LOS BANDOS COMBATIENTES.

 

 

Organización política del bando patriota

en 1809. La Junta Suprema Central.

 

El 22 de mayo de 1809, La Junta Suprema Central anunció por primera vez la convocatoria de Cortes y la preceptiva consulta al país. No se daba fecha. Jovellanos pensaba que se debía convocar a los tres estamentos. Caro y Riquelme querían una representación nacional. El 26 de octubre se anunciaron por segunda vez Cortes. El 10 de junio de 1810 se emitió, por fin, la convocatoria de Cortes “para establecer y mejorar la constitución fundamental de la monarquía”. Inicialmente se había pensado en unas Cortes bicamerales, con nobleza y clero en una cámara y el tercer estado en la otra.

Esta convocatoria venía a contentar una petición de las Juntas Provinciales manifestada tanto antes de septiembre de 1808, fecha de aparición de la Junta Central, como después de esta fecha. En ello coincidían los absolutistas en la esperanza de restaurar el absolutismo, y los liberales en la idea de que unas Cortes soberanas limitarían el poder del rey, como había sucedido en Estados Unidos y en Francia. Explícitamente, tenemos una petición de Calvo de Rozas, de 15 de abril de 1809, proponiendo Cortes para gestionar la guerra, para hacer una constitución y para todas las reformas necesarias para el Estado (creemos que este documento firmado por Rozas fue redactado en realidad por Quintana). Este documento no fue aprobado en abril por censurar duramente la monarquía absoluta, cosa que no estaba dispuesta a tolerar la Junta Suprema Central. También, el 14 de mayo de 1809, Quintana reiteró la petición de que hubiera Cortes.

En junio, la Junta Suprema Central nombró una Comisión que estudiase la propuesta de convocatoria de Cortes. Estaba integrada por: Juan Acisclo de Vera[1] arzobispo de Laodicea; Melchor Gaspar de Jovellanos; Rodrigo Riquelme; Francisco Javier Caro; y Francisco Castañedo. Esta comisión tuvo preparada la consulta al país el 24 de junio de 1809 y se puso posteriormente a redactar un borrador constitucional.

Las consultas al país tradicionales tenían como fin hallar medios y recursos para sostener una guerra o hacer frente a problema para el que se convocaban las Cortes. Pero en esta ocasión, a alguien se le ocurrió preguntar sobre los medios para mejorar las leyes, remedios contra los abusos sociales, medidas para mejorar la Hacienda Pública, mejoras en la instrucción pública y medidas de disciplina eclesiástica. Se pasó la consulta a los arzobispos, obispos, cabildos, Audiencias, Ayuntamientos, Universidades, Juntas Provinciales, personalidades de la nobleza, del clero, profesores y juristas. Y de todo ello resultó que se recibieron muy abundantes respuestas, muchas más de las esperadas.

En el trabajo de consulta al país, se propuso consultar a los Consejos, Juntas Provinciales, tribunales, ayuntamientos, cabildos, obispos, universidades, sabios, personas ilustradas y ciudades con voto en Cortes. Hicieron una relación de 50 ciudades a pesar de que sabían que sólo tenían voto en Cortes 35, lo que quiere decir que de hecho consultaban a todas las ciudades importantes.

Los pueblos estaban deseando expresarse y todos estaban de acuerdo con que hubiera Cortes que llevaran sus reivindicaciones ante el rey. Entonces propusieron: monarquías imaginativas, reformistas, abolicionistas; gobiernos populares, reformas y regeneración del Gobierno, aniquilación de todas las instituciones; conciliación de las leyes viejas con las nuevas que se fueran a hacer; elecciones tradicionales pro provincias, ciudades, proporcionales, por vecinos, por padres de familia; convocatorias diversas al clero, desde sólo citar a los obispos, o sólo al clero secular; convocatorias a la nobleza, desde sólo a los grandes, o incluir a los hidalgos; convocatorias al tercer estado desde sólo a las ciudades con voto en Cortes, o ampliación a todas las grandes villas que habían prosperado en el Reino.

 

La comisión preparatoria de Cortes creó una serie de comisiones o “juntas” para realizar su trabajo:

La Junta de Ordenación y Redacción de Escritos, presidida por Jovellanos y por Juan Nicasio Gallego[2]. Recogieron las respuestas de la Consulta al País, que les llegaron a partir de agosto y fueron muchas más de las esperadas, y las organizaron y sistematizaron.

La Junta de Recursos y Medios Extraordinarios, de Martín Garay Perales y Juan Polo Catalina[3].

Las Juntas de “Real Hacienda” y “Legislación”, de Riquelme y Argüelles. Su contribución a la revolución era la propuesta de impuestos proporcionales a las rentas, y no los fijados por el rey para cada año; la petición de un organismo recaudador único; la uniformidad de gobierno y leyes para todo el Estado español. También pidieron unas Cortes con iniciativa legal, una constitución sólo modificable por tres Cortes sucesivas, unas Diputaciones Provinciales para el gobierno de las provincias, y unos ayuntamientos democráticos.

La Junta de Materias Eclesiásticas, de Francisco Castañedo.

La Junta de Ceremonial de Cortes, de Ayamans, Ramírez Cotos y Campmany.

La Junta de Instrucción Pública, de Jovellanos. Denominada inicialmente Junta de Ilustración, Jovellanos, hizo cambiar el término “ilustración” por el de “instrucción pública”, y como contribución a las reformas políticas, hizo elaborar un programa completo de gobierno en el que los electores de los ayuntamientos serían, por una parte, los regidores propietarios y hereditarios, y por otra, un número igual de representantes elegidos por los vecinos del pueblo (En este texto, Riquelme hizo un cambio posterior cambiando la palabra electores por elegibles).

Los absolutistas iniciaron una táctica política equivocada: intentaron dilatar en el tiempo la redacción del proyecto de constitución, proyecto que nunca se acabó en Comisión Preparatoria. Fue un grave error de los absolutistas de la Junta Suprema Central, pues las discusiones de las Cortes, posteriores a septiembre de 1810, arrastrarían el proyecto de constitución en sentido revolucionario liberal. Los absolutistas perdieron su oportunidad de redactar algo más compatible con sus ideas, mientras esperaban la posible liberación de Fernando VII.

 

El 18 de julio de 1809 (25 de junio en otras fuentes), la Junta Suprema Central creará un “Consejo y Tribunal Supremo de España e Indias” que integraría y subordinaría al Consejo de Castilla, Consejo de Indias, Consejo de Hacienda y Consejo de Órdenes, lo cual causó gran disgusto en el Consejo de Castilla que veía atacada su oportunidad de ser la cabeza del poder. La Junta pretendía un Consejo fuerte que reclamara la soberanía y se la arrebatase también a las Juntas. Habitualmente se denomina “Consejo Reunido”. Pervivió hasta 16 de septiembre de 1810. Era Decano de este Consejo Reunido, José Joaquín Colón. Actuaban como vocales: Manuel de Lardizábal Uribe[4], Ignacio Martínez de Villela, conde de Pinaz, Miguel Alfonso Villagómez, Francisco Requena, Tomás Moyano, José Pablo Valiente, Pascual Quílez Talón, Sebastián de Torres y Antonio Ignacio Cortabarría.

El 26 de agosto de 1809, el Consejo de Castilla insistía en su informe de octubre de 1808, y declaraba ilegal a la Junta Suprema Central por no haber sido aprobados sus vocales por el propio Consejo de Castilla, y pedía una regencia de 5 miembros presidida por el arzobispo de Toledo Luis María de Borbón.

Valencia y casi todas las Juntas Provinciales apoyaron la legalidad de la Junta Suprema Central, y ésta se mantuvo.

Pero, entonces, Palafox dijo que la constitución de la Junta Suprema Central había sido una ilegalidad, un golpe de Estado, y se inició una discusión interna en la Junta entre miembros de la misma:

Veri, Cornel y el conde de Contamina defendían que la Junta Suprema Central era una ilegalidad.

