CAMBIOS SOCIALES DE FINES DEL XIX.

 

 

Conceptos clave: cambios sociales, enseñanza media, liberalismo social, masonería, diversiones sociales.

 

 

La sociedad española en la inmovilidad.

 

La sociedad europea estaba entrando a fines del XIX en lo que se llamó “sociedad de masas”, caracterizada por fuerte crecimiento económico, altas tasas de crecimiento en régimen demográfico moderno (con natalidades y mortalidades más bajas), fragmentación social en cuanto a ruptura de la gran familia para ir a la familia nuclear, falta de conciencia de clase de las clases medias, tendencia a la masiva alfabetización, secularización y creación de fuertes sentimientos nacionales coincidentes con los nuevos Estados que se habían creado y con otros fracasados.

España se quedaba a medio camino en todo lo anteriormente enumerado: el crecimiento económico se limitaba a Cataluña, País Vasco y Madrid, el régimen demográfico seguía siendo el antiguo de tasas de natalidad altas del 37%o y de mortalidad altas, con mortalidad catastrófica elevada, mortalidad infantil de 429%o para niños de 5 años y de 200%o para niños de un año. El País Vasco, a pesar de su desarrollo económico, tenía una profunda religiosidad católica, y ello le daba un extra de natalidad. El resto de España tenía tasas de natalidad propias del subdesarrollo.

La ruralización de la población era excesiva y el exceso demográfico del campo se aliviaba mediante la emigración exterior, a América principalmente, y a Argelia y Francia en menor medida, y la migración interior hacia las ciudades. La pobreza en las zonas rurales era extrema, por lo que difícilmente podemos hablar del concepto de estructuración o desestructuración familiar y social, concepto sólo válido para familias burguesas, pues la única norma vigente en muchas de estas zonas era la supervivencia diaria[1]. La emigración a la ciudad era más bien escasa, tres veces más pequeña que lo que estaba sucediendo en Europa occidental. Sólo 13 ciudades superaban los 50.000 habitantes.

Eran excepciones la región de Barcelona, que sí estaba en la “sociedad de masas” de tipo europeo, alfabetizados, urbanizados, con régimen demográfico moderno, aunque no todas sus regiones, y tal vez algunas zonas del País Vasco y algunas otras zonas de Cantabria y Asturias, mucho más reducidas en extensión y profundidad, zonas de las que sabemos que la alfabetización era alta y existían las relaciones sociales parroquiales de cierto nivel y estructuración social.

Las clases medias y el proletariado industrial eran muy débiles, en contraste con las clases sociales tradicionales. Algunos autores utilizan todavía para el siglo XIX los términos nobleza e hidalguía, términos de tipo estamental, porque quizás definían mejor a los grupos sociales que el rimbombante y novedoso de “clases sociales” que gustaba a los marxistas.

La sociedad española del XIX era una sociedad rural: el 80% de la gente vivía en pueblos de menos de 10.000 habitantes, y el 76% en pueblos menores de 5.000. El sector primario ocupaba al 70% de la población activa, y el secundario y terciario, juntos, sólo el 30%.

Era una sociedad analfabeta, pues hacia 1875 no sabían leer el 85% de las mujeres ni el 65% de los hombres (fuente: Germán Rueda, en Historia 16).

El 5 de noviembre de 1886 la Escuela de Artes y Oficios creada en Madrid en 1871 dependiente de Real Conservatorio de Artes, pasó a ser independiente y se llamó Escuela Central de Artes y Oficios, porque aparecieron otras en provincias. Se proponía dar conocimientos a los obreros, en horarios nocturnos, la matrícula era gratuita y concedía becas en el extranjero. Impartía cultura general, dibujo, modelado, vaciado e historia del arte. Tenía tres grados que eran: preparatorio, perfeccionamiento y especialidad.

Era una sociedad dislocada (cada región y cada comarca actuaban por su cuenta al margen de lo que ocurriera en las demás, de modo que había múltiples realidades sociales), propia de unos inicios de desarrollo industrial, similar a cualquier sociedad en circunstancias parecidas, pero con la peculiaridad de su estancamiento en esta situación, del profundo convencimiento en sus caducos valores sociales, creencias y supersticiones, de modo que persistiría hasta más allá de mediados del siglo XX.  La lenta evolución social, o inmovilismo en algunas épocas, podemos achacarla a los múltiples traumas y contradicciones políticas sin resolver, al analfabetismo, a los intereses de determinados sectores sociales por mantener el conservadurismo. Se cree que el elemento que empezará a romper con esta fase de inestabilidad social y económica propia del subdesarrollo será el camión, cuando empiece a llegar a todos los pueblos españoles a partir de 1930, ya que el ferrocarril había sido un fracaso.

