EL CATOLICISMO ESPAÑOL A FINES DEL XIX.

 

Conceptos básicos: catolicismo político, tradicionalismo católico.

 

A finales del siglo XIX en España, sólo un 1%o de los españoles decía no ser católico, el Gobierno afirmaba que los españoles eran católicos, y la Iglesia decía contar con el casi 100% de la población. No tenemos estadísticas, sino noticias de distintos casos, y la impresión general no confirma los datos oficiales ni los de la Iglesia. Comprender la España católica de fines del XIX y primera mitad del XX era imposible para un extranjero, que no hubiera vivido largo tiempo en España, y es muy difícil para nosotros 150 años más tarde.

El catolicismo de fines del XIX era una práctica muy superficial de la religión, y sin embargo la influencia de la Iglesia en política era muy grande pues nadie quería oponerse a las instituciones católicas para no ser significado socialmente. La práctica católica se limitaba a bautizar a los niños ocho días después de nacer, hacer la primera comunión, casarse por el rito católico y ser enterrados en cementerio católico, todo ello en medio de un gran ceremonial que no ofrecían otras organizaciones sociales. Los sacerdotes se quejaban de que muchos españoles no sabían ni siquiera la oración más básica del catolicismo, el padrenuestro. Y, sobre todo en el caso de las mujeres, el catolicismo convivía con prácticas supersticiosas, como la cartomancia (echar las cartas), portar estampas, medallas y escapularios para defenderse de las enfermedades y de la muerte, o para asegurarse la salvación eterna, y visitar a brujas y videntes. Los hombres hacían el salto de la hoguera de San Juan, y los ritos de veneración a otros muchos santos (San Sebastián, San Roque, Santa Águeda etc. etc.) que eran simples supersticiones muy anteriores al cristianismo. Los sacerdotes católicos incorporaron muchas de las supersticiones a los ritos católicos como un medio de dominarlas, lo cual entendían como “cristianizarlas”. Las imágenes que aparecieron a comienzos de la Edad Media, y se transformaron en vírgenes y santos, pueden tener relación con los cultos a Isis, la diosa madre, muy difundidos en España antes de la llegada del cristianismo y muy populares en la península, cultos que se practicaban en cuevas y montes, donde aparecieron en su día imágenes, algunas de ellas en madera negra, impropia de España[1].

En sentido contrario, algunos de los tenidos por anticatólicos o anticlericales, iban a misa casi todos los domingos, llevaban medallas de la Virgen, y por ejemplo, Canalejas, uno de los más afamados anticlericales, tenía en casa un oratorio privado en el que hacía decir misa en fiestas señaladas.

Una de las actividades de más ligazón del hombre con la Iglesia católica es la confesión, por la que el individuo confiesa en privado ante un sacerdote sus pecados, y éste ha jurado no comunicar nada de lo escuchado a nadie, aún a riesgo de su vida. El sacerdote le da al individuo consejos y recomendaciones y le impone una penitencia. La confesión es obligatoria una vez al año, pero se recomendaba hacerlo con más frecuencia, quincenal y aún semanalmente. Muchos españoles se confesaban sólo en las confesiones obligatorias anuales, de las que el párroco llevaba un recuento. Las confesiones se hacían muchas veces por rutina, otras por presión del medio ambiente puesto que lo hacían todos, y otras por convicción religiosa. Tenemos la impresión de que muchos españoles se confesaban una vez al año, por obligación impuesta por el párroco, y para evitar represalias sociales.

La actividad mejor observable en el católico es la asistencia a misa, obligatoria todos los domingos y fiestas “de guardar”. Aunque no constan estadísticas de asistencia, se dice que en puntos del sur de España a veces no asistía a misa dominical ni el 1% de la gente, aunque asistieran masivamente a las procesiones de Semana Santa porque les gustaba figurar y ver a los otros en la procesión, y porque era una actividad muy arraigada y más antigua que el cristianismo y porque las cofradías desempeñaban una labor social muy importante. La superstición procesional tenía muchos seguidores, pero el cumplimiento de las obligaciones religiosas, pocos. En el norte de España, la asistencia a misa dominical era mayoritaria y masiva. El norte era también la España carlista, un movimiento relacionado con el integrismo católico.

Y los viernes, que en el catolicismo son de ayuno y abstinencia, no comer apenas durante el día y no comer carne en ningún caso, no se notaba apenas en las ventas de las carnicerías, salvo el viernes de pasión, justo antes de la semana Santa.

Todo lo dicho no obsta para que, en determinadas ocasiones, hubiera grandes manifestaciones católicas de cientos de miles de personas, a convocatoria de algún líder religioso, y hubiera incluso actuaciones de ataques contra los no católicos. En muchos pueblos, el viernes santo se acudía masivamente a la iglesia a “matar judíos”, lo cual consistía en golpear el suelo todos a la vez haciendo mucho ruido. Tras ello, cuando se le decía a alguien que Jesús era un judío, las reacciones eran de incredulidad. La violencia no iba más allá de ese gesto tradicional y absurdo.

Decir qué zonas eran más católicas y cuáles menos, es arriesgado, pues en los estudios hechos sobre ello, se ve que una comarca puede resultar de alto cumplimiento católico y la de al lado de cumplimiento medio o bajo, e igualmente sucedía en determinado pueblo respecto al de al lado. Las disparidades locales se observan en cada provincia, y ello hasta se puede deber a la existencia de algún cura concreto, en un sentido o en el contrario.

En conclusión, los españoles afirmaban que eran católicos, y estaban dispuestos a jurarlo si se lo preguntaban. Y había unos sacerdotes integristas y unos grupos laicos integristas que hacían la vida imposible a los no católicos, lo cual invalida las declaraciones de catolicismo oficiales. Pero nosotros no podemos hacer afirmaciones seguras ni de que los españoles fueran católicos, ni de lo contrario. Es un tema abierto a la investigación.

E igual que decimos que la gente en general era muy poco católica, debemos decir que los pobres no eran anarquistas y socialistas, como parece deducirse de algunos artículos sobre el tema por gente interesada. Los anarquistas salían casi todos de entre los pobres, pero la inmensa mayoría de los pobres se abstenía de participar en sindicatos y partidos políticos, excepto en los sindicatos católicos, pero por motivos no estrictamente laborales. Los socialistas salían de clases medias. Y los que estaban sindicados en los sindicatos tenidos por anticlericales, lo hacían por cuestiones meramente laborales, pero no compartían el odio a la religión que era público dentro de algunos de sus sindicatos, sino que seguían siendo católicos. UGT, y luego CNT a partir de 1910, sabían perfectamente lo que pasaba, y siempre tuvieron buen cuidado en afirmar su neutralidad en materia de religión, su receptividad a los trabajadores de todas clases y creencias. A su vez, los afiliados a sindicatos socialistas eran muy pocos, y la mayoría no compartía las tesis de los grandes dirigentes del socialismo. Es decir, que si en España había 4.000.000 de asalariados, UGT apenas tenía a fines del XIX 40.000 afiliados, incluyendo los 6.000 que eran del PSOE y debían ser ugetistas por obligación. UGT, y luego CNT, coaccionaban a los ciudadanos a afiliarse por razones laborales, y por razones tácticas de política, y los obreros se afiliaban porque los problemas laborales y salariales eran la realidad misma y tenían que vivir la realidad, pero de ahí a dejarse llevar a la militancia activa y credos socialistas había mucho camino.

También había sindicatos católicos, y eran mayoritarios, pero eran sindicatos verticales. Las propuestas católicas de hacer “círculos católicos” para defender los salarios y condiciones de trabajo, estaban condenadas al fracaso. Se creaban muchos sindicatos de este tipo, calificados de verticales y auspiciados por sacerdotes y obispos, y se cerraban muchos también, porque los dirigentes católicos se empeñaban en defender la religión frente al ateísmo socialista, pero no era ése el problema de los obreros, sino que éstos comprobaban que los problemas reales, las condiciones laborales y salariales, las defendían los sindicatos socialistas y anarquistas, que estaban más ligados a la realidad. Por eso, socialismo y catolicismo convivirían en España por necesidad.

 

 

Pensamiento católico español.

