EL CLERO A FINES DEL XIX

 

 

Conceptos clave: religiosidad paganizante, anticlericalismo, la Rerum Novarum, Antonio Vicent, Andrés Manjón, clero rural, Estado y clero, protestantes en España.

 

 

Evolución de la consideración social del clero.

 

El clero católico sufrió muchas vicisitudes de muchos tipos a lo largo del XIX, y la principal fue el inicio de la pérdida de su influencia política sobre el Estado a partir de 1868, influencia que trató de recuperar a través de su ascendencia moral sobre la población y sobre sus alumnos en colegios religiosos. Pero muchos políticos y militares liberales se hicieron anticlericales y lucharon fervientemente contra la intención de la Iglesia de dominarlo todo. El clero logró mantener esta ascendencia moral entre las clases medias hasta el periodo franquista. Y ya en la democracia de 1978, influyó poderosamente en los partidos de derecha.

En las desamortizaciones de 1836 y 1855 perdieron la riqueza tradicional, la tierra, pero pasaron a otro tipo de inversiones como los colegios de enseñanza primaria y media, la prensa, radio y televisión, e innumerables inmuebles. Además, las iglesias y catedrales, que en Francia se consideran propiedad pública, en España se tratan como propiedad de la Iglesia a la hora de explotarlas, y del Estado a la hora de repararlas o ampliarlas y no pagar impuestos. El Bajo Clero y las órdenes religiosas se dedicaron a la enseñanza, combinada con la beneficencia, y ello les permitía estar en contacto con las familias burguesas por un lado, y con las pobres por el otro, y mantener su ascendencia moral sobre el conjunto de la sociedad.

El sentir popular de fines del XIX siguió siendo religioso, aunque entre las clases populares también surgieran “tragacuras” que se obstinaban en atacar todo lo religioso sistemáticamente.

Pero la religiosidad española era un tanto paganizante, enfervorizada con las misas, procesiones, romerías de vírgenes y santos, y manifestaciones externas que no siempre son exactamente religión. La idea de amor al prójimo había sido traducida y modificada en “caridad”, traducida en pedir dinero a los ricos para redistribuirlo a los pobres, y amor a la Iglesia Católica, traducido en culto por sus sacerdotes y órdenes religiosas. Pero no concebía un posicionamiento de la Iglesia frente a la inmoralidad de los ricos y del poder político, de forma que se reivindicasen los derechos de los pobres y la justicia social, ni un posicionamiento de los católicos frente a la inmoralidad de sus jerarquías, de modo que era preferible el defender a éstos a dar testimonio de la verdad. Estas nuevas ideas, sólo surgirán en España en tiempos del Vaticano II, en 1960 y años siguientes, cuando por cierto, la mayoría de los revolucionarios salieron de los seminarios diocesanos. Si además, consideramos que está dicho que Dios es el camino, la verdad y la vida, tal vez pudiéramos dudar de si los españoles creían en Dios o adoraban al becerro de oro, la imagen creada por ellos mismos para rendir culto.

El Estado español era oficialmente católico. No obstante, 100 años de liberalismo y de lecturas y charlas que hablaban de la libertad del pensamiento individual para creer o no creer, habían dado como resultado una gran masa social que no creía en ninguna religión. Esta masa social, quizás más de la mitad de la población total, se declaraba católica a pesar de todo, cumplía las prácticas externas de culto (misas, rosarios, fiestas y procesiones) para no ser señalados y tal vez molestados en sus negocios e iniciativas, para obtener permisos de construcción o apertura de un negocio, para proteger a sus familias… La realidad era que gran parte de la sociedad vivía indiferente a los preceptos religiosos y se mostraba anticlerical en cuestiones de economía y política. Se hablaba de hipocresía, pero la hipocresía era necesaria en un mundo en el que se cerraban muchas puertas para el que se declaraba no católico y muchas más para el católico que no aceptaba los modos de vida religiosos establecidos.

