Conceptos clave: problemas de Amadeo, problemas de los conservadores, problemas en el carlismo, problema del ejército, escándalo Hidalgo, Nueva Federación Madrileña,  primer cantonalismo, Liga Nacional Alfonsina, final del reinado de Amadeo.

 

 

 

AMADEO I: ABDICACIÓN EN FEBRERO DE 1873.

 

 

 

 

Los problemas de Amadeo.

 

Amadeo se mostró escrupuloso en el cumplimiento de la Constitución, prudente, discreto y con sentido del ahorro, casi todo lo contrario de lo que eran los españoles. Los españoles decían que no era muy inteligente, pero se mostró con más sentido común que la mayoría de los Reyes de España. Tal vez porque venía de otro tipo de educación familiar. Como ya hemos contado, había empezado por despedir a la mucha servidumbre de Palacio, incluso a las nodrizas (su esposa la Reina Victoria quiso criar ella misma a sus hijos) y ello generó críticas furibundas de la nobleza y burguesía españolas que creían que el prescindir de la servidumbre y el amamantar a los hijos era desacreditar a la monarquía. No menos furioso se puso el pueblo que pensó que Amadeo quería dejarles sin trabajo. La reducción de aposentos de Palacio, la eliminación de ceremonias, la eliminación de la escolta y el prescindir de la caravana de coches caros, acabó de asombrar a los españoles. Pero éste era el menor de los problemas de Amadeo:

Había que ganar la guerra carlista.

Había que contener el republicanismo que amenazaba con hacer estallar acontecimientos violentos.

Había que reformar el sistema de quintas para que no sólo los pobres fueran a la guerra.

Había que resolver el problema de la esclavitud, abolir en España (en sus territorios de ultramar) lo que ya había sido abolido internacionalmente en 1815, en el Congreso de Viena.

Se debía introducir a los conservadores en las reglas de juego del liberalismo parlamentario limpio, lo cual equivalía a crear un nuevo paradigma para los partidos políticos.

Había que reducir el ejército a su papel estrictamente militar, al tiempo que era preciso dignificar sus sueldos, mejorar sus medios y  mejorar su funcionamiento interno.

Era preciso embridar al movimiento populista tan arraigado en España.

Era necesaria una política social de modo que se consiguiera una sociedad más justa, con egalité y fraternité, de modo que el socialismo, marxismo y anarquismo, no tuviera detrás el apoyo populista. Para ello era preciso resolver el entonces llamado “problema social”, que era el viejo problema de la propiedad de la tierra, del latifundio y del minifundio.

Todos estos problemas venían arrastrándose, al menos desde principios de siglo, y nadie en España estaba dispuesto a resolverlos. El Rey, si lo intentaba, estaba solo ante una reconstrucción colosal.

 

 

El problema del conservadurismo.

 

Amadeo pretendía, como premisa inmediata, que los partidos dialogasen y llegasen a unos programas mínimos en los que estuvieran de acuerdo. Pero lejos del propósito del Rey, los partidos fueron abandonando progresivamente a un Rey que les quería hacer desistir de sus “sagrados principios”. Es decir, pretendían que todas sus ideas eran inamovibles e innegociables. Los constitucionalistas querían frenar la democracia, que fuera más lenta, olvidando tal vez que llevaban transcurridos 60 años desde aquel recordado 1812, y no se habían puesto ni siquiera las bases de una verdadera democracia liberal representativa y parlamentaria. Los radicales querían darle velocidad al proceso. Los republicanos querían destruir la monarquía e ir directamente al gobierno de los pueblos, en diversos modelos poco madurados. Y los moderados querían volver a modelos anteriores más autoritarios. Las discusiones entre los partidos hacían inviable toda acción de gobierno y era, con mucho, el problema más grave del momento. Todos eran, a cuál más, conservadores de sus viejos principios.

Los Gobiernos de 1868-1873 fueron haciendo concesiones a los republicanos federales con ánimo de ganar la paz social, tales como la abolición de las quintas y la supresión de impuestos indirectos, pero los federales no se dieron por satisfechos con estas concesiones y pedían mucho más porque su objetivo no era mejorar las condiciones del sistema liberal sino crear condiciones de violencia que permitieran su revolución, mientras los moderados se mostraron incómodos con las concesiones hechas, y el resultado fue un fracaso por todas partes. La monarquía se agotó en el intento y ya no tenía soluciones que ofrecer.

Un detalle nos confirma el problema que venimos insinuando: El 24 de enero de 1872, Amadeo propuso unas elecciones, pero elecciones limpias, a lo que Serrano contestó: “serán todo lo limpias que pueden ser en España”. Se celebraron en abril. Los gubernamentales volvieron a sacar mayoría. Se supone que hubo pucherazo, y más cuando algunos diputados denunciaron que Gobernación se había gastado 2 millones de reales en amañar resultados.

Tras las elecciones volvió la violencia abierta. Los carlistas declararon la guerra en mayo, hubo unas sublevaciones republicanas en El Ferrol y Málaga, y hasta alguien trató de asesinar al Rey en el mes de julio. Las elecciones no resuelven los problemas por sí mismas.

Amadeo dio oportunidad de gobierno a los constitucionalistas en marzo, a los radicales en julio, a los constitucionalistas en septiembre y en el nuevo Gobierno de diciembre. Casi un Gobierno por trimestre. Todos querían gobernar sin dialogar ni negociar nada con nadie, y como no tenían la mayoría absoluta, dimitían. Los Gobiernos, a cual más intransigente, se sucedieron con rapidez: En mayo Serrano, que exigió suspensión de las garantías constitucionales y el Rey le hizo dimitir para nombrar Presidente, en junio, a Ruiz Zorrilla del Partido Radical. Ruiz Zorrilla disolvió las Cortes y el 24 de agosto hizo elecciones, que se dice que fueron limpias, pero en ellas se abstuvo el 54% de los electores, lo cual no nos permite interpretarlas como voluntad real del Estado. En ellas los radicales, que en las anteriores habían sacado 42 escaños, obtuvieron 274 diputados. Un cambio tan brusco no es explicable, salvo teniendo en cuenta el retraimiento de la oposición, pero entonces debemos concluir que no son significativos los datos. Se interpreta que los españoles estaban dispuestos a iniciar un nuevo sistema político, republicano o alfonsino, ya se vería, pero que no sabían qué quería cada partido.

