Conceptos clave: socialismo internacional, socialismo en España 1868-1871, I Congreso Obrero en 1870, evolución posterior del socialismo español, Juan Prim y el socialismo.

 

 

Aunque el tema no era relevante en su tiempo, lo tratamos aquí porque fue trascendente.

 

 

El socialismo internacional en 1864-1869.

 

La AIT (Asociación Internacional de Trabajadores) había sido creada en Londres, en 28 de septiembre de 1864, por los sindicatos británicos y franceses bajo el impulso ideológico de Carlos Marx. Se organizaba en Federaciones Regionales (que equivalían a los territorios de los Estados existentes) y Federaciones Locales que eran más pequeñas. Estaba coordinada por el Comité Federal, el cual actuaba como órgano ejecutivo. Celebraron congresos en Ginebra 1866, Lausana 1867 y Bruselas 1868, y en ellos definieron las orientaciones y fines de la AIT: una reafirmación del movimiento sindical; declaraban que la huelga era el principal instrumento de lucha del obrero; se ponían como objetivos la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y la eliminación de los ejércitos permanentes.

 

Del 21 al 25 de septiembre de 1868 se reunió en Ginebra la Liga de la Paz y la Libertad, y los anarquistas europeos recibieron noticias de la revolución española, lo cual les entusiasmó. Bakunin, Reclus y Fanelli rompieron con el resto de la Liga en esa reunión y la abandonaron para crear otra más anarquista llamada Alianza de la Democracia Socialista. Una de las primeras cosas que acordaron fue que Fanelli fuera a España a iniciar lo que podía ser, según Bakunin, el principio de la revolución mundial anarquista.

 

 

En la Internacional, AIT, se constató a partir de diciembre de 1868 la diferencia entre marxistas y anarquistas: los primeros querían un partido político que se adueñara del Estado y constituyera el Estado de los proletarios. Los anarquistas se oponían a jugar el juego de los partidos políticos, es decir a una organización obrera, pues defendían que todas las organizaciones caen en la corrupción. Entre ellos había matices entre los bakuninistas y los sindicalistas puros.

El 22 de diciembre de 1868 Bakunin pedía el ingreso en la AIT de Alianza Internacional para la Democracia Socialista, y el ingreso le fue denegado. Marx aclararía en el II Congreso de la AIT que la emancipación social de los trabajadores era inseparable de la emancipación política, y que las libertades políticas eran completamente necesarias a los trabajadores. La ruptura entre ambos estaba anunciada, pues los de la “Alianza Internacional” no querían participar en política, sino destruir el Estado, la Iglesia, los empresarios e incluso las urbes y las grandes fábricas. Marx y la AIT estaban en la utopía de aceptar trabajadores de cualquier creencia e ideas, pues colocaba las creencias en un nivel inferior a las necesidades revolucionarias de clase. Bakunin, en su utopía anarquista, exigía el ateísmo y apoliticismo militante. Marx tenía teorías con más fundamento económico y político. Bakunin era más coherente con sus propias ideas.

Los de Alianza Internacional eran muchos más en número que los seguidores de Marx. Si Marx aceptaba estos ingresos anarquistas, tendría que renunciar a su proyecto de lucha de clases y conquista del poder por la vía legítima. Decidió aceptar a las distintas agrupaciones, una por una, exigiéndoles que, previamente, aceptaran los estatutos de la AIT. Era cuestión de tiempo que, una vez dentro todas ellas, cambiaran los estatutos o destruyeran la Internacional.

 

 

Socialismo en España.

 

España estaba todavía en fase de socialismos utópicos. Por ejemplo, en 1864-1868, había habido en Pozal de las Gallinas (Valladolid), junto a Medina del Campo, un falansterio llamado “República de los Pobres”. Era socialismo no organizado políticamente para tomar el poder.

Pero el socialismo que nos interesa de cara a su proyección histórica es el socialismo marxista y el anarquismo, el llamado socialismo internacionalista.

En España, los internacionalistas se concentraban en Barcelona y Madrid:

En 1867, la Legión Ibérica de Barcelona, de tipo republicano, creada por Fernando Garrido, había enviado un mensaje de adhesión a la AIT.

La revolución de septiembre de 1868 había creado en España un clima de mayor tolerancia política, y ello alentó el asociacionismo obrero. Los sindicatos, ya existentes desde 1855, pudieron hacer propaganda.

