GOBIERNO EMILIO CASTELAR.

 

 

Gobierno de Castelar[1]

          7 septiembre 1873 – 3 enero 1874

 

Presidente del Poder Ejecutivo, Emilio Castelar Ripoll. Republicano unitario.

Estado, José Carvajal Hué. Republicano unitario.

Gracia y Justicia, Luis del Río Ramos. Republicano unitario.

Hacienda, Manuel Pedregal Cañedo. Republicano unitario.

Guerra, Jacobo Oreyro Villavicencio, interino. Militar, republicano unitario / 9 septiembre 1873: José Sánchez Bregua.

Marina, Jacobo Oreyro Villavicencio / 15 de octubre: José Sánchez Bregua, interino. / 6 noviembre: Jacobo Oreyro Villavicencio.

Gobernación, Eleuterio Maissonave Cutáyar, republicano unitario / 25 septiembre: José Carvajal Hué, interino. / 30 septiembre: Eleuterio Maisonnave Cutáyar.

Fomento, Joaquín Gil Bergés. Republicano unitario.

Ultramar, Santiago Soler Pla. Republicano unitario.

Emilio Castelar fue Presidente el 7 de septiembre de 1873 por 133 votos a 67. Tenía algunos votos más que los que había tenido Nicolás Salmerón, pero sufría el haber perdido a los diputados de Pi i Margall. Es decir, sin el apoyo del centro republicano, dependía de los monárquicos en las Cortes.

El primer tema de su Gobierno era firmar las penas de muerte que Nicolás Salmerón había dejado pendientes, y que afectaban a republicanos intransigentes. Lo hizo, aun sabiendo que ello le enemistaba con la mayoría de los republicanos. Pero, por otro lado, ello le daba el apoyo del ejército, el cual había perdido muchas vidas luchando contra los cantonalistas y no estaba dispuesto a aceptar un indulto.

Era un Gobierno monocolor republicano unitario. La España republicana estaba cansada de populistas cantonalistas y, por su parte, los monárquicos se abstenían de la política, mientras estaban preparando un golpe de Estado contra la República. No quedaba otro camino que el republicanismo unitario, y sería de modo provisional o de transición, en opinión de la mayoría de los españoles. Se añoraba la monarquía.

Respecto a los monárquicos, Castelar tenía ya perdida la partida, pues éstos habían decidido la rebelión. Nicolás María Rivero (Partido Radical) y Cristino Martos Balbi (Partido Radical) se reunieron con Francisco Serrano Domínguez (Partido Constitucional), Práxedes Mateo Sagasta (Partido Constitucional), Juan Antonio Rascón Navarro[2], Juan Bautista Topete y Augusto Ulloa Castañón[3], en Biarritz (sur de Francia). Decidieron apoyar a Castelar en su lucha contra los cantonalistas, mientras ellos preparaban su vuelta al poder. Acordaron dar un golpe de Estado, disolver la Asamblea Nacional para volver a las Cortes tradicionales, nombrar a Serrano nuevo Presidente de la República y a Cristino Martos nuevo Presidente del Gobierno, cuando fuera oportuno.

Pero la idea de los golpistas reunidos en Biarritz no estaba del todo madura: Francisco Serrano y Cristino Martos decidieron que el único camino era el golpe de Estado en el que se colocaría a Serrano como Presidente de la República y a Martos como Presidente del Gobierno. Pero entonces, el general Manuel Pavía Rodríguez de Alburquerque dijo que no aceptaría a Serrano como Presidente y que quería en ese puesto a Castelar. Era una oportunidad para que Castelar recondujese la situación.

Castelar intentó atraerse a los monárquicos a través de Antonio de los Ríos Rosas[4]. Castelar estaba dispuesto a abrir el abanico de partidos gubernamentales pactando con los constitucionales y radicales que quisieran prometer fidelidad a la República, cosa que a Salmerón le parecía traición a la República argumentando que se entregaba el Gobierno a gentes no republicanas. Castelar y Ríos Rosas idearon entregar los escaños vacantes en las Cortes por retraimiento de los republicanos, a gente del Partido Constitucional y del Partido Radical, que se declarasen republicanos conservadores, e incluso algún escaño a los alfonsinos de Cánovas, si éstos accedían a un Gobierno de coalición. Pero la Comisión Permanente de las Cortes se negó a esa componenda.

Respecto a los republicanos, éstos se habían debilitado a fines de 1873 porque se habían escindido, los unitarios de Castelar por la derecha, los federales republicanos de Pi por el centro, los socialistas (anarquistas y marxistas) por la izquierda, y los violentos o intransigentes más a la izquierda. Las posturas entre ellos eran irreconcialiables. Tal vez haya que tener en cuenta los sucesos de la Comuna de París de marzo, abril y mayo de 1871, y su consiguiente represión, para entender el estado de ánimo de cada grupo de diputados, tanto constitucionales y radicales, como republicanos benévolos y republicanos intransigentes.

 

 

Bases de la política de Castelar.

 

La tarea de Castelar era complicada pues necesitaba contener a los republicanos intransigentes cantonalistas, implicar en el Gobierno a los del Partido Radical y a los del Partido Constitucional que aceptasen la idea de República, y mantener un Gabinete cohesionado y fuerte que pudiera hacer frente a la Guerra de Cuba, Guerra Carlista, y sublevaciones cantonales.

Como brillante orador, Castelar no dudó en publicar que iba a acabar con los males que sufría España: el cantonalismo y el carlismo, los dos sectores subyugados por demagogos españoles. Para ello Castelar exigió:

El 13 de septiembre, poderes extraordinarios, es decir, poderes dictatoriales como la suspensión de garantías constitucionales (como la libertad de prensa que se limitó el 21 de septiembre), a fin de controlar los previsibles motines.

El 18 de septiembre, disolución de los Voluntarios de la República restableciendo la Milicia Nacional de 1822.

Disolución de las Cortes por tres meses, desde 18 de septiembre 1873 hasta 2 de enero de 1874.

El 22 de septiembre, restablecimiento del arma de Artillería, lo cual pondría mucha paz en el ejército.

Además, Castelar permanecía en el proyecto de aprobar una Constitución republicana que sería la federación de los antiguos reinos hispánicos, con soberanía central única, que es casi el mismo modelo que se impondría en 1931. Pero este proyecto perdió toda posibilidad de desarrollo: las ejecuciones firmadas por Castelar fueron causa de que Salmerón y Pi amenazaran a Castelar con echarle del Gobierno en la próxima apertura de Cortes que se preveía para enero de 1874. Los monárquicos, por su parte, no eran precisamente los que aprobaran la Constitución republicana. Castelar se tuvo que olvidar de su Proyecto Constitucional.

 

 

Decisiones políticas de Castelar.

 

Castelar no tenía el apoyo de los republicanos intransigentes con los que estaba en guerra abierta, ni de los republicanos pimargalianos puesto que Pi se sentía traicionado por Castelar.

Juan Bautista Topete, uno de los monárquicos reunidos en Biarritz, le aseguró a Castelar el apoyo de todos los monárquicos a esta política que Castelar anunciaba. El precio era que Nicolás Salmerón fuera nombrado entonces Presidente de la Asamblea Nacional. Salmerón fue quien consiguió que esta Asamblea, en 20 de septiembre de 1873, se suspendiese a sí misma hasta 2 de enero de 1874. Lo hizo por 124 votos a 62. En los votos en contra, se habían quedado solos los seguidores de Pi, pues los intransigentes estaban fuera de las Cortes por decisión propia.

