LOS PRODUCTOS AGRARIOS ESPAÑOLES de fines del XIX.

 

 

Conceptos clave: vino, trigo, olivo, hortofrutícolas, ganado, bosques.

 

 

El vino.

 

España tuvo un muy buen negocio en 1868-1892, con motivo de la crisis de la filoxera en Francia. Se trata de una plaga de hongos que acabó con las vides francesas desde 1868. Francia, el gran exportador mundial de vinos, decidió entonces comprar masivamente vinos españoles para abastecer sus bodegas, cosa que provocó la aparición de muchos viñedos en La Rioja y La Mancha a fin de enviar caldos hacia Tarragona, en donde los franceses lo compraban todo. Entre 1882 y 1992 salían del puerto de Tarragona, con destino a Francia, 30 barcos al mes cargados de vino. Los pequeños agricultores de valles catalanes de clima templado, pusieron viñas abundantes.

Los vinos Jerez, Montilla, Rioja, Valdepeñas y Priorato se exportaron bien por causa de la filoxera en Francia e Italia y el negocio duró hasta 1890 en que estos países se recuperaron y España adquirió el problema de la plaga.

El cultivo de la vid avanzó a pasos agigantados en extensión y mejoró la calidad en lo referente a vinos, aguardientes y licores. Se aprendieron las técnicas de injertos y se empezaron a valorar las distintas gradaciones alcohólicas del producto final.

El segundo gran comprador de vino español fue Gran Bretaña. Los grandes viñedos aparecieron en zonas tradicionales como en Jerez, Sevilla y Córdoba, cuyos propietarios enlazaban con comerciantes ingleses, que acabaron fundiendo sus familias en una. Se calcula que la producción se multiplicó por 4 en el transcurso del siglo XIX. Los vinateros eran partidarios del librecambismo que les permitía exportar más barato.

También aparecieron viñedos en Galicia y en Cataluña (Priorato de Tarragona) y se extendieron mucho en La Rioja, que exportaba por Santander, para las ventas a América.

Pero los años del gran negocio, 1882-1892, coincidían con los de entrada de la plaga de la filoxera en España. La plaga llegó a España desde el norte hacia 1880, expandiéndose hacia el sur progresivamente. En quince años había penetrado en todo el país. El problema se solucionó importando cepas americanas inmunes al hongo y haciéndoles los injertos convenientes, también inmunes al hongo, para tener el vino deseado, pero se tardó algún tiempo.

La propiedad de las viñas era de grandes latifundistas en la Mancha y en Andalucía, y de propietarios medios en Cataluña y Galicia. En Cataluña volvieron a ponerse de moda los contratos medievales renovables a rabassa morta (cepa muerta), lo cual significaba tradicionalmente renovaciones cada 16 años aproximadamente. Pero las nuevas técnicas de los injertos causaban problemas, pues el campesino pretendía quedarse con la viña más tiempo, pues la cepa no estaba muerta, y el propietario se quejaba de que se incumplían las condiciones del contrato. A la contra, cuando llegaba la filoxera y provocaba la muerte de las vides, jóvenes o viejas, el propietario reclamaba la renovación del contrato de arrendamiento sin que hubiese pasado el tiempo presumido como normal.

Todavía en 1885 existían los arrendamientos a largo plazo de costumbre tradicional, como los foros gallegos que se arrendaban sin límite de años y ello daba pie a subarriendos y múltiples conflictos sociales.

 

 

El trigo.

 

La explotación del trigo sufrió una crisis definitiva a fines del XIX: El precio internacional del trigo bajó a lo largo de todo el siglo XIX, pero la mayor parte de la bajada se concentró en los treinta años finales de siglo, y llegó a la centésima parte de su valor de 1870. El precio de exportación bajaba, de 0,21 pts./Kg. en 1880, a 0,18 pts. en 1890, mientras los precios nacionales se mantenían artificialmente altos “para no dañar a los productores”.

