FRANCESC PI I MARGALL, Y VALENTÍ ALMIRALL.

 

 

FRANCÉSC PI I MARGALL[1].

 

Francisco Pi y Margall, 1824-1901, nació en Barcelona. Era hijo de obrero textil. En 1831, con siete años, ingresó en un seminario diocesano y aprendió latín, griego y retórica, los estudios típicos religiosos, pero abandonó en 1837, con trece años. En 1837 estudió Derecho en Barcelona. En 1847 fue a Madrid, se doctoró, trabajó en una sucursal de la catalana Banca Martí, hizo de periodista y era aficionado a la historia, la filosofía y el arte, y llegó a escribir Historia de la Pintura en 1851. Esta obra fue rechazada por las autoridades eclesiásticas por sus ideas sobre el cristianismo en la Edad Media. En 1849 se afilió al Partido Demócrata y se integró en el sector de izquierdas, el más republicano. En 21 de junio de 1854 escribió El Eco de la Revolución, una hoja volante que pedía sufragio universal, milicia nacional, reforma fiscal, elecciones constituyentes, abolición de quintas, supresión de impuestos de usos y consumos, garantías de derechos, libertades políticas de pensamiento, conciencia, enseñanza, reunión y asociación. Y se presentó a la elección para ser Diputado por Barcelona.

Se interesó por entonces por Herder, Hegel y Proudhon, y también en 1854, escribió La Reacción y la Revolución, libro en el que criticaba al catolicismo y a la monarquía, y proponía la revolución política y social mediante una República Federal: La revolución debía ser, al mismo tiempo, política y social. Los políticos todos, demócratas y republicanos, debían aliarse con las clases trabajadoras para poder hacer frente a los partidos burgueses, identificables con los moderados y progresistas tradicionales. Los obreros no estaban emancipados, no disfrutaban de sus derechos políticos, pero cuando salieran de su retraimiento respecto a la política, pedirían modelos de Gobierno nuevos. Los republicanos debían estar preparados para ello, y redactar un programa social que atrajera a los que iban a ser protagonistas de la política del futuro, un programa de defensa de los derechos sociales, una teoría político económica que se opusiera al liberalismo burgués. Pero los republicanos debían estar atentos a no caer en la acracia anarquista, y deberían estatuir un Estado que tuviera capacidad de intervención, que fuera capaz de regular la economía y de corregir los errores del mercado. El Estado es una gran fuerza que no va a desaparecer nunca, aunque lo pretendan algunos. Pero no debe ser todopoderoso, ni centralista, sino dar cada vez más autonomía al individuo.

Hasta este momento, Pi no era más que un exaltado de las ideas progresistas más de izquierdas. Tenía 30 años. Acusaba por entonces Pi a los partidos gobernantes de inflexibilidad, purismo y doctrinarismo, y fue el momento en que se hizo popular. Pero se limitaba a criticar al poder, nada importante.

A partir de estas posturas, entró en el socialismo:

En 1857 escribió Las Clases Jornaleras, en el periódico La Discusión.

En 1858 escribió El Socialismo, y La Democracia y el Trabajo. Pi era partidario del cooperativismo agrario, como la mayoría de los utópicos de su tiempo, y de la igualdad en el reparto de bienes, pero a diferencia de los anarquistas, creía que un justo reparto de bienes debía ser regulado por el Estado. Esa no era una idea popular en una España anarquista, donde la inmensa mayoría de los llamados socialistas eran bakuninistas. Compartía con los socialistas las ideas de un máximo de ocho horas de trabajo, la protección a la infancia y a los inválidos de trabajo, la necesidad de escuelas elementales y escuelas de artes y oficios, y la necesidad de que las fábricas y viviendas tuvieran condiciones mínimas de salubridad. Igualmente, el Estado debería ocuparse de regular el crédito, imponer un salario mínimo, dar incentivos a los obreros en forma de participación en los beneficios empresariales, que se exigieran indemnizaciones por accidentes laborales y que hubiera jurados mixtos, de patronos y obreros para las causas laborales. Tenían muchos puntos en común los socialistas y Pi, pero su programa social gustaba más a los marxistas, mientras que su sistema federativo gustaba a los anarquistas y era rechazado por los marxistas. Pi se quedaba entre dos aguas, y no era ni anarquista ni marxista.

En 1859, Pi se estableció como abogado en Madrid. En 1864 dirigía periódicos como “La Razón” y “La Discusión”, en los que defendía una especie de socialismo utópico con campesinos independientes y cooperativas obreras de artesanos unidas en federaciones libres que funcionarían gracias a los créditos de un Estado protector de todos. Polemizaba desde el periódico con Emilio Castelar, el cual escribía en La Democracia. En estas lecturas se constata cómo Pi evolucionaba hacia el socialismo, un socialismo moderado que defendía que el Estado debía intervenir para resolver la llamada “cuestión social”.

Pi participó en la revuelta del Cuartel de San Gil de 1866 y fue miembro de la Junta Revolucionaria, por lo que hubo de exiliarse pues había condena de muerte para todos los participantes, así que vivió en París. Allí conoció las ideas de Comte y tradujo algunas obras de Proudhon al español.