Es decir, no se estaba produciendo en España el enorme cambio que estaba sufriendo Europa occidental (que había empezado el cambio en el XVIII), pero sí se estaba produciendo un cambio que, en sus primeras fases, rompía con las formas sociales tradicionales.

 

 

Los cambios sociales a finales del XIX.

 

Pero a finales de siglo XIX, se produjeron grandes cambios demográficos en España: constatamos una emigración fuerte hacia las ciudades industriales, hacia el campo levantino que se estaba renovando y hacia América. Y ello daba lugar a cambios sociales: observamos un crecimiento de las clases medias por aparición de muchos funcionarios, profesiones liberales, nuevos propietarios medios y comerciantes. Y también hay que ser conscientes de la aparición de una gran cantidad de pobres, a medida que la industrialización avanzaba y los artesanos se iban quedando sin trabajo, o los campesinos sin el trabajo adicional que les permitía hasta entonces subsistir. Los pequeños campesinos, en una explotación de mera subsistencia, se arruinaban ante las bajadas de precios masivas que permitían las importaciones y exportaciones.

Otro cambio observable en las ciudades es el hacinamiento de clases bajas, de obreros no cualificados y de gentes sin trabajo fijo que buscaban el día a día en la calle. Estas personas no tenían medios para la supervivencia, y se amontonaban en las viviendas, se amontonaban en los barrios más pobres y en las chabolas. Era frecuente que cada familia ocupase una sola habitación de una casa, y la cocina y lugares de aseo fueran de uso común.

El hombre vivía en la calle, y ello daba lugar a situaciones de deseadas de violencia y alcoholismo.

El problema era arduo, y sucedió como siempre que los políticos y sociólogos no saben qué hacer ante un problema social. Recomendaron que la enseñanza se ocupara de los problemas sociales, lo cual es pasar la patata caliente a otros y dilatar la solución del problema[2].

 

El problema de la enseñanza media[3].

 

La época se caracteriza por una sucesión de reformas en la enseñanza media

Efectivamente, se volvió sobre el problema de la enseñanza, pero no se quiso volver a las reformas Orovio que tanto mal habían causado. Se ensayaron múltiples planes de enseñanza, ninguno de los cuales iba a resolver el problema educativo y los problemas sociales que existían en la realidad del momento, ni tampoco el problema formativo de cara a unos estudios superiores.

En efecto, el problema se planteaba básicamente en que si la enseñanza de los jóvenes debe ser “educación”, una prolongación de la enseñanza primaria, o debe ser “instrucción propedéutica”, una preparación para ingresar en las distintas Facultades Universitarias o carreras técnicas. Si decidimos lo segundo, no cabe duda de que los profesores tendrán abierta la puerta a hacer educación en sus aulas, preparación de la persona para su integración en la sociedad. Si decidimos lo primero, y sin exámenes ni exigencias, los profesores tendrán muy difícil impartir conocimientos propedéuticos. Y hay otro aspecto importante a considerar, pues la enseñanza secundaria se empezaba a los 10 u 11 años de edad, y se prolongaba durante unos seis años aproximadamente a fines del XIX, lo cual incluye dos periodos muy distintos en la maduración de la persona, el de niñez, que se extiende hasta los 13 ó 14 años, y de pubertad, a partir de esa fecha. La juventud o primera madurez queda todavía muy lejos, pues no empieza hasta los 18-21 años en los casos habituales, más tarde en otras personas, y nunca en algunas.

Y detrás de todo ello, hay un fondo político que manipula el sistema entero, sobre a qué partidos y grupos sociales concretos beneficia el sistema de enseñanza. En el siglo XIX, los conservadores y la Iglesia querían que fuera “educación”, y los progresistas querían que fuera propedéutica. En el fondo, los conservadores no querían que el niño conociera las teorías socialistas nuevas, ni las teorías evolucionistas, ni los nuevos sistemas de pensamiento.

El 16 de agosto de 1880 el Plan Fermín Lasala redujo el bachiller a 5 años atendiendo a criterios de reducción de costes económicos para las familias. Es discutible si se pueden mezclar problemas sociales con problemas de enseñanza y si destruyendo un sistema de enseñanza se arregla algún problema social.