Las causas de la bajada internacional de precios se debían tanto a la importación desde países pobres y nuevos, como al abaratamiento de los costos del transporte marítimo y del transporte mediante el tren. Secundariamente, también a la introducción de abonos que agrandaban la producción.

Con la política de proteccionismo al trigo, los agricultores castellanos ya no eran competitivos pero, puesto que dominaban los cargos políticos en alianza con los pañeros catalanes y ferreros vascos, impusieron un proteccionismo a ultranza y el privilegio de reservarse el mercado de Cuba y Puerto Rico al que se exportaba desde Santander. Todavía en tiempos de Franco, los agricultores gozaron de precios de protección, y España no llegó a un comercio libre, de precios bajos, hasta final del siglo XX. Los grandes propietarios eran partidarios del proteccionismo (aranceles altos a la importación) y mantenimiento de precios altos en el interior, y en ello se esforzaban en el Gobierno junto a los industriales vascos y catalanes que querían precios altos para el hierro y los textiles. Otra vez más la política económica iba encaminada al fracaso total a largo plazo, mientras los españoles sólo querían ver el día a día.

Los precios del mercado interior se vieron precisados a caer, pero no lo hicieron hasta el nivel internacional.   Las bajadas de precios provocaron que muchos agricultores tuvieran que adoptar cultivos más rentables, se produjo menos, y se llegó a la necesidad de importación de trigo. La paradoja era que el pueblo que presumía de ser el cultivador de trigo por excelencia, importara ese producto.

Los malos años, los de cosecha insuficiente, resultaban buenos para los industriales y comerciantes, y para las ciudades portuarias que adquirían licencias de importación. Se traía trigo barato de Chile, Argentina, Rusia, Turquía, Polonia, Bulgaria, y de Estados Unidos, y se vendía a precios altos. Los malos años eran los mejores para los negocios. Algo funcionaba mal en la economía española.

Gracias a esta política proteccionista, el cultivo del trigo siguió siendo la base de la agricultura española. Se cultivaba sobre todo en las dos Castillas, pero no se introdujeron técnicas modernas y el rendimiento decaía en vez de progresar. Se cumplía la norma de que la naturaleza castiga a los que hacen mal las cosas, y no a los ricos.

A final de siglo, un tercio de la superficie cultivada se dedicaba al trigo, con un rendimiento escaso, de unos 7,6 Qm./hectárea. Los rendimientos eran la mitad que en Francia y la tercera parte que en Gran Bretaña, en parte por el clima seco y en parte por el atraso técnico.

La política de altos precios significó que no se produjo el abandono de las tierras de secano, uno de los males de la economía española del momento, lo cual fue bien visto por muchos políticos. Pero el golpe de la caída será mayor en los comienzos del XX, cuando haya que abandonarlos masivamente, por alcance del límite racional asumible. La emigración masiva de los años sesenta del siglo XX tuvo mucha relación con este abandono de la tierra, cuando hasta tres millones de españoles marcharon a Francia, Alemania, Suiza y otros países europeos, y ya no retornaron al campo, sino se incorporaron a las ciudades españolas.

Una segunda consecuencia de esta política de altos precios es su decisiva influencia en el problema colonial. El trigo ruso y el americano eran más baratos para las colonias que el trigo español, y los cubanos, grandes consumidores del trigo español, preferían comprar trigo barato. El trigo duro, candeal, es de mejor calidad, pero de bajo rendimiento, y precio alto. Al tiempo, los EE.UU. estaban interesados por el azúcar barato procedente de las islas del Caribe para el negocio de la distribución en su país. El trigo y el azúcar son dos factores muy importantes en la guerra de independencia cubana.

 

 

El olivo.

