Conceptos clave: crisis económica de mayo de 1873, 1873 en Francia, carlismo en mayo de 1873, revolución cantonal en mayo de 1873, pi y el cantonalismo, elecciones de mayo de 1873, los cantonalistas contra Pi, la dimisión de Figueras.

 

 

Crisis económica de mayo de 1873.

 

Entonces estalló la crisis económica y política de 1873: El 1 de mayo de 1873 se inauguraba la Exposición de Viena y se reunían los grandes líderes europeos allí. El 9 de mayo estalló la crisis, con quiebra económica y crac de la bolsa de Viena, seguida de la quiebra del Kreditanstaltbank, lo que acarreó quiebras de otros 200 bancos en días sucesivos. Europa estaba en un apuro económico.

En estas condiciones, un país económicamente quebrado como España tenía mucho que perder, pues desaparecía el crédito. Si los del Partido Radical habían roto con el Gobierno en marzo, y surgía la gran crisis financiera de mayo, el porvenir se volvía muy nuboso.

 

 

1873 en Francia: católicos contra republicanos.

 

En mayo de 1873 triunfaban las derechas en Francia. Eran de derechas casi todos los católicos, y votaban monarquía porque el Papa así lo pedía. El Papa Pío IX, desposeído de sus territorios por los italianos, pedía restablecer las antiguas monarquías y luchar contra el liberalismo que se las había arrebatado. En Francia surgieron dos grupos de católicos:

Los más moderados estaban liderados en lo religioso por monseñor Félix Antoine Philibert Dupanloup, obispo de Orleans, el cual se manifestaba dispuesto a admitir formas políticas republicanas y a negociar los temas políticos, pero era monárquico. Su candidato a Rey era Felipe de Orleans y Mecklemburgo conde de París, 1838-1894.

Los más ultras, ultramontanos, estaban liderados por monseñor Louis Eduard Pie, obispo de Poitiers (cardenal a partir de 1874), y por Louis Vouillot, y contaban con periódicos como L`Univers y la Revue des Deux Mondes. Atacaban sistemáticamente al liberalismo. También aprovecharon la piedad popular para redirigirla hacia posturas políticas conservadoras, y fomentaron las peregrinaciones a Lourdes (centro de supuestas apariciones de la Virgen), al santuario de La Salette (otro centro de supuestas apariciones de la Virgen), al santuario de Paray-le-Monyal (centro del Sagrado Corazón de Jesús), y a la catedral de Chartres (lugar de consagración de los Reyes de Francia). Su candidato a Rey era Enrique de Artois conde de Chambord (Enrique V, 1820-1883), un ultra legitimista.

Bismarck no quería una monarquía católica ultramontana en Francia porque temía la alianza de ésta con Rusia y Austria, y la posible extensión de estas alianzas a España por medio de los carlistas. La república española le venía bien a Bismarck, de momento.

Isabel II se declaró partidaria de la fusión de ambos bandos franceses, el moderado y el ultramontano, lo cual aseguraría el restablecimiento del trono en Francia y, posiblemente, su restauración en España como Reina.

Pero a fines de 1873 se consolidó en Francia la República. No se había logrado el acuerdo entre los candidatos monárquicos franceses. Patrice Mac Mahon era Presidente Provisional desde mayo (sustituía al también Presidente Provisional Adolphe Thiers) y se hizo Presidente definitivo a fines de año. Nadie sabía si Mac Mahon apoyaría a la República Española o a Alfonso de Borbón. Esta nueva opción le había sido sugerida por el Papa Pío IX, partidario de la fusión de las ramas isabelina y carlista en una sola, lo que junto al restablecimiento de las relaciones matrimoniales entre Isabel II y Francisco de Asís, produciría, en palabras de Antonelli, Secretario de Estado de El Vaticano, el apoyo del Papa a la causa isabelina borbónica. El acuerdo era imposible dadas las exigencias carlistas. Isabel decidió viajar a Roma y lo hizo por su cuenta sin pedir audiencia al Papa, y forzó la audiencia. El resultado fue que el Papa aceptó que no hubiera acuerdo con Montpensier, pero no se pronunció a favor de Alfonso, el hijo de Isabel.

 

 

El carlismo en mayo de 1873.

 

El 8 de mayo, el Gobierno envió a Ramón Nouvilas Rafols a Navarra para solucionar el problema carlista y éste suprimió los títulos nobiliarios e inició los cambios sociales que le parecían necesarios para eliminar la trama carlista.

