LOS POPULISMOS.

 

Conceptos clave: populismo

 

Son un fenómeno de todos los tiempos, pero que se va haciendo complejo a medida que avanzan los medios de comunicación, muy importantes tanto para el liberalismo, nacionalismo y socialismo como para estos movimientos populistas. Cuanto más avanza la tecnología, más posibilidades se abren para el populismo, para conducir a las masas mal educadas hacia el pensamiento inducido sobre el individuo desde fuera.

Los populismos son movimientos contrarios a la ortodoxia liberal y a la socialista, pero son utilizados a menudo por todos los sistemas políticos, cuando éstos tienden a degenerar, a perder racionalidad. Cualquier inmoral que tenga facilidad de palabra tiende a hacer populismo. Cualquier político de menor valía que no quiere perder votos, tiende a hacer populismo. Es muy importante que dediquemos unas líneas a este tema.

Hay un populismo que pervive entre las masas desde siempre, en todas las culturas, y llamaremos populismo de base, y un populismo que es el aprovechamiento que ciertos líderes hacen de estos movimientos populistas de masas, que llamaremos populismo desde arriba. El populismo es esencialmente el gobierno de la ignorancia y la irracionalidad, bien porque las masas tienden a la irracionalidad, más grande cuanto mayor es la masa, o porque un ignorante se hace cargo del poder, o porque un aprovechado utiliza la ignorancia general para acomodarse en el poder.

En la antigüedad romana, hubo dos formas de populismo: el de las tribus del imperio y el de los ciudadanos romanos desfavorecidos.

Las tribus se gobernaban por la voluntad de la mayoría. Con ello entraban en el juego de la racionalidad y la irracionalidad, de las razones y de las emociones, para tomar cualquier decisión. En ese caso, más vale tener mucho don de gentes, y buenos amigos, o la vida no vale un pimiento. Este sistema daba al pueblo el convencimiento de que la ley más justa era la que salía de estas decisiones comunes, de las asambleas. En adelante, dio lugar a una creencia de que las reuniones más cercanas al individuo, tienen más sentido de legitimidad que las alejadas, las que provienen del Estado. La masa es irracional por definición y más irracional cuanto más número de personas contenga. Se mueve por creencias, rumores, leyendas, estados de ánimo temporales y estados de ánimo duraderos del individuo, y estados de ánimo de la masa, de la asamblea. Si no se presenta un líder a capitanear la asamblea, hacen surgir un líder entre cualquiera de ellos, con consecuencias muy extrañas, casi siempre violentas. Podemos leer la Ilíada y entenderemos algo de este mundo antiguo, donde el que más amigos tenía o el que más elocuentemente hablaba, era el que llevaba la razón, y si no bastaba con eso, el más fuerte en el combate se consideraba elegido por los dioses para dirigir la asamblea.

Frente a la organización tribal, el Estado romano era una entidad política y económica muy grande territorialmente y con muchas ambiciones económicas y políticas. Por ejemplo, con el Imperio Romano surgió un nuevo modelo de Estado con una tabla de derechos para el ciudadano romano (sólo para la minoría de ciudadanos romanos), otro modelo de economía y otro modelo de sociedad distintos al tribal. Entonces, las decisiones de las tribus dejaron de ser válidas y tener sentido. Cuando Augusto impuso la “pax romana” o prohibición de que las tribus saliesen de sus territorios para atacar a las demás, se privó a esas tribus de unos derechos y costumbres ancestrales, y se llegó a la evidencia de contradicción entre los intereses del Imperio y los de cada tribu, excepto si éstas se integraban en el modo de vida romano. Las tribus quedaban “condenadas” al trabajo, y debían descartar la guerra como medio de subsistencia. A muchas tribus no les gustó, y todavía hoy hacen conmemoraciones de sus rebeliones contra el imperio.

Los derechos de la gran sociedad, la romana, entraban en colisión con los derechos de las pequeñas sociedades tribales. Y el poderoso ejército romano decidía los derechos de cada cual. Y el Emperador, que dominaba sobre ese ejército, era el señor del Estado Romano.

Un segundo populismo bullía en el ánimo de los ciudadanos romanos pobres: Algunos sectores sociales de dentro del sistema se sentían perjudicados, excluidos de las ventajas del mismo. En Roma surgió la “populorum factio” o partido de los pobres, reclamando redistribución de la tierra, alivio de las deudas de los campesinos pobres, y mayor democratización de las asambleas políticas. Era la segunda forma de populismo, la creada por desigualdad dentro del grupo mismo de los dominantes. Los romanos cuidaron de modificar el sistema de votación, de modo que unas tribus, las de la clase senatorial, eran poco numerosas, y otras, las de la plebe, eran muy numerosas. Como en los comicia tributa una tribu era un voto, el resultado era seguro. Además, se votaba en público, y la primera tribu en votar, la que iniciaba el sentido de la votación, era un honor muy codiciado.

El imperio decayó cuando no supo controlar la inmigración masiva de los bárbaros del norte, tribus que basaban su economía en la guerra, y eran dirigidas por el más fuerte en la guerra para apoderarse del ager publicus tomano. La desaparición del Imperio Romano de Occidente fue un retroceso muy grande en el progreso social y económico de occidente.

