DICTADURA DE SERRANO EN 1874.

 

Conceptos clave: Dictadura de Serrano de 3 de enero de 1874, Europa frente a la nueva situación española, el proyecto de Serrano, el proyecto de Cánovas, decisiones del Gobierno Serrano, los republicanos tras enero de 1874, los socialistas tras enero de 1874, los regionalistas tras enero de 1874, los monárquicos tras enero de 1874, la cultura española tras enero de 1874, la guerra carlista en 1874, Gobierno interino del General Zabala.

 

 

DICTADURA PROVISIONAL DE SERRANO,

          3 enero 1874- 26 febrero 1874

 

El Gobierno de Francisco Serrano Domínguez duque de la Torre[1], fue la salida “provisional” que adoptó la Junta de Notables de 3 de enero de 1874, una vez que no había acuerdo para ninguna otra solución viable. Descartados los republicanos intransigentes, y una vez que se negaron a conversar los republicanos federales moderados, quedaban muy pocas opciones: la república unitaria de signo conservador, era defendida por Cristino Martos Balbi, Nicolás María Rivero, Eugenio Montero Ríos y José María Beránger Ruiz de Apodaca; pero el general Manuel Gutiérrez de la Concha Irigoyen marqués de Duero prefería la monarquía de Alfonso XII, su hermano José Gutiérrez de la Concha Irigoyen, que era isabelino, apoyaba también a Alfonso XII, y el general Juan Bautista Topete apoyaba la salida monárquica; José Elduayen Gorriti, Antonio Cánovas del Castillo, lideraban la facción en favor Alfonso XII. Quedaban expectantes los progresistas Práxedes Mateo Sagasta, del antiguo Partido Constitucional de tiempos de Amadeo, que se mostraba más bien moderado, y Manuel Becerra Bermúdez, Gran Maestre del Gran Oriente Español, progresista pero descontento con los excesos de la República. En fuera de juego voluntario, estaba Manuel Pavía Rodríguez de Alburquerque, que sólo pedía restablecer el orden público roto por los cantonalistas, pero tenía el mayor prestigio dentro del ejército. Y mientras tanto, Francisco Serrano Domínguez duque de la Torre, que acariciaba la posibilidad de ser Presidente de una república militarista.

Los monárquicos alfonsinos no podían dar ninguna salida a la situación política, porque si proclamaban Rey a Alfonso XII, que era menor de edad, necesitarían un Regente, y el problema de elegir un Jefe de Estado se trasladaría a elegir un Regente, que probablemente fuera Serrano, el militar que quería un presidencialismo. Pero sólo quedaba un año para la mayoría de edad de Alfonso, y existía la posibilidad de retrasar la solución un tiempo, y proclamar Rey a Alfonso XII directamente.

Y, si no se quería continuación de la República, ni se podía poner a Alfonso XII, no quedaba salida alguna, salvo un Gobierno Provisional. Ésa fue la solución adoptada.

La Gaceta de 25 de enero de 1874 decía que Serrano había tomado el poder para defender la Constitución de 1869 y para sustituir al Presidente del Poder Ejecutivo de la República destituido en 3 de enero, Emilio Castelar.

En el ámbito internacional, Europa protestó por el golpe de Estado contra la República. El hecho es sorprendente, porque ningún país de Europa había reconocido a ningún Gobierno republicano español. Se trataba de darse a sí mismos pinturas de moralidad, tal vez porque estaban muy necesitados de ello, y porque consideraban que se podía sacrificar algo que valoraban poco, España, en aras a prestigiarse internamente.

 

 

Serrano en el poder.

 

El 3 de enero de 1874, el general Serrano convocó Junta de Notables en las Cortes, a la que asistieron, además de Francisco Serrano, Gutiérrez de la Concha marqués de Duero, Gutiérrez de la Concha marqués de La Habana, Cristino Martos, Nicolás María Rivero, Práxedes Mateo Sagasta, Manuel Becerra, Elduayen, Antonio Cánovas del Castillo, Juan Bautista Topete, José María Beránger, y Eugenio Montero Ríos. No quisieron asistir ni Emilio Castelar ni ninguno de los Ministros depuestos.

Pavía pidió que se hiciera allí mismo un Gobierno de orden y conciliación de los españoles, conservando lo establecido, que era la República.

Se consideraron dos opciones: o hacer un Gobierno Provisional, o constituir un Gobierno Republicano Unitario presidido por Serrano duque de la Torre. Los del Gobierno Provisional apenas tuvieron opciones, pues eran minoría evidente.

El 3 de enero de 1874, se formó un Gobierno Interino en el que Serrano, además de Presidente del Poder Ejecutivo, es decir, Jefe del Estado, fue nombrado Presidente del Gobierno. Esta situación de dictadura era aparente, pues los reunidos en 3 de enero se cuidaron mucho en no darle poder a Serrano y en convertirle en un florero. Era una dictadura controlada por los militares y los monárquicos a fin de que no deviniese en república militarista autoritaria.

De momento, se le nombraron algunos Ministros del Partido Constitucional y del Partido Radical, y también hubo un republicano unitario que era Eugenio García Ruiz. Manuel Pavía Rodríguez de Alburquerque sabía de qué iban las cosas y ofreció un puesto de Ministro a Cánovas, pero Cánovas lo rechazó. La anécdota nos indica que el poder estaba en manos de Pavía. La idea primera era formar un “Gobierno Nacional” con todos los partidos existentes. No fue posible. Algunos políticos se negaban como era el caso de Castelar y de Cánovas.

Cánovas no quería quemarse demasiado pronto. Cánovas veía con agrado el final de la República y aceptaba que Serrano detentara el poder porque sabía que era un general desgastado y acabado, que no podía durar mucho, y que la situación daría paso en poco tiempo a algo diferente, a su idea de monarquía constitucional, pero tampoco quería desgastarse en proyectos que podían salir mal. Ordenó el 2 de enero, a Romero Robledo y a Esteban Collantes, que dijeran que los alfonsinos no se sublevarían, ni tampoco se pronunciarían contra los militares españoles que habían dado el golpe.

 

Gobierno 3 enero – 26 febrero 1874.

Presidente del Poder Ejecutivo, general Francisco Serrano Domínguez, duque de la Torre. Partido Constitucional.

Presidente del Gobierno, general Francisco Serrano Domínguez / 26 de febrero: general Juan Zabala de la Puente, interino.

Estado, Práxedes Mateo Sagasta. Partido Constitucional.

Gobernación, Eugenio García Ruiz. Republicano unitario.

Guerra, general Juan Zabala de la Puente, marqués de Sierra Bullones. Partido Constitucional.

Marina, almirante Juan Bautista Topete Carballo / 18 de enero: Juan Zabala de la Puente, interino / 24 de enero: Juan Bautista Topete Carballo. Antiguo Unionista y en ese momento del Partido Constitucional.

Gracia y Justicia, Eugenio García Ruiz, interino / 4 enero 1874: Cristino Martos Balví. Partido Radical.

Ultramar, Víctor Balaguer Cirera. Partido Constitucional.

Hacienda, 3 enero 1874: Práxedes Mateo Sagasta / 4 enero 1874: José Echegaray Eizaguirre. Partido Radical.

Fomento, Víctor Balaguer Cirera, interino / 4 enero 1874: Tomás María Mosquera García. Partido Radical.

 

El nuevo Gobierno era personal de Serrano, y se declaraba interino hasta encontrar una solución definitiva, y de duración ilimitada hasta que se solucionase la transición a otro Gobierno mejor.

Serrano no fue popular en España, ni tuvo tampoco una oposición cerrada. Sus tiempos políticos de 1868 quedaban lejos. Los republicanos estaban completamente desacreditados y no tenían fuerza alguna para intentar recuperar el Gobierno. Serrano no impuso un régimen militar, y tampoco uno moderado, ni progresista, ni demócrata, ni republicano. Su objetivo se limitaba a acabar con las revueltas cantonales y sobre todo con la revuelta de Cartagena dirigida por Roque Barcia y Antonio Gálvez Arce “Antoñete”, acabar con la revuelta carlista, y tratar de enderezar la economía nacional. Los españoles querían saber el futuro de la política, pero Serrano no se pronunció nunca sobre ello. Dijo que consultaría al país cuando se hubiera restablecido la paz. Hasta tal punto llegó el silencio de Serrano, que los españoles empezaron a sospechar que trataba de perpetuarse en el poder, que tramaba algo.