Los carlistas capitaneados por Antonio Dorregaray Dominguera, marqués de Eraul, en mayo de 1873 estaban ganando algunas batallas en el norte, y tenían cada vez más adeptos. Si Thiers había apoyado a Amadeo desde Francia, Macmahon no apoyó a la República española, y, con la permisividad francesa, los carlistas tenían en Francia un buen apoyo, lo que les permitía la comunicación entre Cataluña y Navarra.

 

 

La revolución cantonal española.

 

La revolución cantonal española de 1873 resulta muy compleja, pues no se trataba tan solo de de la ruptura de la unidad territorial de España, sino que se reclamaban las reformas prometidas y nunca cumplidas por el liberalismo a lo largo del siglo XIX, se pedían reformas como las que estaban de moda entre los teóricos de Europa en esos días, y se intentaban revoluciones diversas y no compatibles entre sí:

A veces, se adoptaba un modelo populista en el que las consignas no vinieran dadas desde arriba, sino fueran adoptadas “democráticamente” desde abajo por las asambleas cantonalistas. Es decir, que la iniciativa pasase de los grandes burgueses que dominaban el Gobierno de Madrid a los pequeños burgueses que creían poder dominar las asambleas cantonalistas. Y la realidad es que los pequeño burgueses fueron arrollados por las masas y las revoluciones cayeron en manos de militares populistas, campesinos populistas, y utópicos de diversos tipos. A veces, se intentaba la revolución bakuninista. A veces se buscó la revolución marxista.

Es decir, los protagonistas iniciales de la revolución cantonal eran los pequeños burgueses. Los dirigentes cantonalistas eran burgueses intelectuales, comerciantes, propietarios, casi todos ellos católicos, incluso con muchos hombres del clero entre ellos. Culpaban al Gobierno de Madrid, a los republicanos federales, de hacer política laicista.

Se trataba de intelectuales de poca experiencia política que desconocían lo delicado que es tratar con las masas y lo difícil que es evitar que las masas generen violencia. Eran agitadores de café, muy radicales. Estos hombres habían tenido una amarga experiencia en septiembre de 1868, cuando organizaron sus Juntas para derrocar a Isabel II y, no pudiendo hacer frente al ejército gubernamental, tuvieron que entregar el mando de cada movimiento provincial a los militares rebeldes, sirvientes de Prim, el hombre de la gran burguesía. Ellos habían puesto los muertos de la calle, y los militares se llevaban el Gobierno. En 1873, su acción parecía un desquite, una revancha exigiendo que la revolución fuera exclusivamente suya. Decían que no necesitaban a militares ni a partidos políticos tradicionales. Creían que su apoyo sería el pueblo. Con ello iniciaron una experiencia populista, en la que creían poder manejar al pueblo a su gusto. Pero el populismo manejado desde arriba, en este caso por la pequeña burguesía, puede volverse en contra de sus líderes, y aparecer el populismo desde abajo, con líderes salidos de las propias masas, y que pueden ser cambiantes o permanentes, según los casos.

Estos intelectuales pequeños burgueses, profesionales de la agitación de café, creían en la idea mesiánica de que todo se arreglaría por el simple hecho de que ellos gobernasen. Empezaron a decir que lo esencial para el cambio era el propio hecho revolucionario, una “catástrofe” que purificaría la política, como la “tormenta” purifica el ambiente. Tras ello, tendría lugar “un mundo nuevo” u orden nuevo. “El orden nuevo” no tendría Reyes perversos ni Gobernadores nombrados por el Gobierno de Madrid, ni Alcaldes impuestos desde fuera de cada pueblo y ni un solo funcionario nombrado por una autoridad distinta a los mismos ciudadanos de ese pueblo. A eso lo llamaban libertad. Y no habría ejército sino Milicia Popular, ni sacerdotes que predicaran la resignación, sino que todos disfrutarían de la libertad de conciencia. Era una proclamación plena de romanticismo, pero muy fuera de época, muy tardío respecto a la época típica del romanticismo europeo.

Los agitadores políticos de café, llegados a Madrid desde provincias, identificaban centralización con autoritarismo, y culpaban al autoritarismo de todos los males de España. Como autoritarismo y centralización del poder no son conceptos iguales, ni tienen por qué coincidir, aunque hubieran coincidido en la historia de España, el razonamiento posterior era ya de tipo irracional. Aceptaban el federalismo porque a veces les servía para iniciar movimientos independentistas o regionalistas, a veces les servía para iniciar ensayos socialistas, y a veces creían que podrían cambiar la realidad desde los Gobiernos cantonales.

