Conceptos clave: cantón catalán, cantón de Andalucía Baja, Cantón de Montilla, revuelta de Alcoy, Cantón murciano o de Cartagena, cantón de Valencia.

 

 

El Cantón regionalista catalán.

 

Joan Mañé i Flaquer, 1823-1901, director del Diario de Barcelona, empezó a hablar de “provincianismo” en su periódico para significar los que hoy conocemos como regionalismo. Se declaraba conservador y cristiano. Veía en la República la ocasión de “salvar a Cataluña de la mala política del Gobierno de Madrid”, que a su juicio era mala, sobre todo por acabar con las tradiciones y creencias populares.

Valentí Almirall Llozer[1], barón de Papiol, 1841-1904, era un federalista activo, un hombre de izquierdas que, desde 1869, editaba El Diario Catalán. Desde 1868 colaboraba en El Federalista y en El Estado Catalán propugnando un Estado populista en el que las decisiones las tomaran las masas. En 1868 escribió “Bases para la Constitución Federal de la nación española y para el Estado de Cataluña”, hablaba de la constitución de Estados españoles en plano de igualdad, uno de los cuales sería Cataluña. Se callaba que, en ese pretendido “plano de igualdad”, una Cataluña industrializada tendría muchas ventajas sobre el resto de España atrasada y agrícola, es decir, Cataluña adquiriría una situación innegable de privilegio. También hacía, de inicio, un cambio de la realidad denominando a España nación, y a Cataluña Estado.

En 18 de mayo de 1869, Almirall había estado en el Pacto de Tortosa, reunión en la que los republicanos catalanes, valencianos, baleáricos y aragoneses, se confabularon para crear la República Española y crearon el Partido Republicano Democrático y Federal. Con ello aparecía la facción intransigente republicana, o Club de los Federalistas de Barcelona. Se les denominaba intransigentes por su lema “tot o res” (todo o nada), es decir que no aceptaban pactos o negociaciaciones en las que ellos tuvieran que ceder en algo respecto a la creación del Estado Federal como ellos lo entendían y de ningún otro modo.

En 1869, Almirall estuvo en las revueltas de Barcelona, fue apresado y encarcelado en Baleares, y huyó a Argel y Marsella, para regresar a Barcelona acogiéndose a una amnistía. Era un intransigente, republicano a ultranza. Fue elegido alcalde de Barcelona y no pudo ejercer porque se negó a jurar al Rey. La Diputación de Barcelona le ofreció un puesto de poca dedicación y se permitió organizar todo tipo de revueltas catalanistas y republicanas. En febrero de 1870 había fundado Jove Catalunya (La Joven Cataluña), un movimiento nacionalista al estilo de otros muchos por todo el mundo de entonces. El 11 de febrero de 1873 se fue a Madrid, viendo que los dirigentes republicanos, Figueras y Pi, eran catalanes, y se puso a escribir en El Estado Catalán un periódico que duró cuatro meses, defendiendo el federalismo. Pronto se decepcionó porque los Presidentes se mostraban unitarios y se volvió a Barcelona.

Posteriormente a los hechos aquí relatados, en 1879, Valentí Almirall apareció como nacionalista catalán y fundó Diari Catalá, un periódico escrito en catalán que se publicó hasta 1881. En 1880, reunió el Primer Congrés Catalanista defendiendo el federalismo republicano. En 1881 rompió con Pi i Margall y con el Partido Republicano Democrático Federal, que le parecían poco resolutivos. En 1881, reunió el “Congreso Catalán de Jurisconsultos” para reivindicar el Derecho catalán frente al español. En 1882 creó “Centre Catalá” un partido para defender los intereses culturales y económicos de Cataluña, constituido oficialmente en 1884. El movimiento Centre Catalá organizó en 1883 el Segundo Congreso Catalanista, el cual condenó la postura de los catalanes que militaban en partidos de ámbito español. En 1885 defendió el proteccionismo para los burgueses catalanes, a la vez que defendía el liberalismo en general, lo cual no parecía ser contradictorio para él.

El año 1885 es recordado por el escrito de Almirall “Memoria de defensa de los intereses morales y materiales de Cataluña”, conocido en Cataluña como “Memorial de Greuges” (Memorial de Agravios), el cual fue entregado a Alfonso XII. 1886, fue el año culminante de los escritos de Almirall, porque publicó Lo Catalanisme,

A Valentí Almirall, para conseguir convencer, le valía todo, lo irracional o lo racional: cultivó el sentimentalismo contra “la tiranía castellana”. Más adelante, llegó a afirmar que los catalanes eran la única raza europea presente en la Península Ibérica y que los demás españoles eran descendientes de los árabes (para él eso era despectivo), que España era una sociedad decadente frente al espíritu catalán siempre positivo e históricamente de éxito, pues siempre habían llevado a cabo sus misiones históricas. El mensaje de las últimas décadas decía que los castellanos despreciaban todo lo catalán, que los catalanes eran muy trabajadores mientras el resto de los españoles eran bastante vagos, y que los catalanes eran explotados por el Gobierno de Madrid con unos impuestos injustos.

Otras campañas catalanas antiespañolas:

En 1870 existía también en Cataluña La Gramalla, una publicación que atacaba a los castellanos y pedía la expulsión de todos ellos de tierras catalanas. Para ellos, castellanos eran todos los españoles no catalanes.

En 1871 apareció una nueva revista literaria, La Renaixença, cuya finalidad era cultivar la lengua catalana, casi desaparecida y reducida a varios dialectos rurales desconectados entre sí. Crearon un nuevo idioma barcelonés, layetano fundamentalmente, y trataron de imponerlo al resto de lenguas aragonesas, cosa que Mallorca aceptó, pero Aragón (aragonés y chapurreao) y Valencia (valenciano) no lo aceptaron, aunque, de hecho, sus idiomas se vieron modificados más adelante por el progreso del idioma catalán-barcelonés y su regularización académica, y tendieron a igualarse.