Castelar se congració con el ejército: además de firmar las penas de muerte que los militares reclamaban, indultó a los oficiales de artillería del golpe de San Gil de noviembre de 1872 (Amadeo), restableció el Arma de Artillería disuelto por Ruiz Zorrilla el día de la marcha de Amadeo, y amplió la dotación de la Guardia Civil hasta los 30.000 hombres. También movilizó las quintas de reserva, lo cual daba recursos a los militares para acabar con todas las guerras. Además de acabar con los cantones y los carlistas, Castelar persiguió a los internacionalistas organizadores de revueltas urbanas.

La consecuencia no buscada fue que, con la actuación militar propia de la situación de guerra, el mando efectivo sobre la política pasó a manos de los generales, los cuales tomaron conciencia de ello. Sólo había que esperar la ocasión para hacerlo patente. Era el precio para evitar la sublevación militar.

Se restablecieron las relaciones con El Vaticano. Ello no era fácil puesto que el Vaticano apoyaba a los carlistas, que en 7-9 de noviembre de 1873 ganaban la Batalla de Montejurra, un mito dentro del carlismo, y llegaban a su máximo potencial en la Tercera Guerra Carlista disponiendo de 24.000 hombres en armas y dominando todo el País Vasco y Navarra. En diciembre de 1873 los carlistas pusieron sitio a Bilbao encargando al marqués de Valde Espina del mando de las tropas. Era una visión efímera del triunfo del carlismo, pues simplemente se beneficiaba de las debilidades del Gobierno del momento, y terminaría en cuanto el Gobierno se reestructurase a sí mismo.

Continuó la lucha anticantonalista. El 19 de septiembre cayó el cantón de Málaga y sólo quedaba en rebeldía Cartagena. Castelar reclutó 80.000 hombres, con el apoyo del Ministro de Hacienda, Manuel Pedregal, que le liberó 100 millones de pesetas y puso en pie la llamada “quinta de Castelar”. Cartagena, el último Cantón federal, estaba condenada a la derrota. Sólo faltaba el paso del tiempo. Pasaban hambre, no tenían apoyo internacional, y sus reeemplazos militares no existían.

Cartagena intentó resistir, parapetada en sus barcos de guerra que la abastecían de alimentos, pero un barco se les hundió por impericia, otro se incendió, y los dos últimos fueron capturados por los alemanes, y como resultado de ello los cartageneros ya no pudieron asaltar ciudades del Mediterráneo y empezaron a pasar hambre. Sus jefes eran Antonio Gálvez y el general Juan Contreras San Román. Aguantaron hasta el 12 de enero de 1874, más allá de la duración de la República. Fueron combatidos finalmente por el general José López Domínguez[5] que les rindió con la colaboración, militarmente definitiva, del Contraalmirante de Marina Miguel Lobo Malagamba.

Castelar realizó algunas de las viejas reivindicaciones progresistas: abolió la esclavitud en Puerto Rico, abolió los títulos nobiliarios y las Órdenes Militares, acabando con siglos de privilegios.

También quería Castelar llegar a un acuerdo con los banqueros a fin de financiar al Gobierno y entrar en una política de realidades, de hechos, abandonando ideas y utopías recientes. Ello le enfrentaba a los republicanos y no le daba el apoyo de los monárquicos.

 

 

Reacciones de los españoles a fines de 1873.

 

La reacción de la burguesía española fue muy positiva, e inmediatamente regresaron de Francia los autoexiliados de abril de 1873. Creían en que los negocios volverían a funcionar.

Castelar hablaba de restablecimiento del orden y, teniendo en cuenta que los Cantones ya habían sido reprimidos por Salmerón, había que interpretar esas palabras como robustecimiento del Estado.

Castelar representaba la integración del ejército en el nuevo Estado republicano con todas sus consecuencias, y la ruptura de la utopía de una sociedad sin guardias, soldados, ni autoridades.

En cuanto a las masas, tras la represión que los republicanos de Castelar hicieron sobre los movimientos populistas, se volvieron escépticas. Ya no apoyarían en lo sucesivo a los republicanos federales, ni a los socialistas. Las masas, aunque se habían sumado al cantonalismo, no eran exactamente del mismo criterio que los dirigentes cantonales. Las masas querían derechos sociales y salario más alto. Incluso el proletariado no era exactamente republicano ni socialista, sino que reivindicaba salarios más altos. Lo que sí podemos afirmar es que el proletariado era antimonárquico. Y dentro del proletariado había muchas tendencias, pues nada tenía que ver la idea de Fermín Salvochea en Cádiz, con la del anarquista Antonio Gálvez “Antoñete” en Cartagena, ni ambas con la revuelta por el socialismo AIT de Alcoy. Pero la experiencia republicana federal había sido desastrosa, y estaban dispuestos a volver al orden anterior, como mal menor.

Los movimientos populistas comprendieron que todos los políticos estaban por impedir sus reivindicaciones violentas.

Pero muchos políticos de distinto signo siguieron teniendo en adelante la tentación de soliviantar a las masas para lograr un ambiente propicio para echar abajo un Gobierno. Esto será ya una constante en el XIX y el XX. En el XIX lo aprovecharán los movimientos anarquistas, y en el XX, los comunistas, los fascistas y los militaristas.

 

 

Lucha por el reconocimiento internacional.

 

Castelar envió al Gobierno francés, por medio del embajador en París, Salustiano de Olózaga, una declaración de que el Gobierno de España pretendía consolidar los derechos individuales y consolidar la democracia, a fin de que con ello llegase “la estabilidad en la libertad”. Pero París contestó que Francia estaba decidiendo su futuro en la redacción de una Constitución y no parecía ése el momento para reconocer al Gobierno de España, lo cual debiera ser hecho por un Gobierno constitucional futuro. Castelar les deseó suerte en ello.

Patricio de la Escosura, embajador en Berlín, informó de que Austria, Rusia y Prusia no reconocerían a la República Española, primero por antipatía, y segundo porque no lo habían hecho Gran Bretaña y Francia.

Federico Rubio, desde Londres, dijo que Gran Bretaña no veía consolidada la situación española, tan cambiante durante los últimos cinco años, y cuyo futuro era un misterio para todos, pues los carlistas estaban en pie de guerra, los monárquicos estaban organizados para el golpe de Estado, los republicanos estaban divididos en múltiples facciones… Cuando se consolidara la situación política española decidiría Gran Bretaña. Y mientras tanto, seguirían vendiendo armas tanto a los carlistas como a los cantonalistas (se las vendían en Cádiz a Fermín Salvochea), pues ellos no iban a decidir el futuro de España.

 

 

El incidente del Virginius.

 

El 31 de octubre de 1873 España apresó al Virginius, un barco con bandera estadounidense que portaba armas y rebeldes cubanos, y que se dirigía a Cuba. Fueron sometidos a consejo de guerra por las autoridades españolas. Fueron ejecutados 36 tripulantes y 16 pasajeros, incluyendo los patrones norteamericanos del barco que les llevaba. Estados Unidos protestó airadamente, lo que significaba que no había sido un acto de piratería de particulares, sino una acción de Estado. Emilio Castelar intentó negociar con Estados Unidos liberando al resto del pasaje y al buque. Incluso se comprometía a hacer un acto de desagravio a la bandera americana para calmar a los Estados Unidos y no iniciar la guerra, pero la enemistad con Estados Unidos estaba ya planteada. Estados Unidos buscaba una excusa para iniciar la guerra y quedarse con Cuba y Puerto Rico. Castelar logró iniciar conversaciones diplomáticas y evitó la guerra. Las conversaciones duraron hasta febrero de 1875, sin acuerdo ninguno.

