GOBIERNO PROVISIONAL DE SERRANO EN 1869.

 

 

 

 

Avance del moderantismo a fines de 1868.

 

Aunque Serrano era oficialmente Presidente de una República, el 12 de noviembre de 1868, unionistas, progresistas y algunos demócratas hablaban ya claramente de la idea de monarquía para España, aunque una monarquía subordinada a la soberanía nacional. El Gobierno giraba al conservadurismo. Se descartaba el sistema republicano.

En noviembre de 1868, los republicanos ya sabían que la revolución se les escapaba y el 22 hicieron una manifestación multitudinaria en Madrid y organizaron un nuevo pronunciamiento en Cádiz, que no llegó a cuajar.

La gente, que entendía “república” como redistribución de la tierra tras un sistema político que partiría de cero, se sumó fácilmente a las manifestaciones republicanas que empezaron el 6 de diciembre en Cádiz y culminaron el 31 de diciembre en Málaga, Sevilla y Jerez. Eran manifestaciones populistas que no llegaban a nada.

 

 

Convocatoria de elecciones.

 

El 6 de diciembre de 1868 se convocaron elecciones para Ayuntamientos y Diputaciones y para Cortes, elecciones que se celebrarían del 15 a 18 de enero de 1869. Fue la constatación del fracaso de la revolución de septiembre: Prim se dispuso a poner candidatos gubernamentales y a eliminar a los demócratas y republicanos por los métodos hispanos tradicionales: eliminación de candidatos indeseados y cierre de Ayuntamientos conflictivos. Todavía hizo Prim una última mentira electoral, la promesa en campaña electoral de abolir las quintas y las matrículas del mar, promesa que nunca cumplió, pero que servía para ganarle votos a los republicanos, eran manifestaciones tan falsas y tan populistas, como las falsedades y populismos que estaba divulgando la izquierda con el fin de tomar el poder. Se había vuelto a la política sucia y había desaparecido el espíritu de transparencia de septiembre de 1868.

 

 

El socialismo internacional en 1868-1869.

 

La AIT (Asociación Internacional de Trabajadores) había sido creada en Londres en 1864 por los sindicatos británicos y franceses bajo el impulso ideológico de Carlos Marx. Se organizaba en Federaciones Regionales (que equivalían a los territorios de los Estados existentes) y Federaciones Locales que eran más pequeñas. Estaba coordinada por el Comité Federal, el cual actuaba como órgano ejecutivo. Celebraron congresos en Ginebra 1866, Lausana 1867 y Bruselas 1868, y en ellos definieron las orientaciones y fines de la AIT: una reafirmación del movimiento sindical; declaraban que la huelga era el principal instrumento de lucha del obrero; se ponían como objetivos la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y la eliminación de los ejércitos permanentes.

En la Internacional, AIT, se constató a partir de diciembre de 1868 la diferencia entre marxistas y anarquistas: los primeros querían un partido político que se adueñara del Estado y constituyera el Estado de los proletarios. Los anarquistas se oponían a jugar el juego de los partidos políticos, es decir a una organización obrera, pues defendían que todas las organizaciones caen en la corrupción. Entre ellos había matices entre los bakuninistas y los sindicalistas puros.

El 22 de diciembre de 1868 Bakunin pedía el ingreso en la AIT de Alianza Internacional para la Democracia Socialista, y el ingreso le fue denegado. Marx aclararía en el II Congreso de la AIT que la emancipación social de los trabajadores era inseparable de la emancipación política, y que las libertades políticas eran completamente necesarias a los trabajadores. La ruptura entre ambos estaba anunciada, pues los de la “Alianza Internacional” no querían participar en política, sino destruir el Estado, la Iglesia, los empresarios e incluso las urbes y las grandes fábricas. Marx y la AIT estaban en la utopía de aceptar trabajadores de cualquier creencia e ideas, pues colocaba las creencias en un nivel inferior a las necesidades revolucionarias de clase. Bakunin, en su utopía anarquista, exigía el ateísmo y apoliticismo militante. Marx tenía teorías con más fundamento económico y político. Bakunin era más coherente con sus propias ideas.

Los de Alianza Internacional eran muchos más en número que los seguidores de Marx. Si Marx aceptaba estos ingresos anarquistas, tendría que renunciar a su proyecto de lucha de clases y conquista del poder por la vía legítima. Decidió aceptar a las distintas agrupaciones, una por una, exigiéndoles que, previamente, aceptaran los estatutos de la AIT. Era cuestión de tiempo que, una vez dentro todas ellas, cambiaran los estatutos o destruyeran la Internacional.

 

 

El socialismo internacional en España.

 

En España, los internacionalistas se concentraban en Barcelona y Madrid:

En 1867, la Legión Ibérica de Barcelona, de tipo republicano, creada por Fernando Garrido, había enviado un mensaje de adhesión a la AIT.