En 1892 tuvo lugar el Congreso Pedagógico del Ateneo de Madrid, y allí los asistentes decidieron que la enseñanza secundaria tenía que ser una prolongación de la primaria, con ampliación de la cultura general. Aprobaron que la enseñanza tuviera seis cursos y se iniciara a los 11 años de edad. Que el programa fuera único, literario (de letras) y científico (de ciencias), igual para todos. Debía haber exámenes anuales. Los profesores se debían seleccionar por oposición. Las clases de gimnasia serían voluntarias.

Frente al Congreso del Ateneo, se reunió en Sevilla otro Congreso Católico en las mismas fechas, y estos docentes pidieron que la Iglesia controlara a los Inspectores de primaria y que se abriera una Universidad católica.

Ambos afirmaban que la reforma de 1880 no cumplía los fines educativos que deseaban los españoles, pero sus expectativas eran diferentes. La controversia estaba en todos los claustros de profesores.

Linares Rivas decidió que el bachillerato fueran cursos preparatorios para la Universidad, que se conservase un nivel de contenidos. Y el profesorado protestó. La protesta era liderada por Hermenegildo Giner de los Ríos de la Institución Libre de Enseñanza, que se había considerado progresista en la segunda mitad del XIX. No querían que el bachillerato fuera un preparatorio para la Universidad, sino que ese ciclo tenía que tener personalidad propia.

Reforma educativa de Moret, diciembre de 1892: Moret presentó tres opciones, si los estudios secundarios eran el grado de educación durante la adolescencia; si debían ser preparatorios para la Universidad; o si eran la ocasión de formar a los chicos para el trabajo como clase media, que sería lo que le pasaría a la mayoría. Los periódicos de la época hablaban de si la enseñanza debía ser clásica (de latín y griego), o realista (de ciencias y planteamientos modernos). Y se argumentaba que hacer centros que impartieran simultáneamente ambos tipos de conocimientos sería muy caro e inabordable, y que lo más práctico era hacer centros distintos y que el alumno escogiese el centro en que se matriculaba. Este segundo planteamiento era completamente falso, pues las capitales de provincia tenían un solo instituto de enseñanza media. De todos modos, se decidió desdoblar varias asignaturas en varios cursos y ampliar el bachillerato hasta los seis años, divididos en dos periodos de tres años cada uno. En el primer periodo se estudiaba gimnasia, dibujo, latín, castellano, geografía, aritmética y geometría. En el segundo ciclo se estudiaba francés, historia de España, historia del arte, derecho natural, derecho actual, filosofía, física y química, geología, tecnología y fisiología. Habría exámenes periódicos, pero no anuales, y examen de grado al final de cada periodo de tres años.

Se concedía autonomía al profesor y se entendía por autonomía, que podían organizar excursiones, clases prácticas, juegos didácticos y juegos deportivos, pero no se les pagaba por ello, lo cual significaba que lo debían hacer en horas lectivas y no fuera de horario, salvo que lo hicieran gratuitamente. También entraba en la autonomía del profesor el poner un sustituto en caso de obtener licencia personal o por enfermedad (lo cual fue origen de corrupción pues muchos ineptos daban clases, mientras el titular estaba en funciones políticas o administrativas), podían proponer el nombramiento y separación del personal administrativo del Instituto y podían nombrar los cargos directivos del centro.

La reforma de Moret fue muy discutida pues el profesor no era autónomo en la impartición de su materia y no podía optar entre instrucción y educación. Su autonomía se reducía a cuestiones secundarias, como elaborar el horario y fijar un reglamento de centro con las obligaciones de los profesores, funciones de los bedeles, deberes del alumno, y un calendario escolar. A la postre, en el meollo del problema, sólo se habían cambiado unas asignaturas por otras y no se había decidido si la enseñanza media era educación o instrucción.

Sánchez Román propuso la creación de unos “Institutos Modelo” en los que colaborasen económicamente las Diputaciones y los Ayuntamientos, al tiempo que se abrieran colegios privados para familias que pudieran pagar una enseñanza cara, como la que se proponía. Proponía la existencia de dos bachilleratos, uno de cultura general, y un segundo propedéutico con dos secciones, una de ciencias morales, y otra de ciencias físicas y naturales. Y proponía también la creación de profesores pasantes, que repasaran las lecciones dadas por el profesor titular y aclararan las dudas de los alumnos. El 16 de enero de 1894 un decreto dividió los estudios medios en Estudios Generales que ocupaban 4 cursos, y Estudios Preparatorios de 2 cursos, que podían cursarse en las modalidades de Ciencias Morales o de Ciencias Físico Naturales. Las Ciencias Morales pasarían a llamarse “Letras” en 1926, mientras las Físico Naturales se llamarían Ciencias ese mismo año.