Los pequeños burgueses no creían en la “democracia federal”, sino en una democracia en la que las decisiones serían tomadas en “asambleas populares” y llevadas hacia arriba, hasta el punto de que los Diputados no serían más que trasmisores de esas consignas, y el Gobierno, llamado por ellos Comité Ejecutivo, no sería sino el encargado de cumplirlas. Creían poder dominar ellos a las asambleas populares y presentarse como la voluntad del pueblo.

Por tanto, existía una contradicción entre los dirigentes cantonalistas y los republicanos federales, incluso con los intransigentes.

La revolución cantonal suponía también una nueva escisión entre los republicanos, entre las muchas tendencias republicanas federales (unitarios y federales, benévolos e intransigentes) que pretendían la revolución desde arriba, y el nuevo grupo salido de los intransigentes que pretendía la revolución desde abajo. La idea común de todos estos cantonalistas era librarse de las imposiciones llegadas desde el Gobierno de Madrid. Pero fuera de eso, no tenían estructurado ningún programa político, lo cual significó que cada cantón fuera por un lado distinto.

Los dirigentes cantonalistas mostraban simpatía por todos los radicalismos existentes en ese momento y hablaban de hacer cambios profundos y de manera inmediata. Se declaraban progresistas, demócratas, republicano federales y cantonales. Hubo un auténtico confusionismo de ideas y actuaciones, y ello dio lugar a una pluralidad de resultados: entre los casos más extravagantes tenemos el de los monárquicos de Iznájar (pequeño pueblo del sur de Córdoba) en 11 de febrero de 1873, en donde los monárquicos del pueblo decidieron aceptar la República y constituir Cantón, a fin poder acabar con los republicanos del pueblo. El experimento acabó, como todos, con la llegada del ejército español al pueblo.

En general, el experimento populista les fue bien a los pequeño-burgueses hasta su llegada al poder, hasta constituir cantón. En el momento de constituir un nuevo Gobierno cantonal, quedaban patentes los distintos intereses, los de la pequeña burguesía que quería que sus negocios funcionaran protegidos por el poder, frente a los de las fuerzas populares que querían acceso a la propiedad, trabajo, mejores salarios…  Y ambos intereses eran contrapuestos.

 

 

Pi ante la revolución cantonal.

 

Pi i Margall, el líder del republicanismo federal, el que había preparado la idea del cantonalismo, se dio cuenta del absurdo cantonalista, y de la falsedad del discurso cantonalista, y razonó que los cantones debían ser dominados desde el poder central para poder realizar un programa político común. Intentó imponer su autoridad desde el Ministerio de Gobernación. Pero a los agitadores de Madrid no les interesaba un nuevo Gobierno central y favorecieron las rebeldías cantonales. Los revolucionarios identificaron revolución con lucha por imponer el cantonalismo. Pi, el líder más popular del republicanismo, no era entendido, o no era seguido, por los republicanos federales, y mucho menos por los republicanos unitarios que no entendían su teoría del “federalismo republicano”.

Pi elaboró un programa de reformas políticas que no gustó a casi nadie y defraudó los ánimos de muchos que pensaban que Pi era un revolucionario a la manera en que entendían la revolución, lucha armada. Pero Pi entendía por revolución progreso en el saber y en las libertades individuales, y en su programa anunció restricciones al trabajo de mujeres y niños, jurados mixtos, venta de bienes estatales para su reparto a manos de las clases trabajadoras. Pi desconcertó a sus seguidores, pues los populistas no entendían nada, los bakuninistas, que le consideraban hasta entonces uno de los suyos, renegaron de este programa, y en cambio, Engels, el teórico de los marxistas, alabó este programa político de Pi.

En estas condiciones, los socialistas, anarquistas y marxistas, vieron una magnífica oportunidad para el triunfo de sus doctrinas políticas en alguno de los Cantones. Para ellos, la República seguía siendo una institución burguesa que había que echar abajo antes de imponer la “democracia real” o gobierno del proletariado. Es decir, ellos sustituían el poder de los pequeño-burgueses por el poder de los comités obreros y campesinos. Pero los socialistas eran minoría y sólo estaban presentes en unos pocos Cantones.