La revolución de septiembre de 1868 había creado en España un clima de mayor tolerancia política, y ello alentó el asociacionismo obrero. Los sindicatos, ya existentes desde 1855, pudieron hacer propaganda.

En octubre de 1868, varios sindicatos de Barcelona (sindicatos de oficio) se federaron  en una Dirección Central de Sociedades Obreras de Barcelona. Esta Dirección Central promovió la celebración de un Congreso Obrero catalán para diciembre de 1868. Asistieron 61 Sociedades obreras de Cataluña. El Congreso respaldaba las iniciativas cooperativistas (bakuninismo) y manifestaba que la finalidad de la Dirección Central era luchar a favor de la República Federal Española. También decidió el cambio de denominación para sí misma, y pasó a llamarse Centro Federal de Sociedades Obreras de Barcelona. Su Presidente fue Rafael Farga Pellicer, el cual era también Director del Ateneo Catalán de la Clase Obrera, y se manifestaba bakuninista. En 1869 recomendaron el voto para los republicanos federales.

El Congreso de Barcelona tuvo como frutos políticos positivos para los obreros, el que, en enero de 1869, llegasen como diputados a las Cortes Pablo Alsina, y Baldomer Lostau Prats, primeros sindicalistas que llegaron a diputados en España, y que en agosto de 1869, los obreros de Barcelona dispusieran de un periódico, La Federación, cuyo fin era defender el federalismo. Pero el federalismo no era la finalidad principal de los obreros, sino un medio para conseguir otros objetivos distintos.

La mayor parte de los participantes en la Federación Regional Española eran republicanos federalistas. Los socialistas españoles eran republicanos federales en política interior, e internacionalistas en cuanto al movimiento obrero europeo. Los pequeño-burgueses, como era el caso de Fermín Salvochea, alcalde de Cádiz, habían logrado entusiasmar al pueblo con la idea de que el federalismo y la república resolverían todos los males de España, aunque el pueblo no sabía qué era federalismo ni qué era república. Este proceso se considera el último mito burgués en la historia del XIX español.

En 6 al 13 de septiembre de 1868, Barcelona mandó un representante, Antonio Marsal Anglora, alias Sarro Magallán, a la Internacional reunida en Bruselas solicitando su ingreso, ingreso que sería rechazado por Marx. El Congreso AIT de Bruselas recomendó la nacionalización, al servicio de “compañías de obreros” de las minas y ferrocarriles, la colectivización de la tierra, y definió la huelga general como un instrumento de lucha obrera, que no liberaba al obrero, pero le servía en la lucha. El Congreso recomendó la enseñanza universal. La Alianza Internacional de la Democracia Socialista de BaKunin accedió disolverse a condición de que las secciones de España, Suiza, Italia y Francia, pudiesen ingresar en la AIT.

Los líderes catalanes decidieron pedir el alta individual en la AIT, que sí tuvo acogida positiva. Los españoles no conocían todavía el marxismo.

Giuseppe Fanelli[1] llegó a España en octubre de 1868, de la mano de Fernando Garrido, de José María Orense Milá de Aragón marqués de Albaida y de José Rubau Donadeu, y creó, en diciembre de 1868, la Federación Regional Española de la Primera Internacional, con 22 miembros, entre los que estaban: Fernando Garrido; José María Orense marqués de Albaida; Anselmo Lorenzo; Ángel Mora; Francisco Mora; y otros. Esta agrupación aceptaba los principios de la AIT de 1864 y los del Congreso de Ginebra de 1866. España estaba en plena revolución de 1868 y había expulsado a Isabel II. Fanelli predicaba el anarquismo, la doctrina que mejor encajaba con las características de un país como España, sin justicia en la atribución de la propiedad (leyes de 1811-1834) y con unos abusos salariales y laborales notables que impedían al trabajador sentir algún beneficio del progreso industrial y sentirse solidarios con la clase política de su propio país, que era la misma que le explotaba en el trabajo.

Aprovechó Fanelli las elecciones de enero de 1869 para volver a Barcelona a casa de José Luis Pellicer (tío de Rafael Farga Pellicer) y reunir casi una treintena de personas que fundaron “La Federación” un periódico democrático federal. Presentaron a Rafael Alsina como candidato por el Partido Republicano Federal y le hicieron la campaña desde La Federación, siempre en contacto con Bakunin. Fanelli creó dos agrupaciones españolas:

En enero de 1869 aparecía el primer grupo internacionalista en Madrid, la Federación Madrileña de la Internacional, que estaba constituida por Anselmo Lorenzo[2]; Ángel Mora; su hermano Francisco Mora[3]; Fernando Garrido; y Tomás González Morago.