Pi i Margall, en 1867, había estado trabajando en la traducción del libro de Proudon “Du principe federatif, lo que nos indicaría sus preferencias políticas y la fuente de sus ideas. Esta filosofía utópica sabemos que contentaba a los intelectuales de las clases medias y clases bajas de provincias, pero no era compartida por las clases trabajadoras, la gran masa del pueblo español. La idea de las “federaciones” podía ser popular entre estos intelectuales porque éstos pretendían hacer su propia administración provincial y quizás llevar a cabo su propia y personal concepción del gobierno, pero no era popular entre la mayoría de las clases bajas, que ni entendían de política ni sabían de otro sistema que el de poseer la tierra y trabajar. Pi podía creerse intérprete de la voluntad popular, pero la realidad le desmentiría esta fantasía y de forma muy dura para Pi, de modo que, en su momento, cuando fue Presidente del Gobierno, no encontró más salida que dimitir.

En 1868 regresó a España y fue uno de los dirigentes del “Partido Republicano Democrático Federal” junto a Orense, Figueras, Salmerón y Castelar. Era el miembro más popular del nuevo partido. Pero también resultaba ser minoritario, pues todos sus compañeros de dirección eran republicanos unitarios, centralistas, o benévolos, es decir, dispuestos a pactar con otros sectores políticos. Pero Pi no era tampoco de los republicanos intransigentes cantonalistas violentos, que querían traer la República mediante la fuerza de los hechos.

Aprovechó esta popularidad para hablar de “la república federativa”, o más bien del “federalismo republicano” donde el federalismo era lo importante y la república lo accesorio, y de los derechos de las clases jornaleras. Hablaba de un federalismo republicano que garantizase las libertades individuales y condujese a una sociedad igualitaria.

Pi hablaba de federalismo dentro de una teoría personal, no entendida por casi nadie, y que explicó una década después de ser Presidente del Poder Ejecutivo. Hablaba de instauración de la República Federal, de un amplio programa de reformas sociales que debían ser gestionadas dentro del socialismo obrero democrático, defendía una evolución política por la vía legal, no violenta y no militarista, y hablaba de la necesidad de reformar el Partido Republicano Democrático Federal para constituir un partido de programa único, dirección unificada, y con disciplina de partido. Esto no podían entenderlo los anarquistas, ni los republicanos de 1868, ni los cantonalistas que querían la República ya, aunque fuera mediante la violencia, ni los regionalistas barceloneses o sevillanos que querían reproducir un Estado donde ellos fueran la cabeza. Y no podían entenderle los republicanos unitarios, porque hablaba de ideas complicadas de federalismo. Hablaba de una autonomía de las regiones, de las provincias, de los municipios, cada uno con Constitución propia, Leyes particulares, Poder Ejecutivo autónomo e instituciones culturales peculiares de cada lugar, al tiempo que defendía que se mantendría la unidad del Estado. Tardaría mucho en explicarlo, unos diez años más tarde. Y nunca fue comprendido, ni es fácil comprenderlo hoy.

Fue diputado por Barcelona en 1869. En 1870 aceptó la monarquía de Amadeo de Saboya y lanzó, entre los republicanos, la consigna de “paz y orden” frente a los que querían la insurrección. Los partidarios de una comuna como la de París de 1871, no le perdonaron su política conciliadora, por lo que en noviembre de 1872, fue expulsado de la jefatura del partido.

Fue Ministro de Gobernación del Gabinete Figueras en febrero de 1873 y organizó las elecciones a Asamblea Constituyente al tiempo que redactaba un Proyecto de Constitución. Disolvió las Cámaras porque era chirriante que la mayoría de diputados de unas Cortes republicanas fueran monárquicos. Intentó elecciones limpias, pero los republicanos no las toleraban. Eso redundó en que los republicanos entraran en discusiones internas irreconciliables.

Fue elegido Presidente de la República en 11 de junio de 1873 y lo fue porque había estallado la revolución cantonal de los republicanos violentos, y él era el hombre popular y antiviolento que había sugerido la revolución cantonal y que podía calmarlos. El 13 de junio, propuso unas reformas sociales de tipo socialista, como restricciones al trabajo de las mujeres y los niños, jurados laborales mixtos de obreros y empresarios, y venta de bienes nacionales para poder ayudar a las familias obreras en necesidad. Y resultó que estas medidas gustaron a la minoría marxista de Engels, pero disgustaron a la mayoría anarquista de Bakunin. Y no fueron entendidas por la mayoría cantonalista populista, porque eran de tipo socialista y no avanzaba en el modelo cantonal.

En cuanto a los catalanistas, las reformas sociales de Pi no les gustaron nada, pues ellos querían una alianza interclasista, dominada por los burgueses, e integrada fundamentalmente por clases medias. A la burguesía catalana le resultaban extrañas las peticiones obreras de libertades y derechos.

Los republicanos violentos nunca entendieron que primero hubiera que hacer una Constitución Federal en las Cortes, y que luego vendrían las autonomías y Cantones, como les anunciaba Pi. Ellos querían un orden inverso, primero los Cantones, y después, entre ellos negociar la Constitución Federal. Los conservadores acusaron a Pi de estar alimentando al cantonalismo y toda la violencia a que estaba dando lugar. Los republicanos unitarios le acusaron de tibieza, pues no actuaba contra las rebeliones cantonales, algunas de tipo socialista, que ya estaban expropiando y repartiendo de nuevo la propiedad. Los republicanos intransigentes le acusaron de ser un legalista, moralista pacato, escrupuloso, y leguleyo estrecho. Su Gobierno cayó a los 37 días, y le reemplazaron los republicanos moderados.

