Conceptos clave: Gobierno de Sagasta, Convenio de Cannes, Congreso FRE de Zaragoza, Congreso Obrero de Córdoba, Unión de Trabajadores del Campo, alfonsinos 1872, republicanos 1872, Grupo Democrático Conservador de Sagasta, Pacto de Coalición Nacional de Ruiz Zorrilla, Eustaquio Díaz de Prada, Cándido Nocedal, Carlos VII, Ramón Cabrera, Vicente Manterola Pérez, Asamblea de Vevey, Convenio de Amorebieta, Rafael Echagüe, Antonio Dorregaray, Darwin, Patricia de Azcárate, Urbano González Serrano.

 

 

Gobierno de Sagasta

          21 diciembre 1871 – 26 mayo 1872.

 

El Gobierno de Sagasta de diciembre de 1871 representaba el momento en que los constitucionales tomaban directamente el poder y no por medio de un militar. Se suponía que el Partido Constitucional estaba ya consolidado. No había tal consolidación interna y sólo permanecieron 5 meses en este Gobierno. Las Cortes estaban suspendidas desde 18 de noviembre último. Sagasta decidió que se quedaran así, en suspenso.

El Rey le pidió a Sagasta que las legislaturas fueran completas, como es normal en una democracia. No se consiguió.

 

Presidente del Consejo, Práxedes Mateo Sagasta. Constitucional.

Estado, Bonifacio de Blas Muñoz.

Hacienda, Santiago Angulo Ortiz. Constitucional. / 20 de febrero de 1872: Juan Francisco Camacho de Alcorta

Gracia y Justicia, Aduardo Alonso Colmenares. Constitucional.

Ultramar, Juan Bautista Topete Carballo. Constitucional. / 20 febrero 1872: Cristóbal Martín de Herrera. Constitucional.

Fomento, Alejandro Groizard Gómez de la Serna[1]. Constitucional. / 20 febrero 1872: Francisco Romero Robledo. Constitucional.

Guerra, Eugenio Gaminde Lafont. Militar. / 23 diciembre 1871: Buenaventura Carbó  / 20 de febrero 1872: Antonio del Rey y Caballero. Constitucional. / 8 abril 1872: Juan Zabala de la Puente, Marqués de Sierra Bullones. Constitucional.

Marina, José Malcampo Monge. Constitucional.

Gobernación, Práxedes Mateo Sagasta.

 

El conservador Sagasta, del Partido Constitucional, aceptó la Presidencia del Gobierno en la idea de hacer una coalición con el progresista Ruiz Zorrilla, Partido Radical, pero éste se negó al pacto.

El plan Sagasta de Gobierno era: presentar el Gobierno, para que fuera aceptado por las Cortes y, a continuación, disolver las Cortes definitivamente. El plan se conocía, por muy en secreto que se quisiese llevar a cabo.

Las Cortes fueron convocadas el 22 de enero de 1872. En esa sesión intervinieron Ruiz Zorrilla, Martos y Figueras hablando contra Sagasta, se atacaron duramente entre sí.

Ruiz Zorrilla acusó a Sagasta de que, con la disolución de Cortes que pensaba hacer pocos minutos después, comprometía la monarquía de Amadeo I. Nicolás María Rivero dijo que la disolución era un atentado contra los derechos de los ciudadanos.

Los monárquicos, los de Sagasta y los de Ruiz Zorrilla, se fraccionaron definitivamente en dos grupos irreconciliables, convirtiéndose en grupos minoritarios de la Cámara que dependían ambos de acuerdos con los demás grupos políticos, más minoritarios aún. Si los partidos que sostenían a Amadeo estaban así de enfrentados, Amadeo estaba perdido.

Sagasta fue derrotado a las primeras de cambio, en 22 de enero de 1872, y presentó la moción de confianza y la disolución de Cortes, que efectivamente obtuvo del Rey el 24 de enero. Las Cortes pasaron de estar suspendidas a estar disueltas, lo que conllevaba elecciones. Se convocaron elecciones para antes de 24 de abril de 1872. Todos sabían que no iban a ser limpias y, a propósito de ello, Sagasta le dijo a Amadeo: “Serán todo lo sinceras que puedan serlo en España”.

 

 

Montpensieristas y alfonsinos en 1872.

 

El 10 de enero de 1872, los Montpensier se entrevistaron con Isabel II en París y hablaron sobre las posibilidades de Alfonso de Borbón. Antonio de Orleans duque de Montpensier exigió tutelar al príncipe, e Isabel II se negó a perder la tutela sobre el futuro Alfonso XII. Lo único claro de la reunión fue que Montpensier reconocía a Alfonso como el único candidato legítimo al trono de España. Ese reconocimiento se plasmó por escrito en el Convenio de Cannes de 15 de enero de 1872: se acordaba no convocar Cortes constituyentes, y solucionar los asuntos pendientes con la Santa Sede (sobre todo la reconciliación entre Isabel II y Francisco de Asís), y que Isabel II se abstuviese de hacer intervenciones políticas. Se designó un colectivo integrado por 6 alfonsinos y 6 montpensieristas que lucharan por la causa alfonsina. Entre ellos estaban Alejandro Salaverría, Barzanallana, Corvera, conde de Toreno, marqués de Camposagrado, conde de Iranzo, Maceda, Jove Hevia, Méndez Vigo, y Ardanaz. Se necesitaba emprender campañas de prensa a favor de Alfonso. Montpensier se negó a poner dinero, e Isabel II, que estaba arruinada, consiguió por su parte dos millones de reales. Cánovas se opuso a pronunciamientos militares y consideraba que el acceso de Alfonso a la Corona tenía que ser más normal y popular. Los unionistas de base (montpensieristas) se negaban a trabajar para Isabel por lo que ésta les había hecho en 1868, y el proyecto no progresaba.

 

 

El socialismo español en 1872.

 

En 17 de enero de 1872 hubo un levantamiento armado republicano en El Ferrol.

El 8 de febrero de 1872, Sagasta propuso a los Gobiernos europeos ilegalizar AIT en toda Europa y extraditar a sus miembros a los países que los reclamaran. Aceptaron Alemania y Francia, rehusó tomar medidas al respecto Italia, y se opuso Gran Bretaña. Nadie hizo realmente nada, y Alemania y Francia se quedaron en meras declaraciones de intenciones.

