SALMERÓN y EL CANTONALISMO.

 

 

     Nicolás Salmerón y el Cantonalismo.

        

Nicolás Salmerón gobernó de 18 de julio de 1873 a 4 de septiembre de 1873.

Entre los republicanos, había cuatro modelos posibles de República: los intransigentes de izquierda querían la República Federal Cantonalista; los intransigentes del grupo de Pi querían el Federalismo Republicano, conservando el Estado español; el centro republicano de Salmerón quería la República radical unitaria, es decir, que hiciera los cambios que España venía pidiendo desde principios de siglo y los hiciera inmediatamente; la derecha republicana de Castelar quería la República de los liberales, una República con poder central fuerte que garantizara la unidad territorial de España. Todavía cabía una quinta opción: República militarista al estilo francés, que era la idea de Serrano.

La idea de Salmerón, el designado Presidente del Poder Ejecutivo, era una república unitaria y precisamente por eso llamó a colaboradores conservadores, porque temía a los cantonalistas. Acudió a generales monárquicos (Pavía y Martínez Campos) de los que se sospechaba que ya estaban comprometidos con el alfonsinismo, pero que eran de confianza a la hora de reprimir a los Cantones independentistas, y les ordenó reprimir el cantonalismo. Esa actitud encolerizó a los republicanos más intransigentes, los que se habían marchado de las Cortes y estaban en los Cantones.

El 20 de julio, se declaró piratas a los barcos de los intransigentes de Cartagena. También se decidió que junto a los cantonalistas se debía reprimir a los internacionalistas.

El 24 de julio se hizo una ley de protección al trabajo para menores de 16 años.

El 18 de agosto se hizo una propuesta de reparto de terrenos faltos de cultivo para dárselos a braceros sin tierra, que no prosperó.

 

 

Generalización de la revolución cantonal.

 

Los intransigentes esperaban que, tras los pronunciamientos cantonales, se les entregarían las Cortes y todos los republicanos federales se pondrían de su parte. Pero Pi no había cedido en su momento, y Salmerón les hizo frente con medidas leves a partir del 18 de julio y militarmente a partir de agosto. Los cantonalistas tenían una grave división interna, porque los pequeño-burgueses no eran lo mismo que los internacionalistas, ni éstos lo mismo que los republicano-federales, y cada vez que alcanzaban el poder en un Cantón se mostraban las diferencias, y las gentes acababan colaborando con el Gobierno central aun en contra de los cantonalistas.

El 18 de julio de 1873, Roque Barcia Martí[1] publicó en La República Federal, un llamamiento pidiendo la formación de Comités de Salud Pública[2] (Gobiernos locales) en torno a jefes federales intransigentes, en todos los municipios y provincias en que fuera posible, y pidiendo que organizase cada uno su Gobierno cantonal. Es decir, llamó a la insurrección general el mismo día que Salmerón se hacía cargo del Gobierno.

Los dirigentes republicanos intransigentes se marcharon ese mismo día de Madrid y se dirigieron a sus ciudades respectivas a intentar levantar Cantones. Los máximos dirigentes republicanos de Madrid fueron en su mayor parte a Cartagena, la base naval recientemente sublevada y que contaba con fuerzas civiles y militares muy importantes. Cartagena debía ser la cabeza de la revolución.

Roque Barcia organizó el Comité Madrileño de Salud Pública como Directorio (Gobierno Nacional) de todos los Cantones regionales que iban a surgir, y ordenó que en todos los puntos en donde el Partido Federal tuviera fuerza suficiente, se formasen Comités de Salud Pública que asumieran la soberanía.

Cada grupo de republicanos andaluces y levantinos, muchos de ellos dirigidos por miembros del partido republicano de Pi, declaró a su región Cantón Autónomo. Hubo muy pocos cantones fuera del ámbito mediterraneo y andaluz, concretamente Béjar, Salamanca, Camuñas y Ávila, y este último cantón era anticantonalista.

El 19 de julio se declaró Cantón Torrevieja (Alicante)

El 19 de julio se declaró Cantón Sevilla a iniciativa del general Fernando Pierrad Alcedar, lo que asustó a varios ayuntamientos de la comarca. Aunque Sevilla ya estaba sublevada desde 23 de junio, la iniciativa cantonal de Sevilla impulsó a muchas ciudades a declararse Cantones.

Tarifa se constituyó Cantón ese mismo 19 de julio.

El 19 de julio se declaró cantón Cádiz a iniciativa de Fermín Salvoechea. Ya el 12 de febrero de 1873, en el momento de proclamarse la República, se habían producido manifestaciones populares que hicieron dimitir al alcalde e impusieron el gobierno de un Comité Republicano Federal. El 27 de febrero, este Comité había pedido armas para los Voluntarios de la República y la declaración del Estado Federal en España. Hubo discrepancias entre los republicanos sumisos a Madrid y los republicanos intransigentes. Los intransigentes en la alcaldía forzaron elecciones el 14-18 de marzo, las ganaron y nombraron alcalde de Cádiz a Fermín Salvochea el 22 de marzo. Salvochea impuso un Gobierno revolucionario: suprimió los impuestos de consumos a los alimentos, subió los impuestos al vino, aguardiente y chacina que eran artículos de exportación, y además puso impuestos directos a los comerciantes, industriales y propietarios en general. También había tomado medidas anticlericales como derribar dos conventos, incautarse de otros dos, y retirar las imágenes religiosas de la vía pública. Fijó el precio del pan a niveles populares, subió los jornales considerablemente, e impuso la jornada de ocho horas. Repartió armas a los Voluntarios de la República, pero sólo tenía unas 700 y le parecían insuficientes, pues hizo reclutamientos de nuevos voluntarios, con los que levantó un batallón de infantería y otro de artillería, pero no tenía armas y sólo media docena de cañones, insuficientes para los 1.000 voluntarios reclutados.

El 19 de junio anterior, ya se había proclamado el Cantón de Cádiz y San Fernando, pero se había desistido de la idea tras pedírles Pi i Margall que abandonaran.

El 19 de julio, Cádiz  proclamó definitivamente el Cantón y nombró un Comité de Salvación Pública (Gobierno) que se estableció en el edificio de La Aduana. Se sumaron a la iniciativa el Gobernador Civil y el Gobernador Militar lo que era importante para una base naval española como Cádiz, pero no se sumaron los oficiales de la base. El Comité ordenó al Gobernador Militar entregar armas a los Voluntarios, y ordenó al Delegado del Banco de España en Cádiz entregar sus dineros al Comité de Salvación.