En 3 de enero de 1874 tuvo lugar el golpe de Estado de Pavía que acabó con la República. Pi fue confinado en Andalucía y tuvo tiempo suficiente para empezar a desarrollar sus ideas federalistas tan peculiares, pero no  terminaría su esquema de pensamiento hasta muchos años más tarde:

La realidad esencial es el individuo. El individuo no puede de ninguna manera ser sacrificado en aras del Estado. Puede hacer algún sacrificio en bien del interés general, pero no puede sacrificársele por principio. La libertad individual siempre debe prevalecer frente a las leyes. El individuo no puede ser sacrificado por la religión, no puede ser anulado por dogmas religiosos. El individuo no puede ser sacrificado en bien del Volkgeist o nación, porque su razón individual es siempre más importante que las tradiciones como pueblo.

El racionalismo es un valor fundamental. La ciencia es la base del progreso y no se puede abandonar por presiones del conservadurismo religioso. La razón se debe poner al servicio de los derechos individuales y políticos de los ciudadanos y de la lucha por la igualdad económica de todos.

Creía en una especie de panteísmo en el que Dios se identificaba con la naturaleza en su totalidad, y el estudio de la naturaleza era el estudio sobre Dios.

La sociedad debía basarse en el libre contrato, y no en la autoridad de un Rey. El Estado debía ser republicano, nacido de la voluntad de los individuos que lo componen. La autoridad del Estado debía disponer de poco poder para que no pudiera perjudicar a los ciudadanos, y para ello, debían crearse los Estados Federales en las regiones, provincias y municipios, de modo que pudiera mantenerse la autonomía de pensamiento del individuo en todo momento. La autonomía de las regiones, provincias y municipios, brotan de la misma sociedad y de la historia, y están por encima de toda racionalidad y lógica. Las agrupaciones sociales no son fortuitas, sino han surgido por necesidades históricas y tienen realidad por sí mismas. Por eso, despreciaba la división provincial de Javier de Burgos, hecha en 1832, que le parecía artificial, y consideraba importantes las antiguas provincias surgidas en el medievo. Aquí introduce un elemento irracional de que lo surgido hace tiempo tiene más valor que lo aparecido recientemente, lo cual lo convertía en dogma de fe. Y en esta tesitura se lanzó a considerar la autonomía de la especie, los pueblos y las provincias medievales, como realidades a respetar, pero teniendo en cuenta que el individuo era el valor fundamental de todo ello.

El individuo es soberano cuando tiene capacidad para ejercer su inteligencia libremente y para actuar según lo que le dicta la razón. El individuo necesita sin embargo, en su faceta social, vivir en sociedad, y para ello necesita “el pacto sinalagmático” (pacto entre iguales) que había teorizado Proudhon. Según ese pacto, el individuo no tiene por qué aceptar más obligaciones que las que resultan del pacto, y no todas las que quiera imponerle una autoridad que se constituya en Estado, u otra entidad cualquiera de poder. La autoridad no debe ser más que la expresión de la libre voluntad de los ciudadanos asociados. Hay que abandonar la idea de la “voluntad general” de Rousseau (unas leyes naturales por encima de la voluntad de los individuos), para pasar a “la voluntad de todos” que había formulado Proudhón.

Pi pensaba que el hombre era soberano de sí mismo y esa soberanía era intransferible, indelegable, nadie podía asumirla por él. No admitía la democracia representativa. Eso significaba que los derechos del hombre no eran legislables, sino naturales. En este sentido era anarquista. Decía Pi que, para la convivencia, el hombre pactaba con los demás espontánea y libremente, en pactos bilaterales y plenamente voluntarios para las dos partes. La primera unidad de convivencia era el Cantón, o elemento básico de producción e intercambio que permitía la supervivencia de una sociedad, y, a partir de esa célula inicial, habría asociaciones más complejas en forma de federaciones, hasta donde fuera posible y quisieran los integrantes de los organismos asociados.

La monarquía no cabe en un sistema social justo. La autoridad de la República es posible porque deriva de la voluntad de todos. Pero la monarquía es incompatible con la razón, con el sentimiento de dignidad del individuo y con la igualdad en dignidad de todos los seres humanos. La monarquía es una institución que proviene de la Edad Media, del feudalismo, de una época en que predominaba el uso de la fuerza sobre la razón, en una época de ignorancia generalizada, de una sociedad acientífica y violenta, y tenía sentido en su tiempo. Pero carecía de sentido en la época contemporánea de Pi, porque sólo garantizaba la persistencia de las castas y el ataque continuo a la soberanía del pueblo. La monarquía era un anacronismo en el siglo XIX. Los monárquicos negaban derechos fundamentales del individuo cuando hablaban del “principio de reunión” donde deberían decir “derecho de reunión” y así con otros derechos del individuo. No eran principios, sino derechos.

