Conceptos clave: situación económica de Cuba en 1868, el paso de provincias a colonias, el liberalismo y las colonias, evolución política del tema cubano, la guerrilla de Céspedes, el planteamiento de la guerra en Cuba, el planteamiento de la guerra en España, Gobernadores de Cuba, los hacendados en Cuba, Prim y las colonias, Cuba y Puerto Rico tras 1871.

 

 

LA GUERRA DE CUBA EN 1868.

 

El 10 de octubre de 1868, Carlos Manuel de Céspedes inició el Grito de Yara bajo el lema de “Independencia y Cuba Libre”. Proclamaba que Cuba era un estado soberano. “Grito” equivale en Latinoamérica al término “pronunciamiento” en España. Con ello se originaba la Guerra de los Diez Años. Carlos Manuel de Céspedes contaba con 37.000 hombres, mal armados y peor preparados. Tras varias peripecias, el proceso continuó hasta la independencia de Cuba, respecto a España, y su paso a depender de los Estados Unidos en 1898.

El movimiento cubano se había originado en reuniones masónicas públicas y legales llamadas “tenidas” en Cuba.

Los criollos cubanos habían hecho prácticamente un monocultivo de la caña, y ese error les había hecho caer en manos de comerciantes estadounidenses, pues debían dar salida al producto, y la salida era Estados Unidos. España no podía asumir más caña. Los estadounidenses compraban el 75% de la producción. Los Estados sureños de Estados Unidos también producían azúcar, y también lo habían hecho hasta entonces con esclavos. Si se unían ambos productores, alcanzarían el monopolio mundial de azúcar.

Carlos Manuel de Céspedes se quejaba de que los españoles pagaban poco al cultivador de caña cubano, y luego se refinaba el azúcar en España y se vendía muy caro a los consumidores finales. Además opinaba que España estaba poniendo tributos excesivos a los cubanos, al tiempo que no les daba libertades políticas, civiles y religiosas al nivel de los españoles. Acusaba a España de corrupción administrativa. Pedía para Cuba un sistema un sistema democrático liberal con igualdad, tolerancia, orden justicia, respeto a la vida, respeto a la propiedad, sufragio universal, emancipación gradual de la esclavitud, librecambio comercial, soberanía de los cubanos, respeto a los derechos del hombre e independencia de Cuba.

El programa se parecía mucho a lo que pedían los españoles de la revolución de septiembre, por lo que les sería muy difícil rechazarlo. Y allí se inició una guerra de Cuba que duraría diez años.

El 10 de octubre, Carlos Manuel inició marchas sobre diversas regiones de Cuba intentando sumar efectivos a su grupo de sublevados. En la noche del 10 de octubre, una columna de rebeldes iba sobre Manzanillo, cuando fueron sorprendidos en Yara por las fuerzas españolas, que les dispersaron. En Yara había un cuartel español. Tras unos pocos disparos, la mayoría de los rebeldes huyó.

Los periódicos publicaron equivocadamente que los rebeldes habían sido vencidos en Yara, y por ello, al comienzo de la rebelión se le llamó “Grito de Yara”. Pero el acontecimiento pudiera haber pasado desapercibido si no hubieran intervenido los periodistas.

Los sublevados cubanos, tras la huida de 11 de octubre, lograron reorganizarse en una hacienda cercana, cuando ya muchos consideraban que todo se había perdido. El 12 de octubre de 1868, 300 hombres capitaneados por Luis Marcano, reanudaron la lucha, y ello devolvió los ánimos a todos y se pudo reiniciar la rebelión. Céspedes nombró a Marcano Teniente General y jefe de operaciones. Marcano atacó Bayamo, lugar que estaba defendido por un numeroso contingente español y fue capaz de tomar la población el 20 de octubre. Era el triunfo que necesitaba la rebelión para encontrar los primeros ánimos.

 

 

 Situación económica de Cuba en el XIX.

 

Los territorios americanos siempre estuvieron mal gestionados por España, porque en la decadencia española, se trató de arreglar los problemas de los Reyes y Gobiernos españoles con los recursos americanos. Ello había dado lugar a la independencia de América Latina en el primer tercio del XIX. A mediados de siglo, a España le quedaban todavía Cuba y Puerto Rico.

La situación general de estas islas caribeñas permaneció sensiblemente igual. Eran explotadas por unos pocos capitalistas peninsulares en conexión con hacendados cubanos. Los capitalistas peninsulares exportaban cosas en régimen de monopolio, sobre todo productos de lujo, como vestimentas, e importaban azúcar en bloques, melaza, para molerla, refinarla y distribuirla en España con muy grandes beneficios. Y lo mismo pasaba con el tabaco y otros productos tropicales. También se compraban esclavos a los negreros británicos, españoles, portugueses y franceses, que los llevaban cerca de Cuba, y luego se vendían a los hacendados cubanos y a los norteamericanos. También era un negocio importante el transporte de mercancías y personas entre la península y Cuba, y la financiación de las operaciones comerciales, negocios en los que destacaron Antonio López marqués de Comillas con su Compañía Trasatlántica, el Banco Hispano Colonial y la Compañía General de Tabacos de Filipinas. Juan Manuel de Manzanedo era un banquero de Madrid conocido por financiar negocios de esclavos. Güell y Ferrer fue un hombre que coordinaba los negocios en Cuba y volvió a España muy rico, donde creó la Maquinista Terrestre y Marítima, una de las empresas metálicas y de construcción naval e industrial más grandes de Europa.

Los hacendados cubanos eran latifundistas de enormes extensiones de terreno, las cuales trabajaban mediante esclavos, es decir, con hombres y mujeres que no tenían derecho a salir de sus haciendas, que no tenían acceso a más justicia que la de su señor, que no tenían derecho a la propiedad, y muchas veces ni al matrimonio, pues le pertenecían al señor y él decidía quién se acostaba con quién. Algunos hacendados vivían en España y otros en Cuba o Puerto Rico. Y muchos de los hacendados disfrutaban también de los negocios que hemos citado en el párrafo anterior.

 

 

El paso de provincias a colonias.

 

Los revolucionarios españoles de 1812, habían decidido que los hispanoamericanos eran iguales en derechos a los españoles peninsulares. Desde tiempos de los Reyes Católicos se había decidido que los americanos eran iguales en derecho a los peninsulares. Pero esas declaraciones chocaban con los intereses de los capitalistas cubanos (peninsulares y cubanos) entre los que estaban la Reina Isabel II, la Reina María Cristina de Borbón, y muchos Generales, Ministros y nobles españoles. Los diversos Gobiernos españoles fueron modificando de forma sutil y casi imperceptible las declaraciones políticas para ir recortando derechos a los cubanos, hasta que en las Constituciones de 1837 y 1845, lograron introducir el párrafo: “las provincias de ultramar serán gobernadas por leyes especiales”. Mediante este párrafo, los territorios de ultramar fueron convertidos en colonias y gobernados por Capitanes Generales. Nunca había ocurrido eso antes, y siempre habían sido iguales de derecho al resto de los españoles, aunque de hecho, los abusos eran más fáciles y dieron lugar a las quejas y deseos de independencia de muchos americanos. Antes de 1837, la injusticia era un delito practicado por muchos. Desde 1837, la desigualdad estaba en la legislación y en la Constitución. El liberalismo español de época de Isabel II se puede ver también como un ataque a los derechos humanos, como antiliberalismo, como el falso liberalismo que era.

A partir de entonces las clases sociales se hicieron muy impermeables en Cuba:

La clase media de funcionarios y pequeños propietarios agrícolas y ganaderos era muy numerosa en Oriente, una región montañosa y menos productiva. Los esclavos y libertos tuvieron muy poca consideración social, despreciados por todos como seres que sólo valían para trabajar.

Y la clase alta, grandes hacendados de la zona occidental y central, y los hombres de negocios españoles relacionados con ellos, se hicieron un núcleo cerrado, con una alianza no escrita para que no se produjeran cambios políticos ni sociales que pudieran hacer disminuir sus ganancias. Lo común era que las hijas de grandes hacendados se casaran con hombres de negocios y militares de alta graduación españoles, lo cual acercaba a este grupo a las características de la casta[1], aunque las leyes no lo exigieran así.

 

 

El liberalismo y las colonias.

 

El problema que debían afrontar los colonos era el liberalismo, pues un grupo de políticos liberales de izquierdas eran favorables a la paulatina autonomía cubana, política y administrativa, sin perder la soberanía española. Es decir, a traducir la situación a un verdadero liberalismo, con derechos iguales para todos. El liberalismo considera que el hombre es sujeto de derechos, y el liberalismo español les había despojado de los derechos de un ciudadano español para considerarles “especiales”. El problema debía ser resuelto de alguna manera.