 

En 6 al 13 de septiembre de 1868, Barcelona mandó un representante, Antonio Marsal Anglora, alias Sarro Magallán, a la Internacional reunida en Bruselas solicitando su ingreso, ingreso que sería rechazado por Marx. El Congreso AIT de Bruselas recomendó la nacionalización, al servicio de “compañías de obreros” de las minas y ferrocarriles, la colectivización de la tierra, y definió la huelga general como un instrumento de lucha obrera, que no liberaba al obrero, pero le servía en la lucha. El Congreso recomendó la enseñanza universal. La Alianza Internacional de la Democracia Socialista de BaKunin accedió disolverse a condición de que las secciones de España, Suiza, Italia y Francia, pudiesen ingresar en la AIT.

Los líderes catalanes decidieron pedir el alta individual en la AIT, que sí tuvo acogida positiva. Los españoles no conocían todavía el marxismo.

 

En octubre de 1868, varios sindicatos de Barcelona (sindicatos de oficio) se federaron en una Dirección Central de Sociedades Obreras de Barcelona con el objetivo de coordinar las actividades de las sociedades obreras de Barcelona, y este organismo convocó un congreso obrero para diciembre de 1868 con el objetivo de difundir el republicanismo federal y el cooperativismo.

Esta Dirección Central promovió la celebración de un Congreso Obrero catalán para diciembre de 1868. Asistieron 61 Sociedades obreras de Cataluña. El Congreso respaldaba las iniciativas cooperativistas (bakuninismo) y manifestaba que la finalidad de la Dirección Central era luchar a favor de la República Federal Española. También decidió el cambio de denominación para sí misma, y pasó a llamarse Centro Federal de Sociedades Obreras de Barcelona. Su Presidente fue Rafael Farga Pellicer, el cual era también Director del Ateneo Catalán de la Clase Obrera, y se manifestaba bakuninista. En 1869 recomendaron el voto para los republicanos federales.

 

La Dirección Central barcelonesa decidió cambiar de nombre para llamarse Centro Federal de las Sociedades Obreras de Barcelona. Por entonces, esta asociación obrera colaboraba con la patronal Fomento del Trabajo Nacional. Pero Rafael Farga Pellicer decidió en septiembre de 1869 romper con Fomento del Trabajo Nacional e incorporarse a la AIT, cosa que hizo en febrero de 1870. El Centro Federal fue disuelto en 1874 por Serrano, pero enseguida se creó otro organismo sustitutivo llamado Centro Federativo de Sociedades Obreras, cuyos dirigentes fueron Pamias y Nuet.

 

El congreso de los obreros de Cataluña reunió en diciembre de 1868 a 61 sociedades obreras y se declaró cooperativista y republicano federal y decidió presentar candidatos a diputados, siendo elegido diputado en enero de 1869 el primer obrero que llegó al parlamento español, Pablo Alsina. Se nombró secretario general de la Dirección Central a Rafael Lafarga Pellicer, un bakuninista anarquista, aunque el congreso todavía no sabía lo que era el anarquismo y el marxismo. Le auxiliaba en la Secretaría, Antonio Marsal Anglora. Eran vocales de la organización: Juan Nuet; Jaime Balasch; Clement Bové; Juan Fargas.

 

El Congreso de Cataluña tuvo como frutos políticos positivos para los obreros, el que, en enero de 1869, llegasen como diputados a las Cortes Pablo Alsina, y Baldomer Lostau Prats, primeros sindicalistas que llegaron a diputados en España, y que en agosto de 1869, los obreros de Barcelona dispusieran de un periódico, La Federación, cuyo fin era defender el federalismo. Pero el federalismo no era la finalidad principal de los obreros, sino un medio para conseguir otros objetivos distintos.

La mayor parte de los participantes en la Federación Regional Española eran republicanos federalistas. Los socialistas españoles eran republicanos federales en política interior, e internacionalistas en cuanto al movimiento obrero europeo. Los pequeño-burgueses, como era el caso de Fermín Salvochea, alcalde de Cádiz, habían logrado entusiasmar al pueblo con la idea de que el federalismo y la república resolverían todos los males de España, aunque el pueblo no sabía qué era federalismo ni qué era república. Este proceso se considera el último mito burgués en la historia del XIX español.

 

Giuseppe Fanelli[1] llegó a España en octubre de 1868, de la mano de Fernando Garrido, de José María Orense Milá de Aragón marqués de Albaida y de José Rubau Donadeu, y creó, en diciembre de 1868, la Federación Regional Española de la Primera Internacional, con 22 miembros, entre los que estaban: Fernando Garrido; José María Orense marqués de Albaida; Anselmo Lorenzo; Ángel Mora; Francisco Mora; y otros. Esta agrupación aceptaba los principios de la AIT de 1864 y los del Congreso de Ginebra de 1866. España estaba en plena revolución de 1868 y había expulsado a Isabel II. Fanelli predicaba el anarquismo, la doctrina que mejor encajaba con las características de un país como España, sin justicia en la atribución de la propiedad (leyes de 1811-1834) y con unos abusos salariales y laborales notables que impedían al trabajador sentir algún beneficio del progreso industrial y sentirse solidarios con la clase política de su propio país, que era la misma que le explotaba en el trabajo.

