LA MINERÍA ESPAÑOLA DE FINES DEL XIX.

 

 

Conceptos clave: carbón, cobre, mercurio, plomo, zinc, mineral de hierro.

 

 

LA MINERÍA ESPAÑOLA DE FINES DEL XIX.

 

La expansión económica española se vio condicionada por la inversión extranjera, que a fines del XIX escogió unos pocos sectores y abandonó otros: hubo inversiones extranjeras en minas y deuda pública, compras de mineral de hierro vasco y renovación de la industria textil catalana. El sector que fueron abandonando progresivamente los extranjeros era el ferrocarril, pues una vez acabada la política de subvenciones del Estado, el ferrocarril ya no era de alta rentabilidad.

Hubo algunas actividades económicas nuevas, pero no lo suficientemente grandes, ni distribuidas por todo el territorio español, ni en todos los sectores productivos como hubiera sido deseable. En estas nuevas inversiones había mucho capital español.

 

 

Nuevas energías.

 

La Revolución Industrial propiamente dicha, entendida como aplicación masiva de maquinaria a diversos procesos productivos, con uso masivo de energías no animales, con cooperación a la consecución final del producto entre grandes masas de capital y grandes grupos de obreros, y con desarrollo masivo de los transportes a fin de acoger materias primas y dar salida a la producción, con creación de diversas zonas de alto poder adquisitivo que fueran mercado para el resto de las actividades y regiones  económicas a fin de que fuera posible el incremento de los mercados, no se había realizado en España todavía a fines del XIX.

Había habido mecanización textil a partir de 1840, la lanzadera mecánica y la máquina de hilar, y se introduciría el alto horno de carbón a partir de 1880, pero eran revoluciones en industrias concretas, y en regiones concretas, Cataluña y País Vasco, y no la transformación completa de la sociedad española y la economía que conocemos como sociedad industrial. Estamos hablando todavía de pequeños capitales, de ámbito familiar, y de talleres con mucha mano de obra, pero poca mecanización y poca tecnología.

Uno de los inconvenientes para el desarrollo industrial español, era la escasez de energía.

Respecto al carbón, en España faltan subsuelos hercinianos, en los que se hallan los depósitos de carbón, cercanos a la superficie. Los subsuelos carboníferos españoles son de poca potencia y están muy fallados. En una época en la que la energía básica industrial era el carbón, la escasez de este producto era un inconveniente.

Los ríos son abundantes en España, pero su caudal es escaso y sufren estiaje de verano e incluso llegan a su desecación completa. Llevan caudales más regulares en el norte, en Galicia y la Cantábrica, pero los caudales son escasos en estas regiones. Los ríos tienen mucha pendiente y ello significa mayor energía potencial, pero su uso es siempre polémico por muchas razones, porque la inversión en pantanos es cara, y porque los pantanos se hacen en el valle habitado y productivo y no en zonas altas y remotas. Los ríos españoles más regulares y más caudalosos son el Ebro y sus afluentes por la izquierda. En esos casos, el problema era la necesidad de fuertes inversiones para controlar el río, lo cual fue imposible porque se enfrentaba a los cultivos que se venían haciendo en sus cercanías.

 

 

El carbón.

 

La utilización masiva del carbón en España empezó en 1870-1900, y nunca fue un negocio sostenible. Hay pocos yacimientos, todos ellos en los bordes del viejo Macizo Hespérico (la meseta), unos al norte, en Asturias, León y Palencia, otros al sur, en Córdoba, y otros al este, en Teruel. Característica común a todos ellos es que la potencia del yacimiento es estrecha (las vetas tienen pocos centímetros), que están profundas, y que están falladas por múltiples microfallas que desvían la veta en cualquier momento y de forma imprevisible a otro nivel, o lateralmente.

El carbón español más abundante son los lignitos, la hulla es más escasa, y la antracita es mucho más escasa todavía.

Pero el peor condicionamiento de las minas españolas es que están siempre en zonas montañosas de difícil acceso, y el transporte encarece mucho los precios, a veces tanto como la extracción. Otro problema es que el contenido de azufre suele ser alto, por lo que resulta cara su transformación en coque. El carbón necesita un lavado a boca de mina y una eliminación de menudos, que son abundantes, y ello incrementa costes. Estos últimos inconvenientes son soportables en el consumo doméstico, pero no son viables en los altos hornos.

Los centros de consumo importantes, Madrid y Barcelona, para cocina y calefacción doméstica, estaban lejos de las minas, y requerían gastos de transporte importantes. El carbón, debido a su precio y dificultad en el transporte, es un producto pesado.

