ECONOMÍA ESPAÑOLA DE FINES DEL XIX.

 

Conceptos clave: el ciclo económico 1877-1900, la economía española de fines del XIX.

 

 

 

El ciclo económico 1877-1900.

 

En el último cuarto del siglo XIX, 1873-1898, Europa se hallaba ante una crisis, en fase B Kondratieff o de retraimiento de precios. Esta bajada de precios se debía a las fuertes inversiones de capital habidas desde 1850, que estaban reduciendo costos de producción, y con ello hacían inviables a muchas empresas viejas, y también se debía a la abundancia de capitales después del descubrimiento de oro de California y Sudáfrica a mediados de siglo, acontecimientos que suelen provocar desajustes por mal reparto social de la abundancia. Los tipos de interés bajaron progresivamente hasta el 2% a final de siglo. Los precios bajaron hasta en un 40% en el periodo 1873-1896, y subieron a partir de esa fecha, un 20% en los siguientes 10 años.

La crisis de 1873 trajo consigo movimientos a la baja de los precios internacionales, lo que significaba para los españoles una necesaria reconversión económica para adaptarse a los nuevos niveles de precios. La reconversión significó traslado de mano de obra desde el campo a la ciudad y reconversiones industriales mediante la mecanización, lo que se traducía en menos mano de obra en cada empresa. Con el paso del tiempo, las mejoras económicas permitirían tener más obreros empleados en el sector industrial, pero los acontecimientos a corto plazo y las consecuencias a largo, son dos fenómenos distintos.

La economía española seguía una serie de ciclos, muy similares a los generales europeos, pero iban a la contra del movimiento económico europeo en cada momento. Es decir, cuando acababa el ciclo expansivo europeo, empezaba la expansión española, pues los capitales europeos trataban de huir de la crisis de sus sistemas capitalistas y se refugiaban en España, un país marginal. Para proteger sus capitales, los inversores imponían al Estado español condiciones leoninas que aseguraran sus inversiones durante la crisis. No he dicho inversores extranjeros, pues a menudo, los inversores españoles tenían depositados sus fondos en París o en Londres, y actuaban desde allí, junto a otros inversores extranjeros.

En España, los hornos y acerías de Cantabria se arruinaron, y los de Marbella sufrieron la misma suerte. Ello vino a favor de las acerías vascas y asturianas. Y la producción de acero se fue concentrando en menos regiones cada vez y en menos empresas, con tendencia al monopolio.

La crisis general se vio paliada en España por la plaga de la filoxera que destruyó las vides francesas. España no tenía filoxera, y Francia compraba a granel todo el vino que España pudiera producir. Cataluña hacía grandes exportaciones de vinos desde Gerona. La situación permitió plantar muchas vides en España, pero se volvió negativa cuando la plaga llegó a España unos 15 años después.

En Europa se iniciaba un relanzamiento industrial conocido como “la segunda revolución industrial”, caracterizado por una serie de avances técnicos relacionados con la electricidad (el generador, la bombilla, el telégrafo, el teléfono, la radio, la locomotora eléctrica), la imagen (la foto, el cine), o los transportes (el tranvía)… por la eclosión de nuevas energías (el petróleo y la electricidad), que se sumaban al carbón, por la aparición del automóvil, inventado en 1890 y fabricado en serie en 1903, aunque no popularizado hasta 1943, y por la aparición de las grandes asociaciones industriales, los Trusts y los Cartels, el llamado “gran capitalismo” con la gran banca que se dedica tanto a los préstamos como a los negocios por acciones y que fue denominada “banca mixta”. Y con la nueva mecanización de esta época, se transformó la agricultura, que se mecanizó masivamente y tuvo objetivos nuevos de comercialización a grandes distancias, se transformó casi toda la industria hacia la electrificación, y todo ello produjo grandes movimientos de personas en migraciones a grandes distancias. España emigraba hacia América. También surgieron tres nuevas potencias industriales que se sumaron a Gran Bretaña, Francia y Alemania: Italia, Estados Unidos y Japón.

