CLASES MEDIAS Y BAJAS de fines del XIX.

 

Conceptos clave: grupos relevantes en la clase media, falta de conciencia de clase, los campesinos, el proletariado, las clases bajas urbanas, gastos y salarios en la clase media, clases sociales marginales.

 

 

LAS CLASES MEDIAS.

 

Trataremos como clases medias a los integrantes de la baja burguesía, intelectuales, funcionarios, “agricultores acomodados”, militares, comerciantes medianos y al por menor, funcionarios, profesiones liberales, maestros de taller, profesores, periodistas, escritores, clero bajo, labradores de propiedad media (unas 10 ó 20 hectáreas les bastaban para considerarse de cierta altura social). Este concepto tan confuso como el de “clases medias”, nos sirve metodológicamente después de haber tratado en capítulos anteriores a la aristocracia y el clero.

En la época precedente, sobre este mismo tema, la de 1800 a 1870, habíamos dicho de las clases medias que:

Los comerciantes cuadruplicaron en número.

Disminuyó el número de eclesiásticos por disminución de frailes y monjas, manteniéndose los 21.000 párrocos en cifras muy similares al siglo anterior.

Desaparecieron los hidalgos desde 1810-1814 y 1833.

Aumentó intermitentemente el número de oficiales y jefes del ejército cada vez que había una guerra, lo cual fue frecuente. De unos 150.000 efectivos militares, 50.000 eran oficiales y jefes.

Triplicó el número de empleados públicos y ello significó una mayor presencia del Estado en la sociedad española.

Triplicó el número de estudiantes, profesores y profesiones liberales.

En el periodo que nos ocupa en este artículo, último tercio del siglo XIX habría unos 12.000 abogados, 10.000 veterinarios, 14.000 médicos y cirujanos, 4.000 a 6.000 boticarios, 32.000 maestros (21.000 maestros y 11.000 maestras), 4.000 profesores de media (2.600 estatales y 1.400 privados), monjas y frailes, 32.000 clérigos.

 

 

Grupos relevantes de la clase media.

 

Entre los intelectuales de fines del XIX hubo una generación espléndida de ingenieros. Estos pensadores diseñaron grandes planes urbanísticos, regularización fluvial, planes de regadíos, de comunicaciones interurbanas, de ferrocarril metropolitano, que podían cambiar España entera a largo plazo, si se realizaban. Sus planes fueron a veces recogidos por gobernantes posteriores para llenar sus vacíos programas. Los republicanos de 1931-36 asumieron algunos proyectos que luego no realizaron por falta de financiación. Los Gobiernos franquistas asumieron también muchos proyectos antiguos y realizaron algunos en la época 1953-73, cuando necesitaban algo para justificar ser financiados por las ayudas internacionales. De ahí que el franquismo fuera la época del cambio social en España.

Hemos denominado agricultores acomodados a aquellos labradores que producían algún excedente, familias de buen pasar, pero sin capacidad de tener asalariados, excepto algún criado y trabajadores temporales: en algunos lugares de España los distinguían, en el lenguaje corriente, de los labrantines o pequeños propietarios campesinos. En los ambientes rurales se les concedía el trato de don.

Empleados del Estado serían unos 30.000, más otro tanto de empleados municipales y unos 5.000 empleados provinciales.

Soldados serían 150.000, de los que 50.000 serían oficiales y jefes y el resto soldados de quintas. El sistema de quintas funcionaba desde 1837 haciendo que toda la población masculina entrase en una lista de la que se excluía a los enfermos, baja estatura (1,50 metros), e hijos únicos de viuda o de padres ancianos, y la lista se dividía en cinco series sorteándose cuál era la serie que se incorporaba a filas. De ahí que los reclutas se denominaran quintos. Los ricos y pudientes se libraban de todas formas del servicio militar huyendo al extranjero, comprando un sustituto ante notario (por unos 4.000 a 6.000 reales), o redimiéndose al precio que fijase el Estado. Los ricos que iban al servicio no iban a clase de tropa sino a suboficiales. Las bajas por exclusión se rellenaban con voluntarios pagados y por reenganchados también pagados.