 

La manera de pensar católica conservadora ha sido ya expuesta en el apartado 19.11.19. de este blog.

El Syllabus errorum, de 1864, apéndice de la Encíclica Quanta Cura, había determinado las relaciones entre liberales y católicos: dijera lo que dijera o quisiese decir el Syllabus, del cual hubo muchas versiones, fue interpretado tanto por los liberales como por los católicos más duros, como una condena al liberalismo, y Roma nunca se preocupó por desmentir esta opinión.

Algunos católicos eran conscientes de la radicalización en las interpretaciones del Syllabus. Por ejemplo, el obispo de Orleans, Félix Dupanloup, publicó en 1865 “La Convención del 15 de septiembre y la Encíclica del 8 de diciembre de 1864”, matizando que la condena de una cosa no significaba la afirmación de la contraria.

En este estado de crispación entre catolicismo y liberalismo, sucedió que, cuando Sagasta, líder del Partido Liberal, llegó al poder en 1881, los católicos interpretaron que llegaba el ataque definitivo contra ellos, y se sintieron obligados a organizar grupos ultramoderados, entre los que destacaba el de Alejandro Pidal y Mon con Unión Católica, los cuales hacían defensa explícita del Syllabus. Nada tenía sentido, pues los liberales españoles eran católicos, pero la racionalidad fue dejada de lado para dar rienda suelta a temores y prevenciones.

El problema fue a más, pues en 1884, León XIII publicó la Encíclica Cum Multa, y entonces, Félix Sardá Salvany publicó El Liberalismo es Pecado. Sardá se había hecho sacerdote en 1868 y era un absolutista que condenaba la soberanía nacional y los derechos del hombre. Los absolutistas se estaban aprovechando de los mensajes del Papa para hacer su propia política, enviaron a El Vaticano adhesiones al Papa, y el Papa cayó en la trampa y se congratuló de ello, pero más tarde se dio cuenta de su error y condenó el opúsculo de Sardá. Sardá fue calificado de “nominalista”, es decir, que había aprovechado la condena de una cosa considerada un error por el Papa, para condenar todas las cosas que se llamaban igual o parecido, aunque fueran distintas. El Vaticano afirmó que sólo se podía condenar lo que el Papa había condenado, los 80 errores, y el hecho de inferir que de ello se deducía que todo el liberalismo es malo era un error. El Papa hacía bien en ello, pues además de condenar todo el liberalismo político, lo que ya era un error, se estaba condenando en España el liberalismo social, el económico, partidos políticos, ciencia, lo cual se denominaba en lenguaje católico “tradicionalismo”. Es decir, en España aparecieron opiniones que no aceptaban la revolución científica, sino que defendían que la verdad está sólo en las Sagradas Escrituras. El Papa condenó el tradicionalismo, pero el mal estaba ya hecho. Los integristas españoles se olvidaron por completo de las nuevas consideraciones del Papa, y sólo publicaron las ideas que les interesaban, no tuvieron empacho en llamarse tradicionalistas, y constituyeron una opinión política de extrema derecha, tradicionalista o carlista en su caso. La Iglesia española, o una parte de ella, pero los demás católicos no la atacaban, se identificaba con la extrema derecha, y eso era un error gravísimo que algún día tendría que pagar. Se decía de los dirigentes católicos españoles que eran más papistas que el Papa. Una gran parte de los españoles se descristianizó en el XIX.

Los errores de la extrema derecha católica se introdujeron en los catecismos, donde se decía expresamente que el liberalismo era pecado. Y en el Congreso de Diputados destacaba el canónigo y diputado Vicente Manterola Pérez que, desde 1869, atacó sistemáticamente al liberalismo, con argumentos como que era absurdo que el catolicismo sólo pudiera tener libertad si le votaban la mayoría de los españoles, pero entendía por libertad el ser reconocido como religión de Estado, y el deber de enseñarse en exclusividad en todas las escuelas, institutos y Universidades. Manterola no quería entender nada de liberalismo, pues el liberalismo precisamente reconocía el derecho de cada español a ser lo que quisiera, también a ser católico.

 

 

El catolicismo como sistema ético.

 

El catolicismo de fines del XIX planteaba las mismas exigencias de siempre, cumplir los mandamientos de la Ley de Dios, los de la Santa Madre Iglesia, practicar las obras de misericordia y las bienaventuranzas, y respetar a las jerarquías. Pero dio interpretaciones muy específicas de lo que es respeto a la jerarquía, por otra parte, las mismas que venía defendiendo desde el siglo XVII:

El valor de la jerarquía, que se debía respetar, decían los católicos que se basaba en la auctoritas de los padres en la familia. Los padres tienen esa auctoritas porque administran la voluntad de Dios, origen de toda autoridad. Y esta obligación de obediencia a los padres dura toda la vida, incluso después de muertos los padres. Los católicos decían que así lo había determinado la propia naturaleza. Enseguida se dieron cuenta del peligro de esta afirmación general, y había puesto como excepción el caso de que los padres ordenasen al hijo hacer algo en contra de la moral. Lo cual no era decir mucho, pues quedaba impreciso qué era moral y qué no, excepto cuando se entendía que era moral todo lo que la Iglesia dijese que lo era. Otro inconveniente del aserto principal, era el matrimonio, pues el catolicismo había defendido la completa libertad para elegir cónyuge, aun en contra de la voluntad de los padres, pero eso se solucionó recomendando obtener la bendición paterna para el caso.

Los padres tenían la obligación de educar al hijo desde la primera infancia, y la Iglesia defendía que este deber no podía traspasarse a doncellas y amas de cría, pero ello no era muy respetado entre las clases altas. Por ello, la educación-enseñanza debía ser inevitablemente cristiana.

Y en lo que toca a la vida en común de las sociedades, la autoridad de Dios venía administrada por el Rey, lo cual explicitaba la alianza del altar con el trono.

Un segundo valor de la ética cristiana era el tratamiento de la actividad sexual, lo cual era un valor fundamental para los católicos del XIX. El tratamiento de la actividad sexual era muy restrictivo, y no sólo prohibía el uso de sexo, sino la mirada libre de intención sexual, los adornos excesivos en la mujer, las conversaciones “torpes”, las canciones provocativas, las poesías lascivas, las cartas amatorias, los libros obscenos, las comedias y sainetes picantes, las pinturas indecentes y la exhibición del cuerpo de la mujer. Incluso la Maja Desnuda de Goya peligró en algún momento.

El sexo sólo podía practicarse dentro del matrimonio, y sólo con el fin de procrear. El matrimonio, según los católicos conservadores, servía al hombre y a la mujer para hacerse compañía, para satisfacer el sexo, y para tener todos los hijos que de ello se derivasen, sin posibilidad de interponer métodos anticonceptivos de ningún tipo, excepto la abstinencia sexual. Oponerse a la concepción era pecado grave. Y practicar aborto era siempre un crimen, aunque el hijo fuera fruto de una violación.

Este tratamiento de la sexualidad era tradicional en España, aun antes del cristianismo, pero como devoción, y no como imposición, que era lo que sucedía en el XIX.

Según la doctrina del matrimonio católico, el hombre debía abandonar a su padre y a su madre y unirse a su mujer en matrimonio, para ser los dos uno. Con ello, el hombre podía dedicarse al sagrado deber del trabajo y a la esposa al deber del cuidado de la prole. Esta actitud era lógica con el conjunto del sistema social y económico, y no encerraba connotaciones machistas. Otra cosa distinta es que la mujer trabaje igual que el hombre, cobre menos, y carezca de igualdad en derechos, como sucederá a partir de mediados del XX. Cada época tiene sus razones, pero los pecados sociales de hoy no debemos traspasarlos al pasado. Respecto al feminismo, la Iglesia española decía que era un movimiento masónico pensado para atacar a la Iglesia.

