se inició el primer curso de la ILE. Las clases se impartían en la calle Esparteros nº 9 de Madrid (hoy nº 11). Más tarde se impartieron en Infantas 42, y luego en Paseo del Obelisco 8 (hoy Martínez Campos 14 y 16).

Los profesores eran: Nicolás Salmerón; Laureano Figuerola; Segismundo Moret; Montero Ríos; Gumersindo de Azcárate; Rafael María de Labra; Pelayo Cuesta; Pedregal Cañedo; Juan Uña; Teodoro Sáinz Rueda. A partir de 1881, empezaron a impartir clases los primeros profesores formados en la ILE: Manuel Bartolomé Cossío, Ricardo Rubio, Pedro Blanco Suárez, Ángel do Rego, José Ontañón Arias, Pedro Jiménez Landí.

Los primeros alumnos tenían una media de treinta años de edad, pues todos sabían que la institución era polémica, pero estos alumnos de más edad dieron muy buenos resultados, y de entre ellos surgieron profesores a partir de 1881: Costa, Soler, Simarro, González Linares, Francisco Quiroga, Rafael Torres Campos.

La institución era polémica, porque la filosofía y el latín no eran su principal objetivo de conocimiento, sino las ciencias, lo cual rompía con varios siglos de tradición en la enseñanza española.

La ILE tenía su propia revista-boletín llamado Boletín de la Institución Libre de Enseñanza BILE.

En 1907, la ILE dio lugar a la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas JAEIC, la cual fue cerrada en 1939 para crear en su lugar la actual Consejo Superior de Investigaciones Científicas CSIC.

En 1910, Romanones creó el Centro de Estudios Históricos, el cual dio gran impulso a la filología hispánica, arqueología, arte medieval, metodología de la historia, filología árabe, instituciones musulmanas, derecho civil, escultura, pintura, filosofía contemporánea y estudios semíticos.

En 1910 se crearon los Laboratorios de la Residencia de Estudiantes, un paso imprescindible hacia la ciencia moderna. Este centro dio lugar, en 1926-1932, al Instituto Nacional de Física y Química, llamado Instituto Rockefeller por la colaboración obtenida de este benefactor.

En 1915 murió Giner de los Ríos, e inmediatamente, el 14 de junio de 1916, se creó la Fundación Francisco Giner de los Ríos, la cual perduró hasta 1936, momento en que los bienes de la ILE fueron confiscados por el Gobierno y muchos de ellos destruidos por la barbarie falangista.

La pedagogía krausista consistía en dar la mayor importancia a la pedagogía en sí misma, e importancia secundaria al proselitismo hacia la religión o hacia un determinado pensamiento político. Este esfuerzo no era sostenible, porque es casi un imposible, se mueve en el borde de la utopía, y no pudo mantenerse frente al positivismo, el neokantismo, el evolucionismo y el sociologismo.

Francisco Giner de los Ríos, 1839-1915, se alejó voluntariamente de la política y persiguió la pedagogía. Le gustaba la música y la pintura y prefería un buen científico a un político. En materia de religión, le ofendía la idea de un dios personal, al servicio de las súplicas de sus adeptos y enemigo de los enemigos de éstos, pues ese pensamiento era la encarnación del mal bajo ideas pseudorreligiosas. Pero le ofendían todavía más los que se oponían a la existencia de una potencia que fue origen del cosmos y posiblemente su Ley y su final. El concepto de Dios había que cambiarlo. Y los católicos integristas dijeron que esto era ateísmo, pero quizás los ateos eran ellos, según el concepto de Giner.

Nicolás Salmerón, 1838-1908, se había formado en la Universidad de Granada y se había exiliado en 1875-1884. Era el más propiamente filósofo de todos los krausistas, y la principal cabeza antes de la aparición de Giner de los Ríos.

 

 

Las nuevas ideas europeas. El Positivismo.

 

A final del XIX, las teorías del alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel, 1790-1831, impresionaron a los krausistas. Su pensamiento llegaba con mucho retraso a España, pero influyó fuertemente. Hegel apenas había sido conocido en España, con excepciones como José Cantero Ramírez, 1791-1857, que empezó a hablar de él a mediados de siglo, Antonio Benítez de Lugo, 1841-1897, y Antonio Fabié Escudero, 1834-1899, que trataron sus pensamientos ya en la segunda mitad del XIX. También Elías Tejada expuso las ideas de Hegel.