Otra contradicción a resolver era la económica: El Gobierno de España perdía dinero con sus colonias, para que los hacendados y capitalistas, cubanos y peninsulares, ganaran inmensas fortunas. Y los liberales más avanzados, hablaban de acabar con la esclavitud como medio de terminar con la pobreza cubana y puertorriqueña.

El régimen de monopolio a que fueron sometidas las colonias significó precios bajos para los vendedores cubanos, dado que España era un país que se empobrecía progresivamente. Algunos empresarios y hacendados cubanos razonaron que, incorporándose a los Estados Unidos como un Estado más, venderían más a mejores precios. Pero a los sudistas estadounidenses, lo que les interesaba era comprar barato en Cuba y vender esos productos en el norte de Estados Unidos, al tiempo que se surtían de esclavos procedentes de Cuba, pero no les interesaba tanto la incorporación de Cuba a los Estados Unidos, porque sería el competidor comercial. Aún en este último caso, el dominio del monopolio mundial sobre el azúcar, tabaco, frutas y el café, que podían tener adquiriendo Cuba, era atractivo en el sentido de que podrían manipular los precios a su gusto.

Desde fines del XVIII, los estadounidenses se habían interesado por Cuba, porque su dominio les podía proporcionar el casi monopolio del azúcar, tabaco y frutas tropicales. Andrew Jackson, el 7º Presidente, incluso imaginó un plan para quedarse con todo Hispanoamérica, y en octubre de 1814 inició el ataque sobre Pensacola, y en primavera de 1816 atacó Fuente Negro en Florida. El siguiente paso era Texas, México y Cuba, objetivos que se creían más fáciles. Ya en 1812, Luis de Onís, embajador español en Washington comunicó al Virrey de México este proyecto imperialista de los Estados Unidos. El gran triunfo de los imperialistas de Estados Unidos se produjo en 1826, cuando el Congreso de Panamá acordó expulsar a los españoles de toda América, lo que parecía hacer factible la declaración del Presidente James Monroe en 1823 “América para los americanos”. La posibilidad de quedarse con Cuba parecía entonces factible. Pero era un proyecto demasiado ambicioso. Empezaron por comprarle Luisiana a Francia y Alaska a Rusia, territorios muy amplios pero despoblados y con muy poca riqueza. Se abría la posibilidad de que España aceptase vender territorios. Las ofertas, públicas unas y secretas las otras, se multiplicaron durante todo el siglo XIX. A mediados de siglo, le arrebataron a Méjico la mitad de su territorio.

 

 

La evolución política del tema cubano.

 

En 1854, el Manifiesto de Ostende de los revolucionarios españoles, los progresistas, decía que era conveniente vender Cuba a los Estados Unidos, a cualquier precio, pues como hemos dicho, causaba pérdidas al Estado español. Pero no hubo ningunas Cortes, ni Gobierno, que se decidiera a hacerlo, porque muchos de ellos estaban implicados en los negocios cubanos.

Los Estados Unidos decidieron favorecer la opinión de que era bueno que le vendieran Cuba, y protegieron el filibusterismo. También cualquier movimiento insurreccional cubano era ayudado con barcos, dinero, hombres y armas.

Cuando a partir de 1860 aparecieron los barcos de vapor trasatlánticos, todas las potencias atlánticas trataron de poseer depósitos de carbón por todo el mundo. En territorio español, se instalaron depósitos en Cuba, Baleares y Canarias.

La Guerra de Secesión de los Estados Unidos, 1861-1865, tuvo repercusiones muy importantes en el tema cubano: de una parte, se arruinaron muchos plantadores y exportadores cubanos que vendían su producto en Estados Unidos y no obtuvieron contratos estatales para seguir vendiendo. Ante la situación de ruina, inmediatamente aparecían empresarios estadounidenses que compraban sus fincas y plantaban caña. Por otro lado, aparecieron enseguida grandes monopolios norteamericanos, como los Rockefeller, Morgan, Vanderbiet, Mellon, Du Pont, Havemeyer, que invertían gran parte de sus plusvalías en las compras de plantaciones cubanas, como es el caso de las zonas de Cienfuegos, Matanzas y Cárdenas, o en la compra de las minas de hierro de Juraguá y Daiquiri. También hubo empresarios estadounidenses que se especializaron en vender ingenios a los hacendados cubanos. La compra de Cuba no se hacía globalmente, sino se estaba haciendo a pequeños trozos y se estaba haciendo por particulares.

Mientras tanto, la esclavitud cubana estaba empezando a ser un escándalo: Gran Bretaña la había abolido en 1833, y ello provocó las protestas de los empresarios británicos, que alegaban que trabajaban en condiciones de desigualdad, y exigían de su Gobierno que acabase con la esclavitud de sus países competidores. El mercado de esclavos tenía mucha demanda en Estados Unidos, pues los utilizaban para el algodón. Los esclavos quedaron prohibidos en Estados Unidos, pero se compraban en Cuba. Por ello, había surgido en Estados Unidos la American Antislavery Society, y había logrado una opinión pública generalizada de rechazo a la esclavitud. Este parecer generalizado, fue aprovechado por la señora Harriet Beecher Stowe para escribir en 1851-1852, un relato lo más espeluznante y macabro que pudo imaginar para vender por entregas en el The National Era de Washington, y que titulaba Uncle Tom`s Cabin. El relato fue traducido a 22 idiomas. Y las falsedades del relato fueron tomadas por muchos ignorantes como dogmas.

La Guerra de Secesión indujo a los nordistas en 1863, a acabar con la esclavitud en los Estados Unidos. Era el principal recurso de sus enemigos sudistas. Lincoln, el 1 de enero de 1863, ordenó la libertad de todos los esclavos que hubiera en los Estados rebeldes. Si le hacían caso, tendría ganada la guerra.

En Cuba, la ley de 1 de enero de 1863 tuvo un gran impacto en la población, pues una parte muy importante de los cubanos eran esclavos. Su liberación se convertiría en un problema muy grave, pues podía poner en puestos de gobierno a personas incultas, de moral muy baja, y resentidas algunas de ellas.

Una parte de los hacendados cubanos creía que debían apoyar a los nordistas, para así eliminar a sus competidores, los sudistas, en el mercado del azúcar. En 1865, estos hacendados se vieron defraudados porque los nuevos políticos nordistas hicieron políticas de extensión del cultivo de remolacha y sustitución del azúcar de caña que provenía del sur. Querían más azúcar, pero producido por todos, los del norte y los del sur. Los cubanos se desorientaron en cuanto a la política comercial que debían seguir. Pero Estados Unidos les seguía comprando, y de hecho en 1877 les compró el 82% de la producción de azúcar. El precio era más alto de lo que pagaba España.

De nuevo surgió la contradicción entre los cubanos, cuando se puso de moda declararse abolicionista, al tiempo que compraban esclavos para sus plantaciones.

Los Gobernadores españoles de Cuba también estaban desorientados sobre su papel en el Gobierno de la isla. Unos pensaban que no debían hacer nada, y quedarse dentro de los cuarteles, aun sabiendo que se estaba vendiendo ilegalmente la caña a Estados Unidos y que se estaban negociando compras y ventas de esclavos. Si la Reina y otros Ministros españoles eran comerciantes del azúcar, debían proteger a los hacendados cubanos, y debían no estorbar sus ventas a Estados Unidos, y no interrumpir el comercio de esclavos.

Y aparecieron los Gobernadores “ayacuchos” dispuestos a hacer dinero rápidamente, casarse con una rica heredera cubana y marcharse a España con una fortuna personal. Ayacucho tomó otra acepción distinta a la tradicional. Entre ellos: Miguel Tacón, Zarco del Valle, Méndez Vigo, Gerónimo Valdés, Pezuela, Rodil, Seoane, Ávila, Ezpeleta… Según la edad, si eran un poco mayores, el ideal era casar a sus hijas e hijos, con los hijos e hijas de la aristocracia criolla. Así hicieron fortuna Joaquín Gómez, director del Banco de San Fernando; Manuel Pastor Fuentes, hombre que invirtió en el ferrocarril cubano y en la trata de negros; Antonio Parejo, negrero; Font y Arcade, negrero; José Antonio Fernández de Castro, negrero. Francisco Romero Robledo, uno de los grandes Ministros españoles, estaba casado con una hija de Julián Zulueta, el mayor hacendado de Cuba.