Reforma educativa de Alejandro Groizard:

El 16 de septiembre de 1895 se culpó al Plan de septiembre de 1894 de naturalista, materialista, positivista y laicista. Se afirmaba que la decisión del tipo de educación de los hijos correspondía a las familias y a la Iglesia, y que de ningún modo los profesores debían tocar temas de fisiología y anatomía reproductora, ni enseñar evolucionismo.

Todavía en 1895, España se negaba a reconocer el darwinismo. Odón de Buen fue expulsado de la Universidad de Barcelona pro explicar esta teoría. Pero los estudiantes protestaron, lo cual indica que las nuevas teorías calaban. En 1909 habrá varias manifestaciones estudiantiles a favor de poder explicar el evolucionismo, y ya podemos decir que, a pesar de las reticencias gubernamentales y católicas, la teoría se había impuesto en los medios más cultos.

El Plan Bosch, vigente en 1895-98, repetirá los supuestos del plan Lasala de 1880. En 12 de julio de 1895, derogó las disposiciones de Groizard.

El 30 de mayo de 1899, el Ministerio de Fomento de Luis Pidal y Mon hizo un Plan de Estudios para la Enseñanza Media. El plan reforzaba las asignaturas de religión y de latín, a costa de las asignaturas de ciencias y de idiomas, que era lo que demandaban los católicos. El Partido Liberal Conservador de Silvela pensó que éste se estaba volviendo reaccionario.

Luis Pidal gustaba mucho a los alumnos y también a los colegios católicos, porque suprimía la “prueba de curso” o examen final para los alumnos libres y los procedentes de la enseñanza privada (católicos), los cuales se quejaban de que los alumnos de enseñanza oficial no tenían esa prueba de curso. Con ello, los hijos de católicos y familias pudientes que pudieran pagarse colegios privados, tenían garantizado el bachillerato sin haber pasado por ningún examen oficial, excepto lo que buenamente se les quisieran hacer en los centros privados, pues los institutos tenían exámenes sistemáticos a lo largo del curso.

Pidal quería también evitar la libertad de cátedra, de forma que el programa lo impusiera el Ministerio y no se introdujesen las teorías modernas sobre ciencia y evolucionismo. Hasta entonces, los profesores de Instituto elaboraban su programa, el cual se sometía al juicio del Claustro de Profesores, y luego pasaba a aprobación del Consejo de Instrucción Pública.

Un elemento discrepante era la Institución Libre de Enseñanza, la cual pedía clases poco numerosas, y un método donde predominase la reflexión personal en vez de la memoria, al tiempo que se defendiesen valores como amor al trabajo, amor al saber, higiene, educación moral de la conciencia al margen de la religión, y se acostumbrase a alumno a viajar, e incluso a vivir fuera de casa en colonias de verano.

Y en 1905 y 1906 habría nuevos planes de reforma de la enseñanza media, y luego muchos más, en una polémica que no cesó nunca en España.

En todo este periodo, 1880-1898, lo más llamativo fue el gran incremento de los colegios religiosos, que alcanzaron los 11.000 alumnos, frente a los 34.000 alumnos que tenían los institutos.

 

Liberalismo burgués frente a liberalismo social.

 

Los cambios económicos habidos a fines del XIX condicionaron los cambios sociales correspondientes: La movilización de capitales industriales, por posibilidad de inversiones, cambió la idea general de mantener la riqueza estancada y segura en forma de tierras, y llevó a invertir un poco en negocios de riesgo y gran expectativa de ganancias. Pero la inversión por excelencia, la considerada de más éxito personal, seguía siendo la tierra.

En la época 1874-1904 no triunfó el liberalismo en materia económica y social. Pero los teóricos empezaron a hablar de la necesidad de cambiar el liberalismo burgués, que entendía el liberalismo como libertad del empresario para hacer lo que le viniera en gana sin intervención del Estado, por un liberalismo social y democrático de derecho, entendido como derechos de todos a todas las libertades y derechos, lo cual debía ser protegido por el Estado para poder dar a cada uno lo que le corresponde. La transformación real tomaría mucho tiempo.