Una vez establecida en 1873 la República en España, en febrero de 1873, los catalanistas se reunieron en la Lonja de Barcelona y se definieron como republicanos democrático-federalistas, tras lo cual exigieron la República Democrática Federal. Su acción era una protesta contra la alianza de los republicanos con los progresistas redicales que sostenía al Gobierno de Madrid. Con ello empezaba una rebeldía de la minoría federal y la reivindicación de Estados Federales. El núcleo grande de Barcelona era regionalista y burgués, pero no cantonalista como ocurría en el resto de España. Querían un Estado catalán y sometimiento de los municipios y regiones catalanas a Barcelona.

El 21 de febrero de 1873, se reunieron en la Plaza de San Jaime los regionalistas catalanes y pidieron el Estado Catalán. La Diputación de Barcelona tomó el mando del ejército allí presente y con ello se inició la indisciplina militar respecto al Gobierno Republicano. Las distintas Diputaciones catalanas decidieron constituirse en Estado Federal si la Asamblea Nacional convocaba Cortes Constituyentes.

El 8 de marzo de 1873, los federales exaltados proclamaron de nuevo el Estado Federal Catalán. Formaron la “Junta de Salud Pública” y exigieron el mando sobre el ejército. Proclamaron el Estado Cantonal. Por ello, la declaración de 8 de marzo es distinta de la de 21 de febrero. Pero los cantonalistas eran minoría. La Diputación de Barcelona disolvió el ejército y creó, en su lugar un “ejército de voluntarios”.

Los republicanos intransigentes catalanes creyeron, que la evolución de la República les daría la razón, pues todos creían en que, en una República Federal, cada región se organizaría a sí misma como mejor le conviniese. Pero se encontraron con que la República, de momento, era unitaria, como en Francia, en los Estados Unidos tras la Guerra de Secesión, y en la mayoría de los Estados del mundo. En esas condiciones no tendrían oportunidad de hacer efectivo un Gobierno de la República Catalana.

Pi i Margall, que era catalán, y Presidente del Gobierno de España, oficialmente “Presidente del Poder Ejecutivo”, se asustó de la evolución de los hechos y se dispuso a contener a los revolucionarios catalanes. Envió a Figueras a Barcelona, y éste logró detener la separación de Cataluña del resto del Estado español.

Valentí Almirall se trasladó entonces a Madrid, el centro donde se decidía la política, y se llevó con él su periódico, El Estado Catalán. Lo publicó en Madrid de 8 de mayo a 11 de junio de 1873, intentando provocar la revolución federal en toda España. No lo consiguió y regresó a Cataluña, convirtiéndose en nacionalista catalán. Estaba indignado con Pi. Valentí Almirall representa la unión de la idea cantonalista con la del “regionalismo catalán”, que es el nombre que entonces se le daba a una entidad con soberanía, que no se definía si era española o independentista. Valentí Almirall, pasada su etapa de agitador cantonalista-regionalista, patente en el periódico El Estado Catalán, se pasó en 4 de mayo de 1879 a un radicalismo catalanista en el periódico Diari Catalá que trataba de convencer a los catalanes de que debían hablar catalán, pensar en catalán y obrar en catalán.

El movimiento regionalista catalán era también burgués y conservador. Los burgueses creían poder adueñarse del Gobierno catalán y manejarlo a su gusto, ya que no podían, o no se atrevían a tomar el Gobierno de España. Utilizarían formas “de izquierda”, de levantar al pueblo, pero su movimiento era de derechas. La decepción de los burgueses regionalistas al no poder erigirse en Gobierno independiente fue grande, al igual que estaba pasando con otros Cantones españoles.

En julio de 1873, Cataluña hizo un nuevo intento de proclamación del Estado Catalán aprovechando las rebeliones cantonales surgidas por toda España. Su mayor dificultad fue que se opuso el coronel de la Guardia Civil, Cayetano Freixas, y que el Gobierno de Madrid amenazó con la intervención militar. Entonces, la Junta Suprema de Salvación y Defensa se disolvió. Inmediatamente hubo contrarreacción carlista. Como los socialistas desistieron de formar Cantón ellos, el cantonalismo de Barcelona quedó en nada.

El 18 de julio los carlistas tomaron Igualada y quemaron el Ateneo Igualadino de la Clase Obrera. Los anarquistas convocaron a la revolución, pero los obreros se pusieron de parte de la República y no del anarquismo, y el cantonalismo fracasó en Igualada.

En adelante, el pleito regionalista catalán estaría siempre presente en la historia de España y será importante en 1902-1931 (reinado de Alfonso XIII) y en 1931-1936 (Segunda República). En cada uno de sus intentos, los regionalistas catalanes insistirían siempre en el federalismo, pues en un sistema federal podrían ellos crear instituciones para su autonomía y desde esas instituciones crear la “unidad nacional catalana”. Para que esto tuviese lugar, debían tener unos signos de identidad propios, y diferentes del resto de España. Estos signos serían, en primer lugar la lengua, que habría que recuperar a partir de los dialectos residuales del viejo idioma aragonés, valenciano, aranés, ampurdanés, layetano, turtusí, chapurreao, etc. presente en las zonas rurales más cerradas, en segundo lugar la historia, que habría que reescribir con una trayectoria propia y diferente al del resto de la península, y también la geografía, que habría que describir como realidad distinta y como unidad territorial catalana, y la economía, o creencia en un conjunto de posibilidades catalanas inalcanzables para el resto de España. Los unos eran federalistas, los otros nacionalistas independentistas, y como también había mucho carlismo en zonas rurales hasta 1873, y habrá mucho anarquismo a partir de esta fecha, el movimiento catalán resultaría muy complejo.

Los regionalistas catalanes aprendieron mucho de sus vivencias durante la Primera República y, además, tomaron conciencia de sus posibilidades. Aprendieron de Pi que la autonomía era un derecho de todas las sociedades, y que debían iniciar la reconstrucción de las antiguas regiones históricas desaparecidas mil años antes (tenía que ser precisamente mil años, porque era la época en que Cataluña fue independiente, ni antes ni después). Aprendieron que las personas tenían derecho a reclamar sus derechos individuales en todo caso, tal y como decía Pi, y que se podía utilizar el federalismo como medio para conseguir cualquier fin.