Fermín Salvochea de nuevo en julio emprendió un plan de medidas revolucionarias, pero más radicales que en marzo: disolvió la Diputacion Provincial; prohibió la enseñanza religiosa en las escuelas públicas; prohibió las asociaciones que exigieran el celibato; prohibió la lotería; se incautó de los edificios privados destinados al culto y de los edificios del Estado en general; suprimió el impuesto sobre cédulas de vecindad; secularizó los cementerios; suprimió las quintas y la matrícula de mar; dotó de salario a los Voluntarios de la República. El gran inconveniente para Fermín Salvochea fue que la Marina se negó a aceptar la autoridad del Cantón de Cádiz y su Comité de Salvación Pública.

Se adhirieron al Cantón de Cádiz los municipios de Puerto Real, La Línea de la Concepción, Vejer de la Frontera y San Fernando. Siguieron Huelva, Jaén, Jumilla y Loja. Se declaró Cantón independiente Algeciras (22 de julio). Se puso en contra del Cantón de Cádiz, Puerto de Santa María.

El Comité de Salvación Pública de Cádiz impuso enseguida una dictadura popular: prohibió la prensa y la salida de los gaditanos fuera de la ciudad.

Los acontecimientos de Cádiz alarmaron a las potencias mundiales, y Austria, Gran Bretaña, Brasil, Portugal y Francia enviaron barcos de guerra a la bahía de Cádiz en situación de observación de lo que consideraban una guerra entre la Marina Española y los Voluntarios de la República. La Marina decidió reclutar soldados y bombardear desde La Carraca, procurando no hacer daño. Los Voluntarios atacaban con fusilería, unos pocos cañones y un remolcador que habían apresado, con todo lo cual no podían dañar a nadie. El brigadier Eguía se puso al mando de los Voluntarios y se atrevió a conminar a los militares a rendirse, patochada que tuvo lugar el 22 de julio de 1873. Mientras tanto, la marinería ocupó ese 22 de junio Puerto Real, uno de los apoyos de Cádiz, y ocupó la bahía con barcos de guerra que inmovilizaron a los cantonalistas dentro de los muros de la ciudad. El 27 de julio, la marinería atacó Jerez de la Frontera. El 30 de julio, los Voluntarios tuvieron su primer éxito, porque la fragata Villa de Madrid se pasó a los cantonalistas. No era esa una buena idea para los marineros sublevados, porque el general Pavía acababa de ocupar Sevilla e iniciaba la marcha hacia Cádiz. Pavía llegó en 2 de agosto y los Voluntarios abandonaron todas las ciudades amigas y se concentraron en Cádiz. Ese mismo día 3 de agosto, la marinería había tomado San Fernando. El general Pavía anunció que no haría concesiones, ni perdones, ni tratados con los insurrectos que, o se rendían, o morirían. Los cantonales, a la vista del ejército a las puertas de Cádiz y de la Armada en la Bahía de Cádiz, se rindieron y entregaron sus armas. Había habido 3 muertos entre los soldados españoles y 10 muertos entre los cantonalistas. En Sanlúcar de Barrameda, donde la Internacional anarquista había intentado un Gobierno socialista, 74 cantonalistas fueron encarcelados, y unos 200 huyeron de la región.

El 19 de julio, Almansa se sumó al Cantón Murciano. Y Jumilla se declaró República Independiente frente a Murcia.

El 20 de julio se declaró Cantón Alicante[3]. Los rebeldes de Cartagena decidieron implantar el cantonalismo en toda la costa mediterránea, y el vapor Fernando el Católico, comandado por Juan Contreras, fue a Mazarrón, y a Águilas, e incorporó estas ciudades al Canton Murciano. Y la fragata Vitoria, dotada de 500 hombres y 30 cañones, comandada por Antonio Gálvez “Antoñete” y José Solano Huertas, fue a Alicante, y decidió establecer un Cantón de tipo regional, que englobara todos los pueblos de la zona. Alicante era un baluarte defendido desde el monte por el castillo de Santa Bárbara, y desde la costa por el castillo de San Fernando, y los baluartes de San Nicolás y San Cayetano. Era alcalde de Alicante Manuel Santandreu, y Gobernador Civil José María Morlius, el cual huyó de la ciudad al acercarse la fragata Vitoria y presentir un bombardeo. La acción de Gálvez era de tipo pirata y exigía una fuerte cantidad de dinero a cambio de no bombardear y además se llevó un remolcador, dos escampavías y el vapor El Vigilante.

En la noche del 20 de julio, Antonio Gálvez constituyó Junta de Salud Pública en Alicante (Gobierno municipal-regional) que debía imponerse sobre los municipios de la zona. Eran sus miembros: por Alicante, Nicasio Camilo Jover, Manuel Sáez, Faustino Uriarte, Rafael Jordá, Juan Such; José Charques, José Marcili, Eduardo Oarrichena, y Eduardo Carratalá. Por Elche, Juan Ruiz y Francisco Baeza. Por Villena, José Martínez. Por Aspe, Antonio Botella. Por Monóvar, Jaime Villate. Por Novelda, Francisco Rico. Por Orihuela, Fausto Ginestar. Por Callosa, Manuel Navarro. Por Torrevieja, Pedro Vallejo. Por Villajoyosa, José Nogueroles. Por Benidorm, Vicente Zaragoza. Por Denia, Marcelino Codines. Por Alcoy, José Puig. Se volvió a Cartagena.

La Junta de Salud Pública de Alicante fue destituida el 23 de julio. El Gobernador José María Morlius regresó a la ciudad el 23 de julio, pero el brigadier Ruiz Piñeiro le sustituyó por Lorenzo Abizanda, un hombre de Eleuterio Maissonnave, republicano moderado. Los Voluntarios de la Libertad y un cuerpo de ejército se hicieron con la ciudad y el Cantón fue desmantelado. La figura clave de la derrota del Cantón era Eleuterio Maisonnave Cutáyar, comerciante de familia francesa asentada en Alicante y de gran prestigio en la ciudad porque había sido alcalde durante la República, y Comandante de los Voluntarios de de la Libertad, enemigo del desorden público, aunque él fuera republicano unitario. Fue denunciado por los anarquistas como “represor cruel y arbitrario en sus detenciones”. Fue colaborador en Gobiernos españoles posteriores.