La mayoría de los componentes hablaba de una nueva legalidad española a partir de 2 de mayo de 1808.

Escaño, Saavedra, Valdés, Garay, Villel, Jovellanos y Camposagrado opinaban que se debía conservar la Junta Suprema Central, pero estableciendo un poder ejecutivo para España. Y fue la tesis que triunfó.

En este momento, las Juntas Provinciales apoyaban a la Junta Suprema Central, pero pidiendo Cortes.

Los ingleses presionaron para que hubiera un Consejo de Regencia que unificase el poder, y opinaban que sí debería haber Cortes, pero que los españoles, en ese momento tan delicado, se debían dedicar únicamente a la guerra y no a discutir diversos proyectos políticos.

El 13 de octubre de 1809 se nombró Secretario de Estado a Eusebio Bardají Azara y, en su ausencia e interinamente, a Pedro de Rivero. Bardají no llegó a ejercer nunca. Eran las personas que debían dirigir el Gobierno de España.

El 26 de octubre de 1809, a petición de Calvo de Rozas, se anunció por segunda vez la fecha de convocatoria de Cortes: serían convocadas en 1 de enero de 1810 y se reunirían en abril de 1810 (en realidad no se reunieron hasta septiembre). La convocatoria se haría por estamentos, pero se reunirían en cámara única, pues los del tercer estado tendrían que discutir muchas cosas con la nobleza y el clero. Jovellanos pidió dos cámaras, una de nobleza y clero, y otra del pueblo. Se aprobó que hubiese 55 nobles y obispos y 156 representantes del pueblo. Los revolucionarios querían una sola cámara y voto personal, cada diputado un voto, y que los privilegiados no pudieran ser nunca más de un tercio de la cámara. La discusión no se resolvió, no hubo decisión de si habría una o dos cámaras, y se acordó que las propias Cortes lo resolviesen una vez reunidas.

El 30 de octubre de 1809 fue nombrado Secretario de Estado Francisco Saavedra Sangronis. Pedro de Rivero se había mantenido apenas 17 días en el cargo.

El 1 de noviembre de 1809 se intentó un Gobierno presidido por La Romana. El Gobierno lo formarían vocales de la Junta Central y, al tiempo, se abolía el Reglamento para el Régimen de las Juntas Supremas. El marqués de La Romana era un absolutista representante por Valencia y miembro de la Junta Central por defunción del Príncipe Pío. La Romana era contrario a la existencia de la Junta Suprema Central y a la convocatoria de Cortes. Quería una regencia de 5 miembros, exclusivamente, sin Junta Suprema Central ni Juntas Provinciales. La Romana fue a Asturias y redactó un proyecto de reglamento de un poder ejecutivo. La Junta Suprema Central rechazó el proyecto de La Romana pero le nombró miembro de la Comisión Ejecutiva, Virrey de Castilla, León, Galicia y Asturias (es un tema interesante del que tengo poca información).

 

En 1809, la Junta Central legisló en varios campos:

Sobre las Juntas Provinciales: las redujo a cobrar contribuciones, alistar soldados, y buscar alimentos y caballos y recoger contribuciones voluntarias a la guerra. Les prohibió el libre uso de la imprenta, capacidad de legislar y capacidad de nombrar jefes del ejército independientes de la Junta Central. Además las exigió que informaran de todo a la Junta Central.

Nombró comisionados de la Junta Suprema Central para todas las regiones. Por ejemplo, el marqués de la Romana para el nordeste de España.

Creó un Tribunal de Seguridad Pública para delitos de traición a la causa española el 14 de enero de 1809. Este tribunal dio orden de acabar con las facciones populistas que se hacían dueños de los pueblos, ordenó denunciar a los masones a la Inquisición, confiscó los libros y folletos irreligiosos e inmorales, exigió el cumplimiento de los contratos, encarceló a vagabundos, prostitutas y borrachos, mandó retirar los niños de las calles y darles educación, censuró el teatro, prohibió el lujo y el boato, mandó que los civiles entregaran sus armas a la Junta Central.

Unificó los Consejos, creando el Consejo Reunido, Consejo y Tribunal Supremo de España e Indias, del que hemos hablado más arriba.

Eliminó los impuestos a la industria y el comercio.

Se propuso reclutar un ejército de 550.000 hombres, comprar caballos en Marruecos, crear una Guardia Nacional. Para ello dio orden de acabar de acabar con las exenciones de servicio militar por causa de nobleza o por causa de donación de dinero o caballos. Pero poner orden en el ejército fue una tarea imposible: los oficiales se iban de permiso constantemente a sus pueblos de origen familiar dejando en el puesto de mando a uno de sus muchos asistentes (barbero, cocinero, ayuda de cámara), y cada uno llevaba un uniforme distinto, caracterizado por la fantasía, dedicándose en su pueblo al juego y las mujeres. Mientras tanto, los soldados no sabían disparar, ni evolucionar militarmente, ni mucho menos manejar caballos y cañones.

 

El 1 de enero de 1810 hubo por fin convocatoria de Cortes como estaba previsto desde octubre, convocando a los tres estamentos, pero las convocatorias a la nobleza y al clero no fueron expedidas. No sabemos qué pasó. Se convocó a las Juntas Provinciales, a las ciudades con voto en Cortes y a las provincias, y se dieron instrucciones para la elección de diputados.

En enero de 1810 entraron los franceses en Andalucía y los absolutistas forzaron la disolución de la Junta Suprema Central y el nombramiento de un Consejo de Regencia que estuvo listo el 30 de enero de 1810.

El 13 de enero de 1810, la Junta Suprema Central proyectó trasladarse a Isla de León (actual San Fernando, Cádiz), y lo hizo el 23 de enero. Se iba por el ambiente hostil de Sevilla. En 24 de enero, Sevilla se sublevó y liberó a los presos de la Junta Suprema Central, a Montijo que había sido encarcelado por amotinarse contra la Junta Central en Granada, y a Palafox encarcelado por conspirar para establecer un gobierno de regencia. Sevilla comunicó al resto de las Juntas Provinciales que había reasumido la soberanía, al tiempo que les pedía un delegado para establecer una regencia y un gobierno legal en Sevilla.

Montijo fue más allá y mandó detener a los componentes de la Junta Suprema Central, y algunos fueron encerrados unos pocos días en la Cartuja de Jerez, pero se liberaron y huyeron a Isla de León.

En 29 de enero de 1810 se dieron unas normas para elegir una regencia y las normas para el funcionamiento de las Cortes: estarían presididas por un miembro de la Junta Suprema Central; tendrían dos cámaras y la nobleza y el clero se reunirían en una sola cámara; y cada proposición debería ser aprobada por ambas, y podrían ser disueltas por la Regencia. Se mandaba expedir la correspondiente convocatoria a Cortes a los prelados y los Grandes de España. Se regulaba el modo de elegir en América y en las provincias ocupadas por los franceses. Se creaba una Diputación de Cortes integrada por seis peninsulares y dos americanos, que debía continuar la preparación de Cortes una vez disuelta la Junta Suprema Central. Se fijaban los límites de duración de las Cortes, modo de aprobar y sancionar leyes, presidencia, asistentes-consejeros de la presidencia…

El decreto de 29 de enero se perdió, pero Blanco lo publicó en El Español tiempo después. Lo curioso es que el decreto sobre la creación de la Regencia, del mismo día, no se perdió. Se rumoreó que Quintana había hecho desaparecer el decreto sobre Cortes, pero Quintana lo negó.

Los descontentos con la Junta Suprema Central hicieron correr rumores de la falta de éxito de esta Junta. Eran descontentos: En primer lugar, las Juntas Provinciales, descontentas con el Reglamento de 29 de enero de 1810. También se oponía a la Junta Central, el Consejo de Castilla, porque quería restablecer el absolutismo por medio de una regencia. Y se oponían los ingleses que veían que la Junta no era efectiva en la guerra.

