DEMOGRAFÍA ESPAÑOLA DE FINES DEL XIX.

 

Conceptos clave: libros parroquiales, registro civil, estadísticas de población, natalidad, mortalidad, migraciones, población activa.

 

España creció en dos millones de personas desde 1868 a 1900. Un crecimiento muy bajo respecto a los treinta años siguientes, que fue de seis millones de personas. Ello indica que el máximo cambio demográfico se produjo en el siglo XX y no en la época de la que estamos tratando, pero ya se iniciaba el cambio.

En 1868-1900, España estaba en un régimen demográfico antiguo, caracterizado por natalidades muy altas y mortalidades muy altas. En 1900, pasó al régimen demográfico de transición, manteniendo las natalidades altas, pero bajando la mortalidad, lo cual daba como resultado crecimientos vegetativos altísimos. El régimen demográfico moderno se alcanzaría en la segunda mitad del XX. El gran cambio se había producido en la primera mitad de siglo.

 

 

Crítica de las fuentes.

 

El siglo XIX español, sin estadísticas fiables, es muy difícil de estudiar demográficamente.

Se recurre normalmente a los Registros o Libros  Parroquiales, los cuales tienen libros de bautizos, defunciones y matrimonios. Pero nadie garantiza que un sacerdote no pudiera olvidar algunos apuntes, o no los quisiera hacer por diversas circunstancias como enfermedad del sacerdote, o por tratarse de persona que no convenía que apareciera en los libros. Tampoco tenemos los niños nacidos, sino los niños bautizados, pero la costumbre en España era que casi todos los niños se bautizaran a los ocho o quince días de nacer, lo cual no excluye que algunos no se bautizasen, pero sería una cifra insignificante (gitanos, que no estaban todavía integrados, y ateos militantes). A veces, resultan interesantes las notas al lado de la inscripción, donde algunos sacerdotes iban anotando los hijos de ese matrimonio, tal vez para acordarse de sus nombres, y la fecha en que nacieron, y el día que murió cada uno en su caso. Y luego existe el problema de la desaparición de muchos de estos libros. Sería estupendo que se hubiesen conservado todos estos libros parroquiales, pues los hay desde muy antiguo, pero los asaltos a las casas parroquiales solían destruir casi todo. Y tampoco todos los párrocos tenían la misma dedicación a estos temas. Y cuando había expolio a la muerte del párroco, el obispo se llevaba, entre otras cosas, los libros, y debía guardarlos en el archivo episcopal, y seguían la suerte de ese archivo.

El Registro Civil apareció el 17 de junio de 1870 por una Ley que ordenaba que los Ayuntamientos llevasen cuenta de los nacidos, muertos e inmigrados en esa población. Pero tardó mucho en normalizarse. A finales del XIX, la Junta General Estadística prefería los datos parroquiales porque a menudo le eran más fiables. El Registro Civil empezó a funcionar el 1 de enero de 1871, cuando España estaba convulsionada por el desorden, pues tras el Reinado de Amadeo en 1871-1873, sucederían los problemas de los cantones y su violencia revolucionaria. Además, los encargados municipales de estos libros no tenían experiencia ni instrucciones suficientes para realizar la labor.

El 21 de mayo de 1877 se decidió que la estadística de población la hicieran los jueces municipales y que, a fin de año, hicieran extractos numéricos de las actas de nacimientos, defunciones y matrimonios que habían plasmado en el libro correspondiente. Y que además, si había dudas, se comparase el acta con los libros parroquiales del pueblo. Porque a menudo resultaba que en los libros municipales figuraban menos inscripciones que en los libros parroquiales, es decir, que se habían olvidado de muchos más apuntes. Y los libros municipales tenían más riesgo de ser destruidos por los avatares políticos, pues los enemigos políticos destruían la documentación en general, y no se paraban a distinguir qué estaban destruyendo. De todas maneras, se consideró que lo sucedido en 1873-1874, habían sido circunstancias extraordinarias y que, en adelante, las cosas funcionarían mejor. Y cuando sucedió que los libros municipales funcionaron bien, se prescindió en los estudios demográficos de los libros parroquiales, que no tenían fuerza legal.

Hemos de advertir para mejor comprensión de lo dicho, que las familias se resistían a inscribirse en los libros municipales porque eso llevaba a los niños al servicio militar, mientras no tenían problemas en bautizarlos, para poder recibir la primera comunión, fiesta de la infancia, casarse por el rito católico, fiesta de la madurez y ser enterrados por el rito religioso, de todo lo cual el párroco tomaba nota. Es notoria en España la falta de ritos civiles y el poquísimo estilo y clase que se pone en estos ritos civiles, los cuales son completamente necesarios en la integración del individuo en la sociedad, frente a la solemnidad del rito religioso. Y además, la inmensa mayoría de los españoles eran católicos a fines del XIX.