El agitador típico de izquierdas era un político de café, literato en cuanto escribía artículos en periódicos, provinciano, bohemio en Madrid, pequeño burgués, que repetía sin cesar el latiguillo “España con honra”. El agitador era seguido por masas de campesinos que creían, erróneamente, que república era lo mismo que reparto de la propiedad de la tierra entre todos los campesinos, y masas de artesanos que esperaban que una república diese salida a sus anticuados y caros productos no competitivos ante la Revolución Industrial, y unos habitantes de ciudad que pensaban que la República daría trabajo a todos, en milicias y puestos administrativos. Este apoyo social a los republicanos, causó lógicamente la crisis del Gobierno de Amadeo e hizo triunfar la República, pero fue también la causa del fracaso de la República porque ésta era una utopía y porque las fuerzas sociales y económicas burguesas no estaban con ellos, no podían aceptar su utopía, sino que buscaban la suya propia.

Los del Partido Radical intentaron abolir la esclavitud, pero se opusieron los nobles, los tratantes de esclavos, el partido alfonsino y los azucareros catalanes. Así que Cuba se mantuvo como estaba, aunque Puerto Rico vio abolida la esclavitud. También redujeron el sueldo de los curas los cuales, para sobrevivir, tuvieron que pedir dinero a sus Ayuntamientos respectivos y, en los casos en que había Ayuntamiento radical o republicano, que no les daba nada, vivir de la caridad.

Uno de los temas más interesantes, puesto en el tapete desde 1868, fueron las cuatro concepciones diferentes de soberanía: los carlistas pensaban en una legitimidad monárquica y en que la soberanía del Rey proveniente de Dios era intocable por tradición; los moderados pensaban en que la soberanía residía tanto en las Cortes como en la Corona y ambas podían decidir sobre las instituciones del Estado; los liberales progresistas opinaban que sólo las Cortes eran soberanas; los republicanos creían en una soberanía popular que emanaba de la opinión pública cotidianamente manifestada a través de comités. La disputa político ideológica llegó a ser tan fuerte que todos olvidaron los otros problemas del país, los económicos y sociales, para centrarse exclusivamente en los problemas políticos de salón, lo cual generó exasperación y exacerbación.

 

 

El problema del carlismo en 1872.

 

Los carlistas vascos no tenían perspectivas de victoria, y Carlos VII decidió, en agosto de 1872, destituir a todos los jefes provinciales carlistas, y cambiar el mando: Antonio Dorregaray sería el nuevo jefe provincial general, Nicolás Ollo el de Navarra, Antonio Lizárraga el de Guipúzcoa, y Gerardo Martínez de Velasco el de Vizcaya. Se les encomendó sublevar el País Vasco para 18 de diciembre de 1872. Entonces se sumaron al movimiento carlista vasco las partidas del cura Santa Cruz[1] en Guipúzcoa, de Francisco Goiriena “el jesuita”[2] en Vizcaya. La consigna era el grito de “abajo el extranjero”, y el extranjero era Amadeo.

En Cataluña, el carlismo de diciembre de 1872 contaba con unos 12.000 hombres, muchos menos que en el País Vasco donde llegó a 24.000. La táctica de los carlistas catalanes era la movilidad continua, huir por sistema, y atacar sólo cuando se estaba seguro de la victoria, pero abandonando el campo del ataque enseguida, en pocas horas. Llegaban a un pueblo, recaudaban fondos, destrozaban el telégrafo y el ferrocarril y huían. Es conocida la partida de José Agramunt “el cura de Flix”.

Otros núcleos de actividad carlista eran Valencia con unos 2.000 carlistas en armas; el Maestrazgo con 3.000; Alicante con 850; Extremadura con 400; Ciudad Real con 350. Habría un total de 4.000 carlistas más por distintos puntos de España, pero en grupos más pequeños. En total recontamos unos 42.000 hombres en el conjunto del carlismo del territorio español.

Carlos VII era un hombre inteligente y abierto, reformista sin romper con la tradición, y partidario de jugar en política, por lo que tenía varios Diputados en las Cortes españolas, cosa poco frecuente en España. Además, contaba con un equipo de intelectuales como nunca había tenido el carlismo: Cándido Nocedal Rodríguez de la Flor, Antonio Aparisi y Guijarro, Francisco Navarro Villoslada, y en época posterior, Juan Vázquez de Mella[3].

La caída de Amadeo en febrero de 1873 proporcionaría muchos voluntarios al carlismo, y el surgimiento del cantonalismo proporcionaría muchos más.

 

 

El problema del ejército.

 

Había que pagar al ejército en una época en que éste era totalmente necesario debido a la guerra carlista, la guerra de Cuba y las sublevaciones de los republicanos federales.

El ejército odiaba a Amadeo. Había dos grupos principales, los de Balmaseda y los alfonsinos:

El general Blas de Villate y de la Hera II conde de Balmaseda (Valmaseda en otros textos) capitaneaba a un grupo de generales como Joaquín Jovellar Soler, Luis Dabán Ramírez de Arellano, José Villalba Riquelme, José Primo de Rivera Sobremonte y Arsenio Martínez Campos. Balmaseda era un intransigente de derechas y odiaba a Amadeo porque el Rey decía que había que ir a la conciliación y al diálogo, mientras Balmaseda pensaba que había que acabar con todos los intransigentes violentos, republicanos y populistas, por las armas. Todos los hombres de Balmaseda tenían en común haber pasado por Cuba.

El grupo alfonsino lo integraban Antonio Caballero y Fernández de Rodas, José Gutiérrez de la Concha, Manuel Gutiérrez de la Concha y Francisco Lersundi Hormaechea. Esperaban quitar a Amadeo para entronizar a Alfonso XII.

Y también había militares del Partido Demócrata, y republicanos, pero eran minorías.

 

 

El ejército en tiempos de Amadeo.

