EL GOBIERNO FIGUERAS.

 

 

 

 

Gobierno de Figueras[1]

          12 febrero 1873 – 11 junio 1873

 

 

El primer “Presidente del Poder Ejecutivo”, pues decidieron que no se llamarían Presidentes de la República hasta que fuera aprobada la Constitución republicana, y ello no ocurrió nunca, fue Estanislao Figueras Moragas con un Gobierno de coalición de republicanos, radicales y progresistas, y manteniendo en vigor la Constitución de 1869.

Recordemos que el Partido Constitucional de tiempos de Amadeo estaba presidido por Práxedes Mateo Sagasta y reunía a los “moderados” del momento: unionistas, progresistas moderados y demócratas moderados. Y el Partido Radical de tiempos de Amadeo estaba presidido por Manuel Ruiz Zorrilla y reunía a los “progresistas” del momento: progresistas de izquierda y demócratas de izquierda. A su vez, el grupo de Ruiz Zorrilla estaba dividido en una facción más a la derecha, liderada por Servando Ruiz y por Eduardo Gasset, y una facción más a la izquierda liderada por Cristino Martos Balbi y Nicolás María Rivero. Es decir, era el grupo de más a la izquierda del Partido Radical el que apoyaba a Figueras.

 

Gobierno 11 de febrero de 1873 – 10 junio 1873:

Presidente del Poder Ejecutivo, Estanislao Figueras Moragas. Partido Republicano Democrático Federal. / 10 marzo 1873 Francisco Pi i Margall, interino / 25 marzo, Estanislao Figueras Moragas / 21 abril: Francisco Pi i Margall, interino / 28 abril, Estanislao Figueras Moragas.

Estado, Emilio Castelar Ripoll. Republicano Unitario.

Gracia y Justicia, Nicolás Salmerón Alonso. Partido Republicano Democrático Federal.

Gobernación, Francisco Pi i Margall, Partido Republicano Democrático Federal.

Hacienda, José Echegaray Eizaguirre, liberal radical / 24 febrero 1873: Juan Tutau Verges, Partido Republicano Democrático Federal.

Guerra, Fernando Fernández de Córdova Valcárcel, II marqués de Mendogorría, Militar, liberal radical / 24 de febrero 1873: Domingo Moriones Murillo marqués de Oroquita, interino (estuvo menos de 24 horas) / 24 de febrero 1873: Juan Acosta Muñoz. Militar, Republicano Unitario / 30 abril 1873: Ramón Nouvilas Rafols, del Partido Republicano Democrático Federal, como titular, pero en realidad ejercía Fernando Pierrad Alcedar, interino / 7 junio 1873: Estanislao Figueras Moragas, interino.

Marina, José María Beránger Ruiz de Apodaca. Partido Radical. / 24 febrero: Jacobo Oreyro Villavicencio[2], Partido Radical.

Fomento, Manuel Becerra Bermúdez, del Partido Radical. / 24 febrero de 1873: Eduardo Chao Fernández, del Partido Republicano Democrático Federal.

Ultramar, Francisco Salmerón Alonso, del Partido Republicano Democrático Federal / 24 febrero 1873: José Cristóbal Sorní Grau, del Partido Republicano Democrático Federal.

 

Se trataba de una nueva generación de políticos nacidos entre 1813 y 1838 en la llamada periferia peninsular: José Cristóbal Sorní nació en 1813 en Valencia; Figueras nació en 1819 en Barcelona; Manuel Becerra nació en 1820 en Lugo y fue educado en Madrid (es la excepción); Eduardo Chao nació en 1822 en Asturias y fue educado en Santiago de Compostela; Francisco Salmerón Alonso nació en 1822 en Madrid, de padres almerienses, circunstancialmente y por motivos políticos huidos a Madrid; Pi y Margall nació en 1824 en Barcelona; Castelar nació en 1832 en Cádiz, de padres de Elda (Alicante); José Echegaray nació en 1832 en Madrid, y había sido educado en Murcia; Nicolás Salmerón, hermano de Francisco, nació en 1838 en Alhama (Almería). Los ministros militares, muchos de ellos hijos de militar, no cuentan en este comentario, por razones obvias.

En este Gobierno eran republicanos federales Figueras en Presidencia, Pi i Margall en Gobernación, y Nicolás Salmerón en Gracia y Justicia. Era republicano unitario, Emilio Castelar en Estado. Eran del Partido Radical, o liberales radicales, Echegaray en Hacienda, Córdova en Guerra, Beránger en Marina y Becerra en Fomento; era progresista Francisco Salmerón ministro de Ultramar. De ocho ministros, cuatro eran republicanos, y cuatro radicales que admitían la República en el momento adecuado para España, pero también la monarquía si ello parecía lo adecuado.

Figueras, Castelar, Pi y Salmerón eran nombres nuevos en el Ministerio, pero Echegaray, Becerra y Fernández de Córdoba eran ministros de Gobiernos anteriores. Incluso Francisco Salmerón era netamente monárquico. El equipo de gobierno no era por tanto demasiado “nuevo”.

La misma composición del Gobierno daba a entender la realidad política del momento: los diputados conservadores pensaban que la República era una situación transitoria hasta poner una nueva monarquía o una república unitaria liberal. En la situación real de la España de entonces, opinaban que sería clave quién fuera Jefe de Gobierno cuando se convocasen y celebrasen elecciones constituyentes. En ello iban a estar tanto los radicales como los republicanos. Las elecciones dirían realmente qué sistema político se impondría en España.

Los del Partido Radical, que habían votado contra Amadeo, se sabían mayoría en ambas cámaras, y forzaron un Gobierno de coalición, aunque la Presidencia se la concedían a Figueras, al cual le exigieron el compromiso de respetar la Constitución de 1869, salvo en lo tocante a la monarquía. El experimento duró 13 días.

Los objetivos inmediatos que se propuso el Gobierno de Figueras fueron disolver las Cortes, convocar elecciones a una Asamblea Nacional Constituyente, y proclamar después la República, unitaria o federal, si era oportuno. Eran objetivos no compatibles con las ideas republicanas de los intransigentes: la República Federal inmediatamente.

La República ignoraba conscientemente la Guerra de Cuba, declarada en 1868, y la Guerra Carlista, declarada en 1872. También querían ignorar que el Estado español debía 546 millones de pesetas y que en las arcas sólo había 32 millones. Querían ignorar que el Cuerpo de Artillería había sido disuelto por Amadeo, aunque fuera a su pesar, el día que se marchó de España, y ello tenía disgustado a todo el ejército. Se querían dedicar al aspecto meramente político, olvidando los verdaderos problemas del país.

Creían los republicanos que, con el simple hecho de instaurarse un Gobierno republicano, que se declarase amigo del pueblo, los demás problemas se arreglarían por sí mismos.

Cristino Martos Balbi, del Partido liberal radical, y por tanto de pasado monárquico, era Presidente de la Asamblea Nacional (Cortes). La Asamblea Nacional tomó medidas de tipo “político” que no eran las más urgentes para la sostenibilidad del sistema político: aprobó una amnistía para los delitos políticos; aprobó la igualdad de todos los españoles ante el servicio militar, es decir, la abolición de la redención de quintas por dinero; y el 22 de marzo de 1873 abolió la esclavitud. Eran medidas largamente perseguidas por los progresistas más avanzados, y que se consolidaban en este momento de inicio de la República, como cumplimiento a una obligación moral de varias décadas.

 

 

 Iniciativa de los republicanos intransigentes.

 

Los republicanos federales intransigentes, temiendo una continuidad de las viejas políticas, nada más iniciarse la república reaccionaron tomando la iniciativa. Las provincias se organizaron en Juntas Provinciales Revolucionarias. Si el Estado quería continuar existiendo, ese movimiento cantonal debía ser dominado por el Estado, pues no se podía tolerar que las Juntas Provinciales destituyeran a los Ayuntamientos no republicanos, y que provocasen disturbios continuamente a fin de preparar el éxito republicano. Pero los “republicanos benévolos” del Gobierno, los de Madrid, la facción derecha del Partido Republicano Democrático Federal, fueron tolerantes para con sus colegas intransigentes.

En ese punto, los liberales radicales y constitucionales no pudieron estar de acuerdo con su propio Gobierno de coalición republicano-radical-progresista. La crisis era evidente. Los liberales radicales querían república unitaria y democrática, o monarquía en su defecto. Los republicanos querían república federal con muchas variantes: como mínimo, república unitaria, federalismo republicano de Pi, y República cantonalista. Algunas minorías querían república socialista en una de sus dos vertientes, marxista o bakuninista.