El 18 de mayo de 1871 se autorizó en España el matrimonio civil, o casarse ante un juez, y ello provocó la cólera del clero, pues creían que de esa manera perderían su control sobre la vida marital. El 5 de febrero de 1875, lograron restablecer el matrimonio canónico como único válido. El 27 de octubre de 1906, Romanones volvió a plantear la conveniencia del matrimonio civil, y la jerarquía católica volvió a levantarse, e incluso el obispo de Tuy, Menéndez Conde, puso en duda la capacidad de un Ministro para plantear que se hiciera una Ley que afectaba a la moral, la cual, según él, era privilegio exclusivo de la Iglesia. Afirmó que el matrimonio civil era un concubinato legalizado. Toda esa doctrina es discutible, pues en estricto catolicismo, los que se casan son los contrayentes, y el sacerdote es un mero testigo del hecho.

Pero los liberales planteaban otro asunto todavía más polémico respecto al matrimonio: si el matrimonio era un contrato, existía el derecho de rescindir ese contrato, lo cual hacía necesario la legalización del divorcio.

 

 

El catolicismo social.

 

Otro tema importante de la ética católica era el llamado “problema social” o contraposición entre patronos y obreros, empleadores y empleados. Algunos socialistas utópicos, y también Marx, habían dicho que el progreso en este campo sólo sobrevendría mediante la lucha de clases. Frente a los socialistas, la mayoría integrada por los liberales y los católicos defendía la armonía entre los hombres basada en la fraternidad cristiana.

Pero había diferencias entre liberales y católicos en este tema: los liberales aseguraban que todos los hombres eran iguales en derechos. Los católicos decían que los hombres habían sido creados desiguales, y que los más ricos debían ayudar a los más pobres practicando la caridad cristiana. Cada hombre ha sido creado distinto para servir a la sociedad en un puesto distinto. Ambas posiciones tienen su punto de razón.

Respecto a la propiedad, los católicos dudaban entre dos teorías: la que decía que la propiedad se subordinaba al bien común, y la que asumía que la propiedad era un derecho privado en el cual unos poseían más que otros. La primera tesis la había defendido la Escolástica, y era más antigua que la segunda. Se basaba en que, en estado de naturaleza, la propiedad era un derecho de todos, y que los derechos habían sido cedidos al Estado para su administración, pero no habían desaparecido o caducado. Por eso, el Estado tenía derecho a expropiar. La segunda tesis era mucho más moderna y defendía que cada uno debía conformarse con lo que le había correspondido en la vida.

En todo caso, se admitía la supeditación de la propiedad al bien común. De ello se deducía que los salarios no deberían ajustarse al mínimo posible, como decía el liberalismo, sino deberían acomodarse a lo que era justo y correspondiera al trabajo hecho.

 

 

El catolicismo político.

 

En la segunda mitad del XIX, la Iglesia decidió incrementar su actividad política, y comenzó a exigir el “activismo” de los laicos. Por activismo se entendía dar testimonio en todo momento de cuáles eran los puntos de vista católicos, defender la fe con todos los medios que hiciera falta, y tratar de hacer propaganda de la ideas católicas.

En este sentido, el Papa León XIII, publicó en 1899 la encíclica Testem benevolentiae, la cual condeno la pasividad de muchos de los católicos. De ello surgió Unión Católica, o asociación de católicos activos. Los laicos debían pasar a primera fila en la batalla contra los enemigos de la Iglesia, poniéndose siempre al servicio de las jerarquías católicas. Esta posición de activismo laico, venía provocada por el hecho de que en España, en 1876, se había prohibido a los clérigos presentarse a las elecciones a Diputados y Senadores.

La actividad más importante de defensa del catolicismo debía hacerse en la escuela, tal como había hecho Vicente Paúl en Francia en 1839 y las escuelas de San Vicente Paúl en España a partir de 1849. También los laicos debían colaborar para la apertura de escuelas dominicales, catequesis, lo que se puso en práctica a partir de 1857. Con el tiempo, el movimiento católico activo dio lugar a Democracia Cristiana.

En el tema del asociacionismo político, las ideas sociales católicas gustaban a veces a los socialistas, pero éstos trataban de llevarse adeptos a sus filas, y ello no gustaba a la Iglesia católica.  Por eso, en 1872, la Iglesia creó los Círculos Católicos Obreros, o sindicatos católicos. En materia laboral, la Iglesia aconsejaba un asociacionismo de patronos y obreros. Esta idea estaba llamada al fracaso por utópica, pues es inviable a la hora de reinvertir, ampliar capital, o superar las crisis, pues el obrero no tiene capacidad para hacerlo.

La Iglesia católica dijo que el derecho de asociación eran un derecho natural, pero los patronos católicos dijeron que el derecho de asociación obrero llevaría indefectiblemente a la asociación de los fabricantes, y que la huelga generalizada de los obreros provocaría el lock out patronal, lo cual rompería la armonía entre las clases, y de ello se deducía que era mejor la asociación de patronos con obreros que la asociación de obreros por un lado y patronos por el otro. De este razonamiento se deducía también que la huelga era un sacrificio inútil, excepto para encolerizar al patrono y provocar la no convivencia.

La desigualdad entre los hombres, de la que hablaban los católicos, no fue bien entendida por los socialistas, que dijeron que la Iglesia católica aceptaba las diferencias de clase. Y los católicos reaccionaron mal ante los ataques socialistas y fueron retrocediendo en sus propios planteamientos caminando hacia la derechización.

La Democracia Cristiana llegó a España hacia 1894 procedente de Francia, y empezó pidiendo al Estado que facilitase y tutelase las asociaciones gremiales, porque el obrero era la parte débil en el conflicto frente al empresario. Estaban afirmando la utopía, como si el Estado pudiera subvencionar todo lo que la sociedad necesita, pero creían en ello como posible.

Respecto a las relaciones con el anarquismo, las divergencias entre el catolicismo y el anarquismo eran insalvables. Ello se hizo patente a principios del siglo XX cuando Francisco Ferrer i Guardia divulgó sus libros de texto de la Escuela Moderna en los que se afirmaba que la libertad era el valor radical de la especie humana y se definía por la ausencia de toda coacción, y en sentido positivo, por el reinado del amor. Pero para construir ese estado perfecto de cosas, debía primero ser destruido el sistema organizativo actual, el Estado como cristalización del poder en manos de los ricos, el ejército como soporte del Estado, y el llamado “orden social” y la religión, que eran los modos para someter a los pobres a la aceptación de su condición de dominados. Ferrer decía que una bandera eran tres metros de algodón colgados en un palo, que Jesucristo fue un monje budista, posiblemente venido de Monte Carmelo, que llegó a admirar su propia sabiduría en medio de la ignorancia de los que le rodeaban e incluso despreció a sus padres y abandonó a su madre. No había ninguna posibilidad de conciliación entre anarquistas y católicos. Muchos anarquistas eran ateos militantes.

 

 

Evolución del catolicismo político.

 

El catolicismo de final del XIX estaba en proceso de debilitamiento en España. Venía perdiendo fuerza durante todo el siglo XIX. Los obispos clamaban contra la perversión de las costumbres y hablaban de un pasado ideal, que nosotros sabemos que nunca existió. Esos falseamientos del pasado suelen ser signo de decadencia. Hablaban de descristianización de la sociedad y no era cierto, pues la moral social y las costumbres seguían siendo las mismas. Más bien, lo que ocurría era que los sacerdotes eran pesimistas respecto al futuro. La que fallaba era la jerarquía, y no el pueblo español.

En el XIX se habían producido muchos cambios sociales: se había desarrollado la burguesía, se habían generalizado unos horarios precisos en la convivencia social, se había monetizado la economía, habían aparecido grandes avances en la medicina, se estaban liberalizando las costumbres y habían aparecido las grandes factorías manufactureras en las urbes.

Ante este conjunto de cambios, los dirigentes sociales en general estaban desorientados, y los sacerdotes mucho más. No sabían cuál era su papel ante los nuevos fenómenos culturales. La reacción más común y poco racional era oponerse a toda la nueva civilización industrial y añorar los tiempos pasados como mejores. Todo aparecía de dimensiones muy grandes y de aspectos muy complejos, y resultaba desconocido y misterioso. Ya hemos comentado en otro lugar, que Miguel de Unamuno, un hombre culto, se sentía agobiado por la ciudad en una Salamanca que tenía 29.000 habitantes, y estamos hablando de 1910-1930.

