INDUSTRIA ESPAÑOLA A FINES DEL XIX.

 

Conceptos clave: el take of, siderurgia asturiana, siderurgia vasca, textil catalana, cemento, construcción, papel, química, mecánicas, electricidad, nuevas actividades económicas.

 

La industria española de fines del XIX.

 

La expansión industrial española de fines del XIX fue anterior a las grandes organizaciones obreras, las cuales no estuvieron dotadas de una base ideológica, una base de militantes y un programa suficientes para influir decisivamente en las inversiones capitalistas, hasta el siglo XX. Las luchas obreras importantes quedarán pues para una época posterior, y durante el XIX se producirían con una violencia y falta de rigor científico-político tan significativas, que serán la característica de lo español en ese siglo. La época que estamos considerando es la de formación de estas organizaciones obreras. El liberalismo ultra, practicado por los patronos, y entendido como libertad del empresario para hacer lo que le viniera en gana, será causante de muchas ideas falsas, convencionalismos y falacias, que luego se mantendrán por sistema entre los trabajadores y entre los propios empresarios. Así, el derecho del trabajador se mezclará con prédicas absurdas e inaceptables.

 

 

El take of industrial.

 

El despegue industrial sólo podía provenir de iniciativas particulares que aprovecharan circunstancias extraordinarias, como el proteccionismo, las garantías del Estado y circunstancias de los mercados. Pero deben ser circunstancias reales, y las empresas deben ganar dinero, ser rentables y tener perspectivas a largo plazo. La intervención del Estado, si se atiene a estas condiciones, puede ser rentable, pero si lo hace por mero romanticismo, o socialismo, o peor, para colocar gente, va encaminada a la ruina. Las Reales fábricas del XVIII fracasaron casi siempre. En cambio, triunfó la industria textil catalana a partir de 1827 y la industria minera y siderúrgica vasca a partir de 1880. La iniciativa empresarial no se puede improvisar y no se puede iniciar en cualquier actividad con buena voluntad, cuando no existen condiciones de explotación y de mercado. Lo puede hacer el Estado por su gran capacidad de dilapidar dinero, pero está llamado al fracaso a medio o largo plazo. En cambio, cuando existen condiciones reales de negocio, un negocio sostenible, no hace falta la iniciativa del Estado ni la dilapidación de dinero público. La mitad del proceso de despegue industrial español ya se había hecho durante el siglo XIX con la industria textil catalana, pero la actividad industrial se había concentrado en una sola región, y el resultado era la falta de mercado en el resto de las regiones españolas. La aparición de una actividad industrial diferente en el País Vasco, significaba la aparición de un primer mercado interno para los dos, para Cataluña y para el País Vasco, y un mercado de alimentos y materias primas para que el resto de las regiones de España pudieran vender.

La circunstancia que explica el triunfo de la industria vasca fue el convertidor Bessemer, que toleraba muy mal el fósforo del mineral de hierro. Ocurría que en la zona Bilbao-Santander, había mineral de hierro sin apenas contenidos fosfóricos, y ello interesaba a los británicos, franceses y alemanes, para conseguir mayores cantidades de colada continua. A algún vasco se le ocurrió aprovechar el viaje de retorno e importar carbón británico para abrir altos hornos, y con ello empezó una industria en un sector completo, minería, metalurgia y mecánica, con sus accesorios químicos.

Era prácticamente lo mismo que había ocurrido en el sector textil en Cataluña en los años cuarenta del XIX, aprovechando la fuerza hidráulica de los ríos pirinaicos, la tradición textil, los colorantes, la química, la mecánica textil, y las navieras, dentro de las posibilidades de un mercado emergente.

Ya en la iniciativa catalana había aparecido una dificultad social inherente a toda revolución industrial: la máquina ahorra mano de obra y ello supone miles de parados en actividades artesanales antiguas. Y ello supone la reacción de los gremios artesanos, un problema social importante. Para superarla, es preciso el apoyo del Estado a los nuevos emprendedores y la abolición final de los gremios, lo cual tuvo lugar a principios del siglo XIX en España. He ahí la necesidad del apoyo del Estado en la industrialización, la remoción de dificultades políticas y sociales.

Para conseguir que cambie la mentalidad industrial generalizada en la sociedad, y se produzca la transformación de las estructuras de producción y los cambios sociales pertinentes, son precisos la intervención del Estado, una Universidad que proporciones saberes técnicos y científicos, unos capitales, unas técnicas de producción y una demanda para los productos que vamos a fabricar masivamente.

La primera idea del Estado español fue conceder subsidios a los emprendedores. Es una política arriesgada, susceptible de mucha corrupción si no se la vigila constantemente y en todas sus facetas. Las concesiones fáciles de subvenciones eran entendibles dentro de la realidad de que los emprendedores eran los propios detentadores de los cargos políticos, es decir, que se concedían subvenciones a sí mismos, a su familia, a la familia real, a sus amigos… Esta política tiene el grave inconveniente de que la consecución de subsidios estatales sea más interesante que las ganancias empresariales mismas, que el futuro de la empresa. En estos casos, la actividad económica tiende a no perdurar, e incluso no es necesario ni siquiera que empiece, una vez conseguidos los subsidios y alcanzadas las ganancias primeras. También puede ocurrir que la empresa desaparezca en el momento en que los subsidios se retiran. Y ambas cosas ocurrieron en España en su momento.

Otro inconveniente de esta política de subsidios es que el Estado escoge a aquellos a los que va a subsidiar: necesariamente debe decidir a quiénes ayudar y a quiénes no, porque los recursos son limitados, lo cual es ocasión de corrupción. Si tenemos en cuenta que no todos los políticos entienden de los temas de los que se encargan, y entre los políticos hay corruptos y aduladores como en el resto de las profesiones, esta política da lugar a muchos errores.

En 1892, el Estado español optó por una política de exenciones arancelarias combinadas con aportaciones financieras del propio Estado, de favorecer a empresarios extranjeros avalados por el Estado, y de bancos españoles relacionados con los gobernantes. Ello significaba que la inestabilidad política condicionaría el desarrollo industrial. Los inversores extranjeros no son menos corruptos que los nacionales, y en general, tienen menos preocupación por el interés general del país colonizado que por su propio beneficio.

