LA GUERRA A PRINCIPIOS DE 1809.

 

 

LA JUNTA CENTRAL EN SEVILLA, diciembre de 1808.

 

El 1 de diciembre de 1808, Napoleón estaba en Somosierra. La Junta Central abandonó Aranjuez el 30 de noviembre y salió por Talavera hacia Badajoz, y desde allí a Sevilla a donde llegó el 17 de diciembre. Allí murió su presidente Floridablanca el 28 de diciembre de 1808, y el 30 fue nombrado en su lugar Vicente Ossorio de Moscoso, marqués de Astorga, un economista de signo conservador.

Los meses de enero y febrero de 1809 fueron desastrosos para los españoles: tras las derrotas de fines de 1808 en Aragón, Burgos y Madrid, el general Vives se vio acorralado mientras sitiaba Barcelona. Envió a 5.000 hombres, de los 25.000 que tenía, a Cardedeu, mandados por Reding, pero fueron batidos por Laurent de Gouvion Saint Cyr. Saint Cyr logró entrar en Barcelona, y se puso a perseguir a Reding derrotándole de nuevo en Molins del Rey. Redind se recuperó reuniendo a 30.000 hombres, pero fue finalmente derrotado en Valls el 25 de febrero de 1809, muriendo en el combate. Sólo Gerona resistía a los franceses, y eso que sólo eran 7.000 hombres al mando de Mariano Álvarez de Castro.

Jovellanos intentó que la Junta Suprema Central tuviese autoridad sobre las provinciales, pero no tenía clara la idea de soberanía, pues se la atribuía a Fernando VII, pero la quería ejercer desde la Junta Suprema Central. Seguía en el intento de restaurar el absolutismo.

La Junta Suprema Central tomó sus primeras decisiones:

Redujo las facultades de las Juntas Provinciales.     El 1 de enero de 1809, la Junta Suprema Central emitió un Reglamento para el Régimen de las Juntas Supremas, o Juntas Provinciales, y sus relaciones con la Junta Suprema Central, reduciendo a las Juntas Provinciales a meras ejecutoras de las disposiciones de la Junta Central, para lo cual se las cambió de nombre para llamarlas “Juntas Superiores de Observación y Defensa de…”. La Junta insinuaba la formación de un Gobierno colegiado con varios vocales en cada ministerio, que incluso podían ser de fuera de los miembros de la Junta Central.

Creó una Sección Ejecutiva que dirigiría la guerra.

Promovió la reunión de Cortes.

Creó una Comisión de Cortes que preparara esas Cortes. En esa Comisión surgió la discrepancia cuando Calvo de Rozas defendió la necesidad de elaborar una constitución, pues ello significaba el fin del absolutismo, que la mayoría de la Junta Central aceptaba.

Declaró que los diputados serían inmunes, iguales y nacionales (representarían todos a toda la nación) lo cual equivalía a reclamar la soberanía única y romper el carácter revolucionario de las Juntas Provinciales y su soberanía sobre cada uno de los territorios. Jovellanos negó el carácter “nacional” de la Junta Suprema Central, y negó el carácter soberano de esta Junta, para afirmar que se trataba sólo de una regencia temporal en tanto llegaba Fernando VII.

Frente al conservadurismo de la Junta Suprema Central destacó la labor del periodista José Quintana, de signo progresista liberal. Una proclama de Quintana invitaba a los americanos a buscar su independencia, lo cual, en ese momento, y visto desde España, era absurdo, pues en España se estaba luchando contra los franceses, y Quintana, en su entusiasmo por la libertad, no era consciente de que dividía las fuerzas de los patriotas. Quintana era liberal, y los americanos pedían liberalismo, pero para separarse de España, lo cual dejaría sin recursos a los liberales españoles que luchaban contra Napoleón.

El Consejo de Castilla por su parte, actuaba al margen de Jovellanos y la Junta Suprema Central: exigió la obediencia de todas las Juntas Provinciales reduciéndolas a oficinas de recaudación de impuestos, reclutamiento y abastecimiento del ejército, y exigió lo mismo de los americanos, cosa que dejará estupefactos a éstos. No fue posible. El Consejo de Castilla sí que tenía más clara que Jovellanos la idea de la soberanía de Fernando VII, pero no tenía poder para imponer su idea.

Frente a las proposiciones del Consejo de Castilla, Jovellanos, miembro de la Junta Central, propuso que se nombrara una Regencia interina, pero que subsistieran tanto las Juntas Provinciales como la Junta Suprema Central hasta la convocatoria de Cortes, que no debiera hacerse en su opinión antes de 1810, año y medio después. Esta propuesta fue precisamente lo que se hizo en 1810.     La Junta Suprema Central, y Jovellanos particularmente, con ánimo de fortalecer su posición, quiso dar una salida legal y tradicional a la situación política, y ello implicaba convocar Cortes. Para ello, en 22 de mayo de 1809 se hizo convocatoria de Cortes para enero de 1810 y la Consulta al País que acompañaba a toda convocatoria de Cortes. Alguien manipuló la convocatoria de Cortes porque la nobleza y el clero no recibieron la convocatoria. La respuesta a la “consulta” fue masiva, mucho mayor de lo esperado.

La obra de la Junta Suprema Central fue todo lo conservadora que podía esperarse de ella: devolvió al clero los bienes que les había expropiado Godoy, autorizó el regreso de los jesuitas expulsados aunque no como frailes sino como personas ordinarias seculares, nombró Inquisidor General, prohibió la libertad de imprenta y se puso unos sueldos altísimos para los componentes de la Junta.