Isabel II siempre hizo la vista gorda con los asuntos de Cuba. Sabía que los Gobernadores se enriquecían, y que sus colaboradores hacían dinero rápido, pero su mayor interés era que no hicieran reformas que perjudicaran sus ingresos personales. En caso de que propusieran alguna reforma, eran destituidos. El catolicismo de la Reina, de sor Patrocinio y de Antonio María Claret no parecía ser inconveniente para seguir tolerando la esclavitud. El Conde de Cheste intentó en 1853-1854 cerrar el mercado de esclavos y fue sustituido por José Gutiérrez de la Concha Irigoyen marqués de La Habana, el cual permitió seguir comprando hombres en África. Domingo Dulce se casó con una cubana e intentó enfrentarse a Julián Zulueta, el hacendado más poderoso de Cuba, cuando éste había comprado más de 1.000 esclavos “bozales” (recién traídos de África), e inmediatamente, Dulce fue sustituido por Caballero de Rodas.

Lo Capitanes Generales se convencieron de que existía un segundo poder en Cuba, el de los hacendados cubanos, que mandaba mucho más que ellos, y con el que tenían que negociar cada decreto y cada orden. Y además, debían saber estar callados, o les llegaba la destitución. Comenzaron a decir que los españoles no sabían cómo funcionaban las cosas en Cuba.

 

 

La guerrilla de Céspedes.

 

El 18 de septiembre de 1868 hubo una revolución en España que acabó con la monarquía de Isabel II, una empresaria junto a su madre María Cristina de Borbón, que se beneficiaba del comercio del azúcar cubano.

Prim, el líder de septiembre de 1868, estaba dispuesto a vender Cuba a Estados Unidos, pues creía que la empresa de las colonias era imposible para España. El Estado Español perdía mucho dinero en colonias. Pero surgió una opinión muy fuerte en defensa de la persistencia de las colonias y Prim renunció a esa lucha política, lo cual significó el inicio de la guerra.

La opinión casi unánime de los historiadores es que Cuba era insostenible, tal como decía Prim. Si España se mantuvo en ella 30 años más, fue porque Gran Bretaña no quería que Estados Unidos se hiciese dueña del Caribe y de sus productos comerciales, al tiempo que Estados Unidos no quería la presencia de Gran Bretaña o Francia en sus costas. Todos preferían continuar la presencia de España en Cuba, hasta el momento y circunstancia propicia para hacerse dueños de ella. Los únicos que no veían esta realidad diplomática internacional eran los políticos españoles que preferían seguir pensando en grandezas imperiales de España que sólo existían en su imaginación. Y mientras tanto, seguían llenando sus depósitos bancarios. Tampoco se enteraban de la realidad los cubanos, que se imaginaban inmensos negocios, e independencia con negocios en igualdad de trato respecto a los Estados Unidos. Españoles y cubanos estuvieron negando la realidad durante un siglo al menos.

Carlos Manuel de Céspedes, un abogado cubano propietario de algunas haciendas en Oriente, lanzó el 10 de octubre de 1868 el Grito de Yara y empezó el levantamiento cubano contra España. Lo dirigían militarmente José Martí[2] y Luis Marcano Álvarez[3].    Otros jefes de los rebeldes cubanos eran Calixto García, Antonio Maceo y Máximo Gómez.

Tenía el apoyo de Estados Unidos, que no participaba directamente en la guerra, pero presionaba diplomáticamente a favor de los insurrectos y les vendía armas y asesoramiento.

Los rebeldes cubanos se habían reunido el 3 de agosto de 1868 en la hacienda de San Miguel del Rompe, en Tunas, y habían nombrado su jefe a Carlos Manuel de Céspedes. El 10 de octubre, en Yara, hicieron un manifiesto en el que rechazaban el sistema fiscal impuesto por España, las trabas al comercio libre y la esclavitud. A ese manifiesto llamamos Grito de Yara.

El Capitán General de Cuba, general Lersundi, contestó con otro manifiesto proclamando que la Reina de Cuba era Isabel II (que había sido derrocada 11 días antes, pero Lersundi no lo aceptaba). En abril de 1869, los cubanos redactaron una Constitución independentista y nombraron a Céspedes Presidente de la República de Cuba. España enviaría contra los independentistas a Domingo Dulce Garay en 4 de enero de 1869, a Felipe Ginovés Espinar y de la Parra en 28 de junio de 1869, a Antonio Caballero Fernández de Rodas en 28 de junio de 1869, a Blas Villate de la Hera conde de Valmaseda en 13 de diciembre de 1870, Francisco Ceballos Vargas el 11 de julio de 1872, Cándido Pieltain Hove Huergo en 18 de abril de 1873, Cayetano Figueroa Garaondo  en 30 de octubre de 1873, Joaquín Jovellar Soler en 4 de noviembre de 1873, José Gutiérrez de la Concha Irigoyen en 4 de abril de 1874, y otros muchos, que sufrieron la pérdida continua de hombres. Para 1878, España había perdido 130.000 hombres en la guerra de Cuba.

 

 

El planteamiento de la guerra en Cuba.

 

En 1868 había en Cuba dos grupos políticos:

Los conservadores que no querían cambiar el estado de las cosas, eran pro-peninsulares, y no concebían que fuera posible liberar a una masa de esclavos analfabetos y violentos, que constituía la mitad de la población cubana, sin exponerse a violencias y ruina de las plantaciones. Entre ellos estaba el líder pro-esclavista y ultracatólico Antonio López López, futuro marqués de Comillas, y también estaban muchos de los inversores catalanes de fin de siglo.

Los reformistas que querían acabar con la trata de esclavos y con la esclavitud misma, y que terminaron siendo independentistas al no concedérseles ninguna de sus reivindicaciones.

Teóricamente, estaban bien fundamentados, pero en la práctica pesaba sobre ellos la experiencia de Ahití, donde los esclavos liberados negros organizaron desórdenes y matanzas, demostrando que no es fácil pasar de la esclavitud a la igualdad, sin una fase transitoria.

La opción era difícil, y pensar que los unos eran malísimos, y los otros tenían toda la razón, es no conocer el tema, o no saber nada de historia, donde los asuntos son siempre complejos. Pensar en una solución fácil es un insulto a la inteligencia de muchos políticos y hacendados del momento, que pusieron medios, y fracasaron en el intento. Liberar a los esclavos era un riesgo cierto de estallido de violencia. Y no liberarlos, era soportar una violencia continuada de rebeldía y de castigos a los rebeldes.

España no quiso, o no supo, imponer la tercera vía, la fase transitoria.

España optó por los primeros, por los conservadores, por los adinerados que gran parte del año vivían en Londres, París y Madrid, y mandaban sus hijos a estas ciudades a estudiar y ver mundo, cerrando los ojos a la gran desigualdad social, fruto de los bajos jornales y la explotación de esclavos. España pensaba que ello le reportaría azúcar barato y el consiguiente negocio en la España peninsular. El negocio consistía en importar desde la península la melaza, un producto barato a granel y, con ganancias increíbles, molerlo y empaquetarlo para su distribución. Otro negocio español era exportar a Cuba en monopolio los textiles catalanes, el grano castellano, el vino riojano y los hierros vascos. Gran parte del negocio le pertenecía a la familia real, a María Cristina de Borbón en concreto, y a Francisco de Asís de Borbón.

Cuba también vendía tabaco y azúcar a los Estados Unidos, con costes altos debido a los impuestos de exportación que les exigía España, que los comerciantes americanos podían bajar si se pasaba a un comercio libre, aun a costa de la independencia de la isla si hiciera falta.

Prim cometió un error al nombrar Capitán General de Cuba a Caballero de Rodas, un partidario de la mano dura. Prim pensaba repetir su táctica preferida de mano dura primero, y clemencia después, pero Caballero de Rodas fue tan duro que significó un obstáculo en todas las negociaciones con los cubanos que hubo en adelante.

En 1868, los negros cubanos se apuntaron muy frecuentemente al independentismo. Se escapaban de los ingenios azucareros, donde eran tratados como bestias de trabajo y corrían con gusto el riesgo del delito de sublevación. En Cuba había más de 330.000 esclavos y los blancos no llegaban a 800.000. Los blancos eran conscientes del peligro que suponía dar la libertad a tantos miles de esclavos, pues los desórdenes sociales eran previsibles. Los negros empezaron a ser conscientes de que su libertad pasaba por la independencia del país.

Ello no quiere decir que los hacendados independentistas fueran todos abolicionistas. Los blancos independentistas eran “revolucionarios” que querían su independencia, o al menos la autonomía para poder vender al mejor postor y comprar al que mejor oferta presentase, es decir, poder vender libremente en Estados Unidos. Los revolucionarios, para estar a bien con los Estados Unidos, que les proporcionaba armas, hombres y dinero, declararon que los propietarios que lo deseasen podían manumitir a sus esclavos. Pero las cosas evolucionaron de tal forma, que casi todos los combatientes eran negros huidos de la esclavitud, y las cosas evolucionaron hasta identificar independencia con abolicionismo.