También hay que tener en cuenta al francés Augusto Comte, el cual murió en París en septiembre de 1857 tras haber dedicado una vida a combatir la metafísica, y tratando de convencer de que la política debía tener una base filosófica fuerte. La filosofía debía revalorizar lo real y la observación directa al modo en que lo estaba haciendo la ciencia. Eso se denominaba positivismo.

El positivismo llegó a España con retraso, como ya era habitual en todos los avances del pensamiento europeo desde el siglo XVII.

Manuel de la Revilla, 1846-1881, escribió en Revista de España en 1875, que cuando sólo existe una corriente de pensamiento, ésta tiende a caer en el dogmatismo.

En los últimos años del XIX, el filósofo de moda en España fue el inglés Herbert Spencer, 1820-1903, el cual anuló a Comte. Spencer afirmaba que la evolución afectaba a toda la realidad, al mundo físico y a los organismos vivos, y también a la realidad humana, el pensamiento, la cultura y las formas sociales. Si se aceptaba este pensamiento, la realidad dinámica y dialéctica de Hegel tomaba dimensiones inusuales a finales del XIX.

El positivismo se definía en España como unos planteamientos de racionalización y ordenación de la sociedad, de acuerdo con los principios de la revolución científica, y defendía que los supuestos científicos debían ser aceptados tanto por los liberales como por los católicos, porque eran criterios objetivos, no discutibles.

En 1883, Segismundo Moret creó la Comisión de Reformas Sociales (llamada en 1904 Instituto de Reformas Sociales) y ello fue considerado positivismo.

Cuando se creó la ILE en 1876, los pensadores españoles necesitaban “comprender” la revolución técnica, la revolución industrial y la cuestión obrera, tarea muy difícil cuando nadie las conocía en profundidad, y muy poco podía enseñar sobre ello a los demás. Empezaron identificando positivismo y liberalismo.

El positivismo evolucionó a materialismo en los ambientes médicos, sobre todo en Anales de las Ciencias Médicas, una revista en la que pesaban mucho las ideas de Camó, Cortezo, Simarro y Ustáriz.

En 1872, apareció Anales de la Sociedad Española de Historia Natural.

En 1874 apareció Revista de Antropología.

En este camino hacia el materialismo, destacaron Pedro Estasén Cortada, 1855-1913; Pompeyo Gener, 1848-1919; Isidoro Doménech, que editaba la revista El Porvenir.

Gener defendía que un filósofo moderno no podía pensar adecuadamente si no sabía matemáticas, astronomía, física, química, biología, antropología, historia, psicología, y todo el resto del bagaje de los avances del pensamiento en los últimos siglos. Con ello, estaba llamando ignorantes a casi todos los escolásticos y pensadores católicos españoles. Argumentaba que no se podía explicar el Universo sin conocer nada de ese universo. Los científicos, al menos se acercaban un poco a ese conocimiento. Esto era positivismo puro.

 

 

Regeneracionismo.

 

Es un movimiento pesimista de final de siglo, que ve demasiados males en España y concibe una solución global o un conjunto de soluciones o recetas, casi siempre utópicas o poco científicas. El símbolo del movimiento es Joaquín Costa  1844-1911. Pero triunfó principalmente en Cataluña que cree tener los modelos para desarrollar al resto de España según recetas catalanas y entendiendo que Cataluña estaba más europeizada que el resto de España.

Dentro del regeneracionismo está la generación del 98, escritores nacidos entre 1865 y 1875.

 

 

Balance final 1874-1900

 

El conjunto de años entre 1874 y 1882 lo podemos calificar de pequeño milagro económico para España. Tampoco le fue muy mal hasta final de siglo. El problema sobrevino en los últimos años del siglo XIX, cuando los capitales europeos, superada su crisis, se repatriaron a sus países de origen y salieron de España. En 1892 se perdieron las exportaciones de vino a Francia. Pocos años después desaparecieron las exportaciones de mineral de hierro. La bolsa cayó en 1898, el algodón escaseó y la derrota de Cuba puso la guinda amarga al desastre económico.

Símbolos de la época de prosperidad son los periódicos y las carreteras. “El Imparcial” llegó a vender 140.000 ejemplares diarios y “La Epoca” una cifra muy considerable también. Las carreteras se multiplicaron de forma muy notable en la época canovista, pasando de unos 19.000 km. en 1880 a cerca de 40.000 km. a fin de siglo. Igualmente los ferrocarriles duplicaron su tendido pasando de 5.500 km. en 1870 a 13.000 km. en 1900.