Aprovechó Fanelli las elecciones de enero de 1869 para volver a Barcelona a casa de José Luis Pellicer (tío de Rafael Farga Pellicer) y reunir casi una treintena de personas que fundaron “La Federación” un periódico democrático federal. Presentaron a Rafael Alsina como candidato por el Partido Republicano Federal y le hicieron la campaña desde La Federación, siempre en contacto con Bakunin. Fanelli creó dos agrupaciones españolas:

En enero de 1869 aparecía el primer grupo internacionalista en Madrid, la Federación Madrileña de la Internacional, que estaba constituida por Anselmo Lorenzo[2]; Ángel Mora; su hermano Francisco Mora[3]; Fernando Garrido; y Tomás González Morago.

En enero de 1869, la Federación Regional Española de la I AIT fue admitida en la Primera Internacional (I Asociación Internacional de Trabajadores). La organización tenía su sede en casa de Josep Rubau Donadeu Carcellers[4] en Madrid.

Y en febrero de 1869, aparecería un segundo grupo en Barcelona con Rafael Farga Pellicer; Ramón Cartañá; Ramón Costa; el pintor José Luis Pellicer; Gaspar Sentiñón; y el estudiante andaluz José García Viñas.

 

En febrero de 1869, Giussepe Fanelli, al marcharse de España, dejaba dos federaciones adscritas a la AIT, una en Madrid y otra en Barcelona:

En Madrid había contactado con Anselmo Lorenzo, los hermanos Francisco Mora y Ángel Mora, y Tomás González Morago de “Fomento de las Artes”.

En Barcelona había contactado con Fernando Garrido, Orense, José Rubau Donadeu, Rafael Farga Pellicer, José Luis Pellicer, Gaspar Sentiñón, José García Viñas y con varios grupos estudiantiles, y ello dio lugar a dos centenares de asociaciones “obreras” anarquistas.

Además, dejaba una sociedad secreta llamada Alianza de la Democracia Socialista, que agrupaba a ambas federaciones, madrileña y catalana, y era secreta para asegurarse en las eventualidades.

 

 

Los españoles quedaron afiliados a la sociedad secreta Alianza de la Democracia Socialista, que era bakuninista y estaba en proceso de disolución, pero los españoles todavía no distinguían entre marxismo y anarquismo. Como Farga Pellicer era antipolítico, aceptó muy bien la doctrina de destrucción del Estado. Al fin y al cabo, los catalanes querían el federalismo en España para destruir el Estado español, y sustituirlo por otras cosas, tal vez la República Federal, tal vez el Estado Catalán, o tal vez la creación de muchos Estados a partir del Estado único español. Había muchas formas de pensar y no estaba definida la tendencia final. Como Farga Pellicer escribía y dirigía La Federación, difundió sobre todo las ideas anarquistas.

Durante 1868 muchos españoles se habían adherido a Centro Federal de Sociedades Obreras de Barcelona, y ello había causado miedo en Prim, quien no se atrevió a cumplir sus promesas de 1866 de abolir las quintas y quitar los impuestos indirectos. Prim, el representante de la alta burguesía catalana, temía una insurrección obrera en pro del asalto y toma de la dirección de las fábricas de Cataluña.

Sin apenas darse cuenta, con la llegada de Fanelli a España, los pequeño-burgueses habían perdido la dirección del movimiento que habían iniciado. La idea de los pequeño-burgueses de integrar un Partido Federal era un absurdo que se explicaba por la utopía de que la República Federal resolvería todos los problemas. El contrasentido se puso de manifiesto en cuanto Giuseppe Fanelli convirtió el Partido Federal en un socialismo bakuninista antiburgués. El movimiento socialista caía en manos de los obreros y campesinos, las clases bajas.

En julio de 1869 se promulgó en España una Constitución y fue una decepción para los socialistas, pues era monárquica y burguesa. Los obreros convocaron levantamientos en Cataluña, Aragón y Valencia y se encontraron una nueva decepción, pues los diputados federalistas estaban con el Gobierno y no con los obreros federalistas. Los republicanos federales tomaron nota de lo ocurrido y crearon unos periódicos para atraerse a los jóvenes anarquistas y a los que pudieran llegar a serlo. Aparecieron periódicos republicanos en Bilbao, Granada, Sevilla, Córdoba, Mallorca, Cádiz, Málaga, Santander, Logroño, Vitoria, Alicante, Valencia.