Calculamos que el 25% de los nacimientos entre 1870 y 1900 no fue inscrito en los libros municipales, y por ello, debemos indagar en libros parroquiales, que generalmente están en los obispados. A partir de 1900, consideramos que los errores y omisiones en los registros municipales fueron pocos, y el sistema estadístico municipal es fiable.

Sobre las estadísticas de población, hemos de decir que los censos regulares y oficiales aparecieron en 1857, pero también que este censo no es demasiado fiable. Si hemos dicho que al registro civil se le escapaban en 1900 cerca de 11% de los nacimientos y eso que el registro estaba en cada pueblo, al pie del hecho ocurrido, calculamos que los censos tienen errores calculados en un poco más del 5%, y deben ser tomados con precaución y a modo indicativo.

En 1860, la Comisión de Estadística General hizo un censo de población, y en adelante los haría la Dirección General del Instituto Geográfico y Estadístico. El censo de 1860 tenía por objetivo el corregir errores del censo de 1857. En 1860 aparecían censados 15.200.000 españoles.

En 1865, se decidió hacer un nuevo censo, pero había dificultades de presupuesto y se dejó para 1870. Los datos conocidos en 1868 decían que España tenía una población de 16 millones de habitantes.

Se decidió que el censo se haría cada 10 años, los años acabados en cero. Pero en 1870 había mucha inseguridad en España y en 1871 sobrevino el cantonalismo, y tampoco hubo censo fiable.

En 1876 se creó el Cuerpo Facultativo de Estadística, y en 1877 se inició un nuevo sistema censal, adoptando la norma de que el día de referencia del censo sería el 31 de diciembre. Además se diferenció entre “población de hecho”, la que efectivamente se hallaba en un lugar a 31 de diciembre, y la “población de derecho”, la que estaba empadronada en esa dirección ese día. La cifra de población se elevó a 16.600.000 personas.

En 1887 se realizó un censo ya normalizado y resultaron 17.500.000 españoles. Es el primer dato de fiabilidad.

Del censo de 1897, sólo se publicaron unos resultados provisionales, que dieron la cifra de 18.000.000 de españoles.

En 1897, 1898 y 1899, regresaron muchos españoles de Cuba y Filipinas y la cifra de población española creció mucho en poco tiempo. Bajo cierta mentalidad, lo lógico hubiera sido encontrar disminución de población por las derrotas en las guerras y la mortalidad de 1898, pero la realidad era todo lo contrario.

El 3 de abril de 1900 se dispuso un nuevo cambio para adaptarse a las normas internacionales, y se decidió que el día de referencia de los siguientes censos fuera el 31 de diciembre de los años acabado en cero, empezando por el 31 de diciembre de 1900.

 

 

La población española en 1860.

 

El censo de 1860 contaba en España 15.645.072 habitantes, de los que 82.500 eran religiosos (curas, frailes, sacristanes y monjas), 200.000 soldados, 82.000 profesionales liberales (4.000 catedráticos, 23.000 maestros, 19.000 abogados, 14.000 médicos, 12.000 boticarios y veterinarios y 10.000 de otras profesiones como arquitectos, artistas…), 1.500.000 propietarios, 500.000 arrendatarios, 1.100.000 comerciantes, industriales y artesanos, 2.300.000 jornaleros del campo, 800.000 criados y sirvientes, 200.000 obreros, 80.000 empleados del Estado, 44.000 marineros y unos 300.000 mendigos.

Esto nos daría una población activa de un 46%, una población trabajadora más bien baja, pero no demasiado para la época.

Se calculaba entonces que sabían leer el 31% de los hombres y el 9% de las mujeres. Este retraso cultural era grave respecto a lo que países de más al norte, en Europa, habían conseguido.

En 1877 el censo de población dio una cifra de 16.534.345 habitantes. El 86% vivía en zonas rurales y el 70% eran trabajadores agrícolas.

En 1887, el censo dio como resultado 17.500.000 habitantes, un dato bastante fiable, por lo que diremos que la población española de último tercio del siglo XIX estuvo entre los 16 y 18 millones y medio de habitantes, pues en 1900 se contabilizaron 18.616.000 españoles.

 

 

Población española de fin del XIX

 

La población española de fines del XIX se cifraba entre los 16 y 18 millones de habitantes, pero, a final de siglo, se empezaba a notar una cierta pérdida de ritmo de crecimiento demográfico, que había sido muy fuerte durante todo el siglo. Se había pasado de los 10 millones de habitantes en 1800, a los 17 millones en 1880 y se alcanzarían los 18.616.000 en 1900.