 

El olivo fue otro cultivo que se intensificó grandemente, pero sólo en la mitad sur peninsular, pues es un árbol que no admite heladas. El cultivo avanzó por Aragón y Lérida, fuera de su área natural, porque tenía buena salida para la exportación por Santander o por Barcelona. El aceite se extendió por todo el valle del Ebro y Andalucía.

El olivo vive hasta 2.000 años, y es un árbol de crecimiento lento, que produce aceitunas. Su periodo interesante de producción está entre los 30 y los 150 años de edad. Las variedades más oleosas se dedican a la producción de aceite, y las menos oleosas a consumo, generalmente en escabeche. La oliva de año es verde, y la retenida en el árbol se vuelve negra. La cosecha se hace hacia febrero y marzo de cada año, en pleno invierno.

Por las condiciones citadas, el olivar es un cultivo poco flexible al mercado y poco accesible a las clases pobres: para empezar, hay que hacer una inversión importante con la que se pierde dinero durante 10 años aproximadamente; en segundo lugar, se deben escoger campos en condiciones óptimas de buen tiempo y suelos adecuados. Apenas da lo suficiente como para comer durante otros diez años o más. Y a partir de los treinta años, comienza a producir ganancias siempre que se le cuide con podas adecuadas, abono suficiente y no dañándole durante la recolección. Después, el olivo vive muchos años, pero va perdiendo rentabilidad progresivamente.

A partir de 1860, la superficie española plantada de olivos no paró de crecer: en 1860 había 859.000 hectáreas, y en 1900 eran 1.360.000 hectáreas, para llegar en 1930 a 1.900.000 hectáreas.

Dificultades en el cultivo del olivo son: que las podas no sean adecuadas en muchas ocasiones, lo que compromete la cosecha del año siguiente; las sequías reducen la cosecha;  y la helada malogra completamente una cosecha. Así que las producciones anuales fueron irregulares en el siglo XIX hasta que la gente se convenció de que había que aplicar conocimientos agrícolas y tratar bien al árbol.

Al mismo tiempo que creció la superficie cultivada, crecía la producción de aceite: en 1860, 144.000 toneladas; en 1900, 209.000 toneladas; y en 1930, 400.000 toneladas. La razón para extender el olivo y multiplicar la producción de aceite es la calidad de esta grasa vegetal, cuyo consumo estaba extendido por toda la península y también por Latinoamérica.

Pero los italianos se dieron cuenta de la falta de conocimientos industriales y comerciales de los españoles y de la oportunidad de negocio que ello suponía. Inmediatamente pusieron en marcha dos grandes negocios, el refinado y el embotellado. Compraban aceite en bruto y se lo llevaban a Italia, lo refinaban de modo que fuera aceptable para el mercado mundial y lo envasaban a fin de que tuviera presencia comercial adecuada. Los españoles, poco avezados en el comercio, seguían diciendo que el aceite en bruto era mejor y tenía más sabor que el refinado, y que la aceituna siempre se había consumido en escabeche. Los italianos, más listos, se convirtieron en el gran exportador mundial de aceite, y ganaron mucho dinero con ello. La situación se mantuvo así hasta la segunda mitad del siglo XX.

Las provincias productoras de olivas estaban y están en la mitad sur, y costa mediterránea, pues el olivo no soporta durante mucho tiempo temperaturas por debajo de los 6ºcentígrados.

En el siguiente cuadro, expongo las provincias ordenadas por producción de aceituna de consumo al año a finales del XIX, pues el aceite bruto era exportado para fabricar aceite refinado en el exterior y me parece menos interesante:

x        Aceituna de consumo  Aceituna de aceite

Sevilla      6.311.200 kilos     264.800.000 kilos

Valencia     3.490.000            28.400.000

Alicante     3.280.000            11.600.000

Córdoba      1.809.000           271.150.000

Baleares     1.150.000           106.000.000

Badajoz      1.148.000            79.900.000

Salamanca    1.091.000             6.900.000

Cáceres        669.200            49.000.000

Granada        432.000            55.200.000

Jaén           411.000           373.900.000

Murcia         392.000            11.900.000

Huelva         351.000            34.400.000

Cuenca         272.300            15.900.000

Zaragoza       258.700            20.600.000

Toledo         216.000           104.500.000

Madrid         212.000            27.700.000

Castellón      170.500             7.400.000

Barcelona      155.000            10.600.000

Málaga         135.000           131.200.000

Ciudad Real    123.400            34.100.000

Almería        121.200             6.500.000

Gerona         111.000            20.700.000

Navarra         99.000             9.500.000

Huesca          92.100            15.300.000

 

Las provincias con más extensión de tierra dedicada al olivo eran Jaén con 320.000 hectáreas, Córdoba con 241.000 hectáreas y Sevilla con 218.000 hectáreas, son las que destacan por su producción para aceite. Baleares, Toledo y Málaga eran productoras intermedias. Pero Sevilla era la líder destacada en la producción de aceitunas en escabeche, lo más valorado en el momento.

La cosecha de aceituna del siglo XIX era “vecera”, de año y vez, es decir, que había buena cosecha un año sí y otro no. Por tanto, no sirve dar un año como modelo, y el cuadro estadístico que presentamos, de 1930, sólo es indicativo de la distribución del negocio, y no lo damos como dato de producción de ningún año concreto. Es útil conocer que un kilo de aceituna produce 0,200 litros de aceite.

Los olivos estaban rodeados de cultivos cerealísticos entre los cuales aparecían intercalados los árboles.

 

 

 

Productos hortofrutícolas.

 

A partir de 1850, en las cercanías de las ciudades apareció un cinturón de huertas, sobre todo en las zonas susceptibles de riego, cerca de los ríos y arroyos. Así, los productos hortofrutícolas podían llegar frescos y a buen precio al mercado urbano. Todas las ciudades tenían un mercado de la fruta verdura, fuera éste semanal, dos veces a la semana o diario. A medida que mejoraron los transportes, las frutas y verduras fueron llegando a los pueblos, e incluso al extranjero. Los pueblos, productores de frutas y verduras, tenían que consumir sus propios productos, escasos en variedad, y escasos en la distribución anual, mientras no se incorporaran al mercado nacional que les permitiera acceder a la variedad, y a la competencia que solía significar bajadas de precio de los productos locales. Las ciudades tenían más cantidad y variedad de producto.

Lo primero que se exportó fue lo más fácil de transportar: el fruto seco, como almendras, avellanas, higos secos, orejones (melocotones secos), las legumbres, las conservas de productos de huerta, y más tarde siguieron las naranjas y limones, el fruto del algarrobo, las castañas, manzanas, plátanos (la banana dulce se llama plátano en España), patatas, zanahorias, uvas, aceitunas… Igualmente se exportaban cereales y leguminosas, de los que curiosamente España era deficitaria, pero cuando el precio de exportación compensaba, no se tenía en cuenta la escasez interior, y se colocaba fuera el producto aunque se estuviera pasando hambre dentro.

De esta manera, Tarragona se especializó en la producción de avellana para la exportación. También surgió Logroño como productor de conservas, que se hacía por el método Appert (envasado al vacío y sometimiento del contenido al baño maría) introducido en España por José Gutiérrez de la Concha Irigoyen Marqués de la Habana, de donde Logroño se convirtió en una gran zona de huerta.

Las naranjas incrementaron sus ventas en Europa continental, a partir de 1850, gracias al ferrocarril, y en Inglaterra gracias al barco. Inglaterra era el principal comprador de naranjas españolas. Desde 1860, existía un transporte regular y directo de naranjas desde Valencia a Londres. Francia era el segundo cliente. Desde 1870, las naranjas españolas empezaron a venderse en Nueva York, y desde 1873, se estableció un transporte regular entre Valencia y Hamburgo.