El decreto de 29 de enero fue la última actuación de la Comisión de Cortes y de la Junta Suprema Central, pues se disolvió el 31 de enero. La Junta Suprema Central designó entonces una regencia: Obispo de Orense, Saavedra, Escaño, Castaños y Fernández de León. El 31 de enero, la Junta traspasó el poder a esa regencia y se disolvió. Algunas Juntas Provinciales mostraron en febrero adhesión a la Junta Suprema Central que ya no existía, comportándose así las de Valencia, Aragón y Cataluña.

El 31 de enero de 1810 la regencia comenzó sus funciones.

El 31 de enero de 1810 fue nombrado Secretario de Estado interino, Nicolás Ambrosio Garro Arizcun, marqués de Hormazas.    El 20 de febrero de 1810 fue nombrado Secretario de Estado, Eusebio Bardají Azara con carácter interino, pero pasó a ser de carácter definitivo el 27 de mayo de 1810. Permanecería en el cargo hasta febrero de 1812.

El 27 de febrero de 1810, Tomás de Istúriz propuso crear en Cádiz una Junta Provincial soberana, cosa que se hizo en 28 de febrero. Ya no tuvo éxito. La Junta Suprema Central había terminado.

 

 

 

 

 

Las fuerzas francesas en septiembre de 1808.

 

Napoleón se enfureció con sus generales por la mala gestión de la guerra en verano de 1808 y ordenó la retirada hacia Vitoria para reorganizarlos. Allí acudió José I desde Madrid, obediente a las órdenes de su hermano. Napoleón estaba furioso porque había tomado España para tener una fuente de recursos, y resultaba que España era un pozo sin fondo para gastar dinero, pues José le pedía 50.000 hombres y 50 millones al principio, y 200.000 hombres tras la Batalla de Bailén, y además reclamaba los gastos que los franceses estaban haciendo desde 1807.

Es muy importante, para entender a Napoleón, tener en cuenta los tratos recientes de Napoleón con España[5]: en octubre de 1803, ambos habían firmado el Tratado de Suministros, por el que España se comprometía a pagar a Napoleón su guerra contra los británicos mediante el pago anual a Francia de seis millones de libras (lo que eran unos 264 millones de reales), pagaderos en mensualidades. España no podía en absoluto pagar esta cantidad, pero firmó y aseguró que lo obtendría de las colonias americanas. Napoleón quedó convencido de que las colonias americanas eran una mina de oro y plata. España pensó que se las arreglaría para no pagar, pues es costumbre entre los políticos desdecirse, pero Napoleón pidió un préstamo y se lo endosó a España. La ruina de España fue grande, y más cuando los americanos presentaron problemas y resistencia al expolio que se decretaba contra ellos. La derrota de Trafalgar en 1805, remató la quiebra española. Pero Napoleón podía pensar que todo se debía a los británicos y no al absurdo de que los políticos españoles concibieran poder pagar unas cantidades tan grandes para satisfacer pequeñas venganzas políticas antibritánicas.

 

El 7 de septiembre de 1808 el ejército francés en España fue reorganizado en siete ejércitos:

Víctor[6], el 1º Cuerpo Expedicionario

Bessieres tenía el 2º Cuerpo Expedicionario y 5 divisiones de caballería, como ejército de reserva.

Moncey tenía el 3º Cuerpo Expedicionario.

Lefebvre, el 4º Cuerpo Expedicionario.

Mortier[7], el 5º Cuerpo Expedicionario.

Ney[8] tenía el 6º Cuerpo Expedicionario.

Saint Cyr[9], el 7º Cuerpo Expedicionario.

El mando supremo lo ejercía el emperador en persona. José I quedaba desplazado del poder. El objetivo era liquidar el problema español en pocos meses.

José I no se resignaba al intervencionismo de su hermano y el 1 de octubre de 1808 exigió que todos los funcionarios y militares españoles le jurasen fidelidad. Precisamente, durante la época que estamos describiendo, los afrancesados serán conocidos como “juramentados” debido a este juramento.

 

 

 

Las fuerzas patriotas en septiembre de 1808

 

  1. Ejércitos regulares a fines de 1808:

Los españoles aprovecharon para organizarse a su vez, y el 5 de septiembre de 1808 hubo Consejo de Generales, reuniéndose Cuesta por Castilla, Castaños por Andalucía, Llamas por Valencia, el duque del Infantado representando a Blake por Galicia, y Calvo de Rozas representando a Palafox por Aragón. Y decidieron organizarse en cuatro ejércitos:

Ejército de la Izquierda o vasconavarro, mandado por Joaquín Blake y formado por: muchos gallegos y algunos asturianos, que habían avanzado desde Benavente hasta el País Vasco, los llegados de Dinamarca a Santander mandados por Pedro Caro Sureda marqués de La Romana, y algunos extremeños que habían avanzado hasta Burgos.

Ejército del Centro o castellano, mandado por Castaños, que estaba formado por castellanos de Salamanca y Valladolid, mandados por Gregorio García de la Cuesta y Fernández de Celis, y por andaluces mandados por Francisco Javier Castaños Aragorri y por valencianos mandados por Llamas. Se instalaron en Tudela y Logroño.

Ejército de la Derecha o catalán, reforzados por aragoneses y granadinos.

y Ejército de la Reserva, que estaba mandado por José Rebolledo de Palafox, e integrado por aragoneses y valencianos mandados por Saint March[10] y Juan O`Neille[11]. Estaba instalado en Sangüesa (Navarra).

Otros generales eran el conde de Montijo, el marqués de Aguilar (Ventura García-Sancho) y el almirante Gabriel Císcar. Cuesta había sido derrotado en Deleitosa el 12 de agosto de 1809 y destituido del mando, sustituido por Francisco de Eguía.

Había un quinto ejército, no español, porque la Junta de Asturias había pedido ayuda a Gran Bretaña y ésta había enviado a Arthur Wellesley a Lisboa, el cual había avanzado hasta Sahagún (León), protegiendo la retirada del ejército de la izquierda. Se pidió a los británicos y portugueses que atacasen Burgos y cerrasen así el frente contra los franceses.

La actuación española fue un fracaso por muchas razones:

Se carecía de un jefe unificado y aceptado por todos.

El Estado Mayor no era competente.

Las comunicaciones entre combatientes eran malas.

No lograron reclutar suficientes hombres para cubrir toda la línea del Ebro, pues 130.000 hombres y 140 cañones, dispersos por Vascongadas, Burgos, La Rioja y Navarra, además de Aragón y Cataluña en apoyo, eran pocos.

Ante los franceses, los españoles adoptaron la táctica de Wellington de combatir en línea, pero con un grave defecto: que cuando las líneas eran rebasadas, los tiradores de los flancos del ejército de Napoleón ganaban superioridad de fuego. Los españoles se empeñaban en resistir hasta ser aniquilados, cuando lo correcto era tener organizada la retirada por los flancos y preparadas nuevas líneas de combate protegiéndola, cosa que se negaban a hacer los españoles, con gran disgusto del británico.

En cuanto al ejército profesional español, hay que decir que, en el XVIII, se había intentado que tuviera unos oficiales con preparación militar y se habían abierto academias militares en Barcelona, Badajoz, Pamplona, Ávila, Puerto de Santa María, Ceuta, Orán y La Habana. En 1806 se hizo que todos los oficiales fueran a una única academia, Real Academia Militar de Zamora, y ésta fue cerrada en 1808 a la llegada de los franceses.

El ejército profesional tradicional era demasiado complejo, heterogéneo y peligroso, incluso para sus propios mandos. Las unidades de voluntarios, tanto nacionales como extranjeras, las quintas y las levas o grupos de delincuentes condenados a determinado número de años de servicio militar, eran un grupo difícil de dominar.