Todo ello se había logrado a pesar de las pérdidas demográficas por el hambre, el cólera (que sólo en 1885 se llevó a 130.000 personas), las guerras del sexenio en las que debieron morir unos 250.000 hombres, las guerras coloniales en las que murieron unos 120.000 y la emigración a América que se elevó a unos 25.000-40.000 personas anuales durante las dos décadas de fin de siglo XIX. El crecimiento se sostuvo en una fuerte natalidad. La mortalidad también era muy alta, pero había bajado un poco a lo largo del siglo, en sus tres primeros cuartos.

En 1900, la población española era de 18,5 millones de habitantes, con mortalidad del 28%o, natalidad del 34%o y un crecimiento natural de 0,6% anual.

La población estaba muy desigualmente repartida, con densidades altas en las zonas de desarrollo industrial: Barcelona, Madrid, País Vasco, Asturias, Levante, y en las zonas de clima más benigno, Andalucía y Murcia, mientras tendía a desertizarse demográficamente el centro peninsular lejano al mar.

La población rural era muy alta, de un 67,79%, y la urbana de un 32,21%. Se empezaba a notar el fenómeno de emigración del campo a la ciudad, pero en su fase inicial. La migración principal de fines del XIX era exterior y se dirigía a América, hacia donde salieron en 1890-1910 hasta 150.000 personas al año, con un máximo en 1912 de 194.443 emigrantes.

 

 

El crecimiento natural a fin del siglo XIX.

 

El crecimiento natural o vegetativo no se debía tanto a la alta natalidad, que ya no era tan alta como en otros tiempos y descendía lentamente, como a la baja mortalidad de hasta seis puntos respecto a la natalidad:

                   Natalidad   –    Mortalidad

1861-1870            37,9%o            30,7%o

1881-1890            36,2%o            31,4%o

1891-1900            34,8              30,0

(fuente: Del Campo, Salustiano. Análisis de la Población de España)

 

Había un cierto desajuste demográfico respecto al entorno próximo europeo: Mientras Europa había acabado con la mortalidad catastrófica, España continuará con ella hasta 1918. La reducción de la mortalidad ordinaria se había conseguido en Europa al finalizar el siglo XIX y es un proceso que en España tendrá lugar en la primera mitad del XX. La reducción de la fecundidad era muy fuerte en Francia a finales de siglo XIX y principios del XX, y en España era impensable y no se consiguió hasta muy entrado el siglo XX. El envejecimiento de la población sólo se notará en España a mediados del XX.

 

 

La natalidad

 

La natalidad de 1868-1900 se movió en cifras del 34 al 36%o, con un máximo en 1886, con años irregulares, y dando la mínima tasa en 1900 con un 33%o, año que iniciaba un descenso que sería más acusado para años siguientes. Es una natalidad propia de régimen demográfico antiguo.

Las causas eran que la fecundidad era muy alta, debido a que las mujeres fértiles, las de 15 a 45 años, se casaban a los 15 años y tenían por delante muchos años de fertilidad. La religiosidad católica impedía el uso de métodos anticonceptivos de cualquier tipo.

La nupcialidad era alta, muy alta, y las familias monoparentales eran escasas.

Cuando caía la natalidad, debemos pensar en guerras o catástrofes durante las cuales los matrimonios se abstenían del acto sexual, para no empeorar todavía más su situación. Pero ese comportamiento, daba lugar a un repunte de la natalidad inmediatamente después del periodo de contención. Por ejemplo, en 1868 hubo mucha hambre, y las familias decidieron no tener nuevos hijos.

Los españoles de ámbitos rurales tendían a concebir en primavera y lo hacían de forma calculada. De esa manera, la mujer podía trabajar durante el verano en las tareas de la recolección, y luego paría en invierno, cuando las labores del campo son más livianas, así que los máximos de nacimientos se producían entre enero y abril de cada año. La mujer debía estar dispuesta al trabajo al llegar la nueva cosecha, hacia junio de cada año.

Las tasas de natalidad más altas se producían en el interior peninsular, agrícola y católico, y en Andalucía igualmente agrícola y católica.

Las tasas más bajas se producían en zonas periféricas peninsulares, tanto si eran muy católicas como el País Vasco y Navarra, como si no lo eran tanto, como en Asturias y Galicia. La menor mortalidad se producía en la España húmeda con veranos lluviosos: Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco y Cataluña. La causa era que se trataba de zonas en industrialización, en donde la perspectiva de tener más hijos significaba tener más problemas, y donde las esperanzas de futuro prometedor son mayores en algunos casos, sin la carga de los hijos. En Galicia, mucha gente emigraba, y no constaban sus defunciones.

