SEPTIEMBRE Y OCTUBRE DE 1868.

 

 

Gobierno de la Junta Revolucionaria de Madrid,

o Junta de Pascual Madoz Ibáñez.

30 de septiembre 1868- 5 de octubre 1868.

 

En Madrid, durante la revolución de septiembre de 1868, se habían formado dos Juntas al mismo tiempo. Una de ellas era la de Pascual Madoz, de tipo progresista, y la otra la de Amable Escalante, ésta dirigida por los demócratas. Nicolás María Rivero, el líder de los demócratas, comprendió que un enfrentamiento entre varias Juntas haría perder fuerza a los revolucionarios de 1868, y el 5 de octubre se creó una tercera Junta que debía ser de conciliación entre las dos primeras y que se llamó Junta Superior Revolucionaria.

Durante unos días, a partir de 30 de septiembre de 1868, hasta la llegada a Madrid de los líderes militares protagonistas del golpe, gobernó en Madrid la Junta Revolucionaria de Madrid:

Presidente: Pascual Madoz Ibáñez / 3 octubre 1868: Joaquín Aguirre de la Peña.

Secretarios:     Facundo de los Ríos Portilla. Antonio Ramos Calderón.

Vocales: Nicolás María Rivero; Amable Escalante; Juan Lorenzana; Estanislao Figueras Moragas;     Laureano Figuerola Ballester; José María Carrascón; Antonio Aguilar Correa, marqués de Vega Armijo; Mariano Azara; Vicente Rodríguez; Félix de Pereda; José Cristóbal Sorní Grau; Manuel García García; Juan Moreno Benítez; Mariano Vallejo; Francisco Romero Robledo; Antonio Vallés; José Olózaga; Francisco Jiménez de Guinea; Ignacio Rojo Arias; Ventura Paredes; Eduardo Chao; Ruperto Fernández de las Cuevas; Manuel Pallarés; Manuel Ortiz de Pinedo; José Ramos; Nicolás Calvo Guaiti; José Abascal; Manuel Merelo Calvo; Adolfo Juaristi; Francisco García López. Bernardo García. Camilo Labrador. Miguel Morayta; Ricardo Muñiz; Tomás Carretero; Carlos Navarro Rodrigo; Francisco Javier Carratalá;    Antonio María de Orense; Práxedes Mateo Sagasta;    Eugenio García Ruiz; Cristino Martos Balbí.

 

 

Llegada de Serrano a Madrid.

 

El 3 de octubre de 1868 llegaron a Madrid, Francisco Serrano Domínguez y Juan Bautista Topete, dos de los líderes militares del movimiento de septiembre de 1868.

La Junta Revolucionaria de Madrid se mostró colaboradora con los generales pronunciados y encargó a Serrano, en 4 de octubre, formar Gobierno Provisional de España. Las diversas Juntas que se habían formado en el resto de España, fuera de Madrid, la mayoría de carácter demócrata, protestaron porque la Junta de Madrid se estaba atribuyendo a sí misma la soberanía. Todas las Juntas se consideraban a sí mismas igualmente soberanas. La situación política era muy delicada, pues no había un proyecto político común a los españoles, sino la posibilidad de muchos enfrentamientos provinciales y tal vez una guerra civil.

Serrano, consciente del momento complicado que se estaba produciendo, prometió libertades y derechos, sufragio universal, libertad de religión, libertad de enseñanza y libertad de reunión y asociación. Pero no tomó la dirección del Gobierno, sino creyó que debía esperar la llegada de Juan Prim, el líder apoyado por la gran burguesía y por el ejército.   Además, el golpe militar había partido de un acuerdo entre Serrano y Prim, y no era coherente que Serrano tomara el poder sin esperar la llegada de Prim a Madrid.

Ese mismo día, 3 de octubre de 1868, Prim llegaba a Barcelona en su periplo por el Mediterráneo. Prim esperaba a que las ciudades se sublevaran antes de presentarse en Madrid, pues creía que la dirección del golpe estaba en sus manos. Bajó del barco a echar la arenga, como había hecho en todos los puertos del Mediterráneo. Barcelona quería hacer cambios, pero Prim deseaba esperar el triunfo de la revolución antes de comprometerse, y hubo cierto desacuerdo entre los revolucionarios. Prim no daba la revolución por ganada todavía. Exigía que los militares se impusieran sobre cada una de las Juntas vecinales que habían surgido, y sólo cuando tuvo noticia de la conclusión positiva de esta orden, se presentó en Madrid.

 

 

Gobierno de la Junta Superior Revolucionaria,

o de Joaquín Aguirre de la Peña.

5 de octubre 1868 – 19 octubre 1868.

 

El 5 de octubre de 1868 se creó la Junta Superior Revolucionaria de Joaquín Aguirre de la Peña:

Presidentes honorarios:

Francisco Serrano Domínguez, duque de la Torre (permanecía en situación de espera). Juan Prim y Prats, marqués de Castillejos (ausente).

Presidente efectivo: Joaquín Aguirre de la Peña.

Vicepresidentes:

Nicolás María Rivero.

Antonio Aguilar Correa, marqués de Vega Armijo.

Secretarios:

Inocente Ortiz Casado. Telesforo Montejo Robledo. Felipe Picatoste. Francisco Salmerón Alonso.

Diputados:

Gregorio de las Pozas; Carlos Rubio; Eduardo Martín de la Cámara; Práxedes Mateo Sagasta; Francisco García López; Laureano Figuerola Ballester; Vicente Rodríguez; Fermín Arias; Pedro Martínez Luna; Francisco de Paula Montemar; Manuel Cantero; Nicolás de Soto; Pascual Madoz Ibáñez; José Olózaga; José Cristóbal Sorní Grau; José Sierra; Julián López Andino; Baltasar Mata; Camilo Laorga; Juan Fernández Albert; Juan Antonio González; José Simón; Fernando Hidalgo Saavedra; Carlos Massa Sanguinetti; Eduardo Chao; Manuel Becerra Bermúdez; Manuel Fernández Durán y Pando, marqués de Perales; Nicolás Salmerón Alonso.

 

Repetían en ambas Juntas, la Revolucionaria y la Superior Revolucionaria: Sagasta, Figuerola, Vicente Rodríguez, Olózaga, Sorní Grau, y Chao.

Diputados que dimitieron al poco de ser nombrados: Eduardo Martín de la Cámara; Práxedes Mateo Sagasta; Laureano Figuerola Ballester; José Cristóbal Sorní Grau; José Sierra.

Diputados que se incorporaron a la Junta después del 5 de octubre: Fernando Hidalgo Saavedra; Carlos Masa Sanguinetti; Eduardo Chao; Manuel Becerra Bermúdez; Manuel Fernández Durán y Pardo marqués de Perales; Nicolás Salmerón Alonso.

La Junta Superior Revolucionaria se disolvió el 10 de octubre de 1868.

 

 

Llegada de Prim a Madrid.