Los liberales se desorientaron legislando sobre las actitudes del obrero y a favor del empresario. Algunos socialistas perdieron el sentido global de la realidad proponiendo un mundo en manos de los obreros en el que se eliminara a los empresarios. Algunos pretendieron la vuelta a la sociedad preindustrial. Unos pocos empresarios acertaron a ver con perspectiva, que debían cuidar de sus obreros, sus enfermedades, su vejez, y crearon sistemas de subsidios a los accidentes, enfermedades, jubilación, sepelio, adquisición de vivienda, escuelas, cocinas económicas, cajas de ahorros, pero eran pocos, y sus ayudas eran aleatorias y voluntaristas. El sistema requería una acción conjunta, que debía ser generalizada, y mejor si era patrocinada por el Estado, pues de otra manera, poco a poco se iría imponiendo la terrible ley librecambista de intentar ganar el máximo, lo cual caminaba a la catástrofe final del capitalismo, a no mucho tardar.

Y ante un mundo confuso, la sociedad empezó a jugar a las apariencias: era conveniente aparecer en público como un benefactor de la humanidad en el caso del empresario, del político, o del sacerdote, aunque luego la realidad caminara por otra parte. Este mundo de las apariencias afectó mucho al catolicismo en varios sentidos: los señores utilizaron a la iglesia como campo de exhibición personal en el que, mediante unas monedas, jugaban el papel de los buenos de la sociedad. Y en segundo lugar, los pobres, al ver al sacerdote congeniando con los ricos, empezaron a abandonar la iglesia.

El juego de la doble personalidad moral y religiosa, se trasladó en forma de inmoralidad y corrupción a los funcionarios, a los jueces y a los gobernantes, y detrás de las grandes declaraciones de bonhomía, se escondía la codicia por los cargos del poder, por los ascensos, y por el dinero. La corrupción más fácil de fines del XIX era obtener dinero barato de los pósitos, controlados por el Estado, alegando que era para mejoras agrarias y obras públicas, y luego prestar ese dinero a altos tipos de interés que, en casos muy excepcionales, llegaron hasta el 60%.

La inmoralidad iba de la mano de un sentido de la discreción muy particular, de tipo mafioso. Todo se podía hacer, pero no era lícito decirlo en público. Y el que lo dijera, era retado inmediatamente a un duelo, a sable o a pistola, a primera sangre o a muerte.

Y empezaron a observarse cambios en las costumbres, sencillos pero imparables: los niños de las escuelas empezaron a no tener misa diaria obligatoria, a no ser obligados a asistir a las procesiones como tal escuela portando cruces, imágenes y distintivos, los soldados vieron desaparecer las cruces que remataban las banderas, los políticos empezaron a suprimir misas oficiales, aparecían tabernas en los pueblos y cada vez se bebía más, se difundía el juego y la fornicación, se hacía ordinario el blasfemar, aparecieron muchos y muchas proxenetas que ofrecían niñas de 9 a 19 años (en Madrid, una ciudad de medio millón de habitantes, se contabilizaban 34.000 prostitutas y se calculaba que habría otras 10.000 sin controlar), se generalizaron los concubinatos, circulaba la pornografía en cajas de cerillas, almanaques y calendarios a pesar de que estaban prohibidos en el Código Penal de 1848, aparecieron agencias matrimoniales, los ricos consideraban moderno el amor libre, las mujeres de los ricos llevaban sombreros espectaculares con plumas, flores, frutas, pájaros disecados y otros muchos objetos, en algunas lápidas se sustituyó el RIP (requiescat in pace) católico, por el STTL (sit tibi terra levis) romano, y las sepulturas empezaron a llenarse de flores que distinguían la tumba, lo cual iba contra todas las costumbres cristianas antiguas, la gente dejó de descubrirse al oír el toque del ángelus, las señoras abandonaron la costumbre de llevar el rosario entrelazado en los dedos, en las misas se oyó música clásica, en las casas particulares empezaron a desaparecer las imágenes de santos y vírgenes, los amos dejaron de obligar a sus criados a asistir a misa y, por el contrario, empezaron a obligarles a trabajar también los domingos y fiestas, los toros dejaron de celebrarse en lunes y pasaron a los domingos y festivos, se perdió la costumbre de empezar todas las conversaciones y escritos nombrando a Dios, los comercios abrían los domingos y festivos, la extremaunción ya no se administraba a los vivos sino a los moribundos ya inconscientes en el último momento, las huelgas y protestas iban a más, las compras de bulas para no ayunar ni abstenerse de carne en semana santa y adviento disminuían, y el ayuno y abstinencia apenas eran practicados por nadie…

La contracepción apareció en Europa central en 1914-1918, debido a la guerra, a las penurias de la guerra, pero ya no desapareció al terminar ésta. Francia se convirtió durante medio siglo en el país con menos natalidad del mundo. Y la difusión de los métodos anticonceptivos se hizo fácil.

Como consecuencia muy negativa de la pérdida de la moralidad católica y su no sustitución por otros valores morales de calidad similar, el robo se hacía cada vez más habitual, robo que se hacía por codicia, y no por necesidad de comer. Diputados y Senadores, hombres ricos, robaban al Estado, incluso siendo católicos declarados, pues parecía que ciertas acciones no eran pecado.

Muchos de estos cambios fueron inducidos por la prensa a partir de 1868, sobre todo en lo tocante a luchar contra el dominio del clero sobre la sociedad. Y la gente aceptaba los cambios sin dejar de ir a misa.

Por el contrario, aparecieron formas de religiosidad extrañas, muy próximas al paganismo, como el Trisagio en honor de la Santísima Trinidad, la adoración nocturna, la devoción al Corazón de Jesús, las peregrinaciones a lugares de culto mariano y a Roma…

 

 

El tradicionalismo.

 

En el último tercio del siglo XIX y el primero del siglo XX, el tradicionalismo español tenía conciencia de ser mayoría dentro de la sociedad española. Pero también los socialistas y los republicanos tenían conciencia de ser mayoría. Todos culpaban al sistema político imperante de que no permitía mostrarse a esa mayoría que creían tener cada uno.

Pero los resultados en las elecciones no decían lo mismo. El tradicionalismo obtuvo 20 escaños en 1869, 51 en 1871, 31 en 1872, y después los resultados no son válidos pues España estaba en guerra civil carlista, guerra con el tradicionalismo. Calculamos que los resultados, tras perder la guerra en 1876, serían ínfimos, entre cero y 5 diputados.

Los tradicionalistas decían que estaba con ellos la mayoría silenciosa, pero que los caciques y la apatía del pueblo español, no le permitían expresarse. Pero los historiadores piensan que ser carlista en España a fines de siglo, era ser un tipo raro, porque así lo muestra la literatura de la época.

El tradicionalismo era: declararse católico, ser partidario de los fueros viejos, ser antiliberal, y una crítica a lo que venía ocurriendo con el liberalismo corrupto y antisocial. La desamortización de comunales y propios había desarmado la economía de los Ayuntamientos, había empobrecido a los más pobres de cada pueblo y se había demostrado como un absurdo que sólo beneficiaba a ricos especuladores. A estos descontentos populares, se sumó la Iglesia, que había perdido fincas rústicas y urbanas en la desamortización. Y sobre esos sedimentos esperaban su cosecha el carlismo, el anarquismo, el republicanismo y todos los grupos políticos. El tradicionalismo es también defensa de los fueros, en un momento tardío en el que los fueros ya no tenían sentido. El tradicionalismo es la defensa de un ideario agrarista poco preciso, que es más bien una fe popular no formulada con claridad nunca.

Los campesinos pobres habían visto aparecer en sus pueblos grandes fincas, propiedad muchas veces de forasteros, fincas que se formaban a partir de los comunales que hasta ese momento, y durante siglos, habían servido para obtener leña, para pastos del ganado de todos los vecinos, para cazar, e incluso para poner algún pequeño huerto ilegal de tamaño del consumo familiar. Los campesinos habían visto que el liberalismo era quitarles esos recursos a los vecinos, ricos y pobres. Pero ocurre que Navarra, la provincia donde menos desamortización hubo, fue la que más carlistas produjo, lo cual contradice lo anteriormente dicho, al menos como única causa del carlismo. Navarra era fuertemente católica, y ese otro componente pudiera haberla llevado al carlismo.