 

 

Los acontecimientos de febrero de 1873:

 

El 12 de febrero de 1873, primer día del Gobierno Figueras, los “republicanos federales” más de izquierda, o más intransigentes, constituyeron la Junta de Gobierno de Montilla (Córdoba), asaltaron la casa del alcalde de la ciudad, prendieron fuego al Registro de la ciudad, y cometieron varios robos y asesinatos, iniciando un movimiento populista al que identificaban con republicanismo. Pero populismo y republicanismo no eran cosas iguales y ni siquiera similares. Pi, el tenido como líder por esos republicanos, les comunicó a los republicanos federales de Montilla que abandonaran esa postura, pero no logró parar la efervescencia de un movimiento populista que, según los casos, era federalista, cantonalista, socialista o anarquista, y que Pi no había calculado ni concebía, y que tenía sus referencias en la Comuna de París de 1871. Pi debiera haber aprendido de esta experiencia francesa, pero se negó a rectificar sus ideas ante la experiencia ajena. Ni siquiera aprendió de la experiencia de Montilla.

El 13 de febrero hubo una manifestación obrera en Barcelona pidiendo jornada de 10 horas y salario proporcional al trabajo realizado. Aquello era una revolución de tipo socialista, poco compatible con la revolución federalista de Montilla, y menos con la República presidida por Figueras.

También hubo ese día, 13 de febrero, insubordinación del ejército, y esta insubordinación militar se toma en muchos tratados como el principio del movimiento cantonal.

El 16 de febrero de 1873 se inició la revolución libertaria en Sanlúcar de Barrameda. El médico de la población, Antonio González Peña, destituyó al alcalde y se constituyó en Presidente de un Comité Revolucionario, apoyado por 39 hombres armados cuyo jefe era Eduardo Franco. Destituyó al Alcalde José María Ontoria y a toda la Corporación Municipal, encarceló a los policías del antiguo Ayuntamiento y quemó los registros notariales. Evidentemente no calculaba bien en qué berenjenal se metía. Solicitó del Gobernador de Cádiz armas para mil hombres y las pagas correspondientes. Y quiso explicar a los jornaleros del campo que los gastos en el laboreo de las viñas no podían exceder de los ingresos habidos por ellas, lo cual disgustó lógicamente a los jornaleros, que querían sus jornales a toda costa, se pudiese o no. Como revolucionario moderado, se incautó del Colegio de los Escolapios, derribó dos conventos, readaptó iglesias para convertirlas en escuelas y cuarteles, y municipalizó el cementerio local. La situación evolucionó de manera violenta e irracional: el 9 de junio de 1873, los jornaleros pidieron a su alcalde ayudas materiales, pues los hacendados no les daban jornales. El alcalde le comunicó al juez Tomás Solanich Fuster la situación de conflicto, y el juez ordenó cerrar el local de los jornaleros. El 11 de junio los jornaleros empezaron su radicalización: declararon burgués al Gobierno de España, declararon burgúes al alcalde Antonio González Peña, y además le acusaban de atropellar los derechos de los obreros, y declararon la guerra “entre los pobres y los ricos, entre los señores y los esclavos, entre los opresores y los oprimidos”. El 14 de junio, un nuevo manifiesto obrero declaró que la única propiedad admisible era la propiedad colectiva, y afirmó que repartiendo las viñas entre todos las jornadas de 15 horas se reducirían a 5 horas diarias, y que la religión, el capitalismo y la política burguesa eran los enemigos del pueblo. El 26 de junio, Antonio Cuevas Jurado se hizo cargo de la alcaldía en calidad de Presidente del Comité Republicano Federal y Social. Comenzaba una época comunista libertaria: El 29 de junio, se suprimió el cabildo eclesiástico y se pusieron en subasta sus bienes; se decidió instalar tres escuelas de adultos en tres iglesias; se fundieron tres conventos en uno y se liberaron los dos edificios restantes; se decidió repartir desayuno gratis pagado por el Ayuntamiento. El 30 de junio llegaron dos delegados provinciales republicanos, los diputados Pedro Bohórquez y Eduardo Gutiérrez Enríquez, y nombraron Ayuntamiento Provisional, del que resultó alcalde el mismo Antonio Cuevas Jurado. El nuevo alcalde aceptó peticiones de los vecinos y éstos expusieron que los propietarios de las viñas debían presentar sus títulos de propiedad y que se confiscaran los bienes de aquellos que no se presentasen en el pueblo en los tres días siguientes. Entre los propietarios estaban Antonio de Orleans duque de Montpensier y el Duque de Medinasidonia. También pidieron la incautación de los bienes de la Iglesia y solicitar 25.000 duros para armarse. En ese momento, los vecinos juiciosos, y algunos cargos municipales empezaron a abandonar el pueblo, y acertaron en su pronóstico pues empezaron las barbaries: las iglesias fueron destrozadas en cuanto a mobiliario y estatuas, y el Colegio de los Escolapios fue arrasado. Lo interesante es la razón que dieron para ello: que el donante lo había cedido como colegio de segunda enseñanza para la ciudad, y los curas se habían apropiado del colegio y lo habían convertido en seminario diocesano. Y también dijeron que los Padres Escolapios daban dinero a los carlistas, dinero que era del pueblo de Sanlúcar. El 6 de julio se puso fin a los desmanes y se decidió devolver lo incautado y reparar lo destrozado. El 7 de julio, Antonio Cuevas Jurado adquirió en Cádiz armas al capitán inglés Albert Gybbon Ypillsbury, mil carabinas, sables y bayonetas y 50.000 cartuchos, a cambio de 50.000 pesetas. La revolución del pequeño pueblo de Sanlúcar de Barrameda se hacía peligrosa. Y el 15 de julio, la revolución llegó a su punto culminante con una rebelión de los más intransigentes, que pidieron el exterminio físico de los capitalistas y declararon demasiado moderado a Antonio Cuevas. Fracasaron, pero el aviso estaba ya dado. Y el 19 de julio de 1873, el Gobierno de España decidió acabar con la revolución sanluqueña: el brigadier José Soria Santa Cruz tomó el pueblo, nombró alcalde a Joaquín Leonar Trapero, recogió las armas de fuego, despidió a los Voluntarios de la República radicalizados y reclutó otros nuevos, devolvió sus bienes a la Iglesia, prohibió los desórdenes públicos, detuvo a Antonio Cuevas y a unos 200 revolucionarios más, los cuales fueron encarcelados o enviados a Ceuta, a astilleros de La Carraca, o a Filipinas. Gran parte de ellos salieron en el indulto de 1877.

 

 

 

La Guerra carlista en 1873.

 

Los carlistas vascos se animaron otra vez cuando Juan Nepomuceno de Orbe y Mariaca IV marqués de Valdespina les apoyó en Vizcaya y, el 17 de febrero de 1873, mandaron a esa zona como jefe militar a Antonio Dorregaray, un coronel del ejército isabelino pasado a los carlistas. Creyeron que la suerte les había sonreido al dimitir Amadeo el 11 de febrero de 1873, y consideraron que tenían una oportunidad frente a la República.

La abolición de las quintas y el establecimiento de los Voluntarios de la Libertad hecho por la Primera República, se manifestaron como decisiones estúpidas frente a la sublevación carlista, que de no ser por la Restauración de 1874 y la división interna “cantonalista” carlista, hubiera tenido muchas oportunidades de triunfo frente a la inoperancia de un voluntarismo en materia militar. Los Voluntarios de la República decidían no luchar cada vez que no se les pagaba, y esa actitud representa un fracaso total en periodo de guerra.

El 16 de julio de 1873, día anterior a la proclamación de la Constitución Federal, José Caixal Estradé obispo de Seo de Urgel, copríncipe de Andorra, ungió como Rey de España a Carlos VII, al estilo medieval, en el santuario de Loyola. Carlos VII se instaló en Estella, la ciudad por antonomasia del carlismo. Los carlistas se dividieron en “activistas” y “legalistas”. Los primeros querían el levantamiento a toda costa. Los segundos querían que la causa carlista triunfase por acatamiento de todos los españoles y sin necesidad de otra guerra civil. Como la mayoría de las masas conservadoras católicas españolas era alfonsina, los legalistas no tenían nada que hacer.

Por su parte, el problema de los “activistas” era que Cabrera no veía factible una sublevación y menos una guerra civil, y el viejo líder llegó a ponerse en contra de los activistas. No obstante, los activistas iniciaron su guerra.

En el ejército español, la mayor parte del ejército del norte desertó, como ya dijimos que también lo hicieron en el sur los acosados por el cantonalismo. Los carlistas aprovecharon para ocupar el País Vasco y Navarra, excepto las ciudades, y allí organizaron un Gobierno con sus sellos de correos, periódico, telégrafo, recaudación de tributos y una fábrica de armas en Éibar. Dominaban a fines de 1873 toda Vizcaya menos Bilbao, toda Guipúzcoa menos San Sebastián, la Rioja alavesa, y casi toda Navarra.