En agosto de 1869, el Centro Federal, tenía un periódico, lógicamente anarquista, llamado “La Federación”. También el Centro Federal “liberó” unos 10 obreros, pagándoles un sueldo para difundir las asociaciones en pueblos pequeños.

En agosto de 1869, la Federación de las Tres Clases de Vapor inició una huelga en Barcelona. Se trataba de los obreros textiles.

En 1869 ingresó en la AIT, la asociación internacional llamada Fraternidad Universal, bakuninista, que automáticamente se convirtió en mayoría y puso en duda el liderazgo de Marx en la Internacional. Marx exigió entrada individualizada de las distintas asociaciones, y aceptación de los estatutos de la AIT, pero mantener el liderazgo de ésta era una batalla perdida a medio plazo.

 

En España se convocó un Congreso para 1870, Congreso en el que los socialistas decidirían separarse de los republicanos y empezar con su propio programa, que era anarquista bakuniniano. Los españoles no sabían todavía de las diferencias entre Marx y Bakunin, y creían que todo era socialismo por igual.

El movimiento obrero naciente en 1868 era políticamente inmaduro. No se trataba de que hubiera las lógicas discrepancias de partido, sino que había auténticas divergencias, incompatibles las unas con las otras, lo que les llevaba a luchar entre ellos. El grupo grande entre la minoría que eran los socialistas españoles, era el de los bakuninistas. Y los bakuninistas estaban en inferioridad de teorización respecto a los marxistas. Los bakuninistas cultivaban sentimientos de las masas utópicos. Y hay que entender que el conjunto de socialistas, de todas las ideas, era una minoría insignificante en España. Su punto fuerte en la teorización y prédica era el cantonalismo y se aferraban a que la República Federal lo arreglaría todo, axioma que las clases bajas estaban dispuestas a admitir, aunque no tenían ni idea de qué era república y qué era federalismo.

El movimiento obrero y pequeño burgués en España, venía dejando abandonado políticamente a un colectivo inmenso, de cerca de dos millones y medio de personas, jornaleros del campo y pequeños propietarios, los cuales cayeron fácilmente en el anarquismo, pero lo abandonarían si llegaban otras circunstancias políticas y económicas.

Las masas pequeño burguesas y las de trabajadores habían difundido el mito de la República Federal que solucionaría todos los problemas económicos y sociales de España, y en su terrible ignorancia, estaban dispuestas a acabar con el sistema democrático constitucional. Se había extendido el rumor de que el federalismo, y más tarde se dijo lo mismo del socialismo, era hacer la “voluntad del pueblo”.

Estas falsas ideas habían sido propaladas por  Baldomero Lostau i Prats, 1846-1896, un catalán del Comité Republicano Federal de la Provincias de Barcelona dispuesto a tomar las armas para conseguir la República Federal o el socialismo, y Fermín Salvochea Álvarez, 1842-1907, un gaditano de familia navarra, que en 1868 se había enrolado en los Batallones de Voluntarios de la Libertad de Cádiz y fue encarcelado en 1868. Liberado en 1869, organizó partidas armadas en la Sierra de Cádiz y huyó a Gibraltar cuando fueron derrotadas. En 1871 se acogió a una amnistía y volvió a Cádiz como republicano federal y socialista bakuninista, momento en que los gaditanos le eligieron alcalde del Cantón de Cádiz. Como alcalde, dedicó su tiempo a la erradicación del catolicismo y sus símbolos. Fue apresado por Pavía en 1874 y condenado a cadena perpetua, que cumplió en Vélez de la Gomera y Ceuta, hasta que en 1883 huyó a Marruecos y desde allí a Francia. En Francia se hizo anarco comunista violento, del ideario de Kropockin. A la llegada de Alfonso XII se acogió a una nueva amnistía y volvió a Cádiz para predicar el anarco comunismo o anarco colectivismo. En 1892 fue de nuevo encarcelado. En 1899 se acogió a una nueva amnistía. Fue a Madrid a predicar el anarquismo libertario junto a Joan Montseny y a Soledad Gustavo, y creía tanto en sus ideas que repartió su herencia entre los pobres y se fue a vivir con los indigentes. Volvió a Cádiz a morir. En Cádiz se convirtió en un mito.