El carlismo se desarrolló en las dos zonas más ricas de España, Navarra y Cataluña. El norte de Palencia, también carlista, no es igual a las dos zonas citadas.

El elemento católico se sumó al tradicionalismo como un añadido después de la desamortización, sobre todo en la segunda mitad del XIX. Y otro elemento añadido fue el carlismo, o la defensa de sucesión a la Corona en una rama alternativa a Isabel II, hija de Fernando VII, a través de Carlos María Isidro de Borbón, hermano de Fernando VII. Carlos se titulaba a sí mismo Carlos V. Habló desde el primer día de una “alianza entre el altar y el trono”, pero no creemos que sus seguidores tradicionalistas pensaran igual que él, o él fue tomado como posibilidad del tradicionalismo para manifestarse.

En la segunda mitad del siglo XIX, comenzó entre los tradicionalistas un rechazo a la identificación de carlismo con vuelta al absolutismo. Esa idea era propia de la primera Guerra Carlista de 1883-1839. Pero en la segunda mitad del XIX se admitió que los Reyes podían tener defectos y vicios, y era preciso que las Cortes refrenasen la actuación del Rey. Según el tradicionalismo, los encargados de decir qué es moral y qué es inmoral, deben ser los eclesiásticos, y dentro de ellos, las personas reconocidas por la sociedad como de alto prestigio moral. Esta idea era la que había regido en España antes de 1808, cuando unas Cortes consultivas ponían límites a la actuación libre del monarca. La monarquía del siglo XIX debía ser representativa y tradicionalista, al mismo tiempo.

Los integristas católicos de segunda mitad del XIX serían un grupo de opinión minúsculo, con pocos simpatizantes entre las clases populares, pocos seguidores entre los ricos, escasos militantes entre los hombres de letras, y ningún partidario entre los militares. Pero eran un grupo muy activo.

Miguel Artola dijo que la alianza entre el catolicismo y el carlismo no se había producido hasta 1864, concretamente en la Carta a los Españoles que escribió la Princesa de Beira, viuda de Carlos María Isidro de Barbón, Carlos V. Pero una declaración papal de 8 de junio de 1862 decía lo mismo, y debemos concluir que en 1862-1864, era la Iglesia la que tomaba partido por el carlismo, y nunca habría sido el carlismo el que aprovechara un movimiento de protesta de los católicos, aunque pudo aprovechar sentimientos católicos descontentos. La formulación de la idea de Rey puesto por Dios, no era en España la de Bossuet, que decía que Dios ponía a los Reyes y les dotaba de la autoridad divina, sino que los españoles decían que Dios era el creador, y como tal el autor de la sociedad, y siendo así que la sociedad no funciona sin autoridad, hay que concluir que Dios quiere la autoridad. Por consiguiente, la persona que representa la autoridad en la sociedad, representa también a Dios. La teoría no defiende tan directamente al Rey como lo hacía Bossuet, pero es mucho más válida para cualquier sistema político de cualquier tiempo.

En 1867, Carlos VII llegó a hablar de imponer una Monarquía  constitucional en la Carta a su hermano don Alfonso. Hablaba de una “Ley Fundamental” y no de Constitución, término odiado por los tradicionalistas, pero el contenido de ambos términos es el mismo. En esta Ley Fundamental, los municipios serían autónomos y las provincias también. Pero Carlos VII no aceptaba el sufragio universal, ni siquiera las elecciones mediante el voto indirecto.

En el Manifiesto de Morentín de 1874, se dijo que era imprescindible la unidad católica, rota por los liberales en la Constitución de 1869, pero sin necesidad de una Inquisición que vigilase a los católicos.

El tema del tradicionalismo se hace confuso, porque los católicos no actuaban unidos bajo una ideología común. Por ejemplo, el general Serrano era muy católico y los católicos confiaban mucho en él, pero en 1868 introdujo en España la libertad de cultos y el matrimonio civil, cosa que disgustaba a la Iglesia católica. El tradicionalismo tiene vertientes carlistas, integristas católicas, jaimistas, y de Unión Católica, con un mismo fondo ideológico, pero diferentes, lo cual hace complicado el tema.

 

 

El carlismo.

 

El carlismo casi había desaparecido en 1868. Sólo la lucha contra los liberales le mantenía en pie. En 1860, Carlos Luis de Borbón y Braganza Conde de Montemolín, titulado Carlos VI, hijo de Carlos María Isidro de Borbón, era el representante de la casa carlista y había fracasado. Su intento de sublevación en San Carlos de la Rápita, utilizando soldados de Palma de Mallorca y de Mahón, no tuvo éxito. Fue apresado. Austria protestó por la detención y el Gobierno de España se limitó a expulsarle del país, sin ni siquiera encausarle. Antes de irse, renunció a sus derechos al trono de España en abril de 1860, en Tortosa. Entonces asumió la jefatura de la Casa Carlista, Juan de Borbón Braganza conde de Montizón, llamado Juan III, hermano de Carlos Luis de Borbón Braganza, Carlos VI. Resultaba paradójicamente, que Juan III había pasado un tiempo en Londres y se había convencido de que el liberalismo era el sistema político mejor preparado para su tiempo, lo cual era contradictorio con la posición antiliberal del carlismo. Juan III prometió un sistema liberal si llegaba al trono de España. y ello enfureció a los carlistas. Montemolín declaró nula su renuncia al trono de España y la jefatura de la casa de Borbón-Braganza, pero murió ese mismo año sin descendencia, y Juan III quedó totalmente legitimado. En julio de 1861, declaró sus derechos al trono de España por sí y por sus sucesores, en contra de los derechos de la Reina de España, Isabel II de Borbón. En esos momentos, el carlismo doctrinal estaba liquidado.

En 1864, la viuda de Carlos María Isidro de Borbón, Princesa de Beira, decidió revitalizar el carlismo: declaró que Juan III, al asumir el liberalismo, había renunciado a sus derechos a la jefatura de la Casa de Borbón Braganza, los cuales pasaban automáticamente al primogénito de Juan, Carlos VII, un niño que había sido educado por ella. La Princesa de Beira redactó una Carta a los Españoles por la que el carlismo se adhería al catolicismo y al tradicionalismo, es decir, a las teorías contrarias al liberalismo.

El nuevo pretendiente carlista, Carlos María de Borbón y Austria-Este, Carlos VII, era atractivo de físico y no era intransigente, pero sí autoritario y antiliberal, porque así le había educado su tía la Princesa de Beira. Pero su popularidad no subió hasta que la Iglesia católica, que se sentía acosada en 1868, puso sus ojos en su persona y reconoció su legitimidad. Incluso González Bravo, un hombre que había sido auxiliar de Narváez, le reconoció como el pretendiente legítimo. Después, le reconocieron los tradicionalistas españoles, los independentistas vascos, los neocatólicos isabelinos, y fue cuando nombró su representante a Cándido Nocedal. En 1869, el carlismo ya se había recompuesto y lograba reunir a multitudes como en épocas anteriores. Incluso los españoles compraban retratos de Carlos VII y los colgaban en sus casas, porque el liberalismo no satisfacía sus esperanzas de recuperar los baldíos y propios de los Ayuntamientos, ni sus propiedades agrarias.

 

 

El corporativismo político.

 

El tradicionalismo dio lugar al corporativismo. Esta idea será muy seguida en España, pues del tradicionalismo pasaron los españoles a la dictadura de Miguel Primo de Rivera, 1825-1930, a las doctrinas de José Antonio Primo de Rivera, y a las doctrinas del franquismo, 1936-1975.

También el krausismo había hablado de corporativismo, y el krausismo era profesado por muchos liberales.

El corporativismo proviene de las ideas neoescolásticas del siglo XIX, las cuales rechazaban el concepto de individuo como abstracción, y defendían que había que hablar de hombres concretos, sociables por naturaleza. El hombre desarrolla siempre una función específica dentro de la sociedad en la que vive, mediante su trabajo. Y así, la sociedad es un cuerpo con diversas funciones, y los individuos se integran en la sociedad en razón a la función que desempeñan dentro de ella. Los individuos deben ser considerados como personas concretas que desarrollan funciones concretas. Y en ello, se observará que los individuos son desiguales, y las funciones que desempeñan son desiguales también. La afirmación de que todos los individuos son iguales, además de falsa, es inmoral, y busca propósitos espurios.