El ejemplo puesto tomando como referencia el Imperio Romano, nos sirve para todos los sistemas políticos, económicos o sociales más evolucionados que trataron de imponerse en adelante. Populismo hay en todas las épocas de la historia. El problema es la actitud de los Estados frente a las asambleas populares. Los intereses de cada nuevo sistema racionalizado se enfrentan a los derechos e intereses de los individuos de esas asambleas populares, y se enfrentan en muchos campos, al menos a corto y medio plazo, y surge el problema de qué colectividad es la que tiene derechos preferentes y las decisiones de qué colectividad son soberanas. Y también es un problema el que algunos de los “patricios” se sirvan de esa fuerza populista para atacar a sus enemigos políticos en el Senado, la manipulación del populismo o el populismo desde arriba. El problema es si el Estado tolera los movimientos populistas de los pobres reclamando posesiones, y si tolera los movimientos populistas de los ricos tratando de mover la gente a su favor.

El tema es extremadamente complejo. Hay razones para defender las dos posturas, la de organización del Estado y cesión de la soberanía a los ciudadanos más preparados, y la de mantenimiento de las asambleas populares. Y esa disputa se mantendrá para siempre.

Es evidente que todo nuevo sistema político, económico y social que se ha impuesto en un momento dado, lo ha hecho porque es más poderoso y está mejor organizado. Dado que la élite es poco numerosa por definición, ésta se ha impuesto mediante promesas populistas hechas a la masa.

Surge a menudo entre las élites, económicas e intelectuales, la tentación de imponerse sobre las colectividades, porque ello es fácil. Las condiciones para ganar el poder es llegar a dominar grupos determinados de soldados, burgueses y religiosos. Y el líder se  constituye en poder supremo.

En este caso caben dos posibilidades, que el líder populista lo utilice para hacer buenos servicios a la colectividad o, lo que es más frecuente, que salga un líder o un grupo que tome el poder en su propio beneficio, o incluso para empresas absurdas, basadas en teorías imaginarias o de teorías racionales poco acordes con la moral de los pueblos. El problema es si un pueblo debe depender de la suerte y se puede fiar del azar. No hay garantías de moralidad de ningún Gobierno, ni de los populistas ni de los racionalistas.

Volviendo al ejemplo de Roma, el Estado hizo grandes servicios a Roma en tiempos de Augusto, líder populista alzado contra la República, líder que dio glorias a Roma, pero el populismo fue una rémora en los siglos siguientes, y los soldados sabían que el populismo se combate con nuevos populismos, y no había más que difundir noticias y crear el ambiente adecuado para proclamar un nuevo emperador. En cada situación de dificultad habrá apelaciones al pueblo como fuente de poder y de justicia. Y los levantamientos militares pondrán nuevos emperadores con facilidad, cada vez más ignorantes y con menos capacidades militares, salvo excepciones que no vamos a citar. Y la guerra civil se convirtió en algo cotidiano.

El populismo puede utilizarse para grandes empresas y para grandes errores. Depende mucho del sentido moral del gobernante. Puede utilizarse para dar un paso adelante, y también para aprovecharse del pueblo y enriquecerse el grupo líder.

 

 

El populismo tiene valores positivos:

 

El populismo tiene el valor positivo de poder reclamar el poder ante los abusos de las élites políticas, económicas, religiosas y militares, cuando no hay métodos legales de acabar con la inmoralidad de los gobernantes. El modo de rebelarse es oponerse a la excesiva institucionalización, pidiendo más participación de las organizaciones sociales más bajas: la llamada clase media, la mediana y pequeña empresa, los funcionarios de a pie, los granjeros, campesinos, sacerdotes, soldados, e incluso los desposeídos.

El populismo en manos de un líder ajeno a la clase baja o perteneciente a ella, puede resultar una defensa del pueblo en pro de la restauración de la democracia, lo cual ha sido el inicio de muchas revoluciones y golpes de Estado muy celebrados en la historia.

Los casos de que algunas oligarquías latinoamericanas tachasen peyorativamente de populismo el intento de imponer el sufragio universal a principios del siglo XX, o tachasen de “comunistas” a los que querían imponer determinados derechos sociales, ya en la segunda mitad de siglo XX, muestran que el populismo puede ser un factor de progreso. Eran las oligarquías el sector retardatario, mientras las masas perseguidas el sector progresista. La situación de que, más tarde, los populistas no supieran administrar sus triunfos, es la demostración de que existe el problema populista.

El populismo puede ser utilizado “desde arriba”, por un líder inteligente, para crear áreas de más posibilidades económicas, sociales y políticas, tal como hizo Lincoln cuando reclamó “un gobierno por el pueblo, del pueblo y para el pueblo”, para unificar los Estados Unidos. En una interpretación contraria, podía encubrir un deseo de acabar con los negocios sudistas del algodón, y favorecer así a la burguesía industrial del norte, siendo solamente un negocio de la burguesía industrial frente a la agrícola algodonera. Pero dejemos esa discusión para otro momento.

El populismo tiene también el aspecto positivo de poner de manifiesto los grandes problemas de las clases bajas, tales como el hambre, la educación, el agua potable, la sanidad, los impuestos excesivos, el excesivo dominio de la plutocracia sobre el Estado, aunque las clases bajas no siempre saben expresarlo y, a menudo equivocan el camino reivindicativo debido a la necesidad de designar unos líderes que tienen sus propias ideas y aspiraciones que no siempre son las del pueblo que los ha designado, que pueden ser poco cultos e incluso ignorantes, o que pueden evolucionar en un momento determinado hacia otros intereses contrarios a los del pueblo. En estas situaciones, el más locuaz suele llevarse de calle a la asamblea. Y el más locuaz no tiene por qué ser ni inteligente ni moral. Hay sobrados ejemplos de políticos que hablan muchos minutos sin decir nada, que son capaces de contestar a todo, que parecen entender y saber de todos los temas en profundidad, lo cual es sospechoso ya de entrada.