El movimiento revolucionario se hizo fuerte en la zona oriental, donde los hacendados eran más débiles, donde había menos esclavos y menos caña. La zona oriental sólo producía 52 millones de kilos de melaza con 62.000 esclavos, mientras la zona occidental producía 500 millones de kilos con 300.000 esclavos.

Manuel de Céspedes no tenía más que unos 5.000 hombres, pero los soldados españoles no eran muchos. Los españoles confiaban en los Cuerpos de Voluntarios de los hacendados cubanos.     Los hacendados habían creado un cuerpo de combatientes denominado “Voluntarios de Cuba”. La idea era defender una Cuba española. Por eso tenían el apoyo del Capitán General. En las insurrecciones, el Capitán General podía pedir ayuda a los hacendados, y éstos le prestaban unos miles de hombres Voluntarios. El Capitán General Francisco Lersundi Hormaechea había organizado a los Cuerpos de Voluntarios, pero Lersundi no obedecía al Gobierno español salido de la revolución de septiembre de 1868, y dimitió. Fue sustituido por Domingo Dulce, el cual llegó a La Habana el 4 de enero de 1869.

El encargo de Prim para Dulce era que hiciera una política pacifista y él haría en España lo conveniente para facilitarla. La Ley Electoral promulgada en España dio a los cubanos 18 escaños en las Cortes españolas. Y 11 escaños a los puertorriqueños. Así que Dulce llegó y concedió una amnistía para delitos políticos para los que abandonaran las armas, además de enviar una delegación a Céspedes para iniciar conversaciones de paz. Pero los hacendados españoles en Cuba no estuvieron de acuerdo con la benevolencia de Dulce. Estos españoles se consideraban moderados y partidarios de la derrocada Isabel II y no asimilaban que ya no era Reina de España. Y como los Cuerpos de Voluntarios obedecían a sus amos, y no al Capitán General y Gobernador, el problema de Cuba se convertía en algo más complicado de lo que pudiera aparecer en España, que lo veía desde lejos.

 

 

El planteamiento de la guerra en España.

 

La Constitución de 1869 prometió la reforma del Gobierno de las Provincias de Ultramar.

La reforma en Filipinas se hizo por ley, mientras la de Cuba por resolución de las Cortes.

Y no se solucionaron los problemas políticos por falta de precisión: los textos no aclaraban si se iban a conceder derechos a los ciudadanos cubanos o se iba a realizar una reorganización administrativa manteniendo normas especiales para Cuba. Cuba no había sido colonia en siglos anteriores, pero cuando en España se decidió gobernar las provincias de Ultramar por normas especiales y sus ciudadanos tenían diferentes derechos de los que tenían los españoles, se había convertido en colonia.

En 1869, los hacendados cubanos crearon el Casino Español de la Habana. Un casino era un local de juego en donde la gente iba a perder dinero a favor de una causa, la del dueño del local, un partido, una asociación política… Los que perdían grandes fortunas eran muy admirados, pues todo el mundo era consciente de lo que aquello significaba. El Casino de La Habana se fundó en una reunión habida en el Teatro Tacón, y pretendía ser una sociedad patriótica para despertar el sentimiento de patria en Cuba. Estuvieron en esa reunión: el Capitán General Caballero de Rodas, Julián Zulueta que fue elegido Presidente de la entidad. Julián Zulueta poseía tres grandes haciendas, dos en Macagua, llamadas La Habana y Vizcaya, y una llamada Álava, que era trabajada por 600 esclavos y producía 100.000 toneladas de azúcar al año, el 20% de la producción cubana. Tras la apertura del Casino de La Habana, aparecieron otros casinos en Matanzas, Cienfuegos, Santiago, Trinidad, Colón, Manzanillo, Baracoa, Cárdenas… El Casino era también un lugar de reunión de los comprometidos en una causa, donde acordaban destinar el dinero a unos gastos determinados.

Todos eran conscientes del problema de la esclavitud: si se liberaba a los esclavos, habría revueltas sociales. Y si no se les liberaba, habría en un momento dado una insurrección general que sería catastrófica. Todos eran conscientes de que había que dar pequeños pasos en el abolicionismo.

Pero en los centros hispano-ultramarinos, se impuso la absurda idea de no cambiar nada de nada, de que cualquier reforma podía desencadenar la insurrección general y lo mejor era no hacer nada. Y crearon la “Liga Nacional” con el apoyo de los casinos cubanos. Ése era el poder en la sombra que todos temían. Y escogieron como su hombre en España al general Francisco Serrano Domínguez.

En 11 de diciembre de 1872, hubo una revuelta callejera en Madrid, que la prensa atribuyó a los republicanos e internacionalistas en un trabajo de desinformación muy bien tramado. La Liga Nacional y Serrano se encargaron de ese trabajo de simultanear revueltas y desinformación, y el objetivo era impedir leyes de abolición de la esclavitud. La amenaza al Gobierno fue entendida. Pero el sistema político evolucionó a la Segunda República el 11 de febrero de 1873. Y ello significó que el Presidente Figueras volvió a plantear la abolición. Inmediatamente, la Liga Nacional hizo campaña en contra de Figueras.

En 1868 se habían iniciado pues, dos procesos contrarios e irreconciliables: la revolución española hacia un liberalismo sin corrupción, de valores verdaderos, y la rebelión cubana por su autonomía. Ambos lucharon uno contra el otro y ambos fracasaron por completo. La revolución española probó el autoritarismo militar, la monarquía sin pasado corrupto que la condicionase, la república y la dictadura militar de un representante de los cubanos, y fracasó en 1876. La rebelión cubana inició una guerra de diez años, que terminó en nada, en el punto de partida. En el fracaso de Cuba tuvo mucho que ver la actitud de los políticos y empresarios españoles relacionados con Cuba, y los propios cubanos.

En 1868, los revolucionarios españoles quisieron que los cubanos les financiasen su levantamiento. Pero el precio que pusieron los empresarios cubanos fue la emancipación de Cuba, y no llegaron a un acuerdo.

También Isabel II telegrafió en 1868 a Lersundi, para que los cubanos financiasen la defensa de la Reina frente a los sublevados.

Y también los carlistas pidieron dinero a los cubanos para restablecer una monarquía tradicional en España, que mantuviera sus privilegios.

Lersundi, ante las peticiones masivas, se hizo el tonto, como que no le llegaban las noticias de España. Inmediatamente fue destituido y cambiado por Domingo Dulce. Las instrucciones que llevaba Dulce, de los liberales triunfantes en septiembre de 1868, era conceder libertades a los cubanos y dar una amnistía a los rebeldes. Pero los rebeldes cubanos no aceptaron el trato de pequeñas libertades por amnistía.

 

 

Los Gobernadores de Cuba:

 

Uno de los poderes en Cuba, el oficial, era el de los militares enviados desde España. Fueron Gobernadores de la isla:

1832, Mariano Rocafort Palacín y Abarca.

1834, Miguel Tacón y Rosique.

1838, Joaquín Ezpeleta Enrile.

1840, Pedro Téllez girón.

1841, Jerónimo Valdés.

1843, Francisco Javier de Ulloa.

1843, Leopoldo O`Donnell.

1848, Federico Roncali Ceruti.

1850, José Gutiérrez de la Concha.

1852, Valentín Cañedo.

1853, Juan González de la Pezuela, conde de Cheste.

1854, José Gutiérrez de la Concha.

1859, Francisco Serrano Domínguez.

1862, Domingo Dulce.

1866, Francisco Lersundi Ormaechea.

1866, Joaquín del Manzano.

1867, Blas Villate.

1867, Francisco Lersundi Ormaechea.

1869, Domingo Dulce.

1869, Felipe Ginovés del Espinar.

1869, Antonio Caballero Fernández de Rodas.

1870, Blas Villate de la Hera, conde de Balmaseda.

1872, Francisco de Ceballos y Vargas.

1873, Cándido Pieltaín y Jové Cuervo.

1873, Antonio Cebollín.

1873, Joaquín Jovellar Soler.

1874, José Gutiérrez de la Concha.

1875, Buenaventura Carbó.

1875, Blas Villate.

1876, Joaquín Jovellar Soler.

1876, Arsenio Martínez Campos.

1879, Cayetano Figueroa.

1879, Ramón Blanco Erenas.

1881, Luis Prendergast y Gordon.

 

Estos hombres y sus equipos, o algunos miembros del equipo, estaban a menudo corrompidos por hombres como Julián Zulueta y el Casino Español de La Habana, y fueron importantes en el golpe de 1874. A Leopoldo O`Donnell, Gobernador de Cuba en 1843 y gobernante de España varias veces a partir de 1854-1856, se le acusa de corrupto, de recibir dinero por hacer la vista gorda.

