EL FRACASO ESPAÑOL EN 1868-1874.

 

 

 

LAS POSICIONES POLÍTICAS EN EL SEXENIO.

 

El Sexenio no fue una etapa de proyectos improvisados, como pudiera parecer a un no iniciado, sino de improvisaciones permanentes en cada proyecto por falta de preparación de los detalles necesarios para tomar el poder. Explicaremos este contrasentido aparente: Los distintos proyectos políticos puestos en marcha a partir de 1868, venían discutiéndose desde hacía décadas. Pero nadie se había ocupado de teorizar lo suficiente, y de preparar los programas y bases sociales y económicas concretas que habían de gestionar el poder. Si hay una excepción, era Cánovas del Castillo, pero este hombre no tenía listo a su candidato a Rey, por minoría de edad del pretendiente.

Y ocurrió que todos encontraron la posibilidad de realizar cada uno su propio proyecto al mismo tiempo. Y ello dio lugar a un confusionismo donde ninguno tenía explicitado qué quería, cómo y sobre qué personas basaría su proyecto. Y esa fue precisamente la principal causa de su fracaso, de un fracaso tras otro, sucesivamente: Una vez llegado al poder uno de los proyectos, se enfrentaba a todos los demás, y resultaba inviable.

Cada nuevo proyecto político chocaba con el inconveniente de enfrentarse a la realidad: con que no se había consolidado la industrialización, con que no se había redistribuido la propiedad agraria, con que Hacienda estaba arruinada desde tiempos de Carlos III, con que había muchos sectores sociales privilegiados que no iban renunciar a sus privilegios y los iban a defender incluso con la guerra, con un ejército sobredimensionado, con un catolicismo integrista, con unas clases medias bajas dispuestas al motín constantemente y por el más mínimo motivo. Y la realidad echaba abajo al nuevo gobernante y daba paso a otro proyecto distinto, que tendía a repetir el proceso.

La solución no era, evidentemente, que un grupo redimiera al país, sino un proyecto común de trabajo y de cambio ordenado. Cualquier otro sistema conducía a la guerra, y la guerra conducía al triunfo de los sectores conservadores, o alternativamente, a la destrucción del país. Pero los proyectos monárquicos, republicanos, socialistas y cantonalistas no fueron capaces de ver esta realidad, sino que se sentían capaces de afrontar el riesgo de la guerra, y con ello, creían solucionado el problema de implantar un nuevo régimen político y social. Minimizaban el problema. O lo trataban de modo romántico. El proyecto que más cerca estuvo del triunfo fue el monárquico de Amadeo, pero no fue capaz de aunar voluntades y conciliar desacuerdos.

Y no era sólo que hubiera muchos proyectos distintos e incompatibles. Sino que en España habían evolucionado en el XIX muchas realidades distintas a las que no se había considerado convenientemente en política, no se les habían concedido sus derechos, y se había pretendido mantener la situación de privilegio de las viejas minorías dominantes, en detrimento de estas nuevas realidades sociales y económicas.

Uno de los aspectos a considerar en el tema de la división interna de los españoles de final del XIX, era la diferenciación acusada entre una periferia peninsular en proceso de industrialización, con avances sociales y culturales propios de esa industrialización, y una zona central agraria muy amplia, con agricultura preindustrial, con exceso de trabajadores, con ideas muy viejas inservibles para una sociedad liberal, con modos de fe religiosa propios de la Edad Media, con relaciones sociales igualmente medievales. Y por diversas razones, el sector conservador retenía el poder. Y por ser este sector conservador mayoría muy amplia, había pocas posibilidades de que lo perdiera.

No era el caso de Inglaterra, donde Londres y su hinterland se habían adueñado del poder, ni de Francia, donde lo había hecho París y las ciudades del norte, ni de Alemania, donde los prusianos y la cuenca del Rhur se habían impuesto, ni de Italia, donde el norte en proceso de industrialización se había impuesto al sur agrícola, ni de Estados Unidos, donde dominaban con claridad unas ciudades del noreste, ni de Holanda, dominada por Amsterdam, ni de Bélgica, controlada desde La Haya. Todos los países de la cultura occidental estaban dominados por grupos burgueses. Pero España era dominada por una complicada coalición de intereses al margen del sentido de progreso: el poder político radicaba en Madrid, cuando Madrid no estaba industrializado (no lo estuvo hasta época franquista) y no era más que un lugar de residencia y encuentro de todos los aspirantes al Gobierno: el ejército, la Iglesia católica, la burguesía agraria castellana, andaluza, extremeña, aragonesa y de cualquier región española. Mientras tanto, el poder económico y el impulso de cambio hacia la industrialización, radicaba en Barcelona, Valencia, Alicante, Málaga, Cádiz, Gijón, Bilbao… Y el acuerdo entre ambos grupos españoles, denominados ya muy repetidamente y con criterio geográfico, “centro” y “periferia”, era imposible.