 

El ejército se componía del arma de infantería, arma de caballería, cuerpo de artillería, cuerpo de ingenieros, cuerpo de Estado Mayor, y cuerpo auxiliar administrativo, cuerpo auxiliar sanitario, cuerpo auxiliar del clero castrense, y cuerpo auxiliar jurídico militar.

Los jefes y generales eran muy numerosos y no había destinos para todos. Los que no tenían destino permanecían en la reserva, y cobraban la mitad.

Primer problema: exceso de oficialidad.

Narváez había reorganizado el ejército de forma que hubiera muchos destinos de oficiales y jefes, y el ejército había estado tranquilo un tiempo, hasta 1854. Pero la maniobra de Narváez era una chapuza política, una trampa: con este torpe sistema, normalmente el 64% del presupuesto del ejército se destinaba a personal, y quedaba muy poco para armas, caballos y material diverso (comida, tiendas, ropa, botas…). Narváez hizo crecer los gastos de personal pero, sin aumentar el presupuesto, ello significaba peor dotación de material cada año. A la larga, la trampa se hizo muy visible, y Narváez fue perdiendo popularidad entre los militares, de modo que en su última fase, a partir de 1856, muchos se pusieron en su contra.

La Armada se había renovado desde 1857 y no sólo en material de guerra, sino en organización: En 1857 se había creado el cuerpo de Artillería de la Armada y se reorganizó Infantería de la Armada en 1869. Los demás cuerpos de la Armada eran ingenieros y constructores, guardias marinas, administrativo, pilotos, eclesiástico, sanitarios, guarda-almacenes y Cuerpo General de la Armada.

En 1867 el Cuerpo General de la Armada lo componían 1 Capitán General, 10 Tenientes Generales, 15 Jefes de Escuadra, 17 Brigadieres, 46 Capitanes de Navío y 80 Capitanes de Fragata.

En 1868 se bajó el presupuesto militar, y como los gastos de personal eran los mismos, el porcentaje gastado en personal era del 72%, quedando muy poco para dotación de material. Si hemos dicho más arriba que el ejército estaba descontento, a la Marina le pasó lo mismo.

En segundo lugar, los sueldos de los suboficiales eran muy bajos: en 1870, un Capitán General ganaba 30.000 pesetas al año, un Brigadier 9.000, un Coronel 7.000, un Comandante 5.000, un Capitán 3.000, un Teniente 2.000 y un Alférez 1.650 pesetas al año, que era un sueldo de clase media. Pero los sargentos cobraban 400 pesetas al año, igual que un obrero no cualificado y los cabos menos de esa cantidad, lo cual era una miseria. Era un segundo motivo de descontento.

En tercer lugar, estaba el doble truco de que los hijos de los militares entraban en la Academia Militar a los 12 años, cuatro años antes que los demás. La primera parte de la ventaja es que adquirían ya más antigüedad. La segunda, era que pedían destino en un arma donde no se necesitaba antigüedad para ascender, como infantería, y se pasaban después a los cuerpos donde se ascendía por antigüedad, partiendo ya de sus muchos ascensos anteriores. Los que no tenían la oportunidad de esos cambios de arma y cuerpo quedaban chafados, y los no hijos de militares que se iniciaban y permanecían en el cuerpo de artillería o el de ingenieros, quedaban superados por la mayor antigüedad de los hijos de los militares y veían retrasados sus ascensos.

El resultado es que los destinos, con sueldo completo, y los altos cargos, estaban siempre en manos de determinadas familias y no había oportunidades para los demás, que quedaban muchas veces en la reserva con la mitad de la paga.

El ejército era imprescindible para la Corona y para los partidos, pues el pueblo español no era protagonista voluntario de ninguna política, y la política era impuesta mediante el ejército. Cada grupo político tenía sus generales de apoyo en el ejército, y la Corona también los suyos.

 

 

El escándalo Hidalgo.

 

El 8 de noviembre de 1872, el general Baltasar Hidalgo de Quintana y Trigueros fue destinado a las Provincias Vascongadas y Navarra como Capitán General. Y los Jefes de artillería de su región, pidieron el retiro, la baja o el reemplazo, abandonando el servicio militar. También el Director General de Artillaría dimitió. Los artilleros culpaban a Hidalgo de la matanza del 16 de junio de 1866 en el Cuartel de San Gil y así lo publicaron en la prensa. A Hidalgo le había nombrado Capitán General el Ministro Fernando Fernández de Córdoba. Ante el escándalo, Hidalgo acabó por dimitir el 28 de diciembre de 1872.

El 24 de enero de 1873, Hidalgo fue destinado a la Capitanía General de Cataluña, y allí se repitió la escena de la baja o el retiro de los oficiales de artillería. El Gobierno, para evitar que el escándalo fuera a más, les prometió ascensos si se incorporaban a sus puestos, pero los artilleros no aceptaron. Hidalgo fue relevado y enviado a Tarragona en 6 de marzo de 1873 como Gobernador Militar. Tampoco estaría mucho tiempo en ese destino, y el 27 de marzo fue enviado a Canarias como Capitán General, donde igualmente dimite el 4 de abril para quedar en expectativa de destino en Madrid.

El origen del problema estaba en el golpe de Estado del Cuartel de San Gil de 22 de junio de 1866. Baltasar Hidalgo de Quintana se había comprometido con Joaquín Aguirre y Manuel Becerra para hacer una sublevación militar progresista y ponerse a las órdenes del republicano Blas Pierrad para iniciar la sublevación militar. El levantamiento del Cuartel de San Gil fue un fracaso. De momento, murieron dos coroneles, tres comandantes y dos capitanes, aparte de suboficiales y tropa, y más tarde, fueron fusilados 66 suboficiales y soldados, y más de un centenar fueron enviados a Filipinas. Hidalgo escapó a Francia.

Hidalgo fue culpado por sus compañeros de varias cosas: la primera, de haber huido en el momento crítico del combate del 22 de junio, abandonando y dejando en grave peligro a sus compañeros. Y en segundo lugar, porque Hidalgo dio, en 28 de octubre de 1867, una explicación de los hechos de junio de 1866 que no gustó a nadie. En primer lugar, su versión de los hechos fue contradicha por Eugenio García Ruiz en La Revolución en España, precisando que Hidalgo se olvidaba de algunos compañeros muertos y de algunas situaciones que le comprometían.