Los ejemplos citados nos sirven para entender que en muchas ocasiones el federalismo español era entendido por los pequeño-burgueses y por los trabajadores como un socialismo utópico. Los pequeño-burgueses creían que, en un socialismo, ellos dominarían a los obreros y campesinos. Estaban muy equivocados al considerar ignorantes a todos los pobres. El “proletariado español” de 1869 se decía ya un “proletariado militante” dispuesto a engullir al federalismo a la primera de cambio, pero eran unas pocas docenas de individuos incapaces de tomar ninguna iniciativa importante. En 1869 todavía no podía hacerlo porque los socialistas eran un pequeño grupo, pues no había conciencia de clase entre los obreros y campesinos, porque no todo el proletariado era “proletariado militante”. El proletariado de verdad, estaba muy lejos del autoproclamado proletariado militante.

 

En agosto de 1869 comenzó en Barcelona una huelga del sector textil barcelonés, el cual se había unido en la Federación de las Tres Clases de Vapor. Reivindicaban mejoras salariales.

 

El 6 de septiembre de 1869 se celebró el Congreso de la AIT en Basilea, al cual acudieron los españoles Rafael Farga Pellicer y Gaspar Sentiñón. Como era de esperar, una vez ingresadas las secciones bakuninistas en la AIT, los bakuninistas eran mayoría, además de ser los más activos. Las decisiones de Basilea se parecían al programa de Bakunin: propiedad colectivizada de la tierra; abolición del derecho de herencia; necesidad de crear “cajas de resistencia” en todas las asociaciones de oficio; abolición del cargo de Presidente en las Secciones de la AIT, “porque este cargo denota autoridad y no compañerismo”.

 

 

 

El I Congreso Obrero Español.

 

El 19 de junio de 1870 se produjo el I Congreso Obrero Español en Barcelona en el Teatro Circo. Lo había propuesto Madrid, pero se lo llevó Barcelona tras pedir votación para elegir sede. Se reunieron 89 ó 90 delegados procedentes de unas 140 ó 150 asociaciones que decían representar a unos 40.000 trabajadores. Una buena parte de los delegados, unos 30, eran artesanos, y por contra había muy pocos campesinos, solamente 3, y también pocos obreros, 11 en concreto. Pero la mayoría de los delegados, unos 70, eran obreros y representaban al sector textil catalán. Inmediatamente se constató que en España no había apenas marxistas.

Los delegados decían representar a todas las regiones españolas, pero había muchos catalanes (70 en concreto), valencianos y andaluces y muy pocos procedentes del resto de las otras regiones españolas.

Las federaciones locales que decían representar eran Valencia, Alcoy, Carmona Jerez, Sanlúcar, Málaga, Granada, Valladolid, Madrid, Toledo, Barcelona (que tenía la mitad de los afiliados), y algunas federaciones menores de Extremadura, Aragón, Navarra, País Vasco y Galicia.

En Andalucía no había federaciones locales sino federaciones de oficio, e incluso los que eran pocos en un oficio se afiliaban a un oficio distinto al suyo. Se trataba de pequeños agricultores y de artesanos que veían desaparecer su futuro. Casi todos residentes en ciudades. Su finalidad era preparar una gran revolución hacia el asociacionismo libre. No coincidían con los objetivos de Cataluña, que eran las mejoras salariales y la abolición de quintas.

Presidieron el Congreso Obrero: Rafael Farga Pellicer y el francés Andrés Bastelica.

Decidieron lo siguiente:

Fundar la Federación Regional Española de la AIT, rechazar el republicanismo, y organizar secciones, federaciones de oficios y federaciones locales. En ello triunfaron los bakuninistas sobre los sindicalistas puros y sobre los cooperativistas, las otras dos tendencias de entre los reunidos.

Sobre la política nacional, decidieron no participar en política y no votar en las elecciones, posición coherente con su ideología bakuninista.

Sobre los republicanos, se decidió rechazar su paternalismo.

Sobre sociedades de resistencia, decidieron que debían dedicarse a la revolución, y no tomar como objetivos prioritarios los socioprofesionales.

Sobre cooperativismo, que quedaba subordinado para después del triunfo de la revolución, pues no era un instrumento de liberación social. El cooperativismo podía servir para movilizar a las masas e integrarlas en el movimiento obrero, pero no servía como instrumento de emancipación de la clase obrera.

Sobre organización social de los trabajadores, se afirmó que el fin de cualquier forma de organización era la revolución. Más allá, cada trabajador tenía libertad de militar en el partido político que quisiera. Se organizaron “secciones”, “federaciones de oficio” y “federaciones locales”. Se teorizó que las federaciones regionales y locales constituirían en el futuro los únicos órganos de gobierno de la sociedad, una vez que fuera abolido el Estado.