 

El 7 de octubre, llegó Prim a Madrid. Desde el 20 de septiembre, al 7 de octubre, Prim se había demorado sin querer acercarse a Madrid, tal vez mientras pactaba con la alta burguesía catalana, tal vez mientras se aseguraba del triunfo de la revolución militar sobre las Juntas demócratas en cada ciudad importante de España. No se consideraba a sí mismo solamente el hombre de la revolución de septiembre, sino que quería un sistema de Gobierno algo más estable y duradero. Sin embargo las masas se empeñaron en que Prim fuese un líder popular. El 3 de octubre había llegado Serrano a Madrid, y fue aclamado en la calle pero pasó casi desapercibido, y el 7 de octubre llegó Prim que fue clamorosamente recibido por las masas madrileñas que le prepararon arcos triunfales, guirnaldas, banderas, gallardetes y muchas bandas de música callejeras. Llegaba en tren y fue aclamado por las masas como si hubiera combatido y vencido en mil batallas. Prim tuvo el gesto de abrazar públicamente a Serrano. Por la tarde de ese día, ambos decidieron el nuevo Gobierno de España.

 

 

  El Gobierno Provisional de Serrano,

  9 de octubre de 1868-22 de febrero de 1869,

 

Era un Gobierno Provisional hasta la reunión de Cortes Constituyentes.

El Gobierno presidido por Francisco Serrano Domínguez estaba integrado por dos militares progresistas en la dirección, tres ministros progresistas y cuatro ministros procedentes de Unión Liberal. Ningún demócrata, a pesar de que los demócratas eran los protagonistas de las Juntas levantadas en las ciudades, los que habían tomado la calle.

Militares dirigentes:

Presidente del Consejo de Ministros: Francisco Serrano Domínguez, duque de la Torre y Capitán General del Ejército, de Unión Liberal.

Ministro de Guerra: Juan Prim y Prats marqués de Castillejos, progresista, Capitán General del Ejército, del Partido Progresista.

Ministros procedentes de Unión Liberal:

Estado: Juan Álvarez Lorenzana Guerrero.

Gracia y Justicia: Antonio Romero Ortiz.

Marina: Juan Bautista Topete Carballo, almirante, el tercer militar del Gobierno.

Ultramar: Adelardo López de Ayala, un literato que no sabía nada ni de marina ni de colonias/ 21 de mayo de 1869: Juan Bautista Topete Carballo.

Ministros del Partido Progresista:

Hacienda: Laureano Figuerola Ballester, un librecambista.

Gobernación: Práxedes Mateo Sagasta, un hombre honesto.

Fomento: Manuel Ruiz Zorrilla, una persona honesta, fiel a la palabra dada, íntegra y puntillosa, lo cual en su tiempo se consideraba inhábil para la política pues se entendía la política como el arte de fingir y engañar.

 

El Gobierno de Serrano era una componenda propia de un Gobierno Provisional, pues no participaban los diversos grupos e intereses sociales españoles, y tampoco representaba a todos los grupos que dominaban la sublevación contra Isabel II. Por ejemplo, el demócrata Nicolás María Rivero rechazó la cartera de Gracia y Justicia, porque decía que el protagonismo de los demócratas había sido muy importante y no se iban a conformar con una sola cartera, pues los demócratas querían más, preferentemente tres, con Manuel Becerra en una segunda y Cristino Martos en una tercera.

Llamaba la atención el que Juan Prim, el líder del levantamiento de septiembre, líder de los industriales, del ejército y de las masas madrileñas, no fuera Presidente del Gobierno. Prim se reservaba para el Gobierno definitivo.

Se dice que Prim no había querido liderar el Gobierno porque el problema catalán, de donde él provenía, era muy grave, con Juntas de tipo republicano, juntas de tipo socialista, que impedirían llevar a cabo el legado que la burguesía catalana le había encomendado. Así, pasaba la patata caliente a otro. Serrano, que era consciente de la gravedad del problema, aceptó la Presidencia, pero encargó la solución del problema a un tercero, Práxedes Mateo Sagasta, que se hizo cargo del Ministerio de Gobernación con el encargo de disolver las Juntas. Sagasta, en efecto, disolvió las Juntas, pero ello significaba ponerse en contra a los que habían posibilitado la revolución, lo cual daría como resultado el tener en contra del Gobierno a los juntistas durante todo el Sexenio. La alta burguesía, y los militares de Madrid, no estaban dispuestos a dejarse arrebatar el Gobierno a manos de revolucionarios demócratas.

Práxedes Mateo Sagasta, ministro de Gobernación, era un hombre hábil, expeditivo, con pocos escrúpulos y oratoria fácil y convincente. Era clave porque los demócratas, los grandes protagonistas de las Juntas de septiembre de 1868, se quedaban fuera del Gobierno voluntariamente, y había que lograr que las Juntas, en las que había muchos demócratas, desaparecieran, o sobrevendría el caos político.

Práxedes Mateo Sagasta, 1825-1903, era Ingeniero de Caminos. Se hizo militante del Partido Progresista, entre otras cosas porque su familia era progresista. En 1854 estaba en Zamora como delegado del Gobierno, y formó parte de la Junta Revolucionaria en esa ciudad y fue diputado durante el Bienio. En 1856, se exilió a Francia. Regresó en 1858 para ser de nuevo diputado, y su labor fue fustigar duramente a los Gobiernos unionistas, por su falsedad en predicar reformas políticas y no hacerlas nunca, labor que continuaba desde el periódico La Iberia. En 1863, estaba convencido de que el Gobierno O`Donnell–Unión Liberal era una farsa que encubría conservadurismo y corrupción, y propuso a los progresistas el retraimiento y el repudio de la monarquía de Isabel II. Sus postulados fueron aceptados por los progresistas en 1865. En 1866 fue acusado de implicación en el golpe de Estado del Cuartel de San Gil, juzgado y condenado a muerte, por lo que huyó a Francia. Regresó en 1868, tras la revolución de septiembre.

Práxedes Mateo Sagasta, apoyó en 1870 a Amadeo de Saboya para Rey de España y fue Presidente del Consejo de Ministros para ese Rey en 1871-1873. La experiencia monárquica terminó en República en 1873, pero ello sirvió para que Sagasta se confirmase en su tesis de que los republicanos no estaban preparados para gobernar, sino para organizar violencias en la calle. Así que decidió colaborar con Cánovas, su enemigo político en cuanto a ideas, en un sistema de turno de partidos en el Gobierno. Tampoco tuvo nunca amistad con Cánovas, sino respeto. Sagasta cambió el Partido Progresista, un partido para la crítica y las revueltas, por el Partido Liberal Progresista, un partido para gobernar. Fue responsable de la Ley de Asociaciones 1887, Ley del Jurado 1888, Ley de Bases para la formación del Código Civil 1888, Ley del Sufragio Universal 1890. Tras el asesinato de Cánovas, tomó el poder y se enfrentó al problema cubano, guerra con los Estados Unidos y la derrota de 1898.

 

 

La crisis del Partido Demócrata.

 

En España, la realidad era que había habido una discordancia en las negociaciones para formar Gobierno, pues los demócratas querían dos o tres carteras ministeriales para ellos, y al dárseles en las negociaciones solamente una, renunciaron a participar en el Gobierno.