En enero de 1869, la Federación Regional Española de la I AIT fue admitida en la Primera Internacional (I Asociación Internacional de Trabajadores). La organización tenía su sede en casa de Josep Rubau Donadeu Carcellers[4] en Madrid.

Y en febrero de 1869, aparecería un segundo grupo en Barcelona con Rafael Farga Pellicer; Ramón Cartañá; Ramón Costa; el pintor José Luis Pellicer; Gaspar Sentiñón; y el estudiante andaluz José García Viñas.

Los españoles quedaron afiliados a la sociedad secreta Alianza de la Democracia Socialista, que era bakuninista y estaba en proceso de disolución, pero los españoles todavía no distinguían entre marxismo y anarquismo. Como Farga Pellicer era antipolítico, aceptó muy bien la doctrina de destrucción del Estado. Al fin y al cabo, los catalanes querían el federalismo en España para destruir el Estado español, y sustituirlo por otras cosas, tal vez la República Federal, tal vez el Estado Catalán, o tal vez la creación de muchos Estados a partir del Estado único español. Había muchas formas de pensar y no estaba definida la tendencia final. Como Farga Pellicer escribía y dirigía La Federación, difundió sobre todo las ideas anarquistas.

Durante 1868 muchos españoles se habían adherido a Centro Federal de Sociedades Obreras de Barcelona, y ello había causado miedo en Prim, quien no se atrevió a cumplir sus promesas de 1866 de abolir las quintas y quitar los impuestos indirectos. Prim, el representante de la alta burguesía catalana, temía una insurrección obrera en pro del asalto y toma de la dirección de las fábricas de Cataluña.

Sin apenas darse cuenta, con la llegada de Fanelli a España, los pequeño-burgueses habían perdido la dirección del movimiento que habían iniciado. La idea de los pequeño-burgueses de integrar un Partido Federal era un absurdo que se explicaba por la utopía de que la República Federal resolvería todos los problemas. El contrasentido se puso de manifiesto en cuanto Giuseppe Fanelli convirtió el Partido Federal en un socialismo bakuninista antiburgués. El movimiento socialista caía en manos de los obreros y campesinos, las clases bajas.

La idea que mejor prendió entre las masas españolas fue la de cantonalismo, un remedio que solucionaría todos los males de España, pues todas las familias tendrían un puesto fijo de trabajo como funcionario del Estado, y otro trabajo particular los que quisieran, lo cual era una utopía, pero se aceptaba como posible en medios analfabetos y populistas no tan analfabetos.

En mayo de 1869, los federales iniciaron una serie de pactos, que les iban a hacer muy fuertes: empezó Valentí Almirall organizando un pacto en Cataluña, Aragón, País Valenciano y Baleares (“Pacto de la Coronilla de Aragón”), y siguieron otros muchos pactos.

El 6 de septiembre de 1869 se celebró el Congreso de la AIT en Basilea, al cual acudieron los españoles Rafael Farga Pellicer y Gaspar Sentiñón. Como era de esperar, una vez ingresadas las secciones bakuninistas en la AIT, los bakuninistas eran mayoría, además de ser los más activos. Las decisiones de Basilea se parecían al programa de Bakunin: propiedad colectivizada de la tierra; abolición del derecho de herencia; necesidad de crear “cajas de resistencia” en todas las asociaciones de oficio; abolición del cargo de Presidente en las Secciones de la AIT, “porque este cargo denota autoridad y no compañerismo”.

 

 

Sobrevaloración de las minorías socialistas.

 

En España se convocó un Congreso para 1870, Congreso en el que los socialistas decidirían separarse de los republicanos y empezar con su propio programa, que era anarquista bakuniniano. Los españoles no sabían todavía de las diferencias entre Marx y Bakunin, y creían que todo era socialismo por igual.

El movimiento obrero naciente en 1868 era políticamente inmaduro. No se trataba de que hubiera las lógicas discrepancias de partido, sino que había auténticas divergencias incompatibles las unas con las otras, lo que les llevaba a luchar entre ellos. El grupo grande entre la minoría que eran los socialistas españoles, era el de los bakuninistas. Y los bakuninistas estaban en inferioridad de teorización respecto a los marxistas. Los bakuninistas cultivaban sentimientos de las masas utópicos. Y hay que entender que el conjunto de socialistas, de todas las ideas, era una minoría insignificante en España. Su punto fuerte en la teorización y prédica era el cantonalismo y se aferraban a que la República Federal lo arreglaría todo, axioma que las clases bajas estaban dispuestas a admitir, aunque no tenían ni idea de qué era república y qué era federalismo.

El movimiento obrero y pequeño burgués en España, venía dejando abandonado políticamente a un colectivo inmenso, de cerca de dos millones y medio de personas, jornaleros del campo y pequeños propietarios, los cuales cayeron fácilmente en el anarquismo, pero lo abandonarían si llegaban otras circunstancias políticas y económicas.