El Gobierno de Sagasta ilegalizó la AIT española y empezó una represión más dura todavía que hasta entonces. Se registraron los locales de las federaciones socialistas y se detuvo a muchos militantes. Pero la expansión del internacionalismo continuó en la clandestinidad: En mayo de 1872, la Unión Manufacturera celebró su primer Congreso. En mayo de 1873, se atrevería a enviar a las Cortes un manifiesto firmado por 40.000 obreros, exigiendo la jornada de 8 horas, la equiparación salarial de hombres y mujeres, la prohibición del trabajo infantil y otras peticiones. Pero los intereses de los diferentes sindicatos de Unión Manufacturera eran distintos, y en el sexto Congreso, agosto de 1873, Unión Manufacturera se autodisolvió.

No obstante, seguimos insistiendo en que los movimientos obreros se estaban fortaleciendo en la clandestinidad y en 1871-1872 aparecieron sindicatos obreros en Extremadura, Aragón, Navarra, País Vasco y Galicia. Al mismo tiempo, la incorporación de obreros andaluces a los sindicatos, ya existentes antes que los citados, fue masiva.

En abril de 1872 tuvo lugar el Segundo Congreso de la Federación Regional española, FRE, de la AIT en Zaragoza, y allí, los marxistas y los anarquistas intentaron la conciliación. Fue imposible. Los marxistas fueron expulsados de la Federación Regional Española en septiembre de 1872. Los marxistas se quedaron sin dinero y dejaron de publicar La Emancipación. Se decidió trasladar la sede de la FRE desde Madrid a Valencia.

El Congreso de Zaragoza decidió que lo importante era la revolución y el activismo, y no el programa como decían los marxistas. Había que convencer a la gente de la necesidad de una revolución, pero había que hacerla sin armas, por simple convicción.

En Andalucía fue muy importante el Tercer Congreso de la Federación Española de la AIT, que se celebró en Córdoba, en diciembre de 1872 y enero de 1873. Allí se declararon antisindicalistas, es decir, que no querían “uniones de clase”, y antipolíticos, que no querían Estado. En consecuencia, condenaron el marxismo en cuanto significaba normas impuestas desde fuera a las asociaciones, y también condenaron el autoritarismo de la AIT. Eran revolucionarios, pero no marxistas.

En Andalucia, tierra de jornaleros, el internacionalismo había empezado entre los oficios artesanales como carpinteros, panaderos, albañiles y zapateros. Entre los campesinos, los primeros que acudieron al internacionalismo fueron los asalariados de mayor especialización y mejor pagados, y además generalmente gente de ciudad. En otoño de 1872, entonces ya sí, hubo un movimiento general de afiliaciones de campesinos y jornaleros del campo, es decir, que aprovecharon las instituciones creadas por los primeramente citados.

En abril de 1872 se había creado la única federación andaluza, la Unión de Trabajadores del Campo, nombre que no debe equivocarnos, pues en ella militaban toneleros, carreteros, arrendatarios y aparceros, y no sólo trabajadores del campo. En general, las “uniones de un oficio” agrupaban a todo tipo de profesionales, obreros y empresarios. No eran sindicatos obreros como en Cataluña. Tampoco eran asociaciones de braceros del campo, porque los organizadores eran pequeño burgueses.

Contrariamente a las declaraciones oficiales de antipoliticismo, las uniones o federaciones obreras eran medios de reivindicación anticapitalista y defendían intereses pequeño burgueses. Estaban organizados para la lucha política, pero los pequeño burgueses que querían dirigir ese movimiento político, eran pocos y necesitaban la masa de jornaleros y pequeños arrendatarios del campo. El ideal final era constituir federaciones de productores libremente asociadas e intercambiarse entre federaciones los productos que cada una obtenía. Es decir, las uniones y federaciones se organizaban al principio como socialismos utópicos. Cada unidad productora debía constituirse en un municipio o en una comarca. Teniendo en cuenta este modelo social, pretendían destruir el Estado burgués, el Estado Central y sus autoridades provinciales, y dar mayor poder a los ayuntamientos.

Los andaluces no luchaban por mejoras salariales sino que la lucha política estaba dirigida a obtener la autonomía de cada municipio, la soberanía del municipio. De otro modo no se puede entender el activismo andaluz. Era un sistema mezcla de Proudhon y de asociaciones de la AIT.

Como ocurre en toda asociación populista, los pequeño burgueses trataban de controlar a las masas y ocurría que, a menudo, perdían las riendas de ese caballo. Cuando menos lo esperaban, se encontraban con que las masas de campesinos declaraban huelgas salvajes y ocupaban fincas, o quemaban ganado y haciendas de los ricos.

 

 

Crisis de Gobierno del 20 de febrero de 1872. Nuevos ministros:

Guerra, Antonio del Rey Caballero.

Hacienda, Juan Francisco Camacho de Alcorta[2].

Fomento, Francisco Romero Robledo.

Ultramar, Antonio del Rey Caballero.

 

 

Los alfonsinos en 1872.

 

En febrero de 1872, Manuel Antonio de Acuña y Devitte, marqués de Bedmar, personaje muy cercano a Isabel II, llegó a Viena, tal vez sin conocimiento de Isabel II, con una carta del duque de Sesto que proponía a Alfonso que aceptara a Cánovas como jefe de su partido. Seguidamente Bedmar convocó en Madrid a los alfonsinos, unas 50 personas, y designó un comité directivo del partido, integrado por Cánovas, Luis Estrada, Manuel Quiroga, Francisco de Cárdenas, Álvarez Bugallal, y como secretario Antonio María Fabié, amigo personal de Cánovas. El Comité debía asesorar y ayudar a Cánovas en todo. Isabel II no aceptó a este Comité hasta 4 de agosto de 1873. Pero los alfonsinos se estaban preparando para la caída de Amadeo, que ya veían próxima.

 

 

Los republicanos en febrero de 1872.

 

En febrero de 1872, Castelar y Figueras defendieron que los republicanos se debían aliar con constitucionales, radicales y carlistas para luchar contra la monarquía de Amadeo. Salmerón se opuso a este acuerdo. Los republicanos se estaban convirtiendo en minorías intransigentes, poco decisivas en las decisiones de Gobierno.

 

 

Las elecciones de abril de 1872.

 

Las elecciones generales convocadas por Sagasta tuvieron lugar el 2 de abril de 1872.

Para estas elecciones, Sagasta preparó un grupo democrático-conservador, que recordaba a la política británica, y que pretendía hacer olvidar al Partido Conservador español, que había acumulado mala prensa y mala opinión entre los españoles.