Su gran debilidad era que carecían de artillería y de caballería. Su punto fuerte fue que consiguieron la solidaridad de Cataluña, Valencia y Aragón. Su derrota final consistió en que cada grupo carlista sintió la llamada “cantonalista” de defender su tierra y desertar en cuanto se les sacaba de la misma, con lo cual no había un carlismo, sino docenas de ellos independientes los unos de los otros.

 

 

El primer golpe de Cristino Martos.

 

El 23 de febrero de 1873, el liberal radical de izquierdas Cristino Martos Balbi, Presidente de la Asamblea Nacional, intentó derrocar al Gobierno republicano de Figueras, con intención de implantar una República conservadora. Unos Guardias Civiles ocuparon el Ministerio de Gobernación y el de Hacienda y la Milicia Monárquica ocupó los alrededores del Congreso. (Nota: Hay confusionismo en los textos de historia sobre el tema, por motivo de que existieron dos golpes, el de 23 de febrero 1873 y el de 23 abril de 1873, y no sé qué datos pertenecen a cada episodio).

Se dice que apoyaban el golpe los generales Francisco Serrano, Nicolás María Rivero y Juan Bautista Topete. Pero el militar del momento, con popularidad dentro del ejército, era Blas de Villate conde de Valmaseda, cuyo “grupo de Valmaseda” forjado en Cuba, tenía un gran prestigio entre los militares. En este grupo, estarían el general Soria Santa Cruz, Antonio María Fabié Escudero[3] (canovista alfonsino), los hermanos Riquelme, Fernando O`Lawlor Caballero, Olaiz, Ortiz Ustariz, Antonio Uribarren, Fructuoso de Miguel. Trataban de imponer la República Liberal Radical, una república unitaria de soberanía única, liberal y progresista radical.

El Ministro de Gobernación, Pi y Margall, reaccionó al momento. Convocó a los Voluntarios de la República, y éstos ganaron la calle. Los golpistas no llegaron a acuerdos sobre el objetivo final, monárquico o republicano unitario, y como tampoco lograron la colaboración de Cánovas, abandonaron. Tampoco se habían delatado, y simplemente dejaban el golpe para otro momento más oportuno.

 

 

El nuevo Gobierno de Figueras.

 

Gracias a la pronta reacción de Pi y Margall, Figueras se impuso al golpe, y el 24 de febrero constituyó un Gobierno nuevo enteramente republicano federal, pero opuesto a los intransigentes. Quedaba abierta una brecha entre un Gobierno republicano federal y una Asamblea Nacional de diputados donde triunfaban otros tipos de república, e incluso la monarquía. Los temas políticos evolucionaban demasiado rápido, al estilo revolucionario, y no de modo pausado y meditado.

Remodelación de Gobierno de 24 de febrero de 1873:

Guerra, Juan Acosta Muñoz, militar, republicano unitario.

Marina, Jacobo Oreyro de Villavicencio, militar, Partido Radical.

Hacienda, Juan Tutau Verges, Partido Republicano Democrático Federal.

Fomento, Eduardo Chao, Partido Republicano Democrático Federal.

Ultramar, José Cristóbal Sorní Grau, Partido Republicano Democrático Federal.

A partir de 24 de febrero de 1873 eran siete los ministros republicanos. En cuanto al origen y edad de los nuevos Ministros, eran del mismo grupo que sus compañeros de ministerio anteriores: Acosta Muñoz había nacido en 1819 en Totana (Murcia); Oreiro de Villavicencio había nacido en 1822 en Cádiz; Chao había nacido en Orense en 1822; Sorní había nacido en Valencia en 1813; y Juan Tutau había nacido en 1829 en Figueras (Gerona). El giro hacia el republicanismo federal era obvio.

Inmediatamente, el Ministro de Gobernación, Pi, cometió una imprudencia política grave: propuso renovar todos los Ayuntamientos y Diputaciones de España por sufragio universal, sin haber dado todavía el modelo político general que quería para España, las competencias de cada ente político y las relaciones entre ellos. Era empezar la revolución desde abajo y tentar al populismo. Los del Partido Radical se opusieron a esa iniciativa, pero la mecha encendida ya estaba lanzada.

El 4 de marzo, Figueras pidió la disolución de las Cortes, pues en ellas tenían mayoría los del Partido Radical. El 11 de marzo, las Cortes aceptaron autodisolverse y convocar elecciones para el 1 de junio.

 

 

El caos revolucionario en marzo de 1873.

 

El 2 de marzo de 1873 apareció en las calles de Alcoy una proclama pidiendo la revolución social universal, emancipación de todos los trabajadores, organización territorial con libre federación universal de las libres asociaciones “obreras, agrícolas e industriales” a fin de hacer desaparecer todo autoritarismo, y, por último, pedían la República. El origen de esta proclama era que en 24 de enero se había organizado en la ciudad una Comisión Federal que se decía republicana y anarquista o libertaria. Era la revolución anarquista internacional AIT, la cual era incompatible con la revolución federal y con la revolución socialista marxista, aunque todavía no eran conscientes de ello. La huelga obrera de Alcoy degeneró en motín y asesinó al alcalde, un republicano federal. Después, los socialistas bakuninistas intentaron organizar piquetes que controlasen la huelga.

En los primeros días de marzo los campesinos andaluces reclamaban la tierra. En los pueblos de Andalucía la violencia amenazaba con hacer estallar algo muy grave. En Córdoba dirigían el movimiento cantonalista un estudiante de Derecho y un profesor de Derecho Canónico que se declaraba ateo. Tras organizar motines en Córdoba, el catedrático de Derecho se dirigió a Cartagena para organizar huelgas y motines. Cartagena era una ciudad ya de cierta importancia militar pues en ella había cuatro navíos de guerra con sus tripulaciones completas.    En Jerez los campesinos protestaban contra el trabajo a destajo. En Montilla ardieron algunos cortijos.

En esos mismos días, tuvo lugar un hecho, considerado sin casi importancia por el momento, pero de trascendencia grande en lo sucesivo: En marzo de 1873 la Asociación General del Arte de Imprimir de Madrid propuso huelga y consiguió llevarla a cabo. Esta asociación minoritaria se había creado en 1871 y estaba pasando inadvertida. Paulino Iglesias Posse se fijó en ella y, con motivo de la huelga, dejó de considerarla burguesa, ingresó en ella en 4 de mayo de 1873 y lograría ser presidente de la misma en 10 de mayo de 1874, convirtiéndola en “sociedad de resistencia” o sindicato. Tenía unos 194 asociados, o sea, era minúscula. Era el inicio de lo que sería el Partido Socialista Obrero Español, PSOE. Pero faltaba mucho para que estos nuevos políticos tuvieran bases suficientes para sobrevivir: El 12 de abril de 1873 La Emancipación cerró por falta de dinero. La Nueva Federación Madrileña contaba con 12 federaciones: Madrid, Cádiz, Zaragoza, Vitoria, Toledo, Denia, Pont de Vilumara, Alcalá, Lérida, Gracia, Valencia y Játiva. El 25 de marzo de 1873 había celebrado en Toledo su único congreso, y perdió protagonismo el resto del periodo republicano. Simplemente, hacemos constar que la revolución marxista se sumaba al caos de revoluciones planteadas en 1873.

Volviendo a nuestro tema de las insurrecciones republicanas, en todos los casos, en Cataluña, Alicante, Murcia, Madrid y Andalucía, se trataba de movimientos dirigidos por minorías de activistas, aunque en algún momento lograran dominar todo un municipio. Algunas veces, se trataba de internacionalistas, más bien anarquistas. Otras, de republicanos cantonalistas. El republicanismo venía así desacreditándose entre la mayoría de la población, lo cual explicará el alivio con que será acogida la restauración de la monarquía borbónica en la persona de Alfonso XII en diciembre de 1874.

El 8 de marzo de 1873, Figueras salió para Barcelona para intentar apaciguar la región, y Castelar disolvió las Órdenes Militares.

Los republicanos e internacionalistas catalanes proclamaron el 9 de marzo de 1873 el Estado Catalán dentro de la República Federal Española. Este intento fue abortado por Pi, el cual fue a Barcelona a pedirles que esperasen a que las cosas se hicieran legalmente. La Diputación de Barcelona anunció que se constituía “el primero de los futuros Estados de España”.