Antonio Gálvez hizo una nueva incursión en El Vigilante, llegó a Torrevieja, exigió una fuerte cantidad de dinero y la incorporó al Cantón Murciano, y pasó a Alicante, donde fue rechazado. Regresaba a Cartagena cuando fue apresado por la fragata alemana SMS Friedrich Carl, pues España había declarado piratas a los barcos de bandera roja cantonalista, y era legal apresarlos, incluso en aguas españolas.

El 20 de julio se declaró Cantón Granada a iniciativa de Francisco Lambreras. La ciudad estaba en rebeldía desde principios de junio, en que un carabinero había matado a un miliciano republicano en un bar del Arco de Elvira. Los milicianos tomaron el Cuartel de Milicianos, la fábrica de pólvora El Fargue, y el Cuartel de la Guardia Civil. A la llegada del llamamiento a declararse Cantones, el 20 de julio Granada se declararon Cantón y redactaron una Constitución en la que imponían contribuciones directas a cada rico en cuantía calculada por los revolucionarios, ordenaron el derribo de todas las iglesias, ordenaron el establecimiento de una fábrica de moneda, se incautaron de los edificios de Hacienda y de todos los del Estado español, y cesaron a todos los magistrados de la Audiencia. Detuvieron también al arzobispo, pero lo soltaron al ver que ello era impopular. Las familias con posesiones de algún tipo abandonaron Granada y sobrevino el hambre. Anecdóticamente, Jaén declaró la guerra a Granada. El 12 de agosto, Pavía entró en Granada y acabó con el Cantón. El 10 de agosto, Pavía había hecho lo mismo en el Cantón de Loja.

El 20 de julio se declaró Cantón Ávila a iniciativa de Miguel Cuadrillero, José Junquera Pérez, Miguel Egido, José Pascual Moreno y Segundo Enríquez. Se rebelaban contra la bancarrota, los privilegios no abolidos por la República, la indisciplina y la situación de guerra. Querían independencia respecto al Gobierno de la República, pero una República de más orden y más conservadora. A las pocas horas, fueron detenidos y liberados, pues sólo querían orden público y mejor Gobierno, y en absoluto un Cantón republicano intransigente.

El 21 de julio se declaró Cantón Málaga a iniciativa del Gobernador Civil Francisco Sorlier, un republicano democrático federal de la facción de Pi, el cual detuvo a los intransigentes como Eduardo Carvajal, y envió 45 personas a Melilla. Málaga se declaraba cantón independiente, pero afecta al Gobierno republicano de Madrid. Esa situación de indefinición le granjeó la protección de Nicolás Salmerón, que ordenó a Pavía no atacar Málaga. Salmerón dimitió en 6 de septiembre, y Emilio Castelar repitió la orden a Pavía. Finalmente, el Gobernador Sorlier depuso su actitud el 13 de septiembre de 1873 y salió de la ciudad, momento en que sus soldados fueron apresados por Pavía, que así no desobedeció al Gobierno, ni dejó cantones independentistas.

El 22 de julio se declaró Cantón Bailén a iniciativa del brigadier Mariano Peco Cano. Él y sus hombres Voluntarios de la República, se dedicaron a recorrer varios pueblos cercanos como Linares, Baeza y Marmolejo, pero sus hombres le pidieron dinero, paga, no lo obtuvieron y le abandonaron.

El 22 de julio se declaró cantón Motril, seguido el 23 por el pequeño pueblo de Gualchos, cercano a Motril. Andújar constituyó Junta Revolucionaria. Algeciras proclamó el cantón.

Motril restauró el Ayuntamiento el 25 de julio, y el 31 de julio fue atacada por Juan Contreras, de Cartagena, que se llevó 8.000 duros y estableció Cantón durante unas horas.

El 22 de julio, declaró Cantón Béjar (Salamanca). El líder de la sublevación era Antonio Gómez.

El 22 de julio declaró Cantón Salamanca[4]. Los Voluntarios de la República proclamaron cantón en la madrugada y formaron Junta: Pedro Martín Benitas, Joaquín Hernández Ágreda (autoproclamado nuevo jefe militar), Casimiro García Moyano, Ignacio Periáñez y Santiago Riesco Ramos. Destituyeron al Gobernador Civil y tomaron el Ayuntamiento, cárcel provincial, murallas y sitios altos de la ciudad. Atacaron el cuartel de la Guardia Civil y expulsaron de la ciudad a sus 170 números, que se fueron a Zamora. Ordenaron cavar trincheras y poner barricadas en las principales calles de la ciudad y en las puertas de la muralla. Los banqueros y comerciantes de Salamanca huyeron para no ser asaltados como había sucedido en 1868. El 24 de julio, se supo que iban sobre Salamanca los Guardias Civiles y Carabineros de Zamora, 5.000 soldados de Valladolid y una fuerza de Voluntarios de Béjar. Entonces, un grupo de notables quiso dialogar con los cantonalistas para evitar el derramamiento de sangre. Éstos se envalentonaron y mandaron izar banderas rojas y preparar hospitales. Pero cuando llegó el ejército el día 26 y los cañones estaban a la vista de la ciudad, y llegó el Gobernador de Ávila a proponer un acuerdo de paz, la Junta Cantonalista se vino abajo y negoció su rendición a cambio de amnistía para ellos.

El 23 de julio, Córdoba se declaró Cantón. Pavía lo sometió el 8 de agosto.

En Coria, Hervás y Plasencia hubo también intentos cantonales.

Incluso un pueblo pequeño, de unos 800 habitantes, como Camuñas (Toledo), se declaró Estado independiente. Camuñas era conocido por un bandolero, el Tío Camuñas, que se rebeló contra los franceses en 1808, y sólo por eso llegó a ser conocida su declaración de independencia en 1873.

Utrera, un Cantón anarquista internacionalista, declaró la guerra al Cantón de Sevilla.

El 27 de julio Cartagena proclamó el Gobierno Provisional de la Federación Española, presidido por Roque Barcia, Gobierno que se proponía imponer el cantonalismo en el resto de España. La guerra entre el cantonalismo y la República quedaba declarada. El idilio con los populistas había encontrado la realidad de que eran proyectos contradictorios y de imposible convivencia.

 

 

Crítica al cantonalismo.

 

Algunos Cantones evolucionaron a internacionalistas de Primera Internacional, otros eran republicano-federales, como Cartagena y Sevilla, que simplemente quería establecer el cantonalismo por toda España y constituir la República Federal cantonal, otros eran populistas puros. Algunos eran de tipo regionalista, es decir, trataban de mantener la región o la provincia en un Cantón presidido por la capital. Otros eran ciudades, o incluso pequeños pueblos, que se declaraban independientes no sólo de España, sino de su capital de provincia. El fenómeno cantonal fue pues muy complejo y desordenado.      Los cantones no defendían una idea en común, sino que cada uno iba por su lado en modelos de Estado distintos, contradictorios e incompatibles. Incluso se dio el caso de que Granada declarase la guerra a Jaén y viceversa, de que Jumilla amenazase de guerra a todos los vecinos que se metiesen con ellos.