El nuevo periodo capitalista se caracterizaba por el imperialismo económico, fenómeno que desplazaba al colonialismo. En el viejo colonialismo, la metrópoli estaba presente en la colonia, la dirigía y organizaba, e incluso hacía frente a sus rebeliones y problemas sociales, lo cual implicaba unos gastos. En el nuevo fenómeno imperialista, las metrópolis darán una teórica independencia a sus dominios, pero los seguirían controlando a través de la propiedad de las grandes empresas y dominio de la banca, lo cual hacía imposibles políticas distintas a las patrocinadas por la metrópoli. Y además, tenía la ventaja de no preocuparse por los problemas sociales, los cuales quedaban bajo el cuidado del Gobierno local indígena.

El sistema imperialista tiene muchas ventajas para el capitalista: satisface las vanidades de los caciques indígenas, los cuales se coronan reyes, presidentes, generales y ministros; satisface las necesidades de armas de estos caciques para dominar a sus pueblos, lo cual es una fuente de dinero, un mercado importantísimo para la metrópoli; da salida a la tecnología vieja en renovación, una tecnología poco competitiva en Europa, pero al alcance de los nuevos caciques de la zona de influencia; da salida a excedentes poblacionales dispuestos a ir a dirigir las empresas en el imperio; abastece a la metrópoli de alimentos y materias primas baratas provenientes de las colonias imperiales, lo único con lo que éstas pueden pagar a la metrópoli por los bienes y servicios importados; da salida a productos de escasa calidad y difícilmente colocables en el mercado de la metrópoli; permite un gran prestigio en el mundo, frente al desprestigio, voluntariamente exagerado de las antiguas colonias, pues se pueden enviar misiones científicas, voluntarios cooperadores al desarrollo, misioneros religiosos a trabajar en la aculturación… los cuales llenan sus conciencias de satisfacción al tiempo que sirven a la metrópoli (enseñando el idioma, relacionando a los nativos con la metrópoli, dando a conocer productos de la metrópoli, mostrando costumbres y modos sociales superiores o pretendidamente superiores).

La fechas clave del nuevo colonialismo fueron el Congreso de Berlín de 1878 y la Conferencia de Berlín de 1885, en la que las potencias decidieron no atacarse las unas a las otras, y repartirse el mundo pacíficamente de modo que quien se estableciese en una colonia fuese respetado por los demás.

En el Congreso de Berlín 1878, las potencias europeas reconstituyeron las fronteras de los Balcanes, recientemente cambiadas por Rusia en el Tratado de San Stéfano. Organizado por Otto von Bismarkc canciller de Alemania, asistieron como socios Reino Unido, Austria-Hungría, Francia, Alemania, Italia, Rusia y Turquía, y como observadores, Grecia, Rumanía, Serbia y Montenegro. En 1877, Rusia y sus satélites, Rumanía, Serbia y Montenegro, habían declarado la guerra a Turquía, y el 3 de marzo de 1878 le habían impuesto el Tratado de San Stéfano, por el que Rusia creaba en los Balcanes un gran Estado de Bulgaria que ocupaba todo el sur del Danubio, excepto Bosnia, Serbia y Albania. Rusia había proclamado en San Stéfano el derecho a la independencia de los territorios ortodoxos de los Balcanes, los cuales no se debían someter a un Imperio musulmán. Era la excusa para que Rusia dominase la zona. Por eso, el 23 de julio de 1878, las potencias europeas se reunieron en el Congreso de Berlín y decidieron que Turquía, un imperio en decadencia, se mantuviera en los Balcanes y Rusia retrocediera lejos de los Dardanelos. Las potencias reconocían el derecho a la independencia de los territorios ortodoxos, pero cuando fueran Estados viables y no de pronto, cuando serían Estados fallidos que caerían bajo el Imperio ruso poco a poco. De esta manera, los Balcanes, Oriente Próximo y Oriente Medio caerían en manos de las diversas potencias occidentales, principalmente Gran Bretaña y Francia.