Europa actuó con indiferencia ante la posibilidad de que Estados Unidos declarase la guerra a España e invadiese los países del Caribe, salvo Gran Bretaña, que veía peligrar sus intereses comerciales en la zona y se ofreció como mediador entre las partes. Si España se mantenía en Cuba, Gran Bretaña mantendría sus negocios ilegales, pues España no tenía fuerza para impedirlo. Si Estados Unidos entraba en posesión de Cuba, Gran Bretaña seria expulsada.

Igualmente, cuando los republicanos fueron eliminados en España en enero de 1874, nadie en Europa protestó. Los temas españoles no interesaban. España conservaba la ilusión de ser uno de los grandes, pero nadie se lo reconocía fuera de sus fronteras. España tardaría todavía 25 años en ser consciente de su decadencia.

 

 

Final del Cantón de Cartagena.

 

El general Francisco Ceballos Vargas[6], que sería I Marqués de Torrelavega en 1876, hizo un segundo sitio de Cartagena el 10 de diciembre de 1873.

El general José López Domínguez hizo el tercer sitio de Cartagena y la plaza capituló el 12 de enero de 1874.

El cerco a Cartagena fue duro y los cercados lo pasaban mal, de modo que tuvieron que renunciar al ataque y conformarse con salir indemnes de la situación. Pasaron a táctica de estrategia a la defensiva.

El 2 de septiembre de 1873 dimitió el Gobierno Provisional de Cartagena (Contreras, Ferrer y Gálvez) y cedió el poder a la Junta Soberana de Salvación de Cartagena. Se preveía un drama próximo y buscaban una salida digna. Hicieron llamamientos a todos los republicanos españoles en los que decían que todos los republicanos eran hermanos.

Como era de esperar, el apoyo de los otros republicanos federales fue muy escaso, y surgió el desánimo en Cartagena. Algunos soldados se pasaron al enemigo. Y entre los que permanecieron defendiendo el Cantón, surgió la división: la Junta Civil de Cartagena, presidida por Pedro Gutiérrez de la Puente y Roque Barcia Martí, era partidaria de capitular; la Junta de Guerra, dominada por Antonio Gálvez, Juan Contreras y Félix Ferrer querían mantener la defensa hasta sus últimas consecuencias. Se impuso el punto de vista de la capitulación. Con ello, el experimento cantonal había concluido.

El indulto a los sublevados en Cartagena causó enorme alegría popular por toda España.

 

 

Inseguridad en diciembre de 1873.

 

En diciembre de 1873, Castelar ofreció a Serrano el mando del ejército del norte, lo que confería a Serrano el puesto más importante del ejército en ese momento. Serrano lo rechazó porque no quería empezar todavía la restauración, quizás porque no se había decidido por el candidato a Rey, o tal vez aventurase ser él Presidente de una República conservadora. Desconfiaba de todos y sopesaba la posibilidad de declararse a sí mismo dictador, al estilo francés, hasta que Alfonso tuviese una edad madura, de unos 25 años, para lo cual faltaban todavía ocho años. La idea de Serrano no pudo llevarse a cabo por causa de que Manuel Pavía, tomó las Cortes en enero de 1874, y de que Martínez Campos dio un golpe de Estado en diciembre de 1875.

Casi todos los políticos eran conscientes de que Castelar sería recusado y perdería las votaciones del 2 de enero siguiente, y todos se preparaban para la nueva situación, para el día en que se iban a reunir las Cortes cerradas desde 18 de septiembre. Todos esperaban la apertura de las Cortes para derribar a Castelar. Incluso el Cantón de Cartagena resistía con el objetivo de tener una oportunidad tras la caída de Castelar, y aguantó hasta 12 de enero de 1874, cuando vio que la situación era adversa e irreversible.

En diciembre de 1873 se conocía sobradamente que los monárquicos iban a dar un golpe de Estado. No se sabía si se iba a iniciar una República autoritaria y conservadora o una monarquía. También lo iban a intentar los republicanos federales intransigentes.

 

 

Las difíciles navidades de 1873.

 

A finales de diciembre de 1873, el próximo Golpe de Estado estaba cantado. Los republicanos intransigentes tratarían de llevarse la Presidencia del Gobierno y, en ese caso, los moderados y monárquicos darían el golpe. La calle lo sabía.

Castelar, en situaciones anteriores, había manifestado que tomar poderes excepcionales era dar ventaja a los federales intransigentes, y que lo más efectivo era actuar desde la legalidad constitucional y respetando siempre el poder legislativo. Pero los militares no pensaban lo mismo. Los militares decían que todo tenía un límite, y que no se podía claudicar frente a los cantonalistas que querían desmembrar España. En diciembre de 1873, los militares sugirieron un “Gobierno de concentración” del que sólo quedasen excluidos los carlistas y los federalistas. Y anunciaron que si Castelar era derrotado, irían al golpe de Estado.

El 22 de diciembre de 1873 hubo restricciones a la prensa, cerrando la prensa extremista intransigente. Con ello, la República, que tanto había protestado a favor de la libertad de prensa, era la que cortaba esa libertad por la que tanto había suspirado.

El 24 de diciembre de 1873, Castelar citó al Capitán General de Madrid, Manuel Pavía Rodríguez de Alburquerque, para rogarle que no dieran el golpe de Estado. Manuel Pavía era un general muy prestigioso en ese momento: Pavía había estado en el golpe de 1866 apoyando a Prim, se había exiliado, había regresado en 1868 y se había puesto a las órdenes de Ruiz Zorrilla y Cristino Martos, del Partido Radical, el mismo de Prim, los cuales eran en ese momento republicanos, pero conservadores. En julio de 1873, Pavía había sido nombrado Capitán General de Andalucía y Extremadura y había combatido a los cantones de Córdoba, Sevilla, Jerez y Cádiz. Se había dejado algunos muertos por el camino luchando contra los republicanos intransigentes, y no admitía componendas con ellos. Desde septiembre de 1873, Pavía era Capitán General de Castilla la Nueva (Madrid).

En las conversaciones de 24 de diciembre, Castelar y Pavía constataron que ninguno de los dos quería la vuelta del cantonalismo. Pavía propuso prolongar el cierre de las Cortes y que Castelar siguiera gobernando hasta dominar a los cantonalistas. Castelar se negó, porque declararse dictador de hecho, o gobernar en situación excepcional, era contrario a sus principios. Entonces Pavía le dijo que si Castelar era despuesto el 2 de enero, daría el golpe de Estado. Informó a continuación de ello a los Capitanes Generales del Norte, Centro y Cataluña, a los líderes del Partido Constitucional y del Partido Radical. Les dijo que daría el golpe y que debían preparar un Gobierno de Concentración Nacional. El golpe no era pues un secreto.

Los socios de Pavía, liberales radicales de Ruiz Zorrilla y los constitucionales de Sagasta, prepararon las medidas complementarias al golpe, y Pavía se entrevistó con los embajadores de Francia y Gran Bretaña para asegurar su aceptación de un nuevo régimen en España.

Un problema que se planteaba era que el Congreso estaba custodiado por la Guardia Civil y, si era atacado por el ejército, podía haber un tiroteo entre ejército y Guardia Civil, y fracasar todo. Se decidió que Pavía se pusiese en contacto con el coronel Iglesias, jefe de la Guardia Civil, para evitar el conflicto entre ambos cuerpos armados, pues los dos estaban en oposición al desorden republicano intransigente.