Los grandes dirigentes internacionalistas en general no participaron del cantonalismo, pero dejaron a sus militantes libertad para hacerlo, y muchos obreros participaron a título particular. Por eso, la represión del cantonalismo implicó represión del internacionalismo de Primera Internacional, AIT.

Muchos Ayuntamientos se negaron a constituir Cantón porque no veían la ventaja de sustituir el autoritarismo de Madrid por el autoritarismo de una ciudad más cercana a ellos. Era el caso de los Cantones “regionalistas” en donde la capital de provincia se constituía en capital del nuevo Estado de su mano mayor, de manera nada democrática.

Los jefes más intransigentes de los Cantones no eran socialistas ni anarquistas con carnet, porque la Internacional, o Marx concretamente, negó su apoyo a este populismo (Marx creía que el lumpenproletariado era enemigo de la revolución). Era excepción el caso de Alcoy, núcleo obrero que intentaba la revolución socialista en medio de los cantones.

Tras los sucesos cantonales de junio y julio de 1873, varias organizaciones obreras se separaron de la Asociación Internacional de Trabajadores AIT, unas porque no creían en el radicalismo revolucionario que se había mostrado en estos meses, otras porque creían en el republicanismo federal en sí mismo, pero no como vía a socialismos, cantonalismos y regionalismos, y otros porque vieron que en las huelgas que proponían los líderes socialistas-anarquistas, los obreros ponían el esfuerzo, la prisión y la vida, pero no recibían ningún dinero, por lo que empezaron a sospechar que los líderes internacionalistas eran unos políticos más, que pretendían vivir a su costa y sólo pretendían cargos políticos, aunque se denominasen cantonales en vez de estatales. “Ninguno daba dinero”. Pero nadie fue capaz de difundir una ideología distinta del anarquismo imperante, y las cosas fueron a peor.

El confusionismo era generalizado entre los cantonalistas: En julio de 1873, el Cantón de Córdoba dirigido por la pequeña burguesía, se vio sobrepasado por el populismo de las masas, que atacaba la propiedad y atentaba contra la vida de los propietarios, los burgueses. Los obreros, protagonistas del momento, decían ser de los federales pacíficos de Madrid, de los federales intransigentes que pedían la revolución de los hechos generada desde abajo, y de los internacionalistas (sin distinguir socialistas de anarquistas), en un confusionismo total. Sólo era populismo, o hágase la voluntad del pueblo (de la mayoría) en cada momento, sin respetar los derechos de los individuos y de las minorías.

 

 

Ideología cantonal.

 

Juan Contreras San Román[5], general en jefe del Cantón murciano, hizo un manifiesto al ejército español pidiendo que se sumasen a la revolución. El 22 de julio los cantonalistas declararon traidor al Gobierno de Madrid, el Gobierno Republicano Federal de Nicolás Salmerón. Y más tarde, los cantonalistas de Cartagena emitieron una circular explicando el cantonalismo. Estos tres documentos, “manifiesto de Contreras”, “declaración en contra del Gobierno de Madrid”, y “circular del Cantón de Cartagena”, son todo lo que sabemos de la ideología cantonal:

Los cantonalistas aspiraban a cerrar el periodo de las revoluciones, pronunciamientos y golpes de Estado por medio de un nuevo funcionamiento del Estado, en el que todas las decisiones se tomaran desde abajo, en las asambleas populares, las cuales decidirían siempre, en todos los temas, y los Cantones comunicarían a sus Diputados en Madrid el resultado de esas decisiones, los cuales no serían sino mandaderos que llevarían el recado al Gobierno. El Gobierno pasaría a llamarse Comité de Gobierno. El Comité de Gobierno por su lado, no sería sino un ejecutor de estas decisiones tomadas asambleariamente, y no tendría poder de decisión propio. Estaban destruyendo el concepto de Poder Ejecutivo burgués. También estaban suponiendo que las decisiones populares estarían siempre acordes con la verdad y la justicia, y que no habría contradicciones y enfrentamientos entre ellas. Estaban entrando en el campo de la irracionalidad y la utopía.

En cuanto al método para conseguirlo, lamentaban que las cosas se tuvieran que hacer en la ilegalidad, porque el Gobierno Republicano, al igual que antes otros Gobiernos moderados y progresistas, había traicionado al pueblo: no había bajado los impuestos como había prometido, no había respetado los derechos individuales argumentando que lo importante era el cumplimiento de las leyes, y por último, estaba reuniendo un ejército, que era unionista y alfonsino, para eliminar el cantonalismo, que según ellos, era democrático.

Porque, si las Cortes habían proclamado el principio federativo como forma de gobierno de la República, la consecuencia lógica era admitir la autonomía económica y administrativa de cada Cantón, y no les parecía lógico negar la posibilidad de Cantones hasta tiempos futuros.

Esta declaración de principios, y la presencia de casi todos los dirigentes cantonalistas en Cartagena, demostró que Cartagena era el centro del movimiento cantonal.

 

 

Salmerón contra el cantonalismo.

 

El 30 de julio de 1873 se autorizó abrir procesos a los diputados insurgentes, procesos que acababan en la inhabilitación de los encausados. No había penas mayores.

El 4 de agosto de 1873, José María Orense, líder de los intransigentes en las Cortes, se intentaba defender de Salmerón, y propuso que los republicanos federales nunca se atacasen entre sí. Orense intentaba repetir una vez más el dicho, o máxima utópica, de que la guerra sólo era burguesa, y los federales nunca la practicarían sino para echar abajo a los Gobiernos burgueses. Otra vez aparecía la utopía. En todo caso, podían dilatar para más tarde la confrontación entre concepciones opuestas de la economía y la política, pero nada más.

Por fin, el Gobierno de Salmerón decidió atacar el cantonalismo en serio, militarmente, con todas las fuerzas del Gobierno. Ello fue en agosto de 1873:

Salmerón mostró mucha más energía que Pi en la represión del cantonalismo, y ello convenció a los intransigentes de que no lograrían imponer su revolución cantonal por la vía legal.