La Junta Central se encontró con el problema de formar oficialidad para su ejército y en 1808 abrió en Granada el Real Colegio de Preferentes, que luego funcionó en Sevilla, Carmona y San Fernando hasta su extinción en 1810. Otro centro de formación de oficiales en 1808 fue Toledo, Real Universidad de Toledo, en donde se formaban unos 300 oficiales que acompañaron a la Junta Central a Sevilla en donde se llamaron Batallón de Voluntarios de Honor.

La Junta de Sevilla enseguida entendió la necesidad de una oficialidad y utilizó a los profesores y alumnos de Toledo para poner una Escuela Militar en 1812, que luego funcionó en Granada en 1820 hasta su cierre en 1823. Igual que Sevilla, casi todas las Juntas crearon sus escuelas militares (Tarragona, Murcia, Lugo, Valencia de Alcántara, Palma de Mallorca, Villafranca del Bierzo) que quedaron reducidas a dos, San Fernando y Santiago de Compostela, en 1817.

 

 

 

  1. Milicias.

 

Las Milicias Populares, típicas de la época 1808 a 1874, no surgieron de la nada. Habían sido creadas por Reales Células de 1562, 1590 y 1598, en tiempos de Felipe II. Esas Milicias se transformaron en Tercios Provinciales en tiempos de Felipe IV (mediados del XVII) y fueron reorganizadas en 1734, Felipe V, en 33 regimientos. La última reorganización databa de 1756, cuando Carlos III las convirtió en Ejército Peninsular de Reserva, con 42 regimientos, y decidiendo que se sostuvieran con el impuesto de la sal que se fijaba en 2 reales por fanega. Cada regimiento tenía un único batallón de unos 700 hombres, por lo que podemos deducir que existían unos 29.500 ciudadanos dispuestos a tomar las armas a la llamada del rey, cada uno en su región sobre territorio bien conocido. Las milicias tenían jefes jerarquizados, igual que el ejército regular.

 

 

 

  1. Los guerrilleros.

 

Los franceses encontraron grandes dificultades para su despliegue por la península, y para sus campañas: una dificultad era lo agreste del terreno y la falta de caminos debido al retraso económico español; otra, eran las insurrecciones populares en muchos pueblos contra sus abusos o sus reclutamientos; y la tercera eran las partidas de guerrilleros a las que calificaban de bandoleros.

Los franceses percibían que cada avance o conquista en España, lejos de proporcionar botín y seguridad, significaba más territorio a vigilar, más cuadrillas de bandoleros a controlar. Un pequeño botín para los generales en el primer momento, y muchas muertes para los soldados en los días siguientes. Retirarse era entregar el territorio y perder los envíos de correos y suministros, lo cual hacía imposible la retirada, y mantener posiciones era exponerse a un goteo constante de muertos.

Los guerrilleros aparecieron en 1809 y eran el producto de la dispersión de los ejércitos españoles tras la inicial derrota ante los franceses, y de los levantamientos populares muy poco organizados. Los objetivos de estos bandoleros-guerrilleros eran los franceses y afrancesados, y llegaron a actuar en un momento determinado para los rebeldes patriotas.

Los guerrilleros, ora guerrilleros, ora bandoleros, no podían hacer frente a los franceses, ni podían ganar la guerra, pero obligaron a fijar muchas tropas al terreno para asegurar las comunicaciones, e impidieron a muchos batallones franceses la llegada de información, o su llegada a tiempo. Todos tenían un contacto con un militar que era su protector y con el que compartían información y recibían munición y protección. Hacían tanto daño al país como a los franceses, pues no atracaban únicamente a los franceses. La gente decía en la época: “Viva Fernando, y vamos robando”. Pero la historiografía casi sólo tiene en cuenta lo que molestaban a los franceses.

Los guerrilleros, o bandidos, dispersos por el monte eran una masa considerable que algunos cifran en 38.000 individuos. Llegaban a las partidas por causas diversas y personales como el bandidaje puro y duro, la venganza contra violaciones y asesinatos familiares, la defensa del catolicismo antifrancés, o la deserción del ejército francés. Eran capturados a cientos, y ejecutados inmediatamente, generalmente sin juicio, pero siempre había más hombres dispuestos a alistarse en las partidas de incontrolados.

Llama la atención el número de jefes de partida que eran de origen eclesiástico:

Jerónimo Merino, el cura Merino[12]

fray Lucas Rafael,

Antonio Marañón, el Trapense[13],

Ramón Argote (actuaba en Sierra Morena),

Antonio Jiménez,

Policarpo Romeo,

Antonio Temprano,

José Pinilla,

Juan de Tapia (La Mancha),

Jacobo Álvarez,

Francisco Salazar[14],

Juan Délica, el Capuchino,

Juan Mendieta, el Capuchino,

Agustín Nebot, el Fraile (Levante),

el cura Quero,

Francisco Rovira, beneficiado de Gerona, jefe de la Segunda Legión catalana.

 

Otro grupo importante de jefes de partida eran de origen militar, o de cuerpos similares, como podían ser las milicias populares:

Manuel Jiménez Guazo,

Juan Manuel de Soria,

el brigadier Pedro Villacampa (salido del ejército de Blake y que actuaba a las órdenes del mismo),

Felipe Perena (Aragón),

Luis de Villaba (Aragón),

Juan Díaz Porlier, el Marquesito[15]

Ignacio Gómez,

Toribio Bustamante (Extremadura),

José Serrano Valdenebro[16] (serranía de Málaga),

José Joaquín Durán Berazábal (Navarra),

Pedro Lamota,

Juan López Campillo,

Antonio Cuesta (Sierra Morena),

Bartolomé Amor,

Tomás Príncipe, el Borbón,

Fombella…

Francisco Espoz Illundaín, denominado Espoz y Mina[17]

El coronel Ramón Gayán[18]

Milans del Bosch[19],

El brigadier José Pascual de Zayas, que a partir de 1809 actuó como guerrillero, en cuanto a táctica militar al menos.

Baldomero de Torres, capitán que actuaba en la zona de Badajoz.

 

Un tercer grupo importante de jefes de partida eran los de origen en el bandidaje, ya bandoleros antes de la guerra contra los franceses, lo que vino a dar en unos bandidos sin control, que aprovechaban la guerra para un bandidaje temporalmente selectivo contra los franceses, como:

Pedro Juánez,

Mariano Renovales (Aragón)[20],

Saturnino Abuín, el Manco,

Anselmo Alegre, el Cantarero,

Ignacio Alonso, el Cuevillas,

Jerónimo Saormil,

Díez,

Bosomo…

 

Pero hay otras muchas procedencias y casos de jefes de partida:

Eran estudiantes Martín Javier Mina Larrea, alias Francisco Javier Mina el Mozo[21] (que actuaba en Navarra) y Juan Palarea[22], alias el Médico (en Extremadura-La Mancha).

Eran de profesiones liberales: Isidoro Mir, José Martínez de San Martín, Alfonso Marzo y Torres.

Era artesano textil: Fidel Mallén en Aragón.

Era artesano armero: Antonio Piloti.

Era actor: Antonio Pedrazueta.

Era herrero: Francisco Longa (Vizcaya).

Eran pastores: Francisco Abad Moreno, “Chaleco”, (La Mancha) y Antonio Jáuregui, el Pastor, (Vizcaya).

Eran agricultores: Juan Martín, Julián Sánchez el Charro[23], Camilo Gómez, Francisco Aznar Moreno, Miguel Sarasa, Cholín[24].

 

Otros nombres de guerrilleros famosos son:

Juan Martín Díaz, el Empecinado[25],

Francisco Sánchez, Francisquete,

Vitoriano Díez, el Chagarito (Castilla).

Pedro Valdecañas, en Sierra Morena.

José Cruz, en Sierra Morena.

Ignacio Gómez, en Sierra Morena.

Andrés Eguaguirre, en Estella.

Juan Baget, en Aragón.