Los nacionalistas catalanes convocaron en 1880 el Primer Congreso Catalanista, a partir del cual, Almirall se esforzó por tener una bandera catalanista.

En 1881, dos catalanes de relevancia nacional, Estanislau Figueras y Francésc Pi, se disputaron la jefatura del Partido Republicano Democrático Federal, y la reacción de Valentí Almirall fue abandonar ese partido. Almirall defendía un federalismo asimétrico, desigual para con cada región, donde Cataluña tuviera las máximas ventajas sobre el resto de regiones españolas. Almirall era más populista que Figueras y que Pi, y hablaba de una política interclasista que luchara contra el dominio ejercido por la burguesía catalana ejercido a través del caciquismo. Pero tampoco creía en el anarquismo o revolución destructiva para reconstituir una nueva sociedad, sino hablaba de sindicatos reformistas y de que las decisiones se tomarían por consensos populares.

En 1881, Pi i Margall realizó un viaje de propaganda federalista a Cataluña, y se encontró con un movimiento regionalista ya organizado en el que él ya no tenía cabida. Almirall fue cortés con Pi, pero publicó en Diari Catalá un artículo en el que le decía que el regionalismo catalán era algo completamente distinto al federalismo español que Pi predicaba. Almirall quería un partido catalanista desligado del Gobierno de Madrid, de cualquier Gobierno de cualquier tipo de Madrid, incluido un Gobierno federal de Pi. Pi se entrevistó con Martí Juliá, Presidente de la Juventud Federalista de Cataluña, y Martí le dijo que los catalanes no eran federales  sino nacionalistas catalanes radicales, que el federalismo sólo era un medio para alcanzar la independencia de Cataluña. Pi había desconectado de Cataluña y no se había enterado de que le estaban utilizando. Era el gran fracaso de Pi i Margall.

En 1881, tuvo lugar un Congreso Catalán de Jurisconsultos para reivindicar un Derecho Catalán distinto, autónomo y engarzado en las tradicones catalanas.

En 1882, se creó Centre Catalá, partido que creó la idea de “Cataluña para los catalanes”. En 1884 se constituyó como partido político.

En 1883, Centre Catalá organizó su Segundo Congreso Catalanista. Allí se exigió de los ciudadanos catalanes que no militasen en partidos de ámbito nacional español.

En 1885, Valentí Almirall redactó su Memoria de defensa de los intereses morales y materiales de Cataluña, conocido como “Memorial de Greuges”, que en 10 de mayo fue presentado al Rey Alfonso XII. En este escrito se jugaba con varias ambivalencias: por un lado se afirmaba España como Estado unitario; por otra parte se pedía que cada región tuviese Códigos legales diferentes adecuados a su tradición. En el escrito, Valentí se presentaba como federalista español, cuando ya no creía en el federalismo, y eso era la segunda ambivalencia. También pedía más proteccionismo para Cataluña, respeto a su cultura, lengua y creencias, lo cual tenía un sentido si se pedía para toda España, y otro si se pedía sólo para Cataluña. Y pedía la implantación del catalán en la escuela de Cataluña y en la Administración catalana. Repitiendo las ambivalencias, se declaraba partidario del librecambismo y del liberalismo (lo cual debemos interpretar que era para los demás, puesto que pedía proteccionismo para los industriales catalanes).

En 1886, Almirall redactó Lo Catalanisme, donde habló fundamentalmente de su concepto de “libertad”: la libertad era el valor fundamental de los derechos humanos, pero siempre tiene limitaciones. En el campo de estas limitaciones, un modelo es el centralismo francés y español, que defiende que el hombre es libre para hacer todo aquello que permite la ley; y un segundo modelo es el británico, cuyo mejor logro es poner límite a los poderes del Estado para que no interfieran en la libertad de los ciudadanos, y donde el ciudadano puede hacer todo lo que la ley no prohíbe, lo cual era para Almirall la verdadera libertad. Por ello, se debía destruir el Estado centralista y dar paso a los regionalismos, sistema donde la variedad de Gobiernos permitiría más ámbitos de libertad. La libertad se mide por la capacidad de expresarse y actuar de las minorías, y de los disidentes, y de los extravagantes, los cuales son muy poco respetados en los Estados centralistas. Almirall no fue consciente de la contradicción en que incurría cuando pedía a España diversidad y libertades, y a Cataluña centralismo uniformizador gestionado desde Barcelona, lo cual aparece como una treta, un anzuelo o engaño, para sustituir un centralismo por otro.

En 1887, Almirall provocó una grave discusión dentro de Centre Catalá. Almirall ganó la discusión, pero la minoría perdedora se escindió y creó Lliga de Cataluña. Este partido se llamaría en 1891 Unió Catalanista, y trataba de unir a todos los disidentes contra Centre Catalá. En 1895 se disolvería Centre Catalá y se volvería a refundar pero ya integrado en Unió Catalanista.

Josep Puig y Cadafalch, 1867-1956, la siguiente generación catalanista, presente en la minoría catalanista en las Cortes de 1907, insistió en la separación de la idea de federalismo de la de regionalismo catalán. El federalismo hacía depender la unidad del Estado del voto de los ciudadanos. El regionalismo catalán ya tenía decidido de antemano el voto, pues se basaba en la fe de que Cataluña tenía una historia diferente, una economía distinta y unos intereses que no eran los de España. En esas condiciones, el catalanismo no era otra cosa que el reconocimiento de Cataluña como realidad histórica diferente a España. Puig estuvo en 1892 en la Asamblea de Manresa de Unión Catalanista, y en 1900 estuvo entre los fundadores[2] de Centro Nacional Catalán. Este grupo político se alió en 1901 con Unió Regionalista, y de ahí surgió Lliga Regionalista, que fue un partido dirigido por los burgueses catalanes regionalistas. En 1907, Puig fue Diputado y defendía la idea de que un Estado centralista disminuía por sistema las libertades de los pueblos sobre los que gobernaba, porque ciudadanos diferentes no pueden ser gobernados con leyes iguales y uniformizadoras. Puig pedía Estado unitario, pero atento a la diversidad regional. Estaba expresando que los intereses agrarios castellanos y andaluces no eran los mismos que los intereses industriales catalanes. Los elementos que debían facilitar la unidad del Estado eran las carreteras y ferrocarriles, así como la enseñanza. Pero Cataluña se debía fortalecer culturalmente y, para ello, se debían incrementar las instituciones culturales, como las excavaciones de Ampurias, y el Instituto de Estudios Catalanes. En 1913, Puig defendió la existencia de una Mancomunidad de Cataluña y trabajó por la reunión de los diputados de las cuatro provincias catalanas para aprobar la Mancomunidad, lo que sucedió el 23 de octubre de 1913. Los Estatutos se aprobaron en 6 de abril de 1914. Prat de la Riba fue el primer Presidente de la Mancomunidad hasta su muerte en 1917. Puig i Cadafalch fue el segundo Presidente, desde 29 de septiembre de 1917. Para entonces, su pensamiento había cambiado profundamente, pues pedía el derecho de autodeterminación para Cataluña, es decir, la soberanía, lo cual es incompatible con la unidad del Estado que había defendido hasta entonces. Efectivamente, Cataluña presentó en enero de 1919 un Proyecto de Autonomía, que no le fue concedido. Y Miguel Primo de Rivera se encargó en 1923-1930 de eliminar todo el movimiento catalán independentista.