Manuel Pavía Rodríguez de Alburquerque fue enviado a Andalucía con 3.000 soldados anticantonalistas y 60 cañones, con la misión de acabar con los cantones del sur. Manuel Pavía era Radical progresista, y tenía una buena hoja de servicios militares. Daba más confianza que Ripoll, el general republicano enviado por Pi, el cual fue relevado en Andalucía. Pavía tomó Córdoba y Sevilla en agosto y, en los siguientes quince días, se entregaron Cádiz, Granada, y Valencia. Málaga resistía sola, agotándose inútilmente, en un concepto cantonalista extraño, al servicio del Gobierno central, pero en disconformidad con él.

Arsenio Martínez Campos[6] marchó a Levante. Martínez Campos era monárquico. Se le encargó atacar Valencia, y bajar hacia Alicante y Murcia, donde debía confluir con Pavía. Murcia era el cantón más significativo, porque los intransigentes de Antonio Gálvez dominaban a las masas civiles, y Juan Contreras San Román dominaba la base militar de Cartagena.

Desde otro punto de vista, Salmerón jugaba otras cartas sociales que debilitaban a los republicanos intransigentes: a partir del 24 de julio, Salmerón trataba de recomponer las relaciones laborales haciendo proyectos de ley de protección a los menores de 16 años (24 de julio); de protección al trabajo de los niños en los circos (26 de julio); y proyecto de jurados mixtos para conflictos laborales (14 de agosto).

Salmerón reprimió a los organizadores de la huelga revolucionaria de Alcoy de julio 1873, que habían formado un Comité de Salud Pública y habían resistido a las tropas como un cantón más. Los locales internacionalistas fueron cerrados, los militantes AIT detenidos. Los patronos de Alcoy aprovecharon para bajar los sueldos al nivel de antes de la huelga general de julio.

 

 

El cantón de Cartagena a la ofensiva.

 

Del 13 de julio a 10 de agosto de 1873 tuvo lugar un periodo de expansión del cantonalismo: Cartagena intentó propagar el cantonalismo aportando armas a los pronunciamientos. Tuvo éxito en algunos lugares de la región levantina.

Antonio Gálvez fue sobre Alicante con la fragata Vitoria y levantó allí la Junta de Salud Pública. Después fue con el vapor El Vigilante hasta Torrevieja, donde el 20 de julio declaró a Torrevieja parte del Cantón Murciano. Estas proclamaciones cantonales eran efímeras, porque se trataba de incursiones reclamando dinero y víveres por la fuerza, piratería pura y dura, y los perjudicados solían tardar muy poco en acabar con el Cantón y volver a la alcaldía tradicional.

El 27 de julio, los diputados intransigentes formaron un Directorio Provisional de la Federación Regional Española (Gobierno cantonal) órgano del nuevo sistema cantonal, el cual debía tratar con el Gobierno de España, al que sólo se reconocería como Gobierno de Madrid.

El Presidente de ese Directorio sería Juan Contreras San Román. Pero en el momento siguiente, llegó a Cartagena Roque Barcia, y fue designado Presidente, porque Contreras debía ocuparse de misiones militares que debían abrir Cantones por toda España. Precisamente la primera misión del Gobierno Provisional de la Región Española era iniciar Cantones.

A primeros de agosto de 1873, los de Cartagena supieron que el general Arsenio Martínez Campos se dirigía a Valencia con un ejército para acabar con el Cantón valenciano.

Hicieron una expedición hacia Albacete, el punto por donde siempre se había atacado a la región levantina y, cuando supieron que Valencía estaba en peligro porque Martínez ampos ya había llegado a sus cercanías, intentaron ir hacia esa ciudad. Organizaron una expedición de infantería que debía trasladarse hasta Valencia. Cuando la infantería cartagenera llegó a Valencia, se encontró con que Martínez Campos dominaba ya Valencia. Se enfrentaron al brigadier de campo Federico Salcedo San Román y fueron derrotados en 10 de agosto de 1873 en la Batalla de Chinchilla (Albacete), lo cual dio lugar al inicio del sitio de Cartagena. Cartagena pasó a la defensiva.

 

 

El Cantón de Cartagena a la defensiva.

 

    De 10 de agosto de 1873 a 12 de enero de 1874, el Directorio Provisional de Cartagena pasó a la defensiva.

Cartagena, desde julio de 1873, había optado por resistir, porque creían que en 2 de agosto de 1874, al abrirse nuevas Cortes, tendrían mayoría los federales, y entonces exigirían el Gobierno democrático de las Cortes. Eso no sucedió en la medida que ellos esperaban.

En sus cálculos no entraba que los Gobiernos de Salmerón y Castelar no aceptasen el “Gobierno popular”: Pensaban que estos Presidentes defendían un modelo de Gobierno representativo, gestionado por las personas cultas, y rechazaban el populismo, pero nunca atacarían a los cantones. Los federales intransigentes trataron de hacer proselitismo en la Cámara de Diputados, pero no lograron bloquear la aprobación del Decreto que declaraba piratas a los barcos cantonales de Cartagena. Confiaron entonces en el Cantón de Cataluña como su tabla de salvación, porque ello podría arrastrar a Aragón y, si lograban imponerse en Andalucía, creían que podrían forzar en toda España el federalismo populista que ellos predicaban.

El 12 de agosto de 1873, el general Martínez Campos se llegó a la ciudad de Murcia y los murcianos se retiraron a Cartagena.

El 13 de agosto, el Contraalmirante Miguel Lobo Malagamba atacó a la escuadra rebelde de Cartagena y la neutralizó durante un tiempo hasta la derrota final del Cantón Murciano.

El 18 de agosto de 1873, Martínez Campos sitió Cartagena. Este primer sitio duró hasta 24 de septiembre.

 

 

Conclusiones tras el cantonalismo de 1873

 

1-Necesidad de insistir en el liberalismo:

Lo que quedaba meridianamente claro era que los avances liberales, que los Gobiernos del siglo XIX se habían negado a aceptar, y que los partidos progresistas reclamaban, habían calado en mucha gente, y su dejación había sido importante en el triunfo del cantonalismo. El abandono de los principios del liberalismo había dado la oportunidad a la aparición de otros modelos políticos y sociales de quienes se querían aprovechar del movimiento de insurrección para ensayar su propio modelo político. Y la confusión había dado lugar a un populismo que había confiado en una idea mesiánica e irracional que solucionaría los males seculares de España.

No obstante el contexto populista, en las proclamaciones cantonales observamos los siguientes principios liberales:

Había habido una proclamación de la superioridad del valor “individuo” sobre el valor “sociedad”.

Se había planteado la posibilidad de un modelo descentralizado de Estado.