La campaña por el proteccionismo culminó en 1887 despidiendo obreros para presionar al Gobierno. Los catalanes querían protección para sus textiles, los vascos para su hierro y los castellanos para su trigo, y la coincidencia de las tres burguesías es una fuerza de la que eran conscientes todos. Cánovas decidió poner proteccionismo en 1891 porque toda Europa estaba en la misma línea a partir de las medidas proteccionistas de Bismarck (Alemania) de 1880. Tanto conservadores como liberales aceptaron el proteccionismo en España. Pero España era singular, España puso los aranceles más altos del mundo, lo cual le acarreará, en su momento, las máximas dificultades para desmontar el sistema de protección a la economía y, de hecho, nunca lo conseguirá hasta la entrada en la Comunidad Europea en 1986.

Recordemos que el problema clave del siglo XIX español era la no adjudicación de la tierra, ni siquiera de una parte de ella, a los que la venían trabajando, y la concesión de la propiedad a los antiguos señores. Las desamortizaciones de 1836 y 1854 se habían hecho en un marco liberal, sobre una base de desigualdad socioeconómica por la que sólo podían comprar los que ya eran ricos. Así, a finales de siglo, la propiedad de la tierra estaba tan mal repartida como ya venía siendo tradicional en España: Entre el 60 y el 70% de la población trabajaba en la agricultura, lo cual daba unos 5,7 millones de propietarios, 2 millones de jornaleros y 1 millón de artesanos con actividades complementarias a la agricultura en su mayor parte. De esos propietarios, un 0,4% poseía el 25% de la tierra, un 3% poseía otro 25%, y el 96,4% restante se repartía de forma desigual el otro 50%.

La Iglesia y el Ejército se habían colocado del lado de la burguesía gobernante para sacar el máximo provecho de ello, y adoptaron la moral burguesa como su propia moral, como una verdad indiscutible y de origen divino.

La burguesía, tanto la agraria, como la industrial y la comercial, habían hecho un pacto tácito de unión entre ellos para lograr objetivos políticos, para detentar una situación de privilegio, unión que se denomina “vertebración del capitalismo español”. La Iglesia y el Ejército deseaban participar de esa situación de privilegio, y por ello se unían al poder constituido. Los burgueses conseguían altos precios gracias al proteccionismo estatal, y esa política redundaba en un crecimiento de sus ganancias y en un empobrecimiento progresivo de las clases pobres, las mayoritarias, lo cual destruía progresivamente el mercado interno. Pero ello era un fenómeno a largo plazo, y les permitía seguir ignorándolo, negándose a declararse culpables de algo. Al contrario, los burgueses, la Iglesia y el Ejército se creían las partes más sanas de la sociedad, e identifican el mal con el pueblo bajo, con las masas a quienes estaban haciendo pasar hambre.

A partir de 1898, esta gran burguesía tendrá que cambiar sus bases de enriquecimiento: la economía colonial, origen de muchos productos, del comercio y de las materias primas, será cambiada por otra nacional, donde era preciso controlar todos los movimientos económicos españoles, lo que se hace a través de monopolios y oligopolios, y mediante el nacionalismo. Los nuevos negocios monopolísticos eran los mineros, la siderurgia, la metalúrgica de transformación y las químicas. Estos negocios se basaban en capitales extranjeros, que estaban encantados de asegurar sus inversiones mediante el monopolio que ejercían los grandes burgueses españoles. Estos grandes burgueses eran, a veces, grandes católicos, caso de Güell y el marqués de Comillas, y la Iglesia les apoyaba con su autoridad moral a cambio de protección para iglesias (como la catedral de la Sagrada Familia), colegios y culto católicos.

Los monopolios, según Gabriel Tortella, incrementaron el capital español en un 31% entre 1894 y 1914. Con esos capitales se importaron muchos bienes de equipo y materias primas, pero no se ocuparon de elevar el poder adquisitivo y el nivel cultural de las clases bajas (lo cual fue denunciado por Santiago Alba en 1917). Además del Banco Hispano Americano y del Español de Crédito, creados para gestionar la deuda del Estado con los burgueses españoles, en este tiempo se creó el Banco de Vizcaya, el Urquijo y el Central, con fines industriales, la llamada banca mixta, un gran avance sobre el concepto del financiero español.

Los burgueses españoles concibieron la idea de la autarquía, es decir, de la patria como unidad económica autónoma y del Estado como asociación de productores y consumidores, lo cual implicaba que todas las industrias y todos los consumidores españoles adquirirían la obligación de abastecerse en el mercado español y renunciar a precios extranjeros más bajos. Esta idea la recogerá Primo de Rivera en 1923 y de nuevo la pondrá en práctica Franco en 1945 y dominará hasta 1959.