Llegada la revolución de septiembre de 1868, Hidalgo fue ascendido a Coronel. Reclamó Hidalgo porque quería antigüedad de 1866, cuando cumplió sus servicios, y sólo se le daba antigüedad de 1868. Y en febrero de 1869 fue enviado a Cuba, donde ascendió a Brigadier por méritos de guerra. No era la primera vez que ello ocurría, pues en 1861 había ascendido a capitán también por méritos de guerra en la Guerra de África. Los artilleros eran contrarios a los ascensos por méritos, y preferían los ascensos por antigüedad, para no postergar al resto de sus compañeros retardando su ascenso. Y a partir de ahí, su carrera militar había sido fulgurante: Jefe de la Brigada Volante de Castilla la Nueva en diciembre de 1869, Comandante General de Guipúzcoa en febrero de 1872, y antes de fin de año, Mariscal de Campo por acciones de guerra frente a los carlistas, por una herida de guerra que recibió en 25 de junio de 1872. Los artilleros le odiaban.

El asunto se haría más extraño a medida que pasaba el tiempo, pues tras el golpe de Estado de Pavía de 3 de enero de 1874, y una vez instalados en el poder los conservadores con Serrano a la cabeza, los políticos se esforzaron por echarle lejos de Madrid, e Hidalgo se esforzó por regresar siempre, aunque fuera en expectativa de destino. El 15 de enero de 1874 fue enviado a Santa Cruz de Tenerife, pero el 21 de junio dimitió y regresó a Madrid. El 29 de mayo de 1875 fue apresado en Santa Catalina de Cádiz, y luego en Mahón en régimen de incomunicado, hasta que en 17 de agosto de 1876 fue desterrado y se negó a aceptarlo. Fue enviado a Ibiza y regresó a Madrid en marzo de 1877. Y los diversos destinos lejos de Madrid, los fue rechazando para volver siempre a la capital. Y la suerte le cambia en 1886, cuando se le concede la Gran Cruz al Mérito Militar y todo tipo de cargos importantes, ya hasta su muerte en 1903.

Pero el asunto en 1872 es que había provocado una insurrección general de la oficialidad de artillería, un sector militar aristocrático, para el que se necesitaban estudios, una élite militar formada en el Colegio de Artilleros de Segovia. Hidalgo, en su cargo de Comandante Militar de Guipúzcoa y Gobernador Militar de San Sebastián, había arrestado a todos los artilleros en La Mota de San Sebastián. Era una medida excesiva, que el Ministro Fernández de Córdoba permutó por “arrestos domiciliarios”, ante lo cual, Hidalgo dimitió. Fue recolocado como Jefe de la Primera Brigada en Madrid, en mayo de 1872. El enfrentamiento de Hidalgo con artillería ya no tenía marcha atrás. Y cuando el asunto pasó a las Cortes, se pronunciaron palabras fuertes contra el Rey, el ejército y el Gobierno.

Y el Gobierno Ruiz Zorrilla acabó sufriendo una crisis a principios de 1873. El 7 de febrero, pidió la confianza de las Cortes y obtuvo 191 votos. El ejército y los conservadores pidieron al Rey la suspensión de un Gobierno que, según ellos, no gobernaba. Y Fernández de Córdoba presentó al Rey un decreto para disolver el Cuerpo de Artillería en pleno y sustituirlo por una agrupación de facultativos del Colegio de Segovia, y unos regimientos y secciones que agruparían al resto de soldados del Cuerpo disuelto. La tensión política era máxima ante la posible disolución del Cuerpo de Artillería.

 

 

 

El problema socialista y anarquista en 1872.

 

En abril de 1872 tuvo lugar el Congreso de la Federación Regional Española de la Internacional, en el que se expulsó de la Federación al grupo madrileño por defender tesis marxistas.

En julio de 1872, los expulsados de la Asociación Española de AIT fundaron Nueva Federación Madrileña y pidieron ingreso en la Sección Española, que se lo denegó. No obstante esta denegación, la Nueva Federación Madrileña recibió adhesiones de Toledo, Alcalá, Gracia, Lérida, Pont de Vilumara, Vitoria, Zaragoza, Valencia, Cádiz. No todas las asociaciones de los sitios mencionados se adhirieron, pero sí algunas. La Nueva Federación Madrileña fue reconocida por Londres de forma independiente a la Federación Regional Española ya existente, como era lógico.

Del 2 al 7 de septiembre de 1872 se produjo la ruptura de la Internacional en La Haya. Los delegados españoles asistentes eran casi todos bakuninistas, pero asistió el cubano Paul Lafargue que era marxista. Marx ratificó sus tesis de formar partidos obreros y utilizar la política para llegar al poder, y Bakunin y Guillaume fueron expulsados de la AIT. Los españoles declararon haber disuelto la Alianza en España, lo cual era falso, y se salvaron de la expulsión.

El 15 de septiembre de 1872, los bakuninistas de España, Bélgica, El Jura, Holanda y Suiza se reunieron en Saint Imier (Suiza) dirigidos por Bakunin, Guillaume, Fanelli y Malatesta, y rechazaron las conclusiones de La Haya y la autoridad del Consejo General de la AIT.

El 24 de diciembre de 1872 la escisión de la Federación Regional Española de la Asociación Internacional de Trabajadores (FRE de la AIT) ya se había consumado y la sección anarquista convocó III Congreso en Córdoba, hizo declaración antipoliticista, rechazó las conclusiones del Congreso de La Haya y aprobó un plan de enseñanza integral el 25 de diciembre 1872, y ratificaron las conclusiones de Saint Imier. El Consejo Federal fue sustituido por una Comisión Federal, que no tenía autoridad sobre las asociaciones.

En 1873, aun siendo ilegales, los internacionalistas enviaron a las Cortes un escrito, apoyado por 40.000 firmas, pidiendo jornada de 8 horas, equiparación salarial de mujeres y hombres, prohibición del trabajo infantil y, en general, todas las reivindicaciones de la AIT.