El desorden tomó cuerpo, y se hizo peligroso en el momento en que también se introdujo en el ejército: Aunque no hubo toma del poder por las masas, sí hubo, a partir de este momento, formación de muchos núcleos de “Voluntarios de la Libertad” y otros cuerpos francos espontáneos, cuya principal labor era invitar a los soldados a la deserción. Cuando lo lograban, los oficiales del ejército se encontraban sin apoyo de sus superiores para poner arreglo a este estado de cosas, y acababan por marcharse a sus casas, desertando. El conflicto se transformaba poco a poco en enfrentamiento entre la oficialidad y los jefes del ejército, y entre los jefes del ejército y los gobernantes, dado que Figueras, Pi i Margall y Salmerón daban la impresión, por su inoperancia, de estar de acuerdo con este estado de cosas, que sobre todo tenían lugar en Cataluña. También había jefes y oficiales del lado de los republicanos cantonalistas, como el coronel Maza, que en contacto con varios socialistas hablaba de revivir la Comuna de París de 1871. Si el movimiento no triunfó en Cataluña fue porque los obreros se negaron a hacer huelgas revolucionarias y a asistir a mítines internacionalistas en los que no tenían nada que ganar para ellos. Los obreros distinguían entre sus intereses y los de los políticos que los dirigían. Tal vez eran los únicos clarividentes del momento, en contraste con unos gobernantes cegatos en sus utopías.

El resultado inmediato de estas rebeliones en su conjunto fue que la República no abolió las quintas como tenía prometido, pues la guerra carlista y las rebeliones andaluzas y catalanas no lo aconsejaban. Los republicanos comenzaban a enfrentarse a sus propias contradicciones.

 

 

Las elecciones de 1873[4].

 

El 11 de marzo de 1873 una ley electoral suprimió el Senado y bajó la edad para poder votar a los 21 años. Las Cortes se convirtieron en Asamblea Nacional, aunque ya venían actuando en cámara única desde 11 de febrero. Los republicanos eran conscientes de que los más fáciles de conducir dentro del populismo eran los jóvenes, y había que darles el voto. Había 4.500.000 posibles electores. En el periodo 1808-1868 votaban en España 300.000 personas como máximo, cuyo número había sido incrementado a 4.000.000 recientemente, en 1869, con la instauración del sufragio universal. En 1869 votaron realmente tres millones de personas. En 1873, se añadían 500.000 votantes más de los que se pensaba que votarían todos, y que votarían republicano.

El 22 de marzo de 1873, el Gobierno suprimió las Cortes, y convocó elecciones a Asamblea Nacional Constituyente para los días 10-13 de mayo. La Asamblea Nacional debería reunirse a primeros de junio.

Quedó abierta una Comisión Permanente de la Asamblea Nacional, cuya mayoría era liberal radical. Había 14 liberales radicales (entre ellos el Presidente que era Cristino Martos), 1 demócrata, 2 alfonsinos (Esteban Collantes y Salavarría), 5 republicanos federales, y 8 representantes nombrados por la Presidencia y Vicepresidencia de la Asamblea Nacional.

El sentido de estos cambios iba en la dirección de la idea de Pi, de establecer un federalismo republicano, manteniendo el Estado español. Para ello, se estableció un Gobierno de transición de tipo republicano federal. Pi decía que primero había que construir el modelo de federalismo, y luego darle formas republicanas.

Los autores conservadores dicen que la actuación de los republicanos frente a las elecciones de mayo, fue igual de corrupta que lo habían sido las campañas electorales de Isabel II, pero en ese momento, para que ganaran los candidatos republicanos. Se trató de eliminar a los cimbrios (republicanos oportunistas que podían permitir la monarquía en cualquier momento, o pactar republica unitaria si les parecía lo más oportuno), y a los monárquicos en general. Los autores republicanos niegan este aserto y dicen que las elecciones de Pi fueron de lo más limpio. Demasiado subjetivismo en todos los casos.

 

 

El segundo golpe de Cristino Martos.

 

El 23 de abril, otra vez, los liberales radicales de Cristino Martos Balbi[5], intentaron el golpe de Estado para imponer la República Liberal Radical. No pensaban que pudieran ganar las futuras elecciones de mayo, y el golpe les parecía necesario.

Estaba reunido el Gobierno de Figueras con la Comisión Permanente de las Cortes en el Palacio del Congreso de Diputados, y Nicolás María Rivero, el líder demócrata, llamado ahora “posibilista”, pidió suspensión de las elecciones previstas para mayo, y formación de un Gobierno homogéneo del Partido Radical. Emilio Castelar, el líder republicano unitario propuso un “Gobierno de conciliación”.

Entonces el general Antonio López de Letona Lamas reunió en la Plaza de Toros de Madrid, a un batallón Voluntarios Monárquicos, milicia dominada por el Partido Radical y recientemente formada en tiempos de Amadeo I, y los llevó hasta el Paseo del Prado, cerca del Congreso de Diputados. Algunos dicen que fueron hasta 4.000 voluntarios los concentrados.

Varios generales se reunieron en casa de Francisco Serrano Domínguez duque de La Torre, hombres de la antigua Unión Liberal, del Partido Progresista y otros monárquicos: Juan Bautista Topete; Manuel Gutiérrez de la Concha Irigoyen marqués de Duero (alfonsino); Antonio Ros de Olano Perpiñá; Antonio Caballero Fernández de Rodas; Antonio Elías López de Letona Lamas; Blas Diego de Villate y de la Hera[6] II conde de Valmaseda; Gabriel Baldrich i Palau. (Algunos autores no dan esta lista de generales, sino que citan a Serrano, a Manuel Pavía, y a Topete. Otros dan a Serrano, Rivero, Martos y Topete. Me temo que hay confusionismo entre el golpe de 23 de febrero y el de 23 de abril. Yo mismo estoy confuso. Lo siento). Los líderes de estos golpistas, Práxedes Mateo Sagasta y Cristino Martos, permanecían en sus respectivas casas.

Pi reaccionó inmediatamente pues lo tenía previsto y tenía preparados soldados y Voluntarios de la República para dar “el golpe de Estado Gubernamental”: Inmediatamente Nicolás Estébanez Murphy[7] (Gobernador de Madrid), movilizó a la Guardia Civil, y el Ministro de Guerra, Juan Acosta Muñoz, nombró Capitán General de Madrid a Baltasar Hidalgo, y éste ordenó al brigadier Cipriano Carmona atacar a los Milicianos Monárquicos del Paseo del Prado con un batallón de infantería, y escuadrones de caballería y artillería.

La lucha duró dos días, el 23 y 24 de abril. Los Voluntarios de la República volvieron a salvar a la República federal.

La multitud republicana invadió el Congreso de Diputados. Les capitaneaba Nicolás Estébanez, Gobernador de Madrid. Emilio Castelar calmó a los asaltantes y probablemente salvó la vida de los de la Comisión Permanente.

El general Francisco Serrano huyó, bajo la protección de Jacinto Ruiz, y llegó a Biarritz en donde se reunió con Caballero de Rodas, López Domínguez, Francisco de Borja Queipo de Llano y Gayoso de los Cobos VIII conde de Toreno, Alejandro de Castro, Cristino Martos, y Antonio Cánovas del Castillo, es decir, todo el alfonsinismo. Se dice que este grupo estaba siendo subvencionado por los hacendados cubanos, ultracatólicos, esclavistas y ultraconservadores.

La decisión de aquella asamblea de Biarritz fue acabar con la República. También se decidió que el siguiente Gobierno se llamase Gobierno Provisional y que no continuase ninguna forma de República. Es lo que se hizo en enero de 1874. Pero Serrano, en abril de 1873, todavía se negó a reunirse con Isabel II y comprometerse de lleno con los alfonsinos. Sus razones eran que odiaba personalmente a la Reina. En conclusión, la oposición a la República se estaba organizando a partir de abril de 1873, aunque el golpe no fue hasta 3 de enero de 1874, y la restauración borbónica no fue hasta 14 de enero de 1875.

Figueras supo que los republicanos intransigentes, sus propios partidarios, estaban preparando nuevos golpes de Estado para instaurar la República Cantonalista. Tras el fracaso de los monárquicos en 23 de abril, los republicanos intransigentes tomaron más fuerza. Los dirigentes de estos golpes serían Juan Contreras San Román y Fernando Pierrad Alcedar. Figueras se molestó mucho por ello. Es cuando dijo: “estoy hasta los cojones de todos nosotros”.

Las consecuencias del 23 de abril de 1873 fueron catastróficas para la República desde el punto de vista económico y político, pues los grandes burgueses abandonaron Madrid yéndose la mayoría a Biarritz. El miedo a las masas amenazaba con cerrar todos los negocios y traer el caos. En Biarritz, los burgueses se presentaban a los alfonsinos y pedían la vuelta de Alfonso XII y aportaban dinero para la revolución. La valoración de la deuda pública cayó un 33% y las acciones del Banco de España un 50%. El capital apostaba claramente en contra de los republicanos. Pero España todavía iba a sufrir los peores meses de violencia republicana: junio, julio y agosto de 1873.