Se había proclamado la igualdad social (que no se debe confundir con la igualdad económica).

Se había planteado la laicización del Estado.

Se había planteado un antimilitarismo en forma de protestas contra las ordenanzas militares de Carlos III y de Fernando VII, que era aversión a un concepto de ejército como sometedor de los ciudadanos al Estado, en vez de una fuerza de defensa del ciudadano y de apoyo al Estado.

 

2-Desilusión generalizada del pueblo español:

1873 fue una enorme desilusión para muchos españoles. El cantonalismo era un fiasco. Y la República, tantas veces mitificada, había resultado un fracaso. Los intransigentes habían traído violencia y requisas de dinero y alimentos. Los dirigentes federales moderados se habían aliado con los progresistas radicales y, juntos, habían terminado con el cantonalismo. Quizás no había salida a la situación política, social y cultural española.

El pueblo ya no reaccionó ante la contrarrevolución de 1874 y 1875, que llevó la política hacia posiciones que parecían ya superadas, el conservadurismo al ultranza.

 

3-El pesimismo finisecular:

A partir de 1873, tanto los catalanistas como los anarquistas insistirían en que España era “un fracaso histórico”. La expresión sonaba bien, pero no aclaraba qué quería decir. En realidad quedaba muy oscuro su significado. Lo que estaba fracasando era el catalanismo, el federalismo y el anarquismo, y esos teóricos, que creían en la necesidad de esos principios políticos, sin ellos consideraban que todo era un fracaso, que su concepción de la realidad política de España no tenía sentido. Se abría un capítulo de muchas discusiones, que llenarían periódicos y tertulias el resto del XIX y todo el siglo XX.

 

 

Cantonalismo y Socialismo en 1873.

 

En anarquista Giuseppe Fanelli había creado en Madrid el grupo “La Solidaridad”, que publicaba un periódico con el mismo nombre. Sus componentes se habían introducido en las organizaciones artesanas y obreras de Madrid. Habían generado un programa político y estaban preparados para la ocasión de revolución proletaria que pudiera surgir. Fanelli les había trasmitido el anarquismo político y ellos lo reinterpretaron como colectivismo agrario e industrial y ateísmo militante.

En Barcelona, la organización obrera que hasta la llegada de Fanelli era de ideas republicanas federales, se convirtió en órgano de la Sección Catalana de la Internacional.

En Córdoba, El Derecho, periódico de Navarro Prieto, defendía por igual ideas republicano federales como socialistas.

Los federales de 1871 estaban convencidos de que los grupos socialistas, incluso los englobados en la Internacional, eran partidarios suyos. No pensaba lo mismo Sagasta, el cual había decidido acabar con los socialistas y les hizo redadas en junio de 1871 y enero de 1872.

En junio de 1871 se produjo la ruptura entre la Asamblea Democrática Republicana Federal, que era burguesa, y el Consejo Federal de la Región Española de la Primera Internacional.

En 1873, los burgueses cantonalistas veían con simpatía a los socialistas. Creían poder utilizarlos. Pero los socialistas tenían ya sus propias ideas, consignas y doctrina lo suficientemente nítidas y expresas, y no se prestaron a la manipulación, sino que intentaron adueñarse de los cantones que estaban naciendo por iniciativa burguesa. Los socialistas sabían que debían aprovechar la legalidad cantonal para extender el socialismo y poder ir después hacia la revolución socialista. La táctica se copiaría de lo sucedido en la Comuna de París. Lo intentarían en Alcoy, Sevilla, Valencia, San Fernando, Sanlúcar. Tenían preparados hasta sus propios cuadros de dirigentes. Contaban con 236 asociaciones sindicales que reunían a unos 20.000 afiliados.

1873, año de la I República Española, fue un año muy especial para los socialistas anarquistas. La idea de Cantones autónomos y Ayuntamientos democráticos, abolición del servicio militar obligatorio y separación Iglesia-Estado, entusiasmaba a los anarquistas, que veían próximo el éxito de su revolución. Pero también será el inicio del fracaso del anarquismo cuando se vea que los dirigentes de los Cantones eran muchas veces explotadores del pueblo y más dictadores que los burgueses.

En los primeros días del cantonalismo, los socialistas anarquistas se sumaron al movimiento cantonal a pesar de que eran conscientes de que éste era burgués y estaba siendo protagonizado por los burgueses de provincias. O bien era una equivocación, o una táctica de lucha. Una vez dentro de los Cantones, intentaron dominarlos. Casi nunca lo lograron, pero aprendieron muchas cosas. Se dieron cuenta de cuáles eran los puntos indeclinables de su pensamiento, no susceptibles de pacto alguno con la burguesía.

En 24 de enero de 1873, Alcoy organizó una Comisión Federal que los no entendidos creyeron que era republicana federal, y los implicados sabían que era socialista. La Comisión Federal de Alcoy estaba integrada por un fundidor, un ajustador, un maestro y un albañil. El 2 de marzo emitieron un manifiesto en el que afirmaban que pretendían la revolución social universal y la emancipación obrera hecha por los propios obreros. En principio se declararon simpatizantes de la República Federal porque la República les permitía expresarse y organizarse libremente, pero sabían que su política debía ser dirigida por los planes socialistas y no por las consignas llegadas de Madrid del Comité Federal. Sabían que la República era el último baluarte de la burguesía, y que había que dominarlo para hacer después la revolución social que debía terminar con la burguesía.

Otros intentos socialistas por dominar la revolución cantonal, se produjeron en Montilla y en Barcelona en febrero de 1873. En Barcelona, en 13 de febrero de 1873, los socialistas salieron en manifestación desde Plaza de Cataluña vitoreando alternativamente a la Internacional y a la República. Pedían jornada de 10 horas y salario proporcional a la producción.

El socialismo español era más antiguo que los Cantones. Según José María Jover, por lo menos era de 1861. De 1869 a 1871 habían hecho propaganda por la República Federal. En 1873 les surgió el problema de interpretar el cantonalismo y la oportunidad de aplicar sus teorías a la práctica. Federico Urales, teórico del anarquismo, dijo que, en 1873, se había producido el paso de identificación de los socialistas españoles como anarquistas. En efecto, en 1873 pudieron constatar que la República Federal era también una creación burguesa y que no era su revolución socialista. Pero al introducirse en los Cantones habían aprendido técnicas de organización de grupos y organización de motines.