Por todo ello, se entenderá que la religiosidad burguesa fuera muy superficial. A los grandes sermones acudía todo el mundo, y en ellos los burgueses aprovechaban para hacer ostentación de su poderío económico: En los sermones, las señoras abandonaban sus vestidos de gala y sus joyas, y se ponían una mantilla negra, un traje oscuro, guantes negros, libro de oraciones en la mano y rosario de nácar y oro entre los dedos y las muñecas. Era un traje para la ocasión que no se podían pagar las clases medias y bajas. Los señores tenían en la iglesia sus lujosos reclinatorios privados, y no se mezclaban en los bancos destinados a “la plebe”. Por entonces surgió la costumbre de vestir de novias a las niñas que iban a tomar la primera comunión, todo de blanco y en tejidos carísimos y complementos espectaculares. En el caso de las primeras comuniones, el escándalo fue grande, y el Papa Pío X prohibió esos atuendos que contrastaban con el espíritu de pobreza que se predicaba. Pero la reacción española fue contraria al Papa, y lo que pasó realmente fue que incluso los menos pudientes vistieron a sus niñas de blanco y vestido talar y se gastaron para la ocasión más de lo que tenían. En el caso de los niños, el gasto era menos espectacular. Los burgueses nunca fueron reprimidos por su escandalosa ostentación pagana en los actos religiosos, sino que fueron aceptados por la mayoría de los sacerdotes, sobre todo cuando regalaban adornos de plata y repujados de oro para los santos y vírgenes, regalaban vasos sagrados y daban cuantiosas limosnas en el ofertorio, ante lo cual se rendían la mayoría de los sacerdotes y de las monjas. Era paganismo puro, aceptado, tolerado y admirado por el clero. Pero algunos intelectuales eran conscientes de la pérdida de valores del catolicismo.

Este tipo de religiosidad fue coadyuvante en la extensión del anticlericalismo. El anticlericalismo fue justificado por los liberales como una necesidad para destruir las jerarquías sociales propias de siglos anteriores, destruir la sociedad de privilegios, y la estafa que suponía el aprovechamiento de la religión para sacarle dineros al pueblo, dineros que no todos iban a los fines que se anunciaban y de los que presumían los religiosos, sino a veces a fines más oscuros. La mitad de los españoles eran anticlericales, pero sólo en círculos privados, y nunca en declaraciones públicas. Incluso se daba el caso de anticlericales que donaban cantidades de dinero a la Iglesia, cuando les convenía a sus intereses.

En el caso de los socialistas y anarquistas, el anticlericalismo se debía a la idea de que había que acabar con todas las religiones como elementos superestructurales creados para alienar a las masas. Entre ellos, el anticlericalismo era un dogma, un dogma de los que decían luchar contra los dogmas y practicar el análisis dialéctico constante de la realidad. Los socialistas se dejaban notar en ciudades muy concretas industrializadas, principalmente Barcelona, pero también en ciudades más pequeñas industrializadas como Alcoy, Cartagena, Bélmez, Linares y Puertollano. Los socialistas y anarquistas inventaron una nueva religión, el laicismo, religión que tenía sus fiestas, sus santos incriticables (los líderes), sus dogmas (fraseología divulgada), su obediencia a la jerarquía (socialista o anarquista según el caso), sus sacerdotes (los liberados que trataban de hacer la vida difícil a los no creyentes en sus nuevos dogmas).

Pero también es necesario decir aquí, que en España no había anticlericalismo masivo, cerrado, sino que la mayoría de los españoles eran pasivos, creían que las cosas les irían mal si apoyaban a los católicos, y también les irían mal si apoyaban a los “anticlericales militantes” (socialistas y anarquistas), y que lo mejor era permanecer en un discreto dejar pasar las cosas.

Por otra parte, la declaración pública de ateísmo por parte de los anarquistas, y de agnosticismo por parte de los socialistas, impulsaba a los burgueses a una alianza con la Iglesia como defensa frente a los movimientos populares violentos y antiburgueses. Pero la religiosidad de los burgueses puede ponerse en duda en el plano real. Y tanto la religiosidad de parte de las masas, como la irreligiosidad de otra parte de ellas, también pude ser puesta en duda.

 

 

Los no católicos.

 

Los no católicos en la España del XIX eran muy pocos. Podíamos afirmar que serían unas 8.000 personas en 1877. De ellos, 6.654 serían protestantes, 402 judíos, 271 mahometanos, 208 budistas, 4 confucionistas, 452 librepensadores, 358 indiferentes, 258 espiritistas, 236 racionalistas, 147 deístas, 104 ateos, y 50 de otros grupos.

 

 

División entre los católicos.

 

Los católicos creyentes se dividieron en sus opiniones políticas: Los católicos radicales se encastillaron en posiciones de intolerancia hacia los no creyentes, intolerancia que hacían patente mediante la ridiculización, el escarnio, incluso el señalamiento público de los hijos del no creyente, todo ello desde posiciones de poder, desde el dominio de la enseñanza o la alianza de los burgueses y los políticos. Los católicos moderados eran partidarios de no provocar enfrentamientos sociales sino de convencer por el ejemplo.