Este pensamiento estaba ya formulado en 1868. De hecho lo encontramos en 1864 en la obra de Zeferino González, Estudios sobre la Filosofía de Santo Tomás. Zeferino González decía que los individuos formaban familias, y las familias, puestas en contacto las unas con las otras, constituían la sociedad. Las familias se entrelazaban por relaciones que ellas mismas establecían. Para salvaguardar la moralidad de estas relaciones, es precisa la autoridad, la cual proviene de Dios, como todo lo que es preciso para la existencia del hombre. Dios ha depositado la autoridad en un individuo concreto, que en la familia es el padre, y en la sociedad es el representante de la autoridad paterna, el padre común al que todos reconocen como tal autoridad. Establecida esta máxima autoridad, la autoridad se debe organizar dentro de la sociedad jerárquicamente, dependiendo de esa autoridad suprema inicial. El buen funcionamiento de la sociedad depende de que cada individuo realice correctamente la función que realiza en la sociedad. Dios coloca a cada individuo en el puesto en el que va a ser útil a la sociedad, y la sociedad aparece perfectamente ordenada por esa mano invisible. De ello se deduce, que debemos respetarnos mutuamente porque cada uno realizamos una función social como es voluntad de Dios. El respeto implica a todos los hombres, a los ricos respetando a los pobres y a los pobres respetando a los ricos. Cada oficio merece un respeto.

Zeferino era un dominico asturiano que había pasado casi toda su vida en Filipìnas y llegó a España en 1867, tres años después que su obra citada. Inmediatamente, se presentó en El Ateneo de Madrid porque era buen polemista, de palabra fácil y reacción rápida, cualidades que gustan a la gente y los así dotados son tenidos por muy inteligentes. Zeferino discutió en El Ateneo con Segismundo Moret, un liberal que defendía teorías contrapuestas a las de Zeferino. La discusión llegó a ser popular, y se comentaba por todo Madrid y por toda España.

Alrededor de la figura de Zeferino, surgió un grupo de católicos conservadores, entre los que estaban Luis Pidal y Mon (1842-1913), su hermano Alejandro Pidal y Mon (1846-1913), y Juan Manuel Ortí Lara, los cuales intentaron construir un puente doctrinal entre el carlismo y el alfonsinismo de Alfonso XII, el cual se llamó “Unión Católica”, una asociación católica con fines religiosos benéficos, que aconsejaba el voto a los católicos.

Juan Manuel Ortí Lara fue primero carlista, luego fue de Unión Católica, más tarde carlista de nuevo, después integrista católico, y por fin tradicionalista que aceptaba a Alfonso XII. Es tenido como el representante principal de la neoescolástica española. En 1868, se dio a conocer criticando a Krause. En el tema de la democracia política, decía que la política debe reflejar la realidad social, la cual está constituida por grupos familiares (idea de Zeferino) y nunca por individuos como defiende el liberalismo. El individuo no existe sino dentro de un contexto familiar, municipal y de grupo de trabajo. Se debe aceptar que las desigualdades son inherentes a la sociedad y al individuo. Y la forma de representar mejor a la sociedad son las Cortes del Antiguo Régimen, y no el liberalismo y las Cortes liberales. Pero está claro que no se pueden revitalizar los representantes de los estamentos, porque los estamentos dejaron de existir, sino que las nuevas Cortes deben representar la realidad que existe en la actualidad, es decir, a los pueblos, las profesiones, las actividades económicas y las clases sociales, de modo corporativista.

 

 

Evolución del carlismo.

 

En 1869, Carlos VII, en “Carta a su hermano Alfonso”, defendía la unidad católica, la autonomía foral y las Cortes corporativas.

Pero inmediatamente el carlismo se dividió, pues unos querían el levantamiento armado y otros la lucha legal. Carlos VII optó por la lucha legal y reorganizó el partido en ese mismo año de 1869 en Juntas Locales, Juntas de Distrito, Juntas Provinciales, y Junta Central.

En ese mismo tiempo apareció “Sociedad Católico Monárquica”, una asociación muy ligada al carlismo y en concreto a su Junta Central, que se proponía luchar contra el anticlericalismo del Gobierno español. Se proponía aglutinar a la mayoría católica española en torno a Carlos VII, para lo cual utilizarían todos los medios legales y pacíficos a su alcance para atacar al Gobierno de España.

Pero los resultados de las elecciones de 1869 fueron decepcionantes para los carlistas. Lo achacaron a la manipulación electoral. Empezaron a oírse voces que decían que por la vía legal no se conseguiría nada, y aparecieron las primeras partidas carlistas de lo que sería en 1872 la Tercera Guerra Carlista. En 1872, fue Carlos VII el que ordenó el comienzo de las hostilidades.

En este periodo de la historia, 1869-1876, es un poco complicado para el principiante entender el carlismo: los moderados doctrinales podían ser tácticamente violentos o pacíficos, y los intransigentes doctrinales lo mismo. Por eso, los textos pueden hablar de actitudes violentas de los moderados, o actitudes moderadas de los violentos. De ahí resulta la confusión. Carlos VII era moderado belicista, y el Manifiesto de Morentín fue moderado belicista. En cambio, los católicos integristas o neocatólicos eran intransigentes y antibelicistas.

Y a partir de 1876, cambiaron las posiciones tácticas, pues tras la derrota en la guerra, casi todos los grupos se hicieron antibelicistas. Desde entonces, el punto de fricción entre ellos era cuál sería el objetivo primario del carlismo, si la defensa de la religión católica o la entronización de un Rey carlista. Y los belicistas pasaron a ser minoría insignificante. Y también la táctica les dividió, pues los seguidores de Cándido Nocedal eran partidarios del retraimiento político pues decían que con ello se mantendría la pureza doctrinal, podrán seguir exigiendo que el catolicismo fuera religión de Estado, la única tolerada en España y podrían oponerse a la Constitución de 1876. Por otra parte, los partidarios de la participación política, aceptaban la Constitución de 1876.

Carlos VII llamó a la unidad e hizo una Junta de representantes de todos los grupos carlistas, pero la reconciliación entre ellos fue imposible. Carlos VII tomó partido en 1879 por Cándido Nocedal, al que nombró su representante en España. Lo hizo así, porque los demás grupos carlistas marginaban el objetivo de la conquista del trono los unos, y aceptaban el juego político muy cerca de Alfonso XII, los otros.

Los alfonsinos, y Cánovas en concreto, se dieron cuenta de la oportunidad de captar a un sector importante del carlismo, y trataron de aprovecharlo.

En 1880, Alejandro Pidal y Mon, moderado isabelino, criticó la conveniencia de que Cánovas cediera el poder a los “Constitucionales” de Sagasta, porque Sagasta se había declarado anticlerical cuando fue Ministro para Amadeo I. Pidal y Mon era muy conservador e hizo una campaña de prensa exagerando el anticlericalismo de Sagasta. Por el contrario, aconsejó a Cánovas el atraerse a los carlistas al Partido Moderado para fortalecer su Gobierno. Era el 16 de junio de 1880. Defendía que una alianza del Partido Moderado de Cánovas con los carlistas, daría lugar a un partido muy fuerte que no necesitaría la alternancia de Gobiernos con Sagasta, de la que estaba hablando Cánovas. Pidal y Mon creaba una nueva tendencia política carlista que se llamó oportunista, que defendía que había que actuar conforme a la realidad de los tiempos políticos y no según consignas viejas o nuevas. Invitaba a los carlistas a sumarse al sistema político de Alfonso XII. Representa el declive del carlismo que efectivamente empezó por estas fechas y la asimilación de un liberalismo moderado por parte de algunos católicos integristas, aunque haya contradicción “in términis”.