Una vez puesto orden en Europa, Oriente Próximo y Oriente Medio, las potencias decidieron imponerlo en África y Asia, y se reunieron en la Conferencia de Berlín de 15 de noviembre de 1884, cuyos acuerdos finales se firmaron el 26 de febrero de 1885. Allí declararon que reconocerían como país ocupado, todo territorio en el que se demostrase presencia efectiva en el territorio y comunicación oficial de ello a las demás potencias. Y las potencias de la segunda revolución industrial se repartieron el mundo: África fue esencialmente para Gran Bretaña, desde Egipto y Sudán por el norte a Rodhesia y Sudáfrica por el Sur, a lo que había que sumar Nigeria en el oeste; Francia se quedó Argelia en 1848 y el Sahara occidental; y Portugal mantuvo sus viejas colonias de Mozambique y Angola. La curiosidad fue que una empresa privada levantara un imperio, el Territorio Libre de El Congo, que a la postre, en 1910, fue a parar a Bélgica. Asia fue para Gran Bretaña que se instaló en La India, para Rusia que ocupó la mitad norte, y para Japón que se adueñó de Corea y las zonas chinas cercanas. América fue para los Estados Unidos, aunque en la pretensión de expulsar definitivamente a España de allí, lo cual logró en 1898, y con el problema de que los británicos se mantenían en el Canadá y en algunos puntos del Caribe. También Francia poseía algunos puntos del Caribe. El modelo americano fue más bien de imperialismo económico, pues era una sociedad belicosa y desestabilizada, cuyos problemas no le convenían a ninguna potencia colonizadora.

 

 

Economía española del siglo XIX

 

España vivió un ciclo económico a finales del XIX, y otro distinto a principios del XX:

Ciclo, 1877-1900: el ciclo tuvo su fase expansiva de 1877 a 1886, coincidente con la depresión europea, y fase de retraimiento de 1886 hasta 1900, en época de salida europea de la depresión. Algunos economistas abogan por una explicación, para 1886-1900, de una crisis de crecimiento, que también puede ser un factor de la crisis, pero quizás lo más importante fuese que, cuando Europa encontraba facilidades para invertir en sus propios negocios, abandonaba el riesgo de invertir en España.

Ciclo 1900-1945: Nueva fase expansiva hasta 1918, crisis breve hasta 1923, y continuación del ciclo expansivo hasta 1929, en que sucede la crisis estadounidense y se inició la fase de retraimiento. Este ciclo será estudiado en capítulos siguientes. España tardó unos años en acusar el golpe, pero fue imparable a partir de 1929.

 

 

La fase expansiva 1845-1866.

 

El conjunto de España tuvo un despegue económico en 1845-1868, año en el que el capital extranjero ya era dueño de muchas actividades económicas en España. Los extranjeros llevaban dinero a España, a condición de poner a su disposición negocios seguros de alta rentabilidad: Los Rotchschild tenían en España a hombres como Daniel Bernhard Weissweiler e Ignacio Bauer. El alemán Weissweiler, 1814-1892, llegó a España en 1834 para hacerse cargo de la producción de mercurio en Almadén. Los Rotchschild controlaron también Rio Tinto Co.; Sociedad Minera y Metalúrgica de Peñarroya; y Compañía de Ferrocarriles MZA. En 1855, Weissweiler se asoció a Ignacio Bauer y crearon Weissweiler y Bauer Cía. empresa que se dedicó al negocio del gas.

Los inversionistas extranjeros optaban por el rendimiento rápido de sus inversiones. Pagaban muy poco a sus trabajadores, los salarios más bajos de España, y los puestos de responsabilidad se los daban a extranjeros bien pagados de la nacionalidad del inversionista. El producto semielaborado se vendía a la empresa matriz a bajo coste, simulando las ventas en las que no importaba perder dinero, de modo que más tarde las ganancias eran máximas al aparecer los precios reales, tras la elaboración final del producto en el país del inversionista. Los beneficios se sacaban así fuera de España.