Los ultramontanos eran ciegos defensores de todo lo que el Papa decía e incluso de lo que pensaba, estaban unidos en torno a la Unión Católica de Pidal y no aceptaban el pensamiento filosófico de Kant ni el posterior científico en general. Los neotomistas rechazaban todo el pensamiento científico de los tres últimos siglos y concretamente el darwinismo y el positivismo, doctrinas a las que consideraban pecados contra la fe.

El catolicismo ultra se hizo fuerte entre mujeres de la alta sociedad, de la más aristocrática, que organizaban rosarios, novenas y cuestaciones de caridad por diversos motivos. Algunos sacerdotes conectados a estos grupos, trataban de extender estas prácticas a sectores de las clases medias e incluso bajas. El rezo del rosario se convirtió en el arma católica por excelencia.

El sacerdote Enrique de Ossó Cervelló 1840-1896 organizó el culto a santa Teresa de Avila a través de una actividad de enseñanza en donde los jóvenes, sobre todo chicas bien, iniciaban todas sus actividades con un “Viva Jesús” seguido de distintos rezos. En 1876 organizó la asociación Hijas de María Inmaculada y Santa Teresa de Jesús, conocidas popularmente como Hermanas Teresianas. El objetivo de las Teresianas era educar a las jóvenes para que fueran madres de familia católicas. Esta actividad la empezaron hacia 1881. A su vez también abrieron una escuela de magisterio católica en Barcelona cuyo edificio se lo diseñó Gaudí.

Otros sacerdotes como Pedro Poveda Castroverde[1] en Guadix, y Andrés Manjón Manjón[2] en Granada siguieron el ejemplo de abrir colegios privados para alejar a la juventud de una enseñanza pública a la que tildaban de atea y jacobina. Su razón de ser se basaba en el abandono en que la enseñanza oficial dejaba a los jóvenes a partir de los 14 años o antes. Ese hueco era su gran oportunidad. La diferencia con Ossó era que éstos últimos trabajaban con familias pobres. El objetivo era el mismo, imbuir ideas católicas en el niño, antes de que pudiese oír otras diferentes, o pensase por sí mismo. El objetivo último era la defensa de la doctrina de los Papas, fuera cual fuera, es decir, estaban instalados en el ultramontanismo. Su gran argumento era que no se podía consentir el abandono a que se veían sometidos los jóvenes de clase media-baja y los más pobres, pues tirados en la calle, sólo aprendían a delinquir, o eran atraídos por las doctrinas revolucionarias socialistas. En cuanto al aprovechamiento que hacían de sus propios centros para difundir el catolicismo, no era distinto de adoctrinamiento de estos mismos jóvenes que hacían los socialistas, comunistas y anarquistas, vasquistas y catalanistas, para llevarlos a su terreno. Lo que era difícil encontrar en España era una enseñanza neutral, no proselitista, cosa que sólo podría hacer el Estado, y sólo lo intentaría a partir de 1960. Decimos lo intentaría, porque en la enseñanza estatal, tal y como se planteó a finales del XX, cada profesor adoctrinó a sus alumnos como quiso, sin control alguno por parte de las instituciones.

Es muy significativo para entender el pensamiento de estos sacerdotes, Ossó, Poveda y Manjón, lo ocurrido con motivo del homenaje a Santa Teresa que propuso el Gobierno. De Ossó se opuso a que un Estado impío, liberal y laico hiciera un homenaje así, porque creía su deber combatir abiertamente al liberalismo y manifestar públicamente que un Estado que no restablecía la “unidad católica” era impío. Unidad católica era lo mismo que religión de Estado.

 

 

El anticlericalismo

 

Contra estas posturas intransigentes católicas era lógico que surgiera el anticlericalismo. Esta postura se simbolizó en  1901 por “Electra” de Galdós, novela de la que se vendieron 10.000 ejemplares en dos días y que hizo aparecer en la calle bombones y caramelos de la marca Electra. Los núcleos donde podían moverse los anticlericales, sin ser molestados, eran las ciudades de Madrid, Barcelona y Valencia. Por contra los pueblos de Navarra, País Vasco, Cantabria, Castilla la Vieja y parte de Castilla la Nueva organizaban cofradías, procesiones, romerías y fiestas patronales católicas en torno al párroco y como desagravio por los pecados de los anticlericales.