Por todo ello, la mayoría de los pozos sólo eran rentables si tenían protección estatal, subvenciones. Y ello planteaba un problema político grave: si se abandonaba el carbón español, peligraban muchos empleos, y si no se abandonaba, los productos industriales derivados del carbón resultaban caros y no competitivos en el mercado internacional. Lo que significaba que gran parte de las ventas se debían colocar al Estado, en su vertiente de la Marina, o en su aspecto de industrias estatales. Mala cosa es que todo dependa de la voluntad de los políticos de turno. Estamos planteando la negación del liberalismo, pues el mundo no es un plano homogéneo donde las oportunidades son iguales para todos. El liberalismo es una teoría interesante a tener en cuenta, pero la realidad hace siempre imposible la concreción del modelo ideal de igualdad de oportunidades para todos.

En 1869, el arancel librecambista impuso derechos uniformes de 5 reales tonelada a todo el carbón que llegaba de fuera a puerto español. Era una bajada de aranceles importante, y Gran Bretaña multiplicó sus exportaciones a España: 300.000 toneladas en 1860; 634.000 en 1870; y 1.023.000 en 1880.

En 1877 se elevó el arancel a 10 reales por tonelada, lo cual era un arancel moderado todavía, y servía para que el Estado recaudara más, pero no para impedir las ventas británicas a España, que siguieron creciendo. Los británicos tenían mecanizadas sus minas y habían solucionado los problemas de transporte, de modo que eran capaces de vender la hulla a 12 pesetas tonelada ya cargada en barco, mientras la hulla asturiana, se vendía en España a 19 pesetas tonelada. Las cifras son elocuentes.

La producción de carbón española creció siempre durante el XIX, y las importaciones crecieron también, salvo recesiones por causas más bien políticas:

carbón producido        carbón importado.

1870  2.600.000 toneladas     3.171.000 toneladas

1875  3.300.000               2.175.000

1880  3.500.000               4.100.000

1885  5.200.000               6.160.000

1890  5.300.000               7.600.000

1895  6.800.000               9.000.000

 

Las minas de carbón españolas estaban situadas más de la mitad en la zona de Asturias, León y Palencia. Otras minas estaban en la zona de Puerto Llano (Ciudad Real) y Bélmez (Córdoba). Yacimientos más pequeños había en Sevilla y en Teruel.

La principal empresa de carbón de España era Pedro Duro y Cía, creada en 1859, con minas en La Felguera y en Mieres. En 1906, surgió una empresa mayor que Pedro Duro, por integración de varias en Sociedad Metalúrgica Duro-Felguera, que sumaba Pedro Duro, Unión Hullera, y Metalúrgica de Asturias. Pero ni aun esta empresa tenía capital suficiente para comprar la maquinaria de una extracción moderna, y hubo que recurrir al capital extranjero.

La patronal del carbón Asociación de la Industria Hullera Asturiana, creada en 1877, dio paso a una asociación nacional española. La promovía Luis Adaro, ingeniero de la empresa D`Eichthal y Cía., y se creó al tiempo que se exigía la terminación del ferrocarril en Castilla, construir el puerto de El Musel en Gijón, y determinadas ventajas arancelarias de proteccionismo frente al exterior. También se demandaba que la Marina consumiese obligatoriamente carbón asturiano. Esta patronal duró unos 10 años.

En 1880 apareció “Hulleras del Turón” en Mieres, una empresa con capital vasco para extraer carbón y venderlo en el País Vasco.

En 1882, Claudio López Bru II Marqués de Comillas, creó Hullera Española.