También hay que tener en cuenta que los canarios, gallegos y asturianos de fin del XIX emigraban, los emigrantes son varones de 20 a 35 años, y ello significaba más número de mujeres solteras que prescindían del sexo. Lo que significaba menor natalidad en zonas periféricas.

La impresión general es que la población rural era más prolífica que la urbana industrializada.

Los hijos ilegítimos, en una sociedad fuertemente controlada por los párrocos, eran pocos. Se calcula que el 14% en zonas urbanas y sólo el 3% en zonas rurales. También hay que tener en cuenta la posibilidad de reconocer como hijo al que nace en casa, lo cual significa que no aparece en las estadísticas. Cádiz, Madrid, La Coruña, Salamanca, Pamplona, Santa Cruz de Tenerife y León tenían las tasas más altas de hijos ilegítimos, y superaban el 25% de los niños nacidos. Cádiz tenía el máximo de ilegítimos con el 28%. La explicación debía tener algo que ver con el haber escapado al control del párroco, lo cual les permitía mayor libertad sexual. El cura párroco era el gran perseguidor de las relaciones no matrimoniales.

En una sociedad donde el control de la natalidad se hacía por medio de la abstinencia sexual, cobraban importancia las prostitutas, las cuales satisfacían los impulsos sexuales del varón, sin peligro de aumentar el número de hijos reconocidos de ese varón. La contrapartida era la triste suerte de los hijos de la prostituta, los abortos, las muertes de los niños, la exclusión social de éstos, las inclusas… A las mujeres en general, no les quedaba ningún camino para satisfacer su sexualidad, y debían prescindir del sexo. Estas realidades no parecían inmorales en la época, sino se aceptaba que el hombre “debía ser muy hombre” y la mujer “muy honesta”.

 

 

La mortalidad.

 

En el último cuarto de siglo la mortalidad ascendió hasta situarse cerca del 30%o, situación que ya se había superado hacía algún tiempo, y así se mantendrá hasta principios del siglo XX en que volverá a retomar ritmo a la baja.

La mortalidad española en la época 1868-1900 era la más alta de Europa occidental y además tenía de vez en cuando alzas espectaculares por causas catastróficas. Se movía entre tasas del 30 y el 33%o, pero  en 1895 se alcanzó el 29%o y en 1900 el 28%o.

En el entorno europeo, Francia, Holanda y Suiza estaban alrededor del 23%o, y Gran Bretaña por el 20%o.

La principal causa de la mortalidad era la suciedad generalizada, la porquería. Y afectaba especialmente a los niños, con mortalidad infantil antes del primer año de vida de un 200%o.

Las guerras no eran causa principal de mortalidad, aunque eran frecuentes y los datos de prensa resultaban espectaculares: las guerras carlistas y cantonalistas de 1868-1876 produjeron 250.000 muertos, las guerras coloniales de 1868-1879 produjeron entre 75.000 y 150.000 muertos, y la Guerra de Cuba de 1890-1898 produjo entre 75.000 y 100.000 muertos. Pero el hambre, la mala higiene, y las enfermedades mataban mucho más, incomparablemente más.

Otra causa de mortalidad era la mala alimentación. La mala alimentación no se centraba en años normales en la escasez de alimentos sino en la falta de proteínas y vitaminas. Sobraban hidratos de carbono. Todos los días se comía un plato de garbanzos con una ración de medio kilo de pan por persona. Eso dejaba desnutridas a las personas y poco preparadas para las gripes, disenterías y otras epidemias. Era muy importante la “matanza”, o conservas de cerdo que se consumían distribuidas en pequeñas cantidades durante todo el año, pues debían durar todo el año si era posible. Esas personas que racionaban la matanza estaban mejor preparadas ante la enfermedad[1]. También eran muy importantes los productos de la huerta, pues ello aportaba vitaminas y minerales, y completaba la alimentación en algunas épocas del año. Prácticamente el 100% de los españoles de pueblo cultivaba una huerta pequeña. La cuadra y la huerta eran elementos sin los que no se entendía el hogar familiar.

Otro de los grandes causantes de mortalidad era la falta de agua potable. Las ciudades del levante español carecían de agua todos los veranos y ello favorecía muchas enfermedades al ingerir aguas en mal estado. Las grandes ciudades se caracterizaron en el siglo XIX por llevar agua corriente hasta una serie de fuentes públicas.

En las ciudades había mayor mortalidad que en el campo, pero se atribuye a enfermedades pulmonares contagiosas, y a que, en el campo, debido a la “matanza el cerdo” y la huerta, había menos hambre. En los años de mala cosecha, la situación se invertía, porque las ciudades eran abastecidas, y el campo quedaba abandonado a su suerte.