Un ejemplo: Los anticlericales de Barcelona mandaban a sus hijos a la Escuela Moderna dirigida por Francisco Ferrer. Los niños de esa escuela eran muchos, demasiados para que el fenómeno pasara desapercibido. Con motivo de las revueltas populares de 1909, Ferrer fue detenido, juzgado como responsable y ejecutado. Probablemente estamos ante un crimen de Estado, que beneficiaba tanto al Gobierno como a la Iglesia católica, pues se quitaron de en medio un disidente ideológico. Ferrer no había participado en las revueltas de las que se le acusaba.

El anticlericalismo fue inmediatamente utilizado por las fuerzas contrarias al Estado burgués, por los revolucionarios y por los antisistema: el anticlericalismo produjo muchas tonterías de mala fe con intención de llevar las masas a la violencia contra el clero católico, y que podían ser verdad en casos puntuales, pero no era justo generalizarlas: Divulgaban que los curas utilizaban el confesionario para enterarse por las mujeres de quienes eran los organizadores de huelgas y denunciarles a los patronos, que los jesuitas eran los dueños de casi todas las industrias y comunicaciones, que las beatas controlaban a los que no iban a misa y se lo comunicaban sistemáticamente al párroco para elaborar unas listas negras de personas a las que había que arruinar.

Alguna discriminación social había, pero no se trataba de algo tan drástico y radical como lo presentaban los anticlericales.

 

 

La Rerum Novarum.

 

En 1891, León XIII publicó la Rerum Novarum, en la que reconocía como injusta la situación del obrero. Pero el Papa culpaba del problema de la injusticia al liberalismo y sus libertades, y al socialismo y sus ideas de hacer desaparecer la propiedad y atraer a las masas hacia la violencia por medio de la teoría de la lucha de clases. La encíclica defendía la propiedad privada como derecho natural y pedía el derecho de asociación para poder luchar por salarios justos. Instaba a los católicos a formar sus propias asociaciones, Círculos Católicos. Pero la idea del Papa no era tanto defender derechos obreros como atraer a la gente al catolicismo.

La encíclica fue entendida como un impulso a los grupos obreros católicos.    La idea de León XIII tuvo éxito en España, Alemania, Austria, Francia, Bélgica, Italia y Holanda, de mano de los jesuitas y dominicos, los cuales se pusieron a trabajar para cumplir los deseos del Papa.

En 1891 surgieron muchos sindicatos cristianos a raíz de la publicación en este año de la Rerum Novarum. Los sindicatos católicos se propusieron cuatro fines:

Difundir la religión frente al ateísmo socialista.

Dar cauces de asociación y reivindicación a los obreros.

Organizar actos que atrajeran a la juventud hacia el catolicismo, tales como conferencias, actos culturales, actos recreativos, escuelas nocturnas…

Organizar sociedades de socorros mutuos, montes de piedad, cooperativas de consumo, cajas de ahorros, que atrajeran a los obreros al catolicismo.

León XIII, 1878-1903, quiso poner a la Iglesia Católica a la altura de los movimientos sociales ya presentes en toda Europa y organizados desde mediados de siglo, de los que la Iglesia no se había ocupado, y propuso hacer sindicatos católicos y sociedades de socorros mutuos, y cooperativas de crédito rural, como las que estaban gestionando los socialistas y anarquistas. La idea buena de León XIII era que las masas tenían derecho a una más equitativa distribución de la riqueza y no a la mera caridad. Lo malo de León XIII era que no concretaba (cosa que la Iglesia tuvo a gala, y calificaba de prudente), salvo en el caso de abrir colegios y hospitales, lo cual era algo que la Iglesia venía haciendo desde hacía 1.000 años. Los ricos terratenientes y los industriales vascos y catalanes, muy católicos, se sintieron cómodos con la nueva doctrina católica que les permitía dirigir ellos la vida de los obreros en cuanto a barracones, escuelas o catequesis, y rezos y normas de vida dentro de la fábrica, lo cual no era exactamente redistribución del poder, sino todo lo contrario. En realidad, los colegios quedaron para la clase alta y media, e incluso las becas fueron para la clase media. A los pobres no les quedó otro recurso que entregar sus hijos a la propia Iglesia para sacarlos de la miseria, cosa que ya venía sucediendo desde mil años antes. Las reformas escolares católicas importantes no llegarán a España hasta después de 1905, cuando Francia decidió que el Estado se hiciese cargo de los colegios y muchos religiosos huyeran a España (los maristas principalmente), e Italia hizo otro tanto llegando a España los salesianos.