En 1883, Claudio López II Marqués de Comillas (su padre, llegado de Cuba con capitales importantes, murió en enero de 1883), compró Minas de Hulla de Aller, para obtener carbón para su empresa, La Trasatlántica, y gracias a los bajos salarios, consiguió sacarle rendimiento al carbón español. Además de surtir de carbón a su naviera, abastecía a Ferrocarriles del Norte, de quien también era socio. En 1889, la empresa Minas de Hulla se transformó en S.A. Hullera Española. El marqués de Comillas tenía interés en surtir de carbón a toda España, Cádiz y Barcelona principalmente, y necesitaba una coalición mayor que la patronal asturiana. Así que logró en 1890 una liga de Hullera Española, Unión Hullera y Metalúrgica, Hulleras del Turón, Herrero Hermanos, Finar y Lantero, y otras, y se constituyó la Liga Nacional de Intereses Hulleros de España, patronal presidida por don Claudio, acompañado de tres vocales, uno por cada liga regional integrante. La Liga pidió subida de aranceles para el carbón inglés y rebaja de las tarifas ferroviarias para el carbón nacional. Obtendrían parte de sus reivindicaciones en 1895 con subida de los aranceles, pero en 1898 fueron rebajados de nuevo. En 1896 se decidió que todo el carbón consumido por la Marina española fuera de producción nacional, pero ello no era coherente con el buen funcionamiento de los barcos, y la Marina de guerra decidió seguir utilizando carbón británico, pues no se podía permitir el lujo de perder potencia y tener constantes averías por residuos indeseados. El programa del marqués de Comillas consistía en que los montantes cobrados por aranceles de importación a los ingleses, se repartieran entre los productores españoles de carbón directamente, a lo cual se opusieron metalúrgicos vascos y textiles catalanes. El marqués tuvo mala suerte en sus sucios negocios (el intento de quedarse con una parte de la recaudación del Estado lo califico como negocio sucio), pues en 1901 Inglaterra suprimió la Coal Tax o impuesto a la exportación de carbón. Entonces se las arregló para convencer a los políticos, cámaras de comercio, diputados asturianos y obreros de UGT, que necesitaban apoyar el proteccionismo, es decir, los negocios del marqués. El asunto duró hasta 1906 en que se disolvió la Liga. En 1906, el marqués promovió Asociación Hullera Nacional como filial de Liga Marítima Española, que también era del Marqués de Comillas, y a esta asociación se afiliaron Minas de San Claudio, Hullera Española, Esperanza y Reinosa, Minas del Peñón, Hullera del Turón, Hulleras de Sabero y Anexas, Fábrica de Mieres, Minas de Vegatodo, Minas de Figaredo, Cía de Carbones Asturianos, Minas de Berga, Unión Hullera y Metalúrgica de Asturias. El marqués nombró presidente de la patronal a Luis Adaro y logró convencer a todos de que la política de altos precios del carbón beneficiaba a todos los españoles. También defendía la autarquía en combustibles y argumentaba que con su método se podían abrir nuevas minas y cuencas y crear más puestos de trabajo. Pedía primas a la producción y al transporte, consumo obligatorio de carbón español y altos aranceles y, para desgracia de los obreros españoles obtuvo éxito en 1906 Ley de Protección a la Industria Nacional, 1909 Ley de Protección a las Comunicaciones Marítimas y en 1914, lo cual significaba altos precios y desaparición del mercado interno español por falta de poder adquisitivo de los obreros y empleados.

En 1917, el Estado creó un Consorcio Nacional Carbonero para hacer competencia a la patronal del Marqués, pero fue un fracaso. El engaño del proteccionismo se demostraría en 1918 cuando los altos precios fueron enormes y se demostró que el carbón español no era competitivo y padecía inflación de costes. Entonces, se recurrió, como casi siempre en la época, a castigar a los trabajadores reduciendo plantillas y bajando el sueldo de los mineros, lo cual había sido apoyado por los mismos mineros y asociaciones de izquierdas, demasiado celosas del empleo a cualquier coste. El problema era entonces casi irresoluble, pues afectaba a miles de mineros, y en 1921 el Gobierno estableció unos cupos de carbón español que los ferrocarriles y siderurgia debían consumir, y un arancel alto para el carbón de importación. Como el problema era de fondo, esa no fue la solución y las minas siguieron sin ser competitivas, y Hullera Nacional siguió pidiendo más protección y cupos más altos. Fue el Directorio de Primo de Rivera quien se atrevió a cortar la insostenible situación y anunció que las medidas eran transitorias y no definitivas, lo cual encolerizó a los patronos mineros, que sacaron a los obreros a la calle hasta que el Gobierno claudicó en 1926 y 1927. La derecha política quería liberalizar, y la izquierda proteccionismo asociada a la derecha patronal y burguesa. En 1926, el Estado decretó contingentes de importación y consumo obligatorio de carbón español, pero con precios controlados desde el Estado. Entonces se llegó a otro absurdo mayor, la aparición de superproducción, amparándose en las subvenciones del Estado. España entera peligraba, pero los sindicatos de izquierdas estaban luchando a favor de las patronales, aunque decían estar haciendo la revolución. La República no supo solucionar el problema y el 14 de octubre de 1931 ratificó el Estatuto Hullero y el 19 de septiembre de 1934 reguló la producción y venta de combustibles. Se llegaba al absurdo económico.

En 1891, Asturias abrió varias minas de carbón y la producción de 6 millones de toneladas anuales de 1891 se incrementó hasta los 12 millones de toneladas en 1900. Esta intensificación de producción de carbón coincidió con caída de la producción de hierro para el mercado español y aumento de las exportaciones de hierro.

En 1894 se abrió el ferrocarril Riaño-Santa Ana a Soto del Rey, y el ferrocarril León a Gijón con intención de hacer rentable el carbón español, puesto que el transporte era el mayor componente del precio final, pero no se logró poner precios internacionales.