En 1866 llegó la crisis, y en medio de ella se produjeron las revoluciones de 1868-1874. En 1875 se produjo la estabilización española.

 

 

El ciclo español 1868-1896.

 

Las circunstancias favorables a España fueron varias en 1868-1896:

España, a la llegada de la Restauración en 1875, podía aprovechar el dinero barato de Europa, y efectivamente lo aprovechará para reanudar la actividad ferroviaria y para abrir minas como Orconera (Cantabria), Somorrostro (Vizcaya) y Riotinto (Huelva). Pero ese flujo circunstancial de dinero se sabía que se retiraría cuando las cosas fueran mejor en Europa, o hubiera problemas en España. La actividad ferroviaria sólo era rentable en cuanto a las concesiones y obtención de subvenciones a la construcción, pero no para su explotación. La actividad minera, aunque daba muchos puestos de trabajo, no servía para obtener productos finales y grandes beneficios en España. Había muchos intereses privados y muy poco sentido ético social. Cuando aparecieron las dificultades, esas actividades económicas se paralizaron.

A partir de 1872, los europeos estaban dispuestos a invertir dinero en España, pero en sectores garantizados por el Estado como la deuda del Estado, y las minas, cuyos productos podían alcanzar un alto valor añadido una vez transportados a los países inversores. El producto se extraía en España y se hacía una preelaboración de poco valor añadido y sin importar que se sufrieran pérdidas en esta fase del proceso. Posteriormente se transportaba a los países inversores, y se hacían los procesos de alto valor añadido que producían altísimas ganancias. El ferrocarril, aun avalado por el Estado, no garantizaba fuertes ganancias, su explotación producía pérdidas, y ya no era, a final de siglo, una inversión del gusto de los extranjeros, como lo había sido en tiempos recientes, 1855-1868, cuando se beneficiaban de fuertes subvenciones del Estado español a la construcción. Algunos tramos del ferrocarril, poco rentables, fueron abandonados o vendidos a los españoles.

También fue posible el negocio del vino durante algunos años: La coincidencia con la plaga de la filoxera en Francia, el mayor exportador de vino del mundo, hizo subir los precios del vino español que Francia importaba masivamente. Los británicos participaban con sus capitales en las bodegas españolas y se ocupaban de su comercialización en Gran Bretaña, con altísimos márgenes de beneficio.

Además, se plantaron muchos olivos, sobre todo en Andalucía, para aprovechar las facilidades de exportación, una vez abiertos los canales de transporte. Y la zona levantina puso muchas huertas de frutales y verduras para la exportación.

La producción del vino, de aceite, los frutales y la remolacha enriquecieron a muchos terratenientes. Pero este negocio de la exportación agrícola tenía un fallo intrínseco, y era que el control de ese comercio estaba en manos extranjeras. Así, cuando los agricultores producían más, los precios bajaban. Y los agricultores españoles, acostumbrados a siglos de escasez, no entendían que la abundancia pudiera llevar a su ruina, a través de las bajadas de precios exageradas. A partir de 1890, las inversiones necesarias para cambiar todas las cepas, eran muy grandes y el vino resultaba caro, y al no ser tratado convenientemente en cuanto a graduaciones y sabores, resultaba poco competitivo en el mercado. Francia recuperó su primacía mundial en el mercado del vino.

Otro negocio circunstancial fue el de mineral de hierro debido al descubrimiento de un convertidor, el Bessemer, que necesitaba mineral puro, sin compuestos fosfóricos, características que coincidían con el mineral de hierro de Cantabria y Vizcaya. Uno de los clientes más importantes para España era Gran Bretaña en cuanto a la demanda de mineral de hierro vasco. La producción de mineral de hierro se multiplicó por 13 en el periodo 1875-1887 y sólo el 5% de la producción fue para la industria española. El País Vasco, con su negocio de construcción de buques, que exportaban mineral de hierro e importaban carbón, se llevó la actividad de producción de acero, quedando Cantabria desplazada a un puesto subordinado a Vizcaya. Cabárceno y Guriezo eran los yacimientos cántabros de mineral de hierro. Desierto era el yacimiento Vasco.