Cuando los militares no aceptaban las “recomendaciones” de los hacendados, éstos llevaban sus protestas a sus contactos en España, y el resultado era siempre el mismo: la destitución del Gobernador. Pero nunca sabremos quiénes se oponían a la corrupción y quiénes participaban de ella. Esta realidad ya se había demostrado cuando en 1853-54, Juan González de la Pezuela conde de Cheste intentó cerrar el mercado de esclavos, y pronto le llegó la sustitución desde España en la persona del general José Gutiérrez de la Concha marqués de La Habana, que ya sabía de qué iba el asunto, y cuando llegó, hizo la vista gorda sobre el mercado de esclavos. De nuevo se demostró la realidad, cuando el general Domingo Dulce, casado con una cubana, la condesa de Santovenia, quiso enfrentarse a Julián Zulueta, el mayor propietario de haciendas esclavistas, y de nuevo, en 1869, resultó cesado desde España y sustituido por Caballero de Rodas (Felipe Ginovés sólo ejerció interinamente).

Manuel Pastor Fuentes era un coronel retirado que se encargaba de cobrar una cuota por cada esclavo importado a Cuba, dinero que, tras quedarse con su comisión, pasaba a las Reinas María Cristina de Borbón e Isabel de Borbón. Hizo una de las mayores fortunas del momento.

Los cubanos dudaron entre apoyar a los carlistas, lo que hicieron en un primer momento en 1872, o apoyar a los alfonsinos, lo que vieron más viable a partir de 1873, y entonces escogieron como su hombre en España a Francisco Serrano duque de la Torre, al que financiaron para ser Regente de España en 1874. Serrano ya había estado en contacto directo con ellos en su Gobernación de 1859-1862.

Los militares españoles mandados para gobernar Cuba, se veían obligados a apoyarse sobre los “Voluntarios de Cuba”, fuerza paramilitar de los hacendados cubanos para luchar contra la insurrección.

La insurrección estaba integrada fundamentalmente por todos los esclavos huidos de las haciendas, gente que odiaba a los hacendados, pero también por hombres libres cansados de los abusos que observaban en la isla.

 

 

Los hacendados cubanos.

 

El otro poder cubano, era el de los hacendados poseedores de esclavos y el de los comerciantes de importaciones y exportaciones, negocio en el que los esclavos eran una parte muy importante. Ambos grupos eran complementarios y se necesitaban. Y saber o descartar quién estaba en el comercio de esclavos, y quién no, es muy complicado.

Este poder era superior al militar, pues podía levantar en armas contra los militares a decenas de miles de hombres armados, libres y esclavos, lo cual les haría imposible la vida a los gobernantes españoles, y causaría la sustitución de los militares, “dada su ineficacia”. Los hacendados cubanos tenían una fuerza paramilitar pagada por ellos que se llamaba Voluntarios de Cuba, y contaba con unos 35.000 hombres, cuyos jefes eran los propios hacendados Ramón de la Torriente, Esteban de la Torriente, Manuel Calvo y Julián Zulueta.

El cuartel general de los “Voluntarios de Cuba” era El Casino Español de La Habana, creado en 11 de junio de 1869 con la aquiescencia de Caballero de Rodas el Gobernador de ese momento. El dirigente principal del casino era Julián Zulueta que era el organizador de las recaudaciones para financiar a los Voluntarios de Cuba. El Casino Español de La Habana fundó casinos por toda Cuba, como los de Matanzas, Santiago, Cienfuegos, Trinidad, Colón, Manzanillo, Baracoa, y Cárdenas, que eran otros centros de recaudación para los Voluntarios. A los casinos, los hombres de negocios van a perder dinero para pagar ciertas deudas, y para subvencionar asuntos turbios, sin que sea muy evidente el pago de una gran cantidad de efectivo.

Es imposible saber quiénes eran traficantes y quiénes no, pues la cuestión era, obviamente, reservada. Pero en España los cubanos aparecían como una fuerza unida por intereses comunes.

Los comerciantes traficantes de esclavos[4] conocidos:

Joaquín Gómez, gaditano, fundador del Banco de La Habana, anticlerical y masón. Poseía ingenios azucareros y cafetales. Se le tiene por el mayor traficante de esclavos de la primera mitad del XIX.

Manuel Cardozo, portugués.

Francisco Marty y Torrens, español que había sido previamente bandolero en España. Se convirtió en el administrativo que introducía los esclavos en Cuba.

Manuel Pastor Fuentes, quien luego sería recordado porque sus herederos fundaron el Banco Pastor.

Antonio Parejo, agente de la Reina María Cristina, gran propietaria de haciendas y esclavos, el cual tenía como contactos en La Habana a Francisco Marty y a Manuel Pastor.

Pedro Forcade, francés, propietario de grandes plantaciones de caña.

Antonio Font, propietario de ingenios azucareros.

Darthes y Brothers, empresa radicada en Londres que tenía varios hombres en La Habana.

Cunha Reis, comerciante en New York, con el consabido contacto en La Habana.

Pedro Blanco Fernández de Trava[5], 1795-1854, malagueño, capitán de barco que había empezado su fortuna en Cuba transportando esclavos para Joaquín Gómez, antes de poder llevar los suyos propios. Llevaba a África ron, tejidos, joyas y armas, y compraba esclavos en Fernando Poo, a unos 20 dólares de media, para luego revenderlos a 350 dólares. También compraba aceite de palma y alimentos. Su gran idea fue crear un establecimiento de almacenamiento de esclavos en Lomboko, en el estuario del río Gallinas (hoy río Moa, en el sur de Sierra Leona) cerca de la localidad de Sulina. Este lugar estaba lejos del Golfo de Guinea, que estaba patrullado por los británicos, y era cómodo para los barcos negreros, que cargaban en muy poco tiempo, unas pocas horas, y sin problemas con los británicos, pues cuando éstos conocían su llegada, ellos ya estaban de vuelta. Blanqueaba el dinero en Londres y en Baltimore en complicidad con los banqueros de aquellas ciudades. Sus sobrinos Fernando y Julio eran sus contactos en Londres. Sus clientes habituales eran Drake y Cía, el conde de Brunet y Julián Zulueta de Ceballos. Llevaba sus esclavos al Estuario de Gallinas (río Moa), a donde acudían los compradores a cargar sus barcos. En 1840 le vendió su negocio a Pedro Martínez y se fue a Barcelona, donde vivían muchos negreros, pero luego pensó que un lugar tan habitual de negreros le perjudicaba, y se escondió en Génova para no ser hallado por alguno de sus muchos enemigos.

Pedro Martínez, residente en Cádiz y con un delegado en La Habana. En 1840, le compró el negocio de la esclavitud a Pedro Blanco, pero Lomboko fue atacado por los británicos en 1849 y sus cárceles de esclavos fueron destruidas.

  Julián de Zulueta era propietario de tres haciendas con 600 esclavos, que producían 100.000 toneladas de azúcar al año. Tenía molinos de caña y barcos negreros. Había nacido en Álava en 1814 y emigrado a Cuba en 1832 colocándose como representante de los comerciantes cubanos. Tenía contactos con Pedro Blanco en Fernando Poo, en Londres y en España. Poseía 20 barcos que servían para todo tipo de comercio.

  Pedro de Zulueta era primo de Julián y vivía en Londres poseyendo y administrando una naviera que comerciaba con África diversos productos, entre ellos esclavos. Era el hombre de Julián de Zulueta en Europa.

Pedro Blanco, socio de Pedro Zulueta.

José Mora de la Bastida, el hombre en La Habana que era conexión con gran número de millonarios asentados en Barcelona.

Gentes relacionadas de alguna manera con los cubanos, citadas en algún caso como relacionadas con la explotación de la esclavitud fueron:

En Madrid, a Antonio Cánovas del Castillo; su hermano José Cánovas del Castillo conde del Castillo de Cuba; López de Ayala; Toreno; Juan Manuel de Manzanedo, financiador del Barrio Salamanca; Moyano; Francisco Romero Robledo; Caballero de Rodas; García Llorente; Agustín Fernando Muñoz y Sánchez duque de Riánsares y marido de María Cristina de Borbón.

Y en Barcelona, a Joan Güell y Ferrer[6]; Josep Puig y Llangostera[7]; los Godó Pie (Ramón Carlos y Bartolomé); Antonio López y López marqués de Comillas, fundador del Banco Hispano Colonial; Mañé y Flaquer; Manuel Durán y Bas; Manuel Milá y Fontanals; Joaquim Rubió y Ors; Narciso Foxá Miquel, I conde de Foxá; José Ferrer y Vidal[8]; José Amell y Bou; Salvador Samá i Martí I marqués de Marianao; Antonio Samá Urgellés; Francisco Martí; Rafael Ferrer Vidal; Juan Ferrer Roig; José Vidal Ribas[9]; Josep Xifré[10]; la familia Vidal Quadras; Esther Romeu de Juseu y Armenteros marquesa de Casa Peñalver, de Campoflorido, del Real Socorro y de Bellavista; Pablo Epalza; Miguel Viada Bunyol[11]; Esteve Gatell.