 

En Francia, el mariscal MacMahon duque de Magenta aspiraba a restaurar la monarquía en los Borbones o en los Orleans, y tampoco se definía, mientras hacía perdurar la III República. MacMahon perduró siete años en el poder y estaba apoyado por los monárquicos y por los católicos franceses con vistas a que se mantuviera el orden interno, que se encomendó al duque de la Boglie. La diplomacia exterior fue encomendada al duque de Decazes, por lo que el régimen de MacMahon fue llamado “la república de los duques” por Daniel Halevy.

MacMahon estableció buenas relaciones con la España de Serrano y decidió estorbar los movimientos carlistas por suelo francés. La base de muchos éxitos carlistas era la frontera francesa, a donde se retiraban estratégicamente cuando eran acosados, y podían aparecer en Aragón, o en Cataluña, o en Navarra, o en País Vasco, indistintamente, sin miedo a que les persiguiera el enemigo. En cuanto a sus relaciones con Cánovas, le dijo que, personalmente, era favorable a la coronación de Alfonso XII, pero que el Gobierno francés no pensaba igual que él y prefería la República.

Francia tenía una especial relación con España: España siempre imitaba las corrientes francesas, políticas y literarias. Francia acogía a la mayoría de los exiliados políticos españoles, tanto a los liberales como a los carlistas y a los republicanos, e incluso había acogido a Isabel II y a su madre María Cristina. En Francia vivía el Príncipe Alfonso de Borbón estudiando en el colegio Stanislas de París. En París había abdicado Isabel II en su hijo. Francia apoyaba a los Gobiernos de Madrid, al tiempo que también apoyaba a los carlistas que luchaban en contra, apoyaba a Isabel II cuando fue expulsada y a los republicanos cuando fueron expulsados de España. Francia jugaba a todos los bandos, y luego, en cada momento concreto se inclinaba a uno u otro lado. Quizás al único que no apoyó fue a Amadeo de Saboya, y vio con agrado la abdicación de éste, pero tampoco quería ser señalada como el colaborador necesario de los republicanos españoles.

En tiempos de la República Española, España evolucionó al populismo violento, del estilo de la Comuna francesa, mientras la República Francesa de MacMahon evolucionaba al conservadurismo. Las relaciones con la República Española no podían ser buenas.

Posteriormente, la situación de Francia era compleja: el legitimista conde de Chambord, pretendía el trono de Francia. Vivía en Austria. Y el conde de París quería una solución monárquica liberal. Ambos condes se entrevistaron en Frohsdorf para una eventual restauración monárquica en Francia. Y MacMahon prolongó su presidencia en espera de una solución política para Francia.

En el caso de España, un Presidente español por tiempo indefinido, como era el caso de Serrano, no le agradaba a MacMahon.

Cuando Cánovas dio su golpe a la República Española, MacMahon se lo esperaba y, más bien, sintió alivio por ello, pues no habiendo ni extremismo republicano, ni legitimismo en España, ello ayudaría a solucionar el problema francés. El mismo día en que Alfonso XII entraba en España, Cánovas envió un embajador, el marqués de Moulins, a pedir a Macmahon que suprimiese sus ayudas a los carlistas, y a que la tolerancia de paso de frontera fuera para también para los ejércitos españoles que perseguían a los carlistas. También le pidió que Francia vigilase a los republicanos que solían organizar sus conspiraciones en Francia. Y por último, pidió que se vigilase la actividad de Isabel II en París.

 

Gran Bretaña envió al embajador Layard y dio su apoyo a Serrano.

Cánovas admiraba el sistema político británico y afirmaba que Gran Bretaña era la madre de todas las Constituciones modernas, cuya historia todos debían estudiar. Y quiso que Alfonso de Borbón la estudiase a fin de evitar políticas de revancha como había sido la historia de España durante todo el siglo XIX. Sabía que Isabel II era una ignorante, y que ésta odiaba todo lo inglés, que ni siquiera conocía ni entendía. Los moderados, sobre todo los cercanos a Isabel II, rechazaban la propuesta de Cánovas de enviar al Príncipe Alfonso a estudiar a Gran Bretaña. Pero Cánovas no se dejó influenciar y envió a Alfonso a la Academia Militar de Sandhurst, en el condado de Yorktown. El Príncipe debía conocer el constitucionalismo inglés, aunque ese país no tuviera Constitución, y además, podría adquirir una formación militar adecuada que no le hiciera aparecer en las reuniones con los militares como el más ignorante de todos los reunidos. Además, Alfonso había conocido los modelos prusianos durante sus estudios anteriores, y debía conocer una alternativa. Cánovas decía: “Ha estado ya don Alfonso demasiado tiempo en Austria”.

Pero Gran Bretaña no simpatizaba con la idea de restauración de los Borbones en España, y ordenó a su embajador, Layard, mostrar distanciamiento hacia todos los grupos políticos españoles y no comprometerse con ninguno, pues España era un avispero en donde en cualquier momento todos luchaban contra todos. No discriminaban entre carlistas, republicanos o monárquicos. Todos eran potencialmente peligrosos de cara a guerras civiles.

Cuando fue proclamado Rey Alfonso XII, Gran Bretaña no se dejó llevar por el entusiasmo de haber solucionado un problema, porque sabía que las soluciones españolas duraban un rato corto, incluso días u horas. Consideró prudente el no pronunciarse. Y además, si volvían a España los integristas católicos, teniendo en cuenta que Isabel II había apoyado a los integristas (entonces llamados ultramontanos en Francia y Alemania, porque apoyaban al que estaba más allá de los Alpes, el Papa), se crearía un problema en Gran Bretaña. Acertó en que inmediatamente se cerraron en España las capillas de los protestantes. Por otra parte, España intentaba una política imperialista en Marruecos, y ello hacía posibles nuevas guerras. También temía la imposición de un proteccionismo antibritánico. Todo ello eran prejuicios frente a la incógnita que era Cánovas, pero estaban bastante justificados.

Los representantes de Alemania y Austria, no sabiendo qué posición exacta ocupaba Serrano en España, se dirigían a él como “señor duque”.

 

Austria miraba con recelo el futuro de España. La formación del Príncipe Alfonso de Borbón en 1872-1874, había tenido lugar en la Academia Imperial de María Teresa, el llamado Theresianum, de Viena. Allí le habían hablado de legitimismo, le habían hecho temer a Bismarck y desconfiar del separatismo húngaro. También había conocido que Austria daba asilo a los legitimistas franceses como el conde de Chambord, que residía en Frohsdorf, cerca de Viena. Allí residía en ocasiones Carlos de Borbón y Austria Este, el carlista español, porque era hijo de una archiduquesa austriaca. Y allí le había llevado a estudiar su madre Isabel II de Borbón. Las instrucciones que tenía el Príncipe eran de no comprometerse con ningún austríaco en el proyecto de la restauración monárquica en España. Y Austria lo percibía, y se mantenía distante del Príncipe: no fue invitado a la Exposición Internacional de Viena en 1873, y nunca hizo nada por que Isabel II visitase a su hijo, ni cuando Isabel II dijo que, de todos modos, iría a Viena. Cuando Isabel II llegó a ver la Exposición, tuvo un recibimiento protocolario, se le enseñaron unos cuantos pabellones, pero no se le plantearon visitas ni actos oficiales. Bismarck estaba expectante y no quería que Austria interviniese en el tema español, se lo había comunicado al Gobierno de Viena, y éste actuaba en consecuencia.