Aprovechando el tirón del alto horno y del ferrocarril, apareció el negocio del carbón asturiano, mucho más caro y de peor calidad que el británico, pero que tenía muchos teóricos que decían que podían abaratarse los precios mediante ferrocarriles y ríos navegables. Fracasaron porque no tuvieron en cuenta los altos costos de estas inversiones. Sus razonamientos eran pueriles, pero muy en consonancia con la mentalidad española del XVIII y el XIX: si el Estado se gastaba el dinero de la inversión, ellos podrían hacer buenos negocios apropiándose de las ganancias.

Cataluña lanzó la industria del papel y relanzó la textil, pero de nuevo en inferioridad respecto a Gran Bretaña en el algodón y respecto a Francia en la seda, por lo cual pedía subvenciones y privilegios al Estado. Otra vez la misma cantinela de un extraño “liberalismo”: que las pérdidas fueran para el Estado (el conjunto de los españoles) y las ganancias para las empresas. El Gobierno colaboraba gastando dinero público en enseñanza, justicia, carreteras, telégrafos, teléfonos y redes eléctricas de alumbrado. Pero aún se le pedía más, que hiciera parte de las inversiones que no eran de interés general, sino para beneficio particular de algunas empresas, y que concediera subvenciones a esas empresas.

Unas nuevas inversiones circunstanciales, los capitales repatriados de Cuba a partir de 1898 y las inversiones estratégicas fruto de la rivalidad entre Francia y Alemania, previas a la guerra y durante la guerra de 1914, permitirían a los políticos españoles seguir en la farsa, representada ante el pueblo español, de que todas las dificultades se debían a la guerra y derrota de Cuba, y así se evitaban las reformas internas necesarias en España desde hacía un siglo. Así los problemas económicos y sociales españoles de finales del XVIII y principios del XIX se trasladaron hasta mediados del siglo XX.

 

 

La fase expansiva española 1877-1886

 

El conjunto de años entre 1874 y 1882 lo podemos calificar de pequeño milagro económico para España. Tampoco le fue del todo mal hasta final de siglo, pero la crisis se empezó a notar a partir de 1883.

Y la época 1880-1890 fue de prosperidad económica, pero no porque Cánovas o Sagasta hicieran políticas económicas determinadas, sino por la paz social que vivían España y Europa. La paz social permitió construir muchas carreteras, 6.000 kilómetros de ferrocarril que duplicaban los que había en 1880, 1.500 estaciones de telégrafo, hospitales, escuelas, institutos de enseñanza media…

Respecto a la fase 1877-1886, el alza de precios habido en los años cincuenta en España despertó el interés de los inversionistas extranjeros, primero de los Rothschild, y a partir de 1859, de muchos medianos y pequeños inversionistas franceses, ingleses y belgas. Sus inversiones se dirigieron al ferrocarril y las minas, cuyas acciones pasaron a cotizar en las Bolsas de París, Londres y Bruselas.

En el trend económico general, nos hallamos ante una crisis europea, en fase B Kondratieff, es decir en bajada de precios que dura de 1873 a 1898. Esta bajada de precios coincidía en una época de fuertes inversiones de capital que estaba reduciendo costos, y también de abundancia de capitales después del descubrimiento de oro de California y Sudáfrica. Los tipos de interés bajarán hasta el 2% hasta final de siglo. Los precios pudieron bajar hasta en un 40% en el periodo 1873- 1896, para subir a partir de esa fecha un 20% en 10 años.

España, a la llegada de la Restauración, podía aprovechar el dinero barato de Europa y efectivamente lo aprovechará para reanudar la actividad ferroviaria y abrir minas: Orconera (Cantabria), Somorrostro (Vizcaya), Riotinto (Huelva).