León XIII, 1878-1903, liberalizó un tanto el catolicismo al reconocer a los Estados el dominio temporal, esto es, renunciar al integrismo católico, siempre que las democracias defendieran los derechos humanos, pero se opuso al racionalismo, la masonería y el liberalismo que le llevaban la contraria. De todos modos también abrió los archivos vaticanos a los estudiosos de todas las creencias. Pretendió recuperar los Estados Pontificios y por ello boicoteó al Estado Italiano siempre.

 

 

Antonio Vicent.

 

En 1893, Antonio Vicent, sacerdote jesuita, publicó un libro titulado Socialismo y Anarquismo que vendió miles de ejemplares. En plena fama, organizó una peregrinación a Roma y logró llevar a 18.527 personas, una cifra enorme para la época. Por entonces, Antonio López López, marqués de Comillas, decidió apoyar el movimiento cristiano y llevó gratis a los peregrinos en sus barcos hasta Ostia y él mismo fue con ellos. La idea del “padre Vicent” era que, interpretando la Rerum Novarum, debía organizar a los obreros en gremios en los que también ingresasen los patronos y todos juntos, bajo la dirección de un sacerdote, discutieran los problemas laborales.

A partir de 1890, Antonio Vicent fundó 22 “círculos” más en los siguientes dos años y celebraron asamblea en Valencia en 1893. Sobre la ideología de estos círculos hay que decir varias cosas: que estaban bajo la jerarquía católica; que tenían como fin secundar las enseñanzas del Romano Pontífice; que luchaban contra los sindicatos obreros, contra los republicanos y contra los liberales. La Asamblea de círculos de 1896 nombró presidente de honor al obispo de Madrid Alcalá, y presidente efectivo a Marcelo Azcárraga, vicepresidentes al marqués de Comillas, al duque de Bailén y al marqués de Hinojares, vocales al marqués de Pidal, a Rodríguez Sampedro, a Severino Aznar y al vizconde de Eza, secretario a Carlos Martín Álvarez, consiliario al jesuita padre Vicent y viceconsiliario al jesuita padre Francisco de Paula Garzón, es decir todo el ultracatolicismo del momento y gran burguesía e iglesia católica. El marqués de Comillas llegaría a fundar en Barcelona un Centro de Defensa Social para luchar contra sindicalistas, republicanos y liberales y el duque de Sotomayor fundaría otro igual en Madrid. El programa social católico se completó en 1892 con las Cajas Rurales para proporcionar crédito barato a los pequeños propietarios rurales, que se hicieron ultracatólicos naturalmente.

Desde 1889 y hasta 1902, se celebraron en España seis congresos católicos: Madrid 1889, Zaragoza 1890, Sevilla 1892, Tarragona 1894, Burgos 1899 y Santiago 1902, que representaban un intento de dar una respuesta católica ante el liberalismo y el progresivo acercamiento del gobierno a las ideas liberales. Los integristas católicos creían que la libertad humana para decidir sobre sus ideas religiosas era perniciosa. Estas asociaciones tuvieron su influencia frente a los sindicatos obreros y frente a los gobiernos.

 

 

Andrés Manjón.

 

En 1888 aparecieron las Escuelas del Ave María del padre Manjón. Andrés Manjón 1846-1923 había nacido en Sargentes (Burgos), estudiado en el seminario de Burgos y en Valladolid siendo doctor en derecho por Valladolid en 1873. En 1879 fue catedrático de derecho canónico en Santiago de Compostela. En 1886 decidió ordenarse sacerdote y dedicarse a la educación de los niños pobres de Granada. Sus métodos eran diferentes pues daba clases al aire libre, introducía muchos juegos dirigidos, practicaba muchas actividades manuales, e incluso hacía representaciones teatrales para enseñar la historia. Los niños un poco mayores iban a talleres para la instrucción en el trabajo. En 1905 llegó a la idea de que necesitaba maestros, pero no le valían los maestros al uso, e hizo un seminario para reciclarlos en las nuevas ideas. Andrés Manjón murió en Granada en 1923.