El 11 de octubre hubo un mitin de los demócratas de Madrid, presidido por José María Orense marqués de Albaida. Allí los demócratas más radicales proclamaron la República Federal. Avalaron la idea de romper con los demócratas tibios que no querían la violencia como método de adueñarse del poder: Francisco Pi y Margall, Fernando Garrido, Ramón de Cala, Estanislao Figueras, Fermín Salvoechea, y muchos periódicos de provincias, generalmente sostenidos por pequeño burgueses y masas proletarias, y jornaleros campesinos. Digamos que la Junta del coronel Amable Escalante revindicaba mucho más de lo que el Gobierno de Serrano estaba dispuesto a cederles. Y los demócratas se escindieron inmediatamente en dos grupos, los cimbrios y los republicanos-federales:

Los Cimbrios[1], demócratas republicanos que aceptaban el diálogo con los moderados y progresistas, liderados por Nicolás María Rivero, aceptaron la situación de un Gobierno sin demócratas e incluso aceptaban transitoriamente la posibilidad de continuar con una monarquía, siempre que fuera constitucional, pues les permitiría difundir sus ideas, lo cual significaba para ellos un progreso para España en general. Estaban dispuestos a colaborar con el Gobierno, siempre que éste fuera progresista. Se integraron en este grupo algunos progresistas y algunos hombres provenientes de los unionistas que se habían sumado a la revolución de septiembre. Formaron una coalición frente a los republicanos federales por su izquierda, y frente a los carlistas y alfonsinos por su derecha, que fue llamada “coalición de los cimbrios”. Eran: Federico Balart; Manuel Becerra; Tomás Carretero; Rafael Coronel; José Echegaray; Ruperto Fernández de las Cuevas; Carlos Godínez de Paz; Pedro González Marrón; José Jimeno; Antonio López Botas; Federico Macías; Ricardo Martínez; Cristino Martos; Manuel Merelo; Luis de Molini; Segismundo Moret; Juan Pardela; Pedro Pastor; Juan Manuel Pereira; Nicolás María Rivero; Gabriel Rodríguez; Vicente Romero Girón; Jerónimo Sánchez Borguella; y Miguel Uzuriaga. Sus líderes eran Cristino Martos Balví, Manuel Becerra Bermúdez y Nicolás María Rivero. Eran fuertes principalmente en la agrupación demócrata de Madrid y tendían al conservadurismo en el sentido de que aceptaban la colaboración en política con los Gobiernos de cada momento.

Los republicanos unitarios eran Eugenio García Ruiz y Julián Sánchez Ruano, una minoría muy pequeña.

Los republicanos-federales eran el resto de los demócratas, los de espíritu republicano intransigente, y eran varios grupos con varios líderes, pero pocos en número. No aceptaban perder el momento revolucionario, cuando ellos habían sido los principales protagonistas de los levantamientos de 1868 en la calle y habían puesto la mayoría de los muertos. Querían república con soberanía de cada región, lo cual daba lugar a una amalgama de agrupaciones comunistas, anarquistas y progresistas, de muy difícil definición. Se pasaron a la oposición, lo cual no fue un buen comienzo para una época que pretendía la renovación política de España. Los llamados republicanos federales, o simplemente federales, ala izquierda de los demócratas, eran la mayoría de los demócratas, eran intransigentes en cuanto a oponerse a la monarquía. Los federales querían como poder legislativo supremo una Asamblea y como legislativo ordinario un Comité, dependiente, en cada momento y para cada ley, de la Asamblea. Sus líderes eran el coronel Amable Escalante, que creó una junta que se llamó La Federal; Françésc Pi y Margall de ideología federal, radical, anticlerical, antimilitarista; Estanislao Figueras Moragas; y Emilio Castelar Ripoll, de ideas menos radicales que Pi. En su programa, el partido llevaría la defensa de las libertades individuales, negación del pago de impuestos de consumo, eliminación de quintas, sufragio universal… Un programa populista neto. Su punto débil era que carecía de una dirección fuerte, lo cual era consecuencia de su respeto extremo al individualismo. Eran fuertes principalmente en provincias, donde tenían el apoyo de agrupaciones populistas organizadas en Juntas Revolucionarias dispuestas siempre a sacar la gente a la calle. En concreto los republicanos eran mayoría entre los demócratas de Lérida y Huesca; de Sevilla, Cádiz y Badajoz; de Barcelona, Gerona y Zaragoza. Y también tenían seguidores en Tarragona, Valencia, Alicante, Murcia, Almería, Granada, Málaga (toda la costa mediterránea), y en Salamanca, León, Palencia, Valladolid, Teruel, Guadalajara, y Toledo (las ciudades castellanas).

Lo más original de este grupo demócrata era el movimiento mesiánico extendido entre las masas urbanas, y alimentado por el utópico Pi y Margall: las masas salían a la calle, gritaban sus consignas, llevaban la organización de Juntas Revolucionarias a los pueblos. Esta fortaleza de los demócratas republicanos era a la vez su misma debilidad, pues las Juntas Revolucionarias populistas tenían sus propios criterios y no seguían una disciplina de partido, de modo que podían discrepar de cualquiera en cualquier momento, y trataban de imponer la táctica de abajo hacia arriba.

 

Nicolás María Rivero, alcalde de Madrid.

 

Como compensación a su colaboración, a Nicolás María Rivero, líder demócrata cimbrio, el Gobierno le nombró alcalde de Madrid. Él aceptó el cargo porque le suponía mucho contacto con las masas y muchas posibilidades de difusión de las ideas demócratas moderadas, no populistas.

Rivero pensaba reactivar el espíritu demócrata y crear un gran partido demócrata, no populista, capaz de competir con los partidos tradicionales españoles. Para intentar una mayoría dentro del partido demócrata, Rivero creó el 12 de octubre una Junta Superior Revolucionaria, luego llamada Junta Superior de Gobierno, a la que esperaba se sumaran casi todos los demócratas. Como no logró su propósito, la Junta se convirtió en una “tercera junta demócrata”, que decía no ser ni de cimbrios, ni de federales, sino estar integrada por “demócratas puros”. Los demócratas puros y los cimbrios se reunieron el 11, 18 y 25 de octubre en el Circo Price de Madrid, y Nicolás María Rivero, Cristino Martos y Manuel Becerra, formaron un Partido Republicano Federal que aceptaba la monarquía que preconizaba Prim. El partido estaba dirigido por un grupo de abogados que pretendía, como fin principal, formar la conciencia política de los ciudadanos, explicándoles que el exponer ideas diferentes, hacer propaganda, reunirse, opinar de forma diferente a los partidos tradicionales y a la Iglesia, llevar a los políticos ante los tribunales, y otras acciones políticas similares, se consideraban derechos naturales del ciudadano.

Seguramente influido por este grupo de demócratas, el Gobierno unionista y progresista de Serrano y Prim hizo muchas leyes que les acercaban a los postulados demócratas, como la ley del sufragio universal, la de la circunscripción electoral en la provincia, la libertad de cultos y la derogación del fuero eclesiástico.

 

 

 Francisco Serrano Domínguez.

 

Francisco Serrano Domínguez (duque de la Torre en 1856) nació en Isla de León (Cádiz) en 17 de diciembre de 1810, actual San Fernando. Era hijo de militar liberal, Francisco Serrano Cuenca, y de Isabel Domínguez, e hizo carrera militar por tradición familiar. Estudió en el Colegio de Vergara y en el Regimiento de Caballería de Sagunto en 1822, y en Regimiento de Caballería del Príncipe en 1829. En la Escuela de Cadetes de Sagunto llegó a alférez en 1825. En 1830 se hizo subteniente de Carabineros de Costas y Fronteras. Había aparecido en la historia dando orden de fusilar a Torrijos en 1830. En 1833 fue destinado a Madrid al Regimiento de Coraceros de la Guardia y acompañó a Don Carlos a su exilio a Portugal en 1833. Por ello no podía caer simpático a progresistas ni a republicanos.