 

 

Enfrentamiento entre Pi y los cantonalistas.

 

Como hemos dicho más arriba, en 12 de febrero de 1873, los republicanos federales, que apoyaban al Gobierno de Madrid, habían iniciado algún movimiento para acabar con los Ayuntamientos monárquicos y poner en su lugar Juntas Revolucionarias. Pi salió al paso para decirles que el Estado debía evolucionar ordenadamente, y no a golpe de improvisación. El movimiento se calmó por el momento.

En febrero de 1873 hubo un movimiento anarquista en Sanlúcar de Barrameda. Los anarquistas eliminaron el Ayuntamiento y pusieron en su lugar un Comité Revolucionario, encarcelaron a los policías municipales y destruyeron los archivos municipales. El 14 de febrero llegaron los carabineros, restablecieron el Ayuntamiento y encarcelaron a los miembros del Comité Revolucionario.

En 27 de abril y en 4 de mayo hubo nuevos intentos de los republicanos federales por proclamar la República Federal en Madrid. La paz o tregua aceptada en febrero, la daban por terminada. Exhortaron al pueblo a organizarse políticamente desde abajo en Juntas, sin esperar a que les llegasen órdenes desde arriba, ni desde el Gobierno ni desde las Cortes, por más que éstas se hubieran declarado republicanas federales. Era la declaración de ruptura, de revolución generalizada, de caos político, unas semanas antes de las elecciones. Pi había fracasado estrepitosamente, y la República también, aunque los Presidentes se negaran a reconocerlo. El resto de la historia de la Primera República es la historia de la gestión de un fracaso, de si lo debía solucionar el ejército, de si lo debía gestionar un Gobierno fuerte, de si debían volver los monárquicos…

 

 

Las elecciones de mayo de 1873.

 

Los republicanos unitarios de Cristino Martos estaban arrinconados tras su derrota en abril, pero Pi les prometió que las elecciones serían gestionadas por el Gobierno con neutralidad y les pidió que también ellos se comportaran democráticamente.

Y el 3 de mayo, el Gobierno emitió una circular prometiendo que toleraría presión callejera sobre los votantes, ni se harían manipulaciones por parte del Gobierno sobre los resultados.

Figueras y el Ministro de Gobernación Francisco Pi intentaron en mayo de 1873 que las elecciones fueran limpias, sin candidatos oficiales, sin recomendaciones gubernamentales en el sentido de que los Alcaldes y Gobernadores presionaran a favor de determinados candidatos, sin amenazas ni coacciones, sin disolución de las corporaciones municipales no afectas al Gobierno, sin pucherazos. Es más, recomendó a los Gobernadores que fueran neutrales en las elecciones. Buscaba conocer la realidad del pueblo español. Ello era imposible desde el momento en que todos los no republicanos se retraían.

Todos los partidos conservadores pidieron retraimiento, y la abstención fue del 60%. Los carlistas, los moderados, los progresistas y los radicales no fueron a votar, con lo que la realidad política de España en las Cortes, resultó deformada. El resto de la historia oficial de la República es cuestionable, pues la oposición era más fuerte que los Gobiernos.

Los cantonalistas dieron orden de votar a los republicanos federales. Los republicanos ganaron por 343 escaños, de 391 posibles, pero el resultado era moralmente cuestionable una vez que las mayorías se habían retraído. También debemos tener en cuenta que los diputados cantonalistas que llegaron a las Cortes llegaron con la consigna de torpedear todas las acciones de Gobierno (ideas anarquistas), recurriendo siempre que pudieran al escándalo público a fin de traer la revolución desde abajo. Pi estaba condenado de antemano por sus propios diputados.

En estas elecciones, la consigna de los internacionalistas fue abstenerse de presentar candidatos, y el resultado fue que los obreros del campo votaron republicano federal, en contradicción con las consignas anarquistas de no participar en política.

Del 10 al 13 de mayo de 1873 hubo elecciones a Cortes Constituyentes. Se hicieron por sufragio universal para varones mayores de 21 años. Había 4.551.000 electores. Votaron 1.850.000 personas, que eran el 39% del censo. En Madrid votó el 25% del censo. En las ciudades del norte de España votaron menos personas todavía. En Cádiz, donde en 1869 habían votado república 5.039 personas, en mayo de 1873 sólo votaron república 2.917 personas.