El 25 de abril, la Comisión Permanente de la Asamblea Nacional fue disuelta. Igualmente, el Batallón de Voluntarios Monárquicos quedó disuelto.

La disolución de la Comisión Permanente de las Cortes era una decisión claramente inconstitucional. Respondía a una ruptura entre republicanos y liberales radicales.

Una consecuencia inesperada, o sorprendente, fue el inicio de la caída en popularidad de Pi i Margall: para los republicanos intransigentes, Pi tuvo, en los siguientes días al 23 de abril de 1873, la oportunidad de utilizar las masas e imponer la República Federal mediante la fuerza de las armas, pero Pi prefirió hacer las cosas legalmente, con una Constitución. Pi todavía creía en la bondad natural de las masas, idea roussoniana, bondad que, según él, se manifestaría en cuanto el pueblo tuviera oportunidad, es decir, libertad y marco jurídico adecuado. Los republicanos federales no se lo perdonaron, y empezaron a desconfiar de Pi, su líder indiscutido hasta entonces.

 

 

La reforma educativa de Eduardo Chao.

 

En 1873, aprovechando el momento republicano, estaba ocurriendo otro fenómeno en la Universidad Española, el Plan Chao, que no tuvo más trascendencia pues quedaría truncado por la reacción de 1874. Eduardo Chao Fernández creó en Madrid facultades de Matemáticas, Física y Química, Historia Natural, y la de Filosofía separada de la de Letras. En las Facultades de Ciencias exigió laboratorios. La Universidad había apostado a caballo perdedor. El plan educativo se frustró en 1874 con la Restauración, y el positivismo fue combatido por la Iglesia Católica y por los Gobiernos españoles posteriores a 1874. La renovación solamente se pudo mostrar como “costumbrismo” entre los literatos como Pérez Galdós y Fernán Caballero, lo cual fue suficiente como para crear una tendencia literaria en la que incurrieron también los conservadores como Pereda. Los progresistas “costumbristas” buscaban describir la realidad tal cual era, positiva o realista. Los moderados trataban de hacer lo mismo para decir que España era católica, tradicional, monárquica…

 

 

Los negocios antes de mayo de 1873.

 

El mundo de los negocios había evolucionado de febrero a abril, tomando posiciones frente a las nuevas expectativas políticas, hasta que la gran decepción del 23 de abril de 1873 le hizo reconsiderar sus posiciones:

El 14 de febrero de 1873 el Estado español vendió las minas de Riotinto, a perpetuidad, a “Matheson y Cía”, cuyos socios eran: Banco Nacional Alemán; H.M: Matheson (una empresa comercial); Clack Punchard y Compañía (una empresa de ferrocarriles). Los nuevos socios pretendían utilizar las piritas para un nuevo uso, la fabricación de ácido sulfúrico, además de para la obtención tradicional del cobre, y querían explotaciones a cielo abierto y un ferrocarril hasta Huelva. Las otras compañías fabricantes de sulfúrico eran Tharsis, Mason and Berry, ya existente anteriormente, y, años después, Rio Tinto Company. El sulfúrico se utilizaba para fabricar jabón, cristales, papel y blanqueadores de tejidos, y comenzaba a tener mucha demanda en Europa.

En 1873 llegó a España “Orconera Iron Co. Ltd.”, pionera de un grupo de empresas como la franco belga, “Luchana y Bilbao Iron Ore”, que, para explotar convenientemente el convertidor Bessemer descubierto en 1856 que necesitaba mineral de hierro sin residuos como el del norte de España, y al amparo del Decreto-ley de Bases Generales de Minas de 1868, se decidieron a entrar en España. Orconera era propiedad de Krupp en un 28% (abandonaría en 1919), Dowlais Co. of South Wales 28%, Consett Co. of Durham 28%, y de Juan María Ibarra y Cosme de Zubiría Echadía en un 14%. Ibarra y Cosme ponían un coto minero y se llevaban 8 peniques por cada tonelada de mineral extraída. En 1896, Orconera compró las minas de Cabárceno en Obregón (Cantabria). La clave de las explotaciones en España consistía en vender el producto en bruto lo más barato posible, a fin de obtener las máximas plusvalías en los países de los inversores, economía típica colonial.

Los Ibarra habían empezado su negocio en 1827 en Baracaldo, cuando crearon “Ibarra, Mier y Cía” propiedad de José Antonio de Ibarra de los Santos, José Antonio de la Mier, Nicolás María de Llano, y José Echávarri, para explotar las minas de hierro del lugar. Vendían el material a los Ibarra de Bilbao y los Villalonga de Barcelona (Vilallonga en catalán), propietarios de Forjas La Catalana. Juan María Ibarra y su hermano Gabriel Ibarra, habían heredado de su padre, Juan Antonio de Ibarra, la sociedad “Ibarra, Mier y Cía” para comercializar mineral de hierro, y en 1846 habían adquirido el alto horno de carbón vegetal Nuestra Señora de La Merced, en Guriezo (Cantabria) su primera siderúrgica, asociados al francés Ch. Dupont y al catalán José Villalonga (que estaba casado con Rafaela de Ibarra). Además del alto horno, pasaban a obtener la propiedad de 5 hornos de pudelaje y reberbero y 3 trenes de laminación. Las minas de Guriezo (Cantabria) habían sido creadas por Lorenzo Serrano conde de Miravalle, en 1830, al repatriar su capital mejicano. Fueron ocupadas por los carlistas en 1833 y atacadas por Espartero en la batalla de Ramales, pero los carlistas las incendiaron antes de abandonarlas. En 1846 fueron revitalizadas por los Ibarra. En 1854, murió José Antonio de la Mier y en 1860 se constituyó “Ibarra Hermanos y Cía”. En 1857, los Ibarra habían invertido en ferrocarriles, línea Bilbao-Tudela, y entonces decidieron invertir en la producción de raíles y material móvil, pero Guriezo no les servía y se deshicieron de esa empresa, que vendieron a “Altos Hornos y Fábricas de Hierro y Acero de Bilbao”. El nuevo proyecto tuvo dos partes: primera, construir la “Fábrica Nuestra Señora del Carmen” de Baracaldo, en el lugar denominado “el Desierto”, un alto horno que funcionaba con coque, y era de lo más moderno de España por entonces, y servido en mineral por la empresa Orconera. Segunda parte del proyecto: Ibarra también adquiriría el 10% a “Franco Belga de Somorrostro”, y el 16% de “Altos Hornos y Fábrica de Hierros y Aceros de Bilbao”. Con estos antecedentes, en 1882 instalaron “La Vizcaya” en Sestao, un nuevo alto horno, y en 1885 llevaron los convertidores Bessemer a Baracaldo, convirtiéndose en los grandes productores de hierro y acero de España. Con ello se hundía el negocio siderometalúrgico de Málaga, no competitivo porque funcionaba con madera y ya habían agotado el bosque de la Serranía de Ronda.

El 25 de marzo de 1873 se creó una comisión para hacer un Mapa Geológico y Minero de España, institución que evolucionaría en 1910 para llamarse Instituto Geológico y Minero, y que, además de seguir trabajando el mapa geológico, hizo estudios sismológicos e hidrológicos.

 

 

Crisis económica de mayo de 1873.

 

Entonces estalló la crisis económica y política de 1873: El 1 de mayo de 1873 se inauguraba la Exposición de Viena y se reunían los grandes líderes europeos allí. El 9 de mayo estalló la crisis, con quiebra económica y crac de la bolsa de Viena, seguida de la quiebra del Kreditanstaltbank, lo que acarreó quiebras de otros 200 bancos en días sucesivos. Europa estaba en un apuro económico.

En estas condiciones, un país económicamente quebrado como España tenía mucho que perder, pues desaparecía el crédito. Si los del Partido Radical habían roto con el Gobierno en marzo, y surgía la gran crisis financiera de mayo, el porvenir se volvía muy nuboso.

 

 

1873 en Francia: católicos contra republicanos.

 

En mayo de 1873 triunfaban las derechas en Francia. Eran de derechas casi todos los católicos, y votaban monarquía porque el Papa así lo pedía. El Papa Pío IX, desposeído de sus territorios por los italianos, pedía restablecer las antiguas monarquías y luchar contra el liberalismo que se las había arrebatado. En Francia surgieron dos grupos de católicos:

Los más moderados estaban liderados en lo religioso por monseñor Félix Antoine Philibert Dupanloup, obispo de Orleans, el cual se manifestaba dispuesto a admitir formas políticas republicanas y a negociar los temas políticos, pero era monárquico. Su candidato a Rey era Felipe de Orleans y Mecklemburgo conde de París, 1838-1894.