A menudo se ha tratado de identificar centro madrileño con conservadurismo, y periferia industrial con progresismo, pero ello es un cliché falso. En Madrid había núcleos progresistas, republicanos, socialistas y anarquistas, igual que los había en otras regiones denominadas periféricas.

Los conservadores se enrocaban sobre sí mismos intentando dar nuevos visos de progresismo, y los progresistas ensayaban todo tipo de sistemas socialistas utópicos que asustaban a los conservadores y a los burgueses en general. Los sectores conservadores provocaban la exasperación de los otros grupos. Los sectores que se decían progresistas engendraban violencia en vez de progreso. La cooperación era imposible, y la salida hacia el desarrollo no se produjo.

 

 

OTROS CAMBIOS DE MODELO DE ESTADO EN EL MUNDO.

 

La época tiene, en el mundo, muchos ejemplos parecidos en cuanto momentos renovadores del Estado, como la Guerra de Secesión estadounidense de 1860-1865 que dio lugar a una integración de Estados en un Estado central único y recorte de las autonomías de los diversos Estados componentes (fin de la Confederación), la unificación italiana en 1860, la unificación alemana en 1870, el abandono del régimen autoritario de Napoleón III en Francia y su sustitución por un régimen republicano en 1870.

Pero todos los proyectos citados dieron lugar a un régimen político nuevo más o menos duradero: Estados Unidos resolvió su problema de llegar a ser una potencia con poder de decisión, Italia consiguió ser un Estado unido, Alemania consiguió su unificación, y la República francesa fue bastante estable. Sólo la experiencia española fue un fracaso pintoresco.

 

 

CAUSAS DEL FRACASO ESPAÑOL en 1868-1874.

 

Sobre la complejidad del caso español, hemos escrito unas líneas en el capítulo 19.17.1. Analizaremos aquí solamente el aspecto del fracaso colectivo.

El fracaso español se debió al desacuerdo entre una alta burguesía que no era capaz de renunciar a sus posibles privilegios, y una media y pequeña burguesía que practicaba los desórdenes públicos como método político habitual para defender costumbres y tradiciones también de privilegio, contrarias a la libertad. La burguesía, dominante en los campos de la economía y la sociedad, era la llamada a buscar el cambio político y económico hacia el liberalismo y mal podía hacerlo cuando parte de ella estaba anclada en el privilegio. La burguesía nunca hizo una apuesta masiva, fuerte y decidida por tomar el control político, por ganarse a los revolucionarios ni por conseguir el apoyo de una parte de los conservadores. Pero también hubo un fracaso de las otras fuerzas políticas y sociales presentes en ese momento. Fue un fracaso colectivo.

 

 

El fracaso burgués en el Sexenio.

 

La alta burguesía española fracasó en 1868-1874. Una parte de la alta burguesía quería cambios: la alta burguesía estaba dividida entre:

Un sector terrateniente y rentista, que tendía al conservadurismo, que detentaba el poder político, y que tenía de su parte a lo más granado del generalato. Esta burguesía quería subvenciones del Estado y libertad de exportaciones para sus productos.

Y una alta burguesía industrial y comercial que se sentía rival de Madrid, del núcleo político del Gobierno español, porque tenía sus negocios en el País Vasco, en Cataluña o Andalucía, y no manejaba los resortes del poder. Los industriales vascos y catalanes no eran menos conservadores que los terratenientes y rentistas castellanos y andaluces, pero para hacer mejores negocios necesitaban el poder que detentaban otros grupos burgueses. Querían evitar la importación de productos extranjeros más baratos y de mayor calidad, que podían acabar con sus negocios (proteccionismo), y querían la libre importación de maquinaria que abaratara sus costes de equipamiento (librecambismo).

Este enfrentamiento interno entre burgueses no era radical, porque les unía el temor a los socialismos utópicos y movimientos sociales de las clases proletarias, y les unía la política de obtener proteccionismo y subvenciones del Estado para todos. Curiosamente, las clases medias, la mayoría social, se comportaba estúpidamente, alelada, confusa, sin saber cómo reaccionar, con un respeto irracional hacia aquellos que pretendían utilizar sus impuestos y su trabajo en beneficio de los intereses de la clase alta.