Sobre actitud frente a la AIT (era un punto especialmente preparado por Bakunin) se decidió negarse a todo tipo de reformas, acuerdos, alianzas, con los gobiernos burgueses, incluso la participación en política mediante partidos obreros, lo cual era una declaración en contra de la AIT marxista.

Se nombró Consejo General o dirección de la Federación Española, que residiría en Madrid (posteriormente en Valencia y en Alcoy) y cuyos líderes eran Anselmo Lorenzo Asperilla y Tomás González Morago. Estaba integrado por Anselmo Lorenzo Asperilla, Tomás González Morago, Enrique Borrel Mateo, Francisco Mora Méndez y Ángel Mora Méndez.

Los grandes sindicatos catalanes estuvieron callados ante la gran actividad que mostraban unos pocos anarquistas, y éstos dominaron por completo el Congreso, aprovechando que los sindicatos no se lo habían preparado.

 

 

Valoración del I Congreso Obrero.

 

Este Congreso de Barcelona de junio de 1870 fue el primero de ámbito nacional que celebraban los obreros en España. Tenía como precedentes: la Junta Central de Directores de las Clases Obreras de 26 de enero de 1855, que fue de ámbito regional; el Congreso de El Obrero (periódico de Barcelona) que reunió a sociedades obreras catalanas; y el Congreso Obrero Catalán de 13 de septiembre de 1868 a favor de la República Federal, el asociacionismo y el cooperativismo.

La noticia del Congreso de Barcelona fue muy positiva para el surgimiento de nuevas agrupaciones obreras: En 1870 se contaba con 1.764 afiliados, que llegaron a ser 11.512 en febrero de 1872, unos 15.000 en agosto de 1872 (la mitad de ellos en Barcelona) y 30.000 en diciembre de 1872. Habían ingresado muchos republicanos y algunos profesores universitarios y periodistas.

Tenían unas 100 “federaciones locales” y otras cien en proceso de constituirse. Los centros importantes del socialismo español eran Barcelona (que tenía la mitad de los afiliados totales), Valencia, Alcoy, Carmona, Jerez, Sanlúcar, Granada, Valladolid, Madrid y Toledo. Otras eran Málaga, Granada, y algunas federaciones menores de Extremadura, Aragón, Navarra, País Vasco y Galicia.

En Andalucía no eran federaciones locales sino federaciones de oficio, e incluso los que eran pocos en un oficio se afiliaban a un oficio distinto al suyo. Se trataba de pequeños agricultores y de artesanos que veían desaparecer su futuro, casi todos residentes en ciudades. Su finalidad era preparar una gran revolución hacia el asociacionismo libre. No coincidían con los objetivos de Cataluña, que eran las mejoras salariales y la abolición de quintas.

La AIT española propuso el retraimiento político como método para destruir al Estado.

Por el contrario, hubo también aspectos negativos: como era una asociación de ideología libertaria, cada delegado, al volver a su pueblo inició un programa de acción propio y diferente del de los demás, poco efectivo por tanto.

El fracaso de la Comuna de París de marzo-mayo de 1871 y la represión posterior de las organizaciones obreras a manos del Gobierno de Francia, reforzó en España las posiciones de los bakuninistas frente a los marxistas. Dijeron que no se podía participar en política ni convivir con partidos represores.

 

 

 

Evolución posterior del socialismo.

 

En enero de 1871, la Federación Regional Española de la AIT obtendría un gran refuerzo al ingresar en ella la Sociedad de Tejedores del Algodón de Barcelona, el sindicato mayor de España.

En marzo de 1871, ingresaron las federaciones de oficio de la Federación de las Tres Clases de Vapor. Esta federación se había creado en 1868 y agrupaba a hiladores, tejedores mecánicos y jornaleros de la industria textil algodonera. Como tal federación, habían asistido al Congreso de junio de 1870 en el que se fundó FRE de la AIT. La Federación de las Tres Clases de Vapor acordó organizarse como federaciones locales de oficio y, posteriormente, en 1871, casi todas estas federaciones locales de oficio decidieron ingresar en Federación Regional Española, junto a Sociedad de Tejedores, que también ingresó.

Apareció en febrero de 1872 Unión Manufacturera, fruto de la asociación de todos ellos, entidad que existió hasta 1874, momento en el que entraron en crisis estas asociaciones de trabajadores: resurgirían tímidamente en 1881 en torno al periódico El Obrero de Josep Pamias en Cataluña, pero se dividieron entre marxistas y anarquistas. En 1913, la Federación de las Tres Clases de Vapor se integró en Arte Fabril, y más tarde pasó a CNT, desapareciendo definitivamente.

La AIT española propuso el retraimiento político para destruir al Estado.