La enfermedad de las ciudades era la tuberculosis. Los expertos la atribuían al hacinamiento de las casas en condiciones insalubres, y pedían derribo de murallas y apertura de avenidas que ventilaran las casas. Además se derribaban de paso las casuchas adosadas a la muralla, las peores de cada ciudad. Pero las clases altas y aun la realeza también se contagiaba, lo cual puede tener relación con las visitas a los lupanares.

Y otra demanda urbana era hacer alcantarillado, pues la costumbre del “agua va”, era antihigiénica y desagradable. “Agua va” era el grito que se hacía cuando se tiraban por la ventana las deposiciones y orines de la casa. Tirar la capa sobre el suelo para que una dama cruzase la calle era algo más que caballerosidad.

En las ciudades, los pobres vivían en las llamadas “casas de corredor”, que eran simples habitaciones a lo largo de una galería. En cada una de ellas se instalaba una familia y, lógicamente, la vida se hacía en el corredor, el cual daba al patio. Allí se veían todos los vecinos todos los días a todas horas. Las casas tenían dos o tres galerías o plantas, y el patio estaba muy animado. Allí vivían trabajadores pobres, desocupados, delincuentes y todo tipo de gente. Se sentían felices porque ellos tenían “vivienda” y otros no.

Las clases altas empezaron a cambiarse de ropa interior una vez a la semana, lo que se llamaba “ponerse una muda limpia”, y las mujeres empezaron ponerse bragas y cambiarlas frecuentemente a principios del siglo XX. En los ambientes rurales, esas costumbres tardaron en imponerse, porque se consideraba que llevar bragas era propio de prostitutas, y las mujeres decentes no usaban ese tipo de prenda.

Los ensanches fueron nuevos barrios en las afueras de la muralla, con casas amplias y ventiladas y separación de clases sociales. El precio indicaba a qué ensanche debía ir cada uno. Y el resultado fue que en los barrios burgueses, el aseo personal y de la calle era mucho mayor, y el barrio se diferenciaba muy nítidamente de otros. Incluso los viandantes se diferenciaban cuando estaban fuera de su barrio.

Las enfermedades del siglo XIX eran la tuberculosis (tisis), gastroenteropatías, tifus, sarampión, difteria, cáncer, y las epidemias de viruela, fiebre amarilla y cólera.

 

Mortalidades esporádicas:

En 1870 hubo fiebre amarilla, y afectó mucho más a las ciudades que a zonas rurales.

En 1881 hubo muy mala cosecha, y a comienzos de 1882 sobrevino un hambre intensa que produjo mucha mortalidad. No había guerras en esos años concretos, y las cifras no pueden atribuirse a otras causas.

El 23 de noviembre de 1885, la Ley Orgánica de Sanidad se quedó en letra muerta pues no era posible aplicar las medidas que decretaba. Por entonces, todavía las heridas infectadas se trataban con apósitos de telarañas.

En 1885 llegó el cólera, afectó a unas 340.000 personas, y resultaron muertas 120.254, de las que tenemos noticias.

Desde 1 de marzo de 1895 a 1 de marzo de 1897 salieron de España más de 200.000 jóvenes a luchar en Cuba, en un país de 18 millones de habitantes. Y murieron entre 75.000 y 150.000 hombres por causas de la guerra. No exactamente en combate, que murieron pocos, pero sí movilizados en el ejército. Ni tampoco eran todos soldados, sino que también murieron civiles. Muchos morían de enfermedades tropicales, causadas por beber agua en malas condiciones, y por la suciedad de las camas en las que se contagiaban de todo tipo de males.

El servicio militar era una tragedia demográfica. En la población general, sólo el 46% estaba en tramos en edad laboral de 20 a 45 años, y sólo eran varones el 23% de la población, es decir, unos 6 millones de habitantes. Si tenemos en cuenta los enfermos e incapacitados, para el servicio militar y para el trabajo, la cifra potencialmente activa, estaría en los 5 millones de habitantes. La ausencia durante muchos años de tanta población reclutada por el ejército, y la muerte de ese contingente humano, debió ser penosísima.

 

 

Distribución anual de la mortalidad.

 

En cuanto a la distribución de muertes a lo largo del año, a principios de la época considerada, se moría más en verano, cuando el calor era alto y el agua escasa y contaminada. Los niños no lo resistían y las enfermedades gástricas eran frecuentes.

En el siglo XX, la incidencia de la mortalidad cambió para presentar dos máximos, uno en verano, y otro en invierno, por el frío, el cual causaba enfermedades pulmonares.

 

 

Esperanza de vida al nacer.

 

La esperanza de vida era en España, a finales del XIX, de 34 años para los hombres y 35 para las mujeres.