Las provincias productoras de naranja eran Valencia, Castellón, Murcia y Alicante. Sevilla también producía, pero era una naranja más amarga, muy buena para las conservas y mermeladas, pero peor para el consumo directo. La naranja del siglo XIX contenía muchas pepitas, dos o tres por gajo, y tenía ollejo abundante y duro entre los gajos.

Las provincias productoras de limón eran Murcia y Málaga. Las provincias del norte de España también cultivaban limón, el cual tenía mucha salida en los barcos que atracaban en los puertos del norte, y naranja amarga.

El plátano canario fue una creación de fines del XIX. Los portugueses en el siglo XV, habían introducido banana de Guinea en las Islas Canarias, pero esta fruta no tenía demasiado mercado porque su calidad era baja. En 1855, Sabino Berthelot encontró una variedad dulce de esta fruta en Indonesia y Cochinchina (Indochina actual) y la llevó a Canarias, donde se llamó plátano. La nueva variedad frutal tuvo mucha aceptación en Gran Bretaña y en 1882 se abrió un amplio mercado en este país. Luego, Thomas Tyffes estableció una conexión directa Tenerife-Londres, que llevaba plátano de Canarias a la capital británica. La idea del comerciante británico era aprovechar que en Canarias no había barreras arancelarias y la ganancia podía ser grande. Con este barco frutero, Gran Bretaña se permitía exportar plátano a Francia y a Alemania, y convertirse así en uno de los exportadores de plátanos más importante del mundo. A la España peninsular, apenas le importaba este negocio, porque no consumía esta fruta. En 1914, los peligros de la Guerra Mundial cortaron el negocio británico del plátano, y los canarios pensaron en el mercado peninsular español. Entonces ocurrió que el alto precio de los plátanos canarios (banana dulce) suscitó atención de otros empresarios, los cuales empezaron a cultivar banana en Brasil, Guatemala y Jamaica, con lo que al finalizar la Gran Guerra, la banana dulce americana, más barata, invadió el comercio británico y europeo. A los canarios les quedaban todavía dos armas comerciales, el mercado español y la calidad superior del plátano canario.

Es importante que en 1860 se abrió el Canal de Urgel, para poner en regadío tierras de Lérida.

Por ese tiempo se multiplicaron también los cultivos frutales de la Huerta Valenciana. Es conveniente no confundir la Huerta Valenciana, con las huertas valencianas, pues la Huerta es un amplio territorio de regadío, y las huertas son propiedades particulares. Las dos principales Huertas españolas son la valenciana y la murciana.

También llegó la almendra a Reus y Tarragona.

A principios de siglo XX apareció la remolacha azucarera a raíz de la pérdida de Cuba, y se puso en Andalucía y Castilla.

El arroz no aparecería hasta primeros años del XX, en la Albufera de Valencia y zonas bajas del Ebro.

El tomate y la cebolla eran alimentos de mucho consumo, pero se producían por todas partes y su mercado era más bien local.

El ajo, tiene la peculiaridad de que tiene que madurar en seco, pues de otra manera, recogido antes de tiempo o cultivado inadecuadamente, se pudre. Determinadas zonas meseteñas se especializaron en la producción de ajo.

España consumía también muchas leguminosas: las algarrobas se cocían para los cerdos, y las lentejas para los humanos. El garbanzo era la comida casi diaria en todas las familias. Las judías se consumen en verde, como vainas, o como fruto maduro, alubias de distintas variedades.

En el ramo de los tubérculos, España consumía mucha patata, que se echaba en el cocimiento de los cerdos las de mala calidad y las peladuras, y se consumía en los garbanzos, cocida sin más, asada o frita (cuyo plato emblemático era la tortilla de patatas). Los canarios aprovecharon el mal clima meseteño de la península, que no permite tener patatas hasta agosto, ofreciendo una patata canaria temprana, que salía al mercado en primavera. Las zonas más frías, obtenían una patata tardía que se recogía en septiembre, y que se trataba de conservarla hasta la primavera siguiente por distintos métodos. Las Islas Canarias no tenían la plaga del escarabajo de la patata, y ello les daba otra ventaja añadida.