Las masas pequeño burguesas y las de trabajadores habían difundido el mito de la República Federal que solucionaría todos los problemas económicos y sociales de España, y en su terrible ignorancia, estaban dispuestas a acabar con el sistema democrático constitucional. Se había extendido el rumor de que el federalismo, y más tarde se dijo lo mismo del socialismo, era hacer la “voluntad del pueblo”.

Estas falsas ideas habían sido propaladas por  Baldomero Lostau i Prats, 1846-1896, un catalán del Comité Republicano Federal de la Provincias de Barcelona dispuesto a tomar las armas para conseguir la República Federal o el socialismo, y Fermín Salvochea Álvarez, 1842-1907, un gaditano de familia navarra, que en 1868 se había enrolado en los Batallones de Voluntarios de la Libertad de Cádiz y fue encarcelado en 1868. Liberado en 1869, organizó partidas armadas en la Sierra de Cádiz y huyó a Gibraltar cuando fueron derrotadas. En 1871 se acogió a una amnistía y volvió a Cádiz como republicano federal y socialista bakuninista, momento en que los gaditanos le eligieron alcalde del Cantón de Cádiz. Como alcalde, dedicó su tiempo a la erradicación del catolicismo y sus símbolos. Fue apresado por Pavía en 1874 y condenado a cadena perpetua, que cumplió en Vélez de la Gomera y Ceuta, hasta que en 1883 huyó a Marruecos y desde allí a Francia. En Francia se hizo anarco comunista violento, del ideario de Kropockin. A la llegada de Alfonso XII se acogió a una nueva amnistía y volvió a Cádiz para predicar el anarco comunismo o anarco colectivismo. En 1892 fue de nuevo encarcelado. En 1899 se acogió a una nueva amnistía. Fue a Madrid a predicar el anarquismo libertario junto a Joan Montseny y a Soledad Gustavo, y creía tanto en sus ideas que repartió su herencia entre los pobres y se fue a vivir con los indigentes. Volvió a Cádiz a morir. En Cádiz se convirtió en un mito.

Los ejemplos citados nos sirven para entender que en muchas ocasiones el federalismo español era entendido por los pequeño-burgueses y por los trabajadores como un socialismo utópico. Los pequeño-burgueses creían que, en un socialismo, ellos dominarían a los obreros y campesinos. Estaban muy equivocados al considerar ignorantes a todos los pobres. El “proletariado español” de 1869 se decía ya un “proletariado militante” dispuesto a engullir al federalismo a la primera de cambio, pero eran unas pocas docenas de individuos incapaces de tomar ninguna iniciativa importante. En 1869 todavía no podía hacerlo porque los socialistas eran un pequeño grupo, pues no había conciencia de clase entre los obreros y campesinos, porque no todo el proletariado era “proletariado militante”. El proletariado de verdad, estaba muy lejos del autoproclamado proletariado militante.

En agosto de 1869 comenzó en Barcelona una huelga del sector textil barcelonés, el cual se había unido en la Federación de las Tres Clases de Vapor. Reivindicaban mejoras salariales.

En 1872, en el Congreso de La Haya, los bakuninistas fueron expulsados de la AIT. Entonces se marcharon y fundaron en Saint Imier, una Asociación Internacional de Trabajadores disidente, la Internacional anarquista.

Y en 1874, las masas proletarias españolas siguieron a un nuevo mito político, Cánovas, cuyas ideas conservadoras eran tan sugestivas como las de los socialistas del sexenio anterior. Los mitos no aguantan el paso del tiempo, aunque pueden renacer de sus cenizas en cualquier momento: se abandonó a los republicanos y socialistas en 1874 y se abandonaría al canovismo una vez desaparecido Cánovas en 1897.

 

 

Juan Prim frente al socialismo.

 

Cuando llegaron las dificultades políticas de 1868, el monstruo republicano socialista creado por los pequeño burgueses y obreros en los cantones, empezó a dar miedo a la alta burguesía.

Juan Prim fue consciente del peligro de un socialismo como el que se planteaba en España, y de la confusión de ideas de los pequeño burgueses españoles. Entonces pospuso las reformas prometidas antes de septiembre de 1868 y no suprimió las quintas, ni eliminó los impuestos de usos y consumos, pues creyó que ello era debilitar al Estado y entregárselo a los socialistas.