 

 

Migraciones.

 

La emigración en España era altísima desde 1857 y el ritmo de emigrantes se puede calcular en casi cien mil anuales hasta fin de siglo, perdiéndose en este periodo casi 2.000.000 de personas a favor de la emigración.

En 1869, la Constitución había dado libertad para emigrar. Hasta entonces, se consideraba que dejar ir a la población era perder riqueza, y se hacía pagar un dinero a los que querían irse. El 30 de enero de 1873 se suprimió la fianza de 320 reales, que los españoles que salían al extranjero debían depositar y perdían si no volvían.

En 1860-1877, salieron de España unas 22.000 personas al año, cifra muy baja.

En 1881 hubo sucesos desagradables en Saida (Argelia): Desde 1505 era habitual que los españoles fueran a trabajar a Argelia. Trabajaban recogiendo esparto en el desierto. Algunos se establecían comprando fincas esparteras, y los más eran reclutados cada primavera y cada otoño y trasladados al punto de trabajo. Su destino por mar era Argel, y desde allí iban a Saida, una población de 4.500 habitantes en el límite del desierto. En 1881 apareció por la zona un santón marroquí llamado Muhammad el Arbi, predicando la guerra santa contra los opresores europeos, la cual tuvo lugar en Túnez y Argel. El 22 de abril de 1881 inició esa guerra quemando cargas de esparto, haciendas de los europeos y matando jornaleros, tal vez cerca de 2.000 hombres y mujeres asesinados. No faltaron “socializadores” que culparan de la violencia habida a los muertos, por el mal trato que habían inferido a los indígenas en esos años, y el más renombrado de éstos fue Guy de Maupasant, que entonces tenía 31 años de edad. Se produjo una repatriación masiva de los que lograban escapar al puerto de Orán por sus propios medios. Tal vez regresaran unas 20.000 personas. Más de 200 muertos eran españoles[2]. A los pocos años, volvieron los españoles a salir hacia Argel.

El 6 de mayo de 1882 se decidió controlar la emigración para que no se repitiese el desastre de 1881 en cuanto a control de los acontecimientos, que no se sabía quiénes habían marchado ni quiénes habían muerto. Se creó el Negociado de Emigraciones del Instituto Geográfico y Catastral.     El Gobierno le pidió al nuevo organismo estadísticas de emigrantes, y se decidió que las hicieran los Ayuntamientos, cónsules, embajadores, Direcciones Generales de Sanidad, Capitanías de Puertos, etc. nunca se alcanzó a conocer los movimientos de las personas concretas pero se alcanzó a tener una idea general del fenómeno migratorio, sobre todo a través de los viajeros embarcados y desembarcados en puerto.

Desde 1880, sabemos que se inició una emigración fuerte, por la que varios millones de personas se marcharon de España hasta 1914:

En 1882-1887 se fueron unos 3.000-4.000 por año.

En 1887 se fueron 14.000 personas, y al año siguiente 23.000 y en 1889, 72.000 en lo que se llamó la primera oleada emigratoria. Habían salido 110.000 personas en tres años.

En 1893 y 1894, se había vuelto a cifras menores a los 20.000 por año.

En 1895 se dio un nuevo salto con 64.000 emigrados, que en 1896 fueron 98.000, en una segunda oleada emigratoria. Habían salido 162.000 personas en dos años.

En 1897, 1898 y 1899 se produjo el regreso masivo de emigrantes cubanos, tal vez 150.000, pero muchos de ellos tenían dinero, mucho dinero, y volvían con él. No todos eran emigrantes comunes.

En 1904 se reanudó la emigración en la tercera y mayor oleada emigratoria: 1904, 300.000; 1905, 64.000; 1906, 52.000; 1907, 51.000; 1908, 71.000; 1909, 50.000; 1910, 91.000; 1911, 70.000; 1912, 133.000; y 1913, 72.000. En total se habían ido más de 600.000 españoles en diez años, 1904-1914.

Durante la Gran Guerra de 1914-1918, hubo regresos, y de nuevo se reanudó la emigración en 1923, 54.000 personas; 1924, 44.000 personas; 1925, 17.000 personas; 1928, 12.000 personas; y 1929, 20.000 personas. Ya no eran cifras espectaculares como las de antes de la guerra.

 

 

Países receptores:

 

En la emigración a Latinoamérica, el 71% de los emigrantes eran varones de entre 15 y 65 años, la mitad de ellos agricultores de bajísimo nivel cultural, y el resto gente sin profesión alguna. La imagen que daban al llegar a destino era peculiar. Naturalmente, emigra la población con menos nivel económico y cultural, y ello crea una imagen distorsionada en el país de acogida.