 

 

Panorama industrial español a fines del XIX

 

El textil catalán, que había superado la crisis de 1865 concentrándose la producción en menos empresas, entró de nuevo en crisis a partir de 1882-84, por falta de mercados. Tras 1865, el algodón se había encarecido y era disputado por muchos clientes, lo cual hacía escaso el de buena calidad.

El resto de la industria española era pequeña y de poca tecnología, como fabricación de harina, aceite, jabón, vino, curtidos, vidrio, casi todo empresas artesanales.

La industria grande que se desarrolló en esta época fue la del hierro y acero.

El hierro se desarrolló en el País Vasco cuando algunos empresarios compraron las minas de Orconera Iron y de Societe Franco Belge des Mines de Somorrostro (1876), e iniciaron el negocio del hierro exportando desde Bilbao cifras impresionantes: 336.000 Tm. en 1875, 3.311.000 Tm. en 1885, 7.800.000 Tm. en 1990. Compraron a partir de 1879 coque británico de País de Gales y crearon su propia siderúrgica. En 1882, los Ibarra, liderados por Cosme Zubiría crearon Altos Hornos y Fábricas de Hierros y Acero de Bilbao, con fábricas (altos hornos) en Guriezo (Cantabria) y Baracaldo (Vizcaya), minas en El Desierto (Vizcaya) y seis minas en Saltacaballo (Cantabria), que daban en conjunto empleo a 3.000 obreros. Se estaban asociando los Ibarra con Urquijo, Zubiría, Villalonga (casado con Rafaela Ibarra), J. Barat y J. Girona.

También en 1882, Chávarri y Pedro Gandarias asociados a capital británico de “Olano y Lorrinaga”, en Ontón (Cantabria), que extraía mineral de hierro y lo cargaba en cargaderos propios, crearon Metalúrgica y Construcciones La Vizcaya, con altos hornos en Sestao. Estas compañías funcionaban principalmente con carbón británico, más barato que el español, de modo que su desarrollo significó más trabajo en minas de hierro, pero no en el carbón, cuya producción siguió siendo casi la misma. Se importaba una cantidad de carbón superior a la producida en España. Víctor Chávarri tenía también, junto a José Tartiere y otros, la mayor parte de la propiedad del Ferrocarril Bilbao-Santander y del Vasco Asturiano que surgió al prolongarlo hasta Oviedo.

Los Altos Hornos de Bilbao de Ibarra, y La Vizcaya de Chávarri y de Olano, se fusionarían en 1902 en Altos Hornos de Vizcaya. Los altos hornos de Asturias perdieron competitividad.

Con el hierro funcionaban Astilleros del Nervión que daban trabajo a mucha gente. Los barcos de 1830 se hacían de madera y con técnicas muy tradicionales y artesanas. En la fabricación de estos barcos antiguos era importante Cataluña fabricando bergantines, goletas y polacras. Apareció entonces el barco de hélice. El barco de hélice abarató el precio del grano y ello tuvo dos consecuencias: por una parte fue más barato comer, pues las importaciones eran baratas; por la otra, hubo que abandonar muchas tierras de cereales que dejaron de ser rentables, y esas tierras se dedicaron a la vid, olivo, agrios, frutos secos, y leguminosas.

Los astilleros de Vizcaya hicieron grandes inversiones y se quedaron con la mayor parte de la nueva construcción naval. La ventaja vasca era que ellos tenían el hierro. Cuanto más se abandonaba la vela, más ventaja cobraban los vascos y perdían los catalanes. Astilleros del Nervión y Sociedad Euskalduna de Construcción y Reparación de Buques eran los grandes constructores de finales del XIX.

A partir de estas industrias, textil, siderúrgica y naval, se iniciaba una transformación de toda España.

 

 

Sectores industriales.

 

En 1868, la única industria modernizada en España era la textil, la cual había empezado en el sector del algodón y en 1860 había mecanizado el de la lana. En 1892, el llamado arancel antillano permitió salir de la crisis a la industria del algodón, reservándole buenos precios de la materia prima.

En 1860-1870 aparecieron fábricas de pasta de papel en Guipúzcoa y el papel dejó de ser una actividad exclusivamente artesanal.

Desde 1866, aproximadamente, Vizcaya exportaba mineral de hierro, pero la actividad siderúrgica moderna todavía no llegaría a España hasta veinte años más tarde. Se implantó hacia 1870-1890. Concretamente, en 1882 se abrió Altos Hornos y Fábricas de Hierros y Aceros de Bilbao, que puede ser tomada como fecha de referencia de la industrialización siderúrgica.

La producción de carbón asturiano venía creciendo a mediados del XIX porque el consumo era muy alto. De hecho, aunque la producción duplicó, la demanda interior no venía satisfecha y se recurría a la importación. El carbón inglés, puesto en puerto español, era de más calidad media y resultaba más barato. Los vascos eran importadores de carbón y ello les dio la idea de producir acero. El carbón de Córdoba y de Teruel era secundario, para unos mercados locales.

En 1873 se abrió la primera central eléctrica en España y fue en Barcelona, pero la producción española de electricidad no fue importante hasta 1900, por lo menos.

La industria química es una necesidad para las industrias siderúrgica, textil y papeleras, y se desarrolló unida a esas actividades. Si hay actividad industrial, los productos químicos, o se importan o se fabrican directamente. En 1872 se abrió una sociedad de explosivos y en 1885 una de colorantes.

La industria alimentaria moderna apareció en 1881, cuando las industrias harineras adoptaron un sistema austrohúngaro de molienda y selección. Y en 1882, se abrieron dos plantas de producción de azúcar de remolacha en Andalucía. En 1898 se desarrolló la industria del azúcar nacional a partir de la remolacha.

En 1898 se desarrolló la industria de materiales de construcción con Tudela-Veguín en Oviedo y la Fábrica de Cemento Portland.

En la década de los noventa del siglo XIX se produjo el verdadero impulso industrializador global español, la producción de carbón cuadruplicó respecto a 1860, la producción de hierro colado quintuplicó, apareció una industria mecánica nacional importante y se abrieron muchas químicas: en 1896 una de ácido sulfúrico y abonos nitrogenados, y en 1897 una de sosa y cloro.