 

 

El populismo tiene valores negativos:

 

El populismo puede ser utilizado por las oligarquías militares, agrarias, industriales, universitarias o religiosas, con fines inconfesables, antidemocráticos, delictivos. Conocida la fuerza del populismo y los mecanismos por los que se mueve, es tentador utilizarlo para acceder al poder de forma rápida y, a menudo, institucionalizar un Estado alegal. Algunas veces, imponen Gobiernos títere para explotar determinados negocios a su gusto. Algunas veces se limitan a eliminar físicamente a sus enemigos con poco coste, pues los voluntarios populares les hacen el trabajo. A veces aprovechan la fuerza populista para iniciar una revolución de tipo personal, bajo proclamas de ser una revolución populista en beneficio del pueblo. También se puede utilizar para campañas comerciales, de venta de unos determinados productos. Y se utiliza para instalar las redes mafiosas de la droga.

Acontece que el pueblo no sabe expresarse, y menos hacerse cargo de la Administración, lo cual es una necesidad que es preciso afrontar al día siguiente de la toma del poder. Ése es el gran problema del populismo, el día después y los siguientes a la toma del poder. Y muchas veces ocurre que, como no saben qué hacer, desde su punto de vista encuentran enemigos por doquier y se dedican a asesinar saboteadores que ven por todas partes. Así acabó Hitler, gritando que todos le habían traicionado. Muchas veces, los líderes de una revolución manifiestan al día siguiente que les sobran los revolucionarios, y no es desconocido en la historia que los que ayudaron a hacer una revolución fueron ejecutados al poco por el nuevo líder triunfante. Y si no ejecutados, fueron depuestos de todos sus cargos y expulsados del poder. Eso hizo Lenin, y eso hicieron Mussolini, Franco, Perón y otros muchos.

Otras veces ocurre que las masas, que no saben qué hacer con el poder, lo abandonan a los pocos días de haberlo tomado, con lo cual el esfuerzo y sangre vertida no sirven para nada. El primer día asesinan al Gobernante, y el segundo se entregan a la justicia y confiesan su culpa.

El líder populista inmoral puede defender a veces causas contrarias al progreso (lo que molesta a la llamada derecha), contrarias a la evolución política y social (lo que molesta a la llamada izquierda), a la esencia misma de la democracia defendiendo soluciones contrarias a los derechos e intereses de las minorías, en favor de derechos e intereses de las mayorías populistas. Ello conduce al desorden social, y al retroceso económico y técnico.

El líder populista dotado de moralidad puede hacer grandes beneficios para su comunidad.

 

 

Populismo y pueblo.

 

Aparecerá la dificultad de definir el término “pueblo”, pues para unos será el conjunto de la nueva organización política dominante, y para otros será la pequeña y antigua comunidad local. No se trata de simple demagogia o intento de convencer a las gentes de cuáles son sus derechos frente al llamado opresor, o llamados insurrectos, sino que a las palabras les siguen decisiones y, o se hacen cambios en el sentido deseado, o se llega a la lucha por la independencia.

En el conocido caso de Espartaco, líder de los esclavos, otra revolución populista. Los esclavos serían conscientes de su pobreza o sensación de marginación económica frente a los otros romanos, falta de derechos frente al resto de la sociedad, vulnerabilidad social, exclusión social… y reaccionarían en una rebelión populista contra el orden romano. La sociedad romana era próspera, superior a la de los pueblos bárbaros, pero se basaba en el trabajo esclavo para los campos, minas, talleres y hogares. La convivencia de ambos sistemas era imposible cuando el número de esclavos era excesivo, y se llegó a la guerra por los derechos de unos, o la sublevación populista de los esclavos según el punto de vista de los otros.

El populismo se basa evidentemente en el concepto “pueblo” sujeto teórico de esos derechos. Todos los populistas dicen ser la voz del pueblo o los redentores del pueblo oprimido, según los casos. Pero el término “pueblo” es indefinible, pues es el sentimiento de pertenecer a una comunidad por diversas causas, que cada líder define en cada momento. Los líderes populares ponen y quitan los atributos que les parecen más convenientes para su idea de pueblo. Cuando un sacerdote dice pueblo, está pensando en el conjunto de creyentes, cuando un empresario dice pueblo piensa en el conjunto de trabajadores-servidores, cuando un comerciante habla del pueblo está pensando en clientes, cuando un comunista dice pueblo está pensando en trabajadores-militantes… El concepto “pueblo” es en cada momento lo que está pensando el hablante, y como eso raramente se sabe, el significado es difícilmente definible.

Desde la perspectiva del mundo actual, el término “populismo” ha adquirido connotaciones negativas, despectivas, identificándose con reacciones poco racionales de minorías no conscientes de la evolución de la humanidad. La derecha culpa de populismo a la izquierda, y viceversa, la izquierda se dice racional y culpa de populismo a la derecha. Se refieren a que el otro está tomando medidas que pueden parecer beneficiosas a corto plazo o para un sector pequeño de la población, pero que serán perjudiciales a medio y largo plazo para el conjunto de la sociedad. Los razonamientos no abundan, mientras las soflamas son más que diarias. Ambos hacen populismo cada día.