Hubo dos tendencias burguesas enfrentadas y divergentes: la alta burguesía liderada por el general Prim, que creó la Constitución de 1869 y buscó primero la República unitaria y, más tarde, la monarquía de Amadeo I; y la pequeña burguesía, o más bien grupos dispersos de pequeño burgueses, que escogieron como líder a Pi i Margall y éste les imbuyó la idea mesiánica de que la solución a todo era el federalismo republicano, una idea que no explicó hasta diez años después, y que ninguno de sus seguidores entendió. Y los republicanos seguidores de Pi intentaron la utopía de la República Federal, que era otra cosa distinta, la República Federal era ciertamente posible, pero la república pretendida por los federales de 1873 era una utopía:

¿Por qué digo que la República Federal era una utopía? Porque la expresión “república federal” tiene dos partes: república y federal. En esa expresión, “república” significa lo que los asociados van a tener en común, lo que acuerden tener en común, y “federal” significa lo que cada región puede tener como privativo, respetando siempre lo acordado como común y unitario. Pero “soplar y sorber, no puede ser”. No es posible que cada región pretenda hacer todo lo que le antoje usando el truco de manifestarse soberana. Pi dijo que no se le comprendía porque los españoles interpretaron otras cosas. Ésa fue precisamente la causa de la Guerra de Secesión de Estados Unidos, que en España no se comprendió, y que quizás todavía no se ha comprendido en los 150 años posteriores. Estados Unidos, en la Guerra de Secesión, se enfrentó al problema, y encontró la solución: sería un Estado con muchas cosas en común, unitario, con concesiones a los Estados federales. La “Confederación”, el Estado federal con libertad absoluta de cada Estado federado, fue derrotada. Triunfó la “Unión”.

Confederación es la situación en que los Estados políticamente asociados, conservan su soberanía y pueden decidir en todo momento no acatar una decisión determinada e incluso abandonar el Estado Central. Genera una gran inseguridad y debilidad frente al exterior. Y entrar y salir de un Estado no es gratis, sino que genera la ruina de muchas empresas, y una enorme cantidad de gastos para las partes implicadas, las dos partes.

Federación es la situación en la que los Estados asociados han cedido al Gobierno Central soberanía en unos puntos concretos y comunes a todos ellos, y han renunciado a la posibilidad de no acatar esas decisiones del Gobierno común, y la de abandonar cuando les apetezca esa Federación, evitando así inseguridad. Las condiciones de ruptura de la Federación son difíciles.

República Unitaria, es aquella en la que la unidad de los territorios está asegurada y no hay caminos de independencia para ninguna región o Estado integrante.

Estado de las Autonomías, aceptado en España en la Constitución de 1978, es el caso de que el Estado central y soberano cede a diversas regiones competencias sobre muy diversos temas, con la posibilidad de revocar esta concesión en caso de mal uso, o uso en perjuicio del conjunto del Estado. Es igual a la República unitaria, pero con monarquía.

 

 

El fracaso de la alta burguesía.

 

Pero la alta burguesía española era especulativa y sus negocios no siempre estaban acordes con la moralidad: El personaje estrella de esta época española seguía siendo el José Salamanca marqués de Salamanca, un andaluz que en 1840 obtuvo la explotación del monopolio de la sal (que llevaba impuestos como nuestra gasolina hoy) y se hizo rico. Obtuvo después el privilegio de la venta de Papel del Estado y con ese capital adquirió muchas concesiones de construcciones ferroviarias en tiempos de Isabel II, que sólo utilizó para revenderlas. Las concesiones las obtuvo como compensación por préstamos que hacía al Estado español muy necesitado de dinero, pero luego pedía subvenciones a fondo perdido por pérdidas en los negocios. Construyó el barrio de Salamanca en Madrid y el de la Playa de la Concha en San Sebastián. Se arruinó en 1867 porque el Estado se negó a darle dinero para sus operaciones inmobiliarias del barrio de Salamanca, cuando el precio del suelo se había hundido a la mitad y sus operaciones especulativas ya no tenían respaldo económico suficiente. Se recuperó cuando obtuvo el monopolio de venta de tabacos en 1869, pero también lo perdió a la llegada de la república en 1873, lo cual significó su definitiva ruina.