Enric Prat de la Riba era regionalista puro y creía en que España era la unión de varías autonomías cuyos lazos debían ser federales. Cataluña cambiaría a España construyendo las autonomías federadas. Prat de la Riba creó Lliga Regionalista, un partido despreciado por Almirall.

Pi se empeñó en mantener sus viejas ideas en las que nadie creía ya y defendió que había dos tipos de catalanismos, los regionalistas-catalanistas, y los federales catalanes, pero que ambos catalanismos se basaban en ideas iguales. No pensaba igual el Partido Republicano Federal de 1902, que expuso que su finalidad era la separación de Cataluña del resto de España. A partir de entonces, el proceso hacía el federalismo español estaba muerto.

En Cataluña no hubo Cantones. Hay que tener en cuenta que había muchos carlistas y que éstos se oponían a los Cantones. Cataluña intentó un camino a la independencia que podía ser autonomía, federalismo o independentismo, según se interpretase, y según cada ocasión. Y Barcelona era la única ciudad de referencia, pues las demás quedaban anuladas. En este proyecto, incluso invitaba al resto de los países aragoneses a sumarse al dominio de Barcelona, pero los demás se negaron casi siempre a someterse a Barcelona.

 

 

El Cantón de Sevilla o de Andalucía Baja.

 

El 23 de junio hubo en Sevilla una revuelta popular. Las masas saquearon el museo, los comercios e industrias, y también casas de particulares, algunas de las cuales eran incendiadas. El 24 de junio llegaron algunos soldados a imponer el orden.

Los sublevados se constituyeron en Junta Revolucionaria, proclamaron el Cantón de Sevilla y se definieron como “república federal y social”. Conformaban esta Junta Revolucionaria de Sevilla: Juan Ponce, Luis Díaz, Lázaro Palomera, Ricardo Ripoll, Miguel Pidala, Miguel Mingorance, Narciso Marco, Deomarco, Juan Manuel Rodríguez, José Muñoz, Carlos Sainz, Melchor Lavilla y Luis González.

Pi y Margall sustituyó al Gobernador Civil de Sevilla Alberto Aguilera Velasco, de ideología liberal monárquica, por Gumersindo de la Rosa y Martínez del Cerro, de ideología republicana. Mientras tanto llegaba el nuevo Gobernador, e interinamente, ejerció Manuel García Herrera a partir de 28 de junio.

El 29 de junio, llegaron órdenes del Gobierno de Pi i Margall al Gobernador, de que acabara con los cantonalistas. Éste tomó un grupo de voluntarios del barrio de Santa Lucía, comandados por el capitán de milicias Balbontín, y asaltó el Ayuntamiento y depuso a la Junta Revolucionaria, que ya había huido.

El Gobernador reunió a dialogar a los miembros del Ayuntamiento, la Diputación y jefes de Voluntarios, y les comunicó que Pi y Margall creía un error la declaración unilateral y prematura del Cantón. Con ello, se calmaron un poco los Voluntarios.

Llegaron el 30 de junio de 1873 unos 1.200 voluntarios cantonalistas, procedentes de Málaga, Córdoba y Granada, mandados por Eduardo Carvajal, y el movimiento cantonalista se reavivó. Destituyeron al Gobernador interino Manuel Garcia Herrera y proclamaron la República Democrática Federal y Social. Enseguida se creó una Junta Revolucionaria del Cantón Andaluz, de ideología anarquista, presidida por Miguel Mingorance e integrada por: Pedro Ramón Balboa, Manuel García Herrera, José Ariza Sánchez, José Ponce Casado, Federico Dodero, Manuel Nogués, Luis González, Rafael Alonso, Emilio Carreño, Manuel Barreo, Manuel Silva, Manuel Ventana, Miguel Tavera, Genaro Gómez, Francisco Junco, Eduardo Aguirrevenga, Rafael Carrero y Miguel del Moral. Narciso de Castro fue nombrado Presidente de la Diputación. Pedro Ramón Balboa fue nombrado Presidente del Comité de Salud Pública, que hacía las veces de Ayuntamiento. Rafael Carrero, de profesión pintor y de ideas políticas anarquista, fue nombrado general de los Voluntarios de la República. Esta Junta, despidió a los antiguos empleados municipales y nombró otros nuevos de su ideología, repartió armas de fuego y decretó requisas o impuestos obligatorios para los ricos. Eduardo Carvajal se volvió a Málaga.