El proletariado industrial había aparecido en Cataluña a partir de 1834. Sólo los alrededores de Barcelona, Málaga y Cádiz tenían una evolución al modelo Factory System, y en esos puntos se producían aglomeraciones de proletarios. La minería del hierro del País Vasco y Cantabria, a partir de la cual surgió actividad siderometalúrgica y naval, fue del último tercio del XIX. Carentes de ideólogos propios, los obreros catalanes se nutrían de libros franceses.

El proletariado español al iniciarse el último tercio del XIX era muy escaso. En 1860 había en España unos 150.000 obreros industriales, lo cual era muy poco respecto a una población activa de 7 millones de trabajadores. Otra cosa es que los obreros estuvieran concentrados en unos pocos puntos, sobre todo en Barcelona.

Los obreros agrícolas serían 2,3 millones (30% de los trabajadores)

Los criados y sirvientes serían 800.000 (11%).

Los artesanos serían 600.000 (9%).

Los pobres de solemnidad serían 300.000 (4%).

Y los obreros industriales, 150.000, no eran más que un 2% de los trabajadores.

Pero la sociedad española estaba en proceso de proletarización pues los campesinos perdían progresivamente la capacidad de mantenerse en sus fincas a medida que bajaban los precios de los alimentos, y los artesanos perdían la capacidad de mantener sus negocios a medida que se desarrollaban las comunicaciones y la industria. Y las guerras sacaban a muchos jóvenes de sus casas y les hacían ver otras formas de vida, tras lo cual no se readaptaban a las condiciones de miseria en que vivían sus padres.

El obrero catalán industrial tenía alto nivel de vida. Las condiciones de trabajo del obrero textil podían ser duras, pero sus sueldos eran doble, triple y hasta cuádruple de un sueldo ordinario en el campo o en la artesanía. Y las concentraciones industriales originaban el fenómeno urbano, donde era posible que varios miembros de la unidad familiar trabajasen al tiempo, lo que daba un poder adquisitivo familiar muy alto.

Las diferencias entre el obrero textil con sueldo fijo y remuneración muy alta, respecto al obrero agrícola, o el obrero tradicional, con trabajo ocasional, dedicado a todas las actividades que le salieran al paso, eran muy grandes. Los obreros “marginales” eran inmigrantes recientes, todavía inadaptados a la ciudad, y se empleaban en lo que saliera: construcción, pesca, agricultura, o talleres artesanales. Y sufrían el paro estacional. Lo típico entre ellos eran las enfermedades gástricas por el mal estado de los alimentos que comían y por la mala evacuación de los residuos en los barrios en que vivían. El 69% de los varones y el 91% de las mujeres eran analfabetas totales, del tipo de los que no sabían ni siquiera escribir su nombre.

De los obreros se contaban relatos de inmoralidad, pero esos relatos los contaban clérigos, abogados y médicos, casi siempre católicos, que los veían desde su óptica particular: para ellos, la inmoralidad principal era los desórdenes en el sexo y la disolución de la familia patriarcal, aparte del mal trato a la infancia y a la mujer. Valoraban mucho menos el maltrato al obrero en forma de latigazos y otros castigos corporales, las multas en el trabajo que no eran sino rebajas de sueldo que beneficaban al empresario, los abusos salariales y, en general, todo lo que afectaba a los grandes burgueses. Precisamente, grandes empresarios negreros, eran muy admirados en Cataluña como excelentes católicos.

Pues bien, el movimiento obrero nació entre los “obreros afortunados”, entre los obreros de más alto nivel de vida.

La intranquilidad surgía cuando aparecía la inseguridad en el empleo por crisis del algodón, por desabastecimiento de materias primas o pérdida de mercados. Entonces, los obreros aludían al exceso de disciplina en los talleres industriales, falta de sentido ético de los empresarios, castigos corporales y recortes de sueldos unidos a aumento de horas y ritmo de trabajo. Cuestión menor para el obrero industrial textil eran las jornadas de trabajo, de 12 horas diarias, los sábados 9, y los domingos libres. Era cuestión menor, porque en el campo y en sectores artesanales marginales, se trabajaban de 14 a 16 horas diarias, y ellos eran conscientes de su situación de privilegio.

A pesar de todo lo dicho, hay que insistir en que la mayoría de los obreros españoles en 1873 eran republicano-federales y no socialistas. Y los obreros actuaban más que nada por odio a los políticos y a los burgueses.

En julio de 1873, el estallido de los conflictos sociales fue tan rápido y de tales dimensiones, que los políticos quedaron desconcertados y no supieron interpretar lo que pasaba. Las masas hablaban de anulación de todo poder, incluso el de las autoridades cantonales, porque todo poder les parecía una imposición inaceptable, contraria a la libertad. Pero los burgueses de provincias organizadores de cantones, necesitaban a los socialistas porque éstos se habían mostrado activos y estaban en las organizaciones cantonales. Los socialistas aprovecharon para intentar la “confederación anarquista”, pero ello era también demasiado para sus fuerzas.

En Alcoy organizaron una huelga que Pi no supo interpretar. Creyó Pi que la huelga se hacía a favor del federalismo. Enseguida se vio que aquello era otra cosa, cuando los obreros quisieron tomar el Ayuntamiento de Alcoy. El alcalde, Agustín Albors, se resistió y fue asesinado. Desde ese momento las diferencias aparecieron nítidas. Los burgueses se dieron cuenta de que podían perder el poder a manos de los socialistas-anarquistas, y decidieron luchar contra ellos. El Cantón se convirtió en una guerra de masas populares. Los burgueses llamaron al ejército en su ayuda. Y entonces los obreros y campesinos tuvieron constancia práctica de que los políticos, a la postre, no iban a colaborar con la revolución proletaria, que debía ser sólo de los obreros y campesinos.

Al eliminar el cantonalismo, se eliminó también el socialismo. El obrero español se convertirá entonces en un escéptico airado, que no creerá en ningún político y sólo aceptará ir contra el orden establecido.

Y poco después, se libraría la batalla entre socialistas marxistas y libertarios bakuninistas. Ése es otro tema.

 

 

Los socialistas y anarquistas

 tras la Primera República.

 

Pavía y Martínez Campos detuvieron y fusilaron a los anarquistas cantonalistas. Los anarquistas se radicalizaron contra el Gobierno.

Los marxistas, que no habían participado en el cantonalismo, vieron una oportunidad de distinguirse y ser aceptados por la sociedad española.

Los anarquistas difundieron el ataque directo contra la propiedad, la autoridad y la Iglesia, lo que se llamaría, a fin del XIX, “Acción Directa”.