Las causas del triunfo de un movimiento populista vienen dadas por fallos del sistema vigente, fundamentalmente la desigualdad, real o sentida, tanto en el terreno político como económico, entre unas clases sociales y otras, o entre unas regiones y otras, y también la conciencia de esa desigualdad por conocimiento de otras realidades exteriores, como otros países más desarrollados.

 

 

Variaciones populistas.

 

Una vez conocidos los valores del populismo y su fuerza para mover las masas, los movimientos populistas pueden ser utilizados por esas mismas élites dominantes para imponer sus dictaduras y sus conceptos de sociedad, aun en contra del mismo pueblo.

Pueden surgir populismos de derechas, que se fabrican desde los medios de comunicación, para imponer el gobierno de un gran capitalista, para luchar contra empresas grandes multinacionales a favor de intereses pequeñoburgueses, para imponer una teocracia… Pueden surgir populismos de derechas contra grupos de opinión socialistas y comunistas que pudieran perjudicar intereses de grupos dominantes en la derecha.

Pueden surgir populismos de izquierdas para imponer doctrinas socialistas que de ninguna otra manera cuajarían en la población, y que sólo son el instrumento que esos líderes utilizan para destruir el sistema capitalista, o para llevar la contraria a grupos de opinión de tipo capitalista. Hay populismos que posponen el derecho del pueblo a su desarrollo económico, en favor del desarrollo de sus doctrinas socialistas, consideradas verdades eternas, nueva religión a la que hay que servir.

Pueden surgir populismos religiosos, los cuales dicen interpretar la palabra de Dios en determinado sentido que Dios mismo les ha revelado. Cada caso es diferente y sería muy largo citar casuística.

 

 

El populismo de base.

 

El populismo de base es un movimiento propio de gente sencilla que cree en la bondad de las masas por naturaleza, y en la moralidad de las decisiones tomadas en sus asambleas populares, lideradas por individuos singulares, cultos o no, pero con gran atractivo sobre las masas, dotados con el llamado “don de gentes”. Este populismo ha existido siempre, y en todas partes. En un lenguaje técnico se llamó “Jacobinismo” en el XVIII por estar representado en la Revolución Francesa por los jacobinos o sansculottes. La simpleza de Rousseau de que el hombre es bueno por naturaleza y es la sociedad la que lo corrompe, estaba arraigada en esta creencia popular.

En este tipo de movimiento popular, surgen pequeños líderes locales, o de barrio, que dirigen las asambleas populares gracias a su poder de convicción, sus relaciones familiares y amistosas dentro del grupo, su voz, su porte… Raramente tienen una doctrina que se soporte en conocimientos serios, científicos, morales, pero hacen gala de conocer cosas y de tener una moral superior a la de los políticos y burgueses que estén gobernando en ese momento. Los dirigentes populares pueden haber leído exclusivamente algunas lecturas asistemáticas, partidistas, sesgadas, pero hacen continuamente gala de saber, conocer, haber leído, mediante abundantes citas, que no siempre comprenden y muchas veces aplican en sentido contrario al que fueron formuladas. Suelen hacer llamadas a la irracionalidad, como las viejas tradiciones, de las que todos tienen noticias de ellas pero nadie conoce, dándolas la forma adecuada, como sentimientos religiosos interpretados por ellos mismos de forma conveniente, como sentimientos machistas o feministas de que ellos son más o no son menos que otros, como reivindicaciones de unos supuestos derechos fundamentados en la historia…

Muchas agrupaciones tenidas por liberales, sindicalistas, anarquistas, comunistas o socialistas, son meramente populismo. La creencia de que las decisiones tomadas por la mayoría, o tomadas por unanimidad, deben ser respetadas indefectiblemente, está muy extendida entre sectores poco maduros de la sociedad, como obreros, estudiantes, asociaciones de vecinos, grupos sindicales, y mucho más entre el subproletariado o gente dedicada a actividades sociales marginales. Cuando piensan que sus decisiones están por encima de la ley, suele ser populismo.

El populismo a veces no tiene en cuenta la preeminencia de los derechos humanos de todos los hombres, sobre los deseos y conveniencias de unos pocos en un momento dado. A veces no tiene en cuenta el respeto a los derechos de las minorías y de las individualidades en los casos en que estos derechos sean esenciales y más básicos que los de la mayoría que decide. Al contrario, reclaman sus derechos como preferenciales y fundamentales siempre. Dan por supuesto que sus peticiones son incontrovertibles, sobre todo porque están fundamentadas en sentimientos de las masas. Para entender mejor esta idea, volveremos sobre Stuart Mill:

John Stuart Mill ponía a mediados del XIX el siguiente ejemplo que, aunque él no fuera un verdadero creyente, podían entender muy bien los cristianos europeos de su tiempo: Cuando Jesús fue presentado al pueblo por Pilatos y se puso a votación su muerte, las masas votaron la muerte de Dios. Pilatos cumplió la voluntad de las masas y se lavó las manos, a pesar de que sabía que aquél hombre era inocente. Millones y millones de personas, creyentes del cristianismo o no, pensaron en siglos posteriores que aquella decisión, la de las masas y la de Pilatos, había sido errónea. ¿En qué consistía el error? La solución es que se había votado sobre un derecho humano fundamental, el derecho a la vida, derecho que no puede ser decidido por ninguna asamblea, ni grande ni pequeña, ni por mayoría ni por unanimidad, y sobre todo en el caso de una persona inocente. Las masas se cegaron reclamando otros derechos de menor importancia, pero aceptados por la masa. Si aceptamos las “verdades” populistas, debemos concluir que el ajusticiamiento de Jesús fue totalmente justo. Si aceptamos que los derechos humanos fundamentales son siempre prioritarios, entonces comprendemos el error en el caso propuesto.