 

Hacia 1900, la Iglesia Católica se propuso por objetivo primordial controlar la enseñanza, sobre todo la primaria, que el Estado tenía muy abandonada. Contaba con 33.403 curas, 10.000 frailes y 40.000 monjas, completamente aburguesados en sus mentalidades: creían que los ricos eran piadosos y buenas personas por naturaleza, mientras el mal radicaba entre las familias pobres. Se dedicaron a controlar el mal entre los pobres, y consiguieron instituciones suficientes en el norte de España y en Castilla, pero no en la mitad sur de España.

 

 

El Gobierno frente a la Iglesia.

 

Cánovas se mostró como un conservador típico del XIX que devolvió bienes y privilegios a la Iglesia (devolvió los bienes incautados, derogó la ley del matrimonio civil de 1870, suspendió periódicos disidentes enemigos de la Iglesia como El Imperial, La Iberia, La Igualdad, El Pueblo), pero hizo obligatoria la inscripción del matrimonio canónico en el Registro Civil demostrando que había un Estado que es quien tiene el poder, perdona a los encarcelados y desterrados por sus ideas. Cánovas reconoció la libertad de cátedra en la Constitución de 1876, con lo cual podían volver a enseñar los disidentes ideológicos. Así, en 29 de octubre de 1876, éstos fundarán la ILE, Institución Libre de Enseñanza. Cánovas era un católico convencido, pero no ultramontano, no un integrista.

 

 

El clero rural.

 

La parroquia se financiaba principalmente del erario público, pues el Concordato entregaba una cantidad anual para el mantenimiento de culto y clero. El Concordato de 1851 asignaba a cada parroquia un mínimo de 1.000 reales por año, los coadjutores y ecónomos tenían asignados entre 2.000 y 4.000 reales, y los párrocos rurales 2.200 reales. La cantidad puede parecer alta si la comparamos con los salarios de obreros que ganaban 1.200 – 2.400 reales al año, pero era más bien escasa si tenemos en cuentas los tributos municipales, los recargos municipales, la tributación de repartimientos, los impuestos de consumos, el franqueo de la correspondencia, y las prestaciones personales a quienes les reparaban cosas o les hacían algún oficio de continuo.

El clero rural ganaba cantidades muy dispares: el “sacerdote de entrada” ganaba entre 1 y 1,75 pesetas diarias por asignación estatal, más los casuales (donaciones, a veces obligatorias, por misas, bautizos, matrimonios y entierros, pago de la tumba y de su mantenimiento), más las limosnas y la colecta dominical. El coadjutor percibía 3 pesetas diarias, más los añadidos citados. El párroco llegaba a las 4 pesetas, más los añadidos. Las variaciones regionales y temporales son imposibles de detallar, pues harían una lista interminable. Las cantidades eran escasas, pero la percepción popular era de que “lo ganaban cantando”, es decir, sin trabajar.

Para valorar mejor las condiciones de subsistencia del clero, hay que decir, que el clero gozaba de una casa parroquial, o casa rectoral, proporcionada por el Ayuntamiento o por la solidaridad de los vecinos, casa que le ahorraba gastos de pupilaje, pero le daba lógicamente otros gastos más pequeños de mantenimiento de la casa. Si los sacerdotes debían vivir en casas de alquiler, lo que podía ocurrir en las ciudades, su situación económica empeoraba mucho, a no ser que encontrara una “buena familia” que le cediera una habitación.

Desde 1847, los sacerdotes empezaron a pensar en la necesidad de mutualidades entre sacerdotes para casos de enfermedad (gastos de hospital) o de accidente.

La dotación de la parroquia a finales del XIX era de unas 170 pesetas al año, cantidad que se quedaba muy corta para atender la lámpara del santísimo (siempre encendida, de día y de noche), las velas de las misas (obligatoriamente encendidas durante la ceremonia, solían pedirse a alguna devota), el lavado de ornamentos (se pedía al alguna devota), la limpieza del templo (se pedía ayuda), el campanero (se encargaba a algún monaguillo), sacristán (se procuraba que lo pagara el Ayuntamiento), y monaguillos (llevaban pequeñas propinas), y las reparaciones ordinarias de cosas que se deterioraban (una cerradura, un cajón…).

Para las familias campesinas más pobres, la profesión de sacerdote era atractiva, pues colocar a un hijo era la posibilidad de escapar del pueblo y de dar cobijo a unos padres ancianos en una casa parroquial. Se decía que las vocaciones eran más de las madres que de los hijos. Para la clase media y la clase alta, la perspectiva de ser cura rural no les atraía nada.

 

 

La carrera sacerdotal.