Luchó en la Guerra Carlista de 1833-1840 y ascendió a brigadier en 1839 sirviendo a Espoz y Mina. Pasó a combatir en Cataluña a los últimos carlistas, y allí estuvo al servicio de su padre. En 1839 era coronel y en 1840 brigadier. Fue diputado por Málaga en 1839 y estaba en el grupo de Espartero, aunque no como Ayacucho, sino por la Guerra Carlista. De todos modos, apoyó a Espartero en su golpe de 1840 y se afilió al partido progresista con su jefe, Espartero. Su entrada en política no fue brillante porque, aunque tenía don de gentes en cuanto a simpatía, no tenía facilidad de palabra en términos sonoros como Espartero.

Fue enviado en 1842 a Barcelona a reprimir la insurrección popular contra Espartero, pero Serrano se sumó a los pronunciados contra Espartero, por lo que la Junta de Barcelona le designó ministro universal en 1843. En diciembre de 1843 se sumó a los moderados que pedían la dimisión de Olózaga, que al parecer pretendía otra dictadura como la de Espartero. Siendo Teniente General, fue amante de la Reina Isabel II algún tiempo, en 1846-1848, por lo que era llamado el “general bonito”. En 1848, el duque de Sotomayor le alejó de palacio enviándole algún tiempo a Granada como Capitán General. La Reina, se reconcilió entonces con su esposo, Francisco de Asís Borbón y Borbón. Serrano Domínguez se casó entonces con su prima Antonia Domínguez Borrell, hija de los condes de San Antonio. Volvió a la política en 1854, en el pronunciamiento liberal de Vicálvaro y firmó el Manifiesto del Manzanares. Se afilió a Unión Liberal en 1856 y apoyó a O`Donnell en su golpe de Estado. Los políticos decidieron apartarle de Madrid: En 1856 fue enviado como embajador a París. En 1859 fue designado Capitán General de Cuba. En Cuba hizo una gran fortuna gracias al negocio del tráfico de esclavos. En 1862 le fue concedido el título de “Duque de la Torre” y Grande de España y volvió a la capital de España, 11 años después de su apartamiento. En 1863 fue ministro de Estado con O`Donnell. En 1866 reprimió el levantamiento de Cuartel de San Gil y obtuvo por ello el Toisón de Oro y el título de Duque de la Torre. En 1867, a la muerte de O`Donnell, fue líder de la Unión Liberal y fue quien, en 1867, se pasó al Pacto de Ostende contra la Reina, siendo desterrado a Canarias. En 1868 estuvo en la revolución de septiembre contra la Reina, y venció a Manuel Pavía Lacy marqués de Novaliches en Puente de Alcolea (Córdoba). Al llegar a Madrid se le encargó hacer Gobierno Provisional el 3 de octubre de 1868 y se le concedió el título de Alteza y Regente de España en 1869-1871. Serrano fue Jefe de Gobierno del Gobierno de Amadeo, en enero de 1871, tras dos días de gobierno de Sagasta. Era antirrepublicano. Favorecía la candidatura de Antonio de Montpensier, pero colaboró con Amadeo de Saboya una vez elegido éste. Estuvo en la Guerra Carlista y en el convenio de Amorebieta de 1872. Isabel II conectó con él desde París, para consultarle si podía volver a España, pero Serrano Domínguez consideró que no era oportuno. En 1873, durante la República, intentó, junto a Cristino Martos, sublevar la Milicia Nacional, pero fracasó y huyó a Biarritz. Regresó a Madrid días antes del golpe de Pavía. Tras el golpe de Manuel Pavía Rodríguez de Alburquerque, de enero de 1874, fue nombrado de nuevo Presidente del Poder Ejecutivo y entonces disolvió las Cortes republicanas, se nombró a sí mismo regente y nombró a Zabala presidente del Gobierno. Su intención era instalar una dictadura militar al estilo francés de aquél momento, pero no encontró colaboración. En diciembre de 1874, ante el pronunciamiento de Martínez Campos, reconoció a Alfonso XII como Rey. En 1875 se alejó de la política. Estaba despechado porque Cánovas se puso al habla con Sagasta para fundar el Partido Liberal, quedando él pospuesto. En 1882 fundó un partido llamado Partido de Izquierda Dinástica que se oponía a la izquierda representada por Sagasta, pues Serrano se consideraba a sí mismo jefe natural de los progresistas. Murió en Madrid en 1885 el mismo día en que era enterrado Alfonso XII.

 

No se debe confundir a Francisco Serrano Domínguez con Francisco Serrano Bedoya 1813-1882, homónimo y contemporáneo suyo, nacido en Quesada (Jaén), que también hizo carrera en la Guerra Carlista de 1833 y fue colaborador de Espartero en 1840-1843 y se exilió en 1843. Serrano Bedoya estuvo en el pronunciamiento demócrata de 7 de mayo de 1848, y se exilió a Francia hasta 1849 en que le permitió regresar Narváez. En 1854 fue diputado y en 1856 colaboró con Unión Liberal. Fue Director General de la Guardia Civil de diciembre de 1865 a julio de 1866. En julio de 1868 fue confinado en Canarias porque se temía su colaboración con los progresistas, y regresó a la península en septiembre de 1868 siendo uno de los firmantes del manifiesto de López de Ayala “España con Honra”. Volvió a ser director General de la Guardia Civil en octubre de 1868 a junio de 1872, cuando Serrano Domínguez era presidente del Gobierno Provisional. En 3 de septiembre de 1874 fue ministro de la Guerra hasta 31 de diciembre. Murió en Madrid en 1882.

Tampoco se debe confundir a Manuel Pavía Lacy, derrotado en 1868, con el también homónimo Capitán General de Madrid, golpista en 1874, Manuel Pavía Rodríguez de Alburquerque. No tenían nada en común.

 

 

Programa político del Gobierno Provisional.

 

Las premisas sobre las que se basaba la política española estaban cambiando:

El Gobierno Provisional de Serrano se esforzó por salvar la monarquía, a pesar de todo lo pasado y a pesar del ambiente general en las Juntas. Produjo un nuevo Manifiesto a la Nación, a añadir a los de 17 de septiembre, 19 de septiembre y 27 de septiembre de 1868. En este nuevo Manifiesto se anunciaban libertades y derechos que romperían con la Constitución de 1845 y debían ser regulados por las Cortes Constituyentes que se iban a convocar.

El Gobierno Provisional se sentía investido de todos los poderes y definió su programa en tres puntos: rechazaba la Constitución de 1845; implantaría el sufragio universal; implantaría el parlamentarismo o sometimiento de todos los poderes a la autoridad de las Cortes.

El objetivo del Gobierno Serrano era la realización de las reformas pactadas en Ostende en 1867 y 1868, las cuales se convirtieron inmediatamente en decretos: sufragio universal (9 de noviembre de 1868), libertades de culto en la próxima Constitución (9 de noviembre de 1868), libertad de imprenta, libertad de enseñanza (31 de octubre de 1868), libertad de reunión (1 de noviembre de 1868), libertad de asociación (20 de noviembre de 1868), convocatoria de elecciones a Cortes y una reforma de Hacienda que permitiera tener ingresos suficientes al Estado.

Los problemas de legislación eran tantos en 1868, que se consideraba urgente una Constitución nueva a fin de estabilizar el sistema político, y poder afrontarlos. Sin embargo, los temas más complicados, como la estructura de la propiedad tras las desamortizaciones, el esclavismo y la concentración de la propiedad en Cuba, y el integrismo católico, no se tocaron una vez más. Era una falsa solución a los problemas de España, una solución transitoria, como fue transitoria la solución de Cánovas, a pesar de que prolongó la estabilidad política hasta 1898.