Pero no sólo era Salamanca. Se calculaba que había en España unas 500 familias que dirigían todo el negocio de la especulación, la industria, los latifundios, la administración, el ejército y los partidos del país. Por ejemplo Urquijo se hizo rico comprando a precios de saldo los inmuebles de los que se arruinaban. Todo quedaba en casa de unos cuantos.

 

 

El fracaso de las clases medias españolas.

 

Las clases medias españolas eran pocas y muy débiles. Se trataba de personas como oficiales del ejército, maestros, carteros y periodistas… con sueldos muy bajos de entre 5.000 y 8.000 reales al año. Esos sueldos les obligaban a buscar pluriempleo como escribientes de cartas, contables de comercios o cargos políticos menores. No tenían conciencia de clase social diferenciada, ni ideología y programa como tal clase social. Por esta dependencia de la política de otros y de la economía de los burgueses, decimos que eran débiles. No tuvieron capacidad decisoria sobre sus propios destinos y se condenaron a ser arrastradas por las iniciativas de otros: obreros, militares, estudiantes…

Algunos de estos pequeño-burgueses triunfaban. Los nuevos ricos, eran ciudadanos respetables, devotos, católicos e incluso, algunos, meapilas integristas. Su sacerdote preferido era el por entonces ya desaparecido de la Corte, padre Claret, que llegó a Madrid como confesor de la Reina y organizaba cantidad de obras piadosas para que la burguesía aportara dinero para los pobres. Su popularidad entre esta burguesía le permitió escribir un catecismo del que vendió 4 millones de ejemplares y fundar la orden de los Hijos del Corazón de María. Su fama de santidad le aportó el encargo real de designar obispos para las diócesis españolas. Se había marchado de Madrid con gran enfado porque no se le hacía caso en defender al Papa, cuyo reino había sido invadido por Cavour y Garibaldi en 1860, en el proceso de la unificación italiana.

 

 

El fracaso “republicano”.

 

Los republicanos españoles que habían vendido la idea de república como solución a todos los males, estaban engañando al pueblo español igual que los burgueses le habían hecho con la monarquía y con el falso liberalismo, del que tanto presumían pero nunca se atrevieron a llevar a la práctica, salvo el llamado liberalismo económico para hacer ellos los que les venía en gana. La República no podía ser nunca una pócima de salvación y regeneración, como ellos enseñaban. El tema de regeneración de España era mucho más complejo y, tratándose en muchos casos de profesores universitarios, no podemos pensar que ellos ignoraran la realidad española.

Si los burgueses habían olvidado su deber de extensión de los derechos humanos, la fraternidad, y para poder olvidarla tuvieron que falsear las leyes y la impartición de justicia, lo cual había originado el drama español, los republicanos se vieron presos de su propia utopía, y fueron incapaces de dominar el cantonalismo y la violencia que de él se desprendía ¿fueron víctimas inocentes, o terroristas políticos apresados por el estallido de la bomba que ellos mismos habían montado y encendido la mecha? Los historiadores de izquierdas les defendieron siempre. Los historiadores de derechas los tenían condenados de antemano, antes de empezar a entrar en otras consideraciones. El tema es muy polémico.

Los republicanos vendían aire haciéndolo pasar por recursos. Vendían derechos políticos teóricos, constituciones, federalismo utópico… Y los españoles llegaron a casi adorar a Cánovas en la época subsiguiente, por el hecho de haberles librado de las insensateces de la República. Hasta algunos republicanos se pasaron a colaborar en el régimen canovista.

Y es que la utopía, cuando se hace sobre un papel, es más o menos entretenida y graciosa, pero cuando se traslada a la acción populista y ello conlleva expropiaciones, apresamientos de disconformes y ejecuciones de enemigos del cantón, deja de ser un jueguecito de salón. Y si los organizadores de tales desatinos, no son capaces de controlar esas violencias, sino que las toleran, pasan a ser tan delincuentes como los violentos que las ejecutan, por muchas declaraciones de pacifismo y de democracia que hagan.

 

 

El fracaso obrero.

 

Los obreros eran revolucionarios, pero no tenían programa racional, factible, coherente.

Los obreros del campo estaban en la utopía de “tierra y trabajo para todos”. En la lucha por ese imposible, podían causar daños con todo tipo de violencias, pero nada más.

Los obreros de empresas industriales se movían entre múltiples doctrinas socialistas anarquistas, marxistas, católicas… Los obreros de empresa eran unos 200.000 (120.000 en la textil catalana, 28.000 mineros de Asturias, 4.800 mineros en Vizcaya y 50.000 mineros siderometalúrgicos), y habría una cifra semejante de obreros de talleres (sombrereros, zapateros, cordeleros, ebanistas…).