El cambio indicado, será duro, difícil y prolongado en el tiempo: Las mejoras sociales más importantes serán tardías y posteriores a la época que estamos tratando: 1904, Ley del descanso dominical; 1912 Ley de la silla para obreras y dependientas; 1913 jornada de 10 horas; y 1931 Ley del contrato laboral, 1931 sufragio universal incluyendo a las mujeres, etc.

La época que estamos considerando es pues la intermedia entre las primeras regulaciones legales de esa nueva sociedad, y el cambio real a la sociedad igualitaria en materia de derechos.

 

 

LA MASONERÍA DE FINES DEL XIX.

 

Había en España cinco organizaciones masónicas:

El Gran Oriente Nacional, con 239 logias en 1894 y entre 12.000 y 20.000 afiliados.

El Gran Oriente Ibérico, con 143 logias y 20.000 afiliados.

La Gran Logia Simbólica de Sevilla, con 64 logias y 4.600 afiliados.

El Soberano Gran Consejo Ibérico del Rito de Menfis y Mizrain, con 19 cámaras y 80 logias, y unos 2.300 afiliados.

Y El Gran Oriente Español, con 170 logias y menos de 10.000 afiliados.

La aparición del término “gran” nos indica que la masonería provenía de Francia, donde esta palabra tiene mucho uso y un significado diferente al español.

Los masones eran pequeño burgueses, profesionales liberales, políticos y empleados.

La masonería trataba de unir y coordinar a todos los hombres dispuestos a dejarse guiar de la razón y a cultivar la tolerancia hacia las ideologías de los demás. Afirmaban la existencia de un ser supremo Gran Artesano del Universo GADU, pero desde 1877, Francia empezó a admitir ateos en las logias. Se oponían a los integristas católicos, los cuales decían que poseían una religión revelada por Dios, cuyos valores eran excluyentes para con las demás religiones y morales de los Estados.

León XIII condenó la masonería en 1884 en la Humanum genus, y dijo que los masones eran anticatólicos, pero esa afirmación no es adecuada a la verdad, pues los masones, eran algunas veces católicos, y lo que sí afirmaban era ser antiintegristas.

En 1896 se reunió en Trento el Congreso Antimasónico Internacional, el cual dijo que los masones pretendían la destrucción física, intelectual y moral, de la civilización occidental, o lo que es lo mismo, defendían la muerte, la mentira, el perjurio, la blasfemia, el feminismo, el socialismo y el cosmopoliticismo. Decían que los masones trabajaban para acabar con el cristianismo mediante sociedades secretas, sociedades científicas y sociedades filantrópicas. Y decían también que eran adoradores del demonio.

Los católicos de Trento 1896, demostraban no saber nada de la masonería, y creaban toda una serie de mentiras que pretendían generar el confusionismo, a fin de que no se supiera qué era de verdad la masonería. Estaban describiendo a algunos masones, pero no como masones, sino como ateos anarquistas, que los había, pero eso era dar por sentado que unos centenares de masones representaban el pensamiento de la totalidad de los 45.000 que había en España, y algo por estilo en otros países. Así, se generó un ambiente antimasónico, de lo que resultó un mal ambiente social. En 1854-1868, habían sido tolerados; en 1868-1889, se hacían ver por la calle; en 1889 se legalizaron como asociaciones políticas; y en 1939 fueron prohibidos. En 1975 trataron de legalizarse, pero estas instituciones masónicas ya no tenían sentido en un mundo racionalizado y relativamente tolerante. Hubo logias, pero más bien de tipo romántico, y muchas veces integradas por incultos, como estudiantes que suelen saber poco de casi todo, que saben que existen las cosas, pero no les ha dado tiempo a asimilarlas y estudiarlas, y creen que una cosa es lo que ellos se imaginan, y no lo que fue en realidad. Por ejemplo, en 1900, las logias eran grupos de gente exaltada, que creían estar generando un mundo nuevo. Lerroux se integró en una logia y dijo que allí sólo había desocupados y tontos de capirote, además de muchos tunantes que pretendían arrastrar a sus compañeros a empresas extrañas y, si podían, vivir a su costa.

 

 

LOS JUDÍOS A FINALES DEL XIX.