 

 

La siderurgia asturiana.

 

España tenía suficientes yacimientos de mineral de hierro, y escasez de carbón. A finales del XIX, el mineral de hierro se exportaba en un 90%. Faltaban capitales y líderes empresariales para poner siderúrgicas.

La industria siderúrgica tradicional estaba en Málaga, pero hacia 1870 el núcleo fundamental pasó a Asturias, lugar de las minas de carbón, y pocos años después al País Vasco, lugar de los yacimientos de mineral de hierro más ventajosos. Y la industria siderúrgica de Málaga desapareció.

En 1879, España producía 68.700 toneladas de hierro colado y consumía 285.000 toneladas. La necesidad de producir hierro era evidente.

En 1900, España producía 137.000 toneladas de acero y consumía 287.000 toneladas. A pesar del esfuerzo de duplicar la producción, todavía se dependía de la importación en un 50%.

En la época 1864-1879, Asturias captó gran parte de la industria siderúrgica que antes se centraba en Marbella (Málaga) y Cazalla de la Sierra (Sevilla). Estas últimas siderúrgicas citadas pagaban 12 pesetas de combustible por quintal de mineral tratado, mientras Asturias pagaba 3 pesetas por quintal de mineral tratado. La mano de obra era más barata en Andalucía, pero no compensaba. El resultado final, era que Málaga producía a 15 pesetas el lingote, que rebajó con mucho esfuerzo en 1900 a 13 pesetas el lingote, y La Felguera (Asturias) producía a 10 pesetas el lingote en 1870, que rebajó a 5 pesetas lingote en 1900. Los datos eran tozudos, y la siderurgia del sur no podía sostenerse. En 1885 cerró el horno de La Concepción en Málaga y en 1888 cerró El Pedroso, también en Málaga.

De 1879 a 1886 se consolidó el liderazgo asturiano. Trataban de aprovechar el carbón a pie de mina.

En 1879 se creó Fábrica de Mieres a partir de la Societé Houillere et Metallurgique des Asturias del francés Guilhou, fábrica de 2.000 obreros, que fueron completadas con Hullera Española del Marqués de Comillas en 1883, y con Unión Hullera y Metalúrgica de Asturias en 1886.

En 1886 apareció Unión Hullera y Metalúrgica de Asturias, coalición de las empresas D`Eichthal y Cía: La Justa y María Luisa.

 

 

La retirada de los capitales extranjeros.

 

A finales del XIX, los inversores extranjeros se retiraban progresivamente de las empresas ferroviarias y siderúrgicas españolas. La inversión en la construcción del ferrocarril la habían hecho de 1855 a 1873. Pero la explotación del ferrocarril iba a ser deficitaria, costosa, y ya no les interesaba una vez perdidos los incentivos de las subvenciones.

La retirada de capital extranjero invertido en las empresas privadas del ferrocarril y la siderurgia, ponía de manifiesto graves carencias en la economía española: Como los créditos y subvenciones del Estado se concedían por kilómetro construido, no había habido ningún inconveniente por parte de los constructores en hacer más kilómetros de los necesarios y hacer líneas sin futuro a medio y largo plazo. Teniendo en cuenta que las soluciones con menos kilómetros suelen ser las más caras de construir, el dinero les venía llovido del cielo si hacían las cosas un poco peor, pero con más kilómetros. Y si la calidad era un poco menor, también se ahorraban gastos e incrementaban ganancias.

Como los productos siderúrgicos se habían importado masivamente del extranjero (de Gran Bretaña, Francia y Bélgica), no se había desarrollado una industria nacional sobre esos productos, y se dependía demasiado del voluntarismo de los inversores internacionales y de las relaciones políticas entre los Estados. Completar la red del ferrocarril era un poco complicado y nunca se llegó a densidades de trazado como en Francia o Gran Bretaña. Todavía Franco hizo una línea fundamental para la comunicación con Francia, la Madrid-Burgos, un siglo más tarde, en 1968, poco antes de pensar en el cierre de muchas líneas por no ser competitivas frente a las autovías y carreteras. Las zonas peninsulares desconectadas de la red, o conectadas precariamente, habían sido muchas. Todas ellas quedaban marginadas de la idea de un mercado nacional.

La retirada de la inversión extranjera inducía a su sustitución por industrias nacionales, pero también arrastraba a las inversiones nacionales españolas hacia otros intereses, pues desconfiaban de las inversiones abandonadas por los extranjeros y no financiadas por banca extranjera. Muchas empresas, quizás viables, se fueron a pique: Actividades de interés nacional y de alta tecnología como los altos hornos españoles de Liérganes, La Cavada, Málaga y Sevilla tuvieron que cerrar, y sólo se mantuvo Bilbao por sus excelentes relaciones con Gran Bretaña y gracias a su exportación de mineral de hierro, que le permitía importar carbón barato en retorno.

Los resultados de este cambio inversor fueron:

Una empresa siderúrgica española;

un ferrocarril lento y caro, que cobraba los servicios de transportes más caros que los sistemas tradicionales en vez de abaratar costos;

una industria básica y de equipo poco desarrollada;

un sistema financiero interior débil cuyos bancos se arruinaron en la primera crisis;

una fuerte dependencia de la siderurgia (la vasca) respecto al carbón británico;

que el capital español se dirigía con preferencia al fenómeno especulativo de la vivienda y del suelo rústico, y no a la inversión productiva.

situaciones varias de monopolio del mercado en la práctica.

 

 

Inicio del emporio vasco.

 

Uno de los clientes más importantes para España, en cuanto a la demanda de hierro vasco, era Gran Bretaña. La producción de mineral de hierro se multiplicó por 13 en el periodo 1875-1887 y sólo el 5% de la producción fue para la industria española.

El País Vasco desarrolló la metalúrgica construyendo raíles para el ferrocarril en varias ferrerías y obteniendo la prohibición de importar raíles del extranjero, y más tarde reconvirtiendo la flota a barcos de hierro en “Astilleros del Nervión” de 1888, “Compañía Euskalduna de Construcción y Reparación de Buques” de 1900, “Sociedad Española de Construcción Naval” de 1909. Estas empresas recibieron el encargo de construir buques de guerra en 1882-1908.