Se había producido un extraño hermanamiento de la burguesía republicana federal intransigente con los anarquistas. Los anarquistas defendían la desapareició de los impuestos, la supresión de las quintas, la abolición de la propiedad privada, y ello era incompatible con la esencia misma de la burguesía, sus propiedades. Se estaba instalando en la ciudad un comunismo primitivo, igualitario y colectivista. Todo era un absurdo: La Federación publicó “Carta desde Montilla” y explico la situación como un conflicto entre pobres y ricos, entre el partido de los jornaleros y el de los señores, entre la levita y la chaqueta, entre el frac y el capotillo, entre el noble y el plebeyo. Formas literarias no les faltaban. Pero era falso. Los burgueses estaban participando porque se sentían superiores a la masa de obreros ignorantes de bajos instintos, a los cuales creían que podrían dominar cuàndo y cómo quisieran. Los obreros también despreciaban a los burgueses porque les veían como egoístas, ladrones, orgullosos, hip`´ocritas e insolidarios. Y allí estaban todos unidos. La mayoría de los rebeldes era burguesa, pequeños burgueses, y sólo uan parte minoritaria era anarquista, y menos eran todavía los socialistas.

Algunos han querido ver en este movimiento sevillano un sentimiento regionalista, en el sentido de que el conjunto de la población sería hostil en general a los decretos emitidos desde Madrid, que casi siempre les perjudicaban. José María Orense comentó que en aquellos momentos bastaba decir que, en adelante la gente ya no tendría que ir a Madrid a resolver sus asuntos, para que inmediatamente se oyeran gritos de ¡Vivan los cantones!.

El 30 de junio de 1873, el Gobernador de Sevilla avisó al Gobierno de Madrid de que se iba a proclamar el “Estado de Andalucía”, que los republicanos llamaban “Cantón Federal de Andalucía Baja”. Pi le telegrafió inmediatamente que lo impidiese, y envió al general Ripoll, republicano federal, con un ejército que dominó Córdoba, Écija y Málaga. La Guardia Civil se encargó de mantener el orden público. El 2 de julio, el Gobernador había dominado la ciudad en nombre del Gobierno de España. La Junta Revolucionaria había sido anulada y sus dirigentes, Mingorance, Castro y Carrero habían sido apresados.

Había en Sevilla tres facciones republicanas: los radicales burgueses del Partido Republicano Radical de Nicolás María Rivero, que dominaban la Diputación (Gobierno Provincial); los internacionalistas obreros de signo anarquista; los Voluntarios de la República.

El movimiento insurreccional de 23 de junio lo habían iniciado los internacionalistas, los cuales ocuparon las calles y trataron de tomar el Ayuntamiento y la Diputación (Gobierno local y Gobierno provincial). Exigían eliminar el impuesto de consumos, y poner en su lugar un llamado impuesto de lujo, que gravaba sobre caballos y carruajes, es decir sobre los señoritos. Crearon un batallón de 800 hombres vestidos con gorras rojas y alpargatas de esparto que fueron llamados “Guías de Sevilla”.

La reacción de los burgueses sevillanos dueños de fábricas fue cerrar sus negocios y abandonar la ciudad, para evitar desmanes como los producidos durante las últimas “revoluciones”. Ello provocó el pánico social, pues miles de personas se encontraron en paro. Unos 10.000 obreros se apuntaron a Voluntarios de la República esperando que se les diese una solución a su problema laboral. Pero los rebeldes no tenían armas para tanta gente ni dinero para pagarles. Apenas tenían para unas 3.000 personas, así que estos voluntarios no tenían mucha efectividad en caso de una acción militar. Ocuparon las calles de la ciudad y pidieron armas al Ayuntamiento, pues creían que en La Maestranza se guardaban armas.

El Gobernador, la Guardia Civil, la guarnición militar y los carabineros, se habían acuartelado en la Fábrica de Tabacos y en el Cuartel de la Trinidad. Las masas rebeldes fueron contra ellos, mataron a algunos Guardias Civiles y se hicieron con unos 50 fusiles, recogidos de los muertos y prisioneros. Inmediatamente, ante la noticia de la llegada del ejército desde Córdoba, Carmona y otros pueblos, levantaron barricadas en La Macarena, Triana, San Lorenzo y La Alameda. El ejército invitó a los Voluntarios a rendirse. El Gobernador capturó a los integrantes de la Junta, y encerró a unas 40 personas, y organizó grupos de voluntarios para vigilar las calles.

El 17 de julio había llegado la orden de los intransigentes de Madrid de que se generalizaran las insurrecciones. El 18 de julio volvió la insurrección, y el 19 de julio Sevilla proclamó el Cantón Federal de Andalucía Baja en el antiguo Convento de los Terceros Franciscanos, reconvertido en cuartel. Los anarquistas AIT eran los protagonistas de esta rebelión. Era Presidente Pedro Balboa, Vicepresidente Manuel Giráldez y vocales: Moquez, Mingorance y Ariza.

El 19 de julio, Pedro Balboa telegrafió a Madrid informando de la situación. A las 9:00 horas, un grupo de Voluntarios de la República asaltó la cárcel y puso en libertad a sus compañeros detenidos y constituyó de nuevo el Comité de Salud Pública. El Alcalde y jefe teórico de los cantonalistas era Pedro Ramón de Balboa pero el líder de las masas era Miguel Mingorance. En su ideología anarquista: secularizó los edificios religiosos; cambió la fiscalidad poniendo una contribución única sobre la propiedad, impuestos extraordinarios a la burguesía; dio leyes laborales nuevas como la jornada de 8 horas, el derecho al trabajo de todos, y la prohibición del trabajo de las mujeres en los lugares en que trabajasen hombres; decretó el libre comercio del tabaco; nacionalizó los bosques; decretó la reducción a la mitad de todas las rentas rústicas y urbanas; prohibió cerrar las fábricas y dejar sin cultivar las tierras. Y además, para extender la revolución, envió hombres a Carmona, Écija y Jerez. Mientras tanto, estaban llegando a Sevilla, desde los pueblos cercanos, jóvenes revolucionarios a incorporarse a los nuevos revolucionarios.

El republicano intransigente, general Fernando Pierrad Alcedar, se trasladó a Sevilla para reforzar a los cantonalistas.