El 31 de diciembre se reunieron los republicanos intransigentes Figueras, Pi y Salmerón para preparar la moción de censura a Castelar, para votar todos en contra de Castelar. Buscaron candidatos alternativos como Socias y Eduardo Chao, que se negaron a prestarse al juego, y por fin encontraron al republicano Eduardo Palanca Asensi[7] en la madrugada del 3 de enero de 1874, cuando éste huía de Madrid y estaba en la estación de ferrocarril, tras haber oído que le buscaban para Presidente.

Todos los grupos políticos estaban pues preparados para el 2 de enero de 1873. No fue una sorpresa para nadie que hubiera cambios. Lo probable era que los republicanos tomaran el poder en las Cortes.

 

 

La caída de Castelar.

 

Efectivamente, las Cortes se abrieron el 2 de enero de 1874, porque Castelar no quería retrasar su apertura, pues decía que era necesaria la unión de todos los hombres de buena voluntad para salvar a la naciente República.

Los republicanos intransigentes, Figueras, Pi y Salmerón, presentaron la “cuestión de confianza” al Gobierno, tal como habían acordado días antes. Salmerón resultaba en este momento aliado de su enemigo Pi i Margall. Criticaban a Castelar por haber luchado contra los Cantones, y no con la misma energía contra los monárquicos carlistas. El discurso era poco racional, y más bien justificativo.

Empezaron los discursos: Rafael María de Labra González Cadrana invitó a Castelar a marcharse. A las 11 de la noche del 2 de enero, Salmerón estaba dando la respuesta a Castelar en tono desairado.

En la madrugada del 3 de enero, se reunieron en Gabinete de Presidencia los líderes republicanos duros: Nicolás Salmerón, Francésc Pi, Estanislao Figueras, José Guisasola y Francisco Rispa Perpigñá. El médico José Guisasola era propietario del periódico La Igualdad, que había servido a Figueras, José María Orense, y José Paúl y Angulo, y se oponía a las tesis del periódico de Castelar, El Orden. Rispa había dirigido el periódico El Combate en 1872, pero ante todo era el maestro masónico de la logia Giordano Bruno. Se ratificaron en el acuerdo de 31 de diciembre de votar en contra de Castelar y proponer juntos como nuevo Presidente a Eduardo Palanca Asensi. Y decidieron dar un golpe de Estado si Castelar ganaba la votación: Los Voluntarios de la República tomarían las calles de Madrid y darían el golpe republicano cantonalista.

Eduardo Palanca fue localizado en la Estación del Ferrocarril del Mediodía de Madrid, cuando se disponía a marcharse, pues había oído que le buscaban para Presidente. Fue forzado a acudir al Congreso.

La cuestión de confianza, presentada por Martín de Olías, se votó a las 05:00 horas de la mañana del 3 de enero. Castelar la perdió por 120 a 100 (otros autores dan 110 a 101). Castelar quedaba depuesto como Presidente.

A las 6:55 de la mañana del día 3, se estaba votando como nuevo Presidente al candidato republicano intransigente Eduardo Palanca, cuando el escrutinio de votos quedó interrumpido por una orden del general Manuel Pavía Rodríguez de Alburquerque, Capitán General de Madrid[8] y Gobernador Militar de Madrid, que ordenaba disolver las Cortes.

Manuel Pavía, como había prometido, se había instalado en Paseo del Prado y, cuando supo que Castelar había sido depuesto, puso sus hombres delante del Palacio de las Cortes y dos cañones mirando a las calles que bajaban de Puerta del Sol, a fin de controlar a posibles ataques cantonalistas que bajaran por aquellas calles. Pavía envió dos emisarios a Nicolás Salmerón, Presidente de las Cortes, y uno al coronel de la Guardia Civil Iglesias que custodiaba el edificio y no estaba dispuesto a enfrentarse al ejército de Pavía. Así, Salmerón sabría que no tenía protección armada y que se enfrentaba al ejército.

Salmerón se negó a disolver. Entonces, el Comandante Mesa, al mando del Regimiento de Cazadores Mérida, entró en el hemiciclo con unos jóvenes soldados de reemplazo. Los diputados se echaron contra los jóvenes soldados de reemplazo y les expulsaron de allí. Tras ello, los diputados se pusieron a discutir cuál era la postura a adoptar, y juraron no abandonar el hemiciclo en ninguna circunstancia.

El Coronel Iglesias, que tenía el mando de la Guardia Civil de las Cortes, pero era militar del ejército, decidió no tolerar la afrenta al ejército hecha por los Diputados cuando echaron de allí a los jóvenes soldados. A las 7:30, se presentaron dos compañías de la Guardia Civil, otras dos de infantería y una batería de montaña. Los números de la Guardia Civil entraron a tiros (disparados en los pasillos y hacia el techo), y no dejaron que los Diputados se echaran sobre ellos.

Casi todos los Diputados abandonaron el hemiciclo. Se resistían a marcharse Salmerón y Castelar. Ambos le dijeron a Iglesias que, al impedir la votación de Palanca, el Presidente seguía siendo Castelar, y que debía obedecer las órdenes de éste. Iglesias les respondió: “Ya es tarde”. Hacía referencia a que todos le habían pedido a Castelar que continuase y no había querido hacerlo.

El nuevo dueño de la situación era el general Manuel Pavía Rodríguez de Alburquerque, desde su puesto de Capitanía General, de donde no se movió. El ambiente era de triunfo conservador y alfonsino, pero sólo eran las 7:30 de la mañana.

El golpe de Pavía era puramente militar, sin trama civil, y no tenía como finalidad tomar el poder, sino evitar que la república de Castelar cayera en manos de intransigentes. Pavía había sido utilizado por Salmerón para reprimir el cantonalismo de Andalucía. Castelar, más tarde, le había hecho Capitán General de Castilla la Nueva. Era partidario de la república unitaria, manteniendo en todo momento la autoridad del Estado. No quería un Presidente cantonalista que incluso acabara con la República una vez destruida España. Pero tampoco quería el poder para sí.

Así que, en la mañana del 3 de enero de 1874, nadie sabía qué régimen político se iba a implantar, si república, dictadura o monarquía. Pero se sabía que los progresistas del Partido Radical eran los dueños de la situación. Pavía llamó a Sagasta y a Serrano, los líderes políticos del momento, y les dijo que resolvieran la situación, pues él se marchaba a casa.

A las 11:00 de la mañana del día 3 de enero, se reunía en las Cortes una Junta de Notables integrada por Francisco Serrano duque de la Torre, Manuel Gutiérrez de la Concha, José Gutiérrez de la Concha, Cristino Martos Balbi, Nicolás María Rivero, Práxedes Mateo Sagasta, Manuel Becerra, José Elduayen Gorriti, Antonio Cánovas del Castillo, Juan Bautista Topete, José María Beránger, Eugenio Montero Ríos y Manuel Pavía, 13 en total, y discutieron el futuro del golpe de Estado. Los republicanos no asistieron porque no quisieron, pero alguno de ellos fue invitado a asistir. Y los pocos republicanos que asistieron se fueron retirando poco a poco, nada más empezar.

Nicolás María Rivero empezó proponiendo proclamar al general Francisco Serrano Presidente de la República, restableciendo la Constitución de 1869, con la modificación pertinente para que España fuese República unitaria, a lo que se opusieron Manuel Gutiérrez de la Concha y José Gutiérrez de la Concha. Intervino Manuel Pavía para decir que apoyaría a quien decidiesen, pero que se pusiesen de acuerdo. Cánovas y Elduayen pidieron un Gobierno Provisional representantivo de la mayoría parlamentaria hasta que se pudiera restablecer la normalidad de los partidos políticos, y poder decidir después.