Andrés Ortiz de Zárate, en serranía de Málaga.

Juan Fernández Cañas, en la Serranía de Málaga.

Pedro de Alcalde, en Jaén.

Juan Uribe, en Jaén.

Bernardo Márquez, en Jaén.

Jaime Alfonso, el Barbudo, en Levante.

Morales, en Toledo.

El Abuelo, en Toledo.

Manso y Solá, en Gerona y Rosas.

Antonio Franch Manso, excombatiente de El Bruch.

Estalella, excombatiente de El Bruch.

 

De la sola enumeración de algunos de los jefes de bandas de guerrilleros-bandoleros y su zona de actuación, podemos deducir la importancia del fenómeno y por eso hemos hecho relación de ellos. Pero son más importantes por el papel que jugaron:

Controlaban las comunicaciones, de forma que una carta francesa necesitaba ser custodiada por un batallón de soldados y un personaje francés necesitaba entre 300 y 400 hombres para poder viajar seguro.

Abandonaban el terreno, las ciudades, los pueblos y parecían no estar presentes en poblado, pero realmente eran ellos los que dominaban el territorio de guerra.

No usaban estandartes ni uniformes y ello les permitía circular por entre los franceses sin ser percibidos.

No dudaban en desertar en caso de apuro, pero se mantenían en guerra contra los franceses y se unían a otras partidas o reconstruían la partida en otro lugar.

Hacían la guerra permanente (día y noche), universal (todos los españoles contra el francés), rápida de movimientos al no tener que transportar víveres ni heridos, y por sorpresa y cuando estaban seguros del éxito. Se abastecían de las armas y municiones del enemigo.

Eran profesionales e incluso se convertirán en unidades regulares al final de la guerra.

Mataron a unos 180.000 franceses a lo largo de seis años de guerra.

El 28 de diciembre de 1808, la Junta Central hizo un Reglamento de Partidas y Cuadrillas, y el 17 de abril de 1809 dio el Decreto del “corso terrestre”, con lo cual quedaba legalizada y regulada la actividad de los guerrilleros. Sin esta regulación y organización, y conexiones con el ejército regular, difícilmente podría haberse mantenido como guerrilleros durante seis años.

 

 

  1. Otras fuerzas antifrancesas.

 

Los estudiantes se entusiasmaban con la lucha contra el “gabacho” y abandonaban las Universidades y formaban “batallones literarios” que luchaban contra el invasor.

Las Juntas Provinciales contaban con individuos que las empujaban a la lucha. Aunque Floridablanca, asustado por las dimensiones del conflicto, creó la Junta Central a fin de someter a las distintas Juntas Provinciales y evitar la guerra, las Juntas persistieron en la idea de guerra contra el francés y esa era precisamente su principal fuerza política.

Los “patriotas” luchaban contra los franceses, y todos los que no se sumaban a esa lucha fueron calificados de “afrancesados” y muchas veces perseguidos por ello. Los patriotas podían ser liberales o serviles, los unos a favor de la constitución y el liberalismo y los otros a favor del absolutismo de Fernando VII. Pero todos sentían la obligación de luchar contra el gabacho.

 

 

 

 

Política francesa respecto a los militares españoles.

 

Uno de los proyectos de José I fue atraerse a los oficiales del ejército. Bailén lo hizo imposible, sobre todo tras el mal trato dado por los españoles a los prisioneros franceses y la represalia de Napoleón que apresó a los soldados españoles y los encerró en grupos de 500. La única forma de salir de allí era enrolarse en el ejército francés de Napoleón. El “Real Napoleón” o grupo de españoles que aceptó servir a Napoleón, al mando de Juan Kindelán, fue llevado a Rusia en 1812 y de ellos solo quedaron vivos 16 oficiales y 50 soldados. Desde el momento en que los españoles no querían servir en el ejército francés, José I tuvo que reclutar austríacos, italianos, prusianos y suizos, hasta un número de unos 18.000, de modo que el ejército de José Bonaparte era algo extraño a los españoles, eran extranjeros diversos con uniformes franceses.

Por motivos de la guerra, la exigencia de ser noble para optar a la oficialidad, fue pasada por alto. Los investigadores sobre el tema han encontrado que, de hecho, se venía haciendo la vista gorda desde el siglo XVIII y una cuarta parte de los oficiales accedían a la oficialidad tras tener determinados años de servicio o ser hijos de militares. Todos estos militares estaban de parte de una revolución que les permitiría ascender a los más altos escalafones por derecho propio, y no de tapadillo y sólo a escalones bajos.

En 1814 y hasta 1865, ante la imposibilidad de enfrentarse a la gran masa de militares no nobles, se admitió abiertamente en el ejército a los hijos de militares, clases medias con limpieza de sangre (sin antecedentes judíos ni moros) y a las clases populares honradas con limpieza de sangre.

Uno de los progresos importantes de esta época fue la creación del Estado Mayor o cúpula que dirige y coordina la actuación de todo el ejército. Blake y Castaños distinguieron con un fajín azul a los miembros de Estado Mayor en 1810, para mostrar que esa persona representaba a la globalidad del ejército frente a mandos de batallones o divisiones concretas.   La existencia de las Milicias Nacionales presentaba un problema en la concepción del ejército. El ejército se había concebido con la doble función de realizar la defensa frente al exterior y guardar el orden interno. La aparición de Milicias Nacionales plantea si el orden interno debía ser llevado por civiles.

Aparte de esto, las Milicias Nacionales significaban la aparición de una segunda fuerza armada que podía tener influencia en la política.

 

 

El pensamiento militar español del XIX,

como consecuencia de la guerra.

 

El ejército pensaba que, como representante de la Nación no influido por los intereses y acuerdos entre políticos, debía llevar, al gobierno y al rey, la verdadera opinión de los ciudadanos, bien a través de la confianza de la Corona, bien a través del “pronunciamiento”. El pronunciamiento no es un golpe de Estado, ni un motín, ni un levantamiento popular, sino el apoyo público de unos militares a un proyecto político determinado promovido por unos ciudadanos, civiles o militares. La consecuencia del pronunciamiento puede ser el motín, el levantamiento, el golpe de Estado…

Los políticos españoles se acostumbrarán a pedir el pronunciamiento para todos sus proyectos cuando en 1808-12, 1814-20, 1830-36, no haya otra vía posible. Y el resultado no fue muy positivo. Todo político podía encontrar un grupo de militares simpatizantes, o despechados por alguna injusticia corporativista, lo cual significaba estado de pronunciamiento latente en toda la época 1814-1874.

El ejército español era muy heterogéneo. Se formó sumando el ejército tradicional con la guerrilla. Los jefes de la guerrilla tenían como característica específica la permanente iniciativa propia y la no aceptación del espíritu jerárquico, base de todo ejército nacional. Su idea del ejército era que pertenecían a él todos los españoles, aunque circunstancialmente solo unos pocos estuvieran en armas. Efectivamente, en abril de 1814, declararon que pertenecían a la Milicia Nacional todos los españoles “sin tacha física ni moral” que tuvieran entre 30 y 50 años. La Milicia fue disuelta en Mayo de 1814, nada más llegar Fernando VII a Madrid.

La Milicia volvió en 1820 y pronto se mostró como una fuerza distinta al ejército y que podía sustituirle. En julio de 1822 batió a la Guardia Real. En 1823, batió al ejército francés. Como toda fuerza popular, entusiasta y poco profesional, demostraba su ineficacia en el desorden de actuaciones y falta de coherencia interna. Es decir, se demostraba la utopía de un “ejército popular”, pues cuanto más popular, era menos eficaz, menos ejército.

En 1834 se intentó circunstancialmente, y con éxito, la constitución de otra milicia popular. Se trataba de una milicia urbana para defender Bilbao contra los carlistas en unas circunstancias en las que el Gobierno de Madrid no era capaz de enviar al ejército profesional en condiciones aceptables. Estas carencias del ejército, hicieron pensar en la conveniencia de la Milicia, que fue restaurada el 30 de agosto de 1836.