Los socialistas bakuninistas llegaron a tener 40.000 afiliados en España. Tenían tanta fe en sí mismos, que en febrero de 1873 se plantearon el tema “república o monarquía”: consideraron que tener una república no era un avance en la revolución, pues el Estado continuaba aunque con distinta forma. Incluso resultaba negativo para los bakuninistas el distraer a las masas con un sueño republicano, pues ello retrasaría la revolución. Por ello, los anarquistas presentaron lucha contra los republicanos, una lucha probablemente más dura que la que habían tenido con Gobiernos monárquicos, porque podía ser que los obreros pensasen que con la República ya estaba hecha la revolución. Por eso, boicotearon las medidas de abolición de la esclavitud argumentando que había poca diferencia entre la esclavitud real y la esclavitud del asalariado. También propusieron la eliminación del ejército sabiendo que, en el momento de actualidad que ellos vivían, la destrucción del ejército era lo mismo que la destrucción del Estado, pues sólo el ejército estaba sosteniéndole. Sin ejército, el Estado no hubiera podido hacer nada frente a las insurrecciones carlistas y las insurrecciones cantonales. Por eso también, organizaron cuantas insurrecciones pudieron, al tiempo que ordenaban crear Comités Revolucionarios en cada localidad importante de España. Como el ejército se hallaba dividido en aquellos momentos, y los campesinos estaban ocupando tierras violentamente en Andalucía, Extremadura y Castilla, creían que el triunfo de la revolución estaba próximo, así que los republicanos intransigentes pidieron repartos de armas.

Los socialistas marxistas harían su propio Congreso en Toledo el 15 de mayo de 1873, al que llamaron III Congreso, pues no reconocían al de Córdoba, y apoyaron al Consejo Federal, rechazando a la Comisión Federal creada en Córdoba.

El 19 de junio de 1873, se producía en Cataluña una manifestación para pedir que no fueran fusilados los soldados insubordinados en Sagunto, y para constituir un Comité de Salud Pública. Y las masas asaltaron el Ayuntamiento de Barcelona. Los rebeldes estaban encabezados por García Viñas el cual intentaba proclamar la “república social” y el “cantón de Barcelona”. Pero la Milicia Nacional no secundó la idea anarquista y las masas de Barcelona no se sumaron a la rebelión, por lo que los miembros del fracasado Comité de Salud Pública, se fueron a sus casas. A partir de esa acción, los bakuninistas perdieron credibilidad y perdieron también el control de la AIT en Barcelona. Los nuevos amos de la situación fueron los sindicatos de siempre, los cuales, en febrero de 1873, habían conseguido un pacto con los empresarios de Barcelona que incluía reducción de la jornada laboral y aumento de salarios en un 7,5%. Los dirigentes sindicales eran por entonces hombres muy prestigiados: José Bragulat, Manuel Brochons, Tomás Valls, y otros. Ninguno de ellos quería la insurrección. Barcelona no se sumó a la revolución en julio de 1873.

El siguiente Congreso se celebraría en abril de 1874.

 

 

Las primeras revueltas cantonalistas.

 

El 11 de febrero de 1873, los internacionalistas tenían más de 40.000 afiliados en España. Eran anarquistas y no aceptaban la república, pues la veían como una maniobra para distraer al pueblo mientras todo seguía igual. Se opusieron a todo en las Cortes. Se sumaron a todas las insurrecciones populares en espera de lograr la oportunidad de tomar el poder, tomando cada uno de los pueblos por separado. El ejército estaba en crisis y muchos soldados desertaban creyendo que república era abolición de las quintas. Los jornaleros estaban en pie de guerra ocupando fincas creyendo que república era reparto de la tierra. La ocasión era pintiparada para hacer la revolución, y sólo faltaba dominar una fuerza armada como podía ser la Milicia Popular.

Y empezaron las rebeliones cantonalistas:

El 24 de enero de 1873 se inició una revolución anarquista en Alcoy.

En Sanlúcar de Barrameda, en 12 de febrero, los anarquistas establecieron un Comité Revolucionario y encarcelaron a los policías municipales, hasta que el 14 de febrero llegaron los carabineros, liberaron a los policías y encarcelaron a los anarquistas. Llegada la oleada cantonalista en junio, el juez clausuró el local de los internacionalistas, la gente se echó a la calle y pusieron barricadas, hicieron un Comité de de Salvación Pública y pusieron en fuga a comerciantes y terratenientes, así como a frailes y monjas de los conventos. Abolieron los impuestos indirectos, pusieron tributo a la propiedad. Hasta que, a primeros de agosto, llegó el ejército y deportó o encarceló a los dirigentes anarquistas.

 

 

Últimos dos meses de Amadeo.

 

El 2 de diciembre de 1872 se autorizó la creación del Banco Hipotecario, un banco apoyado por el Banco de París y el de los Países Bajos. Estos dos bancos madre, se habían fusionado en uno sólo en este año de 1872, y esta nueva entidad ponía sus ojos en el negocio de financiar la deuda española. Los capitalistas extranjeros todavía creían en la posible estabilidad de la Corona española. Las muchas necesidades del Estado español, y las dificultades para financiarse en el extranjero, hacían atractivos los altos intereses que se podían exigir en España.

En diciembre de 1872 se preparaba un pronunciamiento militar contra Amadeo, cuyo objetivo era proclamar dictador a Serrano de forma provisional hasta la mayoría de edad de Alfonso XII. Lo preparaba el grupo de los militares alfonsinos y el civil Manuel Rancés Villanueva IV marqués de Casa Laiglesia. Fracasaron porque no hubo acuerdo en el programa del nuevo Gobierno a instalar y en la financiación del golpe. Otro motivo del fracaso fue no contar con Cánovas, el jefe de los alfonsinistas.

En la navidad de 1872, Amadeo, ya se sentía solo y decidió atraerse a Serrano, del que sabía que estaba en conversaciones con los alfonsinos. Le nombró “Príncipe de Alcolea”. En sentido contrario y para contrarrestar el posible atractivo de los Saboya, Isabel de Borbón le aseguró a Serrano que él sería el jefe militar de un futuro Gobierno de Alfonso XII.