En La Coruña estaba José Pastor Horta[12].

En Bilbao, estaba Pablo Epalza, fundador del Banco de Bilbao.

Todos los partidos de la derecha española estaban implicados de alguna manera con los cubanos: los unionistas Caballero de Rodas, Cánovas del Castillo, y Pedro Salaverría; los conservadores Topete, López de Ayala, Balaguer y Romero Robledo; los ultramoderados Francisco Queipo de Llano conde de Toreno, Fernández de San Román; los carlistas Echeverría, Vildózola, Canga Argüelles…

Algunos de estos nombres eran o habían sido traficantes de esclavos, otros negociaban con capitales procedentes de los traficantes de esclavos, y otros tenían negocios con ellos. Muchos de estos hombres eran fervientes católicos y, de hecho, con sus dineros se financiaban templos, colegios y establecimientos de caridad. Muchos medios de comunicación católicos estaban también tocados por los negreros.

Se calculaba que entre unos 136 a 180 nobles españoles estaban financiados por los cubanos o tenían intereses en Cuba, entre ellos Mariano Roca de Togores marqués de Molins, Francisco Serrano Domínguez el duque de la Torre, el conde de Orgaz, el marqués de Corvera, el duque de Medinaceli, el duque de Alba, el duque de Medinasidonia, el duque de Unión de Cuba, el barón de Eroles, el barón de Gracia Real.

Todos ellos tenían razones para celebrar la desaparición de quien se oponía a la esclavitud y había hablado con los británicos sobre la posibilidad de abolirla, y además escogía para España un Rey excomulgado. Y mucho más contra quien se proponía deshacerse de Cuba, y con ello liquidar los negocios originados en ella. Pero es este un tema del que no se dice apenas nada en los libros de texto españoles de nuestros centros de enseñanza.

¿Quiénes eran corruptos? ¿Quiénes eran traficantes? ¿Quiénes estuvieron complicados en la trama que acabó asesinado a Prim? Quizás el lector entienda por qué no se sabe del asunto.

 

En 1870 amarró en un puerto cubano el último barco negrero “legal”, y fue el Jibacoa.

Los barcos de los negreros eran clipers fabricados en Baltimore y en Nueva York, porque eran los barcos más rápidos del momento y podían escapar de la vigilancia española. Tenían poco calado y navegaban con muy poco viento. Cuando no estaban “trabajando”, amarraban en La Habana haciendo gala de gran lujo.

Los barcos negreros llevaban banderas de conveniencia: en 1837, el cónsul inglés, David Turnbull, calculaba que, en Cuba, había 71 barcos negreros, de los cuales 40 llevaban bandera portuguesa, 19 española, 9 norteamericana y 1 sueca.

Los negreros eran de origen español, portugués, británico, estadounidense o de diversos países hispanoamericanos recientemente independizados de España. Éstos últimos se denominaban a sí mismos “ayacuchos” igual que los esparteristas.

Los barcos negreros desembarcaban su mercancía en Cuba, Puerto Rico, Nueva Orleans, en las Costas de Brasil y en Buenos Aires.

El lugar de procedencia de los esclavos negros esclavizados por los españoles, era Fernando Poo, una isla cercana a Camerún y a la desembocadura del Níger en Nigeria, especialmente vigilada por los británicos que, cuando abolieron la esclavitud, decidieron perseguir a los negreros, pues consideraban que, una vez abolida la esclavitud en Gran Bretaña, el trabajo mediante esclavos era competencia desleal. Cuando los españoles se vieron demasiado presionados, trasladaron sus almacenamientos de esclavos 4.000 kilómetros más al oeste, a Sierra Leona, con lo cual los británicos estuvieron mucho tiempo despistados. Fernando Poo era también el destino de muchos presos políticos y comunes españoles.

Los hacendados cubanos no se dedicaban todos al comercio de esclavos, pero sí se conocían entre ellos lo suficiente para saber de qué iba el negocio cubano. Sabían quiénes eran los traficantes, compraban y utilizaban esclavos, participaban en el negocio negando información a las autoridades o dando información a los negreros, se beneficiaban de los precios resultantes de esa mano de obra tan barata.

Los puertos de entrada en España de esclavos, eran Cádiz, Santander y Barcelona, esta última considerada la ciudad más importante de esclavistas españoles.

 

Los hacendados cubanos poseedores de plantaciones de caña de azúcar y café, de ingenios azucareros de la molienda, y comerciantes internacionales, no siempre residían en el Caribe, sino que algunos vivían en la Península Ibérica, en Londres o en Nueva York. Las plantaciones eran explotadas con esclavos. Algunos tenían actividades de tráfico de esclavos, pero esto era una actividad “secreta”, aunque entre ellos, todos eran sabedores de quién era quién.

Los hacendados cubanos abrieron en España varios “Círculos Hispano Ultramarinos de España”. El de Madrid lo presidía el general Laureano Sanz y lo financiaba el marqués de Manzanedo[13] utilizando el periódico La Reforma. Con ellos estaba relacionada María Cristina de Borbón, Reina-Regente de España en 1833-1840, que era  propietaria de dos haciendas con 800 esclavos y tenía como agente administrador a Antonio Parejo, que fundó una empresa llamada “La Gran Azucarera”, propiedad de la Reina, la cual vendía el azúcar en España.

Estos círculos financiaban artículos de periódico a favor del carlismo o del alfonsinismo en los periódicos de Isabel II (La Época, El Eco de España, El Diario Español), en los de los carlistas (La Esperanza, La Reconquista, La Regeneración), y en el republicano El Debate. Con ello generaban estados de opinión favorables a los intereses cubanos. Les interesaba desprestigiar al liberalismo, puesto que los liberales iban en contra de la esclavitud.

A su vez, los Círculos Hispano ultramarinos organizaron en España “ligas de integridad nacionales” dependientes de los Centros hispano-ultramarinos en España.

 

 

Prim ante el problema de las colonias.

 

En Cuba, en septiembre de 1868, había mucha tensión en el ambiente, pues los hacendados cubanos pensaban que los revolucionarios españoles de septiembre de 1868 abolirían la esclavitud, lo cual significaría una gran conmoción social en Cuba y la ruina para todos los hacendados. Los esclavos negros eran mayoría aplastante y su liberación en bloque y concesión de derechos civiles, seguramente provocaría una catástrofe social, asaltos y violencia, como la sucedida en Ahití. José Antonio Saco, independentista cubano, le comunicó a Salustiano Olózaga, líder progresista español, que no podía abolirse la esclavitud de buenas a primeras, pues sería la ruina de los hacendados y el inicio de una revuelta social de resultados incalculables.

Los hombres de los hacendados cubanos en Madrid, Nicolás Azcárate y Calixto Bernal, pidieron una Junta Provisional de Gobierno en Cuba y otra en Puerto Rico, para hacer las cosas de manera ordenada. Se les contestó que el asunto se resolvería cuando se constituyera el Gobierno revolucionario de España.

Los independentistas cubanos, asustados por el peligro de revuelta social, pidieron ayuda a los Estados Unidos. La Convención Nacional del Partido Republicano de Estados Unidos, reunida en Chicago en mayo de 1868, escogió como candidato a la presidencia a Ulises Grant, un halcón dispuesto a atacar a todos los europeos presentes en América. Grant reconoció inmediatamente al separatismo cubano de Carlos Manuel de Céspedes.

De pronto, en 1869 Ulises Grant se vio sorprendido por una propuesta de Juan Prim, el cual proponía al embajador de Estados Unidos en España, Daniel Sickles, la mediación de Estados Unidos en el conflicto cubano. Prim proponía una paz basada en una hoja de ruta concreta:

Deposición de las armas por los insurrectos cubanos.

Concesión de amnistía a los insurrectos.

Plebiscito en Cuba sobre la independencia.

En caso de sí a la independencia, abandono de España de la isla de Cuba y pago de Estados Unidos a España de una indemnización.

José Morales Lemus, abogado cubano presente en Nueva York y Washington, se apresuró a rechazar la propuesta de Prim. Morales Lemus, había sido presidente de la Junta de Información en España en 1866, y consideraba que las propuestas del Gobierno español en 1866 no habían sido más que estrategias para conseguir dinero para el golpe de 1868 en España: los españoles habían logrado que la Junta Informativa reuniera 500.000 pesos y se los enviara a los revolucionarios españoles. Estaba convencido de que los revolucionarios españoles no darían lo pedido en la Junta de Información de 1866. José Morales Lemus se sumó a los independentistas.