 

Pagar los años de formación de un sacerdote era caro. Eran muchos años, a veces más de una decena, en las que el aspirante acudía a un Seminario Diocesano y debía llevar sotana y pagar su comida. Muchas veces se recurría a becas que pagaban algunas familias acomodadas para este fin específico, el de mantener un seminarista. Los Seminarios admitían externos si la familia acreditaba pobreza absoluta que no les permitía pagar el internado.

Tras ordenarse sacerdotes, llegaba el problema del destino a un puesto de trabajo. Muchos no querían ir a una parroquia rural alejada de toda ciudad. En esos casos se quedaban en el entorno del Seminario y ejercían como profesores, lo cual era negativo para la Iglesia, pues garantizaba un nivel de formación bajo para sus seminaristas, dependiendo de la que tuviera el elegido para profesor, tal vez muy piadoso, pero la piedad no implicaba conocimientos. Había casos excepcionales, de autodidactas, que se preparaban muchísimo y llegaron a ser grandes profesores a base de esfuerzo personal.

La jerarquía católica dependía mucho de la política, de la política interna de la Iglesia, y de la del Estado. Los obispos eran designados por el Papa a propuesta en terna hecha por el Rey. Los beneficiados y dignidades del Cabildo, y los párrocos salían a propuesta del obispo que aceptara la autoridad civil, el Rey en teoría.

El tema de la jerarquía venía muy condicionado por los buenos sueldos que se percibían en los puestos altos, y la influencia política que los cargos tenían, lo cual creaba una serie de intereses variados.

 

 

Cuantificación del clero.

 

No tenemos apenas datos fiables sobre el clero español, dado el secretismo con que la Iglesia siempre llevó sus cosas. Pero de los recuentos y censos posteriores sacamos algunas ideas generales.

Creemos que a principios del siglo XIX, los clérigos seculares serían muchos, hasta 90.000, pero que tras la desamortización y las campañas liberales, las cifras bajaron espectacularmente: en 1850 serían unos 40.000 clérigos; en 1877, 32.000; y en 1910, 34.420. Los obispos siempre se quejaron de la escasez de sacerdotes, pero el dato no tiene validez, pues se quejarían en cualquier circunstancia. El número de seminaristas que aspiraban a sacerdote era variable por épocas: en 1877 habría unos 9.000; en 1883, unos 19.157; y en 1909, 10.648.

En las zonas rurales de casi toda España habría una parroquia cada 1.000 personas, pero en las grandes ciudades como Madrid y Barcelona, y Andalucía, habría una parroquia cada 4.000 personas. Estas parroquias solían tener dos sacerdotes.

 

La cuantificación del clero en los libros de historia se da muy por encima y sólo sirve para hacerse una idea de la realidad que venimos tratando, pero son muy imprecisos y discutibles:

Había 9 Metropolitanos: El arzobispo de Toledo cobraba 160.000 reales al año. Los arzobispos de Sevilla o Valencia cobraban 150.000. Los arzobispos de Granada o de Santiago cobraban 140.000. Los obispos de Burgos, Tarragona, Valencia, o Zaragoza, cobraban 130.000.

Había 50 obispos ordinarios y 3 auxiliares: Los obispos en general, cobraban 80.000 reales, y si eran auxiliares, 40.000 reales.

Las dignidades y canónigos de la catedral (unos 1.000 individuos) cobraban 16.000 reales.

Los abades y canónigos de colegiatas (unos 130 individuos), 12.000 reales.

Los beneficiados de la catedral y beneficiados del clero colegial (unos 1.000 individuos), 6.000 reales.

Los capellanes de la catedral y del ejército (unos 750 individuos), 3.000 reales.

Los párrocos de parroquias urbanas, entre 3.000 y 10.000 reales.

Los párrocos rurales, unos 2.200 reales.

Los profesores de seminarios, 1.000 reales.

 

 

El Estado y el clero.

 

Hay que decir, que el Estado gestionó los asuntos del clero al buen saber y entender de los encargados del tema, y con poca rigurosidad. Por ejemplo: pagos suprimidos en el Concordato de 1851, como colegiatas y beneficiados, seguían pagándose a fines del XIX. Y otros cargos que aparecían nuevos y estaban contemplados en el Concordato, no se pagaban. Y ni siquiera las diócesis suprimidas eran tenidas en cuenta por los gestores del Estado.