Nicolás María Rivero, presidente del Congreso, entró en negociaciones con los republicanos federales de Figueras a fin de cambiar de sistema político, de monarquía a república. La unión del Partido Radical con los republicanos federales, aseguraba la posibilidad de cambio. Amadeo buscó una ocasión para abdicar y marcharse a su casa de Italia, a fines de 1872. Sólo necesitaba una buena excusa. La encontraría antes o después. La actuación de Rivero negociando con Figueras, también puede ser interpretada como búsqueda de la continuidad democrática en caso de que Amadeo abdicase.

El 24 de diciembre de 1872 se hizo la abolición de la esclavitud para Puerto Rico. Los hacendados caribeños se pusieron en contra del Rey de España.

El 7 de enero de 1873, Castelar anunciaba que la república estaba cercana. Creía que el sistema político sólo podría mantenerse si los conservadores mostraban autoridad, si se iba a la república, o si se instalaba una nueva monarquía. Y el sistema con más posibilidades en ese momento histórico era la república. El 23 de enero repitió sus tesis. Esas declaraciones reflejan el ambiente de crisis.

Napoleón III murió en enero de 1873 y las posibilidades de reinstaurar la monarquía en Francia disminuyeron. El presidente francés era Thiers. El príncipe Napoleón Jerónimo era demasiado niño para ser un candidato serio a jefe de Estado en Francia. Las posibilidades de consolidar la monarquía en España disminuían también.

Los moderados tomaron una decidida postura contra Amadeo y hubo rumores de golpe de Estado. Apoyaban al Rey los oficiales de artillería y el Almirante Juan Bautista Topete. Cualquier decisión podía significar la guerra civil.

El 18 de enero de 1873, Antonio de Orleans, duque de Montpensier, dimitió como jefe de la campaña para llevar a Alfonso al trono. Argumentó que Isabel II no había cumplido los términos del Acuerdo de Cannes de enero de 1872, pues no se había reconciliado con su marido y había intervenido en la política cuantas veces había querido, sobre todo con Antonelli y el Papa Pío IX. La verdadera razón, no declarada, era que Serrano había aceptado el alfonsinismo a cambio de ser nombrado Regente, lo cual excluía de la Regencia a Montpensier. Eso supuso la ruptura de Antonio de Montpensier con Isabel de Borbón. Las relaciones familiares se recompondrían en Navidad de 1873 cuando Isabel y Alfonso fueron a pasar unos días a Randen a casa de los Montpensier. Allí Alfonso conoció a María de las Mercedes. Las cosas le fueron muy mal a Antonio de Orleans, pues en diciembre de 1873 murió su hijo mayor, Fernando, y pocos meses después su hijo Luis. En 1874, ante el manifiesto de Sandhurst, Antonio no reaccionó y se dio por vencido, retirándose de la política. A partir de ese momento las cosas fueron bien entre las dos ramas de Borbones, pues Alfonso se casaría con María de las Mercedes de Orleans en 1878 (aunque la Reina Mercedes murió en 1879), y Eulalia, hermana de Alfonso XII se casaría en 1886 con Antonio de Orleans, hijo del duque de Montpensier que ahora se retiraba.

El 25 de enero de 1873, unos 300 hombres importantes en España se reunieron en el Círculo Moderado, en teoría para celebrar el cumpleaños del príncipe Alfonso (lo cual no se correspondía con el cumpleaños que era en noviembre), y en realidad para crear Liga Nacional Alfonsina, a cuyo frente se pusieron Cánovas del Castillo, López de Ayala, Toreno, Manzanedo, Moyano, Romero Robledo y Caballero de Rodas. Amadeo se sintió despreciado y de nuevo se confirmó en su deseo de abandonar, aunque todavía le faltaba una excusa objetiva para hacerlo.

A principios de 1873, Antonia Domínguez, esposa de Serrano, manifestó un distanciamiento del alfonsinismo. Todos tenían claro que Amadeo no podía seguir como Rey, pero se empezaba a pensar en la posibilidad de una dictadura personal de Serrano al estilo de los generales franceses del momento.

 

 

La abdicación de Amadeo, 11 de febrero 1873.

 

El asunto que desencadenó la dimisión de Amadeo fue el asunto Hidalgo. Baltasar Hidalgo fue nombrado Capitán General de Vascongadas. La voz popular le acusaba de ser él quien provocó los fusilamientos de San Gil de 1866, primero porque el día de autos excitó a todos a la rebelión y luego huyó a París y desde allí escribió artículos de prensa que comprometían a los acusados. Por ello, todos los oficiales de artillería se le declararon enfermos al llegar Hidalgo, por lo que fueron arrestados y dimitieron. Hidalgo los sustituyó por suboficiales y oficiales de infantería y llevó a todos los enfermos al Castillo de La Mota en San Sebastián. Córdova, ministro de la Guerra ordenó que los oficiales volvieran a sus casas. Hidalgo dimitió. El ejército se rompía en dos bandos en torno a artillería e infantería. Córdova quería hacer un tribunal de honor a Hidalgo, pero Ruiz Zorrilla se negó a ello y decidió trasladarle a Tarragona. Ruiz Zorrilla trataba de demostrar que la autoridad civil estaba por encima de los militares y no pudo encontrar peor ocasión para demostrarlo.

El Gobierno decidió rebajar las sanciones impuestas por Hidalgo a simples arrestos domiciliarios y enviar a Hidalgo a Cataluña. Los jefes y oficiales de artillería consideraron un insulto el traslado de Hidalgo, cuando pensaban que debía ser cesado, y dimitieron en bloque. El Rey no quería admitir la renuncia de todo el Cuerpo de Artillería pero Córdova dijo que sí, y llevó la cuestión al Congreso. Los republicanos, y Córdova con ellos, querían la disolución del cuerpo de Artillería, que se había declarado partidario de Amadeo, y el Gobierno disolvió el Cuerpo de Artillería el 7 de febrero de 1873.

La disolución del Cuerpo de Artillería hecha por Ruiz Zorrilla fue un error político muy grueso. Se hacía por razón de insubordinación ante el Ministro. Y el Presidente Ruiz Zorrilla cometió la imprudencia de presentar el decreto de disolución a la firma del Rey. Si firmaba, se ponía en su contra a todo un ejército. Si no firmaba, se ponía en contra de la Constitución, de las leyes militares y del Gobierno de Ruiz Zorrilla. No es explicable cómo este político cayó en esta trampa, y se la tendió al Rey. No había salidas.