La conclusión es que sobre materia de derechos humanos no es moral votar si se dan o se quitan, sino solamente sobre cómo se van a preservar los más y en mayor grado.

En otro ejemplo, podemos considerar el hecho de que muchos países del siglo XX se cuestionaron si la pena de muerte era moral, incluso bajo condicionamientos legítimos, y decidida con garantías judiciales, y la prohibieron. Evidentemente se trataba de cuestionar los justos derechos sociales frente al derecho a la vida, cuando éste se considera fundamental. No es un tema sencillo, sino una cuestión de prioridades de derechos.

Si reflexionamos un minuto sobre los peligros de error en que puede caer el populismo, concluiremos que las asambleas no pueden ordinariamente decidir sobre practicar la violencia o castigo sobre determinados individuos de la sociedad en que viven, no pueden suprimir derechos de parte de los individuos de esa comunidad, ni de uno solo de esos individuos[1]. En estos casos, el mismo hecho de votar es ya un ataque a la libertad, una inmoralidad. El disidente castigado por unanimidad en esas asambleas populistas tiene la razón moral, y la asamblea de votantes, mayoritaria o unánime, está equivocada y es la verdaderamente inmoral. Pero el tema se complica cuando consideramos el caso de la comunidad popular que se rebela contra el tirano, contra el genocida, pues entonces la decisión populista resulta laudable, y sus decisiones son celebradas durante siglos.

El populismo, por su carácter inculto, puede resultar una fiera indomable. Las asambleas pueden ser dirigidas por los más sanguinarios e inmorales de sus miembros. En la Revolución Francesa, Robespierre creyó que podía dominar a la fiera. Los sansculottes hacían asambleas de vecinos, que determinaban la muerte de las personas cada día, en lo que se llamó el Terror. Cuando Robespierre quiso dominar esta barbarie, fue él mismo ejecutado antes de que pudiera defenderse, antes de hablar ante la Cámara y denunciar a los líderes asamblearios que se habían convertido en asesinos sanguinarios utilizando a las masas.

El populismo funciona en zonas rurales, en las mafias, las asociaciones de delincuentes corrientes, en las cárceles, en las viejas asociaciones de campesinos y de artesanos, en los centros de enseñanza, y sustituye al Estado en su función de guardar el orden social y de impartir justicia. Funciona gracias a la “ley del chivato”, que castiga severamente al que denuncia las actividades populistas. Tiene el inconveniente de que las masas son volubles, e incluso entre estas mafias, surge a menudo la necesidad de un líder que elimine el populismo radical y sus terribles decisiones de lo más imprevisto para cualquiera, porque es un ambiente demasiado resbaladizo donde se pierde la vida con facilidad y donde estos líderes son eliminados periódicamente.

Ojo, de las asambleas de jefes piratas, nació la democracia griega, tan admirada hoy en día, con gran desconocimiento del tema, por cierto.

En cuanto a la fe en la bondad intrínseca de las asambleas populares, los europeos occidentales del siglo XIX la perdieron cuando hubo matanzas de centenares de miles de personas a manos de fuerzas populistas. Los revolucionarios franceses tuvieron el ejemplo en La Vendée, a manos de los sansculottes. Napoleón se propuso acabar con estas fuerzas políticas populistas y fue muy aclamado y reconocido por los pueblos europeos. La paz de Napoleón retirando las armas que poseían los ciudadanos y persiguiendo el bandidaje, recordaba la paz de Augusto, quien impuso que cada pueblo no pudiese invadir las tierras de los vecinos ni robarles bienes ni personas, en lo que se llamó la “pax romana”. Augusto es tenido por un gran azote del populismo de los pueblos bárbaros en el siglo I de nuestra era, mediante el sometimiento de todos al arbitraje de las autoridades del Estado. Napoleón es tenido como el hombre que inauguró la Edad Contemporánea. Pero el populismo de base vuelve siempre, es recurrente.

El populismo parece pues que es muy antiguo, quizás tanto como el hombre. El populismo es una fuerza que mueve masas, y junto a la religión y al nacionalismo, son los grandes resortes político-sociales que elevan a los líderes y también les defenestran en su momento.

 

 

El populismo manejado “desde arriba”.

 

Una vez que se conoce este fenómeno populista, surge la tentación de dominarlo en beneficio de la persona, el partido (también los de izquierdas), el sindicato, la organización, la empresa… y a eso le llamamos populismo “desde arriba”. Es un populismo manejado como un polichinela.

Conocida la fuerza del populismo, hay muchos líderes dispuestos a utilizarlo desde cualquiera de sus vertientes: la liberal, la religiosa, la nacionalista, la socialista, la comunista, la anarquista, la sindicalista. En todos los campos sociales se hace populismo. Se trata siempre de sentimientos poco acordes con la razón, pero muy fuertes. Estos sentimientos no desaparecen con el progreso de la cultura y la educación, pues los populistas crean sus propios sistemas culturales y educativos que refuerzan el sistema populista que les interesa.