La República es un sistema político justo en el que no hay personas sagradas e inviolables, todos responden de sus actos ante la justicia, y se elige a los mejores para ejercer los cargos del Estado. Evidentemente, Pi estaba idealizando la República y cayendo en la utopía. Este conjunto de afirmaciones sobre la República es de lo más irracional e irreal. Pi había dado un salto ideológico desde la afirmación de que la inteligencia del individuo debe ser la que prevalezca, a la afirmación de que la República se adapta a la racionalidad por el mismo hecho de ser República.

Pi era consciente del salto en el vacío que estaba dando su pensamiento político en este tema, y se preguntó por qué había habido tantos excesos en la República Francesa de 1791. Pi contestó que esta República se había equivocado en no dar autonomía a las regiones y a los municipios, y en cortar la autonomía individual, que son principios republicanos básicos. La República de 1792 había atacado los principios de derechos naturales del individuo y había preferido imponerse mediante el “terror”. Pi se había metido en un charco del que era difícil salir seco.

La revolución debe salvar en todo caso los valores constitucionales, las libertades, el libre sufragio, y debe renunciar a la violencia. Incluso debe tender a la supresión del ejército, que es una institución de violencia.

En cuanto a táctica, Pi creía que la monarquía debía ser abolida por medios políticos pacíficos y no por la fuerza ni por la revuelta en la calle.

Pi era partidario del federalismo republicano y no de la república federal. Para Pi, el federalismo era la parte substancial, y la república el adjetivo, lo cual le diferenciaba de la mayoría de los republicanos de su época, aunque muchos no le comprendían. Con ello, Pi quería decir que no creía en la república unitaria, pero tampoco en multitud de repúblicas unitarias nacidas de la desmembración de España, pues sería sustituir la monarquía por otros modelos de Estado similar, o en sus propias palabras, sería “vestir la monarquía con una gorra frigia”. Porque lo esencial del nuevo Estado debería ser la descentralización política. Decía que una república unitaria lleva a menudo a la dictadura, una forma de Estado más detestable que las formas monárquicas, aunque se suela encubrir con la bandera republicana y hacer proclamaciones de libertad, que son sólo letra muerta. Decía que una República sin libertades es peor que una monarquía. La República sólo se justifica cuando descentraliza el poder a fin de que sea posible la libertad individual, y también cuando sea posible la autonomía de todos los entes sociales que conforman esa República, es decir, de los municipios, provincias, regiones y nacionalidades. En España, cada región ha tenido históricamente sus leyes y tiene sus costumbres, lengua, intereses y afectos, y también es un hecho que esas regiones han querido vivir juntas durante cientos de años y han convivido realmente. Se debe construir un federalismo pluralista, admitiendo la existencia de regiones históricas, y da lo mismo república federal que república confederal, que Pi decía que eran lo mismo. Y se debe respetar la unidad del Estado, España, puesto que es una realidad histórica que los pueblos españoles han convivido juntos. Se debe buscar “la unidad en la variedad”.

Pi no entendía los nacionalismos independentistas. Destruir un Estado centralista, para construir pequeños Estados centralizados, es conservar el modelo de injusticia que somete al individuo y le priva de su libertad. La colectividad no se puede fundamentar nunca en principios biológicos, sino en la voluntad de convivencia libremente expresada. Las naciones son procesos políticos en movimiento y no entes centralizadores cristalizados. Se puede criticar a la monarquía y a la religión, pero también se puede discutir y criticar al Estado, y si un nacionalismo es una imposición de ideas incriticables es un retroceso en el proceso de libertad del individuo. España es una diversidad de lenguas, culturas, religiones, sistemas de Derecho, costumbres, pero se ha mantenido al menos 500 años como Estado, y se debe seguir manteniendo. Lo importante es que España entienda que puede haber Estado en la heterogeneidad, y no que España sea dividida en cachitos. Las nacionalidades son posibles dentro de España. y la autonomía del individuo, el valor supremo a salvaguardar, se puede ver quizás mejor complementado en la síntesis y la convivencia de los pueblos de España, que en el nacionalismo que somete al individuo a modos de pensar obligatorios.

En el caso de Cataluña, pues debemos recordar que Pi era catalán, Pi distinguía dos partidos: el federal y el catalanista-regionalista. Los dos partidos perseguían lo mismo, destruir el Estado centralista español, y los dos se decían federalistas. Pero Pi entendía que el catalanismo no servía a la libertad del individuo, y por ello rompió con el nacionalista Valentí Almirall en 1881 y con Vallés i Ribot en 1885. Las razones eran: Que los nacionalistas catalanes eran confederalistas, es decir, creían en la posibilidad de que Cataluña entrase y saliese de España cada vez que quisiera y siguiendo siempre sus intereses particulares; porque Almirall creía que la nación obligaba al individuo a someterse a sus aspiraciones, lo cual era contrario a la libertad entendida por Pi y Margall; porque Pi pedía programa único para todo el Partido Federal español, y no un programa para cada región o ente que pretendiera ser autónomo; porque Pi creía que la patria del hombre era la tierra, y sólo la convivencia histórica había creado costumbres, leyes, usos y tradiciones, los cuales habían dado lugar a regiones como Cataluña; porque no creía en una Cataluña neo-centralista en la que se impusiese un Gobierno de Barcelona que anulara al resto de las provincias catalanas, comarcas y municipios so escusa de luchar contra el centralismo español.