La cúpula del poder militar le pidió al Rey un cambio de Gobierno para imponer un Gobierno moderado que pusiera orden en la política y en el mismo ejército. El generalato no estaba dispuesto a aceptar que se echase del ejército a los oficiales en masa y recurrió al Rey, como era costumbre.

Serrano, en el caso Hidalgo, defendía la postura de los artilleros y censuraba al general Córdova, Ministro de la Guerra, y al Presidente del Gobierno Ruiz Zorrilla. En conversación con los republicanos les dijo que admitiría la República pero no el desorden, en cuyo caso utilizaría el ejército contra ellos. Los republicanos no sabían qué postura tomar, pues los Voluntarios de la República, que eran violentos, eran su principal apoyo, y la abolición de quintas la principal bandera de enganche de los Voluntarios.

El Rey se vio pillado entre varios fuegos. No quería la eliminación de los oficiales de artillería por voluntad de un general, pues ello acabaría con el ejército, pero llamar a los moderados para echar a los radicales y formar un Gobierno que le permitiera aunar el ejército significaba la rebelión de los radicales y republicanos, que podría llegar a guerra civil. Y no hacer nada significaba la división del ejército.

El Consejo de Ministros de 8 de febrero de 1873 dividió el Cuerpo de Artillería en dos grupos, uno con los oficiales procedentes de la Academia Militar de Segovia y otro con todos los demás, a fin de incorporarlos a otras Armas del ejército. Todos amenazaban al Rey con la sublevación y exigían tomar unas medidas concretas que Amadeo no estaba dispuesto a tomar.

El 9 de febrero, Amadeo le comunicó a Ruiz Zorrilla su decisión de abdicar. Ese día, el Gobierno le presentó a la firma el decreto de disolución del Arma de Artillería. Amadeo firmó la disolución, y a continuación, su renuncia al trono. Nadie pidió al Rey que se quedara.

Decidieron al principio mantener en secreto la abdicación, por miedo a levantamientos inoportunos, pero Figueras preguntó a Ruiz Zorrilla si lo de la abdicación era verdad y Ruiz Zorrilla rompió el pacto de silencio el mismo día 10 de febrero. Ruiz Zorrilla volvió a ser imprudente y rompió el secreto. Enseguida llamaron a Serrano para que acudiera a Madrid y se hiciera cargo de la situación. Manuel Silvela redactó la declaración que Amadeo debía leer ante las Cortes.

El 10 de febrero, una multitud de republicanos de Madrid se presentó ante el Congreso de Diputados y exigió la República. Los líderes republicanos estaban fijando carteles y distribuyendo octavillas por Madrid pidiendo tranquilidad, pues veían que la situación se les iba de las manos a todos.

En la noche del 10 al 11 de febrero de 1873 había mucha tensión en Madrid. Se esperaba un golpe conservador violento y el general Serrano se había presentado en Madrid. Los republicanos temían las represalias.

Nicolás María Rivero, Presidente del Congreso de diputados, leyó en las Cortes el documento de renuncia al trono de Amadeo I el 11 de febrero de 1873. Senado y Congreso fueron reunidos por Rivero en Asamblea Nacional para que aceptasen la abdicación en cámara única. La reunión en cámara única era inconstitucional, pero no se veía mejor solución al problema. El Presidente del Senado, Laureano Figuerola, aceptó esta medida extraordinaria. La reunión conjunta se celebró a las 15:00 horas.

Los del Partido Radical no sabían qué hacer. Ellos habían generado la monarquía democrática de Amadeo I, y ellos mismos eran los que se proponían echarle. Pero no tenían motivos, sino circunstanciales, para hacerlo.

La iniciativa pasó a Pi i Margall, el cual presentó un texto que decía: “La Asamblea Nacional reasume todos los poderes y declara como forma de Gobierno de la Nación la República”. Y los radicales votaron afirmativamente esta proposición. Los monárquicos estaban votando república y lo justificaban diciendo que había que salvar la democracia. Si la reunión de Congreso y Senado en Asamblea Nacional era anticonstitucional, la votación de un cambio en la Constitución, sin consulta al pueblo, también lo era. Lo legal era que las Cortes propusieran algo, se disolvieran al tiempo que convocaban elecciones, se constituyese un Gobierno Provisional que consultase al pueblo español. Pero en esos momentos, al igual que había ocurrido durante todo el siglo XIX, la legalidad importaba poco.

Para complicar más el tema, no se sabía qué se iba a votar, pues la propuesta de Pi i Margall era una generalidad que conducía a la indefinición más completa. No se sabía si se estaba votando república unitaria o federal. Y en caso de votarse república federal, no se había previsto qué tendrían en común los Estados federados y qué sería privativo de cada uno de ellos. Pi se había limitado a decir generalidades en tono solemne, a decir que federación era lo mismo que paz, y que esa paz incidiría primero en España, y luego en Europa entera. Y nadie percibió la irracionalidad de todo aquel discurso y aquella situación.

A renglón seguido, 11 de febrero, el Congreso y el Senado declararon la República por 258 votos a favor y 32 en contra. Era un tanto sorprendente pues los del Partido Radical, que eran monárquicos, tenían mayoría en ambas cámaras. Nicolás María Rivero llevó a Palacio la resolución de las Cortes.

Castelar escribió un artículo irónico agradeciendo al Rey los servicios prestados.

La Flaca, periódico satírico, recordaba que Estados Unidos y Suiza habían tardado años en declararse repúblicas, mientras España lo había hecho en pocos minutos. E incidía en el hecho de que los monárquicos hubieran votado república. Y comentaba que un asunto tan complejo como organizar los poderes del Estado y los de los Estados Federales, había sido liquidado en unos minutos. Una revista cómica analizaba con mayor rigor la realidad que el Congreso y el Senado reunidos.

Se declaró Asamblea Nacional y fue elegido Presidente de la misma, Cristino Martos por 222 votos. Nicolás María Rivero había intentado poner orden y casi nadie le votó. Y luego, Estanislao Figueras fue elegido como Presidente del Poder Ejecutivo por 244 votos. Y el resto de los Ministerios fue repartido por votación, resultando elegidos cuatro republicanos y cinco del Partido Radical, monárquicos.