En 1877 Evaristo Churruca inició el puerto exterior de Bilbao que se terminaía en 1903.

En 1878 apareció la Sociedad Anónima la Iberia, fábrica de hojalata, creada por S.A. Echeverría.

En 1879 apareció Fábrica de San Francisco en El Desierto (Sestao) propiedad de Francisco de Rivas.

A partir de 1880 el liderazgo siderúrgico pasó a Vizcaya. En 1880, superó a la asturiana y en 1914 ya producía cinco veces más que la asturiana.

En 1879 se abrieron altos hornos en El Desierto en Sestao (Vizcaya), propiedad de The Cantabria Iron Company, utilizando como combustible carbón mineral. Habían ideado traer carbón británico en los viajes de regreso de vender mineral de hierro vasco. El carbón asturiano era cada vez más caro y el británico cada vez más barato.

En 1882 apareció Sociedad de Altos Hornos y Fábricas de Hierro y Acero de Bilbao, propiedad de Ibarra.

En 1882 apareció Metalúrgica y Construcciones la Vizcaya de Víctor Chávarri y de Gandarias.

El 8 de octubre de 1886 apareció en el País Vasco el Círculo Minero de Vizcaya, una asociación para promocionar las ventas de minerales. Esta asociación promocionará en 1903 una patronal llamada Patronos Mineros, que fracasó en 1917, y en 1922 apareció la Cámara Oficial Minera de Vizcaya, que era lo mismo que el antiguo Círculo Minero.

En 1887 los siderúrgicos intentan el mejor negocio de su vida logrando aprobar la Ley de Construcción de la Escuadra, lo cual daba posibilidades ilimitadas de negocio. En 1888 se abrieron para completar el negocio Astilleros del Nervión. Todo en entramado se vendría abajo cuando se descubrió el convertidor Siemens en 1891 y ya no se necesitaba el mineral de hierro español. Los barcos se abarataron en el resto del mundo.

En 1891 se puso en funcionamiento el convertidor Siemens para la producción de acero, que ya no necesitaba mineral sin fósforo, y las exportaciones de mineral de hierro español comenzaron a bajar a medida que se imponían los nuevos convertidores. Las minas de Cantabria y el País Vasco estaban condenadas a abastecer solamente el mercado español. Asturias había abierto altos hornos en Mieres con capital extranjero, y en La Felguera con capital de Duro y de Pidal asociados a inversores extranjeros, lo cual tenía pocas perspectivas una vez inventado el Siemens. Los siderúrgicos intentarán el cartel y el proteccionismo del Estado, pero fracasarán. Ahora los siderúrgicos dependían de los políticos y concretamente de Cánovas, pues si se cortaba el proyecto de renovación de la escuadra y no se invertía en ferrocarril, no habría salida para el mineral de hierro, el hierro, ni el acero que se estaba fabricando.

En 1890 apareció Asociación de la Industria Siderúrgica, con las mismas ideas que la patronal del carbón, pedir proteccionismo, poniendo aranceles a los productos extranjeros y suprimiendo franquicias ferroviarias para sus transportes de carbón. En 1893 se unieron a hulleros, agricultores y textiles algodoneros, en Liga Nacional de Productores.

En 28 de enero de 1894, ante las dificultades de los siderúrgicos vascos, éstos se aglutinaron en la Liga Vizcaína de Productores, una patronal dirigida por Francisco Goitia y Joaquín Angoloti, cuyo presidente era Fernando Molina (director de Altos Hornos y Fábrica de Hierros y Aceros de Bilbao), presidente honorario José Vilallonga (presidente del Consejo de Administración de HAyFHA), contando entre sus miembros a Federico Echevarría, Víctor Chávarri, Guillermo Pradera, Pablo Alzola, Gabriel Vilallonga Ybarra, Cosme Palacio…

La Liga se había formado para tratar de que el Estado impusiera proteccionismo y, así, lograron derogar los tratados de comercio de 1894, eliminar las tarifas especiales de ferrocarriles de 1896, bajar los aranceles a la importación de carbón, eliminar el impuesto de guerra (durante la Guerra de Cuba) para los transportes siderúrgicos, una ley proteccionista en 1906, una Ley de Protección a la Industria nacional en 1907.

Pero los navieros vascos se oponían al proteccionismo pues perjudicaba sus negocios de importación. El conflicto entre navieros y Liga Vizcaína era evidente. Pero Liga Vizcaina se mantuvo muy firme y, aunque tuvo que disolverse como asociación en 1940, se mantuvo constituyendo el Centro Industrial de Vizcaya, grupo de presión que se mantendrá durante el franquismo.

En 1900 apareció la siderúrgica Nueva Montaña Quijano en Santander, de José María Quijano y Fernández Hontoria.

En 1900 apareció Euskalduna de Construcción y Reparación de Buques S.A., una empresa de Bilbao del grupo Ramón Sota y Eduardo Aznar. La guerra de 1914 le iría muy bien y creó talleres de fundición y de acero. Sufrió la crisis posterior a la guerra, que superó fabricando para el ferrocarril. Después de 1936 hará barcos de pesca pequeños. Creció a partir de 1966 y se fusionó con Sociedad Española de Construcción Naval y con Astilleros de Cádiz, para volver a estar entre los grandes con la empresa Astilleros Españoles.

En 1902 se fusionaron Altos Hornos, La Vizcaya y La Iberia en Altos Hornos de Vizcaya.

En 1907, los siderúrgicos evolucionaron hacia la formación de un cartel, Central Siderúrgica de Ventas, que cambió de nombre en 1925 para llamarse Central Siderúrgica de Ventas S.A. y permaneció hasta 1967. Es conocido como el Sindicato Siderúrgico. La finalidad del cartel era evitar la superproducción. La empresa líder del cartel era Altos Hornos de Vizcaya. Lo habían intentado en 1897 sin éxito, y consiguieron el cartel en 1907. El cartel fue en realidad un nuevo fracaso, pues nunca logró sus fines.