Quizás el mayor fracaso de la época de Cánovas fue el no poder renovar el ejército: 499 generales, 528 coroneles y 23.000 oficiales eran una oficialidad excesiva para una media de 80.000 soldados. Y 142 almirantes de Marina eran todo un exceso todo un exceso para una docena de barcos. De hecho, un ejército más moderno como Francia tenía seis veces menos oficialidad y dos veces más soldados. Fue un problema que quedó pendiente para 1931, y no se resolvió debido a la guerra de 1936.

 

 

Falta de conciencia de clase de las clases medias.

 

Las clases medias no eran conscientes del gran poder que podían alcanzar en política, porque no estaban organizadas. Eran mayoría en la administración, enseñanza, información, Iglesia, ejército, comercio minorista y Milicia Nacional cuando se daba el caso. Al empezar el siglo XX, llegaron los movimientos sociales de organización de esas clases medias, principalmente los fascismos, pero ya fuera de la época que estamos considerando. No estaban organizadas en partidos. Opinaban unos en favor de los republicanos y otros en favor de los nacionalistas, pero casi todos eran contrarios a las violencias, cada vez más frecuentes, de los socialistas y anarquistas.

En términos marxistas, diremos que las clases medias no tenían conciencia de clase ni la habían tenido hasta entonces: a principio de siglo XIX aspiraban a ennoblecerse, y en la segunda mitad de siglo, a enriquecerse. O sea, siempre habían aspirado a cambiar de estamento o de clase social. Eran identificados por el proletariado como “burgueses” porque siendo los que más trato tenían con el pueblo, se enfrentaban a los obreros e imponían salarios bajos y jornadas largas, pero no eran la clase alta burguesa, no eran la burguesía propiamente dicha.

A principios de siglo XIX, estos pequeño burgueses invertían sus ahorros en comprar tierra, para luego cultivarla con métodos tradicionales, buscando rendimientos en vez de productividad de la tierra. Es decir, eran muy conservadores desde el punto de vista económico. También eran conservadores en el aspecto  religioso, siendo el núcleo más importante del catolicismo español.

En la segunda mitad del XIX invirtieron sus pequeños ahorros en ferrocarril, comercio, industria, o pusieron su dinero en bancos para cobrar rentas.

Mientras tanto, las clases medias bajas españolas trataban de sobrevivir. Sus diferencias con el proletariado eran muy pocas en el mundo de la realidad, pero muchas en el autoconcepto psicológico.

Las clases medias enseñaban a sus hijos “buena educación”. Para ello, había en el mercado una serie de manuales en los que se instruía a los lectores sobre las formas de etiqueta en el vestir, en la mesa, en el comportamiento social, en el saludo, en la conversación… Uno de estos libros era Plan Nuevo para una señorita al salir del colegio. Intentaban inducir en el vulgo las normas de comportamiento que regían entre la aristocracia.

 

 

Los campesinos de fines del XIX.

 

Los campesinos tenían condiciones económicas muy diversas, desde el campesino acomodado, pasando por el de propiedad insuficiente que debía completar con otros trabajos, el aparcero, y el simple jornalero con huerto familiar. Podían ser clases medias o bajas según cada caso.

Los pequeños propietarios del Norte, con sus dos hectáreas y seis vacas, eran considerados afortunados. Los huertanos de Valencia con un tercio de hectárea de regadío se consideraban también afortunados. Los masoveros catalanes (habitantes de las masías) tenían un contrato de arrendamiento perpetuo y hereditario. En Castilla, con menos de 20 ó 30 hectáreas de secano y una hectárea de regadío era muy difícil sobrevivir.

Eran labradores, los campesinos con alguna propiedad y al menos una pareja de animales de tiro, bueyes o mulas- Podrían ser unos 3.100.000, algunos de los cuales completaban su explotación en propiedad, con algunas tierras arrendadas o en aparcería.

El concepto no estaba bien definido y a veces se utilizaba para designar solamente a los agricultores acomodados: En 1797 se calificaba así a 364.000 personas, y su número un siglo después no debía ser muy diferente.  De 1800 a 1870, el número de labradores (agricultores autónomos, propietarios, o propietarios complementados con fincas  arrendadas y en aparcería) aumentó al norte del Tajo en unos cientos de miles a costa del número de simples arrendatarios, que disminuyó.