Los franco-belgas estaban en conexión con Gaspar Remisa Miaróns, José Salamanca, Agustín Muñoz Sánchez (marido de María Cristina), Arellano y otros inversionistas españoles, los cuales les servían como conexión con los políticos de Madrid.

Inglaterra también invirtió a través de la banca Rothschild en Canarias, sobre todo a partir de 1868.

 

Las inversiones extranjeras se dirigían:

Hacia empréstitos públicos. Estas inversiones tenían como riesgo el que España, de vez en cuando, declaraba quiebra y no pagaba, o hacía reconversión de la deuda. Pero el interés prometido era muy alto. Los que más invirtieron en este tipo de negocio fueron los Laffitte, Ardouin y Rothschild.

Otro campo de inversiones extranjeras era el ferrocarril, las cuales llegaron a ser dos tercios del total invertido por extranjeros en España. Se basaban en las excelentes condiciones de construcción que ofrecía el Estado español. La forma de hacer estas inversiones fue crear sociedades domiciliadas en España que emitían títulos a colocar en el extranjero. Trataban de captar a medianos y pequeños inversores, sin perder nunca el dominio de la empresa los grandes, como los Pereire, Rothschild o Prost. El 90,6% del capital captado era francés, el 7,7 era belga, el 1,3 británico, y 0,3 suizo. Pero la explotación del ferrocarril era deficitaria, pues un país no industrializado tenía pocas mercancías que transportar, y debido a su pobreza, pocos viajeros dispuestos a pagar los billetes.

Un tercer campo de inversiones fueron las mineras. En este campo las empresas no se molestaban en domiciliarse en España, porque la finalidad era llevarse el material casi sin elaborar. La Asturienne des Mines trabajaba el cinc y la hulla de Asturias y Cantabria. La Tharsis trabajaba el cobre de Huelva. La mayor parte del capital era francés y belga. Se domiciliaban en Londres para beneficiarse fiscalmente. Los intereses obtenidos fueron altísimos, y algún año se alcanzaba el 70% y más, del capital invertido.

Otras inversiones extranjeras fueron: Gas Lebon, Compañía de Puentes Colgantes, El Fénix Español (seguros), industrias de vinos andaluces, industrias textiles, industrias siderúrgicas, e industrias alimentarias.

Aprovechando esta bonanza económica, la construcción de carreteras españolas se multiplicó de forma muy notable en la época canovista, pasando de unos 19.000 km. en 1880 a cerca de 40.000 km. a fin de siglo. Igualmente los ferrocarriles duplicaron su tendido pasando de 5.500 km. en 1870 a 13.000 km. en 1900.

 

 

La fase retractiva española 1886-1900

 

En  1896-1915 las circunstancias se volvieron desfavorables para España:

A finales de siglo XIX, los capitales europeos encontraron inversiones interesantes en sus propios países de origen, y dejaron de tener interés por España, salvo para bicocas que se les pudiera garantizar desde el Estado: Francia había aprendido a combatir la filoxera con productos químicos y con injertos de vid americana y volvió a producir su propio vino, abandonando las importaciones españolas, que además subían de precio y eran cada vez menos interesantes; se descubrieron nuevos convertidores de acero, el Siemens-Martin, que toleraban minerales de hierro menos puros pero más baratos, como los franceses, y ya no eran imprescindibles los minerales de hierro cántabro-vascos.

El ciclo circunstancial de desarrollo español había terminó con el siglo. Además España encontró en esos años una imagen de sí misma poco benévola, sobre todo por la derrota en Cuba de verano de 1898, y prefirió culpar de sus males a la guerra, un mal proveniente del exterior, antes que a la incapacidad política y malos planteamientos económicos y sociales internos, que eran males muy complejos, seculares, y de origen interno. Siempre es más fácil culpabilizar a los demás.