La explicación a esta postura de Cánovas era que los monárquicos no podían dar solución al problema de Gobierno de España, porque Alfonso XII era demasiado joven e inexperto, lo cual desarmaba sus argumentos.

Serrano dijo, por fin, que el futuro debía ser republicano, y mientras, debía haber un Gobierno de Salvación Nacional. Serrano apoyó esta última moción. Antonio Cánovas y José Elduayen Gorriti propusieron un Gobierno de amplia base, con representación de todas las fuerzas políticas del momento. Le siguieron la mayoría de los presentes, absteniéndose Pavía. Se decidió que Francisco Serrano duque de la Torre fuera Presidente del Poder Ejecutivo y él buscase un modelo de Estado que sirviese para gobernar en España, bajo la Constitución de 1869. Todos sabían que Serrano era monárquico y que encargarle salvar la República era un contrasentido.

Eran poco más de las 11 de la mañana y Serrano se salía con la suya. El golpe se inclinaba a favor de Serrano y perdían su oportunidad los alfonsinos. Los monárquicos acusaron más tarde a Cánovas de no haber defendido con suficiente fuerza la proclamación de Alfonso XII como Rey de España. Pero Cánovas creía que no era el momento y que se debía seguir esperando. Tal vez pensara que, si se proclamaba Rey a un niño, Serrano se convertiría en el amo de la situación y se proclamaría Regente, cuando a Alfonso le quedaba sólo un año para cumplir la mayoría de edad, mientras que si esperaba, tendría a Alfonso proclamado Rey por el propio devenir de los acontecimientos. Y con Serrano como Regente, tal vez instaurase la República militar y se aferrase al poder definitivamente.

Manuel Alonso Martínez comentó que aquello era la “Res Pública” y que Serrano era el hombre enérgico, hábil y prudente, y que tenía el prestigio suficiente porque ya había encabezado la revolución de septiembre de 1868 y había sido Regente durante un Gobierno Provisional en 1868.

 

 

El ejemplo MacMahon.

 

A finales de 1873 había llegado a la Presidencia de la República Francesa el general MacMahon duque de Magenta, un hombre votado por los católicos, pero contrario a los ultras católicos, es decir, muy favorable a los proyectos de Cánovas. MacMahon había hecho su carrera militar en la conquista de Argel a partir de 1830, en la guerra de Crimea de 1854 y, sobre todo, en la represión de la comuna de 1871. La fama y popularidad que le dio la represión de la Comuna de París, hizo olvidar la derrota de Sedán de 1870. MacMahon era visto como el hombre que podía apoyar al catolicismo en toda Europa e incluso hacer recuperar sus Estados al Papa. Respecto a España, MacMahon cerró los periódicos ultras católicos franceses como L`Univers, y eso aseguraba que no apoyaría a los carlistas.

Serrano, duque de la Torre, intentaría, durante 1874, ser el MacMahon español perpetuando una república conservadora, lo cual no convenía a los intereses canovistas de restaurar a Alfonso XII en el trono. Cánovas procuró que Isabel II se entrevistase con MacMahon varias veces, y que éste prometiera apoyo a Alfonso XII, lo cual rompía las posibles ambiciones de Serrano.

 

 

El Manifiesto de 8 de enero de 1874.

 

El Gobierno de Serrano tenía un peligro, que los monárquicos de Cánovas veían con claridad, y era que Serrano se declarase Presidente autoritario de una República al estilo francés de ese momento. La discusión duró algunos días más y se resolvió el 8 de enero con un Manifiesto a la Nación que:

Disolvía las Cortes Constituyentes de la República.

Aceptaba la Constitución de 1869, pero suspendida hasta la normalización de la vida pública. Se suspendieron garantías constitucionales.

Reconocía el papel arbitral del ejército como expresión de la voluntad pública en ese momento. Se reconoció que el golpe de Pavía había sido dado en nombre del ejército y no de ningún partido político y, como dentro del ejército estaban todas las opciones políticas, el golpe no tenía carácter definido a favor de ningún partido, pero sí en contra de los republicanos federales.

Declaraba a Serrano Presidente Interino de la República, hasta resolver la situación. Nunca se aclaró si Serrano era Presidente, Regente en espera de la monarquía, o Dictador militar al estilo francés de aquel momento. Serrano tuvo la oportunidad de consolidar su posición, pero nunca encontró apoyo de políticos, militares o asociaciones que le avalaran y tuvo que resignarse a ser meramente Presidente interino y abandonar el cargo en su día. Tambien, el hecho de no definir el régimen político en que gobernaba acabó desacreditándole.

 

 

Trascendencia de la República.

 

Los anarquistas:

Pi es considerado un gran difusor del anarquismo en España desde su libro “Las Luchas de Nuestros Días”, publicada en 1887, donde no reconocía autoridad ninguna que pudiera dirigir a nadie, ni razón superior a la propia razón del individuo.

Tras el fracaso del cantonalismo, los anarquistas se organizaron en federaciones agrícolas e industriales, y desde ellas en regiones, secciones y federaciones, que rechazaban toda organización política como el Municipio, la Diputación y el Estado.

Independentismo catalán:

Otra corriente nacida del federalismo de Pi fue el independentismo, aunque los teóricos románticos quieren llevarlo a la Edad Media, o al menos al reinado de Felipe V de Borbón. Valentí Almirall quedó defraudado por la República y por Pi, pues veía igual de centralistas a los republicanos que a los conservadores monárquicos que acababan de echar. Almirall, que había sido agitador para el federalismo, se convirtió en agitador para el regionalismo-nacionalismo. Abandonó su periódico madrileño “El Estado Catalán” y fundó “Diari Catalá” el 4 de mayo de 1879 para hablar, pensar, y obrar en catalán, fecha que es considerada como origen del nacionalismo catalán duro. Ya no hubo marcha atrás. En 1881, Pi fue a ver a Almirall a Cataluña y fue recibido cortésmente, pero Almirall escribió a continuación un artículo en Diari Catalá pidiendo un gran partido catalanista que buscase la autonomía de Cataluña. Aparecieron dos corrientes: una más radical, liderada por Valentí Almirall en torno a “Centre Catalá” desde 1882, y una más moderada liderada por Enric Prat de la Riva, Françésc Cambó y Josep Puig i Cadafalch en torno a “Lliga de Catalunya” desde 1887.

 

 

El fracaso social de la Primera República Española[9].

 

En los primeros días de enero de 1874, la experiencia de república había fracasado en España.

Los republicanos fracasaron porque los dirigentes no tenían el apoyo popular que presumían, los políticos republicanos iban por libre y, a su vez, las masas populares no tuvieron un director único de sus acciones, que se quedaron en mera violencia, pues no obedecían a sus líderes de Madrid, sino a líderes comarcales muy diversos en ideología.

Los republicanos serían perseguidos en 1874 y entrarían en una crisis profunda. En 1876, Pi publicaría Las Nacionalidades explicando el pactismo federal, cosa que debiera haber hecho antes de 1873. En 1881, Figueras fundaría el Partido Federal Orgánico, con un modelo distinto al de Pi, pero ya sin trascendencia en la historia de España. En 1901 moriría Pi i Margall y sería sucedido por Vallés i Ribot, lo cual acentuaría la decadencia de los republicanos, que quedaron reducidos a un grupo catalán, y en 1910, la Unión Federal Nacionalista Republicana era solamente catalana.