En años posteriores a la Primera República, los anarquistas españoles estudiaron la experiencia republicana y les impresionó Pi i Margall. Federico Urales, ideólogo del anarquismo español, encontró en Pi una fuente de pensamiento que les era muy útil, y publicó estas ideas en la Revista Blanca, acabando por declarar que Pi había sido el primer anarquista español. Las ideas que Urales redescubrió en Pi era que la concentración de poder resulta absurda y que el principio de autoridad es irracional en sí mismo, porque el individuo es soberano y sólo debe someterse a los pactos libremente contraídos, lo cual debía generar federaciones regionalistas.  De ahí surgió la Federación Anarquista Ibérica, FAI, mito que perduró hasta 1936. También Anselmo Lorenzo, otro mito anarquista, declaró que sus ideas le habían surgido leyendo a Pi en La Razón, La Reacción y la Revolución, y La Discusión.  Y También un comentario que Pi había hecho sobre la obra de Hegel “Homo sibi deus”.

La obra de Pi, Las Luchas de Nuestros Días, 1887, es considerada desde fines del XIX una obra anarquista. En ese libro, Pi no reconocía el principio de autoridad y consideraba tirano a todo aquel que trataba de imponer su voluntad a otra persona. No reconocía que nadie pudiera limitar a otro el uso de sus facultades mentales, como tampoco podía limitar el uso de su fuerza. Pi acababa defendiendo que los anarquistas tenían sus razones para obrar y pensar como lo hacían.

Después de aceptar a Pi, se cree que el anarquismo español fue diferente. Algunos anarquistas consideran que la Primera República Española fue el inicio del anarquismo en España. Y tal vez por ello los anarquistas hablaron de federaciones agrícolas e industriales con autonomía propia, lo cual daba lugar a cantones, regiones, secciones y federaciones. El modelo republicano federal español, una vez desprovisto de sus entidades políticas, era perfectamente aplicable a la organización anarquista. Las entidades políticas sobran en el anarquismo porque todo Estado es autoritario por definición y contradice el principio básico del anarquismo. El Estado a suprimir incluye los Gobiernos municipales, los provinciales y los nacionales. Estas entidades políticas debían ser sustituidas por la libre federación de trabajadores agrícolas e industriales.

Desde algún punto de vista, el anarquismo no sería más que la radicalización de los principios federales de al España de 1873, y la puesta en práctica de esos principios.

La Federación Regional Española de la Asociación Internacional de Trabajadores, dio origen a Federación Anarquista Ibérica FAI, y en 1910 a Confederación Nacional del Tranbajo CNT. Estas organizaciones anarquistas fueron las más pujantes en el primer tercio del siglo XIX español, pues en 1931 CNT tenía 809.000 afiliados, mientras Unión General de Trabajadores UGT sólo alcanzaba los 308.000.

También es consecuencia de la Primera República Española una tendencia radical del federalismo que se llamó Esquerra.

 

 

[1] Roque Barcia Martí, 1823-1885, aunque era sevillano, se educó en Madrid y viajó por Europa. En 1854 se mostraba un inconformista que criticaba a la Iglesia, la monarquía y la propiedad privada. Entonces escribió El Progreso y el Cristianismo. Escribió en el periódico La Democracia, de Emilio Castelar. Se trasladó a Cádiz y creó el periódico El Demócrata Andaluz y causó polémica en la que la Iglesia le excomulgó y Barcia contestó con Teoría del Infierno. En 1866 estuvo implicado en el levantamiento del Cuartel de San Gil y su casa fue incendiada, por lo que Barcia huyó a Portugal. Regresó en 1868. Fundó el periódico La Federación Española, y resultó líder del federalismo. En 1870 se le acusó de estar implicado en el asesinato de Prim, pero no se pudo probar nada. En 1873, durante la República, era un prestigioso líder federal que llamó a la insurrección y colaboró en el Cantón de Cartagena. Huyó a Francia. Se le permitió regresar a Madrid en 1875 y se dedicó a la literatura y la filología.

[2] Se traducía al pie de la letra el término francés, cuando lo correcto hubiera sido llamarlos de Comités Salvación Pública, pero sólo Cádiz lo hizo correctamente.

[3] Víctor Manuel Galán Tendero. El fugaz Cantón alicantino. Alicante Vivo.

[4] Salamanca paso a paso: el cantón Salmantino. En WWW.

[5] Juan Contreras San Román, 1807-1881, se hizo voluntario liberal en 1822-1823 y tuvo que huir de España en 1823. En 1841 se declaró esparterista. En 1866 estuvo complicado en la revolución del Cuartel de San Gil. En 1869 fue diputado republicano y líder de la facción intransigente. En febrero-marzo de 1873 fue Capitán General de Cataluña y en julio marchó a Cartagena para ponerse al frente del cantón sublevado. Mantuvo la insurrección hasta 12 de eenro de 1874.

[6] Arsenio Martínez Campos, 1831-1900, fue oficial de Estado Mayor del Arma de Caballería. En 1854 se puso a las órdenes del General Domingo Dulce para luchar contra los caristas en el Reino de Aragón. En 1860 estuvo destiando a la Guerra deÁfrica. Y lugo pasó a la Guerra de Méjico y en 1869 a la Guerra de Cuba. Era pues conocedor de todas las guerras españolas de su momento. En 1873, la Republica le envió a Cataluña a combatir a los carlistas, a los que creían el principal enemigo, pero el Presidente Nicolás Salmerón le cambió el destino para que combatiera a los cantones de Valencia, Alicante y Murcia. Era monárquico Alfonsino y se sublevó en Sagunto el 29 de diciembre de 1874 para exigir el reinado de Alfonso XII, lo que supuso la derrota definitiva de los carlistas. El 24 de enero de 1875 fue ascendido a Capitán General y enviado a Cuba, donde organizó el ejército, derrotó muchas veces a los independentistas y logró la Paz de Zanjón de 28 de febrero de 1878. Alfonso XII le hizo Presidente del Gobierno en 1879, además de Ministro de Guerra. Cometió la imprudencia de decir que estaba a favor de la abolición de la esclavitud y fue abandonado por el Partido Conservador de Cánovas y por el muy influyente grupo cubano. Se pasó al Partido Liberal de Sagasta y fue Ministro de Guerra en 1881. En 1893 fue destinado a África y en 1894 logró un Tratado de Paz con Marruecos. En 1895 fue destinado a Cuba y se esforzó por hacer un tratado de paz, pero no lo consintieron los norteamericanos y fracasó. Fue Presidente del Consejo Supremo de Guerra y Marina hasta su muerte.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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