Ruiz Zorrilla, del Partido Radical, hizo una coalición con los republicanos, los alfonsinos y los carlistas, llamada Pacto de Coalición Nacional, coalición contra natura pues unía contra el poder establecido fuerzas de todos los signos. Llama la atención que los carlistas fueran a las elecciones, pero los carlistas estaban ya preparando su levantamiento armado y buscaban objetivos muy particulares en esas elecciones. Sólo quedaban fuera de la coalición de Ruiz Zorrilla los republicanos violentos intransigentes y los AIT.

Hubo mucha abstención. Sagasta manipuló las elecciones como ya era tradicional y surgió el escándalo: El Gobierno de Sagasta sacó mayoría absoluta gastándose en ello dos millones de reales, que Gobernación obtuvo haciendo un traspaso de fondos desde Ultramar a Gobernación. Ruiz Zorrilla perdió, pero no dejó de denunciar el trapicheo de las elecciones, con lo que Sagasta quedó desacreditado. Todos los amadeístas perdieron algo en estas elecciones. Tanto Sagasta como Ruiz Zorrilla se habían desgastado y, por tanto, podemos considerar que el triunfador era Serrano.

Los resultados fueron: Había 391 escaños a elegir,

Los conservadores obtuvieron 129;

Partido Constitucional de Sagasta 82;

Ptros de la Coalición Conservadora Constitucional, 25.

Es decir, la Coalición de Práxedes Mateo Sagasta obtuvo 236 escaños. Eran mayoría de dos tercios.

El Partido Democrático Federal de Pi y Margall obtuvo 52 escaños.

El Partido Demócrata Radical de Ruiz Zorrilla, 42 escaños.

La Comunión Católico Monárquica, carlistas, de Cándido Nocedal, 38 escaños.

El Partido Moderado de Alejandro Mon Menéndez, 11 escaños.

Los independientes obtenían 3 escaños.

Otros, sin adscribir, tenían 9 escaños.

 

Al reunirse las Cortes, se preguntó por dos millones de reales transferidos durante la campaña electoral desde la Caja de Ultramar al Ministerio de Gobernación. Sagasta y Romero Robledo reaccionaron entre sorprendidos y airados, y respondieron con furia. No se pudo probar nada, pero la idea generalizada es que había habido corrupción. Sagasta dijo que los demás partidos también eran corruptos, lo cual era probablemente verdad, pero esa defensa era admitir que había habido corrupción en las elecciones.

 

 

Cambios tras las elecciones de abril.

 

Entonces Ruiz Zorrilla, líder de la oposición, abandonó su política de atacar a Sagasta, líder del partido en el Gobierno, y comenzó a atacar a Serrano. Pero quizás ya era demasiado tarde para consolidar la monarquía:

Por una parte había que contar con la oposición de la nobleza al Estado y a Amadeo: La nobleza identificaba la revolución del 68 con el socialismo, es decir con el reparto de la tierra de que hablaban las masas. La nobleza se opuso a Prim, a Amadeo y a todos los Gobiernos del Sexenio. Eran acaudillados por Alba, Alcañices, Torrecilla y Montijo. Organizaron el partido alfonsino y tomaron a Cánovas como su hombre en el Congreso de Diputados.

En segundo lugar, estaba la oposición de la Iglesia católica. La Iglesia temía la libertad de cultos y la separación Iglesia-Estado, y utilizaba el púlpito para hacer su política. Amadeo había reanudado la desamortización, de lo poco que quedaba, y había dado libertad de cultos, y la Iglesia levantó contra él un partido neocatólico que inmediatamente colaboró con el carlismo de Carlos VII, lo que dio esperanzas a los carlistas y ello contribuyó a la decisión de empezar la guerra en abril de 1872.

El único apoyo inicial de Amadeo eran los industriales y financieros, pero se fueron decepcionando poco a poco por la permisividad ante las huelgas obreras, por la guerra de Cuba y por el carlismo, y algunos se pasaron al alfonsinismo de la nobleza.

Pero la oposición política no estaba en condiciones de asumir el poder:

Los republicanos, eran un grupo heterogéneo integrado por burgueses, socialistas utópicos, marxistas y anarquistas, que jamás podrían ponerse de acuerdo, y menos si llegaban a conquistar el poder.

Los carlistas, habían perdido escaños respecto a 1871, creyeron que se habían trucado las elecciones y se sublevaron militarmente el 22 de abril de 1872. Era la tercera guerra carlista, que duraría hasta 1876.

 

 

La Tercera Guerra Carlista[3] en 1872-1876.

 

La tercera Guerra Carlista había empezado en verano de 1869, pero tomó caracteres graves en la sublevación de 20 de abril de 1872. Carlos VII entregó el mando de las operaciones militares en Guipúzcoa, Navarra y Cataluña a Eustaquio Díaz de Prada, veterano de la guerra de 1833-1839, y luego integrado en el ejército de Isabel II.

En 1872, se habían incorporado al carlismo Antonio Aparisi Guijarro, Antonio Juan de Vildósola Mier[4], Lluis Llauder i Dalmases[5], Gabino Tejado Rodríguez[6] y el canónigo Vicente Manterola Pérez, gente esencialmente antiliberal que rechazaba la existencia de partidos políticos y la libertad de expresión. Entre los curas, destacaba el cura de Santa Cruz en el País Vasco, y el cura de Alcabón en Toledo, como jefes guerrilleros. Los carlistas se dividieron en dos grupos, los unos partidarios de la guerra, y los otros, dirigidos por Cándido Nocedal[7], partidarios de entrar en el juego democrático español. Los integristas católicos de Cándido Nocedal eran más católicos que carlistas, mientras los partidarios cerrados de Carlos VII eran opuestos al integrismo católico.

Los carlistas buscaron apoyo en Austria, Rusia y Prusia, los “tres emperadores” de 1815. Prusia rechazó al embajador carlista, que era Cabrera. Rusia dijo simpatizar con el carlismo, pero no pasó de ahí. Los carlistas sólo tenían el apoyo de la República Francesa de Thiers. En esta relación política, no tenía sentido que la Francia republicana apoyara a los monárquicos absolutistas españoles. Estaba claro que era una revancha contra España, por la postura de España en julio de 1870. La colaboración de Thiers consistió en permitir a los carlistas moverse libremente por la zona fronteriza con España, e incluso comprar armas, alimentos y municiones en Francia.