El Sexenio fue en España una época de los agitadores, entendiendo por agitador un tipo de café, mitad político y mitad literato, generalmente provinciano, instalado en la bohemia madrileña de tercer cuarto del XIX, disconforme de todo y de todos y muy activo. La acción de estos agitadores sirvió para destruir los últimos vestigios del Antiguo Régimen español, que debieran haber sido eliminados o suspendidos un siglo antes y que los políticos se habían negado a borrar del mapa político y social. Esa era la parte que les daba la razón. Pero no supieron crear las reformas liberales que eran precisas y que ya funcionaban en Europa occidental, sino que, en mítines y en artículos de periódico incendiarios, intentaron ensayos sociales de tipo populista y socialista unas veces utópicos en sí mismo y otras irrealizables en esos momentos históricos. Por ello, el Sexenio constituyó una decepción más en una España que ya llevaba unas cuantas decepciones: no creó el sistema político estable que permitiera el desarrollo económico y social, no acometió las reformas socioeconómicas que eran necesarias, no generó una conciencia política nueva de moralidad y servicio al interés general.

Y el punto culminante de la verborrea política fue el de la Primera República. Allí, cada partido quería una Constitución diferente, la suya, y vetaba las de los demás. No querían un modelo de Estado de convivencia, sino la imposición definitiva de su propio programa político. Todos fueron intransigentes. Todos buscaban la Constitución perfecta y todos olvidaron hacer la Constitución posible. Así se llegó al concepto conocido como “la España invertebrada”, una mezcla de dos visiones antagónicas del mundo con posibilidades de Gobierno, y otras visiones divergentes, todas distintas, en la oposición. El concepto lo utilizaría Ortega y Gasett en 1922, divulgándolo ampliamente.

La burguesía era la única clase social capaz de sostener la riendas del Gobierno en un momento como el final del XIX, en plena transición de la agricultura tradicional a la agricultura comercial (con la previsión de dos millones de personas que se quedarían sin trabajo en el campo), y de la artesanía a la industria moderna (con 500.000 personas que perderían su medio de vida se se realizaba la revolución industrial). Pero la burguesía de Barcelona, Málaga y Cádiz, la única que estaba claramente en la senda de la industrialización, y era suficientemente fuerte como grupo en sus propios territorios, no estaba dispuesta a hacerse cargo del poder, a asumirlo directamente, sino que prefería que otros le hicieran ese servicio. Y los servidores de la burguesía, ejército, Iglesia y funcionariado, no hicieron ni se atrevieron a afrontar los cambios sociales y económicos necesarios, aunque intentaban salvar al país. Incluso hubo algunos que ensayaron utopías. Y como el cambio era urgente, la pequeña burguesía decidió ensayar sus propias utopías, y surgieron grupos de campesinos, de artesanos y de obreros intentando las suyas, todos ellos con ánimo redentorista salvador de España. Los grupos populares confundieron la libertad con el derecho al insulto y con el derecho al motín popular.

Y mientras tanto, las minorías intelectuales, que distinguían perfectamente entre la postura de atacar los problemas reales y la de intentar soluciones utópicas, no supieron o no quisieron dominar a las masas, educarlas diciéndoles la verdad, y preferían la frase ampulosa que dejaba ininteligibles los conceptos.

 

 

El fracaso político de la Primera República española.

 

Una de las causas que explican los movimientos republicanos españoles, fue que las Constituciones con alguna estabilidad en el XIX, las de 1845 y la de 1876, constituciones moderadas doctrinarias, es decir, al servicio de la burguesía, no sirvieron al fin con el que habían sido redactadas, no hicieron los cambios que prometían. Podemos traducirlo como que la burguesía no dio el paso “ilustrado y liberal” de hacer las reformas que necesitaba el pueblo. El fracaso de 1845 llevó a la República de 1873. Y el fracaso de 1876 a la República de 1931.

Los teóricos estaban un tanto desorientados: En el periodo 1868-1874, los diversos teóricos ensayaron modelos políticos de “autodeterminación” y de socialismo, que resultaban contrarios a los intereses de la burguesía, de los terratenientes y propietarios industriales, bancarios y comerciales. Es decir, los intelectuales planteaban la ruptura, tal vez la guerra civil, con los poderes reales económicos, políticos, militares y religiosos. Eran planteamientos excesivos que, naturalmente, estaban condenados al fracaso. Nunca se llegó a la Constitución de consenso y de progreso en los derechos de todos.

Surgieron dos modelos de Estado, sostenidos por dos fuerzas sociales, una en cada parte: los “grandes”, es decir, los terratenientes, nobleza cortesana, generales del ejército y jerarquía católica, tenían un modelo de Estado conservador, que en virtud del lema “orden y progreso”, insistía en el orden y dejaba para más tarde el progreso. Los “pequeños”, esto es, las clases campesinas pobres y el incipiente proletariado, tenían un modelo de Estado revolucionario, que destruyera lo hasta entonces existente. Y en medio de los grupos, “grandes” y “pequeños” quedaban las profesiones liberales, los funcionarios, los pequeños y medios propietarios, los oficiales del ejército, el clero rural, que unas veces se inclinaban por las tesis de los unos y otras por los de los segundos. Y resultaba que estos individuos, los que no tenían personalidad por sí mismos, eran los protagonistas de la política, pues ni los “grandes” asumían la responsabilidad del poder, ni los pequeños tenían la más mínima oportunidad de conseguirlo, o si lo conseguían, de mantenerlo.

Los acontecimientos de la Primera República española fueron obra de pequeño burgueses sin ningún poder real y efectivo detrás de ellos, y sin ni tan siquiera el apoyo social de la clase media a la que pertenecían. Eran grupos pequeños que no representaban a nadie, sino a ellos mismos.

La idea general de los españoles era que España no podía funcionar a ritmo de golpe de Estado, tumultos y mítines, que imponían un Gobierno hasta el triunfo del siguiente golpe de Estado. Pero para lograr que algo cambiase había que romper con varias intransigencias: con la del carlismo, que era teocrático y absolutista; con la de los católicos no carlistas pero sí integristas, que exigían la sumisión del Estado a los principios católicos y a las disposiciones de la Santa Sede; con la de los “moderados” que insistían en mantener la soberanía el el Rey a través de la fórmula “las Cortes con el Rey”; con la de los progresistas que afirmaban que sólo el pueblo español era soberano, pero tampoco se podía caer en el populismo jacobinista absurdo, y no sabían darle salidas a la situación; con la de los demócratas-republicano-socialistas que creían en la soberanía popular de las masas, aunque éstas fueran incultas y pobres, porque al menos serían de más alta moralidad que los que habían gobernado hasta entonces.

¿Cómo se podía conseguir el consenso mínimo entre éstas y otras posturas políticas? En tiempos antiguos, el cristianismo, catolicismo después, había predicado la moralidad a los unos y la resignación a los otros, y había aportado el consenso necesario para la convivencia. Pero las nuevas clases sociales practicaban un catolicismo de maquillaje externo, estético, prescindiendo de toda moralidad si ello convenía a sus gustos e intereses. La Reina Isabel II se declaraba católica pero practicaba el sexo libremente. Las grandes fortunas, tenían esclavos en Cuba, Puerto Rico y Filipinas, pagaban salarios de hambre, se dedicaban al robo y asalto organizado (dirigentes del bandolerismo andaluz), mientras decían profesar el catolicismo. Las nuevas clases emergentes se declaraban ateos o, al menos, prescindían por completo del catolicismo. España había perdido su conciencia moral como colectivo. Los grupos políticos habían evolucionado a posiciones extremistas y radicales, cuya única preocupación era defenderse de los ataques del resto de las agrupaciones políticas.