En 1873, ante el hecho de la República Española, Austria había esperado la reacción de Bismarck, y como Berlín tardó bastante en reconocer al Gobierno de Serrano, fue muy evidente la dependencia. Los reconocimientos a ese Gobierno no llegaron hasta el verano de 1874. Y en los casos de Austria y Rusia, países legitimistas, no tenía sentido al reconocimiento del Gobierno de España, salvo para quedar bien con Alemania. Y como ambos reconocían y apoyaban al carlismo, todo quedaba como una farsa diplomática de Austria. Austria reconoció al Gobierno de España cuando ya reinaba Alfonso XII, y lo hacía a regañadientes, pues ellos apoyaban a los carlistas y era reconocer el fracaso de su apoyo al pretendiente carlista.

 

En el caso de Alemania, Bismarck veía con simpatía al nuevo Gobierno español y envió como embajador al conde de Hatzfeld, muy cercano a él. Prusia proporcionó armas al nuevo Gobierno español, lo cual era imprescindible para acabar con las guerras y era un dinero que le venía muy bien a Bismarck. Ello fue considerado por Gran Bretaña y Francia una intervención directa de Alemania en las guerras españolas, y protestaron.

Bismarck tenía la idea de que un Hohenzollern podría ser Rey de España. Lo habló en varias cancillerías europeas y en la propia España, sondeando el terreno. En realidad, estaba intentando crear confusión y amedrentar a Francia a fin de pedirla más dinero por la derrota francesa de Sedán 1870. Y concibió la idea de “Los Tres Emperadores”, la cual reforzaba a Alemania frente a Francia.

Alejandro I de Rusia se había puesto en contacto con Francisco José I de Austria en otoño de 1872, en la idea de aislar a Francia. Y esa política le venía bien a Bismarck, pues una Francia recuperada se negaría a pagar a Alemania nuevas indemnizaciones e incluso reanudaría la guerra. Las corrientes clericales ultramontanas que se habían impuesto en Francia, y los legitimistas franceses que pedían la revanche, le indicaban que Francia no quería pagar. En ese escenario, a Alemania no le convenía una República Española, que sería revolucionaria y belicosa, sino un régimen más proclive a los intereses alemanes. Y pensaba que la alianza entre Viena, Berlín y San Petersburgo garantizaría la paz en el continente y el pago de las indemnizaciones que debía hacer Francia.

Por otro lado, Alemania había atacado los barcos de Cartagena y estaba a mal con los republicanos españoles. Si se ponía un Hohenzollern en la Jefatura del Estado español, se solucionarían esas rencillas, el candidato de Bismarck era Federico Carlos de Hohenzollern, hermano de Leopoldo, el candidato a Rey de 1869. Pero muchos historiadores opinan que lo que en realidad buscaba Bismarck era la continuidad de Serrano en la interinidad, pues un Rey alemán tenía muy pocas probabilidades en España.

 

Los que se oponían al Gobierno de Serrano eran Austria, Rusia y El Vaticano.

 

 

 

El proyecto de Serrano.

 

La Presidencia del general Serrano es difícilmente explicable desde el punto de vista político y democrático constitucional, pues no había sido elegido por las Cortes, y dependía de una camarilla. Esa camarilla era su límite, pues si actuaba por su cuenta, y se saltaba las decisiones de los generales y la de los representantes de los partidos políticos del 3 de enero, tendría el levantamiento generalizado en su contra en pocas horas. Simplemente, los militares golpistas y los alfonsinos, se inhibían y dejaban hacer, mientras pasaba el tiempo. La explicación a la presidencia de Serrano, tal vez haya que fundamentarla en su edad avanzada, 65 años, y en el momento político en que había perdido su antigua popularidad, lo que garantizaba a los monárquicos seguridad en la espera a la mayoría de edad de Alfonso XII.

El nuevo Gobierno “republicano” de Serrano no tenía el apoyo popular que había tenido la República en febrero de 1873. Aparecieron de nuevo los candidatos monárquicos de 1868. Cánovas aconsejó a Alfonso de Borbón que, para no desgastarse, no hablara en público, ni escribiera nada de política. Además decidió que se le debía mandar a una escuela militar para fortalecer su carácter.

 

 

Cánovas, en la sombra.

 

Cánovas denunció la situación española y habló de macmahonismo en España, es decir, perpetuación del poder en un soldado de fortuna, que era Serrano. Cánovas empezó a preparar un equipo para que fuera posible la vuelta de la monarquía en la persona de Alfonso XII. Cánovas temía que el general Serrano se perpetuase en el poder aunque declarase república al Estado español. Pensaba que si la situación se prolongaba mucho, que es a lo que podía aspirar Serrano, se consolidaría como tal, y la monarquía perdería su sentido de continuidad en España. Eso mismo es lo que pensó en su día Martínez Campos y dio el golpe de Estado para evitarlo.

Antonio Cánovas del Castillo era el hombre fundamental del momento. Era el hombre, reconocido por Isabel II, que debía reimplantar la monarquía en la persona de Alfonso XII.

Cánovas era galante con las mujeres, ávido de lecturas, inquieto, fuerte de ánimo, con mucha vida en las Academias y en el Ateneo, con mucha vida de sociedad asistiendo a cenar a casas de amigos, asistiendo a banquetes y recepciones, paseando por El Retiro y por El Pardo. Asombrosamente, le daba tiempo a todo, menos a dormir.

Cánovas lucía un bigote blanco-sucio, con pelos muy fuertes, tenía los ojos estrábicos, el torso mal torneado. Llevaba casi siempre el pantalón sucio, demasiado holgado y con rodilleras. Andaba distorsionado. Su estatura era regular para la época y su musculatura era fuerte, pero daba una impresión desagradable, que no traslucía el inmenso talento que poseía.

Cánovas, desde 1854 ya no gustaba de levantamientos, ni populares ni militares, porque había comprobado que la salida de cualquier levantamiento era siempre imprevista y, a veces, peor que el mal que se pretendía combatir. No creía en las Constituciones habidas en España porque eran Constituciones hechas para un partido determinado. Decía que una Constitución se debía hacer por consenso, para que fuera posible una larga vida a esa Constitución. Y una Constitución debía ser flexible para que pudieran gobernar las distintas tendencias políticas sin cambiarla. Cánovas denunciaba la posición política de Isabel II, siempre a favor de los moderados, y decía que un Rey debía ser apoliticista. Decía que cualquier principio político que se quisiera introducir en una Constitución debía estar consagrado por la experiencia, y sin ello, no debía ser considerado válido por muy brillante que pareciera en un momento dado. Decía que las mejores ideas, pueden resultar grandes fracasos. Por ejemplo, el caso de Amadeo había demostrado que una monarquía no daba estabilidad por el simple hecho de implantarse, y la causa había sido que no había habido consenso en aceptarla, lo cual le hubiera dado legitimidad con el tiempo. Igualmente, la idea de que los Cantones traerían por sí mismos la libertad porque se basaban en el pacto libre entre los ciudadanos, se había demostrado como un gran fiasco y sólo había servido para fomentar el separatismo y la violencia. De igual manera, una República no había traído a España más libertades sino más desorden. Tras los fracasos de los diversos sistemas experimentados en 1868-1874, Cánovas no veía otra salida política que la monarquía de Alfonso XII. Alfonso XII era hijo de la Reina Isabel de Borbón, y por tanto era heredero legítimo del trono. Además, podía ser educado de forma que no cometiera los mismos errores que había cometido y cometía su madre.

Cánovas no era un germanófilo, pero entendía la política europea y sabía que Bismarck era imprescindible para cualquier decisión que se tomara en España. Sabía que Bismarck era hábil, realista, rápido de reflejos. Sabía que en esos momentos, los alemanes estaban dominando Europa, y que las potencias mediterráneas habían decaído. Hasta el siglo XIX, Europa se había debatido entre ser germánica o latina, pero a fines del XIX, lo latino había perdido toda su fuerza. Y así lo dijo en 26 de noviembre de 1870: El confuso Estado alemán medieval, insignificante en el XVI ante El Vaticano, y dominado en el XVII por España y Gran Bretaña, había dado un salto y se había hecho muy fuerte.

Cánovas admiraba la estabilidad política de Inglaterra, una monarquía parlamentaria abierta a todos los partidos, y no como la española ligada al Partido Moderado con el cual se identificaba.