Los españoles no habían sido capaces de ver la fragilidad del ciclo económico que vivían a fines del XIX, y prefirieron “ser optimistas”, pensar que moraban en una Arcadia feliz y productiva, que sólo necesitaba unos pocos cambios, un regeneracionismo, para ser el cuerno de la abundancia. En estas condiciones, las inversiones no fueron bien dirigidas, los ahorros se despilfarraron sin hacer los cambios sociales y políticos fundamentales y, cuando llegó la derrota del 98, un forzoso enfrentamiento con la realidad, no comprendieron que muchos de los negocios se vinieran abajo.

Una recuperación circunstancial se produjo en 1915, tras decidir no participar en la Gran Guerra, y vender a ambos bandos todo tipo de alimentos y materias primas.

 

 

La deuda del Estado español.

 

En cuanto a la financiación de la deuda estatal, en una época tan difícil como ésta, de crisis financiera general en Europa, la llegada de capitales extranjeros se dejó notar favorablemente en España. El capital extranjero no tenía interés en mantener sus inversiones en negocios de imprevisible rentabilidad, dado el ambiente de inseguridad que mostraba España, y sí lo tenía en valores de renta fija, sobre todo si ese apoyo al Estado español les proporcionaba además garantías en otras inversiones.

En 1868, los Rosthschild[1] estaban dispuestos a conceder un préstamo de 1.696.000 libras a 30 años con el 8% de interés y 4% de comisión a cambio de las minas de Almadén como garantía. Animados por esta iniciativa, los bancos de París y de los Países Bajos concedieron otro crédito de 1.000 millones de reales en 1869 y compraron Bonos del Tesoro por valor de 1.400 millones en 1870 a cambio de una participación en el Banco Hipotecario de España y el 50% del Banco de Castilla. Por su parte el Banco Hipotecario concedió al Estado otro crédito de otros 1.000 millones de reales.

En época de Amadeo I, como la deuda se calculaba en 5.000 millones de reales, los problemas de financiación del Estado estaban solucionados, excepto el del pago de los intereses, naturalmente. Fueron pues otros los problemas que le expulsaron del trono. La República  de 1873 obtuvo la desconfianza de la banca extranjera. La Restauración borbónica hizo volver la financiación y dio nuevas oportunidades a los políticos españoles.

Junto a esta afluencia de dinero, se produjeron otras circunstancias favorables a España, que hicieron perder a muchos españoles la noción del papel real de España en el mundo, de modo que se continuó como si España siguiese siendo la potencia de siglos antes. Los españoles no fueron conscientes de su decadencia económica, o más bien, siendo conocedores de ella, se negaron a darle la importancia que tenía.

 

 

Política económica española en la Restauración.

 

Ni Cánovas ni Sagasta tuvieron un buen programa económico, bien elaborado y sostenible. Construían carreteras y ferrocarriles, abrían estaciones telegráficas, inauguraban hospitales, escuelas e institutos de enseñanza media… pero no tenían un plan macroeconómico de conjunto. La suerte para ellos era que la paz y la seguridad de futuro que daba la estabilidad política estimulaban la inversión exterior y la interior, pero todo dependía de la coyuntura económica y de que se mantuviera la paz social española. Al sobrevenir la crisis de 1898, todo se vino abajo, como siempre había sucedido en España durante el XIX. No es que hubiera un sector de empresas en dificultades, es que fallaba el edificio empresarial completo e incluso empresas buenas podían venirse abajo por falta de ese plan general.

El barco de hélice abarató el precio de los granos y ello hizo menos rentables las tierras españolas de cultivo. Algunos agricultores cambiaron sus cultivos de cereales por los de vid, olivo, naranjos, frutos secos y leguminosas, artículos que se comercializaban bien y ya lo habían demostrado los vinos de Jerez, Montilla, La Rioja, Valdepeñas y Priorato. Eran cultivos reservados al ámbito mediterráneo. Y sólo tenían acceso a este negocio los que estaban cerca de un puerto de mar, pues el transporte encarecía demasiado el producto final. En un primer momento, la epidemia de filoxera francesa, gran exportador de vinos, favoreció a España, pues Francia compraba todo el vino disponible para envasarlo como propio y no perder sus mercados. Ese negocio duró unos 10 ó 15 años. Pero la filoxera llegó a España en los años noventa y el sector tuvo una crisis durísima. La producción de aceite creció en un 60% debido a la demanda de aceite de oliva de Sudamérica.