Los burgueses utilizaron a Bravo Murillo contra este colectivo de proletarios, y en la revista La Defensa de la Propiedad, se dedicaron a confundir ideológicamente a los federalistas: En vez de explicar la realidad, les contaron toda suerte de bulos y tonterías sobre los conceptos de república, federación, cantonalismo, internacional y anarquía, bulos que se resumían en que todo ello era anarquía y desorden. Por el contrario, establecían que los Gobiernos burgueses eran orden y paz. Exageraban las tintas cuando hablaban de las revueltas obreras y decían que la revolución no estaba madura ni era posible en aquel tiempo. Con todas estas publicaciones de información sesgada alimentaban el monstruo de la violencia. Y el fin primordial buscado por los burgueses era mantener sus privilegios y sus ganancias a fin de no realizar la revolución liberal que significara igualdad y fraternidad. Preferían mantenerse en el poder.

Todos los políticos del momento eran conscientes del miedo de la alta burguesía a perder sus privilegios y todos se aprovechaban de ello. Nadie deshizo el fantasma del miedo que servía para mantenerse todos en los sillones del Gobierno. Nadie luchaba por sacar a la gente de su ignorancia. A unas falsedades, se contestaba con otras falsedades, todas ellas populistas.

El drama español estaba servido: por un lado los burgueses difundían un confusionismo ideológico, difundían el miedo. Por otro lado, los republicano-federales difundían irracionalidades en forma de eslóganes y programas radicales que hacían aparecer como la panacea universal. Nadie educaba al pueblo y nadie le decía la verdad sobre los males económicos, sociales y políticos, sobre las reformas que necesitaba el país. Cualquiera de las dos posturas era moralmente despreciable. Cualquiera otra posición política, distinta de las dos citadas, hubiera requerido un análisis a fondo, racional y libre de prejuicios, de la historia de España, de la sociedad española del momento, de la economía española, cosas que nadie estaba dispuesto a hacer. Se sobrepusieron los intereses de partido, debajo de los cuales estaban los intereses de clase, y los de las instituciones como Iglesia, Ejército y Universidad, todos los que temían un análisis imparcial de la realidad en que se sustentaban. En estas condiciones, y mientras este análisis no se produjera y se encontrara la persona decidida a aplicar los remedios sugeridos a raíz de ello, España carecía de futuro.

Y así permaneció España durante los siguientes cien años. Al fenómeno se le puede llamar el de las dos Españas, el del atraso secular económico y social, o el de la revolución pendiente, que son distintos nombres para una misma realidad.

 

 

El Partido Federal.

 

El resultado de la política desinformativa de 1868 fue el crecimiento del “Partido Federal”, de la parte más irracional de ese grupo, pero que, al menos, ofrecía una promesa de acción contra la situación política y social.

Valentí Almirall preparó un Estado Federal de los Estados de la Corona de Aragón (Cataluña, País Valenciano, Aragón, e Islas Baleares) y reunió a los federales de estas regiones en Tortosa el 18 de mayo de 1869. Sus enemigos llamaron al acto de Tortosa “el pacto de la coronilla de Aragón”. Siguieron otros pactos con objeto de convertir otros territorios españoles en Estados Federales, los cuales se hicieron con textos similares al de Almirall.

A raíz de estos pactos, surgieron los “Comités Regionales” correspondientes, los organizadores del Estado Federal y los representantes que debían relacionarse entre ellos para constituir la República Federal Española:

En Córdoba se reunieron representantes de Andalucía, Extremadura y Murcia.

En Valladolid se reunieron representantes de Castilla la Vieja, del Antiguo Reino de León y de Castilla la Nueva.

En La Coruña se reunieron representantes de Galicia y Asturias.

En Éibar se reunieron representantes de Euskadi, y en la reunión estuvo Pi y Margall alegando que su esposa, Petra Arsuaga, era vasca.

El Partido Federal generó entonces el llamado “principio de autodeterminación” o capacidad de cada federación de unirse y separarse del resto de federaciones cuando quisiera. Era la vieja idea confederal, para entonces ya desechada en Estados Unidos. Era un principio político bonito en cuanto a hablar de libertades, pero irreal al considerar los daños económicos a empresas y particulares en cada movimiento de unión o de separación, y el coste económico tan grande que supone cada uno de esos cambios.

Por fin, el 30 de junio de 1869 se firmó en Madrid el “Pacto Nacional” o Federación de las Federaciones españolas, creándose un Consejo Federal que debía ser el nuevo Gobierno de España, el cual debería permanecer siempre respetuoso con el principio de autodeterminación de cada Federación Regional, y debería encarnar la República Democrática Federal. En esta República, los municipios serían autónomos, las regiones autónomas y los Estados federados autónomos.

En ningún caso se habló ni se discutió de los temas  que necesariamente deberían tener en común las Federaciones Regionales para poder constituirse en Estado, para tener algo en común, para ser República Democrática Federal. Se prefería hablar sólo de derechos, y callar el tema de las obligaciones, se prefería hablar de teóricas soluciones a todos los problemas y ocultar las limitaciones a las que se someterían los nuevos ciudadanos. Y así se creó un mito que perdura hasta hoy. Planteado del modo en el que se planteó, cualquier ignorante podía estar de acuerdo con la República Federal. Y hasta los “más inteligentes” renunciaron a su capacidad de pensar con tal de verse envueltos en el fervor de las masas, con tal de satisfacer su ego, a la vez de con tal de acabar con un pasado histórico ciertamente despreciable, aunque fuera de forma irracional.