Estas decisiones, hicieron impopular a la Junta Suprema Central, y permitieron que las Juntas Provinciales persistieran en sus aspiraciones soberanas.

Otro motivo de pérdida de autoridad de la Junta Suprema Central fue la postura frente al clero católico: En enero de 1809, los obispos españoles hicieron un manifiesto de adhesión al gobierno francés, y la Junta Central condenó esta postura el 12 de abril de 1809. Resultaba así, que los obispos, conservadores al igual que la Junta Central, discrepaban de esta Junta.

En marzo de 1809, la Junta de Sevilla decidió renovar a sus vocales asumiendo la soberanía. La reacción de la Junta Suprema Central se produjo en mayo cuando declaró perpetuos a todos los vocales y con ello impedía que las Juntas organizasen elecciones. Sevilla y el resto de Andalucía mostraron su disconformidad con esa medida y no la aceptaron.

 

 

 

La ayuda británica a España, enero 1809.

 

La Junta Suprema Central hizo un tratado con Gran Bretaña el 14 de enero de 1809, Tratado Canning-Juan Ruiz de Apodaca, por el que Gran Bretaña se comprometía a auxiliar militarmente a los españoles y a reconocer a Fernando VII como rey legítimo de España, o al sucesor que la nación española reconociese como rey. Fue a negociar esto, una comisión asturiana que fue recibida con entusiasmo por los políticos británicos. Se nombró el 3 de octubre de 1808, encargado de negocios en Londres a Juan Ruiz de Apodaca[1], con poderes plenipotenciarios para negociar tratados internacionales.

Los británicos decidieron ayudar a la Península Ibérica y combatir a Napoleón en España, el 14 de enero de 1809, con la duda de si entregaban soldados al ejército español (opinión de Frere[2]) o mantenían el mando sobre las tropas que enviaran (opinión de Moore), que sería la opinión triunfante. El ejército inglés fue puesto a las órdenes de Arthur Wellesley[3]. La base inglesa sobre la península sería Lisboa.

Los ingleses tenían serias dudas sobre su ayuda a las Juntas: Los españoles habían vencido en Bailén, pero esa victoria dejaba muchas dudas e los buenos conocedores de los hechos, pues la casualidad jugó demasiado a favor de los españoles. Los españoles habían irracionalizado la guerra, y defendían que la guerra era cuestión de coraje y una oportunidad para enriquecerse. En realidad, en 1808-1809, muchos españoles no hacían ninguna guerra convencional sino una especie de venganza étnica contra los “gabachos”. Por ejemplo: tras la victoria de Bailén, dejaron morir de hambre a unos 10.000 soldados franceses en La Cabrera (Islas Baleares), y la táctica de la guerrilla consistía en matar a cuantos franceses encontraban desprotegidos, robarles cuanto podían, para esconderse después. Los guerrilleros, mezcla de antiguos soldados y de campesinos voluntarios que se sumaban a las partidas de bandoleros-guerrilleros, tenían una perfecta información de los movimientos de los franceses porque los campesinos la obtenían fácilmente, un perfecto conocimiento del terreno porque nunca salían de su zona de operaciones, un control de las comunicaciones porque las tenían vigiladas por gentes que aparentemente pastoreaban o labraban o recogían leña, y todo ello les permitía seleccionar los ataques a los franceses con riesgo mínimo, e igualmente toda esa ventaja podía ser utilizada por el ejército. Pero la finalidad de los ataques guerrilleros no era ganar la guerra sino exterminar a los franceses. Por tanto, apenas hacían prisioneros. Esta imagen del guerrillero responde aproximadamente a los años 1810 y 1811. En 1812 se integrarán en ejércitos regulares, de acuerdo con los ingleses, y expulsarán de España a los franceses en lo que ya era una guerra convencional y no un exterminio puro y duro del invasor. En 1813, muchos guerrilleros pasarían de nuevo al bandolerismo.

Los franceses iniciaron una represión de características similares en brutalidad a la que hacían los españoles, que no hizo sino dar la razón a los guerrilleros, pues es obvio que las gentes simpatizaban más con los españoles que con tropas extranjeras. Este tipo de guerra es lo que se conoce como una “guerra podrida” que no lleva a ninguna solución excepto el desangramiento de ambos bandos de combatientes. De todos modos, la situación le venía estupendamente al ejército inglés, que obtenía de los guerrilleros una preparación del terreno fácil y efectiva y les permitía mantener abierto en España un frente secundario frente a Napoleón.

Todo ello hacía evidente para los ingleses que no se podían poner a las órdenes de militares españoles. Arthur Wellesley, también conocido como lord Wellington, mantuvo siempre las distancias con unos generales españoles que se nombraban a sí mismos y se destituían entre sí y pretendían ser gobernantes al tiempo que jefes militares.

 

 

El reinado de José I a principios de 1809.

 

José I[4] volvió a Madrid, en su segunda entrada en Madrid, el 22 de enero de 1809. Muchos simpatizaban en esos días con José I, y la Junta Suprema Central se vio obligada a condenar a los simpatizantes de José I, especialmente a los obispos que se habían manifestado en ese sentido. La entrada triunfal se hizo por Puerta de Atocha, El Prado, Alcalá, Sol, Carretas, Iglesia de San Isidro, donde tuvo lugar la ceremonia oficial, Toledo, Plaza Mayor, Almudena y Palacio Real. José I, con 41 años, era una persona más alta que Napoleón y no bebía ni jugaba, era culto, usaba buenas maneras, era aficionado a la literatura y el arte, cabalgaba, paseaba por la Casa de Campo, tenía sentido común… Su defecto más notable era la continua necesidad de sexo, que muchas españolas le facilitaban, pero tal vez se debía a la ausencia de su esposa, que nunca quiso salir de París. Otro defecto más grave, era cierta inestabilidad de carácter, que se manifestaba tras grandes explosiones de actividad, pues entraba en un estado de ánimo de indecisiones, dudas, que le llevaban a no acabar las empresas que, normalmente, había iniciado con sentido común. Por otra parte, se hacía atractivo a los españoles pues defendía la vida de los españoles frente al deseo criminal de algunos generales franceses, y también repartía alimentos entre los pobres de Madrid. José I quería ser rey de hecho y no aceptaba ser un delegado de su hermano, no quería una España sojuzgada, sino una España libre aliada de Francia. En fin, da la impresión de que José I fue uno de los mejores reyes que ha tenido España, y también el rey menos aceptado por los españoles.