Los arrendatarios y aparceros serían 1.000.000. Los arrendatarios tenían igualmente muy diversa condición social, pues podían tener muchas fincas arrendadas a largo plazo, con lo cual, eran clases medias altas, podían tener pocas fincas y ser clases medias, podían tener pocos arrendamientos a corto plazo lo cual les hacía pobres, y podían compartir jornales con pequeña propiedad y con aparcería. Por ejemplo, los capataces agrícolas gestionaban tierras de grandes señores absentistas y las trabajaban con obreros estables llamados criados[1], y con obreros eventuales o jornaleros. Digamos que los arrendatarios serían unas 500.000 personas y los apareceros otros tantos.

Y el total de trabajadores de la tierra susceptibles de ser englobados en la clase media, sería de unos 3.800.000 puesto que algunos estaban en el grupo de los propietarios y en el de los arrendatarios al mismo tiempo.

Los campesinos eran el 70% de la población rural en 1800 y el 60% en 1877. Podían ser 2.100.000 familias, lo cual sugiere que 8.000.000 de personas dependían de ese trabajo.

Es muy difícil clasificar a los campesinos porque hacían varias cosas al tiempo: eran propietarios, arrendatarios, aparceros y jornaleros al tiempo, o una sola cosa, o dos, según los casos. Eran artesanos, sirvientes, al tiempo que campesinos. Y prácticamente todos eran ganaderos en el sentido de poseer un caballo, unos bueyes, un burro, alguna cabra o varias ovejas, colmenas, gallinas, conejos, palomares, dos o tres cerdos… Las cifras que hemos citado son pues orientativas. Es muy difícil concretar en este aspecto social del campo.

 

Los propietarios agrícolas tenían también diversa condición social pues había familias acomodadas, los antiguos hidalgos generalmente, medianos y pequeños propietarios, y propietarios muy pequeños que completaban su explotación con aparcería y arrendamiento para poder sobrevivir.

Los hidalgos, antiguo estamento nobiliario de poco poder adquisitivo, habían dejado de ser nobles. Ahora eran simples campesinos sometidos a tributos y servicio militar. Se trataba de un grupo de unas 500.000 familias, que podemos traducir a 2.000.000 de personas (el 13% de la población española), que habían estado hasta principios del XIX exentos de tributos, de alistamientos forzosos y del deber de alojar soldados en sus casas. Casi todos los hidalgos habían radicado al norte del Duero siendo de gran densidad en el País Vasco (casi el 100% de la población), Cantabria (90%), Asturias (70%) y el resto en las provincias limítrofes a estas regiones. Galicia y el resto de España, apenas contaba con un 1% de hidalgos. En Aragón los llamaban ricoshombres, barones, infanzones o mesnaderos, pero el fenómeno era similar. Los hidalgos que habían conservado un patrimonio, podían ser unas 273.000 personas.

Los ganaderos en general podían ser unas 141.000 personas, pero es una cifra muy difícil de calcular, pues todo depende de los criterios que se utilicen. La cifra que doy es una estimación subjetiva a partir de las diversas lecturas hechas, por decir una cantidad de referencia, pero podría estar equivocada. En la Cordillera Cantábrica todas las familias de zona rural tenían una o dos vacas, pero no estaban declaradas y es imposible hacer cálculos. En Castilla, todos los labradores tenían animales de tiro, un burro de servicio doméstico, uno o dos cerdos, algunas docenas de gallinas, quizás unas decenas de ovejas y algunas cabras, tal vez un palomar, pero no es posible calificarles de ganaderos pues lo tenían para servicio doméstico y autoconsumo.

Los pastores eran unos 114.000 en 1797, muy pocos de ellos propietarios de su ganado. Vivían en la majada, a veces con su familia, y llevaban consigo una choza móvil, hecha con palos y pieles, trasladándola a los pastos más convenientes, donde se establecía el aprisco para el ganado. Lo corriente era que la mujer morase en el pueblo cuidando a los hijos. La mujer hilaba, tejía y confeccionaba. El pastor hacía albarcas, sandalias, zurrones, zamarras y objetos de madera que vendía posteriormente junto con el queso, lo que le servía para comprar lo mínimo para sobrevivir.