Y en materia política, en España, el Papa en el siglo XIX, era reconocido como autoridad temporal, lo cual no es compatible con un Estado que se decía liberal y que debía reconocer al Papa como autoridad espiritual de los creyentes. Los obispos se permitían exhortar a los católicos en contra de que el Papa fuese expulsado de sus Estados Pontificios y el Estado estaba de acuerdo. El papel de cada ente, no estaba muy claro.

 

 

Los protestantes a fines del XIX.

 

El Concordato de 1851 exigía que el Estado español fuese católico y protegiese la enseñanza y el culto católico frente a todos los demás. En estas condiciones era difícil no ser católico.

Los protestantes eran por lo general extranjeros que habían venido a trabajar en las minas británicas. No tenían derecho a mostrar sus prácticas religiosas en público, pero eran tolerados en sus prácticas religiosas en recintos cerrados.

En 1863, los católicos hicieron un proceso a Manuel Matamoros, un evangelista de Granada, y muchos protestantes entendieron que era una represión contra ellos, y huyeron a Argelia. Volvieron en 1868, cuando las condiciones políticas eran otras.

En Barcelona había algunos metodistas, y algunos evangélicos; en Menorca había también metodistas y evangélicos; en Madrid había 7 capillas protestantes a las que acudía gente pobre; en Córdoba había evangélicos; en Sevilla había evangélicos, presbiterianos y anglicanos; en Huelva había evangélicos; y también eran evangélicos los de Jerez de la Frontera, Puerto de Santa María y San Fernando, mientras los de Algeciras eran presbiterianos. Pero en total, no serían, más de 250 personas, los cuales hacían un apostolado fácil: repartían limosnas y comida en los actos de culto, y ello significaba que acudían a sus capillas muchos pobres. Pero estos pobres, luego acudían a misa católica.

En 1880 se constituyó la Iglesia Española Reformada, y ofrecía a los españoles lecturas de la Biblia en castellano y sin explicaciones de sacerdotes, al pie de la letra, lo cual atraía a muchos intelectuales, pues la Biblia no podía ser leída en España sino en latín y en la versión autorizada por la Iglesia católica.

En 1900, podría haber en España unas 70 u 80 poblaciones con presencia de protestantes.

 

En 1880-1882 apareció publicada la Historia de los Heterodoxos Españoles de Marcelino Menéndez Pelayo 1856-1912, un hombre nacido en Santander y con estudios en Barcelona, Madrid y Valladolid. Es una historia de España, desde los visigodos hasta el siglo XIX, que causó un gran impacto durante medio siglo, hasta la revolución de la historia en los años sesenta del XX. El catolicismo entraba en fase de consolidación científica y abandonaba un poco los dogmatismos intransigentes.

 

 

[1] Pedro José Luis Francisco Javier Poveda Castroverde, 1874-1936, fue un jienense que estudió en el Seminario diocesano de Guadix (Granada) y se ordenó sacerdote en 1897. Decidió dedicar su vida a la educación de los jóvenes, y para que fuera una educación católica, decidió preparar adecuadamente a los maestros y maestras. En 1911 creó la Institución Teresiana. En 1936, era visto por los socialistas y comunistas como símbolo de la reacción católica, y le asesinaron. Por ello, en 2003 fue canonizado como San José Poveda.

[2] Andrés Manjón Manjón, fue educado por un párroco de un pueblo de Burgos y llevado al Seminario diocesano de Burgos en 1861, pero el centro fue cerrado en 1868 y Andrés se fue a Valladolid, se doctoró en Derecho civil y abrió una escuela de estudios de nivel medio para jóvenes. Fue catedrático de Derecho Romano en Salamanca y en 1874 pasó a Madrid. En 1878 fue catedrático de Disciplina Eclesiástica en Santiago, y en 1880 en Granada. En 1885 se ordenó sacerdote. En 1888 fundó las Escuelas del Ave María, que tuvieron un gran éxito y llegó a tener varios cientos en distintos países del mundo. Para tener maestros adecuados, organizó “Seminarios de Maestros”. Tomó como modelo la escuela activa de Pestolozzi, María Montessori y Georg Kersthensteiner, los cuales proponían una participación activa del alumno en el proceso de aprendizaje. Como el Estado no se preocupaba de la enseñanza de los jóvenes, trató de dar a los jóvenes unos valores sociales, que fueron los católicos, por supuesto. Cuando estos chicos llegaban a la Universidad tenían criterios distintos a los de los grupos dominantes comunistas y anarquistas, también adoctrinados en sus propios centros educativos.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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