El líder populista, aprovecha los movimientos populistas preexistentes, para atraerlos hacia su persona, se presenta como alguien que entiende los problemas del pueblo y exige fidelidad a su nuevo sistema. Un caso evidente de populismo es el de Hugo Chávez en Venezuela, un hombre que fue monaguillo y utilizaba rosarios, escapularios y medallas religiosas, que cantaba en un coro y tocaba la guitarra siendo niño y utiliza estas habilidades en televisión delante del pueblo venezolano, y que tenía cierto don de palabra y la utilizaba para contar melodramas e historietas sobre el capitalismo de Estados Unidos, y sobre el sometimiento colonizador a que les sometió España, y para prometer la protección a los pobres. De modo que combinaba las grandes fuerzas que mueven a las masas, religión, música popular, melodramas, nacionalismo, sindicalismo populista, guardias populares, comercios populares, y un futuro idealizado, para acabar haciendo lo que le venía en gana, por más disparatado que ello fuera.

El hombre rico o poderoso, tiene ocasión de desarrollar y alimentar organizaciones populistas dotándolas de medios materiales y posibilidades legales, a fin de que un líder, él mismo, o la persona por él designada, pueda afianzarse en el poder.

El líder populista trata de arrastrar a las masas, prometiendo cosas imposibles, e incluso mintiendo descaradamente, y presentando las cosas siempre como favorables al pueblo, ocultando los aspectos desagradables y negativos, de forma que se logre excitar sentimientos populares favorables al líder populista. El líder populachero halaga al pueblo para ganarse sus simpatías y arrastrarle a manifestaciones, motines, huelgas, algaradas, elecciones políticas, campañas sociales, casi siempre absurdas, irracionales, condenadas al fracaso, que no pretenden más que satisfacer el ego y el bolsillo de los líderes populacheros, al tiempo que se mantiene la situación de privilegio en la que vive el líder que se dice a sí mismo popular.

El líder populista, una vez instalado en el poder, necesita clientelismo, y para ello hace frecuentes discursos mesiánicos y los difunde al máximo por medios de comunicación. Pero esa necesidad de clientelismo le lleva a conductas erráticas, una vez que detecta que sus clientes tienen intereses diferentes. Por eso, el gobierno de un líder populista es impredecible. En último caso, el líder puede ser asesinado por sus mismos hombres si éstos deciden que ya no les representa y está gobernando contra sus intereses. El caso más estudiado de esta evolución errática es el peronismo que empezó siendo democrático revolucionario, siguió imponiendo una tiranía, continuó en una fase socialdemócrata, lo anudó con un gobierno neoliberal, y terminó hablando de caminar hacia la democracia.

 

 

 

Marx fue uno de los pocos líderes que se dio cuenta del peligro del populismo, que identificaba con el lumpen-proletariado, y advirtió que el enemigo número uno del socialismo no era la burguesía, que había conseguido un logro para la humanidad como la superación del feudalismo, sino el lumpen, que era destructor de civilizaciones. Pero casi todos los movimientos “marxistas” practicaron el populismo.

El distintivo de lo que es populista y lo que no, es analizar si se prescinde de lo esencial en lo que atañe a derechos humanos fundamentales, para en cambio, dar al pueblo cosas espectaculares (gran consumo), de gran aceptación popular, pero innecesarias e incluso contrarias al bien común y a los derechos fundamentales de alguien, o si se defienden bienes a corto plazo que serán muy negativos a medio y largo plazo para el conjunto.

El líder populista, cuando posee una moralidad alta, puede utilizar el populismo para grandes realizaciones a favor de los derechos humanos y el progreso de la humanidad. Hemos citado los casos de Augusto, Espartaco, Robespierre y Napoleón.

 

 

El populacherismo.

 

Llamare populacherismo al hecho de que un líder utilice el populismo para beneficio propio y en contra de los intereses generales de su pueblo.

El populacherismo es fácil. Se basa en la teoría de que se debe hacer lo que desea la mayoría del pueblo, sin atender al debido respeto a la ley, la Constitución, los derechos humanos de las minorías, los derechos de las personas. Se critica todo lo que pueda estar molestando a la gente, aunque sea legal, conveniente y necesario desde un punto de vista racional, y sirve para hacer sentir a la gente que es víctima de algo, que puede rebelarse contra todo, y que existe un mundo mejor en el mundo de la fantasía. Se puede cambiar en cada momento la ley y la constitución al servicio del líder populachero. El populacherismo sirve para ganar elecciones, tanto dentro de los partidos como en los Ayuntamientos y Congreso de Diputados. Se basa en la idea irracional del populismo de base que hemos explicado antes. El líder necesita dominar al pueblo, pero no es preciso que le gusten las costumbres y modos de vida populares. Un líder populista puede salir del propio pueblo, con sus mismos gustos, o provenir de las clases altas opuestas al pueblo, y limitarse a explotar las posibilidades que le da su presencia, don de palabra, credibilidad (lo que se viene en llamar carisma). El líder populista puede ser, por tanto, de derecha, de centro, o de izquierda, indistintamente.

La voluntad de la mayoría se puede preparar con informaciones sesgadas, o tomándola en el momento preciso tras determinado acontecimiento, o haciendo que la masa se manifieste en un orden determinado para aprovechar el efecto de solidaridad de la masa con lo que acaba de oír gritar, propalar o reivindicar, cosa que ya hacían los romanos. En último término siempre es el líder el que hace la interpretación de cuál es la voluntad del pueblo y la medida política necesaria para ello. Los medios de comunicación, que preparan y cocinan las noticias y opiniones que el pueblo debe conocer y la interpretación que debe conocer, se convierten en fundamentales para los fines de los líderes populistas. Entramos en lo que a finales del XX se llamará “sociedad mediática”, o sociedad dominada por los medios de comunicación. Los medios quedan en manos de los partidos, grandes agrupaciones sociales que necesitan popularidad, y grandes empresas. La pretendida libertad de información y de opinión de los últimos tiempos, en los países más desarrollados, es hoy muy discutible desde un punto de vista verdaderamente liberal, cuando se imponen modos de vida en los que todos mienten acogiéndose al derecho de libertad expresión. todo cambia en una sociedad con alto grado de moralidad.