Los destinos preferidos de los españoles eran Argentina, Uruguay y Brasil.

De 1868 a 1914, llegaron a Argentina 1.500.000 españoles, lo que da una media estadística de 30.000 por año. En 1876 había hecho Argentina una Ley de Inmigración favorable a los europeos. Los jóvenes españoles vieron en ello una doble oportunidad, por un lado para salir de la miseria, y por otra parte, para evitar el servicio militar. La colonia de españoles en Argentina era, en 1914, de 800.000 personas, suponían el 10% de la población.

Uruguay era algo similar a Argentina, pero en pequeño. Llegaban unos 3.000 españoles al año.

Brasil empezó a recibir masivamente a los españoles en 1887 y llegaron muchos, a pesar de la diferencia de idioma, porque Sao Paulo pagaba el billete de llegada. Les contrataban para cultivar café. La inmigración española principal fue de 1900 a 1910, cuando llegaron 100.000 españoles. A partir de 1930, la cifra bajó a 3.000 por año.

Cuba era en principio el lugar de destino preferido por los españoles, porque era territorio español. Tras la independencia de 1898, las relaciones no se cortaron, y en 1901-1911 llegaron a Cuba 242.684 españoles, cifra que compensaba ampliamente el “regreso de los españoles”, pues sólo habían regresado 153.584. En las mismas fechas, llegaron a Puerto Rico 6.000 españoles, cifra que no compensaba a los 7.500 que regresaron a España.

 

La emigración a Francia y a Argelia era temporera: al sur de Francia, a la vendimia, unos 200.000 cada año en 1900-1914. A Argelia, a recoger esparto unos dos meses, iban unos 20.000 en 1880, y había unos 114.000 españoles residiendo allí.

La emigración a Francia se hacía vía terrestre y no era posible controlarla, desde España, aunque tiene datos la policía francesa. La de Argelia, se hacía por vía marítima, y no se controló. En 1926, esta migración afectaba a unas 110.000 personas. Algunos se quedaban definitivamente y en 1872 eran 53.000 españoles los residentes en Francia, que fueron 80.000 en 1901, y 105.000 en 1911.

 

 

La procedencia de los emigrantes españoles:

 

La migración exterior del siglo XIX se dirigió, la levantina hacia Argelia, y la de gallegos, canarios, asturianos y cántabros, hacia Latinoamérica.

En 1884-1885, el origen de los emigrantes exteriores españoles era así:

A África emigraron desde:

Almería,     10.000 personas.

Alicante,     8.000

Murcia        3.000

Barcelona     3.000, algunos a América.

A América emigraron en 1884-1885:

Pontevedra     7.000

La Coruña      7.000

Canarias       4.000

Oviedo         3.000

Madrid         2.000

Cádiz          2.000

La emigración a África parece, en las estadísticas, más importante pero no fue así, porque era migración golondrina, de pocos meses al año, o temporal, de unos pocos años, pero la migración a América solía ser definitiva, y por ello más significativa.

 

La migración interior

 

Al mismo tiempo, había una fuerte migración interior por la que las regiones del Mediterráneo iban hacia Barcelona, y las del interior español hacia el País Vasco y Madrid. Esta migración dio lugar a la explosión demográfica urbana de Madrid, Barcelona y Bilbao. El ferrocarril facilitaba el viaje.

Estas migraciones daban lugar a cambios en la población activa española, pues los migrantes salían en su mayoría del sector primario y se iban al sector secundario o terciario. También la población activa bajó del 43% al 37% en 1900, debido a que se perdían puestos de trabajo en el campo, que no venían compensados por los puestos de trabajo declarados en los lugares de destino.

Los emigrantes eran principalmente rurales, y su destino era principalmente urbano. De hecho, crecieron Bilbao, Barcelona, Madrid, Zaragoza, Sevilla y Valencia. Crecieron menos Málaga y Murcia. Crecieron poco Granada y Córdoba.

 

 

La protección al emigrante.

 

la protecciín al emigrante fue muy tardía.

En 1907, la Ley de Emigración decidió tutelar a emigrados, porque muchos emigrados quedaban en pésimas condiciones en los puntos de destino, de modo que pasaban hambre, vivían en la calle, y ni siquiera tenían para comprar el billete de vuelta a España. A la mayoría de los emigrantes les iba mal, pero la prensa sólo se ocupaba de aquellos a los que les iba bien. Se decidió que las compañías navieras, en sus viajes de regreso a España con muchas plazas vacías, repatriaran españoles al precio del 20% del pasaje normal.

 

 

Distribución de crecimientos demográficos.

 

En regiones del interior, creció Extremadura por su altísimo crecimiento vegetativo, que compensaba sobradamente su escasa emigración.