El País Vasco se convirtió en la potencia española productora de hierro. Primero, la región era productora de mineral de hierro, pues los vascos compraron las minas a Orconera Iron y a la Franco-Belge y explotaron los yacimientos desde Santander (Cabárceno y Guriezo) hasta Somorrostro (Vizcaya). Vendían mineral a casi toda Europa occidental. Con motivo del negocio del mineral, Bilbao subió desde los 17.000 habitantes de 1860, a 90.000 a fines del siglo XIX. Las exportaciones de mineral fueron de 336.000 toneladas en 1875, 3.311.000 toneladas en 1885, y 7.800.000 toneladas en 1900. El tirón de las exportaciones fue aprovechado por Tomás de Zubiría Ibarra y Emilio Olano para crear Altos Hornos de Vizcaya y Astilleros del Nervión, cerrando el circuito del negocio: se fabricaban barcos para transportes, se exportaba mineral de hierro y, de regreso, se importaba carbón de antracita y hulla británicas para los altos hornos vascos. Y a la sombra de los altos hornos surgieron múltiples talleres de productos férricos y mecánicos, que los vascos distribuyeron por muchos pueblos de Vizcaya y Guipúzcoa.

En este último tercio del XIX, Cataluña casi monopolizaba la fabricación y mercado del algodón en España. Y también se hizo con los paños de lana. En el último cuarto del XIX, estos negocios duplicaron su producción y, a medida que España se desarrollaba, crecía su mercado, pues Cataluña no era competitiva en el exterior y su negocio se basaba en el proteccionismo y reserva del mercado español. Cataluña se enriqueció con el mercado español.

En época canovista, Barcelona adquirió un aspecto urbano nuevo pues se aplicó el Plan Cerdá, y tomó las formas de una ciudad moderna, como Madrid lo había hecho en tiempos de Isabel II con la construcción del barrio de Salamanca. En las nuevas calles, trazadas en damero y a cordel, aparecían aceras amplias, árboles en las aceras, y en medio de la ciudad aparecían grandes avenidas: La Diagonal en Barcelona.

También Madrid se modernizó y construyó La Castellana.

En 1888, Barcelona celebró la Exposición Universal. Acudieron a ella casi todos los países de Europa y América, además de Japón y China. Cada país envió una representación de su marina militar y algún buque. Se destinó a los pabellones de la Exposición el Parque de la Ciudadela, y allí los distintos países construyeron pabellones, palacetes, montañas artificiales, fuentes, surtidores, y exhibieron la luz eléctrica, gramófonos, teléfonos, linternas mágicas… España exhibió el submarino de Monturiol. Presidieron la inauguración la Reina Regente y el Rey, que tenía dos años de edad. Acudieron representantes de todas las familias reinantes en Europa. El Duque de Edimburgo le dijo a María Cristina de Habsburgo que este tipo de acontecimientos salvaguardaban la paz mundial. Cánovas aprovechó para hacer varios discursos sobre economía, que era un tema que le interesaba mucho por entonces. Pablo Iglesias aprovechó para fundar la UGT.

Al terminar la Exposición de Barcelona sobrevino una crisis europea, y los entusiasmos de prensa se tornaron llantos y lamentaciones, tanto más dolorosas como ilusiones se habían hecho los españoles.

 

Las ciudades crecieron: Madrid tenía, en 1875, 260.000 habitantes, y en 1900 llegó a 555.000. Barcelona tenía, en 1875, 200.000 habitantes, y en 1900 llegó a los 530.000. Con ello aparecían mercados interiores interesantes.

 

    [1] Era la gran banca alemana, propiedad de una familia judía, pero tenían oficinas en Gran Bretaña y Francia.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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