 

 

La industria textil catalana.

 

La industria textil española se había mecanizado en 1836-1868 en los sectores del algodón y la lana. El lino, cáñamo y esparto seguían siendo actividades artesanales.

La industria textil mecanizada de finales del XIX demandaba productos químicos, cuero, madera, alimentación y materiales de construcción originando una gran demanda sobrevenida, que hizo de Cataluña la región más rica de España. La industria textil significaba un cambio global en la sociedad y no sólo industrial.

La industria textil algodonera mundial estaba dominada por Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos. Cataluña era la cuarta potencia mundial, pero con la gran ventaja de disfrutar de un mercado en monopolio en España, Cuba, Puerto Rico y Filipinas, ventaja que compensaba su atraso tecnológico y precios más altos. Estados Unidos era el gran productor de algodón y lo había suministrado hasta 1860 y lo volvería a hacer a partir de 1871, superada su Guerra de Secesión.

En 1869, Laureano Figuerola decretó un arancel librecambista que no gustó a los empresarios catalanes que veían peligrar sus monopolios, porque el arancel Figuerola hizo bajar los precios en España. La bajada de precios significó dos cosas en España: en primer lugar, que escasearon los textiles de gran calidad, pues todos se pusieron a fabricar calidad baja y barata. Y en segundo lugar, que aumentó el mercado interior notablemente, lo cual compensaba globalmente la pérdida por pieza vendida más barata. Los empresarios no tenían derecho a quejarse, aunque lo hicieron. Figuerola quedó contento con lo que había hecho y las exportaciones de tejidos españoles crecieron. Los empresarios catalanes reaccionaron estimulando el independentismo.

En 1869, el librecambismo había abolido prohibiciones a la importación. Ello hizo aumentar el comercio y alguna producción industrial, por abaratamiento de materias primas y también hizo subir el nivel de vida general por bajada de los precios de los alimentos, pero el librecambismo que les favorecía al importar maquinaria, les molestaba a los empresarios catalanes porque entraban más textiles ingleses y franceses.

El nacionalismo catalán intentó tener una industria propia autosuficiente comprando carbón asturiano y construyendo altos hornos en Cataluña a fin de fabricar sus propias máquinas textiles. Los altos costos de estas importaciones no hacían competitivos los productos catalanes, al menos a corto plazo, por lo que el catalanismo se empeñó en remediar su error con más nacionalismo y subvenciones, bien del Estado central o de un posible gobierno autónomo, si el Estado Central no “comprendía” las necesidades catalanas. La principal necesidad era el proteccionismo a sus esfuerzos.

La industria catalana se revitalizó, pero una vez más, no fue capaz de dar el salto a la libre competencia internacional y mantuvo su petición de proteccionismo y de que se le reservase el mercado español y cubano. En 1891 consiguió imponer en España el proteccionismo más fuerte del mundo, lo cual le reservaba el mercado español sin discusiones.

Superado este bache de la crisis de 1866-1869, escasez de algodón y librecambismo, el problema a que se enfrentaba la industria textil mundial era el de la superproducción. Este problema se planteó mal en todo el mundo: en vez de regular la producción de acuerdo a los mercados existentes, todos los Gobiernos decidieron, según criterios liberales, que tenían derecho a nuevos mercados, e iniciaron un expansionismo político que llevó al colonialismo y a la guerra de 1914. El liberalismo es tan inmoral como cualquier otro sistema económico. Alemania decidió que eran suyos los mercados del este de Europa. Gran Bretaña decidió que eran suyos los mercados de Egipto y la India. Francia decidió que eran suyos los mercados del entorno del Sahara. Esta división de mercados era artificial, y empezó a romperse cuando Alemania pidió sus propios mercados, y seguiría empeorando cuando otros países los pidieron. El problema derivo en crisis coloniales, y después en la Gran Guerra de 1914.

La producción textil catalana se multiplicó por diez entre 1882 y 1897. En Cataluña se produjo un gran auge en el textil, tanto en el sector de la lana como en el algodón. Las grandes fábricas hicieron cerrar a miles de pequeños talleres artesanales familiares. Por ello, el desarrollo se percibió como una crisis social, como falta de trabajo para la mayoría de los artesanos textiles, que fortalecieron las filas anarquistas y socialistas. Estaban apareciendo muchos obreros cualificados, pero la percepción social era de desaparición del trabajo.

La intranquilidad social no permitió la total renovación de las fábricas catalanas y las dimensiones resultantes fueron todavía pequeñas, la mitad de lo que se estaba generalizando en Gran Bretaña y en Estados Unidos. Estas modestas dimensiones no les permitían explotar las últimas tecnologías del mercado y obtener los máximos rendimientos, por lo que Cataluña siempre estará en adelante un poco por detrás de las naciones más competitivas internacionalmente.

En España 1888 hubo crisis en Vapor Vell y en Vapor Nou de Sans. La crisis se debía a la superproducción causada por los precios bajos, crisis que se intentaba compensar con altísimas cantidades producidas, las cuales no encontraban mercados. La crisis se intentó solucionar en 1892 con el “arancel antillano” que obligaba a los cubanos, puertorriqueños y filipinos a consumir productos textiles españoles al precio marcado por España. Había otra ley española parecida 10 años antes, en 1882. Los cubanos tuvieron motivos para renegar de España y pedir los productos estadounidenses más baratos. Los empresarios cubanos tuvieron un magnífico negocio en el contrabando, llevando producto estadounidense a la isla. Y ello derivó en un conflicto bélico y en la independencia de Cuba en 1898.

Así que, en 1898, tras la independencia de Cuba, volvió la crisis algodonera a España. Los catalanes intentaron defenderse creando Mutua de Fabricantes de Tejidos, una patronal para regular el mercado y la exportación, pero que no hizo lo más importante, las restricciones necesarias a la producción para evitar el problema de la superproducción, que era el mal en origen. Fue más fácil para ellos culpar de sus torpezas a España, y en su lenguaje, “a Madrid”.

 

 

El emporio catalán.