En la expresión “Estado Federal” se explica a menudo la segunda parte, la de “federal”, pero se oculta la primera, la de “Estado”. Estado es el conjunto de cosas que se deben acordar en común a fin de que sea posible la convivencia social y el desarrollo económico y cultural del conjunto. A poco que se piense, y a vuelapluma, se puede caer en que sería conveniente tener un ejército común para defenderse de la agresión exterior, unas fuerzas de orden para defenderse de la agresión interior, una sanidad común para que las enfermedades no transiten entre las diversas regiones, una enseñanza común para mantener una lengua y un sistema de pensamiento compatible a todos, unas mismas condiciones de trato a la marginalidad, a la tercera edad, a la infancia, un sistema de justicia y de leyes común, unas condiciones financieras similares, unas condiciones industriales similares para que unas regiones no hicieran boicot a las otras, una agricultura y ganadería en condiciones de libre competencia pero iguales para todos, unas condiciones comerciales que garantizaran la competencia limpia, un sistema de comunicaciones terrestres entre todos y dentro de cada uno de los federados, un sistema de comunicaciones sociales común (multimedia), un sistema similar de explotación del mar para no esquilmarle, un sistema de cuidado de la atmósfera, de los ríos, porque son recursos comunes impuestos por la naturaleza, un cuidado de los residuos, de los bosques, de los contaminantes… Pero si hablamos de estas cosas a acordar en común, entramos en temas de discusión, en temas difíciles, y es más sencillo ocultarlas, pasar por encima como si no existieran. Así se puede generar el mito de que el Estado Federal y el derecho de autodeterminación son la panacea que lo arregla todo.

 

 

Elecciones de 15 de enero de 1869.

 

Las elecciones a Cortes Constituyentes pactadas en Ostende tuvieron lugar en 15 de enero de 1869.

Se hizo por sufragio universal directo en circunscripción amplia, la provincia, siendo la primera vez en España que no había elecciones previas de partido judicial que se llevaban a la capital de provincia. Los diputados salían elegidos por mayoría simple en su circunscripción provincial. Es decir, similar a lo que se hace en España en el siglo XXI. Las elecciones fueron dirigidas y controladas por Sagasta, y con ello se abrió un nuevo campo de disputa entre Gobierno y demócratas.

Algunas capitales de provincia dominadas por los demócratas pidieron que las decisiones del Gobierno de Madrid hubieran de ser ratificadas por cada ente político provincial para ser válidas en su territorio. Estaban reclamando la “confederación” o soberanía de los diputados de cada provincia, es decir, cambiar el modelo político a priori, antes de que lo decidiesen las Cortes.

Las masas de los pueblos no tuvieron nada que ver en esta disputa entre el Gobierno conservador y los demócratas de provincias, pero la cosecha de primavera de 1869 fue mala y el Gobierno de España prohibió los repartos de alimentos que estaban haciendo algunas Juntas de Andalucía, lo cual provocó motines, sobre todo en Málaga. Entonces, los motines populares pudieron ser confundidos con apoyo a los demócratas federales.

Participaron en las elecciones unos tres millones de votantes, de un censo de unos cuatro millones. Era una cifra notable, pues en España nunca habían votado más allá de 300.000 personas nunca.

Los carlistas decidieron participar en las elecciones de enero de 1869 con el lema “Dios y Fueros”, defendiendo la idea de un Rey puesto por Dios para defender el catolicismo, y un catolicismo que debía servir los intereses del Rey como voluntad de Dios. El resultado no fue nada malo para ellos, pues obtuvieron 23 diputados, la mayoría navarros y vascos. El jefe del grupo parlamentario carlista fue el canónigo navarro Vicente Manterola Pérez.

Hay que advertir, que la alta y media burguesía cometieron un error muy grande: en sus periódicos trataron de confundir las ideas de república, federalismo, cantonalismo, internacionalismo y anarquía, y asimilarlas a desorden y caos económico, de modo que casi nadie era capaz de distinguir esos conceptos en aquellos días. En vez de instruir a la gente, amenazaron con el caos, lo cual es un error grueso. Era completamente intencionado. Creyeron que el enemigo era el pequeño burgués, como Pi y Margall, y no fueron capaces de ver el ascenso del nuevo movimiento social, el proletariado. Intentaron crear fantasmas que asustasen a la población y se encontraron con que el miedo lo debían tener ellos, la alta y media burguesía. La solución en épocas siguientes, otra vez equivocada, sería la represión sistemática, como la de Cánovas y la de casi todos los Gobiernos de Alfonso XIII e incluso los de la II República y la de Franco.