Alejando Pidal y Mon creó Unión Católica. No era un partido político. Era una asociación con fines con fines religiosos y benéficos, que pretendía reunir a los católicos de buena voluntad, para luchar por la propaganda de la fe, para reunir dinero para San Pedro, para hacer asociaciones católicas, para favorecer asociaciones como una Juventud Católica y unos Círculos Obreros, para auxiliar a los párrocos por medio de Juntas Locales que repararan los templos, que aportaran recursos en manos del párroco, y de las órdenes religiosas, los obispos y los seminarios. Ninguno de estos fines era político de forma directa. Principalmente, Unión Católica era una red cazamariposas para unir a los católicos en torno a unos fines benéficos, unión que a su tiempo podría dar resultados políticos y dar lugar a un partido católico, en el que Pidal había pensado, pero no consideraba que todavía las circunstancias fueran las adecuadas.

Tanto los tradicionalistas como los liberales acusaron inmediatamente a Pidal y Mon de jugar con la gente y utilizarla después para fines personales. Y en enero de 1881 surgió una gran polémica sobre Unión Católica. El Papa pidió la “unión entre los católicos”, lo que a buen entendedor, era la reconciliación entre los carlistas españoles. El lenguaje del Papa es tradicionalmente ambiguo y generalista, de forma buscada.

En Unión Católica se integraron algunos legitimistas legalistas, y ello causó revuelo en las filas carlistas, pues se perdía la causa del trono.

En 1882, el Papa se pronunció en “Cum Multa”: estaba en contra de la creación de partidos católicos porque todas las ideas son opinables, pero la religión y la justicia nunca se pueden poner en peligro sacrificándolas en aras a las conveniencias de un partido.

Por todo ello, en diciembre de 1883, Pidal y Mon fue a Roma y habló con León XIII. El Papa le dijo que podía militar en el partido más afín al catolicismo, pero que no creara partidos católicos, pues los demás partidos, al atacar a un partido católico, podían verse impelidos a atacar al catolicismo. Le dijo también que Unión Católica debía ser una organización estrictamente religiosa.

En enero de 1884, Alejandro Pidal y Mon fue Ministro de Fomento para Cánovas. Al poco, 25 de noviembre de 1885, murió Alfonso XII y Cánovas sintió que necesitaba a Sagasta para consolidar el trono en la Regente María Cristina de Habsburgo, y cedió el poder a Sagasta. Pidal y Mon había fracasado en su intento de hacer un gran partido Conservador-Católico sin intervención de liberales.

En adelante hubo otros intentos de crear partidos católicos como el de Cascajares en los años noventa, del que hablaremos más tarde, y el de Maura a principios del XX, y más tarde el de Vázquez Mella. Todos fracasaron.

La idea de Pidal y Mon condujo a muchos a la convicción de que la Iglesia católica jugaba a la política directamente, aunque lo dilatara hasta ser un grupo fuerte. Los liberales y socialistas pensaron que Unión Católica y otras instituciones eran cebos para atraer gente y luego proponer ese gran partido católico que todos esperaban. Muchas asociaciones católicas fueron consideradas como partidos políticos clandestinos, disfrazados de asociaciones de defensa de la religión. Era el caso de las Conferencias de San Vicente Paúl, creadas en 1849, y otras Asociaciones de Católicos creadas a partir de 1869.

 

 

Hacia un partido integrista.

 

Félix Sardá Salvani, redactor de la Revista Popular, dijo en El Liberalismo es pecado, de 1884, que hacía falta un partido católico. Pero él mismo no quería la Unión Católica de Pidal y Mon, porque Pidal aceptaba muchos principios del liberalismo. El partido católico debía ser más tradicionalista y menos liberal.

En 1885, Celestino Pazos, un sacerdote catalán, publicó El Proceso del Integrismo, criticando a Sardá.

Cándido Nocedal llevó al Papa los dos libros, el de Sardá y el de Pazos, y Roma condenó a Pazos.

En 1885, murió Cándido Nocedal y le sucedió en el periódico su hijo Ramón Nocedal, mucho más intransigente que su padre y menos hábil políticamente. Ramón Nocedal se hizo cargo de El Siglo Futuro. Respecto a la representación de Carlos VII en España, el nuevo representante fue Francisco Navarro Villoslada, antiguo neocatólico que ya se había retirado de la política. La misión de Villoslada era calmar los ánimos entre los carlistas, entre los que querían secularizar el partido y los que insistían en el integrismo. Dirigió una carta a los intransigentes para que abandonaran su postura, que no gustaba al Papa ni a Carlos VII y, a continuación, renunció a representar a Carlos VII.

En diciembre de 1885, en los funerales de Alfonso XII, se reunieron 24 prelados en Madrid y hablaron del tema de los partidos católicos. Se pronunciaron contra la intransigencia y concluyeron que no se podía confundir la religión con la política. En política, era lícito opinar de todo lo que hacían los Gobiernos. Es decir, no estaban de acuerdo con el integrismo católico. Entonces se hizo una campaña contra los obispos integristas, con los periódicos integristas. Respondió el Obispo de Tarragona, que se sentía aludido, y se quejó al Papa.

De acuerdo con estas nuevas ideas, los carlistas decidieron secularizar al Partido Tradicionalista. Carlos VII decidió organizar su partido de forma autoritaria, dirigido por él y sus hombres de confianza, y no admitió injerencias “democráticas”. Nombró un delegado regio por cada provincia, el cual debía controlar a los directores de los periódicos carlistas de su zona a fin de no disgregar la doctrina carlista, sino coordinar ideas y proyectos.

Los integristas se rebelaron e hicieron campañas de prensa contra Carlos VII: le acusaban de querer hacer una Constitución y de haber decidido no perseguir a los enemigos del catolicismo. Carlos VII les mandó callar, pero no obtuvo éxito. En verano de 1888, Carlos VII condenó lo que publicaban 11 periódicos integristas, y entre ellos estaba El Siglo Futuro de Ramón Nocedal. Entonces, 24 periódicos integristas hicieron una “Manifestación”, fechada en Burgos el 31 de julio, que se considera el inicio del Partido Integrista:  Decían creer en Dios, la Patria y el Rey, pero no en Carlos VII que se había vuelto liberal. Decían que el catolicismo debía ser el objetivo prioritario de todo buen español. Hablaban del Gobierno de Cristo Rey. Afirmaban que el Estado debía someterse siempre a la Iglesia. Defendían que el Rey quedaba sometido a las Leyes Fundamentales, a los Fueros y Franquicias de los pueblos, y de ninguna manera podía ser absoluto. Las Leyes se debían hacer en Cortes, y sólo tras la autorización de las Cortes se podían cobrar tributos. No aceptaban la división de poderes, una idea liberal que no tenía sentido para ellos.

El Partido Integrista nació en 1888 del carlismo, pero para actuar en la legalidad alfonsina de Alfonso XII.

Pero había muchos católicos españoles que no eran integristas y estaban enfadados por lo que estaban haciendo los integristas en sus ataques a la Unión Católica de Pidal y Mon.

 

 

El tradicionalismo de última década del XIX.

 

El tradicionalismo estricto era católico integrista, pero estaba a la baja. De hecho, en 1888, los católicos integristas abandonaron el partido tradicionalista y elaboraron el Manifiesto integrista de 1889, en el que hablaban de que el carlismo se estaba deteriorando, de que las Cortes debían ser corporativas y similares a las antiguas Cortes estamentales que representaban a los pueblos, profesiones, industrias y clases sociales, y que tenían por principal función el aconsejar al Rey y el señalar los impuestos que es posible pagar y los que conviene imponer. Decían que el orden había sido alterado por los liberales a partir de 1808, pero la “constitución histórica” presente en la tradición y la conciencia de los españoles siempre se podía recuperar.

El tradicionalismo defendía la existencia de una Constitución histórica no escrita, presente en las conciencias de los españoles. No sabemos cómo ni cuándo se elaboró esta idea, pero estaba presente en 1808, en la Constitución de 1812 y en la Restauración de 1823.

En 1893, el jesuita Antonio Vicent, en Socialismo y Anarquismo, decía que en tiempos antiguos, cuando un agricultor tenía dificultades, los demás agricultores del pueblo le araban los campos, sembraban, segaban y cosechaban la mies para él. Y que ese espíritu de colaboración popular se había perdido por culpa del liberalismo. Por eso, buscaba Círculos Obreros católicos donde todos se ayudaran a todos, como se hacía antiguamente.