 

Cataluña optó por empresas de futuro, las eléctricas a partir de 1873, y creó en 1881 Sociedad Española de Electricidad, y Electra. También haría productos químicos colorantes en Electroquímica de Flix y en Cros, lo cual fue un camino de mucho más futuro que el de la siderúrgica vasca.

En 1881 se creó Material para Ferrocarriles y Construcciones en Cataluña. En 1882 se construyó el primer vagón de ferrocarril español construido por Ferrocarriles y Construcciones en Cataluña.

En 1881 se creó Sociedad Española de Electricidad, de Xifra y Dalmau.

También es de 1882 la Maquinista Terrestre y Marítima de Barcelona, que hacía locomotoras, aunque entró en crisis en 1886. En 1884 se construyó la primera locomotora de tren española, fabricada por Maquinista Terrestre y Marítima en Barcelona.

En 1888 se celebró la Exposición Universal de Barcelona en La Ciudadela, inaugurada pro María Cristina, y en la que estuvieron Cánovas, Sagasta, Pablo Iglesias que fundó UGT…

 

 

Cemento.

 

En 1877, Cataluña empezó a fabricar cemento portland. Hasta entonces sólo se fabricaba cemento en Guipúzcoa, que lo hacía desde 1837. El cemento portland es una mezcla determinada de caliza y arcilla en polvo, que, añadiendo agua, aparece como un líquido espeso y seca muy lentamente, y se convierte en una masa muy dura semejante a la roca cuando ha secado. En 1877 se puso fábrica en Lérida, en 1882 en Gerona (ferrocarril de San Juan de las Abadesas) y en 1886 en Barcelona. Sólo en 1898 fabricaría Oviedo, en 1900 una nueva fábrica en San Sebastián (que  ya tenía 5 desde 1837), y la generalización del cemento no llegó hasta después de 1923. Generalmente se producía en lugares con disponibilidad de carbón, dada la necesidad de calcinar calizas y arcillas.

 

 

Construcción.

 

El desarrollo urbanístico, construcción de pisos, dio lugar a una gran actividad en las grandes ciudades y Madrid pasó de 260.000 habitantes en 1875, a 555.000 en 1900, mientras Barcelona pasaba de 200.000 a 530.000 en las mismas fechas.

 

 

La industria papelera.

 

La industria papelera era desde la Edad Media una actividad artesanal, cuyo símbolo social más representativo era el trapero recogiendo trapos viejos por las casas. España había sido el país introductor del papel en Europa, y probablemente lo fabricara desde el siglo X, y con toda seguridad lo hacía en el XI. La artesanía se localizaba en poblados de tradición árabe dotados de cursos fluviales (el lavado de la pasta del papel es altamente contaminante), y próximos a los centros urbanos consumidores de papel y suministradores de trapos viejos necesarios en el proceso de fabricación. Había actividad de este tipo en Cataluña, Levante y Aragón. En la segunda mitad del XIX pasó a una fase industrial.

La máquina fabricante de papel continuo la inventó Louis Robert en 1789, y tardó muchos años en llegar a España. Las nuevas máquinas necesitaban muchas cantidades de trapos viejos y como ello era de una disponibilidad muy limitada, se buscaron nuevas materias primas para fabricar papel. En 1845, Keller inventó la desfibradora de la madera, lo cual fue base para la nueva industria papelera. Ekman mejoró el sistema tratando la madera con sulfitos a fin de que la madera produjera más celulosa y fuera rentable. La madera era mejor si era madera blanda. Y a partir de entonces, cualquier lugar con bosques y agua podía fabricar pasta de papel.

En España, los bosques estaban en recesión irreversible en la mitad sur, tras la desamortización, y muy avanzada en la mitad norte por las talas masivas. La solución para la industria papelera era importar madera, y ello significaba precios más altos. Y las papeleras debían situarse cerca de un puerto de mar. Vascongadas y Cataluña se hicieron con las papeleras. Cataluña tenía tradición artesanal en ese ramo, pero el País Vasco no. El sureste de España quedaba eliminado por escasez de agua. Castilla eliminada por falta de agua.

El País Vasco encontró su oportunidad en la importación de madera escandinava, combinándola con producción de sus propios bosques si se plantaban especies de rápido crecimiento. Tenían agua abundante y se plantaron eucaliptus. La primera fábrica de papel continuo se instaló en Tolosa (al sur de San Sebastián), seguida de La Irura en el río Oria, La Confianza, La Papelera de Txarrama existente desde 1856, La Tolosana en 1862, la Guadalupe de Gil Ollo en 1863, La Primitiva en 1870. Y del río Oria, las papeleras saltaron al Urumea en Hernani, y al Oyarzun en Rentería, y al Urola en Legazpia, y luego al Cadagua, Ibaizábal, y Nervión.

A fines del XIX, había superproducción de papel en España.

 

 

La industria química.

 

La industria química nació por necesidades de las industrias siderúrgica, textil y papelera, y la demanda militar. Se situó al lado de estas empresas que demandaban sus productos, en el País Vasco y en Cataluña.

La industria textil pedía detergentes y colorantes, y para su fabricación se necesitaba sulfúrico y nítrico, sulfato de hierro y sulfato de cobre.

En 1872, abrió la Sociedad Española de la Dinamita, en Bilbao, un producto que se consumía en la minería de la zona, en obras públicas y en armas.

En 1885 apareció en Barcelona una industria de colorantes sintéticos a partir del alquitrán de hulla. Esta se fusionó con otras hasta aparecer en 1922 Sociedad de Fabricación Nacional de Colorantes y Explosivos. Y también en Badalona surgieron plantas para fabricar sulfúrico y superfosfatos para abonado de los campos.

En 1896 apareció Unión Española de Explosivos, también en Bilbao, como asociación de varios pequeños fabricantes. Fabricaba también abonos químicos superfosfatados.

En 1897, Sociedad Española de Carburos Metálicos, fabricaba oxígeno y acetileno para soldadura industrial.

En 1897, en Flix (Tarragona), apareció Sociedad Electroquímica, que fabricaba sosa y cloro para papeleras.

En 1899, Industrial Química, en Zaragoza, fabricaba ácidos sulfúrico y nítrico y superfosfatos.

En 1908, en Torrelavega (Cantabria), Solvay fabricaba sosa y cloro para papeleras.