El 22 de julio, el general Ripoll, hombre republicano federal, desbarató el cantonalismo en Córdoba enviando al Diputado De la Rosa con una fuerza militar, y al día siguiente llegó el general Manuel Pavía, hombre monárquico, desde Madrid, vía Ciudad Real y Badajoz a sustituirle. El 26 de julio, Pavía salió hacia Sevilla para luchar contra el general Fernando Pierrad Alcedar que se había puesto al frente de los cantonalistas de Sevilla. El 28 de julio empezó el ataque. El 30 de julio hubo combate en el Ayuntamiento de Sevilla y el 1 de agosto, Pavía era dueño de la ciudad. Pavía no aceptó mediadores ni conversaciones con los rebeldes. Atacó Sevilla por varios puntos a la vez, para evitar el fuego de los pocos cañones que los rebeldes tenían, y mientras tanto, él bombardeaba la ciudad. De los 3.000 hombres armados por los revolucionarios, 2.000 decidieron no seguir combatiendo y dejaron solos a los de la Asociación Internacional de Trabajadores, los cuales aguantaron como pudieron. El 9 de septiembre hubo una represión concienzuda contra los revolucionarios. Pavía desarmó a la Milicia, nombró autoridades nuevas y reclutó a 200 Guardias Civiles, ya licenciados, para que se hicieran cargo del orden en la ciudad.

Sevilla pretendía ser un cantón “regionalista” que pretendía someter a los cantones de la Baja Andalucía: Córdoba, Utrera, Carmona, Jerez, San Fernándo, Sanlúcar y Cádiz, incluso tal vez Málaga, y formar un Estado andaluz en la Andalucía Baja.

 

 

El Cantón de Montilla (Córdoba).

 

Anteriormente a los sucesos de julio, el 12 de febrero de 1873, los jefes federales locales constituyeron Junta de Gobierno en Montilla y decidieron hacerse con el control del movimiento populista que tenían delante. Era una tarea difícil. Las masas habían interpretado “república” como la hora de los obreros del campo, y habían asaltado la casa del Alcalde, Luis Albornoz Muñoz, y se dedicaron a robar, matar a alguno, y quemar el Registro de la Propiedad. Aquello era un motín típico de la Edad Media y Moderna. Hasta que llegó el ejército y restableció el orden público.

Con estos antecedentes, en julio de 1873, las masas de montillanos no se dejaron manipular por los burgueses sino que se lanzaron directamente contra las propiedades y las vidas de los burgueses que les habían sometido meses antes.

Los dirigentes socialistas-anarquistas vieron su oportunidad de una revolución campesina, y se lanzaron a la formación de organizaciones obreras, pues tampoco aceptaban el desorden que se estaba produciendo, sin sacarle partido en su favor. Un estudiante de Filosofía y Letras, Navarro Bruto, que trabajaba como redactor de La República Federal, y se había convertido en funcionario del Gobierno Civil, empezó a hablar de emancipación del trabajador por el trabajo mismo. La llegada del general Pavía cortó las iniciativas socialistas.

 

 

             La revuelta de Alcoy.

 

El 8 de julio hubo huelga general en Alcoy. El alcalde Agustí Albors Blanes apoyó a los patronos, y los obreros pidieron Junta Revolucionaria ante el Ayuntamiento. 32 guardias civiles protegían al alcalde y dispararon sobre la multitud, quedando luego cercados durante 20 días hasta que murió el alcalde en las refriegas. Un Comité de Salud Pública dirigido por Albarracín se hizo cargo del Ayuntamiento. En medio del griterío, la gente pedía petróleo, y algunos voluntarios llevaban en carros barriles de petróleo a los sitios indicados por la multitud, derramaban el petróleo sobre ellos y los incendiaban. Las campanas sonaban a alarma de incendio. Y se oían disparos por diversas partes de la ciudad. Por eso fue llamada revolució del petroli.

Alcoy había descubierto la huelga como instrumento de acción política, y la huelga se trasladó al campo, a los jornaleros. El alcalde, Agustí Albors, quiso poner entonces orden, pero los obreros estaban sublevados contra los patronos, mataron al alcalde y arrastraron su cadáver por las calles de Alcoy.

Tuvo que llegar el ejército para acabar con la revuelta. El general Velarde llegó el día 13 desde El Maestrazgo con 3.000 hombres, y tomó la ciudad al asalto. El resultado de cinco días de combates eran 20 muertos, muchas casas particulares, fábricas y edificios públicos incendiados, entre ellos el Ayuntamiento y el Archivo Municipal. La mayor parte de los insurrectos unos 600, huyó.

En Alcoy los socialistas habían reproducido la Comuna de París de 1871, de modo que los socialistas se daban a conocer en España con un golpe discutible desde el punto de vista de la aceptación popular.

 

 

         El Cantón de Cartagena, o Cantón Murciano.

 

Cartagena empezó como un cantón burgués, como casi todos los cantones. Pero en Cartagena trabajó el socialista Antonio de la Calle, colaborador en El Cantón Murciano, que publicaba ideas socialistas. Los socialistas se introdujeron en la Junta Revolucionaria infiltrando a Pablo Meléndez y a Pedro Roca, los cuales se hicieron atractivos a las masas.

El 12 de julio de 1873 los federales intransigentes de Cartagena hicieron Junta Revolucionaria a fin de proclamar Cantón. Exigieron la dimisión del Ayuntamiento de la ciudad. El Alcalde consultó qué debía hacer con Antonio Altadill Teixedó, Gobernador Civil de Murcia, su autoridad superior. El Gobernador de Murcia llamó a los diputados Jerónimo Pereda y Antonio Gálvez Arce “Antoñete”, que eran federales intransigentes y se trasladó con ellos a Cartagena. Altadill creyó oportuno evitar la violencia y entregó el poder a la Junta Revolucionaria, hizo dimitir al Ayuntamiento de Cartagena y puso a Gálvez al mando de las Fuerzas Voluntarias. Antonio Gálvez Arce proclamó el Cantón Murciano, más conocido como Cantón de Cartagena.

El 13 de julio se produjo un discurso de Gálvez a la marinería para que fueran en contra de la oficialidad militar. Logró la sublevación del Batallón de Infantería de Marina y del Regimiento Iberia que mandaba el coronel Pernas.