Los obreros de empresas industriales en general cobraban bien, unos 7-12 reales diarios, jornal muy superior al de los jornaleros del campo andaluz que era de 3-7 reales diarios según temporadas y tipo de trabajo. El jornal necesario para la subsistencia de una familia se calculaba en 5-6 reales diarios. Los precios de los alimentos se movieron a la baja desde 1868. El obrero de la gran empresa industrial, aun sometido a amenaza de despido, no sufría tanto paro como el agrícola, que tenía paro estacional y paro crónico. El problema del obrero de empresa era la jornada de trabajo, de 12 a 16 horas diarias seis días a la semana, y como medio para combatir ese mal, pedía el derecho de asociación. Otro problema era el alargamiento de las piezas, cuando cobraban el mismo precio por pieza fabricada.

Las clases artesanales pobres y las clases campesinas pobres eran miserables. Los andaluces emigraban hacia Cataluña y allí eran sometidos a jornadas de 13 horas con salarios de subsistencia y amenaza de despido, con lo cual sacaban adelante la economía catalana, pero por lo menos comían. Las masas obreras estaban en contra de la industrialización pues las máquinas significaban despidos, y las piezas anchas de tela generaban pérdida de ventas de las piezas estrechas de los artesanos tradicionales y muchos cierres de talleres artesanales. Algunas veces quemaron fábricas y destruyeron máquinas, fenómeno conocido como luddismo. Se asociaban en sociedades clandestinas donde solía triunfar el más violento, puesto que no disponían de mucha teoría política, y mucho menos de teoría económica. Sus acciones se reducían a practicar la violencia, quemando fábricas o fincas. Los empresarios defendían que el asociacionismo obrero iba contra el principio de libertad contractual, puesto que la libertad sólo se podía entender como un derecho individual.

 

 

El fracaso de la Iglesia.

 

La Iglesia católica española vio el Sexenio como algo provisional tras lo cual, creía se volvería a la situación de privilegio que la Iglesia siempre había tenido. Llevaban encerrados en sí mismos todo el siglo XVIII y casi todo el siglo XIX, y no sabían interpretar el sentido de la historia. Los defensores de la Iglesia dicen que ésta sí que evolucionó, pues de hecho planteó un “socialismo cristiano” y un “sindicalismo cristiano”, pero basta contemplar el comportamiento de esos movimientos dirigidos por sacerdotes, para entender su fracaso. Su idea era más bien combatir al socialismo y al sindicalismo obrero que no contaba ya con la Iglesia. En cambio, la defensa del obrero y del campesino frente al Estado y frente a los terratenientes y empresarios industriales no estuvo bien interpretada por los dirigentes católicos. Consecuentemente, los obreros españoles se mostraron indiferentes a estas iniciativas católicas. Como consecuencia de este error, por un lado, la irreligiosidad en general progresó, y por otro, los protestantes avanzaron en su evangelización de España.

Y la Iglesia tuvo ocasiones de rectificar. Sobre todo con la época de Amadeo I. Pero la Iglesia prefirió valorar que Amadeo pertenecía a la familia que había arrebatado en Italia territorios al Papa, y no quiso apoyar sus reformas. El becerro de oro, los bienes del Papa, eran en ese momento, más importantes que el sentido moral político y social. El clero optó por el carlismo en 1872. Sólo abandonaron las filas del carlismo cuando el general Serrano tomó el poder en 1874.

En 1846-1878 gobernó la Iglesia Católica Pío IX, un conservador autor de la encíclica Quanta Cura de 1864 y su anexo el Syllabus, que aportaba una lista de 80 proposiciones que calificaba como errores de su tiempo, tales como el libre pensamiento, el agnosticismo, el liberalismo, el materialismo, el nacionalismo, el anticlericalismo, el regalismo, la masonería y el socialismo en general. El documento no daba soluciones, o propuestas, a los problemas sociales y políticos de la industrialización que vivía el mundo occidental. Pío IX había perdido los Estados Pontificios en 1860 y perdería Roma en 1870, y se hizo enemigo de todos los liberales, no entendiendo la realidad de su tiempo. La Iglesia Católica se quedaba en el conservadurismo. Pío IX se encastilló progresivamente en el conservadurismo católico autoritario: convocó el Concilio Vaticano I, 1869-1870, y proclamó los dogmas de la Inmaculada Concepción y de la infalibilidad del Papa. Los católicos liberales quedaron muy dañados por esta encíclica y por este Papa, resultando que, dentro de la Iglesia, estuvieron en inferioridad frente a los integristas ultramontanos. Cuando la postura papal se ratificó en 1870, Concilio Vaticano I, proclamando la infalibilidad del Papa, muchos intelectuales católicos (es el caso de Castelar y de Salmerón) no tuvieron más remedio que abandonar el catolicismo, al menos en sus conciencias, y acercarse al positivismo.