España se debía mantener como unidad. El individuo es soberano. Los entes políticos generados en la historia, municipios, provincias, regiones, son también soberanos. Y entre los soberanos no caben sino pactos. La federación implica la entrega de la libertad y renuncia voluntaria a la autodeterminación. Las confederaciones se reservan el derecho a rehacer o eliminar el pacto suscrito. En todo caso, los asuntos que competen exclusivamente a un ente político inferior, deben ser resueltos en el ámbito de ese mismo ente político. Y las cuestiones que atañen al conjunto, tales como las fuerzas armadas, declaraciones de paz y de guerra, enseñanza, caminos, correos, carrera administrativa, aranceles, presupuestos generales del Estado, pueden seguir estando centralizados en el Gobierno de España. En cuanto al sufragio universal, libertad de pensamiento, soberanía del individuo, y otros derechos fundamentales del individuo, nunca deben ser limitados por el Estado central, pero tampoco por los entes políticos internos de ese Estado central.

La autoridad debe residir en la razón. El sentimiento es irracionalidad y debe ser tenido en cuenta en tanto que ha creado afectos de los que quieren vivir juntos. Pero la sociedad debe ser regida racionalmente, por personas preparadas para ese fin.

¿Cuáles son, según Pi, los entes políticos internos españoles?: El pueblo-municipio, la provincia, la región, la nación. Y deben tener personalidad jurídica para poder defender sus intereses propios frente a los demás. Pero esos entes políticos se deben unir por un pacto, que será la Constitución. Es indudable que España tiene territorios heterogéneos: los antiguos reinos (se refiere a los reinos medievales) han perdido sus instituciones y su autonomía, pero no su espíritu de independencia, lo cual es compatible con la unidad de una patria común, siempre que ésta respete la diversidad.

En este último capítulo, Pi de dejaba llevar por el romanticismo y decía que las provincias medievales, las de los cristianos y las de los árabes, las “antiguas provincias”, sí que tenían entidad propia reconocible, pero las provincias creadas recientemente, en 1832, por Javier de Burgos, eran una creación arbitraria para las conveniencias administrativas. Admiraba sobre todo a las antiguas provincias que alguna vez fueron naciones.

En 1883, Pi expuso sus teorías sobre la Constitución Federal, el programa común de Estado republicano federal y la necesidad de un partido republicano unitario. En ese año, tuvo un triunfo pírrico cuando el Congreso de Zaragoza aprobó su Constitución Federal, lo cual no era más que un gesto simbólico.

Tras la Restauración, fue diputado en 1886, 1891, 1893, siguió siendo periodista.

En 1886 fue concejal en Madrid.

En 1886 explicó sus ideas republicanas en Las Nacionalidades. El republicanismo era la idea de defensa de las libertades individuales y colectivas, y del sufragio universal, pero siempre reconociendo la supremacía del Parlamento sobre el Gobierno. Cuando se eligiesen Cortes Constituyentes, estaba dispuesto a aceptar lo que saliera de ellas, siempre que fuera una República, es decir, aceptaría república unitaria o república federal. Mientras tanto, los republicanos debían participar limpia y activamente en la política, renunciando al retraimiento, a las acciones violentas, e incluso a acciones extraparlamentarias no violentas. El Partido Republicano debía ser ámbito español, de la totalidad del territorio español, porque las ideas políticas debían ser comunes a todos los españoles. Por ello, viajó a Cataluña en 1888 y a Galicia en 1892, a fin de explicar el sentido de su república.

En 1890, escribió Las Luchas Políticas de Nuestros Días.

En 1894 publicó un programa del Partido Federal. Por fin, y bastante tarde, explicaba su idea sobre el Partido Republicano. Los ideales a perseguir por un Partido Republicano serían: que la propiedad quedara subordinada a los intereses generales; que el Estado estableciera un crédito agrícola a favor de los agricultores; que hubiera redención foral; que se extendiera el dominio público; que se impusiera la jornada laboral de ocho horas; que se limitara la jornada de trabajo de las mujeres y los niños; que se estableciera un salario mínimo; que se concedieran indemnizaciones a los inválidos laborales; que se aboliera la pena de muerte; que se separara la Iglesia del Estado; que se evitara toda violencia e insurrección.

Pi y Margall murió en Madrid en 29 de noviembre de 1901.

 

 

 

VALENTÍ ALMIRALL

 

Valentí Almirall Llozer[2], 1841-1904, barón de Papiol, era hijo de un acaudalado burgués, un “niño bien” un tanto estrafalario y descuidado en el vestir, al que le gustaba llamar la atención y que le escuchasen. Estudió en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona, pero abandonó tras discutir con un profesor. En 1854-1857 se pasó a estudiar Filosofía, y en 1857-1863 estudió Derecho. Hablaba latín y griego clásicos, como era preceptivo en los buenos colegios, y además, francés, inglés, italiano y alemán, lo cual demuestra facilidad para los idiomas.