 

La segunda región productora de carbón era Córdoba en sus minas de Bélmez y Espiel. En 1868 abrió el ferrocarril Bélmez-Almorchón que le comunicaba con la red española del sur y le permitía llevar carbón a Linares (Jaén) donde se producía plomo. En 1873 abrió el ferrocarril a Córdoba, y ello dio mayor salida comercial al carbón, y la producción pudo mejorar al mejorar las ventas. En 1881, llegó a la zona de Bélmez Societe Miniere et Metallurgique de Peñarroya, la cual fabricaba plomo, y dio nuevo impulso a las minas de carbón. Pero Bélmez nunca logró un buen ferrocarril que le comunicase con Málaga, la zona siderúrgica, y ello fue un fracaso tanto de Bélmez como de Málaga. Ambas salieron muy perjudicadas.

 

La tercera región productora de carbón fue Palencia, en las minas de Barruelo de Santullán, las cuales producían para vender a particulares en Valladolid y Madrid a través de la empresa Caminos de Hierro del Norte de España (Norte). En 1863 abrieron un ferrocarril desde Orbó a Quintanilla de las Torres, punto donde enlazaban con Norte. En 1881-1885 tuvieron su mejor época y, partir de 1885, la actividad minera cayó espectacularmente y dejó de ser importante.

 

La producción de carbón en León era muy pequeña hasta 1894, cuando abrió el ferrocarril La Robla-Bilbao, donde estaba la siderurgia, y al poco desplazó a Palencia y casi la borró del mercado.

 

Sevilla producía en Villanueva del Río, Coto de La Reunión, y utilizaba la compañía del ferrocarril MZA.

 

Ciudad Real puso en explotación, en 1890, una mina de carbón en Puertollano, donde la Societé Francaise de Charbonnages de Puertollano fabricaba plomo. El consumo de esta mina se desvió a Madrid, y era vendido a particulares.

 

 

MINERALES.

 

Desde antiguo, en España se conocía la riqueza del subsuelo en minerales, objetivo que persiguieron los fenicios, los griegos, y los romanos desde hace más de dos mil años. Tenemos noticias del comercio de cobre en el primer milenio a.C. en el legendario Tartesos. Los romanos explotaron el oro de León, el cobre en Huelva, el mercurio en Ciudad Real, y el plomo en Cartagena, pero eran yacimientos ya explotados con anterioridad.

La explotación minera es algo complicado que requiere mucha mano de obra, mucha maquinaria, y, desde luego mucha tecnología. Ello significa muchos capitales. Y España no tenía capital desde la decadencia y ruina del Estado a partir del siglo XVII y XVIII. Y el capital que había se dedicó a comprar fincas y especular con viviendas. La solución adoptada fue alquilar la explotación de las minas a los extranjeros, ingleses, franceses y belgas. Era una mala solución, pues los arrendatarios tienden a sacar el máximo beneficio en el mínimo tiempo posible, sin importar la sostenibilidad del negocio. Pero el Estado español estaba agobiado por sus deudas, era ineficaz, y cualquier dinero le venía bien. Y en general, en España se carecía de iniciativa empresarial porque se confiaba poco en el Estado, siempre dispuesto a solucionar sus problemas financieros con dinero ajeno, y siempre dispuesto a iniciar guerras costosas y estúpidas, a sabiendas de que con ello aumentaban sus problemas financieros. Eso sin contar la corrupción de los gobernantes y su desmedido afán de adueñarse de riquezas ajenas.

 

 

Inversiones extranjeras en minas.

 

El 29 de diciembre de 1868 salió la Ley de Bases Generales para la nueva Legislación Minera. Se hacía en condiciones de quiebra de Hacienda pública, pues se habían gastado los recursos obtenidos de la desamortización y todavía no se había pagado la deuda acumulada durante siglos. La solución que veían los políticos era recurrir a préstamos, pero a España no se la prestaba sin garantías hipotecarias. También se optaba por vender recursos del Estado y por arrendar explotaciones del Estado. En el caso de la minería, aquello se llamó la “desamortización del subsuelo”.

Hasta 1868, las concesiones mineras se negociaban en Madrid y estaban sometidas a la inseguridad de que una denuncia del beneficiario, o una denuncia del Estado, diesen por terminada la actividad en cualquier momento. Desde 29 de diciembre de 1868, las concesiones se pudieron negociar con los Gobernadores Civiles de las provincias, y éstos podían otorgar concesiones a perpetuidad sin que los tenedores de la concesión pudieran ser despojados de ella mientras pagaran al Estado las anualidades correspondientes. La seguridad de los inversores fue entonces muy grande.