El pretendiente Carlos VII, había sido lanzado a esta empresa bélica por su abuela la princesa de Beira, que en 1868 le pasó la jefatura de la Casa Real Carlista, desposeyendo de sus derechos a don Juan, padre de Carlos VII. Don Juan no se sintió ofendido, sino que poco después, en octubre de 1868, renunció a sus derechos a favor de su hijo. Pero las diversas intentonas de que la gente se movilizara por el carlismo fracasaban una tras otra. Entonces hubo que llamar a Cabrera, en febrero de 1870, para que aceptara el mando de las tropas, y así conseguir una Tercera Guerra Carlista. En 1872, las cosas volvieron a cambiar, pues el nuevo pretendiente carlista, “el heredero”, quería llevar personalmente la jefatura de los carlistas y así lo exigió en Vevey (Suiza). Pero sólo tras las elecciones de 1872 y el fracaso correspondiente, se creó ambiente propicio para esa guerra.

Carlos María de Borbón y Austria Este, Carlos VII, había nacido en Laibach (Eslovenia) mientras su familia huía de la revolución de 1848. Su padre era liberal y fue rechazado por el carlismo. Su madre fue la archiduquesa Beatriz de Módena, hermana del Duque de Módena Francisco V. Su madre le hizo ultracatólico, de la mano de su abuela la Princesa de Beira. Vivió en Londres, en Praga y en Venecia. Fueron a Venecia, porque allí residía el conde de Chambord, que parecía el legitimista mejor situado económicamente en ese momento. Chambord estaba casado con María Teresa de Módena, hermana de Beatriz, la madre de Carlos VII. Más tarde, los Chambord franceses y los Borbones españoles fueron a vivir a Frohsdor, cerca de Viena todos juntos. En 1867, Carlos María de Borbón y Austria Este se casó con su prima Margarita de Parma, una mujer que colaboraría más tarde en la organización de los hospitales carlistas en el sur de Francia.

Carlos VII era de postura arrogante, y de rostro agradable. A su alrededor se fue creando un ambiente de mesianismo en torno a su figura. Los españoles compraban retratos suyos con uniforme militar y boina roja con borlas, y los colgaban en el comedor de sus casas. Sólo en 1869, se repartieron en España 70.000 retratos de Carlos VII. La prensa carlista alababa sus virtudes, muchas veces imaginadas por el sagaz periodista, y difundía composiciones poéticas, canciones con letrillas populares, y repitiendo a menudo que era virtuoso y cabal.

Pero Carlos VII no era el hombre que los españoles imaginaban. Sabía lo que representaba el carlismo y conocía y admiraba el liberalismo que había aprendido de su padre. Lo que trataban de hacer los carlistas españoles era esconder esta faceta liberal. Carlos VII hablaba de hacer compatibles el tradicionalismo y el liberalismo, y ello escandalizaba a sus partidarios españoles.

En España había otro problema entre los carlistas: la guerra de 1833-1839 había generado demasiados líderes carlistas, en el sentido de que todos tenían esperanzas de medrar y ello era imposible para todos, y en el sentido de que cada uno pensaba de una manera diferente: Ramón Cabrera, el Tigre del Maestrazgo, era el más destacado líder carlista y no compartía las ideas de Carlos VII. En esos años, Ramón Cabrera era un pacífico burgués londinense que poseía 60.000 libras de renta, además de palacios, y tenía dos hijos en muy buena posición social. Pero Cabrera ya no quería luchar. Los que querían luchar era Dorregaray y el Cura Santa Cruz en el País Vasco; Torcuato Mendiry Corera y Nicolás Ollo Vidaurreta en Navarra; Francisco Savalls Massot y Rafael Tristany Parera en Cataluña; Vicente Sobariegos Sánchez y Juan de Dios Polo en La Mancha; Lucio Dueñas, el cura de Alcabón en Cuenca (también llamado el cura matón, y el cura milito); Pedro Balanzátegui Altuna en Palencia. No había un líder único que impusiera una ideología común y nos objetivos claros.

 

Recordemos los antecedentes de esta guerra carlista: Carlos María Isidro de Borbón, hermano de Fernando VII, había reclamado el trono de España en 1833, al morir Fernando VII, alegando que la Ley Sálica no permitía reinar a las mujeres, y su hermano Fernando de Borbón no había tenido hijos varones. Carlos María Isidro, Carlos V, fue confirmado por Francia como Rey de España en Bourges en 1839. Carlos María Isidro había abdicado en su hijo, Carlos Luis conde de Montemolín, Carlos VI. Los carlistas intentaron recuperar el trono en la Guerra dels Matiners de 1846, que se luchó en Cataluña y El Maestrazgo, y que algunos consideran la Segunda Guerra Carlista. En ella se hicieron populares los jefes carlistas Tristany, Pitxot y Galcerán. La perdieron en 1849 y Cabrera, el líder con más éxitos entre los carlistas, huyó a Francia, mientras el conde de Montemolín huía a Gran Bretaña, donde convivía con miss Horsay, lo cual le incapacitaba para liderar el carlismo de los católicos intransigentes pues vivía amancebado. El 2 de abril de 1860, se produjo el desembarco de San Carlos de la Rápita, por el que un grupo de carlistas intentaba iniciar una nueva guerra civil, pero el protagonista de aquel desembarco, el general Ortega, fue capturado y fusilado. También el Conde de Montemolín y su hermano el Infante don Fernando fueron apresados y firmaron en Tortosa su renuncia al trono de España, Acta de Tortosa, tras lo cual fueron indultados, salieron hacia Francia y volvieron a reanudar sus actividades empezando por redactar un documento declarando nula la renuncia por haberla hecho bajo coacción. En 1861, murió el autoproclamado Carlos VI y abdicó en su hermano Juan de Borbón, Juan I. Pero esa jefatura del carlismo no tenía sentido, porque el carlismo era legitimismo y tradicionalismo, mientras que Juan era liberal, partidario de la Constitución, defensor de la legitimidad de Isabel II. El periódico carlista La Esperanza, le tildaba de loco. La viuda de Carlos VI, María Teresa de Braganza Princesa de Beira, descalificó en 1864 a Juan de Borbón, su hijo, en la Carta a los Españoles, porque aunque Juan era legítimo heredero de la causa carlista por nacimiento, no compartía el ideario carlista de la monarquía católica. La Princesa de Beira había educado para esa labor al hijo de Juan, su nieto, Carlos María de los Dolores de Borbón y Austria Este, Carlos VII, e hizo abdicar a su hijo Juan el 3 de octubre de 1868.

En 1868, cuando se estaba negociando la expulsión de Isabel II del trono de España, Félix Cascajares y Azara, capitán de artillería, hermano de Antonio María Cascajares, (llegaría a cardenal y arzobispo de Valladolid), intentó una renovación del carlismo, manteniendo los candidatos carlistas, pero renovando la doctrina hacía el liberalismo.