El 6 de diciembre de 1868 se convocaron Cortes Constituyentes, las que se iban a plantear el cambio constitucional a fin de que fuesen posibles las libertades y fuesen regulados los poderes del Estado. Pero la Constitución no estuvo lista hasta 1869, y la estudiaremos en otro capítulo. En la convocatoria a Cortes Constituyentes se dijo que la forma monárquica era la preferida por los gobernantes de ese momento, pero que debía ser una monarquía elegida por aquellos a quienes los españoles otorgasen el poder de hacerlo.

La contradicción de este Gobierno era que gran parte de la gente que se había lanzado a la calle y sacado adelante el proyecto revolucionario, eran demócratas  y republicanos, y éstos no obtenían nada, e incluso se formaba Gobierno contra ellos, para evitar posibles cambios de signo populista que ellos pudieran hacer.

Bajo estas declaraciones de intenciones, hay que tener en cuenta que la realidad no cambió bruscamente a finales de 1868: La costumbre de incumplir la Constitución, típica del XIX, no desapareció por la circunstancia de la revolución de 1868. Las costumbres sociales no desaparecen tan fácilmente.

 

 

El programa de los moderados en la oposición.

 

Los moderados, partidarios de Isabel II que eran mayoría entre los españoles hasta 1866, que no habían estado en la revolución de septiembre, no aparecieron en política hasta finales de octubre de 1868. Estuvieron dos meses fuera de juego, septiembre y octubre. Los moderados proponían:

Una monarquía constitucional, entendida según los cánones del moderantismo histórico y rechazando la monarquía democrática.

Devolver el trono a Isabel II.

Y restablecer la Constitución de 1845.

Los moderados tuvieron muy pocos seguidores, entre los que estaban el general Lersundi, Claudio Moyano, y el conde de San Luis. El Partido Moderado se excluía a sí mismo en el futuro político de España.

 

 

Juan Prim i Prats.

 

Detrás del Presidente Serrano, y como Ministro de la Guerra y representante del ejército, estaba el verdadero líder de la revolución, el general Prim, el cual había tenido gran cuidado en los movimientos de septiembre de 1868, de exigir en todas partes sumisión de los alzados a las autoridades militares, y de no tolerar que algún militar hiciera lo contrario, que cediera la dirección del movimiento y las armas a las Juntas. Quizás por eso, se retrasó tanto su llegada a Madrid en octubre de 1868. Al final del proceso, existían unas Juntas, pero todas habían delegado el poder en los militares. En estas circunstancias, lo verdaderamente importante era saber los planes de Juan Prim.

Juan Prim era el hombre de la gran burguesía, y en concreto de la gran burguesía catalana. Y Prim había decidido desde el principio que el nuevo régimen sería una monarquía constitucional, una vez eliminada Isabel II por haber rechazado las reformas liberales burguesas que se le habían pedido durante tantos años, y por haber optado siempre por generales continuistas de los privilegios del pasado, como Narváez y O`Donnell. En el nuevo régimen político no tendrían cabida los republicanos, porque en ese momento, los republicanos eran una mezcla de partidos demócratas, anarquistas y socialistas cuyo proyecto estaba inmaduro, y anunciaban una revolución social y política más bien destructiva, sin proyectos de progreso.

Prim había puesto a Serrano en el poder, porque había recibido de él un gesto de lealtad a su persona. Era lealtad a Prim, y no lealtad a las instituciones. El general Serrano era Regente, Capitán General, Grande de España, con el prestigio militar de tres laureadas de San Fernando, pero no tenía adhesiones personales de los militares y dependía en todo de Prim. Al respecto, Emilio Castelar comentó que el Presidente Serrano estaba instalado en “una jaula de oro”, pero era un preso en su jaula. Juan Prim se había autoadjudicado el triunfo de Alcolea, la representación de la revolución de 1868.

Si Prim representaba a la gran burguesía, frente a él estaba la pequeña burguesía, la cual estaba dominada por teorías utópicas diversas, pero unidas circunstancialmente en el grupo republicano-federal.

 

Juan Prim y Prats, 1814-1870, conde de Reus y vizconde de Bruch en 1843, marqués de Castillejos en 1859, nació en Reus en 1814. Su nombre completo era Antón Joan Pau María Prim i Prats. En 1834 ingresó en el ejército y luchó en la Guerra Carlista. Se hizo progresista y, como tal, fue diputado por Tarragona en 1841 y estuvo en la revuelta contra Espartero al lado de O`Donnell en 1841. Tenía gran facilidad de palabra, e ingenio para dirigir los discursos hacia donde le convenía. En 1842, tras la represión de Barcelona, Prim estaba abiertamente en contra de Espartero y trataba de organizar partidas de insurrectos en la comarca de Reus. Una vez derrocado Espartero en 1843, Prim, en la represión de Reus, obtuvo el título de conde de Reus y vizconde de Bruch y fue encargado de controlar a la Junta de Barcelona evitando acciones violentas en la ciudad. En 1847 fue capitán General de Puerto Rico y trató de calmar una sublevación de esclavos, ejecutando a muchos. Hizo una ley para los negros, altamente feroz y racista. Intentó llevar a la isla a nuevos colonos españoles y ello enfureció a los criollos puertorriqueños, lo que llevó a Prim a un juicio de residencia, en el que fue inhabilitado. Fue indultado posteriormente. En 1851 fue diputado por Vic. En 1853 fue diputado por Barcelona y logró la simpatía de los industriales catalanes. En 1855-1856 fue Capitán General de Granada y ascendió a Teniente General. En 3 de mayo de 1856 se casó con Francisca Agüero, hija única de un rico mejicano, 18 años más joven que él, que le aportaba gran cantidad de dinero con el que compró 400 acciones de La Fabril Algodonera (48.800 duros o 976.000 reales que esperaba rindieran al 18 ó 20%). Se adhirió primero a Centro Parlamentario, y a Unión Liberal después. Fue a la Guerra de Marruecos de 1858 y adquirió mucha popularidad en Castillejos y Tetuán en 1859 siendo nombrado marqués de Castillejos. En 1858 Prim hizo un negocio ruinoso al quedarse con una tala de pinos en Sierra de Segura (Jaén), cuando fue denunciado por cortar algunos árboles del Estado y los pinos estuvieron casi cuatro años en el agua o cortados pudriéndose. En 1861, Prim se había gastado 12 millones de reales de su mujer y debía ya 200.000, cuando decidió vender nuevos bienes mejicanos para seguir su tren de vida.  Desde 12 de noviembre de 1862 estuvo en la Guerra de Méjico como delegado plenipotenciario del Gobierno español y fue quien decidió en 9 de abril de 1862 abandonar la guerra y reembarcar las tropas hacia España. En 1862 se afilió de nuevo al Partido Progresista y organizó o participó en algunos levantamientos fracasados (Valencia 1865, Villarejo 1866, San Gil 1866) lo que le hizo simpático a los demócratas. Estuvo en el Pacto de Ostende de 1866 y en los Acuerdos de París de 1867. Pero su acto histórico más importante lo llevó a cabo el 19 de septiembre de 1868, junto a Ruiz Zorrilla, Sagasta y otros, lanzando un manifiesto contra la Reina. Prim estuvo con Topete en Cádiz y desde allí visitó los puertos del Mediterráneo sublevando a las guarniciones hasta llegar a Barcelona. El 7 de octubre de 1868 entraba Prim en Madrid y se le encargó el Ministerio de la Guerra en el Gobierno Provisional. Buscó un Rey para España y seleccionó por fin a Amadeo de Saboya. Sufrió un atentado en la calle del Turco de Madrid el 27 de diciembre de 1870, el mismo día que Amadeo llegaba a España. Murió en Madrid en 30 de diciembre de 1870.