En cuanto a las inversiones extranjeras en minas, las leyes liberalizadoras del comercio tomadas a partir de 1868, como el arancel librecambista de Figuerola de 1869, permitieron a los extranjeros comprar concesiones mineras, y España se conformó con una economía que podríamos calificar de colonial, donde los extranjeros sólo aprovechaban las ventajas de tener una mano de obra barata, tratando de llevarse el producto crudo o semielaborado a sus países, en los cuales aprovechaban sus fases de alto valor añadido.

Las concesiones se multiplicaron, como era de esperar, y en 1914 se llegaría a las 564 concesiones, de las cuales 165 se hicieron a extranjeros (66 a franceses, 64 a británicos, y otras a alemanes y belgas).

Los extranjeros llegaban con grandes disponibilidades de capital y estuvieron presentes tanto en las concesiones que se les otorgaron a ellos, como a las concesiones concedidas teóricamente a españoles, si éstos habían recurrido al capital foráneo. Se calcula que la mitad del subsuelo estaba en manos de extranjeros.

Hasta un total de 22 compañías extranjeras compraron concesiones en 1868-75 para explotar hierro, cobre y plomo, sin contar el mercurio concedido a los Rosthschild.

El resultado de la llegada de inversores extranjeros significó un espectacular incremento de la extracción de mineral de hierro, desde 243.000 Tm. en 1875, a  4.000.000 de Tm. en 1890. Esto se traducía en muchos puestos de trabajo. No pasaba lo mismo con la producción de acero, cuya actividad en España no fue del agrado de los inversores extranjeros. Preferían producirlo en sus propios países donde conseguían mayor valor añadido. A medio plazo, el resultado de la política de máximo beneficio esquilmó las minas, y las exportaciones dejaron de crecer a fines del XIX, simplemente por agotamiento de los yacimientos. Cuando las mejores vetas habían sido agotadas y aparecían nuevas minas en el extranjero, los precios bajaban, y la explotación de minas de poca productividad dejaba de ser rentable. En 1909-1913, la reducción de exportaciones era notable, cuando todavía no había empezado la Gran Guerra. Luego se incrementaron porque subieron los precios durante la guerra, pero fue circunstancialmente.

El problema de estas concesiones, tanto españolas como extranjeras, es que los concesionarios trataron de obtener el máximo beneficio inmediato, aunque esquilmaran las minas, pues no estaban dispuestos a esperar mejoras en las condiciones del mercado. No les importaba esquilmar los recursos mineros, pues en ese caso, se retiraban y trataban de captar otra concesión, en España o en otra parte del mundo.

Las exportaciones de minerales y metales de primera fusión se incrementaron en España a fines del XIX hasta figurar con el 30% de las exportaciones.

 

 

El Cobre.

 

En la Cordillera de Sierra Morena, en la parte de la provincia de Huelva, hay tres zonas que producen cobre, o si se quiere, una zona dividida en tres partes por los ríos Tinto y Odiel. Estos yacimientos ya los explotaron los romanos e incluso los habían explotado siglos antes civilizaciones como Tartesos.

A finales del XIX el cobre tomó mucho valor debido a que era buen conductor de la electricidad, la nueva industria que parecía tener más futuro. Además, la agricultura utilizaba sulfatos de cobre y la industria estaba utilizando ácido sulfúrico, actividades que necesitaban cobre.

La principal mina de la zona onubense era Riotinto, propiedad del Estado español. Otros yacimientos eran Tharsis y La Zarza, ricos en piritas que contenían azufre, hierro y cobre.

En 1866, Tharsis y La Zarza fueron compradas por Tharsis Sulphur and Cooper Mines Ltd, una empresa de Glasgow, la cual fue capaz en 1872 de repartir dividendos del 40%.

Pero Riotinto, la mina explotada por el Gobierno español, la mejor del yacimiento, producía pérdidas, pues era explotada de forma poco racional y sin mecanizar. Entonces se decidió vender también Riotinto. En 1870, Laureano Figuerola puso en venta Riotinto por 100 millones de pesetas y no hubo compradores. Por fin se vendió en 1873 y la compró Matheson por 94 millones de pesetas, y creó la empresa The Riotinto Company Ltd. En 1875, este empresario construyó un ferrocarril desde Riotinto a Huelva, e inmediatamente la mina se convirtió de nuevo en el primer productor de cobre del mundo. Impuso un ritmo de producción cuádruple del normal hasta entonces. De 1875 a 1915 produjo 58 millones de toneladas de cobre y en 1912 alcanzó el máximo de producción con 2,5 millones de toneladas en un año. Los beneficios del capital eran del 70%, algo asombroso.

 

 

El Mercurio.