Muchos agitadores fueron elegidos diputados. En las Cortes, integraron un “grupo de izquierda republicana intransigente”. Pi dijo de ellos, que habían llegado a las Cortes gentes inexpertas de no muy alto nivel intelectual, con ideas poco meditadas y poco organizadas, a los que parecía gustarles la intranquilidad social como mejor medio en el que ellos actuaban. En ellos, todo era oposición, intransigencia, recursos al escándalo. Pi, el creador de ese movimiento populista, estaba definiendo el populismo y se mostraba contrario a él. Sin embargo, no supo actuar como el momento requería y demostró ser un teórico, un político de salón.

Lo más característico de estas elecciones fue la abstención. Se abstuvo el 60% de los electores. En Guopúzcoa, de tendencias carlistas, se llegó al 85% de abstención. En Madrid se abstuvo el 75%. Los que menos se abstuvieron fueron los andaluces y levantinos.

Por fin, el 1 de junio de 1873 hubo Asamblea Nacional (Cortes), las elegidas el 10 de mayo. Ese día aprobaron la República Federal por aclamación. El 2 de junio se procedió a votación nominal sobre el mismo tema, registrándose los votos en contra de 2 diputados (García Ruiz y Ríos Rosas), partidarios ambos de la república unitaria. Hubo mucha teatralidad: el diputado Enguerino se presentó vestido con alpargatas y una manta al brazo, la indumentaria propia de los braceros andaluces dio una nota cómica. Pero lo más bochornoso era que el Presidente de la Asamblea Nacional, José María Orense, apenas oía y tampoco tenía voz, pues era muy anciano, lo cual era aprovechado por jóvenes republicanos para la mofa escandalosa y colectiva, sin que Orense se enterara de nada.

La vida de esta Asamblea Nacional sería agitada, acosada por los carlistas y los cantonalistas por la vía militar, divididos internamente en grupos irreconcialiables.

La Asamblea Nacional estaba dividida en cuatro grupos:

Los llamados “benevolentes” constituían tres grupos:

La “derecha republicana” estaba liderada por Figueras, Salmerón y Castelar. Estas personas querían huir de los extremismos y defender a todas las calses sociales españolas por igual, porque todas eran sujetos de derecho. Querían orden público. Querían grantizar la unidad de España. Eran el grupo mayoritario de la Asamblea.

El autodenominado “centro republicano” era el grupo de Pi i Margall, empeñado en una república federal, cuyas federaciones decidirían más tarde el grado de cohesión entre ellas.

Un tercer grupo de unos 50 diputados, seguía a Orense como figura emblemática, pero sus líderes en la Asamblea eran el fourierista Ramón de la Cala y Francisco Díaz Quintero. Querían la república federal de modo inmediato, pero no sabemos exactamente qué república federal.

La “izquierda republicana”, o grupo de los intransigentes, estaba en conctacto continuo con la calle y organizando algaradas en su propio apoyo. Creían que el federalismo lo deberían dictar las asambleas populares que se fueran organizando.

En los partidos republicanos triunfaba el personalismo aún más que en los partidos moderado y progresista de épocas anteriores. La causa de ello era que no había doctrina ni ideología bien formulada, sino que todos entendían que estaban de acuerdo y se entenderían al final. Pero formular esa doctrina política era más difícil de lo que pensaban, porque lo líderes republicanos estaban bastante desconectados de la realidad social española. Eran a menudo profesores de Universidad, teóricos puros. En 1874 se vieron sorprendidos porque las clases medias les abandonaron, pero las clases medias estaban asustadas por la violencia que estos teóricos admitían con tanta facilidad, para los demás. Y los obreros se marcharon poco después con los socialistas y los anarquistas. Y los clubs y los casinos republicanos, tan buenas tribunas para los grandes discursos, fueron languideciendo. Cada 11 de febrero se celebraba una manifestación pro republicana, y ahí se terminaba la acción revolucionaria.

Los demócratas radicales de Ruiz Zorrilla, los conservadores constitucionales de Sagasta, los Alfonsinos, los monárquicos moderados de tiempos de Isabel II, y los carlistas, no tenían representación en la cámara.

 

 

Los Cantonalistas contra Pi.

 

La primera incongruencia política de estos federales cantonalistas de izquierda intransigente fue oponerse a Pi i Margall. Sucedió el 8 de junio de 1873 con motivo del nombramiento de Ministros. Protestaban porque se habían nombrado Ministros sin contar con ellos, lo cual les parecía antidemocrático, aunque querían decir antipopulista. En efecto, Pi había buscado deliberadamente no tener a ningún intransigente de la izquierda federalista en su Gobierno.