 

Los resultados de 15 a 18 de enero de 1869 fueron extraños para una nación que había expulsado a la monarquía un año antes:

Los progresistas monárquicos tenían 160 escaños.

Los unionistas monárquicos, 80 escaños.

Los republicano federales, 80 escaños (Pi y Margall, Estanislao Figueras, Emilio Castelar, Josep Cristófol Sorní i Grau[5]…). Los republicanos obtenían muchos de sus votos en las ciudades de Huesca, Zaragoza, Lérida, Gerona, Barcelona, Valencia, Alicante, Málaga, Sevilla y Cádiz. También los republicanos sacaban diputados en Badajoz y Murcia, y un diputado en Toledo, Salamanca, Valladolid y Teruel (sólo 2 eran republicanos unitarios, García Ruiz y Sánchez Ruano).

En las elecciones de enero de 1869, Pi y Margall, desde el exilio, aceptó las condiciones electorales. Los republicanos federales de Barcelona le pusieron en sus listas. No tomó parte en ningún acto electoral, pero salió elegido diputado.

Los demócratas cimbrios, republicanos pero dispuestos a pactar con los monárquicos, obtuvieron 40 escaños (Nicolás María Rivero)

Los carlistas, 30 escaños, casi todos ellos de Vizcaya, Guipúzcoa y Navarra, pero también sacaron diputados carlistas Gerona, Salamanca, Valladolid y Murcia. Entre los diputados carlistas había tres eclesiásticos: el cardenal arzobispo de Santiago, García Cuesta, el obispo de Jaén, Monescillo, y un canónigo de Vitoria llamado Vicente Manterola Pérez[6].

Los liberales conservadores, monárquicos partidarios de Alfonso XII, obtuvieron 7 escaños (Antonio Cánovas del Castillo, Manuel Silvela, José de Elduayen, Luis Estrada, Saturnino Álvarez Bugallal, Joaquín Vázquez de Puga y Manuel Quiroga). Su ideología era libertad, religión católica y monarquía.

Los unionistas, monárquicos, 3 escaños.

Los republicanos unitarios, 2 escaños (García Ruiz y Sánchez Ruano).

Con esos resultados, las cuentas globales deben ser tomadas en este sentido: el grupo convocante, progresistas, unionistas y cimbrios, los que aceptaban o toleraban la monarquía, obtenía 280 escaños; la oposición republicana federal sacaban 80 escaños; los republicanos unitarios 2; y los grupos marginales, carlistas y alfonsinos, se veían premiados con 37 escaños.

Sagasta había hecho bien su trabajo a la manera de un nuevo Posada Herrera, “el gran elector”. La convocatoria de elecciones fue toque de clarín para poner en marcha los sistemas caciquiles electorales. No tenemos constancia de ningún “gran elector”, pero la inercia electoral funcionó: el Gobierno Provisional, faltando a su deber de neutralidad, hizo declaraciones a favor de un sistema monárquico y con ello, los modos de Posada Herrera parecían revivir.

 

 

Las Constituyentes de febrero de 1869.

 

El 11 de febrero de 1869 se abrieron Cortes Constituyentes eligiéndose como Presidente de las Cortes al demócrata Nicolás María Rivero. Serrano leyó el “Discurso del Gobierno”, sustituto del “Discurso de la Corona” hasta entonces preceptivo. No quedaron constituidas las Cortes.

El 12 de febrero adoptaron como Reglamento de las Cortes el de 1847.

El 22 de febrero de 1869 se constituyeron las Cortes una vez discutidas las actas y resueltas las impugnaciones. Celebraron su primera sesión ordinaria. Se eligió como Presidente del Congreso a  Nicolás María Rivero. Serrano dimitió como Presidente del Gobierno Provisional y fue reelegido por las Cortes y ratificado como Presidente del Poder Ejecutivo definitivo. Pi y Margall propuso que la Jefatura del Gobierno la ejerciese una Comisión elegida en Cortes, lo cual no tuvo éxito ninguno, pero sirve para mostrar el carácter “asambleario” de Pi.

En esa misma sesión, Prim negó ser “monárquico a priori”, y propuso la colaboración de unionistas, progresistas y demócratas para construir un nuevo Estado. Los republicanos lanzaron vivas a la República, y el resto de la Cámara vivas a la monarquía constitucional, lo cual dejaba claro que la intención de la mayoría era hacer otra monarquía. Había cierta contradicción aparente en las palabras de Prim, que podían ser entendidas como que deseaba una república, y no era así.