Tras la expulsión de Isabel II de España, ésta envió en octubre de 1868 al conde de Galve a concertar una entrevista con Carlos de Borbón y Austria Este. Se vieron en el Palacio Basileuwsky que había comprado Isabel. Estaban presentes Isabel de Borbón, Francisco de Asís de Borbón dos Sicilias, Carlos de Borbón Austria Este, y Margarita de Parma, los dos matrimonios. Isabel pidió a Carlos que la reconociera como Reina de España a cambio de que ella reconociera como Infantes de España a Carlos y a su hermano Alfonso Carlos, que además, recibirían el grado y sueldo de Capitanes Generales. Don Carlos de Borbón y Austria Este no accedió. A los pocos días, se reencontraron en Bois de Boulogne, y Carlos se ofreció a hacerse cargo de la educación de Alfonso de Borbón, el hijo de Isabel II, a cambio de que Isabel le reconociera como Rey de España. Tampoco hubo acuerdo.

Isabel II envió a Manuel Bertrán de Lis a ver a Aparisi Guijarro, el hombre de Carlos VII en España y plantearon el asunto de modo que Carlos VII fuera Rey de España, Alfonso de Borbón, el hijo de Isabel fuera su heredero, y que Alfonso se casara con Blanca, la hija de Carlos VII. Complicado, pero posible. No hubo acuerdo.

Durante los meses de búsqueda de un Rey, desde fines de 1868 a finales de 1870, se revitalizó el carlismo en las Provincias Vascongadas, Navarra y Cataluña, y también en La Mancha y Andalucía. Reivindicaban tanto el tradicionalismo político, como la defensa de la religión, pues los Gobiernos de 1868 se estaban declarando laicos, y algunos políticos, anticlericales. La prensa carlista inició una campaña durísima de ataque al liberalismo, al tiempo que animaba a los españoles a incrementar sus prácticas religiosas. Cuando se inició la Guerra Carlista, los soldados de ese bando oían misa cada día al levantarse, y comulgaban “antes de salir a luchar contra los herejes”. Se les decía que estaban luchando por el catolicismo europeo y contra Bismarck, contra Víctor Manuel de Saboya, contra Francisco José, contra Thiers, contra el Parlamento de Londres y contra los liberales españoles. Era el discurso de Vicente Manterola Pérez, cuya expresión favorita en esos años fue “elegir entre Don Carlos y el petróleo”, entendiendo por el petróleo los incendios de los cantonalistas republicanos.

Don Carlos decidió nombrar Jefe de su causa a Cabrera, pero el 7 de agosto de 1869, Cabrera le había enviado una carta desistiendo de liderar una nueva guerra. A fines de 1869, Carlos VII insistió porque Cabrera era un mito entre los carlistas. Apoyaban la petición el general Elío, el conde de Orgaz, Muzquiz, Martínez Tenaguero y otros. Pero los jóvenes carlistas, los neocatólicos, como Aparisi Guijarro, Navarro Villoslada, Gabino Tejada y Cándido Nocedal, no aceptaban a un Cabrera que ya había asumido el liberalismo. El 31 de marzo de 1870, Cabrera renunció definitivamente y así se lo comunicó a la Junta de Organización Militar de Bayona y a la Central Católica Monárquica de Madrid.

En abril de 1871 se celebró la Asamblea de Vevey (Suiza). Estuvieron allí unos 106 personajes carlistas entre los que había Grandes de España, Títulos de Castilla, Consejeros, Generales, Jefes del ejército, periodistas y militantes. No estaba Cabrera y Carlos VII se enfureció hasta decir que lo fusilaría algún día. En esa Asamblea, Aparisi y Cándido Nocedal impusieron el neocatolicismo como idea fundamental del movimiento carlista.

En 1871, Carlos VII se entrevistó con Isabel II en Ginebra, en el Hotel Metropole, a petición de los neocatólicos que veían muy positivo para la causa católica el entendimiento de ambos candidatos a Reyes. El problema era que Isabel II estaba perdiendo su prestigio en las Cortes europeas y preferían que ella no volviera a España. a continuación, Carlos se vio con el Príncipe Alfonso y le dijo que sus planes tenían el apoyo del Papa, aunque no se podía hacer público porque la Santa Sede no quería verse comprometida. Había nuevas propuestas de acuerdo: que Isabel y Carlos fueran reyes interinos por dos años; que se estableciera una Regencia de Isabel, Carlos, y Antonio de Montpensier; que Carlos fuera coronado Rey y se nombrara a Alfonso Príncipe heredero. Tampoco hubo acuerdo.

En 1872, había enfrentamientos parecidos en el Ulster y Gran Bretaña acudió al ejército y envió 3.820 hombres a Belfast. Todo el integrismo católico europeo consideraba la guerra como un don de Dios, el cual quería en ese momento mártires para la causa.

En Francia, Enrique de Artois duque de Burdeos y conde de Chambord, reivindicaba también el legitimismo en Francia. En 1873, esperaba la restauración de la monarquía borbónica en su persona.

Pero el carlismo español de 1872 se estaba diferenciando del carlismo de 1833 porque ya no era netamente antiliberal. El nuevo carlismo era una guerra de religión y un miedo al cantonalismo. También había algunos defensores del antiguo legitimismo monárquico. Ya no era un carlismo teocrático, patriarcal y foralista, sino un neocatolicismo liderado por Cándido Nocedal.

Carlos VII nombró su representante en España a Cándido Nocedal porque éste sabía hablar en el Parlamento y contestarle a los políticos liberales. Tenía un argumentario antiliberal, cuyo punto fuerte era que el liberalismo había generado unos revolucionarios populistas cantonalistas, que cometían los más graves desórdenes.

El carlismo de 1872 defendía la idea de los Fueros Viejos, Leyes Viejas, y hablaba de unos privilegios perdidos que había que recuperar, lo cual recordaba el regionalismo cantonal. Su éxito se fundamentaba en que reivindicaba libertades concretas frente a las generalidades de que hablaban los liberales, y que no se traducían casi nunca en cosas buenas para los españoles en general. Iban contra el modelo social burgués, liberal, centralista y desamortizador. La petición de una comunidad de los viejos reinos peninsulares, recordaba al federalismo.