 

La mina de Almadén (Ciudad Real) producía mercurio desde al menos el siglo IV a.C. Era propiedad del Estado español. El 28 de abril de 1870, el Ministro de Hacienda Laureano Figuerola hizo un acuerdo con los Rothschild de París y los de Londres, por el que los banqueros aportaban un crédito al Estado español y recibían la explotación de la mina como compensación y garantía. Como los Roshschild explotaban también Idria en Italia y Nuevo Almadén en California, las tres minas productoras de mercurio, se convirtieron en monopolizadores del mercado de ese producto y fijaron los precios a voluntad, y duplicaron la producción.

El acuerdo de Almadén se hacía por 30 años. En esos treinta años, los banqueros obtuvieron un beneficio de 130 millones de pesetas, y el Estado español un beneficio de 110 millones. En 1900, el acuerdo se renovó por otros 30 años.

Los Rotchschild estaban presentes en Londres desde 1798, en París desde 1812, y en Viena desde 1820, y pueden aparecer como procedentes de distintas nacionalidades.

 

 

El Plomo.

 

La galena española era rica en plomo. La demanda mundial de fines del XIX era alta porque las cañerías de agua para los domicilios, se hacían de plomo, las municiones contenían mucho plomo, los tejidos, las pinturas, el afinado de la plata y del cobre, requerían mucho plomo.

Los yacimientos españoles eran: Linares en Jaén, La Carolina en Jaén; Gádor en Almería; Almagrera en Almería; y Cartagena en Murcia.

En el siglo XVIII lo había obtenido el Estado español en Falset (Tarragona) y Los Arrayanes (Jaén). Pero en 1820 salió al mercado la galena de Gádor, y en 1838 la de Almagrera, y en 1847 la de Cartagena, y estos yacimientos desplazaron a los antiguos, mucho más pobres.

El plomo era explotado por empresarios pequeños, que utilizaban pequeños hornos artesanales llamados boliches y en Almería y Murcia quemaban esparto como combustible. En 1868 produjeron 72.000 toneladas, que se irían incrementando hasta las 232.000 de 1912. Por eso, en 1869, España era ya el primer productor mundial de plomo, y el segundo era Gran Bretaña. Entonces surgió esa actividad con fuerza en Estados Unidos, la cual se convirtió en primera productora mundial a partir de 1881.

Los yacimientos de Almería se agotaron pronto y su producción fue cayendo paulatinamente en el XIX.

En 1869 el yacimiento de Los Arrayanes (Linares-Jaén) fue arrendado por el Estado a José Genaro de Villanova, hasta que en 1907 volvieron a la titularidad de Hacienda Española.

En Linares, se establecieron The Linares Lead, The Alamillos, The Fortuna y Adolfo Hasselder como empresas más grandes, pero había más de 200 minas de plomo.

En La Carolina se establecieron Stolberg y Westfalia (francesa), The Centenillo y The Guindos.

En Córdoba se abrieron explotaciones en Villanueva del Duque, cuya principal mina era El Soldado. La mina de Peñarroya (Córdoba), que había descubierto carbón en 1777 y extraía también plomo, era de capital francés.

En Cartagena aparecieron muchos inversores franceses como Compagnie D`Aguilás 1880, Compagnie Metallurgique de Mines de Mazarrón 1885, Escombreras Bleiberg. Esta última explotaba las escombreras o residuos abandonados por antiguos mineros, de las cuales se podía extraer mucho plomo todavía, si se utilizaban mejores hornos.

 

 

El zinc.

 

La actividad se inició en 1856 con la creación en Bruselas de Societé pour la Production de Zinc en Espagne, en relación con la Real Compañía Asturiana de Minas, creada en 1833 por Martín de los Heros y Joaquín María Ferrer. Martín de los Heros. Éste se asoció con Nicolás Maximiliano Lesoinne, con el Marqués de Pontejos, y con Felipe Riera Roses y crearon en 1833 Real Compañía Asturiana de Minas de Carbón. Su principal objetivo era explotar Arnao, una mina de carbón bajo el mar, a la que se accedía por un pozo vertical en tierra. La idea evolucionó cuando Jules van der Heyden a Hauzeur propuso instalar una fundición de zinc en Arnao a partir de calaminas de Vizcaya. y en 30 de marzo de 1853 se creó Royal Asturienne des Mines, Societè pour la Productión de Zinc en Espagne. Los españoles prefirieron llamarla Real Compañía Asturiana de Minas. Su objetivo era difuso y lo mismo les daba obtener zinc, que plomo o carbón. Pidieron al Gobierno español un puerto en Avilés y un ferrocarril hasta Arnao, es decir, que las principales inversiones corrieran a costa del Estado, gratis para la empresa, y en 1855 empezaron a producir zinc. Precisamente en 1856, descubrieron el yacimiento de blenda, pirita y galena de Reocín en Cantabria, porque se lo comunicó José Julián Peña y lo ratificó Jules Hauzeur, y también calaminas en Picos de Europa. El yacimiento de Reocín tenía 50% de riqueza de mineral de zinc. Arnao cerró en 1915. A partir de 1922, la actividad se trasladó a Reocín (Cantabria). Incluso abrieron una fábrica de ácido sulfúrico en Hinojedo. La mina fue muy importante hasta 2003, cuando los accidentes por hundimiento del terreno, dado que el yacimiento se explotaba inundando masivamente el subsuelo, aconsejaron a la empresa abandonar.