Se afirma constantemente en los medios de comunicación populacheros que el sistema político en el que ellos viven es una democracia y “lo mejor que se puede vivir en el mundo”, tal vez porque lo necesitan decir. El líder populachero necesita voceros, periodistas tan corruptos como él y que sean corporativistas para defender a cualquier compañero cuando sea atacado, sin distinguir los honrados de los inmorales.

El líder populachero distorsiona la realidad en su favor: En Sudamérica suelen llamar derecha política a los liberales económicos que pretenden establecer relaciones económicas con Estados Unidos, o con las multinacionales, y llaman izquierda a los que pretenden expulsar a las multinacionales y se oponen a las relaciones con Estados Unidos. Ambos populismos distorsionan los conceptos en aras a un sentimiento que está a flor de piel en el pueblo, la excesiva presencia de negocios americanos y de multinacionales en su entorno. El líder populista latinoamericano que se dice de izquierdas, critica las teorías económicas modernas y a los Estados Unidos, y poco más hace por una verdadera izquierda de desarrollo de los derechos sociales y de regulación y limitación de las apetencias del empresario. Hay una realidad de fondo, y es el abuso de las multinacionales, y una falsa interpretación de lo que es derecha e izquierda, pues derecha es conservar lo que se tiene, y se puede pagar, e izquierda es progresar en el disfrute de más derechos humanos, a riesgo de endeudarse y quedarse sin ningún derecho. La izquierda es un riesgo que sólo suelen correr las generaciones jóvenes. Los mayores tienden a ser conservadores.

El líder populachero no está nunca seguro. Aunque el líder populista, o populachero, dice representar al pueblo, no es cierto que el pueblo se sienta en todo y en todo momento representado por él. En un momento dado, cada líder puede tener detrás de él masas ingentes de hombres, pero en el momento siguiente, otras minorías pueden fabricar otros líderes y otras opiniones mayoritarias. El antiguo líder cae e incluso puede ser eliminado físicamente. No es nada fácil explicar los mecanismos por los que los líderes son abandonados. Entraríamos en el campo de la psicología de masas. No obstante puede servirnos la consideración de que las personas normales trabajan la tierra, el taller, la casa, la empresa, la pizarra, mientras que algunos de los más exaltados son a menudo los que menos trabajan y tienen tiempo para acudir siempre a las asambleas, partidos, sindicatos, agrupaciones, y fabrican allí las “opiniones mayoritarias”, coincidan o no con los intereses de la mayoría. Algunos de los exaltados también suelen ser gente cansada de su trabajo, que ve en la política un modo de medrar y ganar mucho más dinero que en un triste empleo como el suyo. Y hay algún exaltado por convicción, pero no son muchos.

También hay otras personas responsables y morales que militan en agrupaciones, partidos y sindicatos, pero estas personas deben tener presente que están rodeados de oportunistas, porque ello es intrínseco a las agrupaciones de masas. Deberán tener cuidado con los colaboradores que eligen.

Pues bien, de cualquiera de los arribistas, puede surgir un nuevo líder que derroque al antiguo.

El líder populachero dice tener su propia moral, una moral “popular”, pero es a menudo cruel, sanguinaria, dictatorial, represiva. Utiliza sus argumentos contra el poder establecido y contra otros líderes populistas que le disputen el liderazgo, pero no tiene una alternativa racional a lo que critica, una alternativa acorde con los derechos humanos. Su ocasional triunfo político significa el caos jurídico, económico y financiero a medio o largo plazo, que da paso al caos social en materia de moral y costumbres. A menudo, vemos que en Sudamérica intentan cambiar la Constitución y perpetuarse en el poder. En Europa, manifiestan constantemente respeto por la Constitución, pero gobiernan como si esta no existiera, al margen mismo de lo constitucional, en beneficio de intereses privados de alguna familia, suya o de clientes, con muy poco respeto a los derechos humanos, al tiempo que hacen grandes declaraciones de proteger esos derechos humanos.

El líder populachero alardea de proteger los derechos humanos y culpa a otros gobernantes, extranjeros y del propio país, de no hacerlo. Gusta de campañas en medios de comunicación por la defensa de los derechos humanos al otro lado del mundo, lo más lejos del país en que se vive, mientras hace pasar desapercibida esa misma injusticia social en su calle, su ciudad, su barrio. Lo que no permite el líder populachero es la discusión sobre qué derechos protege él y cuáles abandona.

El líder populachero siempre está presumiendo de hacer obras públicas, para demostrar que hace mucho por el pueblo. Hace constantes inauguraciones, difíciles de explicar desde un modo de vivir sin dispendios, tal vez porque lo necesita. Se cumple el dicho “dime de lo que presumes, y te diré de lo que careces”. En su deseo de inaugurar, inauguran una farola, diez metros de acera, una fuente de agua, un centro escolar… cosas todas que son ordinarias y se harían de todos modos, estuviera él o no. Pero lo importante es autoatribuirse el mérito.