 

 

¿MONARQUÍA O REPÚBLICA?

 

Uno de los temas que había que plantearse en 1868 era el del modelo de Estado a implantar: monarquía o república.

El cambio de monarquía a república no tiene mayores inconvenientes que los propios inherentes a ambos sistemas:

La monarquía es perdurable en el tiempo durante la vida de un monarca y ello puede dar estabilidad a un sistema político, pero si el monarca es malo, se garantiza toda una vida del monarca llena de errores y sufrimientos sociales. Si el monarca goza de excesivo poder, podemos llegar a los absurdos que vivió España a fines del XIX y principios del XX, cuando el monarca se creyó “salvador-redentor del pueblo español”: dictaduras apoyadas por el Rey, protegidas por Rey… Si el monarca tiene contrapoderes y limitaciones, como es el caso de España a partir de 1978, el sistema monárquico se parece mucho a cualquier sistema republicano democrático. De hecho, la pregunta más frecuente entre mis alumnos era: “¿Y el Rey que hace? Yo creo que no hace nada, sino cobrar un buen sueldo”. Y yo tenía que explicarles el poder de representación.

La república es, aparentemente y a primera vista, un sistema de Estado más democrático, pues cualquiera puede llegar a la Jefatura del Estado, lo cual es un acto de fe más que una realidad. Pero también puede ocurrir que el Jefe del Estado sea impuesto por grupos de presión, o por partidos políticos determinados, que sólo signifiquen ir en el camino de la conveniencia de ese grupo, y no de la mayoría social. Y si el Jefe del Estado es del mismo partido que el Jefe del Gobierno, la situación se puede volver peligrosa para la democracia y los derechos humanos, igual que cuando el Rey tiene excesivo poder. Esta situación resulta a favor del partido que goce de todo ese poder, y es buena para sistemas totalitarios como los comunismos y fascismos, por lo que es defendida por los partidarios de estos sistemas. Y pensar que el pueblo puede cambiar a un Jefe de Estado cuando un grupo de presión es dominante, es una utopía, una falsedad: Si el grupo dominante tiene la prensa, medios de comunicación y dominio sobre los mensajes “convenientemente distribuidos en las redes sociales”, que dirigen el pensamiento de las personas, y tiene además los negocios que controlan el poder de dar empleo y la capacidad de subsistir de la gente, y el sistema judicial que derivará todos los desacuerdos en beneficio del grupo dominante, no se puede ser tan optimista ante el aserto de que la república sea mejor que la monarquía. Y el argumento de que “una vez llegó a Presidente un hombre de fuera del sistema, un hombre proveniente de la clase pobre”, analizado fríamente, quiere decir que, en el 99% de los casos, ese hombre no llega. Y si llegó una vez hace siglos, es posible estadísticamente que el hecho no se repita en varios siglos en adelante.

Es todo cuestión de ética. Si el Rey tiene un comportamiento moral ejemplar en el campo de la economía, la sociedad, la política, los derechos humanos y medioambientales, e incluso en la ética personal, será tan bueno como un Presidente de República que tenga ese mismo comportamiento, y viceversa. Si hablamos de inmoralidad, el tema se hace complejísimo y se abren muchas posibilidades. Afirmar que un sistema es mejor que otro, es muy arriesgado. Es una cuestión de casuística. Es opinable.

 

 

¿ALTA BURGUESÍA O PEQUEÑA BURGUESÍA?

 

El Estado debe ser dirigido por gente capacitada para hacerlo, pues las cuestiones de Gobierno son complejas. El 90% de los ciudadanos no está capacitado para ocupar un alto cargo administrativo o gubernativo. Y es una gran desgracia para cualquier país que un ignorante llegue a cargos de responsabilidad. Ha ocurrido alguna vez, que un ignorante gobernara mejor que un corrupto. De todos modos, la correcta actuación del ignorante en el Gobierno puede ser puntual, pero no es sostenible.

Pero la situación española era lamentable en el XIX: Desde principios del siglo XIX, la alta burguesía preparada intelectual y técnicamente para dirigir las empresas, llevaba “engañando” al pueblo español con promesas de igualdad, reparto de la propiedad y derechos, que nunca llegaban. En 1856 se demostró que los españoles estaban ya hartos de tanto engaño, de moderados y de progresistas. Ninguno les arregló el problema de la propiedad de la tierra, el problema de que los impuestos los pagaran sólo los pobres, el problema de que la guerra la organizaran los poderosos y murieran en ella los pobres. Y frente a la alta burguesía surgió la pequeña burguesía reclamando un espacio liberal más progresista, o tal vez un espacio socialista libertario, o un socialismo de cualquier otro tipo, de los muchos que estuvieron de moda en la segunda mitad del XIX. La pequeña burguesía estaba dispuesta a ensayar las más dispares salidas al sistema, a veces irracionales y populistas. En vez de tratar de moralizar el sistema, se optaba por modelos distintos, por muy irracionales que fueran, y aunque pudieran ser mucho más inmorales todavía.

Pero la pequeña burguesía cometió el error de mostrarse y actuar de forma radical y violenta, porque escogió líderes radicales, y con ello se puso en contra a la alta burguesía y a los sectores conservadores. Quedó reducida a una minoría, cuyas posibilidades políticas eran muy reducidas: imponerse por medio de una dictadura de unos pocos en contra de la mayoría integrada por la alta burguesía, los campesinos y los obreros, y los militares, era una utopía. Y además, la oposición tenía ideas muy distintas e incluso contradictorias entre los diversos grupos. De momento, la pequeña burguesía tuvo la pasividad de los políticos moderados, moderados y progresistas, pero ello no iba a durar para siempre. Cuando esto ocurre, sólo las dictaduras militares tienen posibilidades de supervivencia, y ello a costa de asesinar y reprimir largamente al pueblo (es igual en dictaduras fascistas que en dictaduras comunistas).

Ambas burguesías, como clase social burguesa, estaban enfrentadas a las viejas dignidades militares y eclesiásticas, e incluso a la Corona. Y todos ellos, tenían unos criterios políticos muy distantes de lo que la teoría liberal burguesa decía, a lo que la inmensa mayoría del pueblo español necesitaba para avanzar hacia una democracia liberal. Buscaban más un estatus de privilegio, concesiones, proteccionismo, que la extensión de un sistema de libertades. Hasta tal punto era falso el sistema, que los historiadores y gente culta del XIX recordaban con nostalgia el absolutismo ilustrado de Ensenada y de Carlos III en el siglo XVIII.

Entre los líderes de 1868, el sector alto burgués estaba representado por el catalán Juan Prim i Prats que aspiraba a una monarquía democrática bajo una Constitución (que sería la de 1869). El sector pequeño burgués estaba representado principalmente por el catalán Francisco Pi i Margall que aspiraba a una república federal más bien utópica, con Estados soberanos asociados y Ayuntamientos soberanos. En medio de ellos, el general Serrano pensaba en una dictadura militar, primero como la de Napoleón III, y más tarde como las de la Tercera República Francesa.