En verano de 1874, Cánovas habló con Bismarck. El embajador alemán, conde de Hatzfeld, visitó en París a Guillermo Morphy, ayo de Alfonso XII de Borbón. En septiembre, el entonces príncipe Alfonso, acompañado por el conde de Mirasol y por el duque de Sesto, fueron a Hannover con la excusa de ver unas maniobras militares. Se vieron con el príncipe Adalberto de Baviera, estuvieron en Colonia y en Essen, donde había una fábrica de de armas, la Krupp. Bismarck no quiso recibir al príncipe Alfonso por prudencia, porque Alfonso representaba a los católicos intransigentes, enemigos del liberalismo que él quería imponer en Alemania, y no quería dar esa imagen. Cánovas envió un Memorandum a Bismarck diciendo que la monarquía Alfonsina impondría en España la libertad de cultos y significaría la derrota definitiva de los integristas católicos, los carlistas, que España sería católica, pero con libertad de cultos. Con ello le quitaba a Bismarck una de sus grandes preocupaciones.

A fines de 1874, el embajador español, conde de Rascón, se entrevistó con el Secretario de Estado Von Bülow y éste le trajo la respuesta de Bismark: Alemania aceptaría a Alfonso de Borbón si prometía un país estable. La confesionalidad del Estado no le parecía signo de estabilidad, pues ya se veía que los carlistas estaban en guerra. Desde ese momento, el conde de Hatzfeld recibió instrucciones de estar atento a lo que ocurriera con los carlistas en concreto y con los integristas españoles en general.

En el interior, Cánovas estaba tratando en 1874 de unir a todos los liberales. No quería ser el líder de los moderados al estilo Narváez, sino el líder de todos los liberales. Su trabajo venía de atrás: en 1870 había hecho abdicar a Isabel II. En 1872 había conseguido el Pacto de Cannes por el que Isabel II aceptaba la Regencia de Antonio de Montpensier hasta que Alfonso de Borbón tuviera 18 años y pudiera ser coronado Rey. y en agosto de 1873 había conseguido de Isabel II, ser el nuevo líder representante de la Casa de los Borbones. Desde entonces, se esforzó por desvincular a Isabel II del Partido Moderado. Los moderados protestaron e hicieron dudar a Isabel II, pero Cánovas le planteó que, o confiaba en él, o abandonaba la causa alfonsina.

 

 

La instauración del nuevo poder.

 

Las dificultades más obvias e inmediatas del Gobierno Serrano eran los carlistas del norte, el cantón de Cartagena y la huelga con barricadas declarada en Barcelona el 7 de enero de 1874. El Gobierno culpaba de todo a los carlistas, a los internacionalistas y a los republicanos federales.

El 3 de enero de 1874 quedaron prohibidas las asociaciones de obreros. Se decretó la disolución de toda sociedad que, como la Internacional, atentase contra la propiedad, contra la familia y demás bases sociales. La AIT pasó a ser clandestina. Las asociaciones de obreros se restablecieron en mayo de 1875 en cuanto a asociaciones profesionales, pero no las políticas. La Federación Regional Española de la Asociación Internacional de Trabajadores (FRE de la AIT), quedó ilegalizada. Volvería a legalizarse en septiembre de 1881 con el nombre de Federación de Trabajadores de la Región Española (FTRE). Por ello, debemos entender que Cánovas, en su momento, tolerara a las asociaciones consideradas profesionales, como la Asociación del Arte del Imprimir de Pablo Iglesias, aunque era marxista, pero considerara ilegal Nueva Federación Madrileña, la asociación marxista también de Pablo Iglesias.

El paso de la AIT a la clandestinidad se hizo en perfecto orden y con eficacia, y sólo dos federaciones abandonaron relaciones con el Consejo Federal, mientras todas las demás permanecieron unidas a él. Las asociaciones obreras continuaban.

 

El 8 de enero de 1874 se le pusieron a Serrano las condiciones a que se debía someter: se suspendieron las Cortes republicanas constituyentes y se declaró vigente la Constitución de 1869, pero dejando en suspenso las garantías constitucionales hasta conseguir el ambiente político adecuado, y se reconoció que el futuro sería decidido por el ejército, que por cierto, no era dominado por Serrano, sino por Pavía. El 25 de enero de 1874, la Gaceta publicó un Decreto disolviendo las Cortes de 1873 y convocando otras, pero sin fecha fija. En los siguientes Gobiernos no habría Ministros republicanos.

La Gaceta de Madrid de 9 de enero de 1874, publicaba un Manifiesto del Poder Ejecutivo a la nación, en el que se comunicaba la disolución de las Cortes Constituyentes, la fidelidad del nuevo Gobierno a la Constitución de 1869, garantías de que se respetaría la propiedad y el orden público. En ese Manifiesto, se definió la igualdad  como igualdad en derechos políticos, pero no como repartición de las riquezas nacionales entre todos los españoles, quedando roto el equívoco mantenido desde 1868. También se garantizaban las buenas relaciones con la Iglesia Católica.

El 9 de enero, se acabó con las barricadas de Barcelona y se hizo cesar la huelga.

El 10 de enero fue disuelta la Internacional, sus periódicos, sus “secciones”, tanto anarquistas como socialistas. Se alegó que atentaban contra la propiedad y la familia y, en abril de 1874, no quedaba nada de ellas. Sus locales fueron ocupados por la Guardia Civil.

El decreto de 10 de enero de 1874 también amenazaba a los que conspirasen contra la seguridad pública, contra los intereses de la patria, contra la integridad del Estado o contra el poder constituido, lo cual dejaba también en la ilegalidad a los clubs republicanos federales. Quedaba ilegalizado el Partido Republicano Federal y sus líderes fueron perseguidos. Los republicanos federales se sublevaron en Valladolid y Zaragoza, pero fueron dominados rápidamente.

Muchos republicanos federales abandonaron el activismo político y algunos de ellos se pusieron a hacer literatura. Otros ingresaron en distintos partidos políticos. El federalismo sólo pervivió en Cataluña y concretamente en Esquerra Catalana liderada por Maciá y Companys. Pero hasta estos líderes catalanes habían perdido mucha base popular, porque los obreros evolucionaban al socialismo y al anarquismo.

El decreto de 10 de enero, también restablecía las quintas como medio de restablecimiento del ejército, y la antigua jerarquía militar dentro del ejército. Es decir, se volvía al ejército tradicional.

Tras dejar las manos libres al ejército, el Cantón de Cartagena fue rendido por López Domínguez el 12 de enero de 1873 y con ello se da por terminado el problema cantonalista en su vertiente de rebeliones locales. Quedaban luchadores cantonalistas residuales, pero sin trascendencia especial.

El Ministro de Gobernación, Eugenio García Ruiz, y más tarde Sagasta, hicieron una campaña de persecución, o depuración, de los cantonalistas. La erradicación del federalismo republicano se hizo ilegalizando y expulsando de los Ayuntamientos a los cantonalistas, y deportando a sus líderes, los que hubieran practicado la violencia, a Marianas, Filipinas y Cuba. García Ruiz propuso el mismo trato para con Figueras, Pi y Salmerón, por haber conspirado contra Castelar el 31 de diciembre de 1873, pero no se le autorizó la medida.

Con la represión cantonalista, se acabó la alianza oportunista que habían tenido cantonalistas, republicanos federales e internacionalistas. Nunca más hubo ocasión de entendimiento entre estas tres facciones, de ideas tan distintas, a pesar de haber mostrado cierta unión en 1873.

 

 

Los republicanos tras 1874[2].