La sesión se levantó a las 02:00 horas del día 12 de febrero, tras 11 horas de comentarios y votaciones.

 

Hubo algunos incidentes en Andalucía y algún motín popular intentando organizar “juntas revolucionarias” como en las ya tradicionales revoluciones de la izquierda. Los desórdenes habían empezado antes de reunirse las Cortes el 11 de febrero. No obstante Figueras se mostró satisfecho pocos días después, porque no había habido efusión de sangre y ni siquiera el más mínimo desorden. Estaba negando la realidad de lo que ocurría, lo cual era mal síntoma en el inicio de la Primera República.

Por el contrario, Cristino Martos habló de “nubes que amenazaban descargar sobre la República una cruda tormenta, lo cual sugería la necesidad de investir a Figueras y dotarle de mucho poder para poder salvar la República”.

Y fue de nuevo La Flaca la que racionalizó el momento y publicó un artículo enumerando los males que España debía corregir: la empleomanía, o costumbre de conceder empleos a los que habían ayudado a una revuelta o golpe de Estado; la clerigalla, o tendencia del clero a participar en política y arrastrar a las masas; la indiferencia política de la mayoría de los españoles, lo cual permitía que cualquier grupo de unos cientos de personas decidiese sobre temas tan graves como monarquía o república; la politización del ejército; el falso patriotismo que escondía intereses económicos personales; y la impaciencia de todos por cambiar sin saber hacia qué. Como La Flaca era un periódico de izquierdas se callaba un punto muy importante, o tal vez viniera incluido en el último de los males citados: que los republicanos no tenían programa, ni un sistema de ideas común, y se conformaban con ser un conjunto de grupos de ideas contradictorias, y eran esos hombres los que debían hacerse cargo del Gobierno.

Estanislao Figueras telegrafió a los Gobernadores Civiles un mensaje que da temor el sólo recordarlo: “la República se basaba en el amor a la libertad, al orden y a la Patria”. Era un mensaje tan vacío, que no podía contentar los deseos de saber de cada Gobernador sobre su manera de actuar. La violencia parecía muy próxima.

Manuel Becerra, completó un poco el mensaje y añadió “con respeto a la propiedad, sin la cual no hay libertad”. Seguía siendo una declaración romántica que daba miedo. Este tipo de declaraciones sin contenido anuncian levantamientos o guerras.

La pregunta obvia es por qué se dijeron estas generalidades. Y fue porque los españoles se temían una revolución socialista que iba a acabar con la propiedad y con la unidad de España, en cuyo contexto, las frases de Figueras empezaban a tener sentido. Muchas asociaciones republicanas anteriores a los hechos de 1873, eran anarquistas o marxistas. Y la calle conocía lo que se estaba fraguando en la calle, y las palabras generalizadoras adquirían sentido. Los políticos afirmaban que todo estaba en paz, pero en la calle se sabía que el peligro de violencia era máximo. Y como los políticos no querían reconocer la verdad, tenían que hablar de este modo.

 

Amadeo salió en 12 de febrero hacía Lisboa en tren. Allí le recogió la fragata “Roma” y le llevó a Italia.

Se proclamó la República. Pi y Margall consideró un fracaso el haber llegado a una república democrática unitaria, porque él esperaba la república federal, o más bien un federalismo republicano.

La república española fue bien acogida en Francia. Francia opinaba que la caída de Amadeo sería un bien para Francia y para toda Europa. Salustiano Olózaga, que era embajador de Amadeo en París, continuó como embajador, pues era grato a Francia.

 

 

[1] Manuel Ignacio Santa Cruz Loidi, 1842-1926, cura párroco de Hernialde,  tenía fama por sus fugas: Había sido capturado en octubre de 1870 y escapó,  fue capturado en agosto de 1872 y escapó, y volvió a España en diciembre de 1872 con una bandera negra en la que se leía “Guerra sin cuartel” y con unos centenares de hombres. A partir de ese momento fue una pesadilla para los gubernamentales pues ejecutaba prisioneros y destruía el ferrocarril, siendo el incendio de la estación de Beasaín el principal desastre causado. Actuaba entre San Sebastián y la frontera francesa ayudado por hombres que conocían bien el terreno. Los jefes carlistas se llegaron a molestar por la mala imagen que daban los fusilamientos frecuentes del cura Santa Cruz y le retiraron de la lucha. Desde su retiro en Francia, escribía contra los “hojalateros” (oficiales carlistas condecorados) que se hinchaban a chuletas con pimientos morrones en San Juan de Luz. En diciembre de 1873 volvió por última vez a España para luchar. Luego se hizo jesuita y vivió hasta 1926 en Pasto (Colombia).

[2] Francisco Goiriena “el jesuita”, había nacido hacia 1830, había ingresado en la Compañía de Jesús en 1860 y había tenido destinos en Loyola, Arrásua y Durango, hasta que en abril de 1872 se apuntó a la guerra carlista y en mayo siguiente fue expulsado de la Compañía de Jesús. Era el jefe de una partida de unos 150 hombres.

[3] Juan Vázquez de Mella, 1861-1928, era asturiano hijo de un militar. Se quedó huérfano de padre en 1867. Estudió bachillerato en el Seminario de Valdediós, dependiente del obispado de Oviedo, en 1874-1877, y pasó a estudiar Leyes en Santiago de Compostela, donde escribió en “El Pensamiento Galaico”. Sus más importantes artículos periodísticos son sin embargo los publicados en “El Correo Español”. en 1890 fue diputado por Navarra, y repitió en 1893: En 1900 se exilió a Portugal hasta 1905. Se entusiasmó con las obras de Balmes y Donoso Cortés, los integristas católicos y defendió al Papa León XIII, al tiempo que hacía fundamentación ideológica del carlismo. En 1914 se declaró germanófilo, pero el líder carlista Jaime de Borbón se declaró aliadófilo, y Vázquez de Mella abandonó el carlismo y creó en agosto de 1919 un Partido Católico Tradicionalista.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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