Ulises Grant ofreció a España la intervención militar de los Estados Unidos en Cuba, pero Prim no aceptó porque era lo mismo que regalarles la isla.

Cuando la oferta de Prim a Estados Unidos fue conocida en España, en 1870, hubo una protesta general del Congreso de Diputados y de los Ministros de Ultramar, Manuel Becerra, y de Guerra, Juan Bautista Topete, los cuales se mostraban contrarios a la concesión de independencia a Cuba. Prim lo negó todo, pero empezó a no ser del gusto de algunos españoles. Prim consideraba que España no podía mantenerse militarmente en Cuba y que Cuba debía autogobernarse, pero tampoco quería venderla a Estados Unidos, y mucho menos regalársela, por una cuestión de “deshonra de España”.

El general Prim, hombre fuerte del Gobierno de España, decidió dar a conocer a los cubanos las medidas que el Gobierno de España les iba a aplicar. Pero el Gobernador Lersundi, partidario de la represión pura y dura, decidió no publicarlas. Prim prometía igualdad de derechos de todos los cubanos con todos los españoles. Lersundi pidió al general Serrano que le confirmara la orden de publicación del telegrama de Prim, y Serrano se asustó y dejó el asunto en manos de Lersundi.

Francisco Lersundi Hormaechea, 1817-1874, era un general duro que había sido Capitán General de Madrid en 1851, Ministro de Guerra en 1852, Presidente del Gobierno en 1853, Ministro de Guerra en 1853, Ministro de Marina en 1856, Ministro de Guerra en 1864 y por fin Capitán General de Cuba en 1866. Su política como Gobernador de la isla consistió en la persecución dura de los separatistas y la negación de todo diálogo incluso con los reformistas, lo que llevó a los terratenientes cubanos a protestar ante el Gobierno español. Fue destituido en 1867, pero fue repuesto al poco por el no menos represor general Narváez, Presidente del Gobierno en España. Lersundi creó entonces en Cuba unas “comisiones militares” para perseguir independentistas, muy impopulares en la isla, y más cuando aumentó los impuestos para atender a los nuevos gastos. Negoció empréstitos con Estados Unidos e Inglaterra poniendo en garantía terrenos cubanos. En septiembre de 1868 se declaró fiel a Isabel II y no reconoció al nuevo Gobierno de España. A pesar de este despropósito, el Gobierno Provisional le confirmo en el cargo de Gobernador, lo cual era absurdo. El 10 de octubre, día del Grito de Yara que inició la guerra en Cuba, Lersundi no se había enterado de nada, y solamente se le ocurrió organizar batallones de voluntarios cubanos para luchar contra los independentistas, y puso al frente de los mismos a Blas Diego de Villate II conde de Valmaseda. Dimitió en 4 de enero de 1869. Llegado a España, se negó a reconocer al Gobierno español y actuó en conspiraciones y levantamientos para que o volviera Isabel II o se entronizara a su hijo Alfonso XII. Murió en noviembre de 1874, en tiempos de la I República, sin ver logrado su objetivo monárquico.

Se decidió cambiar a Lersundi por alguien más liberal, Domingo Dulce. Cuando Dulce llegó a Cuba, no supo qué hacer ante una situación de guerra abierta, si aplicar reformas o tomar medidas represivas como su antecesor, y no hubo una postura decidida por parte de España.

Tras la revolución de septiembre en España, Adelardo López de Ayala, Ministro de Ultramar en España, decidió emplear tácticas dilatorias en el conflicto cubano. López de Ayala había sido nombrado Ministro el 8 de octubre de 1868, y la revolución armada había empezado en Cuba en 10 de octubre de 1868, Grito de Yara. López de Ayala proponía qué debía discutirse primero, si primero el asunto de la esclavitud, que importaba poco en España y se creía que tarde o temprano se aboliría, o en primer lugar los asuntos políticos y económicos propuestos por la Junta de Información, pues ello afectaba al sistema de percepción de impuestos. Por supuesto, se pospuso el tema de la esclavitud. Ello supuso que muchos abolicionistas se pasasen a los independentistas que ya habían iniciado la guerra. Como en condiciones de guerra, emprender reformas es muy peligroso y no es aconsejable, se pospusieron también las reformas propuestas en 1866. López de Ayala tampoco era partidario de aplicar medidas excesivamente duras y represivas en Cuba, pues decía que con ello se harían crecer las filas de los partidarios de Carlos Manuel de Céspedes.

El 4 de enero de 1869, el Gobierno de España nombró a Domingo Dulce Capitán General de Cuba con instrucciones de hacer reformas liberales y, simultáneamente, sofocar la rebelión. Recordemos que a finales de septiembre de 1868 había habido sublevación en España contra Isabel II y la habían expulsado del país y se proponían una revolución progresista. La consigna española para las islas del Caribe era dar libertad de prensa y libertad de reunión, y es lo que hizo Dulce.

A la vista de la nueva posición española, unos próceres cubanos decidieron conversar con Dulce. Fue entonces cuando el Partido Republicano y los hispanófilos en general, hicieron manifestaciones completamente contrarias al diálogo con los insurgentes. Su forma de protesta era provocar todo tipo de desórdenes. Lograron que Dulce fuera relevado en junio de 1869.

Igualmente, en Puerto Rico se aplicó la libertad de imprenta y la libertad de reunión. Betances aprovechó la amnistía para conectar con la Junta Revolucionaria de Cuba y Puerto Rico, sita en Nueva York. Viajó a Washington y allí obtuvo fusiles, pólvora y hombres y organizó una nueva expedición sobre Puerto rico, la cual fracasó nuevamente.

En julio de 1869, Antonio Caballero Fernández de Rodas fue nombrado Capìtán General de Cuba. Junto a él, llegaba, como Jefe de Estado Mayor, Valeriano Weyler. La situación general de España en Cuba era calamitosa: no tenía dinero para sostener una guerra, pagaba mal a sus soldados, la comida era escasa y mala, los uniformes incompletos y de mala calidad, las tiendas de campaña escaseaban y las muy numerosas enfermedades tropicales eran cuidadas por métodos no adecuados. Morían demasiados soldados. España tenía en Cuba 20.000 hombres, ayudados por 35.000 Voluntarios Cubanos, la fuerza paramilitar que pagaban los hacendados.

En 1870, Caballero de Rodas, el nuevo Capitán General de Cuba, se atrevía a asegurar que Cuba permanecería fiel a España. Pero Prim temía que no fuera así, y negoció con Estados Unidos el traspaso de la isla, al tiempo que mandó negociar con los cubanos insurrectos y ofrecerles una Constitución autonómica. Para ello, nombró Capitán General de Cuba a Blas Villate de la Hera II Conde de Valmaseda. Pero el 27 de diciembre de 1870, Prim fue asesinado en España.

El 12 de marzo de 1871, Estados Unidos propuso conceder un empréstito a España por 150 millones de dólares al 5% y durante 20 años, redimible a voluntad después de los primeros cinco años. La condición para acceder a este préstamo era acceder a que el préstamo fuera hipotecario con garantía de las islas de Cuba y Puerto Rico. El Ministro español López de Ayala contentó que los Estados Unidos se estaban riendo de España, despreciando a España, y que aquella propuesta era una ofensa.

En Puerto Rico, en 1871, los Reformistas sacaron 14 diputados, mientras los Conservadores sólo sacaron 1. Entonces los del Partido Liberal Conservador decidieron utilizar una táctica de organizar desórdenes sociales a fin de desacreditar al Gobernador español Gabriel Baldrich i Palau, y efectivamente lograron su destitución el 13 de septiembre de 1871.

 

 

Cuba y Puerto Rico tras 1871.

 

En 1872, los Estados Unidos jugaron a difundir la confusión mediante noticias de prensa, como lo había hecho Bismarck en 1870 con Napoleón III de Francia. Publicaron en la prensa que España iba a ceder Puerto Rico a Alemania a cambio de la ayuda de Bismarck en la guerra carlista. La noticia, falsa o verdadera, hizo su efecto, y muchos antillanos renegaron de España y se pusieron del lado de los Estados Unidos.

Amadeo de Saboya no hizo las reformas coloniales prometidas en 1866 por los progresistas. Su táctica fue decir que, mientras hubiera guerra no habría conversaciones de paz.

Los Reformistas de Puerto Rico se sumaron al Partido Progresista Democrático Radical de España, creyendo que éste les apoyaría en sus peticiones de alcanzar los derechos que les otorgaba la Constitución española de 1869: derechos individuales, sufragio universal, separación del poder civil del poder militar, Ley de Ayuntamientos y abolición de la esclavitud. Pero el periodo de Amadeo de Saboya fue efímero, de 1871 a 1873, y no dio tiempo a nada.