 

 

Industrias mecánicas.

 

El sector de empresas mecánicas más destacable en España fue la construcción naval. España tenía mucha tradición, pero tras la derrota de Trafalgar en 1805, los astilleros españoles se habían ido quedando atrasados en tecnología: En 1807 se había comercializado la máquina de vapor Foulton, y sólo en 1837 empezaron a ponerse estas máquinas en los barcos en Sevilla y en Mahón. En 1837 se había desarrollado la técnica de los cascos de acero, y sólo en 1857 la Maquinista Terrestre y Marítima empezó a fabricar este tipo de buques. Es decir, España estaba actuando con más de veinte años de retraso.

La Ley de 1855 permitía y premiaba la importación libre de material ferroviario. Ello dificultaba la empresa de la construcción mecánica de esos productos en España. En España sólo se montaban vagones y locomotoras con piezas importadas de Gran Bretaña o de Francia.

Nueva Vulcano estaba en Barcelona. La fundición se creó en 1834 y, desde 1840, se inició en la fabricación de máquinas de vapor. Más tarde se pasó a la construcción naval. En 1917 fue adquirida por Unión Naval de Levante, y tras el incendio de la fábrica en 1924, Vicente Boluda fue trasladando la producción a Valencia. En 1936 fue bombardeada por “los nacionales”, lo que significó su decadencia definitiva.

Una industria importante catalana fue La Maquinista Terrestre y Marítima, fundada en 1855 en Barcelona mediante la fusión de Esparó y Cía con Tous Ascacíbar y Cía, hacía locomotoras y motores de barcos, una tecnología de gran valor añadido nada corriente en un país atrasado como la España del XIX. También hacía calderas de máquinas de vapor y barras para la construcción de puentes y cubiertas. Era la mayor empresa de su ramo en España. En 1861 tenía 1.200 obreros, y en 1917, cuando abrió una segunda factoría, llegó a los 3.000 empleados. En 1884, La Maquinista Terrestre y Marítima construyó su primera locomotora.

Portilla Hermanos and White se creó en Sevilla en 1857 por fusión entre Portilla Hermanos y White y Cía. el objetivo era fabricar y reparar calderas de máquinas de vapor para fábricas, y elementos metálicos de construcción. El 30 de noviembre de 1868, pasó a Santander como Portilla, White y Cía. En 1899 se reconoció su fracaso y se convirtió en un taller más pequeño, Sociedad Anónima Talleres de Portilla, construcciones Mecánicas, y se deshizo de sus instalaciones andaluzas.

En 1867, se construían raíles de ferrocarril en La Felguera (Asturias). La actividad metalúrgica la había iniciado Pedro Duro Benito en 1858 con Sociedad Metalúrgica de Langreo, y luego se pasó a La Felguera con la empresa Duro y Compañía. Desde 1900, se transformó en la empresa Sociedad Metalúrgica Duro-Felguera S.A.

El 22 de noviembre de 1868 se suprimió el derecho diferencial de bandera por el que los barcos extranjeros pagaban impuestos especiales al llegar a puerto español, y los barcos extranjeros pudieron llegar a España en condiciones de igualdad. Desde ese momento, no fue atractivo hacer barcos en España. Hasta ese momento, los extranjeros hacían algunos para tener barcos exentos del derecho diferencial y poder negociar en España. En 1884, de 407 mercantes abanderados en España, sólo 12 habían sido construidos en España.

En 1877 se constituyó la Compañía General de Tranvías de Barcelona cuyos propietarios eran Daniel Heineman, el conde de Torroella de Montgrí, el barón de Satrústegui, Carlos Muntadas, Pablo Rózpide y Mariano Toronda, financiados por la Sociedad Anónima Arnús Garí, Banca Arnús y Credit Lyonnays. En 1940 los propietarios eran E. Veiga Varela, I. Torrente Esteban, Oliva de Suelves, Robert Carlos, conde de Torroella de Montgrí, Satrústegui Fernández, y Satrústegui Torrallosa. En 1947 eran nuevos socios Ajats, vizconde de Güell y Rodríguez Arias. En 1951 eran nuevos socios Gil de Biedma y Gómez de Uribarri.

Material y Construcciones S.A. se creó en 1857 como Herrería Barcelonesa, y fue importante a partir de 1881 como Material para Ferrocarriles y Construcciones S.A. sita en Poble Nou (Barcelona). Hacía principalmente vagones de ferrocarril. En 1947 su principal factoría se situó en Alcázar de San Juan (Ciudad Real).

Las empresas mecánicas dependían de la importación de acero extranjero y, hasta que no hubo en España oferta abundante de ese material, en la última década del XIX, era arriesgado el negocio de la industria mecánica. Como en 1880 empezó a producir en abundancia el País Vasco y ello garantizaba suministro seguro a precios más constantes, las mecánicas vieron más posibilidades.

El Estado recurrió al proteccionismo y en 1886 decretó que los astilleros militares españoles sólo utilizarían acero español e inició un programa de construcciones, Ley de Construcción de la Escuadra, que haría efectiva la protección al acero español.

En 1888 abrió Astilleros del Nervión en Bilbao, propiedad de los hermanos Martínez Rivas, con el paraguas de un encargo del Gobierno para construir barcos de guerra.

Y desde este momento de los años ochenta el panorama mecánico del ferrocarril cambió, y en este momento se empezó a fabricar íntegramente en España el material ferroviario.

En 31 de diciembre de 1891 se decretó otro arancel proteccionista que protegía la producción nacional de acero, y como ya había producción masiva en el interior, las industrias mecánicas lo vieron favorablemente. Además, las industrias podían desgravarse por el material importado y el Estado les garantizaba un mínimo de ventas que les adquiría el propio Estado español.

El 2 de marzo de 1896, se decidió elevar de nuevo las tarifas de importación del material ferroviario, coches, vagones, plataformas, muelles, barras, raíles… Algunas veces la subida fue del 400%. Y lógicamente, surgieron empresas españolas: Carde y Escoriaza en Zaragoza 1897; Compañía Auxiliar de Ferrocarriles de Beasaín 1921; Talleres Grasset de Madrid 1895, que ya existía, pero cambió la línea de producción para dedicarse al material ferroviario; Talleres Miravalles, existente desde 1871, cambió en 1912 al material ferroviario.     En 1900 apareció Euskalduna de Construcción y Reparación de Buques.