Varias veces ofreció su dimisión al emperador, y el campo de mayor discrepancia con su hermano era que Napoleón pretendía someter a los españoles y sacar de ellos los recursos que creía había en España y América, mientras José trataba de hacer gobernable el país, y de racionalizar lo todo. A fines de 1809, ambos hermanos dejaron de hablarse, y utilizaban al mariscal Berthier, jefe de Estado Mayor francés, para comunicarse. El problema que se generó era que la mayoría de los generales franceses obedecía a Napoleón, y no a José, lo que se traducía en hacer cada uno lo que les daba la gana en sus territorios, siempre en beneficio propio, como cobrar impuestos en su beneficio personal, tomar mujeres, castigar injustamente… Era sorprendente que Belliard, el gobernador de Madrid, fuera enemigo de José, hasta que éste tuvo autoridad suficiente para sustituirle. Caso extraordinariamente corrupto fue el del general Kellermann, que arrestó a todos los que fueran denunciados como ricos y luego negoció su rescate con las respectivas familias, quedándose el dinero para él, que no para Francia o para Napoleón. Este individuo, puso una oficina en Valladolid, a donde podían acudir las gentes que tenían familiares presos a rescatarles por un precio determinado. Napoleón supo de esta corrupción militar francesa tras su marcha en febrero de 1809, y propuso acabar con ella “cuando volviera a España”, pero nunca volvió.

Napoleón estropeó mucho la imagen de José I ante los españoles. El 8 de febrero de 1810, creó cuatro gobiernos militares: Cataluña, Aragón, Navarra y Vizcaya, en los que los generales franceses al mando tenían plenos poderes para recaudar impuestos, lo cual fue mal utilizado por esos militares que entendieron que tenían licencia para enriquecerse ellos en persona, y no para llevar dinero a Francia como quería Napoleón. Esta institución de gobiernos militares se interpreta como anexión de esos territorios a Francia, puesto que no obedecían al Gobierno de José I, sino al emperador. José I se esforzó porque su hermano reconsiderase esa decisión, pero en 29 de mayo de 1810, no sólo no rectificó sino que añadió dos distritos más, Burgos por un lado, y Valladolid-Palencia-Toro por el otro. La única rectificación, si se quiere considerar así, era la declaración de que, si las Cortes patriotas reconocían a José I como rey, reintegraría todos los territorios a la Corona de José I.

Napoleón se marchó de España el 17 de febrero de 1809. Entonces José quiso reinar con poderes propios sobre los soldados y funcionarios y no verse postergado nunca más. Confió el poder a sus amigos los generales franceses Jourdan[5] y Miot de Mélito[6], con los que ya había trabajado en Nápoles, y trató de quitarse de en medio a los llamados “imperiales”, generales que sólo obedecían al emperador, como La Forest (procónsul de Napoleón en España y su principal informador), Belliard, y los mariscales Kellermann[7], Ney y Thiebault[8], que concebían la península como una finca a expoliar al servicio de Napoleón.

En enero de 1809 las cosas habían empeorado mucho para los franceses en España en cuanto a ambiente hostil. Los campesinos cortaban las comunicaciones atacando a todos los correos que circulaban por los pueblos y la información de los franceses era muy deficiente. No obstante, militarmente, los franceses eran muy superiores: Soult[9] tenía 40.000 hombres en Galicia con la misión de conquistar Portugal, y se permitía dejar a Ney con 16.000 en Galicia cubriendo la retaguardia. Además el 26 de enero, el Ferrol se pasó a los franceses y eso les supuso armas y abastecimientos abundantes por ese puerto. Soult estaba optimista.

Soult marchó hacia Tuy, pero Valença se opuso a los franceses y no fue posible pasar el río en dirección sur, así que remontó hasta Orense, desde donde creyó estar en condiciones de invadir Portugal en marzo. Pero los guerrilleros cortaron sus comunicaciones en León y se quedó sin correos, lo cual fue más trascendente de lo esperado por Soult.

En 6 de febrero de 1809, José I dividió la península en comisarías recomendando a cada comisario que buscase en su territorio la mayor fidelidad posible al rey José, y dándole poder para destituir ayuntamientos, alcaldes, gobernadores, intendentes y jueces que no fueran fieles. Además, los comisarios debían limpiar los caminos de bandoleros, controlar pasquines y octavillas, y evitar reuniones de sedicentes.

El 6 de febrero de 1809, José I formó Gobierno:

Estado, Mariano Luis de Urquijo

Indias, Miguel José Azanza Alegría, duque de Santa Fe

Guerra, Gonzalo O`Farril

Hacienda, Francisco Cabarrús, conde de Cabarrús

Marina, José Mazarredo Salazar

El 6 de febrero de 1809 se creó también el Ministerio de Policía General encargado de dar normas de orden público, que impuso salvoconductos para residentes y otros para forasteros, prohibición de formar grupos en la calle y otras medidas de orden.