En el Mediterráneo, creció Murcia por el trabajo que había en las minas de plomo.

También creció Canarias, a pesar de la emigración a América, porque se explotaba el plátano y se puso en explotación el tomate.

Las regiones que más población perdieron fueron Galicia, León, Castilla la Vieja y Aragón.

Una región con mucha riqueza minera como Asturias, no creció en población porque la inmigración se compensó con la emigración a América.

La población crecía más en la mitad sur peninsular que en el norte. Las causas no las conocemos, pero podemos imaginar algún descenso de la natalidad en las zonas más industrializadas. Otras explicaciones que se dan son que los países menos desarrollados ponen menos medios anticonceptivos, que los climas cálidos hacen a los hombres más prolíficos… Quizás la razón de más peso era la ignorancia generalizada, que es un factor fuertemente natalista. El analfabetismo era del 70% de media, más bajo en el norte peninsular y más alto en el sur.

 

 

Proceso de urbanización.

 

El fenómeno migratorio no dio lugar a nuevas ciudades sino al robustecimiento de las ya existentes que se estaban industrializando, y el resultado global fue que en 1857 la población urbana española era del 16%, en 1900 era del 32%, y en 1930 era del 43%.

A los españoles de principios del siglo XX, las ciudades de unos 25.000 habitantes les parecían muy grandes. Miguel de Unamuno, en Salamanca, que tenía 25.000 habitantes, la ciudad le parecía una jaula desagradable porque todos los vecinos eran desconocidos para casi todos, y no como en los pueblos donde todos se conocían, lo cual le parecía ideal. Pero tampoco la aldea era el ideal social, porque una entidad pequeña no permite el desarrollo y disfrute de entidades culturales superiores como enseñanza, bibliotecas, teatros… lo cual permite enriquecer mucho la personalidad individual en su aspecto socializante.

La población urbana crecía fuertemente durante la segunda mitad del XIX. Madrid pasó de 280.000 habitantes en 1857, a 540.000 en 1900, y Barcelona de 216.000 a 533.000 en las mismas fechas. Ambas sólo son una muestra del crecimiento general de las ciudades españolas.

 

 

La población activa.

 

Para 1860, de una población de 15.673.481 habitantes, pensamos que la población activa sería de unos 6.000.000, lo cual significa el 37-38%, un porcentaje muy bajo, pero normal en épocas anteriores a la incorporación de la mujer al mundo del  trabajo. La mujer trabajaba, y mucho, pero no contabilizaba porque no estaba asalariada ni tenía ingresos propios.

A finales de siglo, la población activa habría aumentado a 7,5 millones de personas, y la población total a 18.618.086. El crecimiento en los veinte últimos años fue de dos millones y medio de personas.

Aunque no tenemos datos fiables, damos unas cifras de referencia para hacernos una ligera idea de la realidad de que estamos hablando.

La burguesía, incluyendo en ella a las viejas familias nobles y a los nuevos burgueses dueños de fincas e industrias y comercios, podían ser unos 346.000 hombres.

Las clases medias, incluyendo en ellas a profesiones liberales, militares, pequeños comerciantes y ricos artesanos, podían ser unos 990.000.

Los campesinos serían unos 5.000.000 hombres.

Esto haría unos 6.000.000 de trabajadores y empresarios antes citados, que serían la población activa de la época. Teniendo en cuenta que de ellos, el 87% estaban en precario y eran prescindibles si se producía la mecanización industrial y agrícola, queda planteado el problema principal con que se encontrará la sociedad del final del siglo XIX y principios del XX, la población desempleada o subempleada, así como la falsedad de las soluciones reiteradamente propuestas por políticos y tratadistas. Solamente alrededor de un millón de puestos de trabajo eran viables a largo plazo.

Hemos hablado conscientemente de hombres y no de personas, pues la mujer no tenía ningún papel en la vida laboral, salvo las criadas o sirvientas. Incluso las campesinas, que trabajaban tanto como los hombres, no figuraban como tales trabajadoras, sino que figuraba el marido, incluso cuando el interesado no trabajara.

 

A pesar de los cambios habidos, seguimos hablando a fines del XIX de una sociedad atrasada y antigua, puesto que las clases bajas que eran analfabetas, y no ganaban lo suficiente para comer y simplemente sobrevivían, eran aproximadamente la mitad de la población, lo cual hacía que España fuera diferente a la Europa occidental de ese momento, pero no a todas las zonas de Europa.

 

 

[1] Un médico rural decía que el mejor remedio contra la gripe era un bocadillo de jamón a diario.

[2]Ricardo Montes Bernáldez, La Matanza de almerienses, murcianos y alicantinos en Khalfalah (Saida-Argelia) en 1881. Murgetana.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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