 

 

El mineral de hierro.

 

Los yacimientos de mineral de hierro españoles están situados en la zona Vizcaya-Santander, y en la Almería-Murcia.

En la época de alza de precios, 1870-86, fue fundamental el convertidor Bessemer para la producción de acero. Este convertidor lograba grandes coladas de acero que abarataban la producción, pero necesitaba mineral de hierro bajo en fósforo.  Los yacimientos de Santander-Vizcaya, hematites pardas llamadas “rubia” en la zona, eran óxidos de hierro. La riqueza de este mineral de hierro llegaba a veces al 52%.  El mineral con bajo contenido en fósforo escaseaba en el centro de Europa. Los británicos captaron inmediatamente las posibilidades de este mineral y decidieron importarlo.

Francia, Alemania y Gran Bretaña fueron los compradores de mineral de hierro vasco y cántabro. Esto significaba mucha mano de obra en Cantabria-Vizcaya, empresas privadas pequeñas que extraían el mineral y lo llevaban a los cargaderos de la costa, donde una gran empresa comercial les imponía sus precios. La actividad produjo muchos pequeños ahorros que se podían canalizar a través de una banca adecuada, la cual apareció en Vizcaya y Santander.

La producción de mineral de hierro española llegó a suponer el 75% de las exportaciones españolas de mineral en 1870-1900. Hacia 1900, un nuevo convertidor como el Thomas, ya no necesitaba bajos contenidos en fósforo, y las nuevas empresas no necesitaban importar necesariamente desde España, aunque las ya instaladas seguían haciéndolo. Las exportaciones españolas empezaron a bajar. Por otra parte, los yacimientos de Almería-Murcia, y el del Rif en Marruecos (con 75% de riqueza), podían ser explotados y empezaron a exportar mineral de hierro. Las exportaciones españolas de mineral de hierro alcanzaron su máximo en 1913 con casi 10.000.000 de toneladas.

Orconera Iron Orelo Ltd, 1873, era una empresa británica, alemana y española, y explotaba mineral de hierro del norte.

Cie. Franco Belge des Mines, 1876 en Somorrostro, era un consorcio de empresas francesas y belgas, asociado a Hermanos Ibarra, que poseía el 25% de la empresa resultante.

Luchana Mining Co. se creó 1886 expresamente para este negocio. Era íntegramente inglesa. En 1871 habían obtenido la concesión de las minas de hierro de El Regato y La Arboleda, y sacaban su producto por el cargadero de Luchana, cerca de Baracaldo y de Bilbao. En 1927 vendieron a Altos Hornos de Vizcaya.

 

 

Comercialización del mineral de hierro.

 

El comportamiento de las distintas zonas mineras españolas fue desigual. La zona Almería-Murcia se limitó a vender mineral y a sacar el máximo beneficio posible de ello. No se preocuparon por su propia industrialización, sino sólo de gozar de los beneficios de la extracción de mineral.

Los vascos decidieron que las empresas en su tierra debían ser vascas, lo cual fortaleció sus tradiciones vascas, y la economía se compaginó con el tradicionalismo cultural. Además, con sus incursiones en los procesos productivos de alto valor añadido, iban en la buena senda de corregir el error del Gobierno español de convertir España en una colonia económica. El País Vasco decidió tener sus propios altos hornos, pero resultaba que no tenía carbón ni convertidores de acero. La posibilidad de importar carbón de Gran Bretaña significaba precios más altos que los de sus competidores extranjeros, pero más bajos que los del resto de los españoles. Era una ventaja, porque su mercado era el español. Y aprovechando el viaje de vuelta de los barcos exportadores de mineral, la importación de carbón resultaba muy atractiva.

A la sombra de esta actividad siderúrgica, surgió una interesante actividad naval que dio mucha vida a la ría de Bilbao.