Nadie tenía tiempo ni posibilidades de encarar los verdaderos problemas: dar trabajo y cultura a tres millones de trabajadores del campo; pagar la enorme deuda del Estado; encontrar la salida a cerca de un millón de artesanos que debían emigrar o cambiar de dedicación para dar el paso a la sociedad industrial y comercial; acabar con el caciquismo, nepotismo, corrupción, bandolerismo, realidades que impregnaban toda la realidad; acabar con gobernantes, militares y religiosos inútiles o inmorales. La labor a realizar era descomunal. No se veía ninguna salida racional al problema “España”.

El intento de solucionar los problemas por la vía “república” evolucionó a federalismo populista, proyecto en el que no se insistía en lo que unía a los pueblos federados, sino en lo que les separaba. Y el federalismo dio en cantonalismo, donde cada núcleo comarcal se creyó con derecho a constituir su propio Gobierno, aunque no tuviera medios económicos ni personas doctas suficientes para gestionarlo, situación en la que el “derecho” se convierte en “utopía”. El absurdo cantonalista sólo puede explicarse como “derecho al pataleo”, como cansancio de tantas injusticias, promesas nunca cumplidas. Y los excesos cantonalistas llevaron en algunos casos a plantear el socialismo bakuninista y en alguno el socialismo marxista. Y al final de la cadena, condujo a una contrarrevolución que rescató el viejo sistema burgués conservador de antes de 1868, el cual se dedicó a contener la violencia de las masas utilizando la violencia del Estado, y también olvidó los problemas sociales y económicos que agobiaban a España como colectivo.

 

 

Los hombres frente al problema republicano.

 

Emilio Castelar, Presidente de la República desde septiembre de 1873 a enero de 1874, fue plenamente consciente del problema que venimos exponiendo, del drama político que se estaba generando, y lo expresó ante las Cortes el 10 de febrero de 1872, cuando estaba a punto de abdicar Amadeo. Le contestó Augusto Ulloa Castañón, Jefe del Partido Conservador, el 11 de febrero, cuando ya había abdicado Amadeo de Saboya, que los conservadores nunca abdicarían de sus ideas, sentimientos y conciencia. Como los federales-socialistas tampoco estaban dispuestos a “abdicar” de las suyas, la República Española, que nacía ese mismo día, nacía con signo de enfrentamiento y no de cooperación y consenso, por más que fuera votada por la inmensa mayoría de los diputados.

Los conservadores hablaban de “orden social por encima de todo”, y los republicanos de “orden en libertad” y “paz en democracia”, como decía Nicolas Salmerón. Inmediatamente, los republicanos se fraccionaron entre “benevolentes” de Castelar, que sentían la necesidad del consenso social, e “intransigentes” que ponían la libertad como valor superior al orden y argumentaban que la libertad generaría un nuevo orden social.

Más tarde, el pensamiento de Castelar fue admitido por los conservadores, y Castelar fue admirado, aunque los conservadores como Figuerola no pudieran comprender que los “benevolentes” colaboraran con el resto de los republicanos. Argumentaban los conservadores que sin orden y seguridad no se podría abordar ningún proyecto político, y aseguraban que la “república democrática” iba abocada a “república demagógica”, lo cual era tan malo como la corrupción y el nepotismo de tiempos de Isabel II contra lo que se habían rebelado todos en 1868.

Pi y Margall, líder republicano más intransigente que Castelar, se dio cuenta de que los hechos en la calle iban mucho más allá de sus proyectos en el Parlamento: en 18 de julio de 1873 presentó ante las Cortes su dimisión como Presidente de la República porque España se le disgregaba sin que supiera cómo reaccionar ante ello. Y a partir de julio de 1873, los “benevolentes” y los “intransigentes” se convirtieron en grupos irreconcialiables con programas sociales y políticos distintos.

El intransigente y utópico Francisco Casalduero Conte, del Partido Demócrata, acusó a Castelar de haber acabado con Pi. Creía que la soberanía de las Cortes no podía delegarse en una persona de forma permanente ni continuada, pues ello iba en contra de los derechos democráticos del Parlamento. Esto es, no admitía Presidente de la República ni Jefe de Gobierno que tomaran decisiones por sí mismos, sino que estos cargos debían estar siempre llevando todas sus decisiones al Parlamento y convertirse en meros ejecutores de lo que éste decidiera. Decía que lo importante no era la persona sino los principios republicanos y esos principios no podían ser otros que los republicano-socialistas-federales-populistas, fuera de los cuales todo lo que aconteciera debía ser considerado “desorden social”. Culpaba a los conservadores de provocar el “desorden social” y afirmaba que tras la implantación del republicanismo sobrevendría el orden por sí solo, sin necesidad de ejércitos ni policía o Guardia Civil que lo impusiese. Sólo luchando por el republicanismo federal se luchaba por el orden social.

La teoría del señor Casalduero era que Pi debería haber optado por la minoría “poseedora de la verdad”, la republicano federal, en vez de contentar a la mayoría conservadora, a la que consideraba inmoral. Sólo los republicanos federales luchaban, según Casalduero, contra los privilegios y abusos sociales. Los conservadores no jugaban otro papel que utilizar al ejército, la Guardia Civil y la Iglesia en orden a conservar sus privilegios de clase. Casalduero era asambleario, partidario del Gobierno de las Cortes. Ni siquiera creía en la Constitución, porque la Constitución era una declaración de estabilidad, de inmovilidad política, y él creía en el cambio revolucionario permanente, para el cual cualquier Constitución sólo era un impedimento. Por eso mismo, los Gobiernos no debían tener más misión que ejecutar con la máxima energía las decisiones que fueran siendo aceptadas por la Cámara de Diputados. Los Presidentes deberían dejar de pensar por sí mismos y de actuar por sí mismos. Mediante esta utopía, del Presidente aséptico al servicio del Parlamento, Casalduero expresaba su posición política, la de los intransigentes.

Como los demás grupos políticos del Parlamento reaccionaron de forma intransigente a la intransigencia de los republicano-federales, no quedaron soluciones pacíficas viables. Por un lado estalló la violencia cantonalista. Por el otro, se organizó el golpe de 3 de enero de 1874. España estaba en el mismo punto político que a principios del XIX, igual que en 1808, 1820, 1833, 1840, 1854, y 1868. Y el ejército, llamado una vez más a resolver los problemas de convivencia política de los españoles, se ratificó en la idea de tutor y salvador de la patria, con derecho a gestionar la política cotidiana. MacMahon había tomado las riendas de la política en Francia y los militares españoles lo venían haciendo durante todo el siglo XIX. Los hechos confirmaban a los militares como necesarios en la dirección de la política española, idea que no se abandonará hasta 1976.