Al mismo tiempo, se creaba un Consejo de Estado compuesto por 25 miembros y se abolía el Consejo de Castilla. En el Consejo de Estado estaban José Antonio Caballero Vicente marqués de Caballero, Tomás de Morla (que había sido patriota antes que afrancesado) y el sacerdote Juan Antonio Llorente (antiguo secretario de la Inquisición).

El 25 de febrero de 1809 José I hizo un decreto obligando a los funcionarios y militares a prestarle juramento de fidelidad por escrito en los próximos tres días. Algunos se negaron, no muchos. En mayo de 1809 confiscaría los bienes de los funcionarios y clérigos huidos, la mayor parte a causa de este decreto.

Las cosas cambiaron mucho para José I a lo largo de 1809, quizás debido a los abusos de crueldad de los oficiales franceses, quizás a la corrupción de los generales: empezaron a aparecer pasquines en Madrid, todas las mañanas, amenazando de muerte a los afrancesados; la gente dejó de aclamar a José I; José I dejó de aparecer en público; las guerrillas patriotas estaban por todas partes, incluso en los bosques de El Pardo (alrededor del Palacio de José) y en los muros de la Casa de Campo (zona de paseo de José), e incluso murieron algunos franceses en Carabanchel (sur de Madrid) y Chamartín (norte de Madrid).

 

 

Crisis entre los patriotas

en febrero-abril de 1809.

 

La Junta Suprema Central reaccionó contra la poca operatividad de las fuerzas españolas dando, en febrero de 1809, instrucciones para la guerra de los civiles contra los franceses, en 49 artículos en los que se contaba cómo fabricar armas (frascos de fuego, granadas de vidrio, ollas de boca ancha bien tapadas…) y cómo, en caso de necesidad, abandonar los pueblos llevándose todas las armas y alimentos o, al menos, ocultarlos al enemigo. Y en 17 de abril de 1809 publicaría una nueva instrucción autorizando a todos los españoles a atacar a los franceses, quedándose con sus bienes (corso terrestre) y considerando servicios a la nación estos ataques. Incluso se podrían utilizar armas prohibidas o ilegales. El objetivo principal de este corso debía ser robarles la comida. Era la legalización del bandolerismo, o más bien del corso de tierra.

El 22 de febrero de 1809, Cádiz se sublevó contra el gobierno de la Junta Central quejándose de excesivos reclutamientos, funcionarios de aduanas corruptos, carestía de la vida, y de que no querían convivir con un batallón de desertores extranjeros que pensaba mandar a Cádiz la Junta Suprema Central.

La crisis era grave, porque Cuesta quería restaurar directamente a Fernando VII, mientras Infantado, Luis Palafox (marqués de Bazán) y Montijo deseaban instaurar el gobierno de la nobleza, es decir, un Consejo de Regencia que asegurara un régimen político modelo Aranda. Llegaría a un punto de máxima gravedad en abril de 1809 cuando La Romana se declaró independiente de la Junta Central, y Montijo y Palafox se sublevaron en Granada. Las sublevaciones fracasaron, pero la Junta Suprema Central perdió su popularidad. La guerra quedaba en manos de las Juntas Provinciales. La Junta Suprema Central era acusada de inactividad, egoísmo, ineptitud e intriga… Se le acusaba de que forzaba a los pobres a poner hombres y dinero para la guerra, mientras los ricos parecía que no podían prescindir de sus lacayos, coches y caballos, todo lo cual no destinaban a la guerra. Algunos empezaban a hablar de las antiguas Cortes españolas como regeneradoras de la política.

En estos momentos actuaba como jefe militar de la Junta Suprema Central el marqués de Astorga, Vicente Álvarez Ossorio, y éste era consciente de que necesitaba un ejército disciplinado. Los británicos exigieron el puerto de Cádiz como base militar, y la plata y el comercio americanos como financiación de la guerra, lo cual era inaceptable dada la situación de conflicto en Gibraltar y lo desmesurado en cuanto a la petición sobre América. No nos debe sorprender que Napoleón hubiese venido a por la plata americana, y los ingleses exigieran lo mismo. Cualquiera de los bandos que ganase la guerra, sería malo para España.

Portugal tampoco tenía apenas ejército porque los campesinos se negaban a alistarse y la fuerza militar dependía de voluntarios muy poco profesionales. El poco ejército que tenía lo puso a las órdenes del inglés William Beresford[10]. En Lisboa había 16.000 británicos a las órdenes de Craddock[11]. Constituían la más seria amenaza para las tropas napoleónicas.

En abril de 1809 volvió a salir en la Junta Suprema Central el tema de las Cortes. Sevilla había dado a sus representantes elegidos para Cortes poderes para seis meses y preguntó qué iba a pasar en marzo de 1809 cuando caducasen esos poderes. Manuel José Quintana convenció a Calvo de las Rozas de que había que tratar de nuevo el tema de Cortes, y éste último lo sacó el 15 de abril, pidiendo además una constitución. La Junta Suprema Central encargó un proyecto de decreto convocando Cortes, e incluso Quintana redactó un Manifiesto y un proyecto. El proyecto fue relegado al olvido. El Manifiesto fue estudiado por la Junta Suprema Central en mayo. Jovellanos había hecho un dictamen en el que manifestaba que la plenitud de la soberanía residía en el monarca, la totalidad de la soberanía, y había manifestado las limitaciones del poder real. Ribero, Valdés y Palafox se opusieron a que hubiera una constitución y Jovellanos argumentó que España tenía ya una “constitución interna” que había que restablecer. Los dirigentes patriotas eran absolutistas, y la posibilidad de evolucionar hacia el liberalismo era muy remota.