En todos los pueblos había uno o dos pastores que cuidaban las ovejas y cabras de los vecinos, reuniendo los animales cada día al amanecer y devolviéndoles a casa al atardecer.

Las clases trabajadoras rurales estaban sometidas a largas jornadas de trabajo, de sol a sol, a salarios bajos, y sobrevivían subalimentándose y emigrando temporalmente a trabajos como la siega, vendimia, aceituna y remolacha. Sus mujeres se veían obligadas a trabajar para que la familia sobreviviese, y se consideraba un avance social el que la mujer pudiese dejar de trabajar. Los trabajos de la mujer eran de lavandera, costurera, ama de cría, o de sirvienta en casa de los ricos.

 

 

 

 

LAS CLASES BAJAS A FINES DEL XIX.

 

 

El proletariado de 1800 a 1870:

 

El proletariado industrial podían ser unas 178.000 personas. Habrían aparecido de 1800 a 1870. Casi todos ellos en Barcelona, Sabadell, Tarrasa, Mataró, Alcoy o los puntos de construcción del ferrocarril.

El proletariado de servicios, es decir, criados y sirvientes, serían unos 880.000 individuos.

Estos dos grupos tenían mucho protagonismo político en la calle, más el proletariado industrial, y menos el de servicios, pues estaba más manipulado por sus señores. Al conjunto de ellos los denominaremos clases bajas urbanas.

Y el proletariado agrícola, incluyendo jornaleros, arrendatarios, aparceros y minifundistas, podían ser 4.406.787 que apenas tenían para comer. Incluimos en esta cifra jornaleros, junto a propietarios, aparceros y arrendatarios, a sabiendas de que es una inexactitud, pero la mayoría de ellos tenían unas condiciones de vida similares y miserables, exceptuando los grandes arrendatarios y grandes aparceros.

El proletariado agrícola era el más manipulable, y de hecho todos querían arrastrarlo tras sus banderas. Pero era analfabeto y carecía de sentido de Estado, a lo máximo que llegaban era a la solidaridad local y comarcal. En todo caso era el campo de acción del anarquismo, un sistema con pocas ideas y muy sencillas.

Los labrantines eran campesinos que apenas tenían nada de tierra y completaban sus ingresos con algunos escasos jornales, por lo que vivían de fiado. Cuando cosechaban tenían que entregar todo a los fiadores o venderlo para pagar deudas y seguían viviendo de fiado. Abundaban en el Cantábrico y en el sur del Tajo. Desaparecieron a lo largo del XIX pues se hicieron jornaleros o emigraron, aunque casi todos los descendientes tendían a conservar en propiedad el pegujal familiar, o pequeña parcela de tierra de propiedad familiar de siempre. Eran pues clases bajas en proceso de desaparición.

Los trabajadores de la tierra por cuenta ajena eran jornaleros agrícolas (Andalucía podía tener 1.000.000 de ellos). El jornalero predominaba al sur del Tajo y sufría paro estacional de seis meses al año, distribuido en varias temporadas entre las cosechas de primavera (cebada y trigo), la de otoño (naranja y uva) y la de invierno (aceituna). Trabajaban de sol a sol. Su número creció durante el XIX y empezaron siendo unos 3.600.000, para acabar en 5.400.000 a fin de siglo, a medida que bajaban los precios agrícolas y las pequeñas explotaciones se hacían insuficientes para sobrevivir. En este sentido, igual superficie de terreno suficiente para vivir con holgura en una época, se convertía en minifundio a medida que la sociedad evolucionaba. Estaban desigualmente repartidos y eran menos del 25% en la franja cantábrica, del 25 al 50% en el Duero, Aragón y Levante, del 50 al 75% en Castilla la Nueva, Murcia, Granada y Almería, y más del 75% en el Guadalquivir. Había propietarios que trabajaban como jornaleros en determinadas épocas del año. Los jornaleros que no tenían otra cosa que su jornal, podían ser alrededor de un millón.