 

Tras la ilegalización de los republicanos federales, la alianza republicana federal se rompió en múltiples facciones, pues eran grupos diversos e incluso incompatibles, de republicanos unitarios, republicanos federales, cantonales, socialistas y “regionalistas” (independentistas catalanes). Sus teorías se mostraron desde entonces irreconciliables, y ya nunca volverían a unirse hasta 1931. De todos modos, todos estos grupos minoritarios conservaron siempre en sus programas el mito del federalismo, un recuerdo del momento en que estuvieron a punto de alcanzar el poder en 1873. Como tal mito, hablaban de federalismo, pero nunca lo definían. La persecución de 1874 fue dura y, prácticamente, desaparecieron del protagonismo político español, pasaron a la clandestinidad. El mayor daño recibido por los republicanos fue la pérdida de cargos políticos nacionales, provinciales y municipales, la disolución de los Ayuntamientos y Diputaciones republicanas federales, pues eran sus plataformas de actuación. Esos puestos fueron ofrecidos a conservadores y radicales, que les controlaron en todo momento. Tras estas medidas, el federalismo, además de separarse del socialismo y del regionalismo, se rompió en múltiples facciones: los federales orgánicos de Figueras, los federales pactistas de Pi, los federales de Enrique Pérez de Guzmán el Bueno marqués de Santa Marta[3], los federales de Francésc Rispa Perpinyá[4]. Salmerón no estaba en este grupo porque se hizo “republicano unitario”, es decir, del grupo que antes había representado Castelar.

Muchos se pasaron a la monarquía, como es el caso de Emilio Castelar, Juan Contreras, Félix Ferrer, Roque Barcia, Navarro Prieto…

Pi dirigirá un Partido Federal minoritario, pero ya no arrastraba a las masas.  El Partido Federal de 1874 era dirigido por Pi y se mantenía gracias al prestigio personal de Pi, pero caerá en el dogmatismo. Pi no renunciaba a la violencia en caso necesario.

Pi, Salmerón y Figueras se oponían a Castelar porque éste repudiaba públicamente el cantonalismo y decía que España era una nación indivisible, un organismo total, cuyos órganos no podían descomponerse ni separarse, sin peligro de muerte para el conjunto de todos ellos.

En agosto de 1874, Ruiz Zorrilla dijo que no era partidario de la república, pero que si triunfaba el carlismo o se entronizaba a Alfonso de Borbón, se haría republicano como único medio de defender el liberalismo y la democracia.

Lo más sobresaliente de este neofederalismo pimargaliano, fue que en 10 de junio de 1883 redactó y publicó el “Proyecto de Constitución Federal” que debiera haber hecho diez años antes. Este primer gran documento sobre el federalismo, se complementó en 22 de junio de 1894 con un “Programa del Partido Federal”. Ambos escritos son la base de todo el federalismo español del siglo XX, cuando ya no tenían los federales apoyo de las masas. Se estaba comprobando que los federales de 1873 no tenían fundamentos teóricos, políticos ni ideológicos, y que eran federales como una forma de protesta, una forma de acabar con los impuestos injustos, con las quintas indeseadas. La única importancia de este Partido Federal es que se afiliará a él Alejandro Lerroux García, 1864-1949, un hombre sin convicciones morales, un oportunista pendenciero, agresivo y populista, que jugará un papel muy importante en 1931-1935, pues llegó a ser Presidente de Gobiernos de la Segunda República. En 1901, Lerroux fue Diputado por Unión Republicana de Nicolás Salmerón lo que le sirvió de trampolín para hacer más populismo enfrentándose al nacionalismo catalán y al anarquismo, pero a base de demagogia, sin ideas. En 1908 logró crear su propio partido, el Partido Republicano Radical. Un hombre como Lerroux, desprestigió a los republicanos por mucho tiempo.

La militancia en la masonería de muchos de estos republicanos, muestra su fracaso personal, puesto que tenían que refugiarse en sociedades secretas.

Los republicanos sufrieron una crisis muy profunda después del fracaso de sus Gobiernos. El republicano Castelar se hizo tolerante con la monarquía poco después de 1874, pero su caso es menos llamativo puesto que, cuando era republicano unitario, era atacado por el resto de los republicanos. Azcárate y Melquiades Álvarez se hicieron socialistas.

En las elecciones de 1876, sólo serían elegidos dos diputados republicanos, Emilio Castelar y Juan Anglada Ruiz. Habían perdido el amplio respaldo social del que gozaron en 1873.

Algunos pequeño burgueses, que habían sido cantonalistas duros, y no fueron enviados a ultramar, evolucionarán en años sucesivos hacia partidos monárquicos (así ocurrió con Juan Contreras, Roque Barcia y Navarro Prieto) y se dedicaron a pequeños negocios editoriales. Estos cambios de tendencia política no fueron raros en esos años. Evolucionaron a bohemios que escribían artículos. Muchos se hicieron autores de dramas, comedias y sainetes que criticaban los males de España. Algunos se pasaron al conservadurismo. Algunos se hicieron monárquicos, como fue el caso de Juan Contreras y Félix Ferrer, que en 1880 aceptaron a Alfonso XII, o Roque Barcia que pidió protección al Rey para publicar un diccionario, o Navarro Prieto, ex-director de Justicia Federal, que pasó a publicar un periódico monárquico. Emilio Castelar abandonó el federalismo el mismo 2 de enero de 1873, al comprobar que los federales conspiraban contra él.

En los años siguientes, los artesanos se fueron arruinando progresivamente debido al avance de las comunicaciones y de la industria, y se fueron “proletarizando”. Entonces se fueron sumando al “socialismo científico” un socialismo que, a diferencia de otros muchos anteriores, pretendía tener un programa de lucha y de actuación, y no estar sometido al vaivén de las decisiones asamblearias, al ritmo de las circunstancias y de las decisiones asamblearias populistas.

 

 

Los socialistas tras 1874.

 

Los socialistas de todos los bandos quedaban en la clandestinidad, en 1874, y el movimiento obrero se debilitó en número, y se radicalizó en Andalucía, que se pasó al comunismo libertario kropockiniano.

A finales de marzo de 1874, la AIT contraatacó al Gobierno de Serrano en un Manifiesto de la Comisión Federal a todos los Trabajadores de la Región Española. En este manifiesto se insinuaba la posibilidad de una acción revolucionaria inmediata que liquidaría el Estado, se apropiaría de los medios de producción, y organizaría colectividades de obreros autónomas y asociaciones de agrícolas, industriales y comerciales, en comunas.

La Comisión Federal internacionalista organizó en la clandestinidad el IV Congreso de la Federación Regional Española, FRE de la AIT, anarquista. Se celebró en Madrid del 21 al 27 junio 1874. La primera finalidad era tomar medidas de ayuda a los represaliados.

En el IV Congreso de la FRE de la AIT, triunfaron los insurreccionalistas, contrarios a medidas blandas como la acción sindical y la huelga. Era precisa la acción armada. El socialismo de 1873 había sido oportunista, había intentado aprovechar el mito federal originado en 1868-1873, para implantar el socialismo. De ahora en adelante, se debía preparar la revolución social internacional.

Después de esta decisión, la unidad del movimiento obrero fue muy débil y los Congresos se diluyeron en Conferencias comarcales y regionales, hasta su nueva reorganización en febrero y septiembre de 1881. La represión de Serrano les hizo mucho daño. No pudieron realizar en absoluto la decisión de la insurrección armada. Si el socialismo no desapareció, se debió indudablemente a que tenían detrás unas doctrinas sólidas. Comparativamente con el resto del cantonalismo, fueron los que mejor resistieron las persecuciones de Salmerón, Castelar y Serrano.

Para abril de 1874, Serrano había desmantelado todas las organizaciones obreras de España. No se volvieron a reorganizar hasta 1881.

En 1873, se había disuelto la Nueva Federación Madrileña, es decir la asociación marxista de los obreros. Entonces, la Asociación del Arte de Imprimir  empezó a pensar en organizar una nueva agrupación marxista. Pero en 1873, todavía pensaban ser una sociedad de tipo laboral colaboracionista con el Gobierno. Contra esta actitud de los tipógrafos, protestaron Pablo Iglesias y Pablo Lorenzo. Éstos aprovecharon una huelga de reivindicaciones salariales en 1873 para darse a conocer. Y Pablo Iglesias pasó a la mesa directiva de la Asociación, y en mayo de 1874, Pablo Iglesias era ya Presidente de la Asociación del Arte de Imprimir. La reacción de la mayoría de los socios, ante la llegada de un hombre que buscaba en todo momento las huelgas, y el enfrentamiento con los patronos, fue borrarse. En mayo de 1874 eran 369 en la asociación, y en diciembre sólo quedaban 194 socios.