 

El 22 de mayo de 1809 se anunció la convocatoria de Cortes para 1810, o antes. Es decir, en fecha indeterminada, lo que equivalía, en lenguaje de los políticos, a nada. La Junta Suprema Central creó una Comisión que las preparase, y esta Comisión creó siete Juntas Auxiliares:

de Ordenación y Redacción;

de la Real Hacienda;

de Medios y Recursos;

de Legislación[12];

de Instrucción Pública;

de Materias Eclesiásticas;

de Ceremonial de Cortes.

 

También creó dos subcomisiones de guerra:

una Secretaría de Guerra,

y una Junta General de Guerra.

Estas dos últimas instituciones, intentaban coordinar las acciones de guerra, pero la Junta no nombró un jefe o director del ejército, lo cual era, evidentemente, un error.

 

La Comisión elevó algunas propuestas a la Junta Suprema Central en el sentido de que se convocasen Cortes Generales realmente, efectivamente, pero la Junta Suprema Central estaba ocupada en otros asuntos, como la Regencia, y la inamovilidad de los Miembros de la Junta Suprema Central. En efecto, los vocales de la Junta Suprema Central fueron declarados inamovibles y se nombró una Sección Ejecutiva (seis vocales que cambiarían cada mes) que se ocuparía del tema de la Regencia. La Junta Suprema Central estaba dividida internamente y había que buscar una solución para el gobierno de España.

Por esos días, llegaban de América contribuciones patrióticas que venían bien para la guerra y sostuvieron por algún tiempo el Gobierno rebelde o Patriota de la Junta Suprema Central.

Hasta el 4 de noviembre de 1809 no se concretaría fecha de reunión, ni habría convocatoria de Cortes: Jovellanos, de mentalidad muy conservadora, propuso a la Junta Central que se convocasen Cortes, pero en la idea de oponerse a la constitución de Bayona y sin pensar en absoluto en una nueva constitución. Justificaba el levantamiento contra los franceses como un acto de patriotismo, pero nunca se imaginó que la convocatoria de Cortes daría lugar a una idea que él repudiaba, el liberalismo. Jovellanos había declinado, en su tiempo, la invitación que le hicieron los afrancesados para participar en un gobierno de José I, y era antiafrancesado, pero no liberal.

En julio de 1809, la Junta Suprema Central decidió entregar su confianza a Francisco Javier Venegas, marqués de la Reunión, porque desconfiaba de Cuesta. Quedó constituido como Jefe del Ejército de Reserva. Tenía a su servicio a Miguel Ricardo Álava Esquivel[13]. El jefe del ejército, resultaba el principal apoyo de la Junta Suprema Central, y por ello era puesto fundamental.

 

 

 

Pérdida de la popularidad de José I,

abril de 1809.

 

El 25 de febrero de 1809, el francés Saint Cyr derrotó a Teodoro Reding (un suizo a las órdenes de España) en Valls (Cataluña) y mató a Reding, pero no pudo explotar la victoria porque Napoleón había mandado que Mortier fuera a Francia desde Zaragoza y había dejado solo a Junot. Junot vio delante de sí a Blake con un ejército de valencianos y murcianos que llegaban a Alcañiz, y atacó Alcañiz, pero fue derrotado (lo cual fue la segunda victoria española en la guerra, la primera fue Bailén). Blake sobrevaloró el triunfo y atacó Zaragoza pero fue derrotado severamente en María, cerca de Zaragoza. La victoria de Alcañiz fue una nimiedad frente a la derrota de María.

El 4 de marzo de 1809 los franceses iniciaron la conquista de Portugal, primer paso de un plan de Napoleón para, a continuación, tomar Andalucía y Levante, y dominar así toda la península. Los cálculos de Napoleón, cuando se marchó de España a la guerra de Austria, eran que el proceso acabaría en junio de 1809. En la operación de Portugal, el plan era que Soult, con 20.000 hombres, invadiría desde el norte, desde Galicia, y Víctor desde Extremadura (concretamente desde Medellín, en Cáceres) y desde Castilla. Horace François Sebastiani[14] derrotó a Cartaojal en Toledo y Ciudad Real el 27 de marzo, dominando el Guadiana y evitando la amenaza desde el sur para las fuerzas estacionadas en el Tajo. Al mismo tiempo, se buscaban alianzas españolas con los franceses, por si ello fuera posible.

El 4 de marzo de 1809, Soult atacó a Silveira en Chaves, atacó Braga, defendida por Frere, y la tomó el 20 de marzo. Desde allí se dirigió a Oporto, a donde llegó el 29 de marzo. Los portugueses huyeron en desbandada sufriendo 8.000 muertos. Oporto fue saqueada. Soult seguía sin comunicaciones ni con Napoleón, ni con su hermano José, ni con Ney. Eso le impidió saber que Lapisse[15] había penetrado en Portugal por el Duero, y Víctor por el Tajo, así que se acantonó en Oporto y cometió así varios errores, por no conocer su superioridad militar. Soult tenía pocos hombres para acometer por sí mismo la empresa de Lisboa, pero sus hombres le hubieran sido necesarios a Víctor.

Lo único que sabía era que tenía delante 18.000 británicos y 7.000 portugueses mandados por Wellesley. Decidió, en un primer error, retirarse a Galicia y desde allí a León.