La milicia perderá su importancia decisiva cuando el Estado asuma su papel de vigilancia permanente del orden público, disponibilidad en cualquier circunstancia y conocimiento del terreno sin necesidad de ayudas de guías pagados sobre la marcha. Este mismo papel que hasta el momento habían ejercido los civiles, podía ser ejercido por profesionales. Si además estaban bien pagados, no había peligro de que desviasen su fuerza al servicio de intereses corruptos. Si además se encargaban del orden público en zonas rurales, se obtenía un servicio al Estado que descargaba al ejército de funciones no exactamente militares. Es la idea de la Guardia Civil de 1844. Pero las fuerzas populares revolucionarias volverán a intentar tener milicias y ello ocurrirá tanto en revoluciones anarquistas como socialistas y comunistas, e incluso nacionalistas y fascistas.

El ejército se remodeló creando “brigadas” que agrupaban a varios regimientos, de forma que se podía contar con unidades mayores que las utilizadas anteriormente. Cada regimiento de línea se componía de 2 ó 3 batallones (cada uno de unos 1.000 hombres) y cada batallón contaba con 4 ó 6 compañías.

De alguna manera volvió la Milicia en 1868 con los llamados Voluntarios de la Libertad. Pero los Voluntarios no eran propiamente una Milicia. La Milicia de principios de siglo estaba formada por pequeños y medianos propietarios partidarios del orden público, incluido el político. Los Voluntarios de 1868 eran fuerzas populares de baja extracción social, el 30% de ellos jornaleros y otros muchos menestrales (obreros de talleres que perdían su trabajo en aquella época debido a la revolución industrial). Entre los Voluntarios se infiltraron los republicanos y los socialistas, y éstos dirigían políticamente sus actos hacia la revolución contra la propiedad, destrucción de los partidos burgueses, y acceso al poder, de modo que todo intento del gobierno por mejorar las relaciones de propiedad, la redistribución de la propiedad e incluso el reparto de propiedades, iba a resultar estéril, pues los objetivos revolucionarios eran otros.

El ejército español no era disciplinado, ni cumplía las funciones de un ejército moderno. Amadeo de Saboya en 1871 pidió juramento de fidelidad a los oficiales superiores del ejército. Muchísimos oficiales se negaron a prestar este juramento porque opinaban que su libre albedrío era más importante que la institución del Gobierno y, en este caso, que el rey. Amadeo podía haber iniciado unos cientos de consejos de guerra, pero esto era absurdo. Como los carlistas estaban en guerra y los republicanos y socialistas amenazaban con la revolución y la guerra civil, y los políticos no aceptaban la democracia sino que querían las urnas a su servicio, Amadeo decidió irse de España.

La República de 1873 intentó acabar con ese tipo de ejército, que debido a su independencia de opiniones era muy peligroso para un gobierno revolucionario. Suprimió el servicio obligatorio y les puso un sueldo diario de 1 peseta, reduciendo así el número de efectivos y haciéndolo más profesional. Se apoyó en los Voluntarios de la República, otra milicia popular más. Incrementó en número de Guardias Civiles hasta 30.000.

Resucitó la Milicia Nacional integrada por propietarios. Todo este problema es el que hubo que atacar y renovar en 1882 a la hora de la creación de la Academia General Militar, un colegio de oficiales que trataba de evitar corporativismos de armas y de convencer a los militares que la política fuera un campo que quedara al margen de su misión. No obstante la tradición intervencionista no desaparecerá tan fácilmente, y en 1921 y 1936 tendremos nuevos salvadores y regeneradores militares de la política y de la patria.

 

[1] Juan Acisclo de Vera y Delgado, 1761-1818, arzobispo de Laodicea era obispo auxiliar de Sevilla, y fue obispo de Cádiz en 1815.

[2] Juan Nicasio Gallego Fernández, 1777-1853, fue un abogado zamorano que había estudiado en Salamanca y se ordenó sacerdote en 1804, siendo capellán de Carlos IV en 1805. Trabajó para La Junta Suprema Central y en 1814 fue tomado por liberal y encarcelado año y medio y confinado cuatro años más en conventos, hasta ser liberado en 1820.

[3] Juan Polo Catalina, 1777- , fue un abogado aragonés que trabajó para la Junta Suprema Central, fue Secretario de las Cortes y Presidente de las mismas.

[4] Manuel de Lardizábal Uribe, 1739-1820, era hijo de vascos y había nacido en Nueva España. En 1761, los hermanos Manuel y Miguel fueron enviados a estudiar a Valladolid, donde Manuel hizo Derecho y Manuel, Teología. En 1777 fue alcalde del crimen para la Real Chancillería de Granada. En 1792 fue nombrado consejero del Consejo de Castilla, cargo que fue fundamental en su vida. En 1794, los Lardizábal cayeron en desgracia a los ojos de Godoy y se marcharon de Madrid. en 1808, al caer Godoy, fueron rehabilitados junto a su protector, Jovellanos, y Manuel fue secretario de la Academia de la Lengua. En mayo de 1808 acudió a Bayona representando al consejo de Castilla, y en nombre de este organismo firmó la constitución de Bayona. Fue miembro de la Junta de Sustitución nombrada en mayo de 1808. El 4 de diciembre de 1808, Napoleón destituyó a todos los consejeros del consejo de Castilla, el 14 de enero los arrestó y mandó registrar sus casas, y estas personas se pasaron en bloque a los rebeldes patriotas. El 16 de septiembre de 1810 fueron restablecidos los Consejos, y de nuevo Miguel de Lardizábal estaba en la cúspide del poder como miembro del Consejo de Castilla. El 27 de mayo de 1814, cuando Fernando VII restablece los Consejos, otra vez aparece Manuel de Lardizábal como miembro del Consejo de Castilla. Secretario Ultramar mayo 1814, y de Indias noviembre 1814.

[5] Igualmente, es ilustrativo tener en cuenta el Tratado de Campo Formio 1797 entre Napoleón (Francia) y Lugwig von Cobenzl (Austria), por el que Napoleón se dio cuenta de lo fácilmente que los políticos cedían territorios, aunque en este caso tras una derrota austriaca: Austria le cedió a Francia los Paises Bajos Austriacos, varias islas del Mediterráneo, casi todo el Véneto (menos la ciudad de Venecia, Istria y Dalmacia, que seguían en manos de Austria), la República Cisalpina, la República de Liguria (Génova) y los derechos de Francia a los territorios de la orilla izquierda del Rin. Los reyes trataban sus reinos como propiedades particulares.

[6] Claude Víctor Perrin, 1764-1841, duque de Belluno, hizo las campañas de Italia 1792, España 1794-1795, Italia 1795-1796 junto a Napoleón, ascendiendo a general. En 1803 fue gobernador de Holanda; en 1805, ministro plenipotenciario ante el Gobierno de Dinamarca; en 1807, mariscal y gobernador de Prusia. Lo que le valió el título de duque de Belluno. En 1808 se le concedió el mando del Primer Cuerpo de Ejército de España y fue sobre Espinosa de los Monteros y Gamonal (Burgos), Somosierra y Madrid, a donde llegó en noviembre de 1808. Derrotó a Cuesta en Marzo de 1809 y julio de 1809, atacó Andalucía en enero de 1811 y se retiró a Francia en diciembre de ese año. En mayo de 1812 estuvo en la campaña de Rusia combatiendo en la zona de Prusia y Polonia. Cayó en desgracia ante los ojos de Napoleón en 1814, y se unió a la causa de Luis XVIII, con quien siguió su carrera política, llegando a ser ministro de Guerra y ministro de Estado.