Ibarra fue el principal inversor español en hierro, el cual empezó en The Orconera Iron Orelo Ltd, creada en 1873, y luego hizo una sociedad de Ibarra y Cía con dos socios británicos, y la Krupp alemana, en la que cada uno de los cuatro tenía el 25%.

Los Ybarra, o Ibarra, son una amplísima generación de empresarios, pues cada uno de ellos tenía media docena de hijos e incorporaba al negocio a los hijos varones y a los yernos. El patriarca de todos ellos fue José Antonio Ibarra de los Santos, 1774-1849, hijo de un empresario pequeño. Ybarra de los Santos se instaló en Bilbao en 1801 y se dedicó a la comercialización del mineral de hierro para los ferrones vascos. En 1820, los dueños de ese negocio eran José Antonio Ibarra, José Antonio Mier, Nicolás María de Llano, y José de Chávarri. En 1827, todos ellos se fusionaron en Ibarra, Mier y Cía y con ello impusieron los precios a los mineros de la zona norte. En 1837, inició un magnífico negocio de proveedor de alimentos y materiales del hogar al ejército y a los vascos de ambos bandos de la guerra carlista (velas, algodón, sal, azúcar, aceite y alquitrán eran muy buenos negocios). Pronto se le ocurrió ir a buscar el azúcar al origen, Cuba, y hacer mejores negocios. En 1839, al terminar la guerra, volvió al origen, la compra del mineral de hierro a través de Ibarra, Mier y Cía. Y en 1839 se dio cuenta de que el componente clave de los precios del negocio del hierro era el carbón, por lo que encargó a sus hijos, Juan María Ibarra Gutiérrez de Caviedes y Gabriel Ibarra Gutiérrez de Caviedes el negocio. En 1843, José de Chávarri abandonó la sociedad, pero ello no fue significativo. Fue sustituido por José Gorostiza, yerno de José Antonio Mier, y Cosme Zubiría, yerno de José Antonio Ibarra de los Santos. La empresa era 70% de los Ibarra y 30% de los Mier, cuando murió Ibarra de los Santos en 1849. El nuevo patriarca de los Ybarra fue Juan María Ybarra Gutiérrez de Caviedes, 1816-1878, I conde de Ibarra. Había estudiado Leyes en Vitoria y se licenció en Madrid. En 1845 se casó con Dolores González Álvarez, hija de un indiano rico, y se estableció en Sevilla, en donde puso un servicio de transportes marítimos Sevilla-Bilbao, y la empresa Hijos de Ibarra que comercializaba alimentos y productos para el hogar. En 1854 se extinguió la empresa Ibarra, Mier y Cía y se creó Ibarra Hermanos y Compañía. Y se dedicaron al acero, creando un alto horno, llamado La Merced, en Guriezo (Cantabria). Tras su muerte en 1878, el nuevo patriarca fue José María Ibarra y González, 1848-1898, II conde de Ibarra, cuando los Ibarra eran docenas de personas en la familia. El tercer conde de Ibarra fue José María Ibarra Menchacatorre, y luego el cuarto sería José María Ibarra Lasso de la Vega.      En 1876, Ibarra Hermanos se asoció con Societé Franco Belge des Mines de Somorrostro, en una nueva empresa del mineral de hierro. En 1882, murió Cosme Zubiría, en 1878 murió Juan de Ibarra Gutiérrez de Caviedes, y en 1890 murió Gabriel Ibarra, y se renovaron muchas de las personas que llevaban las empresas Ibarra. El nuevo hombre fuerte era José Villalonga, un cuñado de los Ibarra.

La industria vasca tuvo su mayor transformación en el hecho de que la familia Ibarra abriera altos hornos en Sestao en 1882. En 1882, la familia Ibarra decidió fundar “Sociedad de Altos Hornos y Fábricas de Hierro y Acero” en Bilbao, y en 1885 instaló el primer convertidor Bessemer. Ese año de 1882 se inauguraba también “La Vizcaína” una empresa siderúrgica más pequeña, un 50% de la de los Ibarra. Ambas se fusionaron en 1902 creando “Altos Hornos de Vizcaya”.

El siguiente problema era dar salida a esa producción de acero: Astilleros del Nervión se creó en 1886, encontrando así una gran salida del hierro en la construcción de buques para la modernización de la escuadra española. Y otra salida era el ferrocarril, una vez que se eliminaron los privilegios de importación de hierro, en 1891.

De la instalación de la siderurgia se derivaron muchas empresas metalúrgicas como la Metalúrgica Aurrerá, 1885; la fábrica de hojalata La Iberia, 1887, propiedad de la familia Echevarría; Talleres de Zorroza, 1892; Talleres de Deusto; Tubos Forjados, que hacía productos en acero; Basconia, etc.

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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