A sus 22 años, era abogado, cosa que no le sirvió para trabajar, porque le gustó más la política, precisamente la política de protestas y manifestaciones en la calle, y los artículos de periódico, cáusticos y sarcásticos, siempre que la víctima fuera otro. La personalidad de este personaje está bien reflejada por la parodia que representó una Semana Santa, en la que en España se visitaban los templos y se ponían mesas petitorias para diversas causas religiosas: Almirall se vistió con el kilt escocés y pintó a un amigo de negro, se acercaba a las mesas y ordenaba, “Tom”, y Tom echaba unas monedas. Luego al retirarse, se levantaba el kilt y mostraba su culo desnudo.

Al terminar sus estudios, asistía a una tertulia en casa de Frederic Soler Hubert (alias Serafi Pitarra, alias Jaume Giralt, alias Simón Oller, alias Miguel Fernández de Soto, alias Enrique Carreras, pues todos estos pseudónumos utilizaba en sus artículos de prensa). Frederic Soler era dramaturgo y poeta, pero lo que le gustaba era satirizar la actualidad de su sociedad. Era un progresista, mucho más moderado que Almirall y también catalanista, pero mucho más moderado. En la tertulia, conoció a Gonzalo Serraclara, Conrad Roure, Anselm Clavé, Josep Lluis Pellicer, Inocencio López, José Feliú Codina, y otros, todos ellos entusiasmados por el tema catalanista.

En 1868, Almirall se permitió abrir un periódico, El Federalista, porque se lo podía pagar. Además, colaboraba en la Revista Republicano Federal. Se mostraba de opiniones muy radicales, y hostil a los monárquicos. Se sentía un federalista activo, un hombre de izquierdas, aunque “gauche divine”. Propugnaba un Estado populista en el que las decisiones las tomaran las masas.

Naturalmente constituyó un grupo radical e intransigente denominado “Club de los Federalistas”, que estuvo activo en 1868 y 1869. Los miembros de este grupo escribían en el periódico El Estado Catalán fundado en 1868 precisamente a ese fin. Mientras tanto, El Federalista, era cada vez más dogmático, intransigente, maximalista, y repetía sin cesar las mismas ideas: que la revolución debía provenir desde abajo, que era preciso imponer el Estado Federal con soberanía en cada uno de los Estados que lo conformaran.

En 1868, Almirall escribió “Bases para la constitución federal de la nación española y para el Estado de Cataluña”, donde hablaba de la constitución de Estados españoles en plano de igualdad, uno de los cuales sería Cataluña. Se callaba que, en ese pretendido “plano de igualdad” una Cataluña industrializada tendría muchas ventajas sobre el resto de España atrasada y agrícola. También hacía, de inicio y en el título, un cambio de la realidad denominando a España nación, y a Cataluña Estado.

En 18 de mayo de 1869 estuvo en el Pacto de Tortosa, reunión en la que los republicanos catalanes, valencianos, baleáricos y aragoneses. Se confabularon para crear la República Española y crearon el Partido Republicano Democrático y Federal.

El grupo del Club de los Federalistas de Barcelona apareció como el más intransigente. Se les denominaba intransigentes por su lema “tot o res” (todo o nada), es decir que no aceptaban pactos o negociaciaciones en las que ellos tuvieran que ceder en algo respecto a la creación del Estado Federal como ellos lo entendían.

En septiembre de 1869, Almirall estuvo en las revueltas de Barcelona, fue encarcelado en Baleares, y huyó a Argel y Marsella, para regresar a Barcelona acogiéndose a una amnistía en 1870. Era un intransigente, republicano a ultranza. Fue elegido alcalde de Barcelona y no pudo ejercer porque se negó al preceptivo juramento al Rey.

En febrero de 1870 Almirall estuvo en la fundación de “Jove Catalunya” (La Joven Cataluña), un movimiento nacionalista al estilo de otros muchos por todo el mundo de entonces.

En abril de 1870, participó en una revuelta urbana en contra de las quintas, y escribía en La Campana de Gracia.

En 1871, su amigo Anselm Clavé, Presidente de la Diputación de Barcelona le ofreció un puesto de poca dedicación, director de la Casa de Caridad de Barcelona, puesto del que cobró hasta 1873, y con ello y su fortuna personal, se permitió organizar todo tipo de revueltas catalanistas y republicanas. El 11 de febrero de 1873 se fue a Madrid, viendo que los dirigentes republicanos, Figueras y Pi eran catalanes, y se puso a escribir en El Estado Catalán, un periódico que duró cuatro meses, defendiendo el federalismo. Pronto se decepcionó porque los Presidentes de España se mostraban unitarios y se volvió a Barcelona.

Valentín Almirall, tenía ideas diferentes a Pi y Margall, era catalanista a ultranza y tras los tiempos de la República Española sería catalanista puro, la estrella del catalanismo racista y ultra: Su conexión con los republicanos federales fue sólo una cuestión de oportunismo, pues su pensamiento era completamente distinto: Almirall pedía en 1870 en La Gramalla la expulsión de Cataluña de los no catalanes, mientras que el movimiento de “La Renaixença” de 1871 trataba de aglutinar una cultura específicamente catalana que se opusiera a la castellana.