Ese mismo día, Pi i Margall telegrafió a Antonio Altadill Teixidó la orden de que repusiese el Ayuntamiento de Cartagena y abandonase la idea cantonal. Fiado de su prestigio personal, Pi i Margall pidió a Antonio Altadill que evitara la proclamación de Cantón en la ciudad de Murcia, para al menos no extender el conflicto. Pero Altadill ya no estaba en condiciones de poder decidir nada, pues los revolucionarios ya no le obedecían.

Los líderes intransigentes de la Asamblea Nacional de Madrid se fueron a Cartagena, donde Juan Contreras se convirtió en héroe popular, y Roque Barcia se hizo presidente del Cantón, dejando para Contreras la dirección militar. Roque Barcia había sido Presidente del Comité de Salud Pública de Madrid, era republicano intransigente y dirigía el periódico El Cantón Murciano. Empezó la lucha cantonal cartagenera con mucho entusiasmo, apasó más tarde a la indecisión y terminó en una posición de cobardía cuando se aproximaba el ejército de Martínez Campos, pues llegó a condenar públicamente el movimiento cantonal intentando salvarse.

Juan Contreras había subido al tren el 13 de julio en Madrid con el fin expreso de hacerse cargo del cantón Murciano. El 14 de julio de 1873, el general Juan Contreras San Román, Presidente de la Comisión de Guerra del Comité de Madrid, llegó a Cartagena. Ello quería decir que los cantonalistas daban una importancia capital a los sucesos de Cartagena y trasladaban allí su plana mayor. No creían tener oportunidades de Gobierno en España, pero sí en algunas regiones concretas. El Gobernador Militar de Murcia, Antonio Altadill, estaba personalmente muy decepcionado por la actuación del Gobierno de la República, y le pasó el mando a Juan Contreras sin presentar resistencia. La orden de Pi había llegado tarde. Altadill les comunicó la petición de Pi a los oficiales sublevados, y que en ese momento se habían puesto al mando de los Voluntarios de la República. Los sublevados consultaron con Antonio Gálvez Arce, y éste les remitió al Comité de Murcia, organización federalista intransigente que ya se había constituido en Cantón. Tras todo ello, Antonio Altadill abandonó Cartagena, y con él se fueron los Jefes militares no cantonalistas.

El Gobierno intransigente cantonal de Cartagena estaba integrado por el general Juan Contreras San Román, el general Félix Ferrer, y el diputado Antonio Gálvez Arce “Antoñete”. Antoñete era un huertano poco culto pero muy locuaz, que ya había destacado anteriormente por oponerse a las quintas a las que declaraba un abuso del Estado contra los pobres. Juan Contreras era el tipo militar siempre dispuesto al pronunciamiento, y en el caso de Cartagena, a defender el cantón hasta sus últimas consecuencias.

Destacaba también entre los revolucionarios, Manuel Cárceles Sabater, un estudiante entusiasta de las revoluciones, y fiel a Roque Barcia.

Llegó a continuación a Cartagena el Ministro de Marina, Federico Aurich, con intención de parar la sublevación, pero no lo logró. El Diputado por Cartagena, José Prefumo Dodero, republicano unitario, culpó a Pi de los sucesos de Cartagena por no tomar medidas contra la sublevación, pues Juan Contreras sí había llegado a tiempo de organizarla, pero los miembros del Gobierno llegaron tarde y sin fuerzas militares para impedirlo. Prefumo tenía razón en que Pi confiaba demasiado en su capacidad de persuasión y de liderazgo, en que siempre estaba hablando de diálogo y de evitar medidas extremas, y se había creído su propio discurso.

El 19 de julio, Jerónimo Pereda organizó en Murcia la Junta Revolucionaria y se puso a las órdenes de Juan Contreras.

Estos cantonalistas murcianos decidieron extender el cantonalismo por la fuerza. Decidieron recaudar dinero y víveres por la fuerza, al tiempo que proclamaban Cantones en las ciudades que asaltaban. Sus actos fueron calificados de piratería por el Gobierno de Madrid. Cartagena aprovechaba que contaba con barcos de guerra: tres fragatas acorazadas (Vitoria, Numancia y Tetuán); una fragata blindada (Méndez Núñez); una fragata de madera (Almansa); y dos vapores acondicionados para la lucha (Blasco de Garay y Fernando el Católico).

El 20 de julio, Contreras tomó el mando del Fernando el Católico y fue sobre Mazarrón y declaró cantón, y luego a Águilas, e hizo lo mismo.

Gálvez tomó la fragata Vitoria y fue sobre Almería y le exigierona la ciudad pagarles, cosa a la que los almerienses se negaron, y entonces bombardearon la ciudad, la asaltaron y la saquearon. A continuación, la fragata Vitoria fue a Alicante y creó una Junta de Salúd Pública, tras asaltar la ciudad y llevarse una gran cantidad de dinero. Declaró allí el Cantón Murciano. No había ninguna diferencia entre las acciones piratas bien conocidas en las ciudades de las costas del Mediterráneo, y las acciones de Gálvez exigiendo dinero a las ciudades.

El vapor El Vigilante fue a Torrevieja, en 20 de julio, a lo mismo, con Gálvez a bordo. El buque iba con bandera roja, cuando lo avistaron los alemanes.

Intervinieron en su contra la fragata británica HMS Swiftsure, y la fragata alemana Friedrich Carl, que derrotaron a los piratas cartageneros y les juzgaron por piratería, lo que supuso el final del Cantón de Cartagena. El Vigilante fue eliminado por Bismarck con la excusa de que navegaba con bandera roja. Bismarck creía tener dos enemigos principales, el clericalismo católico y el socialismo revolucionario. España, que ya era base del clericalismo ultramontano, podía convertirse en bastión de la revolución. Bismarck se opuso a una república cantonalista en España.

Los cartageneros rebeldes alegaron que los alemanes eran intervencionistas, lo cual era ilegal en guerras civiles, y los alemanes contestaron que habían atacado un barco pirata dotado de bandera roja, y que por tanto, no manifestaba nacionalidad ninguna, era pirata, y los ejércitos europeos tenían la obligación de acabar con los piratas. El comandante alemán liberó el Gálvez y se quedó con El Vigilante y lo entregó al Gobierno de España.