En 1874, la Asociación General del Arte de Imprimir de Madrid se transformó en una sociedad de resistencia. Estaban en ella Pablo Iglesias, García Quejido, Gómez Latorre, Baldomero Huetos Hernández. Era el antecedente de lo que sería en 1888 Unión General de Trabajadores.

En adelante, en condiciones políticas de ilegalidad, los obreros no harán política de partidos, sino política de la huelga por sistema. Los socialistas no confiaron en la política, sino en la acción, la subversión, la huelga, la agitación, de modo que se consiguiera “la emancipación del trabajador por el propio trabajador”. Aquella forma de entender la política se llamó “acción directa”. Lo único que habían sacado de positivo del Sexenio Revolucionario era la “conciencia proletaria”, el sentimiento de ser una clase social distinta a los burgueses.

Cuando los partidos obreros volvieron a legalizarse en 1881, los obreros ya no fueron federalistas, pero tomaron como catecismo ciertos escritos de Pi en los que éste afirmaba que estaba en contra de todo autoritarismo, que se debía funcionar por pactos libremente adoptados. Vieron en Pi un anarquista, y a su doctrina sumaron la doctrina de la violencia para conseguir el poder.

Los obreros, después de 1874 se pasaron en su mayor parte al anarquismo bakuninista, salvo una minoría marxista de la que ya hemos hablado en otro lugar.

 

 

Los regionalistas tras 1874.

 

Los regionalistas abandonaron las ideas universalistas de hacer regionalismos generalizados por toda la península, para dedicarse a independizar exclusivamente su región. Los catalanistas, valencianistas y andalucistas, irán cada uno por su lado y se dedicarán a hacer recreaciones de la historia, una historia a la medida de sus conveniencias políticas, cada uno a su modo.

 

 

La cultura española tras 1874.

 

La cultura española abandonó la etapa positiva y científica y se pasó al neorromanticismo y al vitalismo. Los antiguos valores de libertad, razón y progreso, darán paso a los valores de acción, historia y vida. En Europa ya se habían casi olvidado de estas tendencias románticas, que en España se revitalizaron.

 

 

Los monárquicos en 1874.

 

Cánovas entendía que no era el momento de discutir, sino el de preparar una buena organización interna del partido alfonsino, a fin de reclamar el poder cuando surgiera la oportunidad más conveniente. En agosto de 1873, el antiguo unionista Cánovas había sido nombrado jefe del Partido Alfonsino por Isabel II, que estaba en París. Cánovas decidió tomarse su tiempo, pues afirmaba que la Restauración caería “como una fruta madura”, por su propio peso y sin necesidad de arrancarla.

Cánovas necesitaba tiempo por varias razones: Una era que los militares desconfiaban de él y le tenían por antimilitarista porque había dicho que le preocupaba el excesivo militarismo de la política española. Cánovas quería que el ejército sirviese a la nación, y no que los políticos y la Corona sirviesen los intereses del ejército, pero esto era muy difícil de entender para algunos militares.

Otro de los graves problemas de Cánovas eran las finanzas de Isabel II, con enormes deudas. Cánovas propuso vender el palacio Basilewski de París, las joyas, los valores bursátiles de la Reina… El asunto de las joyas era complicado porque una ley de 18 de diciembre de 1869 había extinguido el patrimonio de la Corona y lo había declarado patrimonio del Estado, lo cual equivalía a que Isabel II no debería poseer nada. Cánovas argumentó que los bienes tradicionales de la Corona, el cetro, espada, toisones y collares de Carlos III, estaban en el Banco de España y eran del Estado, pero que las joyas adquiridas personalmente por Fernando VII eran bienes privados y pertenecían a Isabel II. Estas joyas habían salido de España en septiembre de 1868 y se habían llevado a París, hasta que se pidió un préstamo de 4 millones de reales a Londres, Banca Zulueta, y se pusieron las joyas como garantía. El plazo de la garantía cumplía el 25 de enero de 1874. Para no perder las joyas, se hizo un acuerdo con la banca Rotschild de Francia, 7 de enero 1874, para que se hicieran cargo de la deuda y se recuperaran las joyas, que se pondrían en venta inmediatamente. Pero ocurrió en aquellos días que las minas de Sudáfrica produjeron muchos diamantes y el precio de los diamantes bajó. También sucedió que el duque de Brunswick se arruinó y puso en venta sus joyas, con lo cual se agotó el mercado, pues los posibles compradores eran pocos: los príncipes rusos y austríacos fundamentalmente, y los reyes ingleses quizás. Ante la bajada de precios se decidió retrasar la venta de las joyas. Los alfonsinos estaban escasos de dinero.

 

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Guerra carlista en 1874

 

El General Serrano era Presidente del Poder Ejecutivo desde 3 de enero de 1874.

El carlismo por su parte, ya había tenido tiempo de organizarse desde que iniciara la guerra en 1872 y el Gobierno de España no pusiera medios para acabar con él. En 1874, había adoptado las formas de un Estado convencional que dominaba sobre Navarra, Guipúzcoa y Vizcaya (a excepción de Irún y San Sebastián). Tenía Ministros, Gobierno, Tribunales propios, escuelas militares en Azpeitia y Vergara, y moneda y sellos de correos propios. Lo que no tenía era una ciudad importante que sirviera de referencia internacional, y se eligió Bilbao como futura conquista.

La parodia de la coronación de Carlos VII de julio de 1873 no logró su efecto, que era que las potencias europeas le reconociesen, así que decidió poner sitio a Bilbao para desde allí reivindicar ese reconocimiento internacional.

El sitio de Bilbao había empezado en diciembre de 1873, pero hasta 22 de enero de 1874 no tomaron los carlistas las ciudades de Portugalete, Luchana y Desierto, que aislaban realmente a la ciudad y daban lugar al cerco. Los gubernamentales enviaron al general Domingo Moriones Murillo[5], que estaba en Navarra, a Santander, para desde allí atacar Bilbao.

El bombardeo de Bilbao por parte de los carlistas empezó el 21 de febrero de 1874 y duró hasta mayo.

El 22 de febrero de 1874, los carlistas, tras 21 días de asedio, tomaron Portugalete, la entrada de la ría de Bilbao, lo que hacía esperar un gran triunfo. Dorregaray fue ascendido por ello a Teniente General. Y enseguida comenzó el bombardeo sobre Bilbao, que entonces tenía 28.000 habitantes. Los bombardeos duraron hasta el 2 de mayo de 1874. Reaccionaron los bilbaínos apuntándose en el Batallón de Auxiliares, el cual pasó de 685 efectivos a 1.125 en pocos días, y se convirtió en una fuerza militar de cierta consideración, luchando por el Gobierno de España. Se luchaba en San Julián de Somorrostro, posición de Moriones, contra San Pedro de Abanto, posición de los carlistas, todo ello al oeste de Portugalete. El 24 y 25 de febrero de 1874, Moriones intentó tomar Somorrostro, Primera Batalla de Somorrostro, y fue derrotado. El 24 y 25 de febrero los combates fueron muy duros y los cañones no paraban de sembrar el miedo. Moriones no fue capaz de avanzar hacia Bilbao y dimitió.

La actuación enérgica de Pavía en 1874, decidido a presentar verdadera batalla a los carlistas, hizo que disminuyeran los voluntarios para el carlismo y, además, Alemania presionó a Francia para reconocer al Gobierno de Serrano, y dejar de ser apoyo del carlismo. No obstante, los legitimistas franceses pudieron ayudar siempre al carlismo español sin que obtuvieran serias dificultades por parte de su Gobierno y tenían centros de ayuda al carlismo en Perpignan, Bayona y San Juan de Luz. En febrero de 1874 el carlismo hizo una depuración de maestros de escuela a fin de que los enseñantes fueran “un sacerdocio” en defensa de la moral y creencias católicas, y en defensa de la familia.