Víctor, en efecto, no había podido cumplir los objetivos de tomar Abrantes, Ciudad Rodrigo, Almeida, Badajoz y Elvas, porque había aparecido el ejército de Gregorio García de la Cuesta en Extremadura. Víctor atacó a Cuesta en Almaraz (Cáceres), Talavera y Puente del Arzobispo el 15 de marzo de 1809. Cuesta se revolvió atacando a Lasalle en Medellín el 28 de marzo, pero perdió unos 10.000 hombres y tuvo que retirarse a Monesterio. Los franceses dominaban la frontera de Portugal. Ciertamente Víctor derrotó a los españoles en Medellín, pero le pasaba lo mismo que a Soult, que carecía de información y no sabía qué hacer.

A fines de marzo de 1809, Víctor no quiso mantenerse en Extremadura porque no tenía contacto con Soult, se estaba quedando sin alimentos y temía quedarse en inferioridad.

En abril de 1809, el comandante en jefe francés, a las órdenes de José I, era Mortier, y estaba en Valladolid. Éste inició una política de conciliación con los españoles: El 2 de abril de 1809, inició una campaña diplomática que buscaba la alianza con los españoles poniéndose en conversaciones con la Junta de Sevilla, con Jovellanos y la Junta de Asturias, y con el general Venegas de Saavedra[16], prometiéndoles reformar España acabando con los privilegios nobiliarios y la Inquisición. Joaquín María Sotelo[17] fue a Mérida y actuó como intermediario entre José I y la Junta Suprema Central pero sólo obtuvo negativas. El general Horace François Sebastiani escribió a los políticos y generales españoles, con el mismo resultado. José I trató de negociar con las logias masónicas españolas y con la Junta Central reunida en Sevilla, pero ya nadie asumía el plan josefino de gobierno de España. Al contrario, se le ridiculizaba con falsos atributos de ser un borracho, torpe y enemigo de los españoles.

El 22 de abril de 1809 llegó Arthur Wellesley a Lisboa como jefe de las tropas británicas. Inmediatamente, 12 de mayo, decidió atacar, desde el sur, Oporto en la desembocadura del Duero, lo cual cortaba el paso de los franceses hacia el sur, y Soult hubo de huir hacia el norte, Galicia, por las montañas de Tras os Montes, llegando a Orense el 19 de mayo agotado, para volver luego sus pasos hacia el sureste, a León. Abandonó a 6.000 de sus hombres en su prisa por huir. Muchos cadáveres franceses aparecían clavados en las puertas de los corrales portugueses y con los testículos en la boca.

Mientras tanto, el francés Ney se había dedicado a conquistar Asturias, cosa que no tenía mucho sentido con lo que estaba pasando con Soult. Tampoco Ney tuvo mucho éxito en Asturias pues La Romana fue enseguida sobre Oviedo y los franceses perdieron posiciones en el Principado.

La campaña de Portugal, primer objetivo de Napoleón, había fracasado en mayo de 1809.

El desastre francés no fue aprovechado por Wellington que no quería luchar en enfrentamiento directo. Wellington seguía en su política de no tener bajas inglesas y decidió no arriesgar nunca nada: ni atacaba directamente a Soult, ni atacaba Madrid. Sólo hacía campañas limitadas, de desgaste, en Extremadura. Su objetivo era mantener abierto el frente español y no la victoria.

José I parecía saber lo que estaba pasando y envió a Kellerman con 7.000 hombres a encontrar a Ney y a Soult, a quienes creía en Galicia. Kellerman sabía que Ney estaba en Asturias y fue hacia Pajares por León.

Wellesley atacó también la línea del Tajo en julio de 1809, pero allí encontró más resistencia francesa que en Galicia y se retiró de Talavera. Por cierto, al estar descoordinado el mando, y no avisar Wellesley de su retirada, dos ejércitos españoles que iban con Wellesley quedaron copados por los franceses, y Venegas y Cuesta fueron derrotados en Talavera.

 

 

[1] Juan José Ruiz de Apodaca y Eliza Gastón de Iriarte López de Letona y Lasquetti, 1754-1835, conde de Venadito, fue un marino español que negoció el Tratado de Londres de 14 de enero de 1808 para admitir a los británicos en la lucha contra los franceses. En 1812 fue Gobernador de La Habana, donde juró la constitución en 1812 y la suspendió en 1814. En 1816 fue Virrey de Nueva España, donde, tras un indulto logró la pacificación casi general, excepto Vicente Guerrero, Guadalupe Victoria y Nicolás Bravo. En abril de 1817 desembarcó en Soto de la Marina el antiguo guerrillero Francisco Javier Mina y volvió la guerra, hasta que el mariscal Pascual Liñán apresó a Mina en Venadito y le fusiló en noviembre de 1817. En 1820, al triunfar los liberales en España, se extinguió el Virreinato de Nueva España y Agustín de Iturbide se levantó contra las nuevas autoridades españolas (Conspiración de La Profesa). Apodaca fue depuesto por los españoles y sustituido por el mariscal Francisco Novella. En 1824 fue virrey de Navarra. En 1825 fue Consejero de Estado para Fernando VII.

[2] John Hookhan Frere, 1769-1846, era en 1808-1809 el representante británico ante la Junta Suprema Central, hasta que fue sustituido en el puesto por Richard Wellesley, hermano de Wellington, quien a su vez sería sustituido por su hermano Henry Wellesley. Éste permaneció en España hasta 1822.

[3] La familia Wellesley era un grupo de hermanos entre los que estaban: Richard, gobernador de la India y embajador en España en 1808; William, parlamentario famoso; Arthur, general en la India y, desde 1809, en España (lord Wellington); y Henry que fue nombrado embajador en España sustituyendo a su hermano Richard y se quedó en España hasta 1822.