Los resultados de esta política proteccionista iniciada en 1891 fueron: Elevados costos industriales por la necesidad de adquirir materias primas y energía cara. Imposibilidad de exportar porque los precios son mucho más altos que los internacionales. Altos precios para el consumidor. Empobrecimiento de las clases proletarias dado que carecen de fuertes ingresos garantizados como los productores burgueses. Subconsumo y escasez de ahorro lo cual lleva al encarecimiento del dinero y progresivo encarecimiento de los productos. Tendencia a producir el producto más subvencionado o protegido en vez del más productivo y necesario para cubrir la demanda.

La economía española “entró en un túnel del que será muy difícil salir y en el que, dentro, nada se veía claro”.

La pérdida de la exportaciones a Cuba a partir de 1898 y de las exportaciones de arroz y naranjas a partir de los acuerdos de Otawa de 1930, significarán quedarse sin recursos para intentar la salida a esta difícil situación económica. De todos es conocido que los recursos se encontraron a partir de 1960 en el turismo y la emigración temporal.

Los remedios que los regeneracionistas de finales de siglo proponían para salir de su problema económico eran harto infantiles: reducir los gastos del ejército, reducir la burocracia estatal y hacer repoblación forestal para que la industria tuviera combustible y materias primas. Afortunadamente no hubo ningún loco que adoptara este programa que hubiera supuesto acabar con el ejército y el Estado sin crear alternativa alguna.

El programa regeneracionista, en apariencia popular, era en realidad fuertemente burgués pues eran los derechos burgueses los que se protegían frente a los del obrero. El que estos intereses fueran defendidos a menudo por asociaciones obreras y campesinas no indica sino ignorancia, ignorancia que confundía la revolución con el derribo de los fetiches militares y políticos.

A la sombra de este proteccionismo, los vascos construyeron un imperio económico de industria pesada y los catalanes su imperio textil. Imperios, porque dominaban ampliamente el mercado español que quedaba sin posibilidades de tomar iniciativas industriales que les hicieran la competencia. A los vascos y catalanes no les importaban demasiado los déficits porque el Estado avalaba más y más créditos tomados en el extranjero. Así los industriales podían seguir comprando tecnología e irse poniendo al día. Para el resto del país, el Estado no estaba dispuesto a conceder avales puesto que existían superavits de producción en España. La industrialización de los demás era imposible. Que el nacionalismo vasco y el catalán nunca fueran entendidos por el resto de los pueblos del Estado español, es muy comprensible.

La importación sistemática de tecnología y productos de alta tecnología no producidos en España, y la carencia de exportación, llevaban a un déficit crónico de las finanzas nacionales. Lo lógico era devaluar. No obstante, los intereses burgueses estaban en contra de las devaluaciones y, por eso, no se devaluaba. En efecto, las devaluaciones significaban importaciones más caras. La alternativa, para no destruir la economía nacional es reducir el dinero en circulación en el país, eliminando programas de obras públicas y reduciendo sueldos de funcionarios. El país se condenaba a la suma pobreza de los pobres para mantener los negocios de los ricos, muchos de ellos catalanes y vascos.

Pero la no realización de las obras públicas, significaba que los burgueses se arruinarían en pocos años. La no construcción del ferrocarril en muchas regiones (culpando de ello casi siempre a la orografía), el deterioro de los caminos, la desaparición de almacenes y tiendas en la España pobre (la España no vasca ni catalana), la baja de salarios de funcionarios, el mantenimiento de salarios de hambre en el campo, el encarecimiento del dinero por falta de ahorro, significaban también la progresiva pérdida de mercado interior para los burgueses.

Por otra parte, la situación de apoyo del Estado a estas ideas burguesas tampoco podía ser permanente: Las importaciones eran imprescindibles (algodón en bruto, petróleo, convertidores para acero, maquinaria para ferrocarriles, máquinas textiles de alta tecnología), las exportaciones eran imposibles puesto que los precios subían en España mucho más que en el exterior, la deuda exterior creciente.

La solución que encontraron los proteccionistas fue el incremento de la actividad agrícola a fin de estimular el consumo interno. Y puesto que la tierra se explotaba ya al máximo, no quedaba otra solución que transformarla en regadíos. Pero ello requería de fuertes inversiones para las que tampoco había ahorro.

 

 

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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