Por todo lo expuesto, se entenderá que los carlistas castellanos entendían cosas distintas a lo que entendían los vascos y navarros: cuando se hablaba contra el liberalismo, los castellanos entendían que había que recuperar los comunales para uso de la comunidad de vecinos, y que se iba a recuperar el trabajo que la industrialización les estaba quitando a los artesanos, mientras los vascos entendían que había que recuperar los fueros y privilegios que habían tenido en tiempos remotos. De hecho, el grito carlista era diferente: en Castilla se decía “Dios, Patria, Rey”, mientras en las Provincias Vascongadas se decía “Dios, Patria, Fueros, Rey”.

El carlismo se nutría de voluntarios, que eran los más, y también de reclutas hechos por las Diputaciones Vascas y de Navarra que fueron de forma obligada. La mayor parte de ellos provenían de familias campesinas y menestrales, y otro grupo menor provenía de familias de clase media. Valoraban el heroísmo personal individual, es decir, morir por la causa. Creían en la democracia dentro de la partida carlista, es decir asamblearismo parecido a los cantonalistas. La gran diferencia con los cantonalistas, y con otros soldados en general, es que los carlistas eran muy austeros y aceptaban comer mal y el no comer, dormir de cualquier manera o no dormir…

El carlismo de 1872 proliferaba en el País Vasco, Navarra y Cataluña, pero no en el resto de España.

Los primeros dineros para empezar la guerra, los puso Carlos VII y su mujer Margarita de Parma. El entusiasmo era grande, y algunos seguidores hipotecaron sus fincas a favor de la causa. También los legitimistas franceses dieron algún dinero a través de Pozzo di Borgo. El conde de Breda buscó créditos en bancos europeos, pero éstos no se fiaban, consideraban muy alto el riesgo, y pusieron condiciones muy duras. Los carlistas españoles impusieron contribuciones altísimas en los pueblos que dominaban y un tributo alto de redención del servicio de armas, 6.000 reales, los cuales debían pagar los liberales por cada hijo que tenían y no prestaban al ejército carlista.

 

La Tercera Guerra Carlista empezó el 21 de abril de 1872 y tuvo lugar en los lugares tradicionales del carlismo, en Vascongadas, Aragón, Cataluña y Valencia. El primer chasco carlista fue que no se sublevaron las guarniciones militares de los lugares mencionados, por lo que se juzgó conveniente que Carlos VII no entrase en España, pero Carlos ya había emprendido el viaje y entró.

El 20 de abril de 1872 Carlos VII salió de Ginebra para incorporarse a la guerra. El 21 de abril se inició la sublevación general carlista en Navarra, Vascongadas, Cataluña, Aragón y Valencia (Antonio Dorregaray) y El Maestrazgo (coronel Ferrer).

El 2 de mayo, Carlos VII estaba de nuevo en Ascain, Francia, cerca de San Sebastián. Llevaba 18 hombres y no encontró a nadie en el punto de confluencia. El General Serrano duque de la Torre y Capitán General del Ejército del Norte, había ordenado al general Moriones localizar y capturar a Don Carlos.

La primera intervención del nuevo “general” carlista, Eustaquio Díaz de Rada, fue un fracaso, pues fue derrotado por el gubernamental Domingo Moriones en Oroquieta, y Carlos VII tuvo un ataque de pánico y huyó a Francia el 4 de mayo. Carlos VII culpó a Díaz de Rada de desorganización, pero éste alegó que el levantamiento de Pamplona había fallado, y que Vitoria y Bilbao tampoco habían salido a ayudarles. Respecto a Guipúzcoa, en los que más confiaba, no habían iniciado el levantamiento todavía. La causa de este retraso es que los carlistas no tenían armas, tocaban a una por cada tres voluntarios, y eran armas viejas y en mal estado. No era eso lo peor, sino que cada pieza era de un calibre diferente, por ser de modelos antiguos, y no se hallaban municiones para ellas, por lo que no se atrevieron a salir al campo de batalla. Francisco Azpiroz, sacerdote de la zona, encontró un campesino vasco que conocía muy bien el terreno y sacaron a Don Carlos hasta Francia por caminos de las montañas del Pirineo.

Serrano fue el general encargado de la guerra carlista por parte de Amadeo, y pretendió ganarla negociando, por lo que fue a Durango en Vizcaya, y a Elorrio, y se puso al habla con la Junta de Vizcaya o jefatura carlista del momento. Dejó sus tropas en Durango y en Elorrio para negociar.

Serrano atacó Mendigorría y se encontró cierta resistencia de su población. Envió al general Letona a dominar las montañas de Mañaria, pero este general no conocía el terreno y se perdió. Serrano no podía mostrar superioridad, y tras consultar al gobierno de Amadeo I, decidió firmar, en 24 de mayo de 1872, el Convenio de Amorebieta prometiendo respetar los fueros vascos,

El Convenio de Amorebieta fue firmado exclusivamente por la Diputación de Guerra carlista de Vizcaya y contenía los siguientes puntos: los carlistas obtenían indulto a cambio de retirarse de la sublevación (entrega de las armas y un pase para desplazarse hasta Francia). Los oficiales carlistas podrían incorporarse al ejército español. Se reconocería el régimen foral para Vizcaya. Se convocarían Juntas Generales en Guernica para hablar de las exacciones de fondos públicos. Prometió a los vascos que recuperarían sus fueros.

Serrano vendió a la prensa el Convenio de Amorebieta como un gran triunfo, como un golpe duro para el carlismo, y la guerra importante se reducía a Cataluña y el Maestrazgo. Pero ninguna de las dos partes suscribió los términos del convenio, que quedó en letra muerta. Serrano había manejado mal su victoria de Oroquieta y la había minimizado y dulcificado.

El Convenio de Amorebieta no tuvo trascendencia porque la guerra continuó en el resto de los territorios que no eran Vizcaya: los catalanes Savalls, Castells y Tristany, el navarro Pérula, el cura Santa Cruz en Guipúzcoa continuaron con sus guerrillas al margen de las órdenes que recibían de la Junta de Vizcaya. En Cataluña entró Don Alfonso, hermano de Carlos VII, a dirigir la guerra, mientras Carlos VII y Elío estaban en Burdeos.

El jefe del ejército carlista fue cambiado inmediatamente: Rafael Echagüe fue el nuevo general carlista.

Serrano regresó a Madrid, y el 3 de junio informó al Congreso de una gran victoria, de miles de fusiles capturados, de cientos de enemigos muertos, de cientos de prisioneros que serían enviados a Cuba. Tenía una imaginación desbordada. O mentía como un bellaco.

Alfonso Carlos de Borbón, el hermano de Carlos VII llegó a Cataluña a ayudar a su hermano. Allí le esperaba Hermenegildo Cevallos como Jefe de Estado Mayor del ejército de Cataluña, y los jefes guerrilleros Castell, Savalls, y Francésc. Este último murió al poco, al llegar a Reus e intentar tomar la ciudad.