Los cultivos industriales son aquellos que van destinados a plantas fabriles para su elaboración, previa a introducirse en el mercado. Se trata principalmente de la caña de azúcar, remolacha azucarera, lino, cáñamo y algodón, tabaco, azafrán y cacahuete, cultivos que se iniciaron con distinta suerte. En el siglo XIX, se cultivaba el lino y el cáñamo de forma generalizada en toda la península, y en fincas pequeñas. El cáñamo es un producto típico del campo, pues la putrefacción en agua necesaria para obtenerlo, huele muy mal y no admite sitios cerrados. Tal vez por ello, y porque requiere mucho trabajo no asumible por los mercados, este cultivo se abandonó en el XX. En el campo, se le dedicaban días perdidos, y el agricultor se conformaba con muy poca retribución por su trabajo. El cáñamo se usa para cordelería, alpargatas y velamen de barcos. Se cultivaba mucho en el valle del Ebro.

El cáñamo volvió a producirse cuando se descubrieron sus propiedades alucinógenas, pero ya para fines ilegales. El lino es un producto de alta calidad usado para tejidos de lujo. Requiere rastrillado de la planta, rueca y tejido a mano, y resulta muy caro. El esparto es una hierba natural del desierto, y se recogía tradicionalmente en Almería y Murcia, e incluso se importaba de Argelia.

 

 

La plaga de la langosta.

 

España es un país al borde del desierto, y de hecho, Almería contiene una buena parte de desierto. Por tanto, está sometida a las plagas propias de ese suelo y clima.

En 1879 se inició una campaña contra la plaga de la langosta creando unas Juntas de Extinción de la plaga, que eran municipales, y tomando unas medidas al respecto: como la langosta pone a fin de verano canutos de 25-40 huevos enterrados ligeramente, que son las larvas del año siguiente, se ordenó quemar las zonas plagadas de langosta en Extremadura, Ciudad Real, Jaén, Córdoba y Sevilla, y roturar las tierras baldías que eran las que contenían más canutos de huevos. Las Juntas de Extinción locales hicieron lo posible porque no se roturase la tierra, porque ello significaba perder pastos para la ganadería y se avanzó poco contra la plaga, hasta que en 1908 el Gobierno decidió que se hicieran cargo de cumplir la ley unos organismos provinciales y no los municipales. Estos organismos roturarán unas 500.000 hectáreas y la plaga retrocedió hasta ser controlada hacia 1930.

 

 

Productos ganaderos.

 

La ganadería española de fines del XIX estaba en crisis. Tenía que superar el divorcio que se estaba produciendo entre agricultura y ganadería. Una vez liquidada la Mesta y sus derechos sobre prados y viales pecuarios, y una vez hecha la desamortización y roturados muchos de los prados de uso ganadero, los ganaderos se sintieron agredidos por los agricultores. Hasta entonces, la agricultura había estado sometida a los deseos de los ganaderos, y a partir de fines del XIX, serán los ganaderos los sometidos, no sin reyertas y conflictos varios. Cada vez que los agricultores roturaban o ponían cercas, los ganaderos lo pasaban peor, pues los pastores lo tenían más complicado. Y al desaparecer los baldíos y comunales, los sitios para dejar el aprisco eran cada vez más escasos. Así que la cabaña ganadera no dejó de disminuir a fines del XIX.