En septiembre de 1871, la AIT celebró la Conferencia de Londres. España envió como delegado a Anselmo Lorenzo Asperilla. En esa conferencia se constataron diferencias entre los marxistas y los bakuninistas. Anselmo Lorenzo se inclinó por el bando de Bakunin a pesar de que Paul Lafargue le dijo que en ello se equivocaba. Pero el momento obrero español era “antipolítico” y a Anselmo Lorenzo le parecía que el anarquismo encajaba mejor que el marxismo con la psicología de los españoles. En España, optó por el marxismo una minoría de trabajadores como Francisco Mora Méndez, José Mesa Leompart y Pablo Iglesias Posse, todos de Madrid.

Desde ese momento hubo en España dos tendencias claras en el socialismo: los anarquistas escribían en La Solidaridad, dirigida por Anselmo Lorenzo. Los marxistas escribían en La Emancipación, dirigida por Pablo Iglesias, creada en junio de 1871 para defender la creación de “un partido de clase” y la construcción de un Estado Popular.

Paul Lafargue, yerno de Marx y convencido marxista, se trasladó a Madrid para implantar el marxismo. Creó una Nueva Federación Madrileña, de signo marxista. Los marxistas eran minoría en España y en el resto del mundo. Su tarea principal era educar a los socialistas, y divulgar las ideas de Marx y Engels. La Nueva Federación Madrileña publicó el Manifiesto Comunista y La Miseria de la Filosofía, de Marx, para defender que los obreros tenían derecho a participar en política y a hacer una política diferente que no estuviera al servicio de los burgueses.

En Madrid, también surgió un “antimarxismo” dirigido por Tomás González Morago desde El Condenado.

En abril de 1872 se celebró en España el II Congreso Obrero de la Federación Española, que tuvo lugar en Zaragoza, y fue el de la confrontación entre marxistas y bakuninistas. Resultó definitivo: en julio de 1872, los marxistas fueron expulsados de la Federación Regional Española. Los bakuninistas definieron el movimiento obrero como radical, dispuesto a romper las estructuras burguesas, tema que creían fundamental. Los marxistas trataban de definir el movimiento obrero como un movimiento de clase que aspiraba a dominar toda la sociedad. Los anarquistas pacíficos, Tomás González Morago y Trinidad Soriano defendían que el internacionalismo debía ser una organización revolucionaria y no un frente amplio sindical, y que la revolución se debía hacer convenciendo a las masas y no por la vía de la insurrección. Por ello, debía limitarse el número de huelgas, porque, a la postre, la huelga era perjudicial para el obrero. Los anarquistas violentos defendían la insurrección permanente a fin de destruir la sociedad burguesa.

 

En septiembre de 1872, al Congreso de La Haya de la AIT, fueron dos delegaciones españolas: Farga Pellicer, González Morago, Charles Alerini y Nicolás Alonso Marselau fueron por los anarquistas. Paul Lafargue y José Mesa fueron por los marxistas.

En 1872, en el Congreso de La Haya, los bakuninistas fueron expulsados de la AIT. Entonces se marcharon y fundaron en Saint Imier, una Asociación Internacional de Trabajadores disidente, la Internacional anarquista.

 

Los marxistas españoles fueron a menos a partir de 1872, y sus finanzas se resintieron: en abril de 1873 tuvieron que dejar de publicar La Emancipación.

Los anarquistas fueron a más, y publicaban unos 30 periódicos, además de celebrar numerosos mítines, abrir escuelas de adultos, bibliotecas, círculos, ateneos populares… El punto fuerte de su atractivo era pedir menos horas de trabajo y más salario, lo cual era muy atractivo para los españoles de aquella época.

 

Y en 1874, las masas proletarias españolas siguieron a un nuevo mito político, Cánovas, cuyas ideas conservadoras eran tan sugestivas como las de los socialistas del sexenio anterior. Los mitos no aguantan el paso del tiempo, aunque pueden renacer de sus cenizas en cualquier momento: se abandonó a los republicanos y socialistas en 1874 y se abandonaría al canovismo una vez desaparecido Cánovas en 1897.

 

 

Juan Prim frente al socialismo.

 

Cuando llegaron las dificultades políticas de 1868, el monstruo republicano socialista creado por los pequeño burgueses y obreros en los cantones, empezó a dar miedo a la alta burguesía.

Juan Prim fue consciente del peligro de un socialismo como el que se planteaba en España, y de la confusión de ideas de los pequeño burgueses españoles. Entonces pospuso las reformas prometidas antes de septiembre de 1868 y no suprimió las quintas, ni eliminó los impuestos de usos y consumos, pues creyó que ello era debilitar al Estado y entregárselo a los socialistas.