[7] Edouard Adolphe Casimir Joseph Portier, 1768-1835, duque de Treviso, estuvo en la campaña de Alemania en 1806 y luego, en España, en el sitio de Zaragoza y en la batalla de Ocaña. En 1815 tomó partido por Luis XVIII, pero se pasó a Napoleón durante los Cien Días, y por ello fue separado del ejército, pero más tarde fue recuperado y llegó a ministro de Guerra y Presidente del Consejo. Murió asesinado en un atentado dirigido contra Luis Felipe de Orleáns en 1835.

[8] Michel Ney, 1769-1815, duque de Elchingen, era un militar pelirrojo, el “rubicundo”, que siguió la causa de Napoleón en 1799 siendo destinado a Suiza. En 1804 fue nombrado mariscal; en 1808, duque de Elchingen; en agosto de 1808 fue destinado a España; en 1812, estuvo en la campaña de Rusia. En 1814, formó parte del grupo de Fontainebleau, grupo de mariscales que pidió la abdicación de Napoleón y le aconsejaron irse a Elba, como le sugerían los aliados. Se hizo partidario de Luis XVIII, pero volvió con Napoleón durante los Cien Días, luchó en Waterloo del lado de Napoleón y fue procesado por traidor y fusilado en 1815

[9] Laurent Gouvion Saint Cyr, 1764-1830, marqués de Saint Cyr, estuvo en las campañas de Italia, fue embajador en España en 1801, estuvo en las campañas de Centroeuropa en 1806 y fue destinado a España en 1808, con la misión de establecer la comunicación entre Barcelona y Francia, lo cual le llevó al sitio de Gerona, donde fracasó y fue sustituido por Augereau. En 1812 fue enviado a la campaña de Rusia y en 1813 fue derrotado por los aliados en Dresde y destituido, o que le hizo pasarse al bando de Luis XVIII, para quien fue ministro de Guerra y del que obtuvo el título de marqués.

[10] Felipe Augusto de Saint March, 1762-1831, fue un belga que ingresó en las guardias Valonas españolas en 1776 y se distinguió en 1808 por la defensa de Valencia frente a Moncey, y por el hostigamiento que hizo sobre los franceses que sitiaban Zaragoza. En el segundo asedio de Zaragoza, defendió la ciudad a las órdenes de Palafox y Melci, quien le ascendió a teniente genera. Fue apresado y llevado a Nancy (Francia), regresando en 1814 para servir a Fernando VII como capitán general de Galicia, Valencia y Aragón. Murió de cólera en 1831.

[11] Juan O`Neylle, 1765-1809 era un militar español, gobernador de Jaca en 1808 que colaboró con Saint Marcq en llevar el ejército de Valencia hacia Zaragoza. En 23 de noviembre de 1808, todos ellos fueron vencidos en la batalla de Tudela por el francés Jean Lannes. Estuvo en el segundo asedio de Zaragoza a las órdenes de Palafox y Melci, contrajo el tifus, y murió en febrero de 1809.

[12] Jerónimo Merino 1769-1844, llamado “el cura Merino de Burgos”, porque era párroco de Villoviado (Burgos), que en 1808 fue obligado por los franceses a llevar sus instrumentos de la banda del Regimiento hasta Lerma, pero desertó y se hizo guerrillero. Lideró una partida de 300 hombres. Fue muy cruel, siendo lo más destacado de su crueldad el suceso de marzo de 1812: los franceses capturaron a una Junta Local de Resistencia, seis hombres, en la provincia de Segovia y los llevaron a Soria para ahorcarlos, y entonces Merino tomó 20 prisioneros franceses por cada uno de los seis y también los ahorcó, lo cual no fue lo peor, sino que el resto de prisioneros fueron metidos en un establo e incendiado el establo, murieron quemados. Si alguno trataba de huir era derribado a tiros. En 1814 sería premiado por Fernando VII, a pesar de la oposición del clero de las parroquias a ello. En 1820 fue otra vez guerrillero, pero absolutista. Más tarde se hizo voluntario realista y en 1833, carlista. En 1839 se exilió a Francia y murió en Alençon en 1844.

[13] Fray Antonio Marañón, el Trapense, 1777-1826, había sido monje trapense hasta que se hizo guerrillero y luchó contra los franceses entre el Moncayo y el Ebro. Nunca abandonó su crucifijo. Fue uno de los caudillos más crueles en cuando a matar prisioneros. En 1822 asaltó Seo de Urgel a las órdenes de Romagosa, en el levantamiento realista de esa fecha.

[14] El nombre de Francisco Salazar aparece en distintas fuentes como el de un guerrillero, como el de un coronel en Aguilar de Campoo 1812, como un general en Perú 1821, como diputado peruano en las Cortes de 1810, y como el cura de Viñuela (Burgos) que era a su vez comandante de la guerrilla local.

[15] Juan Díaz Porlier el Marquesito, 1788-1815, actuaba en Palencia y Asturias, tenía 20 años de edad, había nacido en Cartagena de Indias 1788, hijo de militares españoles, y había estado en Trafalgar en 1805 con 17 años, y en el 2 de mayo de Madrid. Tras la derrota de Gamonal (Burgos), abandonó el ejército y se pasó a la guerrilla, tomando el mote de El Marquesito. Su mejor virtud era estar informado de cuanto ocurría en toda la península por periódicos y correos. Acabó la guerra como mariscal de campo. En 1814 sería procesado y encarcelado por Fernando VII en San Antón (La Coruña) y, tras una rebelión, ejecutado el 19 de septiembre de 1815.

[16] José Serrano Valdenebro, 1743-1814, fue militar de infantería valona hasta 1775, y se trasladó en esa fecha a Marina, hasta que fue herido y mutilado. En 1810 era jefe de una partida en la Serranía de Ronda, cuando salió elegido diputado por Granada. En 1812 fue destinado a Cartagena.

[17] Francisco Espoz Illundaín, 1781-1836, tomó el sobrenombre de Espoz y Mina, porque sustituyó a su sobrino Mina el Mozo como jefe de la partida navarra cuando éste fue capturado por los franceses en 1810. Nació en Idocín (Navarra), 22 kilómetros al sudeste de Pamplona y se hizo soldado, siendo destinado a Jaca en mayo de 1808. Empezó combatiendo en el grupo del inglés Doyle en Jaca, pero cuando los franceses tomaron Pamplona y se oyó de las atrocidades hechas, pasó al “Corso Terrestre de Navarra” en marzo de 1809 dirigido por su sobrino Javier Mina o Mina el Mozo. En marzo de 1810, Javier Mina fue hecho prisionero y, entonces Espoz y Mina se hizo jefe de la cuadrilla cuando los franceses capturaron a Mina el Mozo. La Junta de Aragón y Castilla, residente en Peñíscola, le nombró comandante de todas las facciones de Navarra, lo que le dio el mando de tres batallones. En septiembre de 1810, la Regencia de Cádiz le nombró coronel y tenía el mando de 3.500 hombres. Mantendría la jefatura hasta 1813 y luchó en Navarra y alrededores, como Aragón, Castilla y Guipúzcoa. En 1812, los franceses enviaron contra él a 30.000 hombres procedentes de fuerzas de Navarra, Aragón, Burgos, Vitoria y San Sebastián y se produjo una larga huída de marchas y contramarchas por los montes hasta que escapó dos meses después cruzando el Ebro hacia el sur entre Calahorra y Tudela. Fue un fracaso francés muy notable. A fines de 1810 regresó a Navarra, con 3.000 hombres. En 24 de diciembre de 1810 fue protagonista de una pequeña batalla, en la que participaron 1.500 infantes y 200 jinetes franceses, de los que cayeron 700, perdiendo Espoz y Mina 180 hombres. A principios de 1812, Napoleón en persona ordenó la eliminación de Espoz y Mina y envió contra él a 25.000 hombres, lo que significó una segunda marcha por las montañas, y tampoco fue capturado. Los franceses le denominaron “le petit roi du Navarre”. En agosto de 1813 realizó su última hazaña tomando la Aljafería de Zaragoza, haciendo huir a los franceses de Aragón. En 1813 aceptó la desmovilización cuando mandaba sobre 13.500 hombres, y técnicamente pertenecía al VII ejército patriota, pero quedó muy decepcionado de que no se le reconocieran méritos como militar. En 1814 se pronunciaría contra Fernando VII y huiría a Francia, volviendo en 1823 para ser capitán general de Navarra, Galicia y Cataluña, y hacer frente a los Cien Mil defendiendo Barcelona durante cuatro meses, pero acabó exiliándose. En 1830 intentó volver a España pero fracasó, y lo volvió a intentar en 1832 y acabó regresando en 1834 tras una amnistía, siendo nombrado virrey de Navarra. Dirigió entonces la lucha contra el carlismo, pero los campesinos ya no le seguían como en 1808 y decidió abandonar, de modo que fue trasladado a Cataluña como Capitán General. Una vez en Cataluña, mandó asesinar a la madre del carlista Cabrera. Murió en Barcelona en diciembre de 1836. Su esposa, Juana María de Vega fue nombrada condesa de Espoz y Mina.