Hacia 1870, el número de campesinos había bajado del 70% de la población activa en 1800, al 60% en 1870, lo que quería decir que 1,5 millones de jornaleros y pequeños propietarios y arrendatarios habían huido a la ciudad y era mano de obra que ya no estaba a disposición de los propietarios del campo. El proletariado agrícola era el llamado a desaparecer más rápidamente. Era excepción el número de jornaleros al sur del Tajo, el cual aumentó por pérdida de comunales que arruinaron a los pequeños propietarios y los convirtió en jornaleros.

El artesanado rural era abundante. Los herreros, canteros, albañiles, carpinteros, tejedores… se dedicaban a la agricultura y ganadería, y complementariamente a una actividad de tipo artesanal.

 

 

Las clases bajas urbanas.

 

Las clases bajas urbanas eran muy pocos en número respecto a las clases bajas rurales, pero tenían más protagonismo político. En la primera mitad del XIX eran, en su mayoría, campesinos que vivían en las ciudades. A mitad de siglo habían cambiado y eran mayoritariamente servicio doméstico, mozos de comercio, vendedores ambulantes o de mercadillo… No tenían horario de trabajo ni sueldo y muchas veces trabajaban a cambio de sólo cama, comida y vestido.

El servicio doméstico era casi exclusivo de la mujer y había muchos oficios dentro de este servicio tales como lavanderas, costureras, cocineras, amas de cría y criadas. Se les pagaba con la comida, vestido, calzado y la cama. Casi todas las clases medias y altas tenían servicio doméstico, dado que era tan barato beneficiarse de su trabajo.

Otros trabajos de las mujeres de clase baja eran el trabajo en el campo, y algunas veces, el comercio o los talleres urbanos, pero siempre cobrando aproximadamente la mitad que los hombres.

Muchos de los artesanos urbanos se proletarizaron en el siglo XIX a medida que aparecían las máquinas. En 1860 se declaraban artesanos unos 666.000, repartidos en los oficios de carpinteros, zapateros, herreros… lo cual nos sugiere que trabajarían en estos oficios cerca de 1.200.000 personas, pues los oficiales necesitaban aprendices y pinches. Los ayudantes o pinches también pueden ser considerados obreros, pues trabajaban para otro por un salario, o por la comida y la cama.

Los artesanos eran muchos más que los obreros hacia 1900 (750.000 artesanos, por 250.000 obreros), aunque éstos estuviesen muy concentrados y aquellos más dispersos.

 

 

Los obreros urbanos.

 

El obrerismo industrial llegó con la maquinización y ello había empezado a principios del XIX, y se había ido ampliando a lo largo del siglo.

No eran una clase social homogénea. Entre ellos había obreros especializados, capataces y especialistas, que cobraban excelentes salarios y eran por tanto clases medias, y simples trabajadores que no tenían nada y cobraban poquísimo. La contratación y el despido eran libres y ello les llevaba a depender en todo del patrono. No había ninguna legislación laboral sobre jubilación, trabajo de mujeres y niños, condiciones del espacio de trabajo, seguridad e higiene, enfermedad, riesgos laborales. Los abusos sobre los obreros fueron descomunales, inhumanos a veces, aunque algunos patronos católicos, hicieran donaciones para escuelas y hospitales para atender a su conciencia.

Los obreros industriales no eran muchos en la España del siglo XIX, unos 177.000-200.000 en industria y minas, y unos 40.000 en empleos del ferrocarril. Estaban concentrados en Barcelona (que tenía más de 70.000), Málaga, Oviedo, Cádiz, Santander, Vizcaya, Valencia, Sevilla, Alicante.

La empresa española del XIX crecía siempre, pues al ser tan pequeña no alcanzaba dimensiones de optimización de resultados por mucho que creciera, y pasó de unas dimensiones medias de 18 obreros en 1841, a 52 obreros en 1850 y 72 obreros en 1861. La jornada laboral era de 10-12 horas.

Los obreros recibieron durante el reinado de Fernando VII las doctrinas de Fourier, que llegaron a Cádiz y, desde allí, Fernando Garrido las llevó a Madrid. En 1821 tenemos la primera noticia de luddismo en Alcoy. En 1824 había luddismo en Barcelona. En 1835 ardió la fábrica Bonaplata en Barcelona. En 1840 existía una Asociación Mutua de Obreros de la Industria Algodonera de Cataluña en la legalidad, y una Sociedad de Jornaleros en la ilegalidad. En 1854 hubo una huelga general contra la importación de telares mecánicos.