 

Los judíos volvieron a España a partir de 1868. Provenían de la zona de Burdeos. España les acogía en un ambiente de apertura política que contrastaba con las campañas antijudías que empezaban en Alemania, Polonia y Prusia. Sobre todo, Francia hizo una gran campaña antijudía en 1894, a raíz de la aparición de un documento falso que se titulaba Los Protocolos de los Sabios de Sión. Este panfleto decía que los judíos querían adueñarse del mundo. Y se encontraron con un ambiente de rechazo, pero no en España, sino en el mundo entero.

 

 

Cultura y diversiones de fines del XIX.

 

Los lugares de reunión más comunes en el XIX eran los casinos de los que había uno en las ciudades más pequeñas y hasta 4 y 5 en las grandes. Incluso los pueblos grandes tenían su casino.

Subsistían como lugar de reunión las Sociedades Económicas de Amigos del País, pero sólo servían como lugares de tertulia y de reunión, y ya no tenían el protagonismo económico y cultural del XVIII.

También había, en las ciudades grandes, ateneos, que también eran centros de reunión y tertulia, además de biblioteca y salón de conferencias.

El espectáculo por antonomasia eran los toros y había plazas por todos los pueblos, e incluso de 5.000 y 10.000 localidades, llegando Barcelona a los 11.000 asientos y Valencia a los 17.000. Las plazas reunían a toda la gente de la comarca en las ferias y algunas fiestas, no más de 10 días al año, y permanecían cerradas el resto del año.

El circo era muy popular y gustaban los domadores, payasos, magos y malabaristas.

Otros centros de reunión de la gente eran el frontón de pelota, la cancha de petanca, la bolera…

Los teatros, unos 300, en toda España, se utilizaban poco y muchas veces para oír música o recitales y concursos de canto y de cante.

 

 

[1]Hablar de familias muy estructuradas, como se ha hablado en algunos medios para referirse a la familia anterior a la del XX, cuando el hombre salía de casa antes de amanecer, y volvía ya anochecido, y sólo a dormir,  vivía más en la taberna que en casa,  se iba temporadas largas cada año para intentar sobrevivir (siega de Castilla, vendimia y zafra en Andalucía, pesca en diversas zonas costeras, trashumancia en Extremadura),  cada niño se buscaba la vida desde que era capaz de caminar, y las niñas se iban de casa apenas acabada la niñez, tiene mucho de sarcasmo o de romanticismo. El ambiente que describió Frank McCourt para Irlanda, en Las Cenizas de Ángela, el cual, salvando circunstancias, es aplicable a muchos ambientes españoles del XIX.

[2] Personalmente, he visto y sufrido muchas veces la dejación de los problemas sociales en la enseñanza: los chicos inadaptados, los encausados judicialmente, el problema de la desestructuración familiar, las enfermedades psíquicas, el desconocimiento ciudadano sobre temas de política y justicia, la promoción de la música, el deporte, el aseo, la lucha contra la droga, el uso adecuado del sexo, las minusvalías… se soluciona a menudo declarando que son problemas de los que debe ocuparse la enseñanza, y así la sociedad puede mirar para otra parte y dormir tranquila como si ya hubiese puesto la solución. A veces, los políticos muestran exigencias desmesuradas sobre el enseñante, y éste pierde horas para impartir su materia, para enseñar, para lo que sabe y está preparado, y recibe horas para tratar de temas de los que no sabe apenas nada, y nadie le ha preparado. El resultado, me temo que sirve para destruir la enseñanza, sin mejorar los problemas sociales que se le imponen. Para entendernos mejor: un alumno recibe 30 horas de clase a la semana, y si se dedican dos horas a cuestiones éticas, tres a metodologías, una a campañas de salud pública, dos a tutorías, y otras pocas a salidas culturales y excursiones (un profesor les saca, y cinco pierden su hora de clase ese día), pues faltan hasta 9 horas, y hay que discutir si se pierden de Matemáticas, de Lengua, de Historia, de Idiomas…, sin que el programa a impartir disminuya en extensión ni en profundidad. Es absurdo, pero sucede año tras año. Si ponemos una nueva cuestión objetivo a la enseñanza, hay que pensar en la que se suprime, es el coste de sustitución.

[3] Emilio Díaz de la Guardia Bueno, Evolución y desarrollo de la Enseñanza Media en España de 1875 a 1930. Un conflicto político-pedagógico. Centro de Publicaciones del Ministerio de Educación y Ciencia, 1988.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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