Los “republicanos federales” de Barcelona, mezcla de federales y catalanistas, se reunieron en La Lonja en febrero de 1871 para afirmar que “el partido democrático federalista de Barcelona determina que no transigirá con otra forma de gobierno que la República Federal”, lo cual era un ataque a los del Partido Radical que estaban gobernando en ese momento, y que eran los aliados naturales de los republicanos federales. El 21 de febrero de 1873 pidieron en la Plaza de San Jaime la constitución de un Estado catalán, y entonces la Diputación se hizo cargo del mando militar y se instituyeron comités de ciudadanos que eran los nuevos mandos militares. Desde esta posición de fuerza, amenazaron con que si la Asamblea Nacional no iba a elecciones constituyentes, Cataluña iría a su constitución como Estado Federal, y ordenaron la disolución del ejército de Barcelona y su conversión en Ejército de Voluntarios. Pi telegrafió repetidamente a Barcelona para impedir este desorden que podría llevarle a intervenir contra sus propios correligionarios de partido y contra sus propios paisanos, y Figueras viajó a Barcelona logrando abortar la rebelión. Pero Almirall no se dio por fracasado, se fue a Madrid y empezó a editar el diario El Estado Catalán del 8 de mayo al 11 de junio de 1873. El 8 de marzo de 1873, Cataluña se sublevó formando una Junta de Salud Pública que asumía todos los mandos del ejército y proclamaba el Estado Cantonal.

En 1879, Valentí Almirall fundó Diari Catalá, un periódico escrito en catalán que se publicó hasta 1881. En 1880, reunió el Primer Congrés Catalanista defendiendo el federalismo republicano.

En 1881 Almirall rompió con Pi i Margall y con el Partido Republicano Democrático Federal presidido por Pi, que le parecían poco resolutivos. Almirall decía de Pi, que era un utópico proudhoniano, que no sabía interpretar la realidad y se valía de mucha literatura para ocultar sus deficiencias.

En 1881, reunió el “Congreso Catalán de Jurisconsultos” para reivindicar el Derecho catalán frente al español.

En 1882 creó “Centre Catalá” un grupo para defender los intereses culturales y económicos de Cataluña, constituido oficialmente como partido político en 1884. Nombró a Frederic Soler Presidente, y se hizo a sí mismo Secretario. El movimiento Centre Catalá organizó en 1883 el Segundo Congreso Catalanista, el cual condenó la postura de los catalanes que militaban en partidos de ámbito español.

A Valentí Almirall, para conseguir convencer, le valía todo, lo irracional o lo racional: Primero cultivó el sentimentalismo contra “la tiranía castellana”. Más adelante, llegó a afirmar que los catalanes eran la única raza europea presente en la Península Ibérica y que los demás españoles eran descendientes de los árabes (lo cual era para él despectivo), que España era una sociedad decadente frente al espíritu catalán siempre positivo e históricamente de éxito, pues siempre habían llevado a cabo sus misiones históricas. El mensaje de las últimas décadas del catalanismo decía que los castellanos despreciaban todo lo catalán, que los catalanes eran muy trabajadores mientras el resto de los españoles eran bastante vagos, y que los catalanes eran explotados por el Gobierno de Madrid con unos impuestos injustos. Quizás parezca excesivo y fuera de tono todo este ideario, pero fue repetido muchas veces por distintos políticos catalanes posteriores.

En 1885 defendió el proteccionismo para los burgueses catalanes, a la vez que defendía el liberalismo en general, lo cual no parecía ser contradictorio en sus palabras.

En 1885, Valentí Almirall redactó su Memoria de defensa de los intereses morales y materiales de Cataluña, conocido como “Memorial de Greuges”, que en 10 de mayo fue presentado al Rey Alfonso XII. En este escrito se jugaba con varias ambivalencias: por un lado se afirmaba España como Estado unitario; por otra parte se pedía que cada región tuviese Códigos legales diferentes adecuados a su tradición. Decía que cada región española tenía su Derecho histórico, sus costumbres y usos, los cuales se debían respetar, al igual que su lengua y cultura. También pedía más proteccionismo para Cataluña, respeto a su cultura, lengua y creencias, y proteccionismo económico, pues de otra manera, Cataluña no podría competir con Gran Bretaña. Y pedía la implantación del catalán en la escuela de Cataluña y en la Administración catalana. Repitiendo las ambivalencias, se declaraba partidario del librecambismo y el liberalismo (lo cual debemos interpretar que era para los demás, puesto que pedía proteccionismo para los industriales catalanes).

En 1886, Almirall redactó Lo Catalanisme, donde habló fundamentalmente de su concepto de “libertad”: la libertad era el valor fundamental de los derechos humanos, pero siempre tiene limitaciones. En el campo de estas limitaciones, un modelo es el centralismo francés y español, que defiende que el hombre es libre para hacer todo aquello que permite la ley; y un segundo modelo es el británico, cuyo mejor logro es poner límite a los poderes del Estado para que no interfieran en la libertad de los ciudadanos, lo cual es para Almirall la verdadera libertad, y definen libertad como que el ciudadano pueda hacer todo aquello que no está expresamente prohibido. La libertad es variedad y no uniformidad bajo la ley. Libertad era respeto a las minorías, e incluso el derecho a la extravagancia. Por ello, se debe destruir el Estado centralista y dar paso a los regionalismos, sistema donde la variedad de Gobiernos permitirá más ámbitos de libertad. La libertad se mide por la capacidad de expresarse y actuar de las minorías, y de los disidentes, y de los extravagantes, los cuales son muy poco respetados en los Estados centralistas. Almirall no fue consciente de la contradicción en que incurría cuando pedía a España diversidad y libertades, y a Cataluña centralismo uniformizador gestionado desde Barcelona, lo cual aparece como una treta, un anzuelo o engaño, para sustituir un centralismo por otro. Almirall nunca podría entenderse con Pi.