El primer tema serio del que tuvieron que ocuparse las Cortes fue el llamamiento a filas de 25.000 hombres para contener los levantamientos de Paterna, Jerez de la Frontera y Alcalá del Valle. El reclutamiento iba en contra de la propaganda demócrata y republicana, los cuales habían dicho que con el nuevo régimen no habría quintas ni levas, sino un ejército profesional. Y con el reclutamiento, había que aprobar la dotación correspondiente, un empréstito de 100 millones de escudos. Y ese gasto aumentaba el problema del déficit generado en 1868, y planteaba el de hallar un medio para poder hacer frente a los nuevos gastos. Prim consiguió hacer valer su prestigio personal y convencer a los Diputados de que se necesitaba un ejército y una financiación del Estado para poder consolidar la revolución. Se opuso a sus argumentos Emilio Castelar, líder de los republicanos federales.

 

 

[1] Giuseppe Fanelli, 1826-1877, nacido en Matinafranca (Italia), y antiguo militante en la sublevación italiana contra los austríacos de 1848 y en el Expedición de los Mil de Garibaldi en 1860, que había acabado por asociarse a Bakunin en 1867. Se marcharía de España en 1869 y ya no volvió más, pero los grupos anarquistas españoles siguieron funcionando indefinidamente.

[2] Anselmo Lorenzo 1841-1914, había nacido en Toledo y estaba en Madrid desde 1852 trabajando como tipógrafo, entre un círculo numeroso de socialistas.

[3] Francisco Mora, 1842-1924,  nacido en Villatobas (Toledo), hijo de jornaleros emigrados a Madrid, zapatero de profesión, miembro de las Milicias Nacionales, hermano de Ángel Mora, y que luego en 1 de mayo de 1879 sería compañero de Pablo Iglesias, José Mesa Leompart, Hipólito Pauly, Inocente Calleja… Mora abandonó el PSOE en 1886 por estar en desacuerdo con las bases redactadas por Pablo Iglesias para El Socialista, pero volvió al partido y en 1902-1905 fue secretario del mismo, y en 1905-1915 vicepresidente.

[4] Josep Rubau Donadeu Corcellés, 1841-1916, fue un catalán establecido en Barcelona en 1858 como vendedor de seguros, que en 1863 había fundado El Debate, y en 1867 se trasladó a Madrid donde se integró en el Club de la Montaña, grupo que organizaba mítines extremistas. Cuando llegó Fanelli a España, Donadeu le sirvió de guía por Madrid, Sabadell y Barcelona. En 1872, se hizo asesor de Estanislao Figueras con ánimo de lograr la República Federal, que se entendía que iba a ser socialista y luchó por un Estado Federal catalán. En 1874 se integró en el Partido Demócrata Posibilista de Emilio Castelar, pero cuando Castelar se integró en el Partido Liberal Fusionista de Sagasta, Donadeu se pasó al republicanismo de Nicolás Salmerón.

[5] Josep Cristófol Sorní i Grau, 1813-1888, fue un abogado valenciano formado en la Milicia Nacional, que ejerció como profesor sustituto en la Universidad de Valencia, y como empleado del Tribunal eclesiástico de Málaga. En 1840 apoyó a Espartero y fue comandante de la Milicia Nacional en Málaga. En junio de 1866 se sublevó en Madrid y fue apresado. En septiembre fue liberado y fue vocal de la Junta Revolucionaria de Madrid. En 1869 fue diputado en el grupo demócrata federal. En 1873, fue Ministro de Ultramar.

[6] Vicente Manterola Pérez, 1833-1891, estudió en el seminario de Pamplona y se ordenó sacerdote. Fue profesor de latín, griego y retórica en varios seminarios y en el Instituto de Donostia (San Sebastián). Destacó por su oratoria fácil y por ello fue contratado por muchas diócesis para hacer sermones en los que combatía al modernismo, a Hegel, al krausismo y al marxismo, desee un punto de vista integrista católico. En 1869 fue elegido Diputado por Guipúzcoa y por el partido Unión Católica. En las Cortes, defendió los privilegios de la Iglesia. Fue canónigo de Pamplona y de Vitoria. Al estallar la guerra carlista, huyó a Francia, pues estaba implicado en los movimientos carlistas de forma notoria, y desde allí trabajó consiguiendo armas para el carlismo. Fue detenido por la policía francesa, pero liberado inmediatamente, con lo cual puso regresar a la frontera francesa. En 1874 visitó El Vaticano para protestar contra los nombramientos de obispos “liberales”. Carlos VII se sentía incómodo con Vicente Manterola, porque este hombre se creía con derecho a opinar e intervenir en todo, como hombre enviado de Dios, lo cual era inconveniente en política. Al perder la guerra, se exilió en Francia, pero se acogió a la amnistía y regresó para continuar sus sermones y disfrutar de canonjías en Toledo y en Sevilla.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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