Los más ultras, ultramontanos, estaban liderados por monseñor Louis Eduard Pie, obispo de Poitiers (cardenal a partir de 1874), y por Louis Vouillot, y contaban con periódicos como L`Univers y la Revue des Deux Mondes. Atacaban sistemáticamente al liberalismo. También aprovecharon la piedad popular para redirigirla hacia posturas políticas conservadoras, y fomentaron las peregrinaciones a Lourdes (centro de supuestas apariciones de la Virgen), al santuario de La Salette (otro centro de supuestas apariciones de la Virgen), al santuario de Paray-le-Monyal (centro del Sagrado Corazón de Jesús), y a la catedral de Chartres (lugar de consagración de los Reyes de Francia). Su candidato a Rey era Enrique de Artois conde de Chambord (Enrique V, 1820-1883), un ultra legitimista.

Bismarck no quería una monarquía católica ultramontana en Francia porque temía la alianza de ésta con Rusia y Austria, y la posible extensión de estas alianzas a España por medio de los carlistas. La república española le venía bien a Bismarck, de momento.

Isabel II se declaró partidaria de la fusión de ambos bandos franceses, el moderado y el ultramontano, lo cual aseguraría el restablecimiento del trono en Francia y, posiblemente, su restauración en España como Reina.

Pero a fines de 1873 se consolidó en Francia la República. No se había logrado el acuerdo entre los candidatos monárquicos franceses. Patrice Mac Mahon era Presidente Provisional desde mayo (sustituía al también Presidente Provisional Adolphe Thiers) y se hizo Presidente definitivo a fines de año. Nadie sabía si Mac Mahon apoyaría a la República Española o a Alfonso de Borbón. Esta nueva opción le había sido sugerida por el Papa Pío IX, partidario de la fusión de las ramas isabelina y carlista en una sola, lo que junto al restablecimiento de las relaciones matrimoniales entre Isabel II y Francisco de Asís, produciría, en palabras de Antonelli, Secretario de Estado de El Vaticano, el apoyo del Papa a la causa isabelina borbónica. El acuerdo era imposible dadas las exigencias carlistas. Isabel decidió viajar a Roma y lo hizo por su cuenta sin pedir audiencia al Papa, y forzó la audiencia. El resultado fue que el Papa aceptó que no hubiera acuerdo con Montpensier, pero no se pronunció a favor de Alfonso, el hijo de Isabel.

 

 

El carlismo en mayo de 1873.

 

El 8 de mayo, el Gobierno envió a Ramón Nouvilas Rafols a Navarra para solucionar el problema carlista y éste suprimió los títulos nobiliarios e inició los cambios sociales que le parecían necesarios para eliminar la trama carlista.

Los carlistas capitaneados por Antonio Dorregaray Dominguera, marqués de Eraul, en mayo de 1873 estaban ganando algunas batallas en el norte, y tenían cada vez más adeptos. Si Thiers había apoyado a Amadeo desde Francia, Macmahon no apoyó a la República española, y, con la permisividad francesa, los carlistas tenían en Francia un buen apoyo, lo que les permitía la comunicación entre Cataluña y Navarra.

 

 

La revolución cantonal española.

 

La revolución cantonal española de 1873 resulta muy compleja, pues no se trataba tan solo de de la ruptura de la unidad territorial de España, sino que se reclamaban las reformas prometidas y nunca cumplidas por el liberalismo a lo largo del siglo XIX, se pedían reformas como las que estaban de moda entre los teóricos de Europa en esos días, y se intentaban revoluciones diversas y no compatibles entre sí:

A veces, se adoptaba un modelo populista en el que las consignas no vinieran dadas desde arriba, sino fueran adoptadas “democráticamente” desde abajo por las asambleas cantonalistas. Es decir, que la iniciativa pasase de los grandes burgueses que dominaban el Gobierno de Madrid a los pequeños burgueses que creían poder dominar las asambleas cantonalistas. Y la realidad es que los pequeño burgueses fueron arrollados por las masas y las revoluciones cayeron en manos de militares populistas, campesinos populistas, y utópicos de diversos tipos. A veces, se intentaba la revolución bakuninista. A veces se buscó la revolución marxista.

Es decir, los protagonistas iniciales de la revolución cantonal eran los pequeños burgueses. Los dirigentes cantonalistas eran burgueses intelectuales, comerciantes, propietarios, casi todos ellos católicos, incluso con muchos hombres del clero entre ellos. Culpaban al Gobierno de Madrid, a los republicanos federales, de hacer política laicista.

Se trataba de intelectuales de poca experiencia política que desconocían lo delicado que es tratar con las masas y lo difícil que es evitar que las masas generen violencia. Eran agitadores de café, muy radicales. Estos hombres habían tenido una amarga experiencia en septiembre de 1868, cuando organizaron sus Juntas para derrocar a Isabel II y, no pudiendo hacer frente al ejército gubernamental, tuvieron que entregar el mando de cada movimiento provincial a los militares rebeldes, sirvientes de Prim, el hombre de la gran burguesía. Ellos habían puesto los muertos de la calle, y los militares se llevaban el Gobierno. En 1873, su acción parecía un desquite, una revancha exigiendo que la revolución fuera exclusivamente suya. Decían que no necesitaban a militares ni a partidos políticos tradicionales. Creían que su apoyo sería el pueblo. Con ello iniciaron una experiencia populista, en la que creían poder manejar al pueblo a su gusto. Pero el populismo manejado desde arriba, en este caso por la pequeña burguesía, puede volverse en contra de sus líderes, y aparecer el populismo desde abajo, con líderes salidos de las propias masas, y que pueden ser cambiantes o permanentes, según los casos.

Estos intelectuales pequeños burgueses, profesionales de la agitación de café, creían en la idea mesiánica de que todo se arreglaría por el simple hecho de que ellos gobernasen. Empezaron a decir que lo esencial para el cambio era el propio hecho revolucionario, una “catástrofe” que purificaría la política, como la “tormenta” purifica el ambiente. Tras ello, tendría lugar “un mundo nuevo”. El orden nuevo no tendría Reyes perversos ni Gobernadores nombrados por el Gobierno de Madrid, ni Alcaldes impuestos desde fuera de cada pueblo y ni un solo funcionario nombrado por una autoridad distinta a los mismos ciudadanos de ese pueblo. A eso lo llamaban libertad. Y no habría ejército sino Milicia Popular, ni sacerdotes que predicaran la resignación, sino que todos disfrutarían de la libertad de conciencia. Era una proclamación plena de romanticismo, pero muy fuera de época, muy tardío respecto a la época típica del romanticismo europeo.

Los agitadores políticos de café, llegados a Madrid desde provincias, identificaban centralización con autoritarismo, y culpaban al autoritarismo de todos los males de España. Como autoritarismo y centralización del poder no son conceptos iguales, ni tienen por qué coincidir, aunque hubieran coincidido en la historia de España, el razonamiento posterior era ya de tipo irracional. Aceptaban el federalismo porque a veces les servía para iniciar movimientos independentistas o regionalistas, a veces les servía para iniciar ensayos socialistas, y a veces creían que podrían cambiar la realidad desde los Gobiernos cantonales.

Los pequeños burgueses no creían en la “democracia federal”, sino en una democracia en la que las decisiones serían tomadas en “asambleas populares” y llevadas hacia arriba, hasta el punto de que los Diputados no serían más que trasmisores de esas consignas, y el Gobierno, llamado por ellos Comité Ejecutivo, no sería sino el encargado de cumplirlas.

Por tanto, existía una contradicción entre los dirigentes cantonalistas y los republicanos federales, incluso con los intransigentes.

La revolución cantonal suponía también una nueva escisión entre los republicanos, entre las muchas tendencias republicanas federales (unitarios y federales, benévolos e intransigentes) que pretendían la revolución desde arriba, y el nuevo grupo salido de los intransigentes que pretendía la revolución desde abajo. La idea común de todos estos cantonalistas era librarse de las imposiciones llegadas desde el Gobierno de Madrid. Pero fuera de eso, no tenían estructurado ningún programa político, lo cual significó que cada cantón fuera por un lado distinto.

Los dirigentes cantonalistas mostraban simpatía por todos los radicalismos existentes en ese momento y hablaban de hacer cambios profundos y de manera inmediata. Se declaraban progresistas, demócratas, republicano federales y cantonales. Hubo un auténtico confusionismo de ideas y actuaciones, y ello dio lugar a una pluralidad de resultados: entre los casos más extravagantes tenemos el de los monárquicos de Iznájar (pequeño pueblo del sur de Córdoba) en 11 de febrero de 1873, en donde los monárquicos del pueblo decidieron aceptar la República y constituir Cantón, a fin poder acabar con los republicanos del pueblo. El experimento acabó, como todos, con la llegada del ejército español al pueblo.