Ventajas del proteccionismo eran que se abrían empresas. Desventajas: que las empresas no eran competitivas y estaban destinadas al fracaso en cuanto desaparecieran las condiciones ventajosas.

 

 

Electricidad.

 

Negocios en auge a mediados del XIX eran el telégrafo y el teléfono: El telégrafo se inició en 1852 como un servicio necesario para el ferrocarril, pero muy pronto el Gobierno se dio cuenta de las ventajas de esta comunicación rápida y mandó construir líneas que unieran Madrid con todas las capitales de provincia. Era un servicio en manos del Estado funcionando igual que Correos, también estatal.

El teléfono es un poco más tardío y empezó el 16 de diciembre de 1877 con la primera conversación en España, que tuvo lugar en Barcelona hablando desde Montjuich a Ciudadela. El teléfono había sido patentado en 1876, así que su implantación en España era de lo más novedoso. En 1900 ya había 15.000 aparatos funcionando.

En 1873, Narciso Xifré asociado a Tomás Dalmau e Hijo, montaron la primera central eléctrica de España. Se llamaba Energía Eléctrica de Cataluña y estaba en Rambla de Canaletas. Se trataba de 4 motores de gas que movían 4 máquinas Gramme y servían electricidad en Barcelona a la Maquinista Terrestre y Marítima en 1875, y a otros talleres cercanos. También se iluminaron las Ramblas, La Boquería y parte de Paseo de Gracia.

En 1876 apareció en Barcelona la Sociedad Española de Electricidad, cuyos principales socios seguían siendo Dalmau y Xifré. Y enseguida aparecieron Compañía Barcelonesa de Electricidad de calle La Mata, que suministraba a Sants (fue comprada en 1911 por Barcelona Tractión), y la Central Catalana de Electricidad de Avenida Vilanova. Barcelona hizo su iluminación eléctrica urbana en 1882.

En 1880 se constituyó Compañía General Madrileña. En Madrid, la electricidad llegó en 1881 cuando se pusieron farolas eléctricas en Sol y Retiro. Surgió Compañía General Eléctrica Madrileña. Junto a ella apareció Gas Madrid.

En 1883, la electricidad llegó a Bilbao, mediante una central eléctrica movida por motores de vapor, que servía para iluminar el puerto exterior. En 1901 apareció Hidroeléctrica Ibérica.

La primera energía eléctrica se obtenía con gas pobre (gas ciudad) o con vapor, porque la energía hidráulica era difícil de transportar. La hidráulica era mucho más barata, 5 veces más que la de gas, pero había que producirla en las montañas, lejos de los puntos de consumo, y el cableado costaba mucho dinero y las pérdidas en el transporte a bajo voltaje eran muchas.

En 1885, un Real Decreto prohibió el uso de lámparas de gas en los teatros, por los muchos accidentes que causaba, y ello les hizo cambiar a la electricidad.

En 1890 la Compañía General Madrileña y la AEG alemana se hicieron cargo del alumbrado público de Madrid.

En 1893 apareció Eléctrica de San Sebastián.

En 1894, apareció Eléctrica del Nervión.

En 1894 se creará Compañía Sevillana de Electricidad para explotar pantanos del Guadalquivir. Tenía capital vasco.

En 1898 se construyó un primer pantano sobre el Duero (Saucelle) y, a partir de 1902, Zamora, Salamanca y Valladolid tuvieron luz eléctrica.

En 1900, había ya en España 861 centrales eléctricas, de las cuales, 480 eran térmicas y 381 hidroeléctricas.

 

 

Actividades económicas nuevas

          y nuevos focos industriales.

 

En cuanto a los transportes urbanos de tracción mecánica, el tranvía fue inaugurado en Madrid en 1871 en el tramo Sol-Salamanca.

En industria alimenticia aparecieron Societé des Biscuits Olivet, en Vizcaya, y Suchard que fabricaba chocolates en San Sebastián en 1909.

Santander tuvo en 1905 una fábrica de leche condensada Nestlé en La Penilla. Provenía de la asociación de los estadounidenses Charles y Georges Page con Henri Nestlé ese mismo año. Ambos tenían fábricas similares en Suiza desde 1866. Frente a ellos se abrió en Torrelavega en 1926, Sociedad Lechera Montañesa, que fabricaba leche condensada y derivados de la leche, popularmente conocida como La Lechera.

Tabacos de Filipinas traían tabaco y fabricaban cigarros. La fundó en Barcelona Antonio López y López, marqués de Comillas en 1881. También comercializaba azúcar y alcohol, y copra para jabones, y abacá y magüey para sogas y maromas.

A partir de 1898, surgieron algunas industrias remolacheras para fabricar azúcar. Estas industrias tendieron a extenderse por toda la geografía española, allí donde se producía remolacha.

Unión Española de Explosivos se fundó en 1896 para explotar potasas, materia prima de muchos explosivos, y se extendió por varias zonas llegando a estar presente en Málaga, Cartagena, Bilbao, Asturias, Sevilla, Cáceres, Madrid. En 1908 le saldría una empresa competidora, sociedad Anónima Cros, cuyas ubicaciones eran muy similares: Málaga, Valencia, Cantabria, La Coruña, Sevilla, Madrid y Cataluña.

La Unión y el Fénix Español en seguros.

En el turismo, se pusieron de moda las costas de Santander y San Sebastián para los muy ricos y las costas valencianas para los burgueses de clase media alta.

 

 

Protección social de los obreros.

 

En 1900, Eduardo Dato, ministro de Gobernación, hizo las primeras leyes laborales de España:

El 30 de enero de 1900 salió la Ley Protectora de Accidentes de Trabajo, la cual responsabilizaba al empresario de los daños sufridos por los obreros.

Esta ley sería completada el 30 de marzo de 1900 por una Ley sobre Condiciones de Trabajo de Mujeres y Niños, que daba descanso de maternidad con reserva del puesto de trabajo.

 

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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