En 1891-1899 se intentó reconstruir el carlismo como partido católico, sufragándolo Carlos VII y tras haber hablado con Cánovas. El protagonista de aquellos años fue Antonio María Cascajares, primero obispo de Calahorra, y luego arzobispo de Valladolid. Concebía el carlismo catolicismo como la existencia de una camarilla eclesiástica que aconsejara en todo momento al Gobierno en cuanto a la moralidad de sus Decretos y Leyes. No logró convencer a los carlistas, los cuales acababan de romper con los integristas en 1888.

Cascajares pretendía casar a la infanta María de las Mercedes de Habsburgo Lorena, 1880-1904, Princesa de Asturias hija de Alfonso XII, con Jaime de Borbón y Borbón Parma, 1870-1931, hijo de Carlos de Borbón y Austria Este (Carlos VII).

Carlos VII había nombrado su representante en España a Enrique de Aguilera Gamboa marqués de Cerralbo[2]. Cerralbo rechazó en 1896 las pretensiones de Cascajares.

En 1897, Cascajares y Cerralbo intentaron unificar el movimiento tradicionalista español en un palacio de Venecia llamado Loredán. Cerralbo presidía y Cascajares llevaba el programa. Y redactaron el Acta de Loredán que hablaba de resucitar los pósitos del siglo XVIII y los gremios medievales, condenaba el absolutismo y no aceptaba la división de poderes.

En 1897, en el Acta de Loredán, los carlistas intentaron asimilar la vieja realidad política tradicional a la realidad de finales del XIX. Dijeron que los Procuradores debían ser elegidos libremente por cada clase social, es decir, por el clero, las Universidades, las Academias, los centros docentes, los agricultores, los industriales, los comerciantes, los gremios de obreros, los militares, la nobleza y por los demás grupos sociales, órganos de la sociedad, que componen la nueva sociedad. Esta representación corporativa orgánica no puede ser confundida nunca con la representación liberal desde el momento en que una persona puede ser a la vez universitaria, militar, y noble, por ejemplo, o integrante de diversos grupos sociales, en cuyo caso podría representar a la vez a varios de esos grupos, e incluso sería idónea porque sería más representativa.

Cada órgano social necesita una situación legal apropiada para poder desarrollarse, y de ello se deduce que son precisos los fueros, la particularización de la ley, frente a la universalización que piden los liberales.

El Acta tenía un apartado titulado “El Regionalismo y los Fueros”. Empezaba un acercamiento al nacionalismo moderado catalán.

Tras el Acta de Loredán, quedaba en el aire el papel que debían jugar las Cortes, pues no había absolutismo ni división de poderes. Pero este problema no fue resuelto por los integristas. Esta falta de doctrina les dio malos resultados, porque no supieron salir del atolladero ideológico cuando los tiempos políticos fueron en su contra.

Los carlistas preparaban en 1897 un nuevo levantamiento, una nueva guerra. Razonaban que el liberalismo había fracasado en España y estaba fracasando en las colonias. Creían que el pueblo español debía salir a la calle a reivindicar su pasado glorioso. Pero nadie salió. Los españoles estaban cansados de guerras.

Tras la crisis del 98, los carlistas entraron en un estado de euforia, como que llegaba su turno en la historia de España. Pero la realidad era que apenas nadie les seguía.

 

 

Tradicionalismo a inicios del XX.

 

La primera formulación escrita y desarrollada de lo que es el tradicionalismo la encontramos en 1899 y se titulaba Tratado del derecho político según los principios de la filosofía y el derecho cristiano, escrito por Enrique Gil Robles. Y se debía a que los carlistas necesitaban una teoría política que aportar frente a los liberales. Hasta entonces habían sido la continua negación de todo lo liberal, de las Constituciones, de la desamortización, de las libertades, pero no se sabía qué pensaban exactamente. En 1864, había aparecido la Carta a los Españoles, de la Princesa de Beira.

En 1906-1913, los carlistas hicieron campañas a favor del legitimismo y se opusieron a todos los decretos llamados anticlericales sobre matrimonio civil, cementerios civiles y temas que consideraban propios de la Iglesia. Pero su política resultó un fracaso. Entonces decidieron hacer causa común con Antonio Maura, lo que redundó en mala fama para Maura, pues se le tachó injustamente de tradicionalista. Por entonces, volvieron a hablar los tradicionalistas de la unión de los católicos en una organización apartidista y crearon muchas ligas católicas que decían apoyar a Alfonso XIII. En invierno de 1906 lograron una manifestación multitudinaria de protesta contra el Gobierno, y en 1910 amenazaron a Canalejas con una guerra civil. Pero el tradicionalismo ya no tenía posibilidades políticas: algunos de sus dirigentes eran integristas católicos, otros carlistas y otros seguidores de Pidal y Mon, y los catalanes eran regionalistas e incluso se integraron en Solidaritat Catalana.

En 1909, murió Carlos de Borbón y Austria Este, Carlos VII, y dejó como heredero a su hijo Jaime de Borbón y Borbón Parma. El representante carlista en España era Enrique de Aguilera y Gamboa marqués de Cerralbo. Cerralbo actuaba en las Cortes y la Junta Superior Tradicionalista gestionaba el partido.

En 1912, Enrique de Aguilera marqués de Cerralbo creó la Junta Superior Tradicionalista Central, y más tarde creó una milicia paramilitar llamada el requeté. Por fin, en 1918, renunció a la política.

El nuevo líder del tradicionalismo, desde 1918, era Juan Vázquez Mella, 1861-1928, periodista en El Correo Español, el cual intentaba renovar el carlismo acudiendo a pensadores católicos del XIX y a las doctrinas del Papa León XIII. Vázquez Mella se declaró germanófilo en 1914, mientras Jaime de Borbón era aliadófilo. Cuando en 1919, Jaime de Borbón condenó a los germanófilos, Vázquez Mella abandonó el carlismo y fundó en 1919 el Partido Católico Tradicionalista. Este partido hablaba de las ideas de siempre del carlismo: monarquía autoritaria moderada por las Cortes y los Fueros, Cortes estamentales o corporativas, fueros, y unidad católica del Estado.

Los partidarios de Jaime de Borbón fueron denominados “jaimistas” y crearon Comunión Católica Monárquica, de ideas iguales a los del Partido Tradicionalista. El manifiesto Jaimista de noviembre de 1919 reivindicó también las Cortes representativas de las clases organizadas en la sociedad, corporaciones, y de los intereses reales de la nación. Estas Cortes debían tener mandato imperativo y no sólo la función de aconsejar al Rey, lo cual era un acercamiento a las posiciones del liberalismo. Respecto al problema social, o movimientos obreros, dijeron que eran un problema creado por el liberalismo, doctrina que eliminó los gremios y los fueros, desatendiendo las necesidades de los trabajadores. La mayor diferencia que presentaban los jaimistas era que reivindicaban neutralidad de España respecto a todos los asuntos europeos, y alianzas con Portugal y con los países Hispanoamericanos.

Ramón Nocedal murió en 1907, Cerralbo en 1922, Vázquez Mella en 1928 y Jaime de Borbón en 1931.

En 1931 se regeneró el tradicionalismo en el Partido Tradicionalista Carlista bajo el liderazgo de Alfonso Carlos de Borbón y Austria Este, hermano de Carlos VII. El candidato era ya muy viejo. Y el carlismo se integró en el franquismo.

 

 

[1] En el culto a Isis era fundamental la abstinencia total del sexo y la moderación en la comida y la bebida. Los hombres que lo practicaban eran tenidos por santos, y las mujeres, que los practicaban en masa en algunas regiones de la Península Ibérica, muchas veces se reunían a vivir en comunidad ese tipo de vida, por lo que podemos afirmar que “los conventos” de monjas tienen al menos unos tres mil años de antigüedad, unos 1.400 años antes de la llegada del cristianismo a España.

[2] Enrique Aguilera Gamboa, XVII marqués de Cerralbo, poseía una gran fortuna en León y Salamanca, además de fincas urbanas en Madrid, donde había nacido.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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