Los puertorriqueños del Partido Liberal Conservador se unieron a los conservadores españoles y obtuvieron 11 diputados, pero en nuevas elecciones de 1873 volvieron a bajar en escaños y perdieron ante los liberales. El español Ruiz Zorrilla decidió abolir la esclavitud en Puerto Rico y ello encolerizó a los conservadores puertorriqueños. La Ley de abolición no se llevó a efecto por abdicación de Amadeo I.

La Primera República Española decidió posponer la solución del problema cubano porque ya tenía bastantes problemas con el cantonalismo peninsular y el carlismo. Decidió una táctica de “buenismo para con los sublevados cubanos”, les devolvió las propiedades embargadas, suspendió los poderes extraordinarios del Capitán General a fin de que no continuara la represión. El Capitán General, en adelante, debía consultar todas sus decisiones a Madrid. El 10 de julio de 1873, Francisco Suñer Capdevilla propuso la igualdad de todos los cubanos con los españoles. Ello provocó grandes discusiones en las Cortes pues la mayoría de los Diputados se opuso. El 3 de enero de 1874 cayó la República.

En Puerto Rico, los políticos dijeron estar a gusto con el régimen republicano español. La Asamblea Nacional española aprobó la abolición de la esclavitud por 214 votos contra 12, y 30.000 esclavos quedaron libres.

En 1874, al caer la República en España, los Gobernadores de colonias volvieron a tener poderes omnímodos, disolvieron las Diputaciones Provinciales, y el Partido Liberal Reformista de Puerto Rico se desintegró, siendo elegidos desde entonces diputados conservadores.

En 1876, Arsenio Martínez Campos fue nombrado General en Jefe de las fuerzas cubanas españolas, siendo Capitán General de la isla Jovellar.

El 10 de febrero de 1878, Arsenio Martínez Campos firmó la Paz de Zanjón con los rebeldes cubanos. Martínez Campos les concedía a los rebeldes el indulto y la promesa de libertad para todos los esclavos antes de 1880. También se comprometía a hacer las reformas políticas oportunas hasta igualar las condiciones de Cuba con las de Puerto Rico, lo cual no tenía sentido porque las libertades prometidas a Puerto Rico habían sido abolidas en 1874.

 

 

 

[1] Casta, es un grupo social absolutamente cerrado legalmente, de forma que no es posible entrar, ni salir de él, salvo por nacimiento. Estamento, es un grupo social en el que se entra o se sale por decisión de una autoridad social exterior al interesado, el Rey o el Papa, ante el cual hay que hacer méritos o deméritos. Clase social es el grupo en el que se entra o se sale por la cantidad de riqueza que es capaz de acumular un individuo, y depende por tanto, en principio, del propio individuo.

[2] José Martí, 1853-1895,  hijo de un sargento español, de Valencia. Martí fue capturado y llevado a España en 1871. Estudió en España Derecho y Letras y volvió a Cuba en 1878 reanudando actividades subversivas. Cánovas cortó la subversión en la Paz de Zanjón de 1878, aunque la cerrara en falso. Martí necesitó huir a Estados Unidos en 1879. Inició la sublevación definitiva en 1895, pero murió en los primeros combates de la etapa final.

[3] Luis Marcano Álvarez, 1831-1870, era un dominicano que había combatido en La Española al servicio de los españoles. En 1868 se puso al servicio de Céspedes en Cuba. Murió en El Congo (Cuba)  al sur de Manzanillo en un acción en 16 de mayo de 1870.

[4] Hugh Thomas, Cuba. La lucha por la libertad. Debate Penguin 2010.

[5] Dolores García Cantús. Fernando Poo. Una Aventura colonial española en África occidental, 1778-1900. Tesis doctoral.

José Luis Sánchez Hacheco, Pedro Blanco y su negra obra. En la www.

José Antonio Bru. Blog.com.

Mr Domingo.com. La Desconocida historia de la esclavitud en España.

José Antonio Piqueras. La esclavitud en las Españas: un lazo trasatlántico. Catarata 2012.

[6] Joan Güell y Ferrer, 1800-1872, conde de Güell viajó con su padre a Santo Domingo en 1809 y pusieron un almacén de comercio, que fue un fracaso. Joan regresó a Barcelona en 1816. En 1818 regresó a Cuba y esta vez puso una empresa de importación y exportación, cuya mercancía más productiva eran los esclavos. En 1830 volvió a Barcelona y en 1838 fundó la metalúrgica “La Barcelonesa” (en 1841 Tous, Ascacíbar y Cía) que era una fábrica de hierro de fundición y maquinaria textil. En 1846 adquirió una fábrica textil de veladillos (terciopelos) y panas, En 1848 creó en Sants la fábrica de pana “Güell, Ramis y Cía”, la Vapor Vell de Sants, al lado de la España Industrial de los Muntadas. Joan Güell fue impulsor de patronales, tanto en Cuba como en España, donde participó en Junta de Fábricas de Cataluña, Instituto Industrial de Cataluña, Fomento del Trabajo Nacional, y en 1869 Fomento del Trabajo Nacional. Tenía su propio periódico, “El Bien Público”, y su propio banco, Banco de Barcelona. En 1855 fundó “La Maquinista Terrestre y Marítima”. En 1868, al empezar la guerra de Cuba, creó en Barcelona el Círculo Hispano Ultramarino de Barcelona, la conexión con los empresarios cubanos que defendía en España la no independencia de Cuba y la pervivencia de la esclavitud. Su hijo, Eusebi Güell Bacigalupi se casó con la hija de Antonio López marqués de Comillas.

[7] Josep Puig Llangostera, 1835-1879, fue hijo de Miquel Puig Catasús, dueño de la fábrica de hilados La Esparraguera y de Colonia Sedó. Fue un joven rebelde, pero volvió a casa en 1863 para hacerse cargo de las fábricas de su padre, fue socio de fomento del Trabajo Nacional y miembro del Partido conservador de Cánovas.

[8] José Ferrer y Vidal, 1817-1893, fundó “José Ferrer y Cía” en Vilanova y la Geltrú, fábrica que se trasladó Barcelona y fue conocida como la “Fábrica del Mar”. Fue Presidente de la patronal Instituto Industrial de Cataluña, de Fomento de la Producción, de Fomento del Trabajo Nacional. Participaba en la Compañía de Tabacos de Filipinas, en Ferrocarriles del Noroeste, en la Compañía Transmediterránea, en Crédito Mercantil, y en el Banco Hispano Colonial. Tenía grandes propiedades en Cuba.

[9] Miguel Ángel Ordóñez, Dos siglos de bribones y algún malandrín. La corrupción en España desde el siglo XIX hasta la actualidad. EDAF 2014.

[10] Josep Xifré creó Caja de Ahorros de Barcelona, hoy La Caixa.

[11] Miguel Viada Bunyol 1789-1848, estuvo en Venezuela, regresó a España, fue a Cuba, participó en el ferrocarril de La Habana, regreso a Barcelona en 1840 y promovió el ferrocarril Barceloan-Mataró.

[12] José Pastor Horta, 1820 -1877, era hijo de José Pastor Taxonera, negociante coruñés, y fue enviado a Cuba donde abrió un negocio de exportación de tabaco, azúcar, cacao y aguardiente de caña, para lo cual utilizaba barcos propios que llevaban los productos a La Coruña. Era ayudado por su hermano Francisco Pastor. En 1858 regresó a La Coruña.

[13] Juan Manuel de Manzanedo y González de la Teja, 1803-1882, marqués de Manzanedo en 1864, era natural de Santoña (Cantabria), donde construyó el Colegio San Juan Bautista para niños pobres, y pagaba 12 camas para enfermos pobres en el hospital. Su fortuna provenía del comercio general y tráfico de esclavos. Regresó de Cuba en 1842 y se instaló en Madrid en 1845, donde fue constructor y banquero.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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    1. Emilio Encinas

      El primer texto que subí a mi Blog, y que consta en mi “bibliografía”, ya decía que el nivel no iba a ser “universitario”, no iba a consultar todas las fuentes, ni criticarlas. Me limito a seguir las grandes publicaciones que he indicado en mi “bibliografía”, principalmente Historia de España y América, y Enciclopedia de Historia de España, y cuando en un caso concreto añado algó más, cito la fuente a pie de página. En cuanto a explicaciones complementarias de tipo moral y filosófico, han salido de mis trabajos personales en la clase, pues sin ellas es imposible que el alumno comprenda. Me proponía pasar mis apuntes en cinco años. El trabajo me va a llevar el doble, si mi salud lo permite. Hacer lo que usted sugiere, y un historiador concienzudo debería hacer, requeriría unos 40 años de trabajo, y ya no estoy en edad de hacerlo. Quede eso para los que leen mis notas y estén dispuestos a continuarlas.

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