Los burgueses utilizaron a Bravo Murillo contra este colectivo de proletarios, y en la revista La Defensa de la Propiedad, se dedicaron a confundir ideológicamente a los federalistas: En vez de explicar la realidad, les contaron toda suerte de bulos y tonterías sobre los conceptos de república, federación, cantonalismo, internacional y anarquía, bulos que se resumían en que todo ello era anarquía y desorden. Por el contrario, establecían que los Gobiernos burgueses eran orden y paz. Exageraban las tintas cuando hablaban de las revueltas obreras y decían que la revolución no estaba madura ni era posible en aquel tiempo. Con todas estas publicaciones de información sesgada alimentaban el monstruo de la violencia. Y el fin primordial buscado por los burgueses era mantener sus privilegios y sus ganancias a fin de no realizar la revolución liberal que significara igualdad y fraternidad. Preferían mantenerse en el poder.

Todos los políticos del momento eran conscientes del miedo de la alta burguesía a perder sus privilegios y todos se aprovechaban de ello. Nadie deshizo el fantasma del miedo que servía para mantenerse todos en los sillones del Gobierno. Nadie luchaba por sacar a la gente de su ignorancia. A unas falsedades, se contestaba con otras falsedades, todas ellas populistas.

El drama español estaba servido: por un lado los burgueses difundían un confusionismo ideológico, difundían el miedo. Por otro lado, los republicano-federales difundían irracionalidades en forma de eslóganes y programas radicales que hacían aparecer como la panacea universal. Nadie educaba al pueblo y nadie le decía la verdad sobre los males económicos, sociales y políticos, sobre las reformas que necesitaba el país. Cualquiera de las dos posturas era moralmente despreciable. Cualquiera otra posición política, distinta de las dos citadas, hubiera requerido un análisis a fondo, racional y libre de prejuicios, de la historia de España, de la sociedad española del momento, de la economía española, cosas que nadie estaba dispuesto a hacer. Se sobrepusieron los intereses de partido, debajo de los cuales estaban los intereses de clase, y los de las instituciones como Iglesia, Ejército y Universidad, todos los que temían un análisis imparcial de la realidad en que se sustentaban. En estas condiciones, y mientras este análisis no se produjera y se encontrara la persona decidida a aplicar los remedios sugeridos a raíz de ello, España carecía de futuro.

Y así permaneció España durante los siguientes cien años. Al fenómeno se le puede llamar el de las dos Españas, el del atraso secular económico y social, o el de la revolución pendiente, que son distintos nombres para una misma realidad.

 

 

 

[1] Giuseppe Fanelli, 1826-1877, nacido en Matinafranca (Italia), y antiguo militante en la sublevación italiana contra los austríacos de 1848 y en el Expedición de los Mil de Garibaldi en 1860, que había acabado por asociarse a Bakunin en 1867. Se marcharía de España en 1869 y ya no volvió más, pero los grupos anarquistas españoles siguieron funcionando indefinidamente.

[2] Anselmo Lorenzo 1841-1914, había nacido en Toledo y estaba en Madrid desde 1852 trabajando como tipógrafo, entre un círculo numeroso de socialistas.

[3] Francisco Mora, 1842-1924,  nacido en Villatobas (Toledo), hijo de jornaleros emigrados a Madrid, zapatero de profesión, miembro de las Milicias Nacionales, hermano de Ángel Mora, y que luego en 1 de mayo de 1879 sería compañero de Pablo Iglesias, José Mesa Leompart, Hipólito Pauly, Inocente Calleja… Mora abandonó el PSOE en 1886 por estar en desacuerdo con las bases redactadas por Pablo Iglesias para El Socialista, pero volvió al partido y en 1902-1905 fue secretario del mismo, y en 1905-1915 vicepresidente.

[4] Josep Rubau Donadeu Corcellés, 1841-1916, fue un catalán establecido en Barcelona en 1858 como vendedor de seguros, que en 1863 había fundado El Debate, y en 1867 se trasladó a Madrid donde se integró en el Club de la Montaña, grupo que organizaba mítines extremistas. Cuando llegó Fanelli a España, Donadeu le sirvió de guía por Madrid, Sabadell y Barcelona. En 1872, se hizo asesor de Estanislao Figueras con ánimo de lograr la República Federal, que se entendía que iba a ser socialista y luchó por un Estado Federal catalán. En 1874 se integró en el Partido Demócrata Posibilista de Emilio Castelar, pero cuando Castelar se integró en el Partido Liberal Fusionista de Sagasta, Donadeu se pasó al republicanismo de Nicolás Salmerón.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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