A veces, el líder populachero que alcanza el poder, combina Estado, partido gubernamental y sindicato, para mantenerse en el mismo, y ello le permite perpetuarse indefinidamente, hasta un nuevo golpe de Estado, o eventualmente, hasta su muerte. La cooperación entre esos tres pilares sociales, es clave para la estabilidad de un sistema populista y es practicado por líderes europeos que presumen de modelos de democracia.

El populacherismo conlleva un alto grado de deterioro social: Cuando la sociedad empieza a pensar que todo es populacherismo, con alto grado de mentira en las declaraciones de los gobernantes, cuando observa que se hacen algunas reformas, lo más pequeñas posible, pero se mantienen intactos los problemas fundamentales, cuando los políticos quieren votantes sumisos, alejados de la crítica, cuando los dirigentes retornan a hacer reglamentos que dejan poco menos que en letra muerta las leyes antes hechas, protectoras de derechos humanos, la sociedad se descompone y las instituciones tienden a entrar en crisis.

 

 

El populismo en la España Contemporánea.

 

El populismo tuvo un protagonismo muy importante en España a partir de 1868. Los grupos de izquierda siempre pecaron de dejarse envolver en él, por motivos electorales, por su complejo de inferioridad que creía que nunca llegarían a ser mayorías frente a los conservadores burgueses y a las masas incultas, o por su prisa en ocupar sillones de gobierno. Los grupos de derecha, basaban la fuerza de su poder político en el populismo, e incluso en la corrupción institucionalizada del caciquismo. Por eso se dijo que “una de las dos Españas ha de helarte el corazón” (Antonio Machado).

Los republicanos de 1868 vivían en medio de una masa que pedía trabajo, salarios dignos, pan y poderes de gobierno para atribuirse a sí mismos todo eso sin más. Utilizaron a las masas para subir al Gobierno, pero una vez en él, no pudieron mantener en orden a quienes querían tierra, trabajo y pan, sin demora alguna, quizás con toda lógica. Porque el hambre no se satisface con política, sino con alimentos.

Los socialistas marxistas de 1870 cayeron en la misma trampa, y hubieron de replantearse su movimiento en 1879 para adquirir un plan, una disciplina de partido y para, sobre todo, aceptar ser una minoría insignificante en cuanto a número, a fin de salvar lo importante, el programa. Sólo llegarán a ser verdaderamente influyentes medio siglo después, y seguirán luchando contra las tentaciones populistas que aparecen periódicamente dentro del partido.

El populismo, siempre cambiante de nombre porque siempre está cambiando de programa y de partido y de líderes, sufrió una crisis importante a partir de 1936-39 debido a las críticas de teóricos, por ejemplo el racionalismo de Azaña[2] frente a Largo Caballero, pero sobre todo con la emigración a la ciudad y el desarrollo industrial de 1959-70. Pero siempre quedaron las viejas ideas, y esas convicciones populares fueron aprovechadas por los líderes políticos de todos los signos. El nuevo líder, dice lo que al pueblo le gusta oír, maneja los medios de comunicación para excitar sentimientos de adhesión de las masas, y después hace lo que le parece, según su propia moralidad o inmoralidad. El nuevo líder culpa a otro de lo que él se propone hacer o está haciendo, jugando con que el poder de convicción sea superior al análisis que el vulgo pueda hacer de la realidad.

La democracia de finales del XIX y principios del XX hubo de moverse en el ambiente de populismo y caciquismo imperantes, sobre todo en los países del sur de Europa. La democracia era, en muchos países considerados democráticos, sólo una envoltura formal que justificaba unas leyes y unas formas de gobierno, pero todo el mundo sabía que el auténtico gobierno y leyes que había que cumplir eran las que emitía el cacique o los líderes populistas, leyes no escritas, pero harto conocidas.

Los creyentes en la democracia luchaban por superar el caciquismo y el populismo, generalmente en los campos de la educación, las relaciones laborales, la ética (religiosa o no), la magistratura, el ejército… Eran conscientes de que el liberalismo, la libertad, se recupera mientras se lucha. Afortunadamente, hay fuerzas interiores al individuo y a la sociedad que tratan siempre de recuperar los valores sociales del liberalismo.

La salida hacia sistemas de más alta moralidad no es nada fácil: Cuando el ciudadano no lucha por la democracia, simplemente se la arrebatan. La democracia se ha convertido en una lucha diaria que realizan algunas minorías, más o menos conscientes, y no siempre las tenidas por más cultas. Cuando se crean algunas de estas minorías con cierta influencia social, se avanza hacia la generalización de los derechos humanos, hacia la democracia. En este sentido, sería bueno recordar aquí, aunque con finalidad diferente, la idea de Lenin de que unos pocos pueden renovar la política y la sociedad mejor que muchos, que no es más que la idea cristiana de hace dos mil años, de que la sal, siendo poca, puede cambiar la totalidad del conjunto.

 

 

 

[1] En mis años de docencia, les ponía a los alumnos el ejemplo de si podían votar en el momento anterior a la celebración de un examen, el suprimir un examen libremente decidido con anterioridad, y sin circunstancias graves que aconsejasen esa supresión, porque se estaría votando sobre derechos individuales, los derechos de los que sí han estudiado y se han preparado el examen, sobre los que no se tiene competencia para decidir en asamblea. Es un tema que siempre genera un debate interesante, porque está ligado a la realidad. En otros temas, los estudiantes se sitúan en plan teórico e irreal.

[2] Azaña conocía los males del populismo, pero lo aceptó como mal menor, con tal de sacar adelante la República. Era consciente de su contradicción.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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