El 1 de agosto, los buques de guerra citados de Gran Bretaña y Alemania, capturaron el Almansa y el Vitoria, y también a Juan Contreras. El Gobierno alemán no secundó la iniciativa del comandante del Friedrich Carl y le ordenó liberar a Contreras. Los ingleses se llevaron las fragatas cartageneras a Escombreras.

La represión llegó en agosto. Martínez Campos atacó primero el Cantón de Valencia. Cartagena se dispuso a ayudar a Valencia pero fueron derrotados y Valencia se rindió el 7 de agosto. El 12 de agosto, Martínez Campos fue sobre Murcia, y entonces Cartagena quedó aislada.

El sitio de Cartagena duró hasta 12 de enero de 1874. Y el paso del tiempo fue el peor enemigo del cantón. Los civiles llegaron a enfrentarse con los militares y en la población surgió el deseo de terminar, de rendirse y acabar aquello de una vez.

 

 

El Cantón de Valencia.

 

El 17 de julio se proclamó Cantón en Valencia a iniciativa Emigdio Santamaría y José Antonio Guerrero. Valencia fue un Cantón “regionalista” y burgués. Regionalista en cuanto quería someter a su Gobierno a los posibles Cantones que se formaran de toda su región, unas 69 entidades poblacionales, y la adhesión de 178 pueblos de la provincia, además de Castellón en determinado momento. Y burgués porque estaba organizado por la burguesía de la ciudad. Los burgueses valencianos estaban descontentos con el Ministro de Fomento, Eduardo Chao, que había vinculado a la Universidad de Madrid a cinco Facultades Universitarias de Valencia y había cerrado la Facultad de Filosofía y Letras. Una comisión del Ayuntamiento de Valencia protestó.

La historia del Cantón de Valencia nos la contó Constantí Llombart en Crónica de la Revolución Cantonal. Lo hizo con el estilo de un diario de un republicano federal moderado. Y nos dijo que en Valencia no hubo internacionalistas, sino al final del episodio, cuando Martínez Campos atacó al cantón, y los internacionalistas acudieron a defender Valencia.

El 19 de julio se formó Junta Revolucionaria, cuyo Presidente era Pedro Barrientos, secretario era Félix Pizcueta, y vocales destacados eran Vicente Noguera marqués de Cáceres, Vicente Boix, Juan Fontanals y Eduardo Pérez Pujol (salmantino, catedrático de Derecho y Rector de la Universidad de Valencia), José Pérez Guillem, el Enguerino, comandante de los Voluntarios de la Libertad, Francisco de Paula Gras (alcalde de la ciudad), Cristóbal Pacual Genís, y otros.

Se declaró Presidente de la Junta de Gobierno del Estado Regional Valenciano a José Antonio Guerrero Ludeña[3], el cual alegó que había crisis de autoridad del Gobierno central republicano, manifiesta en que no se perseguía a los delincuentes comunes, lo cual hacía preciso erigir una autoridad que ejerciera esa función. Dijo que se levantaba en apoyo a la propiedad, la industria y el comercio, y pedía para ello el apoyo de los militares. No pretendía una revolución social. Quería un regionalismo del País Valenciano dirigido desde Valencia.

Valencia no levantó bandera contra el Gobierno Republicano de Madrid, sino manifestó que se levantaba a fin de colaborar con él. Al momento, se sublevaron los “Voluntarios de Valencia”, nuevos revolucionarios que querían que el poder radicase en Valencia, y entonces, la Junta del Cantón de Valencia de José Antonio Guerrero se autodisolvió porque no estaba de acuerdo con la demagogia de los nuevos revolucionarios. La parte más importante del nuevo Gobierno Valenciano eran los socialistas de Primera Internacional.

El 21 de julio, Francisco González Chermá llevó un grupo de cantonalistas valencianos a Castellón de la Plana a proclamar el Cantón. El intento fracasó el 26 de julio, pues Castellón era carlista y rechazaba el cantonalismo republicano y el modelo de someterse a Valencia.

El general Arsenio Martínez Campos fue encargado por el Gobierno de Madrid para atacar los cantones de Valencia y Murcia, y éste se presentó en tierras valencianas el 24 de julio. Fue rechazado a la entrada de Valencia. El 2 de agosto, empezó a bombardear la ciudad, y los honrados ciudadanos valencianos protestaron porque se estaban maltratando los derechos humanos, así que lograron detener el bombardeo. Pero era una tregua. La Junta de Gobierno valenciana ofreció su rendición a cambio de amnistía, y Martínez Campos exigió rendición incondicional. Y el 8 de agosto, Martínez Campos entró en Valencia.

 

 

[1] Valentí Almirall Llozer, 1841-1904, barón de Papiol, era un tipo de familia bien, desaseado en el porte, sucio en el vestir, cáustico y socarrón en el hablar, estrafalario en su comportamiento social, muy duro con sus enemigos a los que no dudaba en insultar: a Castelar le llamó pedante y grandilocuente; a Pi le llamó proudhoniano torpe. Sus enemigos se lo hicieron pagar a partir de 1887, y se quedó olvidado y relegado los últimos 17 años de su vida, al tiempo que tenía problemas financieros por causa de su herencia y problemas personales por causa de su decadencia física e intelectual, a pesar de que sólo tenía 46 años en 1887. En 1869 se hizo miembro del Partido Republicano Democrático Federal y se integró con los intransigentes.

[2] Los fundadores de Centro Nacional Catalán eran Enric Prat de la Riba, Josep Puig y Cadafalch, Lluis Durán i Ventosa, Francésc Cambó Batlle, y Narcís Verdaguer y Callis.

[3] José Antonio Guerrero Ludeña, 1808-1891, había sido de la Milicia Nacional en 1834, y alcalde de Valencia en 1840. En 1843, debido a sus actividades revolucionarias, fue encarcelado por el Gobierno Progresista de Espartero en Mahón. En 1844 fue de nuevo Regidor de la ciudad. Estuvo en la Junta Revolucionaria de 1854, y en la de 1868, y fue Gobernador civil y Alcalde de Valencia en 1869 representando al Partido Republicano Democrático Federal. En 1873 fue Presidente de la Junta de Gobierno del Estado Regional valenciano.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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