En general, el experimento populista les fue bien a los pequeño-burgueses hasta su llegada al poder, hasta constituir cantón. En el momento de constituir un nuevo Gobierno cantonal, quedaban patentes los distintos intereses, los de la pequeña burguesía que quería que sus negocios funcionaran protegidos por el poder, frente a los de las fuerzas populares que querían acceso a la propiedad, trabajo, mejores salarios…  Y ambos intereses eran contrapuestos.

 

 

Pi ante la revolución cantonal.

 

Pi i Margall, el líder del republicanismo federal, el que había preparado la idea del cantonalismo, se dio cuenta del absurdo cantonalista, y de la falsedad del discurso cantonalista, y razonó que los cantones debían ser dominados desde el poder central para poder realizar un programa político común. Intentó imponer su autoridad desde el Ministerio de Gobernación. Pero a los agitadores de Madrid no les interesaba un nuevo Gobierno central y favorecieron las rebeldías cantonales. Los revolucionarios identificaron revolución con lucha por imponer el cantonalismo. Pi, el líder más popular del republicanismo, no era entendido, o no era seguido, por los republicanos federales, y mucho menos por los republicanos unitarios que no entendían su teoría del “federalismo republicano”.

Pi elaboró un programa de reformas políticas que no gustó a casi nadie y defraudó los ánimos de muchos que pensaban que Pi era un revolucionario a la manera en que entendían la revolución, lucha armada. Pero Pi entendía por revolución progreso en el saber y en las libertades individuales, y en su programa anunció restricciones al trabajo de mujeres y niños, jurados mixtos, venta de bienes estatales para su reparto a manos de las clases trabajadoras. Pi desconcertó a sus seguidores, pues los populistas no entendían nada, los bakuninistas, que le consideraban hasta entonces uno de los suyos, renegaron de este programa, y en cambio, Engels, el teórico de los marxistas, alabó este programa político de Pi.

En estas condiciones, los socialistas, anarquistas y marxistas, vieron una magnífica oportunidad para el triunfo de sus doctrinas políticas en alguno de los Cantones. Para ellos, la República seguía siendo una institución burguesa que había que echar abajo antes de imponer la “democracia real” o gobierno del proletariado. Es decir, ellos sustituían el poder de los pequeño-burgueses por el poder de los comités obreros y campesinos. Pero los socialistas eran minoría y sólo estaban presentes en unos pocos Cantones.

 

 

Enfrentamiento entre Pi y los cantonalistas.

 

Como hemos dicho más arriba, en 12 de febrero de 1873, los republicanos federales, que apoyaban al Gobierno de Madrid, habían iniciado algún movimiento para acabar con los Ayuntamientos monárquicos y poner en su lugar Juntas Revolucionarias. Pi salió al paso para decirles que el Estado debía evolucionar ordenadamente, y no a golpe de improvisación. El movimiento se calmó por el momento.

En febrero de 1873 hubo un movimiento anarquista en Sanlúcar de Barrameda. Los anarquistas eliminaron el Ayuntamiento y pusieron en su lugar un Comité Revolucionario, encarcelaron a los policías municipales y destruyeron los archivos municipales. El 14 de febrero llegaron los carabineros, restablecieron el Ayuntamiento y encarcelaron a los miembros del Comité Revolucionario.

En 27 de abril y en 4 de mayo hubo nuevos intentos de los republicanos federales por proclamar la República Federal en Madrid. La paz o tregua aceptada en febrero, la daban por terminada. Exhortaron al pueblo a organizarse políticamente desde abajo en Juntas, sin esperar a que les llegasen órdenes desde arriba, ni desde el Gobierno ni desde las Cortes, por más que éstas se hubieran declarado republicanas federales. Era la declaración de ruptura, de revolución generalizada, de caos político, unas semanas antes de las elecciones. Pi había fracasado estrepitosamente, y la República también, aunque los Presidentes se negaran a reconocerlo. El resto de la historia de la Primera República es la historia de la gestión de un fracaso, de si lo debía solucionar el ejército, de si lo debía gestionar un Gobierno fuerte, de si debían volver los monárquicos…

 

 

Las elecciones de mayo de 1873.

 

Del 10 al 13 de mayo de 1873 hubo elecciones a Cortes Constituyentes. Se hicieron por sufragio universal para varones mayores de 21 años. Había 4.500.000 electores. Votaron 1.850.000 personas, que eran el 39%. En Madrid votó el 25% del censo. En las ciudades del norte de España votaron menos personas todavía. En Cádiz, donde en 1869 habían votado república 5.039 personas, en mayo de 1873 sólo votaron república 2.917 personas.

Figueras intentó en mayo de 1873 que las elecciones fueran limpias, sin candidatos oficiales, sin recomendaciones gubernamentales en el sentido de que los Alcaldes y Gobernadores presionaran a favor de determinados candidatos, sin amenazas ni coacciones, sin disolución de las corporaciones municipales no afectas al Gobierno, sin pucherazos. Es más, recomendó a los Gobernadores que fueran neutrales en las elecciones. Buscaba conocer la realidad del pueblo español. Ello era imposible desde el momento en que todos los no republicanos se retraían.

Todos los partidos conservadores pidieron retraimiento, y la abstención fue del 60%. Los carlistas, los moderados, los progresistas y los radicales no fueron a votar, con lo que la realidad política de España en las Cortes, resultó deformada. El resto de la historia oficial de la República es cuestionable, pues la oposición era más fuerte que los Gobiernos.

Los cantonalistas dieron orden de votar a los republicanos federales. Los republicanos ganaron por 343 escaños, de 391 posibles, pero el resultado era moralmente cuestionable una vez que las mayorías se habían retraído. También debemos tener en cuenta que los diputados cantonalistas que llegaron a las Cortes llegaron con la consigna de torpedear todas las acciones de Gobierno (ideas anarquistas), recurriendo siempre que pudieran al escándalo público a fin de traer la revolución desde abajo. Pi estaba condenado de antemano por sus propios diputados.

En estas elecciones, la consigna de los internacionalistas fue abstenerse de presentar candidatos, y el resultado fue que los obreros del campo votaron republicano federal, en contradicción con las consignas anarquistas de no participar en política.

Muchos agitadores fueron elegidos diputados. En las Cortes, integraron un “grupo de izquierda republicana intransigente”. Pi dijo de ellos, que habían llegado a las Cortes gentes inexpertas de no muy alto nivel intelectual, con ideas poco meditadas y poco organizadas, a los que parecía gustarles la intranquilidad social como mejor medio en el que ellos actuaban. En ellos, todo era oposición, intransigencia, recursos al escándalo. Pi, el creador de ese movimiento populista, estaba definiendo el populismo y se mostraba contrario a él. Sin embargo, no supo actuar como el momento requería y demostró ser un teórico, un político de salón.

La primera incongruencia política de estos federales cantonalistas de izquierda intransigente fue oponerse a Pi i Margall. Sucedió el 8 de junio de 1873 con motivo del nombramiento de ministros. Protestaban porque se habían nombrado Ministros sin contar con ellos, lo cual les parecía antidemocrático, aunque querían decir antipopulista. En efecto, Pi había buscado deliberadamente no tener a ningún intransigente de la izquierda federalista en su Gobierno.

José María Orense marqués de Albaida, hasta entonces líder intransigente, dimitió como Presidente de las Cortes y se pasó a la izquierda del Partido Radical, un partido republicano conservador.

Poco después, Pi pedía medidas contra los carlistas, y los intransigentes volvieron a atacarle. Los intransigentes se oponían a todo, pues es común a los movimientos populistas creerse muy valientes porque se oponen a todo. Irracionalidad pura.

Y el 30 de junio, los intransigentes presentaron una enmienda para que no se pudieran suspender las garantías individuales del título primero de la Constitución de 1869 entonces vigente. Los intransigentes fueron derrotados. Y entonces, la pequeña burguesía revolucionaria, los republicanos federales más intransigentes, comprendieron que no iban a ganar ninguna batalla en las Cortes. José Navarrete, el líder de este grupo de izquierda republicana inició el “ataque al hombre”, empezando por atacar a Emilio Castelar, del cual dijo que tenía bellas palabras pero no hacía nada práctico. Tampoco obtuvieron de ello resultados positivos. Entonces decidieron que el camino era la revolución cantonal violenta.