 

 

En cuanto a gastos familiares:

 

Los gastos de una familia corriente eran en 1855:

Por 2 kilos de pan diarios, a 1,175 reales el kilo, 2,35

Por dos sardinas saladas, a 0,12 cada una, 0,24 reales

Por 400 gramos de alubias a 1,75 el kilo, 0,70 reales.

Por 25 ml. de aceite a 5,12 el litro, 0,13 reales

Por kilo y medio de patatas, 0,82 reales.

Por 25 ml. de aceite, 0,13 reales

Por 35 ml. de aceite para el candil, 0,18 reales

Total, 4,55 reales diarios, que hacen al año 1.660 reales sólo para comida.

 

 

Salarios.

 

Para la fecha de 1855, se calcula que el salario digno para vivir, en 1855, era de 4.176 reales al año u 11,5 reales diarios. A fin de siglo, en 1900, sería de 11.348 reales al año, o 31 reales diarios.

En 1855 y en Barcelona, un obrero especializado ganaba 4.160 reales al año, u 11,44 reales diarios. Un obrero no especializado ganaba 2.299 reales al año, o 6,29 reales diarios.

Los salarios de 1870-1880 eran desiguales: los más altos eran de 20 reales diarios y los cobraban los tipógrafos como Pablo Iglesias y la mayoría de los dirigentes internacionalistas; salarios medios de 10 reales diarios los cobraban los albañiles, pintores, canteros y mineros; salarios bajos de 7 reales diarios los cobraban los peones; salarios muy bajos de 2 reales diarios los cobraban los jornaleros andaluces.

Los salarios eran en 1900:

Los mecánicos de Barcelona ganaban 17 reales diarios.

Los peones de Barcelona ganaban 10 reales diarios.

Un minero en Vizcaya ganaba 14 reales diarios.

Un minero en Asturias ganaba 20 reales diarios.

Una mujer ganaba 6 reales diarios.

Un niño ganaba 5 reales diarios.

 

 

Las clases sociales marginales.

 

Las clases sociales marginales eran muy numerosas y abundantes. Vivían de la venta ambulante y la mendicidad en las ciudades, y de la quincallería (arreglos de cosas y ventas pequeñas), tratos de ganado y la picaresca en el campo. Recurrían a la caridad del clero regular, la sopa de los conventos, y a la limosna de los párrocos.

Los mendigos locales eran cosa tenida por natural, producto de la mala suerte que Dios enviaba a cualquiera. La orfandad, viudedad, enfermedad grave (ciegos, sordomudos, impedidos), o vejez sin medios para sobrevivir, le ocurrían a cualquiera que fuera pobre, y así se entendía que el 4% de la población se declarase pobre de solemnidad y practicase la mendicidad. Calculamos que en esta situación había en España 263.000 personas. Al desaparecer las instituciones religiosas benéficas perdieron medios de subsistencia.

Los llamados entonces vagos eran los inadaptados sociales, vivían de la delincuencia y la mendicidad, asistían a todas las fiestas populares y romerías, de pueblo en pueblo, para tener oportunidades de comer y robar. Se calcula que eran entre 100.000 y 200.000 personas. La mayor densidad de ellos estaba en Madrid y en Andalucía. Parte de ellos eran presidiarios.

El 10 de octubre de 1886 se abolió el patronato sobre los esclavos. La esclavitud en Cuba, última que quedaba en España, fue suprimida por Alfonso XII en 1880, pero no desapareció en esa fecha porque el Real Decreto permitía que los antiguos esclavos permanecieran bajo el patronato de sus dueños un tiempo. Es decir, lo que se prohibió fue importar y esclavizar. Lo que se hizo en 1886 es dar por finalizados los patronatos, pues los dueños se resistían a liberar a sus esclavos.

 

 

[1]El término “el criado”, que era obrero del campo, no tenía apenas nada que ver con “la criada”, que era sirvienta doméstica, ni en condiciones sociales, salario, trabajo… Otra cosa es si nos trasladamos a ambientes urbanos, donde el criado es doméstico por antonomasia.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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