xxxxx                    1865                 1888

Ganado lanar   22.468.000 cabezas  13.773.000 cabezas

Cabras          4.531.000           2.650.000

Cerdos          4.350.000           1.162.000

Vacas           2.967.000           1.460.000

Asnos           1.298.000             537.000

Mulas           1.021.000             458.000

Caballos          680.000             310.000

Las cifras nos hablan de una pérdida general de un 50% de la ganadería española, entre 1865, últimos años del reinado de Isabel II, y 1888, cuando había dado fruto la desamortización. Las cifras son asombrosas hasta el punto de que Jaume Vicens Vives, historiador que vivió de 1910 a 1960, dijo que seguramente se trataba de un error estadístico. De alguna manera Vicens tenía razón, pues en este cuadro estadístico, en 1888 no se tuvo en cuenta el ganado de Navarra y País Vasco, lo cual significa que las cifras de 1888 deben ser incrementadas, pero no mucho. También hay que tener en cuenta que el recuento de 1888 tenía fines fiscales y a los agricultores no les interesaba declarar su ganado. Pero con todo, las cifras insinúan un problema y una tendencia. Ángel Cabo, catedrático de Geografía en la Universidad de Salamanca, en su obra La Ganadería española. Evolución y tendencias actuales, 1960, confirmó las cifras con pocas variaciones. La Reseña Estadística de 1914, también confirmaba la tendencia aquí indicada. Concluiremos pues que las cifras no son exactas, pero son indicativas de lo que estaba sucediendo.

La lana se producía en las dos Castillas, pero la transhumancia tendía a desaparecer a medida que se desarrollaba el ferrocarril. De los 13 millones de ovejas que hubo en algún momento en trashumancia, sólo quedaba menos de un millón a fines del XIX. Y el algodón ofrecía productos más baratos aunque fueran de peor calidad. España hizo dos apuestas equivocadas en el sector textil: la primera fue que apostó por la cantidad en vez de la calidad de los animales, lo cual significó que fue desplazada del mercado por la oveja australiana, británica y alemana, de lanas de mejor calidad. La segunda, que apostó por los tejidos de mucha calidad y muy caros, y perdió el mercado porque los productos baratos ingleses se impusieron, aunque fueran malos. De todos modos, el negocio de la lana fue bien hasta la llegada de los sintéticos tras la Segunda Guerra Mundial.

Las cabras son animales muy sobrios y de leche muy gustosa, pero escasa. El queso es excelente. Pero las cabras no gustaban a la sociedad en general porque son destructivas del medio, se comen la corteza de los árboles y los matan, y son menos tranquilas que las ovejas, más salvajes. Eran difíciles de dominar y destruían los sembrados frecuentemente, por lo que los Ayuntamientos tendieron a ponerles inconvenientes a fin de eliminar su crianza.

Las vacas de leche aparecieron en toda la España húmeda, sin estabular y con una mínima selección de razas, dedicando a menudo el mismo animal para carne y leche. También junto a las grandes ciudades nacieron algunas estabulaciones, no demasiado importantes. La leche más consumida en el sur era la de cabra, y la carne más consumida en el sur, la de oveja. La vaca es un producto ganadero del norte de España, la España húmeda.

En cuanto a la carne, las ciudades demandaban carne de calidad, sobre todo ternera, y de eso había poco pues en los pueblos se consumían vacas viejas accidentadas o inservibles para el trabajo y para la producción de leche, novillos y toros[1], caballos, burros y cerdos. Madrid, Barcelona y alrededores y Valencia, importaban carne de otras provincias, pues su consumo era alto para la época. Las provincias exportadoras de carne eran las mismas en las que abundaba el ganado, cuando tenían oportunidad de transportarlo a buen precio, lo cual mejoró con el ferrocarril: Badajoz, Toledo, León, Cáceres, Cuenca, Palencia, Soria y Teruel exportaban ovejas; Badajoz, Cádiz, Lugo, Oviedo y Salamanca exportaban cerdos; Oviedo, La Coruña, Cádiz, Lugo, y Salamanca exportaban vacas. La carne era muy escasa en las zonas rurales, y se consumían ratas, culebras, lagartos, conejos y liebres, pájaros diversos, gatos y otros animales, cuando había ocasión de atraparlos.