José María Orense marqués de Albaida, hasta entonces líder intransigente, dimitió como Presidente de las Cortes y se pasó a la izquierda del Partido Radical, un partido republicano conservador.

Poco después, Pi pedía medidas contra los carlistas, y los intransigentes volvieron a atacarle. Los intransigentes se oponían a todo, pues es común a los movimientos populistas creerse muy valientes porque se oponen a todo. Irracionalidad pura.

Y el 30 de junio, los intransigentes presentaron una enmienda para que no se pudieran suspender las garantías individuales del título primero de la Constitución de 1869 entonces vigente. Los intransigentes fueron derrotados. Y entonces, la pequeña burguesía revolucionaria, los republicanos federales más intransigentes, comprendieron que no iban a ganar ninguna batalla en las Cortes. José Navarrete, el líder de este grupo de izquierda republicana inició el “ataque al hombre”, empezando por atacar a Emilio Castelar, del cual dijo que tenía bellas palabras pero no hacía nada práctico. Tampoco obtuvieron de ello resultados positivos. Entonces decidieron que el camino era la revolución cantonal violenta.

Los federales intransigentes se sublevaron en Madrid el 11 de junio y Figueras huyó a Francia, de donde volvió al final de la República. En la noche de ese mismo día se formó Gobierno nuevo con Pi como presidente.

 

 

Dimisión y huída de Figueras.

 

El 7 de junio, ante la aparición de revueltas cantonalistas, Figueras propuso que el instigador del cantonalismo, Pi i Margall, tomase la Presidencia del Poder Ejecutivo. Pero Pi no quería a ningún republicano intransigente, y cantonalista, en su Gobierno, y fue rechazado para el cargo.

El 7 de junio, siete diputados presentaron una moción en la Asamblea Nacional para que se proclamara la República Democrática Federal. La moción fue votada favorablemente el 8 de junio por 219 votos contra 2.

El 8 de junio se trataba de definir la forma de República y se decidió la República Federal.

Las Cortes, o los federales si se prefiere, pues hemos dicho que eran netamente republicanas, se habían dividido en tres facciones republicanas:

los conservadores dirigidos por Castelar,

los centristas dirigidos por Pi,

y los intransigentes dirigidos por José María Orense.

Hubo una gran discusión entre benévolos que querían regular el funcionamiento de la República, e intransigentes que querían dejar que la revolución se produjera desde abajo.

El 9 de junio Figueras dimitió. Figueras propuso a Pi que formara Gobierno, pues él era quien había organizado el lío político de los republicanos.

Pi propuso el 9 de junio un Gobierno con Pedregal, Cervera, Palanca y otros, y los intransigentes protestaron diciendo que quién era Pi para designar Ministros al margen de la voluntad del pueblo, y que los ministros debían ser elegidos democráticamente por los cantones. Pi renunció a ese Gobierno, y José María Orense, Presidente de las Cortes, dimitió y abandonó a los intransigentes. Figueras continuaba.

El 10 de junio, una multitud de republicanos intransigentes cercó el Congreso de Diputados, e incluso uno de sus líderes, el general Juan Contreras San Román, ocupó el Ministerio de Guerra, y los Voluntarios de la República tomaron las calles de Madrid y expulsaron de ellas a la Guardia Civil, la cual quería imponer orden.

El 10 de junio de 1873 por la noche, Figueras huyó a París y no regresó hasta 1874 para intentar salvar la república, que ya no tenía salvación. Figueras salió del Ministerio diciendo que iba a dar un paseo por El Retiro, y se dirigió a Atocha a coger el primer tren que saliera para Francia.

Nicolás Salmerón y Emilio Castelar, sus socios en la Asamblea Nacional, conocieron la noticia al poco, y decidieron que en esa situación, en pleno golpe de Estado republicano intransigente, el hombre más adecuado para gobernar sería Pi y Margall, una persona muy popular entre algunos de los intransigentes, entre los que creían que Pi era un federalista puro. Pero no entendían que Pi creía en la unidad de España, con diversidad municipal y regional, y no creía en un cantonalismo donde cada ciudad actuara por su cuenta en desorden absoluto y con plena soberanía de cada uno de ellos.

 

 

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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