 

 

 

[1] Emilio Castelar Ripoll nació en Cádiz en 1832. En 1836 iba a la escuela en Elda (Alicante), estudió después en el instituto de Alicante y en la Universidad de Madrid, derecho y filosofía. Apareció en política en 1854 con un discurso sobre las libertades políticas y la democracia. En 1863 fundó un periódico, “La Democracia”, de carácter antimonárquico y por ello, por un artículo e su periódico titulado “El Rasgo” en el que censuraba a Isabel II, fue apartado de su cátedra de Historia de España de la Universidad Central en 1865, lo cual provocó alborotos estudiantiles que acabaron en la Noche de San Daniel de 10 de abril de 1865. Estuvo complicado en el levantamiento del Cuartel de San Gil de 1866. Estuvo exiliado hasta 1868. Al regresar fue uno de los tres dirigentes del Partido Republicano (Figueras, Pi y Castelar) y fue elegido diputado en 1869. Pero su idea de la república era unitaria y con libertad de asociación y se oponía al federalismo y al cantonalismo. Fue ministro de Estado en la Presidencia de Figueras. Fue Presidente en septiembre de 1873. Defendía una república en la legalidad y se oponía a los actos de fuerza cantonalistas. En 1876 sería diputado por Barcelona y defendería el sufragio universal la libertad de todos los cultos y el servicio militar obligatorio y estuvo en el Partido Republicano Posibilista que se oponía al Partido Republicano Radical de Ruiz Zorrilla. En mayo de 1893 se integró en el Partido Liberal de Sagasta. Murió en San Pedro del Pinatar (Murcia) en 1899.

 

[2] Juan Antonio Rascón Navarro Seña y Redondo, 1821-1902, conde de Rascón, se había apuntado a la Milicia Nacional siendo un niño, en 1834 ó 1836, y en 1841 ya era capitán de una Compañía de milicianos. Fue abogado y escribió en El Clamor Popular, estuvo en la Junta Superior de Armamento y Defensa de Madrid de Evaristo San Miguel en 1854 y luego salió como embajador español, durante la época de Unión Liberal, a Alemania, Italia, Holanda, Turquía y Gran Bretaña. Fuente: Luis Álvarez Gutiérrez, “El conde Rascón, un embajador del siglo XIX. De la Milicia Nacional a la diplomacia”. Cuadernos de Historia Contemporánea, 2007, 13-24.

[3] Augusto Ulloa Castañón, 1823-1879, era abogado por Santiago de Compostela y entendido en el tema de Cuba desde su puesto de Director General de Ultramar. Fue Ministro de Marina en 1863, Ministro de Fomento en 1864 y sería más adelante, en 1874, Ministro de Estado.

[4] Antonio de los Ríos Rosas, 1812-3 de noviembre de 1873, era un malagueño de Ronda, abogado por la Universidad de Granada, que se había dedidcado a la política desde muy joven, pues ya en 1836 había sido diputado por Málaga. Por entonces era isabelino narvaísta. Empezó a criticar el autoritarismo de Narváez y se sintió a gusto en 1856 entre los unionistas de O`Donnell, para el que fue Ministro de Gobernación en 1856. En 1863 fue Presidente del Congreso de Diputados y empezó a hacer crítica del autoritarismo de Narvçez y de O`Donnell, lo cual le condujo al confinamiento en Canarias. Fue partidario de Amadeo de Saboya en 1871, y en 1873, se hizo simpatizante de Castelar, y el apoyaba en su  política contraria a los pimargalianos, cantonalistas intransigentes e internacionalistas. Murió el 3 de noviembre de 1873.

[5] José López Domínguez, 1829-1911, fue un militar malagueño veterabno de las guerras de Crimea 1854, de África 1859-1860, y de la batalla de Alcolea 1868, junto a Serrano, en la que derrotaron a Manuel Pavía Lacy. En 1873 fue Jefe del Ejército del Norte para luchar contra los carlistas, hasta que Castelar le llamó para luchar contra el Cantón de Cartagena. Volvió a Bilbao y levantó el sitio carlista. En 1874, sería Capitán General de Cataluña, en 1883 feu Ministro de Guerra para Posada Herrera, y en 1906 sería Presidente del Gobierno.

[6] Francisco Ceballos Vargas, 1814-1883, I Marqués de Torrelavega, 1876-1883, nació en Torrelavega, y se alistó en la guardia de Corps de Fernando VII en 1833, pocos días antes de la muerte del Rey. se declaró isabelino, y en 1836-1838 luchó contra los carlistas en el País Vasco y ascendió a coronel. En 1845 fue destinado por primera vez a Cuba. En 1859-1860 estuvo en la Guerra de África de O`Donnell. En 1866 fue encargado de reprimir la sublevación progresista del Cuartel de San Gil. En 1872 fue enviado a Cuba por segunda vez y fue Capitán General y Gobernador cuando la isla estaba ya en guerra civil. en 1873 fue destinado a Cartagena a reprimir los restos del Cantón. En 1875 fue Ministro de Guerra. Estableció hospitales de guerra en Santander para atender a soldados heridos en la Guerra Carlista, y en 1876 recibió el título de Marqués de Torrelavega.

[7] Eduardo Palanca Asensi, 1834-1900, nació en Valencia, pero sus padres se trasladaron a Málaga al poco buscando mejores perspectivas de trabajo, y tras hacer bachillerato en Málaga, pasó a la Universidad de Madrid a hacer Letras y Derecho. Abrió bufete en Málaga y enseguida conectó con demócratas como José Carvajal Hué, José Moreno Micó y Antonio Luis Carrión, que acabaron en el republicanismo federal. En 1868 estuvo en la Junta Revolucionaria de Málaga, que se mantuvo firme frente al general Caballero de Rodas que vino a someterla, pero fueron derrotados en 31 de diciembre de 1868. En enero de 1869 fue diputado republicano federal, al igual que Federico Macías Acosta y Blas Pierrad Alcedar, éste por Ronda. Fue Ministro de Ultramar para Salmerón y tuvo que hacer frente, paradójicamente, a la revolución cantonal de Málaga. Fue propuesto a Presidente del Gobierno el 3 de enero de 1874, pero no llegó a ser proclamado debido al golpe de Estado de Manuel Pavía. Se marchó a Tánger en 1875 y volvió a Málaga para retomar su bufete, aunque siempre se mostró republicano.

[8] Manuel Pavía Rodríguez de Alburquerque, 1827-1895, había nacido en Cádiz y era militar del arma de artillería. En 1866 había estado en Villarejo de Salvanés manifestándose contra Isabel II y tuvo que exiliarse. En 1868 regresó tras la revolución. En 1873 recibió el encargo de reprimir los cantones de Andalucía y, posteriormente, fue nombrado Capitán General de Castilla la Nueva. Como tal Capitán General de Madrid, en diciembre de 1873 había ofrecido su apoyo a Castelar para que no reabriese las Cortes, pero Castelar las abrió de todos modos. En 1880 sería senador vitalicio y Capitán General de Cataluña. En 1885 volvería a ser Capitán General de Castilla la Nueva.

No se debe confundir a Manuel Pavía Rodríguez de Alburquerque, con Manuel Pavía y Lacý marqués de Novaliches, casi contemporáneo suyo, 1815-1896, nacido en Granada el 6 de julio de 1815, que hizo su carrera en la Guerra Carlista y ascendió a brigadier en ella. En 1840 emigró a Francia al llegar Espartero, y en 1843 volvió acogiéndose a una amnistía, pero para luchar contra Espartero. En 1847 fue ministro de la Guerra durante un mes, pero renunció al no hacerse las reformas que él proponía. Luchó en Cataluña contra las partidas carlistas de Tristany y de Rol de Eroles, y en 1848 fue destituido por no sofocar una rebelión popular. En 1853 fue enviado a Filipinas y en 1854 volvió a España y se casó con la condesa de Santa Isabel marquesa viuda de Povar. En 1868 participó en la lucha pero en contra de los revolucionarios, pues era monárquico y moderado, y fue derrotado en Alcolea. En 1871 emigró y sólo volvió a España cuando fueron restaurados los Borbones en 1875.

[9] Juan Ferrando Badía. “La Primera República”, en José María Jover Zamora, La Era Isabelina y el Sexenio Democrático, tomo II, pg.907.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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