En general, los prados y montes que sobrevivieron a la desamortización fueron dedicados a animales de tiro y de reja, es decir, bueyes, mulas y asnos. Precisamente las dehesas destinadas a ganado boyal, dehesas boyales, fueron excluidas de la desamortización. En Castilla, el animal de tiro preferido era la mula, cruce de asno y yegua, o de caballo y burra en su caso, porque era más mansa y dominable que el caballo, y porque comía grano y paja, un producto abundante en Castilla. En la España húmeda se prefería el buey, por su mayor capacidad de tiro, y porque disponían de pasto abundante necesario para el ganado bovino.

 

 

Los bosques.

 

El Ministerio de Fomento, creado en 1832, cuidaba de la repoblación y conservación de los montes y arbolados en general. En 1837, se había creado la Dirección General de Montes Nacionales con el fin de administrar los montes, baldíos y realengos, y todo terreno de dueño no conocido que fuera atribuible a la nación. Pero la desamortización iba reduciendo áreas del bosque y el fenómeno tuvo especial incidencia después de 1855.

El 22 de enero de 1862 apareció un Decreto de Enajenación de Montes, de la que exceptuó a los pinares, robledales y hayedos de superficie superior a las 100 hectáreas. Ello fue el comienzo de una época de deforestación. Fue un crimen ecológico legalizado. Los compradores fueron especuladores que, inmediatamente, vendieron la madera que había sobre los montes que habían comprado, de uso en la construcción, la industria y el consumo para el fuego y carbón vegetal. Y después de deforestado, vendían el monte en pequeñas parcelas a pequeños campesinos explotadores, con lo que el negocio fue muy bueno para ellos. El monte deforestado era fácilmente erosionable, perdía el humus con rapidez, y en unos 25 años se abarrancaba y aparecían peñascos. Los pequeños campesinos fueron, de alguna manera, “estafados”. Y en las zonas bajas, se padecían sequías e inundaciones aleatorias, por lo que la explotación en huerto que se intentaba, solía deteriorarse también. A los pequeños compradores, sobre todo en el norte de España, no les fue nada bien una vez pasado el tiempo suficiente para que se produjese la erosión. Tristemente, ello ocurre una generación después de iniciado el cultivo, y cuando se protesta, el problema ya no tiene solución.

En 1863, hubo una Ley de Montes, primera de su especie en España. Esta Ley clasificó los montes, hizo aforo de árboles, deslindó parcelas, y amojonó los deslindes. Desde entonces se introdujeron varias técnicas de conservación del monte y explotación racional del mismo, en los montes no vendidos, por supuesto.

En 1887, una Ley de Repoblación decidió poner árboles en montes públicos y calveros, y ofrecía subvenciones a los poseedores privados que quisieran plantar árboles. Se empezaba a valorar el mal hecho a partir de 1862. Esta Ley se complementó en 1888 con la creación de viveros forestales que proporcionaban árboles a los propietarios que los pidieran, y con la aparición, también en 1888, de Comisiones de Repoblación para repoblar las cabeceras de los ríos, principal y sus afluentes, de toda la cuenca hidrográfica. Fue importante en el Júcar, Segura y Lozoya. Y en 1901, España se compartimentó en 10 “divisiones hidrológico-forestales”, a fin de emprender nuevas campañas de reforestación integral.

 

 

 

 

[1] Un toro es un animal de cinco o seis años en adelante, pues los machos de la clase vacuna se denominaban chotos el primer año, añojos el segundo, utreros el tercero, cuatreños el cuarto, y toros a partir de esa edad. Ternero hace alusión a la cría menor de dos años, una vez destetada hacia los 12 meses de edad. Novillo hace alusión a los ejemplares de 2 y 3 años de edad. Un bóvido puede vivir más de 20 años. (Fuente: percepción propia en el campo).

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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