 

 

Economía española de la segunda mitad del XIX

 

La época que estamos tratando representa un periodo de lanzamiento económico español en un momento de crisis europea, sobre todo a partir de 1866:

Estaba funcionando la producción de zinc de la Real Compañía Asturiana de Minas RCAM en Asturias y Cantabria; la producción de ácido sulfúrico de Amadeo Cros en Badalona (iniciada en 1817 por su abuelo, el francés Francisco Cros, y gestionada después por su padre José Francisco Cros); los Rothschild habían puesto en marcha la producción de mercurio en Almadén en 1868; en 1866 se había instalado en Riotinto la Tharsis Sulphur, que en 1873 se convertirá en Riotinto Co.; en 1868 se había creado la peseta de plata como unidad monetaria española; en 1871, apareció The Cantabria Co. Limited en Vizcaya para la obtención de acero; 1872 aparecería Sociedad Española de Explosivos en Bilbao; en 1873 apareció Orconera Iron Co. para trabajar en Vizcaya y Cantabria; Sabadell y Tarrasa compraron modernas máquinas de tejidos que colocaron a esas ciudades en la cabeza de la producción textil española; La Gran Azucarera, propiedad de María Cristina de Borbón, vendía el azúcar de los hacendados cubanos; y el ferrocarril español contaba con 5.000 kilómetros de líneas, siendo líneas estrella la Madrid-Sevilla de 1859; Madrid-Irún de 1864; Madrid-Zaragoza de 1863; Madrid-Cáceres de 1863, y Madrid-Alicante de 1865.

En la construcción del ferrocarril se había tomado la decisión particular de hacer un ancho especial, distinto del europeo, un poco más ancho. Este inconveniente comercial se hizo por dos razones: la primera para poner trabas a la libre importación de productos extranjeros, cuyos trenes no podrían penetrar en España; la segunda, porque los militares aconsejaron no dejar expedito el paso a España desde Francia. En sentido contrario, los trenes españoles no podrían llegar a los países europeos, pero ello era un problema agrícola que importaba menos a los industriales españoles.

En la construcción del ferrocarril, Gran Bretaña exigía un interés garantizado y el Estado español no aceptó esa condición, por lo que se hicieron concesiones a los Rosthschild y a los Pereire franceses. Se constituyeron 3 grandes compañías MZA (Madrid-Zaragoza-Alicante), El Norte (Madrid-Irún), y Ferrocarriles Anadaluces, y unas 80 compañías más pequeñas. Los Pereire, dueños de una importante banca y de compañías de seguros aprovecharon para invertir en carbón, construcción, azúcar y gas. El carbón español era caro por su difícil extracción. El hierro vasco resultaba también más caro que el de Europa por menor tecnología. El material ferroviario español se mostró el doble de caro que el importado de Francia.

 

El panorama económico general europeo era de subida de precios en toda la fase 1848-73, fase A Kondratieff. Esa subida de precios animaba a la inversión en España pues los negocios de producir en España a precio bajo estaban prácticamente asegurados vendiendo en Europa a precio alto. Pero también era posible la especulación, que es lo que desgraciadamente predominaba en España. Los altos precios de los alimentos tampoco permitían tener mucha fe en el porvenir de la industria y quizás eso explicara la especulación sistemática. La Guerra de Secesión americana cortó el suministro de algodón para las fábricas, subieron los precios y el futuro no estaba nada claro para los inversores industriales, salvo en el proteccionismo.

Muy pronto el ferrocarril español se convirtió en un problema. Las concesiones de construcción empezaron a revenderse y la buena fe en los concesionarios, presumida en las concesiones, se demostró un error. Hubo que rescatar concesiones. Por otra parte, los concesionarios emitieron tantas obligaciones que los accionistas nunca llegaron a cobrar dividendos. Los concesionarios protestaban los altos costes de explotación, cosa absolutamente falsa desde nuestro punto de vista actual. Los concesionarios hicieron líneas buscando subvenciones y no se preocuparon demasiado de la red, lo cual significaba esperas largas en los empalmes, retrasos para los viajeros, incomodidad y muchas zonas sin servicio ferroviario, es decir, pocos rendimientos del negocio imputables a los empresarios. Las zonas más industrializadas no fueron las seleccionadas para las subvenciones, ni las de más alta inversión ferroviaria, sino más bien la ciudad de Madrid fue la que se conectó con el resto de España. La ciudad y el viajero primaron sobre la necesidad comercial de la industria, por escasa confianza en el futuro de la misma, o por conservadurismo de las mentalidades. En estas condiciones, el ferrocarril no fue una ayuda muy grande para la industria y comercio españoles, ni el negocio de ferrocarriles podía ir ni un poco bien. La falta de interés por el conjunto, por la coordinación, revela una visión más especulativa, del pelotazo económico, que de servicio. Es muy difícil explicar por qué los centros de producción de hierro españoles no estaban unidos a la red ferroviaria o no se empezó por ellos, lo cual abarataría costes y daría clientela al ferrocarril. Nos referimos a casos ejemplares como la industria del hierro en Cantabria y Málaga. También podríamos hablar del caso vasco y su conexión a las minas de carbón de León y Asturias.

La tecnología era en general atrasada. La Maquinista Terrestre y Marítima fabricaba en Cataluña maquinaria textil, navíos y motores para barcos, con tecnología bastante avanzada, pero era una excepción dentro del panorama tecnológico que en general era España en el XIX. La tecnología era tradicional y casi siempre atrasada respecto a nuestros vecinos del norte.

La industrialización española del XIX daba la imagen de una economía colonial dependiente de la francesa. En cuanto al capital, los franceses aportaban el 35% del capital extranjero en España. Francia era preponderante en el negocio del ferrocarril, la banca, el vino… El ferrocarril había conectado con Francia en 1864. A partir de 1870, la importancia económica de Francia en la economía española creció con la importación masiva de vinos españoles (el negocio del vino sólo duraría unos 20 años, hasta que la plaga filoxera entró también en España). Esta preponderancia francesa tan acusada empezará a ser más débil a partir de 1870, porque Gran Bretaña inició una serie de inversiones. En cuanto a mano de obra especializada, los franceses constituían el 90% de los extranjeros residentes en España y trabajaban en las fábricas de tintes, curtidos, metalurgia, siderurgia y en el ferrocarril como guardaagujas y contables. No sólo la tecnología era francesa, sino que la mano de obra especializada lo era también.

Los bancos tuvieron una crisis en los años 60 debido a su decisión de abrir créditos ilimitados en los primeros años de la década. Las primeras dificultades del ferrocarril y del resto de la industria les dejó un paquete importante de impagados irrecuperables. En 1866 hubo una quiebra bancaria general, por demasiado riesgo en el trazado del ferrocarril, una empresa sin ganancias a corto y medio plazo, incluso a largo plazo en el caso de España.