[18] El coronel Ramón Gayán se hizo guerrillero tras el fracaso de Blake en María (junto a Zaragoza) el 15 de junio de 1809 y capitaneaba exsoldados de Blake, del batallón Soria y del batallón Princesa) actuando en Aragón.

[19] Francisco Milans del Bosch Argüer, 1769-1834, era teniente coronel de media paga, y jefe de los somatenes catalanes. Hizo soldados, migueletes, a los miembros de sus somatenes y actuaba como guerrillero. Vio cómo sus compañeros de guerrilla, Francisco Javier Mina, Juan Díaz Porlier y Lacy, fueron ejecutados por Fernnado VII, y se rebeló contra este rey, luchando por los liberales en 1830.

[20] Mariano Renovales había defendido Zaragoza y fue hecho prisionero, pero logró escaparse en Navarra, se refugió en El Roncal con otros fugitivos como él, y se convirtió en bandolero en las tierras altas del Ebro.

[21] Martín Javier Mina Larrea, 1789-1817, conocido como Francisco Javier Mina, el Mozo, era un navarro, que había estudiado en el seminario de Pamplona y posteriormente Derecho en Zaragoza, donde en marzo de 1808 organizó una revuelta estudiantil y quemó un retrato de Godoy. En mayo de 1808 se marchó a Pamplona y se incorporó al ejército a las órdenes del coronel Aréizaga para luchar contra los franceses. En noviembre de 1808 se pusieron a las órdenes de Palafox y defendieron Zaragoza. En 1809 pasaron a Tortosa. En agosto de 1809 se produjo el momento crucial en la vida de Martín Xavier Mina, pues fue autorizado a practicar el corso terrestre en Navarra. Empezó con una docena de compañeros, pero al poco llegó a mandar sobre más de 200 voluntarios, y a fin de año ya eran más de 400. A fines de 1809, los franceses le capturaron 19 hombres, de los cuales uno fue ahorcado y el resto fusilados en Pamplona, y ello cambió el comportamiento de Mina, que decidió matar, en vez de hacer prisioneros. En 1810 tenía más de 1.300 hombres, infantería y caballería, y Napoleón decidió enviar contra él al general Harispe. El 29 de marzo fue capturado y llevado a Bayona, y más tarde a Vicennes, cerca de París. En febrero de 1814 fue llevado a Saumur y en abril liberado, regresando a Pamplona. Tras rechazar Eguía el ingreso de Mina en el ejército, los Mina, Martín Xavier Mina, y Francisco Espoz Illundaín, se pronunciaron en 25 de septiembre de 1814 y huyeron a Francia. Martín Xavier Mina fue apresado para salvarle de Fernando VII, llevado a París y enviado por fin a Inglaterra, desde donde, en mayo de 1816 se embarcó para México, vía Estados Unidos, para “luchar contra la tiranía de Fernando VII”. En abril de 1817 reaparecería en México organizando la sublevación contra Fernando VII hasta que fue capturado en octubre de 1817 y ejecutado el 11 de noviembre, cerca de Pénjamo.

[22] Juan Palarea Blanes, el Médico, 1780-1842, era un murciano que estudió en principio para sacerdote y abandonó para hacer medicina en Zaragoza, ejerciendo como médico en Badajoz hasta 1808. Entonces se hizo jefe de una banda de guerrilleros antifranceses. Ingresó en el ejército regular en 1812. Fue exaltado en 1820. En 1823 fue gobernador Militar de Santoña y fue derrotado y llevado a Francia, de donde huyo hacia Gran Bretaña. Regresó en 1833 y participó en la lucha contra Cabrera en Aragón. En 1836 fue capitán general, punto culminante de su carrera militar. En 1841 fue acusado de conspiración y llevado al penal de Cartagena, donde murió en extrañas circunstancias.

[23] Julián Sánchez el Charro, actuaba en la zona entre Ciudad Rodrigo y Salamanca. Se echó al monte cuando los franceses violaron a su hermana y vejaron a su familia, reunió 100 garrocheros y se ofreció al ejército patriota. Recibió la graduación de capitán del ejército en 1809. le fue confiado atacar a correos y convoyes franceses entre Salamanca y Ciudad Rodrigo. Colaboró con Wellington en 1810-1811 y atacó a los franceses que se dirigían a Torres Vedras. En febrero de 1811 capturó 291 carros y 180 soldados franceses que llevaban 100.000 raciones de galletas.

[24] Sarasa defendió Jaca hasta su rendición y tras ella, se echó al monte actuando en Aragón.

[25] Juan Martín Díaz, El Empecinado, 1775-1825, actuaba en Sigüenza y Guadalajara. Había nacido en Castrillo de Duero (Valladolid, pero cerca de Aranda) y era hijo de campesinos ricos. Era delgado, fuerte, estatura media,piel morena y vestía desaliñadamente con ropas toscas, porque despreciabalas formas elegantes como afeminadas. Tenía habla tarda y torpe orque no había estudiado. Había luchado en Rosellón en 1793-1795. Fue llamado El Empecinado, porque contaba a menudo que su pueblo, Castrillo, tenía “pecinas” (charcos de agua estancada con mucho lodo, llamados en otras partes labajos). En 1808 se había agregado a las fuerzas de los patriotas y atacó Cabezón y Medina de Rioseco, siendo derrotado. En abril de 1808 ya actuaba como guerrillero en la carretera de Valladolid a Burgos. Continuó su labor guerrillera por una zona amplia que incluía Guadalajara, Segovia, Burgos, Valladolid y Cuenca. En 1810 tenía 1.000 hombres en su cuadrilla. En septiembre de 1810 fue nombrado brigadier por la Regencia de Cádiz. En otoño de 1811 atacó Calatayud llevando como ayudante a Durán, y tomó 800 prisioneros franceses. Su acción llegó a ser tan importante que los franceses dedicaron un oficial, Josep Leopold Hugo, veterano de La Vendée en lucha antiguerrillera, y vencedor de Fra Diábolo en los Abruzzos (Nápoles) a la exclusiva labor de capturarle, para lo que le dieron 3.000 hombres y 12 cañones, pero nunca pudo hacerlo. Leopold Hugo se asombró de la disciplina existente en España entre los campesinos, de modo que abandonaban los pueblos antes de la llegada de los franceses, y de cómo los jefes guerrilleros se reunían en cualquier cueva o risco, no necesitando palacios ni mansiones. En 1813, tenía 5.000 hombres y era famoso en toda España. En 1814, Juan Martín se dijo liberal y pidió constitución, por lo que fue confinado en Valladolid. Fue rehabilitado en 1820, y en 1823 se exilió a Portugal, donde los portugueses le detuvieron en noviembre y le entregaron a España, siendo encarcelado en Roa (Burgos) y ejecutado por los realistas en agosto de 1825.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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