 

[4] José I Bonaparte había nacido en Córcega en 1768 y estudiado en Autum (Francia), regresando a Córcega en 1785 para trabajar en la administración. Emigró a Marsella para dedicarse a los negocios y se casó con Julie Clary, hija de un negociante marsellés con elque empezó a trabajar. En 1796 fue miembro del Consejo de los Quinientos de la República Francesa, al igual que su hermano Luciano. En 1797 fue delegado francés ante el Papa Pío VI. En 1799, su hermano Napoleón fue cónsul y en 1804 emperador, y José fue nombrado príncipe de Francia, es decir, heredero del Imperio. En 1806 fue rey de Nápoles y en 1808 rey de España.

[5] Jean Baptiste Jourdan, 1762-1833, conde de Jourdan, se alistó en el ejército en 1766 con motivo de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos y tuvo su oportunidad en la Revolución Francesa, ascendiendo a general en 1793. Se retiró durante la Convención y volvió en 1794, siendo una baza importante en la campaña de Centroeuropa de 1796, cuando Jourdan mandaba la izquierda, Moreau el centro y Bonaparte la derecha. Moreau fue derrotado y se culpó a Jourdan, que fue apartado del mando durante dos años. En 1799 fue de nuevo sobre Alemania y de nuevo fue derrotado, cayendo en desgracia ante Napoleón, que trasladó el mando a Masséna. Jourdan se opuso al golpe de Napoleón de 1799 y no estuvo en el grupo de los vencedores de Italia. No obstante, en 1804, fue nombrado mariscal, pero se le envió a Italia en 1806 para servir a José I. En 1808 siguió a José I a España. En 1814 apoyaría a Luis XVIII, luego a Napoleón durante los Cien Días, y luego de nuevo a Luis XVIII. En 1830 apoyó el movimiento de Luis Felipe de Oleans, para quien fue ministro de Asuntos Exteriores.

[6] André François Miot de Melito, 1762-1841, acompañó en 1806 a José I a Nápoles y fue ministro del Interior para él, y en 1808 siguió a su protector hasta España.

[7] François Etienne Kellermann, 1765-1840, duque de Tarento, era hijo de François Christophe Kellermann, duque de Valmy, el mariscal que sostuvo la corona cuando Napoleón se coronó emperador en 1804. Llegó a general en 1800 y en 1807 fue destinado a España, acompañando a Junot, quien le instaló en León, al cuidado de la pacificación del noroeste de España. Fue herido en Waterloo y se retiró en 1815.

[8] Paul Charles François Adrien Henri Dieudonnè Thiebault, 1769-1846 era un prusiano cuyo padre emigró a Francia en 1792, en plena revolución, e ingresó en el ejército francés para servir en la marina en Italia. Llegó a general en 1801. Luchó en Austerlitz y fue herido. En 1807 fue enviado a la Península Ibérica y fue gobernador de Salamanca en 1810 y de Castilla la Vieja (Burgos) después, hasta ser llevado a Alemania en 1813, para labores administrativas.

[9] Jean de Dieu Soult, 1769-1851, duque de Dalmacia, había ingresado en el ejército francés a los 16 años de edad y era general desde 1794. Estuvo en la campaña de Italia 1799-1800 a las órdenes de Masséna, y en Austerlitz en 1805, y en la campaña de Centroeuropa de 1806-1807. En 1807 fue enviado a España como general de confianza de Napoleón, pero perdió esta confianza cuando fue derrotado por Wellington en 1808. En 1809, Napoleón volvió a confiar en él y le hizo jefe de la campaña de España, quedando su posición reforzada tras la victoria francesa de Ocaña. En 1811 fue de nuevo derrotado en Albuela y Napoleón le envió al Rhin en 1812. Soult se llevó de España muchas pinturas que vendió al Louvre. En 1814 apoyó a Luis XVIII para quien fue ministro de Guerra. Apoyó a Napoleón durante los Cien Días, y en 1816 fue desterrado. Volvió a Francia en 1819. En 1830 apoyó a Luis Felipe de Orleáns y fue ministro de Guerra en 1830 y 1840, y de Asuntos Exteriores en 1839.

[10] William Carr Beresford, 1767-1854, duque de Elvas, conde de Troncoso, era un irlandés, hijo natural de un noble, que le envió al ejército en 1785 a luchar en Canadá, donde perdió un ojo. Luego fue destinado a la India. Estuvo en la campaña de Egipto junto a David Baird y Samuel Aughmuty, y acompañó a Baird a El Cabo en 1806, siendo comandante. Baird le envió a Buenos Aires a por dinero y se proclamó allí Gobernador en junio de 1806 y exigió plata a los comerciantes, enviando el dinero a Londres, exigiéndoles además jurar fidelidad al rey Jorge III de Inglaterra. Martín de Alzaga, exalcalde de Buenos Aires, reunió a unos 3.000 hombres y organizó un golpe en agosto de 1806, al tiempo que llegaba Santiago de Liniers desde Montevideo y vencieron y apresaron a Beresford. Éste debía ser condenado a muerte, pero una maniobra de Liniers le salvó la vida, consiguiendo Liniers la destitución del virrey Sobremonte y su propio nombramiento como virrey. Beresford huyó. En 1808 fue enviado a La Coruña, y en 1809 se puso al frente del ejército portugués con el grado de mariscal. En 1811 venció en Albuera a los franceses y fue nombrado duque de Elvas en España y conde de Troncoso en Portugal. En 1813 se quedó en Portugal y en 1816 pasó a Río de Janeiro, donde estaba Jorge VI de Portugal. Regresó a Inglaterra en 1821 y fue ministro de Guerra en 1828 y ministro de Ordenanza (equipamientos militares).