En materia de agricultura, los españoles se mostraron especuladores en unos casos o fracasados en otros: Las tierras adquiridas desde 1854 en la desamortización, se pusieron a la reventa. Dentro de este fenómeno especulativo, cuando se trataba de agotamiento de tierras de mala calidad o de dificultades para mantenerse en tiempos de sequía, se demostraba un fracaso económico. Cuando se trataba de especulación neta, es decir, que nunca se había intentado cultivar las tierras y ya se trataban de revender tras extraer toda la madera materiales de construcción hallados en el lugar, se demostraba un fracaso político, puesto que se habían antepuesto los problemas del Estado y los de Hacienda, a los de los ciudadanos. Estos argumentos eran utilizados tanto por la Iglesia desde posiciones de derecha, como por los partidos republicanos desde posiciones de izquierda. La Iglesia decía que muchos españoles eran pobres por causa del liberalismo. Los republicanos afirmaban que la pobreza se debía al poco espíritu social de los Gobiernos que no se habían atrevido a repartir las tierras de latifundio. Un resultado constatable para las gentes de la época fue que las tierras desamortizadas perdieron su matorral y árboles, que fueron transformados en carbón y leña para quemar, lo cual contribuyó no poco a la desertización.

La productividad agrícola, cuya mejora es condición indispensable previa a todo avance industrial, no se elevó. Para mejorar la productividad hubiera sido necesario invertir en mejoras de suelos, regadíos, accesos, establos y maquinaria agrícola. Los altos costes del dinero, un 14% anual, y los bajos jornales agrícolas por los que la amortización de las máquinas se hacía a muy largo plazo, no invitaban a la inversión, y el riesgo de ruina por falta de comunicaciones y de comercio no invitaba a incrementar la producción. Las regiones que gozaban de los primeros ferrocarriles, sobre todo a partir de 1870, empezaron a especializarse en el producto más rentable, el que se daba bien y tenía venta: Castilla se hizo más triguera; León, La Mancha y La Rioja más vinateras; Levante más hortofrutícola; y la zona cántabra-astur abandonó el trigo y la vid para dedicarse al maíz y la patata.

La crisis de 1866 fue dura: las acciones de la Bolsa de Madrid bajaron un 30%, la mitad de las Sociedades de Crédito españolas cerraron y los precios del suelo urbano se desplomaron a la mitad en dos años (de 1825 reales/metro en 1865, a 930 reales en 1867). Simultáneamente, los precios del trigo y del pan subían debido a las malas cosechas:

1865  38 reales/fanega trigo—- 10 cuartos/Kg, pan

1866  47         ”               11,4    ”

1867  63         ”              13      ”

1868  76         ”               15      ”

(Un real equivalía a 8,5 cuartos.

Una fanega son unos 42 kilos de trigo).

 

Las ideologías de 1868.

 

En las aportaciones del hombre nuevo de después de 1868, influyeron mucho los demócratas hablando de la posibilidad de república y necesidad del sufragio universal.

El Partido Demócrata era, además de un partido político, una forma de ser, una forma de comportamiento de una nueva clase social con apetencias distintas a los dirigentes isabelinos. Eran clases medias urbanas, hombres de profesiones liberales, de clase media (médicos, periodistas, escritores, profesores  y maestros, y algunos pocos negociantes), clases medias bajas que se rebelaban contra el modo de dominio que habían ejercido hasta entonces las clases medias altas, y que fueron capaces de arrastrar masas a la calle, masas vociferantes que levantaban barricadas, asaltaban, incendiaban y saqueaban comercios. Todo ello, gracias a que se les predicaba una futura sociedad feliz. Algunos de sus dirigentes, como Sixto Cámara, Ordax Avecilla, Fernando Garrido, Pi y Margall, Roque Barcia, Ignacio Cervera, Fermín Salvoechea, eran hombres de buena fe que ni siquiera eran conscientes de la ola de violencia que estaban favoreciendo. No sabemos hasta qué punto eran sabedores de lo que pasaba. Pero nunca hubieran triunfado sin agitadores que preparasen las “jornadas de lucha por…”, demagogos qua encandilaban al pueblo, mitad políticos, mitad literatos, generalmente provincianos, casi todos bohemios, hombres convencidos de su propia valía que se convertían en luchadores formidables.

Ignacio Cervera fundó escuelas nocturnas para obreros, las cuales eran células de propaganda demócrata, donde se enseñaba francés, dibujo y poco más, y se imprimían folletos, pagándolos a escote, para difundir las ideas e ideólogos que también se aprendía en esas escuelas. Y luego, esas mismas personas con fe en la causa, repartían los folletos por los pueblos de España. Normalmente, no eran eficaces, pero puntualmente fueron muy útiles levantando la calle, sobre todo en septiembre de 1868.

 

 

El Krausismo.

 

También influyeron las ideas propiamente krausistas, traídas por Sanz Del Río, como que el hombre debía ser fiel a su propia dignidad, y debía respetarse a sí mismo. El hombre pasó a ser considerado un ser social, con necesidad de relacionarse con sus semejantes, y basando esa relación en el respeto mutuo, respeto por los derechos de los demás y cooperación amistosa en aras al bien común. La relación de cada ser humano con un semejante debía ser elegida por cada individuo libremente, y tras ese acto de libertad, sería posible la amistad verdadera y un modelo diferente de familia, que es la célula elemental de la convivencia humana. Pero, para hacer posibles las relaciones humanas, son necesarias las instituciones de todo tipo: educativas, laborales, empresariales, clubs de aficiones de todo tipo, y sobre todas ellas, las “asociaciones formales” constituidas por asentimiento libre de sus componentes. Estas asociaciones formales darían paso a al Municipio, al Estado y al estado de Derecho. Estarían siempre al servicio del hombre, al servicio de los derechos de los integrantes de las asociaciones, y garantizarían los cauces que permitían el pleno ejercicio de esos derechos. Sanz del Río había expuesto estas ideas en El Ideal de La Humanidad, y en sus cursos en la Universidad.

Cuando el Partido Demócrata tomó las ideas de Sanz del Río, apareció el denominado “demócrata de cátedra”: un intelectual docto, vestido de negro, madrugador, puntual a sus citas, con sentido ético de su vida, no consumidor de drogas como el alcohol y el tabaco, republicano, partidario del sufragio universal, favorable a la extensión de los derechos humanos, de un Estado al servicio del pueblo, de la generalización de la educación y la cultura, laico, partidario de la libertad de conciencia, de la libertad de pensamiento, libertad de expresión, libertad de Cátedra, libertad de imprenta, inviolabilidad de domicilio, inviolabilidad de correspondencia, derecho de habeas corpus, y creyente en que los derechos humanos son anteriores a las leyes y constituciones. Por ello, el krausismo español fue más que una simple teoría filosófica, fue una actitud nueva individual y social, integral, ante la vida.

La alianza entre krausistas y demócratas era evidente ya en 1860: en 1861, Francisco de Paula Canalejas dijo  que la política debía abandonar el eclecticismo y seguir unos rigurosos principios morales. Para ello, fundó Revista Ibérica, para hacer caer el doctrinarismo y las apariencias de democracia liberal, y difundir la verdadera democracia liberal, con contenidos morales.

 

 

[1] Los cimbrios fueron un pueblo bárbaro procedente de Jutlandia, que invadió el Imperio romano a fines del siglo II, primero Bohemia, más tarde la Galia, y llegaron hasta Hispania y el Po, donde les derrotó Mario en Aquae Sextiae (Aix le Provence) en 102 a.C. y en Vercellae en 101 a.C. Son un pueblo prácticamente desconocido, del que se decía que unas veces eran monárquicos y otras republicanos, según conviniera. Es decir, los republicanos tachaban a los colaboradores con unionistas y progresistas, como “grupo extraño e insignificante”.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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