La Cataluña carlista se organizó para la guerra poniendo como organizaciones de base a las provincias: José Estartús en Gerona, y luego Francisco Savalls, que llegó a tener 400 hombres y cobrar contribuciones en varios pueblos de Gerona; Castell en Barcelona, el cual ordenó ejecutar a los que llegaran a cobrar contribuciones en nombre del Gobierno), Matías del Vall (luego Juan Francesch) en Tarragona; y Andrés Torres en Lérida, el cual sólo tenía 40 hombres y huyó cuando vio llegar un destacamento de la Guardia Civil.

El jefe general de toda Cataluña era Alfonso de Borbón, hermano de Carlos VII casado con María de las Nieves, la hija de Miguel de Portugal.

Guerrillero muy importante en Castellón y Teruel, en los montes del Maestrazgo, era Pascual Cucala. En Daroca y Calatayud actuaba El Pasiego. Manuel Marco, alias Marco del Bollo, actuaba en Aragón.

Pero la sublevación catalana no fue tan importante como para formar un ejército y se limitaron a formar partidas de guerrilleros. Cada una de ellas tenía unos 80 hombres a caballo y su actividad consistía en ir sobre un pueblo determinado, cobrar contribuciones, cortar el telégrafo y el ferrocarril, y huir a otro pueblo a gran velocidad, para hacer lo mismo.

Tristany quemó un tren en Rajadell y robó lo que pudo a sus viajeros. Era un acto de bandolerismo que desacreditó la causa carlista.

El 18 de julio de 1872, Carlos VII hizo un Manifiesto a los catalanes, aragoneses y valencianos, llamando a las armas y prometiéndoles fueros a todos.

Los carlistas comprobaron que Amadeo tenía poca aceptación entre los españoles, los cuales tendían más bien a la república. Entonces sintieron que era su oportunidad de ofrecer un sistema político alternativo que salvara, reformara y reconciliara a los españoles. Vieron una oportunidad de las que raramente se presentan en la historia.

A fines de 1872, Antonio Dorregaray fue nombrado Comandante General de Navarra, Vascongadas y Logroño, la zona más importante de la sublevación carlista. En 1871, había sido Comandante General en Valencia, en 2 de octubre de 1872 había pasado a mandar el Ejército del Norte carlista. Y en 1873 pasaba a ser la cabeza misma del carlismo. Dorregaray nombró a Antonio Lizárraga Comandante General de Guipúzcoa, a Martínez Velasco Comandante General de Vizcaya, y a Nicolás Ollo Comandante General de Navarra. Ese sería su equipo.

Dorregaray presentó un proyecto de levantamiento general para 12 de diciembre de 1872. Carlos VII opinó que era precipitado, y que se podrían organizar guerrillas, pero no una guerra formal que condujese a la victoria carlista. Carlos VII recomendaba que los carlistas no pasaran y repasaran la frontera de Francia por los Montes Pirineos, sino que forjaran una base en España y ganaran territorios hasta la victoria.

Carlos VII acertaba. Se formaron muchas bandas de guerrilleros que saboteaban estaciones de ferrocarril, saqueaban pueblos pequeños, robaban en caseríos, y hacían levas forzosas de los mozos que iban encontrando. Destacaron en esta acción “guerrillera”, o tal vez “bandolera”, Manuel Santa Cruz, cura de Hernialde, nacido en Helduayen y ordenado sacerdote en 1866. José Ramón Garmendia, alias el Estudiante de Lezcano, que era estudiante de teología.

 

 

El debate de la ciencia.

 

Durante 1872 y hasta 1874, se produjo uno de los fenómenos más interesantes para la historia de España, que fue la apertura intelectual hacia la ciencia. En 1874 se cerró la ventana de conexión con Europa y, aparentemente, se perdieron los científicos, pero ya nunca se pudo eliminar lo publicado, leído y explicado en esos dos años.

El debate de la ciencia empezó con una traducción al francés de la obra de Darwin, lengua que sí se manejaba en España. Esta traducción era de 1872. Más adelante, en 1876 se traduciría al español “El Origen del Hombre”, y en 1877 “El Origen de las Especies”.

La cuestión importante es que en dos años, de 1872 a 1874, se publicaron en España las obras de Newton, Galileo, Leibniz, Bacon, Descartes, Voltaire, Spinoza, Pascal, Rousseau, Kant, Schelling, Comte, Condillac, Holbach, Goethe, Büchner… y ello provocó una polémica en la Universidad que resultó imparable: los profesores se dividieron en metafísicos (creyentes en la antigua escuela) y antimetafísicos.

Los metafísicos estaban divididos en hegelianos (como Montoro y Fabié) y en krausistas (como Serrano y Azcárate).

Los antimetafísicos estaban divididos en neokantianos (como Perojo y Revilla), y en positivistas (como Simarro, Cortezo, Estasén, Pompeyo, Gener, Ustáriz).

Entre ambas tendencias estaban los eclécticos como Moreno Nieto.

El positivismo se había introducido en España a través de la obra de Patricia de Azcárate Del Materialismo y Positivismo Contemporáneos, de 1870, en la que exponía la evolución del pensamiento desde el materialismo especulativo de Feuerbach al naturalismo positivista de la ciencia alemana de mediados del XIX. El problema, en principio poco trascendente, pasó a tocar fibras sensibles cuando, en 1871, Urbano González Serrano publicó Los Principios de la Moral con Relación a la Doctrina Positivista, sacando a la luz pública el tema que más preocupaba en España, la moral. El positivismo negaba en redondo la metafísica y, con ella, los principios del krausismo español, que parecía de lo más progresista hasta entonces para los progresistas españoles. Los krausistas reaccionaron como lo que eran, conservadores, a pesar de haber pasado por progresistas durante los últimos 20 años, y culparon al positivismo de escepticismo criticista y de materialismo naturalista. Culpaban de esos “errores” al positivismo, al materialismo, al darwinismo, al naturalismo alemán y a la psicología empírica. La polémica de la ciencia estaba lanzada, y se tardaría un siglo en superarla. Era muy complicado en España aceptar el positivismo, materialismo y darwinismo. Una muestra de esta complicación la podemos observar en Pi y Margall y en Almirall. Pi, líder republicano federal, que se tenía a sí mismo por muy progresista, más allá de los progresistas y demócratas, sólo era un idealista que había leído a filósofos utópicos franceses como Proudhon y Louis Blanc, y a filósofos alemanes como Herder y Hegel. Encontraría sus propias contradicciones cuando llegó a ser Presidente en al Primera República.  Frente a él, se alzaba Vicente Almirall, un positivista, ecléctico, que había leído a Spencer y a Darwin, y acabó creyendo que los españoles eran incapaces de evolucionar en su pensamiento, concluyendo que los catalanes eran un pueblo más europeo que quizás podía evolucionar y aceptar los principios de la ciencia moderna, lo cual le condujo al ultranacionalismo catalán antiespañol.