Pero hay que advertir que, en España, había sectores católicos más ultras que algunas personalidades de El Vaticano: El cardenal Giácomo Antonelli, Secretario de Estado de Pío IX, declaró en varias ocasiones, en 1871 y 1872, que no apoyaba al carlismo español y que el carlismo no tenía hombres capaces, ni hombres con experiencia de Gobierno, ni había sabido en los últimos 30 años interpretar la evolución política de la historia europea. Pero en El Vaticano había varios grupos de presión distintos y algunos apoyaban al carlismo. El Papa Pío IX decidió aceptar los Gobiernos de Madrid de hecho, aunque nunca hizo reconocimiento expreso de ello. Los obispos españoles se declararon a menudo neutrales, con algunas excepciones que se declararon fervientes carlistas: El obispo de Urgel, José Caixal i Estadé, se declaró carlista, fue apresado y exiliado. La consigna normal fue seguir las directrices del Papa. Y en esta ocasión, el clero secular no se declaró carlista, con muy pocas excepciones en el País Vasco, Navarra y Cataluña.

La ruptura interna dentro de la Iglesia española era consecuencia de los empecinamientos de los miembros de la jerarquía, y de las órdenes religiosas que habían sufrido la desamortización y sentían deseos de revancha. Éstos fueron el núcleo del sector ultra católico y carlista.

En 1875, el Papa dio su apoyo a Alfonso XII, y todos los obispos españoles le siguieron, terminándose el conflicto carlista. Pero el conflicto interno generado en la Iglesia no se curaría en décadas.

 

 

El fracaso del ejército

 

El ejército español era de muy mala calidad en opinión de Juan Prim, general que visitó Crimea en la guerra de 1854-56 y concluyó que los españoles no tenían ni la capacidad ni la preparación suficiente para haber estado al lado de los franceses y británicos, en caso de querer sumarse a esa campaña europea.

El ejército español, en adelante, podía ser utilizado para cuestiones internas, como reprimir los cantones, y más tarde reprimir las manifestaciones, pero no para misiones más acordes con su finalidad primordial de defender los derechos territoriales, comerciales y políticos de España frente a agresiones exteriores. Se convertiría en fuerza de seguridad interior al servicio del poder establecido, y acumularía mala reputación entre los españoles en los siguientes cien años. Era visto como un pozo sin fondo de gastos improductivos e innecesarios.

 

 

El fracaso internacional.

 

En el extranjero, el régimen español de 1868 fue visto con la esperanza de que España abandonase sus errores pasados. Isabel II no caía nada bien en Europa. Las potencias europeas esperaron cautas y practicaron la política de no intervención, pero se notaba que estaban a favor del cambio y, de hecho, los valores de ferrocarriles españoles en París subieron inmediatamente después de producirse la revolución septembrina. La normalización diplomática fue rápida, empezando por Estados Unidos, Italia y Francia, en este orden. Sólo Gran Bretaña y el Papa esperaron acontecimientos. De ellos, Gran Bretaña establecería relaciones en 1869 y también lo hicieron Chile y Perú. Quedaron fuera el Papa y los combatientes cubanos.

A los extranjeros, se les pasó por alto el populismo socialista, el populismo republicano, la violencia institucionalizada… No quisieron ver lo que estaba pasando, sino que se limitaron a valorar, desde una óptica burguesa, las conveniencias e inconveniencias que los sucesos españoles tenían para ellos. Y así como habían actuado en contra de otros regímenes políticos, decidieron no hacer nada contra esta barbarie española. Era una vergüenza y una inmoralidad internacional.

 

 

El fracaso en la evolución política española.

 

En 1868, aparentemente, triunfaban los opositores al régimen burgués de Isabel II, pero en la práctica, en 1874 se impusieron de nuevo los burgueses, aunque con reglas de juego nuevas que daban mucho más peso político y económico a los viejos vicios del caciquismo y del proteccionismo.

En la práctica, después de muchos regímenes políticos diferentes, y mucha violencia en todo el país, las cosas quedaron como estaban, tan mal como siempre habían estado, sin resolver los viejos conflictos históricos.

 

 

 

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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