El 26 de febrero se nombró al general Francisco Serrano como sustituto de Domingo Moriones. Serrano tenía al almirante Topete en el Cantábrico apoyándole. Serrano abandonó el Gobierno de España, y el 8 de marzo se puso al frente del Ejército del Norte. Los carlistas estaban ganando, tomaron Tolosa y seguían avanzando.   Serrano era el hombre con prestigio ante los carlistas, porque había sido encargado de este tema por Amadeo en 1872. Creía que podía revalidar su prestigio, que tanto necesitaba en febrero de 1874. Estaban allí con Serrano los generales Zavala, Concha, Primo de Rivera, López Domínguez.

Los carlistas también estaban defraudados y sustituyeron a su líder Antonio Dorregaray Dominguera por Joaquín Elío Expeleta en la Jefatura de Estado Mayor General de los carlistas. Joaquín Elío era sobrino del famoso Javier Elío de 1814. Estaban junto a Joaquín Elío, Dorregaray, Valdespina y Larramendi.

El 24 al 28 de marzo Serrano envió a los generales José María de Loma Argüelles, Antonio López de Letona y Fernando Primo de Rivera Sobremonte sobre Abanto. En la batalla de Abanto, o Segunda batalla de Somorrostro, al oeste de Baracaldo, tuvieron 4.000 bajas y no fueron capaces de avanzar. Los carlistas perdieron 2.000 hombres, y vendieron los sucesos como otra gran victoria carlista, pero ocho o diez victorias como esa, y no les quedaría ni un hombre vivo. Entre los muertos destacados de esos días estaban Nicolás Ollo y Teodoro Rada por los carlistas. Una granada acertó a caer en medio de los jefes carlistas, matando a Rada y a Ollo. Los navarros se enfadaron mucho y salieron a combatir, siendo rodeados por Serrano y Concha, lo que dejó desguarnecido al sitio de Bilbao y se aprovechó para echarlo abajo.

El 17 de abril de 1874 el carlismo se reorganizó con tres Secretarías: Guerra para Joaquín Elío; Negocios Extranjeros y Estado para Romualdo Martínez Viñalet, que llevaba también la Dirección General de Comunicaciones; Gracia y Justicia para Luis Mon Velasco, conde del Pinar. Esta organización no gustó a las diputaciones Vascas que la calificaron de centralismo. La organización se completaría en agosto de 1874 con un Tribunal Superior de Justicia con sede en Oñate y presidido por Salvador Elío.

Pero por entonces acabó el problema del cantonalismo de Cartagena, y ello permitió a Serrano llevar al norte a muchos miles de soldados. Serrano puso al frente de las operaciones de Bilbao, a Manuel Gutiérrez de la Concha marqués de Duero y al general Arsenio Martínez Campos como jefe de Estado Mayor. Ambos generales eran alfonsinos. Disponían de una división completa. La guerra estaba decidida.

Del 28 al 30 de abril de 1874, se produjo el tercer intento de levantar el sitio de Bilbao, Tercera Batalla de Somorrostro. Bilbao había sido defendida todo el tiempo desde el interior por Ignacio María del Castillo, futuro conde de Bilbao. Los carlistas fueron vencidos y las tropas gubernamentales de Serrano entraron en Bilbao el 2 de mayo de 1874. Serrano dio por terminada la operación de restablecimiento de su prestigio personal y dio por terminadas las operaciones el 2 de mayo de 1874.

Y, con el triunfo de Bilbao en sus manos, en abril de 1874, Serrano se volvió a Madrid a disfrutar de la gloria, dejando la Jefatura del Ejército del Norte a Manuel Gutiérrez de la Concha que avanzó sobre Estella con 50.000 hombres.

Entre los generales de la Segunda República española, destacaba por sus victorias Manuel Gutiérrez de la Concha Irigoyen marqués de Duero. Pero Castelar no quiso hacerle jefe de las fuerzas republicanas porque sabía que Manuel era Alfonsino. El marqués de Duero tenía entonces 64 años de edad, era frío y reservado, hablaba muy poco, nunca discutía con sus oficiales ni les pedía su opinión. Se limitaba a preparar sus campañas y a dar las órdenes que le parecían oportunas. Era desconfiado y no comunicaba sus planes a sus oficiales hasta el día mismo del combate o de realizarlos, lo cual le daba muy buen resultado pues no se enteraba el enemigo antes que sus tropas de las tácticas a seguir. Era tenido por ello por muy duro, pero cuando sus oficiales tenían problemas personales, les ayudaba y estaba con ellos en lo que necesitasen, pues cuidaba mucho de sus hombres.

El Presidente del Poder Ejecutivo, general Serrano, concedió a Manuel de la Concha el mando del III Cuerpo de Ejército. Manuel de la Concha decidió atacar inmediatamente a los carlistas y no dejarles tiempo, entre batalla y batalla, para recomponer sus filas. Atacó el Puerto de las Muñecas, Avellaneda y San Pedro de Galdamés, yendo desde Santander hacia Bilbao por el interior. En esas acciones destacó el general Martínez Campos. Y el 2 de mayo entró en Bilbao logrando una victoria inesperada, pues los carlistas esperaban el ataque por la costa. Los carlistas tuvieron que abandonar los pueblos demasiado cercanos a Bilbao, porque corrían grave peligro.

El 15 de mayo de 1874, Serrano regresó a Madrid, y quiso ser visto como el triunfador sobre los carlistas, cosa que no era cierta. En el escenario de la guerra, se quedó Manuel de la Concha. Manuel Gutiérrez de la Concha decidió vencer realmente a los carlistas, y decidió tomar Estella, su cuartel general. Entró en Navarra por Orduña, otra vez por el interior. Llevaba 50.000 hombres y 2.500 caballos, además de artillería. El 25 de junio llegó a Oteiza, al sur de Estella, y el 26 Echagüe se situó en Abárzuza, al norte de Estella, mientras Martínez Campos cortaba el camino de Pamplona en Zurucuáin. Los carlistas se habían hecho fuertes en Muru y Murugarren, en medio de Abárzuza y Zurucuáin, y estaban recibiendo el fuego de los cañones republicanos. El 27 de junio se ordenó el ataque final sobre Muru, para acabar con la fortificación carlista, y ocurrió que una bala alcanzó a Manuel Gutiérrez de la Concha en el momento en que se disponía a montar en su caballo. No se sabe de dónde provenía aquella bala que mató al general en jefe de los republicanos.

Tomó el mando del ejército republicano el general Rafael Echagüe Bermingham, el cual se limitó a ordenar la retirada hacia Tafalla y Logroño, sin razón alguna para abandonar el ataque en mitad de la acción. En la retirada, perdió un millar de hombres y casi todos los abastecimientos de su ejército, convirtiendo la expedición sobre Estella en una gran derrota para los republicanos.

En Madrid hubo mucha decepción, y hasta la bolsa bajó. Se había pensado en Manuel de la Concha como el restaurador de Alfonso XII, y una vez muerto, parecía que Serrano se podría perpetuar como Presidente de una república militar.

El 16 de julio de 1874, Carlos VII hizo el Manifiesto de Morentín en el que hablaba de un próximo triunfo carlista. Isabel II creía que este triunfo era posible, y gestionó ante Pío IX su renuncia a la Corona de España a favor de Carlos VII. Era un espejismo.

 

 

Serrano en 1874.

 

Serrano intentaba hacerse Presidente republicano autoritario al estilo Mac Mahon en Francia, pero se encontró con que los dirigentes del ejército y los principales burgueses eran alfonsinos, y como el pueblo acababa de ser reprimido en los Cantones, no cabía apoyarse en sublevaciones populares para sostener un proyecto autoritario. Tuvo que ceder en sus pretensiones, y dejó la Presidencia del Gobierno en manos de un militar, el general Zabala, del Partido Constitucional, el grupo que tenía el poder real en ese momento.

Europa vio con alivio el fin de la República Federal española, incluso habiendo sido a través de un golpe de Estado, y envió sus embajadores a España a lo largo de 1874, embajadores que había retirado durante la República.