Por fin, el 1 de junio de 1873 hubo Cortes, las elegidas el 10 de mayo. Ese día aprobaron la República Federal por aclamación. El 2 de junio se procedió a votación nominal sobre el mismo tema, registrándose los votos en contra de 2 diputados (García Ruiz y Ríos Rosas), partidarios ambos de la república unitaria.

Los federales intransigentes se sublevaron en Madrid el 11 de junio y Figueras huyó a Francia, de donde volvió al final de la República. En la noche de ese mismo día se formó Gobierno nuevo con Pi como presidente.

 

 

Dimisión y huída de Figueras.

 

El 7 de junio, ante la aparición de revueltas cantonalistas, Figueras propuso que el instigador del cantonalismo, Pi y Margall, tomase la Presidencia del Poder Ejecutivo. Pero Pi no quería a ningún republicano intransigente, y cantonalista, en su Gobierno, y fue rechazado para el cargo.

El 7 de junio, siete diputados presentaron una moción en la Asamblea Nacional para que se proclamara la República Democrática Federal. La moción fue votada favorablemente el 8 de junio por 219 votos contra 2.

El 8 de junio se trataba de definir la forma de República y se decidió la República Federal.

Las Cortes, o los federales si se prefiere, pues hemos dicho que eran netamente republicanas, se habían dividido en tres facciones republicanas:

los conservadores dirigidos por Castelar,

los centristas dirigidos por Pi,

y los intransigentes dirigidos por José María Orense.

Hubo una gran discusión entre benévolos que querían regular el funcionamiento de la República, e intransigentes que querían dejar que la revolución se produjera desde abajo.

El 9 de junio Figueras dimitió. Figueras propuso a Pi que formara Gobierno, pues él era quien había organizado el lío político de los republicanos.

Pi propuso el 9 de junio un gobierno con Pedregal, Cervera, Palanca y otros, y los intransigentes protestaron diciendo que quién era Pi para designar ministros al margen de la voluntad del pueblo, y que los ministros debían ser elegidos democráticamente por los cantones. Pi renunció a ese Gobierno, y José María Orense, Presidente de las Cortes, dimitió y abandonó a los intransigentes. Figueras continuaba.

El 10 de junio, una multitud de republicanos intransigentes cercó el Congreso de Diputados, e incluso uno de sus líderes, el general Juan Contreras San Román, ocupó el Ministerio de Guerra, y los Voluntarios de la República tomaron las calles de Madrid y expulsaron de ellas a la Guardia Civil, la cual quería imponer orden.

El 10 de junio de 1873 por la noche, Figueras huyó a París y no regresó hasta 1874 para intentar salvar la república, que ya no tenía salvación. Figueras salió del Ministerio diciendo que iba a dar un paseo por El Retiro, y se dirigió a Atocha a coger el primer tren que saliera para Francia.

Nicolás Salmerón y Emilio Castelar, sus socios en la Asamblea Nacional, conocieron la noticia al poco, y decidieron que en esa situación, en pleno golpe de Estado republicano intransigente, el hombre más adecuado para gobernar sería Pi y Margall, una persona muy popular entre algunos de los intransigentes, entre los que creían que Pi era un federalista puro. Pero no entendían que Pi creía en la unidad de España, con diversidad municipal y regional, y no creía en un cantonalismo donde cada ciudad actuara por su cuenta en desorden absoluto y con plena soberanía de cada uno de ellos.

 

 

 

[1] Estanislao Figueras Moragas nació en Barcelona en 1819. Ejerció como abogado en Tarragona y en Madrid. En 1840 ingresó en el Partido Progresista y en 1848 participó en la creación del Partido Demócrata que apareció en Madrid. Fue diputado por Tarragona en 1854, por Barcelona en 1862 y por Mataró en 1865, distinguiéndose por sus críticas a Narváez, que le encarceló y confinó en Pamplona en 1867, por lo que huyó a Portugal. Regresó a España en 1868. Su oratoria convenció a los monárquicos para que admitiesen en 1868 si convenía declarar la República, aunque su propuesta fracasara. Fue diputado en 1869, 1870 y 1873, momento en que accedió a la Presidencia del Gobierno de la República. Tras los razonamientos de 1868, de optar entre monarquía y república, en 1873 tuvo muy fácil proponer la república y que los monárquicos reconociesen la república, como alternativa al fracaso de la monarquía. En 1880 fundó el Partido Republicano Federal Orgánico, que no tiene importancia alguna en la historia. Murió en Madrid en 1882.

[2] Jacobo Oreyro Villavicencio 1822-1881, fue ministro de Marina en febrero de 1873, en julio de 1883 y en septiembre de 1873.

[3] Antonio María Fabié Escudero, 1832-1899, era sevillano. Fue diputado por Aspe en 1863. Había sido redactor jefe en el periódico El Contemporáneo de Jose Salamanca. En 1871 fue diputado por Jerez de los Caballeros y se sumó al grupo monárquico alfonsino de Cánovas del Castillo.

[4] Seguimos en varias ocasiones los escritos de Vilches García, Jorge, Castelar y la República posible. El republicanismo del Sexenio Revolucionario, 1868-1874.

[5] Cristino Martos Balbi, 1830-1893, fue un abogado de Granada que había participado en el golpe de 1866 contra Isabel II y se había exiliado tras ese fracaso, hasta su regreo en 1868. Fue diputado en 1869 y 1872. Fue Ministro de Estado en noviembre de 1869 para Prim, en enero de 1871 para Serrano, en junio de 1872 para Manuel Ruiz Zorrilla. Más tarde, sería Ministro de Gracia y Justicia en enero de 1874 tras el golpe de Estado de Francisco Serrano.

[6] Blas Diego de Villate y de las Heras, 1824-1882, II conde de Valmaseda era un general muy prestigiado en aquel momento: había iniciado su carrera militar en el Colegio General Militar como Alférez de Caballería en 1838. Se había trasladado a Cuba en 1839 como Teniente. Ascendió en 1851 a Teniente Coronel y en 1854 a Coronel. Participó en la sublevación de Vicálvaro de 1854 a las órdenes de O`Donnell, lo cual dio paso al Gobierno de Espartero hasta 1856. En 1856 ascendió a Brigadier. En 1859 estuvo en la Guerra de África como Mariscal de Campo. En 1863-1865 estuvo en Santo Domingo, que quería reintegrarse en el Estado español. En 1865 obtuvo el mando de uan División en Castilla la Nueva. En 1866 fue Gobernador y Capitán General de Cuba y fue testigo del Grito de Yara de 1868. En Cuba se formó un grupo de militares, especialmente escogidos por él para luchar contra los independentistas, que fue conocido como “el grupo de Valmaseda”, y que era temido por los independentistas por su eficacia y crueldad, similar a la de ellos mismos. Valmaseda logró involucrar a los hacendados cubanos en la lucha, haciendo que aportaran sus guardias personales, y se comportaran como coroneles al servicio del ejército peninsular en los que se llamo el Cuerpo de Voluntarios. Con esta maniobra, apartaba a los empresarios de los independentistas y sumaba miles de soldados al ejército español. Ésta era la clave de su popularidad en España. En 1870 se le reconocieron sus méritos y fue ascendido a Teniente General y nombrado Gobernador de Cuba, puesto que desempeñó hasta 1872. De regreso a España, apoyaba a los monárquicos, y al golpe de Martínez Campos. Fue uno de los hombres que estuvo en la comitiva que fua a buscar a Alfonso XII a París. En 1875 repitió como Capitán General de Cuba, En 1879 fue Director General de Caballería, un cargo más bien honorífico que reconocía sus méritos. Todavía en 1880 fue Capitán General de Castilla la Nueva, el cargo tenido por más importante en el ejército español, pues mandaba sobre Madrid.

[7] Nicolás Estébanez Murphy, 1838-1914, era un militar canario formado en el Colegio Militar de Toledo. Había estado en América en 1863-1865 y había apoyado a los sudistas norteamericanos. Estuvo en la revolución de 1868 pero quedó defraudado cuando España fusiló a ocho jóvenes cubanos. En 1869 estuvo en una rebelión republicana y fue encarcelado en Salamanca y Ciudad Rodrigo. Se acogió a la amnistía de 1870. Abandonó el ejército en 1871. Era republicano intransigente. En 1872 fue Diputado por Canarias.  En 1872, se sublevó en Andalucía (Linares, Almuradiel y La Carolina) sin éxito. La República le hizo Gobernador de Madrid, pero tampoco estaba de acuerdo con el desorden republicano cantonalista, ni aceptó el ofrecimiento de ser dictador republicano. En 1873 toleró la rebelión conservadora. En 1875, fracasada la República, huyó a Portugal, Cuba, Estados Unidos, Méjico y París.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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