El grupo conservador español estaba en otra órbita de la cultura y de la ciencia, refugiándose en campos menos peligrosos para sus creencias:

El 1 de abril de 1872 apareció una revista decenal, La Defensa de la Sociedad, que publicaba artículos en contra de los publicados en los periódicos socialistas y estaba dirigida por Carlos María Perier, siendo colaborador asiduo Bravo Murillo. Era una revista conservadora e integrista católica. La importancia de esta revista es de 1875 cuando admitió colaboraciones de artículos literarios e historicistas, que llegaron a ser la mayor parte de sus contenidos, pero la revista desapareció en 16 de marzo de 1879.

 

 

Caída de Sagasta.

 

Al mismo tiempo que se producía esta guerra carlista, España estaba soportando una sublevación en Cavite (Filipinas), que duró desde enero a abril de 1872.

Sagasta fue acusado de trampa electoral por usar en gastos electorales el dinero del ministerio de Ultramar. Dimitió en 22 de mayo de 1872.

 

 

[1] Alejandro Groizard Gómez de la Serna 1830-1919 fue ministro de Fomento en diciembre de 1871, de Gracia y Justicia en mayo de 1872, de Fomento en marzo de 1894, momento en que hizo una reforma educativa, de Estado en noviembre de 1894 y de Gracia y Justicia en octubre de 1897.

[2] Juan Francisco Camacho de Alcorta 1813-1896, fue de Unión Liberal en 1855,  ministro de Hacienda en febrero de 1872 con Sagasta, o sea, siendo del Partido Liberal, de Hacienda en febrero de 1874, de Hacienda en febrero de 1881, de Hacienda en noviembre de 1885. Al final de su vida se pasó al Partido Conservador.

[3] Consideramos aquí Segunda Guerra Carlista a la de Les Matiners de 1846-1848, con Carlos VI como candidato carlista. En la Primera Guerra, el candidato había sido Carlos V. En esta Tercera Guerra, el candidato sería Carlos VII. También se podría, sin cometer por ello errores graves, considerar que hubo una sola Guerra Carlista empezada en 1833 y terminada en 1875. No son diferentes los contendientes, ni las ideologías que sustentaban a los bandos. Muchos autores consideran que la de 1872 es la Segunda Guerra Carlista y no hubo Segunda Guerra de 1846, tal vez porque no hubo Segunda Guerra en el País Vasco y se limitó sólo a Cataluña. Todo ello puede dar lugar a confusionismo.

[4] Antonio Juan de Vildósola Mier, 1830-1893, era de familia de comerciantes bilbaínos y fue bachiller en Leyes y Abogado en Madrid. Se hizo periodista escribiendo desde 1844 en “La Esperanza”, periódico carlista de su suegro, Pedro de la Hoz, en colaboración con su cuñado Vicente de la Hoz y Liniers. En 1855, José Canga Argüelles creó “La Regeneración” y fichó como colaboradores a Vildósola y a Aparisi, el cual defendía el catolicismo integrista, llamado neocatolicismo en su época. Por el contrario, Vildósola no era integrista, sino tradicionalista y carlista. Escribió en La Fe, La Ilustración Católica, Altar y Trono, L`Unión (francés), La Voz de Cuba y La Cruz. Fue diputado en 1870-1872.

[5] Lluis Gonzaga María Antonio Carlos Ramón miguel de Llauder y Dalmases, de Freixas, de Bufalá y de Camín, 1837-1902, marqués de Vallteix, era de Argentona (Barcelona), hijo de una familia propietaria de industrias. Se hizo abogado. Era radicalmente católico, pero no fue integrista hasta 1878. Escribió en La Sociedad Católica, El Amigo del Pueblo, El Criterio Católico. Su abuelo, general Manuel Llauder Camín, había reprimido el carlismo, pero Lluis se hizo carlista poco antes del Sexenio Revolucionario. En 1870 abrió su propio periódico en Barcelona, La Convicción, que tuvo que cerrar en 1873. Hasta entonces se había opuesto a los neocatólicos. Puso su residencia en Suiza. En 1878 se lanzó en Barcelona El Correo Catalán, y Llauder apareció como integrista católico. Este periódico publicó en marzo de 1888 el artículo “El Pensamiento del Duque de Madrid”, es decir pensamiento de Carlos VII, y Carlos se declaraba no integrista. Entonces ocurrió una escisión entre Cándido Nocedal y su periódico madrileño El Siglo Futuro, que se declaraba neocatólico, con Lluis Llauder y su periódico catalán El Correo Catalán, que se declaraba carlista por encima de todo. Llauder fundó decenas de “círculos católicos” en Cataluña, y en 1887 La Hormiga de Oro, un periódico ultracatólico. El pensamiento de Llauder decía que el liberalismo era la fuente del mal, el cual había revitalizado los viejos problemas del protestantismo, la masonería y el judaísmo, cuyos frutos eran el nihilismo, el socialismo y el anarquismo, porque el sufragio universal y los partidos no eran más que formas de corrupción y de especulación. Murió cuando su fortuna empezaba a agotarse, pero no dejaba hijos.

[6] Gabino Tejado Rodríguez, 1819-1891, era de Badajoz y escribió en El Extremeño, El Padre Cobos y El Pensamiento Español y también el ensayo “El catolicismo Liberal” 1875.

[7] Cándido Nocedal Rodríguez de la Flor 1821-1885 había nacido en La Coruña y era hijo de un comandante de la Milicia Nacional. En 1836 estudiaba derecho en Alcalá de Henares pero acabó sus estudios en Madrid cuando se trasladó la Complutense a Madrid a las sedes universitarias de Seminario, Salesas Nuevas y Noviciado. En 1840 acabó sus estudios de derecho. Entonces era progresista y partidario de Espartero. En 1847 era “puritano”, ya del partido moderado, y enseguida se hizo amigo de Narváez. En 1856 se negaba a que desapareciera, fagocitado por Unión Liberal, el Partido Moderado. En 1863 aparece como neocatólico, es decir, nada moderado, y en 1871 es ya carlista.

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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