 

 

Gobierno interino del general Zabala[6],

          26 febrero 1874 – 13 mayo 1874.

 

Mientras Serrano estaba en el País Vasco, tomó la Presidencia del Gobierno interinamente el general Juan Zabala de la Puente. Todo el resto del Gobierno de 3 de enero de 1874, permaneció igual hasta el 13 de mayo. El general Serrano era como una figura decorativa, Presidente del Poder Ejecutivo de una República que ya no existía. Tal vez por ello, intentó ganar prestigio contra los carlistas.

Serrano decidió que el general Zabala fuera jefe del Consejo de Ministros. Argumentó, para dejar el Gobierno, que su presencia era necesaria en el sitio de Bilbao, contra los carlistas, pero también quería acabar con los restos cantonalistas y los internacionalistas. En tanto se legalizase esta designación de Serrano, Zabala presidiría un Gobierno interino.

Serrano, pasó a ser llamado “Presidente de la República” y dejó de ser “Presidente del Poder Ejecutivo”. La Presidencia de Gobierno, o “Presidencia del Consejo de Ministros” como se decía entonces, quedaba en manos del general Zabala.

El nombramiento de Zabala para Presidente del Consejo de Ministros tenía algo de misterio y sucedió entre rumores: se rumoreaba que había disensiones en el Gobierno, que el monárquico Zabala, hasta entonces ministro de Guerra, no estaba de acuerdo con Serrano y su dictadura. Un hombre que ganaba influencia con el cambio era Sagasta, y con él los monárquicos.

Zabala había estado en el sitio de Bilbao, junto a la mayor parte del ejército: Primo de Rivera, Manuel de la Concha, López Domínguez, almirante Topete, Francisco Serrano Bedoya y el Jefe del Ejército del Norte, Domingo Moriones. Francisco Serrano, el Presidente del Poder Ejecutivo pasaba como el coordinador del esfuerzo de guerra. Desde 8 de marzo de 1874, Serrano se hizo cargo de las operaciones de Bilbao desplazando a Moriones y Zabala pasó a Madrid a reemplazar a Serrano.

Francisco Serrano Bedoya (no se debe confundir con Francisco Serrano Domínguez el Presidente del Consejo de Ministros del momento) reprimió los nuevos vestigios cantonalistas de Valladolid, Zaragoza y Cartagena, y en febrero-abril, colaboró en el levantamiento del sitio de Bilbao, de nuevo cercado por los carlistas.

 

 

Reforma del Banco de España.

 

El 19 de marzo de 1874 José Echegaray Eizaguirre, progresista y librecambista, decretó la transformación del Banco de España en banco nacional del Estado, concediéndole el privilegio del monopolio de emitir billetes en papel fiduciario en monto no superior a cinco veces su capital efectivo y con la obligación de disponer siempre de oro y plata, ya en barras, ya en moneda, en la cantidad del 25% del capital o circulante emitido. El Banco de España sería financiador del Estado, empezando por un crédito de 125 millones de pesetas.

 

[1] Francisco Serrano Domínguez, duque de la Torre, conde consorte de San Antonio, 1810-1885, había nacido en Isla de León – San Fernando (Cádiz), de padre militar, fue educado en colegio de Vergara (Guipúzcoa) y se hizo del arma de Caballería. En 1830 se fue al Cuerpo de Carabineros de Costas y Fronteras. En 1833 regresó a Caballería, para luchar en la Guerra Carlista como ayudante del general Espoz y Mina, primero, y de su propio padre más tarde en Cataluña. En septiembre de 1840 colaboró con Espartero y fue ministro de Guerra en mayo de 1843 y en mayo de 1843 y en el gobierno de Olózaga. En este periodo, se convirtió en el favorito de Isabel II, cuando Serrano tenía 33 años e Isabel 13. En 1844 colaboró con Narváez. En 1846 se casó Isabel, y seguía teniendo relaciones con “el general bonito”, es decir, Serrano. En 1848, Joaquín Francisco Pacheco decidió apartarle de la Corte y le envió a Granada. Serrano se retiró de la política y viajó a Rusia, y luego se casó con su prima Antonia Domínguez Borell, hija de los condes de San Antonio. En 1854, Serrano regresó a la política apoyando a los sublevados de Vicálvaro, con lo que se congració de nuevo con Espartero, pero le enviaron como embajador a París. En 1856 se hizo de Unión Liberal de O`Donnell, pero éste le envió a Cuba de 1869 a 1862, donde hizo gran fortuna a costa de las concesiones de importaciones de esclavos. En 1866 reprimió la sublevación del Cuartel de San Gil y por ello le nombraron Duque de la Torre y le hicieron Ministro de Estado. En 1867, a la muerte de O`Donnell pasó a ser considerado jefe de Unión Liberal y fue responsable del pacto con los liberales para derrocar a Isabel II, uniéndose al Pacto de Ostende. El 3 de octubre de 1868 formó Gobierno Provisional y en febrero de 1869 fue nombrado Presidente del Gobierno, hasta que en junio de 1869 fue nombrado Regente y tuvo que abandonar el Gobierno. En 1871 se mostró partidario de Amadeo de Saboya y fue Presidente de Gobierno en enero de 1871 y en mayo de 1872, siendo responsable del Convenio de Amorebieta con los Carlistas, que fue completamente inoperante. En 1873, a la llegada de la República se exilió a Francia, y regresó en enero de 1874, con el Golpe de Estado de Pavía para ser Presidente del Gobierno en enero de 1874 y Presidente de la República en febrero de 1874. En 1874 derrotó a los carlistas y les dejó prácticamente vencidos, pero no terminó la lucha. En diciembre de 1874 reconoció a Alfonso XII como rey y le hicieron jefe nominal del Partido Constitucional, lo que le dio esperanzas de volver a dominar la política, pero Cánovas prefirió a Sagasta como alternativa de poder. En 1881, momento del triunfo de Sagasta como jefe liberal, Serrano se fue a Izquierda Dinástica, y ya no tuvo relevancia política alguna. Murió el 25 de noviembre de 1885, un día después de que lo hiciera el rey Alfonso XII.

[2] Juan Ferrando Badía. Ocaso de la República Española de 1873: La quiebra Federal.

[3] Enrique Pérez de Guzmán el Bueno, 1826-1902, era cordobés y abogado pro la Universidad de Sevilla. En 1869 fue diputado por Barcelona, en 1871 por Córdoba, en 1873 por Cáceres. Escribía en La República Federal, La República Ibérica, y La República. Fue Maestre del Gran Consejo General Ibérico de la masonería en 1890-1893.

[4] Francésc Rispa Perpinyá, -1903, era militar tarraconense, y en 1869 ya estaba en el grupo de seguidores de Blas Pierrad Alcedar que hacían levantamientos republicanos. Luego estuvo en el levantamiento de Béjar. En 1871, salió elegido diputados por Tarragona y se instaló en Madrid, donde en 1872, escribía artículos fuertes en El Combate. Era un republicano federalista intransigente, y lo siguió siendo después de 1873. Fue Gran Comendador del Gran Oriente Nacional de España.

[5] Domingo Moriones y Murillo Zabaleta y Sanz, 1823-1881, marqués de Oroquieta, 1872-1881, era un militar navarro que había luchado contra los carlistas desde 1840. En 1868 fue Capitán General de Navarra. En 1872 fue General en Jefe del Ejército del Norte y venció a los carlistas en Oroquieta en mayo, lo que le valió su título de marqués. En 1877-1880 sería Capitán General de Filipinas.

[6] Juan Zabala de la Puente, conde de Paredes de Nava y marqués de Bullones, nació en Lima en 1804. Hizo carrera militar y estuvo en la Guerra Carlista de 1833 en donde ascendió a Teniente General. Se afilió a Unión Liberal en 1856 y fue ministro de Marina con O` Donnell en 1858. Estuvo en la Guerra de Marruecos en 1859. En 1874 fue presidente del Gobierno en un momento en que se echaba abajo la república y después fue ministro de la Guerra. Murió en Madrid en 1879.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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