[11] John Francis Craddock, 1759-1839, era un irlandés que ingresó en el ejército británico y estuvo en la India desde 1790. En 1808 fue destinado a apoyar la Guerra de España desde Gibraltar. Más tarde iría destinado a El Cabo.

[12] La Junta de la Real Hacienda y Legislación estaba integrada por:

Presidente, Rodrigo de Riquelme.

Secretario, Agustín de Argüelles.

Vocales, Manuel de Lardizábal; conde del Pinar[12]; Juan Pablo Valiente; Antonio Ranz Romanillos; Alejandro Dolarea; José Blanco.

[13] Miguel Ricardo de Álava Esquivel, 1772-1843, era un noble vasco, militar de carrera, que había estudiado en el Real Seminario Patriótico Bascongado de Bergara, e hizo una carrera militar brillante, pero en segundo plano al lado de muchos líderes. Ingresó en el ejército en 1785, en el Regimiento de Infantería Sevilla donde estaba su tío, José de Álava. En 1790 se pasó a la Marina, con su tío, Ignacio María de Álava. En 1795-1800 visitó América, y en el regreso fue capturado por los ingleses. En 1805 estuvo en Trafalgar, en el Príncipe de Asturias. Estuvo en Trafalgar a las órdenes de Gravina. Se retiró en 1807. En 1808 fue encargado de representar a las Juntas Generales de Álava en Bayona, y acompañó a José I en su primer viaje a Madrid en 1808. Se pasó al bando de los patriotas. Sirvió a las órdenes de Castaños y del duque de Alburquerque en Medellín y Talavera. Pasó a servir a Wellington en 1810 y estuvo en las batallas de Busaco, Fuentes de Oñoro, La Albufera, Ciudad Rodrigo, Arapiles, Vitoria (que era su pueblo natal), y pasó a Francia, siempre al lado de Wellington. En 1814 fue embajador en los Países Bajos, un exilio dorado conseguido para él por Wellington. Estuvo también en Waterloo, otra vez junto a Wellington, y luego se quedó como embajador en París. En 1820 se mostró moderado. En 1823, cuando los liberales huían a Cádiz, se presentó en Cádiz y exigió la destitución de Fernando VII, y posteriormente huyó por Gibraltar a Londres. En 1833 regresó a España, donde le nombraron embajador en Londres, quitándoselo de en medio. En 1835 fue Presidente del Gobierno. En 1833 era moderado y se oponía a la Constitución de 1837, por los muchos problemas jurídicos que planteaba. En 1836 huyó a Francia, al triunfar Calatrava, al que temía. Regresó a Londres en 1843, poco antes de morir.

[14] Horace François Bastien Sebastiani de la Porta, 1772-1851, duque de Murcia, fue un corso que luchó en las campañas de Italia de 1793-1800 sirviendo al general Rafael Casablanca y allí contactó con el general Luciano Bonaparte y entró al servicio de Francia. En 1803 fue nombrado general y estuvo en la campaña de Centroeuropa de 1805, pero no siendo francés, se le destinó como embajador a Turquía. Estuvo en la campaña de España y fue nombrado duque de Murcia por José I. En Andalucía es recordado por establecer sus tropas en La Alhambra de Granada, vivir a todo lujo y destruir las fortificaciones granadinas. En 1812 estuvo en la campaña de Rusia. En 1814 apoyó a Luis XVIII, y luego a Napoleón durante los Cien Días, pero aconsejó a Napoleón, tras Waterloo, que abdicara y se marchó a Inglaterra. En 1830 apoyó a Luis Felipe de Orleáns y fue embajador en Dos Sicilias y en Gran Bretaña.

[15] Pierre Belon Lapisse, 1762-1809, barón de Santa Helena, era un francés que estuvo en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos en 1780-1783 con Lafayette, y en la campaña de Centroeuropa de 1805-1807 a las órdenes de Pierre Augereau. En 1808, y tras el desastre francés de Bailén, fue enviado a España y luchó en Espinosa de los Monteros en noviembre de 1808. En julio de 1809 fue herido mortalmente en la batalla de Talavera.

[16] Francisco Javier Venegas de Saavedra y Ramírez de Arenzana, 1754 o 1760-1838, marqués de La Reunión y de Nueva España, había nacido en Zafra (una fuente dice que en Córdoba) era en 1808 un oficial de la armada retirado, pero se reincorporó al ejército y fue comandante en jefe del Ejército de Andalucía y, de mayo a septiembre de 1810, gobernador de Cádiz, hasta que en septiembre de 1810, la Junta, por sus ideas absolutistas, le envió como Virrey a Nueva España, en donde estuvo hasta 1813 y consiguió el título de marqués de La Reunión. En su estancia en México luchó contra el cura Miguel Hidalgo y Costilla y contra el cura José María de Morelos. Trató de retrasar la publicación de la Constitución de Cádiz, pero acabó jurándola en 30 de septiembre de 1812. Se negaba a aceptar los decretos que le llegaban de la Regencia de Cádiz, por lo que fue acusado ante las Cortes y relevado de su cargo en septiembre de 1812. La autoridad competente no le relevó hasta marzo de 1813. Regresó a España y Fernando VII l le tuvo por uno de los suyos y le concedió el título en 1816. Luego le nombró capitán general de Galicia.

[17] Joaquín María Sotelo nació en Almería en 1766, estudió Derecho en Granada, se avecindó en Sevilla. Fue llamado para el Tribunal Supremo de Gracia y Justicia por José I y actuó como intermediario entre José I y la Junta Suprema Central, y eso le acarreó fama de afrancesado, a pesar de que huyó de Madrid para pasarse a zona patriota por Talavera.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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