Almirall inició su decadencia personal a partir de 1887, primero por un problema de la herencia familiar, lo cual le privaba de su dinero familiar a los 46 años, y en segundo lugar por decaimiento físico e intelectual progresivo, unido a un pesimismo desde el momento en que se le marginó y olvidó. La faceta de “niño bien” que le había permitido en tiempos anteriores jugar a la política de izquierdas se le acababa. El dinero se le acababa.

Justamente en 1887 había aparecido en Cataluña un regionalismo más moderado que el de Centre Catalá, el de Lliga de Catalunya de Francésc Cambó, Enric Prat de la Riva, y Josep Puig i Cadafalch, que enseguida se hicieron dominantes y eclipsaron a Almirall.

En 1889, Almirall había perdido el sentido de la mesura y en España tal como es, expresó ideas insultantes para con los españoles: defendió que España era un país decadente y exangüe, cuya principal hazaña, pues Almirall subvaloraba conscientemente todo el resto de la historia española, había sido la conquista de América. En esta hazaña, España se había agotado y desangrado, y había iniciado su decadencia. Para entender exactamente el texto, hay que tener en cuenta que Cataluña no participó en la conquista de América, cuya empresa estuvo reservada a Castilla. Decía Almirall que solamente Cataluña tenía el vigor preciso para el esplendor económico y social. Expresaba a continuación que entre España y Cataluña existían relaciones de afecto imperecederas, pero que en el momento presente, España trataba de explotar a los catalanes porque Cataluña era la única región con potencialidad económica industrial. Cataluña tenía relaciones fraternas con España porque vendía en ese mercado sus productos y porque se abastecía de alimentos y materias primas, pero era una entidad diferente a España. España era vista como una serie de regiones “pintorescas” y agradables de ver y disfrutar, pero pobres y serviles.

Al final de su vida, Almirall cayó en la cuenta de sus contradicciones y rechazó el separatismo catalán, pero para entonces ya no tenía ningún papel entre los políticos catalanes, que le marginaron e ignoraron. A partir de 1886-1887, Almirall ya no contaba para nada en Cataluña.

En 1891, Lliga propuso la Unió Catalanista para integrar a diversas asociaciones catalanas, a excepción de Centre Catalá, y en 1892 se celebró la Asamblea de Manresa que aprobó las Bases per a la Constitució Regional Catalana, un proyecto de autonomía, no radicalmente independentista, pero sí nacionalista excluyente: incorporar el Derecho Civil catalán; uso exclusivo de la lengua catalana; reserva de todos los cargos políticos y administrativos para los catalanes; institucionalizar la entidad comarcal como unidad administrativa; soberanía de Cataluña; Cortes corporativas; Tribunal Superior catalán; autonomía municipal; servicio militar voluntario; catalanización de los cuerpos de orden público, de la moneda y de la enseñanza.

En 1895, Centre Catalá de Almirall se disolvió, y sus integrantes pidieron la integración en Lliga de Catalunya y volvieron a constituir Centre Catalá, sin Almirall.

El hecho de que la soberanía radicase en Cataluña, significaba la destrucción de España, que quedaba reducida a otro modelo de entidad política, sin definir, pero que se parecía al federalismo republicano de Pi i Margall, o al republicanismo federal intransigente. En 1901, Lliga ganó las elecciones y provocó la ira de los nacionalistas españoles, lo cual dio lugar a los sucesos de 1906, cuando el ejército asaltó el Cu-Cut y La Veu de Catalunya. Y ese acto, provocó la contrarreacción catalana mediante la alianza de Centre Catalá y Lliga en Solidaritat Catalana y la violencia de la Semana Trágica de 1907. Tras esos sucesos, el nacionalismo catalán se radicalizó, en 1923 Maciá creó un independentismo duro con fuerzas paramilitares propias, los Escamots, y en 1834, Lluis Companys proclamó la independencia del “Estado Catalán dentro de la República Federal Española”.

 

[1] En José Juan González. Encinar- Gumersindo Trujillo Fernández, Pi y Margall: escritos sobre el federalismo, hay un magnífico prólogo de Ramón Máiz, titulado “Federalismo, Republicanismo y socialismo en Pi y Margal”.

[2] Valentí Almirall Llozer, 1841-1904, barón de Papiol, era un tipo de familia bien, desaseado en el porte, sucio en el vestir, cáustico y socarrón en el hablar, estrafalario en su comportamiento social, muy duro con sus enemigos a los que no dudaba en insultar: a Castelar le llamó pedante y grandilocuente; a Pi le llamó proudhoniano torpe. Sus enemigos se lo hicieron pagar a partir de 1887, y se quedó olvidado y relegado los últimos 17 años de su vida, al tiempo que tenía problemas financieros por causa de su herencia y problemas personales por causa de su decadencia física e intelectual, a pesar de que sólo tenía 46 años en 1887. En 1869 se hizo miembro del Partido Republicano Democrático Federal y se integró con los intransigentes.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *